lunes, 10 de agosto de 2020

LA EUROPA ULTRA

(Publicado en Diario16 el 31 de julio de 2020)

Cada día que pasa vamos viendo con mayor claridad y nitidez la dimensión real de la tragedia. En los comienzos de la crisis el coronavirus se veía como un gigante que a lo lejos parecía pequeño, lejano, un problema difuso de los chinos siempre tan extraños y diferentes. Sin embargo, a medida que se ha ido acercando a nosotros, la pandemia ha revelado la ferocidad de su auténtico rostro y su imponente magnitud. El último dato que hemos conocido hace apenas unas horas resulta espeluznante. La economía de Alemania, motor de Europa, se hundió un 10,1 por ciento en el segundo trimestre del año. Es el mayor desastre económico desde que se puso en marcha el registro histórico, allá por 1970, y por supuesto la peor crisis económica desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Sirva como ejemplo que la caída del PIB alemán en 2020 es más del doble de la peor tasa registrada durante la crisis financiera de 2008.

De inmediato, las Bolsas europeas se han echado a temblar y el pánico ha vuelto a cundir en los grandes mercados internacionales. Con la economía de Alemania asfixiada y en la UCI, todo hace prever que las fichas de dominó irán cayendo una detrás de otra. Primero Francia, después Italia y España, los florecientes estados nórdicos… Nadie quedará a salvo de la brutal recesión que se avecina. El sistema capitalista se tambalea por la voracidad y la rapidez de expansión de un virus que no conoce fronteras y que no se detiene ante nada ni ante nadie. Lo que no pudo hacer el bloque comunista con todo su Ejército rojo, todo su arsenal de misiles y armas nucleares y toda su capacidad de amenaza contra Occidente –destruir el sistema de libre mercado–lo está consiguiendo un bicho de origen desconocido que solo puede verse a través del microscopio. Lo explica a la perfección el economista del Dekabank Andreas Scheurle: “Ahora es oficial, estamos ante la recesión del siglo. Lo que no habían logrado ni los crash bursátiles ni la crisis del petróleo lo ha conseguido un ser diminuto de 160 nanómetros de tamaño llamado corona”.

Las colas del hambre siguen llenando comedores sociales e iglesias. La gran pregunta que se hacen ahora los economistas es cuánto tiempo podrá soportar la Unión Europea un desastre de tales proporciones. El Plan Marshall contra el coronavirus –un paquete de ayudas europeas que reportará a España más de 140.000 millones de euros a fondo perdido y en préstamos a bajo interés– conseguirá mitigar parte de los daños ocasionados por el terremoto, pero no dará para mucho más que un año. Si la pandemia se alarga hasta finales de 2021, como auguran los informes de organismos oficiales, hay muchas posibilidades de que Europa termine cerrando el grifo de las subvenciones. Los “países frugales” encabezados por Holanda no estarán dispuestos a ceder a un segundo rescate y optarán por el repliegue, por la austeridad y la clausura de fronteras. De hecho, que Pedro Sánchez haya conseguido arañar 140.000 millones para España, cuando nadie daba un duro por sus negociaciones, puede considerarse un milagro en toda regla. Pero no habrá una segunda oportunidad. El miedo entre los países de la Europa rica –siempre reticentes a ser demasiado generosos con los amigos pobres del Sur– se propagará como un incendio sin control y estará en peligro la supervivencia misma de la UE.

Así las cosas, todo el mundo mira con desesperación a los laboratorios médicos y farmacéuticos rezando para que alguno de los 149 prototipos de vacuna que se están probando a fecha de hoy funcione, se comercialice en tiempo récord y logre frenar el Apocalipsis. En cualquier caso, no se podrá contar con esta solución al menos antes de un año. Para entonces, si sigue el actual ritmo de rebrotes en todo el mundo, el virus podría haber enfermado a buena parte de la población mundial. Será un planeta moribundo por la contaminación, devastado por los efectos del cambio climático y gobernado por un bípedo enfermo en decadencia y al borde de su propia extinción, como ya ocurrió con anteriores dueños y señores que como los dinosaurios fueron barridos de la faz de la Tierra.

De modo que fracasado el proyecto ultraliberal asentado en el modelo capitalista –que se ha derrumbado como un castillo de naipes a causa de la pandemia y también, por qué no decirlo, a causa de siglos de contradicciones, guerras, imperialismo colonial, sobreexplotación de los recursos naturales y desigualdad entre clases sociales–, estamos en manos de la ciencia. En cierta manera, es el propio capitalismo el que ha provocado esta plaga al dañar los ecosistemas y crear gigantescas bolsas de pobreza que favorecen el salto del virus de los animales a las personas. La prueba de la monstruosidad sobre la que se asienta nuestro modo de vida es que en medio del horror del brote infeccioso las multinacionales farmacéuticas y los laboratorios que cotizan en Bolsa han visto cómo se disparaban sus beneficios. Cuando el dinero se alimenta de la muerte no hay futuro.

