domingo, 17 de enero de 2021

LUIS Y ROSALÍA

(Publicado en Diario16 el 14 de enero de 2021)

Bárcenas está dispuesto a colaborar con la Justicia, a cantar la Traviata si es preciso, a tirar de la manta hasta el final. Y no lo hace a cambio de reducciones de pena, indultos o privilegios penitenciarios. Lo hace sencillamente por amor. No soporta ver sufrir a su mujer, Rosalía Iglesias, actualmente en prisión para cumplir la condena de 12 años por el caso Gürtel. “Luis no tiene nada que perder”, aseguran fuentes judiciales del entorno del extesorero del Partido Popular que, esta vez sí, parece que romperá su silencio y aireará toda la basura que se cocinaba en el partido.

A menudo, los delincuentes entrullados se vienen abajo y deciden largar todo lo que llevan dentro por múltiples motivos, por desesperación, por depresión, por miedo a estar entre rejas muchos años, por claustrofobia, por el pánico nocturno que debe producir dormir en la misma celda que un tipo sudoroso en camiseta de tirantes y rebosante de tatuajes que en la litera de arriba va exhalando su aliento fétido mientras confiesa en sueños delirantes sus crímenes más horrendos. Pero Bárcenas no. Bárcenas no va a hacer las veces de soplón o chivato de los suyos por ninguna de esas razones que podrían ser humanamente comprensibles. Bárcenas va a irle con el cuento al fiscal por amor, solo por amor, la única verdad que consigue redimir a los hombres de sus mentiras y pecados.

El responsable de los dineros del PP en la era precovid −aquel mundo sin mascarillas donde la gente se besaba y se amaba y hasta robaba alegremente los fondos del partido sin que pasara nada−, está dispuesto a contarlo todo con pelos y señales, pero que lo haga por la mujer que ama es lo que le honra. Puede que Bárcenas ya no sea un caballero (perdió la presunción de inocencia en tantos viajes a Suiza haciendo de Marco Polo del partido, o sea la ruta de la tela, que no de la seda). Sin embargo, su gesto, su parle, su cante jondo o copla de amor ante los cupidos fiscales anticorrupción merecería una rebaja en la condena, que fue de 29 años y un mes de cárcel.

El Código Penal no recoge la atenuante de romanticismo súbito o sacrificio amoroso, pero sin duda debería contemplarla porque ya no quedan reos o presos como este. Bárcenas y Rosalía van camino de convertirse en los nuevos Bonnie and Clyde, una pareja que por lo que sea, por codicia, por el vicio del maldito dinero, o por mala suerte, no les ha ido bien en la vida y han terminado con sus huesos en el trullo; un matrimonio que ha vivido deprisa y corriendo y que ha practicado el peligroso juego de lo ajeno pero que se ama perdidamente en la desgracia, y eso es lo que de veras importa y emociona. Bárcenas y Rosalía son los nuevos Romeo y Julieta de esta tragedia shakespeariana titulada El mercader de Génova, un drama inmenso en la Verona madrileña que tantos trajes a rayas, vidas truncadas y cadáveres políticos ha ido dejando por el camino. A uno la historia conmovedora de Bárcenas y Rosalía le recuerda a Juntos hasta la muerte, el clásico de Raoul Walsh con Joel McCrea y Virginia Mayo que relataba el trágico romance del forajido Wes McQueen con la pelirroja chica Colorado Carson, la única que le es fiel al protagonista hasta el final mientras todos los demás integrantes de la banda ya se han dado el piro y lo han dejado en la estacada con la bolsa de dinero y el marrón de la caja de caudales, en este caso la Caja B.

Puede que Bárcenas lo tenga todo perdido en este mundo; puede que ya no le quede ni un solo amigo, ni nada que hacer en la vida, ni ninguna propiedad o comisión a la que agarrarse porque los picoletos de la UCO se lo han requisado todo, pero al menos aún conserva lo esencial, una chispa de humanidad que lo dignifica de tanto saqueo y ladrocinio, eso que lo ennoblece por un instante: el sincero amor por su mujer. De la noche al día, el chivo expiatorio de la corrupción pepera ha pasado de exitoso hombre de negocios a ángel caído, pero después de la derrota y la trena puede llegar el gran triunfo del amor, que decía Bukowski, y eso vale mucho aunque no le den más permisos penitenciarios.  

Al nuevo Bárcenas romántico y sentimental lo veremos en acción el próximo 8 de febrero en el juicio por el presunto pago en negro de las obras de la reforma de la sede nacional del PP. Será allí donde soltará todo el folletín en rosa y negro, o sea que contará con detalles cómo funcionaba la financiación ilegal del partido, quién demonios era ese misterioso y desconocido M Punto Rajoy y quizá deje caer algo también sobre la Operación Kitchen, sobre el comisario Villarejo y sobre la policía patriótica en los oscuros tiempos de Fernández Díaz. Muchos en Génova 13 tiemblan ya ante lo que está por venir. Y es que nada ni nadie puede detener a un hombre enamorado porque el amor es una dulce cadena perpetua.

