jueves, 3 de julio de 2014

JUAN Y MADRID

(Publicado en Revista Gurb el 3 de julio de 2014)

Juan Madrid (Málaga, 1947) uno de los padres de la nueva novela negra española, no deja de observar la España convulsa y decadente de hoy con el ojo avezado de uno de sus policías o detectives. Licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad de Salamanca, trabajó en varios oficios hasta desembocar en el periodismo en 1973. Ha sido redactor en revistas como Cambio 16, además de escribir numerosos reportajes en revistas nacionales e internacionales. Desde su primera novela, Un beso de amigo (1980), ha firmado más de cuarenta obras, entre novelas, cuentos, ensayos y reportajes, y tras esa larga y prolífica trayectoria se ha ganado a pulso un lugar en el olimpo de los grandes. Algunos de sus títulos se han llevado al cine y a la televisión y su obra ha sido traducida a dieciséis lenguas. Luchador de izquierdas, gran conversador, azote del sistema, cree que el mercado literario está sobresaturado. "El capitalismo tiene la virtud de convertirlo todo en mercancía. Los hombres y las mujeres son mercancía", asegura a nuestra revista.

Entrevista completa en Revista Gurb

sábado, 28 de junio de 2014

EL FRACASO

(Publicado en la revista Gurb el 27 de junio de 2014)


El niño, algo giboso, cabizbajo y obeso, arrastra una bolsa pesada entre los árboles, mientras bota con desgana el balón de fútbol que le acaba de regalar su padre. Es temprano, un día claro y soleado, y en el parque apenas hay gente, salvo un viejo de boina calada dormitando en un banco y una mujer que recoge las heces de su perro con una bolsa. Ése será todo mi público de hoy, cavila el chaval, aunque bien pensado mucho mejor, cuanta menos gente menos testigos de la humillación. El niño va equipado con el uniforme de la selección nacional –botas a la última, pantalón azul, medias rojas hasta la rodilla, camiseta con el 6 de Iniesta a la espalda–, y se adentra poco a poco en el césped humedecido por la lluvia de la pasada noche. En silencio, con gesto adusto y amohinado, el niño cumple con el ritual de cada día: sacar de la bolsa la portería plegable de playa, montarla sobre la hierba y empezar la sesión de calentamiento. Hay que estar bien preparado para cuando llegue el señor entrenador. La brisa suave y fresca del mar agita las hojas de los árboles, emitiendo un sonoro murmullo que al niño le recuerda la muchedumbre enardecida rugiendo tras un gol. El niño ya ha ido unas cuantas veces al estadio, pero no termina de acostumbrarse al océano humano, le produce miedo y vértigo todo aquel gentío vociferando, maldiciendo, empujándose unos contra otros como bestias salvajes.
