martes, 5 de octubre de 2021

AGUIRRE GOYESCA

(Publicado en Diario16 el 8 de septiembre de 2021)

Goya era un ilustrado, un espíritu crítico, uno de esos a los que llamaban afrancesados y que estaban empeñados en llevar educación, cultura y racionalismo a las gentes de su tiempo. Goya es la razón frente a la locura, la inteligencia frente a la superstición, la luz frente a la oscuridad, el atavismo y la beatería santurrona de un pueblo sometido por la nobleza. Nuestro pintor más universal poseía una sensibilidad especial para retratar la gran tragedia de la guerra, la miseria y el hambre de la gente y en general el embrutecimiento de toda una época. Si Goya levantara hoy la cabeza y comprobara a lo que ha llegado esta España de políticos cainitas, financieros trincones y falsos patriotas, correría otra vez a su última morada, sin dudarlo, deprimido y convencido de que este país no tiene arreglo.

Y mucho más se revolvería en su tumba don Francisco tras enterarse de que la Fiscalía ha ordenado que se investigue si Fernando Ramírez de Haro, marido de Esperanza Aguirre, evadió impuestos con la venta por cinco millones de euros por uno se sus cuadros, un retrato de Valentín Belvís de Moncada y Pizarro, marqués de Villanueva del Duero. Para Goya, este lamentable suceso, este trapicheo barato con su obra universal, sería la constatación palpable y fehaciente de que España ha podido avanzar mucho desde aquel convulso siglo XIX marcado por la invasión napoleónica, pero en esencia los españoles seguimos siendo lo mismo de siempre: fenicios capaces de traficar y rapiñar con el patrimonio cultural y el arte, que es lo más sagrado que tiene no solo un país sino el ser humano.

España sigue siendo ese lugar cuyos monumentos románicos y góticos se caen a trozos y amenazan ruina por abandono y falta de atención de las autoridades; España no ha dejado de ser un reino bajo dominio de un Borbón que se ha olvidado de la pobreza y la pandemia de su pueblo para meterse a habilidoso comisionista internacional; España, en fin, sigue siendo lo que siempre fue, un cortijo de señoritos con palacios llenos de lujosas y luminosas lámparas de araña mientras los miserables viven a oscuras, pasando calor y a golpe de abanico porque no les llegan los cuartos para pagar la factura de la luz a final de mes.

Los cuadros de Goya siempre están de plena actualidad en este bendito país estancado en el barro del tiempo, y la familia de Carlos IV, los aprovechados validos, los intrigantes Godoys, las inquietantes duquesas de Alba y los ineptos del poder como Fernando VII, siguen en el mismo sitio, pululando y haciendo negocio aquí y allá, con la sangre del pueblo, con lo que se pueda y donde se pueda, incluso con los cuadros eternos que deberían estar protegidos como riqueza cultural de toda una nación y que al final terminan colgados en la pared de la letrina de cualquier rico hacendado que ni siquiera sabe quién fue el genio de Fuendetodos.

Hoy, el gran pintor aragonés derramaría lágrimas de desencanto, pero no porque han hecho oscura ganancia y turbio negocio con su cuadro del noble Valentín Belvís de Moncada y Pizarro, sino tras constatar que su querida y triste España no se diferencia demasiado de aquella que él conoció hace poco más de dos siglos. La Sexta cuenta que la fiscal María López Orejas quiere revisar la declaración de renta del marido de Aguirre para comprobar si se ocultaron al fisco unos 600.000 euros de vellón de cuota defraudada por la venta de la obra, que finalmente terminó en manos del empresario Juan Miguel Villar Mir, otro grande de España de los de toda la vida. Aquí, los cuadros de Goya van pasando de rico en rico, de mano en mano, de cuello blanco a cuello blanco, cuando lo normal es que estuviesen todos en El Prado para enseñanza, cultura, goce y disfrute de los españoles.

De momento, el caso está por aclarar (sub iudice como dicen los tertulianos pedantes de la televisión), mientras Aguirre ha asegurado a La Sexta que está «todo en regla», acusa de “intoxicador” al abogado de su cuñado (el diplomático y dramaturgo Íñigo Ramírez de Haro, denunciante de la venta del cuadro) y se muestra tranquila en su diván, como una de aquellas majas goyescas que se sentían por encima del bien y del mal. Lo más seguro es que al final todo quede en nada (la Justicia española de Lesmes suele ser benévola y condescendiente con el poderoso e implacable con el robagallinas) pero quedará para siempre que un cuadro inédito de Goya fue vendido sin piedad ni miramientos, a tocateja, aquí te pillo aquí te mato, precisamente cuando Aguirre presidía la Comunidad de Madrid y estaba obligada a proteger la obra como Bien de Interés Cultural. La condesa de Bornos ni siquiera fue capaz de tener esa elegancia y ese detalle con el pintor más célebre e importante de nuestra historia (muy patriota ella pero al cuerno con la memoria histórica y cultural) ni tampoco con el protagonista del cuadro, don Valentín, ese trémulo y pálido teniente general del Ejército de Carlos IV que además era antepasado del marido de la expresidenta madrileña. Y es que cuando se trata de hacer negocio crudo y a calzón quitado, aquí no hay familia, ni goyas, ni arte universal que valga.

