martes, 17 de septiembre de 2019

LA OBSESIÓN


(Publicado en Diario16 el 12 de septiembre de 2019)

Pasó la Diada con su anual riada de catalanes indignados pidiendo la independencia, el fragor de Els Segadors y las ofrendas florales a los padres de la patria. Barcelona volvió a ser un clamor mientras en Madrid los que se engañan con la vana esperanza de que el conflicto territorial más grave de los últimos cuarenta años en España se resuelva por sí solo respiran tranquilos y se agarran al clavo ardiendo del dato de la Guardia Urbana sobre asistencia ciudadana a la manifestación: 600.000 personas, lejos del millón del año anterior, lo que se interpreta como un reventón del suflé indepe. Nada más lejos de la realidad.
Es cierto que hay hartazgo en la sociedad catalana. Hartazgo con una situación enquistada que se pudre cada día un poco más; hartazgo de vivir con frustración, rabia e incertidumbre; hartazgo de unos políticos incompetentes que lejos de solucionar el problema lo han agravado peligrosamente. Pero lo único cierto, la única verdad, es que sigue habiendo un granero independentista suficiente que volvería a lograr la mayoría en el Parlament y que solo recibe un absurdo silencio como respuesta desde Madrid.
Y mientras Cataluña sigue acumulando pólvora humana que algún día estallará definitivamente, en la sesión del Congreso de los Diputados Albert Rivera pedía la aplicación inmediata del artículo 155. El líder de Ciudadanos debe creer que esa medida puede aplicarse cada cinco minutos, a demanda, sin que ocurra nada. Rivera se levanta cada mañana, hace sus abdominales matutinos, se toma el café y acto seguido le pide a Sánchez el artículo 155. El jefe de la formación naranja no tiene más programa para España y para Cataluña que la leña del 155, el palo duro del 155, la vara del ordeno y mando del 155. Está tan obsesionado que cuando cuenta ovejitas por la noche para superar el insomnio provocado por las deserciones en su partido y los desplantes de Valls siempre empieza la cuenta atrás con el dichoso 155. ¿Pero se ha leído el presidente de Cs la Constitución española? ¿Se ha enterado ya el eterno aspirante a liderar el centro derecha español (y también el lado oscuro ultra) que esa medida legal tiene carácter excepcional y solo para situaciones de extrema gravedad? Por lo visto Rivera no frecuenta demasiado las doradas páginas de la Carta Magna y tampoco parece que lea mucha historia contemporánea, ya que de hacerlo sabría que no se puede gobernar España con una Cataluña convulsa, rebelde, en contra.
Ayer, una vez más, volvió a exigirle a Pedro Sánchez que aplique a los catalanes el correctivo estéril, el ricino inocuo, el inofensivo purgante constitucional. El presidente del Gobierno en funciones reaccionó con contundencia llamándole “hipócrita” (así, claro y directo) y le reprochó su incoherencia “entre lo que dice y lo que hace”. Rivera, en su esquizofrenia españolista que le lleva a negarle el pan, el agua, la sal y el Gobierno al PSOE mientras le recrimina que pacte con los independentistas, se ha convertido en un político “ausente” de los problemas reales de España, un animador, un pesado mariachi (como lo llamó Aitor Esteban) al que nadie escucha ya, ni dentro ni fuera de su partido. Rivera llegó para limpiar la basura del PP pero apuntala los enfangados gobiernos regionales de Casado; Rivera dice que es liberal y centrista pero negocia con la ultraderecha de Vox; a Rivera se le llena la boca de patriotismo pero es el gran obstruccionista del Gobierno en España. Rivera, como dice Sánchez, es “un hipócrita”.
Pero él sigue hablando de lo suyo, de lo único que le interesa por razones electoralistas, del machacón 155 que no ha resuelto el problema de Cataluña y nunca lo resolverá porque ese conflicto solo se arreglará mediante el diálogo y la negociación política. “Más allá de nuestras diferencias, ¿no cree que es el momento, antes de la sentencia judicial, de sentarnos a hablar y estar juntos, pase lo que pase, para aplicar la Constitución en Cataluña?”, le preguntó tramposamente a su interlocutor desde la tribuna de San Jerónimo. Una buena idea la de hablar de la Constitución. Pero primero quizá debería leérsela. Aunque solo sea por encima.

