domingo, 13 de diciembre de 2020

FROILÁN, EL NEGACIONISTA

(Publicado en Diario16 el 5 de noviembre de 2020)

A Froilán lo han pillado paseando por las calles de Madrid sin mascarilla, fumándose un cigarro y sin guardar las mínimas distancias de seguridad contra el coronavirus, según se desprende de las fotografías difundidas por Europa Press que ya han incendiado las redes sociales. Al parecer, el polémico garbeo juvenil ocurrió el pasado 28 de octubre y al hijo de la infanta Elena se le vio tranquilo y relajado en compañía de su pandilla. Ahora que la mascarilla se ha convertido casi en un símbolo, en una ideología política (a quienes la llevan se les etiqueta como socialcomunistas y a los que se la quitan y se la dejan en casa como conservadores, ultraliberales o “trumpistas”) la actitud de rebeldía sanitaria de Froilán lo coloca directamente entre el grupo de los cayetanos negacionistas que protestan airadamente porque el Gobierno recorta sus derechos y libertades. Esa es una mala noticia para la Familia Real.

Quizá Froilán no sea consciente de su trascendente decisión (por lo visto es como uno de esos jóvenes impetuosos e irreflexivos de los botellones clandestinos que no calibran las consecuencias de sus actos) pero su paseo desenmascarado por Madrid es mucho más que una simple provocación para salir en Hola, en el Lecturas o en el Sálvame, supone toda una declaración política que degrada la imagen, una vez más, de la maltrecha Monarquía española. Mientras la inmensa mayoría de los españoles cumplen a rajatabla con las normas sanitarias, mientras el pueblo se resigna, traga y aprieta los dientes frente a la terrible pandemia, enfundándose el bozal, el mal ejemplo de Froilán se convierte en un problema añadido para la Casa Real, una institución en horas bajas acosada por los constantes escándalos del rey emérito. Esta semana que concluye, sin ir más lejos, está siendo especialmente horribilis para Zarzuela después de que se haya sabido que la Fiscalía Anticorrupción lleva un año investigando si el rey emérito Juan Carlos I, la reina Sofía y familiares directos −entre otros, algunos de sus nietos−, pudieron tirar de tarjeta black para cubrir gastos personales, según una exclusiva del diario.es. El asunto no es baladí, ya que se habla de testaferros del Ejército y hasta de un millonario mexicano, y viene a sumarse al turbio caso Corinna y a las comisiones por el AVE a la Meca, que persiguen al anciano monarca hoy afincado en una especie de retiro o exilio dorado en Abu Dabi.

La situación que vive la Jefatura del Estado es muy delicada, por no decir dramática, aunque no sepamos exactamente el alcance de la crisis, ya que el CIS ha censurado las encuestas sobre monarquía o república. Por eso llama la atención que nadie en Zarzuela ate en corto a Froilán, que a este paso se está convirtiendo en el mejor agente de la causa republicana en nuestro país. Felipe Juan Froilán de Todos los Santos de Marichalar y Borbón se ha convertido en un inconveniente añadido para Felipe VI, ya que por alguna razón el joven empieza a recordar demasiado a otros integrantes de esa realeza europea gamberra y decadente que se mueven entre el escándalo y la polémica permanente. Casos los hay a porrillo y no es necesario dar nombres, eso lo dejamos para Jorge Javier Vázquez. La cuestión es que desde aquel día en que Froilán, siendo niño, soltó una patada o coz a su prima Victoria López de Quesada y Borbón Dos-Sicilias en plena boda de Felipe y Letizia ya se veía venir que el muchacho apuntaba maneras. Luego llegaron las peinetas a los paparazzi, el disparo de escopeta en el pie, las malas calificaciones (pasó de tripitir curso a aprobar a la primera en una high school de Estados Unidos), su aventura como relaciones públicas en la Joy Eslava, las fiestas locas de graduación con puros y baños juveniles en los lagos de Virginia (previo pago de 43.000 euros de vellón por matrícula), las peleas e incidentes con otros chicos, los rumores de faldas y en ese plan. A Froilán lo llevaron al colegio mayor de USA para que se centrara y no se metiera en líos pero la educación con las élites yanquis no debió servir de mucho, ya que sigue siendo el rebelde sin causa de la Familia Real, el James Dean de la monarquía española. El problema es que si alguien no lo para a tiempo, si no lo meten en vereda (quizá ya sea demasiado tarde) algún día la liará parda y será llamado a capítulo por Felipe VI, que podría enviarlo a los desiertos árabes con el abuelo (no en vano es el nieto favorito del emérito).

Lo de no llevar mascarilla en plena pandemia es un gesto muy feo por lo que tiene de irresponsable e insolidario con un pueblo que sufre un inmenso drama nacional de muertos y contagiados y porque, más tarde o más temprano, lo relacionarán con los bravucones “trumpistas” de Vox. Ya se sabe que el presidente norteamericano, que estos días anda detrás de darle el pucherazo letal a Joe Biden, rechaza por norma el uso de la mascarilla porque es cosa de comunistas y antipatriotas y va propagando el coronavirus por toda América. Se dice que los mítines de campaña del gran Supercontagiador de la Casa Blanca han podido matar a más de 700 personas, insensatos que acudían a los eventos en una especie de incomprensible y extraño patriotismo suicida. Froilán debe tener cuidado con la mascarilla porque es algo muy serio, porque el patio no está para bromas y porque enseguida le cuelgan a uno el cartel de voxista, cayetano y ultra. Un sobrino negacionista: lo que le faltaba a Felipe VI.

