domingo, 2 de mayo de 2021

CAOS EN LA INDIA

(Publicado en Diario16 el 28 de abril de 2021)

Cadáveres esparcidos por las calles, hospitales atestados de contagiados, piras funerarias que no dan abasto, inmensas hogueras que dejan un resplandor de fuego y muerte en medio de la noche. El coronavirus ha convertido India en un infierno. El país acaba de superar los 200.000 fallecidos por influencia de la variante local, una mutación que ya se ha detectado en otros 17 países. Solo un dato basta para dar una idea de la magnitud de la catástrofe que se vive en aquellas tierras asiáticas: en apenas 24 horas, más de 3.000 personas han perdido la vida a causa del covid-19. La situación no es muy diferente en otros estados en vías de desarrollo como Brasil o México, donde la enfermedad amenaza gravemente a sus habitantes y a los del resto del planeta, ya que si algo nos ha enseñado esta pandemia es que más tarde o más temprano la mutación detectada en los países pobres acaba llegando también a los más ricos y desarrollados.

Es solo cuestión de tiempo que la variante india termine recalando en Europa (ya ocurrió con las cepas sudafricana y brasileña) de modo que de nada servirá el cierre de los aeropuertos, ya que el covid no conoce de fronteras y se expande por todo el mundo con una capacidad asombrosa. El virus hoy está aquí y mañana al otro extremo del planeta, lo cual nos lleva a pensar, inevitablemente, que de esta pandemia o salimos todos o no saldrá nadie. La humanidad está ante su mayor desafío de la historia (la plaga dejará secuelas todavía más nefastas que las que generó la Segunda Guerra Mundial) y aquel país que pretenda sortear la fatalidad cerrando fronteras, refugiándose en la autarquía y en la insolidaridad acabará pagando el mismo precio elevado que cualquier otro. Aislar un país indefinidamente (como proponen los gobiernos supremacistas o racistas) solo contribuirá a aumentar el “síndrome de la cabaña” entre sus ciudadanos secuestrados, un trastorno que lleva a millones a caer en el miedo a salir a la calle, miedo a contactar con otras personas, miedo a realizar las actividades cotidianas de antes como trabajar fuera de casa, tomar un tren o un autobús o quedar con amigos. Es decir, el final de la civilización humana tal como la conocemos.

Solo si la comunidad internacional se une en un esfuerzo coordinado, no solo sanitario sino también logístico y económico, podremos llegar a vencer al virus algún día. De nada servirá que la opulenta Europa se salve ahora si mañana le llega una nueva ola mutante del norte de África. ¿Qué hacemos entonces? ¿Levantamos muros contra los inmigrantes y los agentes patógenos, como proponía el ínclito Donald Trump? Es completamente absurdo, el virus se mueve a una velocidad cuántica, portentosa, y es capaz de colarse por cualquier rendija por pequeña que esta sea. Para el gran filósofo y lingüista Noam Chomsky, la primera conclusión que debemos extraer de esta pandemia es que nos encontramos ante “otro fallo masivo y colosal de la versión neoliberal del capitalismo”, que en el caso de Estados Unidos está agravado por la naturaleza de los “bufones sociópatas que han manejado el Gobierno”.

Es decir, si no aprendemos la lección, si no reforzamos la Sanidad pública, si no invertimos en fortalecer el escudo de protección social, la próxima vez que ocurra algo parecido será todavía peor. Cada día parece más evidente que el virus está jugando una partida de ajedrez a vida o muerte contra el ser humano. El premio final: la hegemonía del planeta. Si echamos la vista atrás en el tiempo, veremos que la historia de la Tierra siempre fue la de una especie animal que logró imponerse a las demás en la dura carrera competitiva impuesta por la selección natural y que finalmente, por una razón u otra, terminó extinguiéndose y dando paso a otro sucesor o heredero que ocupó su lugar. Los dinosaurios son el mejor ejemplo de ese fenómeno evolutivo.

Tras la epidemia de SARS de 2003, la naturaleza nos dio un serio aviso o toque de atención. Los científicos alertaron a sus gobiernos de que vendrían otras pandemias, otros virus mutantes todavía más terribles, de manera que exigieron medidas de prevención inmediatas para contrarrestar el cataclismo que se avecinaba. Nada se hizo y ahora nos vemos en medio de esta pesadilla que promete no acabar nunca. Hoy mismo, los expertos alertan de que las vacunas de BioNTech y Pfizer necesitarán una tercera dosis a los nueve meses o como máximo al año de la segunda para terminar de inmunizar frente al coronavirus. Es decir, las vacunas son armas esenciales en la batalla contra el covid, pero no van a conseguir erradicar la epidemia, al menos de momento. Otro dato que resulta estremecedor es que la variante india es mucho más infecciosa y letal que las anteriores y ni siquiera sabemos si las vacunas resultarán eficaces para frenar su avance.

Y luego está la delicada cuestión económica. Vivimos en un mundo globalizado en el que todo está interconectado. Lo que pasa hoy en el mercado de Nueva York repercute en unas pocas horas en Japón. Y un planeta con inmensas bolsas de pobreza y desigualdad está irremediablemente abocado a la parálisis, la recesión, la crisis y la guerra. Las estadísticas nos dicen que hasta en las economías más avanzadas se detectan mayores tasas de mortalidad por covid-19 entre los grupos marginados que viven en los barrios pobres.