Viñeta: Igepzio 

LOS DIOSES DE LA LUZ

(Publicado en Diario16 el 13 de enero de 2021)

Endesa siempre fue una empresa estratégica para el funcionamiento del Estado. Desde su creación no solo ha abastecido de luz eléctrica a las familias españolas, sino que también proporcionó el combustible necesario a empresas punteras, como los astilleros Bazán, Iberia o Seat. Desde que inició sus actividades en 1944, Endesa fue ampliando su distribución y venta de electricidad hasta convertirse en la mayor compañía del sector energético español. Incluso conoció una notable expansión internacional en Iberoamérica. En su día, la Empresa Nacional de Electricidad fue una apuesta de Estado que añadía valor a la marca España y dotaba de cierta autonomía energética a nuestro país a la hora de fijar las tarifas y precios por el consumo de la luz. Pero llegaron los años ochenta y noventa y con ellos los nuevos aires neoliberales y privatizadores. Entonces se impuso el discurso dogmático de que las grandes empresas del Estado –transportes, minería, astilleros, grandes hornos metalúrgicos− perdían demasiado dinero, de modo que era necesario venderlas al mejor postor. Mejorar la gestión para que fuesen más rentables jamás se barajó como una alternativa. Tocaba hacer caja.  

En 1988, bajo el Gobierno de Felipe González, Endesa comenzó la privatización de la compañía con un lanzamiento inicial en Bolsa del 18 por ciento. Ya no se trataba solo de llevarle luz al pueblo en buenas condiciones económicas, sino de hacer negocio, de jugar a la gran ruleta del capitalismo, de especular sin pudor con un bien de primera necesidad. Así se inauguró la era del nuevo socialismo liberal, un tocomocho al pueblo español, especialmente a las clases más humildes, tal como se está comprobando hoy, cuando cientos de familias españolas se han quedado sin luz al no poder afrontar el coste de la factura mensual.

Bajo el mandato de González, el Estado llevó a cabo cerca de 80 operaciones de privatización, que dejaron en las arcas públicas 13.200 millones de euros. Un negocio redondo para muchos que hicieron fortuna en aquellos años de Expos y Olimpíadas; una auténtica ruina para el país. Así fue como se vendieron no solo pequeñas y medianas empresas que no tenían tamaño suficiente para competir en el mercado sino también las grandes firmas y compañías nacionales.

El felipismo abrió la veda de la venta de España por parcelas, el aznarismo iba a completar la faena. Durante los años siguientes Endesa, el gran buque insignia de la energía española, sufrió tres OPV (ofertas públicas de venta en el mercado bursátil): en 1994 (todavía con los socialistas en el poder); en 1997 y en 1998 (estas dos últimas ya bajo el mandato de José María Aznar). La salida a Bolsa se completó con el inicio de la privatización total de la compañía. El PSOE le puso al PP en bandeja de plata el suculento negocio de la energía. Ya se sabe que Aznar soñaba con privatizarlo todo, la sanidad, el suelo, el mercado de la vivienda, las autopistas, los transportes… Así se consumó la demolición total del Estado de bienestar que había comenzado con la gran traición del felipismo. Aznar no hizo más que aplicar la segunda fase del plan privatizador al desprenderse de las joyas de la corona: Tabacalera, Repsol, Telefónica, Argentaria o Gas Natural.

En el año 1998 se creó Endesa Energía, la comercializadora de Endesa que gestiona los clientes en el mercado de electricidad y gas natural. Ese mismo año se consumó la OPV por el 33 por ciento del capital de la empresa energética, con lo que esta pasó a ser una de las múltiples empresas privadas con capital público en España. Por descontado, el negocio se cerró con el visto bueno de Bruselas, ya que una directiva europea establecía que para el año 2000 todos los miembros de la UE debían tener como mínimo un 30 por ciento de su mercado liberalizado. A menudo el expolio suele acompañarse de un papel oficial que le da apariencia de legalidad y carta de naturaleza. En todo caso, aquello fue el certificado de defunción de la Empresa Nacional de Electricidad como sociedad estatal y pasó a ser de una corporación semiestatal a una empresa privada bajo la marca mucho más corta de Endesa. Hasta el nombre le recortaron los ideólogos del capitalismo salvaje.

En 2003 se concluyó la privatización completa de la compañía. Desde 2009 y tras sucesivos intentos de OPAS de diferentes compañías, el 70 por ciento de su capital pasó a manos de la empresa energética estatal italiana Enel. Hoy, cuando muchos españoles tiritan de frío porque no pueden pagar facturas desorbitadas por el consumo de la luz, nos preguntamos por qué el Estado no hace nada, por qué no puede intervenir para frenar los abusos de las grandes compañías energéticas. No lo hace porque no puede; no toma cartas en el asunto sencillamente porque la sartén está en manos de unos señores con monóculo y manguitos a los que ni siquiera conocemos y que habitan flamantes despachos en Nueva York, Londres o París. Resulta triste comprobar cómo el bipartidismo ha ido liquidando lo mejor de nuestro tejido empresarial público para sacar un rédito efímero y preparar la dorada jubilación de las élites políticas, que con frecuencia terminan sus carreras profesionales en estas grandes compañías nacionales privatizadas hoy reducidas a la categoría de simples puertas giratorias. Teníamos una gran infraestructura empresarial pública que constituía la espina dorsal del Estado de bienestar y nos la cargamos para venderla por trozos. Conviene pensar en ello cuando pulsemos el interruptor de la luz.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL TARIFÓN

