miércoles, 2 de octubre de 2019

A LOS PIES DE SU EXCELENCIA

(Publicado en Diario16 el 21 de septiembre de 2019)

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, se ha bajado los pantalones en público ante el duro y recio Ortega Smith, ese a quien en el partido conocen como ‘El Rambo de Vox’. Ya sabíamos que el PP madrileño sentía ciertas simpatías por los neofranquistas de Abascal, sus socios preferentes, de ahí las negociaciones que ambas partes han mantenido hasta poder formar gobierno local y regional. Pero ahora también sabemos que Martínez-Almeida, además de estar en sintonía política con el partido posfalangista, le tiene miedo reverencial y se humilla ante él.
El bochornoso espectáculo tuvo lugar el pasado jueves, durante el minuto de silencio en el Ayuntamiento de Madrid en homenaje a la última víctima del terrorismo machista. El acto pretendía ser una protesta ciudadana e institucional contra la violencia de género, pero allí estaba el comando del partido ultraderechista, con Ortega Smith al mando, para boicotearlo todo con una pancarta que rezaba: “La violencia no tiene género. Contra todo tipo de violencia intrafamiliar”. La concejala del partido de extrema derecha en el Ayuntamiento de Madrid, Purificación Cabello, ya había avanzado horas antes que su partido no acudiría al minuto de silencio al considerar que no era más que “una campaña publicitaria de la izquierda que abandona a los olvidados”.
En realidad el cartel de Vox no era más que una nueva provocación, una trampa muy bien puesta para el alcalde y un acto electoral que trataba de echar más leña a la hoguera de la crispación en el ya fogoso y cargado ambiente político que vive el país. De ahí que ese preciso momento en que los políticos ultras desplegaban su infame pancarta se convirtiera en una prueba de fuego espontánea para medir la talla política del alcalde, su estatura moral, su integridad y el grado de gallardía que debe tener el primer vecino de una gran capital del mundo como es Madrid. Y tal como era de esperar, Martínez-Almeida se achicó, se encogió, se vino abajo. Si en un primer momento daba la sensación de que el regidor se estaba encarando con el perdonavidas de Ortega Smith que le saca tres cuerpos, afeándole la despreciable performance electoral que Vox había puesto en escena mientras el cuerpo de la fallecida aún estaba caliente, pronto se vio que todo era postureo, hipocresía, y miedo. Mucho miedo.
“Sabes perfectamente que no comparto la ideología de género ni el feminismo del 8 de marzo, pero eso no quiere decir que se puedan colocar dos pancartas distintas”, alegó timoratamente el alcalde en una de las frases más deshonrosas de las crónicas de la Villa de Madrid. Desde aquel famoso “vivan las cadenas” de los que decidieron someterse al poder absoluto de Fernando VII no se había escuchado algo tan denigrante en la ciudad. En ese segundo vital, en ese instante en que el populismo neofranquista de Vox trataba de enterrar la memoria de una asesinada bajo un pancartazo falso y abyecto, Martínez-Almeida tuvo la oportunidad de quedar como un héroe en la defensa de los derechos de la mujer. Fue ese el instante decisivo, trascendental, en el que el alcalde pudo haber pasado a la historia como un hombre que defendió hasta el final una causa justa como la igualdad y que no se doblegó ante la chulería fanfarrona de Vox. Fue ahí, en ese minuto crucial, cuando el bueno de José Luis pudo haber quedado como un glorioso Carlos III, un rey-alcalde, pero quedó más bien como Pepe Botella, el rey-plazuelas.
Todo el mundo sabe que Ortega Smith es cinturón negro de kárate, exboina verde y niño bonito del jefe Abascal, que lo protege con su Smith & Wesson. Hay que tener los bemoles muy bien puestos para plantarle cara a alguien como él. Pero la política es un trabajo solo apto para valientes, ya lo demostró hace unos días Revilla cuando se enfrentó a un gamberro que insultaba al presidente del Gobierno en plena calle. Lo mínimo que se debe pedir al alcalde de una gran ciudad es que mantenga el tipo y no se achante ante un montón de músculos perfumados con Varón Dandy. “Esto es una realidad dramática, la primera causa de muerte en Madrid, y me gustaría que me hubieras comunicado que venías con una pancarta”, se limitó a reprocharle tímidamente a Smith, que en ese momento ya lo miraba con los ojos ávidos del águila real, el pollo imperial que va a engullir a su presa en toda su pequeñez. Fue como ver un documental de La 2. El feroz halcón ante el conejillo apocado; la taimada serpiente encorvada a punto de engullir al ratón. El fascismo totalitario aplastando la libertad y el honor de las mujeres sin que el sumiso alcalde levantara la voz. Y es que ya lo hemos dicho aquí otras veces. Martínez-Almeida no da la talla política para defender la democracia.

