sábado, 4 de febrero de 2023

EL PLAN SECRETO DE PUTIN

(Publicado en Diario16 el 27 de enero de 2023)

A menos de un mes para que se cumpla un año de la invasión rusa de Ucrania el mundo empieza a tomar conciencia de cuál es el plan, tan real como secreto, de Vladímir Putin: lanzar un desafío directo contra Occidente. Algunos historiadores, analistas y hasta exagentes de los servicios de inteligencia advierten de cuáles son las verdaderas intenciones del autócrata, que pasarían por ampliar las fronteras de Rusia hacia el oeste reconquistando los países satélites de la antigua Unión Soviética. En esa línea se ha pronunciado el historiador Yuri Felshtinsky, que actualmente reside en Estados Unidos y que ha llegado a asegurar que la guerra de Ucrania se va a extender en poco tiempo fuera de las fronteras de ese país europeo. De esta manera, Ucrania sería solo “la primera batalla de la Tercera Guerra Mundial”, afirmación que da título al libro de Felshtinsky editado por Deusto y que va camino de convertirse en una obra premonitoria de lo que está por llegar.

El autor ha trabajado en esa tesis junto a su compañero Michael Stanchev y ambos son expertos en servicios de inteligencia. La entrevista que Felshtinsky mantuvo a finales de año con la periodista Teresa Díaz de la agencia Efe pone los pelos de punta:

–¿Cuándo va a acabar esta guerra? ¿Qué tiene que pasar para que se llegue a un alto el fuego? ¿Y quién ganará?

–No sé cuál es la respuesta a las dos primeras preguntas y creo que son las más importantes. El alto el fuego o el cese de hostilidades no es suficiente porque esta guerra no va sobre Ucrania. Es la primera etapa de un plan de Putin de reconstruir un imperio y está atascado en Ucrania, pero no significa que esté preparado para aceptar la derrota y cambiar sus ambiciones.

–¿Cree que Putin se ha visto sorprendido por la reacción de Ucrania y ha tenido que cambiar su estrategia?

–Por supuesto, pero no es el único. Nadie esperaba que Ucrania fuera capaz de contener al ejército ruso (…) Pero no creo que esta guerra vaya a prolongarse mucho más tiempo dentro del país. Se va a extender.

Ya entonces, el historiador creía que la única opción que le quedaba a la comunidad internacional era proporcionar a Ucrania las armas que necesite, tanto defensivas como ofensivas, un salto cualitativo en la estrategia militar de los países aliados europeos, que en las últimas horas han acordado el envío al frente ucranio de carros de combate Leopard. En ese mismo escenario se encuadra la decisión de Estados Unidos de proporcionar 31 tanques Abrams al Gobierno de Zelenski y la decisión de la OTAN de mantener su estado de alerta permanente en la frontera oriental. “No se puede ganar esta guerra si no se permite a Ucrania atacar dentro del territorio del enemigo”, sentencia Felshtinsky.

Tras un año de guerra encarnizada (las cifras hablan de más de 100.000 muertos por ambos bandos) Occidente ha terminado por asumir, con horror y resignación, que Ucrania solo es la primera batalla de algo más grande que puede venir después. Los aliados trabajan ya con la hipótesis de que Putin tiene un plan secreto que no se reduce solo a tomar Ucrania y levantar un muro que separe en dos a ese país como ocurrió en 1945, cuando Alemania fue dividida en un bloque capitalista y otro comunista inaugurando el tiempo de la Guerra Fría. Está claro que la presa ucraniana se le queda pequeña al dictador del Kremlin, un hombre que no sabe perder y que está dispuesto a emplear armas nucleares para conseguir su propósito, tal como viene amenazando en los últimos meses.

¿Pero en qué consiste ese plan secreto del dictador ruso? Según Yuri Felshtinsky, el 24 de febrero de 2022 Putin declaró al mundo la Tercera Guerra Mundial con un único objetivo: anexionarse un amplio territorio en Europa que incluiría, además de Ucrania, Moldavia, Bielorrusia, las repúblicas bálticas y parte de Polonia. Es decir, la primera fase en el retorno al mapa europeo que surgió tras la Segunda Guerra Mundial y que podría ampliarse más tarde, en una segunda etapa de la ofensiva, con la conquista de países como Finlandia, Hungría o Bulgaria. Al principio de la invasión de Ucrania todo eso estaba en la cabeza delirante de un hombre que probablemente haya sufrido una crisis paranoica (más un cáncer terminal), una mala noticia teniendo en cuenta que en su mano está el maletín con el botón nuclear.

Todo estaba preparado para que los rusos cruzaran el Rubicón con el objetivo de hacerse con media Europa. Sin embargo, el presidente ruso cometió varios errores de bulto. El primero no ser plenamente consciente del poderío militar con que contaba realmente. Putin creyó que era el comandante en jefe del ejército más poderoso de la Tierra, aquella apabullante maquinaria militar que fue la URSS en su día. Lamentablemente para él, no era así. Ucrania ha venido a demostrar que Rusia no ha sido capaz de tomar ese país del montón que pretendía anexionarse en menos de un mes mediante la guerra relámpago. Los carros blindados rusos se han quedado obsoletos y son poco menos que chatarra soviética; los soldados están mal pertrechados en armas y provisiones (la mayoría van al frente obligados, desmoralizados y sin saber por qué combaten); y el poderío aéreo no se ha demostrado como tampoco la superioridad naval. Los drones iraníes no han sido suficientes para decantar la balanza ante un ejército ucraniano que ha recibido una inestimable ayuda armamentística de Occidente. Eso sí, Putin cuenta con su temido tridente nuclear que podría emplear en cualquier momento si se ve derrotado o acorralado. 