(Publicado en Diario16 el 13 de enero de 2021)

El tarifón de la luz ha congelado los bolsillos de los españoles. Justo cuando cae la nevada del siglo, el precio por megavatio hora alcanza precios históricos, batiendo todos los récords, y las grandes compañías energéticas hacen caja a costa del sufrimiento de aquellos que no pueden soportar semejante atropello. Al drama de la pandemia y los efectos devastadores de la colérica Filomena en todo el país se une ahora la desfachatez del gran lobby hidroeléctrico, una auténtica mafia que se comporta como un clan de pistoleros del Far West dispuesto a saquear los pocos ahorros que le quedan al pueblo llano. Y, un año más, la pobreza energética, ese maldito concepto, hace mella en las capas más humildes de la población: jubilados y pensionistas, dependientes, parados, familias con escasos recursos que atraviesan por una penosa situación a causa de la crisis provocada por el coronavirus y que se ven obligadas a apagar la estufa, a envolverse en una manta de cuadros y a sobrevivir en un infierno helado.   

¿Pero qué está pasando para que cada vez que le damos al interruptor de la luz la soga se estreche un poco más alrededor de nuestros cuellos? ¿Cuáles son los factores técnicos, sociales y políticos que nos han conducido a esta situación ante la pasividad de la Administración? Para entender el problema, primero tenemos que deconstruir la factura de la luz. Ahí está el meollo de la cuestión. Alrededor del 35 por ciento de lo que cobran las eléctricas corresponde a los gastos del mercado libre, es decir, el precio que las empresas tienen que pagar en el comercio mayorista por la electricidad. Nos movemos en una economía capitalista, de modo que esto es la ley del más fuerte, oferta y demanda, o como dijo aquel: es el mercado amigo. Entendido que el negocio funciona así, sigamos desglosando la temida “dolorosa” que nos llega cada mes de forma inexorable. Otro 25 por ciento del recibo corresponde a los impuestos que el consumidor debe pagar, que no son pocos y que por supuesto gravan más fuertemente a las rentas más bajas, que proporcionalmente disponen de menos recursos para hacer frente al coste de la luz. El Gobierno podría reducir el IVA, aliviando la carga a los ciudadanos, pero no está por la labor después de que la ministra portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, haya dicho que esa medida no está en la línea “con lo que se marca desde Europa”. Acabáramos. Finalmente, el 40 por ciento restante de la factura es lo que abonamos por los “costes regulados”, es decir gastos como el transporte, la distribución, los incentivos a las renovables o la amortización del déficit de tarifa. Más retórica para engordar el abuso.

Sin duda, la parte que más daño nos está haciendo y que provoca que se dispare la factura, o sea el tarifazo, es la correspondiente al libre mercado. Como el precio que cobran las empresas productoras de energía se ha encarecido notablemente y ha repercutido en las distribuidoras, al final quien paga el pato es el consumidor. El mercado no tiene alma ni humanidad, y vaya usted a contarle a los gerifaltes de una multinacional francesa o americana que un señor vestido con el mono azul de operario se ha presentado en nuestra casa a primera hora de la mañana para darle el tirón al cable de marras, cortándonos el suministro y ejecutando a toda una familia mediante el procedimiento de la horca energética. La implacable ley del mercado internacional y sus estertores y convulsiones bursátiles nos afectan en nuestra vida cotidiana mayormente porque la ola de frío está afectando a Europa y países del hemisferio norte (entre ellos España) y la demanda de gas se ha disparado. A mayor demanda, mayor precio y los buques “metaneros” hacen el agosto en enero. Si a esto añadimos que el 50 por ciento del gas que consume nuestro país procede de Argelia y que a mediados de la semana pasada este país nos recortó el suministro por un problema en una de sus plantas del que no se conocen más detalles, entenderemos por qué el precio de la energía en el mercado español es todavía más disparatado. Solo un ejemplo: si el gas holandés está sobre los 20 euros, en España hemos llegado a sobrepasar los 51 euros por megavatio-hora. Una auténtica barbaridad.

La tormenta perfecta viene a completarse con otros dos factores. El primero es que cuanto más frío hace más consumimos (de nuevo la ley fatal de a mayor demanda mayor precio) y el segundo es que los derechos o tasas por emisión de CO2 encarecen la factura. Luchar contra el cambio climático es necesario, esencial, pero también caro, y las empresas productoras que aún se abastecen de combustibles fósiles pagan impuestos en función de las emisiones generadas, otro factor que recae sobre el eslabón más débil, o sea el sufrido lector de esta columna.

Ante este panorama solo nos queda rezar o instar a nuestro Gobierno a que intervenga cuanto antes, lo cual no será fácil, ya que cada vez que un Consejo de Ministros ha tratado de regular el zoco de ladrones se ha topado con los poderes fácticos de siempre: la fuerza de las grandes multinacionales, la patronal, la banca y las derechas políticas reaccionarias que torpedean cualquier intervencionismo estatal bajo el argumento de que ya vienen los comunistas a destruir la sagrada economía de libre mercado. De modo que estamos en manos de los piratas del Caribe energético y poco o nada podemos hacer, más que quejarnos cuando recibimos el temido facturón.