EL DÍA QUE EL REY SE SALTÓ LA CONSTITUCIÓN


(Publicado en Diario16 el 19 de septiembre de 2019)

¿Se ha excedido el rey Felipe VI en sus atribuciones al convocar elecciones sin agotar el plazo legal de dos meses que marca la Constitución Española? Expertos en Derecho Constitucional como José Antonio Martín Pallín creen que sí. “La interpretación que hace la Casa Real del artículo 99 de la Constitución resulta totalmente equivocada y contraria a los principios constitucionales. Seguramente una lectura más reposada y menos intervencionista por parte de los integrantes de la Casa del Rey les hubiera llevado a la conclusión de que el artículo 99 no le concede la facultad de prescindir de la propuesta de un candidato hasta que se agoten los plazos marcados por la ley”.
El debate entre eminentes juristas sobre las últimas decisiones que ha adoptado el monarca tras la fallida negociación entre PSOE y Unidas Podemos está servido. La Constitución es clara y tajante sobre el papel del rey en la investidura del presidente de Gobierno. Según el artículo 99.4 de la Carta Magna, “si efectuadas las citadas votaciones” (la primera y la segunda en el Congreso de los Diputados) “no se otorgase la confianza para la investidura, se tramitarán sucesivas propuestas en la forma prevista en los apartados anteriores”. Y solo se convocan elecciones según lo previsto en el epígrafe 5 del artículo 99: “Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del presidente del Congreso”.
Como la primera votación de investidura fallida se celebró el 23 de julio todavía quedaba un margen de tiempo para seguir buscando acuerdos. Es decir, la fecha tope para la disolución automática de las Cortes era el próximo lunes 23 de septiembre, de modo que el rey podría haber apurado al máximo los plazos a la espera de un pacto de última de hora, que aunque se antojaba difícil no era imposible. Así al menos lo sugirió ayer en el programa Al Rojo Vivo José Antonio Martín Pallín, magistrado emérito del Tribunal Supremo. “Es suficiente con una lectura literal del apartado 4 del artículo 99 de la Constitución para entender que el rey no tiene la facultad o no puede arrogarse la facultad de prescindir, por su propio imperio, de la obligación constitucional de formular una propuesta de candidato a la presidencia del Gobierno”. O lo que es lo mismo: a Felipe VI se le fue la mano con la calculadora al hacer la suma, por su cuenta y riesgo, y concluir que no salían los escaños suficientes para formar un nuevo Ejecutivo. Solo que la Constitución no le pide al rey que juegue a las matemáticas, solo que sea un “testigo invisible”, un notario de los acontecimientos. Y ante todo, tiene la obligación de proponer a un candidato a la Presidencia del Gobierno.
Martín Pallín va aún más lejos al asegurar en un artículo en la Revista Contexto que “llegaremos a la conclusión de que la decisión del rey se ha situado al margen de la Constitución, lo cual constituye un grave precedente, que sitúa al parlamentarismo en una papel secundario. En todo caso, deberían haberle advertido de esta posibilidad antes de pronunciarse por la negativa (…) No somos una monarquía parlamentaria sino una monarquía con Parlamento”.
