domingo, 11 de diciembre de 2022

LA DIMISIÓN DE LESMES

 

(Publicado en Diario16 el 11 de octubre de 2022)

La dimisión de Carlos Lesmes parece haber abierto una nueva fase en las tormentosas relaciones entre el Gobierno y el PP a cuenta de la renovación de los altos cargos del Poder Judicial. Por momentos, parece que ha llegado el deshielo, que el bloqueo y la parálisis forman parte del pasado y que socialistas y populares están dispuestos a sentarse a negociar de una vez por todas. El ministro Bolaños reconoce que ahora la cosa va “en serio”, lo cual nos lleva a plantearnos qué demonios han estado haciendo PSOE y PP durante todos estos años cuando se sentaban a abordar los problemas de la Justicia. ¿Se reunían a jugar al mus, quedaban para comer y preguntarse por la familia, posaban para la foto sabiendo que todo era un paripé? El destrozo que ambos partidos han causado a la judicatura es ya irreparable, si bien habría que atribuir al PP un mayor peso en la balanza de la responsabilidad por haber utilizado los órganos jurisdiccionales como arma política para desgastar al Gobierno. Desde mucho antes de la pandemia, Pablo Casado decidió declararle a Pedro Sánchez la guerra judicial o lawfare, es decir, el obstruccionismo por sistema con el fin de derrocar al Ejecutivo de coalición.

Pero aceptemos que esta vez la cosa “va en serio”, tal como dice Bolaños, lo cual es mucho suponer. El Partido Popular se mantiene firme en sus posiciones y no piensa renunciar a su reforma de la Justicia para que sean los propios jueces quienes elijan a las personas que han de gobernarlos y representarlos. La propuesta tiene todos los visos de ser una trampa, una celada, ya que cualquiera sabe que la judicatura está controlada por las asociaciones profesionales, en su mayoría conservadoras, y que implantar ese modelo solo serviría para que la derecha continuara teniendo la sartén por el mango en una especie de yo me lo guiso, yo me lo como judicial. El PP jamás soltará las riendas de órganos como el Tribunal Supremo, el Constitucional y el CGPJ porque sabe que, domado ese caballo, en algún momento conseguirá tumbar leyes como la del aborto, la memoria histórica, la eutanasia y otras que tengan que ver con sus asuntillos turbios (tienen casos abiertos por corrupción para los próximos diez años). Dirigiendo la Justicia desde arriba, mediante peones bien colocados, la represión contra la disidencia catalana está más que asegurada, los bancos seguirán estafando a miles de clientes con las hipotecas y las cláusulas abusivas y todo quedará atado y bien atado. Si la Justicia es conservadora es única y sencillamente porque las élites políticas que la dirigen lo son. En esa línea se entienden las declaraciones de esta mañana de Feijóo, que insinúa que esta puede ser la última oportunidad de alcanzar un acuerdo, lo que suena a trágala o ultimátum a Sánchez. La única interpretación que cabe hacerse es que el Partido Popular no tiene una voluntad sincera de pactar ni negociar nada, sino que su objetivo prioritario es imponer su reforma o dejar que el tiempo pase hasta que lleguen las elecciones.

Por descontado, el Gobierno no quiere ni oír hablar de cambio de modelo en la elección de vocales del CGPJ y se sigue aferrando a que el principal partido de la oposición debe cumplir la ley y la Constitución renovando con urgencia, en una reforma exprés, los cargos institucionales. El partido socialista sabe que entregar la Justicia a las asociaciones profesionales es tanto como pegarse un tiro en el pie, ya que supondría crear un Gobierno de jueces, una casta de juristas que funcionarían al margen de cualquier tipo de control del Parlamento. Los jueces, como personas que son, con sus vicios y defectos, también deben estar sometidos a algún tipo de fiscalización democrática. Desde este punto de vista, un acuerdo a dos sigue antojándose más difícil que nunca.

