miércoles, 10 de julio de 2013

REFRIEGA A LA GENOVESA


Hay que ver cómo está el patio de Génova por culpa de los originales papeles de Bárcenas. Dicen los peperólogos de las tertulias televisivas que en aquellos pasillos se están dando de navajazos hasta en el carné de identidad. Vamos, que hay más tarascadas, mordiscos y hachazos traperos que en un capítulo de The Walking Dead. Como la mafia calabresa o mucho peor. Uno podría decir, para quedar políticamente correcto, que se trata de un espectáculo poco edificante para nuestra democracia. Pero qué demonios, he de reconocer que aunque soy de normal pacífico estoy disfrutando como un enano de esta sesión de ultraviolencia gratuita (véase La Naranja Mecánica) ofrecida por la derecha españolera. A veces hasta me dan ganas de comprar palomitas y reservar la fila 7. Desde lo de Roldán, el filesa, la descomposición del felipismo y todo aquello no veíamos una cosa tan violenta, tan sucia, tan enmerdeus. Esperanza Aguirre (qué sibilina es la tía) ha saltado ya del barco, no vaya a ser que zozobre como el Costa Concordia, y ha dejado claro que urge limpiar el partido para recuperar la confianza, incluso antes de que el juez Ruz aplique el necesario fumigador. Ahora va de única la lideresa, de salvapatrias, como una Juana de Arco limpia de sobres y sueldos, como si estuviera segura de que tiene el as definitivo en la manga que le puede llevar a la Moncloa (Gallardón mediante). Los políticos oportunistas hacen carrera gloriosa en tiempos de cataclismos. Y eso es lo que se ha montado en Génova: un cataclismo de padre y muy señor mío, un pollo imperial, un lío muy liado que amenaza con destruir los cimientos del Estado de Derecho. ¿Y dónde está, mientras se cuece el volcán, el presidente del Gobierno? ¿Dónde está Rajoy mientras Espe le come la tostada y Bárcenas va sacando cajas y cajas llenas de humus de las cloacas del partido? Missing, evaporado, callado como puta. El premier está taciturno, sombrío, inaccesible a los amigos, como se decía de aquel Napoleón III que era más simple que una ameba. Rajoy está ambiguo, tibio, sordo a los buenos consejos de la calle, que le pide que hable, que se explique, que dimita como varón lo que no ha sabido defender como lo que sea. Trémulo ante el cante de su tesorero, débil ante las guerrillas levantiscas que se despiertan por doquier en su partido, lastimoso por inactivo, por cobarde, por incapaz. Ya no nos valen sus titubeos, sus no me consta, sus gracietas gallegas para despistar. Esto va en serio y el juez Ruz ha sacado el trasquilador. Señor Rajoy, usted ya no gobierna, gobiernan alalimón un fulano lujosamente alojado en la cárcel versallesca de Soto del Real y un periodista con tirantes especializado en construir y derribar gobiernos a placer. ¡Qué mentira de Gobierno! No hace mucho el presidente nos pedía a los españoles paciencia, paciencia mientras él se lo llevaba a conciencia. ¿Y qué explicación dan del saqueo del Estado los Arenas, los Cascos, los Rato, los Orejas mayores, toda la pata negra de una cabaña podrida, todas esas familias que ahora practican la omertà? Nunca debimos fiarnos de unos rufianescos genoveses. Más que buenos políticos, siempre fueron piratas, expertos comerciantes. De los papeles del Mar Muerto hemos pasado a los muertos de los papeles. Son cadáveres políticos, lo más digno que pueden hacer es jubilarse, irse, dejarnos en paz y disfrutar de sus sobres de oro negro. En Benidorm o en la sucia Suiza, me la trae al fresco. 

