domingo, 17 de enero de 2021

IÑAKI GABILONDO

(Publicado en Diario16 el 11 de enero de 2021)

Iñaki Gabilondo deja su columna matutina de análisis. El gran tótem del grupo Prisa se ha despedido esta mañana de sus oyentes alegando que está cansado, que no desea convertirse en ese plomizo escéptico que viene a aguarnos el día con sus sermones pesimistas sobre lo mal que va el país y que quiere dar un paso al lado para escuchar a la gente más joven, es decir, a las nuevas generaciones de periodistas que vienen de un mundo muy diferente al suyo. En otras palabras, a Gabilondo le sucede lo mismo que a tantos otros columnistas y cronistas veteranos que sobrevivieron al siglo XX y han tratado de adaptarse al cada vez más tecnologizado y enloquecido siglo XXI: por un lado que está harto de escribir siempre sobre las mismas sandeces de Pablo Casado (lógico) y por otro que ya no aguanta más la frívola banalidad en la que parece haberse instalado la prensa española de hoy, totalmente atrapada por el poder de las redes sociales y el clickbait, el titular amarillo o “ciberanzuelo” para captar lectores.  

No es una buena noticia para el periodismo español que Iñaki Gabilondo deje de darle a la tecla. Sus columnas de opinión, casi siempre atinadas y lúcidas, se habían convertido en un referente de aquel periodismo ilustrado, clásico, reflexivo y bien argumentado que cada vez se practica menos. Dotado sin duda de una fina ironía y de una capacidad innata para separar el polvo de la paja y sacarle el jugo a la noticia, Gabilondo es uno de los últimos exponentes que nos quedan de periodista-escritor, ese artesano de la noticia que cada vez abunda menos y que en medio del aluvión de especies invasoras −influencers, youtubers, opinadores de medio pelo, intrusos, impostores, haters, trols y tertulianos travestidos de periodistas− se encuentra en vías de extinción. Hoy por hoy se impone el ruido, el escándalo, la tralla, y las tribunas de los medios de comunicación se han convertido en baterías avanzadas de violentos cañones desde donde se lanzan las bombas incendiarias contra el partido rival o el periódico de la competencia. La verdad ha dejado de importar; el factor personal ha terminado por enterrar a la objetividad; y el narcisismo egotista lo impregna todo. El mundo de la prensa es una infinita trinchera y una gran ceremonia de la confusión. El tiempo periodístico, ese momento tan necesario para reflexionar los asuntos de la actualidad informativa y destilar la gota esencial, ha quedado diluido por el vértigo, las prisas y la redacción atropellada de la noticia para llegar antes que nadie a Facebook o a Twitter.

Los periódicos tradicionales −antes garantía y salvoconducto de que lo que allí quedaba escrito en negro sobre blanco perduraba para siempre como un contrato sagrado entre periodista y escritor−, han quedado reducidos a fósiles del pasado, un producto de lujo solo para minorías, mientras triunfan miles de marcianas páginas webs llenas de faltas de ortografía que brotan como setas y desaparecen al día siguiente. Es el desordenado, caótico y efímero periodismo de neón que tanto está contribuyendo a la desinformación de la sociedad, al éxito del negacionismo conspiranoico, a la crisis de los valores y las ideas y al ascenso de los nuevos fascismos marca Trump. Hoy la audiencia no pide información de qualité sino una buena arenga o un zasca al político de turno que avale su odio y le dé fuerzas para asaltar el Capitolio o el Congreso de los Diputados.

La democracia liberal siempre se sustentó sobre los pétreos pilares de papel de los periódicos hoy agonizantes, por eso la decadencia del Estado de derecho y el resurgir de los populismos autoritarios tiene tanto que ver con el crepúsculo de los rotativos tradicionales. Antaño el kiosco era el gran santuario de la noticia y había que peregrinar hasta él, cruzando la calle, para saber lo que ocurría en el mundo. El conocimiento de la realidad partía de un acto de voluntad soberana del lector de querer informarse, de querer explorar, de querer aprender. Hoy el espectador se ha convertido en un esófago pasivo que lo engulle todo, mientras la información se derrama a espuertas por doquier. Teléfonos móviles, ordenadores, tablets, plataformas digitales, es tal la avalancha tóxica de datos que nadie sabe distinguir un grueso bulo de una verdad elemental, de ahí que la opinión pública esté más desorientada y perdida que nunca. Los nuevos referentes de los medios de comunicación ya no provienen de las redacciones o las escuelas de periodismo sino del vertedero de las redes sociales, gurús creativos hechos a sí mismos cuyo mayor valor no es haber investigado un escándalo de corrupción sino haber cosechado un millón de likes en Instagram. La cantidad se impone a la calidad; lo superficial al análisis minucioso y científico de la información; el telegrama tuitero apresurado y burlón al texto elaborado, documentado, profesional. El periodista que no es gracioso lo tiene claro, ya puede hacer las maletas y dedicarse a otra cosa porque este circo pide artistas, bufones, escandalazo, acción.

No se trata de hacerlo bien sino de hacerlo el primero, remover a las masas orteguianas y “petarlo” en el club privado de Mark Zuckerberg, auténtico demiurgo o maestro de ceremonias que ha acabado con la civilización y con la democracia convencional. Esa es la gran tragedia del periodismo contemporáneo, que las noticias se elaboran conforme van sucediendo los hechos (a veces incluso van por delante de ellos), que se contrasta poco, que se edita mal y que se escribe peor. La pantalla del Smartphone, con todo su inmenso potencial para la búsqueda de conocimiento, se acaba convirtiendo en una trampa donde el ojo embarranca, las páginas se acumulan, la publicidad lo ralentiza todo y las cookies (esa plaga pestífera) se apoderan de nuestros datos personales. Ante ese panorama de zafia mediocridad no extraña que el maestro Gabilondo se sienta cansado, hastiado, y haya decidido retirarse al fin. Lo extraño es que haya aguantado tanto tiempo al pie del micrófono en medio de este gallinero y de esta batalla diaria del absurdo y la sinrazón.