El covid-19 ha llegado para poner en evidencia nuestras debilidades como especie y para decirnos que algo estamos haciendo mal. Ningún país, por muchos muros elevados que construya y por muchas ideologías de odio y miedo al otro que difunda, podrá superar este horror por sí mismo. Hoy más que nunca el mundo está íntimamente interconectado y el destino de uno es el destino de todos. Es hora de que el capitalismo se reinvente y cambie de rumbo. Es hora de que la humanidad haga un cambio radical de conciencia. La solución debe pasar necesariamente por reforzar la Sanidad (la pública, no la privada, para que toda la población tenga acceso a los mismos tratamientos curativos); por incrementar los recursos para la investigación médica y científica; y por destinar todas las ayudas posibles a paliar el hambre de los ciudadanos, los sanos y los enfermos. El tiempo de desmantelar lo público y de hacer negocio a toda costa ha terminado. Se ha demostrado que el gran objetivo del capitalismo, el incremento del beneficio privado a toda costa y la acumulación incesante de capital, es una barbarie ideológica que conduce inevitablemente al callejón sin salida en el que se encuentra hoy la humanidad. En tiempo poscovid la misión debería ser curar a la mayor cantidad de personas posible, cubrir las necesidades básicas de los ciudadanos y apostar por un medio ambiente limpio. El tránsito hacia una economía verde y sostenible es el único camino. Se acabó el “fetichismo mercantilista” que denunciaba Marx.

La recesión ya está aquí, entre nosotros. Es el peligroso momento de los populismos demagógicos, de los salvapatrias y charlatanes de todo tipo y de los fascismos de nuevo cuño, siempre atentos a momentos históricos convulsos para conquistar el poder. Contra eso también deberá luchar la especie humana, ya que se trata de fuerzas destructivas que alimentan el odio y el ansia de la guerra. Solo la unidad de todos los pueblos de la Tierra, los buenos sentimientos y la actuación coordinada nos sacará de este infierno. Tan fácil de decir y tan utópico en realidad.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL GOLPE DE TRUMP

(Publicado en Diario16 el 31 de julio de 2020)

Donald Trump está sopesando la posibilidad de aplazar las elecciones presidenciales con la excusa de que existe el riesgo de que los comicios sean “imprecisos y fraudulentos” a causa del voto por correo. “Con el sistema universal de voto por correo (no el voto para los ausentes, que va bien), las de 2020 serán las elecciones más fraudulentas e imprecisas de la historia. Sería una gran vergüenza para Estados Unidos. ¿Un aplazamiento de las elecciones hasta que las personas puedan votar de forma adecuada y segura?”, plantea de forma inquietante el magnate estadounidense en su cuenta personal de Twitter.

De confirmarse la decisión, estaríamos ante un hecho sin precedentes en la historia reciente de Estados Unidos. Aunque tradicionalmente la fecha de las elecciones presidenciales siempre queda fijada para el primer martes de la primera semana completa del mes de noviembre, parece que en este caso el inquilino de la Casa Blanca está dispuesto a imponer su santa voluntad sobre siglos de normas consuetudinarias y enmiendas constitucionales. Trump se considera intocable, al margen de la ley, una especie de semidiós que está por encima del bien y del mal, y sus formas políticas se asemejan más a las de un dictador totalitario que a las del presidente de la primera democracia del mundo.

La polémica decisión de aplazar la cita con las urnas dice mucho de la delicada situación en la que se encuentra el empresario metido a presidente. Con miles de activistas pro derechos civiles organizando manifestaciones y disturbios en todo el país tras el asesinato de George Floyd a manos de un policía racista y la economía nacional desplomándose a causa de los estragos del coronavirus, los analistas políticos de Washington interpretan la maniobra del multimillonario norteamericano como un claro gesto de debilidad. Cabe recordar que Estados Unidos es uno de los países con peores datos en número de contagiados y fallecidos a causa del virus covid-19, en buena medida debido a la nefasta gestión y ligereza del presidente. La pandemia deja ya casi 4,5 millones de personas contagiadas y más de 150.000 víctimas mortales. Por si fuera poco, las encuestas electorales sitúan a Trump en una clara desventaja respecto al probable candidato demócrata, Joe Biden, cuyo llamamiento para echar del poder al clan republicano y recuperar los valores fundamentales de la democracia parece haber calado en la población, sobre todo entre los más jóvenes. Así las cosas, los sondeos anticipan un vuelco electoral, ya que los estados del sur, tradicionalmente fieles al millonario neoyorquino, podrían estar dándole la espalda por primera vez.

“Desde el 26 de junio se han publicado 15 encuestas sobre las preferencias a nivel nacional en Estados Unidos, según el recuento que sigue el portal RealClearPolitics. Biden está por delante en todas. La media es una ventaja de 8,8 puntos. La más ajustada le da 2 puntos y la más generosa, 15 puntos (52 a 37). Las encuestas nacionales no son muy útiles para predecir la victoria en un país tan grande y con un sistema político tan fragmentado, como se vio en 2016, cuando ganó Donald Trump frente a Hillary Clinton. Pero sí sirven para captar el tono general de la simpatía del país por uno u otro candidato a la Casa Blanca. En este momento, la cuestión es cuánta ventaja tiene Joe Biden, pero no está en discusión que va por delante”, publicaba el diario El País hace solo unos días.

