martes, 26 de septiembre de 2017
SERRAT
EL MIEDO Y EL MONSTRUO
(Publicado en Revista Gurb el 22 de septiembre de 2017)
Como todo el mundo hablaba de It,
me fui al cine a ver qué tal. Finalmente, y mira que me lo temía, nada
del otro jueves, una sucesión de sustos facilones, tomate a mansalva y
vísceras como para una parrillada dominguera. Otra decepción, otro bluf,
la enésima película para reventar taquillas y colapsar de miocardios
las urgencias. Será una pedrada mía, pero hace tiempo que uno va al cine
resignado a ver la misma película una y otra vez. En It no hay nada nuevo bajo el sol, nada que no hayamos visto antes en Viernes 13 o Pesadilla en Elm Street,
a las que parece querer rendir tributo peligrosamente. Hollywood nos
toma por gilipollas, obsequiándonos con productos cinematográficos
hechos por niños y para niños. La infantilización del mundo, sobre todo
de la política y del arte, alcanza cotas grotescas. Si los creadores de It
pretendían homenajear a Stephen King, ese autor injustamente tratado
por la crítica que ha indagado como nadie en los miedos, trastornos y
terrores humanos –salvo quizá Poe, Lovecraft y algún otro–, flaco favor
le han hecho al genial narrador de Portland. No tenemos más que leer Los Lagolieros,
una novela sobre los pasajeros de un avión que sufre un extraño suceso y
que se anticipa una década al 11S, e incluso a la serie Perdidos,
para darnos cuenta de que estamos ante un novelista que escribe bien y
que sabe trabajarse los mecanismos narrativos. Eso por no hablar de
otros relatos gloriosos como el claustrofóbico Rita Hayworth y la redención de Shawshank (Cadena perpetua en España), historia sobre un preso inocente que se chupa unos cuantos años de cárcel; La milla verde, cuento terrorífico sobre el corredor de la muerte, por momentos realista por momentos de una belleza ascética y profunda; o Misery,
la novela sobre esa pirada a quien la obsesión le lleva a secuestrar a
su escritor favorito de best sellers y que nos dejó la interpretación
magistral de Kathy Bates. Por supuesto, no podemos olvidarnos de El Resplandor, Cuenta conmigo, La niebla, Carrie
y tantas otras alegorías sobre el convulso mundo de hoy que darían para
un Nobel sin ningún problema. El universo King es tan vasto y
prodigioso como rico en personajes, reales u oníricos, y en historias
originales.
Pero no hemos venido aquí a hablar de King ni de su libro, parafraseando a Paco Umbral. Si algo potable se puede sacar de It,
aparte del dichoso y manido payaso Pennywise que sí, que vale, que
acojona como un yihadista suelto en una feria rebosante de gente, no lo
vamos a negar, es esa idea de que el miedo es menos miedo cuando la
sociedad, la comunidad, se une contra él. Mientras los niños se
mantienen juntos en medio de la pesadilla, mientras la civiliación
permanece cohesionada frente a la barbarie, los poderes sobrenaturales
del monstruo pierden efecto, y entre todos consiguen derrotar al
engendro maligno salido de las alcantarillas de la siniestra ciudad de
Derry, trasunto de la ley y el orden frente al caos y la salvajada que
representa el bicho anidado en las cloacas del Estado de Derecho. Y es
verdad que hacer piña es la mejor manera de superar el miedo. Lo
comprobamos cada vez que se comete un atentado terrorista y los
ciudadanos salimos en manifestación, codo con codo, para enfrentarnos
juntos a la maldición y tratar de conjurarla. Esa comunión, esa fuerza,
esa catarsis, es lo que nos hace perder nuestros miedos y vencer la
amenaza de las bestias.
Supongo que los catalanes que se han
echado a las calles estos días tristes de septiembre que jamás podremos
olvidar estarán pensando lo mismo respecto a España. Con razón o sin
ella, ellos ven al Estado español como ese monstruo, como ese siniestro
Pennywise que quiere comérselos por los pies, devorar su lengua y sus
costumbres, engullir su historia y su identidad nacional. Por eso,
porque el miedo siempre conduce a la tragedia, se unen para combatirlo
con el grito de guerra en la garganta, Els Segadors a pleno
pulmón y la estelada a flor de piel. El miedo es libre, como decía
aquel, y hay unos monstruos más reales que otros, unos monstruos
fundados y otros imaginarios, como en el caso catalán. Hay monstruos que
nacen y se desarrollan en nuestra más tierna infancia, como le sucede a
los simpáticos muchachos de la pandilla de Derry que se enfrentan al
sádico payaso (la niña violada por su padre que tiene su primera regla,
el gordito acosado por los matones de la clase, el tartamudo
introvertido, el gafotas que se burla de todo, el negro marginado, el
hipocrondríaco sometido por una madre posesiva); hay monstruos que son
producto de una mente enfermiza, como el miedo a la mujer y al
inmigrante en Trump, el narcisismo nuclear de Kim Jong-un (sin duda una
frustración freudiana derivada del hecho de tenerla pequeña proyectada
hacia la pulsión irrefrenable de construir un misil cada vez más largo)
la megalomanía paranoica de Putin, el espía que surgió del hielo,
etcétera.
