domingo, 11 de diciembre de 2022

TAMARA FALCÓ

(Publicado en Diario16 el 5 de octubre de 2022)

Anda revuelto el facherío patrio. Los últimos movimientos en el mundo ultraderechista español revelan que hay nerviosismo, inquietud, por el futuro de un proyecto que no termina de cuajar como lo ha hecho en la Francia de Le Pen o la Italia de Meloni. A la súbita expulsión de Macarena Olona de Vox, a la que han laminado sin que se sepa muy bien por qué (nadie ha aclarado todavía las causas reales de esa purga) se une la decisión de Hazte Oír (ese grupo de meapilas ultrarreligiosos obsesionados con las vulvas y los penes) de romper relaciones con Santi Abascal, al que acusan de progre y de haberse vendido a la derechita cobarde.

Pues en medio de ese gallinero posfascista, de esa turbamulta confusa y desquiciada, emerge la que para algunos puede ser la nueva musa del franquismo posmoderno: Tamara. Lógicamente no nos estamos refiriendo a aquella cantante hija de Margarita Seisdedos que más tarde se hizo llamar Ámbar y luego Yurena y que de la noche a la mañana desapareció de los platós del cotilleo y la prensa rosa, sino a la otra Tamara, a Tamara Falcó, a la hijísima de la Preysler, a la megapija, superguay y sexta marquesa de Griñón. La chica no es que destaque precisamente por una oratoria joseantoniana, electrizante y cautivadora –habla como si tuviese un chicle en la boca– pero alguien tuvo la feliz idea de invitarla al XIV Congreso Mundial de las Familias, evento ultracatólico organizado en México, y allá que se fue ella para probarse.

El resultado no ha podido ser más exitoso para la extrema derecha, que ya ve en la discípula a la nueva esperanza blanca. La niña ha montado un auténtico pollo nacional con sus disertaciones sociológicas de andar por casa, sus tesis antropológicas de parvulario y sus memeces varias. Allí, bajo los focos del palacio Expo Santa Fe, puede decirse que ha nacido una estrella: la nueva lideresa del pensamiento ultraconservador español. Que tiemble Isabelita Díaz Ayuso porque la muchacha pisa fuerte y amenaza con levantarle la silla. Aquí siempre hemos pensado que en estos tiempos de decadentismo democrático el mejor antídoto contra IDA no era un profesor de Universidad serio y sesudo que habla de Kant a todas horas como Ángel Gabilondo, sino alguien como ella, de su estilo, de su nivel. Así que el duelo de iconos pop, divas o retóricas del pensamiento débil (más bien simple) está servido.

Sentencia a sentencia, Tamara Falcó fue desgranando lo mejor de su ideología política ante un auditorio entregado, lleno hasta la bandera y formado por unos jovenzuelos opusinos cuya mayor aspiración en la vida es llegar castos, puros y vírgenes al matrimonio. Por lo visto, para Tamara hay “muchos tipos distintos de sexualidad” que conducen directamente “a la maldad”, una idea algo maniquea y trasnochada más propia de los tiempos de la Santa Inquisición que de una mujer del siglo XXI. Nadie en su sano juicio pagaría una entrada de sesenta pavos por escuchar semejantes idioteces, pero con un par de frases ultraortodoxas bien colocadas y unas sonrisas angelicales y cándidas propias de la pastorcilla de un Belén viviente, la hija de la Preysler se metió en el bolsillo a los mil asistentes fanatizados que esperaban escuchar precisamente esas cosas y no otras de la popular celebrity. Todo lo cual confirma que Tamarita es una bomba, un animal político con patas, aunque ella todavía no lo sepa.

Obviamente, detrás de tales afirmaciones retrógradas sobre la familia, contra el aborto, el divorcio y el feminismo, subyace una perversa ideología homófoba que “atenta directamente contra los derechos humanos”, como muy bien dice la gran Verónica Fumanal. Tratar de imponer un modelo de familia tradicional excluyente supone instaurar un tipo de sociedad totalitaria que pisotea la libertad de personas que viven su sexualidad tal como la sienten y tal como les viene en gana. O sea, nacionalcatolicismo a destajo.

A Tamara Falcó, una reaccionaria de la peor derecha con rostro de iluminada de Lourdes o de niña inocente que no ha roto un plato en su vida, la están blanqueando desde hace tiempo en las tertulias de la televisión, gran maquinaria de fabricar ignorancia y fascismo horteraza y cañí. Así, en El hormiguero de Pablo Motos le han dado carta blanca para soltar sus bobadas junto a otros invitados como Juan del Val, Cristina Pardo y Nuria Roca. El show business ha visto en ella un filón mediático que levanta audiencias (intelectualmente no tiene demasiado que aportar, pero a veces la ausencia de mensaje es el mensaje mismo) y entre cursilada, frase sacada del catecismo e idea ultra envuelta en el celofán cuqui, la muchacha lo mismo te fríe un par de huevos con patatas en MasterChef que hace de jurado en un reality o juega a influencer despechada que arrastra a millones de followers contando los cuernos de su pareja. Y así, con la grasa del supuesto humor televisivo y la magia de las redes sociales, es como el fascismo blando cala mejor en las mentes de los españoles desafectos con la política y con el establishment.