Parece claro que Donald Trump empieza a vislumbrar el principio del fin de su nefasto mandato y solo un milagro podría darle la reelección. Ese milagro no sería otro que una suspensión de las elecciones, que para no pocos analistas internacionales supondría una especie de golpe de Estado encubierto. Mientras tanto, el presidente sigue lanzando cortinas de humo para tratar de esconder su momento de mayor vulnerabilidad en cuatro años de mandato. “Los demócratas hablan de injerencia extranjera en el voto pero saben que el sistema de voto por correo es una vía fácil para que otros países entren en la competición. Además de todo eso, ¡no permite un recuento preciso!”, se lamenta en Twitter.

Según el diario The New York Times, Trump está preparando el terreno en el caso de una derrota, de tal forma que ya ha hecho circular la consigna entre sus seguidores para que se nieguen a aceptar la victoria de Biden en el caso de que esta se produzca el próximo 3 de noviembre. De acuerdo con el rotativo neoyorquino, Trump no tiene competencias para cambiar de forma unilateral la fecha de las elecciones presidenciales, que se establece de acuerdo con la legislación federal. Además, según el prestigioso diario norteamericano, la afirmación de que el sistema de voto por correo permite el fraude o lleva a recuentos imprecisos es falsa. De modo que algo (y no bueno) está tramando el hombre más poderoso del mundo. Muchos no se creen que un tipo irascible y vengativo como Trump que jamás da su brazo a torcer, alguien capaz de sacar al ejército y a la Guardia Nacional a las calles para reprimir duramente las manifestaciones en memoria de George Floyd y hasta de atravesar una batalla campal solo para posar con una Biblia en la mano, vaya a dejar el trono de la Casa Blanca pacíficamente, aceptando deportivamente la derrota y sin preparar antes una de las suyas. ¿Se encamina EE.UU hacia un golpe de Estado con la suspensión de las elecciones como pretexto? La respuesta el próximo 3 de noviembre.

Viñeta: Igepzio 

MÉDICOS Y CAMAREROS

(Publicado en Diario16 el 30 de julio de 2020)

La Sanidad pública de Díaz Ayuso es una auténtica ruina. A la rebelión de los médicos de Atención Primaria –que le han dado un ultimátum a la presidenta del Gobierno regional madrileño para que refuerce las plantillas de cara al próximo otoño, cuando una segunda oleada de la pandemia será inevitable– se une el estado de agotamiento en el que se encuentran los profesionales tras meses de trabajo extenuante y los bajos salarios que perciben, sobre todo los más jóvenes.

Preocupa especialmente la endémica precarización de los MIR, los médicos internos residentes que empiezan su carrera en los hospitales públicos y que están siendo explotados a conciencia en turnos de guardia interminables. En los peores días de la pandemia, cuando los pacientes morían en los pasillos de las Urgencias sin poder ser atendidos, los MIR se comportaron como auténticos héroes. Muchos de ellos, a pesar de no haber completado sus estudios, se presentaron como voluntarios para pelear contra el covid-19 en la primera línea de combate: el improvisado hospital de Ifema. Se les pidió que se comportaran como médicos con veinte años de experiencia  profesional, se les arrojó a las consultas sin equipos adecuados y se les exprimió todo el jugo posible en contra de la legislación laboral. Ellos, por su parte, respondieron dejándose la piel. Decenas cayeron contagiados pero con su esfuerzo y valentía ayudaron a salvar miles de vidas. Hoy se sienten abandonados por la Administración regional, al igual que sus compañeros más veteranos. No solo no se les asegura un contrato fijo y un futuro medianamente estable ante el segundo virulento rebrote que se prevé para el mes de octubre, sino que buena parte de ellos han vuelto al dique seco. Ayuso los ha utilizado cuando los necesitaba y después los ha dejado en la estacada, como suele hacer todo buen neoliberal que antepone el valor del dinero a los valores humanos.

Hace solo unos días, más de 2.000 jóvenes MIR se manifestaban ante los centros sanitarios para “decir basta ya a los sueldos precarios, a ser mano de obra barata para los hospitales y la Atención Primaria en vez de ser personal en formación, a cargar con responsabilidades que superan sus competencias”. La situación que sufren es tan sangrante que el sueldo de residente de primer año apenas roza los mil euros mensuales, un salario a la altura de oficios como el de camarero. “La carrera, la especialización, seis años de estudio, las prácticas en hospitales y todo para terminar cobrando 960 euros. Así no se puede vivir en Madrid”, asegura un joven médico movilizado en defensa de sus derechos. 

Para tratar de apaciguar la rebelión, Díaz Ayuso ha enviado a las trincheras a su consejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, que tiene la difícil misión de capear el temporal y tranquilizar los ánimos. En declaraciones a La Sexta, Ruiz Escudero ha dicho estar dispuesto a “negociar y a valorar las reivindicaciones”, pero aconseja a los jóvenes médicos huelguistas que se dirijan a la ventanilla del Gobierno central, ya que “son parte del convenio colectivo a nivel nacional”. Las palabras del titular regional de Sanidad tuvieron inmediata respuesta por parte de los profesionales de la Medicina: “Es falso. Lo que dijo el consejero sobre trasladar al Ministerio de Sanidad las peticiones de los MIR es una forma de echar balones fuera. Las comunidades sí tienen competencias y así está regulado en el real decreto sobre los facultativos residentes”, asegura Tomás Toranzo, presidente de la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos. Es cierto que ese real decreto regula los sueldos de los médicos, pero deja amplio margen de libertad a cada Gobierno regional para que fije sus propias tablas salariales. “Aunque no se puede modificar el salario base, sí se puede aumentar el precio por hora de guardia, aumentar los complementos autonómicos, poner nuevos, reorganizar libranzas, descansos, rotaciones, bajas, tocar las pagas extras… Las competencias son enormes”, insiste Toranzo.