No temas ni a la prisión, ni a la
pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo, escribió Giacomo Leopardi.
Quiere decirse que ante el miedo, la gran plaga del siglo XXI, el ser
humano opta por unirse para vencerlo. Siempre mejor el calor de la
manada que el frío solitario de la noche. La civilización consiste en
eso, en mantenerse unidos ante el ataque de las fieras que acechan en la
jungla. Hoy vivimos rodeados de miedos y de monstruos. Nos han metido
en el cuerpo la teoría del miedo. Junto a los miedos consustanciales al
ser humano, como el miedo a la muerte, el miedo a la enfermedad o el
miedo al amor, se han instalado otros miedos, como el miedo al
terrorismo genocida, el miedo al otro, al extraño, al extranjero, el
miedo al que no piensa como nosotros, el miedo al contagio vírico de
otros pueblos, el miedo a las catástrofes naturales y a las provocadas
por la mano inconsciente del hombre, el miedo a la guerra nuclear, el
miedo al miedo. Ese es el mundo que hemos construido. Un mundo sostenido
por los cimientos del miedo, que por encima de Donald Trump es el
auténtico dueño y señor del planeta, como ese payaso salido de la mugre y
la cochambre que circula por el subsuelo de Derry. Un payaso que, dicho
sea de paso, y aunque ciertamente acojone con su cara pintarrajeada, su
sonrisa macabra y sus caninos chorreantes de sangre, da bastante menos
miedo que algunos políticos que vemos cada día en la televisión.
Ilustración: Cruz
CATALUÑA: DE LA DESOBEDIENCIA PROGRAMADA A LA REBELIÓN INCONTROLADA
(Publicado en Revista Gurb el 22 de septiembre de 2017)
La situación en Cataluña ha entrado en
una peligrosa fase marcada por el descontrol absoluto. A la ruptura de
la legalidad constitucional por parte del bloque independentista se suma
la ofensiva policial y judicial, una caza de brujas de eficacia más que
dudosa, emprendida por el Gobierno del PP, que no ha hecho más que
agravar el conflicto político, como por otra parte era de prever. Los
registros de medios de comunicación catalanes próximos al
independentismo, la incautación de papeletas y urnas del 1-O, la
intervención de la Hacienda pública catalana y la detención de 14 altos
cargos de la Generalitat, entre ellos la del número dos de Oriol
Junqueras, Josep Maria Jové, ha encrespado todavía más los ánimos de
miles de catalanes, que se sienten agraviados por las decisiones de un
estado que consideran "represor". Tras los arrestos de los políticos
independentistas, cientos de partidarios del referéndum se echaron a la
calle para protestar y los primeros enfrentamientos con la Guardia Civil
no tardaron en llegar. A estas horas podemos decir que todo el marco
legal del 78 ha saltado por los aires y que las instituciones
democráticas han sido sustituidas por los piquetes callejeros. Sin saber
cómo ni por qué, hemos llegado al peor escenario posible, un túnel sin
salida de consecuencias imprevisibles, del que algunos medios veníamos
avisando hace meses. Cuando la ley queda reducida a la nada solo restan
las movilizaciones tumultuarias, las redadas policiales, la barricada
enloquecida, el recurso a la fuerza coercitiva y la dialéctica del
enfrentamiento. Lo ha dicho muy bien la alcaldesa de Madrid, Manuela
Carmena: “El 1-O va a ser una catástrofe porque es un cúmulo de
equivocaciones”.
La historia dirá cuáles han sido esos
errores cometidos por ambos bandos. Ahora mismo, mientras cualquier cosa
puede suceder en Cataluña, solo podemos decir que las reglas del juego
democrático han colapsado y que nos encaminamos directos al abismo. El
parlamento ha sido sustituido por la estrategia de la tensión callejera;
el diálogo ha sido aplastado por el insulto y la radicalización
fanática por ambos bandos. Nadie, ni siquiera los tertulianos
televisivos que siempre lo saben todo, se atreven a aventurar qué puede
pasar. Llegados a este punto, todas las opciones parecen malas. Si el
referéndum ilegal se celebra y gana el "sí", se producirá una
declaración unilateral de independencia que pondrá al Gobierno de Madrid
de rodillas y sin más alternativa que proclamar el Estado de excepción
en Cataluña mediante el despliegue de las fuerzas de seguridad e
incluso, por qué no, del Ejército, agente que durante todo este tiempo
ha permanecido en silencio. Si por el contrario el Estado español logra
paralizar la consulta merced a su ofensiva judicial y policial habrá
sido una victoria pírrica, ya que, lejos de haber logrado resolver el
conflicto, habrá generado varios cientos de miles de independentistas
más, gente que hasta ese momento no comulgaba con la idea de la secesión
pero que tras contemplar el espectáculo denigrante de la Guardia Civil
irrumpiendo en la sede de partidos y periódicos se habrán decantado
finalmente por pasarse al bando de Junts Pel Sí y de la CUP. La
desafección generalizada hacia España se habrá consumado, ahondándose
tanto que estaremos ante una ruptura total de ambas sociedades, la
catalana por un lado y la española por otro. Esa tragedia será
probablemente irreversible, se prolongará durante décadas, y resultará
casi imposible reconstruir el pacto jurídico y político entre ambas
partes.
