martes, 5 de octubre de 2021

LA TORMENTA PERFECTA


(Publicado en Diario16 el 14 de septiembre de 2021)

Al final, y aunque muy a pesar suyo, Pedro Sánchez acudirá a su Vietnam particular, o sea la mesa de negociación sobre Cataluña. La reunión se antoja una performance más que otra cosa, ya que cuando al minuto uno el bloque independentista se plante en el referéndum de autodeterminación (una reivindicación para ellos prioritaria e irrenunciable), el diálogo se habrá terminado y solo quedará el apretón de manos con gesto enfurruñado por ambas partes, la foto de la frustración para la historia y el adiós muy buenas que usted tenga un buen día.

Con todo, lo más probable es que Sánchez salga airoso de ese trance y con escaso coste político. A fin de cuentas, quedará como el único presidente que ha intentado de verdad resolver el secular conflicto catalán. Tras haber decretado los indultos a los políticos soberanistas y acreditada su buena disposición a tender puentes de diálogo con la Generalitat, no se le podrá recriminar que no lo haya intentado. Ese frente lo tiene controlado sin que le suponga, en principio, demasiado peaje en las urnas. Ya ni siquiera Pablo Casado rentabiliza el asunto catalán, que parece amortizado. Además, el jefe de la oposición tiene otros problemas domésticos, como apaciguar la batalla que se ha desatado en Génova entre ayusistas y almeidistas.

Cuestión distinta es lo que Sánchez tiene dentro de casa. Sus siempre difíciles y turbulentas relaciones con Unidas Podemos no pintan demasiado bien en los primeros compases del nuevo curso político. La luz sigue batiendo récords históricos –un facturón diario tras otro para los españoles–, y eso desgasta más que cien contenciosos por el procés. Ayer, el presidente anunciaba un nuevo plan para tratar de recortar los beneficios “caídos del cielo” de las energéticas, limitar impuestos y tasas, abaratar la factura y poner un tope al gas, pero está por ver que la medida surta efecto (los expertos ya han advertido que bajar los gravámenes no servirá de nada, ya que las leyes del mercado oligopolístico y los subasteros eléctricos siempre acaban imponiendo su ley de la jungla y el precio de la luz seguirá disparado).

Así las cosas, Unidas Podemos va a apretar las clavijas a su socio socialista de Gobierno a cuenta del problema energético. Aunque Pablo Iglesias ya es historia y ahora se dedica a sus labores de gurú mediático, Yolanda Díaz no piensa ceder un milímetro de terreno y la sombra de una movilización ciudadana contra el maldito recibo, a la que se sumaría la formación morada por convicciones políticas y por propia supervivencia, sigue pendiendo sobre la cabeza de Sánchez. Esa rebelión de atracados por la piratería de las compañías eléctricas, que son legión, sí podría ser peligrosa para el futuro del presidente socialista.

Pero no quedan ahí los turbios nubarrones que se ciernen sobre Moncloa. Si se retrasa demasiado la efectiva subida del salario mínimo interprofesional o queda en unas migajas, el descontento popular irá en aumento con el consiguiente cabreo de Unidas Podemos. Otro punto de fricción más en la coalición al que en las próximas semanas se sumarán varios frentes complicados como la reforma laboral y la negociación sobre el futuro de las pensiones (tampoco en ese asunto hay consenso entre los agentes sociales). 

Yolanda Díaz, una negociadora infatigable, ha mostrado su disposición a lograr un acuerdo con los sindicatos para subir significativamente los salarios aún a costa de la negativa de la patronal, pero si Sánchez se muestra tibio o remiso a la hora de dar un paso adelante en las mejores sociales por las presiones de Calviño y Escrivá (que andan echando el freno de mano a todas horas), se encontrará con un serio problema. Esa tormenta perfecta o peligroso triángulo de las Bermudas formado por los abusos en la factura de la luz, los bajos salarios y la reforma laboral asociada a las pensiones podría engullir al presidente y él lo sabe.

Los sindicatos se impacientan. Sánchez teme al otoño caliente y a una posible movilización obrera que podría terminar, llegado el caso, en una huelga general que, aunque hoy por hoy parece imposible, nunca se debe descartar. El lobby liberal del PSOE está funcionando (o sea el ala dura calviñista más los tapados del Íbex 35) y la historia nos dice que cuando esta gente mueve sus hilos y peones cualquier Gobierno socialista se acaba tambaleando. Ya le ocurrió en el pasado a los sucesivos gabinetes de Felipe González, aunque aquella situación era muy diferente, ya que Isidoro siempre ejerció como un ultraliberal convencido y nunca se apeó del burro de las reconversiones industriales ni de su dictadura bancaria. Sánchez es diferente. Sánchez es capaz de mutar para adaptarse a las nuevas condiciones de la atmósfera política en función de si los vientos soplan a favor o en contra. Por eso ya está pensando cómo cuadrar los números de la clase obrera y cómo frenar la ofensiva radical/socialista en su propio Gobierno y en la calle sin salir dañado. Porque aquí de lo que se trata es de que el presidente llegue vivo a las próximas elecciones. 