Las coartadas de Ayuso y su consejero caen por su propio peso. Las comunidades autónomas están perfectamente capacitadas para mejorar los salarios de los profesionales que trabajan en los distintos servicios regionales, ya que las competencias están transferidas. De no ser así, los Gobiernos autonómicos no tendrían razón de ser, quedarían como una inútil burocracia más y Díaz Ayuso sería poco menos que un figurín con muy buen sueldo para las portadas de las revistas.

Ahora bien, ¿por qué esas diferencias retributivas entre unos territorios y otros, por qué Madrid es la región que peor paga a sus profesionales de la Sanidad pública? Sin duda, la causa de la nefasta precarización que padece el personal contratado –y que no solo afecta a los hospitales sino también a las residencias de ancianos–, hay que buscarla en los años de políticas privatizadoras impulsadas por los diferentes gobiernos del PP, entre ellos el de Esperanza Aguirre, predecesora de la actual presidenta. Si Díaz Ayuso no mejora las condiciones económicas de sus médicos y enfermeras es sencillamente porque no considera oportuno hacerlo y porque no cree en la Sanidad pública. El PP es un partido que se deja seducir por lo privado mientras abandona un Estado de Bienestar que para ellos es un engorro y además no da dinero porque no es negocio. La pésima Sanidad que sufren los madrileños no nace de la nada: es el resultado de una filosofía política concreta y de una forma de entender la vida que consiste en que cada cual se pague su médico con arreglo a sus posibilidades económicas. Es el modelo Trump, hacia el que peligrosamente se va deslizando, cada vez más, la presidenta regional. Por eso la polémica delfina de Pablo Casado invierte en curas y capellanes que den la extremaunción a los pacientes del covid en lugar de en rastreadores que sigan la pista de los contagiados. Por eso se saca de la manga una tarjeta, pasaporte, cartilla o como quiera que se llame ese engendro que ayudará a discriminar entre madrileños sanos y enfermos. Será una forma de concentrar los esfuerzos en salvar a aquellos que tienen posibles mientras los pobres son atendidos por los médicos deprimidos, mal pagados y abandonados a su suerte en el gueto de Vallecas.

Viñeta: Iñaki y Frenchy 

LOS COMISIONADOS DEL PP

(Publicado en Diario16 el 30 de julio de 2020)

Pablo Casado no se fía de lo que pueda hacer el Gobierno de Pedro Sánchez con los 140.000 millones de euros en ayudas a fondo perdido y préstamos que Europa ha adjudicado a España para la reconstrucción del país tras la pandemia. Por eso quiere que Moncloa nombre un Alto Comisionado para debatir sobre el destino de los fondos y evitar así “el peronismo, el clientelismo y esos planes E verdes y digitales que el Gobierno ya empieza a esbozar”. El mundo es una caja de sorpresas. Resulta que Casado, el líder de una formación política salpicada por la trama Gürtel, Púnica, Lezo y tantos trapicheos organizados durante años, recela y sospecha ahora de los socialistas y de lo que Sánchez y sus ministros puedan hacer con el maná caído del cielo de Bruselas. Casado es así, un espíritu de contradicción, un oxímoron en sí mismo. Muy laxo y permisivo con el dinero que se robó en Génova 13 durante las décadas del aznarismo/marianismo (y del que por cierto nunca habla) y muy estricto y exigente con las ayudas que se ha trabajado Sánchez, navajeando duramente con los holandeses, y que servirán para levantar las maltrechas empresas y economías familiares de los españoles.

“Si usted quiere que hablemos de verdad de los fondos de reconstrucción desde un punto de vista independiente y profesional, nombre un Alto Comisionado como han hecho otros países”, exigió ayer el jefe de la oposición durante el debate sobre la reconstrucción del país y el Plan Marshall aprobado por el Consejo Europeo. El presidente del PP, tan bromista él, animó al Gobierno a “pactar” ese Alto Comisionado con el Partido Popular (que es tanto como exigirle la parte de la tarta que cree que le corresponde) y sugirió que hay “ex gobernadores del Banco de España y ex gobernadores del Banco de Pagos de Basilea” que podrían “ayudar” en esta tarea de control. Por descontado, todos los candidatos serían del PP.

