miércoles, 2 de octubre de 2019

MALENA ESTABA CIEGA

(Publicado en Diario16 el 1 de octubre de 2019)

Una diputada de Vox por Baleares, Malena Contestí, ha anunciado que deja el partido porque “criminaliza” a la mujer, porque es “homófobo” y porque es “extremista”. La decisión que ha tomado no puede por menos que ser aplaudida, pero habría que preguntarle a la señora diputada dónde ha estado metida todo este tiempo. Cabría preguntarse qué hacía ella cuando el juez Serrano exigía las listas de los funcionarios que luchan contra la violencia machista en Andalucía para purgarlos; cabría preguntarse qué estaba haciendo ella cuando Ortega Smith y los suyos se ponían de perfil durante el minuto de silencio en recuerdo a la última asesinada por su pareja; y cabría preguntarse en qué andaba ocupada y entretenida cuando Rocío Monasterio reclamaba que la cabalgata del Orgullo Gay sea recluida en un gueto.
Rectificar es de sabios pero Malena, que tiene nombre de tango, ha tardado demasiado en dejar de marcarse su baile fatal con los franquistas. Ocurre que con el fascismo no se juega, poca broma, tolerancia cero, nada de coqueteos ni probaturas, porque cuando uno se mete en la Falange hasta las trancas, junto a un líder que alardea de pistola, sabe a lo que va y a lo que se expone. A un partido facha no se va de picnic, ni a participar en sesudas tertulias sobre el legado de José Antonio (que también), ni a montar un puestecillo ambulante en Atocha para venderle a los madrileños unas gorillas con el logotipo de Vox, más la gitana flamenca, el toro de Osborne y el banderín rojigualda. A esa guerra se llega ya bautizado en los principios generales del Movimiento, versado en la vida y obra de Ledesma y Redondo, mamado de nacionalsindicalismo y viajado a los Santos Lugares, mayormente el Valle de los Caídos. También ejercitado en el Cara al Sol y en el levantamiento súbito de brazo, arriba España.
Si Malena Contestí, cuando se metió en Vox a ciegas, según ella, no sabía nada del opio ideológico que se preparaba allí, es que ha sido una digna representante de esa nueva clase de políticos aficionados que, sin haberse leído el programa electoral de su partido y sin tener mucha idea sobre nada, se han lanzado en los últimos años de degradación democrática a la arena pública solo por hacer carrera o por salir un minuto en la televisión. Decir ahora aquello tan inocente y exculpatorio de “yo no sabía de qué iba esto de Vox”, “a mí me metió mi cuñado” o “si lo llego a saber…” no solo es un sarcasmo sino una mala excusa que no cuela. Al franquismo no se llega por casualidad ni porque uno no tenía otra cosa mejor que hacer en su casa, sino porque la cosa se lleva por dentro, porque tira mucho el uniforme escuadrista y por amor a Dios, a la patria y al orden. Esta señora que trata de corregir un error imposible de enmendar debe saber que España es peor ahora que cuando ellos (los suyos) irrumpieron en el Congreso de los Diputados como una banda de tunos gamberros y embriagados. Y esa ha sido y será su responsabilidad. Con su apoyo a la causa, con su esfuerzo en mítines y noches electorales, con su labor proselitista para resucitar el Movimiento Nacional ella ha contribuido decisivamente a que la cosa cuaje, a que el monstruo recupere aliento y a que España se parezca hoy un poco más a aquel país fanatizado del 36.
En una carta, la diputada recuerda que hace casi dos años dio el salto a la política para, entre otros objetivos, defender la unidad de España y el idioma castellano, luchar contra el secesionismo, potenciar la libertad económica, bajar los impuestos y recortar los chiringuitos de la sobredimensionada Administración. Dos años ya. En todo ese tiempo España ha ido a peor a causa de una ultraderecha que ha inoculado aún más odio del que ya había entre españoles.
Hoy Malena asegura haber visto la luz. Aquella “ilusión inicial”, como dice ella, se ha tornado poco a poco en una “profunda decepción” tras la coalición electoral que provocó su llegada a la formación verde. Contestí señala que su “decepción” viene “derivada de la imposición del dogmatismo político; de múltiples escándalos de supuestas irregularidades que no sólo no se investigan sino que se protegen; de la exclusión y el insulto constante a los demás partidos; de la demagogia, la homofobia y los extremismos varios”. Incluso ha sentido “profunda vergüenza” viéndose relacionada con “un oportunista como Salvini” o con las políticas del caudillo Abascal que propugnan “una vuelta al armario” de los homosexuales. “Por eso prefiero irme a casa que seguir en Vox”, concluye la conversa a la democracia. Pues bienvenida. Es de alabar que comprenda después de tanto tiempo que estaba alimentando a la bestia sin querer. Lástima que no se haya dado cuenta antes.