Viñeta: Igepzio

domingo, 10 de enero de 2021

LA INSURRECCIÓN


(Publicado en Diario16 el 8 de enero de 2021)

Pablo Casado se esfuerza en aparentar que es el gran líder moderado de la derecha española, pero aunque él intenta ocultar su auténtica condición, el halcón o aguilucho que lleva dentro, de una forma o de otra siempre le acaba aflorando el tic reaccionario. El líder del PP no es precisamente una ursulina de la política ni un centrista atemperado, por mucho que se empeñe en demostrar lo contrario. Ayer mismo dio una nueva muestra de su conservadurismo exacerbado cuando trató de elaborar un análisis sesudo de los últimos acontecimientos en Estados Unidos. Es cierto que ha condenado de forma “rotunda” el asalto al Capitolio por parte de los partidarios de Donald Trump, como también es verdad que ha calificado de “inaceptable” que una democracia “antigua” como la yanqui, con “250 años de Estado de derecho”, tenga que soportar un ataque tan brutal a la sede de la soberanía nacional. Sin embargo, acto seguido no ha desaprovechado la oportunidad que le brinda el golpe de Estado en USA para arremeter contra sus enemigos irreconciliables, de tal manera que por un lado condena el trumpismo populista ciego y violento y por otro, al practicar la guerra civil dialéctica contra la horda roja de Pablo Iglesias, al que niega el pan y la sal, termina cayendo de lleno en él.

No se puede estar con la democracia y al mismo tiempo deslegitimar al adversario político hasta convertirlo en un felón o traidor a la patria, tal como hace el mandamás de Génova 13 todo el rato. A Casado le indigna el extremismo populista que practican partidos como Vox y Podemos, pero curiosamente con el primero pacta y al segundo lo quiere fuera y bien lejos de las instituciones. Eso no es ni medianamente democrático. La esencia del Estado de derecho consiste en que una vez gobierna un partido y luego gobierna otro, la alternancia, el pluralismo, el respeto, todas esas cosas que distinguen a un auténtico demócrata, no a un nostálgico camuflado y obsesionado con frenar la invasión comunista, que a fin de cuentas es lo que es Trump. Casado entiende la política como el arte del exterminio, la limpieza del rival a toda costa, incluso organizándole montajes, conspiraciones, querellas y el lawfare judicial al más puro estilo trumpista. Casado dice despreciar a los bárbaros de Yellowstone Wolf que han trepado por los muros del Capitolio en una nueva edición de la caída del Imperio romano o toma de la Bastilla, pero en no pocas ocasiones recurre al manual del buen neocon, como ya demostró en aquel infame discurso en el Congreso de los Diputados en el que batió su propio récord de insultos por minuto contra Pedro Sánchez. De haber estado en el hemiciclo aquel día, Trump se hubiese sentido orgulloso de él.

Mal que le pese, no puede Casado quitarse el disco rayado marca Tea Party que lleva en la cabeza y que también ha instalado, como un peligroso software, en la mente de Isabel Díaz Ayuso, su delfina trumpita a la que ha encomendado la dura misión de hacerle la guerra populista al Gobierno central a todas horas. El líder del PP cree que los tristes sucesos de Washington son calcados a aquella manifestación de indignados que bajo el eslogan “Rodea el Congreso” fue convocada por militantes de Podemos en tiempos de Mariano Rajoy, allá por 2012. En realidad ambos hechos se parecen tanto como la noche al día. Para empezar, los Proud Boys de Trump no se andan con chiquitas y van armados hasta los dientes, mayormente con fusiles de guerra. Hablamos de aguerridos comandos de la nueva ultraderecha supremacista nazi norteamericana, gente bragada que ha estado en Irak, Afganistán y otras carnicerías yanquis por todo el mundo. ¿Qué demonios tendrá esa gente que ver con los manifestantes de la izquierda española que tomaron parte en aquella protesta pacífica en el legítimo derecho a la libertad de expresión y de reunión? Los pocos activistas que se fueron de madre y se enfrentaron a la Policía tirando alguna valla, pedrada o adoquín fueron severamente ajusticiados. Pero hablamos de una minoría, diez o doce personas a lo sumo, no los vastos ejércitos ultraderechistas cien por cien Marines que ayer trataron de tomar el Capitolio para quemar las papeletas de Georgia que daban la victoria a Joe Biden. Sin embargo, Casado los mete a todos en el mismo saco, todos extremistas, todos radicales y ultras, cuando quizá sea él quien tenga que hacerse mirar el hooliganismo crónico. Cualquier día va y nos dice que una manifa de sufridos obreros de Alcoa en lucha por sus puestos de trabajo es terrorismo laboral de baja intensidad o una reunión hitleriana.

“Nosotros somos el partido que está en la moderación y en la centralidad. Los extremismos tanto a la izquierda como a la derecha se retroalimentan y polarizan la política para intentar sacar réditos en un descontento social a base de populismo”, dice Casado. Un discurso brillante propio de un alumno de Harvard-Aravaca, pero no hay más que analizar este argumento pueril para concluir que algunos aspectos de su análisis sobre el golpe de Estado trumpista no distan demasiado de las arengas ultras de Santiago Abascal y los suyos, que ayer mismo defendieron el asalto al sagrado templo de la democracia estadounidense por parte de las hordas nacionalpopulistas de Trump y advirtieron ante una conspiración bolchevique y judeomasónica que solo está en sus mentes calenturientas.

