sábado, 13 de marzo de 2021

UNA TEMPORADA EN EL INFIERNO

(Publicado en Diario16 el 4 de marzo de 2021)

El excomisario Villarejo ha dormido en su casa por primera vez en muchos años. Y, según cuenta a los periodistas, cuando ha abierto los ojos y ha comprobado con alegría que no estaba en la litera de la cárcel, ha sentido el auténtico placer de la libertad. A veces es preciso pasar una temporada en el infierno, como Rimbaud, para entender dónde está lo bueno de la vida. Atrás quedan las empresas de relumbrón, la fama, los coches de lujo, los millones, las francachelas con la jet y los chanchullos con el poder. Ninguna riqueza vale tanto como la paz que da dormir en la casa de uno, a salvo de los peligros de un mundo hostil.

A primera hora de la mañana, el ciudadano jubilado José Manuel Villarejo Pérez, un preso en libertad condicional desde la tarde de ayer, ha comparecido ante el juez de la Audiencia Nacional que instruye la causa Tándem, uno de los muchos asuntos que tiene pendientes con la Justicia. Todo hombre que sale de la cárcel es otro muy distinto, y ahora el controvertido comisario luce un nuevo look: traje oscuro, mascarilla negra con la bandera de España que le da un toque aún más rebelde si cabe y parche pirata en el ojo por las secuelas que le ha dejado la hipertensión, más su sempiterna boina calada, esa que no le abandona nunca y que le ha hecho famoso en el mundo entero.

Pero no solo el aspecto exterior del personaje parece haber cambiado. También su carácter, su personalidad, su alma. En su tono de voz y en su expresión está la huella del hombre que ha sufrido los rigores de la prisión. Es obvio que nunca será un defensor de la libertad ni un Nelson Mandela perseguido y torturado por el Estado, tal como quiere aparentar ante los periodistas, pero sin duda ahora habla el sufridor al que han intentado domar a palos, el atormentado al que han hecho morder el polvo, el yunque que ha sido templado a fuerza de martillazos. Es cierto que el orgullo sigue ahí y que insiste en la matraca de que en sus grabaciones hay material suficiente para que salgan cien piezas judiciales “porque treinta son muy pocas”.

Villarejo avisa de que piensa “desenmascarar” a sus enemigos y denuncia lo mismo que dicen todos aquellos que han pasado por la cárcel: las vejaciones, las humillaciones y torturas, el trato degradante. Como si a la trena lo llevaran a uno a hacer deporte o a sacarse un máster en Derecho. La cárcel es la cárcel, Villarejo, tronco, el peor lugar en el que puede dar con sus huesos un ser humano. Y él mejor que nadie, que ha llevado a tantos pobres diablos al chabolo, debería saberlo. “Me han puesto en pelotas. Me han mirado mil veces el esfínter a ver si tenía un teléfono. Me han robado todo, pero si me roban el dejar de creer también en la Justicia, mi vida no tendría sentido”, ha asegurado ante los reporteros expectantes que esperaban su entrada a las puertas del juzgado.

Poco se sabe de lo que le ha dicho al juez, ni de esa misteriosa libretilla verde tipo moleskine que ha sustituido a su célebre carpeta con la que se tapaba el careto los primeros días del escándalo. Hoy tocaban las piezas 26 y 29 de Tándem, una mínima parte del crucigrama o sudoku imposible en que se ha convertido su kafkiano proceso judicial. Fuentes judiciales bien informadas aseguran a Diario16 que en condiciones normales el caso Villarejo daría para varias décadas de investigación porque es el sumario de corrupción por excelencia de la democracia española. Ni el caso GAL, ni Roldán, ni Gürtel, ni otros juegos de niños. Villarejo siempre estará en el top ten porque en sus grabaciones hay datos más reventar España varias veces.  

“No voy a ir contra nadie, nada más quiero defenderme (…) Hoy empieza para mí el punto cero”, avisa el comisario a todo aquel que quiera tocarle la gaita. Si por “punto cero” entendemos que los escándalos no han hecho más que comenzar, se entenderá fácilmente a lo que nos estamos enfrentando. Operación Cataluña, Caso emérito, Kitchen, Corinna, cloacas del Estado, financiación del PP, guerra sucia contra Unidas Podemos… Cada hito de la historia negra de este país pasa necesariamente por la cabeza y por las manos de este policía caído en desgracia que un día fue el puto amo de España e incluso se permitía tutear a los señores del poder, a todos menos al rey de España (aunque bien mirado, y visto lo visto, quizá a este también).

“No pensé que estaban tan zumbados como para montar este show”, asegura Villarejo en un claro mensaje para el exdirector del CNI Félix Sanz Roldán, al que ha calificado de “lord protector de la Corona”. A partir de ahora, ya en libertad, piensa dedicarse a lo que se dedican todos los que pasan por su trance: a defenderse, a probar su inocencia, a desmontar la gran conspiración. Es la misma historia desde que el mundo es mundo. El juguete roto que se revuelve contra su creador; la pieza del mecano averiada que tras ser exprimida es arrojada a la basura del sistema; un David que se enfrenta a Goliat. Villarejo tiene trabajo para entretenerse estos días de vacaciones penitenciarias y libertad condicional. “¿Escapar yo? Eso es lo que quisieran ellos”, sentencia mientras recuerda que las cloacas del Estado no generan mierda, “la limpian”. Le han abierto las puertas de Laos, como a Roldán, pero este parece más listo y no picará el anzuelo. Está convencido de que para el gran Leviatán es más peligroso libre que entre rejas.