CAZA AL MARICÓN

(Publicado en Diario16 el 7 de septiembre de 2021)

Se ha abierto la veda, la “caza al maricón”, como se dice en los ambientes falangistas pistoleros y machos. Las agresiones homófobas se han multiplicado en los últimos meses y las personas no heterosexuales dicen tener miedo a salir a la calle por los intolerantes que pretenden imponer la ley del más fuerte. Todas las señales de alarma se han disparado, el Gobierno convoca una reunión de urgencia y los colectivos LGTBI denuncian un retroceso de la libertad sexual que no se conocía desde “los tiempos del blanco y negro” tardofranquista. España tiene un grave problema con los delitos de odio, como confirma el último brutal ataque perpetrado en el barrio madrileño de Malasaña por ocho encapuchados que persiguieron a un joven homosexual hasta el portal de su casa, donde le cortaron el labio y le grabaron la palabra “maricón” en el glúteo a punta de cuchillo.

Esta salvajada no ocurre espontáneamente y por azar. Detrás siempre hay un mensaje político, una exaltación totalitaria, el acto de reafirmación de un grupo que pretende aniquilar a otro o echarlo del país. Es decir, fascismo en estado puro. Políticos como Joan Baldoví opinan que hay una relación causa-efecto entre los discursos violentos que promueve Vox contra las minorías y los delitos de odio. Para el portavoz de Compromís, la formación ultra de Santiago Abascal no es la autora material de las últimas agresiones, pero está convencido de que relatos como los que continuamente propalan los ultras en la sociedad española agitan a los “bellacos descerebrados”, que acaban sintiéndose legitimados para perpetrar las peores atrocidades.

Por mucho que la Justicia haya sentenciado que no existió odio en la campaña que Vox puso en marcha contra los menores inmigrantes no acompañados (menas) en las recientes elecciones de Madrid, hay hemeroteca más que suficiente y tuits incendiarios de los dirigentes voxistas como para concluir que no predican precisamente la paz entre las gentes por encima de ideologías políticas, ni la integración entre las razas y los pueblos, ni el respeto a movimientos sociales como el feminismo o los animalistas. Tampoco se han mostrado precisamente educados con las personas homosexuales, bisexuales y transexuales, si nos atenemos al discurso que mantiene gente como Rocío Monasterio, una mujer partidaria de llevar el “Día del Orgullo Gay y fiestas similares a la Casa de Campo” (el lugar que Vox quiere convertir en el gueto de los marginados de Madrid).

Otros miembros del partido verde tampoco se han cortado un pelo a la hora de decir que el Orgullo Gay causa verdaderos problemas y atascos y deja demasiada basura a su paso, tomando a sus participantes por un hatajo de guarros repugnantes a los que el Ayuntamiento debería pasar la factura con los gastos de limpieza de la fiesta. Pero eso tampoco es un discurso de odio, qué va, es armonía, paz y amor entre los hombres y mujeres de buena voluntad.

Ninguna de estas cafradas que van soltando los responsables de Vox caen en saco roto y más tarde o más temprano remueven la bilis de los intolerantes, de los hombres de acción con más músculo que neuronas, de los que pasan de la teoría y la boutade retórica en Twitter al puñetazo en un ojo, la navaja, el bate de béisbol y el puño americano, mecanismos discursivos mucho más sangrientos y trágicos que los tuits faltones de Abascal.

La verborrea trumpista de Vox, su jerga belicista, toda esa basura ideológica sobre la batalla cultural, el desprecio a las “feminazis” y a los menas, la ridiculización de la derechita cobarde y el rechazo al “consenso progre” (que en definitiva es la negación total de los cuarenta años de avances en derechos humanos y derechos sociales en este país) forman parte de un relato que si no entra dentro de la categoría del odio poco le falta.

De momento, todos los partidos políticos menos el PP han concluido que esta caza al homosexual que se ha desatado en las calles de Madrid tiene mucho que ver con la llegada al Parlamento del partido ultraderechista, que en las elecciones generales del 28A de 2019 alcanzó más del 10 por ciento de los votos. La violencia social siempre tiene un ideólogo y un ejecutor. Un listo que hace filosofía barata con la maldad en los despachos de allá arriba y un tonto útil que parte cabezas en los barrios bajos.

