sábado, 24 de abril de 2021

LA ESCUELA REPUBLICANA

(Publicado en Diario16 el 18 de abril de 2021)

Ahora que se cumplen 90 años de la proclamación de la Segunda República conviene centrarse en un indudable logro de aquellos años: la reforma educativa del primer bienio progresista (1931-1933), un proyecto encomiable y ambicioso que podría haber dado sus frutos a largo plazo, con generaciones de hombres y mujeres más cultos y preparados, de no haberse truncado el futuro del país con el estallido de la Guerra Civil. En este país hace tiempo que se ha instaurado la idea de que la Segunda República fue la historia de un rotundo fracaso en todo, lo cual es cierto solo a medias.  No se puede negar que algunos proyectos como la reforma agraria, la reforma fiscal o la remodelación del Ejército para adecuarlo a los valores democráticos, finalmente quedaron en papel mojado. Sin embargo, en educación se empezaron a dar pasos importantes para culturizar a las masas y aunque la tarea quedó sin completar –no solo por la desgracia de la contienda fratricida sino también porque los recursos del país eran escasísimos–, es de justicia elogiar la labor de quienes trazaron la política educativa de aquellos años.

La atención de los sucesivos ministros de Instrucción Pública, Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos, se concentró principalmente en resolver las gravísimas deficiencias de infraestructura existentes, sobre todo en la enseñanza primaria. El esfuerzo educativo republicano, especialmente en este primer bienio progresista, fue realmente ejemplar. Cuestión diferente es la gestión de los gobiernos conservadores o radical-cedistas que se instalaron en el poder a partir de las elecciones generales de 1933 y que llevaron a cabo graves recortes en educación pública y cultura. Una vez más, las derechas se encargaron de hacer retroceder al país en las conquistas sociales alcanzadas, y este constante sabotaje es un denominador común que se repite, una y otra vez, como una maldición bíblica, en la historia de España.

Existen abundantes estudios históricos, con datos estadísticos completos, que demuestran que los partidos de izquierdas se volcaron en la tarea de sacar a los españoles de la situación de absoluto analfabetismo que acarreaba el país desde al menos el siglo XIX. Los documentos que han llegado hasta nuestros días no engañan. El presupuesto educativo en los tres primeros años de la Segunda República pasó del 5,5 al 7 por ciento, un salto cuantitativo importante teniendo en cuenta que España atravesaba por un momento de crisis económica galopante y que buena parte de la población malvivía en grandes bolsas de pobreza, tanto en el campo como en las grandes ciudades.  

El Ejecutivo del primer bienio de la República duplicó el número de alumnos escolarizados de 70.000 a 130.000. Por su parte, las plantillas de maestros dieron otro salto considerable al pasar de 36.000 a 51.000 profesores, creciendo anualmente a un ritmo del triple del registrado durante la etapa monárquica. Por si fuera poco, también se incrementaron sustancialmente los sueldos del personal docente, de tal forma que aquel viejo dicho castellano de “pasas más hambre que un maestro de escuela” empezó a quedar felizmente superado. Respecto al número de escuelas de enseñanza básica, la inversión fue notable, ya que se abrieron 13.000 colegios públicos, aunque algunos historiadores menos optimistas reducen la cifra a la mitad. En cualquier caso, el esfuerzo no dejó de ser importante y algunos autores dan por sentado que ningún gobierno en los países de nuestro entorno incrementó de una manera tan significativa su presupuesto educativo como el español.

Todas estas medidas quedaron grabadas para siempre en una frase antológica de Rodolfo Llopis, el gran director general de Primera Enseñanza en el período progresista 1931-1933, quien llegó a decir que en cuestiones de educación “la República hacía en un año lo que la Monarquía en quince”. Sin duda, el socialista Llopis puso en marcha una de las más ambiciosas reformas educativas en la historia de nuestro país y dotó a España de la mejor generación de maestros y maestras hasta entonces. En su destino de más de una década como maestro en Cuenca, Llopis comprobó de primera mano la “dramática situación de la escuela española y su cruel abandono, a la vez que pudo poner en práctica los principios que habrían de impulsar sus reformas educativas posteriores. Los dos pilares de su reforma fueron la socialización de la cultura, intentando que esta llegara a todos los rincones del país, y el establecimiento de la escuela única”, relata la publicación digital La escuela de la República. Famosas fueron la Misiones Pedagógicas, caravanas de maestros voluntarios que a lomos de mulas y sorteando valles y montañas llevaban la escuela a hombros allá donde no había. En ellas participaron personalidades ilustres de nuestra cultura que se dejaron la piel en la tarea. Sin olvidar el taller de teatro La Barraca, impulsado por el maestro Lorca.

Se hizo mucho, qué duda cabe, pero España era un país de analfabetos con un atraso secular y el esfuerzo inversor ciertamente se quedó corto. Las infraestructuras educativas eran tan escasas que aún en el supuesto de que se hubieran creado 16.000 escuelas más en todo el país hubiesen sido necesarias otras 11.000. Otro dato interesante es que solo en Madrid el número de matriculados en escuelas privadas era superior al que acudían a colegios públicos (lo cual demuestra el poder que aún ostentaba la Iglesia católica, tradicional guardiana y custodia de la enseñanza en este país). Con todo, aún eran más los que no tenían escuela de ningún tipo.

