lunes, 28 de octubre de 2019

BLACK BLOC

(Publicado en Diario16 el 18 de octubre de 2019)

La noche es de los CDR. Al amanecer, a los catalanes pacíficos, independentistas o no, solo les queda empuñar la escoba y barrer las cenizas, basuras y rescoldos aún humeantes de la batalla campal. “Aún estamos en la mezcla de hastío y cansancio en la sociedad catalana. La reacción llegará luego”, asegura el analista político Josep Ramoneda. Pero mientras la gente pacífica consigue imponerse a los violentos, la calle sigue siendo de los guerrilleros urbanos del independentismo, que han adoptado como suyo el conocido como Black Bloc, el manual de los grupos antisistema europeos que recoge las principales tácticas de resistencia y enfrentamiento con los antidisturbios, según ha avanzado esta mañana la Cadena Ser.
El Black Bloc, un documento ampliamente extendido entre los movimientos anarquistas y antisistema de toda Europa, enseña al activista, entre otras cosas, el equipamiento básico (la indumentaria de acción) más apropiada para participar en una jornada de dura refriega con la policía. Las páginas de Black Bloc instruyen sobre cada detalle sobre el enemigo (las UIPS, los agentes de las Unidades de Intervención Policial de la Policía Nacional y de los GRS, los Grupos de Reserva y Seguridad de la Guardia Civil). Así, adiestran sobre el equipamiento de los agentes, “su forma de organización, las diferentes formaciones policiales que utilizan −como la formación en guardia doble para capturar líderes y evacuar heridos o desmontar barricadas−, y el material con el que hacen las cargas policiales como escopetas de pelotas y de gas”.
El Black Bloc no deja de ser un manual para la guerrilla urbana. Recomienda formar grupos de entre 4 o 5 personas, nunca de una forma jerarquizada, aunque sí con un delegado que establezca objetivos comunes, e instruye sobre cómo rehuir “un enfrentamiento frontal con los agentes antidisturbios”. “Cuando los UIPS se repliegan en equipos más pequeños (equipos operativos), cuando marcan su perímetro de seguridad y tienen que recargar las pistolas de pelotas, en ese momento hay que atacar”, asegura el manual. “El número de manifestantes activos debe ser de 2 o 3 por cada policía y si nos tenemos que enfrentar a un grupo operativo de 50 efectivos debemos ser entre 100 y 150 porque menos sería un error”, añade.
Las tácticas empleadas son puramente militares y enseña cómo atacar los objetivos, cómo arrojar a la policía cócteles molotov a 130 grados para derretir su traje o “lanzar cohetes a los helicópteros”. Cabe recordar que en sus movilizaciones nocturnas los CDR ya han tratado de atacar un helicóptero de la policía detonando material pirotécnico, una práctica que resulta altamente peligrosa, ya que de ser alcanzada la hélice de una de las aeronaves esta puede perder el control y terminar estrellándose contra los edificios. El Black Bloc también adiestra al activista sobre cómo escapar tras cometer los disturbios y altercados, utilizando el Metro. Y cómo fabricar las barricadas: “Es muy efectivo volcar los contenedores de botellas, así se proporciona munición a decenas de manifestantes durante una hora”. Para lanzar cócteles molotov lo más fácil es “utilizar una botella de cristal de medio litro, llenar tres cuartas partes con gasolina, cerrar bien la botella y atar una tira de trapo en el cuello del recipiente”, refleja el manual.
La quema de vehículos, una táctica operativa que ya se ha registrado estos días convulsos en Barcelona, también tiene su capítulo aparte en el manual de instrucciones. “Se realiza para retrasar el avance de la policía aunque solo lo recomendamos en caso de extremo peligro para los activistas”. Black Bloc aconseja “cruzar coches entre varios manifestantes (mínimo 4 o 5) agarrar el coche por uno de los extremos y levantar”.
La vestimenta del activista está perfectamente diseñada. “La capucha es indispensable para protegerse, hay que llevar varias camisetas de diferente color y una bufanda mojada con vinagre o Coca-Cola para evitar el ardor que provoca el gas lacrimógeno. También se recomienda utilizar guantes resistentes al calor para devolver los botes de humo a la policía. Se desaconseja la franela o similares, ya que la transpiración potencia el efecto del gas”.
Black Bloc muestra a los activistas cómo defenderse de los golpes de los antidisturbios y la forma de comportarse ante una detención policial. “Una vez caído al suelo es conveniente adquirir la postura fetal con el lado izquierdo más cerca del suelo para proteger el bazo, porque un golpe en el bazo puede producir una hemorragia interna que puede matar”. Por supuesto, “nunca testificar ante la policía y saber que ante un registro existe el derecho de estar presente”.
El manual de táctica de guerrilla urbana Black Bloc nació en las manifestaciones contra el reactor nuclear de Brokdorf, en la Alemania Occidental de 1980, y fue desplegada por “okupas” y activistas antinucleares. También fue empleado para defenderse de los ataques de los neonazis. Más tarde se extendió entre cientos de activistas durante las manifestaciones contra la cumbre de la OMC en Seattle en 1999.
Los «bloques negros» se pusieron de moda entre los grupos anarquistas y antisistema, pero también está siendo usado por los manifestantes de Hong Kong, los chalecos amarillos en Francia y grupos nacionalistas y neonazis. El manual alerta ante la infiltración de policías para dañar la imagen de los manifestantes.