Pero en segundo lugar, y más allá de que haya medido mal sus fuerzas, el controvertido presidente ruso ha cometido la grave equivocación de pensar que la Unión Europea no era nada salvo un club decadente de países materialistas sin espiritualidad reunidos para hacer caja y negocio con el euro. Ahora ya sabe que eso tampoco es así. Los socios comunitarios han demostrado fortaleza y unidad y han decidido ir hacia adelante con todas las de la ley y el derecho internacional, que faculta al agredido para defenderse. La cesión de tanques a Ucrania es la forma de enseñarle los dientes al autócrata por si en una de sus fiebres delirantes se le ocurre dirigir a sus tropas contra la Europa de la democracia y la libertad.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

RODOLFO ARES

(Publicado en Diario16 el 26 de enero de 2023)

Ha muerto Rodolfo Ares. El exconsejero socialista del Gobierno vasco fue un ariete destacado en la lucha contra ETA en los peores años del plomo. Ares creció en los barrios obreros de Bilbao, es decir, en los criaderos de cachorros para la kale borroka y la lucha armada. El miedo no le impidió afiliarse a UGT y después al PSOE en el año 77. Maestro industrial, su carrera política comenzó en 1983, cuando fue elegido concejal del Ayuntamiento de Bilbao. Después diputado al Parlamento Vasco por el Partido Socialista de Euskadi, portavoz de su grupo y finalmente consejero. Patxi López vio en él las cualidades de un hombre íntegro, valiente y fiel a sus principios.

Desde sus responsabilidades de gobierno, Ares planteó una lucha sin cuartel contra el terrorismo etarra que mataba día sí día también. Demócrata de los de verdad, socialista, llevó a cabo una política de la máxima contundencia contra los fanáticos del tiro en la nuca y quienes les daban amparo y cobijo. Fue él quien dio la orden de echar abajo los “muros de la vergüenza” donde ETA pegaba sus carteles en homenaje a los presos y ponía sus pintadas y consignas con mensajes de odio. También creó la División Antiterrorista de la Ertzaintza, una unidad policial formada por vascos hasta ese momento impensable en una región siempre convulsa como Euskadi. Empeñó su vida en la tarea de acabar con la hidra de mil cabezas del terrorismo, misión que durante años se antojó imposible.

Tenía apellido de dios griego de la guerra, pero en realidad era un hombre de paz, un pacifista a quien le torturaba la idea de cuál sería el siguiente nombre, el próximo asesinado, el nuevo ejecutado con los métodos más macabros como la bomba lapa. Las nuevas generaciones no lo saben, pero había que ser un héroe para hacer política frente a las pistolas en aquellos tiempos oscuros. Por eso, ahora que algunos se empeñan en resucitar el fantasma de ETA y en hacer política basura con el infausto recuerdo de lo que fue aquello, conviene recordar que hubo muchos bravos Rodolfos de uno y otro signo, de uno y otro partido, que se negaron a dar un paso atrás ante quienes pretendían imponer un régimen político fascista, de terror y de limpieza étnica. A todos esos descerebrados que hoy juegan a revivir el espectro etarra habría que decirles que no, que al terrorismo se le ganó la partida con la unidad de todos los demócratas, con la sangre inocente derramada en todas partes, con el sacrificio y la resignación de las víctimas mutiladas y de tantas familias rotas, con el valor de aquellos políticos de la época que se pusieron en primera línea tras la pancarta en las manifestaciones del “basta ya” contra la banda.

Quienes ahora insultan a los socialistas tildándoles de bilduetarras son unos malnacidos. El PSOE pagó un alto precio por defender la libertad y la democracia. La mancha negra de los GAL le acompañará para siempre al partido, eso es cierto, pero si hoy tenemos paz en Euskadi y en el resto de España, si el fragor de las bombas y las pistolas ha cesado, si la palabra se ha impuesto por fin a las balas, fue gracias a todos aquellos hombres y mujeres que como Ares vivieron con la ansiedad de verse amenazados de por vida sin saber cuándo iban a volar por los aires, cuándo los secuestrarían para meterlos en un zulo de dos por dos o cuándo caería algún buen amigo o familiar. Pese a todo, Rodolfo buscó la paz de forma incansable. Estuvo en las conversaciones con ETA del monasterio de Loiola, en Ginebra, en cualquier lugar donde hubiera una mínima posibilidad de llegar a una solución negociada al conflicto. Su apuesta obsesiva por el diálogo le llevó a ser procesado por desobediencia, injustamente, tras haberse reunido con la organización ilegal Batasuna durante una de las treguas de ETA. Como no podía ser de otra manera, la causa fue archivada.

