domingo, 25 de febrero de 2024

REYNDERS

(Publicado en Diario16 el 5 de diciembre de 2023)

El PP creía haber encontrado a su hombre en Bruselas, al defensor de sus causas perdidas y montajes políticos ante la UE, pero también le ha salido rana. Didier Reynders, comisario de Justicia, ha llamado a renovar con “urgencia” el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), lo cual rompe por la mitad la estrategia diseñada por Génova para internacionalizar la grave crisis institucional que vive la Administración de Justicia en España.

En pocas palabras, Reynders ha venido a decirle a Feijóo que su bloqueo sistemático desde hace cinco años no es de recibo, que primero se siente con Sánchez para desbloquear la cúpula judicial española, como ordena la Constitución, y que después se acometan las reformas necesarias, como la exigencia del líder conservador de que sean los jueces quienes elijan a los jueces en el CGPJ. El PP sabe perfectamente que ese modelo le beneficia cien por cien, ya que las asociaciones de juristas son conservadoras (y teledirigidas por Génova), de tal forma que ellos seguirían teniendo la sartén de la Justicia por el mango o como dijo aquel, seguirían controlando el Poder Judicial desde detrás. Prueba de que sus señorías de las togas quieren seguir haciendo política es que están más movilizados que nunca y hasta se manifiestan a las puertas de los juzgados, como concienciados activistas, en contra de la amnistía para los encausados por el procés que ultima el gabinete Sánchez. Pocas veces se ha visto a un estamento judicial tan echado a la calle, tan sindicalizado y tan aficionado al megáfono, al pito, a la gorra y a la cartela para defender su ideología conservadora. Si esto no es politización de la Justicia y ruptura con la separación de poderes de Montesquieu que baje Dios y lo vea.

Hoy mismo, Feijóo ha vuelto a faltar a la verdad en el programa de Carlos Herrera, a quien le ha dicho que Sánchez pretende tener bajo su mando a los jueces y magistrados de este país. Y puede que sea así, el problema es que a él también se le hace la boca agua pensando en que el CGPJ, el Supremo y el Constitucional serán territorio totalmente PP, mediante la colocación de sus peones, algún día.  

Aquí lo que está pasando, sin duda, es que los populares siguen instalados en el lawfare o guerra judicial, tal como afirma sin tapujos el presidente del Gobierno. Hoy todo el mundo habla de ese palabro anglosajón que pocos saben lo que significa, aunque fuimos nosotros, en Diario16, quienes hace ya muchos años pusimos el término encima de la mesa cuando nadie hablaba de ello. El lawfare no es ni más ni menos que instrumentalizar la Justicia, judicializar la política o practicar el acoso judicial. Es decir, hacer un uso abusivo de los juzgados y tribunales por propio interés de parte. De alguna manera, tiene que ver con un “golpe blando” a las instituciones, ya que se termina controlando el Estado sin necesidad de recurrir a la fuerza militar. El lawfare lo ha practicado sin rubor gente como Donald Trump quien, tras colocar a los jueces de su cuerda en el Tribunal Supremo estadounidense, se ha dedicado a ir tumbando conquistas sociales como el aborto alcanzadas desde hace décadas. Por eso siempre decimos en esta columna que el PP se está trumpizando, porque está siguiendo de pe a pa el manual de la nueva extrema derecha yanqui cuya franquicia o delegación oficial en nuestro país debería pertenecerle a Vox, que para eso firmaron el contrato con Steve Bannon en la Trump Tower de Nueva York.

El tirón de orejas del conservador Reynders al Partido Popular ha sido antológico, ya que el preboste de Bruselas ha venido a decirle a la formación de la gaviota que su bloqueo sistemático a la renovación del Poder Judicial va contra el Estado de derecho. “Mi experiencia es que los procesos de reforma son más largos que una sencilla, si se puede decir sencilla, renovación de un Consejo”, ha sentenciado el comisario de Justicia. O dicho de otra manera: cumplan ustedes con el mandato constitucional, que es lo que toca, y después mejoren el modelo organizativo de la Justicia española si es eso lo que quieren. Lógicamente, semejante jarro de agua fría ha obligado a Génova a mover ficha virando bruscamente el timón de su estrategia política. Si ayer Borja Sémper, el moderado Sémper, se mantenía en el erre que erre de que el partido no va a participar, bajo ningún concepto, en la renovación del CGPJ “porque no se fían de Pedro Sánchez”, en las últimas horas esta maximalista posición ya se está matizando o graduando en buena medida. La nueva postura de Feijóo pasaría por tragar con la renovación de los altos cargos caducados desde hace cinco años (a regañadientes) siempre que el Gobierno firme un compromiso por escrito para que de inmediato acometa la reforma y sean los jueces quienes elijan a los jueces.  