 Viñeta: Igepzio

TRUMP Y VOX

(Publicado en Diario16 el 5 de noviembre de 2020)

Tal como era de esperar, Vox se ha puesto al lado de Donald Trump, que trata de ganar las elecciones en Estados Unidos por lo civil o por lo criminal, o sea negándole la legitimidad a su adversario demócrata Joe Biden. El partido neofalangista hispano está tomando buena nota de cada paso y cada maniobra obstruccionista del magnate neoyorquino, de modo que, llegado el momento, Santiago Abascal solo tendrá que copiar la hoja de ruta para la demolición de la democracia sustituyendo a Biden por Sánchez y a la jueza ultraconservadora Amy Coney Barrett por algún magistrado del Opus Dei del Tribunal Supremo.

La conexión del partido ultranacionalista español con Trump es máxima, hasta tal punto que el proyecto de Abascal es una sucursal del “trumpismo” en España. El inquilino de la Casa Blanca no solo ha prestado ayuda y asesoramiento a la formación verde, sino que el pasado mes de marzo le cedió un local para que pudiera celebrar un acto político en Nueva York. Aquello fue un rescate en toda regla después de que algunos socios del Centro Español de Queens se negaran a ceder sus instalaciones a la organización de Abascal, ya que se olieron la tostada de que aquella gente llegada de Madrid era algo franquista y no los querían ver por allí.

Ayer mismo, Vox devolvió el favor al jefe supremo yanqui apoyándolo en su intento de embarrar las elecciones del 3N. “Sea cual sea el desenlace de las elecciones americanas, de nuevo podemos constatar la ignorancia y la manipulación de medios, politólogos, encuestadores y opinadores. Otra vez han quedado sus mentiras al descubierto. Trump puede sentirse ganador, por seguir en pie contra todos”, afirmó Abascal en su cuenta de Twitter. Todo un capotazo para su referente político, ideológico y espiritual. Todo un acto de peloteo internacional con el gran gurú del populismo supremacista y xenófobo del siglo XXI.

Es evidente que el mandatario de Vox admira a Trump y quiere ser como él de mayor. Sin embargo, mientras Trump es un WASP, esto es, un blanco anglosajón protestante, Abascal, como cualquier otro españolito, es solo un medio blanco a secas, es decir, alguien por cuyas venas circula sangre íbera, fenicia, romana, cartaginesa, visigoda y moruna. O sea, un caos de fenotipo con el que no se puede construir una raza superior. El supremacismo no tiene ningún sentido en pleno siglo XXI porque las pruebas científicas lo han descartado por completo. Pero al menos Trump puede presumir de un pelazo rubio que le cuesta 70.000 dólares en peluquerías y unos ojos azules que delatan su ascendencia sajona, mientras que a Abascal se le ve el plumero españolazo a la legua, como a la inmensa mayoría de los habitantes de la piel de toro, vamos que ario, lo que se dice muy ario, no es.

Pese a todo, el líder de Vox se ve reflejado en el magnate de los negocios neoyorquinos y pretende seguir sus pasos. Por eso le copia el modelo supremacista punto por punto, haciendo un corta y pega a destajo y descarado, sin reparar en que la realidad norteamericana (con su conflicto racial latente) nada tiene que ver con la española. Cada vez que Abascal y Espinosa de los Monteros van de ejercicios espirituales a Estados Unidos, en lugar de traerse para España un souvenir de la Estatua de la Libertad y una gorrilla de los Knicks se traen un nuevo volumen del manual de instrucciones sobre populismo para principiantes de Steve Bannon y se lo cascan a pelo a la militancia para que hagan un comentario de texto. Al final las bases no entienden nada, pero repiten marcialmente el ideario, toda esa jerga de la “guerra cultural”, las “feminazis”, los “socialcomunistas”, los “menas” y demás patrañas para gente cándida. El que está en Vox ya sabe que el negocio de la nueva política populista consiste en eso, en repetir el disco rayado una y otra vez, en ser más patriota que nadie, en odiar al enemigo a muerte y nunca hablar mal del jefe, que para algo es el Caudillo. Con esos principios han construido un partido a la manera “trumpista”, con esas tácticas piensan reprogramar las mentes de los obreros del extrarradio, de los desgraciados temporeros del campo andaluz y de los parias de la famélica legión. Si Trump ha conseguido cautivar a los hispanos de Florida y convertirlos en pequeños nazis, sobre todo a los cubanos de Miami, Abascal piensa hacer lo mismo con el voto lumpen de nuestras grandes ciudades. En eso sí le puede funcionar el experimento político a Abascal a poco que la izquierda haga dejación de funciones, se convierta en establishment y defraude a las clases más desfavorecidas. 