El niño sigue calentando brazos y piernas, pero llegado a un punto se aburre y se cansa, así que golpea el balón con la pierna derecha, blandamente, torpemente, y aunque pone los cinco sentidos en apuntar hacia la portería, la pelota caprichosa da en el palo y sale despedida fuera de la red. El niño casi puede escuchar los abucheos, las risotadas de los espectadores que irán a verle al partido del sábado, la tensión, los reproches, el miedo, la amarga sensación del fracaso. Frustrado, el niño hace un gesto de disgusto con la cabeza y corre en busca del maldito balón para volver a intentarlo de nuevo, aunque bien sabe que nunca lo conseguirá, que jamás será un buen jugador de fútbol, pese a que se aplica y hace todo lo que le dice el señor entrenador, acomodar el cuerpo hacia adelante, utilizar el empeine del pie para acariciar el cuero, golpear en seco en el punto justo de la pelota, como un latigazo, con decisión, con confianza, con valor. El niño, deprimido y confuso, llega hasta el balón, lo recoge con hastío, levanta la vista y ve acercarse al señor entrenador. Figura atlética, musculada, chándal negro con rayas naranjas, silbato colgando de la mano. Viene trotando como un león, viene dispuesto a todo y viene más enojado que nunca. El señor entrenador es un tipo alto con bigote y aunque no es mala persona a veces pierde de vista las cosas importantes. El niño lo acepta como es porque entiende que todo lo hace por su bien, porque todas las broncas, los castigos, las reprimendas no tienen otra finalidad que hacer de él un buen defensa central. El señor entrenador se acerca y mira fijamente al niño, con severidad, sudando, jadeando, como una pantera negra fiera y hambrienta.
–¿Has calentado ya, campeón?
–Sí, señor.
–Pues hala, gordo, a golpear el balón. A ver qué aprendiste ayer.
El niño coloca la pelota sobre la hierba, trata de dominar los nervios, un puño de acero le asfixia la garganta. Tienes que apuntar a la portería, concéntrate, hazlo bien esta vez, tonto, mete la maldita bola en la red. Toma carrerilla, dispara y vuelve a fallar. El mundo entero se le viene encima, se siente inútil, derrotado, aterrorizado, ya no puede más, pero el señor entrenador nunca se da por vencido, siempre quiere más, se le acerca haciendo aspavientos y le grita y le insulta, imbécil, capullo, torpe, gilipollas, gordo de mis cojones, eres necio como un mulo, no sé por qué pierdo el tiempo contigo, y le suelta un fuerte mandoble en la cabeza que le hace ver las estrellas, y le dice cosas aún más brutales que ningún ser humano debería decirle a un niño jamás. Enfurecido, fuera de sí, el señor entrenador pega un patadón a la bola, que vuela enloquecida por encima de los árboles, y se marcha maldiciendo y blasfemando entre dientes. Y el niño queda allí, solo, sentado sobre el césped, llorando y convenciéndose a sí mismo de que el señor entrenador no es un mal hombre porque lo hace todo por su bien, porque siempre piensa en su porvenir y porque, para bien o para mal, es su padre.

