martes, 15 de marzo de 2022

EL MODERADO ULTRA

(Publicado en Diario16 el 11 de marzo de 2022)

El PP de Mañueco abre la puerta de las instituciones a Vox en Castilla y León. ¿A alguien le cabía alguna duda de que iban a hacerlo sí o sí? Pues todavía hay ingenuos que se sorprenden y se rasgan las vestiduras por este infame pacto de Gobierno. En realidad no se alían dos partidos con objetivos diferentes. Son las mismas ideas, el mismo pensamiento ultraconservador, el mismo proyecto político. Dos formaciones que encajan como anillo al dedo.

PP y Vox se parecen como dos gotas de agua aunque con ciertos matices. Ambos comparten esa idea tan del antiguo régimen que entiende la política como una manera de perpetuar el capitalismo de amiguetes, el nepotismo y la economía clientelar (ahí está el Hermanísimo de Díaz Ayuso con sus contratos por la patilla, no hay mucho más que decir). Ambas fuerzas entienden la democracia como una especie de dictadura orgánica donde siempre gobiernan los mismos (o sea ellos), y donde las instituciones les pertenecen en propiedad como si se tratara de un cortijo. Y ambos creen que el adversario político es un enemigo a exterminar (mayormente el rojo dispuesto a romper España). Por supuesto, cualquier avance social supone un peligro para el orden establecido y las buenas costumbres, cuando no para la unidad de la patria. No es que las dos estirpes de las derechas españolas sean inmovilistas, es que son reaccionarias y sienten alergia a la propuesta de investigar la pederastia en la Iglesia católica.

Los programas de uno y otro partido parten del mismo origen, están inspirados en los mismos principios ultraconservadores y van en la misma dirección política. Nunca reformar nada, siempre mantener los privilegios de las clases altas. El manual del buen trumpista en la mesita de noche, junto a la Biblia que invocan pero que no leen ni entienden, y la foto del rey emérito en la pared, sobre la bandera de España (la oficial para los actos públicos, la del pollo en casa). Son tan monárquicos que están dispuestos a tragar con cualquier trapacería o cosa ilegal que haga el Borbón y si mañana Juan Carlos I saliera a la Gran Vía armado con una escopeta y pegando tiros, en plan Donald Trump en la Quinta Avenida, populares y voxistas lo apoyarían como un solo hombre porque entienden la monarquía no como un poder más del Estado de derecho sometido al imperio de la ley sino en su aspecto feudal, medieval, absolutista.

Por descontado, ambos son clasistas y están en contra de mejorar los derechos de los trabajadores, ya lo vimos hace solo unos días, cuando votaron no a la reforma laboral (si el decreto ley salió adelante fue gracias a un torpe que se equivocó de botón). El programa económico es calcado en ambos partidos: mucho neoliberalismo salvaje, privatización a calzón quitado y desmantelamiento de lo que para ellos son “chiringuitos socialcomunistas” (en realidad supresión de los cimientos del Estado de bienestar que pretenden liquidar poco a poco). En el capítulo del dinero están de acuerdo en todo, desde la repugnancia a pagar impuestos hasta la laxitud y la tolerancia contra el fraude fiscal. El sueño suizo es lo que les motiva.  

En cuanto a las diferencias, son nimias, apenas imperceptibles. En Vox se sienten machistas y xenófobos y si bien es verdad que en el PP se declaran firmes defensores de la igualdad entre hombres y mujeres detestan el feminismo tanto o más que las huestes de Abascal, de modo que para el caso es lo mismo. En lo concerniente a las cuestiones de inmigración, los populares presumen de que no son supremacistas blancos como sus socios voxistas, pero en realidad todo es puro postureo y jamás saldrían a la calle a protestar por el apaleamiento de un mantero, ya que eso es cosa de comunistas piojosos.      

Ayuso, Cayetana, Aguirre y otros posaznaristas de nuevo cuño encarnan la derechona más dura y radical de este país. Podrían fichar por el partido de Abascal sin ningún problema. En lo esencial (Dios, patria y orden), coinciden al milímetro y por eso se ajustarán como una tuerca a un tornillo en el engranaje institucional de Castilla y León. Ambos partidos son hermanos que un día riñeron por cuitas de poder, que no ideológicas. Gente a la que la pureza de la democracia se la trae al pairo. Los mismos perros con diferentes collares.

El Partido Popular Europeo repudió ayer el infame pacto castellanoleonés. El líder popular, Donald Tusk, cree que el acuerdo es una “capitulación” de la derecha democrática española y confía en que sea “un accidente y no una tendencia”. Lo lleva claro el tal señor Tusk, hablamos de nostálgicos de un partido fundado por un ministro de Franco que siempre se mostraron abiertamente en contra de sacar la momia del dictador del panteón del Valle de los Caídos. Feijóo va a tener que emplear una buena cantidad de lejía si quiere limpiar el oprobio de ayer, que asquea a la derecha europea clásica y que quedará como una jornada negra en la historia de este país. El día que el PP aceptó colocar a un franquista en la presidencia de un parlamento democrático. El día que el fascismo reconquistó una región de España, 47 años después del final de la dictadura, sin necesidad de recurrir a la Legión.

Bien mirado, este sucio enjuague no deberíamos anotarlo en el legado de Casado, sino en el debe del propio Feijóo que, o se la han colado en medio del vacío de poder que vive el PP o se la ha dejado colar mirando para otro lado. En ambos supuestos sería gravísimo. En todo caso, ayer asistimos al pacto de la vergüenza, como dice Adriana Lastra. Un acuerdo que en Bruselas horripila e inquieta por lo que tiene de retroceso de España hacia los peores tiempos de los regímenes antidemocráticos. Muchos de los procuradores que ayer juraban sus cargos se negaron a estrechar la mano a Carlos Pollán, que así se llama el voxista elegido nuevo presidente de las Cortes regionales. Con ese apellido tan viril estamos seguros de que no tardará en recuperar las esencias del españolismo testicular, recio y macho. Arriba España.