Cada día parece más evidente que si queremos salvar nuestro modo de vida tenemos que cambiar de raíz el modelo productivo capitalista basado en el colonialismo empresarial y la sobreexplotación de los recursos que agravan el cambio climático, origen de nuevas pandemias. Por tanto, la idea ampliamente difundida por los gobiernos de que estamos cerca del final, cerca de derrotar al virus, es tan solo un espejismo, cuando no un engaño más. La batalla no está ganada y va a ser larga y dolorosa. Ningún país podrá salir de esta por sí solo. Únicamente si la humanidad se une frente a este poderoso enemigo tendremos una esperanza de supervivencia como especie.

Viñeta: Igepzio

MÓNICA GARCÍA

(Publicado en Diario16 el 28 de abril de 2021)

A Díaz Ayuso le ha salido una peligrosa competidora. Mónica García, la candidata de Más Madrid a las elecciones del 4 de mayo, se está mostrando como una adversaria dura de roer y las últimas encuestas marcan su tendencia al alza y en progresión imparable. Mientras el metafísico Ángel Gabilondo pierde fuelle en esta recta final de campaña, García va arañando puntos, lo cual demuestra que a fuerza de trabajo y de una estrategia clásica, casa por casa, se está granjeando las simpatías de no pocos madrileños con anhelos de cambio. ¿Dónde está el secreto de esta anestesióloga cuya figura política parece subir como la espuma, según los últimos sondeos? Varios factores explicarían su auge y tirón entre los potenciales electores del bloque progresista madrileño.

Para empezar, García viene de abajo, de las urgencias de los hospitales donde muere la gente infectada por el coronavirus, de la trinchera de nuestra maltrecha Sanidad pública. Tras la pandemia, los españoles han empezado a valorar la importancia de contar con infraestructuras sanitarias modernas y de calidad. Es cierto que hasta hace unos años España poseía uno de los sistemas de salud estatal más potentes y fortalecidos del mundo. Desgraciadamente, todo eso ya es pasado y basta con pararse a charlar un rato con un médico o una enfermera para constatar que la red asistencial ha colapsado, en buena medida tras largos años de privatizaciones emprendidas por los gobiernos regionales del Partido Popular. Al PP nunca le ha interesado mantener el Estado de bienestar, eso es un hecho avalado por los datos, la prueba de ello es que Mariano Rajoy empezó a meter tijera con los recortes por donde no tocaba: por la Sanidad y la Educación.

Mónica García ha hecho bandera de la lucha de todos los ciudadanos de este país por salvar su Seguridad Social, su salud, una conquista de nuestros padres que los diferentes gobiernos conservadores han tratado de arrebatarnos. El activismo pragmático y nada utópico de la candidata de Más Madrid ha calado en buena parte de la sociedad madrileña. García plantó cara al todopoderoso consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, el aznarista Lasquetty, y a su infame plan que preveía un recorte del presupuesto sanitario del 7 por ciento, así como la privatización de no pocos servicios hospitalarios. La activista García, al frente de su pequeña pero combativa Asociación de Facultativos Especialistas de Madrid (AFEM), estuvo codo con codo en las manifestaciones y mareas blancas, en los encierros, en las concentraciones y actos de protesta que se llevaron a cabo en los peores años del austericidio marianista. Y esa pelea continua, desde abajo, está siendo valorada hoy por el votante de izquierdas necesitado de referentes.

Pero además García encarna como nadie el perfil de mujer progresista, trabajadora, feminista y concienciada con los problemas y males de su tiempo. Si la izquierda tiene una tarea pendiente para las próximas décadas, esa es la culminación de la conquista de los derechos de la mujer. Por esa razón, frente al antifeminismo de la derecha ayusista que pacta con los machistas patriarcales de Vox, García se revela como un antídoto eficaz. En estas elecciones autonómicas todos nos jugamos mucho: nos jugamos que la extrema derecha vuelva a ocupar el poder; nos jugamos que el Estado de bienestar termine de ser liquidado; y sobre todo nos jugamos que la mujer no dé un solo paso atrás en su secular batalla por la igualdad.

Miles de madrileñas están deseando que llegue la hora de votar para decirle “no” al trumpismo castizo de Díaz Ayuso, que se ha mostrado tolerante y pactista con Vox, un partido negacionista de la violencia contra la mujer. Al igual que Donald Trump perdió buena parte de la Casa Blanca gracias a la movilización feminista del Me Too en coordinación con las minorías del Black Lives Matter, Ayuso puede tener un serio problema el 4M si finalmente las mujeres van a votar en masa para defender sus derechos frente a ideologías franquistas que pretenden retroceder ochenta años en el tiempo, hasta lo peor de nuestra dictadura, cuando el hombre trataba a su esposa como un objeto, un mueble o una res de su propiedad.

El feminismo puede ser la tumba del fascismo, pero Mónica García no solo habla para la mujer. Su discurso sobre políticas reales muy alejado de esa progresía utópica que se ha quedado en el eslogan facilón y polarizado de “democracia o fascismo” (tal como pretende Ayuso en una trampa maquiavélica) entronca a la perfección con la nueva izquierda que se abre paso en todo el mundo. Una izquierda que habla para la gente que tiene problemas en su día a día; una izquierda para el jubilado al que no le llega la pensión; una izquierda para el enfermo que no puede costearse un tratamiento; una izquierda para el inmigrante al que la extrema derecha pretender sacar del país de una patada en el trasero.

