Decía Homer Simpson, en una de sus míticas frases para la historia,
que el transporte público es para fracasados. No sabemos si pensará eso
de sí mismo el ex alcalde de Villa y Corte, ex presidente de la
Comunidad de Madrid, ex ministro de Justicia y ex muchas cosas más
-entre ellas ex sempiterno candidato a ocupar la Moncloa-, pero lo
cierto es que ahí se le ha visto esta mañana, en el Metro, con su
maletín burocrático a cuestas, la mirada perdida frente a la ventanilla y
el rictus serio, como cualquier otro proleta que apechuga con sus
miserias humanas a la hora fatídica de ir a trabajar. Impresiona
comprobar cómo un hombre que lo fue todo en el partido y en la historia
de España, y que hoy se defiende en los tribunales como imputado en el
caso Lezo, se reduce a la simple categoría de uno más, de currito, de
hombre llano que se hunde en las entrañas obreras del Metro para
enfrentarse a la dictadura de la rutinaria cotidianidad, de los
empujones, de los codazos, del sudor del personal y del olor a
combustión ácida y enfermiza de los trenes subterráneos.
Atrás quedan los cochazos blindados, los escoltas, las lujosas
conferencias con jet set y canapé, los aviones privados y la maquinaria
del Estado que antes estaba enteramente a su servicio. Todo poder
excesivo dura poco, decía Séneca, y a Gallardón, como a todo político,
el poder le ha durado lo que dura un atasco en la M-30, esos pifostios
de tráfico contra los que luchó tan denodadamente cuando era primer
ciudadano de Madrid. Al exalcalde, ya retirado de la política y
estudiante de una causa judicial que le persigue incómodamente, ya
madrileño pedestre como cualquier otro, se le ha visto deambular en el
Metro como aquellos fantasmas atormentados de Ghost, la vieja
película de Demi Moore. El exministro cedía el paso amablemente entre la
masa y ante la sorpresa de la gente: “¿No es ese el alcalde?”,
preguntaba aquí una señora. “Que no, que este ya no es”, le respondía
allí otra pasajera atiborrada de bolsas de Mercadona. El tiempo ha
pasado en un suspiro, Gallardón ya es historia, pero nos queda el hombre
peatonal, el oficinista solitario, gris y anónimo salido de un cuadro
de Hopper, el trabajador meditabundo que, alejado del alpiste fácil que
da la política, se enfrenta al destino existencial del día a día, a la
cruda realidad que no es otra que tener que ganarse las lentejas a golpe
de pinrel, entre el asfalto ardiente y los raíles de acero. De la misma
forma que los grandes emperadores romanos bajaban a las catacumbas para
comprobar con sus propios ojos que allí vivía gente, Gallardón, otro
emperador ya derrocado de perfil patricio, comprueba también en sus
carnes, bien por necesidad o por aparentar que es un madrileño más, el
triste y masificado paisaje humano del Metro. La insoportable levedad
del ser tras el éxito de los focos rutilantes. Ya lo dijo Homer Simpson…
Como un boxeador noqueado, tambaleándose, Emilio Saracho saltó al
ring de la Comisión parlamentaria que investiga los desmanes de la
crisis. Ángel Ron, su contrincante y predecesor en la presidencia del
Banco Popular, le había soltado unos cuantos ganchos de derecha
difíciles de encajar a primera hora de la mañana. Lo acusó de no tener
conocimientos suficientes de banca –“cada uno es lo que es, ni presumo
ni no presumo”, se defendió Saracho–, de especular con la venta de la
entidad financiera al Santander, de haber dejado en la indigencia a más
de 300.000 ahorradores. Incluso de haber amenazado con querer “estrellar
el avión”, o sea el banco, contra la sede del BCE, si no se cumplía su
presunto plan para terminar de hundir la entidad y ponerla en manos de
la familia Botín. A Saracho –quien su mayor línea de argumentación fue
que heredó “un muerto”, no un banco–, no le quedaba otra que reaccionar
ante el ataque en todos los frentes de Ángel Ron, que además le acusó de
haber urdido una operación especulativa que puso en riesgo el sistema
financiero español. “Este banco estaba condenado, yo entonces no lo
sabía. El Popular no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir”, se
defendió Saracho, quien culpó a Ron de los errores cometidos en el
pasado y que desencadenaron la venta del banco al Santander por el
precio insultante de un euro. “Un error es un error, no tiene por qué
ser un delito, y me parece normal que los afectados quieran saber qué ha
pasado con su dinero”, puntualizó tratando de explicar que cuando él se
hizo con las riendas de la entidad “el moribundo ya no tenía remedio”.