Es verdad que Vox ha condenado el brutal ataque de Malasaña, pero no es menos cierto que acto seguido ha matizado su rechazo a la violencia añadiendo la infame coletilla, el “pero” de turno, las medias tintas de siempre. “Aunque alguno se ruborice y nos llame xenófobos y racistas, la violencia tiene una causa directa en estos momentos en España con la entrada masiva de inmigración ilegal”, asegura Ortega Smith. El partido de Abascal nos tiene acostumbrados a declaraciones marcianas de este calibre, pero lo de atribuir el linchamiento de un muchacho por causa de su condición sexual a la entrada de extranjeros por la frontera de Ceuta es de locos.

Y luego están los que anteponen sus cálculos políticos a la verdad. Entre ellos está, sin duda, el alcalde de Madrid, Martínez-Almeida, que no ve relación alguna entre la irrupción de la extrema derecha en la vida pública española y las razias, batidas y persecuciones noctunas contra el diferente. Y lo dice el hombre que arrió la bandera arcoíris de la Casa Consistorial para contentar a los xenófobos. A este le preguntan sobre la matanza de Atocha de 1977 y es capaz de decir que los grupos fascistas no tuvieron nada que ver. De tanto mezclarse con ellos se le está poniendo una cara de negacionista que tira para atrás.

Viñeta: Pedro Parrilla

EL BRONCAS

(Publicado en Diario16 el 7 de septiembre de 2021)

Pablo Casado ha dicho tantas cosas distintas y contradictorias sobre su disposición a sentarse a negociar la renovación del Poder Judicial con el Gobierno que ya resulta imposible creerle. Cada vez que los periodistas le ponen el micrófono delante de las narices para preguntarle si piensa dialogar con Pedro Sánchez suelta un argumento diferente y más peregrino que el anterior. Ya lo ha probado todo y solo le falta decir que no está de acuerdo con que las togas de los magistrados sean de color negro porque a él le gusta más el azul falangista.

La última excusa de Casado para no sentarse a debatir es que quiere una ley orgánica que reforme la judicatura de tal manera que sean los jueces quienes elijan a su dirigencia. La cosa no deja de tener su miga, sobre todo porque la reforma Gallardón de 2013, impulsada por el Partido Popular con todas las fuerzas parlamentarias en contra, dejó en manos de los políticos (más bien del partido de turno) la elección de los altos cargos institucionales. Lo explicó muy bien Gaspar Llamazares en aquellos días cuando dijo que la maniobra del PP convertía el Consejo General del Poder Judicial en “una delegación del Ministerio de Justicia”.

Hay que estar muy ciego o ser muy hooligan para no querer ver que Casado lleva años dando largas al PSOE con el fin de no renovar la cúpula de nuestra judicatura (la parálisis dura desde 2018 y vista la actitud filibustera de los populares cabe temer que haya cuerda para rato). Si el jefe de la oposición no cumple con el mandato constitucional de colaborar en la renovación es sencillamente porque no le da la gana y porque sabe que manteniendo el actual statu quo su hombre de confianza, Carlos Lesmes, seguirá al frente del CGPJ, con lo cual tendrá controlado el patio de la Justicia y sentencias polémicas como algunas que afectan a casos de corrupción de Génova 13, las hipotecas, el procés o La Manada seguirán produciéndose para escándalo de la sociedad española y degradación de nuestra democracia. O sea, el atado y bien atado judicial.

Lógicamente, Casado no puede mostrar su programa oculto ni confesar en público cuáles son sus verdaderas intenciones y tretas políticas porque eso sería muy fuerte. Por eso va vendiendo una moto cada día, todo con la finalidad de ir retrasando o dilatando la renovación. Pero hay algo mucho peor que el obstruccionismo sectario y ciego para alguien que aspira a gobernar el país algún día: su manoseo de un poder fundamental del sistema democrático, como es la justicia, y que él ha convertido en un juguete roto que, como un niño presa de la rabieta, arroja una y otra vez contra la cabeza de su odiado Sánchez.

Todo este pollo del bloqueo del Poder Judicial que ha montado Casado y que ya no entiende nadie va contra la estabilidad del Estado, hunde la imagen de España en Europa (donde asisten ojipláticos al espectáculo) y arroja más leña al fuego de la crispación y al “cuanto peor mejor”, el único lenguaje que entiende este hombre. Casado ha llegado a la política con un único programa bajo el brazo, liarla parda, y cualquier tema o asunto lo enfoca hacia ese objetivo. Cada problema que se aborda en este país, el líder del PP le da la vuelta “como un calcetín” (por utilizar sus mismas palabras cuando anuncia cambios drásticos en el caso de que llegue a gobernar algún día) y lo convierte en material explosivo o altamente inflamable. De esta manera, ningún proyecto de reforma puede ser abordado (y cuando decimos ninguno queremos decir ninguno) sin que estalle la polémica, la controversia y el navajeo político. Cualquier tema es susceptible de ser convertido en caballo de batalla y en demagogia trumpista destroyer con la única intención de bloquearlo todo, hundir al Gobierno y consumar su idea, o sea el quítate tú que me pongo yo.