Viñeta: Pedro Parrilla 

EL VIETNAM DE SÁNCHEZ

(Publicado en Diario16 el 14 de septiembre de 2021)

Iceta lo soltó en plan de coña, como una boutade si se quiere, pero no hay duda de que la mesa de negociación sobre Cataluña va camino de convertirse en un nuevo Vietnam para Pedro Sánchez. En concreto, lo que dijo el ministro de Cultura y Deporte, no sin retranca, es que el cara a cara entre Gobierno e independentistas catalanes le recordaba a “las conversaciones de paz después de la guerra de Vietnam, que se estuvo discutiendo mucho tiempo si la mesa era redonda, cuadrada u octogonal”. Y a buen seguro que será así. En cuanto la mesa esté puesta con su mantel, sus jarrones de porcelana con flores rojas y amarillas, sus botellas de agua mineral y las banderas de España y Cataluña presidiendo el acto, los participantes empezarán a ponerle peros a todo. Cualquier detalle por insignificante que parezca tendrá una importancia capital y puede ser causa de que unos u otros se levanten de la silla, de manera airada y haciéndose los ofendidos, para largarse con viento fresco.

El ambiente sigue estando demasiado caldeado pese a la más que evidente desinflamación de los últimos meses. El independentismo acude más dividido que nunca a las conversaciones de pacificación, como se ha visto en la pasada Diada, donde al presidente de ERC, Oriol Junqueras, lo abuchearon y le gritaron botifler durante la tradicional ofrenda floral. Por si fuera poco, el asunto de la ampliación del aeropuerto de El Prat no ha venido precisamente a crear un clima distendido sino más bien todo lo contrario. La decisión del Gobierno de suspender la inversión de 1.700 millones para la obra ha escocido en Barcelona y es uno de los escollos que amenazan con romper el diálogo.

Por si no había suficientes cuitas pendientes, el proyecto aeroportuario, el hub, ha venido a abonar un terreno de aún mayor inestabilidad en los días previos a la mesa de negociación. La extraña polémica que se ha desatado en torno a una obra que afectaba a un paraje protegido como es la laguna de la Ricarda todavía no ha sido bien explicada por ninguna de las partes. O dicho de otra manera: el galimatías a cuenta de esta infraestructura es de tal calibre que ya nadie entiende nada. Parece claro que, en el Gobierno central, el PSOE estaría a favor de una ampliación que podría atraer a 14 millones de turistas más cada año a la Ciudad Condal, mientras que su socio Unidas Podemos se posiciona claramente en contra al considerar que destruir la laguna natural sería un atentado ecológico con cientos de patos muertos y además chocaría con la agenda verde 2030 del propio Ejecutivo socialista y las disposiciones europeas. Un dilema similar se ha abierto en el seno del Govern, donde en un principio Junts parecía más proclive a firmar los papeles del proyecto mientras que Esquerra de ninguna manera estaba dispuesta a aceptar el “paticidio” de la Ricarda.

No obstante, ambos socios indepes lograron consensuar un documento de mínimos que elevaba el listón de las condiciones ecológicas al plan de Aena. Pero faltaba la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, para convertir el rompecabezas en irresoluble al situarse claramente en contra por el riesgo de desastre natural que entrañan las obras. Finalmente, y dado el barullo montado, Moncloa decidió paralizarlo todo, lo que fue aprovechado por Junts para arremeter contra ERC y contra el Gobierno de España con el habitual discurso victimista de “con los españoles no se puede ir ni a la esquina”, “nosotros ya lo dijimos” o el clásico “no nos podemos fiar de Madrid”. Eso ha generado disensiones en el bloque independentista y un escenario aún más incierto de cara a la mesa de negociación.  