Rodolfo Ares fue un bravo y duro luchador por la libertad de los de verdad, de los que ya no quedan, no uno de esos jóvenes demagógico-populistas que florecen en la política actual y que como Isabel Díaz Ayuso se cuelgan a sí mismos la medalla al valor frente a unos supuestos enemigos de la patria que no existen porque hace tiempo enterraron las armas. ¿Dónde estaba la señora presidenta cuando Ares llevaba escolta noche y día? En la cuna, con el chupete (si ETA siguiera existiendo hoy, probablemente ella se dejaría la política por miedo para seguir con la cuenta del perro Pecas de Espe Aguirre). ¿A qué se dedicaban los dirigentes de Vox cuando el bueno de Rodolfo se la jugaba y tenía que mirar debajo de su coche por si le habían puesto una carga explosiva por txakurra? No consta en acta. Antes había mártires de verdad, ahora solo hay ridículos payasos con todo el respeto para esa noble profesión.

Hoy, cuando por fortuna y para suerte de todos ETA ya ha dejado de matar y quienes la apoyaban han renunciado a la violencia para hacer política, es fácil ir de patriota soltando mítines y bulos sobre los enemigos de España que solo se tragan los más cándidos, fanatizados, desmemoriados y faltos de espíritu crítico alguno. Hay que ser muy miserable para darle la vuelta, falsamente, a aquella parte de la historia tan reciente agitando el odio contra el PSOE, a quien algunos pretenden colgarle el sambenito de bilduetarra separatista por puro cálculo electoral. Hay que tener muy pocos escrúpulos para apropiarse del dolor de las víctimas, de los muertos, de una victoria contra ETA que fue cosa de toda la sociedad española hasta el punto de que supo soportar estoicamente, durante décadas y dando ejemplo al mundo, el zarpazo sangriento de las hienas. A Rodolfo Ares y tantos otros como él (de uno y otro partido, no nos cansaremos de repetirlo) los recordaremos siempre y les agradeceremos su sacrificio y su compromiso con la democracia hasta el final.

FEDERICO


(Publicado en Diario16 el 26 de enero de 2023)

Han pasado siete días ya del soberano repaso que Federico Jiménez Losantos le dio a Rocío Monasterio en su programa de radio matutino, pero todavía no nos hemos recuperado del shock. En esa hora amarga para la dirigente ultra (lo pasó fatal hasta tragar litros de saliva) el conocido locutor fue lo más parecido a un león que juega traviesamente con una tierna cervatilla antes de saltar sobre ella, despedazarla y comérsela con fruición. “¿Pero por qué creéis algunos que sois los únicos que sabéis lo que es la vida, los únicos que defendéis la vida y que los demás tenemos que acatar sumisamente, con afecto, con simpatía, con devoción, la idea que vosotros tenéis de la vida?”, le reprochó el térmico periodista a la Monasterio tras afearle el polémico protocolo antiabortista que el vicepresidente voxista de Castilla y León, Gallardo Frings, quiso colarnos por la puerta de atrás de los hospitales como parte de la descabellada “guerra cultural” y la caza de brujas feminazi emprendida por el partido de extrema derecha.

Durante la entrevista, Losantos puso contra las cuerdas a la líder voxista madrileña y de paso destrozó a Gallardo, lo ridiculizó con algunas lindezas, lo llamó “mendrugo fanático” y le preguntó, con su retranca demoledora, si es que se cree “ministro de Franco o qué”. Por momentos, parecía que Monasterio iba a romper a llorar como una colegiala.

Hace tiempo que venimos constatando que entre Jiménez Losantos y Santi Abascal no hay ningún feeling. Ya en aquella gloriosa entrevista que ambos mantuvieron hace dos años, en la que el máximo dirigente de Vox se negó a revelar si se ha vacunado contra el covid, quedó meridianamente claro que al gruñón periodista de Orihuela del Tremedal muchas de las ideas conspiranoicas y medievalistas del mundo verde se le indigestan. “Cuatro nazis en paro no me van a cambiar”, sentenció ante los micrófonos advirtiendo a los simpatizantes voxistas que le acosan en las redes sociales que a él no lo va a callar ni Dios ni tampoco las sectas ultracatólicas que sostienen en la sombra al partido trumpista español. Losantos puede ser lo que sea, un tipo muy de derechas, un hater que no deja pasar ni una a la izquierda podemita y sanchista, pero también es un francotirador que dispara con entera libertad contra unos y contra otros sin tener en cuenta si es de tal o cual partido. Y eso, aunque uno no comulgue con su periodismo faltón, es de agradecer.

En el mundo de la prensa de hoy, donde abundan los paniaguados, palanganeros, cobistas y gacetilleros al servicio del político de turno, que un tipo indómito e insobornable como Losantos siga diciendo lo que le dicta en cada momento su conciencia (para nuestra opinión una conciencia totalmente errática y equivocada en muchas cuestiones) no deja de ser una buena noticia. Nunca se debe perder de vista que la esencia de la democracia se encuentra encerrada en aquel viejo axioma –“estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”–, que a menudo se le atribuye falsamente a Voltaire. Las gentes de Vox niegan ese principio esencial que define a cualquier demócrata de bien y lo rechazan hasta el punto de que vetan a los periodistas que no son de su cuerda. Bien mirado, se trata de la misma censura que practicaba el Ministerio de Información durante el cuarentañismo y que les pone cachondos como buenos franquistas que son.

