lunes, 10 de agosto de 2020

EL EXILIO

(Publicado en Diario16 el 4 de agosto de 2020)

El rey emérito, ahora sí, ya no está ni se le espera. Ahora sabemos que la histórica frase atribuida a Sabino Fernández Campo, como mensaje directo para los golpistas del 23F, tenía efectos premonitorios de cara al futuro. La decisión de Juan Carlos I de “exiliarse” (un maravilloso eufemismo cuando el destino final del desterrado es algo así como unas vacaciones a lo grande en el Caribe y con las alforjas llenas) tendrá consecuencias jurídicas y políticas trascendentales para el país.

La primera cuestión que se plantea es, sin duda, cómo queda la Monarquía en cuanto a institución abstracta (y la Casa Real borbónica en particular) tras la histórica decisión del emérito de poner tierra de por miedo. La legitimidad de la realeza está en el derecho de sangre, en la sucesión, en la mera herencia de padres a hijos. En una República, cuando al presidente se le caza en un renuncio se le destituye, el pueblo elige a otro en su lugar y aquí no ha pasado nada. Es un mecanismo automático frío y burocrático que funciona por sí solo, sin connotaciones sentimentales ni dramas nacionales. Sin embargo, en una Monarquía no es tan fácil purgar los pecados del jefe del Estado. Además de los privilegios medievales que protegen al sospechoso y obstaculizan la investigación para llegar a la verdad, aparece una enfermedad cancerígena, una extraña maldición de la que el país, el pueblo, no consigue escapar. Es como si las cargas y deudas de la Monarquía se transmitiesen de padres a hijos; como si los vicios y errores mancharan el buen nombre de la familia de generación en generación. El pasado no termina de limpiarse nunca. Ese es el gran inconveniente de una institución caduca y trasnochada propia de la Edad Media, no de democracias avanzadas donde los ciudadanos eligen a sus legítimos representantes en las urnas.

Así las cosas, Felipe VI lo tiene mal. El panorama que se abre ante él resulta inquietante, sobre todo porque Juan Carlos I lo relacionó de alguna manera con aquellas sociedades interpuestas y fundaciones panameñas que servían como tapadera para canalizar las finanzas ocultas y supuestas comisiones astronómicas. Él lo negó todo en su famosa carta o comunicado oficial, en el que repudió al padre y le retiró la asignación anual, pero un rey que se ve obligado a arrastrar ese pesado fardo el resto de su reinado está fuertemente condicionado. Allá donde vaya le perseguirá siempre la sombra del padre matando elefantes, la silueta con gafas oscuras llevando y trayendo maletines, el recuerdo del infiel seduciendo a rubias aristócratas por media Europa. Y la imagen de España sufrirá tanto como el hijo de un hombre que ha deshonrado a su familia. Esa es la gran verdad, esa es la tragedia hamletiana que se cierne ahora sobre la Casa Real. ¿Cómo desvincularse del fantasma del pasado que retornará una y otra vez? ¿Cómo dar un discurso sobre imparcialidad y lucha contra la corrupción ante los jueces y magistrados en el día de la apertura del año judicial? Las palabras de Felipe sonarán discordantes, vacías de contenido, casi como una fanfarria desafinada. Para ser un rey hay que ser perfecto y ningún ser humano lo es. Esa es la gran contradicción de las monarquías hoy decadentes en todo el mundo. El destino del heredero quedará marcado por los nombres de Lucum, Zagatka, Dante Canonica, Arturo Fasana, Corinna Larsen, Álvaro de Orleans, José Manuel Villarejo y otras camarillas y extraños personajes que se cruzaron en su camino hacia la historia. Será inevitable no verlos a ellos cuando Felipe VI salga al balcón del Palacio Real a saludar al pueblo junto a Letizia. Una posible forma de intentar deshacer la maldición sería su abdicación prematura y la coronación de su hija Leonor, princesa de Asturias, dando el salto a una nueva generación para pasar página. Pero tampoco esa sería la solución perfecta. El problema seguiría estando encima de la mesa de Zarzuela porque aquí ya no se trata de caras y nombres sino de que los españoles tienen derecho a que se les consulte qué forma de Gobierno quieren para su país. Tan sencillo como eso. 

En segundo lugar hay que preguntarse cómo queda la nación tras el escándalo y exilio del viejo monarca. La unidad y el consenso mayoritario en torno al juancarlismo que había presidido los últimos 40 años se ha roto en mil añicos. El cuento de hadas no ha tenido un final feliz y el rey se ha convertido en un sapo que el pueblo tiene que tragarse a la fuerza. Unos partidos (PP y la extrema derecha de Vox, también Ciudadanos) cerrarán filas en torno a la figura de Felipe VI como continuador del Reino de España. En general, el votante del bloque conservador es continuista y no quiere ni oír hablar de referéndums. Por el contrario la izquierda, Unidas Podemos y los nacionalistas, arreciarán en su ofensiva republicana. Lo que pase con el PSOE no solo es una incógnita sino también la clave del futuro inmediato. Parece lógico pensar que Pedro Sánchez ordenará proteger al jefe del Estado, como ha hecho hasta ahora desvinculándolo de los negocios de su padre para garantizar la estabilidad del país. Pero está por ver que todos los cargos y militantes socialistas piensen de la misma manera. Una crisis ideológica y un fuerte debate interno se vislumbran en los pasillos de Ferraz. Por no hablar de las tensiones insoportables que se generarán en el seno del Gobierno de coalición. Hoy mismo la ministra de Igualdad, Irene Montero, ha asegurado que Unidas Podemos desconoce si ha habido una presunta negociación de Moncloa con la Casa Real en relación al traslado del rey emérito fuera de España y ha apuntado que esta decisión “no la ha tomado” el Gobierno de coalición sino que “puede ser que haya sido el PSOE desde Moncloa”. Es evidente que los morados querrán quedar a salvo de este fango porque les va la supervivencia misma en ello. Un votante de Podemos jamás perdonará que Pablo Iglesias aparque su natural republicanismo por razones pragmáticas, tal como hizo Felipe González en los años ochenta. De modo que el país entra de nuevo en un territorio desconocido lleno de peligros e inestabilidades. Si la mitad de la ciudadanía no quiere un referéndum y la otra mitad lo ve totalmente necesario, ese debate enquistado será fuente de conflictos permanentes y de división nacional, como ya ocurrió en el pasado. Finiquitado el juancarlismo, sobre el que se acordó un consenso mayoritario durante décadas, las grescas y trifulcas entre españoles y territorios reaparecerán, sobre todo teniendo en cuenta que las fuerzas reaccionarias y la ultraderecha han retornado con brío. Es evidente que Felipe VI no cuenta con el gancho y el carisma de su padre y tampoco con el poder reverencial casi místico que parecía emanar de él. No hay más que recordar lo que ocurrió durante los días del 1-O en Cataluña, cuando al no condenar las cargas policiales ni tener una sola palabra de cariño para el pueblo catalán, Felipe perdió una oportunidad de oro para que aquella noche fuera su particular 23F.

