miércoles, 30 de mayo de 2018

COSPEDAL, ROSALÍA Y OTRAS CHICAS DEL MONTÓN


(Publicado en Revista Gurb el 30 de mayo de 2018)

La mañana nos ha dejado otra actuación para la eternidad de la actriz de reparto (quizá de sobres) María Dolores de Cospedal: "¿Es que los jueces son infalibles?", ha preguntado con descaro doña Finiquito Diferido. Su paso esta mañana por la comisión del Congreso ha sido lo más surrealista y esperpéntico que han presenciado los sufridos leones Daoíz y Velarde en toda la historia de España, lo cual ya es decir. Su ruborizante intervención, en la que casi ha superado en ridículo a aquella otra en la que trató de explicar el despido de Bárcenas entre balbuceos disléxicos, ha estado plagada de marcianadas preocupantes y otros delirios psicopatológicos alejados de toda realidad que cualquier psiquiatra hubiese diagnosticado sin dudarlo como trastorno mental grave, no sabemos si transitorio o permanente. Para Loli Cospedal, poseída sin duda por el espíritu maléfico de Luis El Cabrón, Gürtel no es una trama del PP, sino "personas que hacen cosas", y acto seguido ha negado que exista la "caja B" del partido y que este haya sido condenado por corrupción, tal como aseguran las mil seiscientas y pico páginas de sentencia de la Audiencia Nacional. Desde que se lanzó la teoría de que la Tierra es plana no se había visto cosa igual. De haber durado quince minutos más la comparecencia, la minista habría concluido, soltando espuma por la boca y entre convulsiones, que en realidad nada existe porque todo –el cosmos, la naturaleza, los seres vivos y nosotros mismos–, es producto de nuestra imaginación, como sugiere el mago Anthony Blake. La moción de censura se antoja hoy mucho más necesaria que nunca, pero no solo por higiene democrática, por necesidad de regeneración institucional y por simple justicia, sino porque definitivamente esta gente no está en sus cabales. El PP no necesita un tribunal de eminentes e implacables juristas, sino un tribunal médico de urgencia. Aunque quizá, bien mirado, ya sea demasiado tarde y solo un avezado exorcista como el Padre Karras pueda sacarles el mal que llevan dentro. El caso es que desde hace tiempo algunos veníamos alertando de que España estaba siendo pilotada por un grupo de neoliberales sin escrúpulos; más tarde advertimos que no era así, sino que el avión estaba en manos de una banda mafiosa. Qué despistados andábamos. Ahora ya sabemos que la respuesta era mucho más sencilla que todo eso. Ahora ya tenemos la abracadabrante y aterradora verdad: a los mandos de la nave van Groucho, Chico y Harpo en fase de crisis delirante y una señora como la ministra de Defensa que cada vez se parece más a un personaje de Aterriza como puedas. Por Dios, que no la dejen subirse a un tanque.

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Rosalía Iglesias, la señora del sombrero Diane Keaton y los modelitos coquetos de Prada, podrá eludir la prisión si afloja 200.000 euros de fianza. De alguna caja B o C o D saldrá la pasta, de eso no hay ninguna duda. Pero más allá de si la decisión es justa o no, sobrevuela un asunto trascendental: si Rosalía iba a la trena, Luis Bárcenas podía montar en cólera y tirar de la frazadita y eso en medio del vendaval de la moción de censura no le convenía a M Punto. Así que la presión ha surtido efecto. Parece evidente que el sistema ha echado el freno por un momento porque el sistema funciona pero hasta un cierto límite, tampoco hay que pasarse. ¿Cómo iban a permitir los magistrados de la Audiencia que Rosalía se fuera de tour por los balnerarios castellanos de Soto del Real y Estremera dejando a su hijo Willy, el batería del grupo Taburete, solo y abandonado? ¿Un muchacho de 29 años desamparado en medio de la nada de Madrid, una ciudad caníbal que devora a los artistas hasta condenarlos al infierno del Metro? Eso era un crimen intolerable, aunque la situación de Willy Bárcenas no sea precisamente tan desesperada como la del pobre Evaristo, de La Polla Records, a quien la Policía le ha echado el guante por rojo empeñado en romper España. Hasta entre los músicos hay clases. Rosalía es la pieza clave y enigmática del caso Gurtel, la dama misteriosa que entraba y salía de los juzgados sin decir ni mu, salvo algún exabrupto que otro a los periodistas, qué pesados. De hecho, la Policía investiga si Bárcenas ordenó una transferencia de 200.000 euros a la cuenta que el matrimonio tenía abierta en el banco Butterfield Trust (Bermuda), dinero que no aparece por ninguna parte. Y luego cabría preguntarse otra cosa: ¿Qué habría sucedido si en lugar de llamarse Rosalía Iglesias se hubiese llamado Pepita Pérez, mujer de un jornalero cualquiera? Trullo seguro. Esta justicia española nuestra es ciertamente ambigua, difusa, a gusto del consumidor. Todo depende de si el reo tiene manta y está dispuesto a tirar de ella. Todo en función de si el procesado es un don con din, como diría el maestro Quevedo, de si tiene posibles o no. Y en el caso de Rosalía parece obvio que posibles los hay. Dónde está el dinero, nuestro dinero, eso ya es harina de otro costal. Que lo busque la UDEF. Aunque bien mirado, ¿qué coño será eso de la UDEF?