¿Ha sido todo este embrollo una celada o trampa de Pedro Sánchez, el tahúr no ya del Misisipi, sino de la charca de la Ricarda, para resquebrajar todavía más a la delegación catalanista? Puede. ¿Estamos ante una maniobra del Estado español para que se hable de las obras en el aeropuerto y no de referéndum, ni de autodeterminación, ni de independencia? Es más que probable. Si en algo ha destacado Sánchez en estos años en la Presidencia ha sido en su capacidad para sacarse ases de la manga cuando nadie se lo esperaba. En cualquier caso, no deja de tener su cierta sorna que el debate principal de cara a la mesa de negociación no se centre en si referéndum sí o referéndum no, en si República o Monarquía o en si federalismo o secesionismo, sino en lo que va costar un aeropuerto, lo que nos devuelve otra vez a los tiempos del pujolismo, cuando se intercambiaban transferencias por pesetes. El conflicto en Cataluña hace tiempo que se convirtió en un delirio incompresible para cualquier mortal.

Pero es que en las últimas horas se ha suscitado otra polémica que pone la mesa al borde de su clausura antes de haberse inaugurado: si Pedro Sánchez va a asistir finalmente o piensa delegar en otros porque todo está ya decidido de antemano y no se va a hablar de nada sustancioso ni a atravesar ninguna línea inconstitucional. Sería un grave error tratar de reducir la negociación del problema catalán a un simple intercambio de competencias, dinero e infraestructuras sin entrar en el fondo del asunto. Tanto es así que la vicepresidenta de Junts, Elsa Artadi, ya le ha pedido al president Aragonès que no acuda “por dignidad institucional” si finalmente el presidente del Gobierno decide ausentarse.

Obviamente, cuando se refería a que la mesa de diálogo podía terminar como un nuevo Vietnam, el siempre agudo Iceta estaba utilizando solo una metáfora para referirse a la complejidad de las conversaciones que van a entablarse entre Moncloa y Generalitat. A nadie en su sano juicio se le ocurre que la cosa termine en una emboscada como en una película de Rambo con Aragonès diciendo aquello de “no siento las piernas”. Pero quién sabe, tal como están las cosas entre España y Cataluña cualquier cosa es posible.  

Viñeta: Iñaki y Frenchy

NIÑATOS Y CHIQUILICUATRES

(Publicado en Diario16 el 13 de septiembre de 2021)

En el PP hay ruido de facas. Pendencia, gallinero, gresca. Ahora que deberían estar encantados de haberse conocido, ahora que todo va como la seda y aún resuenan los corchos de las botellas de champán tras la arrolladora victoria de Díaz Ayuso, va y resulta que estalla la refriega, la polvareda y el navajeo político. Esta vez el casus belli ha venido de la mano de Esperanza Aguirre quien, en una entrevista con El Mundo, se posiciona inquebrantablemente de lado de Ayuso y carga duramente contra el sector de Martínez-Almeida, un grupo emergente a quien la exlideresa denuncia por estar configurado por “niñatos” y “chiquilicuatres” que no ha ganado una sola elección en su vida.

La guerra está servida, aunque aún faltan meses para el Congreso del PP de Madrid, una reunión que promete ser de todo menos aburrida. Por lo que se va viendo, los dos bandos ya están perfectamente configurados y alineados, ayusistas versus almeidistas, y de aquí a que comience el congreso (más bien una corrida de toros donde uno de los candidatos estará condenado al descabello) van a dar mucho que hablar.

Los expertos politólogos advierten de que el PP es un partido estructurado de los de antes, una organización clásica con un fuerte aparato, un buque bien dotado de estabilidad, pero uno ve las mismas grietas de siempre, las mismas luchas de poder, los mismos codazos por colocarse en la dirección de la empresa (no olvidemos que el PP es un trust financiero creado para perpetuar el capitalismo de amiguetes, el único proyecto político que tienen para España). De cualquier manera, esta película ya la hemos visto antes y es calcada a aquellas viejas comedias de enredo antaño protagonizadas por Aguirre y Ruiz-Gallardón. La atropellada y cruenta carrera por el poder de la extraña pareja, que se juró odio eterno en su intento de suceder a un Rajoy que no terminaba de despegar, acabó como acabó, con la guerra de los espías y dosieres, con dedazos y dimisiones, con los despachos infestados de micrófonos de la Gestapillo y con Aguirre caída en desgracia en su estanque lleno de ranas y el exalcalde madrileño yendo a trabajar en Metro, cada mañana, como un proleta más.

Hoy aquellas luchas intestinas retornan de nuevo con diferentes perros con los mismos collares, las mismas ambiciones desmedidas, las mismas bajas pasiones mundanas. Es un hecho público y notorio que Ayuso y Martínez-Almeida no se llevan, pero la entrevista de Aguirre viene a ser la declaración de guerra total y sin cuartel. “En el sector de Almeida hay algunos niñatos encabezados por un chico de cuyo nombre no quiero acordarme. En fin, que no digan bobadas, es que no han ganado una elección (…) Las han perdido todas”, fustiga la condesa de Bornos.