Sin embargo, minutos antes Ángel Ron había aportado todos los datos.
El banco, considerado el mejor gestionado del mundo, era solvente y
viable; se acababa de firmar una ampliación de capital y aguantaba el
vendaval de la crisis. Entonces, ¿por qué se vendió la entidad por unos
pocos céntimos en la operación más sospechosa de la historia de la banca
española? Saracho no quiso o no pudo responder a esa pregunta, sobre la
que sigue planeando la sombra de una formidable operación
especulativo-financiera. Como tampoco supo explicar –pese a su retórica
fluida y sus chistes facilones que movieron a la carcajada a algunos
palmeros que asistían a la Comisión en calidad de “invitados”–, ninguna
de las preguntas que desde hace más de un año le plantean los miles de
afectados que han perdido el sueño y sus ahorros.
Entre coartadas y bromas, Saracho reconoció que todos en el Popular
sabían que con él “contrataban a un bombero” para apagar un incendio y
añadió que “podía haber dimitido” cuando las cosas se pusieron feas,
aunque no lo hizo porque “no soy de los que dimiten, aunque me tire tres
o cuatro años en la Audiencia Nacional”. A medida que avanzaba la
Comisión se veía a un Saracho cada vez más a la defensiva y hasta
arremetió contra Diario 16, ese periódico que dice “no
leer nunca” (falso, él mismo reconoció haber leído que nuestra
publicación lo considera un “topo” del Santander, luego algo sí que
lee). Todas las opiniones son respetables, incluso las del señor
Saracho, pero calificar a nuestros redactores de “estrellas de
Hollywood” e insinuar que “no sé lo que cobra el periodista de ese
medio, pero es para ponerlo a hacer otra cosa”, suena a amenaza
intolerable.
En resumidas cuentas: Ron demostró con documentos en la mano que la
venta del Popular, lejos de ser una operación de ingeniería financiera,
fue simplemente una chapuza, un empaste de proporciones mundiales, un
drama doloroso para miles de clientes que han perdido su dinero. Algunos
piensan en suicidarse. Otros cayeron en depresión y no han levantado
cabeza. Un genocidio económico. De nada de eso habló Saracho. Hoy el
gran liquidador sigue con su vida, aunque el caso esté en los
tribunales. No sabemos para qué servirá esta Comisión del Congreso.
Quizá para nada. O quizá para que al menos pongamos cara y nombre, por
fin, a nuestros tiburones de las finanzas, a nuestros lobos del Wall
Street madrileño, todos esos nombres de los que rara vez se habla pero
que están detrás del tinglado, en la sombra, moviendo los hilos del
sistema que nos maneja como marionetas. Angel Ron salió del templo de la
democracia dejando una estela de datos concretos y verdades
inquietantes. Saracho dejó el tufillo sin aclarar de la especulación;
del terror financiero que tanto daño ha hecho a España y al mundo; del
sabor yanqui de los JP Morgan, por el apellido una histórica familia de
corsarios. Y es que nuestro dinero está en manos de los piratas del
Caribe. Tal cual.
Es conocido que el escritor Max Aub (París, 1903-Ciudad de México,
1972) murió en su casa cuando preparaba el tapete verde y la baraja para
iniciar una partida de naipes con unos amigos. El autor de El laberinto mágico
era un jugador empedernido que acostumbraba a darle a los naipes para
aliviar las amarguras de los campos de concentración en los que estuvo
recluido. En su correspondencia hay abundantes cartas en las que
menciona su intención de publicar un volumen titulado Trampas,
que ahora saca a la luz Reino de Cordelia de la mano de Pedro Tejada,
doctor en Filología Hispánica de la Universidad Jaume I de Castelló, con
quien mantenemos esta entrevista.
Entonces en Trampas queda claro que Max Aub fue un
gran jugador. ¿Era conocida esa faceta o forma parte de la investigación
que usted lleva a cabo desde hace años para recomponer la obra del
escritor?
En realidad gran parte de su literatura se plantea también como juego
y eso tiene que ver con sus comienzos, que fueron contactos con las
vanguardias. En todo lo que es su obra literaria hay juego, hay juegos
de máscaras, hay invenciones, hay bromas… Pero si se refiere a que era
jugador eso sí que era conocido porque en sus diarios ya hay referencias
y se sabe que jugaba a las cartas. Aub empezó a jugar en los campos de
concentración. Parece ser que en los ratos libres que tenían allí sí que
le gustaba echarse una partidita con los amigos. De facto hay un refrán
que parece estar hecho para él, eso de que quien al juego se aficiona
jugará hasta su última hora, porque se suele citar la anécdota de que
justo un sábado a finales de julio, en su casa de México DF, cuando
había puesto el tapete verde sobre la mesa para reunirse con unos amigos
y echarse la partidita fue cuando le dio un ataque al corazón
fulminante. Pero lo de jugar sí, era una manera habitual de él de
reunirse con amigos y matar el tiempo.