Del líder de un partido antisistema como Vox cabe esperar ese discurso montaraz, agreste y guerravicilista contra la izquierda antifa podemita, a la que trata de demonizar por socialcomunista, antimonárquica y antiespañola. A fin de cuentas el proyecto verde marciano es la gran sucursal de Trump en España (hasta Steve Bannon ha reconocido que les dio unos cursillitos de trumpismo acelerado para principiantes). Pero de alguien como Casado, que en teoría debería representar a la derecha convencional, democrática, europeísta y aseada cabría esperar una posición mucho más matizada, tolerante y respetuosa con el adversario rojo. “Todos los demócratas tienen que condenar este tipo de actuaciones. Y no entiendo cómo en España hay aún partidos que lo tratan de justificar”, ha asegurado enviándole un recadito a Abascal. Que se lo diga a la cara cuando le estreche la mano y firme con él uno de esos ignominiosos trifachitos autonómicos.

Viñeta: Pedro Parrilla

YELLOWSTONE WOLF

(Publicado en Diario16 el 7 de enero de 2021)

Toda revolución deja una galería de héroes para la posteridad. La “libertad guiando al pueblo” se convirtió en emblema de la Revolución Francesa; el miliciano caído en combate de Capa retrató la tragedia de nuestra guerra civil; y la insurrección trumpista del Capitolio o “rebelión del tupé rubio” empieza a generar sus propios personajes icónicos. Hablamos sin duda de ese individuo casi prehistórico disfrazado con pieles y cuernos de bisonte que por lo visto va por la vida sin camiseta y a pecho descubierto, como en la sabana africana. El sujeto en cuestión, mezcla del último mohicano y Braveheart, se hace llamar Yellowstone Wolf (el lobo Yellowstone) y su imagen campando a sus anchas por los pasillos de la Cámara de Representantes ha dado la vuelta al mundo. No hay más que detenerse un momento en esa foto, en ese destello de la historia, para entender lo que está ocurriendo en las últimas horas dramáticas en Estados Unidos.

En ese fresco de la decadencia del imperio yanqui está encerrada la respuesta, la clave de este trance surrealista que parece haberse apoderado de USA. La instantánea inmortal muestra a un adánico salvaje rebosante de orgullo patriótico flanqueado por otros dos personajes no menos importantes y enigmáticos. Yellowstone Wolf aparece como el chamán de las cavernas que regresa triunfante para recuperar la vara de mando después de que el dios Trump le haya insuflado el poder político y religioso. Una especie de Moisés de las tribus cromañónicas trumpistas cuya primera misión en la Tierra sería acabar con la luz de la razón, con la cultura, con la ciencia y con la democracia −los cuatro pilares fundamentales del progreso y la civilización humana−, para devolver al pueblo norteamericano a una especie de oscura noche de los tiempos, una noche no ya medieval, sino prehistórica, donde se impone el mito, la superchería, la violencia y el miedo. La ley de la selva, en fin.

Pero no nos olvidemos de los dos edecanes que flanquean al fantoche totémico en su paseo triunfal sobre las ruinas de la democracia y del Capitolio violado y saqueado. A la derecha tiene al que parece ser el ideólogo militar, su lugarteniente y mano derecha, mientras que a la izquierda le acompaña un diminuto ser con aspecto inofensivo que hace las veces de diablillo burlón o bufón de la corte o tribu. Ese es el cuadro perfecto que encarna el nuevo orden político y social trumpista, tal como lo entiende el enloquecido presidente de Estados Unidos. Esa es la Santísima Trinidad paleolítica diseñada por el señor de Wall Street para construir su América del futuro: religión, ejército y sarcasmo tuitero para deslegitimizar al rival político y a la democracia liberal.   

Por lo visto, a Yellowstone Wolf lo entrevistó la agencia Efe en una manifestación pro-Trump celebrada en Arizona poco después de las elecciones presidenciales del pasado mes de noviembre que dieron la victoria al demócrata Joe Biden. Fue entonces cuando el extravagante personaje se bautizó a sí mismo con ese apodo asilvestrado, aunque reveló que su nombre real es Jake Angeli. El gurú se identificó a sí mismo como miembro del movimiento QAnon, una red que promueve teorías de la conspiración por todo el país. Allí mismo, sin despeinarse, lanzó uno de esos bulos narcóticos a los que nos tiene acostumbrados Donald Trump: que muchos votos que habían ido a parar a la candidatura de Biden utilizaba las identidades de personas fallecidas hace más de dos décadas. “Hay pruebas de ello en grupos de Facebook”, aseguraba el lobo Yellowstone. En la entrevista, que no tiene desperdicio, Angeli dijo practicar el “chamanismo” y adelantó que su objetivo era “recuperar nuestra nación de los comunistas y globalistas que han infiltrado nuestro Gobierno desde los niveles más altos para destruirlo desde dentro y crear un nuevo orden mundial”.

