sábado, 13 de marzo de 2021

LA ZOZOBRA DE CIUDADANOS

(Publicado en Diario16 el 10 de marzo de 2021)

En Ciudadanos han saltado todas las alarmas. El serio correctivo en las elecciones catalanas, en las que la formación naranja ha pasado de ser la fuerza más votada a fiambre extinto, ha disparado las glándulas sudoríparas y ha aflojado los esfínteres en el equipo de Inés Arrimadas. Los naranjitos no han necesitado demasiado tiempo para comprender que la debacle de Cataluña no es sino el preludio de lo que está aún por venir, o sea más descalabros electorales, más lágrimas y más sorpassos de Vox. “No podemos seguir así”, concluyen unos. “Hay que parar esto como sea”, invocan otros. Así que tras la autocrítica pertinente se impone un nuevo cambio de rumbo en el partido (ya van siendo unos cuantos) y ese golpe de timón pasa necesariamente por volver a vender Cs de otra manera.

Tal como era de prever, los trifachitos de Madrid, Andalucía y Murcia han resultado letales para el proyecto fundado por Albert Rivera. Vox ha terminado de merendarse a su oponente centrista y no será porque los dirigentes naranjas no fueron alertados reiteradamente. “Van ustedes por mal camino con sus pactos con la ultraderecha”, les advertía Pedro Sánchez desde la tribuna de oradores de las Cortes. Hasta la internacional conservadora de la UE y el Financial Times les aconsejaron que reconsideraran sus alianzas con los ultras y que buscaran pactos con el PSOE, que era lo lógico cuando el país zozobraba ante la imposibilidad de formar un Gobierno estable y en medio de una crisis económica e institucional galopante.

Sin embargo, todos los avisos de cuidado con el precipicio fueron desoídos y lejos de moderarse y buscar el consenso con la izquierda (que para eso había nacido Cs, para ser muleta y partido de estabilidad) sus señorías se dedicaron al alegre gamberrismo parlamentario (aquello de la banda de Sánchez), a poner cordones sanitarios a los socialistas y a practicar el trumpismo negacionista (o sea el no a cualquier pacto con la izquierda) cuyas lamentables consecuencias se perciben ahora. Rivera pagó el pecado del orgullo, pero Arrimadas va a pagar caro el error de que, pese a haber diagnosticado el mal, pese a haber detectado la enfermedad, no ha aplicado remedios de urgencia como revisar el manual ideológico para centrar el partido, meter tijera y bisturí en los elementos falangistas infiltrados y cortar por lo sano con Santiago Abascal.

El miedo le lleva a uno a hacer cosas que nunca haría y si hace apenas un año Sánchez era repudidado como el mismísimo diablo que quería romper España a base de pactos con los indepes, hoy la directiva arrimadista se abraza a él como a un clavo ardiendo. Hace solo unas horas, tras comprobar que el partido sigue en caída libre en las encuestas, Inés Arrimadas ha decidido dar un volantazo a la desesperada al aliarse con el PSOE para impulsar una moción de censura en la Asamblea Regional y en el Ayuntamiento de Murcia. De prosperar la iniciativa, pondría fin al Gobierno de coalición que la formación naranja mantiene con el PP en ambas instituciones (con el apoyo inestimable de Vox) según cuenta hoy la prensa local. La moción supondría el final del mandato del popular Fernando López Miras en la comunidad autónoma y el ascenso al poder de la candidata naranja, Ana Martínez Vidal. Eso por lo que respecta al Legislativo regional, ya que en el ayuntamiento murciano la moción daría el descabello definitivo al alcalde, el popular José Ballesta, que hasta la fecha había mantenido el bastón de mando en coalición con Ciudadanos.

La maniobra de sálvase quien pueda con la que Ciudadanos trata de recuperar el voto centrista y apartarse de los ultraderechistas murcianos es desde todo punto de vista la más lógica, dadas las circunstancias de la política nacional y periférica. Sin embargo, es evidente que llega tarde. Con Vox en pleno auge (su éxito en Cataluña no tiene precedentes) y con el PP acosado por la corrupción, a las puertas de una más que probable refundación y colgando el cartel de Se Traspasa en su histórica sede de Génova 13, la derecha española está mutando hacia algo desconocido. Pablo Casado pretende la reagrupación de todas las derechas ibéricas, recuperando así la idea de la vieja confederación, el frentismo de aquella CEDA de la Segunda República que tan nefasta resultó para el país. Abascal, por su parte, está crecido y cree que el pelotazo electoral de Cataluña puede ser el principio del fin del PP como principal partido conservador en España. El Caudillo de Bilbao ya se ve como nuevo líder del proyecto nacional españolista y retro y a un paso de la Moncloa a poco que la crisis económica brutal desatada tras la pandemia siga haciendo mella en el pueblo, alimentando el odio, la rabia y las afiliaciones a Vox.