LA BASURA DE INDA

(Publicado en Diario16 el 17 de octubre de 2019)

El último logro periodístico, el último exclusivón del siglo de Eduardo Inda lleva el siguiente titular: “Marlaska cenaba anoche en el bar de copas de moda de Chueca mientras ardía Barcelona”. Y añade que el ministro del Interior en funciones disfrutó de una “tranquila cena” en el Válgame Dios, un bar de copas del popular barrio madrileño. El titular de Interior ya ha aclarado que después de permanecer todo el día al pie del cañón en su despacho oficial, siguiendo los preocupantes acontecimientos de Barcelona, se tomó un momento de respiro para ir a cenar como habría hecho cualquier trabajador en su jornada laboral. Pero es que además el exmagistrado se hizo acompañar de otro responsable del ministerio, un colaborador de confianza con el que durante la cena siguió tratando sobre la crisis catalana para después volver al ministerio y continuar supervisando la operación policial que se lleva a cabo en Cataluña.
El navajazo trapero lleva todo el sello Inda, que ha tratado de comparar la cena de Marlaska con otros comportamientos cuanto menos poco dignos de políticos del PP que se largaron al teatro, de cacería o a un balneario en lo peor de una crisis de Estado. Recuérdese por ejemplo la reciente desidia de Miguel Moreno Verdugo, el gerente del Servicio Andaluz de Salud que en medio de la crisis de la listeriosis decidió asistir a una corrida de toros. O el caso de Gregorio Serrano, aquel director general de Tráfico que se quedó en su casa, con su familia, el Día de Reyes, mientras las carreteras colapsaban por una nevada histórica y cientos de personas quedaban atrapadas en la AP-6. O cuando aquella Ana Botella, alcaldesa de Madrid, se solazó en un spa de lujo en Portugal en plena tragedia del Madrid Arena. Todo ello sin contar con el fin de semana de infausto recuerdo del Prestige, cuando al ministro de Fomento, Francisco Álvarez Cascos, le dio por largarse de caza mientras Galicia quedaba sepultada por un alud de chapapote.
Quiere decirse que, por mucho que Inda se esfuerce en demostrar lo contrario, el hecho de que un ministro salga un rato a cenar tras una jornada agotadora para después reanudar el trabajo no tiene nada que ver con lo que hizo en su día ese plantel de políticos del PP que dejó al país tirado como una colilla en medio de una situación de emergencia para dedicarse a sus divertimentos, aficiones y cosas.
Comer y cenar es algo que normalmente suele hacer todo mortal, pero Inda −un periodista que se mueve bien en el fake, el burdo montaje y el escándalo por el escándalo que por lo visto deben dar mucho tráfico y publicidad a OK Diario, su periódico que más bien es un engendro mecánico-digital−, ha querido ver en esa hamburguesa, vino y mojito, o lo que tomara de menú el ministro en Chueca, poco menos que un crimen de Estado. En todos estos años hemos visto muchas supuestas exclusivas del siglo con la marca Inda, pero ninguna como este titular matutino de hoy que ha alcanzado cotas de bajeza e ignominia difícilmente digeribles para un profesional del periodismo que al tiempo que se jacta de haber investigado noticiones históricos, grandes tramas y corruptelas políticas y temazos para derribar gobiernos suele caer en lo peor del periodismo basura, el fast food reporteril y el chisme o bulo elevado a la categoría de bombazo periodístico. Técnicas todas ellas que bien envueltas y aderezadas con un jugoso titular tendencioso pueden hacer pasar una simple anécdota por un Watergate a la española. O mejor: por el nuevo caso GAL del Gobierno socialista, que es lo que va buscando Inda como un depredador ansioso y desesperado que no encuentra la carnaza a la que hincarle el colmillo retorcido.

EL DESGOBIERNO DE TORRA



(Publicado en Diario16 el 17 de octubre de 2019)