La idea de Casado de poner luz, taquígrafos y transparencia a los convoyes llenos de dinero que van a llegar de la UE se antoja ciertamente excelente. Efectivamente, el Alto Comisionado sería un gran instrumento de control del dinero público que tantas veces se perdió por el sumidero de las comunidades autónomas gobernadas por los caciques de la gaviota. Y candidatos no le faltan a Casado. Así, para el programa de ayudas a pequeñas y medianas empresas se podría nombrar como directores a Francisco Correa y Álvaro Pérez el Bigotes, que ambos saben mucho del mundo empresarial y siempre se les ocurre algo que hacer con el dinero de la Administración. A Jaume Matas, por su parte, siempre se le podría encargar que organizara las ayudas para recuperar el moribundo turismo. Es un gran conocedor del sector hostelero de Mallorca y haría un gran papel ahora que se trata de abrir corredores para que algún que otro inglés despistado se deje caer por las islas. En esa línea, Luis Bárcenas podría echarle una mano a su compañero de partido, ya que el ex tesorero del PP era un gran experto en viajes al extranjero y controlaba como nadie el mercado suizo. 

Para organizar las subvenciones europeas que deben servir para sostener y financiar la Sanidad pública se podría colocar sin problemas a algún gestor de la siempre eficaz escuela privatizadora del PP madrileño, uno de esos duros aguirristas neoliberales que lo venden todo al por mayor, desde las vendas quirúrgicas hasta la comida de los hospitales, gente siempre preocupada por los hospitales y centros de salud públicos. A buen seguro que Ignacio González y Francisco Granados estarían dispuestos y se ofrecerían como voluntarios ahora que empiezan a estar al corriente con la Justicia y tienen tiempo libre. Experiencia en cómo gestionar el dinero de los ciudadanos, para que todo vaya a parar a donde tiene que ir, no les faltaría.

El PP anda sobrado de cantera de funcionarios para dirigir el Alto Comisionado de Casado, políticos que han jugado durante años con el parné de los españoles y que podrían ocupar algún carguete. Por ejemplo, Rodrigo Rato, que podría encargarse de las ayudas sociales, las pensiones, la dependencia y el ingreso mínimo vital para los hambrientos de la crisis. Hoy por hoy, Rato se ha dejado lo de las tarjetas black, un mal vicio del pasado, una mala adicción que lo tenía consumido y enganchado, y se ha rehabilitado como un místico budista que a fuerza de meditación, de ayuno y de libros de autoayuda ha visto por fin la luz. Su enfoque humanista podría ser de gran ayuda y hasta podría dar buenos consejos a los desesperados de las colas del hambre a pie de calle.

Cómo no, en la lista de Casado para organizar el Alto Comisionado no puede faltar otro nombre ilustre, Eduardo Zaplana, que como ex ministro de Trabajo que fue podría encargarse de las ayudas y fondos para el fomento del empleo. Solo en el último mes, un millón de trabajadores se han ido al paro por culpa de la maldita pandemia y Zaplana podría trabajar en ese terreno. Además, con tanta puerta giratoria como ha atravesado en su dilatada carrera profesional ha acumulado ingentes conocimientos de cerrajería y ese bagaje didáctico podría ser muy aprovechable para los cursos de formación. 

Ayer, durante la sesión en el Congreso, Casado se enfadó mucho con Sánchez porque no cuenta con el PP para controlar todo ese maná europeo que va a llovernos de Bruselas. Hasta le acusó de peronista y clientelar y de no tener humildad y de seguir con una “política de barra de bar, descalificando y haciendo la oposición a la oposición”. Qué desconfiado es este Pedro Sánchez. ¿Cómo se le ocurre no contar con los grandes políticos del PP de toda la vida para gestionar juntos esas ayudas tan suculentas por el bien de España? Total, que se perdieran 100.000 millones de euros en corrupción en los años de Aznar y Rajoy es solo una simple anécdota de la que nadie se acuerda ya. Tampoco es para ponerse así, hombre. 

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA MOCIÓN DE CENSURA

(Publicado en Diario16 el 29 de julio de 2020)

Santiago Abascal está intentando promover una moción de censura en otoño para derrocar a Pedro Sánchez, pero por lo que se ha visto en el Congreso de los Diputados va camino de quedarse solo. El líder de Vox, tan metido como está en el papel de nuevo Caudillo español, se ha dejado llevar por la furia y el fervor patriótico sin caer en la cuenta de que hay algo más importante que España: las matemáticas. Las cuentas no salen, la suma de las derechas no da para sacar de la Moncloa al presidente socialista y este ya ha advertido a sus adversarios políticos conservadores de que se preparen para una legislatura “larga y fructífera”.  

Sin embargo, la arenga mitinera y cuartelera lanzada desde la tribuna de las Cortes por el dirigente ultraderechista –que ha llamado a todos los españoles de bien a conjurarse en una nueva cruzada nacional para librarse del yugo del Gobierno “socialcomunista” empeñado en llevar a España a “la ruina, la muerte y la opresión”–, no ha sido bien acogida en las filas del Partido Popular. Teodoro García Egea ha expresado el rechazo de los populares a la moción de censura al considerar que se trata de una “maniobra de distracción” que reforzaría al PSOE. Es lo más cuerdo y sensato que se le ha oído decir en el Parlamento al campeón mundial de lanzamiento de huesos de aceituna. Efectivamente, la moción de censura estaría abocada al fracaso de antemano y solo serviría para investir a Pedro Sánchez por segunda vez, consumando así una nueva derrota de Pablo Casado, que ya lleva cosechados unos cuantos descalabros. Últimamente, con tanto gol encajado, al presidente del PP se le está poniendo una cara de perdedor que ni el portero aquel del 12 a 1 del España-Malta (y perdón por el símil futbolero facilón).