Viñeta: Igepzio

LAS TURISTAS DE LAS VACUNAS

(Publicado en Diario16 el 4 de marzo de 2021)

“Se nos ofreció vacunarnos y accedimos”, se disculpan las infantas, tan frescas y lozanas, tratando de justificar su infame turismo sanitario en los Emiratos Árabes Unidos. O sea que ellas iban paseando por el zoco árabe tan campantes, mirando sedas y tarros de especias, cuando les salió al paso un beduino con jeringuillas en lugar de alfombras persas y pus pus, en un santiamén ya estaban las dos inmunizadas. Así de fácil, nena, tía, qué chute.

Lo de las infantas, una cacicada en toda regla, ha sido como lo de Aladino y el genio de la lámpara mágica, que esta vez se apareció en forma de enfermero con bata blanca. En la corte borbónica de los milagros estos prodigios siempre le ocurren al rico, nunca al pobre. Los millones se multiplican en cuentas suizas, el patrimonio crece sin cesar y las vacunas llegan del cielo de Alá como por arte de magia. Mientras tanto, los españolitos soportan estoicamente su turno en la cola del hambre y en las listas de espera de la maltrecha Sanidad pública que se eternizan sin plazo. Al actual ritmo de vacunación, envejeceremos todos sin catar la deseada ampolla de Pfizer.

Dicen que a las hermanas del rey Felipe les han puesto la vacuna china en ese abyecto viaje relámpago que ha sido un sálvese quien pueda y un que les den a los súbditos pringaos. Quién sabe, quizá haya una justicia poética detrás de todo esto y al final el antídoto que se les ha administrado no sea más que un timo de bazar chino para implantar el famoso “chis” comunista. Tendría su gracia que acabaran las dos Grandes de España convertidas en unas fieles adeptas de Mao con rostros de androide, ojos desnortados y una gorrilla roja con la hoz y el martillo. Bip, bip, arriba los pobres del mundo. Les estaría bien empleado, por listas y por caraduras.

España ya no puede con tanto abuso de poder, tanta corrupción y tanto nepotismo. A Villarejo lo sueltan porque no saben cómo juzgarlo, Bárcenas sigue tirando de su manta y cada semana es aún más negra que la anterior en Zarzuela. Los escándalos se suceden con una precisión rutinaria y la Jefatura del Estado empieza a tener menos prestigio que un brik de marca blanca. El país vive de susto en sobresalto, lo peor que nos podía ocurrir en medio de una pandemia, y si un día el escándalo viene con la regularización fiscal del rey emérito que no tiene fin porque la presunta fortuna es inmensa, al siguiente no se habla de otra cosa en la calle que de las infantas inmunes pero sin honra. Con la imagen de la Casa Real no ya por suelos, sino a la altura de un túnel del Metro, va siendo hora de que se aclaren unas cuantas cosas en palacio: la inviolabilidad feudal, los millones en el extranjero, los testaferros, las sociedades fantasma y ahora la picaresca farmacéutica en los países del Golfo.

La Casa Real, como institución pública, está para servir al pueblo no para vivir de los privilegios de casta. No estamos hablando de dos señoras cualquiera que han tomado un avión para darse al turismo sanitario, sino de Elena y Cristina de Borbón, dos pretendientas al trono que figuran en los puestos tercero y sexto, respectivamente, en la línea de sucesión. Ellas, antes que nadie, deberían dar ejemplo de decencia, de generosidad y de saber estar en un momento terrible, cuando los muertos se cuentan por cientos, la economía se ha ido al garete y España va camino de los índices de pobreza de Afganistán. Si las trémulas infantas tuvieron miedo al contagio debieron haber recurrido a los ansiolíticos; si les perdió la codicia y la ambición por una salud de hierro debieron haberlo reprimido con visitas al cura confesor de palacio, que para eso está.

Hoy mismo se ha sabido que la infanta Elena ha acudido a Zarzuela para visitar a su madre, la reina Sofía, un día después de que estallara la polvareda de las vacunas furtivas. Primero se ha pasado por la Fundación Mapfre, donde dicen que trabaja, y luego a la reunión familiar en la cumbre. Cabe sospechar que el rapapolvo de Felipe VI ha debido ser importante. Hace apenas unas horas, palacio emitía otro comunicado de urgencia (y ya van unos cuantos) en el que aseguraba que la Familia Real “no es responsable de los actos de sus hermanas” y que los reyes y sus hijas “se vacunarán cuando les corresponda”. No obstante, y pese a los esfuerzos de Felipe, todo apunta a otro incendio incontrolable, a otro terremoto que resquebraja los pilares de la institución.