La cronología de hechos le da la razón al exmagistrado. Tras escuchar a todos los líderes políticos, Felipe VI decide dar por cerrado el asunto de la investidura a través de un comunicado de la Casa Real que lleva fecha del 17 de septiembre. Es entonces cuando Pablo Iglesias insinúa que quizá el monarca tendría que haberse implicado más en la ronda de contactos de cara a la formación de Gobierno. “El jefe del Estado debería hacer entender a los candidatos que la coalición es la vía para la estabilidad y que España no se merece una repetición electoral”. El secretario general de Unidas Podemos invocaba de esa manera la responsabilidad que, a su juicio, debería asumir el rey para desbloquear la investidura y evitar así una repetición electoral. Rápidamente, desde Zarzuela se le recordó un clásico de la democracia española: aquello de “el rey reina pero no gobierna”. Es decir, que la función del Jefe de Estado es de mero trámite y bajo ningún concepto puede internarse en peliagudas cuestiones políticas, ya que estaría excediéndose en las atribuciones que le encomienda la Constitución.
El líder de Unidas Podemos insistió al considerar “razonable” que Felipe VI retrasara su decisión de convocar o no elecciones mientras aún había tiempo para que se produjera un acuerdo in extremis impulsado por Pedro Sánchez, ya fuese a la izquierda, mediante una coalición con UP, o a la derecha, pactando con Albert Rivera. Ambas posibilidades estaban casi descartadas por el PSOE pero aun así llama la atención que el rey decidiera “cortar por lo sano”, como suele decirse coloquialmente, cuando todavía faltaban seis días para que expirara el plazo legal de dos meses. Y eso nos devuelve a la pregunta inicial: ¿Se ha excedido el monarca en sus atribuciones? ¿Le ha podido el orgullo, los nervios o el enfado ante la incapacidad de los actores políticos de ponerse de acuerdo?
Fue Thomas Jefferson quien dijo aquello de que “retardar una decisión es preferible al error”. La prudencia, la paciencia, controlar las tensiones y pulsiones de la historia son las mejores cualidades de un gobernante. Con su decisión de convocar las elecciones el rey, quizá sin saberlo, quizá de forma consciente, también ha tomado partido. Ha cortado cualquier posibilidad de milagro de última hora, o lo que es lo mismo: un acuerdo en el último segundo para un Gobierno de izquierdas.
La clave del asunto, una vez más, está en el punto 4 del artículo 99 de la Constitución, ese que dice textualmente que se tramitarán “sucesivas propuestas en la forma prevista en los apartados anteriores”. “Sucesivas propuestas”. Es decir, tantas como sean posibles siempre que se estén dentro del plazo legal de dos meses. Ese mandato se ha desechado antes de tiempo desde el Palacio Real. Quizá hubiese sido un buen momento para que Felipe VI dejara enfriar un poco más la situación, agotando el plazo constitucional y siendo fiel a su papel de “hombre invisible” de la política española. Hubiese merecido la pena intentarlo. Lo que no puede aceptarse, tal como dice Martín Pallín en sus intervenciones públicas, es que “por situarse al margen de la Constitución” el rey haya decidido disolver “de facto” las Cortes Generales al decidir que “no propone, en contra del texto constitucional, a ningún candidato a la Presidencia del Gobierno”. Una prerrogativa que no le corresponde.