Por la mañana pacíficas marchas por la libertad y por la noche el terror en las calles. Esa es la maquiavélica hoja de ruta que ha impuesto Quim Torra a su pueblo. O quizá habría que decir que ha impuesto Puigdemont, el general en jefe de Waterloo, porque Torra no es más que un personaje creado al efecto para que continúe el hilo argumental del drama catalán.
El ‘procés’ es tan bipolar como su presidente, que a primera hora del día se niega a condenar la violencia y por la tarde, tras ver las imágenes en TV3, pone un tuit para decir que los violentos no representan a los independentistas. Desde el principio de toda esta historia Torra ha sido el presidente de la mitad de la población, aquella que está a su lado en la descabellada aventura secesionista. A la otra mitad de los catalanes solo les queda meterse en sus casas como en los peores tiempos del franquismo, cerrar las ventanas para que no entre el humo de las barricadas y rezar para que un CDR no le parta la cabeza de un adoquinazo. Es cierto que el movimiento independentista catalán nunca ha sido violento, como dice Torra. Pero ahora empieza a parecerlo. Y si España perdió la batalla de la comunicación en Europa durante las infames cargas policiales del 1-O, los gamberros de los CDR la están perdiendo ahora al pretender convertir Barcelona en una Gaza ocupada. Otra ensoñación que alguien les ha metido en la cabeza a los muchachos que se envuelven en la estelada. Cataluña no es Palestina, donde la gente muere bajo las bombas, anda descalza y come barro, sino una de las potencias económicas más poderosas del continente. Pero esa falacia histórica que resulta grotesca ha calado en las mentes de la chavalería.
Mientras tanto, cada noche es peor que la anterior. La cosa empezó con unos cortes de carretera y ya vamos por coches quemados, ácido tóxico y peligrosos incendios que ponen en peligro la vida de la gente. Las imágenes de ese hombre con un bebé a punto de ser alcanzado por las llamas resultan escalofriantes y demuestran el grado de delirio al que ha llegado Torra. Pero más allá del parte de guerra de esta nueva Semana Trágica, más allá de los disturbios, los heridos y los detenidos de cada madrugada cabe preguntarse quién manda ahora mismo en Cataluña. Y la respuesta no puede ser otra que los CDR.
El Parlamento lleva meses sin casi actividad y el Govern solo tiene un programa político entre manos: la independencia, la independencia y nada más que la independencia. Las infraestructuras funcionan cada vez peor, la Sanidad y la Educación pública empiezan a dar síntomas de agotamiento, el turismo se resiente y las grandes empresas (aquellas que no se han ido por miedo a la situación política) ya no encuentran en las tierras catalanas el caldo de cultivo perfecto para desarrollarse. Hasta los prestigiosos congresos internacionales huyen en busca de nuevas latitudes más apacibles donde celebrar sus reuniones. Todo en Cataluña se resquebraja y hace aguas.
Muchos expertos se preguntan hasta cuándo resistirá la economía regional por el camino de la tensión permanente, cuando no de la anarquía, el terror y el caos nocturno. Pero al alegre binomio Torra/Puigdemont, los Pepe Gotera y Otilio chapuzas a domicilio que se cargarán el edificio entero antes de colgarle el letrero rojo de la República como pretenden, parece no importarle que en poco tiempo el país vaya a entrar en recesión y que los catalanes empiecen a pasar penurias. Cabe recordar aquellas palabras nefastas de los líderes políticos que pusieron en marcha el ‘procés’, cuando prometieron que los catalanes “comerían piedras”, si era preciso, con tal de alcanzar la libertad. Todo tiene un precio en esta vida y cada cual se suicida como quiere, pero habría que preguntarle también a ese cincuenta por ciento de la población (quizá más) si está dispuesto a retroceder ochenta años hasta la posguerra, cuando las ratas eran un suculento manjar en las casas de muchos catalanes. Habría que consultar a todos esos ciudadanos hoy callados por el miedo a la guerrilla urbana si están dispuestos a pagar el carísimo tributo. Ese es el referéndum que debe convocar el impasible, flemático y alucinado Torra.
En su comparecencia de apenas dos minutos de anoche, cuando Barcelona volvía a arder por las barricadas de los CDR, el president aseguró que los incidentes violentos que se han registrado en los últimos días “no se pueden permitir”. Todo un acto de cinismo y de esquizofrenia política, ya que es él mismo quien alienta los actos violentos al tiempo que envía a los Mossos a reprimir a los comandos. “Esto se tiene que parar ahora mismo. No hay ninguna razón ni ninguna justificación para quemar coches ni para ningún otro acto vandálico”, ha insistido en su declaración institucional. Torra ha vuelto a decir que la protesta en la calle debe ser “pacífica y cívica”. El problema es que quizá ya sea demasiado tarde. Los muchachos de los CDR, esos a los que él aplaude y les insta a “apretar”, le han cogido el gustillo a la algarada diaria, le están sacando el placer a la pedrada fácil, al escaparate roto y a la mecha incendiaria, y ya va a ser difícil pararlos. La violencia es como una droga: una vez que se prueba ya no se puede dejar. Y ahora los chicos se sienten los dueños y señores de las calles. Lo cual ocurre porque nadie gobierna en Cataluña, salvo un Fantomas escurridizo que a veces aparece y desaparece y una marioneta que piensa de forma primaria y rudimentaria. Español malo, catalán bueno. Como los muñecos de Barrio Sésamo.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

TORRA, EL DESTROYER


(Publicado en Diario16 el 16 de octubre de 2019)