Todo ello demuestra en qué bajo nivel de incultura y subdesarrollo se encontraba el país tras siglos de gobiernos monárquicos corruptos apoyados por la derecha más rancia y carpetovetónica. Una vez más, cuando las derechas llegaron al poder en 1933 (arrastradas por los vientos fascistas que soplaban en Italia y Alemania), la educación cobró nuevos tintes religiosos, la escuela pública retornó al abandono tradicional y los libros fueron para quienes pudieran pagárselos. Esa misma derecha es la que hoy quiere imponer el pin parental y la educación clasista y reaccionaria, de tal forma que España siga siendo un país eternamente dormido en el pasado.

Ilustración: Artsenal

ÉVOLE Y BOSÉ

 

(Publicado en Diario16 el 17 de abril de 2021)

Jordi Évole defiende a capa y espada su entrevista con Miguel Bosé que este domingo verá su segunda entrega. El popular presentador ha tenido que hacer frente a una avalancha de críticas en las redes sociales de aquellos que consideran que nunca se le debe dar voz a un negacionista, y menos a un conspiranoico de la pandemia. Para Évole, «el periodismo tiene que enseñar las realidades porque ocultándolas no ganamos nada», y se muestra convencido de que el programa del próximo domingo en La Sexta no va a generar más negacionistas ni más legiones de fanáticos de la conspiración y la superchería de las que ya pueblan este mundo. Sin embargo, no son pocas las teorías sociológicas y psicológicas que alertan de los peligros de dar cobertura mediática a ideologías tóxicas, ya que eso es tanto como propalar la pseudociencia, la ignorancia y el fanatismo. De alguna manera, es como si en horario de prime time pusiéramos ante las cámaras a un parapsicólogo lanzando un discurso sobre la existencia de los fantasmas (eso ya lo viene haciendo Íker Jiménez desde hace años y de aquellos polvos estos lodos), a un gurú invocando los mandamientos de su secta destructiva o a uno de esos naturistas aleccionando al personal sobre los beneficios de beber la propia orina. Es obvio que el daño a la sociedad puede ser irreversible.

«Yo creo que el programa refuerza las tesis científicas y no las negacionistas… Pero por las redes sociales corre una especie de Santa Inquisición que te dice lo que puedes o no puedes hacer. La manera que tenemos de hacer las cosas es esta: coger al protagonista de una corriente de opinión, en este caso el negacionismo, y ponerle frente a su espejo y sus contradicciones», argumenta Évole, que cree que «nadie» va a sacar opiniones favorables respecto al negacionismo después de ver la entrevista del domingo.

Tal como era de prever, Miguel Bosé está encantado con el programa (de lo que se trata es de que hablen de uno, aunque sea mal, ya lo dijo Wilde) y sueña con que le den algún bolo musical este verano. Es evidente que al famoso cantante, hoy en horas bajas, la publicidad gratuita le vendrá de perlas para relanzar su languideciente carrera artística. «Durante todo el programa de la semana pasada me estuvo enviando mensajes y me mandó un mensaje de voz», le cuenta Évole a Antonio García Ferreras. «Estaba muy contento con cómo había salido el programa, con lo que él había explicado, se sentía representado con la edición que habíamos hecho y que para nada habíamos manipulado ninguno de sus mensajes». Pues genial, que le den ya una tertulia a Bosé en La Sexta Noche y de paso que le den otro Ondas a Évole y así todos contentos.

Los proselitistas del negacionismo están deseando que alguien les ponga un altavoz entre manos para propagar su sarta de disparates sin ningún fundamento, como que el cambio climático no existe o que la Tierra es plana. Si los medios de comunicación entran en el juego de toda esta gente ansiosa por la popularidad, el morbo y los índices de audiencia, flaco favor estamos haciendo a una sociedad sana, culta y formada. La superchería y el oscurantismo se extienden como la pólvora por todo el planeta (en buena medida alentados por el fascismo de nuevo cuño obsesionado con desestabilizar las democracias modernas) y la única manera de contrarrestarlo es con pedagogia y buenas lecciones de ciencia, no con horas de telebasura donde los chiflados pueden dar rienda suelta a sus más descabelladas ocurrencias y diarreas mentales.

Por si fuera poco, el negacionismo de la pandemia es de los más peligrosos y nocivos, no solo porque se traduce en un alto coste en vidas humanas de miles de personas que se dejan arrastrar por el movimiento conspiranoico y la desinformación (lo que les lleva a no querer vacunarse), sino porque generan alarma social, pánico entre la población y descreimiento hacia las instituciones democráticas. Un cóctel explosivo. Évole es un buen profesional que ha reinventado el género de la entrevista, pero su cara a cara con Miguel Bosé no aporta nada que no sepamos (todo el mundo conoce a algún iluminado que se cree en posesión de la verdad y que va soltando por ahí, a los cuatro vientos, sus chifladuras y paranoias, de tal modo que estamos al tanto de cómo se comportan los abducidos, mesiánicos y salidos de Marte o del planeta de Raticulín). Por si fuera poco, no bastaba con un solo programa, había que dar dos tazas, o sea dos entregas, reincidiendo en el error y en el vodevil denigrante. Con la primera parte en la que Bosé relataba su descenso a los infiernos de la droga y el sexo salvaje, como ocurre con toda estrella del rock que se precie, había más que suficiente. Pero no, era necesario ahondar en la filosofía de perogrullo y de andar por casa del atormentado personaje, así como en sus teorías pueriles sobre los oscuros poderes que mueven los hilos del mundo y el Foro de Davos, algo que sabe todo hijo de vecino, o sea que tampoco en eso el polémico cantante nos está descubriendo la pólvora.