Entre tanto, el barullo y la sensación de politización en el Poder Judicial crece por momentos. La dimisión de Lesmes, un hombre de Aznar, ha abierto la batalla por la sucesión. Su intención de colocar a dedo a su vicepresidente, Francisco Marín Castán, no ha gustado ni a unos ni a otros. A fin de cuentas, un juez es alguien a quien no le agrada que le digan lo que tiene que hacer, y la cúpula prefiere ir a un Pleno para nombrar al sustituto. Las ambiciones de poder, las mezquindades, las rencillas y los odios enconados entre magistrados vienen a sumarse al gallinero en que se ha convertido la Justicia. La silla de Lesmes es apetitosa y cada cual va a jugar sus cartas hasta apoderarse de ella, haciendo prevalecer sus intereses personales sobre la razón de Estado. El debate se centra en la fórmula para reemplazar al dimitido presidente, una cuestión que ha puesto encima de la mesa el sector progresista. El próximo jueves tendrá lugar una reunión a cara de perro, si tenemos en cuenta que la negociación está atascada y ambos bandos, juristas de derechas y de izquierdas, siguen siendo el espejo en el que se reflejan fielmente las pugnas políticas entre PSOE y PP. A esta hora, y pese a las declaraciones bienintencionadas de Bolaños y del negociador popular González Pons que apuntan a un final feliz de las conversaciones, la sensación que queda es que los peones togados de Feijóo siguen bloqueando entre bambalinas la renovación exigida por la Constitución. El pueblo está escamado tras años de compadreos y sospecha que en el Partido Popular están deseando que se vuelen todos los puentes, una vez más, para continuar con una situación de bloqueo que electoralmente les beneficia pero que para España es un auténtico desastre.

Ilustración: Artsenal

MARIO I, REY DE ESPAÑA

 

(Publicado en Diario16 el 11 de octubre de 2022)

La entrevista de Gonzo con Mario Conde, tal como era de esperar, deja titulares para la historia de España. Mucho ha llovido desde que la Justicia lo empapeló por sus negocios, pero el personaje, que tiene un don especial para servir buen alpiste a los periodistas, sigue vendiendo exclusivas. De entrada, Conde confirma lo que ya se sabía desde hace décadas y ningún reportero se atrevió a publicar: que la Casa Real, en tiempos de Zarzuela, estaba controlada no ya por una camarilla sino por un lobby de banqueros, prestamistas y millonarios cuya cabeza visible era el hombre fuerte de las camisas almidonadas, el triunfador del cabello engominado que fue modelo para varias generaciones de españolitos que soñaron en vano con dar el pelotazo rápido y lograr el éxito aún a costa de vender el alma al Diablo. En España había un rey, pero no era Juan Carlos I, sino Mario Conde, que era quien pagaba los gastos de la democracia española.

En la señorial finca de Los Carrizo convertida en improvisado plató, rodeado de cornamentas de tantas monterías regias y ministeriales, Conde se mostró arrogante, altivo, seguro de sí mismo y ganador. Da la sensación de que ni el paso del tiempo, ni los palos de los jueces, ni los rigores de la cárcel (se acaban de cumplir 25 años de su primera condena) han podido hacer mella en él. Pese a que ya está retirado y no es ni sombra de lo que fue, el banquero de banqueros sigue desprendiendo esa aura mefistofélica, ese perfume de gran mago del dinero que, a golpe de talonario y apuntando con su bastón de empuñadura de oro, era capaz poner y derribar gobiernos. Espeluzna pensar en aquel Mario Conde dispuesto a controlar los medios de comunicación y hasta a presionar al todopoderoso Polanco para que El País frenara la noticia del nombramiento de Fernando Almansa como nuevo Jefe de la Casa del Rey en sustitución de Sabino Fernández Campos. El gran Sabino era un hombre honrado que sin duda quedó horrorizado y harto de lo que sus ojos estaban viendo entre los muros de palacio. No tragó y fue purgado.