Sin duda, a Ayuso le ha salido un grano en cierta parte de su cuerpo con esta mujer que ha llegado desde abajo para renovar caras e ideas en ese rojerío instalado y acomodadiza que últimamente vivía más del cuento y del ensayo teórico que de proponer políticas para mejorar la vida del pueblo. A García tenemos que seguirla de cerca porque todo lo que dice y cómo lo dice (su ingenio para el gag o el zasca se ha hecho ya famoso en todo el país) transmite muy buenas vibraciones. Puede que no gane estas elecciones (aunque Más Madrid va disparado en las encuestas) pero no cabe duda de que la derrota de Ayuso, algún día, vendrá de su mano.  

sábado, 1 de mayo de 2021

LA GRANJA DE POLLOS

(Publicado en Diario16 el 28 de abril de 2021)

Beatriz de Vicente, la abogada y criminóloga de cabecera de La Sexta, relató ayer, con todo lujo de detalles, su experiencia traumática con el coronavirus y cómo el bicho la llevó al borde de la muerte. Pero más allá de su testimonio impactante desde el punto de vista humano (que debería hacer reflexionar a los negacionistas y seguidores de la secta Bosé) sobrecoge escuchar a alguien que se vio obligada a pasar horas agónicas en el hospital Zendal, el supuesto buque insignia de la privatizada Sanidad de Isabel Díaz Ayuso. “Aquello es una granja de pollos”, dijo descarnadamente De Vicente.

Solo alguien como ella que ha estado ingresada en el castillo del terror de IDA y ha vuelto de ultratumba para contarlo en un programa de máxima audiencia como Más vale tarde, de Mamen Mendizábal, puede darnos una idea de lo que es aquel sórdido lugar sacado de una novela gótica de Stephen King. Cientos de pacientes hacinados, uno tras otro, como en una granja de producción industrial; largos paseos para ir al baño con riesgo de caídas; y una falta absoluta de intimidad que obliga al ingresado a “mirar para otro lado” para no tener que contemplar una escena dramática a vida o muerte del compañero encamado de enfrente, son solo algunas de las penosas condiciones sanitarias que relata la letrada colaboradora habitual del presentador sucesero Manu Marlaska. “Entre un paciente y otro hay apenas una cortinilla que los separa, como en aquellos hospitales de posguerra”, describe la criminóloga. Sobrecogedor.

Ayuso ha llevado su delirio guerracivilista demasiado lejos, hasta tal punto que se ha permitido construir un mastodóntico y gris hospicio victoriano del siglo XIX, no un hospital moderno y avanzado, que era lo que tocaba, y si por ella fuese habría colocado a monjitas de la Caridad ataviadas con la cofia o cornette en lugar de enfermeras, para darle más dramatismo y sabor de época a la cosa. 

Hablamos de una excéntrica presidenta regional que ha mostrado su pasión por el pasado y que pretende devolver a los madrileños a 1936 para hacer valer su épico eslogan “comunismo o libertad”. Desde que comenzó la campaña electoral, en el Madrid de Díaz Ayuso se respira un ambiente prebélico (milicianos contra falangistas, cedistas contra frentepopulistas, neoliberales contra anarquistas vallecanos) y en cualquier momento MAR contrata a un doble de Franco, lo monta en un caballo (dando vida a la estatua ecuestre de José Capuz) y lo hace desfilar por La Castellana abriendo paso con su Guardia Mora. Así se habrá consumado la mayor farsa de la historia de España, que consiste en propagar el bulo de que los rojos bolcheviques han vuelto para proseguir con la quema de iglesias, el ateísmo atroz y la restauración marxista. O sea la conspiración judeomasónica de toda la vida con la que el Caudillo ganó la guerra y Ayuso va a ganar unas elecciones trascendentales.   

IDA y su asesor aznarista en la sombra sufren un delirio de añoranza que les lleva a querer recrear el Madrid convulso de aquellos años treinta. No pueden evitarlo, a fin de cuentas son nostálgicos, se han quedado enganchados a aquella época de tragedias y guerras y eso se nota en la austeridad funcional de la nueva arquitectura madrileña, en el carácter fascistoide de los edificios del postrero Movimiento Nacional ayusista. Y así, al igual que Mussolini ordenó construir el Colosseo Quadrato –gran emblema del fascismo italiano–, y Hitler levantó la Casa del Arte –entre otros grandes edificios del nacionalsocialismo–, Ayuso ha querido dejar su impronta también, su huella para la historia, en un hospital con claras reminiscencias de su régimen personalista entre folclórico, cañí y facha.

Todo en el Zendal recuerda a aquellas construcciones fastuosas de Albert Speer, el arquitecto del Tercer Reich, desde los materiales sin vida, el colosalismo y la megalomanía con la que está concebido el hospital (ocupa una extensión de más de 80.000 metros cuadrados, de modo que pequeño no es) hasta la sensación de frialdad, desolación e inhumanidad que transmiten sus muros y que lleva a todo aquel que ha pasado por allí a sentirse oprimido, angustiado, asfixiado, no tanto por los efectos pulmonares de la neumonía coronavírica, sino como consecuencia de haber pasado por la experiencia que reduce a la persona a la condición de ser aplastado por el Estado, de ente despojado de su esencia auténticamente humana, de su individualidad, de su dasein, que diría Heidegger. Porque el hospital de Díaz Ayuso podrá curar las enfermedades del cuerpo como el covid-19 (si hay suerte y equipos de respiración asistida suficientes) pero sin duda enferma el alma, como le ha ocurrido a Bea de Vicente, que jamás podrá olvidar su paso por aquella macabra institución, antesala de un infierno de soledades y miedos.

