domingo, 22 de enero de 2017

UN HOMBRE SOLO


 (Publicado en Revista Gurb el 20 de enero de 2017)

Un buen día cayó en la cuenta de que todo a su alrededor era una gran mentira, un inmenso cesto lleno de manzanas podridas, y decidió meterse una grabadora en el bolsillo para cazar a los corruptos. José Luis Peñas, el exconcejal de Majadahonda que desencadenó el terremoto en el Partido Popular al poner al descubierto la red mafiosa Gürtel, no se arrepiente de haber dado ese paso crucial en su vida. "Lo hice porque lo tenía que hacer y volvería a hacerlo", asegura. Sin embargo, nuestra frágil democracia parece que no perdona a aquellos que osan destapar el fango que corre por las alcantarillas del Estado y Peñas se sienta estos días en el banquillo de los acusados de la Audiencia Nacional, como uno más de los implicados en la trama Gürtel. La fiscal pide para él seis años y medio de cárcel. Ese es el precio por haber intentado ser honesto. Ese es el premio por haber tirado de la manta. "Supongo que es un aviso para navegantes, una forma de decirnos que quien denuncia a un partido como el PP la paga. Esto funciona así, pero estoy seguro de que al final voy a salir absuelto". Las grabaciones de Peñas han sacudido los cimientos del Estado español, han arruinado a grandes empresarios que medraban y amasaban fortunas corrompiendo a políticos a golpe de dádivas y sobornos y han puesto de manifiesto que nuestro sistema político estaba corroído de podredumbre. El arrojo de Peñas le ha salido bien caro, ya que desde entonces él y su familia sufren amenazas de muerte y lo que es mucho peor: ha sido condenado a la muerte civil, ya que ningún empresario está dispuesto a darle un trabajo. "Me considero un hombre honrado pero ahora la gente piensa que si he sido capaz de delatar al PP seré conflictivo". Hagamos un viaje al corazón de las tinieblas de la corrupción española de la mano del hombre que tuvo el valor de plantarle cara a Francisco Correa. O lo que es lo mismo: al señor Don Vito, el cabecilla de la mafia Gurtel.

Entrevista completa en Revista Gurb



BÁRCENAS



(Publicado en Diario 16 y en Revista Gurb el 20 de enero de 2017)