Así, cuando se trata de redactar una ley de muerte digna, Casado la lía parda. Cuando se trata de lograr un gran pacto nacional contra la pandemia y la crisis económica, Casado la lía parda. Cuando se debaten asuntos de Estado como una ley de memoria que dignifique a las víctimas del franquismo, el reparto de las ayudas europeas, las medidas sanitarias contra el covid, el problema catalán, el facturón de la luz, los necesarios Presupuestos Generales del Estado, la subida de salarios de los trabajadores, las pensiones, la política exterior en Cuba, Venezuela o Afganistán (el país es lo de menos, el discurso cainita es siempre el mismo), Casado acaba liándola parda de una forma o de otra.

Con el partido de la oposición a la contra, como un agente antisistema, es imposible construir una nación. Este gran broncas de la política nacional jamás está de acuerdo con nada y siempre, indefectiblemente, acaba apareciendo el manido discurso de siempre contra un Gobierno “secuestrado por batasunos y separatistas” que quieren romper España. La unidad de la nación es el único proyecto, el único plan, la única idea que el dirigente popular tiene para España. Más allá de eso, no le importa ni le interesa nada porque para él cualquier problemón de dimensión nacional es una fruslería en comparación con su gran sueño de llegar al poder a cualquier precio.

Su última invitación a Sánchez para sentarse a negociar los cargos del Poder Judicial es una trampa, un truco, una artimaña más para ganar tiempo. Casado ya solo juega a eso, al trilerismo político, a que vayan pasando los meses y el viento de las encuestas siga soplando favorable al PP hasta que el país termine yéndose al garete por fin. Menudo patriota de opereta.  

Viñeta: Pedro Parrilla

EL OBISPO Y LA SATÁNICA

(Publicado en Diario16 el 7 de septiembre de 2021)

Cómo está el clero. El obispo de Solsona cuelga los hábitos para irse a vivir con una escritora de novela erótica y satánica (al parecer un nuevo género narrativo que se ha inventado esta mujer). En realidad, Xavier Novell (así se llama el obispo, ya ex) no puede ser acusado de nada. El amor es la fuerza más poderosa del cosmos y cuando llega ni dios puede frenarla. Todos somos inocentes de ese pecado venial, el pecado de amar irreflexivamente, pasionalmente, incondicionalmente.

La historia del cura descarriado que se deja llevar por un calentón y se fuga con una señora de buen ver, para escándalo del pueblo, es un tema recurrente en la historia y el arte español. La transgresión del celibato ha sido abordada por nuestros grandes autores como José María de Pereda en La Puchera, Clarín en La Regenta y Benito Pérez Galdós en Rosalía y Tormento, por poner solo unos cuantos ejemplos. El sacerdote que se debate en sus pasiones mundanas es algo muy nuestro y hasta el gran maestro Unamuno aborda en San Manuel Bueno Mártir la historia de un párroco que es perfectamente consciente de que está engañando a sus feligreses con sus sermones que no dejan de ser cuentos para viejas.

Todo lo cual demuestra que este tipo de asuntos relacionados con curas prófugos que huyen de la iglesia y del monasterio para poder ser libres y ayuntar al fin de forma natural –enloquecidos por tanta represión sexual y tanto dogma–, siempre ha sido un grave problema en este país católico con independencia de la época. El mito del hijo del cura nos ha hecho reír durante generaciones, aunque detrás del chiste a menudo se escondía un drama.

Con todo, llama poderosamente la atención el momento que ha elegido este hombre, el obispo de Solsona, para renunciar a los votos (mayormente el de castidad) y salir por piernas del confesonario del brazo de una señora escritora satánica. Justo cuando más arrecia la ofensiva ultraortodoxa en España, cuando más duro pega el neofranquismo en su versión política y religiosa, este ministro traidor a Dios, este rebelde con causa sexual, esta sotana voluptuosa, rompe con todo y se hace un pájaro espino en toda regla, solo que en catalá. La cosa no deja de tener su interesante trasfondo social. O el amor ha sido más fuerte y arrebatador que cualquier cosa que le haya pasado en la vida al obispo de Solsona o ha visto la luz y ha entendido por fin que las doctrinas de los grupos cristianos ultras eran más falsas que el beso de Judas o ambas cosas a la vez.

