lunes, 7 de marzo de 2022

EL FRACASO DE LA DEMOCRACIA

(Publicado en Diario16 el 7 de marzo de 2022)

Una vez entendido que Vladímir Putin no es la reencarnación de Stalin –como pretenden algunas mentes simples (véase Toni Cantó)–, sino más bien un feroz ultranacionalista, un oligarca que medra a la sombra de un globalismo capitalista decadente y un paranoico dispuesto a volar el mundo por los aires, conviene detenernos un momento para intentar entender cómo hemos llegado hasta aquí. Y, obviamente, es preciso echar la vista atrás porque el presente y el futuro están ya escritos en el pasado y lo que nos dice la historia es que la guerra, como expresión máxima de la violencia humana, siempre llega como consecuencia de la crisis de las democracias modernas.  

En la Europa de Entreguerras, una vez pasado el horror de las trincheras que dejó 17 millones de muertos y 21 millones de heridos o mutilados, hubo un momento en que parecía que una nueva conciencia despertaba en la humanidad. El presidente norteamericano Woodrow Wilson lanzó la novedosa idea de crear una asamblea general de países como instrumento para resolver los conflictos internacionales (la fórmula cuajaría en la Sociedad de Naciones de 1919) y las democracias occidentales, con las tres potencias de la época a la cabeza (Francia, Inglaterra y Estados Unidos), sintieron que su modelo de convivencia social, su sistema político, aunque imperfecto, era el único viable. El espíritu de aquel tiempo se resume en la conocida frase de Winston Churchill: “La democracia es el peor de los sistemas de gobierno con excepción de todos los demás”.

Las reglas del juego que evitarían cometer los mismos errores y atrocidades del pasado para mirar hacia adelante con garantías de paz y prosperidad estaban trazadas: elecciones generales que permitieran la alternancia en el poder, prensa libre, libertad de religión y pensamiento, igualdad de todos ante la ley, pluralismo político, legalización de sindicatos como instrumentos para defender los derechos de los trabajadores, circulación libre de personas y renuncia al terror, a la dictadura y a la guerra como forma de resolver los problemas. Un oasis de paz aparecía ante los ojos de los europeos tras siglos de batallas y sangrientas contiendas, tal como ocurriría también en 1945 al término de la Segunda Guerra Mundial. Por desgracia, en ambas casillas de la historia (1919 y 1945) los europeos caímos en el mismo espejismo. En ambos trances, los más trascendentales de la historia de la humanidad, llegamos a pensar que ya estaba todo hecho, que la libertad se había conquistado definitivamente y para siempre y que la historia había llegado a su final, como sentenciaría décadas después el errático filósofo chino aquel. Lejos de haber conquistado la paz, lo que ocurrió fue precisamente todo lo contrario: dejamos que las tensiones políticas se enquistaran, minusvaloramos la amenaza de las ideas totalitarias emergentes y de los regímenes autocráticos que se gestaban en la sombra. Ni siquiera en las tres potencias democráticas consolidadas tras el Tratado de Versalles (la avanzadilla del mundo libre y moderno) se profundizó en una democracia plena.

La primera revolución industrial del carbón dio paso a una segunda marcada por el petróleo con sus mismas contradicciones y desigualdades sociales nunca corregidas (aunque tímidamente se permitió la integración de los partidos de izquierdas como el laborista inglés, que llegó al poder en 1923). El capitalismo colapsó con el crack del 29 (primera fase de un terremoto que todavía hoy nos castiga con sucesivas réplicas), el colonialismo imperialista siguió funcionando para desdicha de los países pobres explotados, las ambiciones y conflictos territoriales entre estados rivales se multiplicaron en cada rincón de Europa y el ultranacionalismo expansionista fue propagándose de forma imparable. Baste como ejemplo que Francia, faro y guía de las democracias europeas emergentes, logró resistir solo a duras penas el fuerte empuje de los movimientos nacionalistas de corte fascista que como las Juventudes Patrióticas, la Cruz de Fuego del Coronel Rocque (antiguos combatientes de la Primera Guerra Mundial) y Solidaridad Francesa estuvieron a punto de hacer tambalear el Estado de derecho, tal como ocurriría en Alemania e Italia en los años 20 y 30. Ya sabemos cuál fue el final de toda aquella espiral ultra: la barbarie de los campos de exterminio.

Hoy pone la carne de gallina echar la vista atrás y comprobar como aquel escenario diabólico de entreguerras y la Francia de hoy de Marine Le Pen y Éric Zemmour se parecen como dos gotas de agua, lo cual nos permite concluir que cuando la democracia fracasa el nacionalismo impone la ley de la jungla, la ley del más fuerte, la ley de la guerra.

La Rusia de Putin es la consecuencia lógica de esa pugna secular entre libertad y totalitarismo. El triunfo de la revolución soviética de 1917 no fue sino una batalla perdida, otra más, de la democracia liberal, incapaz de implantarse en un país rebosante de campesinos y obreros que, sintiéndose explotados por la tiranía zarista de Nicolás II, abrazaron la revolución como única salida para seguir viviendo. Muerto Lenin, Stalin se alzó como hombre fuerte de la URSS sustituyendo la supuesta democracia popular del proletariado por una “monocracia popular” (soberanía en manos de uno solo) que acabó en purgas, genocidios, gulags y aplastamiento de aquellas repúblicas con entidad nacional y con ansias de libertad que como Ucrania terminaron cayendo, esclavas y oprimidas, bajo el yugo de la dictadura bolchevique.