TORRA, EL ESLOVENO


(Publicado en Diario16 el 30 de septiembre de 2019)

En los últimos meses el mundo independentista se ha fracturado entre los que apuestan por continuar con el ‘procés’ de independencia por vías pacíficas y aquellos que optan por dar una vuelta de tuerca a la estrategia y pasar a una acción más agresiva y contundente. Es decir, entre la vía Junqueras y la “vía eslovena”, un escenario de enfrentamiento que podría llegar a ser violento y que Quim Torra aún no ha descartado del todo. Al menos eso se deduce de la documentación incautada a los arrestados en la Operación Judas. Ese clima prebélico (con agentes de los servicios de inteligencia que van y vienen, operaciones cuasi militares, comandos y fabricación de explosivos) parece haber sido asumido ya por el president, que todavía no ha condenado las presuntas actividades terroristas de los CDR.
Pero es que aún hay más. Según La Sexta, que ha tenido acceso a uno de los autos de prisión de los siete detenidos acusados de terrorismo, estragos y tenencia de explosivos, los arrestados hacían las veces de enlace con el president y con Carles Puigdemont en su residencia de Waterloo, una supuesta operación en la que jugaban un papel fundamental los servicios de inteligencia de la Generalitat: el conocido como “CNI catalán”.
La información que está ofreciendo la cadena de televisión privada asegura que los detenidos habrían servido de correos para el intercambio de “documentación sensible” sobre los planes a seguir de cara al 1 de octubre, segundo aniversario del referéndum de autodeterminación que dio pie a la declaración unilateral de independencia, y en el caso de que la sentencia del Tribunal Supremo sea condenatoria y ejemplarizante para los políticos presos. En esa supuesta hoja de ruta, al menos cinco de los detenidos por la Guardia Civil se habrían visto con la hermana del expresident, Anna Puigdemont, en una supuesta “reunión secreta”. Según la prensa independentista catalana, ella lo ha negado alegando que ese día se encontraba en el médico.
Pero lo más grave del plan recogido en el auto del magistrado de la Audiencia Nacional Manuel García Castellón es que el CNI catalán habría ordenado el supuesto asalto al Parlament. Eso sería tanto como decir que Torra y Puigdemont habrían apretado el botón verde a la vía eslovena, es decir, un asalto a la Cámara legislativa autonómica por parte de un sector de la ciudadanía. “En la instrucción constan conversaciones telefónicas en las que se habla de la existencia de un plan de conspiración contra las instituciones del Estado, que consistiría en el asalto y posterior ocupación de forma ilegal del Parlamento de Cataluña en el precitado día ‘D’, con el fin último de subvertir el orden constitucional”, asegura el auto del juez, según cita La Sexta.
“El desarrollo del plan, encomendado por parte del denominado CNI catalán se habría asumido y planificado por el ERT [los Equipos de Respuesta Táctica, la unidad más violenta de los CDR], estando implicados en varias de las iniciativas que conformarían dicho plan. En este contexto, se ha observado por medio de intervención telefónica a G.X.D. [uno de los implicados] no sólo tener conocimiento de tales hechos, sino que habría mostrado de manera expresa su plena disposición a participar en el asalto al Parlamento”, reza el auto.
La resolución judicial añade información sobre los pinchazos telefónicos a Guillem X.: “En otra conversación telefónica de G.X. D. con J.R., integrante del ‘núcleo productor’, y que por esa fecha ya había empezado a adquirir productos químicos, en la que comunica a G.X. que deberían empezar a mover las cosas porque las noticias avanzan desfavorablemente”.
El auto vendría a demostrar que hay “indicios racionales suficientes que sin ningún género de duda sitúan a algunos de los CDR detenidos con un conocimiento avanzado de la planificación terrorista que se estaba gestando en el seno del ERT”.
El asalto al Parlament tendría sin duda una respuesta inmediata del Estado español con consecuencias que podrían llegar a ser trágicas. Hace dos años, en pleno ‘procés’, la prensa informó de que unos 300 agentes de seis unidades de élite de la Policía Nacional española y la Guardia Civil tenían a punto un plan para responder militarmente a un posible asalto al hemiciclo “por tierra, aire y subsuelo” y con el objetivo de detener al entonces president de la Generalitat, Carles Puigdemont, durante su comparecencia en el hemiciclo del 10 de octubre, en la que dejó en suspenso la declaración de independencia y ofreció diálogo al Gobierno español. Así, un grupo de agentes de las fuerzas de seguridad del Estado −el más numeroso (250 efectivos)− habría entrado en el Parque de la Ciutadella y habría expulsado a los manifestantes, mientras que otra parte del grupo (15) lo hubiera hecho a través de las alcantarillas. Un último comando en helicóptero descendería por una escalera hasta la parte superior del Parlament. Toda la misión se basaba en planos perfectamente detallados del parque de la Ciutadella y del subsuelo.
Ni que decir tiene que una operación policial de tal calado provocaría el enfrentamiento armado con los atrincherados, con consecuencias dramáticas. Aquel fue el “plan C” del Gobierno Rajoy, el último recurso en el caso de que la rebelión llegara a mayores y una parte de la sociedad civil catalana tomara el Parlament. La operación se mantuvo en “secreto” en todo momento y contemplaba un escenario de máxima tensión: grupos de manifestantes independentistas acampados como barreras humanas a las puertas de la Ciutadella, a la espera de las cargas policiales, y un president con sus consellers atrincherados en la cámara autonómica.
El escenario, casi bélico, que se extrae de los documentos incautados en la Operación Judas, hubiese acarreado consecuencias imprevisibles, y nos abocaría a una segunda fase violenta del ‘procés’, a la aplicación inmediata del artículo 155 y casi con toda seguridad a la puesta en marcha de la Ley de Seguridad Nacional. Precisamente hoy el líder del Partido Popular, Pablo Casado, ha exigido al Gobierno de Pedro Sánchez que aplique esta ley tras las últimas informaciones sobre los Equipos de Repuesta Táctica (ERT) y la preparación de explosivos. La norma prevé la toma por parte del Ejército de puntos estratégicos en Cataluña. La “ulsterización” que no solo va buscando la extrema derecha española. También Torra en su estrategia de máxima tensión y de llegar hasta el final en la independencia de Cataluña. Incluso por la “vía eslovena” si es preciso.