Con el tiempo, las escuelas de arquitectura de todo el mundo estudiarán el fenómeno Zendal como esa “granja de pollos” para personas a la que se refiere la popular criminóloga de La Sexta y que recuerda el novelón de Orwell en el que los animales eran recluidos en barracones de exterminio y tratados como esclavos en cámaras de tortura, o sea víctimas de un Estado totalitario.

Lo que cuenta Beatriz de Vicente, su experiencia al borde de la muerte, resulta espeluznante, pero aún lo es más cómo describe la clínica ayusista del doctor Mengele donde se trata a los pacientes como puro ganado, como cobayas, como números o expedientes a granel. Escuchando a la abogada no extraña los testimonios de otros que al igual que ella pasaron por aquel extraño lugar y que imploraron y rogaron y pidieron que no los llevaran allí, al Zendal no por favor, a cualquier otro sitio, a ser posible a un hospital de verdad como los de toda la vida. Lamentablemente, Ayuso entiende la Sanidad pública como una Feria de Fitur, industria, beneficios y rentabilidad, y además se ha fascistizado tanto después de tantas horas de reuniones y contactos con Rocío Monasterio y el jefe Abascal (el fascio redentor se pega como el virus) que ya no escucha a los madrileños cuando le piden centros sanitarios bien dotados de medios y personal. O sea, una Sanidad pública de calidad y sobre todo mucho más humana.

Viñeta: Igepzio

EDMUNDO

(Publicado en Diario16 el 27 de abril de 2021)

Edmundo Bal es el quiero y no puedo de esta campaña electoral. El candidato de Ciudadanos se esfuerza en aparentar que su proyecto sigue siendo trascendente, que el espídico mundo naranja continúa siendo decisivo para el futuro gobierno de Madrid. Lamentablemente para él, su misión de salvar la bisagra se antoja un imposible, ya que tras las últimas semanas de descalabros, transfuguismos y deserciones, el de Inés Arrimadas se ha convertido en un partido zombi. O como muy bien dijo la fina analista Verónica Fumanal: son como los de la película Los otros, están muertos y ellos no lo saben.

Sin embargo, pese al papelón de comparsa importante que se ve obligado a interpretar, Bal lo intenta todo poniéndole garra, entusiasmo, ilusión. Embarcarse en la aventura de tratar de convencer al electorado de que un edificio en ruinas todavía puede servir para algo no deja de tener su mérito. Y en esas está el bueno de Edmundo, que es un pobre de votos al que todavía le dejan jugar en el selecto club de los ricos.

La cosa empezó torcida cuando a algún spin doctor adelantado a su tiempo se le ocurrió que “Madrileños por Edmundo” podía ser un buen lema de campaña. ¿Qué demonios se quería ofrecer al votante conservador con semejante lema, consigna o spot publicitario? Si lo que se pretendía era hacer una gracieta o juego de palabras para llamar la atención, craso error. No está el país para bromas y mucho menos para partidos cuya principal promesa electoral es una paronomasia, un tuit más o menos ingenioso o sopa de letras que en el fondo nadie sabe lo que significa. Y si de lo que se trataba era de hacerle la publicidad gratis a un programa de televisión sobre viajes para ser entrevistado en un helicóptero o colgado de una montaña por el Jesús Calleja de turno, mal también como estrategia política. En un momento en que una señora como Ayuso promete épica, cruzada y rock and roll con un eslogan mucho más apasionante y romántico como “comunismo o libertad”, se antoja nefasta la elección del líquido lema de campaña elegido por los naranjas.

El resultado de la desesperada estrategia es un candidato efímero puesto ahí por Arrimadas para cumplir con el expediente de defunción de Ciudadanos, un hombre de trámite como Bal que va a la deriva sobre su tabla de salvación en el tempestuoso océano de la política española (esa perilla algo desaliñada le confiere cierto aspecto de triste y solitario Robinson Crusoe). Edmundo bracea como un náufrago sin rumbo mientras Albert Rivera, el capitán que saltó del barco antes de que se hundiera y las ratas salieran por la borda, ya busca nuevas ínsulas siguiendo el rastro de la gaviota del PP.  

Bal puede caer más o menos simpático en su papel de motero enrollado y de vendedor del crecepelos de la moderación y el centro (un producto que ya no compra nadie porque estamos en plena polarización o enfrentamiento guerracivilista entre bloques antagónicos), pero no engaña a nadie. Él se afana por convencer al votante de que Cs sigue siendo un partido útil, necesario, imprescindible, cuando la realidad es otra muy distinta: ha quedado como mero animador sociocultural o telonero en las refriegas entre Pablo Iglesias y Rocío Monasterio, los dos que se atizan de lo lindo, tal como demanda el personal radicalizado en las redes sociales.

Da la sensación de que Bal es como ese jugador de fútbol al que sacan a la cancha en los minutos finales de la basura, cuando el equipo va perdiendo y todo el pescado está vendido. Un central descolocado, desubicado, en tierra de nadie mientras el rival se divierte con el chorreo de la goleada y la victoria. En medio de esta cruenta guerra de trincheras entre derechas e izquierdas, en medio de este revival guerracivilista que está viviendo España, Edmundo Bal no deja de ser como aquel Charlot de Armas al hombro que iba de acá para allá sin saber muy bien qué pintaba allí ni a quién disparar.