Lo peor de todo es que el problema, lejos de unir a las izquierdas frente al gansterismo ultraliberal, está fracturando aún más al Gobierno rojo (cada vez más anaranjado) después de que Unidas Podemos haya exigido a su socio de coalición, el PSOE, que impulse ya la reforma del actual mercado eléctrico, una mala herencia de José María Aznar donde los precios finales de la electricidad tienen más que ver con la especulación pura y dura que con los costes reales en la generación de la energía. Para competir contra ese oligopolio siniestro, contra esos bandidos que se llenan las alforjas con nuestro dinero, habría que crear una empresa nacional o recuperar para lo público fábricas como Endesa, hoy malvendida al capital extranjero (actualmente es propiedad en un 70 por ciento de la eléctrica italiana Enel, cuyo principal accionista es a su vez el Estado italiano e inversores privados). O sea, una nacionalización del sector aunque sea parcial. Solo así garantizaríamos competencia a la baja, un suministro mínimo a toda la población y el final de los abusos y la vergüenza de la “pobreza energética”. Ahora a ver quién es el guapo que le pone ese cascabel al gato antes de que el trumpista Abascal dé un golpe de Estado para derrocar a esos bolcheviques que sueñan con la igualdad energética.

Viñeta: Igepzio

SCHWARZENEGGER

(Publicado en Diario16 el 13 de enero de 2021)

Arnold Schwarzenegger ha arremetido contra Donald Trump, al que considera un “líder fallido” que pasará a la historia como el peor presidente de los Estados Unidos por haber tratado de dar un golpe de Estado “engañando a la gente con mentiras”. Y no solo se lo ha dicho alto y claro en un vídeo colgado en las redes sociales, sino que mientras le echaba el rapapolvo al presidente saliente (y salido a la vista de los escándalos sexuales que le persiguen), el actor y ex gobernador de California le mostraba la famosa espada de Conan de varios kilogramos que mete miedo al personal. Ciertamente impresiona ver cómo el bueno de Arnold se dirige a sus fieles seguidores con voz gutural mientras desenvaina la tizona que le hizo inmortal en el cine y les dice: “¿Ves esta espada? Cuanto más templas una espada, más fuerte se vuelve. Cuanto más la golpeas con el martillo, la calientas y la enfrías en agua, más fuerte se vuelve. Nuestra democracia es como el acero de esta espada. Cuanto más se templa, más fuerte será”.

Sin duda, la aparición mesiánica del actor en medio del drama nacional norteamericano suscitado por el asalto al Capitolio de las hordas trumpistas ha sido toda una lección política para el cabeza hueca y presuntuoso magnate neoyorquino. Schwarzenegger ha puesto en su sitio al líder sabelotodo del tupé rubio despidiéndolo como realmente se merece: con una advertencia digna del mejor Terminator. Viendo al ex gobernador de California, sable en mano, era como si el célebre robot del film hubiese llegado del futuro para explicarle al tirano que sus fechorías en Twitter no quedarán impunes, o sea que al final seguramente tendrá que sentarse en el banquillo en un más que probable juicio de impeachment por instigar la violenta insurrección que ha costado la vida a cinco personas y decenas de heridos. Bien por Arnold, ya era hora de que alguien en el Partido Republicano le cantara las cuarenta al Nerón de Nueva York.

Schwarzenegger le ha dicho a la cara a Trump lo que es, un totalitario, un nazi, el instigador de la nueva Noche de los Cristales Rotos, uno de los episodios más negros en la historia de la humanidad. Aparentemente Yellowstone Wolf, ese fantoche que se paseó por los pasillos del Capitolio haciendo el indio, no parece ser un personaje tan fiero como las milicias hitlerianas del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán que atacaron a los judíos en aquella jornada negra de 1938. Pero no nos engañemos: detrás del inofensivo friqui disfrazado con pieles de bisonte y cuernos que se ha convertido en el hazmerreír del mundo entero está el personaje peligroso, el fanático trastornado, el monstruo fascista capaz de reducir a cenizas a más seis millones de judíos. Los vidrios rotos de las ventanas del asaltado Capitolio son los mismos vidrios de la República de Weimar hechos añicos bajo las botas de los nazis; los cristales pulverizados en el sagrado templo de las libertades forjadas por los Padres Fundadores de la patria yanqui (Lincoln, Washington y Jefferson entre otros) son calcados a los que cayeron en el incendio del Reichstag, también ultrajado en 1933. Al triturar esas vidrieras sagradas, Trump ha destruido con ellas, además, la libertad, el imperio de la ley, el Estado de derecho.

Durante años, Arnold nos ha deleitado en la gran pantalla con su espectáculo de músculos engrasados, acrobacias bélicas, mandobles e interpretaciones para niños, pero hete aquí que el político estadista se ha comido al actor malo, lo cual que ha nacido una estrella de la democracia. Por descontado, a Vox no le han gustado las críticas del fornido intérprete al Amado Líder supremacista y algunos militantes del partido de Abascal (antes fieles aficionados al cine de acción para niños del recio Arnold) le han echado las cruces y han quemado sus películas en represalia y venganza. Así es el fascismo de nuevo cuño, cuando una obra de arte no encaja con el ideario del Mein Kampf se la arroja a la hoguera como madera para el fuego de la ignorancia y circulando.