Los programas de Évole suelen ser interesantes, cuando no fascinantes por lo que tienen de desnudar a grandes personajes de nuestro tiempo, pero este capítulo será recordado como un espectáculo circense, un show de barraca de feria donde se trata de sacarle el jugo al friqui, a la mujer barbuda, al hombre araña o ser extraño al que todos miran con una mezcla de repulsión y atracción fatal. Lo mejor que se puede hacer este domingo es apagar el televisor y leer a Carl Sagan, que ya se enfrentó al monstruo de la superstición atávica y medieval en libros como El mundo y sus demonios, todo un alegato adelantado a su tiempo contra el irracionalismo y la pseudociencia. Lamentablemente, el morbo tira mucho y la audiencia se disparará sin ningún género de duda. La Sexta ganará unos buenos cuartos con la publicidad, habrá debate, torrentes de odio en las redes sociales y polémica a tope a costa del bicho raro, pero todo será al precio de darle una patada a la razón, a la ciencia y a la verdad. Así que no seamos estúpidos y no caigamos en las chorradas del charlatán. Póngamonos la vacuna en cuanto podamos, la de AstraZeneca, la de Pfizer, la rusa o la que nos den, qué más da. Hagamos como José Coronado (este sí tiene la cabeza bien amueblada) que «entre susto y muerte», o sea entre el pinchazo y el letal coronavirus, ha optado por el dolor de aguja. Crucemos los dedos y que sea lo que Dios quiera.

Viñeta: Pedro Parrilla

EL FAR WEST


(Publicado en Diario16 el 16 de abril de 2021)

Niños asesinados, enfrentamientos en las calles, centros comerciales asaltados… La ola de violencia racial que se ha desatado en Estados Unidos en los últimos días ha sobrepasado ya todos los límites, hasta el punto de que el país se encuentra al borde de la Ley del Far West. La alcaldesa de Chicago, Lori Lightfoot, se ha visto obligada a hacer un llamamiento a la calma a los ciudadanos después de que se difundiera un vídeo estremecedor de la Policía local en el que se recoge el asesinato del muchacho hispano Adam Toledo, de 13 años, a causa del disparo efectuado por un agente uniformado. Mientras tanto, las autoridades de Indianápolis hacen balance del último sangriento tiroteo en las instalaciones de la empresa de mensajería FedEx: al menos ocho muertos y varios heridos. Y todo ello mientras la sociedad norteamericana se desayuna cada mañana con una nueva sesión del juicio por la muerte del ciudadano negro George Floyd a manos de un policía supremacista, un caso que desató intensas protestas convocadas por el movimiento antirracista Black Lives Matter, además de la peor oleada de disturbios que se recuerdan.

Las últimas semanas están siendo especialmente brutales y el Gobierno federal habla ya de un preocupante repunte en el número de tiroteos. El 16 de marzo, un hombre acababa con la vida de ocho personas en varios ataques contra locales de masajes asiáticos. Una semana después, un atentado en un supermercado de Colorado se saldaba con otras diez víctimas mortales. La violencia supremacista campa a sus anchas en la primera potencia mundial, donde cada año mueren cerca de 40.000 personas en incidentes relacionados con armas de fuego. La situación ha alcanzado tintes tan macabros y surrealistas que los expertos y analistas ya distinguen entre “tiroteo colectivo” (un suceso en el que al menos cuatro personas resultan heridas) y “matanza” (cuatro fallecidos o más). Por descontado, las acciones armadas tienen lugar con mayor incidencia en aquellas zonas donde las diferencias y brechas raciales son más acusadas: Luisiana, Misisipi, norte de Florida, Alabama, Georgia y Carolina del Sur.

¿Es este el enfrentamiento civil entre ricos y pobres, entre blancos y negros del que avisaba Donald Trump antes de ser desalojado de la Casa Blanca por la fuerza de los votos? Quizá solo sea el anticipo de lo que está por venir en un país donde circulan libremente más de 300 millones de armas de fuego, aunque se desconoce la cifra exacta, ya que cualquier ciudadano puede adquirir un rifle o un revólver como quien compra una barra de pan, sin que la operación pase por el censo nacional o por las oficinas federales. Por si fuera poco, el problema se agrava tras la proliferación de un mercado negro en internet, donde cualquier norteamericano puede hacerse con un kit de piezas sueltas y fabricarse su propio armamento ligero o pesado en su propia casa, sin que quede registro ni número de serie alguno.

