lunes, 28 de octubre de 2019

EL PARAÍSO ENFANGADO


(Publicado en Diario16 el 14 de octubre de 2019)

El Mar Menor se muere. Uno de los entornos más bellos y singulares de Europa ha amanecido este fin de semana repleto de miles de peces y crustáceos muertos. El panorama de los animales exterminados flotando en la bahía resultaba terrible, deprimente, desolador. Pero más allá de un hecho que ha conmocionado a todos los murcianos, producía estupor ver cómo el presidente de la Región, Fernando López Miras, se llevaba las manos a la cabeza y se rasgaba las vestiduras cínicamente por un desastre ecológico de proporciones inmensas. Resultaba bochornoso ver a López Miras, en un arrebato electoralista penoso en medio de un paisaje devastado y destruido, pedir que el Gobierno socialista “tome las riendas” de la situación al considerar que la crisis medioambiental en el Mar Menor es una cuestión de interés nacional. Y llama la atención porque precisamente ha sido el Partido Popular, la formación política que ha gobernado la Región en las últimas décadas, su partido, el principal responsable de la situación de colapso ecológico al que han llegado las hermosas tierras murcianas.
El PP ha sido el partido del urbanismo desbocado, el partido de los pelotazos inmobiliarios con grandes áreas residenciales salpicadas por doquier por gigantescos campos de golf, el partido que llenó La Manga de cemento y hormigón y el de la permisividad total con las grandes empresas contaminantes (también con los agricultores que han estado regando las cosechas con agua tóxica, ensuciando el mar y esquilmando los acuíferos). Ese partido, el partido de López Miras que ahora contempla el Mar Menor moribundo con las manos abiertas y derramando lágrimas de cocodrilo, ha sido el que ha dado la espalda sistemáticamente a las propuestas de los ecologistas para regenerar la Región, el partido que promovió una guerra feroz entre comunidades autónomas para sacar adelante su proyecto de trasvase del Ebro que hubiese sido catastrófico para el medioambiente local, el partido que ha apostado siempre por un sistema económico ultracapitalista salvaje y un modelo productivo enloquecido que solo ha tenido en cuenta la inversión, el dinero fácil y el gran capital, obviando las políticas de protección del entorno porque las consideraba cosa de “progres trasnochados”.
Ahora ya es demasiado tarde para salvar lo que antes era un auténtico paraíso terrenal. La Fiscalía de la Región de Murcia asegura que abrirá una investigación sobre lo sucedido este sábado en varias playas de San Pedro del Pinatar. De poco servirá. El daño está hecho. Los polvos de las políticas de la derecha popular han traído estos lodos, por mucho que la extinción masiva de biodiversidad en el Mar Menor pueda deberse también a los efectos devastadores del temporal que arrasó la zona días atrás y a la proliferación de algas invasivas que sofocan el oxígeno del agua (matando a especies de todo tipo) como consecuencia del cambio climático, un problema mundial que, dicho sea de paso, Aznar, gran faro intelectual iluminador del PP, sigue negando.
Poco cabe decir ante la imagen dantesca de miles de peces muertos, salvo que de no adoptarse medidas inmediatas el holocausto de flora y fauna será todavía peor, hasta parecerse mucho a las nueve plagas de Egipto, un Armagedón provocado sin duda por las políticas nefastas de la derecha más antiecológica que ha gobernado Murcia durante lustros. El Gobierno regional tiene todas las competencias en Medio Ambiente para hacerlo y si sigue jugando al electoralismo barato el Mar Menor terminará convirtiéndose en una ciénaga pestilente en poco tiempo, con el consiguiente desastre, la ruina de un entorno único para los habitantes de la comarca y pérdidas millonarias para el campo y el turismo.
Ahora que el espectáculo de los operarios retirando de la orilla cadáveres de animales masacrados por la mano humana pone de manifiesto que el daño en la zona puede ser irreparable, López Miras se echa las manos a la cabeza ante un apocalipsis que muchos llevan años advirtiendo que sucedería algún día. Por supuesto, la culpa de todo la tiene Pedro Sánchez porque discrimina a los murcianos (esa cantinela estéril) mientras Ramón Luis Valcárcel, el gran diseñador del cataclismo, sigue cómodamente instalado en Bruselas sin responder de nada. Por eso ver al actual presidente regional lamentándose mientras, compungido y con los ojos llorosos, contempla el daño provocado por su partido tras décadas de políticas destructivas produce sonrojo y vergüenza ajena. ¿Qué sentido tiene montar un numerito ante un mar agonizante perdido para siempre? ¿Ahora qué miras, López Miras?