De momento, el viejo Arnold ha abierto aún más la brecha entre las dos almas del debilitado Partido Republicano, entre la derecha aseada de toda la vida y los trumpistas del nuevo fascio yanqui. De esta fractura traumática quizá salgan dos partidos diferentes para beneficio y provecho de los demócratas, que así las cosas, quién sabe, podrán gobernar cómodamente durante décadas. Tras la rebelión trumpista del 6 de enero, Trump ha perdido no solo la Casa Blanca, a sus colaboradores más fieles que le desertan por doquier y lo poco que le quedaba de su maltrecha reputación, sino también el partido, o sea las riendas del elefante rojo. De momento, el bravo ex gobernador de California ya se ha ganado una legión de simpatizantes en todo el mundo. Fans o detractores de su rudimentaria obra cinematográfica que sin embargo reconocen que estamos ante un demócrata íntegro y de los pies a la cabeza. En un tiempo en que faltan líderes, héroes y referentes sociales no se puede pedir más ni despreciar esa valiosa contribución a la causa de la libertad. El forzudo Hércules de Hollywood ha despedido al Gran Dictador con puente de plata y por la puerta grande. Sayonara, baby.  

Viñeta: Igepzio

EL RACISTA

(Publicado en Diario16 el 12 de enero de 2021)

“La mitad de la población está chiflada, solo desean matar a alguien”, decía Marlon Brando en La jauría humana, el peliculón de Arthur Penn sobre el linchamiento de un hombre inocente. En estos tiempos de virus y catástrofes humanas (que no humanitarias), el miedo está sacando lo peor de la gente, mayormente el negacionismo fanatizado y la xenofobia. Va resultando cada vez más difícil cruzar la calle para comprar el pan sin que lo insulten a uno, le tiren una piedra o lo llamen perro judío socialcomunista. Es evidente que hay una epidemia de violencia social que se agrava por momentos, en buena medida por efecto de los discursos de algunos políticos empeñados en sembrarlo todo de odio, y no es cuestión de dar nombres, que todos sabemos quiénes son. Hoy mismo, la Policía Nacional ha detenido al racista que humilló a una mujer en el Metro de Madrid. El agresor, cuya denigrante acción fue grabada en vídeo y viralizada en redes sociales, se despachó a gusto con otra pasajera del vagón, a la que se dirigió diciéndole cosas tan poco edificantes como “sudaca de mierda (…) me cago en tus muertos del más pequeño al más grande de tu raza”.

Según testigos del suceso, tras bajarse del tren el supremacista calificó a su víctima de “asquerosa de mierda” y la volvió a vejar con frases como “a lo mejor te crees que eres algo en mi país. A lo mejor te piensas que eres algo y eres una maldita escoria”. Como buena noticia que reconcilia con el género humano, cabe destacar que el resto de los pasajeros trataron de frenar al violento energúmeno, aunque no lograron librarse de su lluvia de insultos y bilis: “Si alguno tiene algo que decir que lo diga ahora, que le cojo y le reviento (…) A ver si alguno tiene los huevos bien puestos para decir algo”.

Hace unas horas, el matón se ha entregado en la Comisaría de Usera, donde ha sido acusado de un delito de odio, aunque será necesario localizar a la víctima del ataque, que no aparece en la grabación y que, por el momento, no ha presentado denuncia formal. El episodio del vándalo de Usera viene a demostrar que el racismo está mucho más arraigado en la sociedad de lo que en principio cabría pensar. Pero no debemos quedarnos con la simple anécdota del pobre diablo que se hace racista, o más bien al que otros hacen racista y que por tanto también es una víctima, sino que debemos reparar en los de arriba, en los que mueven los hilos, en los que le ponen la voz al guiñol o paria. Poco se sabe de este hombre devorado por el peor de los monstruos, aunque todo apunta a que estamos ante el clásico tipo blanco castrado de sentimientos, probablemente de extracto humilde, que ha perdido la fe no solo en el sistema que lo ha abandonado a su suerte sino en los valores humanistas. Decía Oscar Wilde que el odio a las razas no forma parte la naturaleza humana; más bien es el abandono de la naturaleza humana. Es decir, el racista sufre un virulento proceso de deshumanización, de bestialización, de pérdida del espíritu o alma. Desde ese punto de vista, lo que hace el racista es abandonar la civilización, hacerse bruto, volverse a la charca, donde siempre gana el que tiene los colmillos más largos.

Sin duda, el fascismo es el bebedizo perfecto que consigue que el hechizo, la transformación del hombre en bestia, surta efecto. Hay muchas clases de pócimas para lograr ese embrutecimiento: supremacismo, intolerancia, machismo, reaccionarismo, tradicionalismo, atavismo religioso… ¿Qué otra cosa es el nacionalismo patriótico de todo tipo sino la exteriorización política del racismo, del miedo al otro? Las clases obreras están tomando todos esos jarabes tóxicos a grandes cucharadas en los barrios marginales que como Usera cada vez están más lejos del corazón de las grandes ciudades. Ya se sabe que allá donde no llega la ley del Estado se impone la ley de la jungla, la barbarie y el sálvese quien pueda, que es adonde pretenden llegar Díaz Ayuso y Martínez Almeida liquidando el Estado de bienestar y privatizándolo todo.