Ilustración: Artsenal

TRIBUNALES DE GUERRA

(Publicado en Diario16 el 10 de marzo de 2022)

Cuenta la historia que en 1919, finalizada la Primera Guerra Mundial, las potencias vencedoras buscaron la manera de sentar en el banquillo de los acusados al káiser Guillermo II de Alemania como responsable de la mayor catástrofe bélica que hasta ese momento había vivido la humanidad. Sin embargo, la idea no pudo llevarse a efecto por falta de acuerdo. Hubo que esperar a los juicios de Núremberg y Tokio para que, por primera vez, se pudiera sentar a criminales de guerra (en este caso de las potencias fascistas) ante un tribunal de Justicia. Desde entonces, la Corte Penal Internacional ha mostrado su eficacia a la hora de perseguir masacres y matanzas como las ocurridas en Yugoslavia y Ruanda que en otro tiempo hubiesen quedado impunes.

Ahora bien, la aplicación del Derecho Internacional funciona cuando se trata de enjuiciar al dictador de un país pequeño al que se puede perseguir y detener, pero no cuando el bandido o matón es el líder de una de las tres superpotencias mundiales. Es decir, el amo del mundo. De esta manera, cabe preguntarse: ¿podrá la Corte Penal Internacional juzgar algún día a Putin y sus secuaces por crímenes de genocidio y lesa humanidad? Parece difícil, cuando no imposible. La Fiscalía del tribunal ha anunciado la apertura de una investigación de oficio contra la Federación Rusa, pero todas las cancillerías saben que en realidad estamos ante un brindis al sol, ya que para enjuiciar al sátrapa ruso y a sus generales primero habría que dictar una orden de detención contra todos ellos y nadie en su sano juicio puede llegar a pensar que se le podrá poner el cascabel a ese gato. Un criminal acorralado es capaz de todo y Putin apretará el botón nuclear, sin dudarlo, antes de caer en manos de los jueces occidentales. Ya se ha ocupado de blindarse en el poder hasta 2036 para que la policía militar otanista no pueda sacarlo de su palacio de invierno a corto plazo. Por eso declaraciones buenistas como las realizadas en las últimas horas por Pedro Sánchez, que ha anunciado la persecución judicial de los delitos del líder ruso, hacen reír al tirano, que asiste al espectáculo del fin del mundo confortablemente recostado en su poltrona.

De modo que la comunidad internacional se encuentra ante una macabra paradoja: tener que asistir a execrables delitos de genocidio, cada día y en directo por televisión, sin poder hacer absolutamente nada. Nunca antes se había planteado un dilema tan diabólicamente urdido, tan lejos de poderse resolver. Lo que todo el planeta tuvo la desgracia de ver ayer, la matanza de Mariúpol en prime time, ha sobrepasado cualquier límite de bestialismo y crueldad. Los cadáveres se acumulan en las cunetas. El alcalde de la ciudad cifra en más de mil los civiles asesinados por las tropas rusas. El hospital de maternidad bombardeado sin compasión alguna quedará como uno de los símbolos de esta maldita guerra, al igual que en su día lo fue Gernika en la Guerra Civil Española o Srebrenica en el conflicto de Bosnia.

Las imágenes revelan en toda su crudeza lo que ocurre cuando un sádico como Putin se instala en el poder. Mujeres embarazadas ensangrentadas, niños atrapados bajo los escombros de un edificio totalmente derruido y decenas de incubadoras, cotidianas máquinas concebidas para fabricar vida, reducidas a simples despojos de muerte y destrucción. Atrocidades inimaginables, escenas horripilantes que por desgracia no son nuevas, ya que en los últimos días se han repetido en otras partes del país ante la parálisis de Occidente, atenazado por el pánico a que Putin pueda apretar el botón nuclear en cualquier momento, como en el peor de los cómics de supervillanos que hasta hoy nos parecían cosa de ciencia ficción. Probablemente, de encontrarnos en el mundo de 1939 y no en 2022 ya habría estallado la Tercera Guerra Mundial. Pero el contexto atómico en el que nos movemos lleva a los países aliados de la OTAN a meditar con sumo cuidado cada movimiento y cada paso que da en su cara a cara diario con el psicópata. De ahí que la Alianza Atlántica se resista a cerrar el espacio aéreo ucraniano, que sería tanto como una declaración de guerra de facto contra Rusia. El inicio de una contienda nuclear que reduciría el planeta a cenizas y polvo radiactivo. El final de la raza humana.

Tras la matanza en el hospital materno-infantil de Mariúpol, los jerarcas del Kremlin han reaccionado ante la repulsa internacional con el mismo cinismo de siempre, con ese enloquecido intento por darle la vuelta a la verdad hasta construir una realidad paralela, alternativa, distópica. En las últimas horas, el verdugo Lavrov ha ofrecido una nauseabunda explicación de los crímenes ocurridos en las últimas horas al alegar que el centro sanitario había sido convertido en un almacén militar bajo control de radicales ucranianos y que ya no había pacientes en su interior. La misma falsa retórica que empleaban los nazis para justificar la guerra, el mismo discurso para defender la aniquilación masiva de grandes grupos humanos en toda Europa. La solución final que hoy Putin también abraza en su intento de borrar Ucrania del mapa. En el fondo, ya no cabe ninguna duda de que Rusia ha decidido subir varios peldaños en su espiral de violencia. Atacando hospitales y escuelas, empleando bombas de racimo que lo arrasan todo a su paso, el Ogro de Moscú no hace sino tratar de minar la moral de la población, que ha decidido resistir con lo que tiene en una heroica defensa numantina hasta el final. La cifra de bajas civiles puede ascender a más de dos mil personas muertas y sigue creciendo. Al mataniños Putin (escudado en sus bárbaros mercenarios de la Legión Wagner dedicados al saqueo, la rapiña y la violación de mujeres) ya solo le interesa sembrar el terror, terror gratuito, máximo terror hasta lograr la rendición incondicional del pueblo ucraniano, que el presidente Zelenski rechaza de plano.