Bárcenas, el manso y aplacado Bárcenas que declara esta semana en la Audiencia Nacional, nada tiene que ver con aquel hombre sañudo y colérico que daba titulares a los periodistas con la precisión de un reloj suizo, nunca mejor dicho. Este no es nuestro Bárcenas, nos lo han cambiado. Qué lejos quedan ya aquellos días en los que Luis El Cabrón, o simplemente Luis, entraba y salía de su palacete madrileño, arrogante y ufano, fatuo y sonriente, con la seguridad que le daba la carpeta sobaquera llena de números delictivos y el hecho de saber que tenía cogidos por los cataplines a la plana mayor de Génova 13. Hoy todo eso ha cambiado, nada es lo mismo. Para él ha comenzado el juicio final y la realidad se impone en toda su crudeza. Ya no es hora de exclusivas, ni de jugar a los espías, ni de focos o platós, ni siquiera de peinetas chulescas en aeropuertos internacionales camino de algún paraíso fiscal, pista de esquí o ruta de evasión de capitales.
Ha llegado la hora en que la colonia de un hombre se la juega, como decía el viejo anuncio aquel (la colonia de Bárcenas es el pachuli barato de toda la vida), la hora de explicarse ante un par de fiscalas con los ovarios bien puestos y unos magistrados que no están para bromas ni para perder el tiempo. El banquillo de los acusados y la consiguiente sombra fría de la cárcel afloja muchos esfínteres, remueve muchas conciencias y agita muchos fantasmas y remordimientos, tantos que hasta el tipo más bravo y duro del módulo de preventivos se acaba derrumbando y se vuelve trémulo, taciturno, amnésico. La Audiencia Nacional es la mejor silla de pensar, allí todo hombre se replantea su futuro, y lo que ayer era la escandalosa Caja B del Partido Popular hoy es una simple "contabilidad no oficial", "extracontable", una calderilla que Génova 13 tenía ahí metida, guardada, para los gastos de luz, escalera y comunidad, o por si había que invitar a alguien a un piscolabis en el palco del Bernabéu y poco más. Lo que antes era una firma clara y diáfana del jefe, o sea Mariano, tras trincar el jugoso sobresueldo, hoy es solo un borrón de tinta, una cagarruta de pájaro, una tachadura difusa que no se sabe muy bien lo que es ni de dónde demonios ha salido. Las bravuconadas y alegrías se han terminado, el Leviatán del sistema se impone como un rodillo aplastante y el que se mete con la Famiglia lo paga bien caro, ya lo ha dicho José Luis Peñas, el exconcejal arrepentido que lo grabó todo y destapó la Gurtel mucho antes que Esperanza Aguirre. Peñas acabará pagando el pato, los platos rotos y hasta las costas del proceso. Y si no al tiempo. La democracia es así de injusta: castiga al honrado y premia al corrupto. Es la España que tenemos, la España de la posburbuja inmobiliaria, que ha aniquilado más almas que el hierro cuerpos, parafraseando a Scott Fitzgerald.
De modo que Bárcenas enmudece, Bárcenas calla y otorga, Bárcenas no tira de la manta porque esa manta maloliente, raída y piojosa es la que siempre lo ha tapado todo en nuestro país: la financiación ilegal del partido, las cuentas en Suiza, el cambalache de las puertas giratorias, los papeles de Panamá, las mentiras de la Justicia, los polvos bárbaros del Rey, las comisiones endulzadas con cocaína, los empresarios paganos que sostenían el régimen, el sistema entero, en fin. Si Bárcenas tira de esa frazada todo se va al garete −el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial−, y de Montesquieu no queda en este país ni los calzoncillos. No, ya no es momento de chulerías ni de echarse un farol al póquer con los agentes de la UCO. Ya no es momento de ir por la Castellana sacando pecho ni señalando con el dedo a los compañeros de partido que trincaban o dejaban de trincar. Ha llegado el juicio, la hora de la verdad, el cadalso donde una frase mal dicha, un error, un desbarre o desliz, cuesta cinco años y pico de cárcel. Poca broma. Toca tirar del manual urgente para reos en apuros: el no me consta, a mí no me mire, no me acuerdo, pregúntenle usted a Rajoy, a mí qué me cuenta, toda la culpa es del muerto, o sea Lapuerta, el abuelete senil que tiene un pie más allá que acá. Lo que antes eran unos sobres repletos de dinero negro hoy son unos aguinaldos navideños. Lo que antes eran unas evidentes cuentas del partido en cajas fuerte de Suiza hoy son unos ahorrillos que el pobre tesorero se ha sacado, con su innata habilidad para los negocios, vendiendo figuritas de escayola y cuadros del rastrillo, más algo de calzado deportivo, soja americana, arcilla y unas gafas de sol. Bárcenas es que es como un puesto ambulante con patas. Ser un emprendedor es lo que tiene, que empiezas de mantero y terminas en la lista Forbes.
El tiempo es el peor enemigo de la verdad, el tiempo lo erosiona todo, y los papeles de Bárcenas se han amarilleado y podrido con el tiempo, entre ríos de tinta, tertulias televisivas estériles y retrasos judiciales. A nadie le interesa ya este fulano patilludo con tupé de mafiosillo hortera, mentón prominente y abrigo casposo estilo Chesterfield. Nadie teme ya al amortizado dinosaurio salido del Pleistoceno. Hoy los tiempos han cambiado, todo es distinto, se impone ser práctico, sujetar la lengua, quedar bien con la Fiscalía, el buen rollito con los abogados del partido, un mal apaño mejor que un buen juicio, cerrar cuanto antes este episodio inoportuno y molesto y, si se puede, quitarse de encima unos cuantos años de cárcel, que no vienen mal si uno quiere salir del trullo antes de que el hombre llegue a Marte, allá por el 2030. Bárcenas lo tiene clarinete: pasar página, olvidarse de los papeles que solo traen quebraderos de cabeza, comerse el marrón, esconder la pasta que aún queda en el calcetín y salvar a la fiel esposa, la bella durmiente Rosalía que nada sabía. "Ella no estaba al tanto de mis negocios. Yo le firmaba la declaración de la renta haciendo un churro con su firma", ha dicho el tesorero. Pues eso. Todo un caballero que al final ha sido fuerte. Tal como le pedía el patrón.