Ahora solo cabe decir que,
lamentablemente y pese a que nos cueste reconocerlo, el Estado español
ha fracasado en su proyecto constitucional del 78, al menos en lo que
toca la composición de su modelo territorial. El marco de convivencia
que nos dimos los españoles durante la Transición bajo el timón de una
monarquía parlamentaria ha hecho aguas por todas partes, de tal forma
que el conflicto catalán no es más que la punta del iceberg de un
problema mucho más amplio que no hemos conseguido resolver desde que
España se constituyó en Estado unitario hace quinientos años. De ahí que
surjan inquietantes interrogantes: ¿Qué pasará a partir de ahora con
las otras comunidades históricas como el País Vasco, Navarra o Galicia?
¿Se rebelarán también como ha pasado con Cataluña? ¿Se producirá un
efecto contagio en otras comunidades limítrofes como el País Valenciano o
Baleares, que siempre han estado en la ensoñación expansionista de
quienes anhelan la construcción de unos futuros Països Catalans?
Han pasado cuarenta años desde que los españoles votamos la Constitución y desde entonces ningún Gobierno, ni del PP ni del PSOE, ha acometido la tarea necesaria de avanzar en el federalismo, aumentando el nivel de descentralización del Estado, salvo quizá, la honrosa excepción del ejecutivo dirigido por José Luis Rodríguez Zapatero, que trató de avanzar hacia el estado plurinacional mediante la aprobación del nuevo Estatut que otorgaba la condición de nación a Cataluña y nuevas competencias lingüísticas y fiscales. Lamentablemente el PP decidió boicotear, mediante el recurso al Constitucional de 2010, aquella reforma estatutaria que fue legítimamente aprobada por el Parlament y refrendada por el pueblo catalán, una reforma que hubiera supuesto una herramienta eficaz para aplacar las ansias independentistas, al menos durante un par de décadas. Con aquella actitud hostil y por momentos catalanofóbica hacia el nuevo Estatut de Zapatero –cabe recordar que desde las filas populares se llegó a promover un boicot a los productos catalanes– la derecha española, esa derecha cavernaria que nunca ha entendido que España es una nación de naciones, cometió un error colosal de dimensiones históricas que ahora puede costarnos muy caro. Después de aquello, todo fue a peor. Año tras año, la Diada registraba una participación de independentistas cada vez más numerosa y lejos de tomar la iniciativa para taponar la rebelión, Mariano Rajoy, fiel a su estilo camastrón consistente en dejar que todo se pudra, permitió que la situación se enquistara sin tomar decisión alguna. Quizá el incendio le interesara electoralmente haciendo bueno el dicho aquel de que a río revuelto ganancia de pescadores. No, señor Rajoy, entérese bien: a río revuelto, el caos.
Ahora ya es demasiado tarde para casi
todo. Mucho nos tememos que, al margen de lo que pase en el referéndum,
lo cual ya se antoja intrascendente, el día 1 los pilotos de la nave
desvariante independentista subirán al balcón del Palau, enfervorecidos y
ciegos de un patrioterismo tan barato como el españolista, y
proclamarán unilateralmente la República Catalana libre e independiente.
Entonces el abismo se abrirá a nuestros pies tanto para unionistas como
para catalanistas. Cabría una remota y pequeña posibilidad de frenar el
desastre de aquí al 1-O, fecha de celebración del polémico referéndum, y
es que las partes suspendieran las hostilidades, se sentaran a negociar
mediante un diálogo sincero y valiente y llegaran a un acuerdo para
recuperar el marco legal que se ha roto, regulando el derecho a decidir
tras una reforma constitucional y pactando una fecha para un futuro
referéndum con garantías, esta vez sí, de acuerdo con la legalidad y
pactado entre todos, en el que tomen parte las fuerzas políticas sin
excepción. Lamentablemente eso, a fecha de hoy, parece cosa de ciencia
ficción. Por tal motivo, a estas alturas, y sin temor a equivocarnos,
todo parece irremediablemente perdido. Las trincheras ya se han cavado y
hay gente dispuesta a usarlas.