El ejemplo de Angeli, un expediente clínico digno de estudio, no es un caso aislado en la América profunda de hoy. Espeluzna pensar cuántos de esos 75 millones de votantes trumpistas pueden verse afectados por esta especie de abducción marciana que transforma a todo aquel seguidor de Trump en una especie de ferviente adepto al que le han echado algo en el agua hasta convertirlo en un ser programado para cumplir fielmente las indicaciones de su dios supremo, su dueño y señor. En USA el problema de las sectas es casi tan grave como el asunto de las armas, la obesidad por el consumo compulsivo de comida basura o la pandemia de coronavirus. Millones de americanos han caído víctimas de las redes del chamanismo, del naturismo new age y de miles de sectas destructivas que se propagan por todo el continente americano como un cáncer terminal. En Yanquilandia cualquier iluminado, desaprensivo o estafador puede crear su propia religión e inscribirla en el registro oficial. No tendrá ningún problema para hacer proselitismo de seres extraterrestres, duendecillos verdes, infusiones milagrosas y viajes astrales y hasta recibirá sustanciosas subvenciones del Estado. Una auténtica chifladura, una neurosis colectiva incurable.

Al igual que los nazis se dejaron seducir por el esoterismo e incluso organizaron expediciones por España en busca del Santo Grial para dominar el mundo, los trumpistas de la extrema derecha de nuevo cuño han visto en la conspiración la nueva religión emergente para ganar adeptos. Es el caso de QAnon o Q (abreviatura de Q-Anónimo). Esta corriente ideológica (más bien diarrea mental) que se propaga como la pólvora en las redes sociales, sostiene que hay una supuesta trama secreta contra Donald Trump y sus partidarios organizada por un “Estado profundo”. Envuelto en el truño de que Q actualiza la filosofía de los viejos sabios de Sion, miles de seguidores se han tragado el cuento de que actores liberales de Hollywood, políticos del partido demócrata y funcionarios de alto rango participan en una red internacional de tráfico sexual de niños y realizan actos pedófilos. Por descontado, Trump es el mesías salvador que ha llegado para desmontar esa oscura trama e impedir el golpe de Estado orquestado por Barack Obama, Hillary Clinton y George Soros con la colaboración de los medios de comunicación convencionales. Una soberana paranoia que gota a gota y tuit a tuit ha calado en medio país. Yellowstone Wolf, con todas sus greñas y su poderosa imagen icónica de macho alfa dotado de un báculo sagrado, no es más que uno de esos millones de pobres desgraciados confusos y traumatizados tras el 11S y la decadencia del imperio. Crédulos de un cantamañanas que se los ha llevado al huerto con cuatro bulos para mentes simples.  

Viñeta: Becs

EL TEJERAZO TRUMPISTA

(Publicado en Diario16 el 7 de enero de 2021)

Al igual que el 11S marcó una fecha histórica en el devenir de Estados Unidos, el 6 de enero de 2021 marcará un antes y un después para el pueblo norteamericano. Las imágenes de comandos ultraderechistas armados saqueando el Capitolio, pisoteando con sus botas fascistas el gran templo de la democracia y destrozando las cámaras de televisión de la CNN son reales, no una pesadilla ni una de esas malas películas de apocalipsis que tanto gustan a los infantilizados norteamericanos. Anoche asistimos en vivo y en directo a la caída del imperio americano tal como lo hemos conocido, una brutal violación colectiva de la Constitución de 1787 a manos de unos bárbaros supremacistas anglosajones temerosos de perder el dominio blanco. Había que frotarse los ojos ante el televisor mientras esos personajes enloquecidos de la América profunda salidos de Mad Max tomaban militarmente uno de los centros neurálgicos del poder mundial para registrar los despachos del Senado en busca de las actas y papeletas electorales con el fin de quemarlas y seguir manteniendo a su amado líder en el poder.

Lo que se ha vivido estas horas en Washington no es una protesta cívica al uso, sino una auténtica sedición, una «insurrección» popular, tal como la ha calificado Joe Biden. Un intento de golpe de Estado en toda regla. Desde hace tiempo las hordas trumpistas habían fantaseado con este día, una especie de incendio del Reichstag en versión yanqui solo que alimentada con mucho peyote mexicano en lugar de cerveza de Baviera. Por esos mismos pasillos por donde en su día caminaron los Padres Fundadores (los Benjamin Franklin, Thomas Jefferson y George Washington) anoche deambulaba una jauría humana babeante de furia y borracha de odio dispuesta a reducir la democracia a cenizas. Resulta difícil no comparar a ese Ejército de vándalos de Minnesota pertrechados con banderas confederadas, chalecos antibalas y rifles de asalto con aquellos bárbaros llegados más allá de las fronteras germanas que en el siglo V de nuestra era liquidaron mil años de Imperio Romano. Estremece contemplar la imagen de ese tipo cuasi vikingo surgido del medievo con claros síntomas etílicos o de inhalación psicotrópica llevándose bajo el brazo el atril centenario de la Cámara de Representantes mientras un camarada, entre risotadas psicóticas, inmortaliza el momento y sube la foto a las redes sociales. Toda revolución es también un saqueo, y nada de lo que se vio ayer es muy diferente a lo que hicieron en el 410 los godos de Alarico que arrasaron Roma y se llevaron las esculturas de los dioses y los tesoros del emperador a sus poblados del Rin.