Así que mientras Trump declara la guerra a la democracia al darse por vencedor sin recuentos de votos ni monsergas; mientras los barbudos y tatuados Proud Boys se preparan para salir a la caza del negro por las calles de Los Ángeles y Manhattan; mientras la América abolicionista y la esclavista vuelven a enfrentarse de nuevo, reescribiendo las mismas páginas de Lo que el viento se llevó, Abascal se pone de lado de los supremacistas WASP porque él también se siente tocado por la mano del Dios Trump. El problema es que para el Emperador yanqui el líder de Vox no es más que uno más, un tercermundista, un mestizo, un mexicano de tercera como esos que salen en el último magnífico documental de Évole. Todo este delirio ya es como en La conjura contra América, la novela de Philip Roth en la que Franklin Delano Roosevelt es derrotado por Charles Lindbergh en las elecciones presidenciales de 1940 y se instaura un régimen nazi en USA. Aquí, en España, tenemos a nuestro pequeño y aplicado “trumpito” como otros muchos que ahora surgen por doquier por toda Europa. A poco que nos descuidemos nos monta una segunda guerra civil, un Ku Klux Klan de Sierra Morena y un pucherazo en las próximas elecciones que ríete tú del tomate que ha organizado el del tupé pajizo. Al tiempo.

Viñeta: Igepzio

AZAÑA Y LOS "HOTROS"


(Publicado en Diario16 el 3 de noviembre de 2020)

El Congreso de los Diputados rinde homenaje hoy a Manuel Azaña en el octogésimo aniversario de su muerte. Sin duda, será otra buena oportunidad para que los demócratas de pedigrí, los de verdad, los que viven la democracia con coherencia y están concienciados con su significado (no los fantoches de medio pelo o los lobos disfrazados con piel de cordero) escenifiquen su unidad frente al neofranquismo emergente. En el acto se proyectará un vídeo que recuerda la trayectoria política del que fuera presidente de la Segunda República y el austero homenaje concluirá con la interpretación al piano de una pieza musical. Eso es todo. Sin fuegos artificiales ni salvas de honor. Un documental y unos cuantos acordes silenciosos de piano para rendir memoria al que fue nuestro más grande estadista e intelectual de la política, un hombre llamado a grandes cosas que tuvo el infortunio de cruzarse con una guerra. Azaña merece más, mucho más, para empezar un funeral de Estado con todos los honores que nunca tendrá porque la sombra del dictador es alargada y porque sigue habiendo miedo, mucho miedo, no vaya a ser que la concordia se vea amenazada, las heridas se reabran y bla, bla, bla…

Nuestra democracia tiene una deuda pendiente con don Manuel, pero los tiempos no están para alardes republicanos. Así que los actos serán austeros e íntimos para no soliviantar a los skinheads y neonazis, que luego les da por romper los escaparates de Zara al grito de “libertad”. Aquí, por mucha ley de memoria histórica que se promulgue, seguimos guardando una especie de complejo freudiano, un miedo reverencial y una reticencia incomprensible a recuperar a los grandes personajes que marcaron una época. Además, conviene no olvidar que en la propia Cámara Baja ya hay un busto del presidente Azaña que puede ser fusilado al amanecer a brochazos de pintura roja, como ocurre con la escultura de Largo Caballero, al que ahora los vándalos le dan el “paseo” cada mañana. Así que mejor no provocar a los nostálgicos.

De momento, tal como era de prever, el portavoz de Vox en el Congreso, Iván Espinosa de los Monteros, ya ha considerado “muy inoportuno” el homenaje. “No es más que un ataque a la Corona alineado con los ataques del Gobierno al monarca y al sistema del 78”, ha denunciado. Así es Espinosa, un tipo al que a menudo se le llena la boca de Constitución pero a quien le entra una urticaria aguda cuando se le habla de un personaje universal como fue Azaña. Espinosa es otro que tiene una idea muy distorsionada de lo que es la democracia. Tal como demostró en el pasado debate de moción de censura impulsada por el jefe Abascal, el portavoz verde cree que el Parlamento debe ser una especie de salón de banquetes para bodas, bautizos y comuniones, un club selecto y exclusivo donde se reparten pines, placas conmemorativas, insignias de oro y brillantes y medallas de honor solo a los militantes del partido neofalangista. En aquella intervención parlamentaria patética, a Espinosa solo le faltó sacar los bocadillos de calamares y las botas de vino para que rularan entre sus señorías de la bancada ultra. Esa es la idea patrimonialista y tabernaria de las Cortes, sagrado templo de la democracia, que tiene la extrema derecha española “trumpista” de nuevo cuño.

En España ni los “hunos” ni “hotros” han entendido a Azaña, gran símbolo del socialismo útil y racional. Por un lado, la izquierda radical se ha olvidado de él por haber perdido la guerra y por tibio. Por otro, la derecha supuestamente moderada y cuerda, como no se atreve a reivindicar los ideales republicanos (nadie entiende muy bien por qué, ya que de toda la vida ha habido republicanos de derechas y de izquierdas) también lo ningunea. En todo caso, alguno lo ha robado para apropiárselo y sacarle el jugo del morbo, como el viperino Jiménez Losantos, que ha ganado premios literarios (y una buena pasta) a costa de Don Manuel. Finalmente, la extrema derecha lo odia tanto que pretende exiliarlo de la historia y enterrarlo de nuevo.

