miércoles, 12 de mayo de 2021

SOPHIA

(Publicado en Diario16 el 4 de mayo de 2021)

Sophia, un androide clavadito a una mujer de carne y hueso, informará a los periodistas sobre cada incidencia y noticia que vaya dejando la jornada electoral en el Centro de Datos habilitado por el Gobierno regional. Lo que faltaba para terminar de darle a estas elecciones un ambiente todavía más extraño, distópico y surrealista. Por lo visto, el engendro es capaz de interactuar con los 160 periodistas acreditados, ya que puede imitar gestos humanos y expresiones faciales, así como contestar a cualquier pregunta sobre temas predefinidos, en este caso las elecciones a la Asamblea regional. Espeluznante.

En esta campaña hemos visto de todo: una mujer que va a ser presidenta de los madrileños sin más programa electoral que un cuento chino sobre la libertad; carteles de propaganda racista como en la Alemania nazi; batallas campales entre rojos y fachas, como en el 36; y hasta cartas con balas amenazantes, como en los peores años del plomo de ETA. Pero esto del humanoide de ojos encendidos en neón respondiendo a las preguntas de los periodistas es demasiado y supone el punto final perfecto para una campaña absurda que por momentos ha sido más bien un circo, una barraca de feria o espectáculo friqui de vodevil que lejos de entretener y divertir ha dejado en el madrileño, y en el español en general, un poso de amargura, tristeza y algo de miedo e inquietud ante el futuro que nos espera.

Sin duda, la participación del androide Sophia en estas elecciones, por primera vez, marcará un antes y un después en la historia de España. Se cierra una época y se abre otra con sus engendros mecánicos, sus realidades virtuales y su política ficción. La verdad ya no existe, solo la apariencia de veracidad; los valores de la Ilustración han sido enterrados bajo el poder de las redes sociales, la retórica y la propaganda goebelsiana, o sea la política fast food o política basura. Y es en ese contexto de crisis de toda una época, de decadencia, de degeneración de la democracia, donde emerge el robot, el androide, la inteligencia artificial o dios cibernético creado para suplantarnos algún día, lo cual no le será difícil porque el ser humano no deja de ser un tarado y un tonto integral.

La auténtica revolución o guerra cultural a la que vamos a asistir en la trascendental jornada de hoy no es la que nos propone la extrema derecha de Vox con sus nostalgias racistas decimonónicas, su idea del superhombre o macho ibérico y su guerracivilismo teatralizado. Tampoco la redefinición del nuevo concepto de libertad con el que IDA ha estado taladrando nuestras pobres cabecitas durante semanas interminables (por si no lo recuerdan, libertad es poder salir de cañas y no encontrarte con tu ex por Madrid, cágate Platón). Ni siquiera la nueva izquierda combativa y racional que nos trae, como un soplo de aire fresco, la guerrillera infatigable Mónica García. La revolución determinante, el cambio brutal, el giro copernicano o terremoto sociológico es ese muñeco de hojalata salido de algún laboratorio japonés que pone los pelos de punta y que es capaz de plantarse delante de los periodistas, como una fina analista de las tertulias sesudas de Ferreras, para mantener una conversación con ellos de tú a tú y como si tal cosa.

Con Sophia se acaba, definitivamente, el mundo tal como lo conocemos hoy y emerge otra realidad tan fascinante como aterradora formada por virus, pandemias, viajes a Marte y robots sabiondos. El futuro ya está aquí con sus trampas de circuitos y cables, sus computadoras con patas y una horda de cíborgs preparados para sustituirnos en el trabajo, cuidar de nuestros hijos, acostarse con nosotros y hasta votar en nuestro nombre. No puede decirse que Sophia se parezca demasiado a Díaz Ayuso (aunque por momentos la mirada fría y desnortada de la presidenta recuerde en cierta manera a uno de esos replicantes de Blade Runner), ni que tenga el gracejo innato de la lideresa castiza para soltar ocurrencias y bobadas todo el rato. Pero hace ya tiempo que venimos advirtiendo en esta columna de que la candidata del Partido Popular a la Presidencia de la Comunidad de Madrid tiene algo raro, extraño, un no sé qué como de experimento de laboratorio. No en vano, Ayuso es un invento salido de la probeta de Miguel Ángel Rodríguez para ensayar el trumpismo duro y sin complejos en nuestro país. A Pablo Casado le ha encantado el juguete, la sonriente y eficaz muñeca pepona que repite fielmente lo que le escribe MAR y que es capaz de disertar sobre la nueva política del vacío, del humo, de la nada. Lo cual que el líder del PP ya sueña con parecerse a ella y petarlo también en las encuestras y en las urnas.

No sabemos qué opinará Ángel Gabilondo de Sophia, aunque nos imaginamos que como buen filósofo de la escuela clásica estará horrorizado. Pablo Iglesias probablemente ya esté viendo en ella un infiltrado fascista o miembro de la nueva casta de Silicon Valley a la que habrá que combatir más tarde o más temprano por lo que tiene de poder fáctico que seguirá chupándole la sangre al obrero. Y a buen seguro el bueno de Edmundo Bal se esté preguntando si a la niña mecánica le habrán dejado hueco entre tornillos y circuitos para adaptarle un útero y venderla como vientre de alquiler. Ya se sabe que en Ciudadanos son pragmáticos y siempre le ven el punto crematístico a la cosa (véase Toni Cantó).

