jueves, 4 de junio de 2020

LOS NIÑOS POBRES


(Publicado en Diario16 el 4 de junio de 2020)

En España, uno de cada cuatro niños está en riesgo de pobreza. Un dato nefasto que sitúa a nuestro país en el furgón de cola de la UE, junto a Rumanía, Bulgaria, Letonia e Italia. El Gobierno de coalición de izquierdas no podía mantenerse al margen ni insensible ante la gravedad de la situación y el mismo presidente, Pedro Sánchez, lo explicó ayer durante su intervención en el debate de la sexta prórroga del estado de alarma por coronavirus. “La última medida adoptada por el Consejo de Ministros, el ingreso mínimo vital, para conseguir que España viva con dignidad, no es caridad ni compasión: es justicia y es decencia”, aseguró en su cara a cara con la derechas montaraces y siempre contrarias a cualquier iniciativa del Gobierno por justa y necesaria que se antoje.
Pese a que la razón ética y política asiste en este caso al Gobierno –cualquier Estado debe hacerse cargo de las familias sin recursos o en riesgo de exclusión−, partidos como Vox se muestran abiertamente en contra, tal como quedó demostrado ayer durante la sesión plenaria. “La renta mínima es la incapacidad de un Gobierno para crear empleo (…) Será la cartilla de racionamiento que no permitía dormir al presidente”, dijo Santiago Abascal empleando una ironía que terminó sonando a sarcasmo y a mal gusto, ya que tratar de bromear con la tragedia de la pobreza infantil no es presentable. Hay algo oscuro en todo hombre reaccionario que le lleva a confundir la crueldad con el sentido del humor.
Para intentar maquillar su posición extremadamente ultraliberal, pisoteando los derechos de los niños, el partido verde se ha apresurado a aclarar que “una renta mínima temporal no sólo es buena, sino necesaria para apoyar a una familia en situación de dificultad, pero una renta mínima permanente, tal como la han planteado ustedes [dirigiéndose a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias] no es más que un augurio de pobreza y una promesa de ruina”. De esta forma, Abascal terminaba su errática intervención, llena una vez más de insultos y provocaciones hacia sus rivales políticos, apostillando: “Ustedes son una catástrofe para la vida y la prosperidad de los españoles”. La postura de la formación verde es tan radical en este asunto que ya ha anunciado que votará “no” a lo que ellos definen como “una paguita”, esa expresión tan peyorativa que revuelve las tripas de cualquier persona decente.
¿Pero acaso es una catástrofe auxiliar y socorrer al pueblo garantizando sus derechos cuando más lo necesita? ¿Es esa concienciación social un síntoma de peligroso marxismo leninismo? Sin duda, nos encontramos ante una reducción al absurdo, una más de Abascal, que suele convertir cada una de sus intervenciones en un magnífico ejemplo de sectarismo, degradación intelectual y política basura. No hay tarea más noble y digna para un gobernante que ayudar a sus compatriotas más necesitados. No hay proyecto político más importante y trascendental que mejorar la vida de la gente. Sin embargo, en este país hace tiempo que la lógica y la ética fueron sustituidas por la demagogia, el cálculo partidista y la ganancia electoral. En el fondo, el motivo de esa sinrazón, de esa absurda negativa a que cientos de miles de niños de familias españolas empobrecidas por la crisis del coronavirus puedan hacer las cuatro comidas al día, es que Vox es un partido que defiende los privilegios de las élites, de la realeza, de la aristocracia y el gran capital, de modo que cualquier intervención del Estado de Bienestar en la economía le parece una muestra de subversivo comunismo bolivariano. Lo que de verdad le revienta a Vox es que allí donde llega el Estado social y democrático de derecho no llega la caridad, ni la limosna, ni la beneficencia del señorito.