Aunque a sus cuarenta tacos siga explotando el papel de eterna quinceañera, Tamara ya no es aquella adolescente que se quedaba con la boca abierta en las entrevistas, sin saber qué decir, cuando le preguntaban por Mario Vargas Llosa. La muchacha ha aprendido los dogmas del conservadurismo académico de su padrastro y genio de las letras, domina el medio y hasta se permite soltar alguna que otra anécdota literaria de cuando en cuando. Para algo debe servir vivir bajo el mismo techo que un Nobel. Si la madre llegó a la cima vendiendo bombones y azulejos, la criatura va a hacer carrera en la política, que no dará tanta portada en el cuché ni tanto glamur, pero sí poder, que engancha más y saca al aristócrata del tedio de los cócteles, de las cenas benéficas y del hipódromo de la Zarzuela. Madera no le falta para petarlo en este extraño mundo del fascismo brillibrilli que nos ha tocado vivir. Ya hay quien la sitúa junto a Macarena Olona y los chupacirios de Hazte Oír en un nuevo proyecto ultraconservador, adelantando a Vox por la derecha y siguiendo la estela de Meloni. “Mi propósito es llegar al cielo”, dijo con el rostro iluminado de una virgen en pleno éxtasis. Te lo juro por Snoopy, le faltó decir.  

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LIZ TRUSS

(Publicado en Diario16 el 4 de octubre de 2022)

Cuando la primera ministra británica, Liz Truss, sustituyó al festero Boris Johnson en el despacho de Downing Street se autoproclamó como la nueva Margaret Thatcher revivida dispuesta a encarnar la próxima revolución conservadora en el Reino Unido. Hoy, cuando apenas lleva un mes como premier, se ve obligada a afrontar su primera gran crisis interna y nadie sabe cuánto puede durar en el cargo. Resulta que la señora Truss anunció, a bombo y platillo, un plan fiscal para recortar 50.000 millones de euros en impuestos (un auténtico destrozo en el Estado de bienestar) y de paso anunció una amnistía tributaria para los más ricos. Tal como era de esperar, al día siguiente el país se le vino abajo, los mercados colapsaron, el Banco de Inglaterra tuvo que intervenir de urgencia para evitar el desplome de la libra, la prima de riesgo se puso por las nubes, la amenaza de una recesión planeó siniestramente sobre las cabezas de los orgullosos británicos y a Truss no le quedó otra que meter su engendro tributario en un cajón. Conclusión: esta señora es una chamana de los impuestos que no sabe lo que se lleva entre manos y si no la paran a tiempo es capaz de abocar a su país a la más absoluta bancarrota. Sus propios compañeros de partido, los diputados tories, ya están pensando en cómo quitársela de encima.

Johnson era un incapaz, un inútil, un ultra que vivía instalado en un delirio nostálgico y que llegó a creer que el imperio británico seguía siendo fuerte y poderoso, el amo de todos los océanos y el dueño y señor de la Commonwealth como en el siglo XIX. Su orgullo arrogante, con pompa y circunstancia, arrastró a su pueblo al euroescepticismo suicida, al Brexit y al aislamiento económico y político. Cuando despertó de su sueño imposible y tomó conciencia de la realidad, cayó en la cuenta del empaste que había organizado y no tuvo más remedio que darse a la juerga salvaje, al party clandestino en plena pandemia y a la bebida sin control como un gamberro en Magaluf. Lo pillaron y ahí se acabó la carrera política del bueno de Boris.

Liz Truss ha llegado al cargo prometiendo enderezar el rumbo del partido tory, pero pronto se ha comprobado que más allá de la demagogia barata y de las ideas patrioteras no hay una personalidad brillante, ni programa, ni nada, de modo que la aristocrática señorona ha quedado en evidencia y con las vergüenzas al aire. En realidad, todo lo que está ocurriendo estos días en la pérfida Albion no es ni más ni menos que consecuencia de unas políticas ultraconservadoras enloquecidas. Los británicos empiezan a pagar la absurda salida de su país de la Unión Europea, más la descomposición de unas ideas reaccionarias que nunca salen gratis. Les prometieron un paraíso en la tierra, que atarían perros con longanizas y que cada proleta tendría un castillo escocés en propiedad, como los grandes lores ingleses. La falsa promesa se ha roto en mil añicos. Hoy los ingleses pagan los efectos de una inflación desbocada, de una libra que está por los suelos, de la falta de trabajadores (cerraron fronteras a los inmigrantes porque les olían mal), de la escasez de tomates y pepinos españoles (los mejores del mundo), de la pérdida de clientes europeos y en definitiva del estancamiento en la creación de riqueza. O sea, un caos, un auténtico sindiós que vino a demostrar la falacia de que el patriotismo siembra grandeza cuando lo cierto es que del patriotismo no se come. Prueba fehaciente de que el pueblo inglés empieza a despertar del whisky de garrafón con el que lo embriagaron unos cuantos políticos sin escrúpulos es que el partido laborista, el sanchismo británico, ya le saca 33 puntos en las encuestas al conservador (y eso que el socialismo anglosajón anda de capa caída). El hartazgo social hacia los cantamañanas y engañabobos patriotas se percibe claramente en la sociedad británica y más de un votante se arrepiente de haber votado semejante patraña.