Viñeta: El Koko Parrilla

SÁNCHEZ E IGLESIAS CONSUMAN EL DESASTRE

(Publicado en Diario16 el 11 de septiembre de 2019)

La sesión de esta mañana en el Congreso de los Diputados ha sido un acto más en el penoso espectáculo de vodevil que está dando la izquierda española. Ni Pedro Sánchez ni Pablo Iglesias son conscientes del daño que, con sus posiciones maximalistas e infantiloides, están causando no solo al país, sino a esos millones de votantes que aún confían en un pacto que pueda salvar el Estado social y democrático de Derecho, la socialdemocracia en fin, ante el avance inexorable de la extrema derecha en toda Europa. Una vez más, un entregado, agotado y lacónico Sánchez se ha subido a la tribuna de oradores del hemiciclo, como un pedigüeño a las puertas de una iglesia, para implorar que le den la investidura gratis. Y una vez más, la derecha se ha reído de él. El líder socialista ha cambiado en los últimos meses. Ya no es ese hombre bravo que tomaba la iniciativa política frente a sus rancios barones, ni ese presidente aferrado a su manual de resistencia que generaba ilusión y confianza. Ahora parece un muñeco de museo de cera de más de un siglo, alguien predestinado a no ser investido nunca. Resulta increíble lo rápido que envejecen los líderes políticos en la era de la posverdad.
Así, el eterno candidato ha apelado a “los principales actores de la oposición”, es decir a PP y Ciudadanos, para que “abandonen el bloqueo” y permitan que se forme un Ejecutivo progresista que pueda acometer las “grandes transformaciones que necesita España” y que deben basarse en amplios consensos. Pero esa táctica de tratar de poner en aprietos al trío de Colón no solo es infructuosa y pueril, sino que le hace perder credibilidad ante el país y ante la izquierda en general. Sánchez debería abandonar ya esa manía errónea de la mendicidad que consiste en pedirle al señorito de la derecha que le preste sus escaños para poder gobernar por un rato. No cae en la cuenta el presidente en funciones que no es digno de un jefe de Gobierno estar todo el rato llorándole a la oposición. ¿Quién le aconseja que lo haga, quién le recomienda que se arrastre ante Casado y Rivera? ¿Iván Redondo? ¿El Íbex 35, como insinúan los ideólogos de Podemos? Si quiere ir a elecciones que lo haga ya, pero con gallardía, sin humillarse ante el franquismo sociológico.
Y mientras Sánchez escenificaba su derrota, su fracaso en la negociación, el que debía ser su socio, Pablo Iglesias, volvía a “tenderle la mano”. Bien es cierto que esa mano es interesada, nada altruista, tahúr, ya que solo pide sillones, cargos, cosas. Si Sánchez se parece mucho a aquel genial Camilo Sesto de sus mejores baladas que gimotea y suspira por un sueño inalcanzable (desde aquí nuestro más rendido homenaje al más grande de la canción ligera recientemente fallecido) Iglesias tampoco sale bien parado del culebrón de la investidura. Fue soberbio en la negociación con el PSOE cuando España necesitaba generosidad (su paso al lado se antojó una escena improvisada, un bienqueda para luego exigir ministerios); fue corto de miras, de luces cortas, cuando el momento requería grandeza, lucidez, atino; y excesivamente pasional cuando el país pedía que fuese pragmático, templado, práctico. No ha acertado en ningún momento en su estrategia ni en la lectura de la grave situación de parálisis institucional que vive el país y salvo sorpresa de última hora Podemos saldrá de este envite como un partido utópico, estéril, inútil, un constructo bien intencionado pero que nunca servirá como herramienta para la realpolitik.
Cuando Iglesias se quejó de que los cuatro ministerios que le ofrecía Sánchez, −permitiéndole entrar en un Gobierno de coalición−, eran decorativos, no vio el riesgo que se le venía encima: que finalmente sea su partido el que termine convirtiéndose en algo ornamental. Su propuesta a Sánchez de que mire hacia el modelo italiano, donde el PD ha alcanzado un acuerdo para gobernar en coalición con el movimiento Cinco Estrellas, es sencillamente un sarcasmo porque por fortuna España no tiene nada que ver con la Italia de Salvini. Al final de su discurso en el Congreso, el líder de la formación morada se ha terminado agarrando al recurso a la pataleta como un niño que quiere su juguete y no se lo dan. “Es preferible siempre un Gobierno de coalición antes que repetición electoral”, aseguraba por enésima vez, sin percatarse de que ese momento ya pasó y ahora estamos en otra fase: o Gobierno en solitario socialista o a las urnas. “Le vuelvo a tender la mano, le propongo que sobre la base de esas dos propuestas de julio nos sentemos a negociar; no será satisfactorio para ninguno de los dos partidos”, ha concluido en otra frase nefasta que no augura nada bueno. ¿Cómo demonios se puede confiar en un Gobierno en el que nadie, ni siquiera él, cree ya?
A estas horas, mientras continúa el debate y la figura de Pablo Casado sigue creciendo y mientras Albert Rivera se sigue enterrando en el insulto fácil y el ridículo y mientras Vox vive el debate como ese invitado que se aburre en la fiesta y está pensando en otra cosa (básicamente en cargarse la democracia) Sánchez e Iglesias seguían tirándose los trastos a la cabeza. “Hay un mal rollo en la izquierda”, diagnostica Ferreras en Al Rojo Vivo. Que la historia los juzgue por negligentes e irresponsables.