Por tanto, la pelota vuelve a estar en el tejado de Moncloa, que deberá decidir si acepta este “todo a la vez al mismo tiempo”, pero en esta ocasión con una seria advertencia del alto funcionario de Justicia, no al Gobierno, sino al propio PP, para que abandone ya su absurdo papel de gran filibustero de la democracia española. Por cierto, Reynders no solo le ha dicho a Génova que no conviene empezar la casa por la ventana en la futura reforma judicial española, sino que también le ha informado de que solo examinará si la ley de amnistía cumple con los parámetros de un Estado de derecho cuando el texto legislativo se haya aprobado, promulgado, sancionado y publicitado en el BOE. Es de lógica aplastante, por muchas manifestaciones domingueras preventivas que organice el mundo conservador patrio. Otro varapalo para los populares, que creían tener en el comisario europeo a su más fiel valedor y ya empiezan a comprobar con estupor que, aunque este hombre sea un conservador, no tiene nada que ver con el reaccionarismo ibérico secular, taurino y africanista que conocemos por aquí. Y es que una cosa es ser liberal y otra facha.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA FIEBRE ULTRA

(Publicado en Diario16 el 5 de diciembre de 2023)

Vox vuelve a subir en las encuestas insuflado por el malestar de buena parte de los españoles tras la amnistía. La fiebre ultraderechista que ataca a nuestra enferma democracia es así. Unas veces estará más alta, otras, disminuirá en función del grado de cabreo de la ciudadanía en cada momento determinado. Ahora toca que el termómetro esté a más de cuarenta y subiendo.

Tras el aquelarre fascista ante la sede de Ferraz, los de Abascal andan crecidos en los sondeos. De ahí que hayan visto el momento propicio para escenificar una ruptura con el Partido Popular, una táctica que no deja de ser puro postureo, ya que los diferentes bifachitos en las comunidades autónomas y ayuntamientos no se tocan y permanecen intactos. En Vox son ultras, pero no estúpidos, y el poder, en su versión local, regional y estatal les gusta como al que más. Van de defensores de la España “una, grande y libre”, de grandes detractores del modelo territorial descentralizado establecido en la Constitución del 78. Despotrican mucho del Estado de las autonomías, pero a la hora de la verdad, como a nadie le amarga un dulce, como nadie le hace ascos a una peladilla, firman lo que tengan que firmar para meter cabeza en gobiernos y consejerías y levantarse un buen parné. Con una jugosa nómina a final de mes, más pluses y dietas por desplazamientos y demás complementos, ser patriota se saborea mejor.

Ayer, el secretario general voxista, Ignacio Garriga, anunció que su formación rompe con los populares bajo el argumento de que Génova se niega a entrar en una estrategia conjunta contra Pedro Sánchez, denunciando lo que ellos ven como “ataques y desprecios” por parte de los populares. Como Feijóo rechaza frenar la ley de amnistía en el Senado, y también es remiso a emprender acciones legales en común con Vox, los ultras ya le han vuelto a colgar el sambenito de tibio, blandengue y cobarde (el mismo que en su día le colocaron a Mariano Rajoy). Desde el PP, quien mejor ha leído la estrategia errática de Vox es Borja Sémper, para quien es “difícil seguir” a los ultras, ya que un día Ortega Smith llama “gallinas ponedoras” a los populares (por no tener “huevos” para frenar a Sánchez) y al siguiente piden un gran pacto de las derechas contra el sanchismo.

Pero más allá de las habituales incongruencias de la extrema derecha, lo cierto es que Vox sube en las encuestas y es el partido que mejor rentabiliza la polvareda social por la amnistía. Y aquí la gran pregunta es: ¿qué está pasando en las sociedades democráticas occidentales para que el neofascismo posmoderno arraigue de esa manera tan profunda? Pues pasa que muchos ciudadanos están hartos de sentirse abandonados por el Estado de bienestar. Pasa que cuando van a un hospital público, reciben una atención médica deleznable y han de operarse de algo, grave o leve, la palman antes de entrar en el quirófano por las malditas listas de espera. Pasa que cuando tienen que tomar un Cercanías para estar a la hora en punto en el trabajo, el tren no llega nunca. Pasa que cuando se ven obligados a recurrir a la Justicia para reclamar lo que es suyo, la sentencia tarda meses en dictarse, o años, o no llega nunca (todo ello mientras los magistrados conservadores y progresistas se cosen a puñaladas traperas en luchas políticas intestinas). Pasa que cuando llaman a la Policía porque se sienten acosados por una banda de pandilleros, al final los malos siempre ganan y son ellos mismos los que tienen que defenderse de la mafia en una especie de ley de la jungla donde sobrevive el más fuerte (pronto veremos comandos ciudadanos patrullando aquellos barrios en los que ya no entran las fuerzas de seguridad). Pasa que las basuras se amontonan comiéndose algunos guetos sin que nadie los limpie. Pasa que, a pesar de los esfuerzos del Gobierno Sánchez, sigue habiendo hambre y miseria, salarios tercermundistas, explotación laboral y contratos precarios. Pasa que los pobres están pagando el pato del calentamiento global mientras los ricos se ríen de todo en la Cumbre Climática de Dubái convertida en un mercadillo de jeques y petróleo al por mayor. Pasa que la escuela pública se cae a trozos y de allí ya no salen mentes preparadas para el futuro, sino pequeños fachas que adoran a Franco y jóvenes influencers que solo piensan en forrarse y en largarse con la pasta a Andorra. Pasa, en definitiva, que el Estado de bienestar ha claudicado en todas sus áreas y servicios públicos para transformarse en Estado de malestar.

