domingo, 13 de diciembre de 2020

EL CIEGO Y LA BARBARIE

 
(Publicado en Diario16 el 29 de octubre de 2020)

Un juzgado de Barcelona ha condenado a un taxista por negarse a subir al coche a un hombre ciego acompañado de su perro guía, una auténtica cacicada urbana que merecía una respuesta contundente del Estado de derecho. Según la sentencia, los hechos ocurrieron en octubre de 2018, cuando el invidente intentaba acceder al taxi con su lazarillo cuadrúpedo y el dueño del automóvil le advirtió con prepotencia y fastidio: ‘Perros no, perros no’. Sin dar más explicaciones, el taxista arrancó el motor y reinició la marcha, provocando que el ciego sufriera un fuerte golpe contra la puerta del vehículo. El choque causó a la víctima una contusión en el hombro izquierdo y cervicalgia, siempre según la resolución judicial.

Una vez más, nos encontramos ante un hecho brutal que demuestra el grado de insensibilidad al que han llegado las sociedades modernas. Cabría preguntarse si ese taxista ahora condenado sintió un rechazo irrefrenable contra el ciego, contra el perro que guía a su dueño por los oscuros caminos de la vida o contra ambos. En cualquiera de los casos nos encontraríamos ante un episodio flagrante de discriminación, bien de una minoría social discapacitada o de un animal que también tiene su derecho a que no lo echen de un taxi en un repugnante ejercicio de apartheid canino. Mientras Donald Trump acaricia la reelección tras polinizar la Tierra con su filosofía xenófoba llena de odio y discriminación, mientras otro loco yihadista mata a machetazo limpio a tres personas en una iglesia de Niza, asistimos a esta sentencia histórica por lo que tiene de defensa de los valores humanistas, aquella antigua y necesaria moral de los sabios griegos que lamentablemente algunos poderes fácticos se empeñan en enterrar para siempre porque molesta a la nueva religión del dinero.

La civilización se defiende de la barbarie con políticas, sentencias y leyes justas, con la aplicación de unos principios ilustrados irrenunciables, tal como hace estos días el heroico Macron frente a quienes pretenden acabar no solo con el estilo de vida occidental y los preceptos democráticos más elementales, sino con los valores propiamente humanos hasta reducirnos a todos a la categoría de rebaño asustado en manos de Alá.

En ocasiones la Justicia española nos sorprende y si ayer asistíamos al lamentable espectáculo de la petición fiscal de seis meses de prisión para Ángel Hernández, el hombre que decidió ayudar a morir dignamente a su mujer enferma de esclerosis múltiple, hoy es preciso elogiar una resolución inédita y vanguardista que contribuirá sin duda a avanzar en la defensa de los derechos de los humanos y de los animales. Del fanatismo a la barbarie sólo media un paso, decía Diderot, en este caso el que hay entre la calle y un taxi elitista que aplicó una de esas nefastas ideologías de los tiempos reaccionarios que nos ha tocado vivir. Congratula y reconcilia con el género humano el párrafo del alegato del fiscal en el que el Ministerio Público hace un ejercicio de pedagogía y explica que con la difusión de esta sentencia espera que otras personas invidentes víctimas de los mismos hechos “se animen a denunciarlos”. La Fiscalía concluye que el fallo también debe servir de “llamada de atención” para todos los profesionales que tienen la responsabilidad de facilitar su “prestación pública o privada”, debiendo cumplir con sus obligaciones sin incurrir “en ningún tipo de discriminación”.

Mientras tanto el taxista, que ha reconocido los hechos, será condenado a seis meses de inhabilitación por un delito con motivo del ejercicio de los derechos fundamentales y libertades públicas en la modalidad de denegación de una prestación privada y deberá indemnizar a la víctima de la discriminación con 1.600 euros por las lesiones y el daño moral causado. Así aprenderá el primer mandamiento que debería interiorizar todo niño en la más tierna infancia: que buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro, tal como nos enseñó el viejo Platón hoy criminalmente enterrado (y así nos va).

Las ideas xenófobas y discriminatorias se extienden rápida y peligrosamente por influjo de partidos políticos que como Vox tratan de instaurar una sociedad clasista, un mundo fracturado y dividido entre españoles de pedigrí e inmigrantes, una realidad de hombres supremacistas y mujeres subyugadas o perseguidas simplemente por ser feministas. Las ideologías de odio, ya sean las que se propalan contra los menas, los homosexuales, los veganos, los piojosos okupas (como dice con desprecio la ultraderecha) los ciegos o los perros lazarillos deben ser combatidas sin ambages y con todas las de la ley. Si Rosa Parks, la célebre activista afroamericana, ha pasado a la historia de los movimientos por los derechos civiles al haberse negado a ceder su asiento a un blanco en aquel sórdido autobús de Alabama, esta sentencia de Barcelona es igualmente pionera, ya que pone en valor los derechos de las personas discapacitadas y de sus amigos peludos que son quienes velan y cuidan de ellos.