Y finalmente llegamos a la cuestión judicial, no menos importante. El rey Juan Carlos ya ha comunicado que permanecerá a disposición de la Fiscalía “para cualquier trámite o actuación que considere oportuna” tras decidir trasladar su residencia fuera de España. Unas palabras que suenan a artificio y simple estrategia judicial, ya que sus abogados a buen seguro invocarán la inviolabilidad del artículo 56 de la Constitución para impedir que se investigue si el monarca cobró comisiones por la adjudicación del AVE a La Meca a empresas constructoras españolas. Todo el mundo en las altas esferas de la Justicia española sabe que lo que se investiga son posibles conductas cometidas por Don Juan Carlos tras su abdicación en junio de 2014. Cualquier otra imputación anterior a esa fecha quedará diluida y desactivada por la sagrada inviolabilidad que protege al emérito. En ese punto el papelón para la Justicia es monumental, de entrada porque es la primera vez que a un investigado por los supuestos delitos de fraude a Hacienda, cobro de comisiones y blanqueo de capitales se le permite moverse libremente por el mundo como un ciudadano más. Por lo visto, también en eso la España que construyó Juan Carlos I, un país carcomido por la corrupción en todas sus estructuras e instituciones, es diferente al resto de Europa.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA MUERTE POBRE

 (Publicado en Diario16 el 4 de agosto de 2020)

La muerte de un temporero nicaragüense que fue abandonado a su suerte a las puertas de un centro de salud de Lorca (Murcia) ha puesto en evidencia el inmenso drama que viven miles de trabajadores del campo. Si hay algo que debería quedar claro tras esta pandemia es que la agricultura es el primer sector económico que deberíamos preservar, ya que sin alimentos las tiendas y supermercados quedarían desabastecidos y el caos se apoderaría de la sociedad. Sin embargo, parece que no hemos aprendido nada y el campo sigue siendo territorio comanche, ciudad sin ley, un agujero negro en medio de la civilización donde los temporeros que recogen las cosechas son siervos y víctimas de un feudalismo posmoderno. Las plantaciones de Almería y Murcia ya poco se diferencian de aquellos campos de algodón norteamericanos donde los capataces supremacistas del sur explotaban a los negros de sol a sol. Marroquíes, subsaharianos, mauritanos, latinos y rumanos, entre otros, son nuestros vasallos y pecheros oprimidos, gente a la que pagamos una miseria por jornadas interminables en medio de un infierno sofocante que deshidrata, trastorna los sentidos y mata.          

A Eleazar Benjamín Blandón, la víctima del suceso brutal de Lorca, lo subieron a una furgoneta al ver que caía desplomado en una plantación de sandías. Luego lo dejaron en la puerta de un centro sanitario, como si se tratara de un fardo de arena o un montón de chatarra inservible, y se largaron para no tener que dar explicaciones. Blandón no pudo soportar los 44 grados de temperatura que se superaron ese día, ni tampoco el cansancio extenuante de tener que trabajar desde las cinco de la mañana, ni que nadie en la empresa se preocupara de llevarle un poco de agua para que él y sus compañeros pudieran refrescarse bajo un árbol. Por lo visto a los responsables de la plantación solo les importó cuando empezó a sentirse mal y entonces decidieron llamar a una ambulancia. Para cuando lo dejaron tirado a la entrada del hospital ya era demasiado tarde.

Blandón no es el primero de su familia que se deja la vida en el campo de batalla del despiadado y sangriento mercado laboral. El patriarca del clan tuvo que buscarse la vida en Texas y cayó en un andamio. Antes de que lo matara la avaricia del patrón, dejó un mensaje: “Se me derrite hasta la suela de los zapatos”. Ahora el hombre liquidado en Lorca se ha convertido en el paradigma de la estafa que sufren los inmigrantes que llegan a España desde todos los rincones del mundo en busca del sueño europeo, una promesa tan falsa como el American dream. A comienzos del siglo XX, lo primero que veían los migrantes que desembarcaban en los muelles de Nueva York –para someterse al cribado de enfermedades, al despiojado y control de delincuentes– era la figura imponente de la Estatua de la Libertad y unos rascacielos como montañas de acero. A partir de ahí lo que les aguardaba era la explotación y la discriminación en algún empleo mal pagado al servicio del rubio yanqui: botones de hotel, limpiabotas, taxistas, mayordomos, albañiles, estibadores, camareros… Las galeras y escalones más bajos del mercado laboral fueron ocupados por los que huían del hambre y la guerra en Europa. Toda esa odisea que sufrieron millones de pobres desgraciados en el primer tercio del pasado siglo lo explica de forma prodigiosa Elia Kazan en su maravillosa América, América, que cuenta la historia de Stavros, un joven griego obsesionado con escapar de la represión turca y llegar a los Estados Unidos, tierra de promisión que acaba convirtiéndose en un lugar de pesadilla. 