A pocas horas para que se abran los colegios electorales, Casado nos advierte de que el 4M será el “comienzo del fin del sanchismo” y la antesala de la llegada del PP al poder nacional. Pero uno, que es un desencantado de la política y de la vieja izquierda derrotada, cree que lo que se juega mañana no es la simple poltrona de una comunidad autónoma y una nómina de consejeros abúlicos que cobran un pastón, sino algo mucho más serio y trascendente: el poder de unos robots que en breve reemplazarán a los políticos, enterrando para siempre la democracia y fundando una nueva estirpe mucho más fuerte y totalitaria que la que predice el mismísimo Abascal. Lástima, con la de risas que nos hemos echado con Ayuso.

EL DOS DE MAYO

 

(Publicado en Diario16 el 3 de mayo de 2021)

Díaz Ayuso ha convertido el Dos de Mayo en una fiesta anticipada antes de su más que probable victoria electoral. La lideresa castiza sabe elegir muy bien los decorados y extras para su puesta en escena o retorno al Madrid del pasado. Ayer convirtió la metrópoli en una inmensa pradera de San Isidro con escenas goyescas, manolos y manolas, chulos y chulapas, toros, la gallinita ciega, banderas y soldaditos de época. Solo faltaban Daoiz y Velarde guiando al pueblo levantado en armas contra las tropas invasoras sanchistas para que el déjà vu fuese perfecto y total. “Seguimos defendiendo la misma causa: España y libertad”, proclamó la presidenta en su discurso trufado de patrioterismo barato. El PSOE ya ha denunciado la usurpación de la fiesta por acto electoralista e ilegal.

Buena parte del éxito de Ayuso radica en que ha sabido convertir la capital de España en un inmenso parque de atracciones de la historia donde la pandemia sencillamente ya no existe y donde todo es supuesta alegría, cañas a raudales (las cañas que no falten) y color, mucho color. Así, un día los madrileños se levantan en el Madrid de los Austrias, al siguiente se encuentran inmersos en el Madrid napoleónico y de la noche a la mañana se despiertan en el Madrid guerracivilista del 36, con falangistas y milicianos cosiéndose a tiros en la Casa de Campo y Abascal disfrazado de Franco y subido a un caballo, espada en ristre, como en una escultura de José Capuz. También el enemigo que quiere arruinar a los madrileños va modificando su aspecto, hoy puede ser el afrancesado Gabilondo y la semana que viene el trosko Iglesias, según le dé a la señora presidenta. Madrid es que es apasionante, nunca sabes qué superproducción en tecnicolor te va a proyectar el infatigable cinematógrafo ayusista.  

Aquí ya no se trata de hacer política para la gente (hace tiempo que el PP se olvidó de eso), sino de construir una película, una ficción distópica, el decorado de una ruidosa discomóvil con luces cegadoras de colores que cambia de lugar según el momento y la coyuntura, para que los madrileños no se paren a pensar, ni un solo segundo, en el desastre que ha sido la gestión del infierno coronavírico. Miguel Ángel Rodríguez, alquimista avezado del nuevo populismo rampante, sabe bien que al pueblo hay que darle lo que quiere, pan y circo, ferias taurinas, verbenas de la Paloma y raves salvajes, que no pare la fiesta, show must go on, viva la libertad. Madrid es como uno de esos musicales nocturnos del Broadway madrileño que tanto gustan a la gente de Villa y Corte con Ayuso idolatrada en plan Lina Morgan de la política autonómica. Y aunque la ficción tenga un elevado coste, un precio luctuoso en vidas humanas, a nadie le importan ya unos cuantos muertos diarios y unos hospitales que cada vez se parecen más a los lazaretos de la India. Lo importante es que el cartón piedra aguante, que el atrezo resista, que siga en pie hasta que pasen las elecciones. Luego ya se verá qué hacemos con el Madrid ruinoso, el Madrid de los barrios marginales, el Madrid vallecano y proleta, fiel reflejo de aquella España del Quijote, el mejor tratado sobre la pobreza y la decadencia española que se haya escrito jamás.

A pocas horas para que se abran las urnas, puede decirse que el artificio o bulo de MAR consistente en focalizar al pueblo contra un enemigo común que conspira contra la patria ha funcionado como un reloj suizo. Los madrileños se han tragado el relato de que Ayuso es la nueva Manuela Malasaña empeñada en dar la vida por echar de Madrid a las tropas del ilustrado Gabilondo o del rojo Sánchez (que para el caso es lo mismo) y va camino de conseguir, con ayuda de la extrema derecha, que la tierra mesetaria vuelva a ser una becerrada perpetua e inculta regada con vinillo de Jerez, como en los tiempos del franquismo.

A base de demagogias y de construir un mundo idílico que no existe, la lideresa ha ganado las elecciones antes de presentarse, lo cual no deja de tener su mérito. Y hay alguien que desde su despacho mira con deseo y con envidia esa hazaña o gesta: Pablo Casado. El presidente del PP y eterno jefe de la oposición observa el auge fulgurante de Ayuso y se pregunta cuál es la flor de su secreto, cómo lo hace, por qué a él no lo adora el pueblo como a ella. Quizá la respuesta sea que todo político viene marcado, de forma irreversible, por un destino místico, y el destino fatal de Casado es sencillamente caer mal. Los que no le votan lo odian por ambicioso, sectario y arribista y los suyos desconfían de él porque no da la talla ni las victorias electorales de la niña de sus ojos.