Puede que una resolución tan trascendental haya pasado desapercibida en medio del caos originado por la pandemia, en medio del desastre de muertos y contagiados en el Madrid anárquico e insumiso de Díaz Ayuso y en medio de la barahúnda organizada por Pablo Casado y sus socios de la extrema derecha durante el debate sobre el estado de alarma en el Congreso. Pero sin duda, es un gran paso adelante en la defensa de los derechos humanos y de las ideologías animalistas en un tiempo oscuro impuesto por doctrinas ultras, atávicas y carcas. El perro lazarillo de ese ciego puede estar satisfecho porque hoy es un día importante para él y sus congéneres. Ahora a esperar una nueva victoria en forma de sentencia que sin duda llegará algún día y que acabará con las corridas de toros. Otro vestigio de crueldad y barbarie que acabará siendo derrotado más pronto que tarde.

Viñeta: El Petardo

UN ÁNGEL

 (Publicado en Diario16 el 29 de octubre de 2020)

¿Se acuerdan de Ángel Hernández, el hombre que ayudó a morir a su mujer enferma de esclerosis múltiple tras una larga agonía? Cómo olvidar aquel rostro atravesado por el amor y el dolor, cómo no recordar aquellos ojos llenos de ternura, de compasión y de preguntas sin respuestas. A Ángel el fiscal lo acusa ahora de un delito de cooperación al suicidio y le pide seis meses de prisión, si bien es cierto que el Ministerio Público se muestra favorable a su indulto en un momento posterior del proceso. O sea que primero condenan al inocente y después lo libran de la mancha del castigo. Así es la tediosa y absurda maquinaria de la Justicia, un monstruo ciego que no conoce de sentimientos sino de penas, agravantes y atenuantes.

Hace tiempo que España se ha convertido en un país kafkiano, un Macondo extraño donde ya no rigen las leyes fundamentales de la naturaleza sino más bien una especie de realismo mágico o mundo al revés borgiano donde cualquier cosa es posible, desde que un rey salga por piernas para refugiarse en un lejano desierto hasta que un franquito revivido y a la bilbaína regrese del pasado para arrastrarnos a los tiempos del NO-DO. El día que desenterramos a Dalí se desató el surrealismo y ahora nos encontramos con este caso absurdo y sangrante, la historia de un falso culpable hitchcockiano, de un ser bueno y piadoso atormentado por el sistema, de un ángel al que han llevado al banquillo de los acusados simple y llanamente por haber librado a su amada del sufrimiento insoportable que supone una enfermedad degenerativa. A Hernández lo han condenado a la cadena perpetua de la mala fama y los antecedentes penales tras colgarle el cartel injusto de colaboracionista del suicidio asistido. Castigando a este hombre para indultarlo después en una extraña cabriola jurídica que esconde un inmenso cinismo y una insoportable hipocresía, el establishment nacionalcatolicista de Lesmes pretende no ya dar un escarmiento al pobre y maltratado Ángel sino a la ley de eutanasia y al Gobierno rojo, bolivariano y ateo. En realidad todo esto no es más que un paripé político de unos poderes reaccionarios en el que el reo cumple el papel de chivo expiatorio. Si hubiesen querido hacer justicia de verdad con Ángel Hernández le habrían puesto un monumento, una calle o una plaza como pionero del derecho a morir en paz, aunque luego llegaran las hordas del fascismo y del fundamentalismo religioso para fusilarlo a brochazos de pintura roja y a crueles martillazos, como han hecho con Largo Caballero.

En Francia sufren la peste de los locos de la cimitarra que van por ahí rebanando pescuezos a los viñetistas de Charlie Hebdo y a los maestros heroicos que enseñan en las escuelas lo que es la Liberté, Égalité y Fraternité. Aquí tenemos a nuestros Torquemadas ultracatólicos de siempre, gente que no entiende lo que es el amor y el altruismo, clérigos y jueces insensibles que a falta de autos de fe y causas generales por herejía ponen a un hombre bueno en la picota del tribunal para hacerle la vida imposible y añadirle un doble calvario: el judicial que viene a sumarse al que ya arrastra desde hace años por haber tenido que administrarle el pentobarbital sódico a la mujer que amaba. “Tal como había acordado la pareja, sobre las 10.00 horas del día 3 de abril del 2019, estando solos en su domicilio, Ángel, con la intención de cumplir el deseo de María José, que estaba inmovilizada en su cama, vertió la sustancia que tenían en un vaso con una pajita y se lo acercó a la boca, siendo ella la que lo ingirió con la pajita y…”, asegura el estremecedor relato de la Fiscalía. Hay que ser muy de una pieza y tener la sangre muy fría (o muy caliente, según), para hacer algo tan grande, tan noble y tan sencillamente humano.