Y entre convulsiones y decadencias, la política trata de hacer su trabajo. Varios partidos han pedido que el rey comparezca en sede parlamentaria, al igual que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para explicar los últimos líos y enredos borbónicos. La medida no prosperará porque en la democracia española el manto de protección sobre la monarquía sigue funcionando, la luz está apagada y los taquígrafos se han ido de vacaciones. Mientras tanto, los pajes y palmeros reales siguen aplaudiendo el golferío institucionalizado. Isabel Díaz Ayuso cree que Elena y Cristina “no le han quitado la vacuna a ningún español”, como si ir a ponérsela al extranjero mientras en España el pueblo se consume en el miedo y la impaciencia ante un futuro negro e incierto no fuera suficiente delito moral. En el otro lado, Pablo Iglesias insiste en que los escándalos regios “causan una enorme indignación a la mayoría de la sociedad”. Una semana más y la campaña antimonárquica de Podemos ya no hará ninguna falta. La causa republicana tiene en los Borbones a sus mejores activistas.

Viñeta: Igepzio

VILLAREJO

(Publicado en Diario16 el 4 de marzo de 2021)

Al comisario Villarejo le han abierto la puerta de la jaula para que vuele un rato, se airee y deje de dar la barrila con sus audios, auténticos Episodios Nacionales que ni Galdós. Al hombre lo han tenido encerrado en prisión preventiva más de tres años y por mucho que haya largado de las cloacas del Estado, de ricos y famosos, de reyes y plebeyos, no era plan de tenerlo en la trena sin un juicio justo. Unos meses más y hubiese expirado el plazo legal de la prisión preventiva. Entonces hubiesen llegado los jueces del Tribunal Europeo a tirarle de las orejas a sus homólogos españoles, a pedir explicaciones y a preguntarles qué pasa aquí, colegas, cómo tenéis a ese tío en prisión como si fuera un Conde de Montecristo cualquiera o un secuestrado por el Estado Islámico sin garantías legales. No era de recibo. Los hombres de Lesmes no han querido correr el riesgo y mucho menos después de haber puesto a la sombra al rapero Hasél, un episodio que ha degradado aún más la imagen internacional de nuestra Justicia.

Está claro que han tenido encerrado al señor de las cloacas, durante años, y no han querido juzgarlo, quizá porque no interesaba. Y al final Villarejo ha salido de Estremera como de puntillas, por la puerta de atrás, sin hacer demasiado ruido. Dice la press madrileña que el juez García-Castellón ha acordado su libertad provisional con medidas cautelares para evitar que le entre la tentación de darse a la fuga, como ya hizo en su día Roldán, otro célebre del Museo de Cera que sabía demasiado, en su caso de la corrupción felipista. Del ex director general de la Guardia Civil Francisco Umbral decía que siempre llevaba una cápsula en la dentadura con un líquido venenoso para masticarla a tiempo y “morirse antes de que lo maten o le hagan alguna otra putada aún mayor, un martirio chino, que en su caso sería laosiano” (recuérdese que el calvo jefe de los picoletos se fugó a Laos con los famosos papeles de los que nunca más se supo).

Quieren convertir a Villarejo en el Roldán de hoy. De momento, no consta que el policía largón guarde una cápsula entre los piños, aunque lleva meses advirtiendo de que hay mucha gente en España que lo quiere mal y que sueña con meterle una cucharadita de polonio en la sopa para liquidarlo por la vía intestinal. En cuanto a los papeles, él es más de grabaciones y se sospecha que guarda, en lugar secreto, hasta 5 terabytes con material sensible sobre la jet. Desde que amenazó con sacar el arsenal, medio país sufre de insomnio crónico.

En cualquier caso, la ira de Villarejo contra el Estado promete no tener un final. Lo malo de la venganza es que no descansa nunca. Fue Balzac quien dijo que en todo ajuste de cuentas el más débil es siempre el más feroz, y en este caso el señor gordito e insignificante de la boina y la carpetilla bajo el brazo puede cambiar la historia de España con un titular amarillo de los de Inda.

Ahora la Justicia pretende hacernos creer que con este personaje conviene andarse con cuidado por el evidente riesgo de fuga. Un paripé. A estas alturas del thriller, el comisario sabe que con todos los juicios y piezas separadas que tiene pendientes no podrá hacer planes al menos en los próximos veinte años. Ante semejante panorama judicial, no extrañaría que el hombre que ha arrinconado contra las cuerdas a la Casa Real española, a la banca, a los partidos políticos y a la clase empresarial esté pensando en poner pies en polvorosa.

Obviamente, nada más salir del chabolo, a Villarejo le han asignado unos policías de seguimiento que a partir de ahora se convertirán en su sombra. Además, se le ha ordenado comparecer a diario ante el juzgado, se le ha retirado el pasaporte, tiene prohibido salir del territorio nacional y la obligación de comunicar cualquier cambio de domicilio o residencia. Pero para un espía su hábitat cotidiano es el mundo entero y hoy está aquí y mañana allí o tomándose un té con Corinna en Londres.

Llegados a este punto cabe preguntarse si Villarejo es más peligroso dentro o fuera de la cárcel. Parece lógico pensar que de las dos formas es una bomba de relojería. En prisión está controlado, atado en corto, pero el día que le da el siroco, la rabia o la depre empieza a tirar de su particular archivo audiovisual del Estado y cada semana hay un serial turco sobre Juan Carlos I. Al menos fuera, en la calle, estará más relajado y tranquilo, quizá se olvide un rato de la adicción a la grabadora, quizá se vaya al cine o al Retiro a darle de comer a los patos, o eso al menos habrán pensado los de arriba, véase la cúpula judicial y el CNI. Así que por ahí conviene tenerlo suelto pero marcado en todo momento, como al Leo Messi de la corrupción que puede hacer una jugada maestra en cualquier momento.