La constatación de que el conservadurismo británico, faro y guía de las derechas europeas, ha entrado en franca decadencia no es una buena noticia para gente como Alberto Núñez Feijóo, Juanma Moreno Bonilla, Isabel Díaz Ayuso y otros subasteros tributarios, que estos días copian, punto por punto, el plan de Liz Truss para bajar los impuestos. Ayuso, la Thatcher castiza, aplaudió la medida con un tuit que la ha dejado como lo que es: una indocumentadilla en materia económica que repite, sin saber lo que dice, lo que las élites le van susurrando al oído. ″¿Y cómo piensa el Gobierno de Sánchez frenar el “dumping internacional”?, se mofó la lideresa acompañando el mensaje con un pantallazo de la portada del ABC a cinco columnas que rezaba: “El Reino Unido anuncia una masiva bajada de impuestos”. Lógicamente, cuando horas más tarde la libra se venía abajo estrepitosamente y Truss aparcaba su descabellado plan de recortes fiscales, muchos echamos de menos un tuit de rectificación de la presidenta madrileña. No lo hubo. Ayuso calló cual tumba y hoy los asesores de Génova hacen horas extras, día y noche, tratando de encontrar una salida honrosa a tanta incoherencia, tanto populismo demagógico y tanto despelote ideológico. Por lo visto la consigna de hoy (no sabemos cuál será la de mañana) es que el PP nunca ha apostado por bajar los impuestos a los ricos, solo por no subirlos. Patético.

A esta hora, la única verdad es que los tories británicos han estado a punto de llevar a la democracia parlamentaria más antigua de Europa al descalabro final. Los bulos, las mentiras y las políticas neoliberales ultraconservadoras no sirven en el mundo de hoy, donde hasta el Fondo Monetario Internacional pide que quienes más tienen más contribuyan para salir de esta maldita crisis. Por mucho que griten los chamanes ayusistas de los impuestos, no hay otro camino.

Viñeta: Becs

EL FISCO

 

(Publicado en Diario16 el 29 de septiembre de 2022)

A menudo suele hablarse del Estado de bienestar como un ente abstracto, casi metafísico, olvidándose que el concepto se reduce a una cuestión muy simple: cuánto dinero tenemos y dónde lo gastamos. El Estado de bienestar se traduce en los impuestos que pagamos, de tal manera que sin tributos no hay Estado de bienestar. Es así de sencillo.

Estos días la derecha ha iniciado una agresiva campaña electoral anticipada, no ya para modificar algunos impuestos como el de Patrimonio con el fin de beneficiar a las rentas más altas y privilegiados de siempre, sino lo que es todavía más peligroso y letal: para propalar la idea de que los impuestos son indeseables, nocivos, dañinos para las economías familiares, así que es preciso acabar con ellos. De todas las ideas nefastas que ha ido dejando tras de sí el Partido Popular en estos años de crisis y pandemias, quizá sea esta la más letal para la convivencia y el contrato social del que nos hablaba Rousseau. A fuerza de manipulaciones y bulos como los que suele difundir Isabel Díaz Ayuso en Madrid (ahora también Juanma Moreno Bonilla en Andalucía), se ha terminado por instalar en la sociedad una cultura de la insolidaridad, del escaqueo tributario y, por qué no decirlo, del fraude fiscal.

¿Cómo desmontar las patrañas de la ultraderecha (al PP hay que empezar a situarlo ya en ese lugar del espectro político después del reciente pacto secreto de coalición supuestamente suscrito entre Feijóo y Abascal) hasta hacerle entender al ciudadano que la espina dorsal de la democracia reside precisamente en un sistema fiscal redistributivo, progresivo y equitativo? Solo hay dos maneras: primero acometiendo una reforma impositiva en profundidad que sitúe a España a la vanguardia de los países europeos; y después haciendo mucha pedagogía, o sea, explicándole al pueblo cómo están los números, exponiéndole con toda crudeza el estado de las cuentas públicas y contándole la verdad por encima de demagogias populistas y propaganda electoral. Al español hay que decirle claramente que, si no paga impuestos, llegada la hora de operarse de algo o de revisarse el epigastrio, no podrá hacerlo si no contrata un costosísimo seguro privado. Entonces, cuando se encuentre tirado en un pasillo de urgencias sin médicos que le atiendan y retorciéndose de dolor, caerá en la cuenta de lo importante que era el buen funcionamiento del Estado de bienestar. Un claro ejemplo de aprendizaje intelectual por la vía de la experiencia.

Llegados a este punto, cabe preguntarse si el Gobierno de coalición va en la buena línea. La cuestión didáctica no parece que la esté afrontando de la forma más eficaz, ya que mientras PP y Vox siguen convenciendo a la opinión pública de que es posible mantener el Estado de bienestar sin pagar impuestos, los barones socialistas se suben alegremente a ese mercadillo vergonzante para ver quién se evade más y cumple menos con el fisco. El paradigma del bochornoso sainete que están dando nuestros dirigentes políticos lo encarna el presidente de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, quien tras calificar el espectáculo del mercadeo con los impuestos como “lamentable” ha terminado reconociendo que él también tendrá que sumarse a esa “marea” para no quedarse atrás (para no perder las elecciones, debería haber dicho, siendo sincero, el mediático presidente cántabro). En esa misma línea se ha expresado Felipe González, que pide “afrontar seriamente una reforma fiscal”. Obviamente, al patriarca del PSOE habría que preguntarle por qué se aparca ese ineludible proyecto cada vez que gobiernan los socialistas. Demasiadas presiones de las grandes fortunas y multinacionales, demasiados patriotas de salón que se resisten a contribuir como deben con la prosperidad de su país. Y así llevamos desde 1978. Cada medida que se acomete es un parche, fontanería provisional, maquillaje político electoral.