Viñeta: Iñaki y Frenchy

lunes, 28 de mayo de 2018

MARIANO Y LA MOCIÓN DE CENSURA


(Publicado en Revista Gurb el 26 de mayo de 2018)

Pobre Rajoy. ¿Cómo es posible que le hagan esto? Y no, no nos estamos refiriendo a la moción de censura, esa piñita de última hora que se han montado entre sociatas, naranjitos y podemitas para echarlo de la Moncloa a patadas como si fuera un desahuciado de Ada Colau. La moción de censura es lo de menos. Hablamos de algo mucho más importante y trascendental para un prejubilado como él al que solo le queda ya el fútbol: la final de la Champions. Tras el terremoto político que ha generado la sentencia de la Gurtel, Mariano ha tenido que suspender su viaje a Kiev y ya no podrá ver cómo el Real Madrid levanta el copón definitivo. Maldita sea. Es un crimen, una puñalada trapera, una putada. Él no contaba con que se la jugaran de esa manera. Qué gente tan depravada y despreciable hay por el mundo. Ya podían haber esperado al mes de agosto, con el parón ligero. ¿Cómo se le puede hacer eso a alguien inocente? ¿Cómo se puede ser tan mala persona? Al menos a Julio César lo dejaron terminar de ver los Juegos para rematarlo a placer. Él que lo ha dado todo por España (salvo alguna cosha y algunos sobresh); él que ha salvado el país de las hordas independendistas. Desagradecidos. Ya no podrá hacerse la foto con Sergio Ramos y el resto de muchachos saltando en pelotas en los vestuarios tras la victoria. Y todo por Correa, por Crespo, por esos señores a los que él no conocía de nada y que entraban y salían de Génova, a diario, con los bolsillos repletos, bolsillos que él siempre creyó llenos de caramelos y chuches para los mítines del PP. Esto no quedará así. Pueden echarlo del Gobierno en una conjura traicionera para romper España, pueden llamarlo a declarar en la Audiencia Nacional por tantos casos, pero dejarlo sin el partido del siglo, dejarlo sin su Real Madrí, eso es una traición imperdonable que no se olvida nunca. Los catalanes pagarán la afrenta con un 155 endurecido. ¿Cómo han podido? De Pablo Iglesias uno se lo espera todo porque es del Atleti, o del Rayo, en fin un perdedor; de Pedro Sánchez también porque él es más de baloncesto; ¿pero de Rivera, que es un merengón infiltrado en la Masía? Traidores. Eso no se le hace a una persona mayor. Con la ilusión que tenía el hombre. 