Viñeta: Igepzio

CASADO, RIVERA Y FRANCO


(Publicado en Diario16 el 27 de septiembre de 2019)

Albert Rivera dice que Pedro Sánchez lleva un año “jugando con los huesos de Franco” para dividirnos en “rojos y azules”. Pablo Casado asegura que no gastaría ni un solo euro en desenterrar al dictador del Valle de los Caídos. Son los viejos tics autoritarios de la rancia y carpetovetónica derecha española que no se atreve a romper con el pasado y con el cordón umbilical sumiso y reverencial que todavía la une al patriarca fundador.
Sin embargo, hay una diferencia sustancial entre ambos líderes políticos a la hora de encarar el espinoso asunto de la momia o momio (el término exacto lo dejamos para los filólogos). Mientras Rivera sigue mostrando su lado más patriotero y escuadrista, mientras sigue empleando un lenguaje guerracivilista, bélico, cañonero, Casado ya está viendo la trampa, el grave error que supone entrar en una batalla que está perdida desde el mismo momento en que el Tribunal Supremo ha zanjado la cuestión dejando claro que los restos del dictador tendrán que salir sí o sí del mausoleo de Cuelgamuros.
Podría decirse que, aunque es cierto que tanto Rivera como Casado siguen sin condenar el franquismo −poniéndose de perfil ante unos magistrados que como ángeles negros han venido a hacer Justicia universal y a solventar una anomalía histórica tras cuarenta años de democracia, que se dice pronto− uno y otro sufren de diversa manera el fallo del Alto Tribunal. El primero no puede evitar que le aflore una y otra vez el joven y vehemente José Antonio que lleva dentro, la cabra que tira de él hacia el monte de Rentería o Vic para inmolarse en territorio enemigo-separatista por Dios y por España; el segundo empieza ya a morderse la lengua, a tararear el Cara al Sol solo entre dientes y en la intimidad, a asumir las cosas buenas que tiene ser “derechita cobarde”, tratando así de que el tic, la manía, la neura retrofranquista, se le note lo menos posible.
Ambos líderes políticos siguen evitando soliviantar la memoria del viejo general, lo cual no es ninguna sorpresa. Pero la forma de encarar el golpe en uno y otro partido va a ser distinta durante esta campaña electoral. Rivera parece dispuesto a seguir con su programa patriótico y trasnochado que por lo que se ha visto no ha tenido éxito ni ha cuajado entre los españoles. Más allá del discurso machacón del presidente de Ciudadanos sobre la sempiterna unidad de España, sobre la gestación subrogada y otros clásicos del “hit parade” naranja como los impuestos de los autónomos, Cs ilusiona cada vez menos y quizá por eso los últimos sondeos le auguran una pérdida de hasta 25 escaños. Una auténtica ruina. A ese hundimiento del proyecto ideológico (todo partido político es una idea que triunfa o fracasa) contribuirá sin duda que Rivera se haya desmarcado tan cobardemente de la exhumación de Franco. No ha debido gustar el guiño franquista del jefe a un importante sector de las bases y votantes, los civilizados liberales de salón, aquellos que llegaron a pensar por un momento, erróneamente, que estaban ante un partido moderno a la europea cuando en realidad se encontraban en una reedición 2.0 de la Falange Española Tradicionalista y de las Jons.
No es el caso de Casado, que ya va viendo cómo funciona esto de las corrientes políticas. Al hombre no le va mal en los sondeos, y aunque sienta cierta nostalgia de los tiempos pretéritos, aunque siga echando de menos el NO-DO en los cines y la Guardia Mora desfilando cada fin de semana por la Castellana, Casado lo llevará más por dentro, reprimirá todo lo posible los impulsos, mantendrá a raya el mono franquista y dará por bueno que el CIS (por fin) le esté dando un alegrón en las encuestas. Si él sube es porque Ciudadanos y los ultras de Vox bajan, de modo que el sucesor de Rajoy empieza a darse cuenta de cuál es el camino a seguir para salir de la travesía en el desierto (por cierto, desde que se ha dejado barba parece el Moisés de la derecha española perdida y extraviada y solo le falta el báculo).
Sería absurdo que ahora que le va mejor con los números de Tezanos, el líder popular se metiera en el charco de Franco, visto que el giro a la derecha solo conduce a su partido al precipicio, a la fragmentación del voto conservador y al descalabro electoral. No superaría tener que pasar otra vez por una debacle en las urnas y por el trauma de tener que poner el cartel de “Se Traspasa” a Génova 13. Porque Casado podrá ser un sentimental del franquismo sociológico. Pero no es tonto.