En su entrevista con Federico, la propia Monasterio demostró su obsesión con el derecho a la libertad de prensa que les horroriza y no paró de acusar a la Cadena Ser de todos los males que aquejan a su partido. Por lo visto, la lideresa regional de Vox no debe pegar ojo por las noches pensando en las cosas horribles que dicen los rojos melenudos en la radio del Grupo PRISA y se quejó amargamente al gran pope de las ondas conservadoras, de quien esperaba un poco de complicidad, afecto y comprensión. Es evidente que la marquesona ultra cometió el grave error de acudir a la entrevista pensando que Federico es un manso adepto a la causa cuando en realidad es un periodista ingobernable que no se casa con nadie. Y así le fue. Le llovieron las hostias como panes hasta en el carné del Movimiento Nacional.

Jiménez Losantos es un zorro viejo, un señor de derechas y todo lo que tú quieras, pero un profesional que, por mucho que a veces se caliente y dedique sus dardos, escarnios y mofas a sus víctimas políticas, sabe de qué va este negocio del periodismo en un Estado de derecho. Hasta para insultar hay que tener ingenio y arte, algo de lo que siempre han carecido los nostálgicos del falangismo. Y esa mediocridad, ese paletismo trumpista, no los soporta Federico, que tiene calada a la muchachada ultra. El gran fustigador radiofónico está hasta las criadillas de las puerilidades de unos niñatos inmaduros y acusicas que se pasan el día quejándose de los periodistas de El País y de la Ser, esos “malos españoles” a los que hay que censurar y depurar tal como se hacía en el Antiguo Régimen.

Pero más allá del carácter indómito del controvertido locutor y de la pelea entre medios reaccionarios madrileños por la publicidad institucional, conviene preguntarse qué está pasando en la prensa de la caverna que empieza a desmarcarse de un proyecto tan marciano como imposible. En la línea de Losantos, Carlos Herrera decía en la COPE hace unos días: “Vox en Castilla y León tiene una buena tendencia a meter la pata en beneficio del PSOE, como cuando en Madrid decide no votar a favor de los presupuestos. Cuando cometes ese tipo de cosas, demuestras que gobernar contigo es una ruleta rusa del peligro”. Y la mismísima Ana Rosa, santo y seña del conservadurismo televisivo, afirmó en una tensa entrevista con Gallardo Frings: “Las mujeres sabemos muy bien lo que queremos. Ustedes no aprenden, se lo digo de verdad” (acto seguido le reprochó al envarado vicepresidente castellanoleonés que su partido no tenga el menor respeto por la libertad de expresión y de prensa). Hasta Inda parece que se está quitando de ese vicio verde que se agarra a los pulmones como la tos mala del tabaco. Ya no son los rojos de PRISA los que le dan estopa a Vox. Hasta los suyos de la caverna les meten caña desde lo ideológico. Normal, con esta gente exaltada del Pleistoceno Superior no se puede ir ni a la vuelta de la esquina. A este paso, para cuando lleguen las elecciones no les va a apoyar ni Trece TV.

Ilustración: Artsenal

ANTONIO DE LA TORRE

(Publicado en Diario16 el 25 de enero de 2023)

La entrega del premio “alumna ilustre” a Isabel Díaz Ayuso nos deja una nueva polémica y escandalera, una Universidad Complutense dividida en dos bandos (la España guerracivilista de siempre) y el necesario discurso de un actor talentoso y valiente, uno de los más brillantes que ha dado nuestra cinematografía: Antonio de la Torre. Durante el acto académico (una grosera operación de propaganda y autobombo a mayor gloria de la presidenta de la Comunidad de Madrid) fueron galardonados antiguos alumnos del campus que hoy se distinguen por su trayectoria profesional como Arturo Pérez Reverte, Almudena Ariza, Xurxo Torres y el propio de la Torre, que lejos de quedarse callado o de soltar cuatro palabras para quedar bien con el Rectorado y el establishment universitario, decidió implicarse a tope, asumiendo el papel de conciencia crítica que tradicionalmente ejercieron los intelectuales de izquierdas, esos que hoy desertan, se pasan al bando contrario, reniegan de su pasado, se derechizan a calzón quitado, firman manifiestos conservadores y se proclaman burgueses nihilistas de toda la vida. No es el caso de nuestro gran De La Torre.

Tras subir al atril para recoger el premio, el protagonista de la maravillosa La trinchera infinita (una película que habría que poner en las escuelas para que las nuevas generaciones sepan lo que fue de verdad la falta de libertad en tiempos de Franco) decidió lanzar un discurso social y comprometido en el que recordó que “los verdaderos ilustres son los trabajadores públicos”. Chúpate esa Isabelita, debió pensar más de un asistente al paraninfo. Pero el intérprete decidió no quedarse en una simple reivindicación de los derechos pisoteados a nuestro heroico personal sanitario, que estos días se juega el tipo en la calle reclamando mejoras laborales, denunciando el desmantelamiento de la Sanidad pública y reclamando el cese de las privatizaciones llevadas a cabo por el Partido Popular, sino que decidió criticar un acto, el de la entrega del premio a la señora presidenta, que suponía un gran bochorno para desprestigio de la Complutense. “No sé quién es el lumbrera al que se le ha ocurrido”, declaró ante los periodistas antes de sugerir que debería haber sido la propia Ayuso la que rechazara el galardón por coherencia y vergüenza torera (eso ya no lo dijo él, lo decimos nosotros).