Viñeta: Álex, La Mosca Cojonera

EL SHOW DE MOTOS

(Publicado en Diario16 el 11 de octubre de 2019)

Produce cierta incredulidad (y estupor) comprobar la amabilidad con la que los fascistas que pretenden destruir nuestro Estado de Derecho suelen ser tratados por las instituciones democráticas, por la Administración de Justicia y por la prensa del establishment en general. Así, hasta ahora los tribunales han tratado a los herederos de Franco, en su pleito por las exhumaciones del Valle de los Caídos, con un respeto y una pulcritud tan exquisitas que por momentos daba la sensación de que los nietos y bisnietos del dictador eran pobres desahuciados contra los que se había cometido la más cruel de las injusticias.
En realidad la orden de exhumar al general de su nauseabundo y megalómano mausoleo provenía del Parlamento español, legítimo depositario de la soberanía nacional, y no hacía falta ningún trámite ni papel más para ejecutar la medida. Hubiese bastado con que un grupo de obreros se hubiesen presentado en la Basílica, hubiesen levantado la fosa ante la histeria del prior Cantera y se hubiesen llevado el féretro al cementerio de Mingorrubio. Se acabó la historia. Punto pelota.
Sin embargo, durante todo este tiempo la familia Franco ha estado jugando con el Estado al gato y al ratón (más bien mareando la perdiz) con una batería de recursos y contrarrecursos absurdos e indignos que no ha hecho más que dilatar el procedimiento y caldear el ambiente, añadiendo más crispación y polémica a un hecho histórico, el de la exhumación, que a fecha de hoy aún no sabemos cuándo va a producirse y cómo va a terminar.
Llama la atención que en todo este asunto los tres poderes del Estado –Legislativo, Ejecutivo y Judicial– se hayan manejado con un miedo casi reverencial ante la sombra del dictador, como si cuarenta años de democracia no hubiesen bastado para romper con el yugo (y las flechas) del tirano. España ha sido excesivamente tolerante (por momentos hasta caer en cierto grado de humillación) con los caprichos y trucos judiciales de una familia que no es sino un clan de aristócratas que ha hecho dinero gracias a las herencias del abuelo y a su sangrienta y terrible dictadura. No entraremos aquí a valorar la sonrojante actitud del juez Yusty Bastarreche, el magistrado que detesta la Ley de Memoria Histórica y que ha aplicado su ideología preconstitucional, sus fobias antidemocráticas y sus alergias personales al asunto de la exhumación para echar una mano a los Franco. Ni siquiera se le ha dado un toque de atención por parte del Consejo General del Poder Judicial, máximo órgano encargado de poner orden entre los jueces, para que dejara de bloquear el expediente de exhumación con las excusas más peregrinas, como esa supuesta licencia de obra para intervenir en la cripta de Franco que nunca fue necesaria, según la histórica sentencia del Tribunal Supremo.
Tampoco el Gobierno socialista ha ido demasiado sobrado de confianza en sí mismo ni libre de complejos ancestrales, ya que cada paso que daba lo consultaba con el sumo sanedrín judicial, como si un Consejo de Ministros no tuviera la legitimidad y fortaleza moral suficiente para sacar al dictador de su fastuoso monumento.
