domingo, 20 de agosto de 2023

FRANCISCO CORREA


(Publicado en Diario16 el 16 de junio de 2023)

Francisco Correa, el gran cabecilla de la trama Gürtel, ha salido de la cárcel. Diez años de prisión ha cumplido Don Vito, como le gustaba hacerse llamar en los ambientes delictivos y políticos. ¿Es mucha pena, poca, justa, injusta? Es la que establece la ley, así que no hay mucho más que decir. La corrupción en España penaliza poco. Aquí seguimos perdonando al delincuente de guante blanco mientras cargamos las tintas con el robagallinas, sobre el que suele caer todo el peso de la Justicia.

Diez años, diez. Si lo pensamos bien, una década a la sombra, en la trena, puede ser como para volver loco a cualquiera. Si eres claustrofóbico o culo inquieto debe parecerte el mismísimo infierno. Si te adaptas a la vida recogida u hogareña no es tan malo. Alguno pensará que una larga condena no es para tanto, que hoy las cárceles son como hoteles de cinco estrellas, piscina, sauna y gimnasio, de modo que compensa empeñar esa parte de la vida y esperar a salir a la calle ya como un nuevo rico. Hay opiniones para todos los gustos.

Ahora bien, ¿llegan a millonarios todos los corruptos o es solo un mito, una leyenda urbana, y al final la mayoría acaban arruinados, fracasados y tirados en la barra de un bar? Pues hombre, depende. Unos se lo montan bien, saben guardar el piquillo en Suiza, Jersey o en las Caimán, o enterrarlo bajo un árbol de Zihuatanejo, como el personaje aquel de Cadena Perpetua, y así cuando salen de la penitenciaría provincial tienen un remanente para rehacer sus vidas. A otros no les va tan bien, lo pierden todo en abogados, costas, multas, indemnizaciones, reparaciones morales, divorcios y devolución de lo robado. Estos suelen terminar en la ventanilla de alguna Administración, pidiendo una limosna del Estado para sobrevivir. O en la cola de un comedor social, o yéndose a vivir con los padres como un viejo adolescente. Y luego están los que, tras una vida de trapacerías, han guardado pasta a morir en la caja fuerte de algún banco extranjero, pero no pueden tocarla porque a poco que meten la llave en la cerradura y marcan la clave de seguridad, la Policía ya les ha puesto las esposas. Saber que estás forrado, pero condenado a vivir como un homeless, debe dar mucha rabia. Justicia poética, ya que de la otra no hay.

No sabemos cuál es la situación personal y económica de Correa ni nos interesa. Lo que sí se sabe es que sale de la cárcel con un contrato bajo el brazo de la cadena de televisión Intereconomía. No es nada nuevo. En este país muchos delincuentes que han cumplido su pena llegan a tertulianos, comentaristas de actualidad o escritores pasando primero por la fase de chorizo. ¿Es ético o moral? No parece. Poco puede aportar el ladrón, butronero o carterista a una sociedad más decente y limpia. Pero así son los tiempos cínicos de esta absurda posmodernidad que nos ha tocado vivir.

En cualquier caso, España es ese país donde más memorias de forajidos se leen al año. El género atrapa mucho al personal. Prueben a cometer un crimen y a escribir una novela o autobiografía. Te quitan el libro de las manos. Pelotazo asegurado. En el caso que nos ocupa, parece ser que los directivos de Intereconomía invitan a Don Vito a trabajar como administrativo, o eso se rumorea. Debe ser una obra de caridad o algo así, teniendo en cuenta que la cadena ultraconservadora promueve valores como el “humanismo cristiano”. Será que, como son tan piadosos en esa casa, se han propuesto rehabilitar a la oveja negra, sacarla del mal camino, reinsertarla en el sentido religioso del término, que no en el social o político, ya que eso de la reinserción siempre fue cosa de constitucionalistas rojos. Intereconomía es como el Cáritas de la delincuencia organizada y no descartemos que recalen allí otros grandes personajes de la España negra y policial de este siglo.

En resumen, que Correa salió ayer del chabolo. Con pantalón azul, polo rojo y largos cabellos encanecidos en plan Conde de Montecristo (a unos la cárcel los broncea, a otros los avejenta), corrió hacia el Audi oscuro que le esperaba en la puerta (el coche hace al hombre, no hay que perder las viejas costumbres) y salió pitando de allí sin declaraciones a la prensa. No comment. Dicen que está en régimen de semilibertad, pero lo que queda realmente en la opinión pública, en el español medio, es que el pájaro ha volado de la jaula.

Cuentan las crónicas judiciales que Don Vito ha tenido buen comportamiento penitenciario, un factor que sin duda ha ayudado a su excarcelación con el tercer grado. En todo este tiempo entre rejas solo se portó como un chico malo una vez, aquel día que los funcionarios lo pillaron con un celular. ¿Y qué es eso en el mundo de hoy en día? Cualquiera sabe que una persona sin teléfono móvil es como un marginado, un excluido social, un viajero perdido en un tiempo pasado. Instagram y TikTok integran más que cien talleres de artesanía y mecánica para presos con ganas de aprovechar el tiempo. Así que, por ahí, nada que objetar.