¿Hay “niñatos” y “chiquilicuatres” en el PP madrileño? ¿Existen, son fantasmas o meigas que haberlas haylas? ¿Son Pablo Casado, Teodoro García y Javier Maroto unos niñatos? Eso precisamente le han preguntado los periodistas a Martínez-Almeida en un improvisado canutazo a la salida de un acto oficial. El supuesto dirigente de la presunta patrulla X lo ha negado todo tragando saliva, poniendo cara de póker y echando balones fuera con una media sonrisa maléfica de curilla resabiado que prepara una que ni el obispo de Solsona. “Hoy no toca hablar de eso, je je”, sentencia el primer edil. La venganza y el cangrejo de río se sirven en plato frío.

Y mientras tanto, ¿qué hace el jefazo? Pues Casado mira y deja hacer. Es evidente que al eterno aspirante a La Moncloa le vino de perlas la victoria de Ayuso para reverdecer un maltrecho PP que amenazaba ruina y mudanza. Como también es un hecho contrastado que Martínez-Almeida es el tapado de Génova para frenar a la presidenta castiza en su fulgurante carrerón hacia La Moncloa. Por tanto, lo mejor es ver, oír y callar. Que los cocodrilos se maten entre ellos y luego ya se verá, según quien salga vivo. Lo que está claro es que a Casado solo le queda una bala en la recámara: o gana las próximas elecciones o se va a su casa con el máster en Harvard-Aravaca enmarcado y debajo del brazo.

Al actual presidente popular se le agota el tiempo y tendrá que jugárselo a todo o nada en unas generales inciertas. Por eso va pidiendo comicios como agua de mayo, por eso necesita urnas como el aire que respira, por eso le reclama a Pedro Sánchez, día sí día también, que convoque elecciones ya. No puede esperar mucho más, de ahí que esté siempre en crispado y mitinero modo campaña electoral. Hoy por hoy, las encuestas no le van mal, dentro de lo que cabe, pero en 2023 puede ser otro cantar. De momento, ya ha comenzado el baile por la sucesión. La silla del jefe peligra. Como dijo el Conde de Romanones: “Joder, qué tropa”.

Viñeta: Pedro Parrilla

EL GRAN INCENDIO

(Publicado en Diario16 el 13 de septiembre de 2021)

El fuego arrasa Málaga en lo que parece ser el primer incendio de sexta generación que se registra en España. Este tipo de siniestros provocados o agravados por el cambio climático lleva tiempo cebándose con países como Australia, Grecia y Turquía y ha reducido a cenizas regiones enteras como la Amazonia o el estado norteamericano de California, pero es la primera vez que los bomberos ven algo así en nuestro país.

Las llamas en Sierra Bermeja han desbordado todas las previsiones de los efectivos del Plan Infoca, que trabajan desde el miércoles en la lucha contra el diabólico “pirocúmulo”, una gran nube llena de brasas incandescentes que explota como una bomba de fuego y lo arrasa todo a su paso. El desastre ha quemado ya más de nueve mil hectáreas y sigue engullendo la masa forestal de un hermoso paraje enclavado a caballo de siete municipios malagueños cuyos habitantes no pueden hacer otra cosa que huir de sus casas, salvar lo que puedan y mirar al monte con lágrimas en los ojos. La misma escena que se repite una y otra vez, hoy aquí, mañana allí.

Un superincendio es un monstruo casi imposible de combatir: se comporta de forma especialmente virulenta, se propaga a una velocidad endiablada y a medida que avanza cambia de dirección y muta traicionera y engañosamente. Es como si las llamas jugaran al gato y al ratón con los bomberos hasta que consiguen arrinconarlos en una trampa mortal, de ahí que la mayoría de las ocasiones el alto mando dé la orden de retirada a las fuerzas desplegadas sobre el terreno para que sigan actuando los medios aéreos, impotentes ante la envergadura del siniestro. No hace falta decir que la mayoría de las veces el fuego se origina por la mano humana, ya se trate de locos pirómanos, inconscientes ganaderos o agricultores que queman rastrojos, desalmados especuladores urbanísticos o madereros o el típico tonto al que se le va de las manos la barbacoa. Todos ellos merecen la etiqueta de terroristas medioambientales y deberían pagar por ello. 