Pero si sorprendente ha sido la timorata respuesta de los tres poderes del Estado español ante la ofensiva franquista, más sorpresa aún produce ver cómo ciertos medios de comunicación maquillan y banalizan el peligroso populismo neofascista que se ha colado en nuestro sistema dejando un hedor insoportable. Anoche mismo tuvimos una buena prueba de ello en el programa El Hormiguero de Pablo Motos, al que fue invitado un personaje de difícil digestión, otro fiel representante del Antiguo Régimen como Santiago Abascal tratado como un demócrata más. La cuestión no es si un periodista debe entrevistar a un personaje político, aunque mantenga opiniones de dudosa homologación democrática. Por supuesto que debe hacerlo y hasta acorralarlo con preguntas incómodas. Pero otra cosa muy diferente es, en un alarde de maquillaje televisivo, tratar de presentarlo como cercano, inofensivo, afable, entrañable y hasta amistoso.
Como es habitual en las entrevistas domésticas de Motos, y ante las dos simpáticas hormiguitas que hacen las veces de mascotas del programa, Abascal se relajó, mostró su lado más íntimo, humano y personal, como suele decirse en estas situaciones. Hasta que se acabó la broma y empezó a soltar una buena dosis de su bilis neofranquista no debidamente tratada. El líder de Vox se permitió bromear con Motos y hasta hacerse el gracioso (no le salió bien, todo ultraderechista suele sentirse más cómodo en la soflama patriotera que en el humor). “Venía preocupado por ti, por lo que van a brearte a partir de ahora; te he traído antiflamatorios”, le dijo al presentador haciéndole entrega de una tableta de pastillas. También le obsequió con una botella de aceite –“te puede venir bien para los golpes”−, con el objetivo de sacar el máximo provecho populista de la manifestación de olivareros de Madrid.
Pudiera decirse que Motos se esforzó por sacar el perfil amable e interesante del personaje; el problema es que a cada momento, como no podía ser de otra manera, salía el peligroso reaccionario que Abascal lleva dentro para lanzar un zarpazo. Es lo normal cuando se juega con un tigre como si fuera un dulce gatito. Así, cuando entrevistador y entrevistado dejaron las bromas a un lado y empezaron a entrar en materia −aborto, eutanasia, inmigración, Orgullo Gay o exhumación de Franco−, se vio que la cosa no iba a ser de una gran profundidad intelectual sino que daría para cuatro topicazos fachas y poco más. “La única vez que he pegado a alguien fue por una declaración terrible contra los homosexuales”, dijo intentando quitarse de encima el cartel de homófobo que se ha ganado a pulso. Y finalmente, como no podía ser de otra manera, el machista acabó aflorando: “Creo que no se debe acabar con la vida que se lleva dentro. Hay muchas mujeres que dicen que su cuerpo es suyo, pero lo que llevan dentro no es su cuerpo”, sentenció. Es decir, la teoría nacionalcatolicista de que la mujer está para parir y hacer la santa voluntad de Dios. Por cierto, la pistola que supuestamente llevaba en la sobaquera ahora se la deja en casa. Será porque lo exige el giro al centro que la derechona siempre da antes de unas elecciones. Y por no asustar.
Evidentemente, el programa ha incendiado las redes sociales y Motos ha tenido que dar explicaciones: “Como nosotros no nos casamos con nadie, queremos poner a prueba la fortaleza de las ideas”. Llegados a ese punto la pregunta es si un puñado de puntos más en los índices de audiencia justificaban invitar a alguien que defiende ideas retrógradas más propias de la Edad Media y la Inquisición que de una sociedad civilizada. Por ese camino, el siguiente en la lista de entrevistados será el prior Cantera. Ya lo estamos viendo ensotanado y con esa pálida e inquietante sonrisa resabiada cantando alegremente el Cara al Sol a las cuerdas de su guitarra de coro catequista. Con Trancas y Barrancas haciendo palmas. Todo muy jocoso y divertido.