Hubo que esperar hasta 1991 para que Gorbachov y su milagrosa perestroika acabaran con la pesadilla de un régimen totalitario que jamás pudo cumplir con la noble utopía marxista de lograr un mundo mejor regido por la justicia y la igualdad para todos. Por momentos parecía que el país dejaba atrás el fantasma del totalitarismo, entrando, esta vez sí, en la senda de la democracia. Se abrían hamburgueserías norteamericanas en la Plaza Roja de Moscú, se firmaban pactos de desarme y no proliferación nuclear entre las dos superpotencias y se incluía a Rusia en el Festival de Eurovisión, gran símbolo de la decadencia burguesa/capitalista globalizadora. Sin embargo, de nuevo, volvió a actuar el pertinaz espejismo. Los rusos acabaron en manos de opulentos borrachos como Yeltsin y otros oligarcas de la energía (expresión máxima de la corrupción y la mafia) mientras las reformas políticas quedaban en papel mojado. Hoy Rusia sigue en poder de un dictador que hace y deshace a su antojo, imponiendo un régimen de terror en todo el país. Las cárceles se llenan de disidentes como Navalny, la censura amordaza a los medios de comunicación mientras el sátrapa se da a una vida de lujos en una obscena mansión imperial cuarenta veces mayor que el Principado de Mónaco y que recuerda bastante al Palacio de Invierno zarista. La democracia ha fallado una vez más. Y el fracaso de Rusia es el fracaso de Europa.

domingo, 6 de marzo de 2022

EL BÚNKER NUCLEAR

(Publicado en Diario16 el 4 de marzo de 2022)

El destino de todo dictador es acabar encerrado en un búnker, asustado como una rata, y colocarse una pistola en la sien. Cuenta la historia que, en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, Hitler rara vez salía del Führerbunker, salvo para dar cortos paseos por el jardín de la cancillería con su perra Blondi. Allí enterrado, rodeado de los suyos y del personal de su máxima confianza, vivió la agónica pesadilla de las bombas enemigas silbando a todas horas sobre su cabeza, una tortura que él había aplicado antes a millones de inocentes europeos. Finalmente, cuando los soviéticos ya merodeaban cerca de su último refugio, se pegó un tiro letal mientras su pareja, Eva Braun, tragaba una ampolla de cianuro.

Al igual que el dictador nazi vivió la ficción de que podía escapar del avance imparable de los aliados, de los tribunales de Núremberg y de sí mismo en su propia locura, también Putin ha decidido cobijarse en un complejo a prueba de bomba nuclear en algún lugar secreto de la deshabitada Siberia. Su paranoia de agente del KGB que no puede dormir tranquilo por las noches al verse constantemente amenazado por los tipos de la CIA ha ido a peor en los últimos tiempos y el miedo le ha llevado a atrincherarse junto a su familia en un lujoso búnker de alta seguridad similar a una ciudad subterránea. El pobre diablo cree que así, recluido en una jaula de oro dotada de un moderno centro de operaciones militares, de piscina y de nevera último modelo, podrá salvar el pellejo después de apretar el botón que dará paso a un invierno nuclear radiactivo capaz de terminar con todo vestigio de vida animal y vegetal.

Tras estallar la bomba del Zar, las gélidas temperaturas globales serán similares a las registradas en las peores glaciaciones ocurridas en tiempos remotos y una sola gota de lluvia ácida dejará la piel como un pimiento morrón asado a la máxima potencia del horno. Sin embargo Putin, en su delirio, está convencido de que cuando el ataque preventivo haya acabado, cuando solo queden él y unos cuantos oligarcas como él dispersos por el planeta y aislados unos de otros en sus madrigueras metálicas, podrá salir al fin a pasear por el jardín para lanzarle el palo a su perrito, como hacía Hitler. Que abandone toda esperanza de llevar una vida normal. Seguramente sus generalotes y científicos de cabecera ya le habrán advertido de que nunca más podrá escapar de su asfixiante ratonera (más bien ataúd para vivos). Una vez consumado el apocalipsis atómico, cualquier ser humano que asome el bigote al exterior quedará achicharrado por una atmósfera hostil como de otro planeta, una nube contaminante formada por cenizas, humo y partículas mortales que permanecerá en suspensión durante cientos de años, probablemente miles. Al mismo tiempo, el cielo se oscurecerá sumiéndolo todo en una noche perpetua. La capa de ozono se habrá evaporado por completo, de modo que la radiación ultravioleta del Sol freirá cualquier organismo vivo y vientos huracanados y polvorientos jamás vistos barrerán montañas, valles y océanos con la ira de un Dios justiciero.

Putin y su cohorte de idiotas podrán aguantar un tiempo a base de latas de caviar del Mar Negro, vodka y agua embotellada, pero en algún momento las existencias se acabarán y tendrán que salir a buscar provisiones. Ese será el momento en que, aunque los desgraciados supervivientes porten sofisticados trajes NBQ, caerán en la cuenta de que cualquier diminuta filtración en sus uniformes de guerra supondrá una dolorosa muerte por cáncer a las pocas semanas. La radiactividad provoca que la piel se caiga a tiras en medio de estertores invivibles. Más tarde, los pocos rusos que se crean predestinados a gobernar como la raza elegida sobre lo que quede del mundo comprobarán con estupor que ya no hay nada que conquistar ni nada que comer salvo ellos mismos. Cuando cunda la escasez en esa última tribu cada vez más mermada y reducida, nadie estará a salvo: el canibalismo se instalará en el grupo y eso será el final de cualquier simulacro de civilización, el caos total, la guerra de todos contra todos. Y puede creernos el señor Putin cuando decimos que no debe ser nada agradable dormir al lado de un barbudo mercenario de la Legión Wagner hambriento y enojado tras constatar que su líder es en realidad un cobarde o un pirado que ha abierto las puertas del infierno. Para entonces no habrá estancia segura en el búnker donde meterse, ni siquiera la cámara acorazada donde el sátrapa guarda avariciosamente su inútil tesoro de rublos y lingotes de oro que de nada le servirán tras el Armagedón.