Más allá de aquel incidente menor, Correa ha pasado la mayor parte de la condena preparando sus defensas, lo cual le ha debido quitar años de vida teniendo en cuenta que los juicios le brotaban como setas. También ha tenido tiempo de reflexionar e incluso sufrió arrebatos súbitos de sinceridad, como cuando, en pleno juicio por los contratos irregulares adjudicados a sus empresas durante la visita del papa a Valencia en 2006, llegó a confesar ante el tribunal que compartía la cuenta suiza Soleado con el rey emérito y otros grandes de España. Hasta le entraron “ganas de llorar” al escuchar cómo Juan Carlos I, en su discurso de Nochebuena, decía aquello de que la Justicia es igual para todos. “Ese señor [el emérito] que está en la misma cuenta que yo y tiene el doble de dinero que yo está en libertad”, se lamentó y con razón. ¿Ven ustedes como no era tan malo Don Vito? Es lo que tiene pasarse una temporada en el infierno, como Rimbaud. Que aclara mucho las ideas y hace ver la luz.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL TORERO

(Publicado en Diario16 el 15 de junio de 2023)

La extrema derecha española entiende la política como una corrida de toros. Desde ese punto de vista, a nadie debe extrañar que Vox haya elegido a un torero, Vicente Barrera, como futuro vicepresidente de la Generalitat Valenciana. Los ultras ven la democracia como una lidia constante, un festejo taurino permanente donde darle el conveniente pase de pecho, con descabello y corte de orejas y rabo, al adversario político rojo, bilduetarra y masón. Se trata de salir en hombros del Parlamento, entre palmas y aplausos, dejando atrás al morlaco comunista, desangrado en medio del hemiciclo. Siempre fue así y siempre lo será.

No le hable usted a un ultra hispano de tolerancia, de educación, de respeto al otro y de fair play. Van a degüello, meten banderilla, garrocha y espada allá donde pueden, no dan un paso atrás ante el miura socialista. Convierten las instituciones en un coso sangriento impregnado de hedor a corrala, a sudor, a sangre de toro y a tintorro malo de bota bebida a morro. Si el hombre es un animal político, tal como decía Aristóteles, para la extrema derecha el animal es el adversario y hay que acabar con él como sea y a toda costa. No pueden quedar dos enemigos en pie sobre la arena. Por eso contratan a un torero, que de democracia no sabrá, pero de darle la estocada al rival, dejándolo tieso y listo para las mulillas, de eso lo sabe todo.

De Barrera, futuro conseller, se dice que cambió las plazas por la Facultad de Derecho cuando se cortó la coleta hace doce años. “Seré matador de toros hasta que me muera”, repite cada vez que puede. Ha estado en los tendidos del PP, al sol y a la sombra del poder, con Camps, con Rita y con Alfonso Rus. Hasta que Alberto Fabra le concedió la Alta Distinción de la Generalitat. Con los lodos de la corrupción y la decadencia del zaplanismo campsista, Barrera cambió de ganadería, acercándose a la UPyD de Rosa Díaz. Más tarde probó con la derecha regionalista, hasta que entró por la puerta grande en la maestranza de Vox.

Allí, su filosofía política encajó a la perfección, como un guante, casi como el paquete de matador macho y español en la taleguilla. Ponerse delante de un astado era mucho más difícil que aprenderse el esquemático y sencillo programa de Abascal. Defensa de la unidad de España, recuperación de la caza, puesta en valor de la tauromaquia y negación de todo lo que tenga que ver con el cambio climático, esa filosofía woke empeñada en acabar con la fiesta nacional. Hasta la manoletina más mediocre entraña mayor complejidad que el programa Peppa Pig para mentes simples de los líderes voxistas. No le resultó complicado adaptarse.  

El error garrafal de Pablo Iglesias y de Podemos fue no entender la idiosincrasia taurina y folclórica del pueblo español. Tanto Marx, tanto Engels y tanto Varoufakis y resulta que la clave del poder, la llave para asaltar los cielos, la tenía un torero. Este país se ha vuelto loco de repente y ha decidido romper con la Ilustración, con la modernidad, con la democracia, retrocediendo sesenta años en el tiempo hasta el Seiscientos, el landismo, la Legión, la tuberculosis de la carne, el piojo rojo, el crucifijo en las escuelas, Marisol y aquellos héroes pobres de solemnidad de la España negra y hambrienta que se tiraban a los ruedos, con un trapo y una tizona de madera, en busca de la gloria, la fama y el dinero. De alguna manera, Barrera también es un espontáneo que salta a la arena de la política sin libros ni leyes, solo con una capa y una espada, para darle el escarmiento al comunista, que es lo que gusta en Vox.

Al torero de la tierra lo hacen vicepresidente de la Generalidad (ellos dicen Generalidad, la lengua autóctona les produce sarpullido) y además le dan cartera de Cultura, Justicia y campo. Para esta gente de la derecha exaltada no hay más cultura que un gladiador de la muerte arreándole espadazos a un pobre animal. Se acabaron los aburridos conciertos de Mozart y Bach en el Palau; viva el pasodoble España cañí. Se acabó la elitista Mostra de València con sus películas iraníes que no le interesan a nadie; viva el cine de barrio, Lola Flores, El Pescaílla y Sara Montiel. Se acabó el teatro experimental y la performance con mensaje antimachista y ecologeta; viva Julio Iglesias, la Zarzuela, la revista y Norma Duval.