Visto el filón, Casado pretende adjudicarse el triunfo virtual y más que seguro de su pupila en la decisiva batalla de Madrid. “¿Veis como yo tenía razón? ¿Veis como esta chica era un diamante en bruto y yo supe captarlo a tiempo? El mérito es mío”, les dice a los barones del partido tratando de colgarse la medalla. Sin embargo, el pueblo ya pasa mucho de este hombre que escurre el bulto en las grandes crisis nacionales e insulta sin gracia. Ha nacido una estrella mucho más pizpireta y graciosa que promete arrasar hasta en el último pueblo de España, alguien con más arte y salero para el folclore y la copla de la política. Del joven triunfador todos se acuerdan, del viejo maestro nadie. Dice Casado que el Madrid de Ayuso es el “principio del fin de Pedro Sánchez”, la tumba del comunismo, el “no pasarán” de este distópico mundo al revés. Puede que tenga razón. Pero que se ande con tiento, no vaya a ser que el vendaval Ayuso se lo lleve por delante a él también. 

Viñeta: Adrián Palmas

domingo, 2 de mayo de 2021

EL PUCHERAZO


(Publicado en Diario16 el 30 de abril de 2021)

El trumpismo neofascista trabaja siempre bajo una máxima o premisa primordial: conquistar el poder a toda costa, como sea, mintiendo, difamando, propagando bulos infundados o generando el odio en la sociedad y, si ello no es posible, poner en cuestión las reglas del juego y las instituciones, recurrirlo todo, sembrar de dudas el procedimiento y deslegitimar la victoria del rival. Es decir, denunciar un supuesto pucherazo, organizar un escándalo como el presunto robo de las elecciones y lanzar a los cuatro vientos la idea de que la democracia misma ha fracasado. ¿Hay algo más fascista que eso?

Lo vimos cuando Donald Trump perdió las presidenciales en su intento de revalidarse como inquilino de la Casa Blanca. Nunca asumió su derrota y lo que es aún peor: lanzó a sus hordas fanatizadas, ejércitos conspiranoicos y paramilitares armados hasta los dientes del Proud Boys contra el Capitolio en un intento desesperado por mantener el poder, incluso consumando un golpe de Estado en toda regla.

Nuestro movimiento Trump en España es Vox, y ya ha empezado a calentar motores para poner a punto las maniobras antidemocráticas de cara a las elecciones del 4M en Madrid. En las últimas horas, Santiago Abascal ha lanzado la idea de que el sistema pretende robarle las elecciones al votante ultraderechista. “Para todos aquellos que hayan votado por correo y desconfíen de qué puede ocurrir con el voto por correo, les animamos a que hagan un voto presencial, porque el voto presencial anula el voto por correo”. Una afirmación calcada a la que hizo Trump hace meses, cuando dijo aquello de “detengan la locura de las papeletas”.

Abascal no ha debido leerse la ley electoral española –en realidad tampoco le hace demasiada falta, a un líder populista como él le basta y le sobra con la demagogia barata– porque de lo contrario habría podido comprobar que su propuesta es imposible, ya que votar dos veces es votar nulo, además de hacer trampas. El Caudillo de Bilbao demuestra, una vez más, su absoluto desconocimiento de cómo funciona una democracia (lo cual tampoco extraña teniendo en cuenta que él es un nostálgico del régimen anterior, aquel en el que estaban prohibidas las elecciones libres y los plebiscitos siempre los ganaba el mismo, o sea el Tío Paco, con el 99,99 por ciento de los votos). Pero Vox se dedica precisamente a esto, a boicotear el sistema desde dentro, a dinamitar el imperio de la ley y el Estado de derecho, que a ellos les molesta en su carrera hacia el totalitarismo elitista y hacia la ensoñación de volver a instaurar una dictadura en nuestro país. Lo ha explicado muy bien el catedrático Javier Pérez Royo: “Esta campaña extraña solo ha servido para generar desconfianza del ciudadano repecto a la democracia”.

A cualquier persona mayor de 18 años habría que decirle que su solicitud de voto por correo automáticamente invalida la opción de hacerlo presencialmente en una urna. Es cierto que el líder de Vox ha salido posteriormente a desmentir su dislate, tratando de convencer al pueblo de que él no ha dicho semejante disparate, pero insiste en su estrategia de sembrar las dudas sobre el sistema, siguiendo el clásico manual trumpista. Y eso, más que su incultura democrática acreditada, es lo peor de todo.

En las últimas semanas, el mundo verde de Vox se ha dedicado a calentar a sus seguidores en las redes sociales propagando basura conspiranoica con la intención de poner en duda el proceso electoral. De esta manera, poniendo la venda antes que la herida, advirtiendo de un hipotético “pucherazo” (que es imposible porque los mecanismos de control establecidos son rigurosísimos y exhaustivos), Abascal va preparando a sus huestes para una posible derrota electoral, ya que el proyecto lepenizador y nazificante de la sociedad española no marcha a la velocidad que él desea.