Viñeta: El Koko Parrilla

REYES DESTRONADOS

(Publicado en Revista Gurb el 6 de enero de 2017)

Llegan sus majestades de Oriente, tan puntuales y cumplidores como siempre, solo que este año vienen algo más vilipendiados y maltrechos que de costumbre. Para visitar a los niños europeos (los que aún crean en ellos, porque muchos andan ya con el ligue de Facebook y pasan de estas cosas) sus majestades habrán tenido que sortear numerosas trampas y peligros, como el cerco genocida de Al-Asad, los bombazos de ISIS en Turquía, la cabalgata independentista de Puigdemont, la biuti facha de Madrid que controla el desfile para que Carmena no les cuele un rey mago republicano o uno gay, y en ese plan. Quiere decirse que vivimos en un mundo en el que nadie cree en nada ni respeta nada, ni siquiera el cuento maravilloso de los vejetes viajeros de Oriente que antaño simbolizaron la magia de los sueños y que hoy se instrumentaliza como reclamo de consumo fácil, tradición pisoteada y arma política arrojadiza. Cada cual manipula a sus sufridas majestades a su antojo, no ya para sacarles el consabido regalillo, que sería lo lógico, sino para utilizarlas en función de sus propios intereses. Hemos perdido la ilusión y la inocencia definitivamente y hoy en Barcelona no veremos desfilar a Melchor, Gaspar y Baltasar, sino a unos mossos d’esquadra entredudosos y travestidos de Reyes Magos repartiendo, a diestro y siniestro, esteladas y panfletos entre los niños inocentes de las Ramblas y Canaletas. La Navidad, en general, ha quedado para que la Pedroche dé la campanada en Sol con sus translúcidos vestidos de carne exótica, mientras los reyes de Oriente se han convertido en una troika bancaria que marca el día grande del consumismo navideño en el calendario de la pírrica economía española.
Los entrañables magos cada vez se parecen más a ese caduco tripartito parlamentario (PP/PSOE/Ciudadanos) en el que nadie cree y que ha desplegado un cordón sanitario alrededor de los bárbaros y contagiosos podemitas. A Rajoy se le ha puesto toda la cara de un Melchor acabado y decrépito, Rivera ejerce de heredero Gaspar que empieza a controlar al camello y Baltasar debe ser sin duda el enviado socialista que trabaja en negro, a la espera de que llegue el deseado mesías. Antes, cuando éramos niños, los Reyes Magos venían cargados de oro, incienso y mirra, aunque no supiéramos muy bien qué demonios era la mirra, pero nos tragábamos el cuento. Hoy sospechamos y nos tememos con razón que sus majestades de Oriente vienen cargados de tarjetas blacks, de comisiones ilegales y de cuentas en Suiza. La Iglesia, como no renueva ni moderniza su iconografía milenaria, ha visto cómo a los honrados monarcas de Oriente, a punto de la prejubilación, los adelantaban por la derecha los publicistas del Corte Inglés, Bill Gates con sus juguetitos electrónicos que agilipollan al personal y el americanizante y ario Papá Noel. El grueso barbudo lapón fabricado por la Coca Cola es en realidad un infiltrado del capitalismo salvaje, un agente de los Lehman Brothers, que no es un grupo musical, sino la multinacional para la que trabaja ese hombre orondo que al grito irritante de jou jou jou entra por la chimenea para colocarnos una subprime o una hipoteca basura que termina por arruinarnos irremisiblemente. Lo cual que al final medio país se queda a dos velas, sin calefacción y a la intemperie, o sea desahuciado. Papa Noel es racista como Donald Trump, por eso nunca llega a los niños de Alepo, mientras que los Reyes Magos eran más mediterráneos, más mestizos y sureños, más nuestros, y nos hermanaban con los pueblos de Oriente.
Todo ese espíritu se ha pervertido, todo se ha tornado mercantil, sórdido, vacío y oscuro. Nos ciegan los focos de neón de los centros comerciales, nadie cree en otra magia que no sea la magia de Irina Shayk saliendo en ropa interior de una caja con lazo rojo, la magia anestesiante del anuncio de colonia, la magia del dinero, y hasta los culebrones navideños de Harry Potter y marcianitos verdes de Star Wars se ruedan en serie, a granel, pervirtiendo la artesanía del cine solo para que cuatro fulanos de Hollywood puedan dar el pelotazo cinematográfico del siglo. Nosotros, de pequeños, éramos mucho más felices con los juguetes pobres de toda la vida, con aquellos Reyes Magos austeros, inocentes y atrasados, pero todavía auténticos. Peponas tuertas y lloronas, muñecos de cuerda barnizados con pintura mala, trenes eléctricos que siempre se atrancaban en medio de la vía, cándidos patinetes y rudimentarias cámaras de Cinexin que proyectaban en la pared desconchada del comedor, como sombras chinescas, dibujos en blanco y negro del Tío Gilito y el Pato Donald. Pruebe usted a regalarle a un niño de hoy en día una película muda que funciona al tran tran, a golpe de manivela. Se la tirará a la cara sin dudarlo. Todo lo que no sea la videoconsola tonta, el robot terrorífico, el dron ultrarrápido y el Iphone 6 será inmediatamente rechazado por barato y cutre. De ahí para arriba. Pero no nos pongamos apocalípticos. No todo está perdido. Al menos este año sus majestades han llegado a tiempo para atizarle con una buena bolsa de carbón a Federico Trillo, fatuo embajador en London, trilero con esmoquin que jugaba a la ruleta de la muerte con los aviones chatarra y nuestros bravos soldados. Los fantasmas valientes del Yak se han revuelto en sus tumbas y han regresado del Más Allá para montarle un consejo de guerra al señoritingo cartagenero. Los fantasmas siempre vuelven por Navidad, ya lo decía Dickens. Se lo tiene merecido el exministro. Por haber sido un niño malo.