¿Y qué juego le motivaba más? ¿Los naipes sobre todo?
Sí, él en el libro Trampas habla de todo tipo de juegos
porque Max Aub tenía grandes conocimientos enciclopédicos, pero sobre
todo son los naipes y él por lo visto a lo que más jugaba, entre otras
cosas, era al póker. Lo que antes le comentaba de cómo el juego entraba
también en su literatura se aprecia en una de sus novelas baraja que
llegó a ser juego de cartas. Ese pintor imaginario que él se inventó y
que mucha gente creía que existía de verdad, Jusep Torres Campalans, fue
el que le dibujó los naipes, la baraja francesa, y en lo que era el
reverso de cada naipe, de cada carta, iba un capítulo de una novela que
se puede leer de infinitas formas. Mientras se echan las cartas para
jugar una partida se puede ir leyendo esa novela de innumerables formas.
Luego es cierto que jugaba en el campo de concentración…
Sí, eso lo cuenta en sus propios diarios. Él, cuando estaba en los
campos de concentración, escribía y contaba desde los aspectos más
desagradables hasta otros, como por ejemplo que un día había jugado al
fútbol y había marcado un gol, y él eso lo describía como un niño que
estaba contento. O también un día que se sorprende de haber ganado una
partida de póker. No sabemos si es que era mal jugador o era la suerte
del principiante. Parece ser que ahí fue cuando se aficionó a las
cartas, desde luego de niño no, porque lo que le gustaba era leer. En
París vivía encima de una librería, lo que por lo visto le venía muy
bien, y no parece que fuese un niño de juegos de mesa ni travieso, sino
un niño más de lectura. A esto de los naipes se aficionó después, porque
cuando llegó a México una de las cosas que hacía allí era reunirse con
los exiliados españoles y jugar a las cartas.
¿Fue un hábito que fue adquiriendo por sus circunstancias vitales?
Sí, aparte de que realmente le gustó, pero fue una persona muy
curiosa que jugaba para aprender la gran variedad de juegos que hay. En
el libro de los aforismos cita juegos de todo el mundo, juegos de mesa,
juegos chinos, europeos, franceses, americanos, yo creo que le gustaba
matar dos pájaros de un tiro: por una parte divertirse, al mismo tiempo
siempre estaba pensando y aprendiendo y haciendo gala de su erudición.
El juego también le gusta porque Aub era un enamorado de la lengua
española. Aunque por supuesto sabía francés, sabía alemán, siempre
escribió en español y lo que le gustaba a él de los juegos eran las
distintas jergas, el propio vocabulario. Max Aub habla también del
dominó y utiliza la jerga de ese juego, la mula para referirse al seis
doble, las blancas, le encanta todo lo que es el propio vocabulario del
juego. Y luego no todo hay que circunscribirlo a que se aficionó al
juego en los campos de concentración porque en sus obras sobre la guerra
civil, como El laberinto mágico, hay momentos en que los soldados, para tener un respiro, juegan a las cartas o a lo que pueden…
El escritor Max Aub.Sin trampas no se puede vivir, porque las trampas son la vida
misma, dice Aub, que sin embargo no fue ningún tramposo, sino todo lo
contrario, un hombre íntegro que defendió sus ideas hasta el final de
sus días…
Él en todas sus obras tiene mucha ironía y mucha retranca. Aub
reconoce que en la vida hay mucho tramposo y que sin trampas
prácticamente no se puede vivir. Quien se lea el libro puede parecerle
que es un manual para un tahúr y ni mucho menos. Lo que pasa es que
sentimos admiración cuando vemos en una película a un jugador de cartas,
el tramposo que nos cae bien porque sabe hacer las trampas y nunca lo
pillan. Es la perspectiva que Max Aub intenta introducirnos porque él
también dice que el que hace trampas juega doblemente: porque juega y se
la juega, y es un arte jugar sin que te pillen. Él lo que ensalza en su
obra es el juego en el que entra el azar. Dice que no le gusta el tenis
o el billar porque normalmente gana el que más sabe pero en los juegos
en los que existe el azar está la figura del tramposo que puede
manipular la cuestión. Aub considera que jugar es un arte, y el arte al
fin y al cabo es también saber manejar la mentira, ya que según dice
mentir no siempre es engañar. Desde el momento en que nos gusta el arte,
la ficción, estamos aceptando también las trampas, saber hacer trampas.