A Azaña no lo han comprendido ni como estadista, ni como político, ni como escritor (quizá por demasiado avanzado a su época, por demasiado ilustrado, por filosófico, ateo o franchute) y por eso cada homenaje que sirva para recuperar su inmensa figura será una batalla ganada, no ya contra la intransigencia fascista, sino contra la injusticia y la incultura de un pueblo como el español que olvida las lecciones de sus mentes más preclaras.

La literatura española del siglo XX tiene dos grandes cabezas: la poética y emocional de Machado y la racional y lógica de don Manuel. Ambos dos son carne de cañón para las pintadas de los bárbaros. Por eso hacen bien las fuerzas democráticas en homenajear al célebre estadista de Alcalá de Henares. Mostrar debilidad o respeto ante el fascismo es el primer paso para claudicar ante él y aunque el homenaje se vaya a despachar en apenas cinco minutos con un vídeo aburrido y un par de sonatas al piano en la oquedad del Salón de los Pasos Perdidos, no hay iniciativa más necesaria e higiénica que esta. Los demócratas de bien no deben permitir que una figura tan inmensa, nuestro Churchill perdedor, caiga en manos del enemigo ni quede en poder de los delirantes revisionistas de la historia, que terminarán convirtiéndolo en un monárquico o en el carnicero de alguna checa o gulag (cosa que no fue nunca) como pretende hacer Ortega Smith con las Trece Rosas o el alcalde de Madrid, Martínez Almeida, con Largo Caballero. Por eso, cuantos más homenajes mejor. Aunque sean discretos, en la intimidad, como con vergüenza y sin molestar demasiado a la bestia parda. No vaya a ser que se despierte.

LO ULTRA

(Publicado en Diario16 el 2 de noviembre de 2020)

En ocho meses de pandemia, Pablo Casado se ha dedicado a alimentar la estrategia de la crispación y la confrontación no solo en sus declaraciones públicas ante los medios de comunicación sino desde la tribuna misma de oradores del Parlamento. Su discurso duro basado en la idea fuerza de que Pedro Sánchez es un presidente “ilegítimo”, un okupa que debe largarse de la Moncloa cuanto antes, ha sido el eje central de su programa político. En cada sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados, los constantes llamamientos a la unidad del presidente socialista caían en saco roto; la invitación a todas las fuerzas políticas para trabajar en colaboración y vencer al coronavirus era sistemáticamente despreciada por el jefe de la oposición. Con el aliento de la extrema derecha en su cogote y perdiendo puntos en las encuestas en favor de Vox, Casado optó por una oposición destructiva más que constructiva: la “estrategia de la tensión” que ayer denunciaba Pablo Iglesias. Prueba de ello es que Teodoro García Egea, mano derecha del presidente popular, utiliza con frecuencia el atril del Congreso para invitar a Sánchez, con altanería y prepotencia, a irse por la puerta de atrás. Cada una de esas intervenciones es un ataque directo, no ya contra el gabinete de coalición, sino contra los principios más elementales del juego democrático.

En una de sus comparecencias en la Cámara Baja que pasará a la historia, Casado llegó a batir un récord de insultos a Sánchez sin aportar ni una sola iniciativa constructiva para sacar al país de la gravísima crisis económica en la que se encuentra. Aún se recuerda aquel speech mitinero, días antes de decretarse el estado de alarma, en el que llegó a tildar al presidente de “traidor, felón, ilegítimo, chantajeado, deslegitimado, mentiroso compulsivo, ridículo, adalid de la ruptura en España, irresponsable, incapaz, desleal, ególatra, chovinista del poder, rehén, escarnio para el país, incompetente, mediocre y okupa”, entre otras lindezas. Ni en los peores tiempos de Aznar y del “váyase señor González” se había visto nada igual. A nadie se le escapaba ya en el mes de marzo que semejante caldo de bilis, rencor y odio terminaría llegando a la sociedad, germinando en algo venenoso, como así ha sido finalmente.

El estallido de violencia registrado el pasado fin de semana en varias ciudades españolas es la consecuencia lógica del tono bronco y agresivo de la oposición por momentos enloquecida de PP y Vox, que ha llegado para calentar todavía más los ánimos (solo hace falta recurrir a la hemeroteca para certificar el ambiente guerracivilista que se ha encargado de generar Santiago Abascal, líder de la formación verde). A falta de que concluyan las primeras investigaciones de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado en las diferentes comunidades autónomas, ya sabemos que los autores de los actos vandálicos pertenecen a “grupos reducidos” de procedencia heterogénea sin aparente conexión política entre ellos, tal como informa la Cadena Ser citando informes policiales. Es decir, entre los vándalos que han roto escaparates, que han saqueado comercios, que han lanzado piedras contra la policía y que han quemado contenedores hay de todo, desde individuos exaltados e indignados con la mala situación política y económica del país que actúan por su propia cuenta y riesgo hasta grupúsculos antisistema de uno y otro signo (siempre alimentados por el odio que se propaga a través de las redes sociales). Por descontado, la extrema derecha lleva un peso importante en las algaradas callejeras fiel a su filosofía joseantoniana radical consistente en desestabilizar la democracia en las calles como forma de conquistar el poder por la vía de la fuerza. La Policía ya ha encontrado conexiones entre los alborotadores y elementos neonazis en los graves altercados de Madrid y Logroño.  