La pandemia nos está enseñando a convivir con la muerte, que se cruza con nosotros cada día sin que veamos su afilada guadaña. Nos habíamos acostumbrado a nuestras vidas apacibles de inmortales occidentales a salvo del infortunio y la desgracia. La fatalidad y la miseria eran cosas de africanos tercermundistas −allá ellos si querían jugarse la vida en las pateras del Estrecho−, y morirse siempre era una desgracia que ocurría a los demás. La historia había llegado al final, como decía el filósofo chino aquel, y pasábamos la vida en asuntos triviales como el trabajo, la hipoteca, el precio de la gasolina y los partidos de la Champions. Ahora que ha llegado un ángel exterminador del Lejano Oriente para ponernos en nuestro sitio biológico nos hemos dado cuenta de que la muerte estaba ahí por mucho que quisiéramos ignorarla, ocultarla en tanatorios asépticos y taparnos los ojos ante los telediarios. Ahora caemos en la cuenta de que no éramos nada, solo simples seres egoístas, débiles, hedonistas y temerosos, y lo que es aún peor: comprendemos que no somos capaces de vivir sin entrar en un bar o irnos de estúpido puente. Nos habíamos convertido en muertos en vida, zombis de las sociedades de consumo como en aquel Ensayo sobre la ceguera de Saramago. Bichos raros que a falta de una tragedia gorda como esta que nos enseña el auténtico valor de la existencia humana se habían instalado en una pandemia de imbecilidad contagiosa. “No me ha querido saludar. La gente cuando me ve no sabe qué decirme. Huelen a muerto”, decía Ricardo Darín en aquel magnífico papel de desahuciado en Truman, la imprescindible película de Cesc Gay que trata sobre los últimos días de un enfermo terminal, sobre la verdadera amistad y el amor a los perros. Estremece comprobar cómo el personaje va tomando conciencia de su finitud, de su mortalidad en un proceso-catarsis por el que transita hoy la humanidad entera en medio de un paisaje de peste y horror.

Ahora que empezamos a saber que la vida era esto, la descarnada y animal lucha por la supervivencia, un resistir y salvar el pellejo cada día, nos encontramos con uno de esos ejemplos que nos dan una lección de decencia, de valor y dignidad ante la muerte. Por mucho que quieran indultarlo en diferido, Ángel Hernández jamás tendría que haber pasado por esto, jamás tendría que haberse sentado en ese banquillo de los acusados que es como un potro inquisitorial organizado por gente siniestra que tiene una Biblia carcomida en lugar de un corazón.

Viñeta: El Koko Parrilla y El Petardo

GLEZ

(Publicado en Diario16 el 28 de octubre de 2020)

En los últimos tiempos hemos descubierto al Felipe González más ultraliberal, al Felipe González más patriótico y nacionalista, al Felipe González más conservador y antisanchista, en definitiva. Cada minuto que pasa parece hablar alguien más y más alejado de aquel referente del centro-izquierda que fue y cualquier día lo vemos romper el carné del PSOE y solicitar el ingreso en el PP casadista. En las últimas horas Isidoro ha vuelto a lanzar una de sus hirientes puyas contra el Ejecutivo de coalición al asegurar que el decreto del estado de alarma recientemente aprobado “no es delegable” en las comunidades autónomas y al alertar sobre una “crisis de cogobernanza del estado descentralizado”. Faltaba el Felipe González más antiautonomista y antifederalizante y ya lo tenemos aquí.

En su intervención en el foro económico organizado por el diario Expansión, Glez. no solo avisa sobre la “crisis de gobernanza en el estado descentralizado”, sino que critica a las autonomías por la carrera abierta durante la desescalada por “ver quién llegaba antes a un desconfinamiento”. “Hemos metido la pata inimaginablemente”, sentencia, e incluso su prosa se vuelve un tanto casposa y cipotuda al exigir que cada Ejecutivo regional “no haga de su capa un sayo”. La influencia retro y barroca del lenguaje voxista lo invade todo en la política española.

“Analizo el decreto de alarma y se delega la facultad de ejecutar lo decidido, con una amplitud de interpretaciones, a los presidentes autonómicos. No es delegable, por decreto, la competencia del estado de alarma”, sentencia el exlíder socialista. La diatriba va abiertamente dirigida contra la filosofía de Pedro Sánchez consistente en que las comunidades y regiones de España asuman sus responsabilidades sanitarias en la pandemia, ya que a fin de cuentas tienen transferidas las competencias en la materia desde hace años. Es decir, Sánchez no hace sino cumplir con lo que ha sido este país en su historia más reciente, así como aplicar la Constitución y respetar los diferentes estatutos de autonomía en cumplimiento de un estado descentralizado como es el nuestro. Además, el González más ultraliberal queda al descubierto cuando dice que “tampoco ve necesario un confinamiento” que perjudicaría la economía nacional −demostrando una vez más lo cerca que está ideológicamente de la patronal de Garamendi− y cuando rechaza subir los impuestos a los ricos y a las grandes empresas. Ya se sabe que el patriarca exsocialista siempre fue un blando con el gran capital y con los señores de las Torres KIO

Pero sobre todo llama la atención esa alergia de Isidoro al autonomismo, que ha sido una historia de éxito desde 1978. Pocos son los líderes y barones autonómicos que no han apoyado el decreto de estado de alarma, salvo Isabel Díaz Ayuso, aunque esa mujer vive en su mundo de Alicia en el país de las maravillas y es una rara avis “trumpista” a la que conviene no hacer demasiado caso. IDA va a su aire, verso suelto, a su bola, pero no es ningún referente de lo que opinan los demás líderes territoriales del país, incluidos los de su propio partido. Tanto el lehendakari Urkullu como el presidente de la Generalitat catalana −que ya no sabemos quién es porque aquello es poco menos que tierra de anarquía y el bastón de mando va pasando de unos a otros cada cuarto de hora− se han puesto al frente a la hora de reclamar el estado de alarma y se muestran encantados con un apetitoso juguetito que da mucho poder, casi tanto como en un Estado federal. A su vez, las demás regiones, siguiendo la estela de las gobernadas por los nacionalistas, se han situado de inmediato a la cola para reclamar la medida excepcional en una nueva reedición de aquel viejo “café para todos” de la Transición y con independencia de si en un territorio hay más virus o menos.