Esa concepción lúdica de la vida, ¿revela que Max Aub era un
hombre vitalista, feliz, o alguien preocupado por la existencia humana?
Las dos cosas. En todas sus obras suele haber mucho humor y un humor
con variados registros que puede ir desde la más fina ironía hasta la
mayor socarronería. Yo creo que el humor es la perspectiva que
introducen las personas que se toman la vida más en serio. Aub tiene una
frase que dice que le tocó construir un edificio que él nunca hubiera
construido, o sea que le tocó vivir una vida que nunca hubiera elegido,
pero entonces él muchas veces, cuando habla de juego, de las propias
trampas que te hace la vida, de las malas jugadas que nos hace pasar,
parece que es una persona que se lo toma todo en broma cuando en
realidad se lo toma muy en serio porque es un escritor que toda su obra
tiene un fondo ético y moral bastante importante. Cuando escribe Los crímenes ejemplares,
ese catálogo en el que hay hasta antropofagia, es precisamente porque
no tolera la violencia de la sociedad y en realidad lo que está haciendo
es denunciar una situación. Él de todas maneras llega a decir que no
hay nada más espectacular que la muerte porque la vida que le tocó vivir
fue tremenda, le tocaron tres guerras que cambiaron su existencia.
Desde luego era una persona muy preocupada por lo que ocurría y lo que
pasa es que él siempre administraba una gran dosis de humor. Aunque
parecía un hombre muy serio tenía siempre mucha retranca.
Sin embargo fue un perdedor, estuvo en el bando de los
perdedores, y tuvo que exiliarse en México; perdió en el juego de la
política…
La revista que fundó él mismo allí tiene un título muy significativo. La llamó Sala de espera.
Él, como otros muchos exiliados, pensó que iba a estar en México mucho
tiempo y se pasaba todo el rato mirando las noticias internacionales y
confiando en que Franco no viviera tanto o que no hubiera que esperar a
que se muriera para regresar. Lo que sucede es que a medida que pasaba
el tiempo se dio cuenta de que lo que era una sala de espera se estaba
convirtiendo ya en una sala de estar. Llegó un momento en que se dio
cuenta de que el franquismo iba para largo. Él en México estaba
contento, había muchos exiliados. En un principio el recibimiento que
hicieron los mexicanos a los españoles fue bastante bueno pero pronto
empezaron los roces, las envidias. Aub trabajó muchísimo, alimentó a su
mujer y a sus tres hijas con lo que escribía, sobre todo en los
periódicos, y fue guionista cinematográfico, hasta trabajó en la
película de Buñuel Los olvidados, pero no pudo figurar en los
títulos de crédito porque los sindicatos mexicanos se echaron encima
alegando que los españoles estaban ocupando demasiados empleos. También
lo boicotearon como autor teatral. Siempre lo tenían un poco al margen
porque veían que Aub tenía mucho talento, por eso lo tuvieron bastante
marginado. Al final se tuvo que nacionalizar mexicano porque veía que a
España no podía volver, aunque llegó un momento en que se consideraba
que no era de ninguna parte. Acabó muy amargado porque se veía a sí
mismo como un autor póstumo que iba a ser reconocido después de muerto
porque por una parte en España no lo conocían y por otra en México no lo
valoraban suficientemente. Al fin y al cabo los mexicanos lo
consideraban un español de esos chillones que siempre estaban con lo
mismo: cuando se muera Franco, cuando se muera Franco…
La política actual tiene mucho de trampa, ¿qué hubiera
escrito hoy Max Aub de nuestros políticos más fulleros? ¿Les hubiera
dado duro?
¡Hombre y tanto! Se hubiera escandalizado enormemente porque él
concebía la política inmersa en la ética. Él definía un político como un
hombre para el que todos los problemas son morales. Imagínese, con la
corrupción que existe hoy, él consideraría que los de ahora no son
auténticos políticos. En Trampas habla sobre ellos y dice que
el juego de los políticos por excelencia es el dominó porque viene del
dominio y eso es lo que intentan los políticos: dominar. En sus cálculos
no entraba que un político pudiera llegar a los niveles de corrupción
que hemos llegado en la actualidad. Para él un político tenía que ser un
hombre íntegramente moral, esa era la base, su moralidad. Entonces,
imagínese si Max Aub viviera hoy lo que diría…
Pablo Casado se enfrena al máster más importante de su vida: el de
graduarse logrando la confianza de la mayoría del partido para alzarse
con el poder en el PP. Sin embargo, en su lucha fratricida contra Soraya
Sáenz de Santamaría, la otra aspirante a la presidencia, tiene ante sí
un difícil escollo que amenaza con partir por la mitad la línea de
flotación del barco que el joven aspirante a suceder a Mariano Rajoy
pretende llevar a buen puerto genovés: la jueza Carmen Rodríguez-Medel,
titular del Juzgado de Instrucción Número 51 de Madrid, que a finales de
julio retomará la investigación sobre el máster en Derecho Público que
el líder popular dice haber cursado en la Universidad Rey Juan Carlos y
que algunos dudan de que lo haya conseguido por méritos propios, sin
necesidad de amaños académicos.