Ante la magnitud del desastre nacional, el presidente Joe Biden ha anunciado medidas drásticas para tratar de frenar una auténtica epidemia que él mismo califica como “vergüenza nacional”. Sin embargo, su ambicioso plan lo tiene difícil, ya que cuenta con una fuerte resistencia republicana en el Congreso. Una vez más, nos encontramos con la cerrazón del reaccionario bloque conservador controlado por el ala trumpista, una facción que para oponerse a las medidas restrictivas suele invocar la Segunda Enmienda de la Constitución estadounidense, la que protege el derecho del pueblo estadounidense a poseer y portar armas. El controvertido artículo de la Carta Magna ha sido avalado por la Corte Suprema de los Estados Unidos de América, cuyos magistrados, sin duda mayoritariamente conservadores, han sentenciado en sucesivas ocasiones que portar armas es un derecho individual de todo ciudadano.

Ante esa maquiavélica coyuntura legislativa poco puede hacer el entusiasta Joe Biden, no solo porque cualquier movimiento reformista chocará inevitablemente contra la sagrada Segunda Enmienda, sino porque la medida es impopular y puede costarle el cargo. Conviene tener en cuenta que Trump no se ha retirado definitivamente de la política, más bien se ha tomado unas vacaciones en su lujosa mansión de Palma Beach, y amenaza con volver a presentarse a la reelección armado con su programa reaccionario, una panoplia de política mezcla de populismo de extrema derecha, supremacismo blanco y nacionalismo patriotero autárquico y antiglobalizador.

En cierta manera, el gran problema de los Estados Unidos radica en que las ideologías neofascistas han arraigado en lo más hondo de la sociedad norteamericana. El fenómeno está perfectamente descrito en Cómo perder un país: los 7 pasos de la democracia a la dictadura, de la escritora turca Ece Temelkuran, donde se define el trumpismo como una ideología fundamentada en el populismo de derecha; la demonización de la prensa; la revisión negacionista de hechos establecidos y probados (tanto históricos como científicos); el desmantelamiento o control de las instituciones judiciales y políticas; y la reducción del sexismo y el racismo a la categoría de anécdotas. Estamos hablando de una auténtica “batalla cultural” (un término habitualmente utilizado por los trumpistas españoles de Vox) para destruir la democracia desde dentro y reducirla a una plutocracia del dinero regentada por las familias y estirpes financieras más pudientes. Para subvertir el orden político, nada mejor que las teorías conspirativas, que Trump ha sembrado profusamente por todo el país.

En ese objetivo de instauración de un orden clasista, cuasifeudal y elitista, las armas juegan un papel fundamental. Los grupos neonazis y sociedades ultraconservadoras se han convertido en fieles ejércitos trumpistas dispuestos a cualquier cosa para defender a su amado líder. Se cree que las bandas terroristas de extrema derecha están detrás de la mayoría de los atentados de los últimos días, pero luchar contra ellas no resultará fácil. Son demasiadas, están bien organizadas y aleccionadas y atesoran un auténtico arsenal que pueden poner en juego en cualquier momento. Ya lo intentaron con el asalto al Capitolio del pasado 6 de enero. Y han prometido que lo volverán a hacer.  

Viñeta: Igepzio

LA INFANCIA

(Publicado en Diario16 el 16 de abril de 2021)

¿Es posible que un partido político en un sistema democrático pueda votar en contra de una ley que protege los derechos de los niños frente a los abusos de los adultos? Es posible. Vox lo hizo ayer. El Pleno del Congreso debatía el proyecto de ley orgánica de protección a la infancia y la adolescencia frente a la violencia y, cuando le llegó el turno, la extrema derecha dijo no. Los nostálgicos del régimen anterior están en contra de todo lo que suponga democracia y avances en derechos sociales, pero resulta difícil entender que alguien pueda negarse a una ley que trata de amparar a los menores. ¿Por qué mantienen semejante disparate ideológico? Porque según ellos el Estado pretende decirle a los padres cómo educar a sus hijos, porque la ley amenaza la vida, la familia, la tradición y a España misma, según la diputada de Vox, Teresa López.

La exposición de la representante verde rozó el esperpento, cuando no el delirio, y fue un claro ejemplo de totum revolutum, de demagogia y de verborrea barata sin ningún sentido. Los representantes de Vox ya ni siquiera se preparan las intervenciones parlamentarias, acuden a San Jerónimo con las cuatro ideas manidas de siempre y las sueltan en cualquier asunto de debate nacional. Da igual de lo que se hable ese día en el hemiciclo: siempre van a decir no a cualquier cosa que vaya contra sus cerriles dogmas y mandamientos patrióticos y religiosos (Dios, patria, familia tradicional y orden). Que se discute sobre el cambio climático o el precio de los alquileres, enseguida aparece ETA y la conspiración separatista-bolchevique; que se habla de la pandemia mundial, todo forma parte de un plan de los rojos para engañar al país; que el tema del día es la eutanasia, España se rompe por culpa de los comunistas. No tienen programa, no tienen proyecto de país, no son más que un partido de amiguetes nostálgicos salidos de algún banquete de homenaje a Franco que se les fue de las manos a los postres y a las copas. Y así es como pretenden llevar el timón del país: con cuatro topicazos falangistas fuera de todo tiempo y toda lógica.