El suceso es más extraño todavía si tenemos en cuenta que hasta hace cuatro días Novell era un acérrimo detractor del aborto y un firme defensor de las terapias psicológicas curativas para homosexuales. Es decir, que por la mañana el prelado predicaba el cilicio y la castidad contra las tentaciones de la carne entre su rebaño y por la noche soñaba concupiscentemente con su idolatrada amada literata. Quizá, a fin de cuentas, sea el obispo disoluto quien necesite el diván terapéutico y no las mujeres abortistas o los jóvenes homosexuales a los que él veía como enfermos, invertidos y viciosos. Quién sabe. El caso es que nunca hay que fiarse de un puritano que va dando lecciones de sexo a los demás y si es un cura menos. Esos son los peores. Todo aquel que se pasa la vida reprimiendo a otros, metiéndoles el crucifijo en el dormitorio y amenazándoles con el fuego eterno por vivir en el concubinato, en el lesbianismo o en el poliamor (ahora se llama así a los picaflores de toda la vida) no son gente sana y equilibrada, sino secuestrados y encerrados en el armario o en el cuarto oscuro del fanatismo y la superstición. 

El caso del obispo Novell debe ser estudiado con urgencia y metódicamente desde el punto de vista humano, clínico, sociopolítico y teológico, primero porque no es normal pasar de la noche a la mañana del completo ayuno sexual al despendole, a la promiscuidad y al amor total; y segundo porque dice mucho de lo que está ocurriendo en este país donde los pacatos, hipócritas, chupacirios y beatas vuelven a imponer su ley, su moral gazmoña y sus tradicionalistas convencionalismos religiosos. De momento la Iglesia, que siempre encuentra una explicación sobrenatural para todo renunciando a la verdad, ya ha empezado a sospechar que el obispo, experto en exorcismos, habría podido sufrir un caso de “posesión demoníaca” arrastrado por los libros oscuros de su amada escritora (cómo no, la mujer tenía que ser la culpable, ya que para la Iglesia siempre fue una hija del Maligno). ¿Pero qué exorcismos ni que niño muerto? A este hombre lo que le ocurre es que se ha enamoriscado o encoñado de una señora que le ha enseñado latín y griego, además de francés. Y punto.

Visto lo que ha ocurrido con el obispo de Solsona habría que preguntarles a los puritanos de la Santa Inquisición civil que vuelve por sus fueros (Hazte Oír, el Opus o Abogados Cristianos), qué clase de adoctrinamiento están dando a nuestros escolares de las catequesis todos estos curas picantones que como monseñor Novell llevan el volcán de la lujuria por dentro. Pin anticlerical ya.

Viñeta: Pedro Parrilla

LESMES NO SE VA


(Publicado en Diario16 el 6 de septiembre de 2021)

Carlos Lesmes abrió el nuevo curso judicial en medio de una batalla parlamentaria de todos contra todos a cuenta de la politización de la Justicia en España. El presidente del CGPJ cree que continuar con el bloqueo en la renovación de la cúpula judicial es “insostenible”. “No hay mejor forma de defender la Constitución que procurando su cumplimiento”, ha sentenciado, ante el rey Felipe VI, el máximo responsable de la judicatura española. Nada nuevo bajo el sol, ninguna propuesta que ayude a superar el bloqueo, las mismas palabras de cada primero de septiembre.

El CGPJ lleva desde diciembre de 2018 con el mandato caducado –una vergüenza para el país además de una inconstitucionalidad flagrante–, sin que PSOE y PP se pongan de acuerdo en las nuevas caras que deben dirigir los destinos de los altos órganos jurisdiccionales. Conviene recordar que el actual plantel del Sanedrín judicial proviene de la reforma de Alberto Ruiz-Gallardón de 2013, que supuso la politización total de la Justicia (por mucho que Pablo Casado le reclame hoy con insistencia a Pedro Sánchez que sean los jueces y magistrados quienes elijan a sus máximos representantes). El enjuague se hizo, todo hay que decirlo, con el consentimiento del PSOE, que también saca tajada del cambalache.

Obviamente, tanto al PP como al PSOE siempre les ha interesado tener la sartén por el mango porque la Justicia es un juguetito goloso y porque así se puede “controlar la Sala Segunda del Supremo desde detrás”, tal como dijo cierto dirigente popular para sonrojo de los españoles. En realidad, la reforma Gallardón nos equiparaba a países autoritarios como Polonia (cuya justicia está intervenida por los políticos) y nos alejaba de otros modelos mucho más profundamente democráticos como Francia. La propia Unión Europea ha recordado a España, en más de una ocasión, que el sistema más idóneo es uno mixto donde los nombramientos tengan lugar “a medias” entre el Parlamento y los propios jueces y magistrados por votación universal, secreta y directa.  