Quim Torra sigue inmerso en sus actos reivindicativo-lúdico-festivos mientras Cataluña arde como un polvorín. Los episodios vandálicos de la pasada noche, los contenedores quemados y el Far West en el que se ha convertido una ciudad como Barcelona, siempre cosmopolita, acogedora y pacífica, deben sin duda formar parte de ese “apreteu, apreteu” con el que el molt honorable suele arengar a los CDR. Si bien es cierto que las manifestaciones, marchas ciudadanas y otros movimientos de protesta contra la sentencia del ‘procés’ están siendo en su mayor parte pacíficos, el ala dura del independentismo se ha propuesto pasar a una nueva fase del conflicto y acometer acciones mucho más contundentes en las que no falta una cierta dosis de violencia.
Mientras Pedro Sánchez asegura que no le temblará el pulso a la hora de tomar cualquier medida para garantizar el orden en Cataluña, el president de la Generalitat sigue a lo suyo. Hasta en tres ocasiones los periodistas le han preguntado por este asunto y él ha escondido la cabeza debajo del ala. Por otra parte, era algo previsible en un guiñol ciego, sordo y mudo que ha sido colocado ahí, como muñeco de pim pam pum, por Carles Puigdemont precisamente para eso, para que no haga ni diga nada, para que deje hacer, para que la kale borroka pase a la acción y tome el mando de la situación. Horas después quiso rectificar su ambigüedad calculada: “La violencia no nos representa ni nos representará nunca al movimiento independentista catalán”, dijo en un tuit a destiempo.
Por la mañana hay un Torra, por la tarde otro. Justo cuando el president se disponía a iniciar una marcha de protesta acompañado del exlehendakari vasco Juan José Ibarretxe, los reporteros le preguntaban si piensa condenar los actos de violencia. Pero cada vez que la prensa se le acercaba, él se daba media vuelta, haciéndose el despistado, o se paraba con algún fan para posar en un distendido selfi, o charlaba amistosamente con alguno de los manifestantes, siempre haciendo caso omiso a las preguntas.
Tan solo en una ocasión ha mostrado su apoyo a las manifestaciones que se están llevando a cabo como reacción a la sentencia del Supremo. “Es fantástico ver al pueblo movilizado. Es emocionante. Que nadie dude de que este presidente y el Govern está al lado de la gente”, ha dicho mientras se sumaba a las “Marchas por la Libertad” impulsadas por ANC y Òmnium Cultural. Para Torra los incendios, las barricadas, el cuerpo a cuerpo entre catalanes, los adoquines volando, todo ese desastre junto, es un espectáculo “fantástico”. Él no ve humo ni nota el olor a gasolina y a fogata; tampoco escucha los disparos de las pelotas de goma, los gritos de los heridos y descalabrados, el fragor de la batalla campal y las pendencias. Todo eso para él forma parte de la performance, un activismo pacífico y elegante, una forma cívica y civilizada de mostrar al mundo la opinión de la ciudadanía en contra de la sentencia. Donde hay una barricada envuelta en llamas hasta el tercer piso Torra ve una alegre y sabrosa butifarrada. Donde hay un CDR con la testa abierta por el porrazo de un mosso Torra ve un daño colateral o un figurante que lo hace muy bien. Donde hay una carga policial de veinte antidisturbios mazaos y fuertes como armarios empotrados él ve una parte del espectáculo que da color y emoción a la noche épica y gloriosa. Y donde hay un españolista traidor acorralado por sus muchachos en un callejón no hay nada, solo un pequeño incidente que no debe ser recogido en los atestados policiales. ¿A quién no se le va la mano un poco en la fiebre de las refriegas?
Así es Torra El Esloveno, un tipo extraño que donde hay porrazos, empujones, patadas y puñetazos entre policías y manifestantes solo ve juegos florales como en el día San Jordi, actos festivos y pacíficos, la normalidad democrática y la libertad de expresión más absoluta y legítima. Torra, tras caminar un kilometrillo de la “Marcha por la Libertad” hacia Tarragona (más no, que andar cansa mucho, más para alguien que sufre sobrepeso) desea toda la suerte del mundo y el éxito operativo a su Tsunami Democràtic y se vuelve después a su apacible y seguro Palau de Sant Jordi a merendarse una crema catalana y a seguir por TV3, la tele amiga, las últimas batallas de la guerra medieval contra las tropas borbónicas. Y ya al caer la noche, cuando el humo y los resplandores de fuego asoman sobre la Sagrada Familia, se conecta a Telegram y le da el último parte del día al general de Waterloo: “Solo un ojo reventado, un testículo averiado y una vieja españolista arrastrada por los suelos. Sin novedad en el frente, señor”. Finalmente se mete en la cama con las obras completas de Companys y a dormir como un angelito, que mañana será otro día emocionante. Aunque la guerra siempre la hagan otros.