¿Que existe un riesgo de fuga? Por supuesto que lo hay, pero quizá sea eso precisamente lo que están esperando los poderes fácticos, que Villarejo se la juegue, que le dé la ventolera, que se fabrique un pasaporte falso con la foto de un viajante de comercio con barba, bigote y gafas de sol y se pierda para siempre. Asunto resuelto. Ya pasó con Paesa, que puso una esquela en el periódico fingiendo su propia muerte. España es así, al que resulta molesto para el establishment y no se le puede meter entre rejas, ni hacerle un traje de cemento, ni suicidarlo o taparle la boca con dinero se le abre la puerta de los toriles y a correr.

Encarcelado o liberado, lo que está claro es que el futuro de la nación depende del estado de ánimo del comisario. Cada vez que le da por cantar o tirar de la manta tiembla España, lo cual no conviene. Un país no puede estar a expensas de si un tipo tiene acidez de estómago ese día porque no le han dado la condicional o la comida está fría y decide reventarlo todo. En cualquier momento se nos va la democracia al carajo, si es que no se ha ido ya, así que mejor darle unas vacaciones, aunque sea en Laos. La situación de absoluta crisis y decadencia del Estado la ha resumido muy bien Gabriel Rufián en uno de sus ingeniosos tuits: “Esta semana un rey fugado ha regularizado la décima parte de lo robado, unas infantas se han vacunado ilegalmente, unos jueces han absuelto a unos jefes militares que amenazaban con fusilar, se ha juzgado a unos académicos por el 1-O y Villarejo está en la calle. Y aún es miércoles”. Pues eso.

Viñeta: Igepzio

EL PEQUEÑO SALTAMONTES

(Publicado en Diario16 el 3 de marzo de 2021)

Al igual que el gran maestro Po transmitía las enseñanzas de la vida y de las artes del Kung-Fu al Pequeño Saltamontes, Aznar dio ayer todo un seminario de ciencias políticas a Pablo Casado durante las charlas en el Aula de Liderazgo, que organizan el Instituto Atlántico y la Universidad Francisco de Vitoria. Fue el encuentro entre el pasado y el presente del partido, aunque más bien habría que decir entre el viejo pasado y el nuevo pasado, porque el PP anda metido en un bucle cuántico de corrupción y decadencia del que no puede escapar y le impide encarar el futuro.  

Aznar se ha sentado ante su pupilo, lo ha mirado a los ojos fijamente y por momentos lo ha examinado sobre todo, sobre la vida, sobre la actualidad política, sobre la crisis del PP y sobre los destinos de España. En su última entrevista con Jordi Évole, el expresidente dejó caer, no sin cierta arrogancia, que él dejó un proyecto ganador, limpio y aseado, de modo que habría que preguntarle a los que han llegado después por qué el Partido Popular de hoy está hecho unos zorros. Esas palabras proferidas por el capo (y en un escenario sórdido y oscuro, casi en blanco y negro, como el que le prepararon a «Ansar» los astutos escenógrafos de La Sexta) sonaron a sentencia condenatoria contra la actual directiva, caput, pulgar hacia abajo, de ahí que ayer se mascara cierta tensión durante el acto cara a cara en el que participaron el guía espiritual y el aprendiz.

Había morbo por ver lo que salía de esa charla después de que haya trascendido que algunos barones del PP no están muy de acuerdo con que el jarrón chino siga metiendo las narices donde no le llaman. Últimamente en las filas populares hay un ambiente raruno, de conflicto entre familias, más aún después de la apresurada mudanza de Génova 13, que más que un cambio de domicilio ha sido una apresurada fuga de Alcatraz, una huida del pasado, de la corrupción, de las reprimendas de Espe Aguirre, del fantasma de Bárcenas cuyas cadenas todavía resuenan en los pasillos de la polémica sede reformada en B.

Quizá sea por esa etapa turbulenta que se vive en el PP que a Casado se le vio empequeñecido al lado de su mentor. Un triunfador al lado de un perdedor o loser, que diría Trump. Por momentos parecía mirar al maestro atentamente, con admiración, pero un minuto más tarde las palabras de Ansar provocaban en él cierto recelo, inquietud, nerviosismo. Está claro que el expresidente no es hombre de callarse nada y en cualquier momento podía despacharse con una boutade que dejara en cueros y en evidencia la gestión de la actual dirigencia casadista.

Es algo conocido que Pablo Casado siempre ha querido parecerse al gran hombre que nos metió en la guerra de Irak. Ya dijo Leonardo Da Vinci que el alumno que no sobrepasa a su maestro está condenado a ser un mediocre. Y esa ansiedad, esa ambición por ser el nuevo Aznar, por llegar al estadista que siempre quiso ser y no fue, está consumiendo por dentro al actual líder del PP y le lleva a tomar malas decisiones políticas, como ese jugador de póker desenfrenado e irreflexivo que buscando una baza ganadora termina perdiendo una partida tras otra. Casado está obsesionado con el Gobierno de rojos masones y ya lo ha probado todo para echarlos del poder, desde irle a los hombres de negro de Bruselas con el cuento de que en España hay un tipo comunista clavadito a Nicolás Maduro (solo que en guapo y con traje en lugar del piojoso chándal) hasta espetarle al presidente socialista, en el mismo Parlamento, aquello tan chulesco y prepotente de “váyase, señor Sánchez”, sin duda emulando el “váyase, señor González” que a Aznar le dio tan buen resultado en el 96, año de la victoria del PP del que ahora se cumplen 25 años.