Viñeta: El Koko Parrilla

LAS KELLYS


Dice Beatriz Gimeno, con muy buen tino, que "hacer feminismo es impugnar los privilegios masculinos, impugnar el sistema en su conjunto y, además, ocupar la mitad de todo". Mejor no se puede explicar. Hoy el feminismo es más necesario que nunca. Las "kellys", limpiadoras que han montado un sindicato para defenderse de un sistema que las humilla y las explota, lo saben bien. La "kelly" es la que limpia la habitación del hotel después de que se reúnan los del pelotazo urbanístico, la que barre la mugre de las cloacas del ministerio entre soborno y soborno, la que quita la basura que dejan las malas gentes que van apestando la Tierra, como diría Machado. La española sigue siendo una "kelly", el débil eslabón de una gran sección femenina de "kellys" anónimas aplastadas por ese ultracapitalismo hediondo que nos corroe. Más allá de sorayitas y koplowitzs, más allá de excepcionales triunfadoras, que las hay, España es un país de "kellys", de gobernantas, de mujeres bravas que curran de sol a sol por dos euros la habitación, de madres abnegadas que doblan el espinazo sin rechistar. Mujeres explotadas, sufridas, maltratadas. Por mucho que diga este Gobierno, por mucho que nos venga con la dichosa paridad (maldito palabro), no hemos salido de la cofia mal pagada, ni de la criada servil para atención del señorito, ni de aquello de "las que tenemos que servir", que diría Gracita Morales con su habitual desparpajo. A David Pérez, alcalde de Alcorcón, le da el telele cada vez que oye hablar de feminismo. Pues que se tome la pastillita. Lo de este señor sí que ha sido un alcorconazo y no la goleada del Madrid. Se ha pasado tres pueblos el corregidor, por no decir tres Alcorcones, al tildar a las feministas de "fracasadas, amargadas y rabiosas". Solo le ha faltado desenfundar el crucifijo y empezar una nueva caza de brujas, como hicieron con Rita Maestre, que acaba de ser absuelta de la protesta en la capilla, como no podía ser de otra manera, porque ella de bruja no tiene nada ni va por ahí quemando conventos como en el 36. Un alcalde de los de antes, o sea facha como Pérez, no viene sino a confirmarnos lo que muy bien está diciendo Gimeno: que pese a los avances, necesitamos más feminismo; que España sigue siendo machista; que está todo por hacer en esta guerra secular entre sexos. Aquí hay muchos señores Pérez que no saben demasiado de feminismo porque no han leído Madame Bovary, que fue la primera liberada de la historia. Estos leen el Cásate y sé sumisa y poco más. España es machista por educación, por religión y por historia y a los juzgados llegan 426 agresiones diarias de hombres que pegan a su santa. Con eso está todo dicho. Las mujeres han avanzado desde el 78, pero en el Tribunal Constitucional no llegan ni al 20% de las plazas. Algunas se han sentado en los consejos de administración, otras han entrado en la alta política, pero miles de ellas no salen de "kellys" porque al jefe de la Moncloa, que sigue siendo un señor que piensa en plan antiguo y lee mucho Marca, el feminismo se la trae al pairo. En ocasiones, alguna llega a ministra, como la pinturera Loli Cospedal, que queda muy mona y muy marcial pasando revistilla a la tropa. Solo que al final, como siempre, en el Ejército manda la testosterona, el alto mando macho, porque la guerra siempre ha sido cosa de hombres, como aquel anuncio de licor franquista. La ministra florero se exhibe mientras a la soldada rasa se la pasa el sargento chusquero por la piedra en medio del silencio nocturno y cómplice del cuartel, véase Zaida Cantera. Aquí le prestamos la cartera ministerial a una señora para que la lleve como un ramito de violetas y para que Europa vea que somos muy modernos y civilizados. Sin embargo, la estadística se impone: un 30% menos de sueldo que ellos, más paro, abuso, acoso y chantaje por ser madres. La brecha no es solo salarial, también es física por la mala vida que llevan. Y si no, que se lo pregunten a las "kellys".