La extrema derecha, como cualquier otro fascismo mundial, siempre ha jugado a deslegitimar las instituciones. Ya lo hicieron en la Segunda República, cuando nunca aceptaron la victoria de las izquierdas, y todavía hoy siguen manteniendo la descabellada teoría de que la llegada de los progresistas al poder fue un pucherazo histórico. Tal versión avalada por una serie de friquis de la caverna ensayística y literaria no se sostiene, entre otras cosas porque aquel período histórico ha sido minuciosamente analizado en base a archivos, datos y documentos por multitud de historiadores, tanto por los autóctonos nacionales como por la prodigiosa quinta columna de hispanistas extranjeros (Jackson, Preston, Gibson, Thomas y Carr, entre otros muchos) y siempre se ha llegado a la misma conclusión: salvo algunas irregularidades excepcionales y lógicas en todo proceso electoral, los comicios de la Segunda República fueron mayoritariamente limpios y conforme a la legalidad vigente.

Pero Abascal insiste una y otra vez en inocular el virus de la sospecha y el rencor entre españoles mediante el bulo barato y vuelve a propalar entre sus seguidores la tóxica, guerracivilista y falsa idea de que las izquierdas recurren de nuevo al pucherazo. El juego resulta peligrosísimo por lo que tiene de generar desafección a la democracia entre los españoles y desconfianza ante un sistema electoral que ha funcionado de forma modélica en los últimos cuarenta años de régimen de libertades. Ante esta tesitura, cabe preguntarse qué hará Abascal al día siguiente del 4M en el caso de que sus expectativas electorales se vean frustradas. ¿Arengará a las masas voxistas a base de tuits mañaneros y las invitará a tomar el Parlamento regional, o ya puestos el nacional, como hicieron los bárbaros de Trump liderados por un cabestro con la testa de bisonte? ¿Se plantará frente a la Junta Electoral, con la vena del cuello hinchada, la bandera del pollo en una mano y la garganta en carne viva de tanto gritar aquello de ¡paren ya de contar votos!? ¿O quizá esté pensando en pasar a mayores y buscarse al Tejero o tonto útil de turno para que tome cartas en el asunto? Con Vox, cualquier cosa es posible.

Viñeta: Igepzio

BOLSONARO

(Publicado en Diario16 el 30 de abril de 2021)

Un año después de estallar la pandemia, y tal como era de prever, la plaga ha convertido Brasil en un inmenso lazareto rebosante de cadáveres y contagiados. Millones de personas se esconden en sus casas, aterrorizadas, mientras el Gobierno se ve incapaz de contener la hecatombe. Son las consecuencias nefastas de las políticas implantadas por un hombre como Jair Bolsonaro, un fascista de manual, un negacionista a calzón quitado, un fanático ultracatólico de la secta evangélica que siempre antepuso el crucifijo y la demagogia barata a la mascarilla y la democracia. Sus violentos discursos y soflamas contra el comunismo y la izquierda brasilera de nada han servido para frenar el coronavirus, que se extiende como la pólvora por todo el país.​ Espeluzna tirar de hemeroteca y leer las declaraciones delirantes que hacía este sujeto hace apenas unos meses. Libertad, economía, guerra cultural, negación del virus, Dios, patria y orden, palabras que recuerdan, por desgracia, al programa político de cierta lideresa madrileña que sigue por la misma senda enloquecida del trumpismo rampante.

Bolsonaro va camino de convertirse en el mayor genocida, por omisión, de la historia de Latinoamérica. Cada día mueren más de 3.000 personas a causa del virus y la cifra total de fallecidos supera los 395.000 desde que comenzó la plaga. El presidente de Brasil no solo ha alentado el movimiento anticuarentena, sino que en los primeros días de la pandemia cuestionó la existencia del propio agente patógeno, en la línea del admirado Donald Trump. Sus arengas nacionalistas contra las medidas sanitarias desembocaron en violentas manifestaciones en varios estados del país, cuyos gobernadores pretendían apostar por confinamientos severos de la población. 

Por supuesto, el amado líder de la nación se puso al frente de las protestas, se envolvió en la bandera nacional e hizo un llamamiento a sus seguidores para que invadieran los hospitales públicos con el fin de desenmascarar el fraude de la pandemia. La Fiscalía brasileña se vio obligada a investigar varios casos de agresiones contra médicos y enfermeras a manos de los salvajes bolsonaristas, auténticos escuadrones paramilitares que se dedican a reprimir duramente todo conato de protesta del personal sanitario que reclama más medios, instrumental clínico adecuado y mejoras salariales para luchar contra la plaga.

Hoy las cosas empiezan a cambiar. El Senado ha abierto una comisión de investigación para evaluar la responsabilidad del Gobierno ultraderechista en la crisis sanitaria mientras la población se moviliza. La respuesta del clown ha sido publicar un tuit en el que resta importancia a las pesquisas parlamentarias y se echa flores a sí mismo por el supuesto buen ritmo de vacunación del país en las últimas semanas. Así es el loco negacionista: primero subestima la letalidad del virus, arrastrando a su pueblo al suicidio colectivo; después, cuando se desata el infierno, pretende quedar como el heroico salvapatrias. En la extrema derecha española también tenemos algún que otro caso clínico aquejado de este fanatismo ciego y sin sentido.