En tiempos de posverdad y crisis de los valores humanistas reconforta comprobar cómo un hombre que va para Óscar de Hollywood toma partido, se moja, asume su responsabilidad como intelectual y dice lo que piensa sin miedo a perder lo que ha ganado con su sudor y su esfuerzo en los escenarios. Hay que estar muy bien aquilatado con una buena dosis de coherencia, ser muy honesto con uno mismo y tenerlos muy bien puestos para decirle en su cara a Ayuso –que no le perdía ojo desde la primera fila de butacas y se tragaba el sapo con su habitual semblante de Heidi maligna– lo que opina de ella y de su gestión política al frente del Gobierno de Madrid. Solo por ese momento mereció la pena un sonrojante acto universitario que no tenía otra misión que rebajar al profesorado de la Complutense a la categoría de aduladores, palmeros o pelotas de la Emperatriz de Chamberí.

A De la Torre no le tiembla la voz cuando hay que decir las verdades del barquero. Ayer se las soltó, punto por punto, coma por coma y despacio para que las entendiera bien, a la dirigente popular. Entre otras cosas le afeó que esos conceptos de los que ella tanto abusa, “patria y libertad”, no son propiedad de las derechas, sino todo lo contario, fue la izquierda quien tuvo que bajarse a las barricadas para defenderlos ante el fascismo, ese fascismo que hoy retorna debidamente tuneado y maquillado para volver a seducir a las masas desencantadas con la democracia. De la Torre demostró esa madera humana de calité, esa nobleza de la persona humilde que viene de abajo sin que nadie le regale nada, esa honestidad que solo demuestran los más grandes cuando recordó que si tuvo la oportunidad de cursar estudios universitarios, si pudo llegar a ser el hombre que es hoy, como otros tantos hijos de obreros, fue gracias a que tuvo una beca del Estado, esas becas que llegaron con las conquistas sociales de la izquierda (antes, en dictadura, solo estudiaban los hijos de los ricos, los señoritos, los falangistas, los grandes de España y demás). El actor dio en la clave cuando sentenció que, sin educación pública, sin ayuda a las clases trabajadoras, no hay libertad. Fue un zasca en toda regla a Ayuso, que ha reducido ese valor humano superior, trivializándolo, a la paletada de tomarse unas tapas y unas cañas en las tascas de Madrid.

En cuanto al concepto de la patria, está claro que a De la Torre le jode, como nos jode a muchos, que la derecha vaya por ahí repartiendo carnés de buenos y malos españoles, un ejercicio que en el pasado trajo nefastas consecuencias en forma de guerras civiles. A las derechas voxizadas (entre las que se encuentra la dura Ayuso) les fastidia que más de la mitad de los ciudadanos de este país voten por opciones progresistas o de izquierdas, de ahí que cuando se manifiestan en Colón para “echar al okupa Sánchez” de la Moncloa, ese vomitivo eslogan antidemocrático que suele venir envuelto en la ondeante bandera del pollo, lo que realmente están diciendo es que habría que echar del país a media España, mayormente a los rojos.

“Ellos no necesitan que se les llene la boca con la palabra patria, porque la ejercen día a día. Porque cohesionan a la sociedad y porque gracias a su esfuerzo nadie se queda atrás”, dijo De la Torre sobre los médicos y enfermeras que estos días pelean codo con codo por nuestro Estado de bienestar. Por cierto, el actor también tuvo unas palabritas para esa prensa cavernícola que vive de las fake news, del bulo y del odio fascista. “A mí ese periodismo me preocupa mucho. Entiendo que el rectorado no comparte esta preocupación”, concluyó. Gracias Antonio por demostrarnos que la trinchera sigue siendo infinita.

Ilustración: Artsenal

LOS LEOPARD

(Publicado en Diario16 el 25 de enero de 2023)

La guerra de Ucrania ha resucitado todos los fantasmas bélicos en Alemania. Tras la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial, se desarrolló una especie de gran complejo colectivo que llevó a los alemanes a sentirse avergonzados ante el mundo como grandes culpables del apocalipsis global que se había vivido entre 1939 y 1945 y, cómo no, del terrible holocausto con más de seis millones de judíos exterminados en los crematorios de los campos de concentración. La posguerra fue durísima. Alemania quedó devastada por la guerra, la economía del país completamente destruida y devuelta a tiempos prehistóricos y ciudades enteras fueron reducidas a escombros tras los bombardeos aliados. Dresde, la “Florencia del Elba” sobre la que cayeron 4.000 toneladas de bombas que dejaron más de 40.000 muertos, se convirtió en el gran símbolo de la mayor catástrofe militar conocida por el ser humano. El delirio de Hitler, por el que se dejaron seducir millones de alemanes, salió muy caro al que entonces era el país más poderoso de Europa.

Desde 1945, ya con el Estado dividido en dos y separados por el Muro de Berlín (a un lado la Alemania capitalista, al otro la comunista) los alemanes se centraron en recuperarse económicamente y en cerrar las heridas supurantes del nazismo. Los juicios de Núremberg contra los jerarcas del fascismo ayudaron a la rápida catarsis y aunque una parte de la población siguió profesando una admiración secreta por el Führer (muchos funcionarios y políticos continuaron en sus puestos camuflados de demócratas) los sucesivos gobiernos se esforzaron por erradicar el mal recuperando la memoria histórica y explicándole a los niños, en las escuelas, lo que fue el cáncer del nazismo. De hecho, desde que terminó la guerra el código penal alemán castiga los actos de exaltación fascista y el negacionismo del exterminio del pueblo judío en los hornos de la muerte. Mientras la República Democrática Alemana (RDA) quedaba anclada en el pasado (de democrática tenía poco, no dejaba de ser un satélite de la URSS donde las libertades más elementales quedaban abolidas), la República Federal de Alemania (RFA) asombraba al mundo con la capacidad de trabajo de su pueblo, que fue capaz de volver a levantar un país fuerte y poderoso de entre los escombros, las cenizas y las ruinas.