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La Audiencia Nacional ha condenado al Partido Popular como partícipe a título lucrativo por la trama Gürtel. De esta manera, el PP se convierte en el primer partido condenado por corrupción en la historia de España, o lo que es lo mismo: Génova 13 era la sede central de una multinacional del crimen, una formidable organización criminal con tentáculos y sucursales en todo el país. El extesorero Luis Bárcenas ha sido sentenciado a 33 años de cárcel. Tendrá que cambiar el traje Chesterton por el traje a rayas. A su esposa, Rosalía Iglesias, le caen 15 años. El fallo establece que Ana Mato se benefició de la trama, ya que financió viajes y fiestas familiares cuando la exministra estaba casada con el exalcalde de Pozuelo, Jesús Sepúlveda. La condena de este último se eleva a 14 años de cárcel. Aquellos payasos y aquellos confetis de cumpleaños finalmente han salido muy caros. El cabecilla empresarial de la trama, Francisco Correa, ha sido condenado a 51 años y 11 meses de prisión y su número dos, Pablo Crespo, a 37 años y medio. Álvaro Pérez, ‘El Bigotes’, ha sido absuelto en el último suspiro. A este le ha tocado el gordo anticipado. Los magistrados consideran acreditada la existencia de la caja B del PP, con la que se pagaban las comisiones y mordidas para los prebostes del partido tras el amaño de contratos con empresas afines. Cabe recordar que M Punto Rajoy, en su declaración como testigo, dijo que "jamás" oyó hablar de "financiación irregular" en los pasillos de Génova. Por lo visto, Mariano sufría de sordera súbita y de ceguera transitoria. Él nunca veía nada, no escuchaba nada, no se enteraba de nada. Si Felipe Glez. fue el Señor X del PSOE, ¿qué letra le adjudicamos al inefable registrador de la propiedad? Incógnitas sin despejar aparte, el Gobierno dice que no valora la sentencia. La vergüenza es infinita pero el presidente no se plantea su dimisión. Todo sigue igual en la España mariana y bananera. Aquí paz y después gloria.

Viñeta: El Koko Parrilla

UN MONTÓN DE CASOS AISLADOS


(Publicado en Revista Gurb el 26 de mayo de 2018)

Dice Andrea Levy que al PP le "toca pedir disculpas" tras conocerse la sentencia del caso Gürtel. ¿Disculpas, para qué queremos sus disculpas? Está bien que Levy pida perdón, pero aquí de lo que se trata ya no es de excusarse, sino de restituir lo robado, de devolvernos hasta el último céntimo que necesitamos como agua de mayo para seguir pagando las pensiones, las prestaciones por desempleo y los agujeros en la Sanidad y la Educación. Pedir perdón como una niña buena con carita inocente es un gesto extemporáneo que ya no conduce a nada más que a remover aún más la bilis de los españolitos vilmente saqueados. Si de verdad quieren reparar el estropicio que han causado que afloren los 80.000 millones de euros que nos han costado sus vicios, sus juergas, sus viajes y sus chalés de lujo. ¿Dónde está todo ese dinero? ¿En cajas de seguridad suizas, escondido bajo alguna palmera en Panamá? Que paguen la factura inmensa de la vergüenza. Esa sí sería una buena manera de pedir perdón por tanta corruptela y tantas mentiras y tantos casos aislados, como dice M Punto Rajoy. Al ciudadano ya no le sirven las disculpas ni las lágrimas de cocodrilo de una niña pija a la que sacan a dar la cara porque a Rafa Hernando le da la risa. Exigimos el dinero que nos han sustraído desde el 96 y mucho antes –cuando Aznar dijo aquello de que España necesitaba un Gobierno honesto–. Reclamamos lo robado que nos hace tanta falta para que nuestros hijos puedan comer. Y si no lo encuentran que cierren el negocio de Génova, que se disuelvan como cualquier banda criminal derrotada y se vayan con la gaviota a otra parte. Que aquí el pajarraco ya ha dejado un buen cagazo.