Imagen: periodistadigital   
         

martes, 9 de julio de 2013

EGIPTO, POBRE EGIPTO


Un día navegué por las aguas mansas del Nilo, entre bueyes raquíticos que se bañaban en la orilla, comidos por las moscas, y barcazas llenas de niños que pedían limosna. Tenía entonces 33 años, un empleo fijo como periodista que me reportaba algo de calderilla y mucha ilusión por recorrer el mundo. Hoy ya no tengo 33 tacos, ni empleo fijo, y la ilusión se ha transformado en ácido descreimiento. Pero en aquellos años disponía de algo de dinero, ya digo, y decidí embarcarme en uno de esos cruceros para occidentales ignorantes y aburridos que recorre el país desde el lago Nasser hasta el delta del Nilo. Viajaba solo, con mi Minolta X300 (analógica, por supuesto, entonces esa peste de lo digital aún no lo había devorado todo) y una mochila con un poco de ropa. También llevaba un libro, "No digas que fue un sueño", de Terenci Moix, pero no pasé de la página quince, tengo que confesarlo. Y no es porque el libro fuera malo, al contrario. Es solo que Egipto me ofrecía tanto a cada instante que no era cuestión de desperdiciar ni un solo minuto de mi tiempo en lecturas. Así que por el día me subía a un autocar destartalado para visitar el país y por la noche llegaba al barco tan cansado y lleno de polvo que me iba a la cama sin cenar. Ni siquiera el bullicio y la música de las absurdas verbenas que se montaban en cubierta hasta altas horas de la noche conseguían despertarme. Es más, odiaba aquellos falsos festivales en los que los turistas se emborrachaban de vulgaridad mientras los pobres camareros egipcios, reventados por horas de trabajo, aguardaban bostezando el momento de irse a casa con sus familias. No voy a incurrir aquí en el error pedante de hablar del bosque de columnas del templo de Karnak, ni de la maravilla de Hatshepsut o el Valle de los Reyes, ni siquiera de las enigmáticas pirámides de Gizeh, que las tuvieron que construir los marcianos, no cabe la menor duda. Para eso están los libros de Historia del Arte. Solo diré que en aquellas dos semanas de viaje apasionante y frenético, Egipto me cambió la vida para siempre, porque Egipto es mucho más que sus ruinas eternas y su pasado histórico glorioso. Egipto es una curva en el tiempo que altera la trayectoria vital de los pobres mortales que recalan allí. Egipto es un panteón de espíritus, momias y dioses fantasmales que flotan en el aire y te poseen sin remedio. Algo misterioso e hipnótico que te seduce flota en el ambiente de aquel país ardiente y voluptuoso. Dejarse ir en faluca por el Nilo mientras el dios Ra te tuesta la piel y el tac tac obsesivo de los motores de los barcos te adormece los sentidos; meterte en un café nocturno de El Cairo y compartir una amistosa pipa de agua con un sufrido cairota amargado por seculares gobiernos corruptos y la falta de futuro; escuchar una leyenda egipcia (aunque falsa) contada por un camellero locuaz que mataría por una triste propina de un dólar; abrazar las piedras gigantescas de la escalera hacia el cielo; subir las dunas nebulosas del desierto que se levantan a ambos márgenes del río-monstruo y besar con miedo a una mujer desconocida. Todo eso es impagable y daría un brazo y parte del otro por volver a sentir de nuevo todo aquello. Pero ya digo que hace tiempo que dejé de tener 33 primaveras. Ahora probablemente me asfixiaría como un pez fuera del agua subiendo aquellas colinas de arena pesada que se tragan tus piernas hasta las rodillas. Por todos esos recuerdos que ya no volverán estoy triste estos días de ira y muerte. A veces miro la televisión con pena y se me acelera el pulso y se me enrojecen los ojos. El país está al borde de la guerra civil. Una guerra civil entre hermanos musulmanes. La encrucijada es tan obvia como nefasta: o los militares vendidos a Estados Unidos o los fanáticos dispuestos a rebanar cuellos por Alá. Pobre Egipto. Tan rico en pasado y tan pobre en futuro. Egipto, no digas que fue un sueño.

Posdata: Me siento un hombre afortunado, escribo mientras abrazo a la mujer desconocida que besé en aquella montaña de arena. 