En poco tiempo, la economía alemana volvió a convertirse en el motor del viejo continente y no solo eso, el país lideró el proceso de construcción europea superando antiguos conflictos con potencias tradicionalmente enemigas como Francia o Inglaterra, estrechó lazos de amistad y colaboración con los estados vecinos y enterró (quizá para siempre) el espectro del expansionismo imperialista, del racismo nacionalista y del violento totalitarismo militarista. Un profundo sentimiento de culpa (sin duda provocado por el remordimiento de los atroces crímenes contra la humanidad perpetrados por el Tercer Reich) se apoderó de las nuevas generaciones. Movimientos como el pacifismo, la neutralidad, el ecologismo verde antinuclear y un socialismo útil plasmado en el desarrollo de un potente Estado de bienestar cuajaron en millones de alemanes. En apenas unas décadas Alemania se convirtió en el gran referente de sociedad democrática próspera y avanzada, un paraíso para los inmigrantes del sur, para el sindicalismo y para las clases trabajadoras envidiadas por sus salarios, los más altos de toda Europa. El ejemplo del jubilado que se retiraba a los sesenta para comprarse un chalé de millonario en Mallorca dejó de ser un mito para convertirse en una realidad. La caída del Muro y la posterior reunificación no hizo sino aumentar la grandeza de un país que ha expiado de sobra sus pecados del pasado.

Hoy, Alemania se encuentra ante el trauma que supone tener que enfrentarse a una nueva guerra como la de Ucrania que por momentos se parece mucho a las más sangrientas batallas que se libraron entre europeos en la década de los cuarenta del pasado siglo. En una decisión histórica, el Gobierno del canciller Scholz ha aprobado el envío de tanques al frente ucraniano, al menos una compañía de blindados Leopard 2A6, según publica en las últimas horas, en exclusiva, el semanario alemán Der Spiegel. De esta manera, los carros de combate saldrán de los hangares y volverán a recorrer suelo europeo hasta la frontera oriental, tal como ocurrió cuando Hitler envió a sus ejércitos al frente ruso. Y aunque esta vez la movilización del arsenal pesado alemán está plenamente justificada, ya que hoy el país se encuentra encuadrado en el bando aliado que defiende el modo de vida occidental y la democracia, a cualquiera que sepa algo de historia le provocará un profundo escalofrío contemplar la imagen de los tanques marcados con la Balkenkreuz, la versión estilizada de la Cruz de Hierro, pisando suelo de la antigua Unión Soviética para recordar lo que fue el sitio de Kursk, la batalla de tanques más encarnizada de la historia que fue librada por nazis y soviéticos en el verano del 43.

Hace apenas dos años cualquiera que hubiese augurado un hecho histórico como este (blindados atravesando Polonia rumbo a Ucrania como lo hicieron los Panzer en 1939) habría sido tachado de loco. Sin embargo, hemos entrado en una nueva curva del tiempo que no sabemos si nos conducirá hacia un futuro distópico o hacia el más oscuro pasado, cuando los europeos estuvimos al borde de la aniquilación total por culpa de la fiebre delirante del fascismo. De momento Moscú ya ha advertido de que los Leopard alemanes pueden desencadenar la Tercera Guerra Mundial. Por fortuna, esta vez Alemania está en el lado bueno de la historia, dando una lección a la comunidad internacional al poner sus blindados al servicio de la democracia contra el nuevo fascismo totalitario representado por Vladímir Putin. Otra cosa es qué ocurrirá cuando termine la crisis ucraniana y, ya roto el tabú militarista que hasta hoy repugnaba a los alemanes porque les devolvía a lo peor de sí mismos, Alemania vuelva a ser consciente de que de nuevo es una potencia militar como antaño. Habrá que rezar para que no surja un nuevo Hitler con ganas de reclamar Austria y Checoslovaquia forjando el viejo sueño del pangermanismo ario. 

Viñeta: Óscar Montón

LA LISTA MÁS VOTADA

(Publicado en Diario16 el 24 de enero de 2023)

A Feijóo, que va de moderado por la vida, no le gusta Vox, pero sabe que sin el socio verde haciendo las veces de muleta del Partido Popular jamás llegará a la Moncloa. Su propuesta para que gobierne la lista más votada no es solo un intento desesperado por quitarse la chepa ultraderechista de encima (una carga insoportable) sino también un órdago a Pedro Sánchez para echarle la culpa a él si Santi Abascal llega a ser algún día ministro del Interior de un hipotético Ejecutivo de coalición PP/Vox.