Quiere decirse que el Estado español está muy lejos de ser un Estado fallido, como se empeña en demostrar Pablo Casado cada vez que va a Bruselas a torpedear las ayudas a la reconstrucción, y si algo está funcionando ahora es la coordinación interterritorial, por mucho que González pretenda retroceder 40 años hacia el modelo unitario. Sin duda, su ácida y demoledora crítica contra el ‘decreto Sánchez’ habrá sido muy bien acogida en las filas de Vox, ya que Santiago Abascal (fiel admirador de aquella España una, grande y libre) sueña con demoler toda la arquitectura autonómica trabajosamente construida a lo largo de cuatro décadas. Abascal es como aquellos conspiradores veinteañistas de la logia del Taller Sublime que a comienzos del XIX gritaban “Constitución o muerte” a todas horas mientras aceptaban sin rechistar a Fernando VII, el rey absoluto y principal obstáculo a las reformas constitucionales del país. Contradicción española en estado puro, la misma en la que parece haber caído González, que empezó siendo muy federalizante, republicano y plurinacional en la clandestinidad y ahora parece querer volver a las esencias y bondades del Estado único y centralista. 

De modo que la nueva inspiración divina de González, su nueva aportación a la historia como faro, guía y lumbrera de la patria en los tiempos de la posverdad, es que la solución a los males del país pasa por una vuelta a la España no ya del franquismo, sino a la de los tiempos de la Restauración borbónica del XIX, ahora que Casado impone tendencia política como el nuevo Cánovas del Castillo. Pese a que Felipe asegura que se muestra partidario del Estado autonómico, entra en abierta contradicción, ya que un auténtico federalista no puede defender las autonomías y al mismo tiempo negar la validez de un decreto de estado de alarma que permite a los diferentes territorios (quienes mejor conocen la situación de sus municipios y ciudades) autogestionar su propia plaga y su propia pesadilla epidémica. Felipe se vuelve a confundir al no entender que las autonomías también son Estado y que a mayor descentralización mayor capacidad de gestión.

El problema es que, lamentablemente, el estado de alarma llega tarde tras meses de discusiones bizantinas, políticas y judiciales, sobre la libertad y los derechos humanos amenazados por las restricciones sanitarias. La medida de Sánchez no servirá de nada porque el virus está tan extendido ya que amenaza con convertirse en una enfermedad endémica, crónica, como la gripe o el sarampión. Solo el confinamiento estricto y severo de la población evitará el desmadre de los botellones, el pinchoteo en bares y terrazas y demás saraos como la cena/fiesta organizada por Pedro Jota en la que algunos políticos españoles se quitaron la mascarilla en un indignante estriptis ético y moral que ha soliviantado los ánimos de millones de españoles.

Viñeta: El Koko Parrilla

LOS LEONES DE PEDROJOTA

(Publicado en Diario16 el 28 de octubre de 2020)

La sonada gala de El Español va camino de convertirse en un problema imprevisto para el gabinete Sánchez. Personalidades políticas y famosos de Villa y Corte fueron invitados a la entrega de los premios Leones, un multitudinario sarao organizado por el periódico de Pedro J. Ramírez que terminó precisamente en eso, en una leonera o peligrosa trampa en la que terminaron cayendo algunos destacados representantes ministeriales que a los postres, y relajándose de forma imperdonable, acabaron departiendo entre ellos sin mascarilla y sin guardar una mínima distancia social.

De inmediato las redes sociales explotaron con miles de mensajes de ciudadanos indignados que se quejaban de que en medio del estado de alarma, con la población sometida a duras restricciones sociales y de movilidad, algunos de sus representantes políticos se solazaran y se dieran a la dolce vita en una cena de postín como si la pandemia no existiera. Ya da igual si lo que ha molestado a la ciudadanía es que los que debían dar ejemplo dejaran a un lado el molesto bozal quirúrgico que se impone bajo pena de multa a los sufridos españolitos o si lo que realmente cabreó al personal es que sus señorías participaran en una cena de lujos y buenos caldos mientras las colas del hambre se llenan de pobres arruinados por la crisis del covid. El caso es que entre los asistentes a la polémica velada estaban los actuales padres de la patria y algo de biuti que deberían predicar con el ejemplo, como Salvador Illa, Juan Carlos Campo, Margarita Robles, Emiliano García Page, Pablo Casado, Isabel Díaz Ayuso, José Luis Sánchez Almeida, Teodoro García Egea, Inés Arrimadas, Ana Pastor, Dolores Delgado, Florentino Pérez, Begoña Villacís, Francisco Reynés, Cristina Álvarez Guil y un largo etcétera. Algunos de ellos fueron cazados por los fotógrafos de Pedro Jota sin mascarilla y sin guardar la debida distancia de seguridad, pero la factura de responsabilidad que tendrán que pagar unos y otros será a buen seguro muy distinta.