Quim Torra sigue inmerso en sus actos reivindicativo-lúdico-festivos mientras Cataluña arde como un polvorín. Los episodios vandálicos de la pasada noche, los contenedores quemados y el Far West en el que se ha convertido una ciudad como Barcelona, siempre cosmopolita, acogedora y pacífica, deben sin duda formar parte de ese “apreteu, apreteu” con el que el molt honorable suele arengar a los CDR. Si bien es cierto que las manifestaciones, marchas ciudadanas y otros movimientos de protesta contra la sentencia del ‘procés’ están siendo en su mayor parte pacíficos, el ala dura del independentismo se ha propuesto pasar a una nueva fase del conflicto y acometer acciones mucho más contundentes en las que no falta una cierta dosis de violencia.
Mientras Pedro Sánchez asegura que no le temblará el pulso a la hora de tomar cualquier medida para garantizar el orden en Cataluña, el president de la Generalitat sigue a lo suyo. Hasta en tres ocasiones los periodistas le han preguntado por este asunto y él ha escondido la cabeza debajo del ala. Por otra parte, era algo previsible en un guiñol ciego, sordo y mudo que ha sido colocado ahí, como muñeco de pim pam pum, por Carles Puigdemont precisamente para eso, para que no haga ni diga nada, para que deje hacer, para que la kale borroka pase a la acción y tome el mando de la situación. Horas después quiso rectificar su ambigüedad calculada: “La violencia no nos representa ni nos representará nunca al movimiento independentista catalán”, dijo en un tuit a destiempo.
Por la mañana hay un Torra, por la tarde otro. Justo cuando el president se disponía a iniciar una marcha de protesta acompañado del exlehendakari vasco Juan José Ibarretxe, los reporteros le preguntaban si piensa condenar los actos de violencia. Pero cada vez que la prensa se le acercaba, él se daba media vuelta, haciéndose el despistado, o se paraba con algún fan para posar en un distendido selfi, o charlaba amistosamente con alguno de los manifestantes, siempre haciendo caso omiso a las preguntas.
Tan solo en una ocasión ha mostrado su apoyo a las manifestaciones que se están llevando a cabo como reacción a la sentencia del Supremo. “Es fantástico ver al pueblo movilizado. Es emocionante. Que nadie dude de que este presidente y el Govern está al lado de la gente”, ha dicho mientras se sumaba a las “Marchas por la Libertad” impulsadas por ANC y Òmnium Cultural. Para Torra los incendios, las barricadas, el cuerpo a cuerpo entre catalanes, los adoquines volando, todo ese desastre junto, es un espectáculo “fantástico”. Él no ve humo ni nota el olor a gasolina y a fogata; tampoco escucha los disparos de las pelotas de goma, los gritos de los heridos y descalabrados, el fragor de la batalla campal y las pendencias. Todo eso para él forma parte de la performance, un activismo pacífico y elegante, una forma cívica y civilizada de mostrar al mundo la opinión de la ciudadanía en contra de la sentencia. Donde hay una barricada envuelta en llamas hasta el tercer piso Torra ve una alegre y sabrosa butifarrada. Donde hay un CDR con la testa abierta por el porrazo de un mosso Torra ve un daño colateral o un figurante que lo hace muy bien. Donde hay una carga policial de veinte antidisturbios mazaos y fuertes como armarios empotrados él ve una parte del espectáculo que da color y emoción a la noche épica y gloriosa. Y donde hay un españolista traidor acorralado por sus muchachos en un callejón no hay nada, solo un pequeño incidente que no debe ser recogido en los atestados policiales. ¿A quién no se le va la mano un poco en la fiebre de las refriegas?
Así es Torra El Esloveno, un tipo extraño que donde hay porrazos, empujones, patadas y puñetazos entre policías y manifestantes solo ve juegos florales como en el día San Jordi, actos festivos y pacíficos, la normalidad democrática y la libertad de expresión más absoluta y legítima. Torra, tras caminar un kilometrillo de la “Marcha por la Libertad” hacia Tarragona (más no, que andar cansa mucho, más para alguien que sufre sobrepeso) desea toda la suerte del mundo y el éxito operativo a su Tsunami Democràtic y se vuelve después a su apacible y seguro Palau de Sant Jordi a merendarse una crema catalana y a seguir por TV3, la tele amiga, las últimas batallas de la guerra medieval contra las tropas borbónicas. Y ya al caer la noche, cuando el humo y los resplandores de fuego asoman sobre la Sagrada Familia, se conecta a Telegram y le da el último parte del día al general de Waterloo: “Solo un ojo reventado, un testículo averiado y una vieja españolista arrastrada por los suelos. Sin novedad en el frente, señor”. Finalmente se mete en la cama con las obras completas de Companys y a dormir como un angelito, que mañana será otro día emocionante. Aunque la guerra siempre la hagan otros.