Estados Unidos ha tocado fondo tras caer en la noche más oscura y ha pasado de ser el modelo de República fuerte y poderosa a la materialización de una República bananera chusca y decadente. Todo eso lo ha conseguido un empresario paleto con mucho dinero y mucho arte para el bulo tuitero. El mundo contempla atónito cómo el gran subversivo antisistema que se ha cargado la democracia en USA no ha llegado de las filas del marxismo, ni de los movimientos antiglobalización, ni de los activistas Panteras Negras, sino del corazón mismo de Wall Street. El «tejerazo trumpista», probablemente preparado a conciencia desde hace años, es la consecuencia lógica de una ideología de odio xenófobo que mezcla el negacionismo acientífico, el medievalismo, el reaccionarismo más virulento, el poder macho, la alergia multicultural y el fanatismo religioso de las sectas mormónicas y evangélicas. Hablamos de ese hombre blanco en paro y sin futuro que malvive en una destartalada casa de madera junto a un Gran Torino averiado del 76 aparcado en el jardín y una montaña de cables y chatarra. Ese tipo huraño que desprecia a todo extranjero que tenga la piel más oscura que la suya y que jamás lleva la mascarilla contra el covid se siente abandonado por su Gobierno, el establishment corrupto de Washington. Es el sueño americano convertido en pesadilla. En ese personaje amputado intelectual, en ese despojo castrado emocional, radica la gran verdad que nos deja el truculento episodio del trumpismo. Cuando la democracia deserta de sus obligaciones y abandona al pueblo, el payaso (o el fascista, o ambas cosas a la vez) ocupa su lugar como gran salvapatrias llegado de alguna parte para devolver el orgullo herido a la nación. Aprendamos pues la lección al otro lado del Atlántico antes de que Europa caiga también en el caos y la anarquía y los negacionistas de la maltrecha democracia liberal trepen por los muros de la Bastilla de Bruselas.

Trump ha sabido agitar la conciencia colectiva traumatizada y ahora la primera superpotencia del mundo se tambalea en medio de un loco carnaval de vaqueros, friquis y nazis sin complejos, una troupe circense de gente que se cree Bruce Willis en La Jungla de Cristal, más algún que otro perturbado disfrazado de indio cheroqui con una cornamenta de búfalo en la cabeza. La «revolución del tupé rubio» está en marcha y ni la Guardia Nacional va a poder parar a 75 millones de norteamericanos trumpistas enardecidos que tienen fe ciega en el nuevo Hitler del siglo XXI, un charlatán iluminado que ha logrado sorberle el seso a la nación y convencerla de que el mundo está en manos de una mafia comunista/satánica que secuestra a los niños para beber su sangre. En un país donde hay más armas que personas, la sombra de una Guerra Civil, ahora sí, está más cerca que nunca. Ayer Twitter bloqueaba la cuenta oficial del gran conspirador. Demasiado tarde. La democracia no supo o no quiso cortarle las alas al pajarito azul cuando aún era posible. Ahora el trumpismo vuela libre, imparable, y sus polluelos van dejando sus cagarrutas violentas por el sagrado templo de la libertad. 

 Viñeta: Igepzio 

LA OPERACIÓN ILLA


(Publicado en Diario16 el 31 de diciembre de 2021)

La Operación Illa es una jugada maestra del equipo de Pedro Sánchez. El hasta hoy ministro de Sanidad y flamante candidato del PSC a las elecciones catalanas del próximo 14 de febrero es el hombre perfecto para que los socialistas puedan empezar a remontar en las encuestas y a recuperar al votante perdido tras meses de bloqueo y parálisis institucional por el fallido procés de independencia. La fuerte apuesta de Sánchez demuestra, en primer lugar, que el PSOE no da por perdida Cataluña sino que aspira a gobernarla en un más que posible pacto con Esquerra  Republicana (ERC), la formación de Oriol Junqueras a la que todos los sondeos dan por virtual ganadora de los comicios autonómicos. Este ambicioso objetivo se desprende de las primeras valoraciones realizadas ayer por el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, quien aseguró: “Propongo que ofrezcamos a la sociedad catalana no un candidato, sino un presidente, el presidente Salvador Illa”. El todavía líder de los socialistas catalanes sentenció además que “en la designación de nuestro candidato debemos demostrar que queremos ganar, que queremos gobernar, que queremos presidir la Generalitat, que vamos a todas y no cederemos ni un palmo de terreno”.

Es evidente que Sánchez no da por perdida la batalla de Cataluña, donde el Estado español ha desertado durante demasiado tiempo. Los años de abandono, de duros recortes y políticas centralistas del Partido Popular en aquella comunidad autónoma resultaron desastrosas y fruto del desaguisado político de Rajoy fue el dramático proceso de independencia que acabó como acabó: con los líderes soberanistas encarcelados, el presidente de la Generalitat refugiado en Waterloo y una sociedad catalana dividida y enfrentada. Las dos Cataluñas. Sánchez no está dispuesto a que el Estado claudique de sus obligaciones en aquellas tierras ni por un minuto más. Illa es el hombre idóneo para llevar a cabo el plan que ha trazado el presidente del Gobierno. Con Ciudadanos hundiéndose por momentos (el transfuguismo de Lorena Roldán es la constatación del terremoto que puede hacer perder 20 diputados a los naranjas); con los rumores cada vez más intensos de indultos inminentes para todos los presos del procés; y con la más que previsible recuperación de la mesa de negociación sobre Cataluña el próximo año, sin duda ha llegado la hora del conciliador, atemperado, inteligente y socrático Illa.   

Perfecto conocedor de la realidad política y social catalana −fue concejal y alcalde de La Roca del Vallés−, también ha tomado parte en el gobierno del Ayuntamiento de Barcelona. En el ámbito autonómico, ejerció como director general en el Departamento de Justicia y es un perfecto conocedor del PSC, no en vano en noviembre de 2016 Miquel Iceta lo eligió como secretario del área de Organización del partido.