EL PRIOR


(Publicado en Diario16 el 10 de octubre de 2019)

Como en la más disparatada película de Álex de la Iglesia, el prior Cantera parece dispuesto a llegar hasta el final, más allá de los límites del valor si es necesario, para impedir que la comisión judicial entre en la Basílica del Valle de los Caídos y ejecute la sentencia del Supremo que ordena exhumar los restos de Franco. Cantera ha avisado ya de que el fallo del Alto Tribunal “vulnera la libertad religiosa al tratarse de un lugar sagrado”, de modo que piensa encastillarse en el mausoleo hasta que no llegue la necesaria autorización eclesiástica. Es decir, que Cantera se ha declarado en rebeldía, un desobediente, un insumiso. Como un CDR del catolicismo.
El delirio en el que parece haber caído el prior (un falangista declarado que concurrió a unas elecciones en representación del partido ultra, no lo olvidemos) amenaza con paralizar la voluntad legítima y mayoritaria de todo un país. Y eso cuando los tres poderes del Estado –el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial− han coincidido en que los restos de un dictador no deben estar en un lugar de culto. Pero Cantera se ha dejado llevar por aquellas lecturas de adolescente seminarista y ya se ve a sí mismo como el héroe de un episodio de Hazañas Bélicas (aquel cómic de posguerra donde los buenos siempre derrotaban a los malos bolcheviques). Cantera se siente como el salvador de la patria amenazada por el ateísmo comunista y como el mártir de la última santa cruzada que debe librarse antes del final de los tiempos.
Al prior del Valle uno se lo imagina por la noche, en el silencio de la biblioteca benedictina, bajo la luz de una vela, consultando febrilmente polvorientos incunables medievales sobre demonios, brujas y aquelarres (el perfil de exorcista lo clava), más alguna que otra biografía de Franco firmada por Pío Moa y los últimos artículos incendiarios de Jiménez Losantos. En ese ambiente gótico, hermético, insano, mientras escucha obsesivos cantos gregorianos y el murmullo lejano de los rezos que llegan de la capilla, quizá haya desarrollado un extraño comportamiento freudiano que nadie, ni en España, ni en el Vaticano, ni en el resto del mundo acabar de entender. Seguramente a esta hora el padre Cantera ya tenga planes detallados para defender de las hordas marxistas, palmo a palmo, la sagrada posición del Valle. Todo está a punto: el agua bendita y la ristra de ajos para los vampiros socialistas; el aceite hirviendo que se le echaba a los moros infieles en la Reconquista; las afiladas flechas falangistas apuntando directamente a la puerta; una trampa mortal de cirios ardientes cayendo de la bóveda por sorpresa; y el enorme crucifijo perfectamente engrasado como fetiche infalible. El viejo mosquetón del abuelo que ya no dispara porque está averiado solo como último recurso y para asustar.
En su ensoñación, el prior lo tiene todo previsto, su plan es más perfecto aún que el del general Moscardó cuando lo del Alcázar. Ah, qué hombre, cómo admira Cantera aquello que dijo el héroe cuando los rojos viborinos ya reptaban por la montaña: “Pues encomienda tu alma a Dios, da un grito de ¡Viva España! y muere como un patriota”. Cantera también espera que alguno de sus fieles le diga, en medio del fragor de la defensa del sagrado lugar, aquello de “mi prior, sin novedad en el Valle”. No cuenta con demasiadas efectivos, eso es cierto. Quizá el cocinero, el monaguillo (que aunque remiso el muchacho está seguro de que al final sacará el valor necesario para dar el paso trascendental) y un par de recios hermanos dispuestos a ofrecer su sangre por Dios, por Franco y por España. Pero tiene de su lado la fuerza más importante, al omnipotente Altísimo, que en el último momento sin duda abrirá los cielos como cuando abrió el Mar Rojo para que pudiera pasar el honrado pueblo de Israel y de un solo rayo fulminará, reduciéndolos a chamusquina, a la secretaria judicial, al forense y al funerario, toda esa ralea democrática descreída, toda esa estirpe estéril de la raza humana que no cree en nada.
Cantera no piensa dar un solo paso atrás. De nada servirán las órdenes de la ministra de Justicia, ni las sugerencias veladas de la Conferencia Episcopal, ni los ruegos del Papa Francisco (ese traidor). Él llegará hasta el final, hasta que su cuerpo ya derrotado por el demonio rojo caiga de bruces y exánime sobre la tumba del general. Y en ese momento, cuando vea volar por los aires el helicóptero del PSOE fletado expresamente por Moncloa para llevarse en volandas el féretro de su Excelencia (con Sánchez a los mandos) ya podrá dar por terminada su ingrata pero necesaria misión terrenal. Y su espíritu podrá ascender entre los cielos azules (por supuesto un cielo facha donde los proletas y comunistas rebeldes no tienen cabida) y sentarse a la diestra del Sumo Hacedor: Don Francisco Franco Bahamonde.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

CASADO SE MARIANIZA


(Publicado en Diario16 el 9 de octubre de 2019)