Mientras Casado debía ser un manojo de nervios por dentro, como ese opositor que se examina para notarías, a Aznar se le vio tranquilo, relajado, con la pachorra propia de alguien que ya está de vuelta de todo. Y en esas soltó la primera andanada al asegurar que durante años trabajó por “unir todo lo que estaba a la izquierda [del PP], hacer tarea de oposición y definir un proyecto muy claro que los españoles conocían y supieron apreciar”. Se pudo decir más alto, pero no más claro. Para entonces Casado disimulaba, miraba al techo observando el vuelo de una mosca y tragaba saliva. La primera lección del Maestro Po para el Pequeño Saltamontes estaba servida y solo le faltó decirle: “¿Estás tonto, muchacho? No seas pardillo, hombre, olvídate de Vox y de los aburridos informes del Consejo de Estado. ¿Acaso no ves que el camino a la Moncloa pasa necesariamente por el centro, por ensanchar los territorios moderados, por robarle las clases medias desencantadas al PSOE, tal como hicimos en el 96? Si es que no te enteras Contreras”.

Pero faltaba una segunda lección del mejor Kung-Fu: “Los tiempos cambian (…) pero mantener la casa en orden y tener ambición exterior, todas esas cosas no han cambiado. Y esas cosas son buenas lecciones para el presente”. Mantener la casa en orden. Fue sin duda un tirón de orejas al alumno que no ha hecho bien los deberes porque, no lo neguemos, el PP de hoy es una casa de citas judiciales, caos, sobresaltos, desorden, barahúnda, espectáculo y gallinero. Así no se puede llegar a nada.

Finalmente, como con desdén, como ese dios que habla desde arriba sin nada que perder, Aznar recordó que estaba allí para “reflexionar”, no para “celebrar nada”. Sin embargo, Casado sacó su lado más pelota para sentenciar que él sí había acudido al acto para celebrar los 25 años de las primeras elecciones victoriosas del aznarismo y las “dos legislaturas clave para la historia de España”. Más allá de la adulación al jefe y de aprovechar para advertir a sus enemigos de que “pinchan en hueso” si tratan de dividir al partido, poco más a destacar del aspirante a estadista.  

Pero el momento culminante llegó cuando le preguntaron a Aznar si deseaba darle algún consejo a Casado, a lo que el siempre lacónico y parco en palabras expresidente contestó: “Muchísima suerte porque España la necesita y el centro-derecha también”. Solo le faltó decirle al heredero del maltrecho emporio genovés que más que suerte lo que necesita es tomar mucho Cola Cao para llegar a ser la mitad de grande que él.

Viñeta: Pedro Parrilla

LOS BORBONES

(Publicado en Diario16 el 2 de marzo de 2021)

Fernando VII purgó a los liberales durante la década ominosa, traicionando la Constitución de la Pepa y reinstaurando el absolutismo monárquico; Isabel II se echó en brazos de los autoritarios hasta que estalló la revolución al grito de “abajo los Borbones, viva España con honra”; Alfonso XIII compadreó con el militarismo africanista de Primo de Rivera, reduciendo la democracia a la nada en un primer episodio cuasifascista; y ahora, tras cuarenta años de engaños y mentiras, sabemos que Juan Carlos I también le ha salido rana al pueblo. De una forma o de otra, bien por circunstancias históricas, bien por la fuerza de los genes malditos que empuja a una dinastía suicida a su propia destrucción y a la ruina del país, la historia demuestra que cada nuevo experimento de restauración borbónica ha sido más decepcionante que el anterior y ha terminado ahondando un poco más en el fracaso secular de España como sociedad y como nación.

“No podemos seguir así” –dice el catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo–, “el sexo y el dinero es lo único que le interesa al rey, lo típico de los borbones”. Y no le falta razón al veterano profesor. Tras el escándalo de las cuentas del rey emérito, las derechas y también el PSOE (los dos pilares fundamentales del sistema sagastacanovino que perdura en este país por los siglos de los siglos) trabajan intensamente en un nuevo discurso para justificar el fracaso histórico y sin paliativos de la monarquía borbónica española. Ya se está construyendo y propagando el relato debidamente tuneado y adornado de que Juan Carlos es historia, agua pasada, una página negra e infausta que no debe empañar el futuro de la institución encarnada en la figura de Felipe VI. El objetivo: seguir tirando unos años más con la monarquía. 