Ahora que despertamos del sueño de la democracia de la que tanto hemos despotricado, empezamos a darnos cuenta de la pesadilla del reloj de la historia marcando el tiempo al revés. Pronto veremos cómo las sesiones de Les Corts se convierten en una gran corrida en la que entrará el maestro Barrera haciendo el paseíllo, de luces verde y oro, chaleco y bordados, alamares y lentejuelas, seguido de una brava cuadrilla de subalternos cejijuntos saludando al respetable, con Ximo Puig devuelto al corral por mansurrón.

“La política es quizá la única profesión para la que no se considera necesaria ninguna preparación”, sentenció Robert Louis Stevenson. Dicen que Barrera sabe de leyes, de ahí que venga con el diploma de abogado en una mano y la montera en la otra. En una de estas derogan el Estatut de Autonomía y colocan en su lugar El Cossío, que es mucho más nuestro. Van a convertir la democracia en un gran toro embolado con socialistas de cuernos quemados y vaquillas feministas como parte del espectáculo. Nadie puede parar a esta derecha taurina. Ya los estamos viendo silbando, vociferando y dando patadas contra las tablas del burladero. Ele, arsa y olé.

Viñeta: Pedro Parrilla

PACTOS PEPPA PIG

(Publicado en Diario16 el 15 de junio de 2023)

En Génova 13 no todos se sienten cómodos con el bifachito valenciano. A Feijóo no le ha quedado otra que dar por bueno el acuerdo Mazón/Flores, que algunos ya llaman los pactos Peppa Pig por su contenido naíf, pero a algunos barones se les están indigestando las francachelas con los ultras de Vox. Uno de los que se lo están pensando es López Miras, el presidente popular murciano, que en un principio estaría dispuesto a ir a nuevas elecciones, si es preciso, con tal de esquivar a la extrema derecha huertana.

“El bloqueo no es bueno, no es bueno que estemos meses con la Región de Murcia paralizada y que nos enfrentemos a unas terceras elecciones en apenas seis meses”, asegura el jefe del ejecutivo autonómico. ¿Es un brindis al sol, puro postureo, un quedabién de cara a la galería para despistar mientras que ya tendría firmado un gran pacto con Vox en el cajón? Cualquier cosa puede ocurrir en el PP, un partido que hoy se define como liberal, un minuto después como trumpista y mañana de extremo centro.

La guerra murciana entre la derecha clásica y la extrema derecha dice mucho de lo que se está cociendo entre bambalinas en ese mundo. Desde hace tiempo hay una dura competencia feroz por ver cuál de los dos partidos se alza con la hegemonía del espacio conservador español. Y en esas están en cada región y en cada municipio. Aquí no se trata de cuántas consellerias le dan a los ultras en Valencia o cuántas concejalías en un pueblo perdido de Aragón. Aquí lo que se está jugando es, ni más ni menos, si la derecha española sigue siendo moderada, europeísta y constitucional, o da el volantazo brusco hacia un nuevo franquismo rejuvenecido que bajo la pretendida “guerra cultural” contra la izquierda woke o cuqui lo que pretende es romper con el marco jurídico político institucional del 78. A Santiago Abascal le molestan muchas cosas de nuestra Carta Magna, desde el modelo territorial asentado en el Estado de las autonomías hasta la importancia que se da a los nacionalismos vasco y catalán, dos piezas fundamentales que, sin ellas, todo el mecano, toda la arquitectura constitucional, se vendría irremediablemente abajo.

De lo que salga de esa tensión, de esa pugna entre los dos gladiadores conservadores, depende el futuro del país. De ahí que Feijóo, de cuando en cuando, se vea obligado a explicarle a los españoles que una cosa es Vox y otra muy distinta el PP. Por eso, cuando a algún líder voxista le puede el subconsciente, se le va la pinza, levanta el brazo y grita Arriba España, viva España una grande y libre, él enseguida sale ante los periodistas para marcar distancias. Y cuando salta algún escándalo con algún maltratador que se ha colado de rondón en las candidaturas voxistas o a algún dirigente ultra le da por meter carne con tuberculosis en el mercado alimentario o por perseguir mujeres que abortan en las clínicas públicas y privadas, a Feijóo le falta tiempo para saltar a la palestra, con las palmas de las manos abiertas y los hombros encogidos, tratando de convencer a los españoles de que él no tiene nada que ver con toda esa gente asilvestrada, extraña y por civilizar. Los necesita para gobernar regiones y para llegar a la Moncloa, claro que los necesita, pero prefiere que no se le vea demasiado en público con ellos. “Yo no comparto el discurso de Vox. El PP nunca ha sido un partido antiautonomista, ni un partido euroescéptico, ni un partido populista”, se desgañitó hace solo unos días tratando de marcar perfil moderado. Es decir, que lo que no quiere para su partido, lo quiere para su país. Paradójico cuanto menos.

En realidad, Vox es el PP de siempre solo que con tres copas de coñac de más, pero el líder del Partido Popular sigue esforzándose por seguir manteniendo ese espejismo de dos entes distintos, una situación que empieza a crear gran confusión entre el votante moderado y conservador, al que le han dicho que los ultras no son peligrosos bichos raros y ya los ven como parte normal del paisanaje político. A día de hoy mucho electorado vota gaviota o verde, según la cita electoral, sin ningún remordimiento ni problema de conciencia. Y ese es un grave problema para Feijóo. Como no consigue diferenciar la marca, como no pone el debido cordón sanitario, está cediéndole parte de su tarta a Abascal.