Si el Gobierno se atribuye las competencias en el derecho al auxilio público, instituciones como la nobleza y la Iglesia pierden un arma fundamental para el control del poder que han empleado sistemáticamente a lo largo de la historia: el paternalismo del poderoso contra el que nada tiene, la limosna que perpetúa la diferencia de clases. De ahí la importancia del ingreso mínimo vital, un salto histórico en el avance social en España, un paso astronómico en el cumplimiento de la Constitución –que reconoce el derecho de todos los españoles a una vida digna− y en el mantenimiento y sostenimiento del Estado de Bienestar. Pocos ejemplos más claros que este para confirmar que la ultraderecha está abiertamente en contra de nuestra Carta Magna y de un sistema asistencial público que garantice a cada ciudadano unos mínimos para su subsistencia. Abascal se define como constitucionalista solo para lo que le interesa: para defender la unidad de España, para hacer que se respete la bandera, para proteger la monarquía y el orden establecido. Pero más allá de eso, sus posiciones chocan abiertamente con una Sanidad pública fuerte y de calidad; con una educación laica y gratuita; con una auténtica red de prestaciones sociales que dé cobertura a parados, pensionistas y dependientes; con un medio ambiente limpio; con una sociedad donde hombres y mujeres gocen de los mismos derechos y en general con todo aquello que suponga reconocer y amparar libertades fundamentales, como el derecho a la no discriminación por razones étnicas.
Y ahí es donde entra el color de la piel. La ultraderecha se opone a la renta básica porque también es un balón de oxígeno para miles de inmigrantes que malviven en España y que han quedado invisibilizados desde la crisis de 2008. Argumentar que el ingreso mínimo vital supondrá un efecto llamada para refugiados de otros países, como hace Vox en una afirmación tan falsa como maquiavélica, es sencillamente caer en la xenofobia. Y aunque parezca extraño, esta ideología ultraderechista que parece salida de otros tiempos feudales la han comprado ya los poderes fácticos del Estado, no solo el principal partido de la oposición liderado por Pablo Casado, sino el presidente de la patronal CEOE, Antonio Garamendi, y también la Conferencia Episcopal. Hasta donde sabemos, el Partido Popular no piensa oponerse en el Congreso de los Diputados a la aprobación del decreto sobre el ingreso mínimo vital. Sin embargo, lo vincula a que quien disfrute de la ayuda busque “activamente” un empleo y a que “se gestione de la mejor forma posible para evitar duplicidades con las comunidades autónomas”. Por su parte, Garamendi ha dicho que la patronal tampoco se niega a la medida, siempre que sea con carácter “coyuntural”, hasta el próximo mes de diciembre, y “no estructural”, o sea “no permanente”. La reacción de la Iglesia católica española todavía resulta más extraña e incomprensible, ya que ha llegado a calificar de “subvencionados” a aquellos que por desgracia no les queda otra que optar a la ayuda estatal, tratándolos como si fuesen poco menos que parásitos aprovechados de la sociedad. Una vez más, las malas metáforas, las palabras huecas y las coartadas cobardes esconden un egoísimo y un elitismo aterradores.
¿Cómo es posible que se pongan tantos reparos, tantos peros, tantos obstáculos a una medida política y filosóficamente impecable? Sin duda, los poderes reaccionarios de este país han forjado una alianza para torpedear la iniciativa legislativa más justa en cuarenta años de democracia y seguir manteniendo de esta manera los privilegios de clase. Afortunadamente, el consenso del Parlamento es mayoritario en este asunto y el decreto será aprobado sorteando todas las trabas. Esta vez los desvaríos demagógicos y delirantes de la extrema derecha −que contagian a otros sectores de la sociedad como un mal virus−, no van a conseguir que miles de niños se vayan a la cama cada noche con el estómago vacío.