La vida después del apocalipsis sería inviable, suponemos que eso ya se lo habrán dicho al tirano sus asesores de guardia. La mitad de la población mundial morirá en los primeros días tras el ataque. En pocas semanas no quedará ni una sola persona sobre la faz de la Tierra. El botín de la victoria se limitará a unos cuantos millones de kilómetros cuadrados carbonizados para siempre, una tierra humeante y quemada donde ya no brotará nada, unos mares tan hirvientes como sulfurosos y un silencio aterrador. Solo un loco querría vivir en un mundo así.

Estos días asistimos al resurgir de supuestos expertos tertulianos que saben de todo, de geoestrategia militar, de política, de economía y hasta de psicología humana. Es la cháchara televisiva torturante de siempre donde unos y otros debaten sesuda pero estérilmente tratando de desentrañar la psique del monstruo. Unos niegan que estemos ante un trastornado o un megalómano con ansias de poder y lo diagnostican más bien como un frío psicópata. Los hay que lo ven como un peligroso paranoico y hasta quienes lo definen como un hombre perfectamente cuerdo y pleno de lucidez política y militar. Qué más da la etiqueta clínica que le quieran colocar al perturbado. El caso es que allá abajo, en una fortaleza de hierro a varios cientos de metros de profundidad, un hombre coquetea traviesamente con el maletín nuclear. O como dijo Marsé, un tipo encerrado con su propio juguete, con su odio a la humanidad y a sí mismo. Alguien que produce auténtico espanto hasta a su amigo más fiel, su propio perro, ese pobre animal que lo mira con ojos tiernos y tristes pensando que ya nunca más podrá salir a pasear al jardín.

Viñeta: Artsenal

EL CARPETAZO

(Publicado en Diario16 el 3 de marzo de 2022)

En medio de la terrible guerra en Ucrania, los españoles se enteran de que la Fiscalía ha dado carpetazo al sumario sobre el patrimonio de Juan Carlos I en el extranjero. No ha podido escoger la Justicia española un mejor momento para archivar las causas del emérito. Justo cuando el mundo contiene la respiración ante la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial, cuando Putin vuelve a amenazar con apretar el botón nuclear y volar el planeta por los aires, los señores fiscales del Tribunal Supremo meten el expediente regio en un cajón, se sacuden las manos, respiran hondo como quitándose un peso de encima y a otra cosa. Pocas maniobras judiciales tan burdas se han visto.

Hace apenas un mes, los negocietes del emérito al margen de Hacienda nos parecían el mayor escándalo de la historia, un delito tremendo, algo intolerable. Hoy, cuando nos encontramos al borde del apocalipsis nuclear y Pedro Sánchez anuncia que España enviará armas para ayudar a la resistencia ucraniana (metiéndonos de lleno en las harinas del conflicto), nada nos resulta importante, ni la inviolabilidad del monarca, ni los cien millones de dólares de regalo para Corinna Larsen, ni siquiera el archivo de las diligencias, pese a que ha quedado demostrado que Juan Carlos escamoteaba sus ganancias al fisco.

Todos estamos empezando a relativizar los problemas cotidianos y los asuntos de Estado, todos hacemos examen de conciencia por lo que pueda pasar si estalla la “World War Three”, como diría Borrell, cuyo nivel de inglés parece que mejora por fin ahora que el mundo se acaba. Mientras asistimos con horror a las imágenes espeluznantes de la primera guerra televisada en directo, a pelo y sin filtro, comenzamos a entender que quizá haya llegado la hora de desprendernos de nuestros bienes materiales, de la casa eternamente hipotecada, de la factura de la luz impagable, del coche gripado que no da para más, de los viejos libros, de los álbumes familiares y del odio irracional de primates que llevamos dentro para esperar tranquilamente que nos caiga encima el hongo aniquilador, el infierno total, el final de los tiempos. Nunca antes una generación de seres humanos había estado tan cerca del fin del mundo como la nuestra. Eso lo saben en Fiscalía, donde han decidido aprovechar el pánico nuclear, con astucia y cálculo, para pasar página a un asunto, el de los vicios ocultos del rey emérito, que ahora se nos antoja (de la misma manera que la decapitación política de Pablo Casado), una minucia, algo ridículo y sin importancia, cosa trivial.

“El Ministerio Público concluye que no cabe perseguir penalmente a Juan Carlos de Borbón por su condición de inviolable mientras fue jefe del Estado, por la prescripción de los hechos delictivos, por las regularizaciones fiscales y por falta de indicios de delito en otros casos”, publica el periódico El Mundo. De esta manera, las tramas investigadas en España y Suiza, desde las posibles comisiones del AVE a La Meca hasta los negocios con los testaferros, pasando por la fortuna del emérito en la isla de Jersey, acabarán como esqueletos polvorientos del viejo mundo cuando caiga sobre nosotros el último telón de acero, la bomba rusa, el frío invierno nuclear.