Otro plus se lo da su más que digna gestión de la pandemia. Illa pasará a la historia, junto al doctor Fernando Simón, como el hombre que tuvo que enfrentarse al apocalipsis vírico. Tras el caos de los primeros momentos de la plaga (común a los demás países europeos), Illa ha ido construyendo una imagen de hombre serio, trabajador, sensible y solvente que ha logrado mantenerse al margen de las trifulcas y trampas que le iba tendiendo el PP. El duro confinamiento del mes de marzo fue una medida impopular pero necesaria y recibió el aplauso de la OMS. Poco a poco se fue controlando la curva epidémica y aunque la situación sigue siendo difícil (ayer se contabilizaron 16.716 contagiados, 247 fallecidos y un tasa de 265 enfermos por cada 100.000 habitantes) la España de hoy ya no tiene nada que ver con la del “marzo negro”, cuando los ancianos morían a cientos en los geriátricos y el país se encontraba al borde del colapso. La nueva normalidad diseñada por Illa, aunque a trancas y barrancas y a fuerza de improvisaciones, ha funcionado de alguna manera. Ese bagaje y los preciados contactos que deja en el Ministerio de Sanidad conformarán sin duda una buena carta de presentación cuando sus paisanos catalanes reflexionen su voto. El bloque constitucionalista está desmoralizado tras la crisis de Ciudadanos y muchos votantes no independentistas sopesan quedarse en casa el 14 de febrero, según los primeros sondeos. La opción de Illa está pensada para movilizar a ese votante desencantado. El PSC cree que puede recuperar al electorado perdido en 2017 y va a echar toda la carne en el asador.    

“Estoy preparado para presidir Cataluña”, ha asegurado el candidato socialista. La Operación Illa se ha estado gestando durante cuatro meses y Miquel Iceta ha jugado un papel esencial. Puede decirse que el naipe ganador de Sánchez es también el naipe de Iceta, que podría terminar recalando en algún ministerio en Madrid, quizá Política Territorial. Pero sobre todo, la designación de Illa viene a cerrar una época oscura en Cataluña marcada por la polarización, el enfrentamiento civil y el conflicto político y social. La suya es la mejor apuesta para superar el frente constitucionalistas versus independentistas y abrir una nueva etapa, un nuevo tiempo de transversalidad. Las encuestas lo avalan, ya que hasta el CIS catalán lo sitúa entre los políticos más valorados por la ciudadanía. El objetivo de Sánchez de gobernar Cataluña en un tripartito con ERC y «los comunes» parece más cerca que nunca y prueba de ello es el berrinche que se han cogido las derechas. Al candidato de Cs, Carlos Carrizosa, no le ha gustado la jugada porque, según él, desmantela el Ministerio de Sanidad en plena pandemia. Por su parte, la portavoz del PP en el Congreso, Cuca Gamarra, ha acusado a Illa de haber utilizado el ministerio como “trampolín político” para su carrera política en Cataluña. Populares y naranjas ya se ven perdedores en un día de San Valentín donde las izquierdas españolistas y catalanistas pueden reencontrarse y superar las heridas del procés. ¿Qué mejor prueba de que Illa es el caballo ganador que ver a una Gamarra preocupada y cabreada?

Viñeta: Iñaki y Frenchy

GARCÍA-PAGE

(Publicado en Diario16 el 30 de diciembre de 2021)

Circula por los ministerios, mentideros y platós de Madrid el runrún de que el Gobierno de Pedro Sánchez prepara indultos para los presos del procés. Y, tal como era de prever, el rumor −que es la antesala de la noticia−, ha puesto ya de los nervios a algunos barones socialistas como Emiliano García-Page. El presidente de Castilla-La Mancha se ha mostrado contrario a cualquier medida de gracia concedida por el Ejecutivo a los soberanistas catalanes y advierte de que, si tras recibir el indulto Junqueras y los suyos vuelven a intentar el camino de la secesión, sería un “ridículo histórico” para el PSOE. El líder socialista manchego ha utilizado términos algo más rancios y carpetovetónicos, propios de la derechona voxista, al avisar de que los hipotéticos indultos pueden estar “manoseados desde el punto de vista político”.

Apenas unas horas después de que Sánchez haya reconocido errores por ambas partes (Estado español y mundo independentista) −confirmando que mantiene su “clara apuesta” por la “reconciliación y el reencuentro”−, el presidente castellanomanchego saca pecho españolista e incluso adelanta por la derecha a Pablo Casado al posicionarse en contra de cualquier tipo de perdón a los líderes indepes. Solo le ha faltado decir aquello de “que se pudran todos en la cárcel”, algo más propio de un golpista del chat de reservistas de la Decimonovena que de un político progresista y conciliador.

Hace tiempo que García-Page es el semáforo conservador del PSOE que se dispara y se pone en rojo ansioso en cuanto Sánchez hace algún movimiento que puede chirriar o entrar en colisión frontal con la ortodoxia felipista. En ese sentido, Page coincide plenamente con Casado, que echa en falta más “socialismo clásico” o convencional frente al “partido sanchista actual”. Con esa sentencia, lo que pretende decirnos el mandatario del PP (y quizá también el propio Page) es que el PSOE debe seguir siendo un partido monárquico, decente y aseado, o sea vendido a la patronal, tutelado por el Íbex y sin sacar los pies del tiesto. Los viejos rockeros del socialismo español decadente como el referente manchego siguen fieles a la partitura cachondosocialista, a la antigua fórmula liberal que servía para ganar elecciones en 1982 pero que hoy por hoy, tal como demuestran las urnas, ha fracasado y ha quedado superada por el devenir de la historia, por la evolución de la sociedad española, por la crisis de la socialdemocracia en toda Europa y por la savia nueva de las Juventudes Socialistas, que han llegado para tratar de regar la marchita rosa y darle un nuevo impulso a la aburguesada dirigencia.