La batalla de la pedagogía la tiene perdida la izquierda de este país, pero es que además va camino de perder también la batalla de las necesarias y urgentes reformas. El pasado mes de marzo, un grupo de economistas y expertos remitió al Ministerio de Hacienda el ansiado Libro Blanco para una reforma fiscal en España, un documento de vital importancia que debía avanzar en una mejor recaudación y distribución de la riqueza en nuestro país. La susodicha reforma es una de las grandes asignaturas pendientes de nuestra democracia y hasta hoy ningún partido ha tenido el valor suficiente para acometerla en toda su profundidad. El informe, que consta de 700 páginas, recogió una serie de imprescindibles recomendaciones para construir un sistema tributario mucho más moderno, eficiente y justo que evite que cada comunidad autónoma pueda ir por libre, constituyéndose en un intolerable paraíso o dumping fiscal dentro de nuestras fronteras.

En el Libro Blanco se plantean, entre otras muchas, cuestiones como mantener un tipo general del IVA, eliminando los reducidos y superreducidos, lo que permitiría incrementar la recaudación en 27.100 millones; establecer un sistema de compensación para las rentas más bajas; una prestación para trabajadores con bajos salarios y otra por hijos menores de 18 años; gravar severamente el tabaco, el alcohol y las energías contaminantes (impuesto verde); acabar con las deducciones y bonificaciones fraudulentas; e incluso suprimir el “tratamiento privilegiado” para las dietas y asignaciones de los cargos públicos como diputados, senadores, alcaldes y concejales. Todas estas medidas deberían ir acompañadas de un refuerzo en las plantillas de la Inspección de Hacienda para luchar contra el fraude fiscal, que en España ocasiona pérdidas anuales por importe de 60.000 millones de euros en impuestos evadidos más otros 31.000 millones por cuotas defraudadas a la Seguridad Social, según Gestha.

Sin duda, en el Libro Blanco está la clave para avanzar hacia un Estado de bienestar mucho más fuerte, solidario y con servicios públicos de calidad. ¿Qué fue de aquella magnífica idea?, habría que preguntarle al Gobierno. Debe andar en el cajón de algún ministerio, desde luego no dirigido por Podemos, al que se ha apartado de la política fiscal. En el de Calviño, un suponer.

Viñeta: Pedro Parrilla

REUNIÓN ULTRA


(Publicado en Diario16 el 29 de septiembre de 2022)

Feijóo y Abascal se han reunido en secreto. Dicho así, puede sonar muy fuerte (el gallego moderado confraternizando con el Caudillo de Bilbao), pero bien pensado es lo lógico. Ya gobiernan juntos en varias regiones, sin complejos y sin que les dé vergüenza alguna. En público, el dirigente gallego reconoce que no le gusta la extrema derecha mientras el líder voxista lo llama cacique, soberbio, chuleta, mentiroso y manipulador. Todo es puro postureo. PP y Vox no son más que las dos caras de la misma moneda, o como acostumbramos a decir en esta columna: ambos son legítimos representantes de esa derecha española taurina, africanista y carpetovetónica que no ha cambiado ni un ápice desde que los Cien Mil Hijos de San Luis aplastaran a los liberales en el XIX. Ya por entonces, los absolutistas monárquicos agitaron el descontento popular por la elevada carga fiscal que sufrían los campesinos y las clases humildes (los curas antiliberales pusieron su granito de arena desde los púlpitos en esa propaganda ultraconservadora). Finalmente, las derechas de aquella época lograron convencer a los españolitos de a pie de que el régimen liberal machacaba al pueblo a impuestos cuando en realidad era precisamente lo contrario: la miseria y la desigualdad que vivía el país provenía del mantenimiento de los privilegios de una casta dominante y de un feudalismo tardío que en España se prolongó en el tiempo más allá que en ningún otro país europeo.

Hoy, Feijóo y Abascal se confabulan y conspiran de la misma manera que lo hacían sus abuelos realistas de antaño, trabajando en la sombra, propagando el bulo de que la izquierda solo trae ruina y hambre a la patria. Y una vez más, tal como ocurrió hace dos siglos, el cuento de los españoles cosidos a impuestos por una banda de enemigos de España vuelve a surtir efecto. No han cambiado nada desde 1823 (histórica fecha de la Restauración absolutista que marcó el final de la revolución liberal), siguen comportándose de la misma forma maniobrera de siempre, siguen urdiendo montajes, siguen planeando asonadas y derrocamientos. La única diferencia es que antaño los complots y conciliábulos reaccionarios se organizaban clandestinamente, en las camarillas de la Corte; hoy lo hacen a plena luz del día, en el bar de enfrente del Congreso de los Diputados o en uno de los cuatro rascacielos del distrito financiero madrileño. ¿Para qué esconderse si uno y otro son lo mismo, o sea el partido de los ricos?