Viñeta: Luis Sánchez / Iñaki y Frenchy
viernes, 22 de septiembre de 2017
PILAR DEL RÍO
(Publicado en Revista Gurb el 22 de septiembre de 2017)
Entrevista completa en Revista Gurb
miércoles, 20 de septiembre de 2017
ADÉU, COMPANYS
(Publicado en Revista Gurb el 8 de septiembre de 2017)
Lo digo con tiempo, para que no haya
malos entendidos. Si hay guerra, conmigo que no cuenten. Tengo migrañas y
soy miope, así que la puntería no es lo mío. Pero como la cosa se está
poniendo rara rarita yo aviso a navegantes, ya sean coreanos o yanquis
de Texas, nacionalistas castellanos o del Pirineo catalán: el que quiera
guerra que vaya y se la pague. Un, dos, un, dos, reptando soldado ¡Ar!
Además, la guerra cuesta un dineral y no está la cosa para alegrías.
Terrorismo yihadista, amenaza nuclear,
choque de trenes en Cataluña… Es como si este verano le hubiesen echado
algo al agua, un filtro que ha trastornado las cabezas. Quizá el veneno
se llame nacionalismo, patrioterismo, xenofobia, vaya usted a saber, lo
de siempre, lo que la humanidad lleva viendo y padeciendo durante
siglos. El origen del mal se lo dejamos a Noam Chomsky, que se explica
bastante mejor. El caso es que no se entiende el ardor guerrero que le
ha entrado de repente al personal, y que me perdone Muñoz Molina por
tomarle prestada la metáfora. Yihadismo tenemos para rato, para siglos,
habría que decir, y lo de Trump y el coreano lo van a solucionar a
misilazo limpio en una especie de duelo en OK Corral nuclear y
planetario. Ahí no podemos hacer nada. Pero lo de Cataluña, lo de
Cataluña es un fenómeno sobrenatural. La cosa se ha salido de madre de
una manera absurda, descontrolada, inexplicable. ¿Cómo hemos llegado a
este punto?, se preguntaba ayer Pepa Bueno en su primer programa tras
las vacaciones. Quién sabe. Hace nada estábamos tocando rumbas en el
Estadio Olímpico de Montjuïc, todos juntos, los Manolos, Freddie
Mercury, la Caballé, amigos para siempre, y en un minuto ya estamos
hablando de meter los tanques en Barcelona. Así somos los españoles,
cuando nos aburrimos montamos una revuelta, una carlistada o una guerra
civil para entretenernos un rato. Llevamos el mal en la sangre desde los
tiempos de Viriato.
A todos aquellos a los que nos enseñaron
que la patria es el hogar, que la nación no va más allá de la familia y
los amigos y que no hay mejor bandera que el mantel florido de la mesa
sobre el que se planta una suculenta paella, nunca podremos entender la
pasión patriótica desmedida que casi siempre suele terminar mal. Por eso
yo no soy nadie para decirle a los catalanes si tienen que quedarse o
salirse del Reino de España, aunque en realidad, bien pensado, me da lo
mismo. El conflicto catalán figura en el puesto 130, aproximadamente, en
el ránking de mis problemas cotidianos como vulgar ser existencial que
lucha por sobrevivir. Pero en cierto modo los entiendo, a veces a mí
también me entran ganas de hacer el petate y largarme a la Patagonia
para no regresar jamás a la maldita piel de toro. No resulta fácil
convivir con los cómplices de una dictadura genocida y sus herederos,
con los muertos de las cunetas que siguen sin exhumarse, con fundaciones
franquistas pagadas con dinero de todos, con mausoleos a mayor gloria
de tiranos, con borbones que a veces salen retorcidos, con corruptos que
se ríen de los ciudadanos, con una derecha fascistona, con una fiesta
nacional bárbara y sangrienta y con un presidente como Rajoy que siempre
escurre el bulto cuando se le habla de algo que huele a Cataluña. Todo
el odio y todo el asco que se puede sentir ante ese veneno español, ante
esa leyenda negra hispana que se propaga por las venas de la historia
como un cáncer eterno, lo puedo comprender, como también puedo
comprender que quieran largarse para convertirse en un paraíso fiscal
andorrano, en un Liechtenstein ibérico o en una sucia Suiza con la que
escamotear algunos impuestillos.
Lo que no me cabe en la cabeza de
ninguna de las maneras, al margen de que lo político no haya funcionado
demasiado bien en la turbulenta relación secular entre Cataluña y
España, es que alguien esté dispuesto a renunciar a una herencia
cultural tan vasta, rica y prodigiosa como la española; que uno se
niegue a escribir en la lengua universal de Cervantes, Quevedo y Lope
solo por plantar una estrellita infantil en una bandera recién
inventada; que repudie los versos de Machado, Lorca y Hernández por
españolistas y no los ame como parte esencial de su vida, como el aire
que respira; que no considere suyos los fascinantes muros del teatro
romano de Mérida, la Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba o El
Escorial; que no le recorra cierto orgullo bien entendido ante un cuadro
de Goya, Velázquez o El Greco; y que no se sienta el ser más afortunado
del mundo por poder echarse al coleto un Rioja, un Ribera de Duero o un
Alvariño e hincarle el diente a un buen cocido madrileño, un salmorejo
andaluz, un pulpo gallego o una fabada asturiana.