Está visto que García-Page coincide plenamente con los postulados del PP casadista sobre lo que debe ser el PSOE y hacia dónde debe encaminarse, hasta tal punto que si lo sacaran de Ferraz, como a un trasladado muñeco del Museo de Cera, y lo metieran en Génova 13, nadie notaría la diferencia. Al igual que sigue siendo un misterio si el coronavirus es un ente biológico vivo o simplemente materia orgánica letal organizada en nucleótidos para infectar y matar, García-Page se mueve en esa frontera difusa y sombría del socialismo español que no se sabe muy bien lo que es.

Si la política pudiera estudiarse con la exactitud y rigurosidad de la ciencia, los epidemiólogos concluirían sin duda que el barón manchego es una entidad extraña y misteriosa del PSOE, un ente al límite de la vida socialista, como lo es el covid-19, que no se sabe muy bien si está vivo o muerto. De García-Page lo único que podemos decir es que se desconoce si anda en el lado rojo o en el azul, en la biosfera del progresismo o del conservadurismo reaccionario, casadista y cañí. Y al igual que el gato de Schrödinger podía encontrarse vivo y muerto a la vez, confirmando la teoría cuántica, el presidente castellanomanchego transita simultáneamente por la derecha y por la izquierda, por el centralismo y el microcosmos autonómico, por el universo progre y el conservador, es decir, una fantasmagoría superviviente de aquel PSOE en el que cabía cualquiera, desde un pobre republicano que regresaba del exilio hasta un infiltrado de la Falange que trataba de escapar del hundimiento del franquismo para travestirse de demócrata y seguir medrando en democracia.

A Page el indulto como medida de gracia no le hace “ninguna gracia”, pero no aporta solución alguna sobre lo que se debe hacer para resolver el tremendo embrollo que hay montado en Cataluña y se limita a pedir más cárcel y calabozo para los líderes estelados, confundiendo justicia con venganza, como los peores inquisidores de Vox. Incluso hace suya aquella frase desafortunada de Junqueras –“que se metan el indulto por donde les quepa”− para concluir que a los condenados por el procés no hay que darles ni agua, ya que volverán a las andadas republicanas.

El PSOE siempre ha sido un partido que más allá de discursos demagógicos ha aportado ideas útiles a los males endémicos del país, pero por lo visto el barón manchego ha decidido quedarse en el eslogan trumpista y facilón de Casado y en un españolismo ciego y estéril que no conduce a nada. Una vez más, Page ha sacado a pasear su espada toledana para darle unos cuantos mandobles y sablazos al sanchismo podemita y radical. Lástima que mientras él disfruta jugando a ser el nuevo Cid Campeador del felipismo trasnochado Cataluña se separa cada vez más de España y el cáncer territorial se va enquistando sin remedio. Probablemente, tampoco le ha gustado el paso a un lado de Iceta y la designación de Illa como candidato del PSC a la Generalitat en las próximas elecciones. Para García-Page el señor Illa debe ser otro indepe peligroso. Cualquier día rompe el carné socialista y se pasa al PP.

Viñeta: Igepzio

LA MODERNIZACIÓN DE LA MONARQUÍA

(Publicado en Diario16 el 30 de diciembre de 2021)

La monarquía se ha convertido en una patata caliente para Pedro Sánchez. El presidente es plenamente consciente de que tiene que mover ficha para modernizar una institución que ha dado serias muestras de agotamiento, obsolescencia y caducidad. Está en juego no solo la regeneración de la Jefatura del Estado tras los últimos escándalos protagonizados por Juan Carlos I, sino la propia supervivencia del Gobierno, ya que Unidas Podemos, principal socio de coalición, exige medidas contundentes y no parece dispuesto a permitir más mantos de silencio, ni más tolerancias con la corrupción o falta de transparencia en Zarzuela. Pablo Iglesias se encuentra en plena campaña política para tratar de arrastrar a Sánchez a un referéndum entre monarquía o república que a fecha de hoy, en plena crisis política, económica e institucional, se antoja poco menos que ciencia ficción.

Sánchez cree que no es el momento de abrir el melón. Una consulta popular sobre la forma de Gobierno no podría llevarse a cabo sin dinamitar el PSOE hasta partirlo en dos, ya que una buena parte de los socialistas (entre ellos destacados barones y dirigentes del partido) no quieren ni oír hablar de un experimento de consecuencias imprevisibles. Con la extrema derecha en franca ofensiva por la unidad nacional, con Pablo Casado encastillado en posiciones mucho más que conservadoras y esencialistas y con el ruido de sables en los cuarteles retornando con fuerza (tal como demuestra ese inquietante chat de la Decimonovena Promoción del Aire y la carta de descontento enviada a Felipe VI por altos mandos militares) lo último que desea Sánchez es meterse en ese berenjenal o túnel sin luz al fondo que en el pasado no ha traído a los españoles más que nefastas consecuencias.