La remontada de Casado en la primera ronda de las primarias, en la
que ha logrado arrancar casi un empate técnico en la cabeza de la lista,
y su ofrecimiento a María Dolores de Cospedal y al resto de candidatos
perdedores para formar un frente común contra la todopoderosa ex
vicepresidenta del Gobierno, despierta no poca preocupación en algunos
sectores del partido, según fuentes consultadas por Diario 16.
A Casado, sin duda el aspirante con más futuro político de los tres
principales y el de mayor tirón entre las juventudes populares,
paradójicamente se le ve como una apuesta fiable pero con riesgo, un
regalo con sorpresa, un todoterreno que puede gripar en cualquier
momento, a poco que la jueza decida seguir adelante con su
investigación. De salir elegido en segunda vuelta por los 3.184
compromisarios, lo cual ocurrirá en el congreso a celebrar los próximos
días 20 y 21 en Madrid, se abrirán nuevas incertidumbres e interrogantes
en el ya borrascoso paisaje popular. De entrada, días después de la
histórica votación, la jueza Rodríguez-Medel se incorporará a su puesto
tras las vacaciones para reanudar una investigación judicial que puede
terminar de la forma más imprevista. Nadie a fecha de hoy puede asegurar
que el procedimiento vaya a ser archivado, liberando a Casado de su
pesada espada de Damocles, como tampoco nadie puede decir, a ciencia
cierta, que la investigación no irá por otros derroteros más
perjudiciales para el futuro político del candidato. ¿Merece la pena
entonces arriesgarse a elegir a un líder que puede sufrir un serio
varapalo en los tribunales? ¿No hubiese sido mejor ir a lo seguro, es
decir, aplicar con más razón que nunca el famoso dedazo de Aznar,
eligiendo a un sucesor sin primarias y eliminando de esa manera
sorpresas desagradables que podrían ocasionar un daño aún mayor al
partido, ya inmerso en demasiadas causas judiciales?, se preguntan los
más temerosos y dubitativos ante el proceso político incierto que se ha
abierto en el PP.
Pablo Casado, por su parte, lo tiene claro: “Lo del máster no influye
nada, porque eso no está en la conciencia de los militantes”, ha dicho
tratando de dejar claro que lo de su caso pronto será una simple
anécdota para el recuerdo que no le impedirá volar tan alto como la
gaviota o charrán de su partido. Mientras las especulaciones se disparan
por los pasillos de Génova 13, Cospedal –la tercera en discordia– se ha
convertido en el oscuro objeto de deseo de los dos principales
candidatos, que sueñan con llevarse a los votantes de la ex ministra de
Defensa a su terreno para aglutinar más apoyos de cara al congreso
definitivo. Con las espadas en todo lo alto –Sáenz de Santamaría logró
un total de 21.513 votos (36,95%), imponiéndose en siete autonomías,
mientras Casado obtuvo 19.967 sufragios (34,03%), ganando en otras siete
comunidades– los correligionarios de Cospedal, la representante del
aparato político del PP, están llamados a decantar la balanza hacia un
lado u otro. Ante una batalla tan encarnizada la posibilidad de una
lista única se aleja. Los dos aspirantes fiarán sus destinos a las
urnas, una experiencia inédita en la historia del PP que puede cambiar
muchas cosas o que puede culminar en un fiasco si finalmente gana Casado
y su affaire en los tribunales retoña con fuerza días después.
De ser así el PP se encontrará ante un nuevo problema. Otro presidente
afectado por un asunto turbio.
Que el PP ha convertido la democracia española en un vodevil, en un
show de variedades, en un espectáculo circense, es algo que ya se sabía.