Pero más allá de que las pesquisas policiales permitan aclarar lo ocurrido el pasado fin de semana en nuestro país y determinar quién está detrás de este tsunami de convulsión social, es preciso seguir insistiendo en que la violencia no nace de la nada, sino que es fruto de un discurso minuciosamente trillado y machacado por las derechas españolas desde las tribunas políticas y los medios de comunicación de la caverna mediática. Es obvio que tanto PP como Vox han planificado una hoja de ruta paralela a las urnas para desbancar del poder al Gobierno de coalición por vías, digamos, de dudosa calidad democrática. La guerra judicial o lawfare, la permanente judicialización de la política, los bulos, las constantes conspiraciones y montajes, en definitiva la férrea maniobra de acoso y derribo contra el Ejecutivo Sánchez −todo ello bien aderezado en un clima de máxima tensión y crispación casi prebélico−, han acompañado a la pandemia todos estos meses. Mientras los españoles reclamaban unidad para vencer al coronavirus, Casado y Abascal alimentaban el odio y el rencor. Mientras el Gobierno pedía moderación y espíritu constructivo se desataba la furia. Sin duda, la responsabilidad en este punto es mayor en el líder del PP que en el jefe de la ultraderecha española, ya que los populares siempre fueron un partido de Gobierno del que cabe esperar algo más, no ya de sentido de Estado, sino de simple sentido común, mientras que los neofranquistas han llegado hasta aquí precisamente para esto.

Lejos de recapacitar o retroceder en su plan de “leña al mono” sin cuartel contra Sánchez, Casado votó por el “no” a las sucesivas prórrogas del estado de alarma en contra de la opinión de los científicos; por dar vía libre al “trumpismo” más infame de Isabel Díaz Ayuso en Madrid; y por conceder pábulo a las teorías de la conspiración más descabelladas y abyectas. El propio PP madrileño justificó las caceroladas de “cayetanos” y “borjamaris” en el barrio de Salamanca en plena crisis sanitaria acusando al Consejo de Ministros de gabinete “totalitario, bolchevique y socialcomunista” dispuesto a acabar con las libertades en España por haber decretado el confinamiento de la población en sus casas en el mes de marzo, una medida que por otra parte adoptaron todos los países del mundo y que finalmente ha sido la única que ha funcionado para frenar los contagios masivos. Indudablemente, y por mucho que ahora el PP condene las acciones violentas, Casado tiene una gran cuota de responsabilidad en las algaradas del sábado y del domingo, no porque las haya ordenado él, sino por haber instalado el discurso del rencor en un sector de la población que al final ha comprado la patraña y que ahora la enarbola en las calles al ridículo y grotesco grito de “libertad, libertad”.   

Viñeta: Igepzio  

NAZIS

(Publicado en Diario16 el 2 de noviembre de 2020)

España se ha enfrentado a un fin de semana plagado de disturbios provocados por grupos negacionistas del virus, en su mayoría de origen ultraderechista. Según fuentes de Europa Press, que cita informes de la Jefatura Superior de la Policía y de Emergencias Madrid, solo en la noche del sábado al domingo la Policía Nacional detuvo a 33 personas, dos de ellas menores de edad, relacionadas con los disturbios registrados en el centro de la capital, mientras que el Samur-Protección Civil participó en 12 atenciones sanitarias, tres de ellas con agentes de policía heridos o lesionados.

A esta hora ya se sabe que además de los menores, 14 de los arrestados cuentan con antecedentes policiales. Ocho tienen menos de 20 años, 22 están entre los 20 y los 30, y uno supera esa edad. No sorprende que los detenidos ya estén fichados, ya que este tipo de revueltas suelen estar organizadas por alborotadores y delincuentes profesionales que se saben manejar en las redes sociales y que tienen cierto predicamento entre algunos sectores marginales de la juventud. Si a ese dato unimos que las fuentes oficiales del Ministerio del Interior atribuyen el origen de los disturbios a un grupúsculo de ideología neonazi ya sabemos a lo que nos estamos enfrentando. Auténticos comandos de desestabilización política agitados por otros poderes en la sombra, células revolucionarias de corte extremista que saben muy bien dónde apuntar para crear confusión y caos en la sociedad. “La Delegación del Gobierno en Madrid, que tuvo conocimiento de la manifestación a través de las redes sociales, señaló anoche que estuvo en permanente comunicación con la Jefatura Superior de la Policía para conocer de primera mano las protestas que se han llevado a cabo en la Puerta del Sol y Gran Vía y para disolverlas de manera pacífica al no estar comunicadas”, aseguraba el comunicado de la agencia de noticias española.