Hasta donde sabemos, es la primera vez que los líderes de PP y de Vox se reúnen para tratar sobre el futuro inmediato del país. Ambos dan por muerto y enterrado a Sánchez y han pasado a la siguiente fase del plan, que no es otra que tejer las alianzas y coaliciones necesarias para que cuadren los números y los escaños tras las elecciones que están a la vuelta de la esquina. Núñez Feijóo ha debido verle las orejas al lobo tras los comicios del pasado fin de semana en Italia. La contundente victoria de la fascista Giorgia Meloni no es una buena noticia para la izquierda (Fratelli d’Italia les ha ganado hasta en Livorno, cuna del comunismo europeo) pero tampoco para la derecha clásica representada por el PP. Si nuestros vecinos transalpinos han decidido que la derechita cobarde de la Liga Norte de Salvini y la Forza Italia de Berlusconi ya no pintan nada en esta historia (dando la confianza a los discípulos de Mussolini de Fratelli d’Italia) nada impide que Vox dé el sorpasso en cualquier momento. Por otra parte, Feijóo tiene al enemigo dentro de casa en la persona de Isabel Díaz Ayuso, que encarna los ideales de los más cafeteros, falangistas y antisistema del Partido Popular. La pinza Ayuso/Abascal podría ser letal para el futuro político del dirigente popular. Y él lo sabe. Así que se impone ir cerrando acuerdos, pactar las cosas por escrito, dejar las cosas claras y los carguetes bien repartidos desde ahora mismo para que luego, llegado el momento de gobernar, no haya sorpresas o malos entendidos como el típico es que yo creía que o tú me dijiste que.

Para Abascal, Feijóo ya no es ese indepe que habla gallego y que no se diferencia demasiado de los enemigos de España. El Caudillo de Bilbao no atraviesa por su mejor momento tras purgar a la gran musa del movimiento nacional Macarena Olona. Muchos votantes voxistas están defraudados. Cuenta la prensa de Madrid que la diva de Salobreña posee información secreta como para hacer estallar el partido varias veces. Y que está dispuesta a utilizarla. Por tanto, toca amarrar lo que ya se tiene, conservar, no perder los 52 diputados que Vox ganó en las pasadas elecciones contra todo pronóstico. Abascal está loco por pactar con el PP. La experiencia de Meloni (que tiene un serio problema de reparto de ministerios y cuotas de poder entre sus socios de Gobierno), le sirve de aviso a navegantes. Mejor firmar el contrato de muleta de Génova antes de que se pongan las urnas por lo que pudiera pasar.

Feijóo y Abascal no se conocían, o al menos eso nos han dicho. A ninguno de los dos le interesaba otra foto de Colón sino hacerlo todo con el mayor sigilo, entre bambalinas, con el máximo secretismo. El Partido Popular Europeo ya ha dado órdenes a sus organizaciones nacionales para que los pactos con los fascistas, allá donde sean posibles, se hagan con la mayor discreción. Su presidente, Manfred Weber, ha bendecido la coalición con Meloni, de modo que han renunciado a cualquier tipo de cordón sanitario. La derecha clásica va a lavarle la cara a los fascistas, los va a peinar, a maquillar y a dejarlos bien guapos para presentarlos en sociedad como personas limpias, decentes y aseadas. Como demócratas de pedigrí. De todo esto y de mucho más hablaron Feijóo y Abascal aunque nada de lo que se debatió en aquella lujosa torre del Manhattan madrileño se lo van a contar a usted, sufrido lector. Para eso estamos nosotros.

Ilustración: Artsenal

EL MERCADILLO

(Publicado en Diario16 el 28 de septiembre de 2022)

Se acercan las elecciones y, como suele ocurrir, todos los políticos abren su puestecillo ambulante de la rebaja de impuestos para tratar de captar el voto del ciudadano indignado, confuso o desafecto con la democracia y el Estado de bienestar. Esto es como en las rebajas, solo que en lugar de ofrecer un dos por uno o un pantalón vaquero de saldo dan unas migajillas tributarias del IRPF al pobre (que en general no le resuelven la vida ni la cesta de la compra) o un suculento pastel en el impuesto de patrimonio al rico (este sí que se ahorra un buen pellizco que para sí lo quisiéramos todos).

Se ha abierto el tenderete, zoco o mercado de baratillo y nuestros dirigentes, ya sean del PP o del PSOE, andan como vendedores trashumantes ofreciendo sus chollos. A alguno solo le falta la furgoneta y el megáfono, o sea aquello de “vamos nena que se acaban, cuatro melones veinte duros”. Así, la madrileña Isabel Díaz Ayuso dio el pistoletazo de salida a esta agresiva campaña electoral ofreciendo una amnistía a las grandes fortunas, a la que se sumó alegremente Juanma Moreno Bonilla en Andalucía. Después de eso, ya todos han entrado a saco en la subasta o rastrillo de los impuestos. Ni siquiera el valenciano Ximo Puig, hasta hoy gran barón territorial del sanchismo, ha querido quedarse atrás en la carrera por comprar el voto a precio de ganga. Su propuesta de rebajar un tramo en el IRPF a las rentas más bajas no ha gustado en Moncloa. Y con razón. Un Gobierno auténticamente socialista tiene la obligación de mantener intactos los impuestos renunciando a hacer populismo y demagogia con ellos. Esa y no otra es la única manera de sostener el buen funcionamiento de los servicios públicos. De hecho, la gran diferencia entre un dirigente de izquierdas y otro conservador, más allá de las cuestiones sociales dermoestéticas, reside en la política fiscal. A un socialista de verdad no le duelen prendas a la hora de pagar impuestos porque sabe que solo así se contribuirá a una sociedad más justa, cohesionada e igualitaria. Por el contrario, un neoliberal hará todo lo posible por escaquearse de pagar impuestos sencillamente porque siente alergia a lo público (es cierto que le interesa el estado de bienestar, pero el suyo, su propio bienestar y no otro). Reparto equitativo de la riqueza versus insolidaridad; derechos versus privilegios; socialismo versus egoísmo y usura capitalista. Ahí está la clave de todo, ahí radica la madre del cordero.  