Así las cosas, todo hace prever que la estrategia militar de atacar a la población civil de forma indiscriminada va a continuar in crescendo en los próximos días, sobre todo teniendo en cuenta que Moscú no tiene la menor intención de negociar nada con Ucrania y que cada mesa diplomática que se convoca para tratar sobre treguas y corredores humanitarios, ya sea en Bielorrusia o en Turquía, no es más que una nueva farsa de Putin. Entre tanto, la tensión crece en la zona y cualquier chispa puede detonar el conflicto a escala mundial. Borrell vuelve a recordar a todos esos animosos que piden ir a la guerra que la intervención de la OTAN desencadenaría un apocalipsis nuclear. Por si no se han enterado aún. Un solo error, una decisión mal calculada o tomada en caliente, un incidente fortuito como el derribo de un avión aliado o un ataque contra un convoy humanitario internacional y todo el planeta volará por los aires. De ahí que Occidente esté manejando a Putin no ya como a un criminal de guerra al que es preciso sentar en el banquillo de los acusados, sino como a un loco con una lata de gasolina y un mechero al que conviene tratar con cuidado. Con sumo cuidado.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL GULAG

(Publicado en Diario16 el 10 de marzo de 2022)

Putin ha secuestrado a su pueblo. Con los medios de comunicación censurados, con las redes sociales cerradas y las multinacionales huyendo a marchas forzadas del país, pocos son los rusos que saben lo que realmente está ocurriendo en Ucrania. El súbito apagón informativo y el férreo control de las instituciones políticas es propio del más abyecto régimen totalitario que haya conocido la historia de la humanidad.

El presidente ruso ha logrado construir una sociedad orwelliana y distópica donde un siniestro Gran Hermano totalitario maneja a la opinión pública mediante una neolengua inventada por el propio Gobierno. De esta manera, no hay una invasión como tal en Ucrania, solo una “operación militar preventiva”; la guerra se entiende como una “defensa patriótica contra el enemigo nazi ucraniano”; y el hundimiento total de la economía rusa es solo un contratiempo temporal que pasará pronto, en cuanto los hermanos chinos e indios abran sus mercados para que Moscú pueda sortear el durísimo bloqueo de Occidente. Por supuesto, los informativos están debidamente filtrados por el aparato del Estado, de modo que los rusos no podrán saber ni un solo dato fiable sobre los crueles bombardeos que sus tropas están perpetrando contra hospitales, escuelas, corredores humanitarios, autobuses con refugiados y colas de racionamiento. Ayer, sin ir más lejos, un salvaje e inhumano ataque contra una clínica de maternidad en Mariúpol dejó muertos y niños atrapados bajo los escombros. Se desconoce la cantidad de víctimas, pero todo apunta a un nuevo crimen de guerra del tirano de la KGB. Un horror indescriptible.  

En las últimas horas, compañías como Inditex, Mango, Chanel, McDonald’s, Coca Cola, Heineken y Starbucks se han sumado al listado de más de 300 corporaciones participantes en el boicot contra el sátrapa del Kremlin. Es la otra guerra, la guerra económica que nadie sabe a ciencia cierta cómo está afectando al día a día de la población rusa. Las noticias que llegan de Moscú, siempre con todas las reservas (la desinformación lo contamina todo) apuntan a que las drásticas sanciones europeas y norteamericanas han cambiado la vida de la gente, pero no de una manera tan notable como para poder concluir que la ciudadanía está al tanto de la realidad de los hechos. Es decir, los rusos viven su propio sueño confuso, el que les ha inducido Putin para mantenerlos anestesiados mientras él termina de completar su macabra limpieza étnica de ucranianos. Así, una rusa que pase ante una tienda de Zara cerrada a cal y canto puede llegar a sospechar que las cosas van mal para la economía nacional. Otro ciudadano que sufra en sus carnes el corralito financiero (sin poder sacar más que un máximo de dinero del cajero) sospechará que son cosas de la guerra que libra la patria en el frente sur. Pero lo más probable es que ninguno de los dos, desinformados y controlados mentalmente, conozca la dimensión real del huracán mundial que ha desatado su atrabiliario presidente. Y menos si el régimen está machacándole cada minuto con la idea de que Ucrania ha caído en manos de unos nazis que bombardean a los suyos y a los que es preciso exterminar como a ratas.