Hoy los temporeros que recalan en España ni siquiera ven la silueta esperanzadora de Liberty flotando majestuosamente sobre el mar como símbolo de un futuro mejor, sino un océano agreste de secos olivos, la cuarteada y dura tierra del deprimido sur español, la plaga de cigarras que le vuelven loco a uno con sus cantos chirriantes y la sombra del cortijo señorial sobre la loma, la sede del poder terrateniente que este país no termina de superar. “Aquí a uno le humillan”, le dijo Blandón a un familiar poco antes de morir. “Me llaman burro, me gritan, me dicen que soy lento. Te tiran el polvo en la cara cuando estás agachado. No estoy acostumbrado a que me traten así”.

Nos hemos convertido en un país feo, supremacista y cruel que poco se diferencia ya de Trumpilandia. España siempre fue un lugar solidario y alegre, tierra de emigrantes que saben lo que es tener que dejar el hogar y la familia para lanzarse a la aventura de un destino desconocido. Cuando es la derecha la que gobierna, los inmigrantes son tratados como esclavos con amparo de la reforma laboral y cuando es la izquierda la que está en el poder todo son buenas palabras e intenciones mientras los especuladores siguen robando a los agricultores y los jornaleros caen fulminados por una insolación de 3,50 euros la hora, el jornal de miseria que les dan a todos estos infelices que vuelven a sus casas al caer la noche, hacinados en la camioneta del furgonetero, entre lágrimas y con llagas en las manos.

Al igual que George Floyd murió asfixiado por la rodilla de un policía nazi, Blandón ha muerto sofocado por el cacique hispano que antaño se ensañaba con sus paisanos andaluces, extremeños y murcianos y hoy vuelca su crueldad, su egoísmo y su ideología racista sobre los inocentes africanos que desembarcan en la Península para caer en la boca del lobo. Qué sabrá esta gente desdichada de la negra historia de España o del endémico problema del campo español. Ellos creen lo que ven en la tele de Malí, Libia o el Senegal, los partidos de la Champion, el lujo de los futbolistas, los negocios a todo tren del rey emérito, que ahora se va al exilio (más bien de vacaciones al Caribe). Nadie les ha contado que hay un señor con barba afilada de extrema derecha que no los quiere ver ni en pintura.

A Blandón no lo mata un golpe de calor de esos que machacan la piel de toro en este mes de agosto de brotes pandémicos e incendios, sino el golpe mortal del capitalismo bárbaro y genocida, la inhumanidad de los traficantes de personas, el poder del sistema corrupto que consiente la precariedad, la discriminación racial y la injusticia, ese mal universal que sufren por igual un niño de Bombay y un valeroso temporero de Almería que se juega dignamente la vida para mantener a su familia. Blandón es nuestro George Floyd, nuestro mártir inocente asesinado bajo otra rodilla mucho más sutil pero igual de siniestra y letal. Tendríamos que salir todos a la calle a protestar contra esta salvajada, puño en alto y sin parar de gritar “yo también soy Benjamín Blandón”. Pero por lo visto, hace demasiado calor.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL MARRÓN DE SÁNCHEZ

(Publicado en Diario16 el 3 de agosto de 2020)

Pedro Sánchez deshoja la margarita a pocos días de que se decida el futuro de los Presupuestos Generales del Estado. O mantiene las alianzas con los partidos independentistas para sacar adelante las leyes pendientes o cierra algún tipo de acuerdo de mínimos con Ciudadanos, que en menos de un año ha pasado de la estrategia gamberra de Albert Rivera (aquello de “la banda de Sánchez”) a pactarlo todo o casi todo con el Gobierno de coalición. Durante los meses duros de la pandemia, y en una labor eficaz sin apenas hacer ruido, Inés Arrimadas ha ido tejiendo sólidos acuerdos con Moncloa sobre las diferentes prórrogas del estado de alarma, creando un clima de confianza con el Ejecutivo que ahora puede fructificar en una colaboración mucho más seria y articulada. Podría decirse que aquel imaginario cordón sanitario que Rivera quiso colocarle en su día al presidente del Gobierno, para confinarlo y aislarlo del resto de fuerzas políticas como si se tratase de un virus letal, ha saltado por los aires por la presión de otro cordón médico mucho más concreto, peligroso y real: el que trata de vencer como sea al covid-19.

El acierto de Arrimadas ha sido saber ver a tiempo que con la pandemia no se juega ni se puede hacer política basura, de modo que ha entendido que la unidad de la sociedad y de todas las fuerzas políticas, ese manido “remar todos a una”, era un elemento fundamental para superar la lacra. Podría decirse que la líder naranja se ha puesto el traje quirúrgico cuando tocaba, dejando a un lado la demagogia inútil, el ruido y el populismo rancio de Rivera. De ahí que desde el mes de marzo haya ido avalando las sucesivas prórrogas del estado de alarma que proponía Sánchez para confinar a la población e hibernar la economía. Ese fue el inicio del nuevo clima político que el “arrimadismo” ha tratado de insuflar a sus relaciones con Moncloa.

Pero la joven política catalana no solo ha dado en la diana en la estrategia sanitaria que se debía seguir. También ha comprendido que demasiado roce con la ultraderecha de Vox era un error y resultaba altamente contagioso. Santiago Abascal es un gran supercontagiador de nefastas ideas políticas y todo aquel que se acerca a él termina asfixiado, en la UCI política. Arrimadas ha entendido que para dar el giro al centro-derecha necesitaba limpiar el partido de ultras y falangistas y colocar a una pieza clave, una cara nueva. En ese sentido, Edmundo Bal ha cumplido a la perfección con el papel de presunto moderado en las tumultuosas y tabernarias sesiones parlamentarias.