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La plataforma España Ciudadana lanzada por el partido de Albert Rivera el pasado fin de semana para "recuperar el orgullo de sentirse español" es una iniciativa calcada a otros movimientos ultranacionalistas que florecen en Europa tras la quiebra de la socialdemocracia y el auge de los populismos de uno y otro signo. Por mucho que Ciudadanos pretenda adornar su plan con un himno edulcorado y debidamente maquillado por Marta Sánchez el proyecto es lo que es, y detrás se esconde lo más rancio de este país: la reafirmación de un sentimiento españolista febril y exagerado, el desprecio hacia las nacionalidades históricas, la vuelta al centralismo y a los símbolos identitarios y en definitiva esa visión imperial de España que debería estar felizmente superada tras cuarenta años de democracia y de Estado de las autonomías. Queda claro cuál es el guion de Rivera para llegar a la Moncloa: pescar votos en el río revuelto de la grave crisis institucional y territorial que padece nuestro país, un juego demasiado peligroso que solo contribuirá a avivar el problema. Enfrentar al nacionalismo con otro nacionalismo no menos pernicioso, esta vez de corte españolista, es un inmenso error que ya hemos pagado caro en el pasado. Por si fuera poco, mientras se enarbola la bandera del patrioterismo más casposo e irracional no se habla de los problemas que interesan al ciudadano, quizá porque el partido naranja no tiene nada más que ofrecer que lo que ya ha ofrecido el PP durante todos estos años de gobiernos ultraliberales. Rivera ha puesto en marcha el reloj de la confrontación identitaria, y esa es una muy mala noticia para todos. Promover un endurecimiento del 155, apostar por un control total de los Mossos, intervenir TV3, limitar la enseñanza en catalán, insistir en la judicialización del problema secesionista y en la represión de los presos y recortar el Presupuesto de la Generalitat de Cataluña son medidas demasiado reaccionarias que no contribuirán a resolver el problema, sino todo lo contrario. Todo lo que no sea abrir una mesa de diálogo y pacto en pie de igualdad con los representantes políticos de los catalanes, recuperar el espíritu de concordia y respeto por las instituciones de Cataluña y avanzar en la vía federalista está abocado al fracaso a corto y medio plazo. Pero eso parece no interesarle a Albert Rivera, que ya se ha vestido con la rojigualda del hooligan hormonado y va cantando aquello de "yo soy español, español, español", como si estuviera en un partido de la Roja. Desgraciadamente esto es lo que nos queda después del procés, esto es lo que nos ha dejado la aventura descabellada de Puigdemont: un neofalangismo inquietante que tendremos que comernos los españoles quizá durante muchos años.

Viñeta: Ben

jueves, 24 de mayo de 2018

MORENO A LA SOMBRA


(Publicado en Revista Gurb el 23 de mayo de 2018 y en Diario 16)

Fue el hombre de Aznar en Levante, el aparejador de una tierra mítica de cartón piedra que se ha desmoronado con el tiempo, el playboy de Benidorm que diseñó la Valencia de los huevos de oro al son de Julio Iglesias. El ideólogo del saqueo, en fin. Aunque parezca un personaje del pasado, no hace tanto que se paseaba altanero y ufano por los pasillos de la Generalitat, la guayabera remangada y el bronceado siempre impecable, como el gran señorito de la Albufera que era. Llegó al poder gracias al oscuro ‘pacto del pollo’, todavía no aclarado, con los folclóricos regionalistas de Unión Valenciana. Ya en la poltrona soñó que Valencia sería una pequeña California europea para uso y disfrute de jubilados alemanes y cuatro empresarios amigachos del PP. Quiso hacer de su tierra un gigantesco parque temático. Su programa político fue, básicamente, el pelotazo tonto y rápido: un Palau de la Música que se llenaba de goteras aquí, una Terra Mítica ruinosa o una Ciudad de la Ciencia del Sobrecoste allá, un Puente de Calatrava que se caía a trozos acullá. Todo lo que tocaba se fundía en negro; todo lo que proyectaba terminaba en el juzgado. Pero siempre pagaban otros por él. Fue el cerebro intelectual del capitalismo de amiguetes. Zaplana el morenazo fresco y desahogado, Zaplana el ministro de Trabajo que no trabajaba, Zaplana el Houdini que entraba y salía de las puertas giratorias, mayormente de Telefónica, donde se levantó un pico de todos los españoles. Nunca un experto en nada llegó a acaparar tanto poder. Tenía varios másteres especializados: el de vendedor de humos, el de crupier avezado en castillos de naipes, el de buscador de tesoros entre naranjales esquilmados y playas contaminadas. Lo vendió todo a la empresa privada. No dejó nada sano. Y todavía lo estamos pagando.