Los vientos ya no soplan favorables a Ciudadanos, que perdió una oportunidad de oro en aquellos días de febrero de 2016, cuando llegó a firmar un pacto con doscientas medidas para dar el “sí” a la investidura de Sánchez. Aquella maniobra hubiese sido fructífera para los naranjas, ya que les daba la posibilidad de gobernar España (aunque fuese con unos pocos ministerios) y consolidaba el proyecto de muleta, bisagra o veleta, es decir, de partido capaz de pactar tanto a izquierda como a derecha. Ahora es demasiado tarde para casi todo. “Lo que ya ha sucedido es igual que un plato roto en mil pedazos. Por muy esforzadamente que lo intentes, ya no podrás devolverlo a su estado original”, dice Murakami. Los españoles se han olido la tostada, es decir, han caído en la cuenta de que detrás del movimiento riverista no hay nada sólido o perdurable más allá de la ambición efímera de unos cuantos políticos que quieren probar el sabor del poder para hacer carrera y currículum y fichar después por alguno de los dos grandes partidos. La tramoya de Cs ha quedado al descubierto y solo les queda cerrar los ojos, soltar el volante de la máquina, sufrir el piñazo y que sea lo que Dios quiera.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

MEGHAN Y HARRY

(Publicado en Diario16 el 9 de marzo de 2021)

Los duques de Sussex están reescribiendo el romance de Romeo y Julieta en versión siglo XXI. Su relato de amor que nunca se rinde frente a las fuerzas del destino, el perverso poder de una monarquía corrupta y los malvados ogros (y ogras) del Palacio de Buckingham ha conmocionado al mundo entero. La actriz y presentadora Oprah Winfrey vio el filón del cuento de hadas, pidió la entrevista con la joven pareja real y ha firmado uno de los pelotazos periodísticos del siglo. El exclusivón es sensacional y los tabloides amarillos de Londres hablan ya de la peor crisis monárquica desde la abdicación de Eduardo VIII, el annus Harrybilis de la Casa Real, haciendo un ingenioso juego de palabras.

Ciertamente, las revelaciones son demoledoras para la monarquía británica, sobre todo esa confesión íntima y desgarradora de Meghan Markle, que pensó en suicidarse por las fuertes presiones del poder. La situación emocional de la duquesa llegó a ser crítica y se vio obligada a denunciar las maniobras de acoso y derribo ante los responsables de recursos humanos de placio, que con la habitual flema británica le comunicaron que no podían hacer nada por ayudarla, salvo aconsejarle que estuviese calladita. Fue entonces cuando Meghan echó de menos un sindicato que la defendiera como cuando trabajaba en el cine. Lamentablemente para ella, monarquía y derechos sociales están reñidos y se vio indefensa ante el mobbing.

Desde la muerte de Lady Di, un episodio oscuro en la historia del Reino Unido no suficientemente aclarado (la mayoría de los británicos siguen creyendo que la princesa de Gales fue asesinada), no se había vivido un suceso tan truculento en la realeza anglosajona. Recuérdese que tras aquella tragedia que dio para ríos de tinta y un temazo de Elton John, a la opinión pública inglesa se le cayó el mito del príncipe Carlos, que fue pillado in fraganti en un flirt con su amante Camilla Parker Bowles, a la que dedicaba ardientes versos tan mundanos como “quiero ser tu támpax”.

A Diana de Gales se la dio por muerta en accidente, pero las confesiones de Meghan y Harry nos vuelven a recordar que estamos ante una dinastía que no se anda con chiquitas cuando se trata de resolver los trapos sucios de la Familia. El escándalo ha vuelto al hogar de los Windsor, el turbio asunto de los duques de Sussex apesta, ya que pone al descubierto la decadencia de un linaje que se ha perpetuado en el trono durante siglos. Hablamos de graves problemas mentales, ambiente tóxico, odios y rencillas y complicidad con los tabloides a cambio del dinero de las exclusivas, cosas propias de una familia desestructurada de barrio marginal.

Pero de toda la entrevista, quizá lo más espeluznante sea esa acusación que Meghan Markle ha lanzado contra los inquilinos de Buckingham Palace, a quienes por lo visto les preocupaba el color de la piel del hijo que los duques iban a traer al mundo. No hay nada más repugnante y abominable que el racismo, un cáncer que se extiende por todo el Reino Unido con las políticas populistas y xenófobas del ínclito primer ministro, Boris Johnson. Desde que el rubio presidente está en Downing Street ya nadie habla español, italiano o griego en el Metro londinense por miedo a las palizas de los ultras.

Ahora se está viendo que las filosofías supremacistas de los euroescépticos no solo contaminan a la siempre pacata e hipócrita sociedad británica, sino que ha calado también en la Corte de la sonriente ancianita de las pamelas de color rosa, o sea la Reina Madre. Isabel II, la señora, ha hecho carrera y fortuna con la monarquía (unos 75.500 millones de euros, según Forbes), pero esa falta de austeridad no es nada al lado de la moda neonazi, el elitismo étnico y el asco al negro que parecen imponerse en palacio. El colonialismo anglosajón siempre fue racista y totalitario. Las razas fueron masacradas sin compasión al galope de los lanceros bengalíes y los cipayos de Su Majestad. El genocidio adquirió proporciones monstruosas hasta que apareció Gandhi, el hombrecillo menudo con bastón y gafas redondas envuelto en su dhoti blanco que inventó la revolución pacifista y la resistencia pasiva.