Imagen: scapha.co

miércoles, 3 de julio de 2013

KAFKA

Hoy, justo hoy, se cumplen 130 años del nacimiento de Kafka y lo mejor que podemos decir del genial escritor checo es que acertó de pleno con sus narraciones de un absurdo simbólico. No hay más que echar un vistazo al patio político español para concluir que todo es Kafka. El señor Bárcenas echándose un pitillote en la piscina de Soto del Real, recostado en la chaise longue con su camiseta a rayas gondolieras, moda verano, es Kafka (una imagen potente que ni el mismo escritor judío hubiera imaginado). Todo el PP de acá para allá, chapoteando por los pasillos enfangados de Génova, toda la cúpula de los nervios, con el culo apretado, sin saber qué hacer con el gachó, es Kafka sin duda. Y ese Javier Arenas comiéndose hasta las cortinas vienesas del Palace y bebiéndose las cañerías del hotel es Kafka duro también. Por no hablar de esa diputada que no daba un palo al agua y se forraba con las fincas que le endosaba la mafia. En el PP hay miedo porque muchas cuentas no cuadran y muchos cuentos que se han contado a los españoles ya no encajan. Y él, el kafkiano Bárcenas, el Gregorio Samsa que una noche se acostó hombre y a la mañana siguiente se levantó cucaracha depredadora de dineros, está tan tranquilo y solazado en la piscina, tan engominado y ufano como siempre, esperando el momento justo para tirar de la frazadita, aguardando el segundo exacto para barajar los papeles sucios de la carpetilla, esos papeles que son la memoria podrida de un partido podrido. "Hoy los alemanes han invadido Polonia, yo me he ido a la piscina", escribió el genio de Praga. Pues en el PP ha estallado otra guerra no menos importante (los que están pringados contra los que no quieren comerse el marrón, véase Esperanza Aguirre y Gallardón), mientras un ciudadano K. se remoja en la piscina del talego y se broncea ese pecho alpinista henchido de codicia, mentiras y venganza. Kafka describió como nadie la soledad del hombre atrapado en la burocracia del Estado, Bárcenas se ha visto atrapado por la burocracia de la corrupción, el sinsentido laberíntico de la corrupción, que allí todos trilaban y pillaban sueldos, sobresueldos y requetesueldos ciegamente, a manos llenas, un robar por robar, por pura inercia. Ninguno de los que ponía el cazo se paró a pensar un momento si aquello era ético. Trincaban kafkianamente y a otra cosa. En el papelamen del tesorero está toda la Historia negra reciente de este país. El dossier de Bárcenas es una agenda caliente plagada de nombres culpables, de datos terribles, de biografías inconfensables. En esas cuartillas manchadas de café que tan celosamente guarda el tesorero está la ruina de muchos y la gloria de otros. Kafka escribió la historia del hombre anónimo y unidimensional del siglo XX, la historia del hombre sin nombre, el ciudadano K.; Bárcenas era el hombre en B., en la oscura sombra, e iba anotando sin saberlo la historia de un cataclismo nacional. El genio checo se sentía siempre culpable de algo, el tesorero es un personaje kafkiano que se siente inocente de todo, inocente de haberse hecho rico, inocente de que el partido le haya dado la espalda, inocente de las carreras políticas que se va a llevar por delante. Una cosa es cierta: Bárcenas es inocente en cuanto que se está comiendo la culpa de otros que mandan por encima de él. Era el tesorero Midas al que todos visitaban en su despacho de oro y ahora es el juguete roto, el trapo sucio, la bolsa de basura humeante que nadie quiere tocar. El éxito tiene muchos padres pero el fracaso es huérfano, decía JFK. Lo kafkiano de Bárcenas es que ha terminado odiado por los poderosos e idolatrado por los presos, que lo ven como un "héroe" y un "hombre majísimo". Hasta juegan al mus con él. Pues que se anden con cuidado, que el tío es un as de las trampas.  