El cuento de hadas sobre reyes, princesas, palacios y unicornios, ese en el que caemos una y otra vez los españoles como una maldición bíblica, empieza a funcionar de nuevo. La fábula consta de un prólogo en el que se nos dice que el viejo rey puede haber tenido un comportamiento deplorable e impropio, pero que su hijo, el joven rey, es otra cosa muy distinta. Según el relato oficial, Felipe es un hombre preparado, educado, culto y con idiomas que jamás meterá la mano en el cazo y que, esta vez sí, guiará al país por los senderos de la democracia, la paz y la prosperidad. Todo exactamente igual que en 1975, todo tal como sucedió en la Primera Transición (hoy estamos inmersos en la segunda), cuando tras la muerte de Franco subió al trono un rubio príncipe de sonrisa cándida llegado de algún lugar de la fría Europa para reinstaurar la dinastía. Y así vamos los españoles, tropezando una y otra vez en la misma piedra de la historia, trastabillándonos de siglo en siglo y de época en época, engañándonos a nosotros mismos con un problema secular que ha caído sobre nuestras espaldas y las de nuestros hijos y nuestros nietos y que no sabemos resolver si no es con una carlistada o una guerra civil.

Cometemos los mismos errores de siempre, quizá porque quienes nos gobiernan son los de siempre o los hijos de los de siempre extendiendo su linaje de oro a través de los tiempos. Nada cambia en este país, seguimos en el mismo punto kilométrico de la historia desde aquel fatídico día de 1823 en que el pueblo exclamó “Vivan las cadenas”, otorgando patente de corso a Fernando VII para que recobrara el poder absoluto del Antiguo Régimen con el auxilio de Francia y Los Cien Mil Hijos de San Luis. En aquel episodio fuimos nosotros mismos, el pueblo, los españoles, los que borrachos de fanatismo abrazamos y besamos el manto real y nos lanzamos a la caza furtiva y sin compasión de los liberales, muchos de los cuales terminaron huyendo o en el exilio.

Hoy somos otra generación muy distinta, hemos madurado como sociedad y sin duda hemos avanzado respecto a aquellos compatriotas ágrafos y hambrientos de nuestro trágico siglo XIX, pero la tesitura sigue siendo la misma: construir un país decente o mirar para otro lado permitiendo, consintiendo, tolerando el expolio a manos llenas, el fraude, el abuso de poder y las trapacerías de un rey emérito que jamás será juzgado por sus negocios ocultos. ​

Hoy Esquerra Republicana, Bildu, Junts, PDeCAT, la CUP, el Bloque Nacionalista Galego, Más País, Compromís y el PNV han registrado en el Congreso de los Diputados una nueva petición para que la Cámara Baja abra una comisión de investigación sobre Juan Carlos I. Produce una tristeza inmensa que entre los promotores que piden luz y taquígrafos la mayoría sean fuerzas separatistas del Estado, mientras los dos grandes restauradores del bipartidismo, PP y PSOE, obstaculizan cualquier investigación para aclarar el escándalo que deja al país a la altura democrática de un estado bananero.

La actitud de los populares, su negativa a abrir las ventanas de Zarzuela para que entre aire limpio, es perfectamente coherente: a fin de cuentas, ellos son los herederos de las élites y cómplices históricos de esta monarquía que se perpetúa bajo sospecha. Pero lo del PSOE empieza a ser ciertamente enfermizo. Si lo hace por renuncia al ideal republicano y adopción del sentimiento monárquico se entiende (lleva haciéndolo más de 40 años), pero justificar su no a la comisión de investigación por el bien y la estabilidad del país es un sarcasmo, una burla y un intento de tomar a los españoles por niños inmaduros incapaces de asumir la trágica verdad, que no es otra que su rey era en realidad el gerente de una agencia de viajes para comisionistas. Déjense ya de tonterías y de papanatismos con el monarca, señores del PSOE. Expediente fiscal en toda regla, diligencias judiciales y aclaración de los hechos. En definitiva, más democracia. 

Viñeta: Igepzio

EL LEGADO DE AZNAR


(Publicado en Diario16 el 2 de marzo de 2021)

La desnortada y maltrecha derecha española celebra estos días el 25 aniversario de la primera victoria del Partido Popular en España. Lejos queda aquel 3 de marzo de 1996, cuando un exultante Aznar salió al balcón de Génova para darse un baño de multitudes sobre un mar de banderas españolas. La fecha quedó marcada para siempre como un punto de inflexión en nuestra historia, seguramente no para bien. Hoy, con la perspectiva del tiempo, ya se sabe cuál es el legado de aquel PP victorioso cuyo mayor logro político fue aglutinar a un amplio espectro del centro-derecha español: recortes al Estado de bienestar, privatizaciones a destajo, vuelta al mercado laboral tercermundista (con la consiguiente pérdida de derechos de los trabajadores), especulación con el suelo, modelo económico de sol, playa y ladrillo, pelotazo urbanístico y un torrente de corrupción que ha acabado con el tesorero del partido confesando ante el juez los entresijos de todo aquel capitalismo de amiguetes fundado por el aznarismo.

Es cierto que el triunfo del 96 y las posteriores mayorías absolutas del PP –hoy recordadas por los nostálgicos del régimen porque no se volverán a repetir jamás–, supusieron un impulso para un país que venía de la degeneración política y económica tras 14 años de tocomocho felipista, o sea de socialismo mal entendido, emponzoñado de corruptelas y trufado de engaños a la clase obrera, más la guerra sucia de los GAL. Sin embargo, no cabe duda de que el “milagro económico español” supuestamente obrado por el dios Aznar y su profeta Rodrigo Rato, hoy caído en desgracia, se cimentó en una burbuja insostenible, en un aparato de propaganda goebelsiana como no se había visto nunca y en una ficción de país que jamás se correspondió con la realidad.