Pero la última pregunta que los populares han formulado a la Mesa del
Congreso de los Diputados, a través de su portavoz adjunto, Carlos
Floriano, a cuenta de las fotografías del presidente Pedro Sánchez en un
helicóptero Super Puma del Ejército, demuestran la peligrosa
afición del partido conservador a convertir nuestras instituciones en
una especie de Club de la Comedia. En su carta al Congreso, Floriano
deja constancia de que “en la cuenta oficial de Twitter se puede
observar al presidente con un colaborador revisando dentro del avión
unos documentos con las gafas oscuras de sol puestas” y se pregunta con
una chispa de humor: “¿son gafas graduadas?” No parece que de las gafas
de sol con las que Sánchez posa en el interior de la nave, en plan
anuncio chico Martini, vaya a depender el futuro de España, salvo que en
alguna situación de emergencia el presidente tuviera que ponerse a los
mandos del helicóptero, como Harrison Ford en cierta película sobre el
Air Force One, y el buen aterrizaje del Super Puma dependiera de la
correcta graduación de sus dioptrías. Resulta más que evidente que la
interpelación del PP al jefe del Ejecutivo no tiene mayor objetivo que
hacer una “gamberrada” o “gracieta”, degradar las Cortes a la categoría
de lugar poco serio y provocar la mofa entre la parroquia popular,
pisoteando el fin último del Parlamento, que no debería ser otro que
resolver los graves problemas de los ciudadanos.
La batería de preguntas de Floriano sobre los posados del presidente
del Gobierno pretende averiguar además el “coste que han supuesto esas
instantáneas”, como si el señor diputado del PP desconociera que hoy en
día sacar una imagen con un teléfono móvil tiene un coste de
aproximadamente cero céntimos. Algunos han comparado la sesión
fotográfica de Sánchez en el Super Puma con las que en su época ofrecía el presidente John F. Kennedy,
conocido no solo por sus cualidades innatas como gran estadista, sino
por su elegancia y sex appeal. Ninguno de los dos rasgos parece estar al
alcance de Floriano y quizá haya sido ese puntito de envidia, la que le
infunde Sánchez, la que ha llevado a su señoría a participar en una
pantomima parlamentaria en toda regla y en una burla a las instituciones
democráticas. A fin de cuentas hasta para ponerse unas gafas de sol hay
que tener un estilo, una percha, un saber estar, y algunos diputados
del PP jamás podrían lucir unas Ray-Ban sin hacer el ridículo por
antiguos. Pero cuestiones estéticas aparte, habría que preguntarse sobre
la oportunidad de la galería de fotos de Sánchez, que parecen extraídas
de la revista Life y que fueron tomadas el 24 de junio, con
motivo de su viaje a Bruselas para participar en su primer Consejo
Europeo. En principio no habría nada que objetar, ya que un presidente
del Gobierno en última instancia es una persona como otra cualquiera y
tiene derecho a fotografiarse cuándo y dónde le plazca, ya sea en un
helicóptero del Ejército o en el ascensor de su casa. Cuestión aparte es
el objetivo político que sus asesores pretendían lograr con semejante
puesta en escena más propia de una película de James Bond que del viaje
oficial de un mandatario a Bruselas. ¿Esperaban los colaboradores que
aconsejaban a Sánchez captar el voto del lobby de diseñadores y
estilistas con tales instantáneas? ¿Cayeron en la cuenta de que el
presidente iba a dar una imagen quizá algo frívola, glamurosa y vip
bastante alejada de lo que debería ser la austeridad que se le supone a
un líder de la izquierda?
Dudas aparte, el escrito de Floriano se completa con algunas otras
preguntas que van en la misma línea de la cutrez política, como si
Sánchez utilizó el Super Puma solo para realizar el trayecto del Palacio
de La Moncloa a Torrejón de Ardoz (quizá debió pensar que el presidente
aprovechó para darse un garbeo en helicóptero por el barrio); si sabía
el líder socialista que la distancia entre el Palacio de la Moncloa y la
base aérea “es de poco más de 25 kilómetros” o si en algún momento
sopesó Sánchez viajar “por carretera en coche oficial”, teniendo en
cuenta que el helicóptero es “caro” y que además “los domingos a esas
horas no existen problemas de tráfico”. A Floriano solo le faltó
preguntar por qué el jefe del Gobierno español no recurrió al burrotaxi,
como hacían por obligación los españolitos del tardofranquismo para
moverse de un pueblo a otro. Cuesta trabajo creer que el señor Floriano
esté tan anticuado como para no comprender que en el siglo XXI un
presidente del Gobierno necesita desplazarse en el medio de locomoción
que más rapidez y seguridad le reporte para cumplir con su vertiginosa
agenda diaria, aunque visto el tono de chiste malo en plan españolada de
sus preguntas todo sería posible. En resumen: alguien en el PP debería
haber advertido al portavoz que el asunto del helicóptero no era el
escándalo Watergate precisamente, ni siquiera el Caso Gurtel de los
socialistas, por lo que no daba para más.