Toda esa ceremonia de la confusión nos ha llevado a una situación de parálisis institucional que Casado ha utilizado como arma política al negarse a renovar los cargos institucionales, no solo los judiciales, sino también el Defensor del Pueblo y el Tribunal de Cuentas. “Es como si un gobierno, tras cumplir su Legislatura, decidiera que no se va”, dice Joaquim Bosch, exportavoz de Jueces y Juezas para la Democracia. En ese escenario de parálisis casi surrealista, cabe hacerse la pregunta del millón: ¿la culpa de que nuestra Justicia haya caducado hasta desprender un olor rancio a lata de conserva en mal estado es solo culpa de los dos principales partidos políticos, que no han sabido o no han querido ponerse de acuerdo, o tiene también su parte de responsabilidad el magistrado de magistrados, o sea el propio Lesmes en calidad de presidente del CGPJ? Y aquí es donde cabe concluir que el hombre que con su discurso ha abierto hoy el año judicial tiene su cuota de responsabilidad en todo este sainete incomprensible sencillamente porque ya hace tiempo que tendría que haberse ido a su casa al igual que sus compañeros vocales.

Lesmes tendría que haber presentado una higiénica dimisión, no solo por ética y por dignidad, sino porque así lo ordena la Constitución. Si ha permanecido en el poder, con su mandato caducado, es porque ha gozado de la confianza y el respaldo del PP. De modo que todo emite un tufillo insoportable a contubernio que tira para atrás. Lo que parece desprenderse de esta kafkiana historia de conspiraciones y togados es que Génova 13 mueve los hilos, ordena a sus peones que se queden quietos, e impone una especie de dictadura judicial. De esta manera, el PP puede seguir erosionando la imagen del Gobierno Sánchez (que queda como un autoritario que se niega al diálogo), y Lesmes y sus hombres obedecen. Solo así se entiende que toda la Plana Mayor del CGPJ se mantenga en sus poltronas durante tres años de caducidades y prórrogas intolerables.

“Desde la Asociación Jueces para la Democracia le hemos pedido la dimisión a Lesmes varias veces, pero él siempre dice que se lo pensará. Lleva tres años haciendo el mismo discurso de apertura del año judicial: pide que se cumpla la ley y se renueven los cargos, pero no se hace”, asegura Bosch. Hoy el señor presidente ha vuelto a insistir en el mismo discurso machacón y repetitivo de siempre. Es como si año tras año se encontrara atrapado en su particular día de la marmota. Lesmes insta a que se acaben las luchas partidistas, pero todo sigue igual. Lesmes insta a cumplir la Constitución y a renovar los cargos, pero aquí no se mueve ni dios de su despacho. Lesmes mira al rey Felipe, que le devuelve el gesto con cara de póker, y aquí no pasa nada, nada de dimisiones, nada de medidas urgentes, nada de dignificar la justicia. Gatopardismo en estado puro. Y así hasta el año que viene. Probablemente, el papel con el discurso de hoy (el cuento de la Comisión de Venecia, los supuestos contactos con las asociaciones de jueces para el desbloqueo, las peticiones desatendidas) le valdrá también en septiembre de 2022. Hasta le podría servir el mismo vídeo del acto oficial y el mismo vino de honor, si no se avinagra de una temporada para otra. La Justicia española es un decorado con atrezo polvoriento, togas apolilladas y toisones de latón que se saca al inicio de cada curso y luego se vuelve a meter otra vez en el almacén.  

Lamentablemente, todo apunta a que PSOE y PP –las dos fuerzas imprescindibles para el acuerdo– seguirán sin ponerse de acuerdo. Sánchez necesita que Casado se siente a la mesa y el líder popular le ha cogido el gustillo a eso de ponerle el collar a la justicia, como si se tratara de un perro amaestrado, para tenerla servilmente sometida y a su servicio. Si Lesmes quiere cumplir con el “patriotismo constitucional” que predica, que presente la dimisión ya y se deje de circunloquios jurídicos.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LOS NINOTS

(Publicado en Diario16 el 5 de septiembre de 2021)

Por lo visto en Valencia han indultado unos ninots de las Fallas, una mezquita y una media luna árabe, para no soliviantar al mundo musulmán. De modo que, una vez más, Occidente cede y renuncia a su libertad de expresión –un derecho sagrado en cualquier democracia–, por miedo, por puro miedo.