Mientras tanto, las manifestaciones contra la guerra de los primeros días han sido debidamente sofocadas por las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia. A esta hora lo más probable es que las cárceles probablemente se estén llenando de activistas por la paz que han corrido la misma suerte que el disidente Navalny: ser recluidos y silenciados en una lóbrega prisión de Siberia. El terrorífico gulag vuelve a materializarse de nuevo para horror de la humanidad, pero nadie puede saber qué es lo que está sucediendo realmente de puertas para adentro en ese país. ¿Está la gente apoyando incondicionalmente a su amado líder en un extraño caso de lavado de cerebro colectivo, tal como ocurrió con los alemanes que se dejaron abducir por su Führer en 1933? ¿Es más fuerte el movimiento anti-Putin que el fervor que pueda sentir una parte del pueblo ruso por el hombre fuerte y autoritario que guía sus destinos? Nadie puede saberlo, nadie ha entrado en Rusia y ha salido para poder informar con entera libertad, mientras que la mayoría de los medios acreditados internacionales ya han sacado a sus corresponsales del país al no poder garantizar su seguridad. Ignacio Ortega, hasta hace unas horas corresponsal de la agencia Efe en Moscú, tiene claro que Putin va a seguir con sus planes de represión interna y conquista exterior para ampliar sus fronteras, ya que está plenamente convencido de que algo o alguien, el destino, la providencia, quizá Dios, le ha asignado una “misión mesiánica” para salvar a la Madre Rusia de las corruptas democracias occidentales. Definitivamente, el mundo ha caído en manos de un loco con plenos poderes sobre el maletín nuclear.

De momento, poco más se sabe, salvo que el terror ha empezado a cundir entre los periodistas rusos, muchos de los cuales han decidido abandonar la profesión por miedo a las represalias. Hace solo unos días, el 4 de marzo, Putin dictaba una enmienda que estipula hasta 15 años de cárcel para todo aquel informador que publique noticias críticas contra el régimen y su Ejército o no se ajusten a la versión oficial. Fue un claro aviso a navegantes. Después de aquello, no pocos profesionales del periodismo han dimitido de sus cargos ante la posibilidad de represalias. Las novedades que llegan con cuentagotas hablan de 13.000 personas detenidas en las manifestaciones pacifistas, del cierre de televisiones y periódicos, de una formidable maquinaria propagandística a mayor gloria del líder y de su guerra como no se había conocido desde hace casi un siglo. Al mismo tiempo, el Roskomnadzor, órgano encargado de regular los medios de comunicación en Rusia, ya ha anunciado que Facebook ha dejado de ser accesible para el ciudadano. Así es como se consuma el apagón informativo.

Los bulos triunfan, la propaganda política cala, el miedo –principal aliado de todo dictador que se precie–, se apodera de la población. Rusia es ya un inmenso gulag, un centro de reclusión completamente precintado y aislado, quizá un gueto formado por más de 144 millones de habitantes donde todo empezará a escasear muy pronto, donde ya nadie se fía de nadie, donde los confidentes y comisarios causan estragos y donde hablar o expresarse con libertad se ha convertido en una actividad altamente peligrosa. Tal cual como en los tiempos de Stalin.

Viñeta: Álex, la mosca cojonera

EL CASADISMO NO HA MUERTO

(Publicado en Diario16 el 9 de marzo de 2022)

Cuca Gamarra ha rubricado una nueva intervención parlamentaria para la historia de la infamia. Hoy no era el momento del oportunismo ni de tratar de arrinconar al Gobierno de coalición, poniéndolo contra las cuerdas, sino de cerrar filas, de llamar a la unidad y de plantarle cara a Putin todos juntos. Es decir, era el día de los discursos elevados para la posteridad, de las ideas nobles y los grandes principios, no de refocilarse otra vez en el barro. Sin embargo, la portavoz del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados no ha sabido o no ha querido estar a la altura de las circunstancias excepcionales que vive la humanidad. Hubiese sido suficiente con seguir el ejemplo de los republicanos yanquis, que todos a una, en pie y olvidando viejas rencillas, han aplaudido patrióticamente el último mensaje de Joe Biden contra la invasión de Ucrania. Lamentablemente, este PP está yendo aún más lejos que el propio Donald Trump en el populismo demagógico, en el manual de la política-basura, y ya podemos concluir que ni la llegada de Núñez Feijóo, el supuesto gallego moderado, servirá para que los populares se bajen del monte.

Desde hace tiempo sabemos que en el PP no hay un Winston Churchill con la vitola de estadista, pero entre el discurso de la sangre, el sudor y las lágrimas del político que se enfrentó a las bombas nazis en la Segunda Guerra Mundial y la parrafada pedestre y de brocha gorda que se ha marcado hoy la ínclita portavoz popular hay una gran diferencia.

Como cada miércoles, tocaba sesión de control en el Congreso y doña Cuca se había apuntado un par de preguntas improvisadas para Pedro Sánchez (con la que tiene liada en Génova no dispondrá de demasiado tiempo para preparar sus intervenciones parlamentarias). Todo el país estaba pendiente de ella. Había curiosidad por saber si el Partido Popular daba por superada su nefasta etapa casadista marcada por la crispación sin tregua y por una obtusa labor de oposición destroyer o se respiraba aire puro en el ambiente enrarecido del hemiciclo. Sin embargo, desde el minuto en que la portavoz tomaba la palabra ya se veía que las formas y maneras eran las mismas de siempre, que el voxismo seguía impregnando el discurso político del principal partido conservador y que Gamarra no hablaba por boca de Feijóo, el centrado, sino por el depuesto Pablo Casado, el ultra. De modo que ya podemos decir aquello de “españoles, el casadismo no ha muerto”.