No se puede negar que Edmundo sea un demócrata. Al fin y al cabo, como pacifista pide paz y amor y que rojos y fachas dejen de pelearse entre ellos. Pero todo es puro postureo porque cuando estalla la guerra siempre está con unos más que con otros, o sea con los mismos de siempre, con los amos del cortijo que son los que cortan el bacalao. Al hombre le da asco el cartel de Vox contra los menas pero sigue hablando y negociando con Abascal; dice sentirse muy preocupado por el enrarecido clima político que vive el país pero no renuncia a ser muleta de la extrema derecha, no solo en Madrid, sino también en Andalucía y Murcia; y asegura detestar el fascismo pero no es partidario de colocarle un cordón sanitario a los ultras, porque entonces se le acaba el chollo.

Él se define como antifascista pero sustenta el fascismo en todo el país; se autoproclama defensor de las esencias del centrismo suarista pero va de la mano de los nostálgicos del régimen anterior. Todo en Bal es errático y flagrante contradicción, un mal que ha terminado por destruir a Ciudadanos.

Lo de Edmundo no es que sea equidistancia y tolerancia con el nazismo, sino oportunismo trepa, y el votante ha terminado por verle el plumero a él y a sus compañeros naranjas, que hoy están aquí y mañana allí, como Toni Cantó, que ni es de izquierdas ni de derechas, sino del que le dé de comer. Con semejante veletismo imprevisible no se puede hacer política coherente y sensata porque las ideas acaban reducidas a pura mercadería, a falsa moneda, a objeto de trueque y contrabando. Ideas a cambio de despachos y sillones; ideas a cambio de carguetes; ideas a cambio de traiciones y sueldos. Esa es la democracia mercantilista que propone Cs. Tal como se preveía, Bal está pasando sin pena ni gloria por esta campaña electoral. Ha perdido el crédito y seguramente perderá el escaño, quedando fuera del Parlamento regional, que es tanto como acabar en el vertedero de la historia. A Edmundo lo ha calado todo el mundo.

Viñeta: Pedro Parrilla

LA TRAMPA

(Publicado en Diario16 el 27 de abril de 2021)

La encuesta que publica hoy Metroscopia para el diario El País da una clara ventaja a Isabel Díaz Ayuso, que dobla sus resultados de 2019 aunque necesitaría a Vox para gobernar. Por otra parte, el PSOE empeora sus datos (quedaría por debajo del 20 por ciento de los votos) e incluso se enfrenta a la sombra del sorpasso a manos de Más Madrid, el partido de Íñigo Errejón que parece haber acertado colocando a Mónica García como cabeza de cartel. A bote pronto, la primera conclusión que se desprende de este sondeo demoscópico (insuficiente para los intereses de la izquierda) es que la polarización de la campaña electoral en dos bloques fratricidas y antagónicos –cedistas y frentistas populares– beneficia a los partidos pequeños y se cobra una primera víctima colateral: Ángel Gabilondo.

Ayuso ha planteado una campaña electoral maniquea, casi un plebiscito sobre su persona donde se trata de elegir entre susto o muerte, entre buenos y malos, entre comunismo o libertad. A la lideresa castiza nunca le ha interesado confrontar en el terreno de los datos, los números y la gestión de sus políticas (donde se ha confirmado que es una auténtica calamidad), de ahí que la única salida airosa que le quedaba para revalidar el trono de Puerta de Sol era plantear unas elecciones en clave sentimental, apelando al corazón y la víscera y obligando a los madrileños a elegir entre ella y el caos bolchevique. Por supuesto, detrás de esa estrategia maquiavélica está MAR, el Rasputín en la sombra de Ayuso que a fin de cuentas es la mano que mece la cuna.

Por tanto, el PP optó por la propaganda goebelsiana (repetir una y mil veces una mentira hasta que se termine convirtiendo en realidad) y finalmente el escenario distópico se ha materializado, hasta tal punto que por momentos parecía que estábamos otra vez de vuelta en 1936 en un extraño fenómeno de déjà vu histórico que ha arrastrado a toda la sociedad madrileña. El ambiente guerracivilista que se ha instalado en Madrid en las últimas semanas (propagado por PP y su fiel aliado Vox, que ha cumplido a la perfección con su papel de gran agitador social) ha tenido varios momentos álgidos o culminantes: la batalla campal en Vallecas (escenificación de una guerrita civil bien dirigida por el tramoyista Abascal, todo un experto incendiario que sabe cómo prender la mecha al polvorín); el infame cartel contra los menores inmigrantes que el partido ultra colgó en el Metro de Madrid; y el debate en la Cadena Ser moderado por Àngels Barceló que terminó como el rosario de la aurora, con insultos y descalificaciones y la espantada de Pablo Iglesias de la mesa de candidatos, que fue tanto como abandonar la trinchera y dejarla en manos de los fascistas. 

El epílogo magistral de la farsa bien urdida por las derechas, el final a la eficaz performance ayusista que ha terminado por hacer creer a los madrileños que estaban a las puertas de otro 36 con posible quema de conventos y pistolerismo político, ha sido el misterioso episodio de las balas y las cartas amenazantes recibidas por Iglesias, el ministro Marlaska y María Gámez, así como la navaja ensangrentada remitida a la ministra de Comercio, Turismo e Industria, Reyes Maroto. Tales sucesos han venido a añadirle color al falso escenario de cartón piedra muy bien montado por MAR, y la izquierda ha vuelto a caer de lleno en la pantomima al considerarse víctima del supuesto pistolerismo fascista.