A partir de ahí todo ha sido mucho más fácil para Ciudadanos. El partido no solo ha repuntado en la encuestas sino que tiene claro que no puede ir a unas nuevas elecciones que resultarían calamitosas para el proyecto emergente. Cualquier acuerdo es mejor que el no acuerdo, de ahí que Arrimadas se sienta impelida a negociarlo todo con Sánchez. Todo menos el conflicto en Cataluña, ya que a fin de cuentas la razón de ser de Cs, su objetivo final, es que nada cambie por aquellas tierras últimamente convulsas. Y en ese juego está la inteligente sucesora de Albert Rivera. Dialogar y pactar con el Gobierno de coalición en todo aquello en lo que pueda haber acuerdo y seguir existiendo como dique de contención contra el soberanismo catalanista.

Con todo, el plan Arrimadas no deja de ser una trampa diabólica para Sánchez, que tendrá que elegir entre firmar un pacto más o menos secreto con Ciudadanos y romper con sus tradicionales aliados (ERC, por ejemplo) o seguir como hasta ahora. Iván Redondo, gran gurú del actual Gobierno, primer asesor y hombre de confianza del presidente, parece más proclive a probar nuevas experiencias con los naranjas. Gobernar con el apoyo de ERC y Bildu se antoja una aventura demasiado arriesgada que da argumentos al PP aznarista de Pablo Casado y a la extrema derecha en su intento de convencer a la opinión pública de que Sánchez es un amigo de los filoetarras y separatistas que quieren romper España. El secretario general socialista nunca ha sido tal cosa, siempre se ha movido en el terreno constitucional (hasta ha vetado una Comisión de Investigación sobre las cuentas del rey emérito, qué mayor prueba que esa de su fidelidad al Régimen del 78) pero es cierto que tomarse cafés con Otegi para sacar adelante los diferentes decretos deja marca y mancha. El presidente del Gobierno está loco por soltar amarras con los independentistas, con los que ha compadreado por pura necesidad e instinto de supervivencia, y el ofrecimiento de Arrimadas es una oportunidad que ni pintada para cambiar radicalmente el escenario político. PSOE, Unidas Podemos y PNV sumarían 161 escaños, que unidos a los 10 de regalo de Cs rozaría la mayoría absoluta. Solo faltarían 5 diputados para alcanzar el Olimpo parlamentario, que se podrían sacar de cualquier otra formación minoritaria de las muchas que pueblan el hemiciclo. El escenario seduce a Sánchez, que sin duda ha dado la orden de explorar las nuevas posibilidades y pasar de la “geometría variable” (pactos puntuales con cada fuerza según el asunto a debatir) a la “geometría total” (acuerdos sólidos y estables para toda la legislatura).

De momento, Gabriel Rufián ya se ha cogido el consiguiente ataque de cuernos. Sabe perfectamente que empieza a no ser imprescindible y asume que el Gobierno va a poder gobernar sin ERC. Además, la situación en Cataluña se le complica y la victoria en las próximas elecciones ya no parece tan al alcance de la mano. Los últimos sondeos del CIS catalán dan empate técnico, el margen de crecimiento de Ciudadanos se amplía y Puigdemont, con su enésimo proyecto de partido, renace con fuerza.

A Sánchez se le aclara el panorama y empiezan a salirse las cuentas. Solo tiene un par de piedras en el camino y no son precisamente pequeñas: convencer a Pablo Iglesias de que una alianza por la derecha es buena para el país y la mesa de partidos en Cataluña, cuya suspensión exige Arrimadas para como condición sine qua non para empezar a hablar. Hoy mismo, Lorena Roldán, diputada de Cs en el Parlament, ha criticado “el bochorno de este fin de semana en TV3, donde hemos visto cómo desde la televisión pública que pagamos todos los catalanes han sido entrevistadas como héroes personas condenadas por delitos muy graves”. Sánchez tiene la manzana envenenada de Arrimadas ante sus propias narices. ¿Morderá el fruto prohibido el presidente?

Viñeta: Igepzio

LA ENTREVISTA


(Publicado en Diario16 el 3 de agosto de 2020)

La entrevista que una reportera británica mantuvo con Juan Carlos I en el año 92 se ha hecho viral en las redes sociales. La exclusiva, del programa de Risto Mejide Todo es mentira, ha puesto al descubierto el verdadero rostro del rey emérito. Un aspecto frívolo, descarado y en buena medida irresponsable de su auténtica personalidad que hasta aquel momento los españoles desconocían. En el vídeo, y a preguntas de la periodista británica Selina Scott, el patriarca de la Transición española fantasea peligrosamente con la idea de no pagar impuestos. Sin duda hoy, en pleno escándalo por el caso Corinna, aquellas adivinanzas, juegos verbales y confesiones a medias del monarca en el año de los prodigios españoles (más bien pelotazos de las Olimpiadas y la Expo) cobran una relevancia especial. En buena medida porque probablement sea la primera y única vez en todo su reinado que se le ha oído hablar de impuestos, que para cualquier demócrata debe ser uno de los pilares fundamentales del Estado de Bienestar.

La campechanía del rey, que en aquel momento era poco menos que un dios intocable, impune e inviolable, aflora en algunos momentos de la entrevista con la enviada especial del Reino Unido. “Usted es un rey que paga impuestos en su país como todo el mundo”, le interroga Selina Scott, a lo que Don Juan Carlos responde que “sí” entre sonrisillas maliciosas, pestañeos, movimientos estudiados de cejas y caiditas de ojos que ni Brad Pitt. La avezada periodista, al oler el rastro de la sangre (es decir, un titular sensacional que puede triunfar) sigue tirando de la lengua a su insigne personaje, tratando de indagar aún más en el interesante asunto, y vuelve a lanzarle una pregunta aún más incómoda y provocadora que la anterior: “No me dirá, como cualquier español, que intenta evitar no pagar impuestos…” En ese momento el terreno se está poniendo peligroso, la cosa se calienta, pero lejos de frenarse el monarca opta por ir a por todas: “No puedo decirlo, pero probablemente”.