Aquí lo único que importa es que los populares han metido al dinosaurio de Monterroso en el salón de la democracia y que al final, dándoles carteras y competencias en materias tan sensibles como Educación, Cultura, Justicia y Medio Ambiente, como está ocurriendo ya en Valencia, van a influir decisivamente en la vida de los ciudadanos. Y pronto lo veremos. Pronto veremos cómo en los colegios se enseña una versión de la Guerra Civil sin buenos ni malos y con un abuelete bonachón como Franco que siempre se desvivió por los españoles; pronto veremos cómo se retiran fondos de la lucha contra el cambio climático, aumentando la deforestación, la depredación urbanística y el riesgo de macroincendios (no descartemos planes turísticos cerca de La Albufera, la Doñana valenciana); y pronto veremos cómo los discursos de odio racistas, machistas y homófobos se propagan como la pólvora por toda la sociedad.

Con todo, el Partido Popular ya pacta con los ultras sin complejos ni rubor. En público, Feijóo se lava las manos de esa infamia mientras que en privado les da permiso para poner en marcha la maquinaria de demolición de la democracia. Un error histórico monumental. Sus compañeros del PP europeo se llevan las manos a la cabeza y le gritan desde Bruselas que pare ya ese carrusel facha enloquecido. No solo porque está en riesgo el Estado de derecho, sino porque una vez que al populismo ultra negacionista se le abre la puerta de la fiesta, siempre se erige en maestro de ceremonias (hay ejemplos obvios en la historia, no hace falta citarlos). Y de ahí a que se zampe a la derechita cobarde hay solo un paso.

Viñeta: Pedro Parrilla

CORMAC McCARTHY

 

(Publicado en Diario16 el 15 de junio de 2023)

Hace tiempo que la leí, pero uno aún siente escalofríos cuando recuerda aquella escena de La carretera en la que un hombre y su hijo, supervivientes de un holocausto nuclear, ven cómo un grupo de personas hambrientas, transformadas en caníbales, se comen a un bebé en la espesura de un bosque. Ayer murió el autor de la novela, Cormac McCarthy.

Poético y brutal, místico y realista a la vez, siempre misterioso y profundo, McCarthy era un narrador de prosa cruda, directa, desnuda y sin artificios. Fue uno de esos outsiders de la literatura norteamericana contemporánea, un autodidacta que se construyó a sí mismo y exploró nuevas fronteras literarias. Sus personajes, perdidos o desarraigados, bandoleros, vaqueros y contrabandistas, casi siempre maltratados por la vida, fronterizos y al margen del orden social, transitan por desiertos y despoblados, por ciudades deshumanizadas, por paisajes devastados. De ahí que podamos calificarlo como un visionario que supo ver el final de la esencia de lo humano.

McCarthy fue un artesano, un “gregario solitario”, como lo definió el New York Times. No escribió prolíficamente. Siempre se movió a contracorriente, nunca siguió el impulso de la moda novelística del momento. En apenas una docena de obras, volcó todo su particular mundo interior rebosante de personajes al límite, de historias marcadas por la neurosis de una sociedad enferma, de escenas asombrosas de la América salvaje y profunda. Su decisión de cambiar de nombre de pila, adoptando el de un antiguo rey de Irlanda, revelaba un cierto carácter indómito y rebelde en el joven escritor. No se sujetaba a norma alguna ni escuela. Era simplemente Cormac, el tipo celoso de su intimidad que andaba hurgando en la naturaleza humana y en el misterio de la vida y la muerte, que le obsesionó durante toda su existencia. Era tal su condición de francotirador al margen del establishment, que se permitía poner a caer de un burro a los grandes clásicos de las letras universales como Henry James y Marcel Proust. “No los entiendo. En mi opinión, eso no es literatura”, bromeó en alguna ocasión.

Sus comienzos fueron duros y entró al circuito literario por puro azar. Alguna vez contó que decidió enviar el manuscrito de su primera novela a Random House porque “era la única editorial de la que había oído hablar”. Así de sencillo. Pero no todo en la vida de Cormac McCarthy fueron caminos de éxito y premios Pulitzer. También las pasó canutas. El oficio de escritor le arrastró a una situación de “descarnada pobreza” que lo hizo todavía más retraído y solitario. Recorrió el país en camionetas de mala muerte; vivía de motel en motel. Se casó con una inglesa a la que conoció en una travesía oceánica. Se divorció. Más tarde volvió a contraer matrimonio. Volvió a separarse. De su tercera mujer tuvo un hijo, que probablemente le cambió la visión del mundo, ya que se inspiró en él para escribir La carretera, su novela apocalíptica sobre el desastre nuclear que hoy nos parece tan real e inminente. Más allá de funcionar como una obra de anticipación, casi una distopía, en cada página se transpira el amor infinito de un padre que sabe que todo está perdido y que aun así lucha hasta el final, a la desesperada, por salvar lo que más quiere en un mundo sin esperanza completamente arrasado por la ceniza y la radiación. Una historia íntima con la que se sentirá identificado todo aquel lector que alguna vez haya sentido esa extraña inquietud, quizá miedo, a no saber qué será de su hijo en el futuro.