Ignoro qué mentes perversas, padres,
maestros y líderes de opinión han estado inoculando durante años el más
profundo y visceral de los odios en esa juventud intransigente que hoy
se envuelve en la estelada como si fuese la solución a todos los males
de la Tierra, que abuchea himnos y banderas, que reniega de buena parte
de su tesoro cultural y que se cree más progre y lista que nadie por
hablar catalán, solo catalán y nada más que catalán. Amigos, si el 1-O
decidís abriros y salir por piernas de España, cosa que no os reprocho,
ya digo, contaréis con todo mi apoyo y bendición porque no hay nada más
sagrado para una persona que la libertad de poder elegir su futuro. Pero
al mismo tiempo os compadeceré sinceramente porque, lejos de
perfeccionaros, lejos de enriqueceros, os amputaréis una parte esencial
de vosotros mismos como ciudadanos y como pueblo. Si un ser humano es
historia, cultura y lengua, vosotros os quedaréis tristemente mutilados,
por mucho que los planes educativos quinquenales que a buen seguro
diseñarán e implantarán los chicos jacobinos de la CUP, reinterpretarán,
falsearán y tergiversarán convenientemente la historia para seguir
alimentando el odio fraterno. Pero qué otra cosa se puede esperar de
gente que ha hecho del triste manual materialista y del pragmatismo
maquiavélico su razón de existir, despreciando cualquier clase de
romanticismo e ideal espiritual por sensibloide y burgués. Probablemente
muchos independentistas son víctimas también, esta vez no de la malvada
y totalitaria España, sino de la incultura fomentada por una parte de
Cataluña, la aviesa y rancia, que también la hay. Quizá por eso –porque
durante años les han prohibido maestros honestos que cuenten la verdad
sobre la historia y buenos libros–, ahora son incapaces de comprender
que ellos no han inventado nada, que no son seres únicos y especiales
llamados a cumplir una misión trascendental, que la historia se repite
una y otra vez y que no son más que sucesivas fotocopias de otros
revolucionarios que ya pasaron en siglos anteriores por un trance
similar, fracasando también.
Doy por hecho que este artículo a los
independentistas les parecerá un sermón españolista intragable e incluso
se me tachará de “fascista”, como suelen hacer con todo aquel que se
sale de la ortodoxia soberanista y dice aquello que no les agrada
escuchar. Otro error histórico garrafal que suelen cometer
habitualmente: confundir España con el fascismo cuando España ya existía
500 años antes de que naciera el maldito Franco.
De modo que si el 1-O sale el sí, mi más sincera enhorabuena, companys. Bona sort i que vagi bé. Aunque
mucho nos tememos que al día siguiente de la proclamación de la
gloriosa república independiente, los catalanes seguirán viajando en
destartalados vagones de viejos trenes de Cercanías, el paro continuará
disparado por las nubes, las huelgas en el Prat estarán a la orden del
día y los canallas aprovechados de siempre volverán a por su 3 por
ciento, como han hecho toda la vida. Eso sí, para entonces, una vez más,
los iluminados y ambiciosos salvapatrias que buscan su hueco inmundo en
un rincón de la historia habrán arrastrado al pueblo a una trinchera
que ellos, por supuesto, jamás pisarán.
Viñeta: El Koko Parrilla
LOS HERMANOS MARX EN CATALONIA
(Publicado en Revista Gurb el 8 de septiembre de 2017)
El 23 de febrero de 1981, un grupo de
guardias civiles al mando de un teniente coronel con ínfulas de grandeza
asaltó el Congreso de los Diputados haciendo bueno el dicho aquel de
que España es país de pronunciamientos. Esta semana la asonada no la ha
perpetrado un oficial de la Benemérita con cara avinagrada llegado del
siglo diecinueve, sino un comando bastante más peculiar salido de la
escuela del humor absurdo de los mismísimos Hermanos Marx. Estamos
hablando de los Puigdemont, Junqueras y Forcadell, que el pasado
miércoles irrumpieron en los salones del Parlament, como aquel
estrafalario Rufus T. Firefly, dispuestos a rodar una secuencia
antológica que ni Sopa de Ganso. No había más que sustituir los
países ficticios de aquella vieja y gran película –Sylvania y
Libertonia– por Catalonia, para que todo fuera un calco perfecto de la
disparatada e inmortal comedia. ¿Qué otra explicación cabe si no para
ese espectáculo de risas y vodevil que se vivió durante la sesión de
aprobación de la sempiterna ley de referéndum? Costaba trabajo asumir
que una institución tan seria, venerable y respetada a lo largo de los
siglos se pudiera convertir de la noche a la mañana en el camarote de
Groucho, Chico y Harpo, incluso en algo mucho peor, en una sesión del
parlamento español con Rafa Hernando ejerciendo de improvisado showman
sin gracia. Pero, lamentablemente, y aunque nos pese reconocerlo, así
fue.