RETORNO AL BIPARTIDISMO


(Publicado en Diario16 el 10 de septiembre de 2019)

De celebrarse elecciones el 10 de noviembre el tablero político español no cambiaría demasiado. Las últimas encuestas confirman que el PSOE mantiene una tendencia al alza mientras Unidas Podemos sufre un ligero descenso y el Partido Popular sería el más favorecido por unos nuevos comicios. Ciudadanos, por su parte, entraría en caída libre.
La radiografía sigue siendo la misma desde que fracasó la investidura de Pedro Sánchez. Y probablemente así seguiría aunque votásemos mil veces. Pero pese a la testarudez de la historia, en Moncloa ya se dan por seguras unas nuevas elecciones, salvo sorpresa de última hora, que no sería otra que un Pablo Iglesias derrotado dando su brazo a torcer en los minutos de la basura de la agónica negociación. Iván Redondo está convencido de que ir de nuevo a las urnas le reportaría al PSOE hasta seis puntos más y un puñado de escaños adicionales. Una pírrica victoria, ya que esa mayoría seguiría siendo insuficiente para formar un Gobierno. El crecimiento socialista se anularía con la previsible erosión de Unidas Podemos, dejando el equilibrio de fuerzas en la izquierda prácticamente en los mismos números de ahora. Es decir, paradójicamente, si Iglesias pierde, Sánchez también pierde.
Aun así, los socialistas creen que lo que no han sabido resolver en la mesa de negociación lo arreglarán las urnas, asumen una probable desmovilización del desafecto y harto electorado progresista y siguen empeñados en que tras la noche electoral de noviembre estarían más cerca de la mayoría absoluta, contando con el apoyo de un debilitado y entregado Unidas Podemos (lo cual está por ver) y un siempre dispuesto a la gobernabilidad PNV. Todo ello sin necesidad de recurrir a las fuerzas independentistas catalanas.
En el bando de la derecha, el PP sale beneficiado en los sondeos, con lo que Pablo Casado se refuerza en su liderazgo, y Ciudadanos confirma que su crisis ideológica y la fuga de cargos le pasan una factura quizá definitiva e insalvable para un partido político que pretende ser alternativa de Gobierno algún día. Por su parte, Vox también pagaría caro sus políticas demasiado extremistas y buena parte de su electorado díscolo con la derechita cobarde de Mariano Rajoy retornaría al PP.
Así las cosas, las elecciones servirían para poco y no resolverían el grave problema de parálisis institucional que sufre España. Pero entre los farragosos números de los sondeos surge un dato fundamental que da nuevas esperanzas al PSOE y al PP, los dos dinosaurios del bipartidismo que se resisten a perder la posición hegemónica que han mantenido durante décadas. De alguna manera, la repetición de las elecciones con tales resultados supondría una vuelta a la nostalgia del 78, a los tiempos de las aguas mansas del turno de partidos, al sagastacanovismo de la Restauración borbónica, mientras los dos partidos emergentes sufrirían un serio correctivo en su intento de alterar el orden establecido y de imponer un sistema multipartidista en nuestro país. El experimento de incluir dos nuevas fuerzas a la izquierda del PSOE y del PP no está funcionando como Pablo Iglesias y Albert Rivera esperaban. Quizá el error haya sido querer italianizar España, pensar que podíamos importar sin más el modelo romano tempestuoso, el sistema de un país que cambia de Gobierno con las estaciones del año, donde las crisis institucionales se suceden vertiginosamente hasta convertirse en el pan nuestro de cada día y donde el caos se ha elevado a la categoría de exitoso régimen político. Pero ocurre que España no es Italia. El español es conservador por naturaleza y lleva mal los cambios. Además, las élites financieras y empresariales, las gentes del dinero, añoran una vuelta a la ensoñación juancarlista y no verían con malos ojos que PSOE y PP se pusiesen de acuerdo en una gran coalición a la alemana. Ya se ha intentado con la operación del dúo dinámico Sánchez/Rivera, solo que el líder de los naranjas no ha cuajado y ha terminado poniendo el cordón sanitario donde no debía, en Ferraz, para después pactar con Vox. Ahora la jugada que se intenta para salvar los muebles de la maltrecha democracia española es una restauración a la manera clásica: Pedro Sánchez y Pablo Casado firmando una especie de nuevos pactos de la Moncloa para seguir repartiéndose el poder en la medida de lo posible y tirar unos cuantos años más con un modelo que evidentemente está agotado.
Los vientos soplan favorablemente para esa operación a la desesperada: la Gran Coalición. Tras el fracaso que ha supuesto el modelo multipartidista, muchos votantes miran a un lado y a otro, como huérfanos desolados, buscando la solución a los males en los dos partidos tradicionales, en lo mismo de siempre, en populares y socialistas. Lógicamente, Sánchez y Casado están encantados con este supuesto regreso de los españoles al statu quo (quizá por miedo al futuro, quizá por hastío de los experimentos fallidos) pero como decía Baltasar Gracián la confianza es madre del descuido y harían mal ambos líderes en hacer una lectura demasiado optimista de la actual coyuntura política. Porque el problema de un país que no funciona sigue estando ahí y no se resolverá con la nostalgia de un tiempo que ya no es.