En cualquier caso, los problemas judiciales se le acumulan al hitlerito brasileño. Decenas de personas que han perdido a sus familiares por la negligencia de las políticas reaccionarias de Bolsonaro se están organizando para llevar al presidente a los tribunales como máximo responsable de la hecatombe. Organizados bajo una asociación, exigen inversiones públicas y señalan directamente al Gobierno. “He transformado mi luto en fuerza para impedir que otras personas pasen por lo mismo. Es una injusticia tremenda. Alguien tiene que pagar por ello”, dice un afectado a un periódico nacional.

El tiempo se le agota al caricato fascista del sambódromo. Si el líder brasileño logra salvar su proceso de destitución en el Parlamento (lo tiene complicado) todavía tendrá que sortear el escollo judicial no menos amenazante para él. Un informe pericial publicado por la prensa estos días da cuenta de hasta 23 posibles causas por negligencias, irregularidades y omisiones en el combate contra el coronavirus, entre ellas haber minusvalorado la gravedad de la pandemia, haberse opuesto a las medidas sanitarias restrictivas, la promoción de la cloroquina (un medicamento ineficaz contra el covid-19 que en su día también promocionó Trump sin ningún fundamento científico), la ausencia de campañas de prevención, la desinformación de la ciudadanía, el abandono total de los pueblos del Amazonas y la ausencia de un comité nacional de coordinación contra la catástrofe. También por haberse hecho el remolón a la hora de negociar la compra de las vacunas. En definitiva, por haber dejado que cientos de miles de compatriotas murieran sin haber movido un solo dedo y por sus conductas políticas que bien podrían catalogarse como crímenes contra la humanidad.

Hoy, cuando millones de brasileños se preguntan cómo ha podido ocurrir semejante apocalipsis, el gigante con pies de barro Bolsonaro se tambalea y amenaza con caer. Su propio pueblo, que antes lo llevó en volandas al poder, se revuelve contra él y le pide explicaciones por el incendio que ha consentido y alimentado desde su palacio de criminal Nerón brasileño. Atrás quedan los discursos nacionalistas grandilocuentes sobre el orgullo de la raza, el neoliberalismo radical, el anticomunismo exacerbado, el machismo institucional, la xenofobia y el odio al homosexual. La patraña Bolsonaro se desmorona como antes se derrumbó la gran mentira de Trump, otro bufón que a fuerza de discursos de odio y rabia contra el inmigrante llegó a gobernar el mundo. Las políticas negacionistas y el populismo ultraderechista no pueden quedar impunes. Lo triste es que aquí, en España, todavía haya imbéciles que compren ese discurso que solo conduce a la intolerancia, al fanatismo suicida y al caos de toda una sociedad.

Viñeta: Igepzio

NOMADLAND

(Publicado en Diario16 el 30 de abril de 2021)

El cine agoniza a causa de la pandemia, pero entre las ruinas del Séptimo Arte ha cristalizado una perla, una película íntima, social y comprometida que se ha llevado, merecidamente, la gloria en la gala de los Oscar de este año. Se trata de Nomadland, la historia de una mujer que lo ha perdido todo durante la crisis de 2008 y que, ahogada por una penosa situación económica, decide echarse a la carretera en una caravana para vivir al día. Como nota curiosa, Frances McDormand se enamoró del libro escrito por Jessica Bruder, compró los derechos de adaptación y le propuso a Chloé Zhao, una joven cineasta china afincada en Estados Unidos, que la dirigiera. Solo por ese acto de fe, por ese instinto prodigioso de la gran actriz norteamericana, merece la pena ver la cinta. 

La peripecia de Fern (encarnada por la siempre maravillosa McDormand) es no solo una road movie y un western posmoderno, sino un relato de nuestro tiempo que dice mucho acerca de este mundo enloquecido que hemos construido y de cada uno de nosotros. Ahora que el sistema capitalista se ha vuelto a derrumbar estrepitosamente (esta vez no por unas malas hipotecas subprime sino por un bicho microscópico que ha llegado para disputarle al ser humano la hegemonía del planeta) sobrecoge una película que habla de dignidad pisoteada y derechos robados, de valentía y supervivencia, de auténticos valores humanos que están siendo aplastados por el imperio del dinero.

Nómadas somos todos o podemos serlo en cualquier momento porque nadie, ni siquiera los grandes magnates de los negocios que mueven los hilos por ahí arriba, están a salvo de que un día la vida les arree fuerte, dejándolos sin nada, en pelota picada y condenados al traqueteo de una caravana destartalada, a un paisaje yermo y desconocido y a un sol crespuscular en el horizonte como único patrimonio.

Definitivamente, y por influencia de un modelo económico injusto que es casi un genocidio silencioso, el mayor que se haya cometido jamás, nos han reducido a la categoría de nómadas despojados de lo esencial, insectos asustados que reptan por la tierra como las cucarachas. Nómada es esa anciana desahuciada por un banco que se ve obligada a buscar un techo en alguna parte; nómada es el inmigrante africano que se juega la vida en una patera, inútilmente, en busca del sueño europeo; y nómada es esa mujer maltratada que tiene que salir corriendo de su hogar, con sus hijos a cuestas, para evitar que su marido acabe con ella. Nómadas los hay de muchas clases: el que arrastra su mochila cargada de sueños rotos, el que duerme sobre el lecho de cartón en un cajero automático y el que le da a la litrona en el parque mientras envidia a los niños de los columpios, esa infancia feliz que él nunca tuvo.