Viñeta: Igepzio

ÍÑIGO


(Publicado en Diario16 el 19 de septiembre de 2019)

Íñigo Errejón trata de convencer a Manuela Carmena para que encabece una candidatura a las elecciones generales del 10N. El político defenestrado de Unidas Podemos cree que ha llegado su hora, su gran día para ajustar cuentas con Pablo Iglesias, su momento. Con el PSOE virando de nuevo a la derecha para tratar de captar el voto de los descontentos de Ciudadanos, con un Unidas Podemos que no ha sabido resolver su crisis interna y cuyo futuro se antoja incierto tras el no de Iglesias a Sánchez, Errejón se plantea exportar la fórmula Más Madrid al resto del país con una especie de Más España (quizá lo primero sería cambiarle la marca al partido para que no se confunda con el España Suma que prepara el trifachito de Casado).
Ahora bien, la gran pregunta es: ¿necesita la izquierda española otro partido, otra alternativa casi clónica, otra propuesta que arroje más fragmentación y división? Tras el espectáculo deplorable que han dado PSOE y Unidas Podemos durante la fallida negociación de los últimos meses cabe esperar que el electorado progresista esté cansado, frustrado, indignado. Sánchez e Iglesias, con sus desavenencias, con sus líos de cuñados siempre enfrentados, van a permitir que el 10N se convierta en una segunda vuelta de las elecciones que en realidad dará una nueva oportunidad para que la derecha (noqueada tras las elecciones del pasado mes de abril) se reorganice, se rearme y prospere entre el ruido y la furia que se ha apoderado de la sociedad española.
Es de dominio público que en Más Madrid se ha abierto un intenso debate sobre la conveniencia de presentar una candidatura nacional. Hay ganas de revancha en el partido de Íñigo, pero se trata sin duda de una aventura no exenta de riesgos. Errejón sabe que su tirón está en la circunscripción de Madrid, de ahí que esté pensando en convencer a Carmena, madrina del proyecto, para que sea ella quien encabece la lista como candidata a la presidencia del Gobierno de España. La prensa madrileña cuenta hoy que la exalcaldesa de la capital “tiene mono” de política y que también el PSOE la ha tanteado para que se sume a las filas socialistas. De esa manera, fichando a una mujer que sin duda tiene su tirón entre el electorado de izquierdas, Sánchez mataría dos pájaros de un tiro: anular a una competidora directa que le está quitando un buen trozo de la tarta electoral y dar un nuevo impulso a su proyecto, que sale mustio y trasquilado tras el fiasco del intento de investidura.
Hace apenas una semana, las encuestas de Tezanos (y también las otras) daban claro ganador al PSOE el próximo 10N. Hoy, tras consumarse el desastre de unos nuevos comicios y en medio del clima de depresión general que parece haberse instalado en la sociedad española, los vientos han cambiado, como por otra parte era de prever. Pablo Casado, un líder que estaba políticamente muerto tras las elecciones de abril −donde el PP llegó a poner el cartel de ‘Se Traspasa’ por ruina total a la sede de Génova 13−, ha recuperado la iniciativa. Ciudadanos está en caída libre y Vox pierde fuelle y ya no asusta a nadie. Sin duda, Casado va a tener otra oportunidad de “resucitar” al PP en las urnas. De ahí que sea tan importante cada paso que dé la izquierda de aquí al día de las elecciones.
Crear un nuevo partido de ámbito nacional, como sería Ahora España o como se quiera llamar al proyecto de Errejón, solo serviría para debilitar y dividir aún más al mal llamado bloque progresista, ya que ese supuesto bloque nunca existió. En España hay tantos partidos de izquierdas como cabezas; la pretendida unidad jamás ha funcionado como un bloque cohesionado sino como familias de taifas que se guardan rencor, clanes mal avenidos que enquistan sus rencillas con el paso del tiempo y que más tarde o más temprano estallan en trifulcas de todo tipo. A estas alturas de la película, si algo ha quedado claro es que Sánchez e Iglesias, por su incompatibilidad de caracteres, por sus egos inflados, están condenados a no entenderse y nadie en su sano juicio piensa que puedan sentarse a dialogar sobre nada después del 10N. De modo que si ha sido imposible poner de acuerdo a dos partidos como PSOE y Unidas Podemos qué se puede esperar con un tercero en discordia, máxime teniendo en cuenta que a Errejón se le echaron las cruces cuando fue desterrado de la formación morada por “traidor” al jefe y a las ideas. Solo pensar qué podría ocurrir cuando Pedro, Pablo e Íñigo se encierren en un despacho para debatir un Gobierno de coalición pone los pelos de punta. Lo que saliera de allí se parecería mucho al espagueti western aquel: El Bueno, El Feo y El Malo. O sea, a tiro limpio.

Viñeta: Igepzio

UN SEÑOR DE BILBAO

(Publicado en Diario16 el 18 de septiembre de 2019)