McCarthy ha retratado como nadie el horror de una sociedad enferma. En No es país para viejos, construye un personaje antológico, Anton Chigurh, un asesino psicópata que no puede dejar de matar mientras suelta discursos filosóficos. Todos recordamos la maestría con la que Javier Bardem lo llevó al cine. “Él es pura violencia. No hay empatía. No hay razón, no hay metas. No hay nada más en él que ser ese horrible destino en la vida de la gente”, dijo de su papel nuestro actor más internacional. Esa novela es un jirón de la América desgarrada de hoy. Desgarrada por la decadencia del imperio y el racismo, desgarrada por la crisis, por la pobreza y el analfabetismo, por la falta de futuro. La instantánea de un país reconcomido por el odio y la violencia donde se mata a tiros a los colegiales a la hora del recreo y se vota a tipos sucios como Donald Trump. En Yanquilandia hace ya tiempo que la neurosis colectiva del capitalismo ha dado paso a la maldad con mayúsculas: el supremacismo fascista delirante y sin sentido. Todo ese cáncer social y moral, que ha llevado a los norteamericanos al punto de no retorno en el que se encuentran en la actualidad, lo disecciona como nadie Cormac McCarthy. Pocos vieron acercarse la pesadilla cuando se estaba gestando.  

Se va un grande, un escritor prodigioso a quien el pope de las letras Harold Bloom situó como uno de los cuatro mejores narradores norteamericanos de nuestros días junto a Philip Roth, Thomas Pynchon y Don DeLillo. Nos deja un puñado de novelas eternas (El guardián del vergel, La oscuridad exterior, Hijo de Dios, Suttree, Meridiano de sangre, la trilogía de la Frontera, El pasajero y Stella Maris, además de las ya comentadas). Tras las penurias de la vida bohemia llegó Hollywood con un buen contrato, pero él siguió manteniéndose al margen en su refugio de Santa Fe (Nuevo México), en cuyo instituto hizo amistad con el físico y divulgador Murray Gell-Mann. Siempre prefirió a los científicos para charlar y compartir ideas interesantes. De hecho, en alguna que otra entrevista llegó a confesar que no conocía a demasiados escritores. No le interesaba el mundillo literario, solo la literatura. Quizá por eso siempre fue un profeta solitario.

BIFACHITO FALLERO

(Publicado en Diario16 el 14 de junio de 2023)

A la derecha de este país nunca le gustó trabajar. ¿Para qué si ya lo hace el sumiso obrero que le regala altruistamente sus plusvalías? En Vox presumen de representar a la España que madruga, pero a la hora de la verdad los que madrugan siempre son otros, el pueblo llano, el sufrido proletariado que soporta sus esclavistas leyes laborales. En El buen patrón, la magnífica película de León de Aranoa, hay una escena que resume a la perfección lo que es la élite empresarial y política de este país. El señor Julio Blanco (encarnado en un portentoso Javier Bardem), y su señora, cenan plácidamente con unos amigos cuando el industrial, sosteniendo un copón de buen vino tinto, se viene arriba y presume de haber levantado un imperio con algo tan prosaico como la venta de balanzas de precisión. Entonces la abnegada esposa le pone los pies en el suelo, lo baja de nuevo a la Tierra y le recuerda que, trabajar trabajar, lo que se dice trabajar, poquito, ya que la empresa le llegó en herencia de su padre. Entonces el magnate, con gesto contrariado por el sibilino zasca de la parienta, responde destilando el más puro cinismo reaccionario: “Heredar es una carga también, eh, de responsabilidad”.

Todo aquel que haya visto la película aprenderá algunas cosas interesantes sobre esa España nuestra de hoy. La gran mentira del paternalismo franquista que muchos empresarios siguen practicando sin pudor (“vosotros sois como mis hijos”, repite una y otra vez a sus trabajadores el hipócrita señor Blanco mientras firma cartas de despido); el gran drama del capitalismo salvaje, que sabe bien cómo dividir al proletariado hasta desclasarlo, desarmarlo y derrotarlo por completo; y que el poder económico, el político y el mediático, o sea el caciquismo franquista de siempre, sigue estando más vivo que nunca.

Ayer, los señores Blanco de la Comunidad Valenciana firmaron un infame acuerdo que abre la puerta del poder a los nuevos buenos patrones. Y, una vez más, volvieron a demostrar que cuando se trata de ponerse a trabajar se les caen los anillos. Al término de la histórica reunión, la coalición PP/Vox remitió a los medios de comunicación un escueto y abstracto documento en el que daba a conocer el supuesto programa político del recién nacido bifachito montado por el barón popular Carlos Mazón. Una hoja de ruta que se ventilaron en cinco puntos deprisa y corriendo. Un papelucho, una servilleta de bar arrugada y con una pésima redacción. En ese folio malo, en esas 218 palabras atropelladas que van a marcar el futuro de más de cinco millones de valencianos, quedó resumido el programa de la nueva derecha ultra para la posteridad: “Libertad para que todos podamos elegir; desarrollo económico para reducir gasto innecesario e impulsar la economía; Sanidad y servicios sociales para reforzar la sanidad pública y los servicios sociales; señas de identidad para defender y recuperar nuestras señas de identidad; y apoyo a las familias para fomentar la natalidad, seguridad y promoción de las familias”. Y hasta ahí, punto pelota, firma Carlitos y vámonos ya, que hemos reservado mesa en un tres estrellas Michelin y se nos pega el arroz.