Ilustración: Adrián Palmas

 http://www.gurbrevista.com/2014/06/el-fracaso/

CHINITO TÚ, CHINITO YO

Ilustración: Igepzio(Publicado en la revista Gurb 
el 20 de junio de 2014)

Hace ya tiempo que los chinos cambiaron a Mao por el pantalón vaquero y la hamburguesa. La furiosa revolución roja que iba a arrasar el mundo en los sesenta ha terminado en un engendro híbrido capitalista/comunista, en un imperio de cartón piedra y todo a cien. La China que soñó Mao llena de millones de sonrientes chinitos uniformados con el mono de faena sumiso y gris ha devenido en una inmensa y atroz cadena de bazares que ha colapsado la economía mundial con sus chismes defectuosos, fútiles, inservibles. No hay nada más frustrante en este mundo que comprar un martillo made in China en una tienda todo a cien y ver cómo se parte en dos al primer estacazo. Lo cual demuestra que todas las revoluciones, sean del signo que sean, están abocadas al descalabro. Desde Jesucristo a Robespierre, desde Zapata a Fidel Castro, la historia de los movimientos revolucionarios es la historia de un fiasco tras otro. Eso debería tenerlo muy en cuenta Pablo Iglesias, que es nuestro Mao hispano, y hasta tiene un poco cara de chino mandarín con esos ojillos rasgados, la perilla ninja, la coleta confucionista y ese aire zen que saca de quicio a los tertulianos de la casta derechona. Pablo cualquier día, en un plató de la Sexta, se levanta de la silla levitando, se descalza ante Alfonso Rojo, ante Inda y ante Marhuenda, les hace la reverencia genuflexa y les suelta unos versos escurialenses por Mao que los deja tiesos.
El tiempo de las grandes revoluciones ya pasó, quizá porque las revoluciones se hacen en los callejones sin salida, como dijo Bertolt Brecht. De cuando en cuando nos llegan rumores de efímeras revoluciones, desde Egipto, Libia o Siria, por lo general revoluciones armadas por los hermanos musulmanes, en nombre del Islam, que es como salir de la tiranía del hombre para caer en la tiranía de Dios. A Vicente del Bosque le exigen una revolución en la Roja, pero Vicente es un marqués viejo y templado con el acero de Salamanca y ya no está para revoluciones. El Papa Francisco quiere hacer la revolución imposible de las sotanas, lo cual que no le dejan, mientras los republicanos españoles, por enésima vez, dejan la cosa para pasado mañana y ven, desde la barrera, cómo pasa otro carruaje real, otro Felipe más (y ya van seis), otra mano borbónica saludando al tendido entre flores de jazmín y vinillo de Jerez. Esta República española eternamente prometida se ha quedado aún más vieja que la Monarquía. Bien mirado, la vejez es el mejor bálsamo contra la fiebre revolucionaria.
Ilustración: Igepzio
Para lo único que sirve una revolución es para dejar un reguero de sangre, cadáveres, desaparecidos. Cambiarlo todo para que todo siga igual. ¿Qué ha sido del hombrecillo frágil de las bolsas que plantó cara a los tanques asesinos de Tiananmen? China, en su loca revolución comunista hacia el capitalismo, en su loca carrera comercial hacia ninguna parte, ha acabado en la ojiva nuclear, en la mascarilla para el humo negro de las chimeneas, en el arroz frito tres delicias (una mala paella sin colorante) y en las cárceles llenas de disidentes. Los chinos sueñan con poner un pie en Marte adelantando a los americanos por Júpiter, esquina con Recoletos, pero antes de plantar la bandera roja en el planeta ídem abren un todo a cien y aparcan la bicicleta. Yo al tendero de la esquina lo veo como un pequeño marciano que habla con la ele, cuatlo cincuenta, un ET con los dientes de oro que anda siempre tras un mostrador, sonriente y dócil, mientras tú te estás acordando de toda su dinastía Ming porque el superpegamento de alta potencia que te ha vendido no pegaría ni un sello en una carta. Han programado al inmenso pueblo amarillo como pequeños marcianos fabricados para una revolución de fraudes, tocomochos y mentiras, como robots humanos adoctrinados entre falsos marxismos y colosales desfiles militares. Les han colocado el chip del dinero, que es el sol naciente del nuevo mundo, y los han lanzado a la conquista de la Tierra, para que nos coman por los pies. Y mientras tanto nosotros, fatuos occidentales, nos reímos con sus malos programas de humor amarillo. A mí no me engañan, los chinos son marcianos. Una plaga de marcianos.