Sin embargo, el presidente de Vox, Santiago Abascal, ya ha empezado a propagar uno de sus habituales relatos “trumpistas” alternativos cargados de demagogia barata para tratar de convencer a la opinión pública de que los altercados provienen de elementos de extrema izquierda. “El caos en la calle. La ruina en las familias. La epidemia de nuevo descontrolada”, ha señalado el líder de la formación verde en una publicación en su cuenta de Twitter. Al mismo tiempo ha mandado todo su apoyo a las fuerzas del orden “abandonadas” por el Gobierno tras los disturbios sucedidos en varios puntos del país durante las protestas por las restricciones debido al covid-19. La declaración de Abascal no deja de estar cargada de un tremendo cinismo, ya que por un lado el líder de Vox alimenta la protesta callejera mientras por otro se pone hipócritamente de lado de los policías, que son quienes sufren las agresiones, las pedradas y el fuego de los cócteles molotov cuando la manifestación no autorizada se va de las manos. Si lo que quiere Abascal es proteger a los agentes del orden que condene los disturbios sin ambages y que dé la orden de suspender las manifestaciones contra el Gobierno, que en momentos de estado de alarma solo contribuyen a crear una mayor conflictividad social y a la transmisión exponencial del virus. No lo hará. La extrema derecha está en la estrategia de la confrontación total, la “guerra cultural” sin cuartel, la movilización de las masas en la calle, y quien siembra vientos acaba recogiendo tempestades, o sea la quema de contenedores y la rotura de escaparates, que no son sino el primer capítulo de la historia.

El doble lenguaje de Vox ha sido perfectamente captado por el vicepresidente segundo del Gobierno y secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, que ha acusado a la ultraderecha de promover los disturbios nocturnos en varias ciudades españolas “tirando la piedra y escondiendo la mano”.

“En Italia lo llamaron strategia della tensione [estrategia de la tensión]. Para entender el contexto de los disturbios que promueve la ultraderecha tirando la piedra y escondiendo la mano, lean a José Manuel Martín Medem”, ha tuiteado Iglesias, junto a un artículo del periodista titulado Pandemia Popular.

Es evidente que el clima de crispación antisanchista creado por las derechas en los últimos meses de epidemias y estados de alarma ha terminado por germinar en un estallido de violencia. De la extrema derecha no se puede esperar nada bueno, a fin de cuentas es un movimiento antisistema, pero de Pablo Casado habría que esperar cuanto menos algo más de responsabilidad y un mayor grado de colaboración con el Gobierno a la hora de reducir la crispación en la sociedad. En las últimas horas el PP ha criticado el infame tuit de Abascal culpando a los «menas» y a la extrema izquierda de los alborotos y saqueos pero conviene no olvidar que los populares siguen gobernando con los ultraderechistas en Madrid, Andalucía y Murcia.

Ahora en Génova 13 se empiezan a dar cuenta de que han estado coqueteando con el monstruo demasiado tiempo. Sin embargo, lejos de apaciguar los ánimos, ya muy calientes por la pandemia y la crisis económica, desde el pasado mes de marzo Casado se ha dedicado a sembrar la rabia y la indignación popular de forma injustificada mientras Pedro Sánchez llamaba a la unidad y al entendimiento que solo recibía el desprecio del jefe de la oposición. De aquellas sesiones de control donde el insulto y el improperio tapaban cualquier palabra o intento de consenso para superar la terrible crisis del Estado hemos pasado a la pedrada contra el cajero autómático y al grito de guerra. De aquellas tácticas de calentamiento social, de aquella estrategia ciega y absurda de la tensión, vienen ahora estos brotes de ira social. La violencia siempre tiene una causa. De aquellos polvos estos lodos, señor Casado.

Viñeta: Igepzio 

EL IMITADOR DE GUAIDÓ

(Publicado en Diario16 el 31 de octubre de 2020)

Pablo Casado se ha reunido en las últimas horas con el opositor Leopoldo López. Sin duda, la entrevista beneficiaba a ambos como golpe propagandístico, al primero para seguir manteniendo vivo su culebrón venezolano −que va de hacer creer que la España sanchista está a un paso de convertirse en un Estado totalitario bananero−, y al segundo para demostrarle a Nicolás Maduro que sigue fuerte en su intento de derrocar el régimen chavista desde Europa.

Es evidente que Casado ha estado buscando esa foto, desesperadamente, durante meses. Y al final la ha conseguido. El nuevo Cánovas del Castillo de la política española pretende construir la ficción de que en nuestro país gobierna una especie de pequeño y peligroso “madurito”, solo que algo más elegante, mucho más guapo y con traje de alta costura en lugar del sobado chándal tricolor. El líder del Partido Popular cree que esa película disparatada y de bajo presupuesto le puede funcionar en Europa, ya que cada vez que se deja caer por Bruselas propala un poco más la leyenda negra de la España atrapada por las filosofías bolivarianas que llegan del otro lado del charco. En realidad lo único que llega últimamente del continente americano es “trumpismo” del malo, una ideología tóxica basada en el bulo tuitero y la mentira constante de la que beben no solo Casado, sino personajes como la insumisa Díaz Ayuso y el gurú delirante Miguel Ángel Rodríguez (MAR). Los incidentes de anoche en Barcelona, todos esos disturbios violentos entre jóvenes negacionistas y los Mossos d’Esquadra, vienen a confirmar que tenemos un problema mucho más serio que la pandemia: el populismo antisistema de la derecha reaccionaria, un manantial de basura política que nutre de ideas no solo a un sector del PP (los chicos de la Escuela de Harvard-Aravaca) sino también a la extrema derecha de Vox.