Al igual que a nosotros los españoles se nos ha roto el mito del juancarlismo entre follones con Hacienda y escándalos de la bragueta, a los ingleses se les ha desvanecido el cuento de hadas de esa centenaria monarquía parlamentaria supuestamente democrática y aseada que en realidad era un relato de terror sórdido y gótico en plan Henry James, una saga repleta de vicios y silencios, de pérfidas madrastras, princesas suicidas, herederos que se convierten en sapo, intrigas y mezquindades palaciegas. Un cenagal que no tiene limpieza posible y que es como para tirarse de cabeza al Támesis o arrojarse desde lo alto del Big Ben, que era lo que pretendía hacer la acosada doncella Meghan siguiendo la mejor tradición de la novela de caballerías anglosajana.

Lo que queda de toda esta polvareda mediática levantada por la inteligente Oprah Winfrey es que en Europa sobreviven ocho monarquías parlamentarias, restos de un anacronismo histórico a cada cual más decadente y degenerado. Reino Unido, España, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia, Noruega y Luxemburgo sufren los rigores de la sangre azul enferma. Privilegios medievales, falta de transparencia, enriquecimiento injusto y nepotismo elitista han terminado por resultar más letales que la hemofilia. La mayoría de los jóvenes ingleses no se sienten identificados con la monarquía y en España el sentimiento republicano se abre paso tras las trapacerías fiscales de Juan Carlos I. Los duques de Sussex están haciendo más por la causa republicana europea que Pablo Iglesias votando a favor de la inmunidad de Puigdemont en Bruselas. Los chicos caen simpáticos y su historia que habla de una pareja de enamorados que huye de palacio para vivir su amor lejos de los estirados Windsor conmueve a las masas del mundo entero. Ahora a vender la exclusiva y a ser felices y a comer perdices.

Viñeta: Igepzio 

TRES ANTIFEMINISTAS

(Publicado en Diario16 el 8 de marzo de 2021)

Las grandes damas de las derechas españolas, o sea las legítimas representantes del trifachito ibérico, han aprovechado el Día Internacional de la Mujer para exponer sus particulares ideas sobre el feminismo. Cada año cuando llega esta fecha, la prensa pide a las lideresas de PP, Vox y Ciudadanos que interpreten, que analicen, en definitiva, que se mojen y expliquen lo que para ellas supone, como mujeres liberadas, una revolución que se abre paso en todo el mundo. Y como no podía ser de otra manera, a poco que se pronuncian sobre el tema afloran las contradicciones internas y queda acreditada la ignorancia supina en la materia.

Basta con fijarse en tres diputadas con altas responsabilidades de partido como Cuca Gamarra, Inés Arrimadas y Rocío Monasterio para constatar la empanada mental que supone ser de derechas y tener que enfrentarse a un mundo nuevo donde las mujeres no son siervas ni esclavas sumisas, sino que reclaman una relación de igualdad respecto a los hombres.

Empecemos con Cuca Gamarra. La portavoz del Grupo Popular en el Congreso se queja de que la situación de la mujer tras esta pandemia haya ido “lamentablemente a peor”. A Doña Cuca, como buena casadista que es, más que importarle si las mujeres han mejorado o empeorado en derechos y hacer un análisis histórico de la secular discriminación femenina, lo que le preocupa es arrearle mucha estopa a Pedro Sánchez para intentar arañar unos cuantos votos. Gamarra va al grano, es una mujer práctica, y a ella no le preguntes por los textos de Simone de Beauvoir, Virginia Woolf o Clara Campoamor que probablemente no ha leído nunca, sino que lo mide todo en términos de sondeos demoscópicos, de rentabilidad y de ganancias electorales, siguiendo el ejemplo del jefe Casado.

Desde este punto de vista, al PP le interesa el feminismo como postureo para no quedar mal entre las mujeres, que a fin de cuentas son la mitad de la población. “Estamos viviendo una de las situaciones más dramáticas de la historia reciente de España, con una crisis sanitaria a la que se ha unido una gran crisis social y económica, como consecuencia en gran medida de las ineficaces políticas del Gobierno de Sánchez”, sentencia la portavoz popular. Así son las mujeres populares: pragmáticas, materialistas, a piñón fijo y sin lugar para el idealismo romántico.

Hoy era un día para reflexionar sobre la memoria histórica del feminismo, su pasado y su presente, pero doña Cuca pone el foco en el Gobierno, no se aparta ni un minuto del disco rayado ni se salta el guion trazado por el PP. Si le preguntas por el feminismo de ayer y de hoy, ella sale con Sánchez; si se le pide opinión sobre las conquistas históricas de la mujer, ella vuelve una y otra vez a lo mal que lo hace Sánchez; y cuando se le inquiere para que elabore un discurso filosófico elaborado sobre la influencia dialéctica trascendental del feminismo en la historia contemporánea de la humanidad, ella a dar la matraca con Sánchez. A Cuca Gamarra no la saques del perverso presidente Sánchez y del manual casadista para llegar a la Moncloa porque se pierde, lo cual da que pensar que de feminismo sabe poquito, sota, caballo y rey, las cuatro reglas trumpistas que los asesores de Génova 13 le han metido en la cabeza para hacer oposición destroyer y desleal.

Otra que tampoco se ha trabajado el tema es Inés Arrimadas. A la líder de Ciudadanos se le pregunta por el momento que está viviendo el movimiento feminista y lo más que se le ocurre es que llega “después de un largo año de pandemia que ha sido muy duro para todos los españoles, pero la realidad es que ha afectado más a las mujeres que han asumido la carga familiar”. Decir que todo el país lo está pasando mal con la plaga de coronavirus no es decir mucho, de modo que la influencia de Arrimadas en la causa feminista (como mujer, como líder político y como faro intelectual) es más bien pobre. No se le está pidiendo que diserte sobre los dos tomos de El segundo sexo, el ensayo feminista más importante de nuestro tiempo firmado por Beauvoir, pero sí al menos una idea nueva, una aportación, un algo.