viernes, 28 de junio de 2013

BÁRCENAS ENCADENADO


El juez Ruz, después de cuatro años (por fin, aleluya) ha decidido entrullar a Bárcenas ante el riesgo de que se pegue una puerta. Es una medida justa y acertada (aunque tardía) pero mucho nos tememos que el eficiente magistrado arriesga un tanto al enviarlo a Soto del Real. Allí le esperan Díaz Ferrán, De Cabo y otros magnates mangantes. Todos juntos y revueltos y ahora con un tesorero de asesor. Qué peligro. Tanto pájaro financiero en un mismo palomar, y con tiempo para pensar nuevos negocios en la soleada piscina, es un riesgo innecesario para la estabilidad económica del país, para la prima de riesgo, para nuestros violentados bolsillos. Por eso, en lugar de agruparlos, lo más lógico hubiera sido dispersarlos, como a los boys de ETA. A fin de cuentas son también terroristas, terroristas económicos, pero terroristas. Mercenarios de la pasta que han llevado al país a la crisis, al desastre, al crack. No quiero ni pensar la que se puede preparar en Soto del Real. Aquello va a ser un congreso nacional de ingenieros del desfalco. Bárcenas, tesorero del penal; Díaz Ferrán, presidente de la patronal penitenciaria; y otros ludópatas del chanchullo fácil, vocales ayudantes. Un polvorín, ya digo. En un par de semanas, trabajando fuerte en el patio de la prisión a la hora del recreo, el tesorero y sus discípulos emprendedores montan una Rumasa con la merienda de los presos, refundan el PP (“Por la Pasta”, buitre rampante en lugar de gaviota) y levantan otro imperio suizo con los sobres sobrantes que no encuentra la Policía. Ingresar a Bárcenas en Soto del Real es un error, un riesgo peligroso para la seguridad nacional, es como meter a un traficante de drogas en una clínica de Proyecto Hombre, y en un par de semanas el traficante se ha camelado a media cárcel con la golosina de los sobrecitos, un sobre aquí, otro allá, sobres para todos, justo ahora que se estaban desenganchando los chicos, y así todos yonquis del dinero otra vez. A poco que se prolongue la prisión provisional, Bárcenas y Díaz Ferrán abren una agencia de viajes. Colocan el cartel luminoso de Marsans en la puerta de la cárcel y ponen a los presos que están de permiso a trasegar maletines por el mundo, por las Islas Caimán, mayormente. No quiero ni pensar en la de corruptelas y cosas malas que puede llegar a hacer Bárcenas en una prisión con piscina, pista de pádel, gimnasio y tiempo libre. Si se lo propone, el tesorero del PP tira de la manta y se carga a todo un Gobierno, o monta una exposición con sus cuadros de baratillo, o instala una estación de alpinismo en los jardines de la cárcel (levantarse miles y ochomiles es el deporte que más le va al tesorero). Si dejamos hacer negocios a Bárcenas con los fulanos de la trena, terminan colocando unas preferentes a los funcionarios y nos los dejan a todos en cueros, como a esos contribuyentes gallegos que se han despelotado en protesta por el agujero de Bankia. Que se anden con cuidado en Soto del Real, que un Bárcenas herido y rabioso reflota la Gurtel, organiza otra visita del Papa y hasta otra boda de Estado con Berlusconi de padrino. Al loro el alcaide de la prisión, que Bárcenas le hace una peineta y después le mete un sobre preñado de quinientos en la americana, como anticipo de la mordida. Podemos hacer la vista gorda a la piscina, a la celda de seis metros cuadrados con televisión de plasma, a los condones y demás privilegios (aunque se merece la torre húmeda y sórdida del Conde de Montecristo, con grilletes, bola en el tobillo y soguilla). Pero por dios y por la virgen, que no le dejen hacer más negocios turbios, que nos vende lo poco que nos queda de España. 

Imagen: Cuatro   


lunes, 24 de junio de 2013

EL ÚLTIMO BUNGA-BUNGA


Siete años de prisión por un bunga-bunga indiscreto con una menor, siete años de trullo por un bunga-bunga sórdido, clandestino, guarro. Ése es el epitafio político que deja el piccolo Mussolini, el Tony Soprano de la República italiana, el magnate de las mamachicho telecinqueñas: Il Cavaliere Silvio Berlusconi. Manejó televisiones mundiales como teatros de marionetas, quitó y puso gobiernos a su antojo, firmó conspiraciones internacionales, convirtió la milenaria y eterna Italia, con sus coliseos, sus bustos de emperadores, sus columnas trajanas y su todo, en su lúbrico villorrio toscano para orgías y desmanes. Desfalcó, trincotriló y estupró la democracia romana a placer; hizo trapacerías políticas por doquier sin que nadie, ni el pueblo, ni la Justicia, ni el Parlamento, ni Europa le pararan los pies a tiempo. Salió airoso de las causas más enrevesadas, complejas y graves. Y ahora, al final de su procelosa vida pública, a sus casi ochenta tacos, va y cae por el caso Ruby, la Rompecorazones, una distraída del amor, una simple chica de la calle. Está claro que los designios políticos de Dios son inextricables. Las pequeñas cosas, los amados detalles de Nabokov, son los que arruinan la vida y obra de un hombre. Berlusconi es como ese personaje de Lolita, ese Humbert Humbert que chifló de pasión la primera vez que vio flotar a la fresca ninfa en la piscina. Berlusconi ha jurado en el juicio que todo eran cenas elegantes, veladas que transcurrían en una atmósfera de "simpatía, jocosidad y diversión". Ahora lo llaman así. Jocosa diversión. Pero la Justicia italiana (esta vez sí, por fin, plas, plas) ha hecho honor a sus raíces augustas y ha sentenciado que esta vez no cuela, que aquello no eran fiestas inocentes ni simple teatro burlesque en las catacumbas del chalé imperial. Aquello era lo que era, un "sistema de prostitución para el placer de Silvio", un maratón de bunga-bungas donde Il Cavaliere invitaba a pizza con pelo, penne y calzone a sus amigos (habría que investigar qué clase de amigos y si había algún político español zumbando por allí, lo dejo caer para La Sexta). El villorrio de Berlusconi era un antro abierto hasta el amanecer, lolitas esnifadas, todos de Napiato hasta las trancas, lencería cara y sedosa, Adriano Celentano, volare, volare, mi ragazza in un pugno. Toda ese fornifollar con menores sucedía mientras la vieja Europa se resquebrajaba tristemente y se hundía entre mercados como tiburones, mientras la Bolsa se iba al carajo, mientras millones de europeos comían ya ruina y hambre. Todo ese simposio del sexo en plan Calígula sucedía mientras el viejo y babeante Cavaliere se mecía suavemente en las dunas tiernas de la niña Ruby. Cuando el pueblo pasa penalidades, el poderoso ahoga su inmundicia en rubio champán. Qué siglo de gobernantes corruptos, qué siglo de políticos locos, desnortados, descerebrados. La eterna Marilyn terminó con el sueño de los promiscuos Kennedy; Clinton cayó por una mancha corrida que no salía ni con Fairy ultra; y Berlusconi ha venido a caer por un bunga-bunga apresurado, un bunga-bunga ciego y loco al ritmo de mal karaoke, Ramazzotti y la hortera Pausini. A ver si de ésta los italianos, y de paso los españoles, vamos aprendiendo de una vez que se debe votar con la cabeza y no con la entrepierna. Ciao, Silvio. Ya tendrás tiempo de fantasear con el último bunga-bunga. Pero en el talego.