Ilustración: Igepzio 

http://www.gurbrevista.com/2014/06/chinito-tu-chinito-yo/

jueves, 26 de junio de 2014

LA CÁMARA DE CÁMARA



(Publicado en Revista Gurb el 26 de junio de 2014)

Fernando Cámara (cineasta y novelista, Madrid, 1969) es una de las grandes apuestas de la narrativa española actual. Nominado al Goya al mejor director novel por su primera película Memorias del ángel caído, ha ganado el XVI Premio de Narrativa Francisco García Pavón por su novela Con todo el odio de nuestro corazón. Dice que no se considera un autor de novela negra al uso, un término que considera una simple "etiqueta" dentro de la mercadoctecnia literaria. "Son tantos los corruptos que la reacción ciudadana sería una guerra civil en toda regla, lo que representaría la mayor vergüenza para un país", asegura.

Entrevista completa en Revista Gurb

viernes, 20 de junio de 2014

FELIPE VI O LA MADERA DE REY


El gran enigma de Felipe VI, la gran incógnita de este rey de rubias estaturas y talante discreto, es que aún no sabemos si estará a la altura de su padre, el Rey Juan Carlos. Hasta ahora Felipe no pintaba gran cosa en la Casa Real, o mejor dicho, le han dejado pintar más bien poco. Su labor se ha limitado a la entrega de los premios Príncipes de Asturias, a algún que otro viaje oficial a países remotos y a posar en la foto veraniega de Marivent. Felipe ha vivido largos años confinado en el palacio de la Luna, por utilizar el título de la novela de Auster, escritor de cabecera del nuevo monarca y también de la reina Letizia. Felipe ha sido siempre una especie de niño bonito que quedaba muy bien en las regatas mallorquinas, un niño distante y nórdico, tímido y silente, algo apartado del pueblo, sobreprotegido por la Reina Madre, y siempre a la sombra del gran tótem, el Akenatón de los borbones que enterró la religión franquista y se ganó las lentejas en una noche loca de pistolas y rebeldes picoletos. De Felipe siempre se dice que recibió una educación exquisita llena de idiomas y Yales, de Mirages y Elcanos, de cuarteles y discursos humanitarios, pero aún no ha entrado en armas y un rey sin batallas no es un rey. Ayer se escenificó la proclamación histórica, la protocolaria y oficial, toda Madrid engalanada, blasonada y heráldica, mucho Palacio Real floreado, mucho coracero a caballo, mucho Rolls y mucha fanfarria con alegres rojigualdas colgadas de los balcones. No hablaremos del vestuario de Letizia (para eso pagamos a Peñafiel, que se lo trabaje él) ni de los selfies infantiles de nuestros políticos, ni del eterno y tedioso besamanos, ni siquiera de lo lindas que iban Leonorcita y Sofía o de las trastadas de Froilán El Travieso (cuánto juego rosa va a dar este muchacho). Tampoco hablaremos de las baladronadas testimoniales de esos republicanos de centro comercial que gritan mucho y no hacen nada. Todo eso no ha sido sino un teatrillo antiguo y barroco, un Velázquez de la España de hoy, una puesta en escena un tanto rancia y anacrónica (el baño de multitudes en la Plaza de Oriente recordó peligrosamente a tiempos pasados, vamos que sobraba). Todo eso se diluirá y quedará como un lienzo de época, porque Felipe VI no será coronado hasta que no le llegue su hora grande, su momento crítico, su 23F. El rey solo se ganará el respeto y el fervor de su pueblo demostrando que tiene la talla política de su padre. Es cierto que a Juan Carlos le han perdido sus campechanías, sus corinas, sus safaris y sus por qué no te callas, lo cual que era una especie de John Wayne de la Monarquía, un duro que ha cabalgado por los desiertos áridos de la Transición, mientras que a Felipe yo le veo más como un principito de cuento de hadas sofisticado y elegante que se casó por amor en un bello happy end. Felipe VI tendrá que demostrar algo más que sus academias militares y sus diplomas, tendrá que demostrar sobre todo la personalidad, el olfato, el temple, la valentía y la astucia política de su padre. Tendrá que demostrar, en definitiva, que tiene madera de rey. Su discurso de ayer fue oficialista, institucional, correcto, pero también neutro, plano, intemporal. Quizás dijo lo que tenía decir con arreglo al guión. Pero ayer el destino le puso ante su primer gran reto para distinguirse del barullo de felipes que ha padecido nuestra Historia, el gran discurso de proclamación (que incardina el programa político de un rey) y uno cree que perdió una gran oportunidad para llegar al pueblo con un lenguaje cercano y moderno, sin retóricas ni artificios, sin obviedades, sin tonalidades de sangre azul. Hoy, tras el boato, los voceríos y los vivas de ayer, Felipe VI ha tenido su primer día en la oficina. Un cara a cara con Rajoy, el trilero gallego, para empezar. A ver si el chico se va curtiendo.

Imagen: Agencias

jueves, 19 de junio de 2014

MARTA SANZ


(Publicado en Revista Gurb el 19 de junio de 2014)
Marta Sanz (Madrid, 1967) escribe con una "contemporaneidad tan rabiosa como siempre supieron darle los grandes del género, empezando por ese irónico Chandler", ha dicho de ella Lorenzo Silva. Sanz, que acaba presentar la nueva edición ampliada y revisada de su novela La lección de anatomía, publicada en 2008 y prologada por Rafael Chirbes, ha recibido importantes premios, como el Ojo Crítico de Narrativa (2001) o el XI Premio Vargas Llosa de relatos. Además, fue finalista del Premio Nadal en 2006 y semifinalista del Herralde en 2009. Tiene previsto volar a China en los próximos días, donde tomará contacto con aquella cultura milenaria y quién sabe si obtendrá material para una próxima novela.