Todo en aquella histórica sesión resultó
kafkiano, delirante, digno de una mala opereta. Los soberanistas
entraron en el salón de plenos dispuestos a que la ley saliera adelante
por lo civil o por lo criminal, aunque para ello tuvieran que saltarse a
la torera todos los reglamentos, códigos de buenas prácticas
parlamentarias y disposiciones internas de la cámara. Como si una droga
alucinógena se hubiese apoderado de todos sus miembros, como si un porro
masivo los hubiese colocado definitivamente en el limbo,
catapultándolos a un viaje lisérgico y delirante que ni el del capitán
Bowman en 2001, una odisea espacial, los de Junts Pel Sí y de
la CUP decidieron que ese y no otro era el día elegido por ellos,
absolutistamente, para tirar a la basura quinientos años de historia.
Una atmósfera enrarecida, enfermiza,
maligna, se había apoderado del hemiciclo. Era como si los
independentistas, que durante los últimos meses no habían dejado de
darnos la brasa con la dichosa desconexión, no se hubiesen dado cuenta
de que quizá lo que se había desconectado definitivamente era la red
neuronal de alguno de sus dirigentes. De una forma u otra, España tenía
que salir liquidada de aquella sesión, sin solución de continuidad, y ni
un nuevo fichaje de Neymar por el Barsa hubiera podido impedirlo. Era
tal el empeño, la cerrazón, el obstinamiento, que Junts Pel Sí bien
podría refundarse próximamente con un nuevo nombre: Junts pel Sí o Sí.
Desde primera hora de la mañana se veía
que los protagonistas de la mañana no iban a ser otros más que el
esperpento y la crispación. Los soberanistas pensaban que el trámite de
aprobación de la ley de referéndum sería un coser y cantar, un camino de
rosas en día de Sant Jordi, y que la cosa se aprobaría sin que nadie,
ni siquiera el furibundo García Albiol, tuviera tiempo de decir ni mu.
Pero se equivocaron de todas todas. De entrada, algunos funcionarios y
letrados de la cámara autonómica les salieron ranas, más ranas que las
del estanque de Esperanza Aguirre, y ya en los prolegómenos del acto
mostraron abiertamente su disconformidad con una ley que, según ellos,
más que ley era delito. Fue la primera en la frente de Junqueras, el de
la mirada desnortada, y en la del honorable Puigdemont, que amortiguó la
pedrada con su tupido flequillo. No obstante, y pese al amotinamiento
inesperado de los funcionarios del Parlament, los soberanistas
decidieron hacer oídos sordos a las advertencias y seguir adelante en su
aquelarre independentista, pasando al plan B, o sea tramitar el
engendro legal por la vía extraordinaria, que es tanto como decir: ¿no
queríais ley? Pues toma dos tazas. Nada iba a conseguir frenar a
Puigdemont en su ansia de pasar a la historia como patriarca de la
maltratada patria catalana, aunque para ello tuviera que cometer más
irregularidades parlamentarias que poligoneras pasan a diario por el
plató de Mujeres y Hombres y Viceversa. El momento de máxima
tensión llegó cuando los letrados advertían a sus señorías de que la ley
era ilegal, según el Tribunal Constitucional, y cuando el propio
secretario general del Parlament, Xavier Muro, se negó a dar la orden de
publicarla en el Boletín Oficial. Entonces prendió la chispa de la
discordia, la bronca tabernaria y el guerracivilismo latente. La cosa
empeoró cuando, según algunas fuentes, la presidenta del Parlament de
Cataluña decidió, por su cuenta y riesgo y de forma subrepticia, enviar
el borrador desde su ordenador personal para su publicación inmediata.
La "única autoridad aquí soy yo", debió pensar doña Carma,
emulando a cierta política del PSOE en cierto congreso federal de cierto
partido socialista del que no queremos acordarnos. En ese momento, al
ver pisoteados sus derechos parlamentarios, todos los partidos del
bloque constitucionalista, o sea lo que queda de la oposición en
Cataluña, se levantaron y alzaron su voz como uno solo y se unieron en
sus críticas y reproches contra Junts Pel Sí o Sí y sus socios de la
CUP. Tal unanimidad y unidad de acción entre derechas, izquierdas y
centros no se veía desde los tiempos de Wifredo El Velloso. Allí
estaban, codo con codo, la bella Arrimadas con la bestia parda Albiol;
el refinado Iceta y el falangito Rivera; mientras los podemitas
catalanes quedaban muditos y guardaban un silencio tancredil, neutral,
ciertamente revelador. "Ya no podemos", debió pensar Pablo Iglesias ante
el televisor mientras miraba de reojo, suspirando, hacia el retrato de
Ada Colau colgado de la pared entre la bandera de Venezuela y el póster
de Juego de Tronos. Con las malas artes de los soberanistas,
toda la legalidad vigente, los reglamentos parlamentarios seculares y el
ritual sagrado de la democracia saltaban por los aires en menos de
cinco minutos en aras de un solo y único objetivo: votar. "Anem a
votar", repetía una y otra vez, machacona y obsesiva, la presidenta
Forcadell, que parecía tener prisa por terminar el acto cuanto antes y
declarar la Primera República Independiente de su casa, en plan Ikea.