Obviamente el líder gallego ha emprendido una huida hacia adelante tratando de escapar de la mucosidad verde ultra que se le ha pegado a la piel, pero sabe que su propuesta no tiene ningún recorrido. Primeramente, porque el PSOE jamás tragará con ese sistema que altera completamente el modelo electoral de este país y que adultera el sagrado principio de “una persona un voto”. Y después porque si Sánchez acepta el envite eso sería tanto como darle la espalda a sus socios de Gobierno que han estado con él, respaldándole, en los peores momentos. Muy mal tipo sería el presidente socialista si a estas alturas pactara con la derecha dando de lado a la izquierda real, con la que ha impulsado una serie de reformas históricas tanto en lo social como en lo económico.

Un régimen de libertades no es más que la consumación política de la matemática, del álgebra, de tal manera que alcanza el poder no aquel que cosecha más papeletas en las urnas para ser investido presidente, sino quien después es capaz de reunir los apoyos suficientes para llevar a cabo su programa político. Ahí está el quid de la cuestión. Imaginemos por un momento que se aprueba el plan electoral de Feijóo para que gobierne la lista más votada y el gallego gana las próximas elecciones generales. Muy bien, ya está cómodamente en la Moncloa, se ha puesto las pantuflas y ha cambiado la decoración que le parecía demasiado progre. ¿Y después qué? ¿Cómo piensa sacar adelante su panoplia de leyes reaccionarias que están fuera del espacio y del tiempo de un país como este donde sus ciudadanos ya no son los de 1978 sino que se han vuelto más plurales, más maduros y más vehementes a la hora de defender sus derechos cívicos y políticos? ¿Con qué moral va Feijóo al Parlamento a derogar conquistas históricas como el derecho al aborto, la eutanasia, la ley del “solo sí es sí”, el escudo social, la ley de memoria democrática, el ingreso mínimo vital, las subidas del salario por decreto, la reforma laboral que votó el torpe dedo de su diputado Casero, en fin, tantos avances que él, como buen hombre de derechas al servicio de los poderes fácticos más conservadores de este país solo piensa en derogar? Si solo cuenta con los nostálgicos del régimen anterior lo tendrá difícil.

Parece mentira que, a estas alturas de la película, a un hombre de la experiencia de Feijóo haya que explicarle el a,e,i,o,u de un régimen democrático. Que él llegue a presidente de la nación porque ha logrado un voto más que el adversario directo puede hacerle muy feliz como persona, ya que será la consumación de una ambición profesional hecha realidad. Pero, ¿y qué pasa después con el país? Gobernar en minoría puede llegar a ser un imposible. Exige habilidad para llegar a pactos, a acuerdos, a consensos, a transacciones con el otro en las que se cede en unas cosas y se consigue otras. Esa es la esencia misma del sistema más allá de la idea cuadriculada que tiene Feijóo, para quien la democracia se cumple cuando dos y dos suman cuatro. Pues no, señor jefe de la oposición. Una cosa es ganar unas elecciones y otra muy distinta tener capacidad real para gobernar. Muchas veces la negociación de una ley se estanca, surgen discrepancias, bloqueos, voces en contra que la rechazan. El PP se ha granjeado tantas enemistades y antipatías a lo largo de todos estos años de bulos, mentiras, bloqueos, política basura, trumpismo a calzón quitado, soberbia, rencores y prepotencia ante las minorías que se ha quedado solo. Solo y amarrado a Vox, ese otro incómodo náufrago que va en la tabla con él, a la deriva, y que aguarda el momento propicio para amotinarse.

Feijóo pontifica mucho sobre la democracia y sobre reformas imposibles que solo están en su cabeza alejada de la realidad de un país donde el bipartidismo ya no es el motor que fue antaño. El hombre nos da lecciones de democracia desde el púlpito, aunque nosotros sabemos que, como buen gallego, él es más de pulpito. Hasta Federico Jiménez Losantos le ha dejado claro a Borja Sémper que la propuesta de que gobierne la lista más votada va contra el espíritu democrático, ya que supone arrinconar a las minorías para instalar de nuevo esa monolítica y tediosa dictadura de la alternancia entre dos partidos que se reparten sus chollos, tal como ocurría en los tiempos del felipismo y del aznarismo. Aquel caudillismo con la muleta del otro se ha terminado tras la entrada en juego de los nuevos partidos emergentes.

Las elecciones se acercan y Feijóo tiene prisa por quitarse cuanto antes el lastre de Vox. Nadie va a hacerle caso, pero siempre podrá decir que si la ultraderecha entra en su futuro gobierno de coalición será por culpa de Sánchez. El problema es que llegar al poder de la mano de Vox para terminar siendo rehén de ese partido no lleva a ninguna parte más que a un desastre anunciado para el país y para el propio PP. Ni siquiera sabemos si el dirigente popular se ha parado a pensar que, de aplicarse su ocurrencia electoral, Génova perdería el poder autonómico en no pocas regiones donde gobierna con los ultras y Ciudadanos. Se lo ha dicho muy claro Íñigo Errejón: “Con su propuesta, que no se la creen ni en su partido, Ayuso no hubiese sido presidenta de la Comunidad de Madrid”. Touché.