Viñeta: El Koko Parrilla

LAS CREMAS DE CIFUENTES


(Publicado en Diario16 el 9 de septiembre de 2019)

Y en medio del torrente de basura y escandalera que sepulta al Gobierno de la Comunidad de Madrid va y reaparece la que faltaba: Cristina Cifuentes. ¿Se acuerdan de ella? Sí hombre, aquella rubísima presidenta regional a la que la prensa pilló con unos másteres de baratillo y unas cremas sin pagar que aparecieron en su bolso como por arte de magia. La señora del famoso “no me voy, me quedo, me voy a quedar” pero que al final tuvo que irse, como no podía ser de otra manera, por un asunto turbio de proporciones babilónicas que aún colea en los juzgados.
Resulta que la heredera de Esperanza Aguirre ha roto su silencio en El Programa de Ana Rosa (AR, tenía que ser ahí) para contarnos los duros momentos por los que atraviesa. “Se han dicho muchas cosas que son mentira”, asegura, al tiempo que se muestra convencida de que buscaron apartarla de la política y destruirla personalmente. “No se lo deseo ni a mi peor enemigo (…), lo que pasó fue un linchamiento excesivo”, declama con la fría pasión de una actriz de culebrón venezolano.
Cifuentes dice que tomó la decisión de renunciar a su cargo antes de que se hiciera público el mítico vídeo en el que aparece dejando caer unas cremas en su bolso en un supermercado de barrio como otro cualquiera. Por lo visto, según cuenta, todo su equipo de asesores sabía que iba a presentar la dimisión antes de que saliera a la luz la truculenta grabación que por momentos nos recordó a aquella inolvidable Marnie de Alfred Hitchcock. Hasta ahí todo bien, nada que objetar. Pero lo que provoca una estentórea carcajada hasta la hernia viene después, cuando la exlideresa jura y perjura que todo se debió a un desafortunado malentendido. “Las cremas llegaron a mi bolso porque las meto yo, pero por equivocación”, sigue explicando mientras insiste en que el asunto fue utilizado por las cloacas del Estado para hundirla políticamente. Es decir, ella andaba por allí, por la tienda, tan tranquila, y de buenas a primeras en lugar de coger la lata del sofrito, de pistachos o el gazpacho suave, por error, trinca el cosmético Olay Regenerist, una “crema anti-edad intensiva en tres áreas”, y se lo calza en el bolso sin mirar y sin decir ni mu. Uy, qué despiste más tonto.
La coartada parece más bien endeble, la típica defensa de un raterillo común de Vallekas, uno de esos pobres diablos que pasan cada día por los juzgados de Madrid. “Lo hise sin querer, señor jues, se muera mi papa”. Aunque tal como está el patio de nuestra bendita Justicia quién sabe, quizá la explicación de Cifuentes cuele y hasta le den la razón. Cosas peores estamos viendo. No olvidemos que hace apenas unos días un magistrado ha absuelto al PP por falta de pruebas en el caso de la destrucción de los ordenadores del extesorero Luis Bárcenas. Por lo que parece nadie es culpable de aquello, nadie va a responder de que los discos duros de un partido con información altamente sensible se hayan destruido con nocturnidad y alevosía. Y es que la inteligencia artificial avanza que es una barbaridad, las máquinas ya toman decisiones por su cuenta y riesgo y ellas mismas, sin duda, agarraron el mazo o el destornillador y se suicidaron a golpes y cuchilladas en el primer caso de eutanasia robótica de la historia.
Cuestión aparte es cómo piensa salir Cifuentes de otro nuevo marrón, uno más de los que acumula ya: la imputación que dirige contra ella y contra Esperanza Aguirre, por sus supuestas implicaciones en la trama Púnica, el juez de la Audiencia Nacional Manuel García-Castellón. “Tristemente en España el término imputación ha perdido completamente su sentido y directamente ya estás condenado”, ha sermoneado lacónicamente la expresidenta en el más puro estilo lacrimógeno y rosa de Telecinco. Pues que empiece a hacer un máster en Derecho Penal por si al final le hace falta.

Viñeta: El Koko Parrilla

RIVERA Y VOX


(Publicado en Diario16 el 9 de septiembre de 2019)