La decisión es un grave error, ya que se empieza por no quemar unos simples muñecos y construcciones de cartón piedra y se acaba por claudicar totalmente ante el conservadurismo religioso, en ente caso del islam. Si por algo se caracterizan los monumentos falleros es porque jamás han dado un paso atrás en la sátira, el humor y la crítica política, social y religiosa. En eso precisamente consiste la esencia de una fiesta que ha adquirido categoría y fama universal. Año tras año, los hombres y mujeres más poderosos de la Tierra, representados por los famosos ninots, acaban en la hoguera, sin piedad, en una de las demostraciones más importantes de pleno ejercicio de libertad de expresión que se conocen en el mundo. Pasto de las llamas han ardido desde el rey emérito hasta Bush pasando por Felipe González, Aznar, Rajoy y Zapatero. También, cómo no, personajes de la fauna política local como Zaplana, Camps, Carlos Fabra, Rita Barberá que en paz descanse y otros muchos. Ninguno se ha salvado del fuego purificador, ni siquiera el papa de Roma con toda su cohorte de santos, obispazos, curas y sacerdotes (como decimos, la religión es uno de los motivos clásicos y recurrentes de la fiesta valenciana y aquí no se salva ni Dios).

Algún día habrá que estudiar a fondo cómo las Fallas sirven de catarsis colectiva y de válvula de escape para el pueblo siempre sometido a los abusos e injusticias del poder. Quemar el muñeco de un cura rijoso al que se le saltan los ojos ante una señora de buen ver es uno de los grandes avances de un país tradicionalmente nacionalcatolicista como España que jamás pudo hacer la revolución a la francesa para instaurar un Estado laico y aconfesional. Ahora llegan unos señores con chilaba y turbante haciéndose los ofendiditos, nos dicen que una mezquita y una media luna no pueden pasar por el fuego salvador porque son símbolos sagrados e imponen una especie de censura a las Fallas todavía más férrea que la que ejerció Franco en el oscuro cuarentañismo.

Ni siquiera la dictadura pudo con la gran pasión valenciana, en gran parte gracias al tesón y al ingenio que demostraron los artistas para sortear la mordaza. Cuatro décadas de resistencia popular y de lucha por la libertad de expresión para acabar postrándonos ante esta especie de talibanismo de petardo y paellla. Cuatro décadas de rebeldía pública y clandestina contra el Tío Paco para terminar hincando la rodilla, tristemente, ante los totalitarios de Alá. Jamás debimos haber transigido con esto solo por el miedo a una represalia. El que teme es un esclavo para siempre, sentenció Séneca, un esclavo del que infunde el terror, un esclavo de su propia cobardía, un esclavo de sí mismo.

El comunicado de la comisión festera, más bien una declaración oficial de rendición, asegura que, tras el diálogo entre ambas partes “se ha resuelto el indulto” y las esculturas serán entregadas a representantes de la comunidad musulmana valenciana. A lo que, para rematar la capitulación, añaden que “lo que se podría haber interpretado como una historia de xenofobia e islamofobia ha resultado ser una historia de diálogo social y ejemplar por parte del mundo fallero y la comunidad islámica con cariño, el respeto y el diálogo”. Hermosas palabras, si no fuese porque esconden la auténtica verdad de un episodio inquietante, escabroso y triste: el miedo.

En realidad, no había nada de xenofobia en el monumento fallero objeto de la discordia (no se intentaba incinerar la imagen de Alá o del Profeta, en cuyo caso hubiese tenido un pase la protesta de la comunidad musulmana) sino el siempre legítimo derecho a la sátira que debe inspirar nuestras Fallas valencianas. Obviamente, la decisión de las autoridades de salvar del fuego a los controvertidos muñecos nos remite de inmediato a los atentados que en el año 2015 sufrieron los viñetistas de Charlie Hebdo. Sin embargo, aquella masacre no impidió que los dibujantes siguieran dándole al pincel y ejerciendo con valentía su derecho a la libertad de expresión. Ninguno de ellos retiró sus caricaturas de la quema satírica, ninguno se plegó a la barbarie.

El que piense que sometiéndose se salvará del fanatismo se equivoca. Hoy serán las Fallas, mañana será una exposición pictórica, un cine o un teatro. Si perdemos el derecho a la palabra y al arte estamos dando el primer paso para ponernos la cadena alrededor del cuello. Y así, poco a poco y sin que apenas nos demos cuenta, iremos retrocediendo atrás hasta tiempos medievales y hasta convertirnos en siervos de la superchería de unos beatos de la Meca (afortunadamente no todos los musulmanes) que ni entienden lo que es la democracia, ni les gusta la libertad porque lo primero es la obediencia ciega al Corán, ni están dispuestos a integrarse en la sociedad que los ha acogido con los brazos abiertos con la esperanza de que asuman los valores humanistas, la cultura europea y los derechos humanos. A alguien le han temblado las piernas ante ese sector del islam que se ofende por todo y ha renunciado a sus derechos más básicos y elementales. El miedo es libre. Por desgracia, la claudicación no servirá de nada porque la intransigencia crece y se hace más fuerte a medida que aumenta el terror. Ojo a esta dictadura religiosa que nos llega de Oriente y que puede ser la más peligrosa de todas.