Dicen los expertos y tertulianos que el PP de Pablo Casado se ha “marianizado”, que se ha moderado, que ha vuelto a virar al centro de cara al desafío electoral definitivo del 10N. Ahora bien, ¿qué es en realidad el centro político? ¿Existe ese territorio político sin explorar? ¿Hubo alguna vez un espacio entre la derecha y la izquierda? ¿No se tratará al fin y al cabo de un lugar mítico, de una fábula legendaria, de un unicornio rosa que la derecha española saca a pasear cada vez que se acerca una cita trascendental con las urnas?
Algunos analistas políticos quieren ver en la barba prehípster que se ha dejado Casado la prueba definitiva de que en los últimos tiempos el nuevo líder del PP ha optado por recuperar el espíritu (y hasta el decadente aspecto físico) de su predecesor Mariano Rajoy. A Casado ya no se le escucha hablar con tanta furia del “felón Sánchez”, de cuando en cuando arremete contra Rivera por haber bloqueado la formación de un Gobierno en España y hasta se muestra dispuesto a sentarse y hablar con el PSOE, una vez pasado el 10N, sobre una hipotética “Gran Coalición”. Quién lo iba a decir hace solo unos meses, cuando promovía manifestaciones nacionalistas, codo con codo, con la ultraderecha de Vox.
¿Es ese cambio de talante del dirigente conservador el tan deseado y manido giro al centro o solo una treta electoral para captar papeletas entre los votantes más moderados? Más bien parece que estamos ante lo segundo que ante lo primero. De entrada, el cambio de actitud del máximo responsable de Génova 13 no obedece a ninguna refundación rigurosa y seria del partido en un Congreso extraordinario donde se hayan debatido las ideas de cambio, ni a la asunción de postulados políticos mucho más flexibles, ni al fichaje de caras nuevas procedentes del llamado etéreamente “espectro centrista”. Nada de eso. El famoso giro al centro de Casado es pura improvisación, jazz fusión (él que es tan aficionado a la guitarra eléctrica), simple postureo electoral.
El supuesto volantazo centrista lo da el líder popular de la noche a la mañana en función del clima político originado por las encuestas, y según el humor con el que se levante de la cama ese día. Porque el centro es una moda, un traje de prêt-à-porter. Así, el lunes Casado se viste de ultra por la rabia que le da leer en los papeles que la Justicia ha encontrado un nuevo escandalazo en su partido (es entonces cuando levanta el teléfono y ordena a su guardia pretoriana conservadora de la Audiencia Nacional que recuse a los magistrados progres que pretenden imputar al PP por organización mafiosa y criminal). El martes, como ya se ha relajado un tanto, le viene la vena demócrata-cristiana, y aparece el Casado vestido con túnica zen (sin llegar a los ejercicios budistas de Rodrigo Rato). Y a mitad de semana ya se pone el traje de centro total, de moderado fuera de toda sospecha, de centrista de pedigrí. Para el jueves, eso sí, le vuelve a arreciar la fiebre radical y conforme se acerca el fin de semana, como le va la marcha de los domingos de mítines duros y recios frente a las murallas de Ávila, repite vestimenta y se enfunda el traje retrofranquista. De modo que el disfraz del centro es una prenda que se pone por días, por estados de ánimo y sobre todo según las encuestas.
Pero más allá de cálculos electoralistas de corto plazo, la auténtica realidad es que el centro político en España nunca ha existido. La UCD, primer y último experimento supuestamente centrista, no fue más que un montaje muy bien urdido lleno de jóvenes tecnócratas llegados del franquismo, exfalangistas avispados que veían en la democracia una oportunidad de seguir haciendo negocio, procuradores en Cortes del Antiguo Régimen y jóvenes abogados del sindicato vertical con ganas de hacer carrera. Lo miremos como lo miremos (y eso lo sabemos todos) aquello era un nido de fascistones travestidos de demócratas aunque, eso sí, jugaron un papel útil y crucial para que la Transición fuera tranquila y pacífica y aquello no terminara en una ensalada de tiros como en el 36.
Después de Suárez, el espejismo del centro se disolvió como un azucarillo. Fue entonces cuando Fraga ocupó el liderazgo ultraconservador con Alianza Popular y dijo aquello de “ni tutelas ni tu tías”, una frase para la historia que en realidad escondía una gran falacia, ya que en el partido y en el posterior PP recaló lo peor del franquismo sociológico, de modo que Franco seguía siendo, de alguna manera, el “tutor y el tío” del proyecto.
La prueba de que el PP siempre ha sido más de extremos que de centros, es decir, más africanista que europeísta, la hemos tenido estos días de gloriosas sentencias en el Tribunal Supremo. La única valoración, el único análisis político que un supuesto demócrata moderado como Casado fue capaz de soltar por su boca tras la histórica resolución judicial que por unanimidad de sus magistrados ordenaba la exhumación de los huesos del dictador del Valle de los Caídos fue que no gastaría ni un solo euro en desenterrar la momia del general. Ciertamente, con centristas así la ultraderecha ibérica no necesita para nada a los Abascal y Ortega Smith, que en las formas pueden parecer más rudos y belicosos, pero en el fondo lanzan el mismo mensaje retro que el actual dirigente del PP.
En realidad, el centro, si es que llegó a ser algo alguna vez en nuestro país, fue la eterna utopía de la derecha, una tendencia que nunca cuaja porque siempre ocurre que sale un rival emergente como un Rivera o un Abascal con un marketing mucho más agresivo y un cuento mucho más eficaz: el del ultra disfrazado de liberal. Tipos sin escrúpulos. Lobos con piel de cordero dispuestos a levantarle a uno la parroquia, a quedarse con su negocio y a jugar con el pan de sus hijos. Y hasta ahí podíamos llegar. Por eso hay que parecer un poco de centro (no demasiado) sin perder de vista al competidor. Ya lo dijo Margaret Thatcher, ideóloga del populismo posdemocrático siglo XXI: “Estar en medio de la carretera es muy peligroso; te atropella el tráfico de ambos sentidos”. Pues eso.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

APOLOGÍAS


(Publicado en Diario16 el 8 de octubre de 2019)