Tras su huida veraniega en la que no ha dado señales de vida, Albert Rivera ha vuelto a hablar sobre los problemas de España y también los de Ciudadanos. En una entrevista con El Mundo, el líder de la formación ha definido su proyecto como un partido liberal del que se siente “orgulloso” y que concibe como “el mejor preparado en estos tiempos”, ya que, a su juicio, “el liberalismo es el mejor antídoto contra nacionalismos y populismos”.
“El liberalismo es la ideología de la globalización. La gran división ideológica del siglo XXI se fija entre favorables o contrarios a la globalización. El debate en Europa no es si eres más o menos socialista o conservador, sino si eres proteccionista o si crees en la globalización, en el libre comercio”. Hasta ahí, Rivera parece tener claro lo que es ser un liberal a la europea centrado, moderno y civilizado. Sin embargo, cuando el entrevistador le pregunta sobre si seguirá pactando con Vox y si formaría una coalición a tres junto a PP y el partido de Santiago Abascal para gobernar España, el presidente de Cs no se moja, da largas, esquiva la cuestión, se pone de perfil y prefiere pasar palabra. “Es más funcional hacer gobiernos de coalición a dos, que ya es difícil, que una amalgama de tres o más”, se limita a decir Rivera en un claro ejercicio de escapismo político.
El problema es que cada vez parece más claro que el líder de Ciudadanos tiene dos caras: ese supuesto rostro liberal y amable que quiere vendernos públicamente y otro mucho más adusto, oscuro, feo, el del político autoritario que no le hace ascos a la foto de Colón, al abrazo con los falangistas, al pacto con la ultraderecha española. Todos en Europa –desde periódicos influyentes como The Guardian hasta sus compañeros de filas en el Parlamento europeo− le han dicho ya por activa y por pasiva que esa ambigüedad en realidad es una peligrosa contradicción y le aconsejan que corrija ese tic neofalangista que le sale a todo español de derechas porque lo lleva interiorizado dentro de sí mismo. Rivera quiere pasar por un renovador, un moderno, un europeo pacífico y atemperado que pretende superar la dialéctica de “rojos y azules” para centrarse en los problemas reales de los ciudadanos, pero a la hora de la verdad es un patriota tradicionalista que va pactando en secreto por los hoteles de Madrid con los nostálgicos de Franco, con los africanistas montaraces, con los fanáticos del brazo en alto que sueñan con la vuelta al pasado, al blanco y negro y al 36. A Rivera se le llena la boca de críticas e insultos hacia los golpistas catalanes (que no han matado a nadie) pero se abraza a aquellos que justifican otro tipo de golpismo mucho más violento: el que nos llevó a la guerra civil y a un millón de muertos.
La prueba de que Rivera no va a cambiar es que no descarta que su partido vote leyes junto a la formación que dirige Abascal, ya que entiende que “legislar es ponerse de acuerdo”. Lástima que siempre termine poniéndose de acuerdo con los mismos, con los que no debe, con los del brazo en alto y El novio de la muerte. Al presidente de Cs solo le nace un reproche contra Vox: cuando dice que hay cosas que propone el partido verde en materia moral y de libertades que le parecen “pasos atrás”, en clara alusión a las políticas machistas, homófobas y racistas que pretende implantar la ultraderecha en España. Pero no deja de ser un bonito eufemismo llamar “pasos atrás” a lo que simple y llanamente es una vuelta, con todas las de la ley, a las cavernas, al patriarcado y a la mujer de su casa sumisa con su marido.
Eso sí, cuando a Rivera se le pregunta sobre las salidas de Roldán y De la Torre de Cs por graves discrepancias con la dirección del partido no las entiende como una “cuestión de lealtades personales” sino de “lealtad a un proyecto”, ya que el programa “sigue siendo el mismo”. Una pirueta dialéctica imposible, ya que los que se han ido lo han hecho desencantados con el timo de Rivera. Un hombre que es muy demócrata en campaña electoral, de puertas para afuera, pero que cuando llega el momento de la verdad se va de francachelas con lo peor de nuestra historia.

Viñeta: El Koko Parrilla

domingo, 8 de septiembre de 2019

REVILLA Y EL GAMBERRO

(Publicado en Diario16 el 6 de septiembre de 2019)