Viñeta: Igepzio

RÉQUIEM POR CATALUÑA

(Publicado en Diario16 el 16 de octubre de 2019)

Al menos 30 detenidos. Más de 70 heridos. Barricadas, incendios, golpes, palizas, helicópteros, sirenas y ambulancias. Ese fue el triste balance de una noche de fuego, violencia y odio. Cualquier tipo de diálogo entre el Gobierno central y la Generalitat se antoja ahora mismo imposible. Los puentes están dinamitados; las vías de comunicación rotas. Solo queda el paisaje triste, tenebroso y desolador del día después de la batalla campal.
La política ha fracasado. La Justicia ha fracasado. El Estado nacido en el 78 y el propio independentismo han fracasado. Ya solo queda el odio enquistado, los gañidos salvajes, las patadas y los puños. Los dos cabestros embistiéndose en un laberinto diabólico.
Las calles de Barcelona, antes un espacio de libertad y tolerancia, se han convertido en una tierra de trincheras. Viendo las imágenes en televisión resulta imposible no comparar el escenario vivido la pasada noche con los tiempos más negros de nuestra historia. La Semana Trágica, el pistolerismo anarquista, la represión militar… Recuerdos del oscuro pasado, cosas malditas que estaban bien guardadas en un baúl, bajo llave y candado, a buen recaudo. Cosas que nadie debería tener la tentación de rescatar. Cosas con las que es peligroso jugar.
Pero probablemente lo peor no es lo que ha pasado sino lo que está aún por llegar. Las posiciones se han radicalizado tanto, ambos bloques se han fanatizado de una manera tan profunda, que los sucesos del 15 de octubre en respuesta a la sentencia del ‘procés’ podrían ser solo el aperitivo. Cada día empieza con una acción de protesta nueva y con el parte de bajas: un joven activista ha perdido un ojo, otro un testículo. Una mujer ha sido atacada por levantar una bandera española. Son los primeros mártires que inscriben sus nombres en una revolución que no ha hecho sino comenzar. “Ya no hay vuelta atrás”, dice la pancarta de un CDR encapuchado. Funesto mensaje.
Alguien debería detener esta espiral de locura pero lamentablemente no quedan interlocutores disponibles en ninguno de los dos bandos. Todos han desertado ya o los han arrinconado por equidistantes o los han purgado por traidores y botiflers. Solo queda un silencio sordo y terrorífico que sobrecoge a las personas pacíficas y de buena voluntad. La verdad no interesa, ha sido enterrada; se impone el patrioterismo barato. Puigdemont desde su guarida de Waterloo y Quim Torra desde Sant Jaume siguen avivando el incendio y arengando a los CDR. Apreteu, apreteu… Por un lado envían a los catalanes a la guerra contra los españoles borbones; por otro movilizan a los Mossos d’Esquadra para que los muelan a palos en el aeropuerto de El Prat o la Estación de Sants. Es la vieja táctica maquiavélica: la pancarta de Visca Catalunya Lliure en una mano y la porra en la otra. Por debajo y clandestinamente, a golpe de wasap, agitan a las masas con nombres engañosamente líricos: Tsunami Democràtic.
La esquizofrenia delirante de los que mandan en aquella tierra catalana que siempre fue de tolerancia, de paz, de cultura y de seny ha contagiado a la gente y empieza a dar los primeros síntomas febriles de fase terminal. Los hospitales no solo se llenan de heridos en las manifestaciones (la mayoría pacíficas, es cierto, otras violentas), también de enfermos de una epidemia de intolerancia.
¿Y qué tenemos en el otro bando, en la parte unionista, en la España que dormita mientras explota por el Noreste? Los habituales salvapatrias que tanto daño han hecho a este país a lo largo de su historia. Los espadones y charlatanes que babean y echan espuma de falso patriotismo por la boca y se frotan las manos al ver que Cataluña revienta por los cuatro costados. La consigna es “cuanto peor mejor”, como dijo el gallego del puro y el Marca. La ultraderecha españolista tiene la partida en el lugar donde quería. Ya ha rescatado el viejo argumentario decimonónico: la anarquía reina en Cataluña, nos gobiernan los rojos pusilánimes que no toman decisiones, aquí hace falta mano dura… Pablo Casado exige que se active ya la Ley de Seguridad Nacional. Albert Rivera fuerza al Gobierno a que garantice la seguridad y el orden público. Santiago Abascal carga duramente contra los socialistas por permitir una “Generalidad en rebeldía, porque la violencia es impune y porque el Gobierno de Sánchez es incapaz de defender orden constitucional”. El PSOE, una vez más, tal como ocurrió en el 36, está atrapado entre dos fuegos rabiosos.
La palabra enmudece. El incendio se aviva. Ha llegado la hora de los pirómanos, locos, iluminados y otras especies que lamentablemente nunca se extinguen. Ha llegado la hora de la caverna y el berrido animalesco. Visca Catalunya Lliure, Visca Companys; Viva la muerte, Arriba España con dos cojones. Los viejos topicazos vilmente resucitados, el testamento de la sangre y de la guerra civil desenterrado por una banda de pirados. El fanatismo nacionalista cegado por una estrella fugaz; la derecha falangista que desempolva la camisa azul, los cánticos militares y el odio revanchista bien engrasado. Ya estamos ahí. Ya ha llegado la hora que todos ellos han estado esperando durante cuarenta años de convivencia en paz. España no tiene arreglo. Somos una tribu maldita condenada a cometer los mismos errores una y otra vez. Y la gente pacífica, los sensatos, los razonables, los lúcidos, toda esa gente que es la inmensa mayoría, ¿dónde diablos se ha metido de repente? ¿A dónde se han ido? ¿Por qué no sale a la calle pidiendo cordura y entendimiento de una vez?