“¿Un banquero tiene más poder que un presidente del Gobierno?”, le pregunta Gonzo. “En algunos aspectos, sí”, contesta él. Durante la entrevista, quedaron al descubierto algunas de las mil caras del hombre que movió los hilos de España en aquellos años de yates, expos, Torres Kio y despelote económico. La más interesante, sin duda, la faceta de amigo personal, confidente y consejero de Juan Carlos I. O sea, su papel de Rasputín en la sombra. Conde llegó a confesar que se metió en la jaula de los leones con Bárbara Rey para tratar sobre su explosivo romance con el jefe del Estado. La vedete le contó una serie de cosas que le “preocuparon”, de ahí que elaborara un informe interno para Zarzuela. Y llegados a este punto cabría preguntarse: ¿qué pintaba un banquero haciendo las veces de asesor sentimental del rey? La cosa debió descontrolarse bastante cuando Aznar tuvo que intervenir para zanjar la cuestión ordenando que ese asunto lo llevaran los servicios secretos. Hoy poco o nada se sabe de aquel dosier, como tampoco se tienen demasiados datos de otra turbia misión en la que participó el exdirectivo de Banesto: frenar el escándalo de Juan Carlos con su supuesta amante Marta Gayá. ¿Cómo se taparon todos aquellos flirteos amorosos, hubo dinero de las arcas públicas para comprar silencios, cuántas rubias despechadas pasaron por el negociado de Conde, que en aquellas fechas más bien parecía el ajetreado despacho del detective privado Philip Marlowe en el Cahuenga Building de Los Ángeles? “Llamé a todos los que pude para que no se metieran en la vida privada del rey”, se limita a decir el banquero. En cualquier Estado de derecho serio y avanzado un affaire de ese tipo habría dado lugar a varias comisiones de investigación parlamentarias. Aquí la cosa dio para algunas portadas del papel cuché, un par de Sálvames de la época y pare usted de contar. “No sé más”, cerró la cuestión el banquero. Democracia de calité.

La entrevista nos deja otros jugosos titulares que nos ayudan a completar la compleja y misteriosa personalidad del personaje, como ese momento en el que Conde acusa a la prensa española de la bula papal que se le ha otorgado siempre a Juan Carlos I (“ustedes, los medios, son los culpables del silencio, nadie más”). Durante la entrevista dejó claro que sigue apreciando al emérito, aunque quizá este ya se haya olvidado de él. Hoy, las francachelas del monarca jubilado en Abu Dabi se las costean otros paganinis, otros patriotas milenials, otros mejores nuevos amigos, y a Conde solo le queda negar que haya puesto un solo euro para sufragar los desfalcos con Hacienda del exjefe del Estado. Se siente tan por encima del bien y del mal, que hasta se permite criticar duramente la inviolabilidad de la monarquía española. Él, que fue el guardián y custodio del secreto mejor guardado de Su Majestad.

Es evidente que atrás quedan los viejos tiempos, aquellos años salvajes en los que, cuando el rey se metía en follones amorosos, allí estaba el Señor Lobo de la banca española para limpiar el marrón, levantar el teléfono, dar el toque a Antonio Asensio, a Luis María Anson y a Pedro Jota y advertirles de que las braguetas de palacio ni tocarlas. Sobre su supuesta intención de montar un partido ultra con Macarena Olona, Conde fue explícito y hasta hiriente: “No puedo casi financiar mis propios gastos personales como para tirar mi dinero en un partido que no va a funcionar”. El gran ángel luciferino de las finanzas españolas puede que se haya retirado de la política, de la banca y hasta de la vida, pero se mantiene en plena forma. Sigue matando con esa sonrisa sardónica de leguleyo carísimo que hiela la sangre. En esta mala película de acción que se llama España ya no quedan malvados tan auténticos como él.

Viñeta: Pedro Parrilla


LOS OBK FASCISTAS

(Publicado en Diario16 el 10 de octubre de 2022)

“Vamos a volver al 36”, cantaba un grupo verbenero con ínfulas de divos del tecno-pop durante el aquelarre fascista organizado por Vox este fin de semana en Madrid. Echenique los ha definido como los “Take That nazis” y Rufián como los “OBK fachas”. Los teloneros del nuevo fascismo europeo fueron la apoteosis final de una fiesta en la que tomaron parte, presencialmente o mediante videoconferencia, Donald Trump, el presidente polaco, Mateusz Morawiecki, y la reciente ganadora de las elecciones italianas Giorgia Meloni. Las canciones exaltando el golpe de Estado de Franco y los elogios de Santiago Abascal hacia José Antonio Primo de Rivera fueron la constatación fehaciente de que esta gente no va de farol, como diría Vladímir Putin, uno de los grandes inspiradores y mecenas del posfascismo europeo en este convulso siglo XXI.

En Vox ya se mueven sin complejos. Saben que el Partido Popular sube en las encuestas mientras ellos siguen pinchando en hueso. El proyecto ultra no termina de cuajar en España, quizá porque aquí tenemos todavía demasiado recientes los cuarenta años de dictadura fascista. En países como Italia, Francia y Alemania derrotaron el totalitarismo en 1945. Desde entonces las generaciones posteriores han tenido tiempo de dejar atrás los berridos de Hitler, los espumarajos que Mussolini soltaba por la boca y el horror de las cámaras de gas. Apenas quedan supervivientes del holocausto para contar los pormenores y detalles de la pesadilla, de modo que con el paso de las décadas los ciudadanos de la Europa opulenta se han olvidado de lo que significó el nazismo.