Lo cierto es que no hay nada en el mundo que a Casado le motive más que subirse al carro blindado de Abascal y tomar parte en ese pronunciamiento parlamentario contra el Gobierno republicanote de coalición. El problema es que no puede hacerlo porque no serviría de nada. Sabe perfectamente que la moción de Vox es una misión imposible, uno de esos juegos de batallitas heroicas para salvar España que todo patriota lleva dentro de sí, en lo más profundo de su subconsciente infantil, pero que no va a ninguna parte. Algo parecido a lo de organizar manifestaciones domingueras en coche simulando la toma de Madrid. Performances falangistas, puestas en escena con mucha propaganda pero poca eficacia. Así que Casado no moverá ficha. Y en ese punto se encuentra el líder del PP. Atrapado en una encrucijada diabólica. Por arriba tiene un techo electoral infranqueable de momento, los miserables 90 escaños que como mucho le da el CIS de Tezanos. Por abajo tiene unas divisiones embarrancadas que esperan a que el general Núñez Feijóo dé un paso al frente. A su derecha, se encuentra con el muro con alambrada que Vox le ha colocado sin compasión (como si Casado fuese un inmigrante de las pateras) y que le impide crecer por ese margen. Y por el centro se topa con la rehabilitada Inés Arrimadas, que lo está haciendo mejor que él y ya le ha comido algunas tostadas. Las cosas no marchan bien, y no será porque el joven candidato popular no se ha dejado la piel en los últimos meses. El hombre lo ha probado todo para echar a Sánchez de la Moncloa: intrigar con los supremacistas holandeses en contra de España, echar los muertos del covid a la cara del presidente, mentir, insultar, falsear las estadísticas, pactar con la extrema derecha… Ya solo le falta vestirse de gentleman inglés, con el bombín y el bastón, y ponerse de lado de Boris Johnson, que estos días se ha propuesto hundir el turismo español, principal motor de la economía nacional. El ansia viva de Casado por alcanzar el poder a cualquier precio es tal que cualquier día se presenta con una bandera británica en el Peñón, como un llanito más, y se pone a gritar aquello de “Gibraltar inglés”, delante de la verja y a cara de perro con los vigilantes de la Guardia Civil

Así las cosas, el líder del PP está atado de pies y manos, ha perdido el centro por sus compadreos con Vox y lo que es todavía peor: se está acostumbrando a ser intrascendente en la vida política española y al amargo sabor de la derrota. Sánchez, victorioso tras traerse la jugosa tajada de 140.000 millones del plan de reconstrucción de la UE, ya no lo llama ni para pactar el color de las mascarillas gratuitas del Congreso de los Diputados.

Gabriel Rufián ha acertado de pleno esta mañana cuando ha dicho que la moción de censura de Abascal en realidad no va dirigida contra Sánchez sino contra Casado. El jefe ultra tampoco anda demasiado sobrado en las encuestas y necesitaba un golpe de efecto. Poner contra las cuerdas al PP (aunque solo sea teatralmente), obligarlo a retratarse como partido de la derechita cobarde, no es más que un intento desesperado de robarle votos entre los más cafeteros. Según Abascal, los españoles “no pueden esperar más y no entenderían estrategias y tácticas políticas (…) Evitemos lo peor y devolvamos la voz al pueblo español”. Desde Génova 13 le responde un extrañamente comedido Teodoro García Egea: “Moción de censura post vacacional para salvar al soldado Sánchez (…) No cuenten con nosotros para maniobras de distracción que refuercen al PSOE”. Está visto que el PP no está para mociones de censura ni aventuras patrióticas. La venganza de Mariano Rajoy tendrá que esperar. 

Viñeta: Iñaki y Frenchy

CASADO NO ES EL HOMBRE

(Publicado en Diario16 el 29 de julio de 2020)

Pablo Casado ha acusado a Pedro Sánchez, desde la tribuna de las Cortes, de vivir en una realidad paralela. El líder del PP lo tiene cada vez más fácil en su habitual ejercicio de carroñerismo político para devorar al presidente del Gobierno. Con el virus rebrotando con fuerza y campando a sus anchas por todo el país, con un millón de parados más solo en el último trimestre del año y con los ingleses xenófobos de Boris Johnson torpedeando nuestros hoteles y nuestro turismo, la Armada Invencible de nuestra industria nacional, ser presidente del principal partido de la oposición no tiene ningún mérito. No hace falta un máster en relaciones internacionales por el Harvard madrileño para acabar con el Gobierno. Es cuestión de sentarse a esperar a que el coronavirus haga su trabajo y poco más.