La crisis del buque Aquarius, que desembarcó hace unos días en el
puerto de Valencia con 630 refugiados a la deriva a los que Italia se
negó a rescatar, ha reavivado en Bruselas el debate sobre la aplicación
de las leyes internacionales de protección de derechos humanos. El ex
magistrado Baltasar Garzón, uno de los máximos impulsores de la Justicia
Universal en todo el mundo, analiza en una entrevista en exclusiva para
Diario 16 qué posibilidades habría de llevar el caso a
los tribunales nacionales e internacionales por supuestos delitos de
omisión del deber de socorro. El trasfondo jurídico es complejo. Para
saber si el ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, y
sus subordinados incurrieron en una ilegalidad al no socorrer a 630
personas en peligro en medio del mar habría que analizar a fondo las
normas de Derecho Marítimo, los tratados y convenios internacionales y
las legislaciones internas, tanto española como italiana. Pero esa
posibilidad existe y solo falta que alguien la ponga en manos de
abogados expertos en Derecho Internacional. Si se concluyera que
efectivamente existió una responsabilidad por no auxiliar a esas
personas, “España podría llevar al Estado italiano ante la Corte
Internacional de Justicia por haber incumplido con esa obligación de dar
respuesta a un SOS en Alta Mar” asegura Garzón.
¿Sería posible interponer una demanda ante la jurisdicción
penal ordinaria, española o italiana, por un delito de omisión del deber
de socorro cometido por el Gobierno italiano en el caso de los 630
migrantes que fueron abandonados a su suerte en el Aquarius?
Hay que diferenciar los ámbitos jurisdiccionales: ante la
jurisdicción española no cabe ningún proceso ante tribunales españoles
contra el Estado italiano porque existe inmunidad de jurisdicción.
Ningún tribunal nacional puede juzgar los actos de otro Estado. Mucho
menos de carácter penal, debido a que España reconoce al Estado como
persona jurídica exenta de responsabilidad penal. Ante la jurisdicción
italiana, sin conocer en profundidad la legislación de aquel país, me
planteo las siguientes posibilidades: primero, un proceso penal por
omisión del deber de socorro contra la persona jurídica del Estado no lo
creo viable. A pesar de que Italia reconoce la responsabilidad penal de
las personas jurídicas, a diferencia de Países Bajos, no me consta que
el Estado esté sujeto a dicha responsabilidad. Creo que está exento. En
segundo lugar cabría un proceso administrativo contra el Estado. Ésta
quizás sería una vía, pero habría que profundizar en el derecho
administrativo italiano. Y en tercer lugar estaría un proceso penal por
omisión del deber de socorro contra la persona física. ¿Contra quién?
¿Contra Salvini como ministro del Interior? Se podría responder si, a
pesar de dar imagen de competencia, fue el competente realmente para
tomar esa decisión. Si se considerara una decisión emanada de un órgano
colegiado, como tal, la responsabilidad quizás recaería en todos los
miembros. Habría que estudiar si el ministro del interior italiano, más
allá de su aforamiento, puede ser responsable penalmente por la omisión
de socorro efectuada por las autoridades de fronteras y marítimas
italianas a cargo de sus órdenes.
¿Sería factible una demanda ante los tribunales europeos de derechos humanos?
En los tratados internacionales de derechos humanos se suelen incluir
diversas maneras de invocar una violación de los derechos humanos. Casi
siempre tres: demandas individuales de ciudadanos, informes y
revisiones anuales por el propio órgano creado a través del tratado y la
denuncia interestatal. Ésta última no se utiliza nunca por las
fricciones diplomáticas que podrían generarse. Ahora bien, creo que
España podría llevar a Italia ante el Consejo de Europa, ante el Consejo
de Derechos Humanos o ante el Comité Internacional de Derechos Humanos
por vulneración de sendas convenciones: derecho a la vida, integridad
física, familia, etcétera…
¿Qué responsabilidad penal tiene un gobernante que rechaza un
SOS en el mar lanzado por 630 personas en peligro de muerte, según el
derecho marítimo?
Más allá de la responsabilidad penal que hemos barajado en la primera
pregunta cabe plantearse si existe obligación internacional de dar
respuesta a una llamada de SOS. Para ello es necesario hacer una
revisión del Derecho del Mar y concluir si efectivamente existe tal
obligación. La misma podría tener una doble naturaleza: u obligación
Internacional Consuetudinaria, que habría que demostrarla ante un
Tribunal Internacional; u obligación Internacional Convencional,
derivada de un tratado. No puedo afirmar que exista dicha obligación, su
contenido, y si es oponible a Italia (por haberlo o no firmado). Si se
concluyera que efectivamente existe esa obligación, España podría
demandar a Italia y llevar al Estado italiano ante la Corte
Internacional de Justicia por haber incumplido con esa obligación
internacional de dar respuesta a un SOS en Alta Mar.