Vivimos en un mundo azaroso donde la vida ya no vale nada, donde la gente busca desesperadamente no ya la felicidad, que eso quedó muy atrás como una utopía o vestigio del pasado, sino la mera supervivencia, seguir vivo una hora más, el pan nuestro de cada día. El sistema nos ha convertido en “precarizados”, una nueva casta social situada solo un peldaño por encima de los parásitos, y bajo esa condición nos arrastramos de acá para allá buscando un futuro que no existe, un dinero que nos roban y un alimento que no llega. Nos hemos acostumbrado al nomadismo, a la incertidumbre, a la ausencia de futuro, y todo eso que nos cuenta la corajuda Fern en la película no ocurre por casualidad, sino que es consecuencia de unas políticas, de una forma malvada de gobernar y de una manera de entender la vida y la sociedad.

El trumpismo ha sido nefasto para el mundo entero, no solo por lo que tiene de demolición del Estado de bienestar sino por el cambio de paradigma que ha obrado en las conciencias. En apenas unos años de fascismo trumpista, millones de personas han asumido como buenos y propios, sin sentir remordimiento alguno, los depravados antivalores como el egoísmo, la injusticia, la insolidaridad, la violencia y el racismo, los nuevos principios inspiradores de este terrible siglo XXI que nos está tocando vivir.

Al igual que Fern no tarda en cruzarse en la carretera con otras vidas truncadas como la de ella, con otros desclasados reducidos a mano de obra barata, con los esclavos del dios Amazon que firman contratos por horas o por días, en España no tenemos que ir muy lejos para encontrarnos con los nómadas de hoy. Están por todas partes, nos topamos con ellos nada más salir del ascensor porque la pobreza ya no va por barrios como antes, sino que el mundo entero se ha convertido en un gran gueto con pequeñas islas, oasis o fortificaciones residenciales donde los ricos se refugian de la apestada masa empobrecida mientras ponen el culo a remojo en sus estúpidas piscinas. Una pirámide de injusticia cósmica que ni el bueno de Biden va a poder desmontar con su New Deal 2.

Podemos tocar y oler la miseria y la desigualdad a poco que nos atrevamos a superar el “síndrome de la cabaña”, un mal extendido que nos atenaza y que nos lleva a confinarnos en nuestras madrigueras por el miedo a contraer el bicho. No tenemos más que abrir los ojos para observar el Ferrari al lado del carro del chatarrero; el trajeado de los negocios junto al pobre con cartela; el rascacielos de pulido diamante negro junto a la chabola y el mendigo que rebusca en la basura del contenedor. Y todo eso mezclado, apelmazado, fundido en un miasma surrealista y atroz.

A todos esos nómadas podemos verlos con solo salir de casa y enfrentarnos al exterior porque el mundo entero se ha convertido en un sindiós sin orden ni concierto; un manicomio de gente desorientada de acá para allá o jungla donde, una vez liquidado el Estado de bienestar, rige la ley del más fuerte; un espejismo de libertad pese a lo que diga Díaz Ayuso sobre su amado Madrid. Una trituradora, en fin, que va matando a los débiles y engordando a los poderosos. Los nómadas están ahí, rozándose con nosotros por la calle a cada momento, sufriendo en el más puro anonimato y silencio, consumiendo la poca vida que les han dejado. Y son legión.

Viñeta: Pedro Parrilla

BIDEN

(Publicado en Diario16 el 29 de abril de 2021)

Joe Biden se está mostrando como un líder auténticamente de izquierdas al que no le tiembla el pulso a la hora de subir los impuestos a los ricos. Por lo visto, el presidente de EE UU pretende lanzar un ambicioso plan de infraestructuras para crear empleo y modernizar el país (más de dos billones de dólares, que se dice pronto) y ha decidido que buena parte de la factura la paguen los ricos y las grandes multinacionales tecnológicas, como debe ser. De esta manera, todo aquel que gane más de 400.000 dólares anuales contribuirá proporcional y progresivamente a la reconstrucción del Estado maltrecho, tal como aconseja el manual intervencionista que cualquier demócrata de izquierdas debería tener encima de la mesita de noche. En realidad, Biden no inventa nada, ya que lo que hace es desempolvar el New Deal (“Nuevo trato”), aquel viejo programa de gobierno que Franklin D. Roosevelt puso en marcha entre 1933 y 1938 para luchar contra los efectos del crack del 29 y la Gran Depresión. En política está todo inventado y se trata de aplicar lo que ya funcionó en el pasado.

Sin duda, el camino intervencionista que ha emprendido Biden es el adecuado. El mundo poscovid-19 va a exigir que los países y los gobiernos destinen ingentes cantidades de dinero a reforzar la Sanidad pública y la investigación científica, así como a construir un escudo social potente que permita salir de la miseria a millones de personas, tal como aconsejan prestigiosos organismos internacionales como la OMS o el FMI, nada sospechoso de predicar doctrinas económicas filocomunistas. El somnoliento Biden (así lo trataba, despectivamente, Donald Trump), no es tan remolón y lento de reflejos como decían, se ha puesto las pilas y se ha colocado a la cabeza entre los líderes de esos países socialdemócratas que se resisten a claudicar ante las dictaduras de las grandes corporaciones y que han decidido corregir las atrocidades del capitalismo ultrasalvaje, origen de todos los males que aquejan a la humanidad.