La intervención de la diputada popular ha sido decepcionante, triste, como para arrojar la toalla y perder la esperanza en todo, no ya en la posibilidad de que algún día este país pueda contar con un partido conservador con sentido de Estado, a la europea y a la altura de lo que se espera de él en momentos de crisis monumentales como las que estamos viviendo, sino la confianza misma en el ser humano. Si el mundo ha llegado a este punto de no retorno es precisamente porque las pulsiones rupturistas han ganado terreno a la solidaridad, al trabajo en común, a la lógica de la razón y del juego democrático. Al igual que Putin debe creer que el hombre es un lobo para el hombre, como dijo Thomas Hobbes, Cuca Gamarra ha olido el rastro de la sangre en el peor momento para la civilización humana y ha afilado la faca a ver qué cacho de la presa Sánchez podía llevarse a su casa. O sea, casadismo de garrafón en estado puro. Tratar de acusar al Gobierno de la inflación que asola Europa y del facturón del gas (cuando no hay más culpable que el sátrapa de Moscú) es un ejercicio de perverso cainismo y de cálculo electoralista barato, todo eso que, entre otras cosas, ha llevado a Casado a la cola del paro. Cuando Gamarra pone en juego esas sucias prácticas de oposición tóxica y radiactiva, la metralla de siempre de la crispación, no hace más que seguir los pasos erráticos de su exjeje. Lo cual que su señoría podría estar cavando también su propia tumba, no solo por no saber calibrar y modular el discurso para adaptarlo a las circunstancias históricas, sino porque el nuevo equipo directivo que llega de tierras gallegas parece estar en otra onda mientras que ella, por lo visto, ni siquiera se ha olido lo que está por venir.

Gamarra es una ciega política que no se ha enterado aún de lo que pasa hoy por hoy en este desgraciado planeta y lo que es todavía peor: no se cosca de lo que se está cociendo en su propio partido. Y eso, en los tiempos convulsos que vive el PP, ya es más grave, porque puede ser causa de cese o finiquito en diferido como el que Génova 13 le ha dado al defenestrado Casado de la noche a la mañana. Gamarra, una nostálgica irredenta del peor casadismo, no está sabiendo comprender que nos encontramos a las puertas de un nuevo tiempo político. En breve, Feijóo va a tomar las riendas de la cúpula directiva nacional (si Díaz Ayuso no lo impide antes) para imponer una nueva estrategia de cara a las elecciones generales. Con la doctrina de la “previsibilidad” que ya impusiera en su día Mariano Rajoy pretende llegar a la Moncloa. ¿Y qué significa eso? Pues hombre, obviamente rebajar el nivel de tensión política (que estaba más disparado que el precio de la luz), cerrar acuerdos con el Gobierno en lo que se pueda, desbloquear lo que Casado metió en el congelador (véase la renovación del Consejo General del Poder Judicial) y marcar ciertas distancias con Vox. Feijóo pactará con los ultras porque no le queda más remedio si quiere llegar al poder –hay que ser un ingenuo para no verlo–, pero no es lo mismo el acuerdo puntual que la coalición o asumir como propia la retórica neofranquista de Abascal.  

De nada de todo eso parece haberse enterado doña Cuca, que sigue aferrada al garrote dialéctico que Casado guardaba bajo el escaño y con el que le arreaba estopa a Sánchez día sí día también. “¿Para qué estoy utilizando la guerra, señoría?”, le ha replicado con amargura el presidente mientras Gamarra se encogía de hombros mirando el guion como diciendo: “¿Y yo qué sé? Hago lo que hemos hecho siempre, lo que nos decía el jefe”. O sea, darle caña al presidente, sin ton sin son, hasta que hable latín. Pobre mujer.  

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA DERECHA DE PUTIN

(Publicado en Diario16 el 9 de marzo de 2022)

La nueva extrema derecha internacional inventada por los neocon norteamericanos a finales del pasado siglo tenía un metódico plan para acabar con las democracias liberales desde dentro e instaurar regímenes autoritarios en todo el mundo. La hoja de ruta consistía en ir colocando a partidos neofascistas en cada país y en cada continente, proyectos y siniestros personajes que si bien al principio ofrecerían su cara más amable y blanda, con el tiempo, y a medida que fueran conquistando cuotas de poder, irían endureciendo sus discursos. Así ha sido como en los últimos años han logrado instalar a un “trumpito” allá donde ha sido posible: Bolsonaro en Brasil; Orbán en Hungría; Johnson en el Reino Unido; Marine le Pen en Francia; Salvini en Italia; Santiago Abascal en España, y en ese plan.

Con un discurso declaradamente nacionalista/patriotero, xenófobo, machista, antisistema, antisocialista y reaccionario, el plan ultranacionalista (podríamos denominarlo nazi sin problema) se ha ido cumpliendo con la precisión de un reloj suizo. Desde el 11S, y paulatinamente, los muñidores en la sombra han ido moviendo sus fuerzas y colocando a sus peones avanzados, cuya corrosiva labor de erosión de las democracias liberales se empieza a notar ya en Polonia y Hungría, países que sufren una alarmante pérdida de libertades y una preocupante erosión del Estado de derecho. En la última cumbre ultraderechista celebrada en Madrid, en la que el propio Abascal ejerció de anfitrión, todas las estirpes del nuevo orden mundial neofascista se reunían para mostrarse orgullosas y sin complejos, actualizar el programa y poner en común principios y tácticas antes del asalto final al poder global. Sin embargo, un acontecimiento histórico que no entraba en sus cálculos, un cisne negro que se les ha cruzado inoportunamente en el camino, ha venido a asestar un fuerte golpe al proyecto autoritario ultra: la salvaje invasión de Ucrania ordenada por Vladímir Putin que va camino de convertirse en el peor genocidio desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

No será necesario recordar que, hasta hace cuatro días, Donald Trump y el presidente ruso siempre se han declarado en la misma onda política y en cada evento, cumbre o reunión en la que participaban ninguno ocultaba su admiración por el otro (en la medida en que dos líderes arrogantes y narcisistas puedan sentir algo de afecto hacia otra persona que no sea ellos mismos). Ambos se han reído con los mismos chistes machistas, ambos han trazado planes racistas y homófobos y ambos han confesado su fe inquebrantable en Dios: Trump levantando la Biblia en los peores momentos de las revueltas del Black Lives Matter, Putin bautizándose a sí mismo, semidesnudo y en pleno invierno, en las frías aguas de una piscina con forma de cruz cristiana. El dúo, uña y carne, siempre se ha mostrado como un par de fanáticos nacionalistas, mesiánicos, autoritarios y ultrarreligiosos, dos antisistema alérgicos a la democracia liberal que se entendían a las mil maravillas cuando se sentaban en el Kremlin o en la Casa Blanca para negociar el precio del gas y repartirse el mundo.