Es evidente que ninguna de las dos partes tenía preparado un programa de Gobierno (se han pasado la campaña dando la matraca con la unidad de España) y tuvieron que improvisar sobre la marcha. En un cuarto de hora de nada, en un cuarto de hora de mierda, se trazaron los próximos cuatro años de políticas valencianas, las grandes líneas maestras de la economía regional, la delicada situación de la Ford, la sensible educación pública, la naranja agonizante, la Albufera tan amenazada como Doñana, la sanidad en ruina, las necesarias políticas sociales (a estas no les dedicaron ni un solo minuto, ya se apañarán los perroflautas subvencionados de la izquierda si se han quedado en la estacada por la crisis) y en ese plan. Un párrafo, un miserable párrafo de apenas doscientas palabras. Eso es lo que piensa dedicarle la gran derecha agraria y horchatera levantina a las vidas de miles de valencianos.

Esa chuleta impresentable, ese contrato bilateral quizá fabricado con un trozo de papel higiénico arrancado de los aseos de Les Corts, ese gurruño manchado de café para engañar al pueblo y que parezca que la élite burguesa va a hacer grandes cosas por su tierra, quedará como gran símbolo de esta oscura y triste época trumpista que nos ha tocado vivir. No. No les gusta trabajar, son los señoritos y caciques de siempre, y mucho nos tememos que detrás de ese sainetillo o vodevil en el que PP y Vox escenificaron un gran acuerdo, que a fin de cuentas no era más que humo hecho celulosa, no hay más que lo mismo de siempre: megalómanos proyectos para enriquecimiento de pocos y ruina de muchos, grandes pelotazos urbanísticos, campos de golf que ya no se pueden regar tan profusamente como en los viejos tiempos del fabrismo aznarista porque no queda agua, y cortesanos arrimados al poder, oportunistas, fulanos con gomina e impostores con chaleco, monóculo y bigote a la moda franquista decimonónica. El capitalismo de amiguetes de toda la vida, o sea.

Durante los años del Govern del Botànic, con Ximo Puig en la jefatura, se han vivido días de política decente limpia de corrupción. Y se han acometido interesantes reformas para el ciudadano. Lo cual no es poco. Ahora vuelve la derecha gamberra, la Sodoma y Gomorra del chiringuito, el descapotable aparcado bajo las palmeras de la Malvarrosa y el hotelaco a pie de playa. Dicen que van a mirar por el bien de todos los valencianos, pero los conocemos bien. Son los mismos de antes, diferentes perros con los mismos collares de oro. Ese buen patrón de traje carísimo, corbata rosa, voz carajillera y perfume caro que despide un fuerte tufo a cacique de toda la vida.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL FASCISMO DEMOCRÁTICO


(Publicado en Diario16 el 14 de junio de 2023)

En Castilla y León gobiernan los ultras. Desde ayer lo hacen en la Comunidad Valenciana. Decenas de ayuntamientos están bajo dominio y control de Vox. Los españoles tienen perfectamente asumido, interiorizado, que los nostálgicos han llegado no solo para quedarse, sino para gobernar, para aplicar sus políticas reaccionarias propias del franquismo. Nos quejábamos de la baja calidad de nuestra democracia y de la noche a la mañana hemos retornado a un fascismo blando bajo en calorías y alquitrán que no parece molestarle a nadie. Preparémonos pues para ver cómo enseñan la historia al revés a nuestros escolares hasta que aprendan que Francisco Franco fue un gran hombre. Preparémonos para el pin parental, para el latido fetal y otras marcianadas pseudonazis que parecían felizmente superadas.

Miramos atrás y aquel felipismo ochentero, con sus movidas musicales, su explosión de inocente libertad y su socialdemocracia (aunque fuese de baja intensidad) ahora nos parece la sociedad perfecta. Una España prodigiosa, efímera, casi utópica que algunos tuvimos la fortuna de vivir durante unos cuantos años y que, probablemente, tras el tsunami facha, ya no volverá jamás.

Cualquier tiempo pasado fue mejor que esta rareza del nacionalpopulismo trumpista, esta extraña distopía donde el primer idiota que pasaba por allí gana unas elecciones repitiendo un eslogan absurdo y un maltratador machista puede llegar a gobernar en su pueblo. Durante años, los impulsores del fascismo blando han estado trabajando en un proyecto a largo plazo. Sabían que sería un proceso lento, arduo, tortuoso, que tendrían que vivir su fascismo en silencio, como auténticos friquis o apestados, pero que más tarde o más temprano sus delirantes ideas ultranacionalistas volverían a brotar de nuevo en una negra primavera. Diseñaron un plan tan maquiavélico como eficaz: nada de destruir la democracia, bastaba con ocuparla, con infectarla de arriba abajo para usurparla, transformarla y moldearla a su antojo. Una vez en poder de la manija del sistema, de las instituciones, de la judicatura, del Ejército, de las fuerzas de seguridad y los medios de comunicación, la victoria estaba asegurada. Se acabó lo de ir quemando judíos en hornos crematorios; adiós a las asonadas, levantamientos militares y golpes de Estado. ¿Para qué mancharse las manos si solo había que sentarse y esperar a que el maldito péndulo de la historia volviera a su posición otra vez?