Además, la presidenta de Ciudadanos cree que “hay que seguir reivindicando la igualdad, quizás más que nunca”, y añade que su partido, “ante un negacionismo carca y un sectarismo desbocado, reivindica un feminismo inclusivo, moderno, amplio que nos interpele a todos y todas y no deje a nadie atrás”. O sea, ese cuento o ficción de que se puede ser una señora bien, una mujer de la biuti, y feminista a la vez. Pero alma cántara, ¿cómo se puede reivindicar la igualdad cuando el liberalismo es precisamente injusticia social, abuso contra las clases más humildes, clasismo, privilegio y selección natural en un mundo de ricos y pobres? ¿Cómo ser feminista si no se acepta el hecho básico y central de que la mujer es víctima de un sistema económico y social capitalista que la esclaviza y la condena por su condición de sexo débil impuesta por las élites dominantes masculinas? No tiene ni pies ni cabeza.   

Pero nos falta la versión más delirante de todas, la de Rocío Monasterio, diputada autonómica y portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid. La dama de hierro de la nueva extrema derecha nacionalcatolicista. Y llegados a este punto no se puede decir más que su análisis entra sin duda en el terreno de la psiquiatría, quizá de la psicopatología, de los delirios freudianos, más que de la interpretación política seria y rigurosa de la realidad. Para la remilgada puritana Monasterio, la situación del feminismo es de “crisis profunda por su sectarismo excluyente”. Ella se considera mujer en tanto que integrada en la familia patriarcal, tradicional, católica, apostólica y romana. O sea, la sombra fiel de su marido. Tal es su desprecio por la lucha de los derechos de la mujer que llega a restarle el valor simbólico a la fecha del 8M, que para ella es “importante porque siempre recordaremos a los fallecidos del covid y a sus familias”. Toma provocación, toma dosis de odio. Para la Monasterio no hay brecha salarial, ni violencia machista, ni injusticia por razón de sexo, ni violaciones grupales, ni techo de cristal, ni nada de todo eso. Es decir, un mundo perfecto para los de su clase. Puro elitismo y negacionismo de la realidad.

No hay más que escuchar cómo piensan las mujeres del trifachito español (esas grandes damas inducidas por el maquiavelismo electoral, la frivolidad intelectual y el negacionismo trumpista) para concluir lo que nos espera si algún día llegan a gobernar en comandita.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

8 DE MARZO


(Publicado en Diario16 el 8 de marzo de 2021)

Con manifestaciones o sin ellas, con disensiones y corrientes alternativas o sin ellas, el 8M es más necesario hoy que nunca. Feminismo es democracia, socialismo, respeto a los derechos humanos: todo eso que odia la extrema derecha de nuevo cuño que se abre paso a codazos y a puntapiés, como un elefante en la cacharrería del sistema, destruyendo lo que la sociedad española ha construido en los últimos cuarenta años de convivencia en paz. El vándalo destrozo que ha sufrido el mural feminista de Ciudad Lineal es la prueba concluyente de que esto va en serio, de que los nostálgicos del patriarcado y del machismo feudal están en las calles para amedrentar a las mujeres y que se queden en casa calladas, amordazadas, sumisas. El franquismo no fue otra cosa que una inmensa cocina sórdida y humillante donde se recluyó a la mujer entre fogones de infamia para que no molestara al macho.

Las guerras empiezan por el saqueo de los símbolos, de los mitos y el lenguaje. Eso es lo que está haciendo Vox, liquidar la memoria, darle la vuelta al calcetín de la historia, vendernos un producto rancio y caducado como si fuera nuevo. Se empieza saqueando murales de barrio y se acaba quemando libros y fusilando a 26 millones de hijos de puta. Produce una tristeza infinita ver cómo un gran emblema de la libertad como el mural de Ciudad Lineal es violentado por la barbarie totalitaria. Estremece pasar ante los manchurrones de pintura negra que los nazis han arrojado a los rostros de grandes referentes del feminismo como Rigoberta Menchú, Rosa Parks, Federica Montseny o Frida Kahlo. Todas ellas lucharon por la causa más noble y justa de todas: lograr la igualdad plena entre mujeres y hombres. Fragmentada la izquierda, languideciente el marxismo por el poder aplastante de la sociedad de consumo y el capitalismo feroz, el feminismo se constituye en el último bastión contra la extrema derecha.

Los autores de las pintadas contra el mural de Ciudad Lineal ni siquiera saben quiénes fueron esas grandes señoras a las que atacan ciegamente porque nunca han leído un libro. El fascismo siempre actúa de la misma manera: están los ideólogos y las élites de la retórica violenta que planean el crimen simbólico en sus lujosas mansiones y los cuatro mozallones que ejecutan, los cabezas rapadas sin oficio ni beneficio que obedecen y aprietan el gatillo de la brocha asesina. En realidad, la obra estaba condenada a su destrucción desde que Vox presentó una iniciativa en la Junta de Distrito –aprobada con los votos a favor de PP y de Ciudadanos, no lo olvidemos–, para sustituir el mural por otra decoración más inocua para los intereses del nuevo falangismo.