Entrevista completa en Revista Gurb

miércoles, 18 de junio de 2014

LA ARMADURA

Ilustración: Adrián Palmas

(Publicado en la revista Gurb 
el 23 de mayo de 2014)
 
A estas alturas de la romería, ya podemos decir que Arias Cañete era el peor santo que podría haber sacado a pasear la derechona para ganar las elecciones europeas. Y lo es por varias razones. Primero porque el hombre no quería, estaba como desganado, inapetente, frígido, él andaba en sus cosas agropecuarias y eso, y debió pensar que ir a Bruselas, ir pa na, era tontería. En segundo lugar porque es un espécimen de primate sin evolucionar, un cacho de fósil de carne con ojos, y ya se sabe que a estos les sale la vena macho a poco que se calientan (la prensa europea avanzada y hasta la otra ya lo conoce como Homo Cañetus, un primo del antecesor, de modo que venga Arsuaga a analizar al bicho). Y en tercer lugar porque el tipo no tiene carisma, ni preparación alguna, ni da la talla para batirse el cobre con los próceres de la cátedra de Bruselas. De modo que, se mire por donde se mire, ha sido un error, señor Mariano.
Ilustración: Adrián Palmas
Por si fuera poco, Cañete tiene mala fama, fama de bon vivant, y en Madrid, cuando va por la calle, se le confunde en los andares con las gordas mudas de Botero, que es que por Madrid no puede uno andar sin darse de bruces con una de esas tallas voluminosas. A Cañete lo pones de estatua y pasa desapercibido o lo confundes con un fotomatón (por lo grande y quieto mayormente) o con uno de esos mimos hieráticos disfrazados y ambulantes que nunca dicen nada pero que siempre andan a la caza de tu pobre calderilla. No nos engañemos. Cañete es un mueble viejo que molestaba en Génova, un arcón de roble podrido de dos por dos, y por eso se le hace la mudanza rápida con los Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, y a otra cosa. Las grandes aristocracias de la derecha, las familias biuti de verdad, no estos nuevos ricos barcenianos que han pegado el sartenazo sin ningún estilo, se lo montan muy bien cuando tienen que largar al primo de sangre estéril que ya va molestando. De eso sabía mucho Lampedusa y lo dejó muy bien escrito en El Gatopardo (véase Visconti). Los príncipes dorados de la derecha europea no se manchan las manos con ceses sangrientos, ni dimisiones violentas, ni broncas navajeras de despacho. Cuando hay que darle la boleta al familiar infecundo se le compra un billete de avión y al balneario de Bruselas, a la Montaña Mágica, como en el novelón de Mann, y el sujeto se va tan contento de baños con barro, sales y bombones de Brujas.
No sabemos si Cañete tendrá tiempo para tumbarse en la chaise-longue, como hacía Hans Castorp en La Montaña Mágica, pero seguro que para echarse un frankfurt y una rubia belga al gañote siempre hay un rato. Lo malo que tiene ser político en Bruselas es que el tiempo pasa lentamente, ociosamente, y se ve crecer el césped de los jardines de la Reina Fabiola y se ven crecer los árboles belgas con sus florecillas y se ve cómo crecen los polluelos de las palomas, pío, pío, y van pasando los días y los meses y los años, y el político se va haciendo viejo (aún más) hasta que al final se retira (o lo retiran como un muñeco de cera) y luego estira la pata y lo embalsaman con honores de Estado y sigue de parlamentario europeo, porque eso sí, un parlamentario europeo no renuncia ni después de muerto al escaño ni a la dieta, que Cañete ahora está a dietas, que no a plan. En la Eurocámara la verdad es que nunca hay demasiado trabajo y el ritmo de crecimiento de la cuenta corriente del diputado siempre es mayor que la tarea diaria, lo cual acaba siendo un latazo porque Suiza está muy lejos para ir al cajero por la mañana. Cañete es un tipo más bien aburrido, un soso, un gris, pero qué más da si los europeos están tan lejos de Bruselas y no digamos los españoles, esos están al sur de los Pirineos, en el quinto coño, y ya se sabe que de ahí para abajo todo es África.
A Cañete se lo han llevado a Europa como cuando esas familias de rango y nobleza se mudaban de castillo y se llevaban los escudos heráldicos, los tapices, las lámparas de araña, las arañas, los arcos góticos, los candelabros, la cubertería de oro, los arcones, los fantasmas y las armaduras. Cañete es una armadura oxidada, ortopédica, decadente.
Yo no sé cómo puede ser tan machista una armadura.

Ilustración: Adrián Palmas