Tras el enésimo fracaso de España como país quedaba la guinda del pastel, el último episodio vergonzante para consumar el disparate, el esperpento nacional y la ceremonia de la confusión: una epiléptica sesión de control al Gobierno rebosante de descalificaciones, insultos, rencillas aireadas, exhibición de odios enquistados y navajeos cainitas. ¿Qué sentido tenía este trámite parlamentario precisamente hoy, cuando ya se sabía que nos llevaban de nuevo a elecciones? ¿Qué necesidad había de una absurda sesión de control al Gobierno cuando paradójicamente seguimos sin Gobierno? Ante tanto sarcasmo estomagante e insoportable, lo mejor hubiese sido que Meritxell Batet hubiese suspendido el acto. Así al menos habría ahorrado al país, y a millones de españoles atónitos con el espectáculo humillante de sus políticos, un nuevo trance ignominioso.
Sin duda, quien mejor ha sabido leer la situación dramática que vivimos ha sido Aitor Esteban, portavoz del PNV. Tenía que ser un nacionalista el que afeara la incompetencia y la chapuza nacional. “Si no saben llegar a acuerdos que se vayan a sus casas”, ha sugerido alto y claro el diputado vizcaíno. Paradójicamente, frente a las soflamas patrioteras de unos y el tacticismo electoralista de otros, el líder nacionalista vasco es de los pocos diputados que han estado a la altura y que han sabido remar en la búsqueda de una solución al bloqueo que sufre el país. Esta mañana, a la entrada del Congreso, Esteban mostraba su decepción y hacía un análisis acertado y sincero sobre el fracaso de los partidos españoles en el intento de investidura de la malograda XIII Legislatura.
Para el portavoz del PNV, el PSOE no ha querido negociar en ningún momento con Unidas Podemos, por eso ha ido “dando largas” a Pablo Iglesias desde que se conoció el resultado de las pasadas elecciones del mes de abril. Pero es que además, según el diputado peneuvista, la formación morada tampoco ha sabido estar, ya que por inexperiencia no ha calibrado con quién se jugaba el póker decisivo. De esta manera, los de Podemos “se han pasado de frenada y se han creído los reyes del mambo”, es decir, han tensado demasiado la cuerda de la negociación y han jugado con 42 escaños como si tuvieran mayoría absoluta.
La radiografía de Esteban es perfecta. De este fracaso como país salen mal parados todos los partidos, con diferentes cuotas de responsabilidad en función del grado de poder que ostentaban. El PSOE en primer lugar porque a Pedro Sánchez le correspondía la tarea de formar un Gobierno.
El análisis sosegado y racional de Esteban contrasta con el gallinero, el griterío colegial y la barahúnda en que se ha convertido el hemiciclo esta mañana. La ministra Carmen Calvo y su interlocutora de pactos frustrados de Podemos, Ione Belarra, han subido a la tribuna como si bajaran al barro. Allí se han dado estopa a placer, como si necesitaran relajar tensiones después de tantos meses a fuerza de gimnasio y golpes. Nada nuevo ha salido de ese intercambio de ganchos de derecha, solo más de lo mismo: atribuciones de culpa, reproches constantes y las mismas palabras muertas y cansinas de siempre. La escenificación de la inutilidad más absoluta de los dos principales partidos de la izquierda española.
Luego llegó el momento de la violenta ofensiva dialéctica del impostado Pablo Casado, que ha vuelto a la carga y a su habitual táctica de la crispación acusando a Pedro Sánchez de haber ofrecido a los españoles la “incapacidad más fatua y solemne, la nada con sifón”. A Casado le ha dado últimamente por la poesía parlamentaria, lo cual produce aún más enojo e indignación en estos momentos en los que nadie está para bromas. “Se le ha visto el plumero señor Sánchez, usted tenía un viaje a Nueva York previsto en medio de la investidura; el único que ha fracasado es usted y no es de fiar”, ha revelado. Tan lamentable ha sido la posición del PP en todo el proceso como la actitud pasota de su líder, que ha actuado como si no fuera con él algo tan importante como la estabilidad de España. Así son estos patriotas de nuevo cuño.
Llama la atención el silencio de Albert Rivera y Pablo Iglesias, que asistían a la trifulca de patio de vecinos como esos culpables de algo que prefieren no asomar la cabeza. Llegado su turno, un lacónico Sánchez ha entrado en escena en medio del clima de depresión general, aunque metiéndose ya hasta las cachas en campaña electoral y en tono claramente mitinero. El candidato no investido ha acusado a la derecha de bloquear la formación de un Gobierno en España. Nada nuevo bajo el sol.
Una vez más, ha tenido que ser Gabriel Rufián quien se lo vuelva a explicar: “¿Cómo cree que se fueron los ciudadanos a la cama anoche? ¿Contentos por ir de nuevo a votar? La gente está hasta los bemoles. Cuanto más fuerte es el PSOE más se acerca usted a la derecha. Han perdido una oportunidad histórica”, ha alegado.
Y faltaba Cayetana Álvarez de Toledo en su habitual estilo surrealista, faltón y de inquietante psicoanalista argentina. “La comedia del progresismo ha terminado porque es finita”. Para decir eso mejor no decir nada. Porque hoy era día para que todos callaran y se fueran a sus casas. Como sugiere Aitor.