La nueva legislación, conocida como Ley Rhodes por el pianista que sufrió abusos en su infancia y que ha visibilizado el drama de miles de niños maltratados, contiene aspectos tan loables como la ampliación de los plazos de persecución de los delitos (eleva a 35 años la edad desde la que empieza a contar la prescripción de los abusos a menores); incorpora el deber de todos los ciudadanos de denunciar cualquier indicio de violencia contra un niño; y contempla la privación de la patria potestad para los condenados por homicidio o maltrato (quizá sea eso lo que más ha molestado a Vox, ya que ellos son patriarcales y a partir de ahora se perseguirá al macho maltratador que se ceba no solo con la mujer sino con los hijos). Además, se establece la obligación de los colegios de prevenir los casos de abusos y aborda el problema del bullying o acoso escolar, así como la violencia contra colectivos vulnerables y el ciberdelito. El PNV también se opuso, pero por cuestiones de competencias territoriales, no porque rechace el texto legal.

Por tanto, ¿qué hay de malvado o demoníaco en todos esos artículos aprobados ayer? ¿Acaso el espíritu de la ley no contiene lo mejor del ser humano? Sin duda así es. Pero el negacionismo es fantástico, vale lo mismo para un roto que para un descosido. En apenas cinco minutos de intervención, la ponente de Vox despachó una cuestión tan importante y trascendental como es la violencia contra la infancia mezclando la demagogia con una sarta de mentiras, el socialcomunismo, los enemigos de la patria y ETA (ya hemos dicho que la banda terrorista, derrotada y extinta hace años, aparece en cada intervención con independencia de quién sea el ponente y cuál sea el asunto a debatir). Y en un nuevo alarde delirante, la señora diputada invitó a los partidos de izquierdas a “rezar el rosario”, porque falta les hace, antes de exigir al Gobierno de coalición que “deje de mecer las cunas de los niños que nos les pertenecen y dejen a los padres educar a sus hijos en los valores que ellos elijan”. Claro que sí, permitamos que los maltratadores aporreen a sus hijos hasta matarlos, dejemos que los abusones acosen a sus compañeros de clase, volvamos a la ley de la selva, al feudalismo sin derechos y a la liquidación del Estado democrático, que es lo que les motiva a ellos. Al final, un rifle o una pistola para cada ciudadano y la ley libertaria del Far West, como en la América trumpista donde cada día liquidan a un negro.

Llegado ese momento lisérgico nadie entendía nada, todo era pura verborrea sin ningún sentido, y ese es precisamente el leitmotiv de Vox: confundir a los españoles, embaucarlos en una neolengua extraña e ininteligible, trastornar sus cabezas y llenarlas de odio. Con cada intervención del partido de Abascal la razón y la lógica estallan en mil pedazos; el sentido común se evapora; y aparece el mismo teatro del absurdo de siempre, el críptico mantra, la letanía de ideas míticas, extrañas, enfermizas y aberrantes regadas con una buena dosis de odio guerracivilista.  

Vox dice que el proyecto que ayer pasó el trámite en el Congreso de los Diputados es una ley de “adoctrinamiento”. ¿Pero adoctrinamiento de qué, qué quiere decir esta señora, por qué tratan de volver loco al personal retorciendo la realidad y la verdad de las cosas? ¿Acaso proteger a la infancia de los malos tratos de un monstruo no es una idea buena y noble? Pues a los señoritos no les gusta la ley. Por momentos parece que están deseando una sociedad de palos, palos en las calles, palos del macho contra la parienta, palos de la policía contra los menas, palos del padre borracho contra sus hijos. Todo lo que dicen y hacen es de puro psiquiátrico, como cuando alegan que esta normativa es un paso más en la batalla por potenciar “la cultura antifamilia y las leyes antihombres”. Han perdido el juicio y quieren enloquecer también al país.

Viñeta: Igepzio

MÓNICA GARCÍA

(Publicado en Diario16 el 15 de abril de 2021)

La figura política de Mónica García crece a medida que avanza la campaña electoral. La candidata de Más Madrid, que va camino de convertirse en la gran revelación de estos comicios, se está destacando como una eficaz comunicadora (su capacidad para inventar eslóganes y brillantes metáforas políticas parece inagotable) y en poco tiempo se ha convertido en un referente de la izquierda madrileña. Su madera de activista y su conocimiento de los entresijos de la maltrecha Sanidad pública (ha desarrollado su carrera profesional como anestesista en el Hospital 12 de Octubre y fue una pieza clave en las protestas convocadas contra los recortes por las mareas blancas) le han ayudado a conectar con el votante progresista, que anda como loco buscando un antídoto contra el efecto Ayuso. Esa kryptonita de la lideresa castiza podría ser perfectamente Mónica García, que plantea un discurso beligerante, inteligente y elevado frente a la ramplonería cursi/populista de IDA. Sin duda, Errejón ha encontrado un filón, casi un diamante en bruto por pulir que promete dar mucho juego en el futuro.

Los enemigos políticos de la candidata de Más Madrid ya se han percatado de la grave amenaza que esta mujer supone para el ayusismo y han iniciado una cruenta campaña de desprestigio personal. Su paso por una emisora de radio, en la que se lanzó a bailar un reguetón sin complejos con los periodistas, ha removido la bilis de los vejestorios patriarcas de la caverna mediática, que la acusan de frívola y hasta de querer inventar el “voto por perreo”. A los políticos de las derechas y gurús de la prensa ultraderechista les molesta que García baile y se muestre como una mujer que disfruta de su trabajo y de la vida, demostrando que son unos carcas, unos tristes y unos machistas. Como si bailar al más puro estilo latino fuese motivo de vergüenza o pecado político. Sus señorías no se rasgaron tanto las vestiduras cuando Soraya Sáenz de Santamaría se desmelenó en el hormiguero televisivo de Pablo Motos. Y eso que a la jefa del CNI se la vio mucho más oxidada y forzada, o sea un tronco para la danza moderna. A García la música le fluye de dentro con espontaneidad porque la vive de verdad y no sobreactúa, eso se nota a la legua.