viernes, 23 de diciembre de 2016

LOS MUERTOS DE MERKEL

 (Publicado en Newsweek en Español el 20 de diciembre de 2016)

"Debemos asumir que se trató de un ataque terrorista", ha dicho la canciller alemana Angela Merkel sobre la embestida del camión en Berlín que ha dejado al menos 12 personas muertas y cerca de medio centenar de heridos, 18 de ellos de gravedad. El tráiler irrumpió en la noche del lunes en un mercado navideño de la capital de Alemania próximo a la majestuosa Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm, sin que por el momento se tengan demasiados datos. Testigos que vieron cómo el vehículo se les echaba encima aseguran que el escenario después de que el camión arrollara a las víctimas fue "horrible y caótico". Muertos, personas mutiladas y decenas de heridos cuyas vidas se verán truncadas para siempre. Según las autoridades germanas, entre los fallecidos hay un hombre que fue hallado dentro del vehículo, en el asiento del copiloto. Todo indica que esta persona, de nacionalidad polaca, era el conductor, a quien el asesino mató para poder robarle el camión.
También se ha descartado que el sospechoso de origen paquistaní arrestado en el lugar del suceso sea el autor del atentado. Tras las pesquisas realizadas por la Policía no se encontraron suficientes evidencias que lo relacionaran con el caso, así que ha quedado en libertad. Por tanto, se sospecha que el ejecutor de la matanza puede haberse dado a la fuga, mientras las fuerzas de seguridad alemanas trabajan para localizarlo. A esta hora se desconoce si el homicida actuó solo (como lobo solitario) o si lo hizo acompañado de otras personas con las que supuestamente formaría parte de una célula durmiente. De modo que tampoco se sabe si es un ciudadano alemán, un refugiado (como se ha dicho por algunos medios locales) o un retornado que regresó de la guerra de Siria o Irak para cometer la masacre.
En principio, Daesh ha reivindicado la autoría del atentado, según ha informado este martes la agencia de noticias Amaq, vinculada a la organización terrorista. El grupo que dirige Abu Bakr al Baghdadi ha asegurado que el conductor del camión que se empotró contra el mercado navideño era "un soldado del califato". No obstante, esta reivindicación debe cogerse con las máximas reservas, ya que se sabe por experiencia que el activista islámico no actúa mediante órdenes jerárquicas, sino que suele radicalizarse de forma aislada, por internet, en su propia casa, sin necesidad de recurrir a instrucciones de superiores. Parece claro que esta nueva barbaridad ha seguido el mismo patrón que la masacre perpetrada en Niza el 14 de julio de 2016, cuando Mohamed Lahouaiej Bouhlel, un residente tunecino en Francia, lanzó deliberadamente un camión de carga de 19 toneladas contra una multitud que estaba celebrando el Día Nacional de Francia, en el Paseo de los Ingleses, matando a 85 personas e hiriendo a 303. En aquella ocasión, el Estado Islámico aseguró que Bouhlel "ejecutó la operación en respuesta a las llamadas orientadas a los ciudadanos de países de la coalición que luchan contra el Estado Islámico". Sin embargo, las investigaciones revelaron que el terrorista era un perturbado y un reprimido sexual, que podría haber cometido su acción arrastrado por una crisis mental. Resulta complicado en estos casos saber dónde termina la locura de un trastornado y dónde empieza el martirio religioso de un soldado de Alá.
Si finalmente se comprueba que el brutal atentado lleva el sello de Daesh, los yihadistas habrían buscado varios objetivos: dar un golpe de efecto tras las últimas derrotas del Califato en Siria e Irak; movilizar a su gente en Europa; y desestabilizar la situación política en Alemania, donde la extrema derecha amenaza con un fuerte ascenso de cara a las próximas elecciones. Todo resulta más que simbólico: el lugar escogido para la matanza (junto a la Iglesia de Kaiser Wilhelm, que durante la Segunda Guerra Mundial fue bombardeada y que, con su torre emblemática, es un gran símbolo de los horrores de la guerra para los berlineses); el momento elegido –las fiestas navideñas por la connotación de guerra de religiones, de guerra santa, que pretenden dar los yihadistas a todas sus acciones letales–; y el país señalado como objetivo: Alemania, el motor de la UE, el lugar soñado por todo refugiado que huye de la guerra con la esperanza de hallar un futuro mejor.