DIEZ CONSECUENCIAS NEFASTAS DE IR A NUEVAS ELECCIONES


(Publicado en Diario16 el 17 de septiembre de 2019)

Iremos a unas nuevas elecciones, las cuartas en cuatro años. Tras la constatación por parte del rey Felipe VI de que ningún candidato ha conseguido los apoyos necesarios para formar Gobierno, se desprenden diez conclusiones inmediatas:
Uno. La parálisis institucional se ha convertido en un problema endémico, un bloqueo enquistado que amenaza el buen funcionamiento de la democracia en nuestro país.
Dos. Como consecuencia de lo anterior, España necesita con urgencia una reforma constitucional que adapte su Carta Magna a los nuevos tiempos y a la nueva situación de inestabilidad y multipartidismo que vivimos, ya que las normas tal como se formularon en 1978 han quedado obsoletas. El modelo Suárez/Juan Carlos parece definitivamente agotado y el artículo constitucional sobre las mayorías necesarias para la investidura del presidente debe ser objeto de una profunda revisión.
Tres. Los cuatro principales partidos políticos han mostrado su ineficacia para llegar a acuerdos que tengan en cuenta el interés general del país y se han movido por intereses personalistas, electoralistas y estratégicos. Curiosamente, PNV y ERC han demostrado en algunos momentos de este farragoso proceso mucho más sentido de Estado que los partidos nacionales.
Cuatro. Derivada del punto anterior, se constata la preocupante y alarmante falta de altura de miras de los cuatro líderes que han participado en este nuevo fracaso político. Ni Sánchez, ni Casado, ni Rivera, ni Iglesias han sabido dar la talla ante una situación de tal gravedad. Todos ellos se han comportado como niños jugando con algo tan trascendente como el futuro del país.
Cinco. El espíritu de consenso, básico en la Transición española, se ha roto definitivamente. Hoy la política se mueve con otras coordenadas y parámetros, como el rupturismo, el frentismo, el culto al líder y el egoísmo partidista. Así es difícil construir un proyecto de país.
Seis. La izquierda española sale seriamente tocada del traspié. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias pierden una oportunidad de oro, casi única, de rearmar a la izquierda de nuestro país y construir una alternativa a las políticas neoliberales que avanzan en toda Europa. Ambos lo tendrán difícil durante la campaña electoral para explicar todo lo que ha pasado durante estos meses: el presidente en funciones para aclarar por qué descartó tajantemente el Gobierno de coalición con Unidas Podemos a partir del mes de septiembre cuando lo había propuesto antes del verano; el líder de la formación morada para razonar por qué en el último momento no hizo lo que más convenía al país, que no era sino abstenerse y dejar que gobernara un partido progresista.
Siete. Ir a nuevas elecciones supone jugar a la ruleta rusa. Por mucho que digan las encuestas de Tezanos, nadie sabe lo que puede pasar cuando se abren las urnas. Lo normal es que gane el PSOE y que el tablero político siga manteniendo el mismo equilibrio de fuerzas. Es decir, más bloqueo institucional. Pero tampoco se puede descartar una fuerte abstención ciudadana o incluso que el bloque de las derechas (PP-Cs-Vox) logre una mayoría suficiente para gobernar, lo que consumaría el desastre total para la izquierda española. Por no hablar de otra cuestión: la historia demuestra con una certeza matemática que después de cada fracaso de una democracia liberal, el hartazgo, la desafección y la rabia de los ciudadanos hacia sus políticos siempre cuaja en un incremento de la extrema derecha.
Ocho. El sistema de monarquía parlamentaria en general sale seriamente tocado y muestra graves deficiencias de funcionamiento. El papel del rey también sufre un desgaste, ya que buena parte de la ciudadanía pasará la factura correspondiente, es decir la cuota de responsabilidad en el fiasco, a una Jefatura del Estado que en tiempos del bipartidismo y de las grandes mayorías pasaba desapercibida pero que en la actualidad queda en evidencia por su nula eficacia en lo que se refiere a las funciones de arbitraje para resolver conflictos institucionales, intermediación y moderación entre las fuerzas políticas.
Nueve. Los graves problemas del país vuelven a ser aparcados por la falta de Gobierno. En el mejor de los casos nos iremos a febrero, cinco meses más en los que la actividad parlamentaria será casi nula. Leyes tan necesarias como la de presupuestos, la de reforma laboral, la derogación de la ley mordaza y la de eutanasia quedarán aplazadas. Por otra parte, la inestabilidad institucional influirá en la economía, siempre sensible a las turbulencias políticas. Los expertos vaticinan una nueva recesión mundial que a España le llegará en precario.
Diez. La democracia española se enfrentará a importantes acontecimientos históricos en los próximos días como la sentencia del procés y la salida del Reino Unido de la Unión Europea, el famoso Brexit. ¿Cómo puede un país serio afrontar semejantes enormes desafíos sin un Gobierno estable que tome las decisiones trascendentes?