Las advertencias mafiosas con balas y facas (graves sin duda, pero que deberán ser esclarecidas por la Policía) han terminado por desatar una especie de gran fiebre histérica colectiva, de modo que por momentos parecía que los engominados y bigotudos camisas azules falangistas bajaban por la calle de Alcalá empuñando sus pistolones y dispuestos a darle el paseíllo a los rojos. Nada de esto ha beneficiado a la izquierda ni ha puesto en peligro la hegemonía de Ayuso en las encuestas. Más bien al contrario, ha reforzado a la presidenta, como demuestra su última confiada declaración a la prensa al respecto de los turbios sucesos gansteriles: “Todos recibimos amenazas y no hacemos circos; yo estuve en una lista yihadista”. Lo que faltaba para terminar de completar la mascarada: IDA objetivo de las huestes de Bin Laden. Así la presidenta queda definitivamente como la heroína de Chamberí llegada para defender la libertad ante cualquier tipo de totalitarismo, ya sea el rojo o el de la chilaba.

La cínica arrogancia de la candidata popular viene a demostrar que el plan de MAR va por buen camino y que además a Génova le sonríe la suerte, ya que la Policía acaba de descubrir que la navaja rebozada en sangre y remitida a la ministra Maroto no la envió ningún nazi golpista, sino un perturbado (en realidad la investigación no se antojaba tan compleja, ya que el propio loco había rubricado el sobre con su nombre y dirección, de tal manera que era cuestión de ir a su casa, ponerle los grilletes y caso cerrado). A expensas de que se aclare quién remitió las balas, el esperpéntico final de esta bufonada tampoco beneficia a las izquierdas.

Es evidente que el 4M tocaba poner la sordina a los grandes problemas y asuntos que preocupan a los madrileños: la pandemia que IDA no ha sabido controlar, la Sanidad pública que se cae a trozos, las privatizaciones que están acabando con el Estado de bienestar y la corrupción galopante de los fulanos de la Gürtel, todavía activa. Al fijar el terreno en lo sentimental, en lo nacionalista y emocional, opacando la realidad, MAR creó un universo alternativo. A partir de ahí, que jugara la izquierda. Y la izquierda jugó. El bloque progresista aceptó el envite de Ayuso y cayó de lleno en la trampa, oponiendo al célebre eslogan popular de “comunismo o libertad” otro no menos sensacionalista como “fascismo o democracia” que no ha traído nada bueno a la causa izquierdista.

La prueba de que Gabilondo, un hombre racional y de natural templado, ha entrado al trapo en la película de ciencia ficción que le proponía el PP madrileño es que en el debate de Telemadrid pidió el voto para los partidos de izquierdas, sea cual fuere, descapitalizando las expectativas electorales de los socialistas (recuérdese su desesperado “Pablo, Mónica, tenemos doce días para ganar las elecciones”). Obviamente, si le haces propaganda al competidor, la clientela se te acaba yendo al bar de enfrente.

Entrar en la campaña polarizante ha resultado un fiasco para el PSOE, que sufre una fuga de votos hacia Más Madrid y la consolidación de Unidas Podemos. Sin duda, Gabilondo paga el desgaste de haber jugado alegremente a las batallas guerracivilistas, un tablero donde las derechas se sienten cómodas y las izquierdas se pierden. Y fíjate tú que cuando empezó todo esto el hombre tenía claro cuál debía ser su estrategia a seguir: discurso moderado y kantiano, hablar de la pandemia y dejarse de extremismos y de esos supuestos falangistas armados hasta los dientes que, de momento, no se ven por ningún lado.

Viñeta: Pedro Parrilla

 

LA VIOLENCIA

(Publicado en Diario16 el 27 de abril de 2021)

Se queja el eurodiputado de Vox Jorge Buxadé de que Moncloa todavía no haya condenado los ataques de la extrema izquierda ocurridos en el pasado mitin ultraderechista de Vallecas. “Seguimos esperando una condena por parte del PSOE, que es el responsable de que el comunismo esté en el Gobierno de España”, asegura. Y añade: “No vamos a admitir ninguna lección de democracia ni de Pedro Sánchez, ni de los tertulianos”.

Ahora bien, ¿es cierta esa afirmación, es verdad que el Ejecutivo de coalición condena la violencia cuando viene de manos del terrorismo fascista pero guarda silencio cuando es la extrema izquierda la que la promueve, o nos encontramos ante el enésimo bulo del partido de Santiago Abascal? Más bien esto último, y basta con echar un vistazo a la hemeroteca para contrastarlo. Así, apenas unas horas después de la batalla campal en la Plaza Roja vallecana, la ministra de Defensa, Margarita Robles, sostenía que “ningún tipo de violencia tiene cabida en ningún sitio”. La titular del departamento pudo guardar silencio, mirar para otro lado, buscar artificios retóricos o envolverse en una bandera con la hoz y el martillo para negar la evidencia, pero fue honesta a la hora de defender que nuestro país aspira a ser “una sociedad tolerante, en convivencia y en paz, en la que cada uno pueda tener sus ideas respetando a los demás”.

Apenas unos días antes, Carmen Calvo había dado otra lección magistral de democracia. La vicepresidenta primera fue preguntada por la prensa acerca de los incidentes y altercados provocados por grupos anarquistas y de extrema izquierda durante las protestas por el encarcelamiento del rapero Hasél y dio su versión sobre el terror como arma política: “La libertad de expresión no puede amparar la promoción de delitos y actitudes violentas. No se puede jalear lo que acaba en odio y en violencia. Esto parece una cuestión de sanidad democrática”. Más claro agua. En cuanto al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, su postura respecto a la confrontación civil, venga de donde venga, también quedó meridianamente clara: “La violencia es inadmisible en una democracia y el Gobierno garantiza la seguridad”.