Miguel Ángel Revilla se ha enfrentado a un tipo que increpaba e insultaba a Pedro Sánchez en una calle de Santander. El siempre peculiar presidente cántabro salía tranquilamente del coche oficial para almorzar con el líder del PSOE en un céntrico restaurante de la ciudad cuando se tropezó con el mal encarado y grosero ciudadano, que le estaba mentando la madre a Sánchez a grito pelado y sin que nadie le recriminara su actitud. Visiblemente enfadado, Revilla se fue a por el maleducado con decisión y le afeó su conducta: “No hay que insultar, no hay que faltar al respeto. Me da vergüenza, un cántabro no puede decir eso”, espetó con gallardía.
La reacción del mediático político, que ha actuado solo ante el peligro y como un paisano de armas tomar, no solo ha sido justa y valiente sino pedagógica y muy necesaria. Por fin un hombre decente que levanta la voz digna contra la cultura de la zafiedad y la bajeza moral. Por fin alguien que le para los pies al insultador profesional, al gamberro o matón dialéctico, al incorrecto macarra que se cree con licencia y patente de corso para hacer su santa voluntad, incluso para plantarse en medio de la calle y machacar a otra persona (la coartada de que se trata del presidente del Gobierno no sirve) a golpe de injuria, ofensa y ultraje. La crisis de Occidente tiene que ver en buena medida con la falta de libros, con la escasez de instrucción y con la dejación de funciones que han hecho las familias y maestros de hoy en los hogares y escuelas de todo el mundo.
El Gran Hermano orwelliano de las redes sociales ha asumido el papel de agente de la información y la educación de las personas y así nos va. La bilis se vuelca con total impunidad en las tabernas malolientes de Facebook, el insulto, el escarnio y la mofa son habituales en los foros y chats. Hordas de trols y haters enfurecidos despedazan a aquel pobre desgraciado que se atreve a salirse de la corriente dominante. El periodista es denigrado en público por sus ideas; el catedrático de historia calumniado; el escritor con muchos libros a sus espaldas vilipendiado. Son muchos los que, escondidos tras el anonimato de la pantalla del ordenador o de un nombre falso, se creen con derecho a dar rienda suelta a sus impulsos más bajos. Al final, cuando salen a la calle a relacionarse con los otros, creen que están poniendo un tuit faltón. Solo que Internet no es la realidad, solo un gran circo surrealista hecho de mentiras y luces de neón, un inmenso fumadero de opio fotónico, deslumbrante y adictivo para las cabezas humanas. Al igual que el terrorista se obnubila en las redes sociales antes de salir a matar con un rifle, el maleducado se entrena y coge fuerzas en esos grupos secretos (la nueva masonería) organizados por Zuckerberg para difamar gratuitamente y por puro pasatiempo. Si la naturaleza del hombre es malvada y su bondad es “cultura adquirida”, como dijo Simone de Beauvoir, lo que estamos viendo es maldad por una mala educación.
De este modo, el educado es convenientemente arrinconado; el defensor de los buenos modales despreciado por aburrido; el elegante una especie extinta del pasado. La grosería ha sustituido a la ironía (que mal se entiende la ironía en las redes sociales); lo chabacano triunfa, es el nuevo paradigma. El patán sin conocimientos ni estudios y con muchas faltas de ortografía es elevado a la categoría de líder de opinión solo porque consigue miles de likes. El patético triunfa; al ordinario especialista en el exabrupto y la provocación la masa digital le ríe las gracias.
Así no extraña que los grandes líderes mundiales –bien asesorados por los alquimistas del mal gusto− hayan crecido y medrado en esta nueva cultura de la vulgaridad, la afrenta, la baladronada y el insulto fácil sin castigo. Los Trump, Bolsonaro, Salvini y Abascal han usurpado la sagrada libertad de expresión –primer monumento de la democracia– y la han adulterado hasta convertirla en una herramienta eficaz en su particular caza del hombre y en su cruzada neofascista de demolición del Estado de Derecho. Acto seguido, una legión de tontos y acólitos, al ver que se puede faltar al respeto alegremente sin que pase nada, han seguido el camino de sus nuevos caudillos de la posverdad, de la anticultura y de la política-basura.
En el fondo, detrás de alguien que insulta al prójimo siempre hay un abusón, un totalitario, un seguidor del populismo airado y violento. Un fascista. “No voy a consentir yo que en mi tierra un tío salga de esa manera a insultar al presidente del Gobierno”, ha avisado Revilla nadando contra la corriente de los tiempos. El cántabro de pro ya se ha convertido en el último mensajero de esa cultura clásica e ilustrada basada en el buen gusto y la razón que hoy se diluye en el desquiciado universo catódico.

Caricatura: El Diario Montañés

SÁNCHEZ E IGLESIAS ABURREN CON LA MISMA PELÍCULA


(Publicado en Diario16 el 6 de septiembre de 2019)