INDULTOS


(Publicado en Diario16 el 15 de octubre de 2019)

“El Gobierno no se plantea los indultos”, ha dicho con contundencia el ministro Ábalos, que considera la sentencia del ‘procés’ “ajustada a derecho y una oportunidad, tras el baño de realidad”, para recuperar la política y restablecer el diálogo en Cataluña. Parece claro que a las puertas de unas elecciones, Pedro Sánchez no quiere ni oír hablar de los espinosos indultos porque es malo para las encuestas, para las urnas y en general para el negocio. Después del 10N ya se verá; es más que probable que los abogados de los líderes independentistas condenados muevan los pertinentes escritos, apelaciones y recursos, y con ellos la petición para que sus defendidos sean indultados. Entonces el Ejecutivo socialista tendrá que mojarse. Y veremos si llegado ese momento, pasado ya el torbellino electoral, los cálculos estratégicos y la propaganda, Sánchez se muestra tan inflexible como hoy ante la medida de gracia para los procesados.
Todo lleva a pensar que el presidente en funciones modulará su discurso a medida que vaya pasando el tiempo tras los comicios, ya que la resolución del problema catalán pasa necesariamente por sacar a la calle a los presos del “procés”. Sin la fiesta de retorno a casa y bienvenida para los héroes condenados del 1-O, sin el confeti lloviendo de los balcones, el cava corriendo a raudales y Els Segadors a todo volumen en las calles de Barcelona y hasta en el último pueblo del Ampurdán, no habrá posibilidad alguna de intentar el diálogo, mucho menos la reconciliación.
De modo que todos los partidos se mueven de puntillas y se la cogen con papel de fumar, como suele decirse, a la hora de valorar la histórica sentencia del Supremo. Cualquier error táctico puede resultar fatal. El más mínimo desliz, traspié o metedura de pata en una valoración apresurada o arriesgada de la resolución judicial durante la campaña que se avecina puede costar veinte puntos en las encuestas y un súbito descalabro. El equilibrio de los partidos actuales es frágil y entre el éxito y el fracaso solo media un peligroso café a destiempo con Alsina, cuyo programa se ha convertido en una trampa de arenas movedizas para cualquier político que esté en campaña, y si no que se lo pregunten a Rajoy.
Todo eso lo sabe Pablo Casado, que tras conocer el fallo del Alto Tribunal se ha mostrado dialogante, atemperado, moderado, ofreciéndose para ponerse al lado del Gobierno y afrontar el problema catalán con unidad de acción del bloque constitucionalista. Sin embargo, las contradicciones del líder del Partido Popular afloran inevitablemente a poco que este abre la boca. Dice Casado que si su partido gana las elecciones sería “algo a estudiar” una modificación legal para impedir que los condenados por delitos de rebelión y sedición no puedan beneficiarse del indulto como medida de gracia. Y ahí es donde, en la propia propuesta, está el cepo en el que cae sin darse cuenta el proponente, ya que Casado pretende acabar con los indultos para rebeldes y sediciosos pero no para corruptos, butroneros y aprovechados, que en España son legión y un cáncer mucho más avanzado y letal.
Llama poderosamente la atención que Casado quiera negarle el indulto a Junqueras y los suyos pero no diga nada de negárselo al poderoso clan entrullado de Génova 13, toda esa extensa fauna y flora que hoy cumple condena por corrupción en las cárceles españolas. A fin de cuentas los líderes independentistas encarcelados son solo cuatro gatos, Els quatre gats, como se hacían llamar aquellos magníficos modernistas catalanes, o sea los Utrillo, Casas, Rusiñol y Pere Romeu. Pero las prisiones están repletas de otros potenciales y virtuales candidatos a la medida de gracia, cientos de políticos populares que aguardan ansiosos que les caída la pedrea del indulto por Navidad. De ellos, de esos antiguos camaradas de partido y compañeros de correrías políticas que un día se llenaron los bolsillos, falsearon pruebas, prevaricaron, traficaron con influencias, malversaron, maquinaron hasta cometer todos y cada uno de los delitos recogidos en el Código Penal, sin dejarse ni uno solo, nada dice el presidente nacional del PP. ¿No sería más higiénico, ético y honrado empezar por abolir el privilegio del indulto para los corruptos, señor Casado? ¿No sería mucho más necesario evitar que los peligrosos ladrones y cleptómanos que han saqueado a los españoles a manos llenas durante tanto tiempo se fueran de rositas a sus casas, felizmente indultados? Porque antes que el patriotismo está el pan. Y antes que España están los españoles. Y tiene más perdón un “indepe” iluminado que se ha pasado de tuerca pero no le ha hecho daño a nadie que aquellos que llevaron el país a la ruina.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA SENTENCIA


(Publicado en Diario16 el 15 de octubre de 2019)