Queda claro, por tanto, que no es lo mismo la izquierda democrática que la extrema derecha franquista, por mucho que el señor Buxadé se empeñe en meter a todos los partidos en el mismo saco para alimentar el odio, la confusión y el totum revolutum con el que Vox pretende intoxicar a la sociedad española hasta crear un clima político irrespirable. La pasada semana, cuando Rocío Monasterio se sentó frente a Pablo Iglesias en los estudios de la Cadena Ser para participar en el debate de candidatos moderado por Àngels Barceló, perdió una gran oportunidad de demostrar que Vox es algo más que un partido populista de extrema derecha (tal como lo califican los buenistas de la democracia que abogan por darle voz en las instituciones) o grupo neonazi (como dicta la lógica tras esa infame pegada de carteles racistas de propaganda electoral en el Metro de Madrid).

Cuando Iglesias se dirigió a la candidata de Vox a la Presidencia de la Comunidad de Madrid para pedirle que condenara explícitamente el envío de balas de fuego y cartas amenazantes contra él y otros miembros del Ejecutivo de coalición, la respuesta de Monasterio fue justo la opuesta a la que hubiese dado cualquier demócrata decente y de bien: “Yo de Pablo Iglesias me creo poco. Creo que todos los españoles, cada vez que vemos algo que dice Iglesias lo ponemos en duda”. Es decir, de nuevo el negacionismo de la realidad, el mensaje guerracivilista y la apología de la violencia contra el rival político, en este caso el líder de un partido de izquierdas que concurre legítimamente a unas elecciones.  

A estas alturas de la historia ya ha quedado acreditado que el gran programa político nacional de Santiago Abascal consiste en transportar a los españoles en el tiempo y conducirlos hasta los años 30 del pasado siglo, a las puertas de nuestra sangrienta confrontación civil. El Caudillo de Bilbao pretende hacer creer al país que una revolución soviética está próxima, como en el 34; que los rusos, chinos y venezolanos, bajo la batuta de Sánchez, preparan una nueva invasión roja para convertir España en un estado satélite del comunismo; y que el Parlamento está infestado de diputados socialistas, republicanos y podemitas que andan por ahí con la pistola en la sobaquera, en plan Indalecio Prieto, cuando aquí el único que va armado es él con su frío hierro Smith and Wesson. Es decir, un delirio formidable, una perfecta chifladura, una auténtica paranoia. A Abascal jamás lo veremos debatir sobre los números, las cifras de la pandemia o los fondos europeos porque como buen dirigente de un partido fascista ellos no están aquí para limitarse a hacer política y resolver los problemas del país, sino para hacer historia, como diría Sánchez Ferlosio (en este caso historia de la mala, le faltó decir al maestro).

El gran proyecto político de Abascal consiste en el retorcimiento cuántico del espacio tiempo y retroceder en el pasado hasta aquella España analfabeta, feudal y tercermundista donde se quemaban conventos, los colectivistas agrarios de la famélica legión se levantaban en armas y los pistoleros de la falange y los marxistas del POUM se retaban al amanecer en las calles de Madrid para resolver sus cuitas a tiro limpio. Oh, qué nostalgia del pasado brutal y salvaje, qué maravilla de época sangrienta, debe pensar el presidente de Vox sobre aquellos años trágicos que él añora.

La primera fase del proyecto ultra, esa que consiste en presentar a los mártires voxistas como víctimas de la horda roja ya ha comenzado. Luego llegará la segunda parte (acción/reacción), siguiendo el viejo manual joseantoniano. Por esa razón, en Vox jamás condenarán la violencia de las armas, el morbo de las balas y las maniobras cuarteleras, ya que eso sería tanto como traicionar la hoja de ruta del franquismo posmoderno y los principios en los que se funda su nuevo Movimiento Nacional que ahora ellos llaman “guerra cultural” por disimular, por reciclar la basura ideológica supremacista para hacerla más seductora a ojos de las masas y para que no se note demasiado que son los nazis de toda la vida, lo cual siempre es malo para el negocio de las urnas porque espanta a las clases medias, decisivas en toda victoria electoral. En realidad, es lo mismo que ocurría cuando ETA mataba a un policía o a un concejal y HB buscaba cualquier eufemismo o coartada para no condenar la violencia contra el enemigo español. Va a ser cierto que los extremos se tocan. Bien mirado, a medida que avanza esta campaña sucia y cainita, a Abascal se le está poniendo una cara de Otegi que tira para atrás.

Viñeta: Igepzio

EL CISNE NEGRO

(Publicado en Diario16 el 26 de abril de 2021)

El debate en la Cadena Ser ha sido el cisne negro o acontecimiento inesperado que ha terminado por reventar la campaña electoral en las elecciones madrileñas. Ya no se habla de la pandemia, ni de Sanidad, ni de las ayudas europeas para reflotar la maltrecha economía española, sino de las balas de fuego que los terroristas ultras están enviando a cargos públicos de la izquierda, de tal forma que el eje de la confrontación política se ha situado en una sola idea: democracia o fascismo.

Al levantarse de la mesa en protesta contra las provocaciones de Vox –mientras Àngels Barceló le rogaba encarecidamente que no se marchara del estudio–, Pablo Iglesias abría la puerta a una nueva dimensión en la política española. La consecuencia inmediata de su retirada es que TVE y La Sexta han anunciado que no habrá más debates, de manera que Vox ya tiene lo que quería: un apagón informativo en toda regla, un pronunciamiento mediático para que no se hable de los problemas reales de Madrid, la España a oscuras con la que sueña todo nostálgico del régimen anterior.