Cualquier cambio en la forma de gobierno debe contar con el consenso necesario y la mayoría suficiente de las principales fuerzas políticas, tal como ocurrió en la Transición, y toda iniciativa que trate de acometer un referéndum de manera unilateral o rupturista está abocada al fracaso, además de que podría resultar catastrófica, ya que generaría fuertes tensiones e inestabilidades en el ya debilitado edificio institucional español. El país no está para aventuras y nadie en su sano juicio puede ser tan ingenuo como para llegar a pensar que un “referéndum exprés” de una España contra la otra podría celebrarse pacíficamente, sin graves conflictos sociales y posibles enfrentamientos entre los sectores más radicales de las derechas y las izquierdas. La polarización es extrema, el odio entre españoles que parecía superado ha retornado con fuerza y la política se ha convertido en una constante guerra de trincheras. Nadie dialoga con nadie, todos quieren imponer sus propios dogmas de fe. El espíritu de consenso, pacto y acuerdo que alumbró la tortuosa travesía desde la dictadura hasta la democracia a finales de los 70 y principios de los 80 ha sido enterrado y es ya un fósil del pasado. Ese explosivo referéndum, celebrado con urgencia como pretende Pablo Iglesias, sería el detonante perfecto, el combustible explosivo que está buscando la extrema derecha para incendiar todo lo que se ha conseguido en cuarenta años de democracia. No parece que sea el momento más oportuno. Ningún país puede cambiar de una monarquía a una república de la noche a la mañana como quien cambia de chaqueta, y mucho menos España, un país cainita y temperamental que ha hecho de esta dialéctica una eterna cruzada. Tratar de convencer a la opinión pública de que se puede dar el salto mortal al vacío sin que nada ocurra no solo es un ejercicio pueril sino irresponsable. Estamos hablando de una cuestión trascendental (quizá la más sagrada de todas), un asunto que revuelve vísceras, toca fibra sensible y agita viejos fantasmas del pasado entre monárquicos y republicanos. Es evidente que no estamos en 1931 y que el país ha madurado política y culturalmente, pero la historia nos enseña que el carácter español es contumaz en la repetición de los viejos errores.

Es en ese convulso escenario de confrontación y barricada donde el presidente del Gobierno se ve obligado a dar un paso tan necesario como arriesgado en la reforma de la institución monárquica para poner fin a los desmanes como los protagonizados últimamente por el rey emérito. Sánchez no puede quedarse en el inmovilismo −dejando que todo siga como está y pretendiendo que nada ha ocurrido en Zarzuela−, porque eso sería escandaloso. Pero tampoco puede ir demasiado lejos en el espíritu modernizador para no añadir más tensiones al tablero político. Tanto los expertos en Derecho Constitucional como la mayoría de la clase política coinciden en la necesidad de reformar el estatus jurídico de la Casa Real española que garantiza la inviolabilidad del rey, un privilegio medieval que sitúa al jefe del Estado por encima de sus súbditos, como si se tratara de un dios intocable, y que reduce a papel mojado el derecho a la igualdad de todos los españoles ante la ley. Ahora bien, ¿cómo se le pone ese cascabel al gato? ¿Hay margen político para acometer una reforma constitucional que Pablo Casado ya ha rechazado de plano? ¿Sería preferible recurrir a una ley orgánica para intervenir quirúrgicamente al enfermo, en este caso la monarquía juancarlista aquejada de múltiples infecciones por supuesta corrupción?

Descartada la vía unilateral del referéndum –no hay mayorías ni consenso suficiente porque las derechas controlan casi la mitad del Parlamento y bloquearían cualquier acción en ese sentido– parece que el mejor parche para tapar la avería es impulsar una ley orgánica. Ayer mismo, Sánchez delegaba esa responsabilidad en Felipe VI al informar de que el monarca cuenta con una “hoja de ruta” para mejorar la “transparencia, ejemplaridad y rendición de cuentas de la monarquía”. Sin embargo, no aclaró si su Consejo de Ministros impulsará de oficio la futura Ley de la Corona. En todo caso, Zarzuela contaría con el apoyo del Ejecutivo para que la Jefatura del Estado se ponga al día como “una monarquía parlamentaria constitucional adecuada a la España del siglo XXI”. La declaración resulta tan ambigua como insuficiente, ya que no se puede dejar en manos de la Casa Real algo tan importante como es la regulación de su propio estatuto de obligaciones y derechos. Ir paso a paso, o “partido a partido”, tal como pretende Felipe VI en un ejercicio de “cholismo atlético”, no significa que la iniciativa reformista no pueda partir del Poder Ejecutivo previo paso por las Cortes. Es más, no solo puede, sino que debe seguirse ese trámite. Todo intento reformista de la Corona tiene que surgir del Parlamento, sede de la soberanía nacional, y a la Familia Real no le queda otra que someterse a lo que salga del Congreso y del Senado. Así es como funcionan las cosas en una democracia seria y avanzada donde el Poder Legislativo legisla sin tibiezas ni miedos reverenciales.

Pero llegados a este punto, cabe plantearse qué piensa hacer Pablo Casado al respecto. De Vox nada cabe esperar, más que intente torpedear cualquier iniciativa en su intento de que nada cambie para seguir protegiendo al rey, pero al principal líder de la oposición  se le debe exigir altura de miras y sentido de Estado. El presidente del PP descarta una reforma constitucional aunque asegura que apoyará al Gobierno “para cualquier medida que refuerce la monarquía”, siempre dejando claro que el camino a seguir sería el de una ley orgánica. Por descontado, todo avance pasa por un gran acuerdo entre socialistas y populares que sin duda dejaría fuera a Unidas Podemos, principal socio de coalición, de tal manera que quedaría comprometido el futuro del Gobierno y volveríamos al punto de partida en este círculo vicioso que parece no tener fin. Que Casado se niegue a reformar la infame inviolabilidad del jefe del Estado es algo que no defiende ni el propio monarca. Y es que el líder del PP es más papista que el papa; o sea más monárquico que el propio rey.

 Viñeta: Igepzio