Pero esta gente reaccionaria y rijosa es así. Tienen la mente enferma, turbia, lúbrica de tanta misa de doce que no sirve para nada porque al final acaban robando a manos llenas sin tener en cuenta los sermones dominicales del cura. No soportan ver a una mujer liberada, feminista y de izquierdas ejecutando un twerking como dios manda y mostrándose tal como es, de una forma natural y dando rienda a su expresividad corporal, de modo que al instante les aflora el inquisidor reprimido que llevan dentro. A Mónica García la caverna la ha llegado a acusar incluso de bailar el “machista perreo sin mascarilla”, lo cual ya es el colmo. Lógicamente, tal reacción exacerbada de las derechas y la prensa ultra solo tiene una explicación: sienten miedo ante la proyección mediática de una mujer que viene pisando fuerte en la política española y por eso la lapidan en las redes sociales con insultos de todo tipo.

Ninguna campaña de desprestigio va a poder con el talento de una candidata que atesora ingenio por arrobas. García sale a cita antológica por día, como cuando dice que “Madrid no es una serie de Netflix” o como cuando sentencia que la capital del país se ha convertido en el “cien montaditos de Europa” (a propósito del turismo de borrachera que impulsa Ayuso). También ha dejado para la historia esa reflexión que advierte de que las mujeres están cansadas de hacer el trabajo sucio para que en los momentos históricos les pidan que se aparten ante un macho alfa (un toque de atención a Pablo Iglesias cuando este anunció su candidatura a las elecciones autonómicas).

Pero García no solo posee la prosa afilada y la destreza del estilete retórico (cosa que Ayuso no, porque lo lee todo y no se atreve a acudir a los debates de Telemadrid sin las chuletas que MAR le prepara la noche anterior), sino que también aporta soluciones imaginativas y concretas para el bienestar de los madrileños. Hoy mismo, la candidata de Más Madrid ha anunciado su intención de reconvertir el Isabel Zendal (el polémico hospital de la presidenta criticado por médicos y enfermeras por su inversión excesiva y escasa utilidad) en una especie de gran centro de investigación científica, un Silicon Valley de la medicina española donde desentrañar los secretos del coronavirus.

El proyecto requeriría de una inversión de 50 millones de euros y contempla la contratación de 900 profesionales. Una magnífica idea que permitiría relanzar la maltrecha y denostada ciencia española y darle al Zendal una utilidad que hoy por hoy no tiene, ya que el gran emblema de Ayuso fue pensado más como un salón de convenciones sin material ni personal adecuado que como un centro sanitario funcional contra la pandemia. A fecha de hoy los enfermos graves de covid siguen siendo trasladados a otros centros sanitarios, demostrándose así que el Zendal es cualquier cosa menos un hospital.

Conviene no perder de vista a Mónica García, una mujer combativa, sarcástica y perspicaz, savia nueva para la izquierda española tan necesitada de referentes políticos e intelectuales.

Viñeta: Igepzio

LA IRA DE CASADO

(Publicado en Diario16 el 15 de abril de 2021)

Pablo Casado le ha perdido el respeto al Parlamento. Es lo que tiene andar de francachelas políticas con la extrema derecha, que al final se acaban contagiando las formas, las maneras, los tics. Su actuación de ayer en las Cortes fue sencillamente denigrante y debería enseñarse en las universidades como ejemplo de política basura. Contemplar a un señor desaforado y faltón desgañitándose en el atril y lanzando insultos a diestro y siniestro, entre aspavientos y gotículas de saliva brotándole de la garganta, dice muy poco del hombre que pretende gobernar España algún día. Alguien debió ofrecerle un Valium 5 y un vaso de agua al eterno aspirante a presidente.

Desde el primer momento se presentía que Casado venía con ganas de refriega. La campaña electoral en Madrid va viento en popa con una Isabel Díaz Ayuso disparada en las encuestas y no era cuestión de perder terreno respecto a su telonero Vox. Así que nada más tomar el turno de palabra, el líder conservador dio rienda suelta a su bilis contra Pedro Sánchez: “¿Usted quién se cree que es?”; “¿No se le cae la cara de vergüenza?”; “¿Cómo tiene la desfachatez de venir aquí? Un poco de respeto a la cámara”; “Viene con la chulería de un gobierno insensible e incompetente”. Si este es el estadista que dice liderar la derecha moderada de este país, apaga y vámonos. Con semejante derecha gamberra y carpetovetónica, Santiago Abascal no tiene sitio en el mercado.