Con su propuesta, Ximo Puig entra en la loca carrera por la rebaja de los impuestos y aunque es cierto que él quiere beneficiar a las rentas más bajas frente a las más altas, el mensaje que se transmite a la sociedad resulta nefasto. Al ciudadano, que no entiende de tramos fiscales, complejas deducciones o farragosas bonificaciones, se le está diciendo que Ayuso va en la buena dirección recortando tributos y montando el dumping fiscal regional. Se está reconociendo implícitamente, tal como alega la lideresa castiza, que pagamos demasiado al fisco y que ya ha llegado la hora de aflojar el torniquete impositivo que ahoga a tantas familias. Es así como se compra el marco ideológico de la derecha, de modo que no nos extrañemos después si Giorgia Meloni arrasa en una Italia donde hasta en Livorno, cuna del comunismo, se han sumado ya a la gran fiesta fascista.

En realidad, los valencianos no van a vivir mucho mejor tras el ofertón de Puig. Algunos ni van a notar la ayuda fiscal. Las rentas de hasta 20.000 euros se ahorrarán 117 al año y las inferiores a 30.000 unos 67. Estamos pues ante el chocolate del loro, un regalo que no da ni para invitar a los amigos a una paella en la bella Malvarrosa. En lo material, la medida apenas se notará en los bolsillos de las clases medias, pero el discurso venenoso de que pagar impuestos es malo, un incordio, tal como predican Ayuso y sus monaguillos neoliberales, seguirá calando y consumando el destrozo. Por si fuera poco, la medida adoptada por el presidente de la Generalitat, bienintencionada en lo filosófico pero letal en lo político al romper con el principio básico de la izquierda de que el Estado de bienestar hay que pagarlo, supone un ataque directo a la estrategia económica de Sánchez, que estos días se afana por convencer a los españoles de que piensa subir los impuestos a los más ricos. Por ahí, el PSOE se deshilacha un poco más.

De momento, todas las comunidades estudian rebajas fiscales, las del PP siguiendo la estela ayusista que beneficia a los millonarios, las del PSOE para que parezca que se hace algo con los menos adinerados (lo cual no deja de responder a cierto complejo respecto a la derecha). Galicia, Canarias, las Castillas y otras regiones se lanzan a la política del todo a cien, al bazar de la bicoca y a la compra descarada del voto como en los tiempos del caciquismo, abrazándose como a un clavo ardiendo al palabro de moda: deflactar. Desde Lambán a Page, pasando por el asturiano Barbón (éste tira de eufemismo cuando dice que piensa “aplicar deducciones u otras medidas antinflación”), los barones socialistas se suben al carro o tenderete de los impuestos. Fernández Vara parece el único que de momento se mantiene fuerte y sin claudicar, pero acabará pasando por el aro, ya lo verán ustedes. Los vientos fascistas que nos llegan de Europa soplan contra el socialismo y el Estado de bienestar y nadie quiere perder el poder. Si hay que bajar impuestos se bajan. Si hay que volverse un poco liberal, sin problema. Todo por la poltrona y sálvese quien pueda.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL MACARENAZO

(Publicado en Diario16 el 28 de septiembre de 2022)

Cuenta la prensa que Macarena Olona dispone de material sensible que podría estar pensando en utilizar contra su antiguo partido Vox. Esta gente del extraño mundo verde trabaja así, no deja un solo cabo suelto, lo tiene todo atado y bien atado a la manera franquista, y sigue siempre el preceptivo manual trumpista (no olvidemos que, tras abandonar el poder, Donald Trump también se llevó a su casa varios dosieres con información altamente secreta sobre armas nucleares). Olona, que no tiene un pelo de tonta, sabía que después de ser depurada podía meterse en problemas con Santi Abascal, así que no se puede descartar que decidiera salir del partido con un par de carpetas comprometedoras bajo el brazo. Por si las «flais».

Ahora bien, más allá del morbo y del sensacionalismo que entraña la noticia, cabría preguntarse qué demonios puede haber en esos dosieres secretos voxistas. Y ahí es donde entramos ya en el terreno de la pura especulación. Vox es un partido pequeño de reciente creación, un grupo de animosos patriotas que se montan sus películas y batallitas, aficionados de la política que nunca han ostentado tareas ni responsabilidades de Gobierno, de modo que es poco probable que hayan tenido tiempo de manejar material confidencial, reservado, top secret o trascendental para el futuro de España. Desde luego, en el CNI tienen cerrado el paso, salvo algún que otro policía chusquero o espía nostálgico de los tiempos de la Brigada Política Social que les da bolilla con algún chivatazo de vez en cuando sobre el móvil pinchado de Pedro Sánchez, las amistades que frecuenta Núñez Feijóo o las nunca probadas conexiones de Podemos con Venezuela, un tema rancio y pasado de moda pero que vende mucho en el mundo cloaquero (Inda lo compra siempre y lo da a cinco columnas, aunque desde que Pablo Iglesias no está en política esas cosas ya no le interesen a nadie).