Es evidente que no es lo mismo que Inés Arrimadas acuda a una fiesta con cien invitados (cuando las redadas policiales en bares y pubs y las multas se suceden por doquier en todo el territorio nacional) a que lo haga el siempre estricto y exigente Salvador Illa. Llama la atención que al ministro –un hombre habitualmente prudente y sensato− no se le ocurriera pensar que aunque iba de invitado a los premios Leones en realidad estaba allí en calidad de presa, ya que jugaba en tierra hostil y cualquier desliz o relajación podía ser aprovechado no solo para el sarcástico editorial de Pedro Jota del día siguiente, sino como argumento por parte de rivales políticos que como Pablo Casado compartían cena con él en la mesa de al lado. Como también sorprende que ningún asesor de Moncloa (y hay unos cuantos) advirtiese al ministro que con la que está cayendo lo último que le convenía era meterse en la jaula de los leones de la derecha, que esperan cualquier despiste para darle el zarpazo final. Y así fue. Aunque seguramente el ministro guardó las medidas sanitarias y solo se quitó la mascarilla para comer, esa foto quedó para la historia y le va a hacer un grave daño a partir de ahora. Ayer mismo el programa Todo es mentira de Risto Mejide le dedicaba un amplio espacio al asunto, en el que Illa quedó como poco menos que un irresponsable de garito nocturno que no cumple con los decretos y leyes que él mismo prescribe a la población. “Entonces, entiendo que si me cupieran, podría organizar una cena en casa con 150 personas. ¿Verdad? ¿No va a salir nadie a pedir perdón?”, se quejaba también la periodista Carme Chaparro soltando su chaparrón, nunca mejor dicho. Miles de tuiteros han abierto la veda contra los asistentes a la cena y sin duda será el Gobierno quien se lleve la peor parte por no dar ejemplo. Asistir a ese botellón de lujo que nunca debió ser autorizado no fue una buena idea. No hacía falta ser muy listo para entender que la trampa estaba tendida y que la fotografía de un ministro bastante más relajado que cuando echa el rapapolvo a los españoles incumplidores con las normas sanitarias se produciría más tarde o más temprano.

El astuto Pedro Jota, una vez más, ha hecho tambalear los cimientos de un Gobierno socialista precisamente a pocas horas de que se produzca el trascendental debate sobre el estado de alarma en el Congreso de los Diputados. En principio será el propio Illa quien suba a la tribuna de oradores a defender el decreto y a pedir la confianza de la Cámara. Moncloa ha decidido que tras el debate de la fallida moción de censura promovida por Vox es una buena idea reservar a Pedro Sánchez, no exponerlo más, pero el aluvión de críticas por la ausencia del presidente en el atril y la maldita cena de los leones puede obligar al Gobierno a alterar los planes a última hora. De momento Pablo Casado, en su línea de tensar la cuerda, ya le ha dicho al Ejecutivo que el PP no votará “sí” a un estado de alarma que se prolongue hasta el 9 de mayo y en todo caso está dispuesto a negociar ocho semanas a lo sumo. “Está a tiempo de rectificar”, ha amenazado el líder de la oposición.  

El Pleno del Congreso se celebrará este jueves y la sesión promete animación y sorpresas. Sin duda, la extrema derecha tratará de capitalizar el “error” que cometió Illa acudiendo a la gala-trampa de El Español. Ese asunto saldrá inevitablemente durante el debate porque Vox no dejará escapar una presa fácil que puede darle algún rédito electoral. Y todo por jugar un rato con los traviesos leones de la derecha española y con ese domador con tirantes que no necesita un látigo para hacer tambalear un Gobierno rojo.

Viñeta: Igepzio

LA POLÍTICA TÓXICA

(Publicado en Diario16 el 27 de octubre de 2020)

El caso Delcygate va camino de quedar en nada. Un nuevo montaje de las derechas que se va al garete, una nueva teoría de la conspiración “trumpista” que está a punto de ser reducida a papel mojado. Por refrescar de qué va el tedioso asunto (y sin ánimo de aburrir al ocupado lector) recuérdese que los hechos se remontan a la noche del 19 al 20 de enero de 2020, cuando el avión de la vicepresidenta de Venezuela y mano derecha de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez, hizo una breve escala en Barajas antes de proseguir su ruta hacia Turquía. Al ministro de Transportes, José Luis Ábalos, se le ocurrió salir a recibir a su homóloga bolivariana para informarla de que no podía entrar en territorio español debido a la sanción de la UE contra Venezuela por graves violaciones de los derechos humanos. Y las derechas vieron el monte abierto para iniciar una nueva y ciega caza de brujas.

El caso llenó portadas en los periódicos de la Brunete mediática y dio paso a horas de comparecencias y sesiones parlamentarias tan insufribles como inútiles, ya que desde el principio se vio que el expediente no daba para más por mucho que Pablo Casado se empeñaba en estirar el culebrón venezolano. Ábalos siempre dejó claro que su entrevista con Rodríguez obedecía a una mínima relación de cortesía diplomática entre dos países amigos y nada tenía que ver con una conspiración revolucionaria para implantar el chavismo bolivariano en España. Sin embargo, PP, Vox y Ciudadanos abrieron la veda contra Moncloa para acabar con el ministro a cualquier precio y de paso pedir la dimisión de Pedro Sánchez por encubrimiento. Todavía hoy Santiago Abascal, líder voxista, se esfuerza en mantener que hubo intenciones oscuras y delictivas en aquella reunión en el aeropuerto madrileño. La pasada semana, sin ir más lejos, el jefe ultraderechista aprovechó para insinuar que el Gobierno Sánchez apoya a las narcodictaduras latinoamericanas al insinuar, durante el debate de moción de censura, que “esos criminales sólo mandan maletas para corromper a políticos y no para financiar la deuda”, en alusión directa a la polémica escala de Delcy Rodríguez en Barajas.