Al igual que aquellos fósiles del Jurásico quedaron grabados en las rocas tras la caída del meteorito que acabó con la vida en la Tierra hace 65 millones de años, una vez que el loco Putin apriete el botón de sus arsenales atómicos también el papelamen judicial del emérito, los audios rayados del CNI, las cuentas en bancos de Ginebra y las comisiones de los jeques árabes terminarán pulverizados o atrapados para siempre en el olvido, como los insectos en el ámbar. Poco o nada quedará de esa turbia página sobre el Borbón que hoy nos parece una broma de la historia y que nadie leerá porque no quedará ni un solo humano sobre la faz de la Tierra. Quizá, dentro de un millón de años, un astronauta extraviado en una curva espacio-temporal se estrelle en este maldito planeta (ya en manos de los simios, como le ocurrió al personaje aquel de Charlton Heston), y encuentre no solo la cabeza de la Estatua de la Libertad seccionada y semienterrada en la arena de una solitaria playa, sino el busto del rey emérito con una placa herrumbrosa cuya inscripción diga: “Lo siento, me he equivocao no volverá a ocurrir”. Para entonces tampoco importará demasiado el grito desgarrado del viajero en el tiempo contra los malnacidos capaces de convertir el maravilloso punto azul pálido en el espacio del que hablaba Carl Sagan en una roca yerma, estéril y radiactiva.

Cuenta la prensa que Putin se ha atrincherado con su juguete diabólico (el maletín nuclear) en un desconocido búnker de Siberia. Ahora que el rey emérito ya está libre de todo pecado, todo delito y toda culpa, quizá sea un buen momento para que suba a su jet privado, se plante allí y trate de convencer al perro loco de que no lo haga. Ya dejó caer el periodista Manuel Cerdán que entre ambos siempre hubo feeling, al menos en el pasado. De hecho, Corinna Larsen llegó de decirle al comisario Villarejo que, tras su ruptura sentimental con el monarca, Juan Carlos quiso desacreditarla ante el sátrapa del Kremlin. “El émérito ha llamado a Rusia. En Rusia me quieren mucho. Me lo ha contado el propio Serguéi Lavrov [ministro de Asuntos Exteriores moscovita]”, confesó la amiga entrañable. No se lo piense majestad, quede con Putin, comparta un vodka con él, emborrachen al pobre Mitrofán si es preciso, pare este sindiós como hizo con el 23F y los españoles se lo perdonaremos todo. Hasta sus pufos con Hacienda.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

AYUSO DA MIEDO

(Publicado en Diario16 el 2 de marzo de 2022)

Pablo Casado ya es historia mientras los barones del Partido Popular piden a Feijóo que dé ya, cuanto antes, el paso adelante y asuma las riendas del partido. Todo apunta a que el gallego anunciará hoy mismo su candidatura a la presidencia del PP. “Quiero escuchar a mis compañeros de Galicia”, dijo ayer tratando de calmar el ímpetu de quienes no hacen otra cosa que gritar Feijóo, Feijóo, como si esto fuese un partido de fútbol. La Junta Directiva Nacional reunida ayer martes sirvió para consumar el “casadocidio” y cerrar filas en torno a la gran esperanza blanca de los populares. Todo aquel que se mueva hoy no saldrá mañana en la foto con el elegido. Y nadie quiere perder cuota de poder ni despacho.

La conjura contra Casado (que se despidió de sus enemigos/compañeros diciendo aquello de “he cometido errores pero no merecía este trato”), se consumó no solo desde dentro del aparato de Génova 13, sino desde la periferia, desde las baronías, desde los feudos que hasta hace un mes parecían plazas incondicionales de la cúpula. Obviamente, la revuelta contra el líder fue orgánica, total, un todos a una como en Fuenteovejuna. Da la sensación de que apenas quedan focos de fieles irreductibles casadistas (Pablo Montesinos, Ana Beltrán, Antonio González Terol y poco más), de modo que el camino hacia el congreso que debe entronizar a Feijóo parece más que allanado.

Ni siquiera la apariencia de pluralidad democrática que pretende dar el partido va a cambiar el guion perfectamente trazado. “Vuelvo a reiterar que aquel compañero que quiera presentarse que no tenga miedo, anunciaré mi decisión donde corresponde mañana”, asegura el líder gallego abriendo la mano a hipotéticas candidaturas alternativas. Una afirmación que no deja de ser un brindis al sol, ya que él no se va a mover de la Xunta sabiendo que otro (u otra) le va a hacer sombra. A estas alturas, todos en el PP saben que la partitura está escrita y que no hay otra figura política capaz de sacar al partido del atolladero en el que se ha metido. Es Feijóo o el caos. Es Feijóo o Isabel Díaz Ayuso (eso sería tanto como el caos). Es Feijóo o cuatro años más de Pedro Sánchez. El PP tiene poco tiempo para rearmarse moral y estructuralmente y para afrontar con garantías unas decisivas elecciones generales en las que no solo se jugará el destino de España, sino la hegemonía de las derechas españolas. Y esa urgencia, esa sed de líder que vive el partido, se demuestra en las últimas declaraciones del presidente de Castilla y León, Fernando Fernández Mañueco, que es de los que creen que ha llegado el momento de mirar hacia adelante. “Ya habrá tiempo de hacer una reflexión sobre cuáles han sido las causas y por qué han ocurrido las cosas”, sentencia.

