jueves, 12 de diciembre de 2019

EL IBEX QUIERE A VOX

(Publicado en Diario16 el 28 de noviembre de 2019)

La patronal cree que es mejor que España vaya a unas terceras elecciones antes que asumir un Gobierno de izquierdas del PSOE con Unidas Podemos y Pablo Iglesias de vicepresidente. En realidad lo que desean los empresarios es una gran coalición PSOE-PP tan imposible como inviable, ya que eso sería el final de la socialdemocracia española. Lo malo es que en ese mismo pack socialista/popular que pretende la patronal también va Vox con su lenguaje cuartelero, su pasión guerracivilista y sus nefastas políticas antidemocráticas que pretenden devolvernos al 36. Nada de eso parece preocupar a las gentes del dinero. Hasta cierto punto es normal que el poder financiero no le haga ascos a la extrema derecha. Ya se preguntaba Bertolt Brecht en su tiempo de qué servía “decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina”. El gran capital y el totalitarismo suelen ir de la mano. Franco no hubiese llegado al poder sin March ni Hitler sin Thyssen.
En realidad, la crisis de 2008 no fue más que eso: el golpe de Estado económico de una oligarquía financiera; la reforma constitucional de tapadillo para imponer el modelo liberal totalitario y salvaje de Bruselas donde el más fuerte sobrevive y el más débil perece; darwinismo puro y duro. El fascismo económico que estamos viviendo y sufriendo en nuestras carnes desde entonces es el que ha echado de sus casas a los desahuciados de los bancos; el que ha generado desesperados suicidas que se arrojan por las ventanas cuando ya no soportan una vida sin futuro; el de la jornada laboral de sol a sol sin contrato y por un salario miserable. La tiranía de la “fasciocracia”, ese original invento de la ultraderecha de nuevo cuño que ha caído en la cuenta de que ya no es necesaria la guerra y el holocausto racial para instaurar un imperio de mil años puesto que el mundo se gobierna mejor desde dentro del sistema, usurpando las instituciones de las democracias liberales.
De ahí que Ortega Smith, tras ser reprobado por el Ayuntamiento de Madrid, diga que le importa “un bledo” el castigo del “consenso progre”. En el fondo lo dice porque sabe que la democracia no puede hacerle ningún daño con su batería de fútiles reprobaciones y sus palabras nobles y humanistas pasadas de moda; lo dice porque se siente amparado, protegido. Porque sabe que detrás de él están los tanques, que ya no es aquella vieja chatarra con la que Franco ganó la batalla del Ebro, sino un Ejército mucho más moderno, ágil y eficaz: una infantería fiel de hombres trajeados que le votan en las altas esferas y que pueden arruinar la economía española con un click de su ratón; una caballería de banqueros y empresarios que invierten en la propaganda del partido; y una flota de multinacionales capaz de hundir la Bolsa a cañonazos de rumores especulativos y opas hostiles en cuanto a Iglesias se le ocurra pedir la derogación de la reforma laboral y la autodeterminación de Cataluña. Todo el tinglado de la democracia le pertenece ya a Ortega Smith y a su jefe, el Caudillo Abascal, mientras al alcalde Martínez-Almeida solo le queda mirar desde abajo, desde su pequeñez moral y su cobardía política, a los nuevos dueños y señores del cortijo español.
El PP, instalado en el bloqueo permanente, ha decidido seguir el camino del suicida Albert Rivera, que antes de abstenerse para que Sánchez pudiera gobernar prefirió inmolarse atragantado con el veneno del no es no. Por lo visto Casado también quiere beber esa cicuta de la negatividad contra el sanchismo y, al igual que la patronal, prefiere unas terceras elecciones. Sus asesores no le han debido advertir todavía de que ir de nuevo a las urnas entraña un riesgo mortal: el que supone que Vox termine merendándose al Partido Popular, como ya ha hecho con Ciudadanos, y quede como principal partido de la derecha española. Aunque bien mirado, y escuchando las cosas que dice Aznar, quizá sea eso precisamente lo que va buscando la “derechita cobarde”: dejar las puertas de Génova abiertas de par en par y entregarse al macho y duro para que termine poseyéndola salvajemente y sin remedio.