Nueve meses después nadie se acuerda de aquello, el asunto está más que amortizado y ni siquiera Inda escribe de ello porque ya no vende periódicos. La polvareda mediática va camino de diluirse como un azucarillo después de que la Fiscalía del Supremo haya pedido que se inadmitan las querellas contra Ábalos. En su informe, el Ministerio Público interesa el archivo de la causa porque no existen “indicios suficientes” de que los hechos sean constitutivos de un delito de prevaricación ni de la participación del ministro de Transportes. Nada de lo que decían las derechas ha sido probado, como no podía ser de otra manera en una historia tan delirante.

Para la Fiscalía, las acusaciones estaban basadas “exclusivamente” en artículos de prensa y en la declaración notarial de un trabajador del aeropuerto que “ni siquiera especifica su puesto de trabajo”. Se trata del vigilante de seguridad privada que supuestamente presenció la reunión y que asegura que Rodríguez “pisó suelo Schengen”, introduciendo “dos carros de maletas en España”. Además, el fiscal reprocha a los querellantes que no hayan precisado “mínimamente” la presunta participación de Ábalos en los hechos imputados. “Al margen de sus opiniones y sospechas, no concretan cuál es la resolución injusta y arbitraria dictada por el querellado, ni cuáles son los indicios de participación del querellado en la decisión que cuestionan, desconociéndose incluso quién la tomó, ni mucho menos las razones de la misma”, afea el Ministerio Público a los abogados de PP y Vox.

Es evidente, porque así lo dice la Fiscalía, que Ábalos no cometió ninguna resolución “injusta y arbitraria” de la que pueda deducirse un delito de prevaricación. “De las querellas no se evidencia ni el dictado de una resolución administrativa, ni mucho menos su injusticia y arbitrariedad”, afirma el fiscal sin perjuicio del resultado de las investigaciones que lleva a cabo el Juzgado de Instrucción Número 31 de Madrid.

Todo lo cual nos lleva a dos conclusiones principales: por un lado que los abogados de las derechas españolas ni siquiera se preparan mínimamente las querellas cuando recurren a la Justicia con sus novelas negras propias de la factoría Netflix. Si lo hicieran, a buen seguro se evitarían ridículos judiciales espantosos como el que nos ocupa y otros anteriores, véase esa infame causa general contra el feminismo y la manifestación del 8M, a la que PP y Vox señalaron en su día como gran supercontagiadora de la pandemia de coronavirus en España. Y en segundo lugar, y lo que es todavía más importante, la decisión de la Fiscalía viene a confirmar que el Delcygate no ha sido sino un inmenso bulo, una mala película de espías burdamente rodada y distribuida por los productores Casado y Abascal −los hermanos Warner de la ficción en que se ha convertido la política española−, con la intención de erosionar al Gobierno de coalición. Un montaje de vodevil en el que ni siquiera ellos creían, como confirman las fianzas de 40.000 euros para el PP, 20.000 para Vox y 5.000 para Laócratas solicitadas por el juez para formalizar las acusaciones particulares en el sumario. El partido de Santiago Abascal ha consignado la suya, por lo que ya es parte en el procedimiento, pero los otros dos querellantes han recurrido las suyas ante la Audiencia Provincial por considerarlas excesivas. Cómico y esperpéntico, como todo lo que rodeó el caso Delcygate. Un asunto que dio para un par de titulares en su día y poco más y que es el ejemplo paradigmático perfecto de la “política tóxica” con la que las derechas hacen perder el tiempo a los españoles.

Viñeta: Igepzio

LA PATRONAL Y LA NAVIDAD

(Publicado en Diario16 el 27 de octubre de 2020)

En 2008 se hundió la construcción. En 2020 se han hundido el turismo y la hostelería. Los tres grandes buques de la economía española se han ido a pique mientras el paro y las colas del hambre siguen creciendo inexorablemente. La pandemia deja un panorama desolador en nuestro país mientras los médicos y expertos insisten en que para erradicar el virus no queda otra que recurrir a medidas drásticas como el decreto de estado de alarma promulgado por el Gobierno y que deberá desarrollar cada comunidad autónoma en función de su situación concreta. La orden, que incluye el toque de queda nocturno, no ha gustado a la patronal. El presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Antonio Garamendi, cree que es una “barbaridad” extender el estado de alarma hasta el mes de mayo, tal como pretende hacer el Gobierno, y pide revisarlo de forma periódica. “Esto es coyuntural, no decimos que no apoyemos las medidas pero, por ejemplo, ¿qué hacemos en el caso de la Semana Santa? ¿Nos la cargamos porque planteamos este plazo de mayo?”, insiste Garamendi.

Una vez más, la posición de los empresarios se alinea exactamente con el discurso del Partido Popular, lo cual demuestra que en esta crisis sanitaria los argumentos ideológicos se están imponiendo a los médicos y epidemiológicos. Ayer mismo, Pablo Casado anunciaba que su partido apoyará la medida adoptada por el Ejecutivo de coalición siempre y cuando no exceda de las ocho semanas. Era su forma de lanzar una seria advertencia al presidente del Gobierno: el PP no dará un cheque en blanco ni a Moncloa ni a la ciencia en lo que se refiere a las medidas sanitarias que se deben adoptar. A lo largo de esta crisis, la peor desde el final de la guerra civil, Sánchez siempre se ha esforzado en aclarar que cada decisión que adopta su gabinete sigue estricta y exclusivamente los criterios y recomendaciones de los científicos. Sin embargo, a las élites políticas y financieras les interesa seguir haciendo del drama del coronavirus una batalla ideológica y una pugna por el poder.