Y así se escribió la fatal historia. Fue
el día del bochorno, la infamia y la "patada a la democracia", por
emplear la vulgar metáfora sorayiana. Fue el día en que se vio
perfectamente que los independentistas habían optado por la huida hacia
adelante (hasta tirarse por el precipicio si era necesario) por el
trágala a cualquier precio, por la imposición del proyecto político de
una mitad sobre la otra mitad del pueblo catalán. Así nunca construirán
un país, todo lo más medio. Así el estado supuestamente libre y
democrático que piensan fundar será una cosa entre trotskista y
ultramontana, sectaria, jacobina; un régimen que silencia a la
oposición, purga a sus funcionarios y disidentes y se pasa la ley por la
butifarra. Levantar una república de esa guisa, en cinco minutos
apresurados, sin el consenso necesario, entre el barullo y el atropello,
a la carrera, como pollo sin cabeza, no tiene demasiado futuro. Si
pretendían convencer al mundo libre de que están listos y maduros para
ser soberanos, con tal gallinero, algarada, despendole y falta de
seriedad hasta los lituanos y letones, los únicos amigos que parecían
apoyarles en su revolución de Pancho Villa, empiezan a dudar ya del
experimento.
¡Cómo echamos de menos aquel "seny" tan
elegante y catalán de antaño! ¿Qué fue de todo aquello? Enterrado, sin
duda, entre las litronas, cartelazos y esteladas de la intransigente
muchachada “cupera”.
Y mientras todo eso sucedía en el
hemiciclo, y en un nuevo episodio surrealista, Artur Mas, el honorable
Artur, instaba a cada catalán a aportar unos eurillos de su bolsillo,
como colecta improvisada, para hacer frente al multazo que el Tribunal
de Cuentas le ha puesto como instigador de la consulta del 9N. Solo le
faltó vestirse de faralae y ponerse la peineta de Lola Flores para decir
aquello tan castizo de: "si cada español me diera una pesetilla…" Él
vino a decir lo mismo, solo que con acento del Ampurdán: "si cadascú
posa una mica…" ¿Ves Artur como españoles y catalanes no somos tan
diferentes? Al final, el ADN no vale tanto, la sangre es muy parecida y
todos vamos a lo mismo: la pela es la pela. O como diría Groucho Marx: "¿Pagar la cuenta? ¡Qué costumbre tan absurda!"
Viñeta: Becs
jueves, 14 de septiembre de 2017
EL TRASTORNO HISTÓRICO
Pues ya lo tenemos. Hemos vuelto a las andadas, a los viejos tiempos, las dos Españas, la carlistada, la contienda fratricida, el sectarismo y lo mágico/irracional como forma de pensamiento. Una sangre maldita corre por nuestras venas bárbaras de pueblo sin civilizar. Aquí no hubo ilustrados, solo salvapatrias y paletos cantamañanas. Lo que tardamos años en construir lo arrasamos en cuatro días. Somos salvajes con el hacha en la mano y el gañido animal en la garganta, guerreros con el mono de la violencia metido en el cuerpo. Mientras sembramos la paz, cultivamos el odio. Mientras nos damos la mano, afilamos la faca. La convivencia pacífica nos aburre soberanamente, eso es cosa de nórdicos pusilánimes. La piel de toro es tierra de tribus bravas, atávicas, cuasiafricanas, primitivas, enfrentadas. Las heridas nunca cicatrizan, los odios se eternizan y se heredan de generación en generación. La escopeta del abuelo siempre está cargada y presta para liquidar al adversario. Los fantasmas del pasado nos azuzan, los muertos de antaño susurran a nuestros oídos pidiendo sangre y venganza. Levantamos necias banderas y enterramos libros sensatos que nos avisan de la tragedia. Hacemos de la política un campo de batalla; del diálogo un combate a muerte; del lenguaje un arma mortífera. Facha, rojo, franquista, independentista, charnego. Las palabras son bombas que nos estallan en la cara. Hablamos de urnas pero nos pone la guerra. Hablamos de democracia pero no sabemos lo que significa. Somos un pueblo inculto, violento, cainita, rencoroso. No tenemos remedio. Y así será, hasta nuestra extinción total. ¿Cómo vamos a creernos que el PP es un partido auténticamente demócrata si cada vez que sale el nombre de Franco a relucir bajan la cabeza sumisamente, como si se les apareciera el dueño, señor y patrón? Pazo de Meirás: no saben no contestan; Valle de los Caídos: silencio administrativo; fosas comunes y desaparecidos de la guerra civil: pasan palabra. Cada cosa que tiene que ver con condenar el franquismo a los señores del PP les produce alergia y confusión mental. Deberían empezar por sanar ese trastorno histórico, que las demás derechas europeas ya superaron hace tiempo, antes de dar lecciones de democracia a nadie.