Con un par. Solo le faltó decirle a la reportera aquello tan español de “para chulo mi pirulo” y sentenciar que él estaba por encima del bien y del mal. Pero la entrevista sigue para vergüenza y oprobio de España. Cuando la reportera le sugiere que es importante que un rey pague impuestos, el entonces jefe del Estado duda y reacciona diciendo que cree que “sí”: “No por ser rey, sino por ser español”, añade dándose cuenta de que la reportera, clavadita a Lady Di, ha conseguido llevárselo al huerto, o más bien lo ha metido en un jardín lleno de minas. Para entonces el destrozo a la Monarquía ya estaba consumado y al sabio Sabino casi le daba un parraque ante el televisor. Al ver que el rey está entregado, la periodista insiste en que “podría haberse librado fácilmente” de cumplir con sus obligaciones fiscales, a lo que Juan Carlos trata de reaccionar para que la cosa no se le vaya de las manos definitivamente: “Sí, pero después habría sufrido las consecuencias, porque la gente diría que tiene un trato especial”. 

Aquella broma (ciertamente de mal gusto para un líder de cualquier nación) tiene sus repercusiones casi 30 años después. El vídeo podría ser una prueba de cargo en un hipotético juicio, aunque esa posibilidad queda muy lejos, ya que la inviolabilidad del monarca, según la Constitución Española, impide que el rey emérito se siente en el banquillo para responder de sus supuestas cuentas opacas, comisiones, sociedades interpuestas, testaferros, blanqueo de capitales y chanchullos en general. Todo presunto, por supuesto. Pero pongamos por caso, aunque remoto, que la Fiscalía Anticorrupción decide llegar hasta el final en el asunto de las mordidas por el AVE a La Meca y rompe por fin con el respeto reverencial y el manto protector que siempre ha amparado al primero de los Borbones. En ese caso, el documento se convertiría en una diligencia comprometedora, una bomba para el investigado, como lo sería para cualquier españolito de a pie. Piénsese por ejemplo en el caso de que un contribuyente cualquiera, del montón, fuese acusado de evadir 65 millones de dólares al fisco y que apareciera una grabación en la que se muestra seducido por la idea de escamotear sus obligaciones tributarias con las arcas públicas. Sería la estocada definitiva para que los jueces lo empapelaran sin ningún tipo de piedad ni miramiento.

Seguramente Don Juan Carlos se irá de rositas de todo este vendaval abierto por un comisario de policía sin escrúpulos y una misteriosa aristócrata alemana de la cual aún no lo sabemos todo, salvo que se codeaba con lo más granado de la jet set política mundial. Ella misma ha reconocido en las grabaciones de Villarejo lo bien conectada que estaba, no solo con el Gobierno de Putin sino con el norteamericano en la época de la Administración Clinton. En cualquier caso, siempre quedará ese vídeo olímpico, ese documento histórico que servirá para deconstruir al personaje y su compleja psique de la que apenas sabemos nada tras años de hermetismo y falta de transparencia –no solo económica, sino psicológica– en Zarzuela. Los españoles saben muy poco de la persona que ha reinado sobre ellos durante cuarenta años, más allá de que le gustan los barcos, las rubias amigas entrañables, cazar elefantes y echar discursos muermos por Nochebuena.

Tras la emisión de la impactante entrevista, los presentadores de Todo es mentira invitaron a Jaime Peñafiel, experto en Casa Real, a entrar en el debate para comentar qué le había parecido el documento. El análisis del controvertido cronista fue descarnado, crítico con el rey como nunca antes lo había sido: “Se vulgarizó y se frivolizó la figura de Juan Carlos, que hasta entonces no había hecho nada que se le pudiese criticar”. En cuanto a las consecuencias del vídeo, Peñafiel asegura que “no las tuvo en España, ya que había un respeto reverencial” hacia la figura del jefe del Estado. Y añade: “Fue algo que la gente no se podía creer”. O dicho en otras palabras: a los españoles les habían contado un cuento sobre un príncipe azul abnegado, caballeroso y leal que ahora vemos no se correspondía con la realidad. Un hombre con una doble cara y una doble vida que en ocasiones, solo en las distancias cortas y ante una reportera de métodos periodísticos sensuales, se relajaba, bajaba la guardia y mostrándose como un hombre facilón dejaba entrever lo más oculto y recóndito de su alma.

Viñeta: Igepzio

EL JINETE DEL APOCALIPSIS

(Publicado en Diario16 el 2 de agosto de 2020)

Santiago Abascal ha calificado la inmigración como una “invasión silenciosa” que supuestamente contaminará la sangre española y destruirá las bases culturales y sociales de nuestro país. Es una vuelta más de tuerca en su discurso del odio xenófobo y supremacista. Todos los sondeos electorales indican que el proyecto político verde ha tocado techo, lo cual demuestra que ya ha agotado todos los caladeros extremistas donde podía obtener algún rédito electoral. A partir de ahora, a Vox solo le queda coaligarse con el PP en un gran bloque de derechas (renunciando a algunos de sus postulados fundacionales más extremos), ya que una travesía en solitario de tres años podría condenarlo a la intrascendencia, al ostracismo, algo que ningún partido puede permitirse. Vox es la mujer barbuda del circo del Parlamento y esa rareza causa repulsión en las mayorías.

A Abascal nadie le ha puesto un cordón sanitario que pueda asfixiarle (cosa que sí ha sucedido con la extrema derecha en otros países europeos), pero puede morir por automarginación y aislamiento. El líder ultra española es consciente de que le quedan pocos terrenos que explorar para cautivar a las masas. Y ya se aferra a la pandemia, al machismo y por supuesto a la inmigración como últimas bazas. En los últimos días, aprovechando que es verano y las pateras siguen llegando a nuestras costas, el Caudillo bilbaíno ha vuelto a apretar el acelerador en el asunto migratorio para tratar de convencer a los españoles de que delincuencia e inmigración son la misma cosa. Según Abascal, el Gobierno debe tomar “medidas de inmediato”, ya que la llegada de embarcaciones resulta una “amenaza gravísima para la salud, la seguridad y la convivencia de los españoles”.