Viñeta: Artsenal 

OTRA VEZ A VOTAR


(Publicado en Diario16 el 17 de septiembre de 2019)

La mañana fue tal como se preveía. Una sucesión de viejos reproches, atribuciones de culpas y coartadas entre Sánchez, Rivera, Casado e Iglesias, los cuatro líderes políticos que pasarán a la historia por su incapacidad para llegar a acuerdos por el bien del país. Albert Rivera le ha dicho al presidente del Gobierno en funciones que la respuesta a su ofrecimiento de pacto es “una colección de mentiras” y que Ciudadanos no se abstendrá en su investidura si no rectifica.
A su vez, Pablo Iglesias alega que Sánchez debe decidir “entre la opción de derechas y la de izquierdas” para ser investido presidente. En rueda de prensa en el Congreso tras reunirse con el rey Felipe VI, el líder de Podemos ha informado de que en caso de que finalmente se diera un acuerdo PSOE-Ciudadanos, el sentido del voto de su grupo en la eventual investidura de Sánchez dependería de cómo se materialice ese pacto. “Tendríamos que examinarlo”, ha apuntado. En ese sentido, y llegado el caso de un acuerdo entre socialistas y naranjas, Iglesias no descarta que la formación morada pueda cambiar el sentido de su voto y pulsar el botón de “no a Sánchez” durante la investidura del candidato socialista.
Mientras tanto, todo apunta a que Pablo Casado “rechaza apoyar un Gobierno estable” del PSOE y “evitar con ello una repetición electoral”, según fuentes de Génova 13. El voto de los populares también será “no” casi con total seguridad. La dirección nacional del PP ha informado de que acababa de finalizar la conversación telefónica entre Sánchez y Casado, una interlocución que ha transcurrido en un clima calificado de “cordial”. Una mera formalidad, ya que entre PSOE y PP no hay ninguna posibilidad de acuerdo. Además, las citadas fuentes populares han precisado que informarán del contenido del contacto tras la audiencia que Casado mantendrá con el rey a las 17.15 horas.
La mañana ha sido frenética. El presidente del Gobierno en funciones ha llamado a los tres líderes políticos para conocer su decisión final sobre la investidura. Ninguno está por la labor de permitir un Gobierno socialista. Iglesias ya ha pasado por vicaría, es decir, por Zarzuela. Esta tarde lo harán el resto de los líderes. A la propuesta de Rivera, que sigue poniendo tres exigencias para abstenerse en la votación y permitir que Sánchez sea investido (Navarra, Cataluña y la bajada de impuestos), el PSOE ha respondido a Ciudadanos que “desbloquee la situación, cumpla la voluntad de los españoles y evite una repetición electoral del todo innecesaria”.
Esta respuesta ha sido calificada por el presidente de la formación naranja como una “tomadura de pelo”. Todo queda pendiente por tanto para la ronda de contactos que Felipe VI mantendrá esta tarde con los máximos responsables de PSOE, PP y Cs. Laura Borràs (JxCat) y Santiago Abascal (Vox) han confirmado al monarca que votarán en contra de Sánchez en una hipotética sesión de investidura, y Jaume Asens (En Comú Podem) ha advertido que su grupo se replanteará la abstención si Cs modifica su voto negativo a Sánchez, se abstiene y da luz verde a la formación del Ejecutivo socialista.
La incógnita sobre si habrá elecciones en noviembre se resolverá por tanto esta tarde en el Palacio de la Zarzuela. Todo apunta a que los cuatro partidos principales asumen ya que iremos a las urnas. Pero en esta película de suspense nadie ha dicho su última palabra. Las presiones en el seno de Ciudadanos son brutales, ya que no pocos cargos del partido exigen a Rivera que apueste por la “abstención patriótica”, lo que evitaría un descalabro electoral de la formación naranja. Las presiones también existen en el PP y Podemos, según ha podido saber Diario16, pero nadie quiere rectificar en su posición inicial. Así las cosas, Felipe VI podría agotar el plazo constitucional, alargándolo un par de días más, a la espera de que alguien pueda dar la sorpresa. Una sorpresa que a esta hora se antoja imposible. Las elecciones generales están cada vez más cerca.