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Pacocamps, el traje usado del PP, ha pasado esta mañana por el juzgado para contarle algunas cosillas a la jueza sobre la Fórmula I y sus juergas con Bernie Ecclestone. Cosillas como por qué los autos locos que en principio no iban a costar "ni un euro" sangraron las arcas públicas valencianas con casi 300 millones de euros. Cosillas como por qué aquella zona del puerto, una de las más hermosas de la ciudad, ha quedado hoy reducida a un solar lleno de escombros, contenedores, basuras y trastos viejos. Cosillas, en fin, como por qué él, siendo el honorable president, echó el combustible a los Ferraris corruptos de Bernie y a un evento que solo sirvió para que su modelo de capitalismo de amiguetes enriqueciera a unos pocos. Camps es ese Señor X de la Valencia del pelotazo y la Gurtel que se fue de rositas en el último momento cuando muchos de su equipo se iban de vacaciones forzosas a Picassent, Estremera, Soto del Real y otros balnearios penitenciarios. Camps ha sido un gobernante polifacético en el desastre: el arquitecto de los monumentos de cartón piedra marca Calatrava y de los barracones donde los escolares se abrasaban en verano y se congelaban en invierno; el farmacéutico que dejó las boticas en la ruina y sin medicamentos; el cirujano que vendió los hospitales a la empresa privada; el cerebro intelectual de la decadencia cultural de toda una región; el amiguito del alma de la camorra bigotuda valenciana. Después de Camps, Valencia, antes ciudad de las flores, de la luz y del color, quedó reducida a la categoría de jardín putrefacto y maloliente, a un agujero fiscal oscuro y lleno de ratas y a una foto en blanco y negro retrofranquista con las melodías casposas de Julio Iglesias como nostálgica banda sonora. El modelo desarrollista y sesentero de Camps, su plan premeditado de sol y playa, fue un fiasco, una estafa histórica y descomunal, un festín de mezquindades. Él, por supuesto, no pagará nada de esa inmensa paellada de engaños y corruptelas porque en este país no hay Justicia. La factura la abonarán los alegres valencianos, que pasarán décadas costeando de sus bolsillos la frivolidad de tantas carreras y regatas y el atraco por mar de aquellos bucaneros que cada año desembarcaban en el puerto a bordo de sus yates colosales para llevarse un buen botín. Camps quedará como ese iluminado que soñó con convertir Valencia en un Mónaco a la española y acabó haciendo de ella una falla formidable y gigantesca a la que unos pirómanos de los negocios metieron fuego por los cuatros costados. Por cierto, le ha dicho a su señoría que todo es un montaje de esos rojos independentistas que se la tienen jurada. Qué cosas tienes Paquito…

Viñeta: Igepzio

lunes, 21 de mayo de 2018

LA DACHA DE PABLO E IRENE


(Publicado en Revista Gurb el 20 de mayo de 2018)