La extrema derecha no se mete en política para mejorar la democracia, sino para destruirla. Si las cadenas de televisión se dejan amedrentar por el clima de terror que pretenden instaurar los violentos que envían balas amenazantes a los demócratas, como en los peores tiempos del escuadrismo falangista, estamos perdidos sin remedio. Se acabó la política, se acabó la democracia, se impone la dictadura del miedo. Iglesias hizo lo que le ordenó su conciencia en ese momento y tan legítimo era quedarse y debatir con Rocío Monasterio como largarse siguiendo la célebre máxima de Durruti, esa que dice que con el fascismo no se dialoga, se le combate. 

Los puristas de la izquierda le afean al ex vicepresidente del Gobierno que desertara del debate, dejando el campo libre y expedito para que los ultras camparan a sus anchas, pero el líder de Podemos estaba en su perfecto derecho a hacerlo. No debe ser agradable sentarse a charlar cara a cara con quien no condena a los matones que unas horas antes te han envido una bala con una carta amenazante que reza: “Tu tiempo se agota”. Sin embargo, los equisdistantes están convencidos de que ausentarse del debate es darle armas al nazismo. ¿Cómo pueden saberlo? Si el ser humano lleva siglos intentándolo todo inútilmente contra la bestia, contra el Ur-Fascismo o fascismo eterno del que habla Umberto Eco, ¿cómo pueden estar tan seguros los papistas de la democracia contemporánea (esos que piensan que el ultraderechista tiene derecho a expresarse libremente como cualquier otro hijo de vecino) de que la mejor arma para derrotar al totalitarismo fascista es quedarse quiero y mirar para otro lado?

El monstruo al que nos enfrentamos es mucho más astuto y fuerte de lo que pensamos, tanto que es capaz de darle la vuelta a la realidad hasta hacernos creer que el culpable de la violencia es el demócrata que está contra ella. No hay fórmulas mágicas para vencer al engendro y tanto aislarlo como hacerle frente son posibles opciones. Cuestión distinta es las consecuencias políticas que puedan derivarse de la decisión de levantarse de la silla y dejar con la palabra en la boca al facha. Si te quedas a debatir puedes desmontarle las mentiras y bulos con datos; si abandonas la primera trinchera, la de la confrontación dialéctica, corres el riesgo de que otro la ocupe en tu lugar. Pero en cualquier caso, no se puede poner ni un solo reparo a la decisión que tomó Iglesias. Es coherente, es decente y es lo que merecía la envarada y cínica Monasterio.   

Con todo, la que no se expuso a ningún riesgo electoral en el programa de Ángels Barceló fue Isabel Díaz Ayuso. Solo ella sabe por qué declinó a última hora su participación en el debate de candidatos. Y aquí es donde se plantea la gran incógnita: ¿disponía la lideresa castiza de información privilegiada sobre lo que podía pasar allí aquella mañana? ¿Le había llegado la onda o soplo de sus socios de Vox de que la Monasterio pensaba atravesar una nueva línea roja para montar la gresca y la marimorena en territorio hostil, o sea en la propia casa del enemigo Prisa? Cabe pensar que así fue, ya que al debate asistieron todos menos ella. Lo cual nos lleva a otra derivada no menos importante. La presidenta en funciones de Madrid ya está en total sintonía y connivencia con el fascismo de nuevo cuño que la sostiene en el poder, hasta tal punto que la estrategia de PP y Vox es la misma y está coordinada.

Parece obvio que el Partido Popular está jugando descaradamente a dos barajas. Por un lado, Pablo Casado condena “sin matices” el envío de sobres con balas de guerra contra Iglesias, Marlaska y María Gámez, directora de la Guardia Civil. Por otro, la propia Ayuso se suma a la declaración de repulsa protocolaria, pero deja un guiño ultra al insinuar que la culpa del clima de crispación que reina en el país es de Pablo Iglesias. “No puede ser que quienes provocan la violencia luego se hagan los ofendidos”, sentencia dando argumentos a la tropa africanista.

Es decir, la presidenta le compra el discurso a los fascistas y no es la primera vez que ocurre. Lo está haciendo todo el rato más o menos explícita o veladamente. Lo hace cuando secunda el discurso xenófobo contra los inmigrantes y los pobres, a los que califica despectivamente como “mantenidos”; lo hace cuando niega las medidas sanitarias contra la pandemia que aplica el Gobierno Sánchez; lo hace cuando no condena el pin parental (una medida reaccionaria que pretende hacer retroceder la escuela pública hasta los tiempos del franquismo) y cuando, para no perder votos entre la parroquia ultraderechista que la mira con simpatía, se muestra abiertamente en contra de la exhumación de la momia del dictador del Valle de los Caídos.

Todo en Ayuso es coqueteo y francachela con el fascismo. Quizá por eso el siempre astuto MAR, su Rasputín en la sombra, debió aconsejarle que rechazara la invitación de la Ser y no se manchara las manos. Era la mejor manera de preservar a la dama y rescatarla incólume de la batalla de Prisa. Los restos de la explosión no debían alcanzarla, no solo porque ella necesita los votos de Vox para mantener el poder regional en Madrid (por tanto en la recta final de la campaña conviene no entrar en disputas con ellos), sino porque en el fondo la lideresa es una ultra convencida que piensa que a los rojos es mejor echarlos del país para construir una España grande y libre. Ayuso lleva una falangista dentro de sí, aunque la saque a pasear de cuando en cuando.

Viñeta: Pedro Parrilla