LA PÉRFIDA URSS


(Publicado en Diario16 el 27 de noviembre de 2019)

Quiso el destino que fuese Manuela Carmena, en calidad de titular del Juzgado de Primera Instancia número 19 de Madrid, quien el 19 de mayo de 1984 declarara la quiebra del consejo de administración de Waimer S.A., hasta ese momento una boyante empresa con la que los Franco habían mantenido relaciones comerciales con la pérfida y archienemiga Unión Soviética. Aquello sirvió para que la opinión pública se enterara de que el feroz discurso del dictador contra el “enemigo rojo y ateo bolchevique” había sido un cuento chino más de los muchos que el dictador había contado a los españoles en sus 40 años de siniestra dictadura, ya que a la hora de la verdad, cuando se trataba de hacer dinero, poco importaba la ideología del cliente en cuestión sino el éxito del negocio.
Tras la Segunda Guerra Mundial, las relaciones de España con los soviéticos fueron descritas como “el peor de los casos, aunque no de los más problemáticos”. Al discurso de Nikita Jruschov contra el régimen de Franco ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el 1 de octubre de 1960, el dictador español respondió con la prohibición del partido de fútbol entre España y la URSS de la Eurocopa de ese año. Sin embargo, todo era un paripé, ya que mientras las relaciones diplomáticas entre ambos países tocaban fondo la empresa familiar de los Franco trabajaba a pleno rendimiento con los rusos. Poco después de la crisis de Guerra Fría, el Caudillo y Jruschov comenzaron el restablecimiento gradual de los contactos. En abril de 1963 ambos líderes intercambiaron cartas sobre desarme y sobre el destino de Julián Grimau, el comunista español condenado a muerte. Ya en 1972 llegaría por fin el acuerdo sobre comercio exterior que establecía misiones comerciales permanentes al año siguiente. Un mero trámite, ya que los Franco llevaban años comerciando con la URSS a título privado. De hecho, una información del diario El País aseguró en su edición de 24 de mayo de 1984 que “Waimer fue la primera empresa que inició en 1965 el intercambio comercial con la Unión Soviética”, y que entre los miembros de su consejo de administración había hombres fuertes del régimen.
El nombre de la misteriosa compañía sale a relucir en el magnífico libro La familia Franco S.A., de Mariano Sánchez Soler, que ha puesto al descubierto los negocios del clan de El Pardo desde el golpe de Estado de 1936 hasta nuestros días. Waimer S.A. fue legalmente constituida en Madrid el 24 de mayo de 1961 con un capital escriturado de 1.600.000 pesetas y se dedicaba a “la importación y exportación de todo tipo de artículos; fabricación, elaboración, distribución, publicidad y compraventa al por mayor y menor de toda clase de productos”. En cualquier caso, según Sánchez Soler, en vida de Franco la compañía se especializó en la venta de material quirúrgico a la Unión Soviética, aprovechando la iniciativa y privilegios de personajes como Cristóbal Martínez-Bordiú, el “Yernísimo” del dictador y marqués de Villaverde.
Cabe recordar que Martínez-Bordiú era médico y tomó parte en numerosos consejos de administración de grandes empresas relacionadas con el sector sanitario durante el franquismo. Según Sánchez Soler, entre 1950 y 1979 el marqués “fundó, presidió y/o formó parte de los consejos de administración de 17 empresas cuyos capitales sociales, según las escrituras, sumaban más de cuatro mil millones de pesetas. Todas las sociedades anónimas que contaron con la presencia de Martínez-Bordiú vieron crecer sus capitales y sus ganancias”: Comercial Flores S.A., que logró escriturar fincas en Madrid y Guadalajara por 95 millones de pesetas; Chequeos por Computadora (Checomp), creada con un capital social de 15 millones; Instituto Técnico de Seguros y Reaseguros S.A. (un millón cien mil pesetas); Clínicas Médicas S.A. (Cimesa, 6,5 millones de pesetas); Instituto Técnico de la Costa del Sol S.A. (300 millones de pesetas); Urgencias Sanitarias S.A. (4,5 millones de pesetas); Sanitas S.A. (fundada en 1956 con un capital social de 3 millones); y MKT Plasco S.A, entre otras.
Las cosas marcharon bien para Waimer mientras hubo exportación de material quirúrgico al “enemigo rojo”, pero la llegada de la democracia hizo que sus socios “abandonaran un negocio que había sido muy rentable”, según cuenta el escritor. De este modo, el último consejo de administración designado el 29 de junio de 1979, y del que el marqués de Villaverde seguía siendo vocal, se topó con “aquel alud de denuncias por impago que comenzaron a llegar hasta los tribunales civiles de Madrid”. Bancos, agencias de viajes, empresas diversas y particulares promovieron reclamaciones de cantidades que, en algunos casos, no superaban las 100.000 pesetas, pero que en total sumaban 100 millones.
Tal como consta en el libro de Sánchez Soler, cuando llegaron las vacas flacas la entonces jueza Carmena requirió “inmediatamente” al último consejo de administración de la compañía para que liquidara la empresa: “Francisco Castiella Pérez, industrial; Jesús Santiveri Capdevilla, industrial; José Luis de Salas Cardenal; Excelentísimo Señor don Gregorio Marañón Moya; Carlos Zurita González, cuñado de Juan Carlos de Borbón; Manuel Santiveri Capdevilla; Excelentísimo señor don Cristóbal Martínez-Bordiú; Demetrio Ullastres Astudillo; Excelentísimo señor don Francisco García Escámez y Jaime Arteaga y Martín”.
“En conjunto, la empresa llegó a tener cuarenta y cinco demandas de reclamaciones, incluyendo dos juicios ejecutivos y veinticinco acreedores. Dos procedimientos ejecutivos instados por el Banco Simeón sirvieron para descubrir que la maquinaria hipotecada (una prensa, una plegadora y una cargadora importadas de la URSS) estaba incautada en la zona franca del puerto de Barcelona por no pagar los derechos de Aduana, y que Waimer, al suscribir los créditos, había firmado una declaración en la que aseguraba que se hallaba libre de gravámenes y cargas”. De alguna manera, los odiados soviéticos habían dejado de ser buenos clientes.