Ningún informe oficial de las autoridades sanitarias alerta de que la llegada de pateras suponga un riesgo inminente de rebrote mucho mayor que el de un avión cargado de ingleses o unos bares nocturnos de Magaluf atestados de juerguistas suicidas, raperos y pinchadiscos convertidos en los primeros supercontagiadores del coronavirus. La imagen de ese tipo hormonado y tatuado hasta las cejas subido a un escenario y vomitando su calimocho infecto sobre una multitud de jóvenes enloquecidos por la música pone los pelos de punta. Pero de eso nunca habla Abascal. Y no lo hace sencillamente porque la pandemia le importa un bledo y porque al líder de la extrema derecha no le interesa ponerse en contra de los magnates de la noche. El lobby hostelero es muy poderoso y es más cómodo iniciar una caza de brujas contra el frágil espalda mojada africano que contra la influyente patronal del sector.

No obstante, Vox insiste en su diabólico montaje. “Continúa la llegada de inmigrantes ilegales a las costas españolas, siendo Murcia, Andalucía, Alicante y Canarias las más afectadas con 1.200 desembarcados”. Viniendo de un partido que hace del bulo y la mentira un estilo político, todos los datos que maneja deben ser puestos en cuarentena, pero llama poderosamente la atención el plan de Abascal: inocular en la sociedad española la idea de que los ejércitos bereberes están cruzando El Estrecho, tal como hizo el general Tarik en el 711. En realidad nadie ha visto que la Bahía de Gibraltar esté ardiendo en llamas con naves quemadas y bereberes arrasando las playas cimitarra en mano. Todo eso pertenece al delirio mítico o ensoñación de Vox y de un hombre como Abascal que pretende devolver a España a su particular Edad Media. Pero el discurso del odio va mutando rápidamente como el covid-19 y según la formación neofalangista en menos de una semana se han contabilizado más de mil inmigrantes procedentes de Argelia y Marruecos, muchos de los cuales habrían dado positivo en el test de detección de la enfermedad. Vox no tiene ni un solo dato para probar esa afirmación pero qué más da. Miente que algo queda, en este caso un poso de xenofobia.

La alerta de seguridad sanitaria de Vox es un hecho gravísimo, ya que tratar de aventurar que se está poniendo en riesgo sanitario comunidades autónomas como Andalucía, Murcia, Valencia y Canarias supone sembrar un pánico injustificado en la población, ya de por sí aterrorizada por los estragos de la pandemia. Y no solo se trata de identificar al musulmán o a la raza negra con el virus y la enfermedad, en un claro tic supremacista, sino que también se estigmatiza y criminaliza al inmigrante. Según la formación verde, ya se están produciendo “episodios violentos en las calles de las ciudades, concretamente en Almería y Murcia, donde la policía local se ha visto obligada a intervenir en varias ocasiones”. Los sucesos a los que se refiere Vox son hechos aislados, puntuales, pero una vez más lo que pretende la ultraderecha es crear la falsa sensación de que el sur de España es una batalla campal donde se decide el futuro de Europa entre tropas defensoras e invasoras, entre moros y cristianos, entre buenos y malos. Es el Ku Klux Klan ibérico. Si a eso se añade que Vox alimenta el malestar entre las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado –desde hace décadas mal pagadas y desmoralizadas– y se insinúa que los vecinos de las zonas afectadas se encuentran indefensos ante la llegada masiva de pateras a sus playas y municipios, o sea ante la ficticia invasión, el maquiavélico plan queda en evidencia.

El truco es viejo. Abascal no inventa nada que no hubiera hecho antes Joseph Goebbels con los judíos en los años 30 del pasado siglo. No hay más que leer la novela de Blasco Ibáñez Los cuatro jinetes del Apocalipsis (muy dignamente llevada al cine por Vincente Minnelli, por cierto) para comprobar a lo que juega la extrema derecha española. Abascal tiene entre sus manos a los cuatro fieros caballeros del mal –la peste, el hambre, la muerte y la guerra– y juega con ellos a capricho, como un niño cruel y malcriado sin reparar en las consecuencias nefastas de agitar ese cóctel terrible. La peste sería el coronavirus, que Vox utiliza cada día para arremeter, injustamente, contra el “Gobierno criminal” de Pedro Sánchez, como si la plaga se hubiese fabricado en los laboratorios de Moncloa. El hambre son las largas colas de parados  cadáveres andantes de la crisis que aguardan pacientemente ante los comedores sociales y las iglesias. La muerte campa a sus anchas por los hospitales y residencias de ancianos mientras que la guerra no es más que la semilla del rencor que Abascal pretende plantar de nuevo entre los españoles, el ciego guerracivilismo, las mentiras sobre el alzamiento nacional de Franco y el burdo revisionismo de la historia (o sea Ortega Smith con sus patrañas inventadas sobre las Trece Rosas).

Según las encuestas Vox es un proyecto embarrancado porque, captadas las minorías exaltadas y friquis con engaños y bulos (élites y obreros sin futuro), ya no le queda mucho más espacio que conquistar y lo tiene difícil entre la inmensa mayoría de clases medias, la población sensata y moderada. Por esa razón, a Abascal no le queda otra que seguir aventando el fantasma del racismo. El miedo es el único agente que juega a su favor y que puede llevarlo al poder algún día.