Viñeta: Igepzio

ROCK AND ROLL EN EL CONGRESO


(Publicado en Diario16 el 3 de junio de 2020)

Pedro Sánchez subió a la tribuna de las Cortes a pedir la última prórroga del estado de alarma, además de concordia y unidad, y volvió a ser vapuleado por las derechas. El presidente apela a la reconstrucción del país y PP y Vox responden con desprecio e insultos; el presidente propone no utilizar la bandera nacional como arma arrojadiza entre españoles y a cambio recibe calumnias e injurias; el presidente habla de futuro y de mejorar el país y la bancada conservadora vuelve al pasado una y otra vez, resucitando el fantasma de la guerra civil. El ofrecimiento de Sánchez para celebrar un debate sereno sin insultos y con respeto, dentro de las reglas del juego democrático, duró apenas un minuto, justo el tiempo que Pablo Casado y Santiago Abascal subieron a la tribuna de oradores para dar rienda suelta a sus instintos más bajos y a sus excesos verbales. “Ya sabemos lo que valen sus palabras”, le soltó el líder popular. “Son ustedes unos auténticos jetas irresponsables y se comportan como una mafia”, le espetó Abascal.
Está visto que populares y verdes van a seguir insistiendo en su estrategia política hasta el final. No han rectificado ni un solo milímetro en la táctica de la crispación en las peores jornadas de la pandemia, cuando morían más de mil personas al día, y no van a hacerlo ahora que la plaga empieza a estar controlada. La consigna sigue siendo la misma: leña al mono, demolición total. La salud y el bienestar de los españoles es lo de menos, la cuestión sigue siendo derrocar al Gobierno a toda costa.
La evolución del virus no interesa lo más mínimo a PP y Vox; importa mucho más hablar de ETA, del acercamiento de los presos a cárceles vascas, del cese del coronel Pérez de los Cobos y de la independencia de Cataluña. Casado ha recuperado el viejo discurso del “España se rompe” que tan buenos resultados dio a Génova 13 en los años del aznarismo. Aquí lo único importante es echar en cara a Sánchez que pactara con los soberanistas (“los que quieren destruir la nación”) para sacar adelante la moción de censura contra Mariano Rajoy, de la que ahora se cumplen dos años. El rencor por la pérdida del poder está fresco todavía, la venganza aún no se ha consumado. “Dijo que nunca pactaría con los batasunos de Bildu y ya sabemos lo que vale su palabra. Todo el mundo le ha calado como el mago de la verbena”, le ha afeado el jefe de la oposición al presidente del Gobierno. Una vez más, las palabras gruesas volvían a trufar la intervención del aspirante a la Moncloa. “El que reparte cicuta habla hoy de veneno…”
Se pregunta Casado cómo puede ser que el Instituto Carlos III cifre en 43.000 el número de fallecidos en la pandemia mientras el Gobierno solo reconoce 28.000 bajas. Habría que recordarle al jefe del PP que las cifras las aportan las comunidades autónomas, entre ellas la de Madrid, gobernada por su delfina Isabel Díaz Ayuso, cuya gestión también ha dejado mucho que desear. En el maremágnum de falsedades, montajes, bulos e improperios, Casado hace ya muchas semanas que cruzó el Rubicón. Nunca arrimó el hombro para que el país pudiera superar la peste del covid-19 y ahora ya solo le queda rezar para que toda la crispación que ha sembrado estos días fructifique en forma de votos. Solo el destino dirá si el electorado le compra el discurso o decide castigarlo por su dejación de funciones y grave irresponsabilidad. De momento, la única estrategia que le vale ya al presidente del PP es convertir los muertos e infectados en papeletas en las urnas a modo de milagro de panes y peces. Y entre mediocridad y mediocridad más chistes malos, más retórica de baja estofa, más citas copiadas de Wikipedia: “Usted ha pasado de mirlo blanco de la regeneración a pato cojo de la democracia…” Una chanza lamentable para el momento trascendental que vive el país.
Y en eso llegó el turno de Abascal, el Marilyn Manson de la política española. “Decenas de miles de españoles muertos y arruinados por el sectarismo y la negligencia criminal de este Gobierno. Viva el 8M, viva la enfermedad y viva la muerte”. A partir de ahí, más rock and roll en su versión dura, metálica, transmetal: “Si quiere defender la bandera pida a sus aliados políticos que no la quemen ni la arríen de sus edificios oficiales y frene las provocaciones guerracivilistas del señor Iglesias”. El viejo recurso al nacionalismo siempre funciona y mucho más si se potencia con extrañas conspiraciones, montajes y arengas a luchar contra un enemigo inventado, ficticio, que solo está en la mente delirante de la extrema derecha: “Usted ha llamado terroristas a grandes empresarios de este país y luego se rasga las vestiduras porque una diputada le llama hijo de terrorista (…) Usted es capaz de provocar cualquier drama en España (…) Tendrán que responder por cesar a un coronel de la Guardia Civil que no quiso cometer delitos como el de prevaricación (…) Usted envió a ‘antifas’ y ‘menas’ contra gente que se manifestaba pacíficamente”, ha añadido en referencia a las protestas contra el confinamiento de los “cayetanos” y “borjamaris” de los barrios ricos de Madrid.
Una vez más, la sesión parlamentaria volvió a dar más miedo a los españoles que un rebrote del coronavirus. El eco del odio y el rencor tronando en el vacío del hemiciclo, todas esas voces violentas, fanatizadas, fuera de sí y ciegas de poder no auguran nada bueno para España. El futuro del país es cada vez más negro con un Casado echado al monte y con un neofalangismo de nuevo cuño del que solo cabe esperar que siga trabajando en la limpieza ideológica del rival político, en la desestabilización de la democracia y en el intento de imponer una nueva dictadura de corte totalitario y franquista.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