Demasiadas cosas funcionan defectuosamente en nuestra joven democracia y en medio de ese caos aterrizan ellos, los proselitistas del odio con sus ideologías machistas, racistas y homófobas para darle a la gente la falsa promesa de un futuro mejor. En Comanchería, la última gran película que uno ha tenido la oportunidad de ver con agrado, dos hermanos planean una serie de robos de bancos en cadena y en plan kamikaze en la desertizada y paupérrima Texas de hoy. Y todo para reunir el dinero suficiente con el que poder salvar la granja de la familia, amenazada por las deudas y la hipoteca. No se trata solo de un thriller rural o un wéstern policíaco, sino toda una denuncia social sobre la gran estafa del sueño americano. Quien quiera saber por qué Trump puede volver a ganar las elecciones en Estados Unidos, verá en esas casas ruinosas de la película donde antes había un jardín con máquina cortadora de césped y ahora hay un vertedero de chatarra, en esa tierra tejana cada vez más yerma y estéril, en esos pozos de petróleo que ya solo extraen hambre para el pueblo, en resumen, en esos personajes descarriados y borrachos que pululan por grasientas gasolineras y bares de mala muerte, el gran colapso del Estado de bienestar yanqui. Aquí, al otro lado del Charco, en Europa, también vamos camino de nuestra propia comanchería. 

Viñeta: Pedro Parrilla

LA AMNISTÍA

(Publicado en Diario16 el 4 de diciembre de 2023)

En mayo de 2021, el ochenta por ciento de los españoles se mostraba en contra de los indultos a los presos del procés de Cataluña. La inmensa mayoría creía entonces, y con razón, que esta medida de gracia sería “un aliciente” para que el independentismo repitiera su desafío al Estado y lo volviera a hacer. Hoy, la amnistía nos sitúa ante un escenario similar, ya que la polémica medida de gracia está calando negativamente en la ciudadanía hasta el punto de erosionar las expectativas de voto del PSOE. En efecto, de celebrarse hoy elecciones, PP y Vox lograrían la ansiada mayoría absoluta sin necesidad de recabar el apoyo de ninguna otra fuerza política, tal como revelan los últimos sondeos demoscópicos, y el partido socialista sufriría una dolorosa sangría de sufragios.

De momento, los “efectos benéficos y balsámicos” de la amnistía para la vida política española que auguraba Pedro Sánchez no se ven por ninguna parte. Más bien al contrario, el perdón a los encausados por la algarada catalana del 1-O, más que vaselina, está siendo auténtico ácido corrosivo para la izquierda. La amnistía le está ocasionando un roto al PSOE, tal como predice el barómetro del Grupo Prisa, que apunta a la pérdida de hasta siete décimas de los socialistas (un 30,5 por ciento de los sufragios), mientras que Feijóo ganaría las elecciones con un 35 por ciento de las papeletas. Todo ello mientras Sumar retrocede y Vox remonta hasta situarse como tercera fuerza política (está claro que la extrema derecha recoge la cosecha del aquelarre fascista, el asedio a Ferraz y la explosión de rabia popular de las últimas semanas). La grieta en el bloque progresista es importante.

Cabría pensar que, conforme vaya pasando el tiempo, las aguas volverán a su cauce, tal como ocurrió hace dos años, cuando el Gobierno de coalición indultó a Junqueras y al resto de líderes soberanistas condenados por la aventura republicana. Sin embargo, a esta hora nadie puede garantizar que los votantes incómodos o enfadados del partido socialista (uno de cada cuatro) volverán al redil una vez pasada la fiebre patriotera y el miedo al “España se rompe”. Mucha pedagogía tendrá que hacer Sánchez para explicarle a ese granerillo de electores desencantados y situados en el centro político que su plan es bueno para el país. Y muchas reuniones tendrá que mantener el presidente del Gobierno con Page para convencerle de que todo está bajo control y no hay de qué preocuparse. El presidente de la comunidad de Castilla-La Mancha le reconoció a Gonzo, anoche en su programa de La Sexta, que Feijóo lo tanteó antes de presentarse a la fallida investidura del pasado mes de septiembre. “¿No le ofreció nada ni le pidió nada?”, le pregunta el reportero, hábilmente, al socialista manchego. “Hombre, por favor, no”. Hasta catorce veces negó Page que el dirigente conservador le pusiera encima de la mesa algún pasteleo, enjuague o pacto para que él y un puñado de “socialistas buenos” traicionaran a Sánchez en el último momento, rompiendo la disciplina de partido y aupando al conservador gallego a la Moncloa.

El barón territorial se mostró convincente a la hora de garantizar que siempre será fiel al sanchismo, de modo que descartó cualquier tipo de gran coalición con el Partido Popular. Sin embargo, cuando uno escucha a Page siempre percibe a un hombre que está a punto de dar un paso histórico trascendental. Alguien que se muerde la lengua más de lo que él quisiera, alguien que refrena sus propios impulsos, alguien a quien el cuerpo le pide hacer algo inconfesable. Esas metáforas crípticas, esa sonrisa taimada de medio lado, esa hiriente ironía cervantina, no auguran nada bueno para el Gobierno de coalición. Aunque él lo niegue, el manchego es la corriente crítica del PSOE, el vigilante que está con el hacha levantada y la pistola cargada para, llegado el momento, hacer lo que haya que hacer. Page es el guardián entre el centeno del felipismo y aunque él se defina como leal, todo el mundo sospecha que puede ser más bien letal, que no es lo mismo.