Pero más allá de que todo en el Partido Popular parezca atado y bien atado, quedan algunos flecos importantes por resolver. En primer lugar, saber si la crisis ha terminado o se ha cerrado en falso y las heridas van a seguir supurando. Después, queda por ver qué piensa hacer Casado. Cuesta trabajo pensar que el derrocado líder popular, un hombre ambicioso donde los haya, vaya a quedarse quieto en medio de esta supuesta transición de caras, que no de ideas, ya que el programa seguirá siendo el mismo: rancio reaccionarismo español, desprecio del conservadurismo moderado a la europea y capitalismo de amiguetes. El tiempo del depuesto presidente parece haber pasado. Se ha jugado un póker con Díaz Ayuso y lo ha perdido. Nadie le compra el discurso de la regeneración, todos miran para otro lado cuando el meollo de la cuestión aquí, más allá de espionajes, dosieres, fontaneros y escándalos, es dirimir si la presidenta de Madrid ha practicado la corrupción más descarada y descarnada con el material sanitario en los peores momentos de la pandemia.

Es evidente que el pelotazo del Hermanísimo, el Mascarillagate, no ha tenido el efecto demoledor para la carrera de IDA que esperaba Casado. La lideresa ha aguantado el envite recurriendo al peor de los populismos. Ya se compara con Rita Barberá, la fallecida alcaldesa de Valencia que, según la versión conspiranoica de algunos prebostes populares, murió de un infarto provocado por los disgustos y pesares que le ocasionó la cacería judicial y periodística a la que fue sometida. De esta manera, recurriendo al victimismo fácil, es como IDA trata de movilizar a todos esos madrileños que van a estar con ella haga lo que haga, al más puro estilo trumpista. ¿Puede interpretarse que Ayuso está dispuesta a desafiar a Feijóo disputándole el trono de Génova en el próximo congreso trascendental del partido? No parece. Tiene bastante con su horizonte judicial, donde deberá demostrar que no cometió tráfico de influencias al darle al Hermanísimo contratos y comisiones. Ahora bien, de la presidenta de Madrid cabe esperarse cualquier cosa. Está siendo aconsejada por un hombre impetuoso, imprevisible y audaz como MÁR, un Putin del asesoramiento político que si se caracteriza por algo es por su capacidad de sorpresa. Desde ese punto de vista, nada está descartado por mucho que Ayuso diga que su sitio está en Madrid. Puede que no dé el paso adelante ahora y de forma oficial, pero no cabe duda de que va a seguir intrigando en la sombra hasta lograr su objetivo: postularse para llegar a la Moncloa.

De momento, ya sabemos que a Ayuso nadie en el PP la va a depurar ni laminar por haber incurrido en serias sospechas de corrupción. Margallo opina que no hay nada ilegal en los contratos firmados por la Comunidad de Madrid, todo lo más una cuestión ética y ni eso (ya se sabe que en la política de hoy la ética es simple papel mojado). El presidente andaluz, Juanma Moreno Bonilla, también da por buenas las explicaciones aportadas por la lideresa. “La información que ha dado Ayuso me parece suficiente (…) No tengo ningún elemento para no confiar en ella”, dijo el pasado lunes. Hasta el propio Feijóo ha defendido públicamente la inocencia de IDA, no sabemos si por no abrir un nuevo frente bélico con ella, por puro convencimiento de que la corrupción es cosa de los tribunales, no del partido, o por ambas cosas a la vez. En cualquier caso, se impone el discurso de que Ayuso es un “activo importante” para el PP, un peso pesado con el que conviene no meterse demasiado. Todos le tienen miedo a la niña de Chamberí, que hasta se permite exigir que echen a patadas del partido hasta al último casadista atrincherado. Nadie quiere ser el próximo en ser devorado por la boa constrictor y sus ayusers. Y mientras tanto, la sombra de la corrupción carcomiendo la democracia. El PP nunca aprende de los errores.

Ilustración: Artsenal   

EL PERRO RABIOSO


(Publicado en Diario16 el 2 de marzo de 2022)

Zelenski dio ayer un importante paso adelante para la entrada de Ucrania en la Unión Europea. Los eurodiputados lo recibieron con enfervorecidos aplausos en una sesión histórica. Es la victoria moral del hombre de sencilla camiseta militar que pudo haberse exiliado en Estados Unidos y prefirió sufrir hasta el final con su pueblo.

Mientras tanto, en el otro lado, en el Kremlin, las cosas no pintan bien. Putin ha calibrado mal la invasión, nunca pensó que la resistente tierra ucraniana le iba a poner tantas trabas a la hora de ensanchar las fronteras de 1919. Creyó que lanzando un ataque relámpago, Kiev caería en unas pocas horas. Sería un paseo militar, una operación limpia, quirúrgica, sin demasiadas bajas por ambos bandos. Hasta llegó a soñar con que los ucranianos arrojarían flores al paso de los tanques rusos. El mundo le dejaría hacer por miedo a la guerra nuclear, no habría reacción del timorato Occidente y la OTAN se inhibiría como ya ocurrió en la guerra de Chechenia.