miércoles, 3 de junio de 2020

LOS GRANDES DE ESPAÑA


(Publicado en Diario16 el 3 de junio de 2020)

“Felipe VI convence a la nobleza española para que regale leche y aceite a los pobres”. Aunque pueda parecer que la frase está sacada de un libro de historia sobre la España del Siglo de Oro, del Quijote o del Lazarillo de Tormes, en realidad es una noticia de nuestro tiempo, de ayer mismo para ser exactos. Por lo visto las Corporaciones Nobiliarias, las Órdenes Militares, las cinco Reales Maestranzas, las Órdenes Internacionales con actividades en nuestro país y otras hermandades caballerescas han respondido al llamamiento del monarca, que les requirió para sumarse al plan de Cruz Roja contra el hambre provocada por el coronavirus.
La noticia, que ha ocupado apenas un breve en las páginas de los principales periódicos nacionales, merece sin duda un comentario. La primera pregunta que cabe hacerse es si los Grandes de España −“los primos” del rey, como siempre se les ha conocido en Palacio desde que Carlos I creara el título nobiliario−, estaban contribuyendo y arrimando el hombro con arreglo a su poderío económico o, más bien al contrario, se estaban haciendo los remolones y escaqueándose de sus responsabilidades con el pueblo en un momento especialmente dramático a causa de la crisis y el hambre. De la información parece desprenderse más bien lo segundo, ya que la donación de leche y aceite para los españoles hambrientos no ha partido de la aristocracia, sino que todo apunta a que ha tenido que ser el propio rey quien los llame a capítulo para que sean generosos y hagan un ejercicio de auténtica nobleza y españolidad. Ya se sabe que las clases altas entienden por patriotismo pasear el buen nombre de España por el extranjero, mayormente por los paraísos fiscales de Suiza y Panamá. Por eso el monarca ha querido recordar a las “manos muertas” que es el momento de aparcar los negocios, remangarse, dejarse de cuentos y de cuentas, y dar ejemplo.
Tenemos una clase privilegiada que vive aislada de los problemas del país, entre campos de golf, escudos heráldicos y bodegas, y rara vez sale de sus palacios, quizá para tomar parte en alguna cacerolada nocturna contra el Gobierno chavista y poco más. La historia nos dice que la nobleza española siempre fue más bien improductiva. De hecho, hasta finales del siglo XVIII tenían prohibido “trabajar con sus manos”, ya que se consideraba una tarea propia de plebeyos y rufianes. Cómo habrá sido de estéril la sangre azul hispana que al trabajo ellos lo llamaban “ejercicio de oficios viles y mecánicos”, un maravilloso eufemismo para no pegar ni golpe que nos da la medida, la talla y la catadura moral de la casta con la que hemos tenido que convivir durante siglos. Así fue hasta que Carlos III les levantó el privilegio y los puso a trabajar, una medida por la que sin duda el rey-alcalde hoy habría sido tachado de peligroso comunista bolivariano.
En cualquier caso, un Felipe VI metido a improvisado Padre Ángel ha conseguido sacar de sus primos y allegados de la nobleza “más de 38.000 litros de leche que darán para casi 200.000 desayunos y alrededor de 25.000 litros de aceite para las familias más necesitadas” de las Castillas, Extremadura y Andalucía, donde el paro y el hambre están pegando con más fuerza, según ha precisado el Palacio de la Zarzuela. Estamos pues ante una medida en la mejor tradición del paternalismo regio. Los reyes, al igual que la nobleza, siempre creyeron que con el mendrugo de pan, la bolsa de trigo y el cuenco de leche urgente calmaban las miserias de la plebe, de manera que así ya podían vestirse de “manolos” y majas goyescas, como gente de la calle, y mezclarse con los parias en las corridas de toros. La tradición del “plebeyismo” continúa en nuestros días, como bien demuestra el príncipe Joaquín de Bélgica, al que han pillado saltándose la cuarentena en un fiestón cordobés por todo lo alto.
Los alimentos, vengan de donde vengan, siempre son bienvenidos cuando un estómago ruge de hambre, pero una vez más en este país se vuelve a confundir derecho con caridad y justicia social con limosna. Han tenido que pasar varias guerras carlistas, una contienda civil, una dictadura y cuarenta años de democracia para que por fin se pongan las cosas en su sitio y venga un Gobierno progresista medianamente solidario y humanista dispuesto a consagrar el derecho de cualquier persona a contar con un ingreso mínimo vital para no morirse de hambre. Eso que los “cayetanos” del barrio de Salamanca consideran una medida marxista que atenta contra la supuesta libertad no es más que cumplir con la Constitución, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos y hasta con las enseñanzas del cristianismo (aquello de dar de comer al hambriento y de beber al sediento). Vox, el partido de la nobleza y las élites, ya ha anunciado que va a votar en contra de la “paguita”. Y a la señora Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, marquesa de Casa Fuerte, todo esto de la igualdad, de la dignidad, de la fraternidad y del derecho a la vida le debe sonar a rollo de extrema izquierda. Para ella todo es terrorismo, hasta defenderse de un sanguinario dictador como Franco. Claro que esta mujer es otra noble que viene del abolengo ocioso, alguien que está muy lejos de la cruda realidad del pueblo llano y que vive de su retórica argentina, de jugar a la gallinita ciega en los grandes colegios de Oxford y de montar el pollo cada semana en las Cortes. Ahora dice que piensa llevar su insulto contra Pablo Iglesias (“hijo de terrorista”) hasta el Tribunal Constitucional. Pedir amparo y protección a los jueces para poder seguir injuriando a placer. De locos.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

martes, 2 de junio de 2020

EL GENERAL LEE


(Publicado en Diario16 el 2 de junio de 2020)