¿Prosperarían tales denuncias?
Todas estas denuncias tendrían una carga política de gran calado:
fricciones políticas y diplomáticas entre España e Italia. Los procesos
en España no tendrían recorrido. Ninguno de los principios de
jurisdicción del artículo 23 de la LOPJ habilita un proceso penal contra
personas física italianas por aquello que hicieron/omitieron en Italia.
Por su parte, los procesos en instancias supranacionales se someterían a
las presiones relatadas anteriormente; y los procesos en instancias
nacionales italianas quizás serían posibles, pero sólo alguien con
conocimientos profundos en Derecho italiano podría dar una respuesta
sólida a esta pregunta. En todo caso, queda abierta la responsabilidad
de quienes, desde las organizaciones criminales, hayan participado en la
violación sistemática de los derechos humanos de las personas
embarcadas en el Aquarius, antes de que llegaran a él. Estoy pensando en
Libia, con quien la Unión Europea tiene acuerdos, cuando es conocida la
violación sistemática de derechos humanos de los migrantes
(violaciones, sometimiento a esclavitud, torturas…) reconocidos en
informes de Naciones Unidas y ante los cuales no se deben cerrar los
ojos. Si esas denuncias se producen en España habrá que prestar especial
atención a las mismas, aunque por la reforma de la ley de 2014 del PP
sobre la Jurisdicción Universal el ámbito de actuación de la justicia
española es mínimo.
El exduque de Palma, Iñaki Urdangarin, no tendrá demasiadas opciones
de practicar el deporte al que tanto es aficionado durante su estancia
en la prisión de mujeres de Brieva en Ávila. Fuentes penitenciarias
aseguran a Diario 16 que de momento el marido de la infanta Cristina
solo dispondrá de una raqueta de tenis con una pelota y un balón de
baloncesto con una canasta a lo sumo. No habrá piscina ni jacuzzi con
hidromasaje, como han insinuado algunos. Tampoco dispondrá de televisión
en su celda (si quiere ver algún programa deberá bajar al comedor), ni
ordenador personal, aunque no se descarta que pueda tenerlo en el
futuro, siempre con la señal de internet debidamente anulada y enfocado a
los estudios que decida emprender.
El ex duque, en estos momentos iniciales de condena, se encuentra “en
peores condiciones” penitenciarias que los políticos catalanes
encarcelados por el procés, según las citadas fuentes
carcelarias. No podrá relacionarse con otros reclusos, ya que todos
ellos fueron trasladados a los penales de Segovia y Valladolid tras ser
clausurado el módulo masculino. Las mujeres se encuentran en un ala
diferente de la prisión con la que no tendrá contacto el cuñado del rey.
Brieva es un auténtico “castillo” solitario, austero y viejo alejado de
los núcleos urbanos. Un pequeño fortín en tierra de nadie que se antoja
un “lugar duro” para alguien de su alcurnia. No en vano, el recinto
penitenciario tiene más de 30 años, y aunque el módulo masculino ha sido
adaptado para la estancia del ex duque, “es una de las instalaciones
carcelarias con peores dotaciones de todo el país”, añaden las fuentes
consultadas.
Iñaki Urdangarin se ajustará a un horario estricto de comidas: a las
13.00 el almuerzo; la cena a las 20.00. No hay impedimento para que
pueda disponer de libros y de algunas horas de estudio y podrá disfrutar
del vis a vis establecido en los reglamentos penitenciarios, como
cualquier otro interno.
La soledad más absoluta es algo a lo que tendrá que acostumbrarse el
marido de la infanta, y aunque en principio tendrá un patio de recreo
para él solo, no contará con demasiadas alternativas para el ocio y el
deporte. El nuevo recluso de Ávila vivirá en una “celda normal” en
cuanto a dimensiones y estará totalmente incomunicado, tal como
sucediera con el ex director general de la Guardia Civil, Luis Roldán,
durante los diez años que cumplió condena. De hecho, Roldán se quejó en
alguna ocasión de las condiciones de “aislamiento” a las que se vio
sometido por su propia seguridad.
Según las citadas fuentes, Urdangarin ha ingresado “tranquilo” y con
un trato “educado y correcto” hacia los funcionarios, que a partir de
ahora serán las únicas personas con las que podrá relacionarse el ex
duque de Palma. Según la agencia Efe, el cuñado del rey pasó
desapercibido al entrar en prisión, a pesar de que fueron numerosos los
periodistas y fotógrafos que se apostaron a las puertas de la cárcel
para tratar de captar una instantánea histórica que nunca llegó.