Viñeta: Igepzio

CAPERUCITA VERDE

(Publicado en Diario16 el 4 de septiembre de 2021)

Entre los mitos, historietas y trolas que Vox difunde ampliamente a través de sus redes sociales y ejércitos tuiteros hay un bulo que se repite una y otra vez y que al partido de extrema derecha le suele funcionar a las mil maravillas: el cuento de los malvados inmigrantes que se cuelan en las casas de las pobres ancianitas enfermas y desvalidas para ocuparlas, echar a sus dueñas a la calle y quedarse con todo lo que tienen. En realidad, es el cuento de Caperucita roja de toda la vida solo que algo más sofisticado, aderezado con unas cuantas gotas de racismo y sazonado con algunas estadísticas policiales debidamente manipuladas. Obviamente, el relato sirve para envolver, como un celofán con lazo rojo, un discurso político duro y perverso.

Todo el mundo ha escuchado alguna vez el cuento de Caperucita recogido por Charles Perrault y más tarde por los hermanos Grimm. El lobo feroz llega a casa de la abuelita haciéndose pasar por la dulce nieta. La abuelita lo deja entrar creyendo que es la niña. El lobo se cuela, se come a la anciana de un solo bocado y se mete en la cama para esperar a Caperucita. Cuando la pequeña llega a la casa, el bicho –disfrazado de la abuelita– la invita a meterse en la cama con él (zoofilia subliminal, los cuentos clásicos para niños están repletos de aberraciones sexuales de ese tipo) y mantiene con la jovencita el famosísimo diálogo sobre las orejas grandes, los ojos grandes, la boca grande, etcétera, hasta que el malvado animal suelta aquello de los “dientes grandes son para comerte mejor” y se abalanza sobre ella para engullirla. Es entonces cuando la muchacha grita y aparece el héroe o leñador que mata al lobo, le abre la panza de un hachazo y saca a la abuelita del estómago milagrosamente viva (el final tiene diferentes versiones según el autor y la zona geográfica, pero el argumento es básicamente el mismo).

Pues a lo que vamos. En una maniobra sutil, Vox ha cambiado al personaje del lobo feroz por un pérfido inmigrante, a las víctimas por una señora mayor o una inocente muchacha de cualquier barrio de Madrid y al fornido leñador armado que llega para salvar a las damas por Santi Abascal. El relato actualizado produce el mismo efecto terrorífico, pero lo más espantoso de todo es la moraleja que se extrae del cuento una vez pasado por el filtro político, propagandístico y revisionista: cuidado con los negros y extranjeros, que son todos unos lobos vestidos con piel de cordero y andan al acecho para violar a nuestras Caperucitas, irrumpir por la fuerza en las casas de nuestras madres y abuelitas, como vulgares okupas, y hacerse dueños de nuestras propiedades.

En realidad, todo está inventado. En el libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas (una obra imprescindible para entender el poder de la comunicación y la construcción de los mitos) Bruno Bettelheim nos enseña la influencia brutal que los relatos infantiles pueden ejercer sobre las mentes simples o menos formadas, no ya niños, sino adultos sin madurar. Al identificarse con los personajes buenos de la fábula, el receptor del mensaje experimenta los mismos sentimientos de justicia, amor o valentía que los protagonistas, pero también otros con connotaciones negativas, como el odio, el rechazo y el deseo de venganza. Y ahí se produce una catarsis. El artificio literario utilizado por Vox es tan infantil, tan naíf y burdo, que debería mover a la carcajada a cualquier persona medianamente formada y provista de un espíritu crítico. Sin embargo, la fábula sigue surtiendo el mismo efecto que el primer día, cuando se le ocurrió al autor anónimo, probablemente algún ingenioso trovador francés que vivió en la Edad Media. Vox lleva años convenciendo a miles de incautos con manidos cuentos como el de Caperucita roja (en este caso la roja es la buena y aunque a ellos les gustaría que la capa de la niña fuese azul falangista eso es lo de menos con tal de que la historieta cale en el personal).

La última vez que el partido ultra recurrió a este conocido relato fue el pasado mes de agosto, cuando varios medios de comunicación de los considerados “serios y prestigiosos” informaron sobre la denuncia de una mujer de 89 años que aseguraba haber sido despojada de su casa por su cuidadora, una joven de origen marroquí que habría ocupado ilegalmente la vivienda y que cumplía a la perfección el papel o rol de lobo feroz (de loba para ser más concretos). De inmediato, la patraña generó la habitual cascada de tuits con insultos y amenazas hacia la cuidadora mientras los ejércitos de bots de Santi Abascal ponían en marcha la prodigiosa maquinaria del odio para difundir la noticia falsa en las redes sociales.

Viñeta: Pedro Parrilla