En España se puede hacer apología del fascismo sin que pase nada. De hecho, se puede incluso montar un partido político a mayor gloria de la ideología franquista que lejos de ser perseguido por la Fiscalía por antidemocrático y anticonstitucional recibirá jugosas subvenciones del Estado, buenos sueldos para sus cargos electos y licencia absoluta para soltar toda la bazofia ideológica que considere oportuno en el Parlamento español. En este país una señora bien como Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, puede insinuar impunemente que sus rivales de la oposición son unos rojos quemaconventos, mientras a uno de sus socios de Gobierno, el engominado, fachendoso y encopetado Ortega Smith se le tolera que pueda decir con total desvergüenza que las Trece Rosas, mujeres víctimas de la represión franquista, eran “torturadoras y violadoras” (todo ello sin presentar una sola prueba de sus graves acusaciones, entre otras cosas porque no existen tales indicios, ya que todo obedece a un delirio de su calenturienta imaginación de exaltado).
Muchas cosas tienen que cambiar todavía en nuestro país para homologarnos a las verdaderas democracias occidentales. Y la primera de ellas, antes que sacar al dictador de su nauseabundo mausoleo, debería ser incluir un artículo tan necesario como fundamental en el Código Penal que permita perseguir a apologetas del fascismo, charlatanes y manipuladores de la historia y difamadores profesionales sin escrúpulos. Porque una cosa es soltar un chiste más o menos burdo y afortunado sobre Carrero Blanco y otra muy diferente tratar de robarle al pueblo su historia, su memoria histórica, la verdad, que es su patrimonio más preciado y valioso. Y eso es exactamente lo que pretenden hacer Santiago Abascal, Ortega Smith y el grupo de sectarios, esotéricos y chapuceros historiadores de Vox, esos mismos que se han propuesto darle la vuelta al pasado para convencernos de que los malos eran los rojos, de que Franco era un abuelito entrañable sin un ápice de maldad en su cuerpo y de que la Guerra Civil fue un episodio inevitable para salvar a España de las garras de la bolchevique Unión Soviética.
Los “ladrones de la historia”, y también los burdos revisionistas que la retuercen a su antojo, son tanto o más peligrosos que los terroristas, ya que dinamitan de arriba abajo los valores más sagrados de una sociedad democrática: memoria cultural, ciencia histórica, verdad y reparación moral. De ahí que sea tan urgente que el Legislador español encuentre un hueco, entre tanta investidura fallida y tantas elecciones generales (visto lo visto va a resultar difícil) para incluir un artículo en el Código Penal que diga algo así como (y esto es solo aproximativo, ya que no pretendemos jugar a juristas): “El que realice actos de apología del fascismo ensalzando sus principios políticos, difamando o humillando a sus víctimas o negando la verdad histórica de los hechos será castigado con penas de…” Y un segundo epígrafe en el que penalice a todo aquel que “con voluntad de intoxicar, manipular o engañar a la opinión pública fabule, invente o falsee los hechos históricos a su antojo, con grave daño a la memoria histórica y a sus víctimas…”
Por lo visto, el Gobierno socialista tiene preparado un proyecto al respecto, aunque no sabemos si algún día logrará llevarlo a cabo. En esa hipotética ley se incluirán “las modificaciones legales oportunas para que se declaren ilegales las asociaciones y fundaciones que realicen apología del franquismo, e igualmente se está estudiando la modificación del artículo 510 del Código Penal para incluir dicha apología como delito”. El señor Pedro Sánchez debería tramitar esa ley cuanto antes por dignidad y por una mera cuestión de supervivencia de nuestra democracia.
Nada más necesario que esa legislación penal que ya existe en otros países como Alemania, que tras la Segunda Guerra Mundial inició un loable proceso de “desnazificación”. No hace tanto, en los años 90, el Bundestag votó un paquete de medidas penales para combatir la violencia xenófoba, el auge de los partidos de ultraderecha y a los nostálgicos del Tercer Reich. En concreto, los diputados alemanes introdujeron en el Código Penal de su país penas de hasta tres años de cárcel para quienes “aprueben, nieguen o minimicen, en público o en una reunión, los actos perpetrados durante la dictadura nazi”. Además, “quien distribuya en el interior medios de propaganda [de organizaciones anticonstitucionales o asociaciones que se dirijan contra los principios del entendimiento de los pueblos] o los produzca para su divulgación en el país o en el exterior; los tenga disponibles, los introduzca o los exporte, o los haga accesibles públicamente en archivos de datos electrónicos (…) será castigado con pena privativa de la libertad hasta por tres años o con multa”. De esa manera, la legislación alemana no permite las consignas nazis ni la exhibición de sus símbolos y, mucho menos, afirmaciones favorables a Hitler y el nazismo en televisión. Por supuesto, negar el holocausto judío tiene cárcel e incluso se han dado casos de turistas borrachos que han sido detenidos y condenados por levantar el brazo en saludo fascista en plena calle.
Sin la verdad empírica sobre lo que ocurrió, sin la ciencia exacta de los hechos históricos, un pueblo queda huérfano y a merced de los charlatanes y engatusaviejas. De ahí que necesitemos la verdad como el aire que respiramos. Pero la verdad, no la venganza. Nadie en su sano juicio pretende volver al 36. Desgraciadamente aquella locura ocurrió y no podemos cambiarlo. No se trata de reabrir viejas heridas sino de cerrarlas para siempre. De lo que se trata es de hacer justicia con los muertos (de uno y otro bando), de saber lo que pasó realmente, de poner negro sobre blanco en los infaustos acontecimientos ocurridos en este país entre 1936 y 1939 y de aprender de la historia para no volver a repetirla. Porque un pueblo que vive permanentemente instalado en la mentira es un pueblo enfermo. Una sociedad condenada a sufrir una y otra vez un trastorno colectivo llamado fascismo.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LAS TRECE ROSAS