En España hemos salido de ese pozo hace cuatro días, como aquel que dice. Es cierto que ha habido un virulento resurgir de la extrema derecha en los últimos años, pero muchos españoles siguen recordando el miedo metido en el cuerpo y el dolor que dejaba la porra de los grises cuando impactaba en el trasero o en el costado. La Transición no ocurrió hace un siglo ni dos, fue antes de ayer, y eso no se olvida. Las cámaras de tortura de la Brigada Político Social, el terror colectivo a un nuevo golpe de Estado y a una confrontación civil, el silencio impuesto, la represión policial y militar, la censura y la anulación de la libertad son cosas que una buena parte del pueblo todavía no ha superado. Los abuelos se lo cuentan a sus hijos y nietos y ese boca a boca, aunque poco a poco se vaya diluyendo con el paso del tiempo, sigue funcionando como vacuna contra el nazismo. Por eso embarranca el proyecto ultraderechista ibérico de Abascal, por eso no termina de cuajar el programa como sí lo hace en otras latitudes europeas, donde algunos demagogos nacionalpopulistas, a fuerza de bulos, revisionismos históricos y mucho odio reciclado, han conseguido enterrar la verdad y borrar la memoria histórica.

Desde la expulsión de Macarena Olona, el Caudillo de Bilbao está más nervioso que nunca. Y cuando un patriotero demagogo ve cómo su barco se hunde cada día un poco más, echa toda la leña en la caldera. Eso es lo que vimos el pasado fin de semana en Madrid. Las banderas españolas al viento, la puesta en escena cutre e improvisada, el decorado de verbena de barrio, ese grupo musical tratando de erigirse como los Mecano del nuevo fascismo posmoderno (si Leni Riefenstahl levantara la cabeza), los vídeos enlatados de los líderes políticos internacionales y los discursos vacíos de contenido de los ideólogos del engendro que tomaron parte en el evento –venden lo mismo de siempre, Dios, patria y orden y poco más– lejos de ser una demostración de fuerza reveló las debilidades y carencias actuales de Vox. Ni siquiera el grotesco estribillo musical de los teloneros del fascismo (“feministas se quejan de una violación grupal, hay más que investigar, me da igual, son de Senegal”), servirá para captar el voto machista y conservador, ya que Vox tocó techo hace tiempo y le resultará imposible ensanchar su electorado entre las clases medias moderadas que sienten pavor ante unos tipos que pretenden llevarnos otra vez al 36.

Ni las estupideces del ricacho Trump montado en su jet privado servirán para sacar al partido de la crisis monumental a la que está abocado tras el escándalo Olona, tras las escisiones, tras las dimisiones en bloque de algunas directivas locales y provinciales y la alarmante pérdida de punch en las encuestas. Mal que le pese a Abascal, los vientos soplan favorables a Feijóo y a la derechita cobarde. Hasta Meloni ha ganado en Italia moderando su discurso (no la verán ustedes pidiendo un retorno a la Segunda Guerra Mundial, es malo para el negocio). El aquelarre de este fin de semana habrá satisfecho a los más friquis y cafeteros, pero pasará factura en los sondeos, ya que la mayoría de los españoles huyen del descerebrado alegato guerracivilista por mucho que se envuelva en un grupo musical que no está ni para unos bolos en las fiestas de San Isidro.

Ilustración: Artsenal

FEIJÓO Y LA MOMIA

(Publicado en Diario16 el 7 de octubre de 2022)

El PP ha votado a favor de mantener las condecoraciones que Franco otorgó a Hitler y Mussolini. Es lo que esta gente de la derecha entiende por ser un auténtico demócrata: honrar la memoria de genocidas, ensalzar regímenes totalitarios, no romper nunca con el pasado. El Partido Popular tiene un extraño complejo freudiano con Franco. Está claro que vienen de donde vienen, que su gran fundador fue un ministro del Régimen y que siempre han tratado de mantener vivas las esencias y los principios fundamentales del Movimiento Nacional. Juraron la Constitución del 78 con la única misión de preservar el «atado y bien atado» frente a la amenaza roja y ahí siguen, haciendo las veces de albaceas del dictador. Todo eso lo sabemos, pero uno cree que tras 45 años de democracia y varias generaciones de políticos al frente de ese proyecto conservador, ya han tenido tiempo más que suficiente para superar el trastorno y adaptarse al Estado de derecho. Pues no. Siguen manteniendo el mismo respeto reverencial de siempre hacia el patriarca fascista, siguen sintiendo un miedo ancestral que los paraliza. En definitiva, siguen acomplejados.