El horror fascista avanza mientras la derecha supuestamente democrática sigue pactando con el totalitarismo machista en Madrid, Andalucía y Murcia. Amamantar a la bestia suele traer nefastas consecuencias. ¿Dónde se ha metido hoy el alcalde de Madrid, Martínez Almeida, que ha dejado que ocurriese lo que todo el mundo sabía que iba a ocurrir más tarde o más temprano? “Exigí por carta a Almeida que protegiera el mural de Ciudad Lineal tras las amenazas de la extrema derecha. Así amanece hoy”, se lamenta Rita Maestre.

Las pintadas no son obra de un loco iluminado que actúa por su cuenta y riesgo con una lata de pintura. Obedecen a un plan predeterminado, a una ideología, a unas instrucciones políticas precisas. La extrema derecha, y también la farisea derecha convencional que predica el feminismo por no quedar como un cavernícola verde pero que no lo acepta en sus principios elementales porque no lo entiende, está en contra de la igualdad de derechos de la mujer. Ayer mismo, el PP de Burgos organizaba una farsa o sainetillo apresurado de supuesto apoyo al feminismo. Lógicamente, la puesta en escena le salió mal, en primer lugar porque todos los asistentes al evento eran hombres (salvo la moderadora) y en segundo término porque nadie se cree que el PP sea un partido auténticamente feminista. Lo de Burgos fue un teatrillo, una instantánea grotesca de la España profunda que dejó en evidencia cómo entiende la derecha nostálgica la igualdad de derechos y oportunidades: hombres y mujeres en la cúpula de los ministerios, pero unos en el poder fáctico y real y otras fregando los suelos de los despachos, como ordena el clásico manual del techo de cristal. 

Cada 8M es un mal trago para el Partido Popular porque le pone delante del espejo y porque le aflora el complejo machista frente al impulso que ha tomado el movimiento de liberación de la mujer en los últimos años. Pablo Casado y su gente saben que es completamente imposible ganar elecciones sin las masas feministas maltratadas, sin las trabajadoras discriminadas por la brecha salarial, en definitiva, sin la mujer, que es la mitad de la población en cualquier país del mundo. Por eso en Génova 13 intentan disfrazarse de feministas en un carnaval impostado, se inventan conceptos nuevos para adaptar el conservadurismo a la lucha por los derechos de la mujer (lo cual es imposible) y terminan cayendo en flagrantes contradicciones como el «feminismo liberal» que propugnan Cayetana Álvarez de Toledo, Inés Arrimadas y Andrea Levy, un gran oxímoron en sí mismo cuando no un artificio más falso que una moneda de dos caras.

Toda esa pirotecnia retórica la ejecutan los dirigentes del PP por puro marketing político y para no perder votos entre las mujeres, no porque se sientan feministas de verdad, que nunca lo han sido. Por todo eso y también para que no se les identifique demasiado con las huestes de Santiago Abascal, abiertamente machistas, retrofranquistas, taurinas y carpetovetónicas. Vox pretende devolvernos al latifundismo agrícola y sexual, o sea el señorito que se bajaba al pajar a violar a la moza pobre cuando le venía en gana. Hoy, en el 8M más raro y extraño, la derecha brinda con champán porque la Justicia ha suspendido las manifestaciones feministas para evitar los contagios por la pandemia. Pero que no canten victoria, la revolución es imparable, el virus será derrotado (el de Wuhan y el machista) y las mareas moradas volverán con más fuerza que nunca. Feliz 8M, hermanas.

Viñeta: Pedro Parrilla

LA SEAT

(Publicado en Diario16 el 6 de marzo de 2021)

La semana más negra de la monarquía española (regularización fiscal de Juan Carlos I y turismo de vacunas de las infantas en Abu Dabi) se ha cerrado con una espectacular operación de imagen de la Corona en la factoría Seat de Martorell. Finalmente la Generalitat dio plantón a Felipe VI (también a los directivos del Grupo Volkswagen), pero allí estuvieron algunos de los empresarios más relevantes de Cataluña para dar un impulso definitivo a uno de los grandes proyectos de electrificación de la firma automovilística que pueden situar a nuestro país a la vanguardia de la transición ecológica europea de los próximos años.

En algún momento el Govern deberá plantearse seriamente hasta dónde piensa llegar en su estrategia antisistema. Unirse a los destinos de la CUP y de los anarcos italianos que queman Barcelona mientras se hace un desplante a los inversores de la Volkswagen no parece un programa político de futuro para los catalanes, más bien tiene un punto suicida. Pero en esas están Pere Aragonès y los suyos: han optado por la barricada, el adoquín y el populismo trosko antes que por fer país; han decidido quedarse en el pasado y en el discurso errático del monarca del 1-O, cuando no condenó los palos de los piolines. Y todo para que no les acusen de botiflers. Ellos sabrán.

Los que sí estuvieron en la fábrica de Seat de Barcelona fueron Pedro Sánchez y la ministra de Industria, Reyes Maroto. Fue una interesante puesta en escena de un Gobierno consolidado que trabaja –el Ejecutivo central pese al gallinero constante PSOE/Podemos–, frente a otros gabinetes en ciernes, el autonómico catalán, que se desconoce si cuajará o se romperá dando lugar a unas nuevas elecciones, que es lo que desde Waterloo busca Carles Puigdemont. Hasta donde se sabe, las negociaciones entre ERC y Junts para formar el nuevo Govern independentista tras las elecciones del 14F siguen siendo tensas y complejas. Y nadie es capaz de garantizar nada.