El fascismo, sublimación ideológica del racismo, tiene tres padres: el odio, el fanatismo y la ignorancia, nunca nos olvidemos de la ignorancia. En la incultura o subcultura conspiranoica, en la confusión y el bulo tuitero que se ha apoderado de Occidente, está la pólvora esencial del totalitarismo, cuyo único objetivo es la guerra. O como decía Bob Marley, la guerra continuará existiendo mientras el color de la piel sea más importante que el de los ojos. Son los demagogos populistas como Trump, Bolsonaro o Abascal quienes a base de guerras sociales, a fuerza de promover la guerra civil, desencadenan el gran terremoto de la historia. Las masas no necesitan la democracia para nada si un líder piensa por ellos. Pensar cuesta, lleva su esfuerzo y quita tiempo para ir al fútbol, a los toros o a la barbacoa dominguera con los amigos. Por eso el tirano primero emerge como un guía y después se convierte en un dios, como está ocurriendo con Donald Trump, a quien los evangelistas adoran como al nuevo mesías. Al magnate neoyorquino ya no habrá manera de quitárselo de en medio, ni con un impeachment ni con ninguna otra ley mundana, porque el populacho, la plebe, los chicos orgullosos del Proud Boys armados hasta los dientes con sus AK-47, ya lo han elevado al Olimpo del fascismo. Jamás un constructor sin estudios y con tantos pufos llegó tan alto. Cualquier día lo cubren con pieles de bisonte y cuernos y lo colocan a modo de tótem en lugar de la estatua de Lincoln. Ese comunista.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

PROUD BOYS

(Publicado en Diario16 el 12 de enero de 2021)

Quizá, después de todo, el final de la especie humana no esté tan lejos como creemos. Cuando un grupo de iluminados es capaz de difundir el bulo de que la nieve es plástico lanzado desde el aire por las siniestras élites de un Estado Profundo con el fin de confinar a la gente en sus casas, y esa disparatada idea cuaja a través de las redes sociales tanto como el hielo que estos días cubre las calles de Madrid, es que ya todo está irremediablemente perdido. Las teorías conspirativas se propagan como un reguero de pólvora por todo el mundo y cada vez son más los incautos que creen que las pizzerías son tapaderas de un poderoso establishment empeñado en controlar nuestras mentes o que Joe Biden es la cabeza visible de una gran trama de pederastia internacional que secuestra niños para beber su sangre en la que estarían implicados los Obama, los Clinton, Bill Gates y George Soros.

Un extraño proceso de estupidización ataca las neuronas humanas hasta destruirlas de una forma mucho más eficaz que el coronavirus, mientras los sociólogos y filósofos se estrujan los sesos tratando de explicar qué demonios le ha ocurrido a ese mono desnudo que un día, no hace tanto tiempo, fue capaz de componer sinfonías, levantar la Capilla Sixtina y enviar cohetes a Marte. Las teorías conspirativas se extienden por doquier, pero el gran foco emisor de esta grotesca epidemia contracultural y antisistema es, sin duda, Estados Unidos de América. Una vez más, los síntomas de la degeneración y decadencia de Occidente nos llegan del país de la comida basura, las armas de fuego y las sectas destructivas financiadas con fondos públicos. Como todo imperio, el yanqui ha entrado en su momento crespuscular, una encrucijada histórica tras más de dos siglos de auge y pujanza que lo llevó a situarse como primera superpotencia mundial. La imagen de las hordas tumpistas tomando el Capitolio por asalto no es más que la consecuencia final de un proceso de agotamiento interior: el que sufre todo imperialismo, ya sea en dos siglos o en mil años de existencia.

Todo lo malo se importa del país de las barras y estrellas y termina llegando a Europa más tarde o más temprano. Por esa razón ahora los españoles, por poner un ejemplo, nos preguntamos cuánto va a tardar Santiago Abascal en sacar a la calle a su División Azul integrada por militares jubilados y reservistas –con apoyo de los escuadristas cayetanos y cacerolos−, para dirigirlos contra el Congreso de los Diputados en una nueva reedición del tejerazo trumpista. Mucho nos tememos que es solo cuestión de tiempo. De momento, la insurrección de Washington, alentada por el propio Donald Trump, va cobrando cuerpo. La toma del Parlamento, sede de la soberanía nacional, ha sido solo el primer paso de un golpe de Estado que estaba perfectamente trazado de antemano. En las últimas horas, el FBI ha alertado al resto de autoridades y agencias federales ante la posibilidad de que se produzcan “protestas armadas” en las diferentes capitales estatales durante los días previos a la inminente toma de posesión del presidente electo, Joe Biden, un acto que tendrá lugar el 20 de enero en la escalinata del Capitolio. El documento policial alerta sobre la existencia de grupos de extrema derecha que en los últimos días están promoviendo un nuevo asalto al Congreso en caso de que Trump sea destituido y sometido a un proceso de impeachment por incitación a la violencia y la rebelión. “Este grupo, identificado también, planea asaltar las oficinas gubernamentales, incluso en el Distrito de Columbia, y en todos los estados, independientemente de si certificaron los votos electorales”, asegura el boletín publicado en un primer momento por la cadena de televisión ABC.