Viñeta: Artsenal

VOX Y EL SUPREMO


(Publicado en Diario16 el 25 de septiembre de 2019)

Aquellos que todavía creen que Vox es un partido constitucionalista habrán podido comprobar en las últimas horas que nada detendrá al partido de Abascal en su intento de imponer una idea de España uniforme y trasnochada. Ni siquiera el Tribunal Supremo. El presidente del partido ultra ha asegurado tajantemente que se mantendrá firme en su rechazo a la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos y que “le da igual” que sea legal o no, porque en su opinión supone “profanar” una tumba en contra del criterio de una familia.
Un rasgo característico de los partidos autoritarios y nostálgicos de regímenes anteriores es tratar de imponer una ideología imperante incluso a costa de pisotear las instituciones y magistraturas democráticas. En el imaginario ultra nada puede estar por encima del partido único, ni la ley, ni la Constitución ni el tribunal de mayor rango del Estado. Vox no cree en el Estado de Derecho, donde el imperio de la ley rige y brilla como un dogma sagrado. Pero todavía hay quien, en un sarcasmo intolerable, trata de convencernos de que el verde ultraderechista es perfectamente constitucional. Un partido que exalta valores como la patria o la raza para mantener permanentemente movilizadas a las masas, que criminaliza a las minorías (mayormente inmigrantes africanos negros y musulmanes), que declara la guerra permanente al feminismo, a los homosexuales y al rojo masón y que hace ostentación de una fuerte pasión por las armas y el militarismo colonial no podría más que ser considerado como un movimiento pseudofascista, en este caso en su variante ibérico/franquista.
Por eso provoca sonrojo que alguien como Pablo Casado o Albert Rivera intenten maquillar a Vox para hacerlo pasar por lo que no es. Abascal es un lobo con piel de cordero. En sus rondas de contacto con el rey trata de aparecer como un hombre templado y respetuoso con la monarquía parlamentaria y con el sistema de libertades, pero en realidad por dentro va el hombre que justifica el alzamiento nacional, el político que sueña con el partido único, el fan a ultranza de la obra y la vida del general Franco, auténtico faro y guía espiritual que ilumina cada uno de sus pasos en política. A Abascal lo que le pone es el caudillismo, no esa basura de sistema liberal burgués basado en la separación de poderes, la libertad de pensamiento y de culto, el pluralismo político y la libertad de prensa. De hecho, si por él fuera, mañana mismo quedaban abolidas las autonomías que pretenden romper España, la Constitución hecha por un hatajo de rojos, las tediosas elecciones de cada cuatro años (ahora anuales y siempre tan caras) y hasta la monarquía misma (aunque no se lo confieses a Felipe VI y aparezca ante él como el más sumiso de los vasallos). Ayer, a propósito de la histórica decisión del Supremo de exhumar los restos de Franco, al líder de Vox solo se le ocurrió decir en Twitter: “Empieza la campaña socialista: profanar tumbas, desenterrar odios, cuestionar la legitimidad de la monarquía”. Lo malo es que, muy a pesar de Abascal, ya no estamos en el 36, la gente se ha formado en lo intelectual y resulta difícil manipular a las masas para arrastrarlas a las trincheras en defensa de la santa cruzada nacional. Aunque a veces parezca lo contrario, España ya no es aquel país lleno de borregos analfabetos, braceros pobres de solemnidad, curas y militares, ni aquel lugar atrasado donde comenzaba el continente africano, según decían los gabachos.
Por fortuna tenemos la ley democrática, último bastión entre la civilización y la barbarie totalitaria que defiende Vox. Los jueces han hablado y han avalado de forma unánime y por razones de “interés general” la decisión del Gobierno de Pedro Sánchez de sacar los restos del dictador de su actual tumba para su inhumación en el cementerio de El Pardo-Mingorrubio. Punto pelota, por mucho que le pese a Santi y a su Smith & Wesson.
“Solo Vox se opondrá frontalmente, porque solo Vox tiene el valor para defender la libertad y el sentido común frente al totalitarismo y los trucos de propaganda electoral”, ha proseguido con su inútil perorata tuitera. “Miramos al futuro. Porque amamos a España y deseamos la convivencia entre los españoles”. Su discurso simplón y decimonónico sería como partirse el pecho a carcajada limpia, aunque bien mirado da más pena que risa que haya gente que todavía se trague su gallofa y razone como en la edad de las cavernas. Lo bueno es que las encuestas del 10N ya le dan a la baja. Y es que todo salvapatrias o vendedor de crecepelos, con su verborrea atorrante y machacona escasa de ideas, termina agotándose en sí misma. Y agotando al personal.