Casado se ha debido convencer a sí mismo de que el covid-19 es su mejor aliado y vota al PP; aún no ha comprendido que estamos ante un agente patógeno que acabará con todos nosotros si no permanecemos unidos y remamos en el mismo sentido. El sucesor de Rajoy sigue en la misma estrategia execrable de rentabilizar al máximo los muertos de la pandemia. Y ahí se ha quedado, en su siniestra contabilidad. Si Juan Carlos I tenía una máquina de contar billetes en Zarzuela, él tiene otra, pero de contar cadáveres. Cuantos más fallecidos más cerca se ve de La Moncloa. No va a dejar de ponerle zancadillas a Sánchez, así estalle el país en un atracón de coronavirus. Cualquier lugar es bueno para dañar la imagen de España. Lo ha hecho en Europa, donde se ha puesto de lado de los países “frugales”, a los que ha pedido que controlen el destino de los 140.000 millones de euros en ayudas y préstamos del plan de reconstrucción para nuestro país. Y si es preciso se vestirá de lord inglés con peluca, o con bombín y bastón, y se pondrá codo con codo con Boris Johnson en su guerra contra los galeones hoteleros españoles.

Casado confunde el patriotismo bien entendido con el patrioterismo. Y son conceptos diferentes. El amor a la patria exige hacer cualquier cosa, incluso ayudar a tu rival político si es preciso, con tal de que tu país y tus compatriotas salgan adelante y superen la ruina, el hambre y la crisis. El patriotero, por el contrario, es un vocinglero que está todo el rato malmetiendo, urdiendo planes secretos y jugando a las conspiraciones. El patriota colabora; el patriotero entorpece según sus intereses siguiendo una única máxima: quítate tú para ponerme yo. Su programa político para sacar a España del atolladero, el que le ha puesto a Sánchez encima de la mesa, hoy en el Parlamento, es sencillamente aterrador: más flexibilidad laboral para que los trabajadores cobren menos y trabajen más; bajada de impuestos para terminar de liquidar la Sanidad y los servicios públicos del Estado de Bienestar; menos burocracia (en eso es en lo único que acierta el sempiterno aspirante a presidente); formación y educación en la escuela privada; y una apuesta por la vieja industria contaminante de siempre que ha llevado al mundo al borde de la destrucción. Ni una sola palabra de energía verde y renovable; ni una sola referencia a la nueva economía sostenible para frenar el cambio climático, que como buen liberal, le tiene sin cuidado.   

Hoy en las Cortes, Casado ha vuelto a dar un magnífico ejemplo de político mediocre, oportunista, insolidario y tramposo. Cuando acusa a Sánchez de ser el responsable de que Europa nos haya metido en la “lista negra” de países turísticos, no dice que él, precisamente él, estuvo trabajando en la sombra con Holanda y los demás xenófobos para alimentar la leyenda negra de España como nación gastiza, derrochadora, vaga y aprovechada. Cuando responsabiliza al jefe del Ejecutivo de la nueva oleada de rebrotes en comunidades autónomas como Aragón, Murcia y Cataluña omite dolosamente y con mala fe que él, como buen ultraliberal, nunca vio con buenos ojos eso del confinamiento y lo de proteger la salud de los españoles antes que la economía (las primeras prórrogas del estado de alarma las apoyó, eso es cierto, pero las últimas ya se descolgó de forma miserable y dejó el país tirado y exigiendo la reanudación inmediata de la actividad industrial). Y cuando pide al presidente socialista que refuerce el sistema de salud pública, guarda un vergonzoso silencio y pasa por alto que precisamente por culpa de las políticas de austeridad y recortes de los últimos años de corruptos gobiernos del PP hemos llegado a este punto en el que la Sanidad, antes orgullo patrio, es hoy un solar desmantelado y privatizado. La última de su contradictorio y antitético discurso es esa frase hilarante con la que ha cerrado su intervención en el Congreso: “Hemos sido leales como oposición”. En ese momento hasta los leones de las Cortes se tronchaban de la risa y se partían el peludo pecho a carcajadas.

Ya no cabe ninguna duda: Casado no es el hombre que necesita España sino un actor secundario (el papel protagonista en su partido lo ejerce ya Núñez Feijóo). Casado es un maestro en decir una cosa y la contraria en el mismo párrafo. Casado es el rey de la paradoja patética. A decir verdad, el líder del PP es un oxímoron en sí mismo, ya que se ha convertido en un patriota traicionero que solo hace política para las encuestas y no para sus paisanos. Casado es un fraude político. Casado ha fracasado.     

Viñeta: Igepzio

AYUSO, LA DISTÓPICA

(Publicado en Diario16 el 29 de julio de 2020)

La última ocurrencia de Isabel Díaz Ayuso −crear una “cartilla covid” para tener controlados a los contagiados por la pandemia− ha escandalizado a la comunidad científica y a buena parte de los expertos en Derecho Constitucional. El pasaporte de “curado de pedigrí” no solo será ineficaz desde el punto de vista de la prevención sanitaria y del tratamiento de la enfermedad, sino que además supondrá una aberración desde el punto de vista ético y legal. Es decir, abrirá una peligrosa puerta a la estigmatización de los pacientes y a la creación de una sociedad racista, no ya por el color de la piel, sino por la calidad y pureza de las células y linfocitos.