Ellos se empeñan en dar la imagen de liberales colocando al frente del partido a supuestos moderados como Feijóo, pero en el fondo les aflora la mala conciencia de siempre, no han conseguido resolver los tics autoritarios, su cainismo que les lleva a querer aniquilar al rival político, su sentido patrimonialista del país (creen que España les pertenece por derecho propio), su obsesión por el dinero como gran fetiche y tótem casi religioso, su nacionalismo taurino, católico y carpetovetónico (que no ha evolucionado ni un ápice desde los tiempos de Fernando VII), en resumen, su absoluta y preocupante falta de educación democrática.

Ahora nos colocan al presunto tolerante y mesurado Feijóo, un maniquí muy elegante para el escaparate de un bazar que en realidad esconde una trastienda morbosa y malsana repleta de animales disecados en el coto de caza franquista, condecoraciones oxidadas de la División Azul y otros recuerdos nostálgicos de un pasado enfermizo. Negarse a retirar la medalla que Franco otorgó a Hitler y Mussolini, entre otros monstruos genocidas, supone una de las páginas más negras que haya podido escribir el PP en los últimos años, y ya van unas cuantas. Para ellos, gente como Rudolf Hess, confidente de cabecera del Führer; Roberto Farinacci, ministro del régimen italiano; o Pedro Teotónio, embajador portugués de la dictatura de Antonio Salazar, son personajes ilustres del panteón de la historia a los que conviene venerar y rendir tributo, mientras que a nuestra gran escritora Almudena Grandes hay que meterla en el desván del olvido por roja y comunista. Esto ya no es un tic autoritario, es una maldita paranoia que deberían hacérsela mirar. La obsesiva oposición de la derecha a la Ley de Memoria Democrática les lleva a honrar tanto a los nazis sanguinarios de fuera como a los nuestros, entre ellos Gonzalo Queipo de Llano, Andrés Saliquet Zumeta o José Moscardó Ituarte, quienes según sus señorías populares deben seguir manteniendo sus honores militares.

Podría verse un tibio rayo de esperanza en el hecho de que dos senadores del PP hayan votado en contra de esta villanía (se desconoce si el errático Casero era uno de ellos) y que otros dos se hayan ausentado durante la votación, quizá por vergüenza torera. Pero no nos vale. La figura paternalista del dictador sigue acojonando mucho en las filas de Génova 13, donde más de uno todavía tiene su retrato colgado en la pared, la bandera del pollo presidiendo el despacho y el escudo con el yugo y las flechas grabado en el antebrazo como un amor de madre. No pueden remediarlo, llevan el mal en la sangre, les resulta imposible superar el complejo y no lo harán, no ya porque clínicamente la neurosis les puede, sino porque les va la marcha y siguen sintiendo la misma fascinación de siempre por las dictaduras de antaño.

Feijóo se ha comprometido a derogar la Ley de Memoria Democrática cuando llegue al poder una vez conformado el Gobierno de coalición con Vox. A este paso acaba devolviendo la momia de Franco al panteón del Valle de los Caídos. Al tiempo.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

FEIJÓO SE VUELVE FEMINISTA

(Publicado en Diario16 el 7 de octubre de 2022)

Los niñatos salvajes del colegio mayor Elías Ahuja que tratan a las mujeres como “putas ninfómanas” no surgen de la noche a la mañana. Son subproductos de una mala educación, de unas ideas, de unas políticas y discursos que se han instalado trágicamente en la sociedad española. Vox lleva años transmitiendo el mensaje de que el machismo no existe, sino que es una invención de la izquierda socialcomunista. Son negacionistas de la igualdad de género y desde el mismo momento que niegan la violencia sexista se convierten en cómplices del terrorismo patriarcal. Ese modelo cultural aberrante que trata de implantar el partido verde ha terminado por seducir a muchos jóvenes y adolescentes de este país que ven a los macarras de “La manada” como héroes, iconos, ídolos a los cuales imitar. 