Sin embargo, va para diez días y Ucrania resiste milagrosamente. Es cierto que la población está pagando un precio muy elevado en vidas humanas y que el país está siendo devastado en todos sus frentes. Las bombas de vacío termobáricas, capaces de reducir un edificio de ocho plantas a un montoncillo de tierra (pulverizando los cuerpos humanos que encuentra a su paso), están arrasando ciudades y pueblos. Járkov, donde se apilan decenas de muertos, quedará como el gran símbolo del genocidio ucraniano, al igual que lo fue en su día Srebrenica durante la guerra de Bosnia. Pero a esta hora es evidente que los planes militares del tirano han fracasado. Los frentes se estancan y el final rápido de la invasión no se ve en el corto plazo, lo que nos hace suponer que algún que otro general habrá sido degradado o incluso enviado a un gulag de Siberia. El Ogro de Moscú, un nostálgico incurable y recalcitrante además de un paranoico, siempre piensa en términos de Guerra Fría y así se las gastaba el KGB en los viejos tiempos: deportando al incompetente.  

Cada hora que pasa es un contratiempo para Putin. De la noche a la mañana, la economía rusa se ha convertido en un zombi, cien rublos ya no valen ni un dólar y la amenaza de la hiperinflación causa pavor entre los ciudadanos. Con la bolsa de Moscú cerrada a cal y canto, con los bancos al borde de un corralito financiero y con los oligarcas rusos abandonando el barco putinesco, el ataque de furia del sátrapa ha debido ser antológico. Por si fuera poco, el mundo es un clamor contra él y en la Corte Penal Internacional ya corre el rumor de que algún día lo sentarán en el banquillo por crímenes de guerra y de lesa humanidad. No lo verán nuestros ojos, antes vuela el planeta entero por los aires. Pero al menos ya sabemos que Putin está solo en esta guerra, solo en su dialéctica de destrucción, solo en el paisaje de la muerte. Como a todo dictador, le ha llegado la hora y ya deambula como una sombra de la historia en la frialdad de su palacio imperial de invierno, o sea el Kremlin. De cualquier manera, mal asunto para la humanidad cuando al loco se le arrincona con sus delirios de grandeza, cuando se le deja tiempo para pensar. De esa cabeza no puede salir nada bueno.

Ayer, con todo el planeta en su contra, volvió a insistir en que su propósito sigue siendo proteger a su pueblo de la amenaza de Occidente y “desnazificar Ucrania”. No se da cuenta el tarado de que el nazi que va camino de superar a Hitler es él mismo. Solo Nicolás Maduro, un payaso de opereta con chándal, le sigue el juego al carnicero en su espiral de violencia desatada. Ayer, el clown chavista volvió a hacer el ridículo internacional al ponerse incondicionalmente de lado de los rusos. Hasta China, tradicional aliada de Moscú, empieza a desconfiar ya de la salud mental de Putin y se ofrece como mediadora entre las partes para tratar de dar una salida airosa al conflicto. Si China decanta la balanza hacia un lado, los días del megalómano pueden estar contados. Pero hasta entonces, Putin sigue teniendo las riendas del poder y lo que es aún peor: la llave del maletín nuclear. Con seis mil fieles mercenarios bien pagados y protegiéndolo día y noche no parece posible que pueda triunfar una conjura palaciega.

A última hora de la tarde, una gigantesca columna de blindados rusos de más de 60 kilómetros de largo se dirigía a Kiev. Es la prueba fehaciente de que Moscú, fracasada la guerra relámpago, pasa a una segunda fase de la operación que se prevé mucho más cruenta y salvaje. La torre de televisión ucraniana ya ha sido bombardeada. La oscuridad lo invade todo. El Ejército invasor aconseja a los kievitas que abandonen la ciudad y cientos de miles de personas huyen despavoridas, como pueden y con lo puesto, ante la amenaza de una ofensiva inminente. Más de 600.000 personas han atravesado ya la frontera europea como refugiados de guerra. En las próximas semanas se prevé un éxodo masivo de hasta cinco millones de ucranianos. Una catástrofe humanitaria sin precedentes en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

El perro rabioso enloquece por momentos, el perro está más hambriento de sangre que nunca y quiere morder carne donde sea y como sea. Ya le da igual si su próxima víctima es Odesa o Mariúpol, Lituania o Finlandia. Está poseído por un delirante odio ultranacionalista que llevaba por dentro, en secreto, sin que nadie sospechara nada. “Vamos a cortar la mala hierba”, le dijo premonitoriamente, no hace mucho, a un estrecho colaborador. El dedo índice le tiembla sobre el botón nuclear, el hilo de baba le cuelga en la comisura de los labios. Biden habla por teléfono con Zelenski. Estamos en máxima alerta nuclear. Cualquier cosa puede pasar. Pensábamos que la pandemia era lo peor que nos había ocurrido en la vida y estamos a un paso de ser la última generación de humanos sobre la faz de la Tierra. Quién nos lo iba a decir.

Viñeta: Álex, la mosca cojonera

TONI, EL PACIFISTA

(Publicado en Diario16 el 1 de marzo de 2022)

Y mira que lo advertimos en esta misma columna tal que hace unos días. Mira que, viendo venir que las tentaciones para las derechas serían fuertes, lanzamos un aviso previo a todo aquel ágrafo en Historia, mermado o tonto solemne que quisiera ver en la invasión de Ucrania una reedición de las antiguas injerencias de la URSS en sus países satélites. Lo avisamos por activa y por pasiva, que Putin no es comunista, hombre, que la Rusia de hoy es más zarista que estalinista, que el Kremlin ha caído en manos de unos oligarcas del gas que de bolcheviques tienen lo que Isabel Díaz Ayuso de sanchista. Y lo dijimos para que nos escucharan tanto los neorrancios de la derechona patria como los rojos nostálgicos de la Guerra Fría. Pues nada, tenía que salir el historiador dominguero de turno, el analista de andar por casa, el experto geoestratégico de medio pelo dispuesto a comparar lo que está ocurriendo en la frontera oriental europea con el antiguo imperialismo soviético. El avezado opinador no podía ser otro que Toni Cantó, que no sabe nada sobre nada más allá de arrimarse bien al poder y colocarse en despachos y carguetes.