A la inefable presidenta de la Comunidad de Madrid no se le suele ocurrir nada bueno, pero esta vez ha ido demasiado lejos. Quizá el virus está produciendo extraños efectos adversos en la psique de la primera dama castiza, o quizá se esté agudizando su trastorno de ideología ultraconservadora hasta derivarla hacia propuestas propias de estados totalitarios. Es lo que tiene no mantener la distancia de seguridad con la extrema derecha, que al final, de una manera u otra, se acaba pillando el virus del fascismo.

Hay que tener muy buena intención y muy buena fe para no ver en esa “cartilla covid-19” que Ayuso nos está poniendo encima de la mesa una reedición de aquellos viejos documentos con los que los Estados fascistas del siglo XX controlaban no solo el origen y la procedencia de las personas, sino su adscripción a un grupo étnico determinado, su condición sexual y su situación penitenciaria. Las cartillas, sean de racionamiento, sanitarias o de cualquier otro tipo, las carga el diablo. Siempre fueron instrumentos de control del poder, grilletes de papel con los que los gobiernos amordazaban a las gentes. Hoy, en pleno siglo XXI, parecían superadas y habían quedado como piezas de museo. Pero por lo visto hay quien piensa implantarlas de nuevo aprovechando el auge de los populismos de extrema derecha y la ola de pánico que la propia pandemia ha desatado en la población. El coronavirus está fabricando sociedades dominadas por el miedo y la obsesión con la seguridad, un escenario perfecto para que los nostálgicos de los Estados totalitarios, entre los que parece encontrarse Ayuso, recuperen sus viejas armas y artefactos burocráticos de control policial.

El gran problema de la presidenta de la Comunidad de Madrid es que no ha leído a los clásicos distópicos que advierten de siniestros proyectos como el suyo. Huxley, Bradbury, K. Dick… Si se hubiera empapado bien de 1984, la magnífica novela de Orwell en la que se describen, punto por punto y con sumo detalle, todos y cada uno de los mecanismos de control del Estado totalitario, no habría salido ayer, tan alegremente, a proponer esa escalofriante cartilla propia del nazismo. No calibró bien las consecuencias de su tarjetita inmunológica y se lanzó a la rueda de prensa convencida de que todos la aplaudirían esta vez al haber encontrado la solución mágica a la pandemia, la piedra de roseta para desactivar el virus. Lo que ningún laboratorio del mundo ha logrado hasta el momento, frenar el covid-19, lo iba a hacer una niña de Chamberí con un pasaporte sanitario similar al carné joven. Qué chiquilla tan imaginativa. En ningún momento fue consciente de la aberración que estaba sugiriendo, a fin de cuentas a ella la contrataron para gestionar la cuenta de Twitter del perro Pecas, no para salvar a la humanidad. Fue entonces cuando los periodistas olieron el rastro de la sangre y del titular fuerte, se frotaron los ojos y empezaron a preguntarse: ¿Pero qué demonios está diciendo esta señora? ¿Una chapa colgada en el cuello de los infectados, como en los campos de concentración del Tercer Reich? ¿Un número tatuado en el cuello, como en los gulags soviéticos?

Como no podía ser de otra manera, a los cinco minutos de su rueda de prensa eminentes juristas salían al paso para enmendarle la plana y le recordaban que la Constitución Española prohíbe el uso y tráfico de datos privados que tengan que ver con la salud de las personas o con otras cuestiones como la orientación sexual, la ideología política o las creencias religiosas. Los expertos le advirtieron de que la famosa cartilla sería el primer paso para una peligrosa discriminación social entre individuos inmunes y contagiados, entre vigorosos y griposos, consumándose así la distopía más perfecta y macabra que pudiera imaginar el mejor novelista de ciencia ficción. Piénsese por ejemplo en las repercusiones que tendrá el “pasaporte covid” cuando un enfermo sin el papelamen se vea en la necesidad de pedir trabajo a una empresa pública o privada. La víctima estará condenada al paro perpetuo sin remedio, de tal forma que habremos instaurado una sociedad desigual, dividida por castas epidemiológicas, discriminatoria a todas luces por razones médicas. Un mundo donde los individuos sanos tendrán todas las oportunidades mientras los enfermos estarán abocados al gueto epidémico. Un mundo basado en un sistema de apartheid por razones de supuesta prevención sanitaria donde los pacientes de coronavirus no podrán entrar en bares, cines o teatros; donde habrá autobuses para sanos y contagiados; donde la escuela estará vetada a los niños portadores del germen. Un mundo, en definitiva, donde la policía podrá detener a un infectado y conducirlo a Comisaría por razones preventivas y de seguridad nacional. Una maldita locura. 

Todo ese sórdido y terrorífico universo se esconde detrás de la inocente cartillita de Díaz Ayuso. Ningún organismo oficial, ni la OMS, ni la UE, ni los tribunales internacionales de Justicia avalarán nunca tal monstruosidad porque sería sencillamente el final de la civilización humana tal como la entendemos hoy en día. Pero qué sabe Isabelita de todas esas disquisiciones metafísicas y discursos democráticos propios de vejestorios políticos e intelectuales pasados de moda de la Era Precovid. Ella ya tiene bastante con salir mona y con cara de virgen casta y pura en las entrevistas de los periódicos afines al Movimiento.

Viñeta: Igepzio