viernes, 8 de septiembre de 2017
DE JOAN COSCUBIELA, LA BANDERA BLANCA E IRMA
UN DEMÓCRATA DE PEDIGRÍ. "No
soy independentista pero daría mi libertad para que defendieran sus
ideas", dice Joan Coscubiela, portavoz de Catalunya Sí que es Pot. Su
discurso memorable en el Parlament durante la grotesca sesión de la pasada
semana pasará a la historia como un ejemplo de lucidez, inteligencia y altura
política. Fue uno de los pocos diputados que consiguió elevarse sobre el fango
y el ruido para acertar en el diagnóstico catalán con una voz honesta y
valiente. "Estoy aquí porque mis padres me enseñaron a luchar por mis
derechos. No quiero que mi hijo Daniel viva en un país donde la mayoría pueda
tapar los derechos de los que no piensan como ella", afirmó con
rotundidad. La tragedia de la política española es que desde hace un tiempo se ha
instalado en ella el discurso del odio, el fanatismo ciego y la mediocridad.
Coscubiela está muy por encima del nivel betún que lo enfanga todo. Bajo su
apariencia de hombre frágil y educado se esconde la fortaleza moral de un
librepensador clásico a la europea, la autoridad de un político de los que ya
no quedan. Coscubiela defendió los derechos de los trabajadores cuando hacerlo
suponía dar con los huesos en la cárcel, de modo que lo avala su trayectoria
como luchador antifranquista. No necesita alardear de lo larga que la tiene (la
mentalidad democrática) ni llevar el carné de demócrata en los dientes, como
hacen otros a todas horas. "Comparar el Estado español con el fascismo es
un disparate. Si lo hacemos acabamos absolviendo al franquismo", ha dicho
sin ambigüedades esta misma mañana en otra perla para enmarcar. Nadie, ni
siquiera Rufián, debería tener la osadía de poner en duda el compromiso con la
libertad de este hombre menudo en aspecto físico pero gigante en talla
intelectual. En un tiempo en que los niñatos de la CUP van dando lecciones de
lucha antifascista todo el rato, adoptando una pose empalagosa tan impostada
como insoportable, un hombre socrático, tranquilo y racional que conoció en sus
propias carnes la humedad de las lóbregas cárceles franquistas, ha levantado la
voz para denunciar la anarquía en la que está cayendo la política catalana.
Coscubiela es un demócrata de pedigrí, una especie en vías de extinción que es
preciso preservar, como el lince ibérico, y por eso ya lo han señalado los fanáticos
que han emprendido la caza del hombre. Siempre pasa en España. Cuando estalla
la guerra, el primer fusilado es el más justo y ecuánime. El que se atreve a
decir la verdad.
LOS SíMBOLOS. La
bandera blanca es la más hermosa porque no necesita colores, ni franjas o cuadros,
ni símbolo alguno que la enturbie. La bandera blanca es inocente, virginal,
limpia, neutra, pacífica. No se adorna con escudos heráldicos manchados de
sangre, ni con estrellas históricas amenazantes, ni con rampantes leones
voraces o sinuosas serpientes traidoras. La bandera blanca es la perfección de
la sencillez. Sin retóricas baratas, ni estúpidos argumentos políticos, ni
discursos tramposos que solo conducen a la guerra. La bandera blanca es la
única que merece ser abrazada con amor porque, con el tiempo, algún día, cuando
el ser humano supere su estadio infantil marcado por la enfermedad del odio, el
racismo y la violencia, será la bandera de todos. Y con ella, enarbolada en
nombre de la paz y la fraternidad entre los pueblos de la Tierra, marcharemos
unidos en pos de un futuro mejor para nuestros hijos. Un futuro próspero y
resplandeciente donde el mal ya no podrá hacernos daño y el único himno que
sonará a los cuatro vientos será la carcajada alegre de un niño.
IRMA. El mayor huracán atlántico de la historia, devastará Estados Unidos
irremediablemente, según ha alertado el responsable de los servicios de
emergencias norteamericanos. Cada año los temporales son más violentos, un
efecto que todos los expertos atribuyen al cambio climático. Sin embargo, y pese a que la magnitud del desastre va en aumento, el presidente (por llamarlo
de alguna manera) Trump sigue con sus políticas negacionistas trágicas para la
humanidad. Su poder es inmenso, tanto que se ha permitido el lujo de sacar a
EE.UU del convenio de París saltándose las recomendaciones de los científicos.
Trump se cree una especie de dios pero este mes de septiembre va a sentir un
poder todavía mayor que el que ostenta él: el poder devastador de las fuerzas
cósmicas que se revuelve contra la arrogancia humana. Muertos, heridos,
desaparecidos, miles de personas sin hogar, cientos de millones de dólares en
pérdidas... Eso es lo que les espera a los americanos. Y cada año la
destrucción será mayor. Son las consecuencias mayores de votar a un idiota.
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