En Europa han tardado ochenta años (en España mucho menos), pero al final lo han conseguido. Gente como Berlusconi, el gran pionero del fascismo blando a quien hoy los italianos pretenden enterrar con honores de hombre de Estado, pusieron los cimientos del nuevo régimen. Il Cavaliere fue el primero en entender que el ocio, el entretenimiento, una tele para idiotas, anestesia las mentes hasta aletargarlas, evitando así que la gente piense, que desarrolle un espíritu crítico, que tome conciencia social y hable de los problemas reales. Mientras se cotillea sobre la famosa del momento, nadie cae en la cuenta de que le han cerrado el centro de salud o le han quitado un buen cacho a su pensión. Berlusconi creó escuela. Sus discípulos se infiltraron en los consejos de administración, en la banca, en las grandes compañías mundiales, en los organismos internacionales donde pudieron contactar unos con otros, intercambiar ideas y fondos y organizarse. Empezaron a comprar medios de comunicación desde donde propagar su nauseabundo ideario de odio, racismo, machismo, homofobia y anticomunismo. Esta labor de adoctrinamiento, esta tarea de estupidización, de aborregamiento y embrutecimiento de las masas, fue por momentos sutil; otras veces fue explícita, burda, sin complejos. Sustituyeron la cultura por el folclore y las tradiciones; la Ilustración por el pensamiento único; libros por inteligencia artificial (más Gran Hermano, más control). Las redes sociales, grandes altavoces del bulo, la desinformación y el haterismo, harían el resto.

Filósofos como los de la Escuela de Fráncfort alertaron a la humanidad, durante buena parte del pasado siglo, sobre el lavado de cerebro en las sociedades contemporáneas. Nadie quiso escuchar a Horkheimer, Adorno o Walter Benjamin. Herbert Marcuse lo vio tan claro como la luna llena en una noche de verano: “Los esclavos de la sociedad industrial desarrollada son esclavos sublimados, pero son esclavos”. Hicieron creer al obrero que era un ente libre, que podía elegir a sus políticos cada cuatro años, que un coche y la nevera llena le haría un ser realizado para siempre. Convencieron al hombre y a la mujer posmodernos de que, siendo autónomos para consumir y gastar, habrían alcanzado el paraíso terrenal. Nada más lejos. Solo dieron al pueblo la oportunidad de elegir a sus nuevos amos. Le ofrecieron una amplia variedad de bienes, productos y servicios que disfrutar mientras seguían alienados. “Tanto la cultura de masas como la propaganda fascista satisfacen y manipulan necesidades de dependencia promoviendo actitudes convencionales, conformistas y de satisfacción”, escribió proféticamente Adorno.

Y mientras tanto, el proyecto, el plan, el fascismo blando a largo plazo, seguía cuajando, trabajando, creciendo. Lentamente, sin prisa pero sin pausa, año tras año, década tras década. Los Reagan, Thatcher, Bush y Aznar fueron serios toques de atención de que algo iba mal; bengalas rojas en el cielo que nos advertían de que la ola reaccionaria era cada vez más fuerte e imparable. La izquierda, que tenía la responsabilidad de reaccionar ante la silenciosa ofensiva ultra, falló siempre. O renunció a sus principios, o se vendió a los nuevos amos, o se destruyó a sí misma en peleas internas o simplemente terminó olvidando la revolución pendiente en el inmenso mar de la mediocridad.

Y ahora usted, querido lector, se preguntará con toda la razón del mundo: muy bien, señor Antequera, ¿pero qué demonios es eso del fascismo blando con el que viene a molestar nuestra plácida y confortable existencia? Muy sencillo. La próxima vez que vea cómo insultan a un deportista negro al grito de mono, cómo denigran a una mujer llamándola feminazi, zorra, bruja o fea, o cómo dan caza a un gay en plena calle por su condición sexual, piense que nada de eso es lo normal; que esa sociedad enferma en la que vive lleva inoculado el virus letal; y que usted puede que esté más cerca de lo que parece del Berlín de 1933 que de ese mundo ordenado y feliz que le han querido contar. 

Viñeta: Pedro Parrilla

MACHIRULOS A LA VALENCIANA

(Publicado en Diario16 el 13 de junio de 2023)

Hace algo más de un año, Feijóo sorprendía a propios y extraños con un discurso escandaloso sobre la violencia machista, a la que llegó a calificar, siguiendo la tendencia ultra del momento, de “violencia intrafamiliar”. “En Galicia, hace poco sufrimos el asesinato producido por un padre. Mató a sus dos hijos por un problema con su pareja. Pero eso no es violencia machista, sino violencia intrafamiliar”, afirmó sin despeinarse. La tesis del político gallego chocaba no solo contra la razón y el sentido común, sino contra las leyes españolas, la jurisprudencia y los convenios internacionales que España tiene firmados desde hace décadas. Aquel episodio sirvió para confirmar que Feijóo viraba peligrosamente hacia el negacionismo, que se estaba voxizando, que no le hacía ascos al trumpismo ayusista de nuevo cuño.