De modo que Sánchez se abriga para resistir como sea la cruda borrasca de invierno, o sea la ofensiva ultraderechista, el malestar ciudadano, el ruido de sables en la judicatura y los cuarteles, la pinza de Podemos, las intrigas de la patronal y la Iglesia y el runrún en su propio partido. En el PSOE no hay muchos que se atrevan a decir lo que piensan realmente sobre la amnistía. El jefe controla férreamente el aparato y cualquiera que se mueva o no sale en la foto o puede terminar siguiendo el camino de los depurados Leguina y Redondo. Pero basta con darse una vuelta por Ferraz y hacer un simple preguntao para entender que en el partido hay inquietud (cuando no una profunda preocupación) por el futuro. A esta hora nadie en el PSOE es capaz de aventurar cómo va a terminar este arriesgado póker que el jefe se está jugando, a dos manos, con Carles Puigdemont y con Feijóo. Esto puede terminar bien, con la recuperación de la convivencia en Cataluña y dejando atrás la negra página del procés (lo cual sería un auténtico milagro después de más de trescientos años de grave problema territorial), o puede acabar mal, con una moción de censura o unas elecciones anticipadas, consumándose un descalabro de proporciones bíblicas para la izquierda española.

A esta hora, ni siquiera se sabe si es el presidente quien controla realmente los tempos de las secretísimas negociaciones con Junts o es el propio Puigdemont quien le marca la agenda. Hay indicios preocupantes que apuntan a que el Gobierno está haciendo demasiadas concesiones al mundo separatista. Aceptar Ginebra como sede para las conversaciones (una ciudad simbólica donde se firman rendiciones y armisticios bélicos), internacionalizar el conflicto tras colocar como mediador al salvadoreño Francisco Galindo Vélez (un experto en guerrillas sudamericanas, lo que confiere a la mesa de negociación un tinte todavía más bananero y surrealista) y rodear de oscurantismo lo que se está negociando en Suiza, no augura nada bueno para Moncloa. La sensación que se transmite es que el premier va improvisando sobre la marcha y confiando en que, gracias a su prodigiosa baraka, todo saldrá bien. El problema es que fiarlo todo a su famosa flor entraña demasiados riesgos para el país, para la izquierda y para él mismo.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

SÁNCHEZ Y EL SIONISMO

(Publicado en Diario16 el 2 de diciembre de 2023)

Israel está a un paso de romper relaciones diplomáticas con España. Ayer el Gobierno hebreo llamó a consultas a su embajadora en Madrid y Pedro Sánchez tuvo que salir corriendo con la manguera para apagar el incendio. Últimamente no hacen más que brotarle nuevos frentes al presidente del Gobierno y la airada protesta del gabinete de Netanyahu es uno más.

Hasta donde se sabe, el canciller español mantuvo una tensa conversación telefónica con el exministro de Defensa israelí y actual miembro del gabinete de guerra Benny Gantz. El contenido de la charla no ha trascendido, pero no ha tenido que ser precisamente cordial. El dirigente israelí ha mostrado el malestar de Tel Aviv por la posición que está manteniendo Madrid sobre el conflicto de Gaza y el premier socialista le ha comunicado que su discurso no ha variado ni un solo milímetro: Israel tiene derecho a defenderse del ataque de Hamás, pero su reacción militar ha de ser proporcional y ajustarse al Derecho internacional, lo cual no está ocurriendo. “El número de palestinos muertos es insoportable”, ha insistido Sánchez.

A Netanyahu, el mataniños israelí, le ha salido un duro hueso de roer. El presidente español no se apea del burro, lo cual no deja de ser sorprendente en los tiempos pragmáticos y líquidos que corren. Cualquier otro gobernante de este pequeño país del sur de Europa, de ayer o de hoy, de uno u otro color político, da igual, ya se habría bajado los pantalones ante el poder sionista fuertemente respaldado por el Tío Sam. Hay muchos intereses económicos en juego, Wall Street extiende sus multinacionales globalizantes como tentáculos, entidades financieras y consultoras judías ejercen un poderoso influjo sobre los mercados españoles, una presión brutal, y lo más normal es que el gobernante de un país como el nuestro que no es potencia internacional de ningún tipo, y menos en Oriente Medio, hubiese rebajado ya su idealismo humanitario por momentos utópico para evitarse mayores problemas.