Los tres objetivos militares trazados por Daesh parecen haberse cumplido con una precisión matemática, ya que mientras la investigación policial avanza lentamente, los partidos ultranacionalistas alemanes (también los demás europeos) se han apresurado a lanzar sus primeras soflamas contra la canciller Angela Merkel, a la que acusan de ser la responsable, por omisión, de este nuevo atentado. Algunos, incluso han llegado a decir que los muertos de Berlín son los muertos de Merkel. El partido antiinmigración y eurófobo Alternativa para Alemania (AfD) ha escrito en su cuenta de Twitter: "El terror en Berlín no es un caso aislado y está directamente relacionado con la política de asilo de Merkel". Por su parte, la presidenta del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, ha asegurado que “nuestro deber es actuar rápido y fuerte” y proceder a cerrar las fronteras nacionales a la inmigración. "¿Cuántas masacres y muertos harán falta para que nuestros gobiernos dejen de hacer entrar a nuestros países desprovistos de fronteras un número considerable de migrantes, cuando sabemos perfectamente que se han mezclado terroristas islamistas?". En parecidos términos se ha pronunciado el líder del británico UKIP, Nigel Farage –quien ha aseverado que el ataque no es una sorpresa y que "acontecimientos como este serán el legado de Merkel"–. Otras declaraciones más o menos chirriantes se han escuchado también en países como Bélgica, Holanda y Austria. De modo que Europa se encuentra no solo ante la terrible amenaza yihadista, que puede actuar en cualquier momento y en cualquier lugar, sino ante la emergencia de partidos xenófobos y nazis que pretenden aprovechar cada masacre de Daesh para lanzar sus panfletos nacionalistas y enervar así a las masas. Lo tienen fácil los líderes ultraxenófobos europeos: cada vez que a un loco le dé por empotrar un camión contra la población civil, el responsable directo será el líder del partido democrático que esté en el Gobierno, ya sea Inglaterra, Francia o Bélgica. El mensaje ultra está más que definido y resulta tan maquiavélico como efectivo para millones de europeos: el culpable directo de que haya terroristas es la UE con sus políticas de integración del inmigrante y de ayuda al refugiado. De tal manera que para estos personajes siniestros del neofascismo rampante, la solución es que Europa vuelva cuanto antes a las viejas fronteras anteriores a la Segunda Guerra Mundial, lo cual sería un inmenso error de consecuencias históricas impredecibles. Blindar el viejo continente, como si un muro o una valla pudiera detener la locura de un fanático empeñado en inmolarse y de llevarse consigo a decenas de inocentes.
La UE debe defenderse ante la amenaza yihadista en suelo Occidental mediante el refuerzo de los medios policiales y de los servicios de inteligencia y también mediante el envío de ayuda económica y militar a los grupos y partidos políticos, Ejércitos y guerrillas que en estos momentos están peleando en Oriente Medio, sobre el terreno, para acabar con la lacra del Califato de Daesh. Pero Europa debe defenderse también contra la serpiente del fascismo que anida en su interior y que a partir de ahora crecerá exponencialmente, alimentada por el terror de la población europea a los atentados y el odio al extranjero. Tenemos la triste experiencia de los años treinta del siglo XX, cuando la debilidad de las democracias occidentales fue aprovechada por Hitler y Mussolini para llegar al poder. No podemos permitirnos el lujo de cometer el mismo error. La lucha contra el yihadismo debe ir paralela a la ilegalización de partidos políticos de corte totalitario que amenazan con destruir la Europa que hemos conocido desde 1945 y que ha gozado del mayor periodo de paz, prosperidad y avances sociales en derechos humanos de toda su historia. Es cierto que la UE no atraviesa por su mejor momento, y eso lo saben sus enemigos fascistas en todos los países de la Unión, que se mantienen prestos a lanzar el último zarpazo para volver a alcanzar el poder, tal como hicieron hace casi un siglo. No debemos tolerarlo. Europa tiene que ser capaz de movilizar todos sus recursos legales y políticos para ilegalizar esos movimientos que promueven el racismo, la discriminación, la falta de libertades y el terror como ideario para imponer su fanática ideología. El enemigo es Daesh y contra él hay que luchar. Pero el otro gran enemigo, quizá más peligroso todavía, anida en las entrañas mismas de Europa. Y se llama fascismo.