Detrás de este intento de pronunciamiento o golpe de timón están los grupos ultras y paramilitares que se han conjurado para derrocar la democracia tal como hoy la conocemos. Hablamos de movimientos conspiranoicos como QAnon, que ha propalado el infundio de que el país está bajo la amenaza de una invasión comunista y que ha elevado a la categoría de héroe salvapatrias al fatuo Donald Trump. Desde su origen, QAnon ha vivido en los rincones más oscuros de Internet. Ahora los seguidores del grupo, que se hacen llamar “creyentes” (como en cualquier hermandad o secta destructiva) han encontrado su nicho en las redes sociales y en el seno del propio Partido Republicano. Con todo, aunque QAnon pasa por ser el ala ideológica del trumpismo duro, el laboratorio de ideas del que se nutre el magnate neoyorquino para lanzar sus mensajes incendiarios en las redes sociales, no es el más peligroso. A su lado, como auténticos brazos armados dispuestos a llevar a cabo el levantamiento militar, están los Proud Boys, una facción neonazi que el presidente Trump se negó repetidamente a condenar durante su campaña electoral del pasado año. Los “chicos orgullosos” (así se hace llamar esta tropa de fanáticos de las armas y nostálgicos del fascismo) están íntimamente conectados con el supremacismo blanco que desde hace décadas defiende el Ku Klux Klan, la organización racista de los sureños cruzados encapuchados fundada en el siglo XIX tristemente célebre por haber cometido horrendos crímenes contra la población negra.

Pero aún hay más. Tras la crisis provocada por el coronavirus y las protestas contra el asesinato del afroamericano George Floyd a manos de policías blancos, otro inquietante grupo extremista se ha presentado en sociedad en los últimos tiempos. Se trata de los “boogaloo”, una sociedad paramilitar dispuesta a declarar la Segunda Guerra Civil en Estados Unidos con tal de defender las esencias de lo que ellos consideran la gran patria anglosajona norteamericana. A sus integrantes se les reconoce por su pretendido aspecto macho, por el arma siempre al hombro, por sus camisas hawaianas y su poblada barba vikinga. Una vez más, puro fascismo. El objetivo principal de los “boogaloo” es la destrucción del Estado federal estadounidense y da cobertura a movimientos violentos de todo tipo, en los que no faltan antiguos militares y policías descontentos con el sistema. El abanico de pirados y locos por las armas es de amplio espectro y engloba a otras organizaciones como Oath Keepers, Three Percenters, los Ciudadanos Soberanos o el ya citado Ku Klux Klan. La mayoría de estas sociedades secretas se mueven y se comunican entre ellas en lo que se conoce como web 4Chan: el canal que convierte en virales los mensajes de odio de la nueva ultraderecha yanqui. Por descontado, todos abogan por un poder político fuerte, autoritario, fascista, y desprecian la democracia. Como dirían los chicos de la NASA, mayday, mayday, Houston tenemos un problema.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

FILOMENA

(Publicado en Diario16 el 12 de enero de 2021)

Vecinos que sacan sus palas a pasear para achicar nieve en la calle; gremios de conductores que se agrupan para rescatar coches de las carreteras; taxistas y camioneros que se ofrecen para llevar comida a domicilio a las personas que han quedado aisladas en sus casas. Es la sociedad civil que se moviliza allá donde no está llegando el Estado de bienestar, totalmente desbordado por el temporal Filomena. Cuarenta y ocho horas después de la nevada del siglo, Madrid sigue siendo una ciudad sepultada bajo una inmensa lápida de hielo por la que transitan, de acá para allá, sombras solitarias, tambaleantes, ateridas de frío. Ni un invierno nuclear dejaría una estampa tan desoladora, sobre todo por la noche, cuando las temperaturas se desploman hasta los veinte bajo cero y los mendigos del Metro caen congelados, como los árboles quebradizos del Retiro.  

Filomena, un nevazo de proporciones bíblicas que se recordará durante años y que está poniendo en evidencia la capacidad de todo un país para reaccionar ante grandes catástrofes, ha venido para demostrarnos que España no estaba preparada para una inclemencia meteorológica que en la Europa del norte, en la Europa rica, se afronta con muchos más medios y eficacia que aquí. Si el covid-19 nos ha enseñado que no teníamos la mejor Sanidad pública del mundo –un año después del estallido de la pandemia el personal sanitario sigue en precario y los hospitales saturados− la lección que nos deja el gélido vendaval es que los servicios de emergencia y Protección Civil también estaban bajo mínimos tras años de duros recortes y políticas neoliberales, hasta el punto de que los efectivos han quedado fuera de combate en cuanto han empezado a caer los primeros copos de nieve.