Hoy, tras la arrolladora victoria del Partido Popular en las elecciones municipales y autonómicas, el dirigente conservador se encuentra ante la encrucijada de decidir qué hace con la extrema derecha. En realidad, ya lo tiene pensado: va a gobernar con ella, sin ninguna duda, allá donde salgan las cuentas. No le queda otra si quiere llegar a la Moncloa. Pero se le plantea la difícil papeleta de decidir cómo va a vender a los españoles que su pacto con Abascal es decente y presentable cuando no es más que una nauseabunda ignominia que no se sostiene y que hasta Manfred Weber, líder conservador europeo, le ha afeado en público. Para convencer al ciudadano, Feijóo ha utilizado diversas tácticas desde que hablaron las urnas. Primero pasarle la patata caliente al PSOE para que deje gobernar al PP cuando sea la lista más votada. Después darle libertad a cada barón territorial y a cada alcaldable para que haga lo que estime oportuno con Vox (o sea, lavarse las manos como Poncio Pilatos). Y finalmente, que es el punto en el que se encuentra hoy por hoy, firmar lo que haya que firmar.

Ayer parecía que al dirigente genovés no le apetecía una campaña electoral metido en francachelas con los posfascistas convictos y confesos. Prefería aparcar el problema, dejarlo para después de las generales. Con la estrategia de bloque común de las derechas podría atraerse a una parte del electorado indeciso de Vox, pero también podría perder la tajada grande: atrapar al espectro centrista, atraer a las clases medias, seducir al socialista desencantado tras una larga legislatura de sanchismo. No era un buen negocio.

Sin embargo, todo ha cambiado de la noche a la mañana. Hoy mismo, Feijóo ha atravesado un peligroso Rubicón al pactar con los voxistas en la Comunidad Valenciana. El gallego se había metido en un callejón sin salida, no sabía por dónde tirar para salir airosamente de este laberinto de pasiones y el asunto empezaba a quemarle los dedos. Era consciente de que podía pasar a la historia como el hombre que abrió la puerta del poder a un partido declaradamente ultra, machista y xenófobo. Una mancha en su expediente que quedaría para siempre. Y aún así ha aceptado el sucio trapicheo. Desde los tiempos convulsos de la Transición, cuando el proyecto de Fuerza Nueva no cuajó y terminó diluyéndose por el miedo de los españoles a la involución, no se veía tan cerca la posibilidad de que el franquismo volviera a retomar el poder.

En las últimas horas las tensiones en Génova empezaban a ser cada vez más fuertes y síntoma claro de la preocupación de un líder que no sabía qué hacer con el dinosaurio de Monterroso, que se le ha metido en el salón y amenaza con devorarlo con fruición. El lunes, mientras Borja Sémper, el moderao Borja, se empeñaba en explicarle a los periodistas cuál era la postura oficial del partido (las famosas líneas rojas que el PP supuestamente nunca atravesaría), estallaba la traca final en Valencia. Los rumores de que Carlos Flores, el candidato de Vox condenado por violencia machista hace veinte años, podría entrar en el Govern, desmentían las buenas intenciones de Sémper, a quien le han encargado el papel de poli bueno. “En Valencia no hay vetos ni cordones sanitarios a nadie”, zanjaba la cuestión Juan Francisco Pérez Llorca, vicesecretario del PP valenciano. ¿Cómo podía ser que Madrid dijese una cosa y la sede popular de la capital del Turia otra radicalmente diferente? El PP empezaba a parecerse demasiado a aquel doctor Jekyll que por el día se comportaba como un respetado científico y por la noche se transformaba en el peludo, primitivo y monstruoso Hyde. Dos caras irreconciliables. Dos personalidades enfermizas. Un trastorno bipolar insalvable que podía pasarle factura al partido el 23J. Había que aclarar el embrollo que empezaba a confundir al electorado. Y el líder del PP optó por mover ficha.

El caso del doctor Flores (irónicamente catedrático de Derecho Constitucional), puede ser solo el primero de una larga lista que incomoda y mucho a Feijóo. “Te voy a estar jodiendo la vida hasta que te mueras y acabe contigo, ladrona”, le espetó el profesor a su víctima. Que este señor pudiera terminar en la vicepresidencia de la Generalitat era una idea demasiado delirante y descabellada hasta para este PP algo trumpizado. ¿Qué sería lo siguiente, ponerle una calle a Antonio Anglés a título póstumo y en señal de desagravio contra la dictadura feminista y woke? El Partido Popular estaba cruzando todos los límites de la ética y la decencia. Así que, en el último minuto, Feijóo ha dado órdenes al barón valenciano Mazón para que pacte un Gobierno con los ultras, pero sin Flores, de manera que el catedrático ha sido apartado del Ejecutivo autonómico. Un parche que no logrará tapar la vergüenza de esta negociación.

El espectáculo indigno para el género humano que se ha dado en Valencia saca a Feijóo de su mundo virtual, cuántico, y lo devuelve a la cruda realidad del país que tenemos, un país donde el machismo avanza imparable y lo invade todo. Entre él y Ayuso habían logrado instalar a los españoles en la fábula distópica de que ETA ha resucitado, cuando aquí lo único que resucita es el machirulo de toda la vida, el amo y señor de la familia, el macho ibérico que pone fina a la parienta y luego se larga a la oficina a cerrar unos negocios o a llevar las riendas del poder. Ese falangismo recio y duro de toda la vida es lo que retorna dramáticamente. Habrá bifachito valenciano antisistema, gamberro y faltón. El asaltacunas Berlusconi se retuerce de la risa en su tumba. Jamás pensó que su obra política llegaría tan lejos.

Ilustración: Artsenal JH