Todavía no somos conscientes del poderoso enemigo al que nos estamos enfrentando. En los próximos años (no solo en verano, el cambio climático alarga las temporadas de máximo riesgo) constataremos con horror cómo aumenta la frecuencia y la magnitud del incendio de sexta generación. En unos pocos lustros, la superficie forestal de España se habrá reducido a la mitad, un cataclismo monumental cuyas consecuencias económicas y sociales aún no somos capaces de calibrar pero que generará desertización, sequía, destrucción de cosechas, pastos y sectores económicos y desaparición de especies animales y vegetales. El final de la vida en grandes entornos y parques protegidos, regiones enteras de árboles centenarios reducidos a esqueletos de carbón. Un país enterrado en un gran manchurrón negro, esquilmado, desolador.

No hace falta decir que el problema de los incendios va a convertirse a corto plazo en el más grave desafío de nuestra sociedad, no solo porque nos jugamos la riqueza y el futuro del país, sino porque nos va la vida en ello. Los científicos ya han alertado de que un ambiente insano formado por contaminación, polvo y arena es un caldo de cultivo perfecto para la aparición de nuevos virus y epidemias.

Y ante la magnitud del desastre que está llamando a nuestras puertas, ¿qué es lo que hacen nuestros políticos de uno y otro bando? Seguir con sus juegos malabares retóricos, mirar para otro lado y esperar a que se sofoque el incendio, que hoy nos horroriza pero del que nadie se acordará mañana, salvo los vecinos de las zonas afectadas, que de la noche a la mañana pasarán de vivir en un hermoso vergel a un paisaje lunar yermo y muerto. Regiones como Galicia han perdido buena parte de su masa forestal en solo unas décadas y la misma evolución siguen los demás territorios de la Península Ibérica.

El inmenso desafío al que nos enfrentamos no es ninguna broma y ya no basta con que el político de turno se dé una vuelta en helicóptero por la zona afectada y vuelva a su casa a la hora de comer. Estamos ante una cuestión de Estado que exige, con urgencia, cumbres de presidentes autonómicos para coordinar esfuerzos; inversiones en medios humanos y materiales; debates y congresos científicos cada semana; movilización del Ejército si es preciso para luchar contra la calamidad; y campañas de concienciación en los medios de comunicación con programas educativos en los colegios para que nuestros escolares empiecen a entender las cosas que nuestra generación no ha sabido o no ha querido entender.

Si en lugar de resignarnos al rutinario goteo de incendios de cada verano pusiéramos el foco en el apocalipsis que se nos viene encima quizá tendríamos una esperanza de futuro. Lamentablemente, hoy la noticia de portada no será que la hermosa Sierra Bermeja se ha perdido para siempre, sino cuestiones tan triviales como el navajeo político entre casadistas y ayusistas en el PP, las cuitas y rencillas de los magistrados del Poder Judicial o la matraca de la mesa de negociación con Cataluña. Historias, todas ellas de medio pelo, que al lado de la imagen pavorosa de un mundo quemado dan ganas de reír. O de llorar.

Viñeta: Igepzio

EL FINAL DEL PERIODISMO

(Publicado en Diario16 el 9 de septiembre de 2021)

El titular era demasiado goloso como para dejarlo escapar. Tenía todos los ingredientes morbosos para reventar las redes sociales y provocar un cataclismo político sin precedentes: ocho encapuchados atacando a un homosexual al más puro estilo Ku Klux Klan, homofobia desatada, grupos urbanos ultras organizados y dando caza al hombre, la unidad antiterrorista movilizada e investigando el asunto, España entera en la calle en manifestaciones masivas. Un bocado suculento para los políticos y una bicoca para los periodistas, que nos subimos a ese carro animosamente y sin excepción.

Sin embargo, en apenas unas horas, la Policía española (que afortunadamente para todos nosotros sigue trabajando con destreza, para algo es una de las mejores del mundo) desmontaba la historia tras comprobar que las cámaras de seguridad instaladas en la calle no habían registrado, extrañamente, el momento en el que los supuestos cafres abordaban a la víctima para vejarla cruelmente. Ante esa prueba contundente, el chaval se derrumbó y confesó que todo había sido una invención, que su denuncia era falsa y que ningún vándalo le había marcado la palabra “maricón” y una cruz invertida (a punta de cuchillo) en las nalgas, ya que esas heridas eran consecuencia de un juego masoquista con otras parejas que no eran la suya (de ahí el montaje para ocultar su infidelidad).

Nadie daba crédito ante un caso que registraba un giro de ciento ochenta grados. Los políticos se apresuraban a borrar sus tuits, los tertulianos y columnistas escondían la cabeza debajo del ala o hacían mutis por el foro, los convocantes de la manifestación contra la homofobia se reunían para decidir qué hacer y la prensa, toda la prensa sin excepción, quedaba en evidencia. El país entero había estado a punto de convulsionar por una noticia fake que esta vez no salía de las cloacas de las redes sociales, sino de las televisiones que vemos cada día, de las cadenas de radio, de las rotativas y páginas webs de los periódicos más prestigiosos. Todo el sistema se había agitado, como en una grave crisis de histeria colectiva, por la bobada de un sujeto temeroso de que su novio se enterara de que le había puesto los cuernos.