Pero más allá de que la sobreactuación forme parte del manual parlamentario trumpista del principal dirigente de la oposición, habría que preguntarse qué pasó ayer para que viéramos al peor Casado que se recuerda, al Casado más brusco, áspero, tosco, basto y rudo. Dejando al margen cuestiones personales (todo el mundo tiene un mal día en casa y lo paga con el compañero de oficina) en ese análisis, sin duda, habría que incluir que las encuestas nacionales no terminan de despegar y remontar el vuelo en el PP. El líder popular es más de analizar cómo van los sondeos que sentarse a estudiar los problemas reales de España (una tarea ardua y tediosa que exige muchas horas de trabajo) y cuando las estadísticas no le cuadran, cuando los números demoscópicos no le salen, se pone furioso, monta en cólera, se remanga y acude a la Cortes como ese boxeador que necesita desfogarse en el punching-ball del gimnasio.

Otro factor que puede estar quemando por dentro a Casado es el éxito de su delfina Isabel Díaz Ayuso. La presidenta madrileña nació como juguete o pasatiempo divertido, como invento pasajero para que los españoles se entretuvieran un rato con ella y dejaran de hablar de la corrupción del PP, de Bárcenas, de la caja B del partido, de la Gürtel y la policía patriótica. Pero curiosamente ha ocurrido que la muñeca Pepona, la discípula aventajada, ha sido una puñetera bomba, un boom, y ha oscurecido a su padre y mentor, haciéndose realidad otra vez el clásico mito de Pigmalión. El Pinocho mecánico, con su gracejo innato y su habilidad para decir insensateces y burradas, va camino de cosechar mucho más éxito que el propio Gepetto, y eso ha debido despertar el recelo del jefe, que ya no ve con los mismos ojos a su pupila.

Ayuso va a ganar de calle en Madrid, según todas las encuestas, y eso es bueno para el partido pero malo para Casado, que ve peligrar su liderazgo. Es evidente que el engendro trumpista marcha solo como un androide bien engrasado e infalible, IDA se le ha ido, por decirlo de alguna manera, y esa competencia es negativa para alguien que pretende perpetuarse solo en el poder. Una vez más, aparece la frustración y el miedo, de ahí los ataques de rabia y furia incontrolables que le entran al dirigente de la oposición, que a veces se comporta como una niña del exorcista a punto de soltar un esputo verde contra Sánchez.

Y por último conviene no perder de vista un tercer factor que puede contribuir a provocar los abscesos de furor del aspirante a la Moncloa: estamos en plena campaña electoral y eso siempre es un chute de adrenalina, una droga, dinamita para cualquier político con modales populistas. Un proceso electoral transforma a todo el que se ve inmerso en él, lo cambia por completo durante un tiempo en un extraño fenómeno de Jekyll y Hyde, y Casado está pasando ahora por la fase aguda, esa en la que al paciente le salen pelos de oso, se le alargan las uñas y la voz se le vuelve animalesca y gutural. Como decimos, el mal suele ser pasajero y remite en cuanto han pasado los comicios y todo vuelve a la normalidad.

Si hay algo que un político no debe perder jamás es la compostura y en las democracias modernas y avanzadas, donde las clases medias moderadas deciden los gobiernos, todo líder que se deja llevar por la histeria y el ansia de poder está abocado a la marginalidad y al fracaso. Además, el mal es contagioso, y el lugarteniente de Casado, Teodoro García Egea, también presenta síntomas de un cuadro agudo similar. Ayer no pudo reprimirse a la hora de tildar de comunista a Yolanda Díaz y sacarse de la manga 6 millones de parados, un bulo que no se sostiene. La vicepresidenta tercera y ministra de Trabajo, que es una señora fetén, educada e inteligente que sabe mucho más de todo que el atildado secretario popular, le respondió con una elegancia poco común en la fauna política española: “Presumo que los dirigentes del PP no manipulan los datos del paro. La cifra es de 3.940.640”, y acto seguido le recordó que España solo superó la fatídica barrera de los 6 millones de desempleados en 2013, precisamente con el Gobierno de Mariano Rajoy. En ese momento, a Casado le dio otro telele que pedía pastillita y camisa de fuerza.

Viñeta: Pedro Parrilla

EL PARAÍSO DE AYUSO

(Publicado en Diario16 el 15 de abril de 2021)

Avanza la campaña electoral en Madrid con escasas propuestas para los ciudadanos y mucho ruido y mucha furia. En las últimas horas la batalla entre derechas e izquierdas se ha centrado, tal como era de prever, en los impuestos. Isabel Díaz Ayuso se siente a gusto en ese debate, ya que uno de los ejes centrales del populismo trumpista que practica es el mantra de que los madrileños soportan una excesiva carga fiscal. En realidad, lo que hace la lideresa castiza es poner en el frontispicio de su campaña electoral uno de los fetiches que en el pasado hicieron ganar elecciones al PP, pero que no deja de ser una inmensa falacia. El bulo consistente en que el sanchismo cose a impuestos a los españoles es rotundamente falso, entre otras cosas porque la carga impositiva en España sigue estando siete puntos por debajo de la media de los países europeos.

Los españoles pagamos menos impuestos que los alemanes, los franceses o los suecos y en buena medida ahí está la causa de nuestra gran tragedia como país, ya que sin una recaudación potente y redistributiva es imposible, por mucho que diga IDA, construir un Estado de bienestar fuerte y sólido. Pero la mentira va calando y seduciendo al votante mientras que el drama de la pandemia no ha servido para hacer entender a los madrileños que necesitamos mejores servicios públicos, una ciencia potente, unas ayudas sociales consolidadas. Lejos de construir esa realidad sensata, la presidenta castiza ha aprovechado la plaga para ir desmantelando lo poco que quedaba ya de Estado de bienestar.