Ahora resulta que a la pareja Iglesias/Montero le ha dado por vivir como los nuevos ricos. La izquierda de este país no tiene arreglo. Cinco años dándonos la brasa sobre la casta decadente, los vicios de los instalados y la avaricia de los políticos del bipartidismo para terminar como ellos. Por lo visto, al final el asalto a los cielos, aquella maravillosa utopía, se reducía a un paraíso mucho más prosaico y terrenal: un chaletorro de 600.000 euros en la sierra madrileña, un estanque dorado con nenúfares y unas plácidas noches de verano en la tumbona, bajo el porche, entre gin tonics y efluvios de azahar. Al menos ya sabemos qué clase de comunismo venía a ofrecernos el mesías de la coleta. El mismo comunismo de boquilla para burgueses de siempre, un comunismo para millonarios, un comunismo de clase alta que repudia vivir entre obreros porque son poca cosa y además huelen mal. La carne es débil y un comunista es alguien que no tuvo suerte en la vida pero qué demonios, que levante la mano aquel que ganando el pastizal que ganan Pablo e Irene no se compraría ese mismo chalé versallesco y a tomar viento el viejo manual de Marx. Lo que le ha pasado a la sagrada familia podemita, su caída en la tentación del dinero, su casita de muñecas carísima, es lo mismo que le viene sucediendo a todos los revolucionarios, generación tras generación, desde que los asirios inventaron el dinero. A fin de cuentas la revolución no es más que el instrumento necesario para quitar al rico que estorba y poner a otro rico en su lugar. Venderse a los placeres de Capua es humano. Pasó con los jerarcas soviéticos que terminaron como banqueros del rublo, pasó con los Castro –la saga ilustre de magnates cubanos– y ha pasado con Felipe González, ese patrón de yate de lujo con la piel tostada por el sol lujoso del Caribe y las gafas de sol de tirano sudaca. A Iglesias no se le conoce yate de momento, pero todo se andará. La dialéctica materialista de la izquierda española parece que siempre conduce al mismo lugar: a la VISA oro. Nos preguntamos qué será lo siguiente: ¿cambiar la ropa apolillada de Alcampo por la de Hugo Boss, llevar el Corsa anticuado al desguace y sustituirlo por el Mercedes estándar de la patronal, comer con Inda en Casa Lucio, invertir los ahorrillos de diputado en una empresa del Íbex 35? Una vez que se prueba el caviar no se puede parar y el jamón de York Campofrío ya no sabe a nada. Una vez que se pisa una dacha con garaje y piscina, el piso de protección oficial en el Ensanche de Vallekas se queda pequeño y destila un tufo odioso e insoportable a humedad y a sudor de perdedor. El diablo capitalista acecha en cada esquina pero un líder verdaderamente de izquierdas no debería vivir como un millonario por coherencia política, por respeto a los parias de la famélica legión que le votan cada cuatro años y porque detrás de toda gran fortuna siempre se esconde un gran crimen, como avisó Balzac.
Vivimos tiempos líquidos de ideales frágiles, pasajeros, evanescentes. Las convicciones políticas duran lo que dura un tuit y los discursos se modulan en función del pragmatismo del momento. No hay dogmas inmutables ni verdades universales. Hoy uno puede acostarse como un anticapitalista peligroso y levantarse al día siguiente en una suite envuelta en aroma Dom Pérignon. Nada es para siempre. Que se lo pregunten si no a Jorge Verstrynge, que pasó de fascista redentor a estalinista de puño en alto sin que nadie lo notara. No es cuestión de exigir a Pablo y a Irene que se vayan a vivir a una chabola destartalada como Pepe Mujica para demostrar que son gentes de izquierda. Mujica es un santón del socialismo de los que ya no quedan y son muy pocos los que están dispuestos a seguir su ejemplo. Pero, ¿no hubiera sido más ético y estético buscarse un pisito modesto, un nidito de amor bohemio y proleta en Lavapiés para una pareja activista y sus dos retoños? ¿Qué necesidad había de esos dos mil metros de parcela, en propiedad privada, como los peores terratenientes? No hay nada malo en querer vivir como un rico, solo que si no vives como piensas, acabarás pensando como vives, ya lo dijo Gandhi. Los foros de Podemos están que arden con la dacha de Iglesias/Montero. Unos defienden a la pareja a capa y espada, como esos abducidos de las sectas destructivas que justifican cualquier cosa que haga el amado líder. Otros como Kichi se rasgan las vestiduras con la polémica mudanza: "No quiero dejar de vivir en un piso de currante", ha sentenciado el alcalde de Cádiz (un tipo íntegro, no llegará a nada). La pareja anuncia una consulta asamblearia para que sean las bases del partido las que decidan si los Iglesias deben dimitir por haber caído en la tentación de la riqueza. La pregunta del millón podría ser algo parecido a esto: ¿Acaso os jode que vivamos como marqueses?

UN AMERICANO EN MADRID

(Publicado en Revista Gurb el 4 de mayo de 2018)

¿Cómo ven los norteamericanos el conflicto en Cataluña? ¿Lo entienden, les interesa, disponen de información completa para extraer conclusiones reflexionadas? La cuestión no es baladí, ya que quien gane la batalla mediática internacional ganará probablemente la partida que se libra entre el Gobierno de Madrid y la Generalitat. Raphael Minder, el corresponsal del New York Times en España, es el periodista que ha cubierto los siete meses más trepidantes y trascendentes de nuestra historia reciente. Los datos e ideas que llegan a buena parte de los estadounidenses, conformando una opinión pública concreta, salen de su mente, pasan por sus ojos que han viajado por toda España en busca de respuestas, emergen de sus dedos cuando teclea en el ordenador las crónicas que envía al otro lado del Atlántico. "¿Que qué opinan los americanos sobre lo que está pasando? No tengo una respuesta clara, no lo sé. Todo el tema es muy complicado. Allí se entiende la secesión porque es parte de la historia americana también, pero al mismo tiempo hay un cierto grado de incredulidad a la hora de ver cómo se ha manejado el tema en España. Yo no sé realmente lo que opinan los americanos". Minder considera que "en momentos puntuales" de la crisis hubo "cierta simpatía" por los secesionistas, "en otros menos", y no deja de sorprenderse porque nadie en el Gobierno haya conseguido explicarle todavía quién dio la orden para cargar contra los votantes el 1-O. Hoy hablamos con Raphael Minder, el hombre del New York Times en España.