En cuanto los tanques rusos atravesaron la frontera vecina, rumbo a Kiev, al director de la Oficina del Español, ese chiringuito o mamandurria, le faltó tiempo para echarse a la calle envuelto en una bandera amarilla y azul (se duda si hasta ese momento sabía ubicar Ucrania en el mapamundi). “Ya en Colón. Por Ucrania. Contra el comunismo”, soltó sin rubor el señor Cantó en un tuit antológico para la posteridad. A buen seguro debió pensar que como en esta película hay rusos, americanos, espías del KGB y maletines nucleares esto tenía que ver, sin duda, con aquello del Telón de Acero que había escuchado en el colegio. Algo le sonaba de las películas de James Bond, que no de las novelas que no ha leído (si lo hubiese hecho habría aprendido alguna cosa, ya que en sus libros Ian Fleming siempre tiene alguna parrafada histórica para contextualizar a sus personajes).

Lógicamente, con semejante análisis de brocha gorda el bueno de Toni no solo había cavado su propia tumba en las redes sociales, donde empezaron a caerle hostias como panes (una vez más volvió a petarlo y a ser trending), sino que había quedado meridianamente acreditado que el director de la Oficina del Español estaba haciendo el ridículo ante la comunidad internacional y parte del extranjero. Él, claro está, no era consciente de que había metido la pata hasta el cuezo. Ocurre que a menudo el pedante pierde la noción de la realidad y termina viéndose a sí mismo como el más grande intelectual de su tiempo.

Lamentablemente, Toni Cantó, quizá por aquello de que es actor, ha querido jugar a los intelectuales o a activista concienciado como los Bardem. El problema es que nuestro clan de artistas más internacional siempre sabe estar en el lado bueno de la historia y en el “no a la guerra” sea quien sea quien la promueva (yanquis o soviéticos) y además se documentan, estudian un poco el conflicto, sus orígenes y causas, un mínimo, y no se lanzan a las manifestaciones antibelicistas que se convocan para gritar la primera capullada que se les pasa por la cabeza, como hace Toni. Javier, Carlos y antes Pilar (nuestra recordada gran dama del cine) siempre se caracterizaron por su integridad y su compromiso sincero con la paz, pero a este Toni se le trasparentan las intenciones, el maquiavelismo, el oportunismo político. Él fue a la manifa de Colón no para mostrar sus condolencias con el pueblo ucraniano ni para expresar su total rechazo al tirano moscovita, sino para intentar sacada tajada electoral –no ya para él, que no tiene partido, hoy está en el PP, mañana Dios sabe dónde–, para colgarse la medalla ante la reina Isabel y para acreditar que no todo es perder el tiempo en la Oficina del Español, ya que también hace algo por la causa de las derechas españolas.

¿Pero hombre Toni, cómo se te ocurre decir que Putin es comunista cuando el Oso de Moscú ha abierto Rusia a la economía de mercado, cuando se codea con los grandes petroleros y oligarcas que no saben ni quién fue Lenin y cuando ni él mismo sabe la pasta que tiene a buen recaudo en paraísos fiscales? No hay más que ver el casoplón en el que vive el líder ruso (una finca cuarenta veces más grande que el Principado de Mónaco con sala de striptease, casino y pista de hielo subterránea) más el superyate y los 100.000 millones de dólares que se le suponen. Putin vive una realidad paralela de caballos de pura raza, cacerías en la estepa rusa, pianos de cola y combates de judo amañados (si los espárrines no se dejan ganar los mandan directamente a un gulag de Siberia). Con seis mil guardaespaldas a su servicio y una cohorte de magnates mangantes (su ex yerno Kirill Shamalov, el constructor Boris Rotenberg y Gennady Timchenko, el inversor que pasa por ser el hombre más rico del país, entre otros muchos), Putin está muy lejos de ser un comunista. Puede que sea un comunista de lo ajeno (lo mío es mío y lo tuyo mío es), alguien que hace suyo lo de los demás pero nunca reparte. Un jeta atómico, un megalómano inmoral cuyos principios empiezan y terminan en el dinero, un Trump nacionalpopulista y facha a la rusa. O sea, un fenómeno típico del nuevo desorden mundial y un corrupto del neoliberalismo globalizante preconizado por las élites financieras que mueven el mundo. Sí Toni, sí, Putin es de los tuyos, de los que tú defiendes, del modelo económico capitalista salvaje que te hace tilín. No intentes engañar al pueblo que no cuela.  