¿Qué necesidad tenía Sánchez de erigirse en la voz de los masacrados palestinos inocentes ante la UE, ante la OTAN, ante la ONU? Pues lo ha hecho, se ha mantenido firme ante la llamada intimidante del dios justiciero judío, y no es la primera vez que lo hace desde que estalló la crisis tras los atentados del 7 de octubre y los posteriores bombardeos sobre Gaza. Cuando se desplazó a los kibutz atacados por Hamás, estuvo en su sitio: repulsa del terrorismo y condena del ojo por ojo y las atrocidades sionistas. Cuando tuvo que pronunciarse ante el Parlamento español y los distintos organismos europeos ha seguido estando impecable. Y ahora que los patriarcas bíblicos del dólar le llaman a capítulo para atornillarlo, chantajearlo, amedrentarlo y amenazarlo, sigue imperturbable y sin claudicar. ¿Pero de dónde ha salido este tío con un espíritu de resistencia y unas convicciones tan a prueba de bomba? ¿Acaso se cree un nuevo Azaña algo más guapo y delgado dispuesto a llevar el sacrificio hasta el final en defensa de los valores democráticos, del derecho humanitario y de la verdad frente a las hordas fascistas del Pentágono y el Mosad y los insultos constantes de Feijóo, Ayuso y Abascal? No es normal. No estamos acostumbrados a un gobernante que no se arrodilla como un lacayo ante Estados Unidos y su matón particular en el mundo árabe.

Puede que a estas horas la integridad le esté flaqueando ya al líder del PSOE y el coraje le dure un par de días más. Puede que al final termine claudicando, como haría cualquiera, ante el gran imperio yanqui/sionista (eso sería lo lógico, hay que estar muy loco si Washington te llama al orden y tú insistes en seguir defendiendo, sin nada que ganar y mucho que perder, a esa reducida y maltratada tribu palestina al borde de la extinción por limpieza étnica). No importa. Que nos dejen disfrutar, aunque solo sea por unas horas, de haber plantado cara al bravucón hebreo de los misiles inteligentes, al sicario del amigo americano con el Ejército más potente del mundo, al opulento con el PIB más poderoso del orbe. Que nos dejen deleitarnos un poco más con el placer de contar con un compatriota, con un representante legítimo del pueblo español, con un emisario de la dignidad que ha sido capaz de mirar a los ojos al culpable del horror gazatí y sugerirle en su propia cara, en nombre de la gente de bien de este país, lo genocida, lo inmoral y lo mafioso que puede llegar a ser.

No necesitamos hacerle la pelota al señor Pedro. Y si nos llaman pesoístas apesebrados o estómagos agradecidos nos da igual. Hace tiempo que estamos de vuelta de todo y escribimos desde la libertad, la autonomía y la independencia que nos dicta nuestra propia conciencia y honor. Pero no podemos sino agradecer que, por una vez, alguien elegido democráticamente haya llevado la palabra de la mayoría indignada con una guerra injusta y cruel a donde tenía que llegar. Hasta hoy un andaluz, un extremeño o un asturiano que conectaba el televisor y veía cómo sacaban de entre las ruinas a un bebé muerto como un muñeco inerte –estremeciéndose, enfureciéndose y sintiendo que se lo llevan los demonios–, no tenía a nadie a quien enviar al otro lado del mundo para alzar su voz ante tanta injusticia y decirle al responsable del infierno en la Tierra de Gaza lo asesino, lo psicópata y lo degenerado que puede llegar a ser. Sánchez lo ha hecho y no lo olvidaremos fácilmente. Aznar nos metió en una guerra que nadie quería haciendo oídos sordos ante millones de ciudadanos que salieron a la calle clamando por la paz. El inquilino que tenemos hoy en Moncloa traslada a Netanyahu exactamente lo que opina la mayoría de la opinión pública española (cerca del 70 por ciento de los encuestados cree que la actuación de Israel en Gaza no está justificada). No todos los políticos son iguales, como repiten insistentemente los nostálgicos del Régimen anterior empeñados en acabar con la democracia. Dale Pedro, dale al criminal de guerra. Y que nos quiten lo bailao.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

SERVICIOS SECRETOS

(Publicado en Diario16 el 1 de diciembre de 2023)

El 11S vino a demostrar graves agujeros y carencias en los servicios de inteligencia norteamericanos, en la CIA y el FBI, que no supieron detectar los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Ahora, la misma chapuza organizativa se repite en el Mosad, el célebre espionaje israelí considerado el mejor del mundo pero que, paradójicamente, no ha sabido prevenir el terrible ataque sorpresa de Hamás y la Yihad Islámica Palestina perpetrado el 7 de octubre.

Casi dos meses después de la masacre que acabó con 1.400 personas (más cientos de secuestrados), y de la posterior represión de Netanyahu (que ha aplicado un ojo por ojo multiplicado por diez, cobrándose la vida de más de 10.000 palestinos) nos enteramos por el New York Times de que en el Mosad nadie hizo bien su trabajo. Las autoridades israelíes conocían los macabros planes de Hamás desde hacía al menos un año (si ellos lo sabían, la CIA también, ya que siempre trabajan en estrecha coordinación), pero no hicieron caso a las señales y advertencias. Lejos de tomarse en serio la amenaza, los responsables de la agencia descartaron un gran atentado porque lo consideraron demasiado complejo y complicado como para llevarse a cabo. Una vez más, la arrogancia occidental costó muy cara.