España entera cayó en una especie de hechizo mágico, un embrujo que consistía en la falsa creencia de que un fontanero era un empresario y un humilde autónomo un poderoso capitalista. El cuento de la lechera de que con el PP todo españolito acabaría bañándose en una piscina con champán y conduciendo un Mercedes, aunque con la ITV caducada, cundió en el personal, y una enfermiza fiebre del dinero a modo de pandemia acabó por contagiar a la nación entera hasta liquidar la utopía de un socialismo real, que quedó enterrada para siempre como el fósil de un dinosaurio extinto. El bebedizo entró fácil en las tragaderas del pueblo a fuerza de galas cursis y películas de Sara Montiel en TVE, el cine de barrio o NO-DO del nuevo desarrollismo aznarista. La hipnótica banda sonora de Julio Iglesias, gran símbolo del hombre hecho a sí mismo, surtió efecto como una vacuna de Pfizer, y así se impuso la idea de que ser de derechas era lo moderno, lo que se llevaba, lo chic, mientras que al sociata de otro tiempo se le marginaba, reduciéndolo a la categoría de homúnculo progre, cuando no de vago o de corrupto estómago agradecido.

Sin duda, con el aznarismo llegaron los locos años del pelotazo, el cartón piedra y el gres malo. Se inauguró una era de grandes proyectos en la que cualquier desafío, por muy descabellado, faraónico y delirante que fuera, podía hacerse realidad siempre que se contara con el cameo de un empresario conchabado afecto al Régimen y suficiente valor para amañar unos cuantos contratos de obra. Se levantaron esculturas kitsch de un gusto horrible en cada rotonda de la piel de toro, se construyeron decenas de campos de golf y hoteles de lujo a pie de playa y se transformó un paupérrimo barrio marítimo de Valencia en el lujoso circuito de Fórmula I de Mónaco (hoy ya no queda nada de aquello y las chabolas se amontonan otra vez en el sufrido y populoso Distrito del Cabanyal).

Con Aznar, cualquier concejalucho sin oficio ni beneficio se hacía rico de la noche a la mañana si sabía arrimarse al cacique del pueblo; cualquier fulano sin luces llegaba a director general de algo solo con llevar el carné del partido en los dientes. El régimen extendió sus tentáculos pseudofranquistas por doquier; la religión volvió a la escuela pública; la filosofía dejó de interesar y la cultura fue arrinconada por inútil y costosa, siendo sustituida por las tardes de toros y fútbol. España entera cayó en una suerte de paletismo provinciano donde todos babeaban por la comisión, la mordida y el unto. Los hospitales se vendían por trozos a los amigachos de traje y corbata; los fondos buitre proliferaron como setas; y desahuciar a los viejos de sus casas para gentrificar las ciudades y convertirlas en parques turísticos se convirtió en deporte nacional. Era el mercado, amigo, que decía Rato.   

Con Aznar pasamos de la estafa del felipismo con sus 800.000 puestos de trabajo prometidos y no cumplidos a un plan mucho más siniestro que consistía en desclasar a las masas proletarias y en liquidar el Estado de bienestar. Se impuso el neoliberalismo, el ultracapitalismo, el capitalismo salvaje, términos todo ellos que no son sino diferentes palabras para designar la vuelta a una España reaccionaria en lo político, elitista en lo social y nacionalcatolicista en lo religioso. La caspa fue bella por un tiempo y hoy el mefistofélico Aznar sigue saliendo en la televisión para vendernos que todo aquel conjuro, todo aquel humo lisérgico, fue bueno para el país cuando en realidad terminó de hundirlo en un miasma de fango, cloacas y degradación corrupta que estos días revienta en los tribunales en forma de gran pirotecnia judicial.

“La frase España va bien salió de mi cabeza”, se jacta el gran arquitecto de todo aquel diabólico programa político que insiste en las mismas mentiras de siempre sobre el 11M y la guerra de Irak. Hoy, 25 años del Día de la Victoria, no solo no se ha desarmado al Ejército rojo, que para eso llegó el Mesías de la derechona, sino que no queda casi nada de todo aquel legado. En Génova han colgado el cartel de ‘Se Traspasa’, un hombre errático como Pablo Casado dirige los destinos del partido y la ultraderecha amenaza con el sorpasso. El PP está peor que nunca, pero una cosa es cierta: si hoy seguimos hundidos en el atraso secular, la corrupción y el atavismo, es gracias a la idea de España que alumbró ese hombre bajito y de bigote rasurado cuya mayor contribución a la historia del país fue haber puesto de moda el aburrido deporte del pádel.

Viñeta: Igepzio

LA CORTE DE LOS GALLEGOS

(Publicado en Diario16 el 1 de marzo de 2021)

A este paso el rey emérito se va a pasar más tiempo buscando facturas que en los lujosos jacuzzis y termas de Abu Dabi. Debe ser un fastidio vivir en el mundo de las mil y una noches, de las delicias orientales y los oasis ardientes con todos los placeres a tiro, y tener que andar preocupado cada día por la matraca del dinero, los titulares de prensa, los tediosos inspectores de Hacienda que no le dejan en paz a uno y los malditos recibos y extractos bancarios que no aparecen por ningún lado después de cuarenta años de safaris, viajes y correrías. Un rey es un rey, qué narices, dónde se ha visto que tenga que andar con la carpeta debajo del brazo y dando explicaciones a todos sobre sus cuentas como un vulgar contable de Génova 13.