Viñeta: Iñaki y Frenchy 

LA TRAMPA DE ARRIMADAS

(Publicado en Diario16 el 2 de agosto de 2020)

Ciudadanos ha tendido una peligrosa trampa al Gobierno central. Su ofrecimiento a apoyar los Presupuestos Generales del Estado (PGE) a cambio de que Pedro Sánchez desconvoque la mesa de negociación con los partidos independentistas catalanes es una gran celada que demuestra el juego subterráneo, sucio podríamos decir, que en ocasiones practica el partido naranja cuando se trata de hablar de Cataluña. Ayer, el presidente del Grupo Ciudadanos en el Parlament, Carlos Carrizosa, dejaba caer que Moncloa “no tendría por qué” retomar la mesa de diálogo sobre el conflicto territorial si finalmente el partido naranja da su visto bueno al borrador de presupuestos.

El mismo Carrizosa se jacta de que su formación “está fastidiando el plan de chantaje” de ERC al Ejecutivo Sánchez y advierte además de que Gabriel Rufián solo apoyará los PGE si obtiene a cambio beneficios para los presos encarcelados por el referéndum del 1-O mientras que Cs los respaldaría con “mejoras para la gente”, según sus propias declaraciones. “El Gobierno, si obtuviera nuestro apoyo mediante nuestras aportaciones y mejoras para los Presupuestos que aprovechen todos los ciudadanos, no tendría por qué ceder al chantaje de ERC”, insiste Carrizosa en una entrevista con Europa Press.

La propuesta del portavoz naranja es del todo punto inasumible para el Gobierno de coalición. Si Sánchez aceptara los votos de Ciudadanos a cambio de cancelar la mesa de negociación en Cataluña estaríamos ante una de las mayores estafas políticas de los últimos años. El presidente socialista quedaría como un tramposo ante los catalanes, a los que ha prometido intentarlo todo para solucionar el conflicto, entre otras cosas abrir un proceso de diálogo y llegar a algún tipo de acuerdo beneficioso para ambas partes que ayude a superar la profunda crisis institucional abierta desde hace años. Ninguna cabeza en su sano juicio puede llegar a pensar que Pedro Sánchez empeñará su palabra a cambio de los diez escaños de Cs, dando portazo a los partidos catalanistas y liquidando la última baza para la reconciliación.

Si Ciudadanos cree que los Presupuestos Generales del Estado son buenos para España, desde el punto de vista social y económico, lo que debe hacer es apoyarlos sin reservas, sin condiciones y sin chantajes de ningún tipo. En política las cosas deben hacerse en función de si son buenas o malas para el pueblo, no con segundas intenciones, intereses partidistas ocultos o sectarismos ideológicos. Y desde ese punto de vista la propuesta de Carrizosa no puede tener otros calificativos que fullera, patética y desleal. El señor diputado por Ciudadanos sabe perfectamente que no hay otra manera de tratar de llegar a una solución al grave conflicto en Cataluña que abriendo un espacio de diálogo y negociación. Lo contrario, dar la espalda al problema, ignorarlo como si no estuviera ocurriendo nada, sería una gravísima irresponsabilidad, tanto como aceptar que la cuestión catalana no tiene solución y lo que nos espera en los próximos años es más tensión en las calles, más odio entre independentistas y unionistas, más motivo de fractura y enfrentamiento social.

El diagnóstico político de Carrizosa es totalmente erróneo y demuestra que el hecho de que alguien viva en Cataluña no significa que necesariamente entienda lo que está ocurriendo allí. Sin duda, él no es más que el mensajero del plan, ya que quien realmente está detrás de la maniobra es Inés Arrimadas. Desde Madrid, la líder naranja ha ordenado que todos en el partido se pongan ya en modo presupuestos, condicionando cualquier tipo de apoyo de la formación liberal al Gobierno a la previa cancelación de la mesa de partidos en Cataluña. Ahora se ve que el supuesto giro al centro de la presidenta de Cs era solo a medias, un viraje incompleto y solo por razones de puro pragmatismo, no de convicción política. Arrimadas ha apoyado a Sánchez en los peores momentos del estado de alarma simplemente porque no le quedaba otra, porque votar en contra hubiese supuesto ponerse definitivamente al lado del PP y de la extrema derecha. Dice la verdad Carrizosa cuando asegura que en el contexto del coronavirus “no es momento para batallas estériles, sino de arrimar el hombro e intentar trabajar juntos”. En eso han actuado con coherencia y sensatez. Sin embargo, cuando ha llegado la hora de retomar el enquistado y secular “problema catalán”, las posiciones reaccionarias de Ciudadanos han vuelto a aflorar. La rotunda negativa de Arrimadas a sentarse a negociar con Quim Torra y los demás representantes soberanistas no es más que radical cerrazón, ciego fanatismo y falta de visión política. Por no entrar a recordar que Ciudadanos aún mantiene vergonzosos pactos con los ultraderechistas de Vox en varias comunidades autónomas. Carrizosa queda muy bien con la parroquia cuando garantiza que no apoyará la moción de censura contra Sánchez que plantea la formación de Santiago Abascal. “No creo que sea el momento de que haya partidos que introduzcan elementos ajenos a lo principal, que es la lucha contra las consecuencias de la pandemia”, ha afirmado. Sin embargo, lo único cierto es que va de la mano del demonio verde en no pocos territorios del país.  

“Con nuestros diez diputados en Madrid estamos pudiendo ayudar a que las consecuencias de la pandemia sean probablemente menos traumáticas y las medidas que toma el Gobierno sean más ajustadas y más razonables”, persiste Carrizosa. Lo malo es que el juego sucio se le ve a la legua más allá de la buena intención que él y sus compañeros naranjas hayan podido demostrar a la hora de colaborar con el Gobierno para superar la pandemia. 