(Publicado en Diario16 el 7 de octubre de 2019)

En países como Alemania mentir con cuestiones tan delicadas como la verdad sobre la memoria histórica constituye un grave delito. En España no solo se tolera el bulo y la infamia sino que se hace espectáculo político y periodístico con ello. Las últimas denigrantes declaraciones de Javier Ortega Smith a propósito de las Trece Rosas han provocado indignación en las asociaciones de familiares que defienden los derechos de los represaliados. Así, la Asociación Trece Rosas Asturias ha exigido al secretario general de Vox que rectifique sus “difamaciones y calumnias” y ha anunciado que se querellará contra él. De momento, el diputado ultra aún no se ha retractado.
En nota de prensa, la organización Trece Rosas ha manifestado su “más enérgica repulsa e indignación” ante las declaraciones del dirigente de Vox que el pasado viernes dijo durante una entrevista en TVE que las mujeres ejecutadas por el franquismo después del final de la Guerra Civil lo que hacían en realidad era “torturar, violar y asesinar vilmente en las checas de Madrid”.
“Tan graves acusaciones, carentes de cualquier soporte documental e histórico, responden al interés de este personaje por reescribir la historia reciente de nuestro país y sembrar entre los españoles la división y el alineamiento ideológico de capas de la sociedad instaladas en el revanchismo y la intolerancia”, apuntan desde la asociación.
De este modo, la Asociación Trece Rosas Asturias pedirá, a través de su abogado Eduardo Ranz, “la inmediata rectificación de esas declaraciones en los medios informativos de alcance nacional donde fueron formuladas, de forma que restituya el honor y buen nombre a 13 jóvenes fusiladas el 5 de agosto de 1939 por defender unas ideas y adherirse a la lucha contra el franquismo y la intolerancia”.
“De no producirse dicha rectificación, Trece Rosas Asturias anuncia, desde este mismo momento, la voluntad de emprender acciones legales contra el señor Ortega Smith”, concluye el escrito. Esta mañana, la asociación anunciaba la posibilidad de una querella contra el líder de Vox. “Estamos estudiando acciones legales. Hay que valorar las cosas y actuar con cabeza”.
Las Trece Rosas es el nombre que se dio a un grupo de trece jóvenes −en su mayoría miembros de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU)−, que fueron fusiladas por la dictadura franquista en Madrid el 5 de agosto de 1939, cuatro meses después de finalizar la Guerra Civil Española. El 3 de agosto de 1939, la sentencia del fiscal del Consejo Permanente de Guerra encontró a las Trece Rosas como “responsables de un delito de adhesión a la rebelión”. Sin embargo, el sumario judicial no dice ni una sola palabra de que las ajusticiadas participaran en torturas o en crímenes de guerra, como insinúa el diputado de Vox.
La misma delirante invención histórica de Ortega Smith es practicada por su jefe, Santiago Abascal, líder de la formación ultra, que el pasado fin de semana aseguró que el PSOE siempre fue un “partido criminal”. En las filas socialistas también se han levantado voces en las últimas horas pidiendo una querella por difamación contra el máximo responsable de la formación verde.
Pero más allá de que sean las partes ofendidas las que estén legitimadas para iniciar procedimientos por calumnias e injurias, debería ser la Justicia española, como principal garante y defensor de un país democrático y de un Estado de Derecho, la que actúe de oficio llevando a Smith a los tribunales. En los últimos meses nos hemos acostumbrado a ver cómo la Fiscalía actuaba, sin temblarle el pulso, contra raperos, actores, intelectuales y artistas por mensajes en Twitter, chistes, escritos y declaraciones públicas críticas con el régimen franquista y sus jerarcas genocidas. ¿Dónde están ahora los fiscales? ¿Por qué no actúan de oficio? Si no se corta de raíz esta peligrosa moda de revisar la historia para adaptarla a los intereses concretos de una ideología totalitaria como fue el franquismo, la democracia española estará empezando a perder la batalla contra los enemigos de la libertad. En Alemania los disparates y tonterías como las soltadas por Ortega Smith se pagan porque se considera que el nazismo fue un fenómeno histórico de consecuencias nefastas que no puede volverse a repetir. Tan grave como el régimen de terror que implantó Franco durante cuarenta años de pesadilla y que cierto sector de la judicatura española todavía ve con simpatía.