Sin embargo, conviene no menospreciar el poder que Vox va acumulando después de que el PP les abriera las puertas de las instituciones en Madrid, Andalucía, Castilla y León y Murcia. Algo debe haber en esos archivos con los que Olona amenaza a la cúpula directiva que la ha purgado cariñosamente (como dice Espinosa de los Monteros) cuando muchos altos cargos se han echado a temblar. Le tienen miedo a una mujer temperamental, una tonadillera de la política que funciona a impulsos como la española racial que es y que en cualquier momento se desmelena, le pierde el respeto al Caudillo de Bilbao y se pone a bailar la Macarena, enviando filtraciones aquí y allá a las cloacas periodísticas siempre dispuestas a publicarlo todo, desde una moto de Villarejo hasta el último cotilleo de Corinna Larsen.

Nosotros, puestos a especular (todos elucubran ya en las tertulias de Ferreras) podemos hacernos una idea de lo que hay en esos supuestos archivos escamoteados de Olona. Así, es más que probable que ahí estén contenidos algunos de los secretos inconfesables y mejor guardados de Vox, como la verdad sobre el jefe Abascal, o sea sus prórrogas para escaquearse de la mili, tal como dijo el diputado Baldoví, si se vacunó o no contra el coronavirus (sigue sin desvelarlo para no perder el voto negacionista) o si se vio alguna vez con Putin para trazar el plan de reconquista de Europa del nuevo fascismo posmoderno. En esos dosieres seguro que hay cosas jugosas, interesantes, como el millón de euros del Consejo Nacional de la Resistencia de Irán (durante años considerado organización terrorista) que sirvió para fundar Vox; la calderilla que Espinosa de los Monteros dejó a deber a la empresa que le reformó el chalé; la orden de detención contra Ortega Smith por apropiarse de un bloque de hormigón en Gibraltar; los planos que Rocío Monasterio firmó como arquitecta antes de sacarse el título; el álbum de fotos de juventud de Buxadé en la Falange y en ese plan.

Uno cree que Abascal tiene motivos suficientes como para estar preocupado con todo lo que Olona sabe del partido. Macarena ha pasado de ser la gran musa de la ultraderecha española a mujer incómoda, a espía que surgió del frío, a gorrión rojo o agente doble que ya no se sabe para quién trabaja, si para reventar Vox desde dentro por orden del propio Putin o para la mismísima OTAN. Ella dice que vive por y para España y los españoles, lo cual queda muy bien pero no cuela. En los últimos años, hasta cinco partidos han salido de violentas escisiones de Vox después de la expulsión de algún díscolo (TUpatria, España Suma, Valores, Juntos por España y Libres). Las malas lenguas dicen que Olona, con esa sonrisa de diablesa y muchacha aplicada, con ese vestido bicolor (el bien y el mal hecho seda), con ese maletín de abogada del Estado y ese nuevo look de mujer liberada del yugo machista que se ha agenciado, va camino de fundar el proyecto ultra definitivo, el que acabe por desmantelar Vox. Tiene el talento para el mal necesario en política, ambición y el aval de Mario Conde, que siempre es un plus. Hasta se baraja que pueda optar por un cambio de nombre a la italiana (Macarena Oloni, por ejemplo) para seguir los pasos de su admirada Giorgia, la gran musa del fascio italiano redentor. “Si alguna vez dejamos de ser alternativa, nosotros mismos desmontamos esto”, dice un profético y trémulo Buxadé ante lo que se les viene encima. El huracán Macarena se ha desatado, nadie sabe cómo puede terminar todo esto. A partir de ahora las filtraciones a la prensa van a ser constantes y diarias. No sé ustedes, pero yo no me pierdo la portada de Marhuenda de mañana.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

FRATELLI

(Publicado en Diario16 el 27 de septiembre de 2022)

La política y la prensa reaccionaria ya han comenzado la pertinente labor de blanqueo o maquillaje de Giorgia Meloni, la ultraderechista que se ha alzado con la victoria en las elecciones del pasado fin de semana en Italia. Sorprende ver cómo avezados analistas, todólogos tertulianos televisivos y hasta curtidos profesores de universidad van lanzando mensajes tranquilizadores para calmar a la población. “¿Por qué debemos tener miedo a Fratelli d’Italia si no es un lobo tan fiero como lo pintan?”, se preguntan algunos. “¡Pero si Meloni es una señora bien que no tiene nada que ver con Mussolini!”, sugieren otros. “Ya verán ustedes cómo estos hermanos gamberros se van dulcificando y moderando a medida que entren en las instituciones y comiencen a ejercer el poder”, sentencia, en general, el ejército mediático de blanqueadores profesionales al servicio del neonazismo posmoderno.

La formidable y prodigiosa maquinaria de propaganda goebelsiana ya se ha puesto en funcionamiento y nadie podrá pararla antes de que lave el cerebro a media Europa, tal como ocurrió hace un siglo. En realidad, quienes esgrimen tales argumentos amables con el posfascismo son los mismos que lavaron la imagen de los talibanes que reconquistaron Kabul hace poco más de un año. Entonces se nos dijo que los nuevos clérigos que habían bajado de las montañas tras la vergonzante salida del país de los norteamericanos no tenían nada que ver con aquellos otros que, antes de los atentados contra las Torres Gemelas, colgaban a la gente por el cuello en la plaza pública solo por escuchar música, beber alcohol o jugar con cometas. Trataron de convencernos de que los mulás fundamentalistas –los hermanos fascistas de Oriente Medio– habían evolucionado hacia el pragmatismo, de modo que respetarían los avances sociales logrados en Afganistán en los últimos veinte años. La tesis era tan falsa como pueril. Hoy ya hemos visto que las mujeres que deciden no ponerse el burka son detenidas y ajusticiadas con severidad y que la sharía o ley islámica sigue siendo tan dura como siempre. Un fascista no se modera nunca, al contrario, siempre se deja llevar por la espiral de violencia y locura hasta el éxtasis final.