Con todo, Sánchez tampoco lo ha tenido fácil esta semana que termina. Ha tenido que tapar las goteras de un Consejo de Ministros donde el ala podemita presiona con más fuerza que nunca y se ha visto obligado a nadar entre dos aguas cuando el escándalo del rey emérito ha estallado definitivamente con el anuncio de la regularización fiscal y el pago de una cuota de más de 4 millones de euros a Hacienda. Un bochorno para la Casa Real.

El asunto del fraude de Don Juan Carlos ha salpicado de lleno a Moncloa y a sus dos socios de Gobierno, que han tenido que posicionarse de dos formas muy distintas. Así, mientras Unidas Podemos ha salvado la cara defendiendo su republicanismo irrenunciable y tratando de llevar el asunto del patrimonio de los Borbones al Parlamento (en connivencia con las fuerzas nacionalistas que han solicitado la comparecencia de Felipe VI para que dé explicaciones en sede parlamentaria), el PSOE ha sido crítico con la conducta personal del monarca abdicado pero ha recordado su papel esencial en la Transición y ha destacado la labor “ejemplar” de su hijo y sucesor, a quien ha tratado de dejar al margen del affaire.

Podría decirse que mientras Pablo Iglesias intentaba arrastrar a Felipe al Congreso de los Diputados, Sánchez tiraba de él para salvarlo. Una vez más, los socialistas desplegaban el escudo protector de la monarquía, tal como viene haciendo en los últimos 40 años de democracia. La Casa Real no debería perder de vista jamás que no es la extrema derecha, con sus ridículos vítores y vivas al rey, la que está garantizando la viabilidad y el sostenimiento del sistema monárquico parlamentario en España, sino el Partido Socialista Obrero Español. El día que el PSOE vuelva a virar hacia postulados republicanos, abandonando su juancarlismo nostálgico, la Familia Real tendrá que empezar a hacer las maletas.

De modo que tuvo que ser la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, una vez más, la que pusiera coherencia y técnica política al debate, y de paso la que diera una clase práctica de Derecho Constitucional al recordar a las fuerzas minoritarias que, según la Constitución Española, legalmente no se puede llevar al jefe del Estado al Parlamento para interrogarlo, y que solo proponerlo, como hace Esquerra Republicana de Cataluña, “es una especie de fantasía”. El baño de realidad jurídica fue antológico, lo que da que pensar que muchos políticos de hoy están en el tuit rápido y urgente para cazar miles de likes pero ni siquiera se han leído la Carta Magna, un vicio que no deja de ser una grave y preocupante anomalía democrática. Así nos va.

¿Y a partir de ahora qué? La causa judicial contra el emérito lleva su propio carril y por mucho que vayan saliendo a la luz nuevos escándalos periodísticos todo tiene su tempo. El paso que han dado Fiscalía Anticorrupción y Hacienda al exigir a Juan Carlos I que aporte las facturas de sus ingresos de los últimos años, como a cualquier otro contribuyente, va sin duda en la buena dirección. Pero mientras todo eso se sustancia, ha trascendido que Moncloa y Zarzuela trabajan ya en un listado de reformas para un futuro estatuto de los integrantes de la Casa Real, que tendrá por objetivo incrementar los controles fiscales y modernizar la institución para hacerla más transparente.

No obstante, queda en el aire la gran pregunta: ¿qué va a pasar con el artículo de la Constitución que garantiza la inviolabilidad del rey no solo en el ejercicio de sus funciones sino también en sus actos privados, un privilegio que sin duda constituye un intolerable anacronismo de casta? ¿Habrá consenso entre derechas e izquierdas para reformar la Carta Magna y eliminar ese trato de favor que rompe el principio de igualdad de todos los españoles ante la ley consagrado en el artículo 14 de la propia Constitución? Acabar con el arcaísmo es la clave de bóveda, quizá la última oportunidad que le queda a la monarquía española de seguir pintando algo en la España de hoy. 

Viñeta: Igepzio 

FRANCO


(Publicado en Diario16 el 5 de marzo de 2021)

Apellidarse Franco y desempeñar el cargo de delegado del Gobierno en Madrid no debe ser nada fácil. A las chuflas de los guasones de turno que no paran de hacer chascarrillos con el apellidito se unen las dificultades y sinsabores del puesto, considerado en ciertos sectores de la izquierda troska como el mamporrero oficial y antipático de Moncloa. Cuando es preciso prohibir una manifestación, ahí está Franco para dictar el bando correspondiente; cuando hay que decretar un toque de queda o restricciones a la libertad de movimientos por el coronavirus, que lo haga Franco; y cuando urge enviar a los antidisturbios a alguna movida anarquista, no hay problema, Franco se pone el casco, coge la porra y a dirigir las lecheras. Franco está para todo lo que tenga que ver con asuntos espinosos en una democracia, como mantener el orden público, un concepto ya de por sí algo franquista.