Viñeta: Pedro Parrilla

LA BOLA DEL PRESO

(Publicado en Diario16 el 23 de enero de 2023)

La manifestación ultra del pasado fin de semana en Madrid ha dejado en muy mal lugar a Alberto Núñez Feijóo. El líder del PP decidió apoyarla, pero finalmente no acudió por vergüenza torera (sabía de primera mano que las banderas con los pollos aflorarían en cualquier momento, como así fue, con el consiguiente bochorno). Finalmente, y aunque Cuca Gamarra haya calificado el aquelarre antisanchista como “un éxito porque españoles libres salieron a la calle para fortalecer nuestras instituciones”, todo el protagonismo lo acaparó Santiago Abascal, que volvió a agitar el botafumeiro del odio, haciendo caja y arañando unos cuantos votos más. Cada acto, evento o decisión política que el Partido Popular impulsa junto a la extrema derecha española ocasiona una nueva crisis en Génova 13. Son los efectos perniciosos de andar de francachelas con Vox.

Antiguamente, a los penados y galeotes se les colocaba unos grilletes en los tobillos, adosados a una pesada bola de hierro, para que no pudieran escapar. A los que se portaban bien se les retiraba la cadena por las noches para que pudieran aliviar su tortura y descansar un poco. De ahí viene la expresión “dormir a pierna suelta” (sin sujeción alguna). Feijóo, el hombre que llegó de Galicia con la vitola de no haber pactado nada con los neofranquistas, lleva una de esas macizas canicas metálicas, en este caso de color verde, incrustada en el pie, como aquellos presidiarios de las viejas películas de Charlot. La bola ultra pesa cada día más y ya no se la puede quitar de encima. La pasada semana, tras el estallido del tremendo escándalo por el protocolo antiabortista que Gallardo Frings quiso introducir en los hospitales de Castilla y León (por la puerta de atrás), el dirigente popular pudo constatar en sus propias carnes lo mucho que pesa esa bola, lo insoportable que puede llegar a ser la maldita bola, que ya ni le permite caminar. Feijóo se ha convertido en una especie de Sísifo que va de acá para allá, casi a rastras, y que debe soportar, como una terrible penitencia, la gigantesca bola fascista. Él se lo ha buscado.

El partido de Abascal le está amargando la vida al candidato conservador a la Moncloa, que ya no puede más. Hoy, cansado y exhausto de arrastrar el grillete o fardo de acero que heredó de Pablo Casado, el mandatario del PP ha implorado por favor que pueda gobernar la lista más votada. Es decir, que quien gane las elecciones gobierne sin más. De esta manera, Feijóo se muestra dispuesto a desmarcarse de Vox si el PSOE hace lo propio con Unidas Podemos, de modo que España vuelva a ser un país bipartidista como lo fue siempre (salvo los períodos dictatoriales) desde los tiempos del sistema turnista de Cánovas y Sagasta. En realidad, lo que le está pidiendo el jefe de la oposición a Sánchez, casi a grito pelado y desesperadamente, es que alguien le quite de encima esa penosa bola de hierro ultra que está dejándole el pie hecho un Cristo lleno de llagas. Ahora que por fin ha caído en la cuenta de que el PP se ha quedado solo en su deriva radical y que no hay un solo partido que esté dispuesto a pactar nada con él, ni en Cataluña donde no lo quieren ni en pintura, ni en el País Vasco donde ven a la derecha española como la peste, ni en el pueblo más recóndito del país, pide un acuerdo con los socialistas para que gobierne la opción mayoritaria que salga de las urnas. Penoso.

Está claro que Feijóo va tomando conciencia del grave error que ha cometido su partido en los últimos años al no colocarle un cordón sanitario al populismo neofascista español. Por fin comprueba con estupor que con toda esa gente fanatizada, exaltada y marciana que vive instalada en la conspiranoia trumpista permanente, en la superchería religiosa, medieval y anticientífica y en el delirio del retorno al franquismo más duro no se puede ir ni a la vuelta de la esquina. Lógicamente, a Moncloa no le gusta la propuesta de que gobierne la lista más votada y Patxi López ya le ha sugerido al gallego que ese marrón fascista con el que ha estado coqueteando el PP tiene que comérselo él solito. Tampoco a Ayuso le agrada el plan, en parte porque a ella le va de lujo con el bifachito madrileño y en cierta medida porque sintoniza perfectamente con el mundo voxista (cualquier día se hace un Toni Cantó y da el salto al partido ultraderechista, que le resulta fascinante y excitante). La presidenta regional da por muerta la idea de Feijóo incluso antes de que el líder la presente en el Parlamento “porque el PSOE no lo va a querer” cuando en realidad la que no quiere ni oír hablar del asunto es ella porque sería malo para el negocio.

De momento, Isabel Rodríguez ha sido tajante con la invitación del jefe de la oposición al asegurar que “no se lo cree ni él”. Y tiene toda la razón la ministra portavoz. El dirigente conservador puede decir misa, pero la realidad se impone y en cuanto tiene la oportunidad le da la mano a la ultraderecha. El presidente popular no ha entendido que la España de hoy ya no es aquella España de la Restauración, ni siquiera la España de 1978. El panorama político se ha atomizado, fragmentado en múltiples opciones. Por mucho que el mandatario gallego se resista a entenderlo, el pluralismo ha llegado para quedarse y se impone el acuerdo, el pacto, el consenso con otras fuerzas de todo pelaje y condición. Aquello de la gobernabilidad variable. Lógicamente, cuando te pasas el día insultando a los demás y tachándolos de traidores bilduetarras-separatistas-bolivarianos no esperes después tejer alianzas de poder. Se siente.

Viñeta: Iñaki y Frenchy