La escabrosa historia tiene no pocas aristas e interpretaciones de todo tipo. La primera que no se puede acusar sin pruebas y la segunda que quien saca rédito político de esta delirante película es la extrema derecha, que esta vez y sin que sirva de precedente no estaba en el ajo, aunque es cierto que con su discurso está creando el caldo de cultivo homófobo para que se repitan agresiones de este tipo. Vox, que nunca pierde el tiempo en la manipulación informativa, ya está exigiendo la dimisión del ministro del Interior, Grande-Marlaska, un auténtico terremoto político generado por un episodio tan trivial como la estupidez de un masoca que saca placer de que le azoten y le zurren hasta sangrar. De ese rifirrafe político saldrá, a buen seguro, un puñado de votos para la extrema derecha trumpista.

En realidad, los delitos de odio se han disparado en el último año (más de un 9 por ciento respecto a 2019) y un caso aislado de denuncia falsa no puede ocultar decenas de ataques homófobos y xenófobos que se perpetran con total impunidad. Si de cada setecientas agresiones una es simulada o fingida, lo que ocurre aquí es que la excepción confirma la regla, por mucho que le pese a Vox. El problema está ahí, eso es evidente, y los chascarrillos y chanzas de la formación ultraderechista sobre este suceso solo contribuirá a banalizarlo. De eso va el discurso populista.

Pero más allá de las implicaciones políticas, resulta absolutamente imprescindible que la profesión periodística haga una profunda reflexión sobre la forma de trabajar que han impuesto las nuevas tecnologías. Ese “periodismo exprés” que consiste en soltar la noticia cuanto antes sin seguir los protocolos profesionales habituales (contrastar con al menos tres fuentes de información), conlleva serios riesgos de error y de abusos que los periodistas no deberíamos permitirnos. Una historia como la del masoquista de Malasaña no hubiese ocurrido jamás en el viejo mundo, en el periodismo tradicional antes de que llegaran las redes sociales y el sector cayera en una crisis galopante. Entre otras cosas porque los periodistas de un medio en papel hubiesen tenido toda la mañana y toda la tarde por delante para estudiar el caso, levantar el teléfono, hacer unas cuantas llamadas, debatir con el consejo de redacción, analizar y valorar los datos, así como los pros y los contras de una noticia tan extraña y de un alcance tan brutal, antes de colocar el titular prudente y mesurado a falta de que se esclareciese el turbio asunto. De esta manera, la noticia del día siguiente en cualquier periódico nacional y regional habría sido algo así como La Policía investiga una supuesta agresión homófoba en Madrid, que era el que tocaba poner por simple ética profesional. Hoy ese titular no sale en ningún medio sencillamente porque no tiene punch y no vende.

Lamentablemente, en la actualidad ya no se trabaja de esa forma artesanal, los periodistas se han visto arrastrados a una especie de vertiginoso corta y pega, unos medios se copian a otros descaradamente y todos quieren estar “bien posicionados” y antes que nadie en el insaciable mercado de Internet. La calidad ha cedido ante la cantidad; la verdad ha claudicado ante el negocio y el beneficio rápido. Esta práctica generalizada cuyo único fin no es proporcionar una información veraz y rigurosa al ciudadano (oyente, espectador o lector) sino aumentar las audiencias e incrementar el tráfico en las páginas web –que es lo que atrae publicidad–, supone un peligroso cáncer para la profesión. Y en ese desquiciado carrusel mediático en el que hemos caído todos por influencia de la revolución tecnológica y de las nuevas leyes del mercado periodístico (también el que firma este artículo), lo lógico es que al final acabemos cometiendo errores y montando un circo o un pollo mundial como el caso de ese chico mentiroso al que le falta un hervor y que con su delirio sexual ha conseguido poner patas arriba a todo un país.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

UN PP A LA HÚNGARA

(Publicado en Diario16 el 8 de septiembre de 2021)

Javier Maroto (ejerciendo de homosexual doliente y muy afectado por el terrorismo homófobo) condena sin paliativos el brutal ataque de Malasaña; el alcalde Martínez-Almeida lamenta que se identifique Madrid como una ciudad donde se practica, como deporte, la “caza del maricón”; el PP que se mira a sí mismo y se ve moderno y gayfriendly se rasga las vestiduras porque el Gobierno lo acuse de tibieza y complicidad con una extrema derecha que crea el ambiente y el caldo de cultivo apropiado para que las “bestias descerebradas”, como las llama Joan Baldoví, salgan a la calle a apalear y a marcar como reses a las personas homosexuales.