NADIA



(Publicado en Revista Gurb el 16 de diciembre de 2016)

Conocí a Pedro Simón un verano a principios de los años noventa, en el diario La Opinión de Zamora. Eran los tiempos del milagro español, de los pelotazos, expos y olimpiadas, de la máquina del fango felipista que estaba a pleno rendimiento. Los dos éramos jóvenes becarios que empezaban en esto del periodismo y los dos teníamos ilusión por cambiar el mundo a golpe de titular y reportaje. Pájaros que tiene uno en la cabeza cuando es un mozalbete. Trabajábamos como cabrones por un sueldo mísero (que es lo que se pide a todo novato en prácticas que está empezando en este negocio), sin pedir explicaciones de por qué éramos los primeros en llegar por la mañana y los últimos en salir por la noche, cuando la redacción se quedaba vacía de canallas, sumida en una soledad con olor a sudor y bocadillo de fiambre, y solo se escuchaba el repiqueteo intermitente de los teletipos como metralletas. Nos dejábamos sacar la sangre sumisamente con la esperanza de abrirnos paso en el oficio. La cosa siempre ha funcionado así, la explotación laboral no es algo de ahora.
Yo vivía de alquiler en una habitación espartana de la pensión Los Abuelos, en el casco antiguo de la ciudad. Se me iba el sueldo del mes en pagar el catre y las dos comidas. No estaba mal la sopa de menudillos. Algunas veces, cuando llegaba la hora de salir a almorzar, Pedro se acercaba a mi mesa y me invitaba a comer en su casa. Él tenía mejor suerte que yo, vivía en un estudio alquilado bastante más cómodo y confortable que mi cuartucho triste y desolador de la pensión. Hasta tenía cocina y todo. Y un sofá. Todo un lujo. Llegábamos al apartamento, sacaba un par de quintos de la nevera y los bebíamos mientras él daba vuelta y vuelta en la sartén a un par de suculentos chuletones que a mí me sabían a gloria, ya que me permitían salir del rígido menú castrense de la patrona. Ya entonces demostraba ser un tío generoso. Recuerdo con agrado aquellas conversaciones sobre fútbol (él era del Aleti, yo de su eterno rival) y sobre literatura y política. Algunas veces salíamos de bares y nos emborrachábamos con los periodistas más veteranos, a los que no había manera de tumbar a whiskys. Fue una época divertida. Currábamos sin parar, pero teníamos ilusión, y así fue como aprendimos el oficio.
Hicimos buenas migas Pedro y yo pero el verano pasó como un rayo y agotamos los tres meses de prácticas por los que nos habían contratado. Con el mes de septiembre llegaron las primeras lluvias, el cielo plomizo y monótono de Zamora, el frío recio castellano, y cada cual regresó a su mundo. Nos despedimos deseándonos buena suerte. Pedro terminó en Madrid, donde consiguió colocarse en El Mundo. Yo acabé en Valencia y después en Murcia y otra vez en Valencia y finalmente en Castellón. Di tumbos por varios periódicos regionales, trincheras de la prensa, donde aprendí a amar y a odiar la profesión. O más bien a odiar a algunos que dicen ser periodistas cuando en realidad no son más que mediocres gacetilleros.
Han pasado más de veinte años y desde entonces solo hablé una vez más con Pedro Simón. Fue hace algún tiempo, por teléfono. Nos preguntamos cómo nos había ido en la vida y yo le pasé una foto en blanco y negro en la que aparecíamos cogidos por los hombros como buenos camaradas. Le dije que me gustaban mucho sus artículos de opinión, esos temas sociales de los que nadie se ocupa ya, ese estilo literario de la calle elevado a la categoría de gran género periodístico. Periodigno, creo que lo llaman. Hace unos días he sabido del infierno profesional en el que se ha visto envuelto, sin quererlo ni beberlo, mi antiguo compañero. La noticia increíble, el terremoto mediático, el escándalo. Todos tenemos una piedra esperándonos en el camino y la suya se ha llamado caso Nadia, ese padre sin escrúpulos que al parecer ha sacado tajada de la supuesta enfermedad rara de su hija agonizante. Pero Pedro no hizo ni más ni menos que lo que cualquier persona de bien hubiera hecho en su lugar: no limitarse solo a dar la noticia, a cumplir con el expediente como un redactor más, sino intentar echar una mano, ayudar, poner su grano de arena para que el mundo sea un lugar algo menos terrible. Escribió artículos de opinión concienciando a los lectores, apoyó la campaña para recaudar el dinero necesario, movilizó a anónimos y famosos para que donaran fondos y así salvar la vida de la pequeña, que ya estaba en riesgo de fallecer por falta de tratamiento. No me imagino el mal trago que debe suponer para un periodista riguroso y profesional como él comprobar que toda esa verdad por la que ha luchado no era más que una gran mentira, una estafa. No quiero ni imaginar el shock que puede producirle a uno comprobar que el dinero no llegaba a donde tenía que llegar, que el padre no era trigo limpio, que al final toda esa causa solidaria, toda esa batalla noble y justa, se ha venido abajo y ha terminado convirtiéndose en un culebrón de la televisión basura, en una investigación policial, en un gran proceso judicial en el que él ha sido víctima y cómplice, sin saberlo, de todo el montaje. A Pedro le honra haber pedido disculpas en una columna publicada en El Mundo en la que se atribuye toda la responsabilidad del error, pero no dejo de sentir asco y hastío por esos jefecillos que pululan por las redacciones, malas gentes que no han escrito una sola línea en toda su vida, que ni siquiera se preocuparon de supervisar si la noticia era correcta o no antes de meterla en la rotativa, y que ahora, para salvar sus inmundos traseros, escriben editoriales ventajistas en los que crucifican a la parte más débil: el redactor con un currículum intachable que será defenestrado para que se coma él solito el marrón. Los periódicos se han convertido en eso: gateras infestadas de mediocres, covachuelas de advenedizos sin escrúpulos, camarillas que emplean prácticas mafiosillas.
Estos días he leído y escuchado muchas tonterías sobre lo mal profesional que ha sido Pedro Simón, que si no contrastó la información como debía, que si se saltó las pautas más elementales de la buena praxis periodística, que si se ha implicado demasiado en la historia, que si esto, que si lo otro. Siempre habrá buitres que vivirán a costa de la desgracia ajena, cínicos que exigen a los demás lo que ellos mismos no hacen. Lo que le ha ocurrido a Pedro Simón es un drama que le acompañará toda la vida pero que le podría haber sucedido a cualquier periodista de buena fe que pretenda implicarse a tope en una historia. Nadie está a salvo de la depravación humana como la que ha demostrado ese padre desalmado. Nadie puede sentirse seguro cuando la bajeza, la infamia y la canallada clavan sus ojos en nosotros. Así funciona este mundo que hace ya tiempo enterró los nobles valores como la solidaridad, la compasión y la humanidad. No me gustaría estar en el pellejo de Pedro Simón. Y sin embargo, yo hubiera hecho exactamente lo mismo que él. Periodismo humano.