Entrevista completa en Revista Gurb

lunes, 7 de mayo de 2018

UNA RUBIA PELIGROSA


(Publicado en Revista Gurb el 20 de abril de 2018)

La renuncia de Cristina Cifuentes a su título universitario regalado es el canto de cisne de una mujer que camina ya entre cadáveres políticos. "No quiero el máster", dice ahora su señoría como tratando de liberarse de una maldición gitana que la perseguirá siempre allá donde vaya. Pero ese máster que la acredita oficialmente como especialista en la mentira cum laude la acompañará de por vida y ya se sabe que una mentira no se limpia ni en cien años, por mucho que ahora quiera romper en mil pedazos el maldito papelorio académico que la ha llevado a la ruina personal y política. Su actitud recuerda mucho a la de esas rubias fatales de las películas que tras cometer el crimen se afanan en limpiar la mancha de sangre del vestido, una mancha que no sale por mucho que se frota y se frota. Con todo, lo peor es que la presidenta de Madrid sigue sin caer en la cuenta de que el máster o el no máster ya no es el tema. Eso hace mucho tiempo que dejó de ser lo importante, lo esencial. Aquí el asunto fundamental es la lamentable gestión que ha hecho de su affaire, primero negando las investigaciones periodísticas que iban saliendo y anunciando querellas que nunca se presentaron; después mintiendo sobre un expediente falso en el que había todo tipo de mugre, desde trabajos inexistentes hasta supuestos tráficos de favor y falsificaciones de documentos; y por último, y lo más grotesco de todo, escondiéndose tras los faldones del jefe Rajoy. Decía Giacomo Leopardi que las personas no son ridículas sino cuando quieren parecer o ser lo que no son. La señora Cifuentes quiso ser lo que no era, construirse un personaje que no tenía nada que ver con ella, un papel de intelectuala brillante y sofisticada que vestía mucho y quedaba muy bien con el traje rojo y el Chanel en los actos públicos pero que en realidad era más falso que una moneda de dos caras. Toda esa interpretación teatral se le ha caído estrepitosamente por sus malas dotes de actriz. Por eso, porque ningún político que sea mal actor debería dedicarse a esto, debe dejarlo ya, presentar su dimisión e irse a su casa con sus titulaciones de mercadillo colgadas de la pared. Seguir revolcándose en el lodo, seguir defendiendo lo imposible y seguir poniéndose en evidencia, ya no solo produce indignación y rabia en la ciudadanía, sino una imagen de esperpento y ridículo patetismo, un espectáculo dramático, decadente y de vergüenza ajena como pocas veces se había visto en la política española. Lo cual ya es decir.

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La Conferencia de Rectores que acaba de informar sobre la investigación interna de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid (URJC) por el supuesto amaño del máster de Cristina Cifuentes pone de manfiesto varias cosas: primera, que los señores rectores no han investigado nada y más bien se han limitado a hacer el paripé delante de la prensa para que parezca que se está tratando de llegar hasta el fondo de un hecho tan grave y lamentable cuando no parece que se hayan esforzado demasiado en la investigación. Si la Fiscalía ha entrado ya en el asunto por delitos como la falsificación de firmas, los señores rectores deberían haber sido mucho más contundentes y duros a la hora de condenar la farsa de Cifuentes. En segundo lugar detectamos que entre los directivos de nuestras universidades existe un extraño corporativismo que les lleva a taparse entre ellos cuando deberían ser valientes, afrontar la realidad y asumir la gravedad extrema de lo que ha sucedido. Pero lo peor de todo ha sido ese alegato final tratando de quedar estupendos y acusando a algunos políticos y medios de comunicación de "irresponsabilidad" por haber denunciado los hechos. Es decir, matar al mensajero, la estrategia que suele emplear el PP en estos casos. Una comparecencia, en fin, que no viene sino a añadir más vergüenza e ignominia a un asunto que, a medida que vamos conociendo más datos, huele peor. Los rectores podrían haber hecho pedagogía en la mañana de hoy pero han optado por hacer política basura. Lamentable.

Viñeta: L'Avi