Vox es la sucursal del “trumpismo” en España. Ambos movimientos políticos están en íntima y estrecha conexión, emplean las mismas técnicas de desinformación y propugnan las mismas ideas xenófobas, antifeministas y ultraliberales. No extraña por tanto que el partido de Santiago Abascal se haya alineado, desde el primer momento, con el peculiar presidente norteamericano en su intento de contener la revolución social que prende por los cuatro costados desde Los Ángeles a Nueva York. Hoy mismo el portavoz de Vox en el Congreso de los Diputados, Iván Espinosa de los Monteros, ha acusado a Unidas Podemos de “liderar y jalear” al movimiento antifascista norteamericano, los ya conocidos como “antifa”. Como tampoco sorprende que Vox haya apoyado el tuit incendiario y provocador de Donald Trump que ha desatado la oleada de disturbios y violencia en las calles: “Cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”.
El programa político del partido ultraderechista español es un simple anexo del que está desarrollando al otro lado del Atlántico el líder republicano estadounidense: supremacismo blanco, negación del cambio climático y relativización de la pandemia, nacionalismo exacerbado, superioridad del macho, explotación de las clases asalariadas y mucho odio y mucha Biblia para tapar las vergüenzas de las injusticias sociales.
El neofalangismo español y el “trumpismo” populista yanqui se parecen como dos gotas de agua, pero quizá lo más peligroso de la ideología común que ambos comparten y practican sea el guerracivilismo cruento que promueven y el intento de aniquilación del rival político, de la izquierda en este caso. Los disturbios raciales que sacuden Estados Unidos a raíz del asesinato de George Floyd a manos de un policía −y que son sin duda un nuevo capítulo en la lucha secular de las clases y razas oprimidas contra las dominantes−, han dividido al país por la mitad. Si los españoles sufrimos desde hace siglos el mal de “las dos Españas”, sin duda en Estados Unidos habría que hablar de “las dos Américas”. Lo que parecía un imperio asentado en sólidos cimientos bajo la sombra omnipotente de la bandera de las barras y estrellas era en realidad un espejismo, un gigante con pies de barrio, y ahora comprobamos que el sueño americano era en realidad una pesadilla.
La fractura social entre blancos y negros, entre ricos y pobres, era mucho más profunda y aguda de lo que parecía. En Estados Unidos había una guerra civil latente, solapada, un grave conflicto entre razas y castas que asomaba tímidamente solo cuando la CNN informaba esporádicamente de un nuevo crimen supremacista. Cada poco tiempo un blanco se cobraba una pieza matando a un negro o un fanático del Ku Klux Klan y del posnazismo descargaba sus balas de ira y odio contra las minorías étnicas en matanzas indiscriminadas, ciclotímicas, que nadie quiso o supo cómo parar. La famosa enmienda que protege y ampara el derecho de los americanos a llevar armas en realidad es una manera de seguir perpetuando el poder anglosajón.
La contienda civil que estalló en 1861 entre los estados del norte (abolicionistas) y los del sur (esclavistas) se cerró en falso (no en vano el Congreso estadounidense nunca llegó a emitir una declaración oficial de guerra). Aquella matanza solo sirvió para levantar una estatua de Lincoln en Washington y para cambiar a los negros de sitio, llevándolos desde las plantaciones de algodón de Alabama o Georgia a los guetos del Bronx. Más allá de todo eso, el apartheid siguió funcionando durante décadas, los negros tenían prohibido sentarse junto a los blancos en los autobuses públicos y la lucha se fue perpetuando de Luther King a Rosa Parks, pasando por Malcolm X, Muhammad Ali y los panteras negras. La guerra civil siempre ha estado ahí, presente, silenciosa, callada, por mucho que el imperio montara una guerra exterior de cuando en cuando para tapar su propia guerra interior. Quien haya visto la magnífica serie The Wire comprenderá cómo el poder del dólar blanco convirtió a los negros en modernos esclavos, en este caso de la heroína y la coca, los nuevos campos de adormidera de los extrarradios urbanos.
Lo único que ha hecho el nefasto Trump tras acceder a la Casa Blanca ha sido quitarle el tapón a la válvula, reavivar el conflicto, tuitear odio sin complejos y en defensa de la raza rubia. Instigar la segregación y la discriminación racial, no sólo contra los negros afroamericanos sino con los inmigrantes, a quien el presidente suele culpabilizar de todos los males de la humanidad. La guerra civil, la yanqui y la hispana, retorna con fuerza, y si Vox pretende devolver la momia de Franco al panteón fascista del Valle de los Caídos, Trump es un nostálgico de los estados confederados y cualquier día saca el cuerpo del general Lee de su tumba en la Universidad de Virginia y lo entierra en los jardines de la Casa Blanca para tenerlo mas cerca. Franco es un icono para la extrema derecha española, al igual que Lee lo es para los que añoran los tiempos de la negra esclavitud. También en esto Vox y el “trumpismo” son movimientos calcados. Los neofalangistas ibéricos han maquillado la imagen del dictador gallego, de la misma manera que en los últimos años el imaginario colectivo fascista yanqui ha blanqueado la figura de Lee, a quien en un nuevo ejercicio de revisionismo histórico se ha tratado de presentar como un valiente que luchaba por preservar, no la esclavitud, sino unos supuestos ideales liberales y constitucionales.
En USA permanecen abiertos 718 monumentos confederados, es decir, símbolos del racismo y la opresión. De esta manera, parece lógico que estudiantes negros de todo el país mantengan una lucha permanente para que dejen de ondear las banderas confederadas en los campus universitarios sureños y para que el Gobierno proceda a la retirada de las estatuas ecuestres de los grandes aristócratas militares esclavistas. Probablemente, la histórica e inacabada guerra civil norteamericana que amenaza con tambalear el imperio no ha hecho más que entrar en una nueva fase de la escalada. Aquí, en España, Vox repite la fórmula, solo que cambiando a Lee por Franco, la Batalla de Gettysburg por la Batalla del Ebro y la bandera confederada por la rojigualda con el pollo.

Viñeta: Artsenal JH

TEMPESTAD SOBRE WASHINGTON


(Publicado en Diario16 el 2 de junio de 2020)