Lógicamente, esa buena relación bilateral de la USA trumpista y la Rusia putinesca se contagiaba al resto de líderes de las distintas sucursales que componían la gran multinacional ultraderechista mundial. De esta manera, Orbán se ha confesado como un fan incondicional de ambos dirigentes; Salvini los ha idolatrado (enfundándose camisetas a mayor gloria de su mito Putin, como haría un adolescente); y Abascal ha seguido a pies juntillas el manual de propaganda que el gurú Steve Bannon puso en manos de los animosos chicos voxistas cuando visitaron por primera vez la Trump Tower en busca de financiación para el extremófilo proyecto autoritario español.

Por si fuera poco, el presidente de Vox ha coqueteado con el putinismo, como demuestra ese polémico tuit de noviembre de 2015 (hoy debidamente borrado) en el que el Caudillo de Bilbao hacía suyo, supuestamente, una premonitoria frase atribuida al exagente del KGB: “Os iremos a buscar al fin del mundo y allí os mataremos”. En ese mensaje, Putin amenazaba con matar a los responsables de la explosión de un avión de pasajeros ruso ocurrida ese mismo año cuando sobrevolaba Egipto, una venganza que por lo visto a Abascal debió encenderle el ardor guerrero, aunque más tarde, según cuenta la prensa nacional, borrara el controvertido tuit. 

Es bien conocido que Putin ha financiado todo aquel movimiento antisistema que haya servido para desestabilizar las democracias liberales del viejo continente. Se dice que el sátrapa ruso concedió un préstamo a Marine Le Pen por casi diez millones de euros para ayudarla a afrontar sus gastos en las presidenciales francesas. A cambio, ella apoyaría la anexión rusa de Crimea. Por su parte, Matteo Salvini también estuvo bajo sospecha de financiación por cuenta del Kremlin e incluso la Fiscalía de Milán llegó a abrir una investigación contra el todopoderoso ministro italiano. Hace tres años, el propio Abascal recibió una invitación para reunirse con el líder ruso nada más y nada menos que en su palacio de invierno. Finalmente, el encuentro no llegó a celebrarse “por prudencia”, según le dijo el dirigente de Vox al escritor Fernando Sánchez Dragó.

Hoy, cuando Putin se enfrenta a una ola de antipatía y odio mundial solo comparable a la que Hitler cosechó en su tiempo, cuando las imágenes de los bombardeos causan el horror de la opinión pública occidental, todos los líderes populistas europeos y americanos tratan de desmarcarse del siniestro personaje, ya apodado como El carnicero de Ucrania. Por lo visto ser amigo del dictador es malo para el negocio, han saltado las alarmas y se ha echado el freno bruscamente en todas las cancillerías ultraderechistas. Nadie en ese siniestro submundo populista esperaba que el paranoico cruzara el Rubicón para amenazar al mundo con el botón nuclear. Los tuits del pasado en apoyo al tirano se borran, las fotos con el sátrapa se destruyen, los recibos y préstamos se queman en un plato al más puro estilo KGB y aquella botellita de vodka, regalo del Kremlin, se vacía a toda prisa en el retrete. Sin embargo, quizá sea demasiado tarde para borrar huellas y pruebas de las conexiones con Putin, ya que algunos analistas predicen sucesivos batacazos electorales de los movimientos autoritarios europeos a corto plazo.

El volantazo de los últimos días de Abascal ha sido antológico y ya no cuela ni su impostada condena de la guerra ni su desesperado intento por acusar a Pedro Sánchez de mantener a podemitas rusófilos en el Consejo de Ministros. Los bulos y mentiras se vuelven contra Vox, el proyecto apesta a hijo de Putin, y ahora la parroquia, o sea el votante, se plantea si no será ir demasiado lejos apoyar a un partido que ha coqueteado peligrosamente con el trastornado, un obsesionado con desencadenar el apocalipsis mundial. Porque una cosa es jugar a la retórica hueca y a ser más facha que Franco y otra muy distinta es ver cómo la guerra se hace realidad y las ojivas atómicas vuelan sobre la cabeza de uno, de su casa y de su familia. Hasta ahí podía llegar la broma.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

martes, 8 de marzo de 2022

EL NIÑO UCRANIANO

(Publicado en Diario16 el 8 de marzo de 2022)

Un niño de once años ha viajado solo, durante más de 1.700 kilómetros, huyendo del infierno de Ucrania. Un niño con un gorrito de lana, una mochila al hombro, una sonrisa amarga pero sin odio ni rencor y un número de teléfono anotado a boli en la mano. El pequeño héroe, que ha recorrido parte del territorio devastado por Putin, se ha convertido en un gran símbolo internacional para explicar el drama de los refugiados. El símbolo de la resistencia ucraniana frente a la barbarie neonazi; el símbolo de millones de desplazados que se agolpan estos días, en aterrada avalancha, sobre las fronteras de la vieja Europa que despierta de su letargo y vuelve a ser solidaria otra vez; el símbolo de un mundo que se ha vuelto loco de repente y que camina hacia su propia aniquilación.