Viñeta: El Koko Parrilla

EL GRAN AZAÑA


(Publicado en Diario16 el 25 de septiembre de 2019)

La histórica sentencia del Tribunal Supremo que ordena la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos debería servir para que no olvidemos a los miles de españoles cuyos cuerpos seguirán enterrados para siempre en decenas de cunetas y fosas comunes. No solo en nuestro país, que junto con Camboya ostenta el triste récord de ser el Estado con más desaparecidos del mundo. También fuera de nuestras fronteras, donde los exiliados que pagaron el precio del destierro murieron sin poder regresar jamás a su patria. Y entre ellos no debemos olvidarnos de quien fue el presidente de la Segunda República en aquellos días aciagos de nuestra historia: Manuel Azaña.
La voluntad del más grande político español del siglo XX fue ser enterrado en la localidad francesa de Montauban, y allí siguen sus restos, bajo una lápida fría, modesta, austera. Azaña no tuvo la suerte de que le construyeran un opulento mausoleo a mayor gloria de su figura, como sí hizo Francisco Franco dando rienda suelta a su megalomanía de pequeño gran dictador. Cuentan que, el día que fue enterrado Azaña, unos centenares de españoles también exiliados en Montauban acompañaron su sencillo féretro, que llegó al cementerio envuelto en una bandera mexicana (las autoridades de Vichy, en una última humillación al exiliado, habían prohibido que el presidente de la República española fuese sepultado bajo la enseña tricolor).
Y allí quedó el fallecido presidente, solo, en el cementerio viejo de la ciudad, hasta nuestros días. Durante años ni siquiera se instaló una simple señalización para indicar el lugar exacto del enterramiento, como si el destino se hubiese conjurado para borrar del mapa su última morada. De esa manera, todo aquel que quería visitar el sepulcro de don Manuel tenía que adentrarse en el camposanto y recorrerlo un tanto al azar hasta toparse con la pequeña tumba solo adornada por unas flores siempre frescas, algunas banderas tricolores y los recuerdos de los pocos achacosos republicanos y combatientes que tambaleándose, con bastones temblorosos y casi sin fuerzas, se plantaban frente a la lápida con los ojos empapados en lágrimas.
De esa forma, arrinconando a aquel hombre de Estado en un agujero de un apartado cementerio francés, se ha arrinconado también una parte esencial de la historia que los españoles, sobre todo los más jóvenes, no han llegado a conocer. Pocos, muy pocos, son los estudiantes que han leído en la escuela algún fragmento o discurso de Azaña, textos todos ellos fundamentales para entender por qué terminamos a tiros en el 36. No solo se ha enterrado la figura, el mito, el personaje inmenso, clave y crucial, para entender nuestra peripecia histórica reciente, sino lo que es aún peor: se ha olvidado su prodigiosa obra. En los últimos años, por cada libro que se publicaba sobre Azaña salían al mercado cien sobre Franco. El felón no solo le ganó la guerra al presidente legítimo elegido por el pueblo. También lo derrotó en la lista de los best seller.
Han pasado más de cuarenta años desde que se instauró la democracia en España y ningún Gobierno se ha planteado corregir aquella cruel injusticia. Azaña fue el presidente de la República y repatriar sus restos, darle un lugar de paz y descanso en su país, entre los suyos, sería tanto como saldar una gran deuda pendiente. Por supuesto, ese traslado debería hacerse, esta vez sí, rindiéndole honores como jefe de Estado. No sería ese homenaje una cuestión de revanchismo ni de venganza gratuita, sino una reparación moral imprescindible, una forma de ennoblecernos como país y de hacer justicia con alguien que simbolizó en sus propias carnes el exilio de miles de compatriotas.