Cuatro horas y media de tediosa negociación no han servido tampoco esta vez para que PSOE y Unidas Podemos lleguen a un acuerdo que dé la investidura a Pedro Sánchez, alejando el fantasma de unas nuevas elecciones. Lo que han hablado los equipos negociadores no ha trascendido, pero las caras largas y tensas de los portavoces al término de la reunión eran la prueba evidente de que la desconfianza y el pesimismo por ambas partes siguen presidiendo la ronda de contactos. “No puede haber ni vencedores ni vencidos, se trata de llegar a un acuerdo”, ha dicho Adriana Lastra, portavoz del Grupo Parlamentario Socialista, que emplazó a los periodistas a una nueva cita.
Tampoco se mostró demasiado optimista la portavoz adjunta de Unidas Podemos en el Congreso, Ione Belarra, quien dijo salir “sinceramente preocupada” porque los socialistas han ido a presentar “un programa electoral” y se han mostrado “profundamente inamovibles en sus posiciones”. De esa manera, ambos ejércitos (ellos ya se ven a sí mismo como enemigos irreconciliables) han quedado para matarse (políticamente) en un nuevo duelo en OK Corral, el enésimo, que seguramente también terminará en fiasco.
Por lo visto, la izquierda española se ha propuesto hacernos perder el tiempo en esta fatigosa película de vaqueros con estereotipados buenos y malos y cada hora que pasa parece más cercana la posibilidad de que el país tenga que ir a unas nuevas elecciones. “Nos hemos emplazado a seguir hablando en los próximos días y, si es posible, a tener alguna otra reunión, pero nos vamos sinceramente preocupadas porque básicamente han venido a presentarnos un programa electoral, se han mostrado profundamente inamovibles en sus posiciones”, ha insistido Belarra.
Mientras tanto, el escenario de la batalla está de la siguiente manera. Sánchez sigue empeñado en su imposible tercera vía, un Gobierno monocolor socialista con apoyos puntuales de Unidas Podemos, mientras Pablo Iglesias no quiere renunciar a su soñado Ejecutivo de coalición con grandes ministerios que den poder a la formación morada. De modo que las posiciones siguen enrocadas, enfrentadas (de hecho parecen aún más enconadas que hace un día) y cada reunión que celebran ambos partidos solo sirve para alejarlos todavía más y acrecentar las diferencias insalvables. Tampoco parece haber servido de mucho la propuesta programática con las 370 medidas que los socialistas han enviado a Unidas Podemos. Ni siquiera el ofrecimiento de última hora de la vicepresidenta, Carmen Calvo –que ha dejado caer la posibilidad de que Podemos pueda ocupar cargos importantes como el Defensor del Pueblo, la CNMV o el CIS– ha seducido a los morados.