No es un negociado cómodo el que desempeña el tocayo de apellido del dictador. Desde que accedió a su despacho en 2020 todo han sido problemas, complicaciones, marrones. Incluso quisieron implicarlo en uno de los montajes de la extrema derecha, empeñada en colgarle el sambenito de gran supercontagiador de la pandemia. Fue así como la magistrada del Juzgado de Instrucción número 51 de Madrid, Carmen Rodríguez-Medel, llegó a imputar a José Manuel Franco por un presunto delito de prevaricación al haber permitido la polémica manifestación feminista del 8 de marzo de 2020 en Madrid, cuando estábamos ya en vísperas de la pesadilla. PP y Vox urdieron una historia sin datos ni pies ni cabeza que consistió en tratar de convencer a la opinión pública de que si el covid se había propagado con fuerza por toda España era precisamente porque Franco autorizó el acto a las “mujeres contagiosas”.

Aquello fue una causa general e injusta contra el feminismo, ya que ningún informe científico fue capaz de probar una relación de causa efecto, tal como demuestra el hecho de que la propia magistrada, tras practicar las pertinentes diligencias, sobreseyó la causa ante la falta de evidencias de la comisión de delito. Finalmente, el auto concluyó que ninguna autoridad sanitaria dio indicaciones al delegado del Gobierno para limitar las concentraciones públicas. Sin embargo, Franco quedó marcado para siempre tras la caza de brujas voxista.

Hoy el mismo hombre ha tenido que adoptar la decisión a la inversa: desautorizar la próxima manifestación por el Día de la Mujer, un 8M que también viene marcado por el coronavirus. “Se ha tomado la decisión firme de prohibir, por motivos de salud pública, todas las manifestaciones y concentraciones convocadas, en un momento en el que la Comunidad de Madrid sigue siendo uno de los territorios de España con mayor índice de contagios, así como de personas hospitalizadas, por encima de la media nacional”, ha asegurado la Delegación del Gobierno. Ya se ha dicho que en este país todo lo que tenga que ver con el verbo prohibir trae reminiscencias del pasado, del Régimen Anterior, de modo que era difícil que el hombre pudiera escapar a los epítetos de rancio, machista y facha.

Sin embargo, si analizamos la situación fríamente y sin dejarnos llevar por la ideología, caeremos en la cuenta de que si en el 8M de 2020 Franco no pudo prohibir la manifestación feminista porque nada hacía indicar que la epidemia se estaba propagando como la peste por España, paradójicamente en esta ocasión no ha podido autorizarla, ya que todos los informes epidemiológicos advierten de que de celebrarse la marcha morada el riesgo de expansión del virus volverá a ser exponencial. Es decir, hace un año el funcionario de Sánchez fue defenestrado por la derecha y hoy es despellejado por la izquierda (algunos de Vox incluso habrán brindado con champán al grito de Viva Franco, Arriba España tras conocer que la manifa feminista ha sido aplazada).

Con la lógica y la ciencia en la mano, ¿qué otra cosa podía hacer el delegado del Gobierno sino cancelar una manifestación que hubiese aglutinado a decenas de miles de personas en una gran charca vírica? No cabe duda de que Franco ha actuado con coherencia científica y política, pero el problema no es ese. Las contradicciones llegan porque, durante la pandemia, Madrid se ha convertido en escenario de manifestaciones de todo tipo y miles de ciudadanos se han echado a la calle para protestar y pedir por sus cosas. Así, ha habido concentraciones de negacionistas, de ultrapatrióticos falangistas, de cayetanos y borjamaris, de hosteleros, de personal sanitario (esta ha sido la reivindicación más justa y legítima), de futboleros celebrando sus triunfos, de defensores de los animales, de taurinos y antitaurinos, de taxistas maltratados, de los policías de Jusapol pidiendo subidas de sueldo, de indepes y de fans del rapero Hasél que han terminado dándose al turismo vandálico de los anarcos italianos.

Todo quisqui y todo dios se ha manifestado cuando ha querido en los peores días de la epidemia, sin que haya importado si las aglomeraciones del personal ayudaban a propagar el bicho. Especialmente indignantes han sido las concentraciones de los terraplanistas que niegan el virus o las ruidosas carreras de coches de Vox, que además disparaban la contaminación en la ciudad (con más razón habría que haberlas suspendido). Pese a que el país vivía momentos críticos, el delegado del Gobierno no se puso tan exquisito y prohibitivo entonces y por eso ahora Podemos le afea, le echa en cara y le arrea con saña, como si este Franco fuese la misma demoníaca reencarnación del otro. Quizá las críticas sean exageradas (ya hemos dicho que la abstinencia del 8M de este año viene con receta médica e informes de expertos) pero es lo que tienen este tipo de cargos: que o tratas a todos los ciudadanos por igual o te acaban etiquetando como el polizonte chusquero del poder. A este Franco lo tienen fichado los unos y los otros.

Viñeta: Igepzio

LA SUECA

(Publicado en Diario16 el 5 de marzo de 2021)

Todas las comunidades autónomas, salvo Madrid, impondrán severas restricciones a la Semana Santa este año. Una vez más, nos topamos con las políticas neoliberales de Díaz Ayuso, siempre empeñada en salvar bares en lugar de vidas humanas. Desde que comenzó la pesadilla del covid, IDA siempre se ha mostrado en contra de las medidas sanitarias adoptadas por Pedro Sánchez y el doctor Simón. Ya no cabe ninguna duda, la presidenta de la Comunidad de Madrid ha estado haciendo política y oposición con la pandemia, el dolor y la muerte.