Pero tan culpables son quienes alientan ideologías xenófobas y machistas como quienes alternan con ellos por intereses o cálculos políticos. Núñez Feijóo, un suponer. El líder del PP llegó a Génova con la vitola de hombre moderado que jamás negociaría nada con los posfranquistas de Vox. Hoy, los populares forman gobiernos regionales con el partido de Santiago Abascal allá donde lo necesitan e incluso se plantean un pacto de Estado de cara a las próximas elecciones que están a la vuelta de la esquina. Quien se mete en la jaula con el león fascista más tarde o más temprano termina llevándose un zarpazo. Que se lo pregunten si no a Mañueco, que no sabe cómo esquivar las dentelladas de su vicepresidente Gallardo Frings, un señorito que entiende la democracia como el derecho a faltarle a la madre al adversario político. Feijóo empieza a darse cuenta ahora de que los arañazos de la bestia fascista con la que ha compadreado hasta ahora son tan inevitables como incómodos. El hombre sabe perfectamente que su decisión de autorizar acuerdos con Vox no es éticamente sostenible y por lo visto ha decidido lavar un poco su imagen para que no lo tomen por uno de esos cromañones con traje y corbata de la extrema derecha con los que anda últimamente. Ayer mismo, mientras Ayuso cargaba contra el feminismo comunista, Feijóo se reunía con la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres para tratar sobre la ley trans, a la que el Grupo Parlamentario Popular ha presentado una enmienda a la totalidad. 

Según fuentes populares, Feijóo ha incidido en la necesidad de retirar este proyecto legislativo que supone una “involución para el derecho de las mujeres y una desprotección de los menores”. Además, el líder del PP critica que se equipare el sexo al género, diluyendo la “especificidad de la violencia contra la mujer, algo extremadamente grave que puede provocar que muchos acosadores se refugien en esta ley para evitar ser acusados y juzgados”. No es que Feijóo se nos haya vuelto feminista de la noche a la mañana (es un gallego chapado a la antigua y no le van esas moderneces) sino que como hombre zorro y populista que es ha entendido que unas elecciones no se pueden ganar sin ellas. El PP no puede cargar contra el feminismo como hace Vox ni emprender absurdas batallas culturales que no llevan a ninguna parte. De ahí que de cuando en cuando juegue al postureo de que le preocupa el mundo de la mujer pese a que de feminista no tiene ni los calcetines. El presidente del PP se reúne con ellas, les dedica cinco minutos de su valioso tiempo, les dice que está a favor de los derechos LGTBI y de luchar contra cualquier acto de odio y con las mismas se va a una reunión urgente con Santi Abascal para ultimar el próximo Gobierno de coalición con la extrema derecha. De un político del PP no se puede esperar un compromiso sincero con los problemas de la mujer, sino solo electoralismo barato. Han mamado el machismo desde la misma cuna. Ayer mismo algunos medios nos recordaban que Pablo Casado, el Pablo Casado que también iba de feminista liberal, fue universitario residente del polémico colegio mayor Elías Ahuja, donde se dejó llevar por el ardor machirulo cuando con solo 19 años ya ironizaba, en la revista de humor El búho, con ir de a la caza de “lobas y zorras” (también fantaseaba con ser miembro de una raza superior). Por mucho que se disfracen no engañan a nadie. Son la derecha nacionalcatolicista de toda la vida.  

Viñeta: Pedro Parrilla

APOCALIPSIS EN PRIME TIME

(Publicado en Diario18 el 6 de octubre de 2022)

Todas las cadenas de televisión dedican ya amplios espacios a los posibles escenarios de una guerra nuclear. Es como si estuviesen deseando que el baile empezara cuanto antes para forrarse todavía más con la avalancha de las audiencias y el filón de la publicidad. Lo último que verán nuestros ojos, antes del Apocalipsis total, será un anuncio de detergente. Después del atracón de reportajes, informativos y telediarios con el que nos han castigado estos días, el personal ya está al cabo de la calle y sabe a lo que atenerse. Así, en el escenario 1 Putin lanza un misil atómico submarino que choca contra la costa y provoca un tsunami con olas de más de 500 metros. En el escenario 2 el Kremlin ataca un batallón de soldados ucranianos con un misil nuclear de baja intensidad (o el búnker de Zelenski) y lo reduce a polvo en menos de cinco minutos. En el escenario 3 la bomba cae sobre una ciudad y provoca 250.000 muertos y millón y medio de heridos (ahí estamos en el supuesto Hiroshima 2). Y en el escenario 4 la guerra atómica es total, en todos los frentes mundiales y con todas las potencias cosiéndose a misilazos (este es el Armagedón con el que sueña el enfermo líder ruso, que ha decidido comprobar qué es lo que ocurre en un intercambio directo de golpes con los norteamericanos). 