Hacía tiempo que el ala más progresista del Partido Demócrata venía reclamando un impuesto a los ricos como forma de afrontar la recesión y destinar fondos a la lucha contra la pandemia. Además, reconocidos intelectuales y personajes del mundo de la cultura han apoyado públicamente la medida, como Stephen King, cuya célebre sentencia “soy rico, súbeme los impuestos” ha quedado para la historia. Pero no solo la izquierda norteamericana se ha subido, con todas las consecuencias, al carro de este New Deal punto dos. También notables políticos del Partido Republicano están de acuerdo con la medida, lo cual demuestra que USA, pese a sus asaltos al Capitolio y pistolerismo racista y gansteril contra los negros, sigue siendo un país serio donde las cuestiones de Estado se abordan desde una perspectiva racional, civilizada y en beneficio del bien común.

La brisa progresista azuzada por Biden desde la Casa Blanca promete llegar también a Europa, donde países como la Alemania de Merkel ya han apostado por este tipo de planes intervencionistas como única vía de corregir los tremendos desequilibrios sociales y las inmensas bolsas de pobreza que dejará la pandemia tras de sí. ¿Y cómo abordamos los españoles la cuestión? Como siempre: desde el cainisno fratricida, desde las dos trincheras irreconciliables, desde la incompetencia y la incapacidad para conseguir que el sistema democrático funcione. Lo estamos viendo estos días en la cruenta campaña electoral de cara a las elecciones autonómicas de Madrid. Mientras en la primera potencia mundial se abren paso las nuevas corrientes políticas que hablan de más Estado de bienestar, de proteccionismo estatal, de economía verde y sostenible y de corrección de la fractura social, Díaz Ayuso se aferra a un manual, el trumpista, que solo propone libertarismo egoísta, ley de la jungla económica y fiestón para los ricos como programa político.

El trumpismo forma parte de una página oscura en la historia de la humanidad y aunque amenaza con retornar no lo hará al menos en los próximos cuatro años. Sin embargo, Ayuso se aferra como a un clavo ardiendo a esas políticas privatizadoras de lo público que no hacen más que enriquecer a unos pocos y empobrecer a la mayoría. Obviamente, como no puede ser de otra manera, serán los madrileños quienes con su voto decidan el futuro que quieren para ellos y para sus hijos. Serán los ciudadanos quienes con su papeleta en la urna pongan el primer ladrillo para optar entre un modelo injusto, decimonónico y taylorista que genera desigualdad, racismo y gueto u otro mucho más humano y equitativo con el que hacer frente a los nuevos retos del siglo XXI.

Pero si nefasto es que Ayuso vaya contra el signo de los tiempos con su promesa reaccionaria de no cobrar impuestos (corroyendo los pilares básicos del Estado de bienestar) peor aún es que un candidato socialista como Ángel Gabilondo entre en ese juego, no le eche bemoles al asunto y evite ponerse a la vanguardia del socialismo internacional, codo con codo con Joe Biden. Esa propuesta que acaba de hacer a los madrileños para convencerlos de que si gana las elecciones nadie “pagará ni un euro más” solo puede calificarse de conservadora, timorata y renegada de los principios más elementales de la izquierda moderna. Sin impuestos no hay proyecto de país, solo un entreguismo suicida a la ley del más fuerte, en este caso las grandes corporaciones y el Íbex 35.

Gabilondo es un hombre ilustrado de los que ya no quedan, un gran intelectual y un referente de la cultura y el humanismo, pero tras evaluarlo rigurosamente, tras verlo en acción en esta campaña electoral de cara al gran momento de la verdad, cabe concluir que se ha echado para atrás, que le ha podido el miedo escénico, que se ha rilado definitivamente. Puestos a perder unas elecciones (Ayuso anda disparada en las encuestas y nada hace sospechar que el PSOE pueda remontar en los cuatro días que quedan de campaña) hay que hacerlo con las botas puestas, fiel a los mandamientos sagrados de la socialdemocracia, y no entrando en un mercadillo ultraliberal para arañar votos entre el votante centrista/conservador a cuenta de los impuestos, que son el pan de muchas familias y con el pan no se juega. Un político tiene que ser de todo menos cobarde y Gabilondo será un catedrático de talla universal, nadie lo discute, pero a la hora de plantar cara al trumpismo rampante ayusista ha pecado de amarrategui, continuista y reservón. El público le ha calado el aguachirle insustanciado (mayormente el votante socialista tradicional) y ya busca otros espacios en la izquierda emergente, véase Mónica García, una mujer con coraje y arrestos para defender lo que hay que defender. El 4M hasta le da el sorpasso al profesor.

Viñeta: Igepzio

LA DEMOCRACIA


(Publicado en Diario16 el 29 de abril de 2021)

Pasado lo peor del fragor guerracivilista, las batallas campales en Vallecas y la fiebre desatada tras el envío de cartas con balas y facas para sus señorías, el debate de los candidatos se centra ahora en qué es la libertad y la democracia, dos asuntos de Perogrullo o de Libro Gordo de Petete que deberían estar superados tras cuarenta años de convivencia en paz pero que por lo visto los españoles no tenemos claro y ahí están ellos, nuestros padres de la patria, para recordárnoslo. Así es esta extraña campaña electoral en la que se va a hablar de todo menos de lo que realmente interesa a los madrileños.