El temporal estaba anunciado desde hacía semanas pero por lo visto decretar el estado de alarma era mucho pedir. El alcalde Martínez Almeida debió creer que la alerta roja solo se activa en caso de invasión comunista y no apretó el botón a su debido tiempo. Si Filomena está siendo un temporal histórico, la imprevisión de los gobiernos de Madrid no lo está siendo menos. Lo que se vivió en las primeras horas de nevada no tiene nombre: autobuses urbanos encallados en la nieve, monumentales atascos en la M30, centenares de personas atrapadas en la carretera, un caos general. ¿Es que a nadie se le ocurrió consultar el parte meteorológico del día, prohibir la circulación en toda la provincia y ordenar que la población se quedara a resguardo en sus casas? ¿Acaso activar el protocolo de emergencia era también una medida bolchevique, como dice la conspicua presidenta regional cuando se opone a las medidas de confinamiento contra la plaga de Wuhan? Claro, es mejor no perder votos que gobernar y tomar medidas impopulares. Es mejor no hacer nada y que la multitud se contagie el coronavirus en infantiles y multitudinarias batallas de nieve en plena Gran Vía, donde el covid campa a sus anchas en un blanco carnaval de peste y muerte que ni el Decamerón de Boccaccio.

Por supuesto, Díaz Ayuso y Martínez Almeida están encantados con la respuesta solidaria de los madrileños, que a través de las asociaciones vecinales se han organizado para tratar de solventar las graves deficiencias de la Administración local y regional. Cientos de madrileños trabajan a esta hora como un solo hombre, como un Ejército improvisado abandonado en las trincheras por sus nefastos políticos. En los momentos difíciles el pueblo siempre supera en valor y tesón a sus gobernantes. Pero eso para el Partido Popular es lo de menos. Que la ciudadanía se remangue y dé el callo con la pala quitando hielo a destajo, y por turnos, es el gran sueño hecho realidad del PP casadista. Patriotismo en estado puro. Todo lo que hagan los sufridos madrileños se traducirá en gastos que se ahorrará Díaz Ayuso; todo el trabajo que recaiga sobre las espaldas de los abnegados vecinos (ya machacados por la tos mortal del coronavirus) es dinero que no saldrá de la Alcaldía y que terminará cuadrando a final de año en los balances municipales. Así se construye la leyenda ficticia de que las derechas gestionan mejor los caudales públicos que la izquierda. Y un cuerno, nada más lejos. Lo que hacen es aplicar la filosofía del puño cerrado, cicatear, tacañear, escamotear a los ciudadanos una inversión necesaria que llegada la hora, cuando estalla una pandemia global o cae una fría glaciación, se echa en falta.

Los del PP son pescadores que siempre ganan con el río revuelto. IDA, como buena ultraconservadora que es, no cree en la inversión pública ni en el Estado de bienestar, de modo que no aprenderá la lección de Filomena ni comprará una sola máquina quitanieves para que este sindiós no se vuelva a repetir el próximo invierno. La presidenta vive obsesionada con no rebasar el déficit de su paraíso fiscal castizo y no desea quedar como el “manirroto” Gobierno Sánchez. En todo caso el año que viene, cuando llegue la hija adelantada de Filomena −que vendrá como consecuencia del irreversible cambio climático−, ya habrá privatizado la brigada de excavadoras, los trajes de los operarios, la sopa caliente y hasta la sal que se echa en las carreteras, sacándole así un dinerillo al temporal. Por su parte, Martínez Almeida se conforma con que Sánchez movilice al Ejército. Aquí las chapuzas políticas se pasan a los cuarteles y a otra cosa mariposa. Que estalla una epidemia, que vaya el Ejército; que los de Cañada Real se quedan sin luz, ya irá el Ejército; que cae la nevada del siglo, para eso está el Ejército. Por lo visto, lo de tomar medidas de prevención, coordinar a los efectivos de Protección Civil, prohibir que la población salga a la calle y cortar la circulación de vehículos también debe ser cosa de filocomunistas. Eso sí, el alcalde le pide a Sánchez la declaración de zona catastrófica, que con ese maná de Moncloa se podrán construir unos cuantos hoteles, urbanizaciones para ricos y campos de golf. Que fluya el capital en la capital, que no pare la fiesta ultraliberal ni en medio de un infierno de virus y nieve. El negocio siempre es lo primero. Así reza en el gran catecismo neocon pepero, así se anula un Estado, así se liquida lo público mientras se arenga al pueblo para que empuñe la pala y se lance al Stalingrado madrileño para darlo todo por la patria, como aquellos héroes sacrificados de Chernóbil.

Ignacio Aguado, con total descaro y desparpajo, ya se lo ha dicho alto y claro a la gente: “Si tienes una pala en casa, te animo a que ayudes a quitar nieve”. ¡Quítela usted con sus manitas de manicura, no te amuela!, habría que decirle a este muchacho. Aguado no ha cogido una pala en su vida y envía a otros al frente coronavírico para agarrarse el trancazo mortal en medio de la pandemia. Hay que echarle frescura, nunca mejor dicho. El ministro Ábalos es quien mejor ha definido la desvergonzada forma de hacer política de toda esta gente trumpista: “El señor Casado puede coger una pala, otros pueden hacer un muñeco de nieve. Cada uno disfrutó de la nieve como quiso, otros estábamos trabajando tratando de que fuera más efectivo”. No gaste saliva en balde, don José Luis, que de donde no hay no se puede sacar.

Viñeta: Igepzio