Los periodistas del Times, en un reportaje antológico, han rastreado documentos, correos electrónicos y entrevistas hasta llegar a la conclusión de que aquí hubo una grave negligencia policial y militar. Todo lo cual nos lleva a pensar que alguien de dentro de la casa está filtrando dosieres para que se sepa toda la verdad. A los prebostes del Mosad, acomodados burócratas como aquel Henry Kissinger que ayer pasó a mejor vida, no les pareció suficientemente alarmante un documento de más de 40 páginas, el plan Muro de Jericó, donde se hablaba de drones destruyendo cámaras de seguridad en la Frontera de Gaza, de milicianos rompiendo las barreras de contención y de guerrilleros en motocicleta y en parapente acribillando desde el cielo a víctimas inocentes que participaban en la fiesta de los Tabernáculos o Sucot. Por lo visto los mandamases y generalotes del espionaje judío revisaron el expediente y concluyeron que no había que darle credibilidad, no solo porque parecía el guion de una mala película de acción, sino porque, agárrense que vienen curvas, no había una fecha para la ejecución del atentado. Así funcionan los burócratas de la seguridad, no solo israelí, sino de todo el mundo. Tienen que decirles día, hora y lugar de una posible acción terrorista para que muevan el culo.

¿Y mientras tanto a qué se dedican? A todo menos a patear la calle para prevenir atentados. Están metidos en sus búnkeres de alta seguridad, rodeados de pantallas, ordenadores, cámaras, micrófonos y señales vía satélite, pero por lo visto todo ese pastizal de los contribuyentes empleado en tecnología de última generación y en IA no sirve para detener a un tronado con un cinturón de explosivos y un cuchillo jamonero gritando Alá es grande. Miles de funcionarios, policías y agentes secretos, toda una Torre de Babel tan prodigiosa y formidable como inservible, un mecano burocrático inmenso e inútil, no sirven para garantizar nuestra seguridad nacional. Esa es la terrible realidad. Y esto ocurre sencillamente porque no se puede controlar ni poner puertas al mar de miseria humana y odio que Occidente ha generado en el Tercer Mundo.

Eso sí, los supuestos 007 de las agencias de inteligencia, los James Bond de pacotilla, matan el tiempo en el gimnasio o haciendo seguimientos a gente que para ellos resulta muy peligrosa, como ocurría aquí, en España, en los peores años de la Policía patriótica entretenida en vigilar a la oposición política, la disidencia y el movimiento indepe. En los últimos días se ha conocido la declaración de la exsecretaria del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, ante el juez García-Castellón, que sigue rastreando el caso Villarejo y las cloacas del Estado. “Ahora mismo no lo recuerdo, se lo digo honradamente”, respondió la titubeante testigo cuando el magistrado le preguntó si estaba o no al tanto de los movimientos escabrosos contra el tesorero del partido, Luis Bárcenas, el hombre dispuesto a tirar de la manta de la corrupción en Génova 13. Patético el papelón de alguien que fue, nada más y nada menos, que ministra de Defensa. Si no se olió lo que estaba ocurriendo en el despacho de al lado, ¿para qué le pagábamos un sueldo astronómico? Y ni siquiera fue capaz de presentar una higiénica dimisión por todo aquel sindiós de los años del cachondeo gurteliano.

Nos creemos que estamos en las mejores manos, a salvo con gente profesional y bien formada en tácticas policiales de investigación, en historia de los grupos terroristas, en geoestrategia militar y psicología criminal forense. Y sin embargo, a la hora de la verdad, cuando les llega el soplo definitivo, la filtración del golpe de época, del Pearl Harbor perpetrado por los tercermundistas de hoy, hacen la vista gorda y los oídos sordos y se van al bar de la esquina o del kibutz más cercano a tomarse unas cañas.    

Ahora que el horror se ha consumado, a los israelíes solo les queda pedir explicaciones como en su día las exigieron los familiares de las víctimas del 11S, del 11M en Madrid, de la masacre de Barcelona y Cambrils y de tantos atentados terribles. Ahora es cuando se verá si Israel es o no una democracia plena y consolidada, como nos dice el portavoz del PP, Miguel Tellado, el hooligan de la “oposición serena”, y si se abre la pertinente comisión de investigación para depurar responsabilidades. Hay muchas preguntas por contestar, la primera de ellas si Benjamin Netanyahu, el carnicero mataniños de Gaza, estaba o no al corriente de la información que barajaban sus servicios de seguridad. Que empiecen por ahí, por encontrar a los responsables de la chapuza, y que dejen de masacrar inocentes en Palestina.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

KISSINGER

(Publicado en Diario16 el 1 de diciembre de 2023)

Los periódicos dedican ríos de tinta a la muerte de Henry Kissinger, el diplomático global, dicen unos, el artífice del pragmatismo norteamericano del siglo XX, dicen otros. En realidad, siendo sinceros, lo único cierto que podemos decir de este hombre es que el mundo no le echará de menos.

Secretario de Estado durante los mandatos de Richard Nixon y Gerald Ford, asesor de Seguridad Nacional, pocos han detentado tanto poder como él. Leerán en la historia oficial que fue el artífice de la “política de la distensión” con la Unión Soviética, que logró el alto el fuego en el horror de Vietnam y que frenó el ansia expansionista de Israel en el conflicto del Yom Kippur contra Egipto y Siria. Incluso puede ser que hayan escuchado que fue un pacifista convencido por aquello de que implantó la doctrina oficial de la “intervención militar como último recurso”, lo que le valió el Premio Nobel de la Paz. No se crean nada.