La sentencia del Tribunal Supremo contra los líderes independentistas que pusieron en marcha el “procés” no puede calificarse precisamente como blanda. Ser condenado a 13 años de prisión no es ningún regalo de cumpleaños. Pero tampoco ha sido el durísimo varapalo que se preveía contra el independentismo, a modo de venganza, y que muchos en Cataluña esperaban como respuesta de la pérfida y fascista Justicia española. De hecho, entre los magistrados del Alto Tribunal se han terminado imponiendo las tesis más moderadas, las contrarias a condenar a los políticos presos por rebelión, un delito que lleva aparejadas penas mucho más graves de hasta 25 años de cárcel.
De haberse producido tal escenario, es decir una condena por rebelión que dicho sea de paso todos daban por hecha (como si el guion estuviese escrito de antemano y los magistrados no tuviesen autonomía propia al encontrarse sometidos a unos extraños poderes fácticos en la sombra) sí se podría haber hablado de un correctivo humillante para los procesados, sobre todo porque en ningún momento existió la “violencia estructural” como requisito imprescindible para ese delito que siempre invocaron la Fiscalía, Vox como acusación particular y el Gobierno de Mariano Rajoy, gran impulsor de la caza de brujas ‘indepe’.
El rechazo por parte del tribunal a considerar los hechos que se juzgaban como constitutivos de un delito de rebelión no puede sino ser considerado una estrepitosa derrota del bloque duro, el búnker patriótico-unionista, que desde el minuto uno de iniciarse el juicio trató de sostener un relato fáctico imaginario, ficticio, inexistente. El referéndum de autodeterminación del 1-O y las posteriores movilizaciones ciudadanas fueron pacíficas en todo momento (salvo casos excepcionales y puntuales, como en toda protesta que mueve a decenas de miles de personas). Sin embargo, en su obcecación por retorcer la realidad, la Fiscalía (empujada por el poder Ejecutivo) y Vox se empeñaron en ver insurrecciones y barricadas donde no las había; conspiraciones para derrocar el régimen del 78 que no existían; y golpes de Estado que nunca se produjeron. Si el 1-O fue un pronunciamiento para subvertir el sistema político, ¿qué fue entonces el “tejerazo” del 23F del 81, cuando los tanques salieron a la calle y un comando de guardias civiles insurrectos entró en el Parlamento a tiro limpio para secuestrar a los representantes legítimos de la soberanía nacional?
Con la lógica en la mano, todos los argumentos mantenidos por los diferentes fiscales que tomaron parte en la vista oral del juicio al “procés” (y también por los abogados de Vox) fueron cayendo uno tras otro por su propio peso. Esa gran derrota del Ministerio Público y de los “sui generis” acusadores particulares, que como decimos fue confirmándose en las primeras pruebas del plenario (tras las declaraciones de los acusados, pruebas testificales, documentales, etcétera) no es en realidad sino la gran derrota de una serie de políticos incompetentes que queriéndose quitar la patata caliente de Cataluña de encima pasaron el “marrón” a la Justicia en una lavada de manos que ni Poncio Pilatos. En ese saco de torpes responsables políticos habría que incluir no solo a Mariano Rajoy sino a su entonces vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y por supuesto al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido. Las bochornosas declaraciones ante el tribunal de esta esperpéntica terna, que atribuyó toda la culpa de las cargas policiales del 1-O a los mandos inferiores, dejaron al presidente del tribunal, Manuel Marchena, y a sus compañeros togados con caras de póker. El espectáculo ofrecido por los tres máximos responsables del embrollo en el que había caído el país ya presagiaba que el castillo de naipes de la rebelión se vendría abajo, como no podía ser de otra manera, a las primeras de cambio. Ese fue el principio del fin de los partidarios de la “mano dura” y de que los líderes del ‘procés’ quedaran entre rejas, sin ver la luz del sol, durante décadas, tal como exigía Vox.
Hoy la Sala del Tribunal Supremo ha puesto las cosas en su sitio de una manera no exenta de cierta elegancia e inteligencia jurídica. Al condenar por sedición y no por rebelión, el alto tribunal ha mandado a la sociedad española un mensaje entre líneas que no debe ser pasado por alto. Lo que en realidad están confirmando los magistrados es que la rebelión fue un montaje urdido por el Gobierno Rajoy y la Fiscalía (sustentado en el delirio de que hubo violencia) para no negociar nada con los independentistas y trasladar de una forma burda lo que era un problema político a la esfera judicial. Por eso el fallo supone de alguna manera una gran derrota de aquellos que han pretendido judicializar el “procés” eludiendo sus responsabilidades políticas. Una derrota de Rajoy, una derrota de Pablo Casado como continuador, todavía hoy, de aquel discurso falaz, y una derrota de una Fiscalía y de una acusación particular que en todo momento fueron teledirigidas desde el poder Ejecutivo.
Evidentemente las conductas enjuiciadas fueron delictivas, ya que si bien los procesados no atentaron contra el orden constitucional (la democracia en España en ningún momento del enloquecido “procés” se vio amenazada) sí se saltaron la ley, el Estatut, los reglamentos del Parlament, el Código Penal y la Constitución. Toda esa panoplia de disparates legales tenía que terminar con un reproche penal o de lo contrario el Estado de Derecho habría quedado anulado y pulverizado. Pero de alguna manera el Supremo ha sabido lidiar con el muerto que Rajoy dejó en sus manos. Se ha moderado en las penas, ha garantizado los derechos de los acusados de cara a un más que probable recurso ante el Constitucional y el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo y ha dejado la puerta abierta a que los condenados puedan acogerse al “régimen de semilibertad” con permisos penitenciarios a corto plazo (incluso permitiendo que la decisión la tome el Govern de la Generalitat). Todo ello sin mencionar el enorme favor que le ha hecho a Pedro Sánchez, ya que una sentencia durísima hubiese colocado al PSOE en una difícil situación de cara al 10N. Sin duda, en esta ocasión la Justicia ha evitado la tentación de caer en la venganza, lo cual no era fácil. Y de paso, por obligación, ha hecho como ese cirujano que cuando interviene trata de causar el menor daño posible en el enfermo: en este caso la maltrecha democracia española.

Viñeta: Iñaki y Frenchy