El debate entre economía o salud es ficticio. Si la población sigue enfermando a ritmo exponencial será difícil que pueda incorporarse al mercado laboral con normalidad para seguir ejerciendo su papel de mano de obra del sistema capitalista. Un dato es ciertamente elocuente sobre la gravedad de la situación: las bajas laborales por coronavirus –que incluyen tanto contagios como cuarentenas por contacto−, se han duplicado al pasar de las 800.000 acumuladas a mediados del mes de julio a más de 1,6 millones al cierre de septiembre en unos meses marcados por los rebrotes de la epidemia. Eso es lo que dicen las frías estadísticas, pero además conviene no perder de vista el elemento humano: las secuelas que deja el virus en quienes lo padecen son terribles, el tratamiento requiere semanas de baja, probablemente meses, y aun así no se garantiza una curación total del paciente.

Sin embargo, pese al inmenso drama social que vive el país, Garamendi parece que sigue más preocupado por la campaña de Semana Santa que por la salud y el bienestar de los españoles. Extraña que un hombre de su preparación no entienda todavía, diez meses después de que comenzara esta pesadilla, que sin recuperar una cierta normalidad la economía no podrá seguir funcionando. Vencer al coronavirus y rebajar las cifras espeluznantes sobre número de muertos y contagiados diarios es condición prioritaria para empezar a hablar de crecimiento, de prosperidad y de riqueza. Sin salud no hay nada y urge rebajar la curva epidémica hasta situar esos casi mil contagiados por cada 100.000 habitantes que se registran en algunos territorios en una media de cien afectados o incluso menos. Ni siquiera alcanzándose ese objetivo estaremos a salvo de un tercer rebrote pero al menos podremos empezar a decir que tenemos al monstruo microscópico bajo control. Ahora mismo la epidemia está descontrolada y es evidente que un Gobierno debe tomar cuantas medidas urgentes sean necesarias para hacer frente a la crisis sanitaria general. Si son tres meses de confinamiento como si son seis. El tiempo que sea preciso para derrotar al agente patógeno, que se ha instalado entre nosotros y que amenaza con enraizar una enfermedad endémica en la sociedad. Pero es que además el propio Sánchez ya ha dejado claro que no mantendrá el estado de alarma “ni un día más ni un día menos” que el que sea necesario, mostrando su clara voluntad de anular la medida excepcional en cuanto sea posible. El Gobierno ha estimado que mayo es un plazo razonable en función de los informes de los expertos epidemiólogos. Es decir, una vez más la ciencia avala las medidas políticas que se toman e incluso se quedan cortas, ya que numerosos científicos creen que el estado de alarma será insuficiente y habrá que recurrir a medidas mucho más duras, como confinar a la totalidad de la población en sus casas, por segunda vez, tal como ya ocurrió en el mes de marzo.

Y pese al panorama, las gentes del dinero siguen sin entender de qué va esto y continúan instaladas en el viejo discurso de los tiempos precovid. Garamendi y los demás responsables de la patronal aún no se han puesto en modo pandemia y siguen entretenidos en sus balances contables, en sus informes trimestrales y en sus inútiles estadísticas. Produce sonrojo e hilaridad que todavía se empeñen en salvar la campaña de Navidad y poco le ha faltado a Garamendi para exigir que se abran los comercios con normalidad, que se sigan celebrando las entrañables cenas de empresas y que las Cabalgatas de Reyes surquen las calles de nuestras ciudades en medio de la algarabía, los caramelos y el confeti. Alegría, villancicos y consumo a raudales, como si nada estuviese ocurriendo en el mundo. “Queremos que se arreglen las cosas, respetar lo que es la parte sanitaria, pero hay que tener en cuenta la parte económica”, insiste el máximo responsable de la CEOE. Por lo visto, su mente ultraliberal todavía no ha entendido que sin salud no hay nada, tampoco turrones ni champán.

Así las cosas, cabe sospechar que Sánchez va a encontrarse una nueva pinza cada vez que acuda al Parlamento a prorrogar el estado de alarma: la que formarán las derechas y las élites económicas. A fecha de hoy se antoja pura ciencia ficción que el presidente pueda mantener la situación de excepcionalidad hasta el 9 de mayo, el plazo tope que marca el decreto. Incluso parece imposible que pueda prorrogar la medida más allá de las raquíticas e insuficientes ocho semanas que le ha dado Casado. El líder del PP, erigido como el nuevo Cánovas del Castillo de la derecha española, ya ha visto carnaza en el estado de alarma y afila el colmillo.

Viñeta: Lombilla

EL VICIO TRUMPISTA

(Publicado en Diario16 el 25 de octubre de 2020)

Donald Trump ha llamado “idiotas” a los médicos y científicos que lo asesoran en la lucha contra la pandemia, que está causando estragos entre la población en todo el territorio de Estados Unidos. A pocos días de las elecciones presidenciales, el presidente norteamericano está sacando lo peor de sí mismo para convencer a su electorado de que sus patrañas y bulos son la solución contra la plaga de coronavirus. Vox, como fiel seguidor y sucursal del mundo Trump en España, aún no ha llamado a la caza de brujas contra los epidemiólogos, salvo contra Fernando Simón, el Giordano Bruno socialista al que la Inquisición ultra se la tiene jurada y sueña con montarle una hoguera a las puertas de su casa algún día.