Desde Einstein, todos los científicos advierten de que la Tercera Guerra Mundial será la última y que la cuarta, en todo caso, se librará con palos y piedras. Pero la especie humana ha llegado a un nivel de enfermedad y neurosis tal que necesita fantasear con la posibilidad de destruirse a sí misma. Después de un cataclismo como el que predicen las televisiones no quedará nada sobre la faz de la Tierra. Este planeta ya nunca será el mismo. Un invierno nuclear lo cubrirá todo, la lluvia ácida matará cualquier vestigio de vida y hasta el último superviviente lamentará la suerte que ha corrido.  

Esto ya no es cuestión de la estrategia de la disuasión, ni de los dos bloques enfrentados mediante la táctica de la Guerra Fría. Simple y llanamente, la humanidad ha llegado a un punto de no retorno. El cambio climático y la pandemia fueron dos serios toques de atención que no quisimos escuchar. El siguiente paso, la amenaza atómica, es el capítulo final del homo sapiens, que ha delegado el fin del mundo en un hatajo de descerebrados que ya únicamente viven para la aniquilación total. Putin no es sino un actor más de esta última tragedia cósmica. Hay otros poderosos garrulos globales que sienten auténtico placer solo de pensar en lo que se debe sentir apretando el botón y volando el tiempo y el espacio por los aires. Hace apenas unas horas, el gordito norcoreano Kim Jong-un disparaba un misil balístico de medio alcance que sobrevolaba Japón. Tokio en estado de alarma, millones de personas aterrorizadas y mirando al cielo, el tráfico ferroviario interrumpido y cientos de ciudadanos buscando refugio en los búnkeres antiaéreos. En Irán, algún que otro clérigo con turbante sueña con la inmolación final en nombre de Alá, llevándose por delante a unos cuantos millones de infieles. China avanza en su programa radiactivo y lo de India y Pakistán saltará por los aires más pronto que tarde.

Demasiadas amenazas, demasiada gente jugando caprichosamente con los átomos mortales como para que esto salga bien. Hemos construido un mundo que no puede perdurar. Quizá no sea mañana ni pasado, quizá la guerra de Ucrania se acabe antes de lo previsto y de forma inesperada. Pero la amenaza seguirá estando ahí y se hará realidad en algún momento. De nada servirán las reuniones del Consejo de Seguridad de la ONU (son los mismos mafiosos genocidas los que dictan cuándo parar el reloj del final de los tiempos); la farsa de los tratados de no proliferación nuclear ya no se la cree nadie. Todo es una macabra e inmensa mentira con un único objetivo: el suicidio colectivo de una especie perturbada de tanto comer carne adulterada, de tanto respirar aire envenenado o de un soberano atracón de codicia y corrupción. Solo nos queda seguir con nuestras vidas, apurar los últimos días con nuestros seres queridos y esperar el momento fatal en el que el loco de turno atraviese el último Rubicón del enloquecido mono desnudo.   

Viñeta: Iñaki y Frenchy

CUCA CONTRA PEDRO

(Publicada en Diario16 el 5 de octubre de 2022)

A Cuca Gamarra se la ve desesperada, ya no sabe qué decir en las sesiones de control al Gobierno. Lo ha probado todo para erosionar la imagen de Pedro Sánchez, mentir, soltar bultos sin escrúpulos, practicar la retórica vacía e incoherente, abrazarse al filibusterismo obstruccionista, etcétera. Sin embargo, el gran tótem socialista sigue sin caer y lo que es aún peor para el PP: ni siquiera da muestras de tambalearse. Hoy, durante la sesión de control al Gobierno, Gamarra ha dado síntomas de franca debilidad dialéctica.