Como el Rasputín que fue, un siniestro funcionario de la conjura, un intelectual de la maldad, movió los hilos de la política internacional a su antojo. Derrocó democracias legítimas, quitó y puso gobiernos títeres de Washington, dio golpes de Estado, llenó de sangre y caos todo aquel lugar que él, con su dedo índice burócrata, señalaba en el mapa. Aún no ha nacido el biógrafo con arrestos suficientes como para publicar la auténtica verdad sobre Henry Kissinger, quizá el personaje que más daño y sufrimiento llevó a América Latina en el convulso último tercio del siglo XX. Nunca lo dijo abiertamente ni lo dejó por escrito en sus numerosos ensayos con los que se forró en vida y se seguirá forrando desde el Más Allá, pero él consideraba que de la frontera mexicana para abajo todo formaba parte del famoso “patio trasero” yanqui. País de habla hispana en el que metía sus zarpas, país que acababa en horrenda sangría, en una guerra civil, en refriegas entre grupos armados o en una dictadura fascista. Su trastorno maquiavélico solo era comparable a su fobia al comunismo.

Sin la inestimable colaboración de Kissinger a través de los servicios de inteligencia, sin la CIA puesta al servicio del golpismo fascista latinoamericano, Pinochet jamás habría llegado al poder tras derrocar a Allende en Chile, ni los milicos argentinos de Videla habrían impuesto su execrable dictadura rebosante de desaparecidos y torturados, ni se podría haber llevado a cabo la Operación Cóndor, una siniestra campaña de represión política y de terrorismo de Estado desplegada en numerosos países sudamericanos mediante asesinatos selectivos de opositores izquierdistas, maniobras de desestabilización, sabotajes y manipulación social. Durante años, la CIA hizo correr mucha sangre en países como Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay, Colombia, Ecuador, Perú… Solo Surinam, Guyana y Trinidad y Tobago quedaron a salvo de las operaciones especiales al margen de la ley diseñadas por los norteamericanos con la aquiescencia y complicidad de las élites financieras, militares y políticas de cada lugar. Allá donde el socialismo asomaba como una esperanza para millones de personas hundidas en la más absoluta miseria, allá estaba el ángel de la paz Kissinger moviendo los vientos de la guerra y frenando revoluciones. El continente hermano ha tardado décadas en levantar cabeza y quitarse de encima el yugo gringo implantado por el implacable y diligente secretario de Estado. Más allá, en Camboya, Indochina, Congo y Timor Oriental, todavía se acuerdan de su madre. Y lo que no sabemos.

En los últimos años, diversas organizaciones habían reclamado que Kissinger fuese llevado ante un tribunal de derechos humanos y que se le retirara el Premio Nobel. El juez Garzón, en uno de sus arrebatos utópicos, quiso sentarlo en el banquillo por supuestos crímenes contra la humanidad en la Operación Cóndor, pero no hubo manera. La Administración estadounidense respondió al magistrado, con befa y mofa, que si quería interrogarlo escribiese una carta a la Casa Blanca. Siempre salía indemne de todo, como cuando se escabulló del caso Watergate. Dicen que como Nixon no se fiaba de él y no le contó los entresijos del aquel enjuague, pudo librarse del escándalo. Otro misterio que se lleva a la tumba.

Ya retirado, y con un buen dosier de secretos oficiales en la cartera, se pasó a la empresa privada en calidad de insigne asesor y lobista. Las puertas giratorias no son exclusivas de los españoles. George Bush junior –el peor presidente de la historia norteamericana hasta que llegó otro más inútil que él, Donald Trump–, lo llamó para que le echara una mano con la diplomacia tras la hecatombe del 11S. Nada bueno pudo salir de allí y aunque no se le puede acusar de haber influido en la decisión de invadir Irak, no nos extrañaría nada teniendo en cuenta el pelaje del sujeto.

Su peste elegante y diplomática también nos rozó a los españoles, ya que siempre tuvo una visión benévola de Franco, a quien consideraba el jefe de Estado de un régimen autoritario pero un firme aliado de los americanos, un bastión frente al comunismo y una economía emergente de mercado muy jugosa para explotar. Su papel en la Marcha Verde marroquí y en el atentado de ETA contra Carrero Blanco, con la sempiterna CIA de por medio, están aún por aclarar. Se va con cien años, todo un siglo de secretos a voces, una larga vida llevando la muerte travestida de libertad hasta el último rincón del mundo. Más de la mitad de ese tiempo, con sus trapacerías y conspiraciones, lo invirtió en hacer de este planeta un infierno todavía peor de lo que es. Tanta paz lleves como descanso dejas.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

JUNTS


(Publicado en Diario16 el 30 de noviembre de 2023)

Ya hay fecha y lugar para las negociaciones Gobierno/Junts. El sábado, en Ginebra. Además, se ha confirmado la asistencia de un mediador internacional que tendrá la función de verificar el cumplimiento de los acuerdos que vayan saliendo de las diversas reuniones. Y punto, poco más se sabe sobre los contactos.