En realidad, el discurso de los supuestamente moderados del PP no se sostiene por ningún lado, no solo porque el partido de Pablo Casado va de la mano como socio de Vox, el grupo que alimenta el discurso del odio hacia las minorías, sino porque ellos mismos, cuando les toca decidir, yerran y se colocan en el lado equivocado de la historia. Tuvimos un buen ejemplo de esa hipocresía política en una reciente reunión en el Parlamento Europeo. Las leyes homófobas del presidente húngaro, Viktor Orbán, recibieron una condena sin paliativos de todas las fuerzas democráticas (populares europeos, socialdemocrátas, liberales, verdes e izquierda alternativa). De todas, menos del PP español, que con su abstención se volvió a aliar con los nazis. De esta manera, a sabiendas, Casado avaló las políticas del pequeño hitlerito húngaro cuya legislación segregacionista atenta contra varios artículos de la Carta de Derechos Fundamentales de la UE.

Lo que dio por bueno el PP en aquella votación es aberrante y no tiene nombre. Ideas como la prohibición de hablar de homosexualidad con menores en lugares públicos; el rechazo a la educación en igualdad sexual en las escuelas y en los programas de televisión; la censura de cualquier plataforma homosexual accesible a los menores de edad. Y no solo eso, sino también la consideración de la homosexualidad como una especie de perversa pedofilia. Horripilante.

La posición del PP aquel día, denigrante a todas luces, contrastó con la valentía de Ursula von der Leyen y su contundencia en la defensa de la democracia: “Europa nunca permitirá que se estigmatice a partes de nuestra sociedad, ya sea por sus seres queridos, por su edad, su origen étnico, sus opiniones políticas o sus creencias religiosas”. Touché para el señor Casado. ¿Pero por qué hace estas cosas el presidente del Partido Popular español? Sencillamente porque es un hombre sin principios ni valores al que solo le importa tocar el pelo del sillón de Moncloa. Porque es un Fausto capaz de firmar un pacto con el mismísimo Diablo (en este caso el demonio es Vox), si así le salen las cuentas y los escaños suficientes para conquistar el poder. Y porque es un amoral, un tipo sin escrúpulos, alguien a quien la democracia le importa un bledo (en realidad le aquejan ciertos tics franquistas bastante preocupantes, como cuando se queja de que las víctimas de los crímenes de la dictadura están todo el día aburriéndole con la “fosa del abuelo”). Al PP solo le queda el consuelo de que las delegaciones italiana y francesa del grupo popular (intoxicadas también por los Salvini y Le Pen) se abstuvieron también, lo cual no puede ser de ninguna manera una eximente. Ante la ofensiva nazi solo cabe posicionarse en contra y la cobarde abstención en un momento histórico tan trascendente supone mirar para otro lado mientras las “bestias descerebradas” imponen su macabra moda de la caza del hombre por los bares de Madrid.

Cuentan los periodistas de Bruselas que entre Casado y Orbán hay algo más que colaboración política estratégica. Hay una sintonía personal, afinidad de ideas, nostalgias inconfesables por los viejos tiempos. A buen seguro, Orbán considera a Franco como un gran personaje del siglo XX, una figura revolucionaria que cambió la historia de Europa, y ese discurso a Casado no le chirría del todo (él mismo todavía no ha tenido los arrestos suficientes para condenar los cuarenta años de franquismo, lo cual es gravísimo en sí mismo, por mucho que los españoles ya nos hayamos acostumbrado a que los líderes de nuestra derecha patria sean así, carpetovetónicos, rancios y nacionalcatolicistas).

Casado es un caso perdido. Se ha echado en brazos de la extrema derecha, desoye al PP Europeo e incluso va a contracorriente del jefazo Donald Tusk, que ha llegado a pedir la expulsión del Fidesz (el oscuro partido nazi de Orbán) de su grupo parlamentario en la Eurocámara. Qué diferencia respecto al líder español y eterno aspirante a la Moncloa siempre tan tibio y tolerante con los ultras. Pero luego sale Maroto, muy estupendo, a defender a los homosexuales frente a los trogloditas de la extrema derecha. Tómate algo Javi, hijo.