Una democracia, y España ha demostrado que lo es, no puede vivir bajo el yugo del miedo permanente. Ya ha pasado el tiempo suficiente desde que terminó el episodio más trágico de nuestra historia. Durante la Transición miramos para otro lado. Era la única manera de no caer en otra guerra civil. Y a eso lo llamaron reconciliación. Hoy aquellos que, bajo la excusa intolerable de no reabrir viejas heridas, niegan a miles de españoles el derecho a encontrar los restos de sus seres queridos asesinados, siguen imponiendo su dictadura y su terror. En realidad, no hacen sino enterrar dos veces, primero a las víctimas de aquel vil genocidio; después a sus hijos, nietos y familiares que quieren saber la verdad.
Los encubridores y tolerantes con el fascismo no solo pretenden sepultar a los represaliados bajo el manto del olvido, sino que no hablemos de ellos, borrar la memoria histórica de nuestras mentes, algo que sería trágico para España, ya que nos condenaría a tropezar dos veces en la misma piedra. Azaña, don Manuel, o lo que queda de él, debe ser devuelto a su tierra y a las librerías. Nadie está pidiendo venganza, solo justicia. La venganza anida en los oscuros corazones de aquellos que pretenden perpetuar una victoria que en realidad fue una gigantesca derrota, por mucho que el régimen ilegítimo que instauró Franco lograra perpetuarse a sangre y fuego en el poder durante cuarenta años. Aquello del “venceréis, pero no convenceréis” que dijo Unamuno.
Pero no solo es grave el intento de borrar lo que pasó. Peor aún es tergiversar la historia, intoxicar con mentiras, intentar blanquear o dulcificar la imagen del fascismo. Cada día los revisionistas de la historia vuelcan sus infundios y su dosis de bilis y odio diario en los periódicos, en la radio, en la televisión y en las redes sociales con la sola intención de que le demos la espalda a la verdad, de que traicionemos a la democracia como sus antepasados la traicionaron, de que nos sometamos de nuevo al miedo, ese mismo espanto con que el que los prebostes del franquismo estuvieron doblegando las vidas de varias generaciones de españoles durante cuatro décadas. Por fortuna el pueblo ya no tiene miedo.
Con la reparación moral que exige la memoria de Azaña no se trata de santificar al muerto sino de colocarlo en el lugar que por derecho le corresponde. El presidente cometió errores que llevaron a la República a perder la guerra. Se vio superado por fuerzas y corrientes históricas mucho más poderosas que él y rodeado de eso que se dice tan a menudo de un líder de masas: sus luces y sus sombras. Fue un hombre extremadamente inteligente, locuaz y gran orador, a veces frío, siempre lúcido y sarcástico, con tendencia a la depresión y algo soberbio, como corresponde a todo gobernante. Un intelectual en un tiempo de fanatismos. Por eso ahora que, por fin, el cadáver de Franco va a ser extraído de la tumba del Valle de los Caídos por orden del Tribunal Supremo (ese órgano judicial al que a menudo tachamos injustamente de parcial y vendido a los poderes fácticos) sería un momento simbólico perfecto para traer a nuestro país los restos de alguien que fue un buen presidente, un gran escritor que diseccionó como nadie los males endémicos de España y sobre todo un hombre íntegro y cabal. Alguien que en el último momento, asqueado ya de los crímenes y desmanes sangrientos que se producían por doquier, dijo aquello tan honroso y sincero de que no quería ser “el presidente de una República de asesinos”.

ERREJÓN SE PONE A PUNTO


(Publicado en Diario16 el 24 de septiembre de 2019)