Ahora mismo, lo único cierto es que PSOE y Podemos no podrían ponerse de acuerdo ni siquiera en si quieren tomar té o café para amenizar las reuniones. La anécdota ocurrida minutos antes de la crucial entrevista fue más que simbólica del cainismo que se ha apoderado de ambos partidos. El PSOE quería dejar que entraran las cámaras de televisión a la sala de reuniones pero Unidas Podemos lo rechazó al entender que se trataba de una jornada de trabajo de los equipos negociadores. Otra situación kafkiana digna de Sopa de ganso, aquella película de los Marx donde dos países se declaraban la guerra por cualquier tontería. Lo extraño del caso, lo más curioso de este episodio de nuestra historia, el del bloqueo y la parálisis institucional, es que PSOE y Podemos han conseguido ponerse de acuerdo en otras comunidades autónomas como Valencia mientras que son incapaces de hacerlo en Madrid. Por si fuera poco, más del 90 por ciento de las propuestas contenidas en el famoso documento programático remitido por el PSOE a la formación morada figuraban ya en el programa electoral con el que Podemos concurrió a las elecciones de abril.
¿Qué está fallando entonces? ¿Cuál es el problema? Sin duda, el factor humano empieza a pesar más que cualquier otro en todo este penoso y laberíntico asunto. Sánchez e Iglesias son dos egos inflados, dos jugadores a los que no les gusta perder ni a las canicas, personalidades tozudas, caprichosas, cuando no juvenilmente arrogantes e inmaduras incapaces de dar su brazo a torcer por el bien del país y del futuro de la izquierda. Eso que decían los antiguos de “se ha juntado el hambre con las ganas de comer” es perfectamente aplicable a las tormentosas negociaciones de ambos líderes políticos. Uno debe creerse la estrella de basket del momento predestinado a jugarse a vida o muerte los segundos finales del partido trascendental; el otro se ve a sí mismo como el héroe épico y macho alfa de Juego de Tronos. Si se relajaran un poco, si dejaran de tomarse tan en serio a sí mismos, quizá podría salir algo en claro de este embrollo interminable. Pero son dos personajes plomizos que, dicho sea de paso, empiezan a granjearse las antipatías del pueblo español. En verano ya nos sometieron a un culebrón insoportable aún más indigesto que el no fichaje de Neymar. Y han llegado a los exámenes de septiembre sin estudiar y con ganas de continuar con la juerga veraniega. El problema es que ambos empiezan a ser ya como esos actores de segunda que van de pueblo en pueblo representando siempre el mismo sainete y el mismo papel, aunque no pasan de congregar a cuatro gatos como espectadores. Ellos seguirán creyendo que son como Laurence Olivier y Richard Burton, grandes nombres de la historia, pero cada vez se parecen más a El Pulga y el Linterna. Y es que al principio la película enganchaba pero ya aburre.

Viñeta: Igepzio