Para el sosocrático Ángel Gabilondo la democracia “es una forma de vivir”. Y en su reflexión metafísica va todavía más lejos: “Es una forma de ser y de hacer la realidad y el mundo”. Buena sentencia filosófica la del catedrático socialista, aunque un poco abstrusa para un obrerete de los extrarradios que no llega a final de mes y que está esperando que el profesor le diga cuánto le toca a él, en dinero cash, en contante y sonante, de esa cosa tan buena que es la democracia. Últimamente las masas descontentas, desclasadas y desesperadas han caído en el abandono institucional y ya les da igual votar Iglesias o Abascal con tal de que les caiga un mendrugo de pan a final de mes. Eso sí, por lo que va diciendo Gabilondo la democracia es cualquier cosa menos subir los impuestos. He ahí un claro caso de contagio ultraliberal.

Otra aportación totalmente diferente al tema es la que realiza Isabel Díaz Ayuso, para quien la democracia y la libertad consiste en poder salir hasta altas horas de la noche por Madrid e inflarse a torreznos y cañas hasta ponerse ciega. Una argumentación doctrinal algo pedestre y menos elegante que la de Gabilondo pero que va muy en la línea del nuevo trumpismo reaccionario, que ha terminado por desnaturalizar los conceptos políticos hasta reducirlos a una sopa de letras que no significa nada. IDA completa su exposición enlazando el concepto de democracia con “vivir a la madrileña”, esto es, “una manera característica de vivir”, y concluye que la libertad consiste en poder cambiar de pareja y “no encontrarte nunca más a tu exnovio porque en esta ciudad hay mucha densidad de población”. Curiosa definición que no debe extrañarnos, ya que forma parte del gran elenco de ocurrencias y extravagancias que va a dejar para la posteridad la lideresa castiza. Como buena trumpita que es, Ayuso está reinventando la democracia, y esa fusión fuerte entre amor y política, entre aventura sexual y res publica, no se había probado antes, de modo que conviene seguir explorando la propuesta. 

IDA es un no parar, una máquina de fabricar dislates, y cada día nos desayunamos con una nueva paparrucha, chuscada o gracieta, como esa última que ha soltado hace solo unas horas: “Si tanto quieren que no salga Vox que me voten a mí”, ha afirmado la presidenta. Qué chiquilla, ahora le pide el voto a los rojos. ¿Cómo no la van a votar a la muchacha si da fiesta y alegría cada vez que abre su boquita de piñón? Ayuso se está currando la mayoría absoluta sin programa, sin talento político y sin oratoria, a base de chascarrillo y de hacer de cada rueda de prensa un Club de la Comedia. Para que luego digan que no vale para esto de la política.

Otra candidata que en los últimos días se ha sumado a la exégesis bizantina de lo que significa democracia/libertad es Mónica García. La cabeza de lista por Más Madrid confiesa que sigue sin entender por qué los madrileños siguen votando PP y Díaz Ayuso, una y otra vez, como si fuese una droga (no te rompas la cabeza, hija, el viejo Noam Chomsky, faro y guía de la intelectualidad izquierdista mundial, lleva años intentando descifrar por qué los norteamericanos darían su sangre por Donald Trump y todavía no ha logrado encontrar una respuesta lógica). Lo que sí parece claro es que para García la democracia y la libertad tienen mucho que ver con los servicios públicos para el ciudadano, con la igualdad de derechos y el feminismo, con el reparto de la riqueza a través de una reforma fiscal justa (ella sube los impuestos a los ricos, como tiene que ser, no como el melindroso de Gabilondo) y en definitiva con más Estado de bienestar. O sea, un concepto pragmático sin renunciar a las esencias progresistas similar al que mantiene Habermas, para quien la democracia no puede ser más que un discurso ético que implica la “inclusión del otro” en el sistema.

De Pablo Iglesias ya sabemos que maneja un concepto elevadísimo y purista, tanto de la libertad como de la democracia. Todo lo que no sea un sistema perfecto, de pedigrí y de diez no sirve, no es calidad democrática, y es preciso acabar con él. El líder de Podemos ha recuperado la mejor versión utópica y radical del anguitismo, esa que promete asaltar los cielos pero que al final, por resistencia de los poderes fácticos y del Íbex 35, siempre se acaba quedando en el entresuelo y en el cinco por ciento de los votos. Seguramente su versión sobre el espinoso tema de qué es la democracia sea la más honesta y coherente, pero no sirve por imposible e irrealizable.   

Y llegamos a Vox. De estos basta decir que son unos marcianos que saben retorcer la realidad y la historia a su antojo para acomodarla a sus ideas vándalas. Para Abascal y los suyos la libertad es una vuelta al franquismo, a la guerra civil y al aplastamiento total del comunismo a bombazo limpio. Si después de intentarlo no queda nada salvo las ruinas del país y un montón de represaliados rojos, como en el 39, qué más da, que les pregunten a otros que ellos no saben nada del asunto. En general, un voxista confunde la libertad de todos con su propia libertad, es decir, con sus privilegios de clase. Es el ande yo caliente ríase la gente, que decía Góngora, o egoísmo clasista de señorito de toda la vida.

Posdata: De Ciudadanos es imposible construir un análisis riguroso ni saber qué opinan sobre la democracia y la libertad porque un día están en un partido y al siguiente están en otro, o sea que hoy son centristas o socialdemócratas y mañana ultranacionalistas. A ver si se centran un poco, hombre, que ya les vale.

Viñeta: Igepzio