Mientras el rey firma hoy el decreto de disolución de Las Cortes, Íñigo Errejón engrasa la maquinaria de su nuevo partido (que por cierto aún no tiene nombre) con el que pretende presentarse como candidato a la presidencia del Gobierno de España. El anuncio del líder de Más Madrid de que planea irrumpir en la escena política el 10N ha provocado un terremoto político. En la izquierda, tanto PSOE como Unidas Podemos (UP) han recibido la noticia con inquietud. Aunque Adriana Lastra se ha apresurado a poner la venda antes de la herida al asegurar que la entrada de un tercer partido de izquierda no afectaría a los socialistas al tratarse de una “escisión” del universo morado creado por Pablo Iglesias, lo cierto es que en los despachos de Ferraz Pedro Sánchez e Iván Redondo ya hacen cuentas con la calculadora mágica del CIS tratando de analizar cómo podría afectar el factor Errejón al resultado final de las elecciones.
Esa aparente seguridad del PSOE contrasta con lo que dicen las fuentes consultadas por Diario16 en la sede socialista, que se muestran “muy preocupadas” por la nueva situación que se genera tras un golpe en la mesa de Errejón que mueve todas las fichas del tablero. Iván Redondo, el gurú/asesor de Sánchez, lo tenía todo bien atado: ruptura de cualquier negociación con Unidas Podemos, convocatoria de elecciones generales e incremento de un buen puñado de escaños (quizá rozando los 150 diputados) con los que pensaba arrinconar al siempre incómodo Iglesias y darle la estocada definitiva a Ciudadanos. Esa era su estrategia. Ahora, con Errejón en liza, el motivo del recelo socialista es lógico: el nuevo partido del ex de Podemos le hace daño al PSOE, ya que un buen número de votantes socialistas pueden verse seducidos por el mensaje del joven político madrileño. Y si a ello unimos la más que previsible abstención que se registrará el 10N, como consecuencia de la frustración del electorado, resulta evidente que Redondo y su equipo de asesores tienen un problema.
Pero si el nerviosismo cunde en el partido del puño y de la rosa, el pánico empieza a apoderarse también de la formación morada, donde son conscientes de que Íñigo, ese espectro errante que fue defenestrado en Vistalagre tras varias noches de purgas, se les puede aparecer en cualquier momento para ajustar cuentas con el pasado. Hoy mismo la prensa ya está contando que en circunscripciones como Murcia se están dando de baja de UP nutridos grupos de militantes. ¿Tienen esas supuestas deserciones algo que ver con un deseo de cierto sector de las bases de abandonar el barco de Iglesias para sumarse al proyecto de Errejón? De momento todo son incógnitas.
Lo que sí sabemos es que la operación del que fuera cofundador de Podemos tiene mucho de cuestión personal, de lucha encarnizada y fratricida entre dos viejos amigos que dejaron de serlo y que tratan de solventar algunas cuestiones pendientes. Sin duda, ese duelo “a muerte” que promete ser histórico empieza a pasarle factura al partido de Iglesias en aquellas circunscripciones donde gobierna con otros partidos, confluencias y mareas. El edificio construido con el frágil cemento de la pretendida unidad de la izquierda en los últimos años se verá sacudido irremediablemente por el ‘huracán Íñigo’ en ciudades tan importantes como Madrid, Barcelona, Valencia, A Coruña, Cádiz y otras muchas donde el bloque progresista empezará a replantearse nuevas estrategias de pactos.
De hecho, los movimientos en ese sentido ya han comenzado. La Comisión Ejecutiva de la coalición Compromís, hasta hoy socio preferente de Pablo Iglesias, ya ha votado explorar un pacto con Más Madrid, el partido de Errejón, y “otras fuerzas” políticas para concurrir a las elecciones del 10 de noviembre en una “plataforma amplia y plural”. El partido ha advertido además de que “si la militancia lo acuerda”, Más Madrid y Compromís se reunirán como también “todas las opciones que se puedan presentar porque el espacio va a ser mucho más plural”. Así lo ha confirmado también el portavoz de Compromís en el Congreso, Joan Baldoví, quien asegura que con esa medida la formación valenciana ha querido dar “con toda la humildad tres lecciones”: primero, que la coalición “lleva diez años aprendiendo a conjugar el verbo pactar”; segundo, que se puede “tener opiniones absolutamente diferentes pero al final lo que prima es lo que prima”; y finalmente que “en Madrid deben aprender que desde la periferia también se puede entender ese dibujo de un estado diverso”. Todo un aviso para el navegante Iglesias.
Sin duda, la decisión del partido de Mónica Oltra y Joan Baldoví es un revés severo para Unidas Podemos y tendrá una primera consecuencia inmediata: uno de los pilares básicos en los que se asienta el partido morado se agrieta. Si se desploma o aguanta el Gobierno del Botànic en la Comunidad Valenciana solo el tiempo lo dirá.
Pero la entrada de Errejón en la cancha política no solo tiene efectos concretos en la izquierda. También en la derecha. El 10N los resultados que salgan de las urnas serán muy ajustados y un puñado de votos pueden decantar un escaño a un lado o a otro. Y ahí es donde surge la gran paradoja. Quizá el nuevo proyecto errejonista termine dando diputados, sin querer, a partidos como Ciudadanos, que parecía herido de muerte hace solo unos días. Y es que en este escenario vertiginoso y volátil en el que se mueve la política española, una dimensión casi cuántica, cualquier cosa puede suceder en apenas un segundo. Hasta que un partido esté vivo y muerto a la vez. Como el gato aquel de Schrödinger.