Viñeta: Igepzio

viernes, 16 de diciembre de 2016

EL DOLOR SUPREMO

 (Publicado en Revista Gurb el 16 de diciembre de 2016)

"Escribí este libro sobre mi hijo sabiendo que él no lo iba entender nunca, que jamás lo iba a poder leer. Y ese absurdo que es en definitiva la vida, esa estafa, es lo que encierra el título, el libro mismo". Esta vez, cuando el veterano periodista Andrés Aberasturi (Madrid, 1948) se puso de nuevo ante un folio en blanco, sabía que no iba a ser como siempre. No iba a ser como escribir un ensayo periodístico o uno de esos poemas que le elevan a uno el espíritu. Tenía que contar algo terrible y cada línea sería como quitarse un jirón de piel. El argumento del libro Cómo explicarte el mundo, Cris es su propio hijo, afectado por una parálisis cerebral de nacimiento que le impide la movilidad y le afecta gravemente a sus capacidades mentales. Un proyecto que refleja el caos en el que, de la noche a la mañana, se acabó convirtiendo su vida y la de su esposa. Las carreras a urgencias, las noches en vela en el hospital, las madrugadas todavía más largas en la UCI de Neonatología, una unidad médica que es como "un cuadro de El Bosco lleno de sufrimiento", las incubadoras con los bebés rodeados de cables y monitores que luchan por sobrevivir, la desolación absoluta y total, la injusticia de la vida y sobre todo la indiferencia de un Dios que nunca aparece cuando se le necesita. "Creo que lo he contado todo, no me he dejado nada. He contado cómo es mi hijo, cómo soy yo, su madre que lo ha sacado adelante, cómo ha luchado, cómo sigue luchando, y tenía que morir con todo dicho, me faltaba decir esa verdad, contarla tal cual era, sin adornos", dice lacónicamente. Periodista, locutor de radio, presentador de televisión, columnista de varios periódicos, Aberasturi confiesa que cuando los médicos le propusieron desconectar a Cris se lo pensó dos veces. En un país donde se recorta en dinero para las personas con discapacidad, donde las víctimas nunca salen en los medios, y donde hay padres que tratan de lucrarse con la enfermedad de su hijo, Aberasturi lanza un grito callado, un grito que suena a única y gran verdad existencial en medio de la gigantesca mentira del mundo.

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