A esta hora, lo primero que cabe decir sobre la histórica reunión es que todo este asunto del diálogo con Puigdemont está rodeado de un secretismo y una falta de transparencia ciertamente contraproducente. La democracia es, ante todo, luz y taquígrafos, y aquí falta mucha luz mientras que el nombre del taquígrafo ni siquiera se conoce a menos de 48 horas para que comienza la cacareada cumbre suiza. La opinión pública española tiene derecho a saber qué personaje de reconocido prestigio internacional, organismo o asociación se ha elegido para supervisar lo que allí se diga, se comente o se pacte. Es obvio que un procedimiento de este tipo, largo y lleno de escollos, requiere de la máxima discreción y prudencia. Hay numerosos agentes interesados en hacer descarrilar las conversaciones de paz y el mediador se antoja una víctima propiciatoria, un muñeco de pim, pam, pum ideal para erosionar la iniciativa. A poco que se dé a conocer la identidad del intermediario, la caverna mediática se lanzará sobre él, a degüello, para destrozarlo sin piedad. Se le sacarán las deficiencias en el currículum, se le afeará el pasado, su ideología y sus declaraciones de prensa, se le investigará el último pelo del trasero hasta poder concluir que es un enemigo de la patria y un peligroso antiespañol.

Así no extraña, por tanto, que en este tipo de procesos negociadores el nombre del verificador quede siempre a salvo y a resguardo. Las mismas personas e identidades que se dedican a estos trabajos de conciliación exigen la máxima reserva para evitar presiones externas, así que por esa parte ni Gobierno ni Junts tienen toda la responsabilidad en que el país, a falta de pocas horas para la reunión de Ginebra, aún no tenga esa información fundamental. Pedro Sánchez ha avanzado hoy mismo que pronto se publicará quién va a ser ese superconciliador capaz de resolver el secular problema catalán, que tal como sabemos por Ortega, es irresoluble y solo se puede conllevar. Pero el tiempo pasa, el reloj avanza, y los ciudadanos siguen sin tener claro en manos de quién vamos a dejar este berenjenal.

Probablemente, cuando trascienda el nombre del elegido o elegida, todos menos las derechas reaccionarias y la Brunete mediática coincidirán en que se trata de alguien de suficiente credibilidad, profesionalidad y competencia como para que nos quedemos tranquilos. Pero va a haber polémica, claro que va a haberla, y también muchos titulares de la caverna con mala baba. Si las partes sientan en la mesa a Obama, por poner un ejemplo, PP y Vox saldrán en comandita diciendo que se trata de un representante de la corriente woke poco imparcial e idóneo (los voxistas se quejarán además de que es negro y ellos están con contra del multiculturalismo). Si es el papa Francisco el que finalmente decide meterse en el barrizal, pongamos por caso, alegarán que este señor es el representante del Anticristo en la Tierra, como ha invocado el loco Milei, delegado del nuevo trumpismo internacional en Argentina. Y si es António Guterres el encargado, pues ustedes dirán. Lo destrozarán vivo por rojo, progre y amigo de Hamás. Por tanto, la figura escogida no debe ser lo más importante. Sea quien sea, le van a dar estopa y palos hasta en el cielo de la boca. Son así y con ello contamos.

A las derechas hispanas, siempre trileras y dadas al montaje y la performance, les agradaría que el mediador internacional fuese alguien como Henry Kissinger, el arquitecto planificador del golpe pinochetista contra Allende, pero por lo visto se les ha muerto y no podrá acudir a la cita. O Benjamin Netanyahu, que va a ser que no. O quizá el comisario europeo de Justicia, Didier Reynders, un duro de los suyos. Esta negociación es de la máxima trascendencia y enjundia, un episodio hipersensible, poca broma, y exige de gente sensata y con un tacto político superior. Tampoco se trata de colocar a sor Lucía Caram, ni a Pep Guardiola, o a Gerry Adams, del Sinn Féin, todos ellos con reconocidas simpatías hacia el soberanismo catalán. Confiemos en que Santos Cerdán no trague con perfiles de ese tipo. El Estado español ya ha cedido bastante, mucho más de lo que el propio Puigdemont llegó a imaginar en sus mejores sueños. La transigencia tiene un límite y una cosa es ser generoso y otra ser tonto.

Pero más allá de quién vaya a ser el mediador internacional, hay algo criticable, muy criticable habría que decir: que se haya escogido precisamente Ginebra como escenario para las conversaciones de paz en Cataluña. Esa ciudad suiza suele ser el teatro habitual cuando se trata de poner fin a las andanzas sangrientas de una banda terrorista como ETA o cuando dos estados deciden sentarse a firmar la paz, tal como ocurrió con Francia y Vietnam tras la Guerra de Indochina en 1954. Obviamente, Cataluña no es el estado vietnamita, ni aquí se está hablando de una descolonización, por mucho que el mundo soberanista catalán se empeñe en la ensoñación o disparate de que Barcelona es como la Franja de Gaza, solo que con picoletos en lugar de soldados israelíes. Se podía haber elegido una ciudad con una carga simbólica mucho menos potente porque Ginebra trae demasiados recuerdos de conflictos bélicos, treguas y armisticios. Esa es otra pequeña victoria de Puigdemont y una concesión de Sánchez que sabe a derrota. Esperemos que la bajada de pantalones quede ahí.

Viñeta: Iñaki y Frenchy