Viñeta: El Koko Parrilla

LAS TRAMPAS DEL PP


(Publicado en Diario16 el 21 de septiembre de 2019)

En los últimos años el PP ha sido el partido de la trama Gürtel, la Púnica, los papeles de Bárcenas y un interminable listado de casos de corrupción destapados en todo el país que sería imposible enumerar en este artículo. Con la llegada del nuevo líder, Pablo Casado, el todavía principal partido de la derecha española ha querido dar la imagen de que todo aquello ya forma parte del pasado, de que se ha limpiado el patio y las cloacas de Génova 13 de fango y suciedad y de que se ha emprendido una nueva era basada en la honestidad y la transparencia.
Sin embargo, las sentencias judiciales que van cayendo una tras otra como auténticas losas, y las nuevas investigaciones que se abren cada día en los juzgados de instrucción (véase las recientes imputaciones en asuntos de financiación ilegal de las expresidentas madrileñas Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes), no parecen demostrar que los populares hayan escarmentado de aquellos años fatales ni hayan aprendido que en política el mejor camino siempre es el recto, es decir, el cumplimiento de la ley sin subterfugios ni trampa ni cartón. Pero es que además, en los últimos días se ha añadido un nuevo episodio al triste currículum del partido en lo que se refiere a limpieza y fair play democrático. La noticia de que Twitter y Facebook han eliminado de sus redes sociales un total de 359 cuentas falsas que “operaba” el PP y que la formación usaba para potenciar su mensaje político entre los usuarios de estas plataformas, según informa Europa Press, es un auténtico escándalo que no debería pasar desapercibido.
En concreto, Twitter ha aclarado que tras tener conocimiento de los hechos ha decidido cerrar al menos 259 cuentas que eran propiedad de la formación que preside Pablo Casado. En sus informes, la multinacional del pajarito azul recoge que estos perfiles estuvieron activos durante “un periodo relativamente corto” y que se usaban para “potenciar la opinión pública en España de manera artificial”. Según la red social, la táctica consistía “principalmente en cuentas falsas con un comportamiento de spam o que hacían retweet para aumentar la interacción”. Desde Twitter ya se ha recordado que fue en octubre de 2018 cuando impulsó una investigación independiente en todo el mundo para detectar estas tácticas en su plataforma. Tal como afirma, según ha avanzado el proyecto ha ido encontrando nuevos ejemplos de manipulación.
Por su parte, en Facebook se cancelaron 65 perfiles y otros 35 en Instagram. En el caso de estas dos redes sociales, la actividad de las cuentas “se centró en ampliar el contenido” de otras cuentas principales y se publicaron “noticias y temas políticos locales y nacionales, incluidos temas como las elecciones, el PP y las críticas a sus opositores políticos”.
Es decir, que según las mayores compañías de la comunicación en el mundo, el PP pudo emplear esas cuentas falsas durante los días de campaña electoral para manipular a la sociedad española y conseguir más votos. Las acusaciones, aunque en principio no constituyen indicios de actuaciones delictivas porque no están tipificadas en el Código Penal, sí resultan de una extrema gravedad, ya que ponen de manifiesto un determinado concepto de la política basado en la falsedad, la estafa, el engaño y la mentira. Si los directivos populares siguen siendo capaces de todo para conseguir sus fines y metas políticas, ¿qué confianza puede tener el ciudadano de que se encuentra ante una formación honesta que cumple y hace cumplir la ley?
“Aunque las personas detrás de esta actividad intentaron ocultar sus identidades, nuestra investigación encontró vínculos con personas asociadas con el Partido Popular”, asegura Facebook en un comunicado. Es decir, que algunos empleados de Génova 13 trabajaban en la sombra, en las clandestinas cloacas digitales (la nueva masonería de nuestro tiempo), ocultando sus verdaderas identidades como vulgares delincuentes.
Por un momento parecía que Casado estaba tratando de reconducir el rumbo del partido, sacándolo de la senda de la inmoralidad y la corrupción para tratar de recuperar la confianza del electorado perdido. Pero con este tipo de prácticas clandestinas, marrulleras y tramposas queda claro que a ese partido le queda todavía un largo camino hacia la regeneración. En política hay que hacer las cosas bien. Cumplir las normas, demostrar que el código ético no solo es un libro encuadernado en oro que queda bonito en las estanterías de los despachos sino una norma eficaz que es cumplida a rajatabla por todos los miembros del partido y confirmar con hechos que los tiempos de las trapacerías y los engaños a los españoles ya pasaron.

Viñeta: Artsenal