Viñeta: Artsenal

IMPLOSIÓN NARANJA


(Publicado en Diario16 el 17 de septiembre del 2019)

Ciudadanos está llegando al punto de fusión nuclear y puede implosionar en cualquier momento. Según ha podido saber Diario16, importantes cargos políticos del partido naranja presionan a esta hora a Albert Rivera para que dé la investidura gratis a Pedro Sánchez. Consideran que solo así evitarían unas elecciones en las que C’s quedaría más arrasado que el Levante tras el temporal Dana. Algunos asesores incluso están aconsejando a Rivera que firme lo que tenga que firmar, que levante el absurdo cordón sanitario a Sánchez, que negocie la independencia de Cataluña si es preciso, con tal de que el partido sobreviva y no reviente por los cuatro costados. Las encuestas han abierto los ojos a los barones naranjas: de celebrarse nuevos comicios en el mes de noviembre podrían perder hasta 30 escaños. Un auténtico desastre que colocaría al partido al borde de la disolución.
El anunciado descalabro electoral tendría graves repercusiones. Decenas de cargos políticos de Ciudadanos en toda España se irían al paro, dejarían de vivir del chupito del Estado y tendrían que volver a sus trabajos de antes, a sus vidas anodinas, a sus casas. Un liberal moderado puede aceptarlo todo menos perder sus privilegios. De ahí que algunos de ellos no estén para muchas bromas y hayan empezado a ponerse serios con el jefe. Las deserciones de los meses pasados, cuando los Toni Roldán, Valls, Nart y otros abandonaron el partido por el imprudente volantazo a la derecha puede quedar en un juego de niños con la que se está preparando en las entrañas del partido.
Hay quien dice que la rebelión se está gestando en estos mismos momentos. Y Rivera empieza a sentir aquello que Jorge Valdano llamó el “miedo escénico”. El presidente de C’s no solo tiene en contra la pinza bipartidista (el PSOE porque ve la muleta perfecta, el PP porque el mundo naranja le molesta para recuperar la hegemonía de la derecha), sino a buena parte de la opinión pública española (harta ya del juego absurdo del bloqueo), al Financial Times, a los liberales de Bruselas, a las empresas del Íbex 35 (que están deseando que pacte ya con Sánchez) y quizá hasta a Malú, que últimamente debe verlo algo alicaído y le pide que acabe con esta historia de una vez. Ningún hombre puede soportar que el mundo entero esté contra él sin que le tiemblen las piernas.
De ahí los neuróticos movimientos de última hora de Albert Rivera, sus tres propuestas a la desesperada para Sánchez (Navarra, el 155 y los impuestos); de ahí que haya levantado contra todo pronóstico, y a toda prisa, el cerril cordón sanitario que le había colocado al presidente del Gobierno en funciones. Rivera es el primero de los cuatro tetrarcas de la democracia española que ha sentido en sus carnes eso que llaman el vértigo ante el abismo de unas nuevas elecciones. Está solo (al PP ya no le sirve ni para la foto) y lo tiene muy negro. Probablemente Sánchez, Casado e Iglesias también lo estén sufriendo en silencio, aunque de momento lo llevan por dentro. Él no, él no ha aguantado la presión. Rivera se ha hundido estrepitosamente, se ha venido abajo a pocos minutos de otra fecha trascendental para España.
Atrás quedan los días del alegre postureo, cuando subía al estrado de las Cortes, creyéndose el gran jefe de la oposición, y soltaba unos cuantos chascarrillos malos sobre “la banda de Sánchez”. El vodevil, el teatrillo de varietés y el club de la comedia se han terminado. Estamos ante la hora de la verdad, la hora en que la historia elige a los llamados y defenestra a los mediocres. Las elecciones son como la señora de la guadaña que no perdona los pecados políticos. Como último recurso a la desesperada, el presidente de Ciudadanos ha enviado una misiva hoy mismo, de su puño y letra, al secretario general del PSOE para pedirle una reunión “urgente”. Tenía que ser una carta en papel, todo un símbolo de lo antiguo que se ha quedado el proyecto, tanto como el correo del Zar. En ese mensaje dentro de la botella, el náufrago Rivera sugiere “abordar una solución de Estado que pueda poner las instituciones españolas en marcha y evitar así el coste económico y político de una eventual repetición electoral”. Toda una paradoja del destino que sea él, precisamente él que siempre ha tratado al presidente del Gobierno en funciones como un apestado, quien implore ahora un acuerdo in extremis.

Viñeta: Artsenal