El fragor de las bombas ilumina la noche de Kiev. Los cañones de la flota rusa apuntan hacia Odesa, la perla del Mar Negro. Los corredores humanitarios se convierten en trampas mortales colocadas a conciencia por el Ogro de Moscú para consumar su limpieza étnica de ucranianos. Es el terrorismo de Estado llevado a su máxima expresión. Ayer, en Irpín, a menos de treinta kilómetros de la capital, algún criminal ordenó bombardear un autobús repleto de refugiados civiles. Otros testigos aseguran que los rusos han convertido la ruta de evacuación de los vecinos de Mariúpol, en el sur del país, en un campo de minas. Los morteros ya no van solo contra las barricadas y los soldados, también buscan los convoyes que deben sacar a la gente del país, los hospitales y las escuelas, las colas del pan. Esto no es una guerra, es una masacre, un genocidio, una orgía o festín de sangre que el sátrapa del Kremlin –harto ya de tanto caviar, judo y paseos a caballo por su palacio de invierno–, ha decidido darse a cuenta del pueblo ucraniano.

Desde que Hitler dio orden de invadir Polonia no se había visto una maquinaria bélica tan poderosa y bien engrasada al servicio del terror. Si algo está demostrando Putin es que no le importa convertirse en un criminal de guerra. Ni la Convención de Ginebra, ni los llamamientos desesperados de la ONU, ni la mediación del papa Francisco parecen disuadirlo de su fiebre totalitaria y fascista. Y entre tanta locura, muerte y destrucción, aparece este pequeño e inquietante mensajero de la paz como llegado de alguna parte, ese ángel de piel nívea del que apenas sabemos nada, ese diminuto y simpático emisario como aterrizado de otro planeta, un planeta de paz, armonía y fraternidad.

Cuentan las crónicas que al niño que viaja solo, atravesando el paisaje ruinoso de la muerte, lo han atendido los voluntarios de Cruz Roja. Le han dado lo que hasta hace cuatro días tenía cada mañana, con rutinaria normalidad, encima de la mesa: un desayuno, un vaso de leche caliente, la calidez humana que necesita cualquier chico de su edad. Más tarde lo han llevado con unos parientes a algún lugar de Eslovaquia, ya en el otro lado del telón del odio, en la otra orilla del apocalipsis. A salvo por fin. ¿Pero qué  habrá sido de su madre? ¿Habrá caído en combate su padre? ¿Vivirán todavía sus abuelos que lo llevaban al colegio? ¿Y sus amigos con los que ayer jugaba en el parque? Poco sabemos de este pequeño héroe llegado de Zaporiyia, la ciudad donde los niños duermen junto a un osito de peluche y la alarma nuclear. Viene con lo puesto y con unos ojos de infinita gratitud, bondad y comprensión, unos ojos que miran a cámara sin odiar ni reprochar nada a nadie. Unos ojos con una compasión infinita hacia el ser humano enloquecido que ha decidido acabar consigo mismo en un diluvio universal de sangre y misiles atómicos.

Zelenski lanza un desesperado mensaje al mundo desde su despacho gubernamental. “Estoy aquí, no me escondo. No tengo miedo a nadie”, dice el líder ucraniano, que llama a su pueblo a mantener la moral alta y la resistencia intacta en esta “guerra patriótica” contra el invasor. Putin incluye a España en la lista negra de países hostiles. China se ofrece como mediador, pero recuerda que mantiene estrechos lazos de amistad con Rusia. De pronto, nos hemos metido en un diabólico déjà vu de la historia, esto es la Segunda Guerra Mundial con Putin en el papel de Hitler y los chinos coqueteando con Taiwán en un nuevo Pearl Harbor.

Sin embargo, nada, ni los hechos históricos, ni la geoestrategia militar importa ya. Todo, la gran verdad de la vida, está contenida en esa sonrisa enigmática entre infantil y giocondesca, en esa pálida y tímida mueca de un niño del que no sabemos nada salvo que es un viajero en el espacio pero también en el tiempo. Un niño salido de los fértiles campos de trigo de la madre Ucrania, sí, pero también de los campos de Auschwitz, de las largas colas del éxodo republicano español cruelmente bombardeado por Franco, de las ruinas de Siria y Palestina, de la bahía de la ingratitud en la que quedó varado para siempre, en un sueño eterno, el pequeño kurdito Aylan. Todos somos un poco padres de un niño abandonado. Todos deberíamos responder de una vida tierna arrojada a las heladas estepas, a los caminos rebosantes de cadáveres como girasoles muertos, a las trincheras de la guerra. Que vengan ya todos esos ángeles huérfanos, que vengan, que aquí los acogeremos como gentes civilizadas que somos. Que nos traigan a ese medio millón de abandonados, que nosotros haremos de ellos hombres y mujeres de una raza superior, la raza de la paz y la esperanza en un futuro mejor. Ese niño desconocido que nos ha partido el alma “empieza a sentir, y siente la vida como una guerra, y a dar fatigosamente en los huesos de la tierra”, tal como decía Miguel Hernández sobre aquel pobre crío yuntero. Carne de yugo ha nacido, carne de guerra. Así es el delirio bélico de Putin, una matanza que va contra el niño, contra el amor de una madre, contra la humanidad misma. Y nadie está a salvo.

Ilustración: Artsenal

LA AGENDA 'QUEER'

(Publicado en Diario16 el 8 de marzo de 2022)

Las feministas celebrarán el Día Internacional de la Mujer más divididas que nunca. Está previsto que haya dos manifestaciones en algunas ciudades, señal inequívoca de que los agrios debates de los últimos meses a cuenta de la ley trans y la abolición de la prostitución han terminado por fracturar el movimiento. La llamada “agenda queer” (que apenas un cinco por ciento de la población trata de incluir en el programa feminista) ha sido el detonante de la ruptura. Los agéneros, no binarios, fluidos, pansexuales, bigéneros y otras tendencias que en general vienen a negar la condición psicológica masculina o femenina en función de los órganos genitales han desencadenado una auténtica guerra en el movimiento feminista clásico. Y las costuras han terminado por reventar.