La lideresa del PP castizo sueña con ser presidenta del Gobierno de España algún día, puenteando incluso al jefe, Pablo Casado, y no va a parar de movilizar toda su demagogia populista y todos los argumentos trumpistas hasta lograrlo. IDA se resiste a cerrar Madrid durante la Semana Santa pese a que todos los expertos epidemiólogos le están aconsejando que no cometa los mismos errores de la Navidad, cuando por proteger las fiestas y la economía provocamos una tercera ola de contagios que solo ahora, tres meses después, empezamos a superar.

Abrir la mano a la movilidad, permitir el libre tránsito de turistas para reactivar la economía estos días, sería tanto como abocar al país a una cuarta ola que terminaría de arruinar las expectativas de cara al verano. Por tanto, la lógica aconseja ser prudentes, conservadores (esa palabra que a IDA tanto le gusta pero que en materia sanitaria nunca aplica) y mantener las medidas de confinamiento y distancia social para que España pueda entrar sana y fuerte en los meses estivales. Solo así, siempre que cumplamos el objetivo de vacunar a la mayor parte de la población, veríamos la luz al final del túnel, llegarían de nuevo los aviones repletos de británicos yonquis del sol español y el chapuzón de licor en Magaluf y dejaríamos atrás la sombra de la recesión.

Pero IDA es la dama de hierro que nunca da su brazo a torcer. Madrid es de las pocas grandes ciudades europeas donde se ha tratado de salvar la economía al mismo tiempo que la salud de las personas, algo que se ha demostrado perfectamente incompatible. Ahora que se acerca la Semana Santa y la mayoría de los países de la zona euro han anunciado que mantendrán las restricciones al turismo y la hostelería (conscientes de que un paso atrás supone arruinar todavía más los diversos sectores productivos), Madrid fantasea con una desescalada suicida que puede llevarnos a una cuarta ola de contagios con otros 10.000 muertos. Nunca el fervor por unas saetas y unos santos ha salido tan caro.

Una vez más, IDA se hace la sueca con las advertencias de los médicos, y nunca mejor dicho, ya que Suecia es precisamente la gran excepción sanitaria de esta pandemia, el país negacionista que más de un año después de estallar la crisis sigue sin imponer a su población el uso obligatorio de la mascarilla. Al igual que en Madrid, en las ciudades suecas los bares y restaurantes siguen abiertos, la gente se abraza y se reúnen sin más. Un año después, por aquellas tierras escandinavas siguen sin saber lo que es un confinamiento, un toque de queda o cualquier otra medida sanitaria restrictiva. La conclusión es que de la misma forma que la capital de España figura a la cabeza en el ranking de número de contagiados y fallecidos, Suecia es uno de los países europeos donde más está castigando la plaga últimamente: más de 500 casos por cada cien mil habitantes.

Todos los epidemiólogos de prestigio (dejando a un lado el trío de pitonisos raros formado por Victoria Abril, Bosé y Bunbury) advierten a IDA que sea prudente con la desescalada, que no haga el ganso y no se precipite, porque quien va de romería se arrepiente al otro día y porque las procesiones jubilosas pueden convertirse en calvario clínico un par de semanas después. Es el caso del doctor Daniel López Acuña, ex directivo de la OMS, quien defiende que “vale la pena mantener las restricciones”, ya que “lo que más daño nos va a hacer es incrementar la movilidad y la interacción entre personas”.

Sin duda, la clave está en una vacunación rápida y tampoco en eso está siendo eficaz la maltratada Sanidad pública de Díaz Ayuso, ya vendida al mejor postor. Actualmente, la Comunidad de Madrid se encuentra en el puesto número 12 en la tabla de vacunas administradas en función de las dosis recibidas, de forma que la gestión es más que mejorable, sobre todo teniendo en cuenta que las grandes olas de contagio suelen empezar por tierras madrileñas, ya que esa comunidad acumula una gran densidad de población. El presidente Ximo Puig ya le ha advertido a la lideresa que él va a cerrar Valencia a las fiestas, ni Fallas ni Semana Santa, de modo que los madrileños pueden ahorrarse el éxodo a la playa de cada año hasta el próximo verano, cuando todos serán recibidos con los “brazos abiertos”. Eso se llama sensatez y prudencia, algo de lo que carece la kamikaze pandémica del PP.

Queda claro que IDA debería centrarse en poner recursos públicos para inmunizar a la mayor cantidad posible de madrileños, pero ella sigue a otra cosa, mayormente a quedar bien con el gremio de hosteleros, tapas y cañas, que ahí es donde está el granero de votos para ganar elecciones. Cuando un político se preocupa solo de mantener el poder y no del bien común se puede decir que está amortizado. La gestión de IDA en esta pandemia pasa por ser de las peores, no solo de España, sino de toda Europa, pero la mujer sigue inmersa en la ficción feliz de que Madrid va a ser estos días la ciudad más bonita del mundo con muchos turistas, pasos, cofrades, nazarenos, olor a incienso y terrazas llenas de torrijas humeantes. Un magnífico escenario medieval, en la línea con el trumpismo más feroz, para el cementerio real que vendrá después. Y luego la niña se queja de que la madrileñofobia se propaga como la pólvora. ¿Por qué será?

Viñeta: Iñaki y Frenchy