Si Ciudadanos pretende ser esa formación que “atempere” las políticas y haga las “cosas más razonables”, como dice el diputado catalán por Cs, debería hacer un ejercicio de realismo, superar la ensoñación de que no haciendo nada todo irá a mejor en Cataluña y sentarse a hablar con los independentistas hasta llegar a un principio de acuerdo. Así es como se resuelven las cosas en la vida. Lo demás es postureo, demagogia y un ejercicio estéril e inútil de la política.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL EMÉRITO ATRINCHERADO

(Publicado en Diario16 el 1 de agosto de 2020)

Juan Carlos I se resiste a abandonar Zarzuela y no quiere ni oír hablar de renunciar al título de rey emérito de España que cree le corresponde por legítimo derecho pese a las supuestas trapacerías y negocios que le imputa la prensa. El orgullo del patriarca, una simple cuestión de honor, es la causa de que se esté retrasando su salida de palacio, una medida que hace solo unos días parecía definitivamente pactada por el Gobierno y la Casa Real. La cuestión es que la negativa del anciano monarca a someterse al exilio (dorado o más bien sombrío) –algo que él considera una humillación denigrante tras 40 años de reinado–, está generando problemas y distorsiones en el seno del Gobierno de coalición.

Pedro Sánchez se ha encontrado con una patata caliente inesperada en medio de la pandemia y podría decirse que se encuentra atrapado entre dos fuegos: por un lado los ministros de Unidas Podemos, que presionan con fuerza para que la medida se lleve a cabo cuando antes, ya que el goteo incesante de escándalos y noticias sobre el patrimonio oculto del emérito es ya insoportable para la formación morada; por otro el malestar de ciertos barones nostálgicos del PSOE, a los que les duele el destierro de Juan Carlos I de Zarzuela, mostrándose como los más fieles y fervorosos monárquicos. El emérito sigue teniendo buenos amigos entre las filas socialistas, de hecho el periodista de asuntos dinásticos Jaime Peñafiel ha revelado en las últimas horas que un conocido alto cargo de Felipe González de los año 90 ayudó al rey a traer el dinero de Suiza después de que el siempre sabio y templado Sabino Fernández Campo, secretario y tutor de la Casa Real, le prohibiera taxativamente tocar uno solo de aquellos maletines delictivos. “Sabino lo sabía y no le gustaba. Como su secretario no lo ayudaba, Juan Carlos buscó colaboración en un dirigente socialista. Mi respeto por el que fuera jefe de Su Casa, que va más allá de su muerte y me impide dar el nombre del político del PSOE que le solucionó el problema de los dineros suizos”, afirma Peñafiel.

Aunque conviene no olvidar que el Consejo de Ministros tiene plenas competencias para emitir un real decreto que retiraría el título de rey emérito al primero de los borbones como paso previo a su salida del país, parece improbable que el PSOE se atreva a tanto, ya que entonces la extrema derecha montaría un 36 y con el coronavirus rebrotando con fuerza no está el país para andar jugando a los guerracivilismos. En cualquier caso, llama la atención la lentitud con la que se está llevando el proceso. Si hace solo unos meses sacar la momia de Franco del Valle de los Caídos parecía misión imposible para el Gobierno de coalición, hoy Sánchez se ha encontrado con otro inquilino de difícil desalojo. Es como si el destino hubiese deparado al PSOE la espinosa y dura tarea de desahuciar de sus últimas moradas a ex jefes del Estado, ya sean vivos o muertos. Sea como fuere, Don Juan Carlos ya ha dicho que no se va, que no lo sacan de palacio ni con la Guardia Civil, aunque al ritmo que avanzan las investigaciones del fiscal suizo Yves Bertossa no se descarta que la Benemérita tenga que intervenir en cualquier momento en algún registro por sorpresa, ya que según ha confesado Corinna Larsen “el dinero está en Zarzuela”. La empresaria alemana ha asegurado que el rey emérito traía dinero a espuertas de los países árabes y luego lo contaba todo, billete a billete, en una máquina que lo ponía a cien, como un niño con un juguete nuevo. 

Por otra parte, que Juan Carlos se resista a salir de su casa es un sentimiento normal en cualquier ser humano. A nadie le gusta que lo pongan de patitas en la calle y menos que lo larguen de la vivienda que ha ocupado durante cuatro décadas. No es fácil digerir que a uno lo tachen de okupa, como hace Santiago Abascal con Pedro Sánchez todo el rato. Por eso no extrañaría que el emérito terminara como Manolo, aquel personaje moroso de 13 Rue del Percebe que se atrincheraba en su buhardilla, con todo tipo de artilugios defensivos y triquiñuelas, ante la llegada de los resignados acreedores que nunca podían hacer efectivo el cobro de las letras impagadas. Manolo era capaz de todo para que no lo limpiaran de su vivienda, desde apuntar a la puerta con un potente cañón hasta instalar una alambrada electrificada que ni el muro de Trump. Al igual que el personaje del genial Ibáñez se aferraba a su derecho a quedarse, el rey emérito abraza también esa filosofía del no pagar lo que uno considera indebido. El rey emérito está convencido de que fue un héroe que devolvió a España la democracia, de modo que las comisiones, las cuentas suizas, los paraísos fiscales y las sociedades offshore son solo el precio final, la minuta de liquidación, el finiquito que los españoles deben consentirle, aunque solo sea como favor por los servicios prestados.

Está visto que al viejo Borbón no lo saca de Zarzuela ni su hijo Felipe y si es preciso se acantona con la Guardia Real y con su camarilla de fieles, entre ellos Espinosa de los Monteros, que parece estar dispuesto a dar la vida por la Monarquía si es preciso. Cualquiera que lo conozca sabrá que el emérito es un duro que soportó muchas penurias en la Transición y tuvo que lidiar con peligrosos legionarios y chusqueros golpistas. No va a dejarse amilanar ahora por un presidente guaperas y cuatro bolivarianos que no habían nacido cuando el tejerazo del 23F. De Zarzuela no lo mueve ni Dios. Desenvainará la muleta esperando a sus enemigos, se aferrará al trono regio y al grito de No pasarán y el Resistiré del Dúo Dinámico, el cetro en una mano y la corona en la otra, venderá cara la piel del oso. Aunque, bien mirado, en este caso el depredador de Botsuana será la presa. Cazador cazado.

Viñeta: Igepzio