Ocho muertos, más de cuatro mil detenidos, 12 estados norteamericanos en situación de emergencia y toque de queda. Esto sí que es un estado de alarma, y no lo que decretó Pedro Sánchez. Los disturbios en Estados Unidos tras el cruel asesinato de George Floyd a manos de un policía de Mineápolis van camino de auténtica rebelión popular. El país, primera potencia del mundo y paradigma del imperio, se tambalea tras varias noches de febril ambiente revolucionario. El Ejército patrulla las calles, una escena que solo se había visto en las malas películas de Bruce Willis. El crimen racista ha desencadenado una ola de indignación popular y violentas protestas callejeras en numerosas ciudades del país. Donald Trump está contra las cuerdas. Se dice que el presidente, asustado al ver cómo el pueblo escalaba los jardines de Lafayette Square, ha decidido hacer caso a sus asesores y se ha cobijado en el búnker nuclear. El miedo es el último refugio del cobarde. Al igual que Nerón se aferró a su lira y corrió a esconderse en la Domus Aurea tras el gran incendio de Roma, Trump se ha bunkerizado con su móvil de un millón de dólares y sigue lanzando mensajes de odio al mundo.
La pasada noche fue la más tensa. Por primera vez desde 1889, la Casa Blanca apagaba sus lámparas, una metáfora perfecta del apagón democrático que sufre el país. El fascismo tecnológico de Trump ha enterrado el Siglo de las Luces, las ideas de la Ilustración que alumbraron la independencia de Estados Unidos son hoy recuerdos del pasado y las enmiendas de la Constitución han quedado tan viejas y polvorientas como la fastuosa estatua del Memorial Lincoln. El tonto de Twitter, el clown, el payaso, ha conseguido lo que se proponía como buen populista de extrema derecha: resucitar el fantasma de la guerra civil, incendiar el país, achicharrar la democracia a fuerza de tuits incendiarios. Su mensaje estúpido y provocador (“cuando empiezan los saqueos, empiezan los disparos”) ha sido la gota que ha colmado el vaso y miles de estadounidenses han perdido la paciencia. Ya no aguantan más injusticias, más supremacismo blanco, más racismo. Mientras tanto, lejos de apaciguar a los manifestantes, Trump amenaza con desplegar “cientos, cientos y cientos de soldados” en todo el país para restablecer la ley y el orden. El tirano siempre lleva sus excesos hasta el final.
La imagen de la cabeza del pobre George Floyd machacada bajo la rodilla estulta de un matón con placa de policía ha removido conciencias. Hay imágenes que se convierten en icónicas hasta cambiar por completo la historia de la humanidad: la niña rociada con napalm en la guerra de Vietnam, el minúsculo hombre del tanque de la plaza de Tiananmén, las Torres Gemelas desmoronándose como un cohete despegando al revés. Los testigos ya no son los periodistas, ahora es la gente de la calle, los ojos del pueblo los que captan el crimen de Estado y lo convierten en viral en las redes sociales. Cabría preguntarse qué habría ocurrido de no haber estado allí ese transeúnte accidental que grabó la horrible escena y la colgó en Facebook Live. Todo hubiese quedado enterrado, otro fundido a negro, otro homicidio silencioso y racial impune en la América profunda. En Estados Unidos el virus del racismo se extiende más rápido que la pandemia de coronavirus, de la que se ríe a diario el millonario rubio gordo y flatulento. Las últimas palabras de Floyd antes de morir fueron: “No puedo respirar, no puedo respirar…” Los americanos se han dado cuenta, de repente, de que tampoco pueden. Necesitan aire, oxígeno, libertad. La agónica frase del hombre ejecutado a la vista del mundo se ha convertido en un grito revolucionario. Miles de indignados la profieren al viento, puño en alto, por las calles de todo el país, desde California a Nueva York. Si el verdugo Derek Chauvin apretó su gatillo-rodilla contra el cuello de su víctima hasta dejarla sin respiración, Trump está haciendo lo mismo con el pueblo norteamericano: asfixiarlo con sus políticas crueles, desalmadas, racistas. Pero el odio se revuelve contra quien lo siembra y ahora Trump tiene un serio problema. A cinco meses para las elecciones presidenciales, con medio país contagiado por el virus, con miles de ciudadanos abandonados a su suerte y sin poder acceder a un hospital público, con la amenaza de un crack aún peor que el del 29, la gente empieza a despertar de la pesadilla trumpista y acaricia el sueño pacífico de Martin Luther King. I have a dream… Los panteras negras se multiplican y pululan por doquier, los Antifas salen de debajo de las piedras, los policías arrojan sus cascos y se unen a los manifestantes y los caballeros andantes de la NBA hincan sus rodillas majestuosas en tierra, juramentándose antes de la sagrada cruzada contra el Ku Klux Klan. Es preciso acabar con el rubio vendedor de aguardiente, ya lo escribió premonitoriamente nuestro Federico en Poeta en Nueva York.
La anarquía y el socialismo se extienden por América, santuario del capitalismo salvaje. Quién nos lo iba decir. Otra guerra civil se cuece al otro lado del charco. Norte contra Sur, negros contra blancos, esclavos contra aristócratas. Lo mismo de siempre. La anarquía libertaria y el comunismo antisistema trepan ya por las barbas del Tío Sam. De tanto repetir la mentira goebelsiana, el necio populista ha terminado haciéndola realidad y ahora se esconde como un conejo asustado en los sótanos del Despacho Oval. Qué razón tenía García Lorca: “Los negros lloran confundidos entre paraguas y soles de oro”. Ay, Harlem, Harlem, no hay angustia comparable a tus rojos oprimidos.

Viñeta: Pedro Parrilla

lunes, 1 de junio de 2020

EL GUARDIÁN DE LAS ESENCIAS


(Publicado en Diario16 el 1 de junio de 2020)