El histrionismo ha llegado a tal punto que Casado se ha referido a López como “el Mandela de Venezuela”. Ya quisiera este emisario del “trumpismo” latino tener la dignidad de Madiba, el gran defensor de los derechos humanos y de la libertad de los negros. Los opositores a Maduro tienen sus buenas razones que no vienen al caso, pero todo el mundo sabe a estas alturas que los hilos de la revolución venezolana los mueven las estirpes y clases pudientes caribeñas, los señores del petróleo, la CIA y el xenófobo y supremacista Donald Trump desde la Casa Blanca. Que no nos hablen pues de defensa de la libertad porque no cuela.

Sea como fuere, Casado ha recibido a López en su despacho del Congreso de los Diputados tratando de darle a la entrevista la pátina de gran cumbre de Estado. De alguna manera, el líder del PP siempre se ha visto en la Moncloa, se siente ganador, y le seducía la idea de jugar un rato a los presidentes. Pese a que el opositor antichavista ha logrado escapar de las garras de Maduro gracias a la intervención diplomática del Gobierno socialista/podemita que lo ha sacado del avispero en el que se había metido (nunca lo olvidemos) sus primeras palabras demostraban que Pedro Sánchez no pintaba nada en esta historia. “Gracias a todo tu equipo y a España en general, que ha sido muy solidaria; el pueblo español está con la causa de la libertad en Venezuela”, le ha dicho a Casado y solo a Casado, que en ese momento hinchaba pecho viéndose a sí mismo como un gran héroe por la libertad.

El montaje publicitario ha sido perfecto. ¿Quién va a dudar del pedigrí democrático de dos tipos que reclaman elecciones presidenciales libres, justas y verificables? López pide urnas para superar la tiranía chavista; Casado exige comicios porque siempre ha considerado a Sánchez como un presidente ilegítimo, un okupa que ha llegado al poder con una moción de censura “traidora y felona” apoyada “por batasunos, filoetarras y separatistas”. El discurso de ambos líderes políticos se parece como dos gotas de agua (deslegitima que algo queda) y si Casado no ha urdido ya una revolución de cayetanos y borjamaris a la venezolana, si no ha montado ya una tarima en medio de la Plaza Cibeles para arengar a los españoles con un megáfono –como hizo en su día Juan Guaidó cuando se autoproclamó presidente de su pueblo en aquel golpecillo de Estado blando− es porque no se atreve a dar el paso crucial.

El nuevo golpismo de las derechas populistas, el lawfare judicial, la propaganda tóxica, la caza de brujas y la conspiración antisanchista en Europa es algo muy delicado y de momento a Casado le basta y le sobra con mover los hilos de su experimento trumpista de laboratorio, de su androide o marioneta ultraliberal, o sea Ayuso, para ir desgastando al Gobierno de coalición. Solo así se entiende el esperpento de Madrid, solo así se puede comprender la insumisión, la rebeldía y la desobediencia permanente de una presidenta autonómica que está ahí precisamente para eso: para estorbar, malmeter, intrigar, obstaculizar, confrontar, conspirar, presionar y hacerle el mobbing diario y constante a Sánchez. Que mueran unos cuantos de miles de madrileños por el coronavirus es lo de menos; aquí de lo que se trata es de mantener viva la ficción “trumpista” hasta el final, dar la apariencia de que el PP defiende España frente al estado de alarma chavista decretado por Moncloa y conquistar el poder a toda costa y por cualquier medio, ya sea por lo civil o por lo criminal.

A falta de un programa político y de un proyecto para España, Casado sigue con su juego de interpretar el papel de elegido, de chico de la película capaz de enfrentarse al monstruo totalitario rojo, de héroe por la causa de la libertad (una patraña infumable teniendo en cuenta que dirige un partido que todavía no ha sido capaz de condenar el franquismo). En ese montaje Leopoldo López le venía al pelo como figurante o actor secundario que pasaba por allí y lo ha contratado para un cameo puntual en esta mala serie de ficción ideada por MAR y los guionistas de la FAES, que sin duda poseen una imaginación fértil y desbordante. Y es que todo en Casado es tan surrealista como patético.

Viñeta: Igepzio

LEONOR

(Publicado en Diario16 el 30 de octubre de 2020)

Anda la prensa rosa buscándole novio a la princesa de Asturias. Ayer mismo, la revista Lecturas se despachaba con un estrambótico reportaje sobre las posibles combinaciones maritales de la futura heredera al trono del Reino de España, entre ellas una supuesta relación con cierto joven nórdico. “Tienen edades parecidas, una posición institucional similar y un futuro por delante con muchos puntos de coincidencia. La princesa Leonor y el príncipe Christian de Dinamarca, hijo de los príncipes Federico y Mary, están llamados a reinar −al menos en la situación actual de ambos países−”, asegura el artículo de la citada revista del corazón.