Imagen: lavanguardia


sábado, 22 de junio de 2013

LOS CINCO OJOS


Resulta que un misterioso organismo al que llaman Cinco Ojos nos ha pinchado las comunicaciones sin que seamos conscientes de ello. Internet, teléfonos móviles, redes sociales, correos electrónicos, todo está controlado ya por esos cinco ojos, una especie de consorcio global formado por espionitas ingleses y yanquis que busca terroristas árabes debajo de las piedras. Parece un argumento de Graham Greene, pero está ocurriendo realmente. La justificación que dan las grandes potencias anglosajonas implicadas en el proyecto es la de siempre desde que las Torres Gemelas saltaron por los aires: para ganar en seguridad es preciso recortar en libertad. Sin duda, es la CIA la que mueve esos ojos en la sombra (de hecho es la CIA la que manda en la casa blanca del señor negro). Así que desde ahora todos somos potenciales terroristas, desde el abúlico Mariano Rajoy hasta el último cabrero de Soria. Sin duda esta movida de los cinco ojos es un paso más de USA en su objetivo de imponernos un imperialismo global, un supergobierno policial, totalitario, militar, maquiavélico. Los fulanos del Pentágono empiezan por meter sus ojos en nuestro correo electrónico y terminan metiéndose en nuestra cama, entre uno y su señora, y hasta ahí podíamos llegar, un respeto, oiga. No teníamos bastante con el gran ojo orweliano del Estado que gobierna y dirige nuestras vidas, no teníamos suficiente con el ojo televisivo de Gran Hermano 14 y los striptease guarris de la Milá (que está gorda y vieja, aunque no quiera reconocerlo), sino que ahora tendremos que convivir con esos cinco ojos que van a espiarnos a placer, con esos ojos que van a escucharnos, copiarnos, ojearnos y vigilarnos hasta el último pelo del culo. Yo, desde que me he enterado de que la CIA me ha pinchado las comunicaciones me siento un tío grande. Que la CIA ponga sus ojos en mí (un gusano intrascendente en la inmensidad del planeta) es el copón, la consagración de un periodista. A uno le sube el ego saber que, ya que no intereso para nada a mi Gobierno, al menos intereso a unos generalotes yanquis con el pecho alicatado de chapas y el dedo presto a pulsar el botón nuclear. A mí me parece que la idea de los cinco ojos puede resultar positiva, pero está mal enfocada, señores espionitas de la CIA. Esos cinco ojos bien dirigidos hacia la casa de Bárcenas aclararían muchas bolsas de basura, muchos cuadros millonarios y muchas cuentas en Suiza a la virulé. Esos cinco ojos estratégicamente ubicados en la mansión del duque de Palma, entre los maletines delictivos y los tapices reales, permitirían entender ingentes comisiones y chanchullos. Esos cinco ojos infiltrados en las cañerías de Hacienda servirían para descubrir qué pasa en realidad con las trece fincas erróneas de la infanta (Hacienda siempre se equivoca con los ricos pero acierta con los pobres). No harían falta cinco ojos, sino cien ojos para desentrañar el pifostio de sobresueldos que ha montado en un momento el Partido Popular, porque allí se lo llevaba muerto hasta el conserje. Con el Gobierno, con el Poder, con la Banca, con la Iglesia hay que ir con siete ojos. Éramos una democracia bancaria llena de trincotrileros y aprovechados gurtealianos y ahora somos una democracia intervenida, vigilada, maniatada. Toda España está pinchada por la CIA como un queso gruyer. Pues a mí que me registren.         