“Mientras se entretiene con los ricos, se dedica a desplumar a los trabajadores”, ha espetado la portavoz popular mirando directamente al escaño del jefe del Ejecutivo. Empezaba el show incongruente de la jefa de filas parlamentaria de un partido que en las últimas semanas se ha dado sin pudor a la fiesta de la amnistía fiscal para beneficio de millonarios. El colmo de la inconsistencia ideológica llegó cuando doña Cuca acusó a Sánchez de aprobar los Presupuestos más antisociales de la historia y de ser un manirroto por puro electoralismo. O sea, que vino a mantener una cosa y su contraria en la misma línea. ¿Cómo se puede decir que un Gobierno tira el dinero en inversiones y prestaciones públicas y al mismo tiempo afearle que sus cuentas del Estado para el próximo año sean las más insolidarias y cicateras de la democracia con las clases trabajadoras? O se está gastando mucho en asuntos sociales, despilfarrando recursos, o se está siendo austero y antisocial, pero las dos cosas al mismo tiempo nunca. No se sostiene.

Lógicamente, Gamarra se lo ha puesto fácil, casi en bandeja de plata, a Sánchez, que no ha tenido más que tirar de datos sobre los Presupuestos para 2023 que previsiblemente van a salir adelante con el apoyo mayoritario de la Cámara Baja. Para empezar, estamos ante las cuentas públicas con la mayor partida de gasto social de la historia, 266.719 millones de euros, un aumento del 23 por ciento en las inversiones del Estado (hasta 11.800 millones más). También se destinan 500 millones adicionales a la maltrecha Atención Primaria sanitaria, se revalorizan las pensiones según IPC (un 8,5 por ciento), se incrementa el Ingreso Mínimo Vital y habrá 400 millones de euros más para becas. Todo ello por no hablar de los 700 millones para el bono transporte, los 200 millones para alquiler de vivienda joven y una prestación de 100 euros por hijo de hasta 3 años. Sin duda, el paquete de ayudas permitirá recuperar los años de tijeretazos y recortes de Mariano Rajoy, que dejó el Estado de bienestar hecho unos zorros.

Las vergüenzas retóricas de doña Cuca quedan, una vez más, al descubierto, lo que demuestra que en el PP están preocupados y ya disparan a todo lo que se menea sin ton ni son. Lo hemos visto estas semanas de atrás, cuando Núñez Feijóo era capaz de exigir un plan de ahorro en los canutazos con los periodistas al mismo tiempo que votaba en contra en el Parlamento. Pura contradicción en sus propios términos. Da la sensación de que en el Partido Popular ya trabajan sin guion, improvisando sobre la marcha y como pollo sin cabeza. En realidad, es el estilo conservador, donde no se planifica nada y todo se fía a las excelencias del libre mercado, gran Leviatán que lo regula todo. Hace solo unas horas, la primera ministra británica Liz Truss se veía obligada a retirar a toda prisa su plan de rebaja fiscal para millonarios al comprobar que la libra se desplomaba, que el Banco de Inglaterra tenía que intervenir de urgencia comprando bonos para frenar la debacle y que la economía nacional de la democracia más antigua de Europa se iba al garete en cuestión de horas. Eso es el conservadurismo, neoliberalismo que destruye lo público, anarquía económica para solaz de unos pocos, la ley de la jungla y el sálvese quien pueda.

Gamarra acusa al Gobierno de haber perdido el “sentido de la realidad” y de “falta de empatía” con el pueblo cuando a fin de cuentas son ellos, los señores de la derechona elitista e insolidaria, quienes parecen vivir en su universo paralelo, en su paraíso fiscal solo para millonarios. “Lo que demuestra una falta de empatía es escuchar a su líder [Núñez Feijóo] decir que es antiguo hablar de ricos y pobres en un país que tiene 2,3 millones de niños en riesgo de pobreza”, le ha respondido Sánchez a la portavoz popular, que para entonces se había metido en su escaño, en silencio, sin saber qué nueva ocurrencia inventarse para salir del atolladero. Hablar de ricos y pobres en un mundo en el que un 1 por ciento de afortunados acumula tanta riqueza como más de siete mil millones de personas no parece algo antiguo y trasnochado sino un asunto de rabiosa actualidad. Hasta los gobiernos más conservadores y liberales de Europa están aprobando impuestos a las energéticas y a las entidades financieras. El debate entre ricos y pobres está más vivo que nunca. El problema radica en cómo corregir tales brutales diferencias. Desde luego, no bajando los impuestos a las grandes fortunas, como hacen Ayuso, Moreno Bonilla y otros. Los antiguos son ellos, los señores trajeados que mienten para mantener las injusticias de la vida.

Viñeta: Iñaki y Frenchy