Viñeta: Adrián Palmas

CANCIÓN TRISTE POR KIEV

(Publicado en Diario16 el 28 de febrero de 2022)

Kiev resiste. La población prepara caseros cócteles molotov mientras los soldados y milicianos hacen frente a los tanques rusos a las afueras de la ciudad. Toda la población ucraniana, incluso los que no habían empuñado un arma en su vida, se apresta a defender el país frente a la agresión del tirano. Están dando una lección de resistencia, de coraje y valor a los trémulos y adormecidos occidentales que, desde lejos, como niños neuróticos horrorizados, miran al cielo por si ha estallado ya el hongo atómico. Y en medio de las ruinas, de las columnas de humo y del paisaje devastado emerge un líder imprevisto: el presidente Zelenski, el comediante metido a político en quien nadie confiaba, el hombre de camiseta verde caqui que cada día implora ayuda a la comunidad internacional mientras enseña los dientes a Moscú en nombre de los ucranianos. Putin lo quiere muerto y lo quiere ya. En apenas cuatro días de invasión, el presidente ucraniano se ha convertido, casi por accidente, en un gran símbolo de nuestro tiempo, un general de la resistencia que pide más kaláshnikovs al tiempo que da clases magistrales de democracia y libertad frente a la amenaza de la tiranía totalitaria. Esa batalla, la de la opinión pública global, la tiene prácticamente ganada. En cada ciudad del mundo, en cada pueblo, se convocan manifestaciones, movilizaciones ciudadanas, protestas frente a las embajadas rusas. Solo Hitler en su día concitó tal grado de repulsión internacional.      

Mientras tanto, Ucrania aguanta las embestidas de los ejércitos rusos falsamente disfrazados de soviéticos. Al caer la noche, el toque de queda convierte Kiev en una ciudad fantasma. En la Plaza de la Independencia, subida a su majestuoso pedestal de 61 metros de altura, la berehynia, esa mujer victoriosa con una rama de rosa guelder en sus brazos, permanece impasible y silenciosa como tratando de otear el horizonte, donde las columnas rusas se agrupan a pocos kilómetros de la capital. Una extraña oscuridad de otra época, de otro tiempo, se apodera de todo cuando miles de personas bajan lentamente las escaleras de las estaciones del Metro. Una marea humana triste, aterrorizada, gris. Allí, tapados con mantas y con el frío calando los huesos frente a las vías del ferrocarril, la mayoría duerme en el suelo, unos pegados contra otros. Hay gente que arrastra maletas, bebés que lloran, viejos jugando al ajedrez, violinistas que tratan de llevar un poco de paz y armonía entre tanto horror. De vez en cuando suena algún que otro disparo, una bomba lejana, la explosión de un mortero o las alarmas antiaéreas ululando como enloquecidas. No hay demasiada diferencia entre estos sufridos kievitas y aquellos recios madrileños que en nuestra trágica Guerra Civil se refugiaban de las bombas caídas desde las pavas italianas. Cambian los anoraks del siglo XXI, cambian los teléfonos móviles que iluminan las caras asustadas de las gentes y las gorras de béisbol de equipos extranjeros, pero el terror sigue siendo idéntico.

La noche es larga y dura en las entrañas del Metro, pero la mañana es casi peor, ya que toca sobrevivir como se pueda. Al amanecer la gente se agolpa en largas colas frente a los supermercados de estanterías vacías. Los productos de primera necesidad empiezan a escasear. Casi no queda pan. La sombra del hambre planea como un buitre carroñero sobre la ciudad. Putin es un dictador totalitario de manual, sabe que las operaciones militares en el campo de batalla siempre deben ir acompañadas del debido cerco a la población en la retaguardia. Los civiles son la pieza clave de la invasión. Reventando el tejido social, desnutriendo a miles de personas, minando la moral del pueblo, es como piensa ganar esta guerra el ogro de Moscú. Sin embargo, en el otro bando, al otro lado de los campos carbonizados y humeantes, de los puentes destruidos y de los ríos llenos de queroseno incendiados como lenguas de fuego, los estragos de las sanciones internacionales adoptadas por Occidente también empiezan a hacer mella en el pueblo ruso. El rublo de desploma, la inflación se dispara, los oligarcas del gas cierran el grifo de la energía –sumiendo a Europa en un invierno medieval–, y buscan refugio en sus yates fondeados en paraísos fiscales. Esta no es solo una guerra entre rusos y ucranianos, entre Putin y Zelenski, entre autoritarismo y democracia liberal, es una guerra entre clanes internacionales, entre la mafia rusa y la mafia de Wall Street.

Las cárceles del paranoico de la KGB empiezan a llenarse con detenidos de la disidencia y manifestantes que gritan no a la guerra sin que nadie les escuche. Otro inmenso gulag se prepara en las estepas siberianas. En la frontera con Polonia se agolpan los primeros refugiados, la macabra obra maestra del loco Putin que convierte a los seres humanos en ferralla humana vagando por caminos y carreteras. La ONU condena la invasión y alerta de un éxodo de hasta cinco millones de desplazados. La OTAN mueve sus cazas, los submarinos nucleares toman posiciones, todo está preparado para la última confrontación bélica tecnológicamente avanzada (la siguiente será con palos y piedras, ya lo dijo Einstein).    

Cada hora que pasa es un fuerte revés para el nuevo zar en su delirio de ensanchar fronteras y reinstaurar el imperio tal como era en 1919 antes del Tratado de Versalles. Pero el reloj juega en su contra. Su intento de arrastrar a Zelenski hasta Bielorrusia para firmar una paz que no es una paz sino una rendición sin condiciones de Ucrania se antoja una jugarreta más del líder ruso siguiendo el fiel manual hitleriano. La guerra relámpago o blitzkrieg va camino del fracaso mientras Alemania rompe el complejo del nazismo y se rearma hasta los dientes por primera vez desde 1945. Josep Borrell deja caer que esto no es una guerra de Rusia contra Ucrania sino una guerra de Putin contra el mundo. O sea, un sátrapa millonario que maneja las llaves del maletín nuclear como ese bravucón que para intimidar al personal pone encima de la barra las llaves de su Porsche.

Viñeta: Pedro Parrilla