De nada han servido las protestas de médicos y enfermeras, que vienen alertando de que la Atención Primaria está bajo mínimos, la Salud Mental sencillamente no existe (el famoso vete al médico con el que las derechas despacharon a Íñigo Errejón cuando denunció la situación crítica es la prueba más evidente) y las UCI de los hospitales se encuentran al borde del colapso. Ese es el oasis de libertad que pretende construir IDA. Una Yanquilandia de la Meseta ibérica donde el ciudadano que tiene dinero puede costearse un médico de calidad y el que viene de clase humilde está condenado a quedarse con su reuma, su caries o su catarata porque las listas de espera se eternizan ad infinitum.

Breaking Bad, la magnífica serie norteamericana creada y producida por Vince Gilligan, refleja a la perfección las consecuencias nefastas de un sistema de salud privatizado que obliga a Walter White (un profesor de química con problemas económicos a quien le diagnostican un cáncer de pulmón incurable) a meterse en el mundo de la droga y a cometer toda clase de delitos para costearse el tratamiento con quimioterapia, asegurarando además el futuro de su familia. Eso es justo lo que pretende hacer Díaz Ayuso en Madrid, fracturar la sociedad en dos, construir una pirámide de castas formada por ricos y parias a los que pronto no les quedará otra salida que ponerse a cocinar y vender metanfetamina para poder pagarse un médico.

La lideresa conduce a su pueblo no a una España dentro de otra España, como ella dice en sus disquisiciones orteguianas de medio pelo, sino a un Estados Unidos ultracapitalista dentro de una España arruinada donde lo que prima es el dumping fiscal y la iniciativa privada mientras lo público (sanidad, educación y transporte) se abandona a su suerte. Es el sálvese quién pueda, la ley de la jungla, la aniquilación total de todo tipo de Estado intervencionista, que en poco tiempo quedará reducido a la nada, tal como ya ha ocurrido en el USA post-Trump.

Indudablemente, en apenas un año Madrid ha pasado del coronavirus al “coronayuso”, una plaga neoliberal que promete dejar anémicas las arcas públicas, de modo que en breve veremos madrileños barriendo calles y recogiendo basuras ante la falta de infraestructuras públicas municipales. El pasado invierno ya tuvimos un adelanto, cuando tras el nevazo histórico el alcalde Martínez Almeida invitó a los vecinos de la ciudad a tirar de pala porque no había máquinas quitanieves suficientes para achicar el alud. Cualquier economista medianamente serio sabe que a menos impuestos menos servicios públicos, pero esa gran verdad la está ocultando IDA bajo el apasionante eslogan de “comunismo o libertad”.

Y ante la inmensa falacia de que es posible que el Metro, la Complutense y el Hospital La Paz sigan funcionando como siempre sin que nadie pague impuestos, ¿cómo reacciona la izquierda, cómo están enfrentando los partidos progresistas semejante paparrucha o falsedad que ocasiona un grave daño a las instituciones democráticas? El candidato socialista, Ángel Gabilondo, lejos de ofrecer unos servicios públicos de calidad mediante el cobro de unos tributos proporcionados (un planteamiento que está en la esencia misma de la socialdemocracia) ha sacado su lado más tibio y aguarchirle y se ha apresurado a prometer a los madrileños que no piensa subir las tasas y contribuciones urbanas. Al sosocrático filósofo del PSOE madrileño solo le ha faltado hincarse de rodillas ante las cámaras de Telemadrid, gimoteando, para rogar encarecidamente a sus paisanos que le crean cuando dice que no piensa tocar los impuestos. Ciertamente penoso.

Para un político siempre es mejor perder unas elecciones e irse a su casa que tener que claudicar de las propias ideas. Con semejante discurso derechizante da la impresión de que Gabilondo juega en el mismo equipo de Ayuso, tal es su renuncia a los principios económicos elementales de un partido de izquierdas. Al catedrático le ha destrozado la campaña, desde dentro, la ministra Montero, que posee arrestos andaluces suficientes para salir a la palestra, desautorizar al melifluo profesor y anunciar una reforma fiscal en toda regla con el fin de gravar a las rentas más altas y grandes empresas, de tal forma que el Estado pueda recaudar más dinero cada año. Sin duda, ha sido todo un tirón de orejas antológico de Pedro Sánchez, al que no le ha debido gustar el mensaje de campaña que lanzaba su apocado y tímido candidato por Madrid.

Una vez más, le guste o no al establishment socialista, han tenido que ser otros los que tomen la iniciativa. La siempre ingeniosa Mónica García, lugarteniente de Errejón, recuerda que Madrid no puede ser “la región de apadrina un millonario” (luminoso eslogan), mientras Pablo Iglesias vuelve a decir las cosas como hay que decirlas, sin subterfugios dialécticos, coartadas electorales o medias tintas. “La derecha quiere atrincherarse en Madrid para que sea el paraíso mundial libre de impuestos para los ricos”, concluye. Tal cual. No se puede explicar más con menos palabras. Sin duda, el Iglesias activista cumple mejor su papel que el Iglesias vicepresidente del Gobierno.

Viñeta: Igepzio