lunes, 17 de junio de 2013

BRETÓN


Lo del juicio de Bretón promete convertirse en el último best seller criminal televisado de nuestro tiempo. En los próximos días, a la hora de comer, los informativos, magacines y programas de la ingle nos irán sirviendo las últimas noticias sobre el doble asesinato supuestamente cometido por el zumbadillo al que acusan de quemar cruelmente a sus hijos en la finca de las Quemadillas. Ya todo es Bretón (por unas horas Bárcenas y Urdangarín podrán respirar tranquilos) y nos vamos a enterar de qué comía el asesino, qué bebía, qué talla de zapatos usaba, qué putiferios y amantes frecuentaba y cuál era su equipo de fútbol favorito. La sociedad española se prepara para devorar las andanzas, vida y milagros de su último psicotronado nacional, de su Hannibal Lecter a la cordobesa. La avalancha de reportajes, monográficos y tertulias que se nos avecina va a ser tal que no va a quedar ni un solo español al que no se le estremezca hasta la última célula nerviosa de su cuerpo tras escuchar las atrocidades del monstruo retorcido. Sin duda, las cadenas nos ofrecerán una dosis catódica diaria de macabra ultraviolencia, por usurpar el término genial acuñado por Kubrick en La Naranja Mecánica. Hoy mismo las televisiones ya han empezado a servirnos los entrantes del siniestro menú: el informe forense completo y minucioso (con las fotos pertinentes) sobre los huesos de los niños hallados en la pira llena de cenizas. Y uno se pregunta: ¿Es necesaria tal sobreabundancia de información? ¿Es preciso bombardear una y otra vez al espectador con este tipo de historias truculentas? Durante años fui periodista de Sucesos y Tribunales y he visto asesinos de todas clases. Envenenadores, torturadores, descuartizadores, fríos, pasionales, vulgares, sofisticados, marginales y de guante blanco. Por eso soy consciente de que el ciudadano debe estar suficientemente informado sobre los crímenes que le rodean, porque el crimen es la fiebre de una sociedad enferma, el termómetro que nos indica el grado de neurosis colectiva en que vivimos. Pero por favor, no caigamos en la bisoñez de confundir la información con el espectáculo sangriento; no seamos tan ingenuos de no ver que una cosa es una información veraz e higiénica necesaria para un Estado democrático y otra muy distinta el horror atractivo de las vísceras, la sangre y los restos óseos, el horror bello y narcotizante de la muerte violenta en prime time. La muerte es el argumento que más páginas ha vendido en la historia de la humanidad, la muerte cotiza en Wall Street, y toda la literatura universal gira alrededor del amor y la muerte, de Eros y Tánatos. 
La televisión es el espejo cóncavo que deforma la realidad, el cristal que convierte lo real en esperpento, a la manera valleinclanesca, y esa mezcla de verité y ficción que da el crimen televisado, esa confusión entre el crimen real y el CSI teleyanqui que ofrece la televisión, atrapa al espectador, que queda hipnotizado, hechizado, seducido por la visión fascinante de la aberración humana en su máxima expresión. Por eso tenemos Bretón para rato, un hartazgo de Bretón porque, nos guste o no, Bretón vende más que Martina Klein en ropa interior y da más audiencia que GH 14, aunque solo sea por unos días. El espectador de la sociedad de masas hace tiempo que selecciona por lo bajo y ya nos hemos acostumbrado a leer malos libros, a ver malas películas, a votar a malos políticos y a consumir los crímenes malos y cutres que nos sirve la televisión sanguinolenta. Todos decimos que vemos los documentales de la 2 pero nadie se pierde el capítulo diario del pequeño y perverso criminal que nos fascina. Ese tipo bajito y frágil de ojillos desconfiados que sonríe frío y enigmático ante el juez.

Imagen: periodistadigital