La Fundación FAES, el oráculo del ex presidente del Gobierno José María Aznar, ha vuelto a lanzar uno de sus libelos ultracapitalistas. El documento, colgado en la página web de la organización, critica de forma contundente el ingreso mínimo vital aprobado el pasado viernes por el Ejecutivo de coalición, una medida social que contribuirá a rescatar de la pobreza severa a más de dos millones de personas. Según Aznar, para asegurar “la solidaridad se tiene que ejercer sobre una economía que pueda financiar sus prestaciones mediante el crecimiento y el empleo”. Por eso, recalca el faro e icono del PP, “el Estado de Bienestar solo se da en economías de mercado, abiertas y basadas en la iniciativa empresarial. No existe Estado de Bienestar en las economías de la privación y la miseria soñadas por la extrema izquierda populista y predicadas por esta como sus modelos”.
Del demagógico y sectario análisis de FAES solo cabe hacer una lectura: para Aznar el ingreso mínimo vital es una “paguita” para perdedores y parásitos de sociedades comunistas, en la línea de lo que ya dijo Vox hace unos días, un gasto que no tiene por qué asumir ni el Estado invisible liberal, ni los contribuyentes, ni por supuesto las clases más altas. Es cierto que los ultraderechistas rectificaron su inmenso error días después, mayormente cuando comprobaron con temor que el partido se desplomaba en todas las encuestas. Puede que sean franquistas pero piensan, y cayeron en la cuenta de que ir en contra de un ingreso vital justo y necesario para que el pueblo no se muera de hambre era tanto como enfrentarse al país. Vieron claro que enemistarse con las clases desfavorecidas, con España a fin de cuentas, no era un buen negocio si querían conectar algún día con las masas proletarias y no solo con el friqui nostálgico y el “borjamari” rico del barrio de Salamanca. Sin embargo, si bien Vox graduó a tiempo su discurso, no parece que Aznar sea hombre de corregir equivocaciones y enmendar gazapos políticos como este último informe de FAES que apuntala la desigualdad. De hecho, sigue pensando que en Irak hay armas de destrucción masiva cuando solo hay desierto, pastores y cabras y una ruina inmensa: la que dejó el Trío de las Azores.   
Aznar es FAES, al igual que FAES es Aznar. La identificación del hombre con su proyecto es en este caso total, por mucho que la fundación tenga un portero en la puerta, una mecanógrafa y unos cuantos amigos fabricando informes de corta y pega. Por eso, cuando habla la fundación está hablando el propio Aznar en la sombra, tal como hacían los sacerdotes de Amón, que escondidos en sus cubículos de los templos sagrados de Egipto se hacían pasar por deidades y ululaban, susurraban y asustaban al personal durante las ceremonias. La semana pasada, sin ir más lejos, el expresidente lanzó otro de sus folletos improvisados para echarle un cable a Cayetana Álvarez de Toledo, la delfina de su delfín, o sea Pablo Casado. Aznar defendió a capa y espada el insulto que la portavoz del grupo popular en el Congreso lanzó contra Pablo Iglesias, al que llamó “hijo de terrorista”. Y lo hizo como claro mensaje a navegantes, para que cualquier subordinado en el partido se dé por aludido y tenga bien presente que quien se mete con Cayetana se está metiendo con Dios, o sea con él. Fue una manera de revalidar el compromiso con el giro falangista del PP y su confluencia con Vox.
Ahora, apenas unos días después de su defensa cerrada de la portavoz parlamentaria popular, el patriarca Moisés/Aznar vuelve a hablar desde el Monte Sinaí de las FAES para decirle a su rebaño que no cabe coquetear con el vellocino de oro de la socialdemocracia ni con sus conquistas sociales, como el ingreso mínimo vital. Aznar cree que “la paguita” es una “novedad solo relativa”, ya que las comunidades autónomas ofrecen esta ayuda social, lo cual no es cierto. Además, el expresidente tira de otros análisis publicados anteriormente en FAES para tratar de convencernos de que él ya había apostado por una renta básica pero como “sistema temporal, rigurosamente gestionado, que sirva para aflorar economía sumergida y que no suponga desincentivar la búsqueda de empleo en sus beneficiarios”. Sin embargo, a renglón seguido afloran las contradicciones neoliberales (y las emergencias electorales) del expresidente, ya que si bien reconoce que “es un deber moral y una política sensata remediar las situaciones de pobreza extrema y exclusión en nuestra sociedad”, al mismo tiempo critica que ese subsidio se instale como “estructural”, de decir, como permanente, por lo que no cree que dé “resultados”. En su opinión, “la retórica populista” que ha envuelto la puesta en marcha de la prestación “no es un buen augurio”. Al final, la cabra siempre tira al monte ultraconservador y al exlíder del PP le duele el gasto social, aunque no puede decirlo abiertamente porque eso le cuesta votos y probablemente un sorpasso de Vox, que ya ha asumido la medida comunista como propia.
En resumen: la “paguita” le da rabia a Aznar porque pasará a la historia como una gran conquista social del PSOE y de Unidas Podemos, un éxito que nos homologa con las grandes democracias europeas de nuestro entorno. Todo lo contrario a lo que hizo el PP tras la crisis de 2008, cuando condenó a millones de españoles a la intemperie, a sobrevivir sin una mínima ayuda del Estado y al suicidio por los crueles desahucios de los bancos. Le guste o no al gran gurú de la derecha neocon española, aquella infamia quedará para siempre en la historia negra del PP.