Los propagandistas del nuevo Reich europeo que se avecina nos dicen ahora que Fratelli d’Italia no puede considerarse de ninguna manera un partido de corte autócrata, todo lo más un proyecto nacionalpopulista, un tanto xenófobo y patriotero, vale, pero siempre pacífico, homologable y democrático. No hay más que estudiar la historia del movimiento encabezado por Meloni para comprobar con horror la falacia de esta afirmación. FdI hunde sus raíces en el Movimiento Social Italiano fundado en 1946 por seguidores del exdictador Benito Mussolini. El partido posfascista llegó a convertirse en la cuarta formación política de Italia e incluso apoyó, como socorrida muleta, en las tareas de gobierno de la Democracia Cristiana. En la década de los sesenta entró en declive hasta su inesperada resurrección en los ochenta y su transformación definitiva en Alianza Nacional, allá por 1995.

En esta larga travesía desde el ostracismo hasta el poder, el partido de Meloni jamás ha ocultado sus ideas totalitarias: son caudillistas, xenófobos (optan por cerrar fronteras a la inmigración), ultranacionalistas (babean ante la tricolor), ortodoxos católicos (otra vez la influencia del Vaticano de la que Italia parece no poder librarse), partidarios de la familia tradicional (apuestan por la abolición del matrimonio gay) y declaradamente machistas (la mujer sometida al patriarcado en una sociedad donde el aborto está prohibido). Más tarde o más temprano, este ideario será implantado en Italia. Ningún fascista ha esperado 75 años para, ahora que por fin saborea de nuevo las mieles del poder, moderarse, aborregarse y convertirse en un mal representante de la derechita cobarde, del establishment, del sistema. Sería una absurda pérdida de tiempo.

Sin embargo, podría haber un lugar para la esperanza de los demócratas. Llama poderosamente la atención el silencio de Giorgia Meloni y también de Bruselas, que se mantiene a la expectativa, sin hacer declaraciones oficiales sobre lo que ha pasado este fin de semana para la historia contemporánea. Por lo visto, la líder de FdI se ha tomado unos días libres con el fin de decidir qué rumbo le da a su gobierno en coalición con la Liga del racista Salvini y la Forza Italia del viejo rijoso Berlusconi. De ese mejunje político o gallinero delirante no puede salir nada bueno más que una ópera bufa a la italiana, así que cada paso debe ser meditado con suma precaución. El riesgo de que el engendro salte por los aires y dure menos de un año (como suele ocurrir con todo Gobierno italiano que se precie) es elevado.

Meloni ha aterrizado en el Palacio Chigi casi por casualidad. Una mezcla de rabia popular contra la Europa multicultural, desafección por la democracia y miseria tras tres crisis sucesivas (Lehman Brothers, pandemia y guerra de Putin) la ha catapultado al éxito sin tener que hacer nada del otro jueves. Todo ha sido tan rápido que no ha tenido tiempo de digerir la victoria. Montar un pollo electoral demagógico-populista, envolverse alegremente en una bandera y desfilar por la calle entre cánticos patrióticos e insultos a los rojos es fácil; ponerse a gobernar contra las élites financieras europeas, a riesgo de perder los fondos de cohesión, es otra cosa muy distinta. Ya dio muestras evidentes de apaciguamiento en su primera rueda de prensa tras ganar los comicios, donde la leona enrabietada dio paso a una gatita mucho más mansa y sosegada. Además, los posfascistas de Fratelli d’Italia no tienen experiencia de Gobierno y a poco que pongan en marcha una parte de su disparatado programa electoral pueden enviar el país al garete en cuatro días. De ahí la prudencia de Meloni a la hora de tomar la siguiente decisión. El dilema que se le plantea ahora es: ¿fascismo a calzón quitado, que es lo que le pide el cuerpo, o prudencia y giro al centro por instinto de supervivencia? Esa es la cuestión.

De momento se ha filtrado que Italia seguirá manteniendo sus compromisos adquiridos con la Unión Europea, algo que contradice radicalmente con el propio programa del partido, que propugna un Brexit exprés a la italiana. También se ha apuntado que Fratelli seguirá fiel al eje atlantista que pasa por Varsovia renegando de una alianza con el húngaro Orbán, famoso por sus coqueteos con Putin. Por ahí podría empezar la primera traición a todos aquellos ingenuos nostálgicos que han votado a Meloni pensando que, al día siguiente, ya vestida de Mussolini, daría la orden de iniciar una nueva marcha sobre Roma. Fratelli llega para destruir la democracia desde dentro, de eso no cabe duda, pero la democracia es más fuerte de lo que parece y puede terminar domesticando o incluso engullendo al monstruo populista. No sería la primera vez. Así que no canten victoria los bufones del pasado porque quizá sus peores enemigos sean ellos mismos.

Viñeta: Iñaki y Frenchy