Por definición, queer es un término tomado del inglés que se define como “extraño” o “poco usual” e incluye a todas aquellas personas que sienten su sexualidad con absoluta libertad por encima de cualquier barrera biológica y mental impuesta por el género. Hablamos de personas que se sienten a la vez hombre y mujer o ninguna de esas dos formas sexuales. Son otro mundo, diferentes, fluidos, quizá pertenecientes a un tercer sexo. Gente que rechaza la división sexual como un constructo cultural y social. Gente que considera que la clasificación hombre/mujer no es más que una ficción, una entelequia que margina a los que no se ven ni un cosa ni la otra, sino ambas a la vez o ninguna de ellas. O sea, queer.

Una idea tan revolucionaria no ha podido ser asimilada por el feminismo tradicional, de ahí la escisión. Y no estamos ante una cuestión baladí: la inclusión o no de las ideas transgeneristas alteran el argumentario del feminismo clásico que para algunas expertas se remonta varios siglos hasta la época de la Revolución Francesa.

Pero a este auténtico embrollo ideológico que está terminando por resquebrajar el feminismo se une otra cuestión tanto o más espinosa: la abolición de la prostitución. Durante todo el año, las asociaciones feministas han trabajado para tratar de lograr una posición conjunta y poner de acuerdo a aquellas que consideran que la trata de blancas debe ser ilegalizada y las que creen que la prohibición solo servirá para estigmatizar aún más a las mujeres que la ejercen hasta enterrarlas en la clandestinidad, en una especie de gueto sin derechos laborales. En los últimos tiempos, cada vez que se acercaba el 8M afloraban las tensiones en las organizaciones feministas a cuenta de este asunto, pero no afectaban a la unidad de acción. Sin embargo, el pasado año la controversia fue a mayores cuando se llegaron a rajar pancartas que pedían la abolición de la prostitución. Quizá sea por eso que este año habrá manifestaciones abolicionistas alternativas al margen del itinerario oficial del 8M. “Se nos ha silenciado y expulsado de las asambleas diciendo que la prostitución no se podía debatir porque había disensión”, se lamenta en el diario El País Lola Venegas, del Movimiento Feminista de Madrid.

Como trasfondo del conflicto, la guerra soterrada entre las mujeres que forman parte del Gobierno, es decir, entre un sector de Unidas Podemos liderado por Irene Montero (firme defensora de la igualdad para las personas trans) y las socialistas ortodoxas del PSOE. Finalmente, la ley que debía regular los derechos de las personas transexuales saldrá adelante tras llegarse a un acuerdo de mínimos entre ambos socios de la coalición, pero hasta la fecha ese consenso ha sido imposible dentro del movimiento feminista, donde prosigue el encarnizado y estéril debate. De esta manera, las abolicionistas de la prostitución y la pornografía, contrarias a las leyes transgeneristas y firmes detractoras de los vientres de alquiler, marcharán por su cuenta. Carmen Calvo ya ha advertido que “el feminismo de verdad” se situará tras la pancarta del bloque abolicionista.

Haría mal el movimiento feminista español en desangrarse en absurdas peleas y luchas intestinas. El auténtico enemigo es la extrema derecha que pretende acabar con el feminismo y con los derechos de las mujeres no solo en España sino en países donde partidos neofascistas ya gobiernan, como ocurre en Polonia o Hungría. Con manifestaciones alternativas o sin ellas, con disensiones internas o sin ellas, lo único cierto es que el 8M es más necesario hoy que nunca. Feminismo es democracia, socialismo, respeto a los derechos humanos: eso que odia la ultraderecha de nuevo cuño que se abre paso a codazos y a puntapiés, como un elefante en la cacharrería del sistema, destruyendo todo cuanto lo que las mujeres han construido en los últimos cuarenta años de convivencia en paz.

Vox pretende retornar a tiempos pretéritos, cuando el franquismo nacionalcatolicista pasaba por ser una inmensa cocina sórdida y humillante donde se recluía a la mujer entre fogones infames, al margen de la política y la cultura, para que no molestara demasiado al macho patriarcal. El enemigo del feminismo no es la persona trans o la prostituta a la que no le queda otro remedio que vender su cuerpo al mejor postor para sobrevivir en el más abyecto ejemplo de explotación humana que se conoce desde la noche de los tiempos. El enemigo de la mujer es ese ultra descerebrado que arroja botes de pintura negra sobre reivindicativos murales en honor a pioneras de la lucha feminista como Rigoberta Menchú, Rosa Parks, Federica Montseny o Frida Kahlo, tal como ocurrió no hace mucho en un barrio de Madrid. Fragmentada y atomizada la izquierda, desclasado el obrero, languideciente el marxismo por el poder aplastante de la sociedad de consumo y el capitalismo feroz, el feminismo se constituye como el último bastión contra la ultraderecha. No nos falléis también vosotras, hermanas, con estúpidas rencillas y chiquilladas más propias de hombres infantilizados que de activistas valientes, generosas y sensatas. Hoy es un día grande para todos los demócratas, tanto mujeres como hombres. Un día para celebrar la victoria de los derechos humanos, la vida frente al terror machista y la democracia sobre el totalitarismo que, tal como estamos viendo estos días con la guerra en Ucrania, conduce a la barbarie y al final de la civilización humana. Así que viva el 8M. Sin divisiones ni resentimientos.  

Viñeta: Iñaki y Frenchy