Viñeta: Pedro Parrilla El Koko

LA FRANCOTIRADORA


(Publicado en Diario16 el 1 de junio de 2020)

Cayetana Álvarez de Toledo, el nuevo verso suelto del PP que goza de patente de corso firmada por Pablo Casado para cometer cualquier tipo de exceso verbal, ha pensado en abandonar el partido. Y no lo dice un periódico de la izquierda subversiva; lo confirma el diario El Mundo, nada sospechoso de panfleto comunista. Según el rotativo madrileño, un diputado del entorno de Álvarez de Toledo revela que la política hispano-argentina “ha estado a punto de largarse dos o tres veces”, y que esa decisión la ha meditado por un “notable hartazgo”. “Algún día se ha cabreado ante lo que considera ataques de Génova y ha dicho: Esta no es mi guerra, me voy. Pero tiene un gran compromiso con su gente y con sus fichajes”, aclara el misterioso informante.
Lo que no dice Cayetana, porque ni confirma ni desmiente la información, es qué le ha llevado a esa incomodidad con sus superiores y compañeros. ¿Está descontenta porque los barones no la apoyan suficientemente? ¿Se siente insatisfecha porque pese al respaldo de las FAES (en definitiva de Aznar) no tiene el mando y control absoluto del partido para darle el giro ultraderechista que a ella le gustaría, hasta lograr la refundición con Vox, formando un gran bloque de derechas extremas que derribe finalmente al Gobierno de coalición? Tampoco lo aclara.
De momento la historiadora y tertuliana seguirá en el partido, pero es evidente que su presencia provoca irritaciones, desencuentros, división de opiniones entre los fans “cayetanistas” y sus detractores, tal como ya adelantó Diario16 días atrás. Cayetana no solo no es del gusto de los moderados que se resisten a que el PP abandone definitivamente la senda de la derecha clásica marianista para dar el giro falangista y el salto al monte, sino que tampoco agrada a algunos miembros de la Ejecutiva nacional. Los estrategas no ven con buenos ojos que Casado le consienta todo a su apadrinada, incluso que la portavoz pueda permitirse desviar el foco del escenario, como la gran estrella del espectáculo, para brillar con luz propia. Fue precisamente eso lo que ocurrió el día que tildó de “hijo de terrorista” a Pablo Iglesias.
El último en corregirla en público ha sido el presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo: “Basta ya de este tipo de espectáculos parlamentarios”, dijo tras el grave incidente en el Congreso de los Diputados. El líder gallego insinuó que las palabras de la portavoz fueron “un grave error”, ya que la oposición no debería caer “en las provocaciones” perdiendo “los papeles”. “Ningún compañero de mi partido debe entrar al señuelo del Gobierno para crispar”, sentenció dejando claro que no va a permitir que nada ni nadie ponga en riesgo su más que segura victoria en las autonómicas.
Pero de momento Cayetana Álvarez sigue teniendo licencia para matar dialécticamente, como una agente del PP que funciona por libre, individualmente, con entera libertad e independencia. Por eso se salta las estrategias cuando le viene en gana, por eso pasa de la disciplina de partido cuando se le antoja, lo cual escuece en muchos despachos de Génova.
“No se va; no está en esa idea (…) Seguirá igual, resistiendo el fuego amigo (…) Ella se siente atacada constantemente pero no va a hacer bloque contra Génova”, aseguran las fuentes de su entorno. Mientras Casado tenga el poder en el partido, la lengua afilada y venenosa de Cayetana va a seguir funcionando porque para eso le pagan y para eso la quiere el jefe. De momento, ya ha concedido una entrevista al ABC en la que se reafirma en su estilo bronco y en sus formas parlamentarias duras, despiadadas, de brocha gorda. “Matar a personas no es ser un demócrata. Y pertenecer al brazo armado de una organización política como el Partido Comunista marxista-leninista no es ser un demócrata; eso es formar parte de una organización terrorista, que es como se califica el FRAP”, persiste la portavoz popular sin dar un solo paso atrás. “El padre de Iglesias formó parte del antifranquismo antidemocrático, el que utilizaba métodos violentos: el terrorismo. Estas personas no contribuyeron a la Transición, como dice su hijo o Irene Montero. Falso. La democracia la trajeron los reformistas, desde el régimen y desde la oposición: Torcuato Fernández-Miranda, Adolfo Suárez, Santiago Carillo, etcétera: personas de todo el espectro político, pero demócratas todos ellos”. Y termina su rejoneo apostillando: “De ahí su vinculación [de Iglesias] con ETA, con el mundo de la violencia, con el golpismo, con el separatismo catalán unilateralista (…) Se presentan como demócratas por antifranquistas, y eso es lo que hay que desmontar (…) Podemos es anticonstitucional”.
Pero, pese a que Cayetana tiene salvoconducto para todo, bien haría en mirar a sus espaldas cuando camina por los intrincados y amenazantes pasillos del partido, ya que no parece tan imprescindible como ella cree. Durante la crisis del coronavirus, el propio Casado ha apostado por caras veteranas, los de siempre. En las últimas ruedas de prensa se ha podido ver a ex ministras como Ana Pastor (la elegida para la Comisión de Reconstrucción del país) y Elvira Rodríguez en primera línea mediática. Es evidente que en el asunto de la epidemia el partido no cuenta con ella y la dejan con su propia agenda de temas menores, con sus improvisadas jam session y su diccionario del insulto castellano para Plenos calientes. Cayetana va a seguir, de eso no cabe duda. Pero ya es como una solitaria francotiradora apostada en los escaños altos del Congreso que puede ser abandonada por el Alto Mando, en tierra de nadie, en cualquier momento. Por mucho que el abuelo Aznar le haya echado un cable en el minuto más crítico y complicado, Cayetana tiene todas las papeletas para ser un nuevo juguete roto de la siempre voraz, ingrata e implacable maquinaria popular. Aunque en cierto modo, y como a otros rebotados, siempre le quedará la última puerta de Vox.

Viñeta: Igepzio