Resulta espeluznante que en pleno siglo XXI se hable todavía −aunque solo sea como simple rumor o cotilleo del papel couché o por darle mecha a los programas telecinqueños de Vasile−, sobre la posibilidad de casar a una niña de 15 años por razones de Estado o por conveniencia política, como en la época de Sissi Emperatriz. Leonor es una jovencita de su tiempo y se casará (o no) cuando ella quiera, con quien ella desee y en el lugar que a ella le parezca oportuno, y ni siquiera Jaime Peñafiel será consultado para que dé su opinión al respecto. Por supuesto, lo hará por amor, faltaría más, que para eso está doña Letizia, una reina de la televisión que abdicó del trono de TVE cuando llegó Cupido para prometerle un año de ardor y llamas y treinta de cenizas, tal como escribió Lampedusa.

En la era de los viajes espaciales, de las telecomunicaciones y de los avances científicos no tiene demasiado sentido que se le busque novio a la niña como ocurría en los imperios de la Edad Antigua, ni que se le prepare un bodorrio real a ciegas. Todos esos cruces y emparejamientos forzosos forman parte del pasado y ya sabemos cómo terminan. Según Corinna Larsen, fue Franco quien le arregló a Juan Carlos el casorio con Sofía para que todo quedara atado y bien atado, aunque es cierto que nadie sabe la verdad de aquel dusoso romance. El amor (también el desamor) siempre es un secreto guardado entre dos, una historia indescifrable. Lo cierto es que por mucho que les duela a algunos y a algunas, el feminismo lo ha cambiado todo en unas pocas décadas y ahora esa ideología de igualdad y justicia va a serle muy útil a Leonorcita para librarse de que la líen con el primer plasta, crápula, cazafortunas oportunista o borrachuzo decadente llegado de algún rincón de la historia para hacer una buena boda. La Princesa de Asturias va camino de convertirse en una muchacha lista, inteligente y liberada que sabe idiomas, que ha leído a Auster en inglés, que veía películas de Kurosawa en versión original en su más tierna infancia (entre biberón y clase de hípica o esgrima) y que probablemente pasa bastante de la aburrida política española, de las trifulcas que organiza en el Congreso el nuevo Cánovas del Castillo, o sea Pablo Casado, y del cainismo secular español entre monárquicos y republicanos. Tal como uno la ve, Leonor tiene aspecto de ser una niña preparada a la que no van a casar por recomendación ni por carta lacrada escrita a pluma dirigida a todas las cancillerías de Europa. Es comprensible que cuando, al calor de la chimenea, en Zarzuela se empieza a hablar de política, sobre lo mal que está España, sobre el auge de la extrema derecha, sobre la coleta de Pablo Iglesias, sobre la última jugarreta del comisario Villarejo o sobre las andanzas del abuelo en el desierto de Abu Dabi, Leonor −que seguramente es una niña de su tiempo rebelde y con personalidad propia−, se retire aburrida a sus aposentos para jugar al Fortnite con sus amiguitas del Liceo, todas grandes de España, o para escuchar reguetón como hacen las chavalitas adolescentes de su edad.

Lamentablemente los viejos tópicos e ideologías del pasado retornan por influjo del reaccionarismo fascista, ese fantasma que recorre Europa, y también vuelven con fuerza los rancios cuentos de hadas −machistas y cursis−, que hablan de bellas princesas pasivas que esperan la llegada del príncipe azul montado en un blanco corcel pero que al final viven la tragedia de tenerse que casar con lejanos condes austrohúngaros bajitos, calvos y gordos. Si de Santiago Abascal dependiera, él que es un tradicionalista, un medieval y un monárquico imperial absoluto, a Leonorcita la emparentarían con algún pretendiente carca con monóculo del ducado de Baviera o de la Casa de Saboya, o con algún decrépito Gatopardo con muchos títulos nobiliarios pero poco cash, malvendiéndola así por el bien de España.

Buscarle novio en palacios y cancillerías a una doncella de 15 años, por mucho que sea heredera al trono del Reino y los Borbones necesiten asegurar su futuro, es una aberración y ella, que es lista y despierta (tal como demuestra cuando lee los discursos con mucha más naturalidad y soltura que la sobreactuada Díaz Ayuso) ya habrá protestado sin duda ante cualquier intento de entroncamiento sanguíneo, matrimonialización forzosa o sexualización por pura política.

Dice el Lecturas que Leonor y el tal Christian de Dinamarca ni se conocen, ni se han visto, ni probablemente tengan nada en común, salvo que ambos están en la misma edad. Razón de más para que dejen en paz a la chica. Lo que tiene que hacer Leonor es crecer, aprender y formarse como persona como cualquier criatura de su edad. Ya llegará el príncipe azul en algún intercambio Erasmus, a ser posible un morenazo republicano con largas greñas para terminar de una vez por todas con el cuento de la sangre azul, la realeza y la endogamia. Eso sí, jugadores de balonmano abstenerse. Que luego salen rana. 

Viñeta: Igepzio