El partido de Santiago Abascal bebe de las mismas fuentes fangosas, negacionistas y friquis de los ultras estadounidenses y como todo lo malo se importa de Yanquilandia también nos llegará, más tarde o más temprano, esta moda anticientífica y creacionista del Ku Klux Klan dando batidas contra el médico chavista y rojo. De momento, la líder de Vox en Madrid, Rocío Monasterio, ya se ha apresurado a decir que la restricción de la actividad económica y las reuniones sociales nocturnas en Madrid suponen un “toque de queda encubierto” y un atentado a las libertades de los españoles. Cuando toda la comunidad científica ha hecho ya su diagnóstico clínico de la pandemia en España y ha llegado a la dramática conclusión de que el virus solo será atajado con medidas severas de confinamiento, llega esta señora ágrafa en ciencias que debe creer que un fonendoscopio sirve para observar las estrellas y va y rebate a nuestros grandes médicos y expertos del CSIC con todas sus titulaciones y másteres, con todas sus noches de guardias en los hospitales y con toda su experiencia en la lucha contra la enfermedad y la muerte. Grotesco.

En las últimas horas, Isabel Díaz Ayuso parece que ha empezado a entrar en razones y por fin está tomando medidas contundentes. Una vez decaiga el sábado el estado de alarma, la Comunidad de Madrid limitará las reuniones sociales en toda la región entre las 00.00 y las 06.00 horas. La insumisa “trumpita” del PP madrileño ha necesitado ocho meses y miles de muertos y contagiados para darse cuenta de que esto va en serio, de que la pandemia no es el juego del gato y el ratón con Sánchez, y que el virus no es un invento de los socialcomunistas para secuestrar a la población en un gulag. Con la muchacha IDA hay que ir poco a poco con las lecciones de biología porque si se le mete mucha información de golpe sobre las diferentes clases de agentes patógenos, proteínas y linfocitos corremos el riesgo de colapsar su linda cabecita. Tras meses negándose a las medidas de confinamiento ahora ya reclama el toque de queda como ese griposo que no se aguanta y pide jarabe a cucharadas dobles. IDA ha aceptado el toque de queda, aunque con la boca pequeña y sin hacer demasiado ruido, no vaya a ser que sus CDR, los cayetanos del barrio de Salamanca, se revuelvan contra ella y le monten un 2 de Mayo en Sol con enloquecidos terraplanistas y antivacunas defendiendo la superchería. 

Por lo visto Ayuso está dejándose por una temporada la nicotina del “trumpismo”, un vicio que no lleva a nada bueno, pero Monasterio sigue enganchada a la mierda ideológica que vende el camello Trump y sigue en sus trece de no hacer caso a lo que dicen los médicos. Si por ella y por Santi Abascal fuera, Madrid seguiría abierta, haciendo vida normal como si tal cosa, hasta que unos cuantos millones de madrileños enfermaran o estiraran la pata. Eso de la “inmunidad de rebaño” es un concepto que seduce mucho a las huestes neofascistas y ya lo han incluido en su diccionario de neolengua orwelliana, entre la milonga del “consenso progre” y la patraña de la “guerra cultural”. A fin de cuentas ellos son franquistas y siempre han creído que el pueblo ero eso, un rebaño, un ganado, una piara o una manada bestias de tiro al servicio del señorito, del cacique o del marqués de turno. En cualquier caso, a Rocío Monasterio hay algo que está claro que le obsesiona, y es que la economía no se pare, que el Íbex no baje y que el PIB no se hunda. Por eso cree que no se puede tratar “igual a las zonas contagiadas que a las no contagiadas” en una especie de apartheid sanitario castizo. En definitiva, la Monasterio viene a decirnos que el confinamiento sí pero para los pobres y parias de la famélica legión. Y a los ricos ni tocarlos o montan un 36.

Luego, por disimular, la portavoz verde en Madrid introduce algo de medicina en su discurso. “¿Por qué no estamos haciendo test en todos los barrios, en todos los distritos, por qué aplicamos las mismas medidas a los que están contagiados que a los que no están contagiados?”, se pregunta la número 1 de Abascal. Muy sencillo señora, porque el Gobierno que usted sustenta y dirige en la sombra no ha tenido a bien invertir en más Estado de bienestar, o sea en prevención, en tratamientos, en rastreadores y en médicos y enfermeras. Llama la atención la facilidad que tiene esta gente para escaquearse de sus responsabilidades políticas. Vox forma parte del trifachito de Madrid, las competencias en Sanidad pertenecen a la comunidad autónoma, pero ella se lava las manos y que sea otro el que se coma el marrón, mayormente Sánchez. Enerva la sangre de cualquier demócrata escucharla decir que lo primordial es destinar recursos para hacer frente a la pandemia (“menos confinar y más rastrear”). Y lo dice con toda su jeta y su morro una fundamentalista del capitalismo que sería capaz de vender hasta el último ladrillo del último hospital público de Madrid para hacer negocio con los fondos buitre. Ascazo de ultraliberales.

Viñeta: Igepzio