Viñeta: Pedro Parrilla

LOS SALARIOS

(Publicado en Diario16 el 8 de septiembre de 2021)

La CEOE se opone a que suba el salario mínimo interprofesional. El Gobierno le ha propuesto una horquilla de mejora de entre 12 y 19 euros y Antonio Garamendi ha dicho que tururú. Desde que Pablo Casado puso firme al patrono de patronos –el hombre acabó llorando como un niño en una rueda de prensa tras el rapapolvo de Génova por haberse mostrado proclive a los indultos a los presos soberanistas catalanes– todo va como la seda entre el PP y la patronal. Aquella foto en los jardines de Moncloa con el presidente del Gobierno y los líderes empresariales y sindicales firmando en el libro dorado del consenso social ya es cosa del pasado y hoy por hoy la negociación parece herida de muerte, aunque la ministra Calviño aún confíe en resucitarla. A partir de ahora será lo de siempre, los empresarios cerrándose en banda a todo avance social y los sindicatos preparando las cartelas y pancartas, los silbatos y las gorrillas rojas con la hoz y el martillo.

La primera víctima de esta ruptura de relaciones será, sin duda, Pedro Sánchez, que quedará como un hombre incapaz de poner de acuerdo a los agentes sociales. Otra muesca en el revólver de Pablito El Broncas. La pinza PP-CEOE (a la que viene a sumarse Vox) va a funcionar como una máquina bien engrasada en este otoño que se prevé más caliente que nunca. El PP casadista ha dado orden de estrechar el cerco en torno al presidente socialista y arrearle duro por tierra, mar y aire a cuenta de lo que sea. Cualquier excusa es buena; el bien general debe quedar ahora en un segundo plano porque de lo que se trata aquí es de convocar elecciones cuanto antes para echar a los rojos del Gobierno. Ya levantarán España los nostálgicos del régimen anterior, si es que se puede, y si no, da lo mismo. El discurso patriótico de un ultraconservador es solo un truco de barraca de feria para recuperar el poder y que España siga siendo lo mismo de siempre: el cortijo del señorito.  

“No es momento de subir el salario mínimo y hay riesgo de contraer más el empleo”, asegura Garamendi mostrando una preocupante insensibilidad con millones de trabajadores que siguen sufriendo los estragos de la crisis. Ahora bien, ¿tiene la CEOE algún argumento racional para oponerse a una subida salarial que como mucho supondría un incremento de 19 euros de miseria? Ninguno. Técnicamente la medida no afecta negativamente al buen funcionamiento de los sectores productivos, al contrario, estimula el consumo. Por otra parte, la economía va como un tiro (el paro baja y se espera un crecimiento del 7 por ciento a finales de año) mientras que las empresas están empezando a superar los beneficios anteriores al estallido de la pandemia. Ahí están las compañías eléctricas, que se están forrando con los beneficios caídos del cielo, un maravilloso eufemismo, ya que los beneficios nunca vienen de arriba, sino del saqueo del bolsillo de los que menos tienen. Por si fuera poco, suben los precios (el maldito IPC), lo que erosiona el poder adquisitivo de las familias. Otro argumento más para que suban los salarios.

De modo que solo argumentos de índole política pueden estar detrás del tozudo encastillamiento de Garamendi. O sea, la pinza de las élites políticas y financieras contra Sánchez. Es cierto que a los sindicatos esa horquilla pírrica de entre 12 y 19 euros tampoco les agrada porque la consideran insuficiente, una limosna o el chocolate del loro que nos aleja de la media europea, pero tanto UGT como Comisiones Obreras estarían dispuestos a sentarse a negociar y llegar a un acuerdo al alza, cosa que la CEOE, ahora mismo, rechaza de plano porque ya está en modo electoral al servicio de Casado.

El inmovilismo de Garamendi empieza a ser vergonzoso para un hombre que supuestamente representa a la clase empresarial de este país. Cuando en el resto de Europa la patronal apuesta por mejorar las condiciones laborales de su gente como plataforma para la recuperación económica, aquí seguimos instalados en planteamientos propios de siglos pasados: la bota del patrón aplastando el cuello del esclavo y el lumpenproletariat pobre y analfabeto siempre sometido. Esta idea de la economía que rechaza cualquier tipo de reparto de beneficios con la clase obrera, negando el principio elemental de la redistribución de la riqueza imprescindible para lograr un avance justo de la sociedad, es más propia del franquismo que de una democracia moderna. Pero esa es la clase empresarial insolidaria que tenemos, una élite más agarrada que un chotis y que encuentra un malsano placer en perpetuar un modelo económico obsoleto en el que el pobre malvive con las migajas y además tiene que estar contento con el éxito del patrón. Ni negociación ni leches. Con esta gente anacrónica no se puede negociar nada. Lo mejor que puede hacer Sánchez es ordenar la subida salarial por decreto y a otra cosa mariposa.

Viñeta: Iñaki y Frenchy