EL HUNDIMIENTO DE RIVERA


(Publicado en Diario16 el 7 de octubre de 2019)

“El pánico hace milagros”, ha dicho Pedro Sánchez sobre el ofrecimiento de Albert Rivera para pactar con el PSOE y desbloquear la formación de un Gobierno en España. Es evidente que el presidente de Ciudadanos, ante los malos augurios de las encuestas, se consume en una hoguera de miedo, de terror, de canguelo. Y a falta de un mes para las elecciones le han entrado las prisas. Si hace un cuarto de hora le había puesto un cordón sanitario (casi radiactivo) a los socialistas −los amigos de los que quieren romper España−, ahora sería capaz de firmar acuerdos con la banda de Sánchez, con el diablo, con el mismísimo Quim Torra con tal de salvar su sillón de cuero el 10N. Cualquier día lo vemos entrando en Waterloo, con la bandera blanca en la mano, pidiéndole una tregua y hasta una coalición a Puigdemont.
Así es la veleta naranja. Hoy dice esto, mañana dice aquello. Hoy van de liberales a la europea, mañana de franquistas furibundos dispuestos a defender España de los rojos ateos y comunistas que según ellos ya piensan en quemar las iglesias como en el 36. Nada en Rivera es de verdad. Todo es puro artificio, pantomima, postureo y sobreactuación. Ciudadanos es una broma pesada en un momento histórico en el que España no está para bromas.
El chaqueteo del político catalán se veía venir desde hacía tiempo. Se lo estaba diciendo todo el mundo, los liberales europeos, el Financial Times, Manuel Valls, su amigo Toni Roldán (con el que rompió por arrogancia), la patronal, el Íbex y hasta el rey en la ronda de consultas. Todos le decían: “Déjalo de una vez Albert; abandona la senda ultraderechista, que para eso ya está Vox; vuelve a la moderación; levántale el castigo a Sánchez, que es un buen chico con el que se puede negociar; reflexiona, medita, relájate…” Pero él no hizo caso y siguió a lo suyo, contumazmente instalado en la hipérbole permanente, en la exageración histriónica de opereta, en la histeria y la calumnia. Cada vez que se subía al atril de las Cortes (demasiado adrenalínico y térmico) montaba el pollo; cada vez que daba un mitin en Badalona liaba una trapatiesta que para qué; cada vez que se daba una vuelta por Vic o Rentería, en plan provocador y para arañar unos votillos, resucitaba el fantasma del guerracivilismo. Del espectáculo que dio en los debates televisivos (incluido aquel cursi y delirante minuto de oro) mejor no hablar. Parecía ese feriante cargado de cachivaches y trastos que cambia de número cada minuto con tal de que entre más gente en su barraca.
España no necesita un político así. España, en estos momentos críticos en que vuelve el franquismo, en que la democracia está amenazada y en que todo parece estallar por los aires, no necesita otro insensato pirómano llegado de las cavernas de la historia para quemar lo poco bueno que nos queda ya. Y claro, la parroquia se ha olido la tostada, le ha visto las costuras, le ha pillado el truco. Le ha cogido el tufo a extremista que va soltando el muchacho. Rivera es el paradigma del másdelomismo nacionalista que ya conocemos, el salvapatrias que arrastra a los demás a las trincheras mientras él vive su vida de lujos y conciertos con Malú, el símbolo del fracaso. También es el cuento de la regeneración que nunca llega (de hecho, siempre acaba pactando con los corruptos); el demócrata que negocia con los franquistas, al crepúsculo de los domingos por la tarde, en los reservados de los hoteles de Madrid; el líder del partido que gana las elecciones en Cataluña y sale por piernas a esconderse en Madrid porque no tiene ni ideas ni proyecto. No le adorna ni una sola cualidad como estadista, dice lo que debe a destiempo y lo que no debe todo el rato, se equivoca con la táctica y la estrategia. Él pretende ser como Suárez pero por su radicalidad se queda en José Antonio. Y ahora tiene miedo de las encuestas. Hasta el ABC le da los mismos diputados que Vox. Rivera es un desastre, un bluf. Llegó en cueros a la política y así se va a ir tras perderlo todo. En pelota picada.

Viñeta: Xipell