El lío de pasta que se lleva entre manos el emérito es de infarto y a nadie en su sano juicio le gustaría estar en el pellejo de sus asesores fiscales, que estos días deben andar de cabeza buscando papeles para arreglar el desaguisado. Poner en orden el patrimonio del rey emérito, legalizar semejante emporio negro, se antoja una misión más complicada que salvar el anillo de Frodo Bolsón. Para bolsón el dineral que lleva acumulado Don Juan Carlos en cuatro décadas de feliz reinado. Según publicaciones como Forbes o el New York Times, sus cuentas y bienes amasados ascienden a más de 2.000 millones de euros, céntimo arriba céntimo abajo. Limpiar de polvo y paja todo ese pastizal, depurarlo y “regularizarlo” –por utilizar la jerga del fisco que no deja ser un maravilloso eufemismo del hurto y el robo institucionalizado–, es una tarea compleja, mucho más que la que tiene por delante Pablo Casado para purgar las manzanas podridas del PP.

A fecha de hoy, la mayoría de los expertos en Derecho Tributario creen que las dos regularizaciones fiscales que hasta ahora ha presentado Juan Carlos I por importe de más de 5 millones de euros no serán suficientes para que el monarca pueda ponerse al día con la Agencia Tributaria. De modo que habrá más impresos por rellenar, más billetes que saldrán como setas de debajo de las piedras, más muestras de fingido arrepentimiento contable. Una declaración de Hacienda es como una confesión de los pecados, solo que ante el Dios Estado. Y en lugar de dos padrenuestros y cuatro avemarías, al rico poderoso le ponen una complementaria como sanción que ni le duele ni le hace cosquillas porque es una migaja al lado de todo lo que tiene a buen recaudo.

La prensa de la caverna, que es la que mantiene hilo directo con el patriarca de la Transición, cuenta hoy que el emérito piensa volver pronto a España. Tan pronto como las regatas de las Rías Gallegas que se celebran el próximo mes de marzo. Para ello completará un periplo a la inversa del que hizo hace unos meses, cuando decidió perderse en el desierto de la historia. Abu Dabi-Oporto-Pontevedra, esa parece ser la ruta aérea de vuelta que tomará el monarca. En tierras pontevedresas conserva buenos amigos de francachelas que seguro le darán techo y percebes en abundancia, pero cada vez hay menos acólitos en la Corte de los Gallegos, ya no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado, como decían los Celtas Cortos. Los mariocondes, edecanes y correveidiles se esfuman a marchas forzadas ahora que el ex jefe del Estado está tieso, en apuros financieros, navegando a dos velas contra viento republicano y mareas podemitas. Ya hasta Aznar, en una entrevista en lo de Évole, ha dejado claro que se baja del Bribón juancarlista: “Si el que representa a la institución no cree en ella, ¿por qué van a creer los demás?”.

Antaño, el rey pedía un flamante yate y se lo dejaban amarrado al día siguiente, envuelto en un lazo rojo, a la puerta de Zarzuela. Hoy los fieles amigos del mundo del dinero se han largado, ya no tragan con las donaciones altruistas al monarca, le dan un préstamo a bajo interés y gracias. De ahí que Juan Carlos esté encontrando serios problemas para reunir los 4 millones de la segunda regularización. El emérito tiene su tesoro en paraísos fiscales y cuevas de bucaneros, según cuenta la prensa anglosajona y luterana, pero no puede tocarlo sin que le echen el guante los de Hacienda. Amarga fortuna, tenerla tan cerca y no poder catarla.

Por mucho que el monarca pretenda arreglar los papeles con el fisco antes de regresar a España, Zarzuela y Moncloa no parecen por la labor. El emérito ha pedido que al menos le dejen cuatro días para recoger sus cosas de palacio y volver con sus hermanos, los jeques del desierto. Juan Carlos ya es como un divorciado que anda de piso en piso con los amigos después de que la mujer, en este caso España, lo haya echado de casa. La imagen para la Casa Real es penosa. A Felipe VI le interesa un padre alejado e invisible, mientras que Pedro Sánchez no quiere saber nada del asunto, no vaya a ser que en una de estas Pablo Iglesias le reviente el Gobierno de coalición.

Así las cosas, lo tiene difícil el patriarca de la Transición para lograr su ansiado retorno, por mucho que Raúl del Pozo diga que anda fuerte como un oso y buscando “novia, trabajo y piso” en Madrid. Está visto que todo le ha salido mal al rey emérito. Su proyecto era abdicar, divorciarse de Sofía, pasar por vicaría con Corinna y a vivir de los ahorrillos, que son dos días. El destino cruel no perdona ni a los reyes. Al final, el puente dorado hacia la jubilación se ha frustrado a medio construir, los planes se han hundido y a Juan Carlos ya solo le queda una regata aburrida en Sanxenxo y un par de mariscadas con los cuatro aduladores y palmeros que todavía no lo han dejado tirado.

Viñeta: Álex, la mosca cojonera