EL CAMINO SUICIDA


(Publicado en Diario16 el 26 de noviembre de 2019)

En el despacho del jefe de Génova 13 se escucha el castañeteo y el rechinar de dientes de Pablo Casado. El líder del PP sabe que no solo Pedro Sánchez se juega su futuro político en esta investidura. Él mismo puede terminar en la cola del paro. Si el presidente del Gobierno en funciones no logra los apoyos suficientes entre los independentistas catalanes de ERC (y de momento pinta mal) iremos a unas terceras elecciones. Entonces todos los candidatos, también Casado, entrarán en territorio ignoto e inexplorado. Cualquier cosa podría ocurrir en esa desconocida dimensión que se abriría tras la repetición de los comicios. Nadie puede aventurar a día de hoy cuál sería el escenario político que saldría de las urnas, pero una cosa parece clara: Vox podría dispararse una vez más, dando otro salto exponencial en número de escaños en su loca y anacrónica carrera por devolver a España a los convulsos años 30 del siglo XX.
El partido de Santiago Abascal ya ha devorado a Ciudadanos tras las últimas elecciones del 10N y el riesgo de que pueda engullir al PP en un nuevo duelo electoral es cada vez más real. Todo eso lo sabe Casado, que se enfrenta al oprobio de pasar a la historia como el hombre que liquidó el PP, perdiendo la hegemonía de varias décadas en la derecha española. Pese a todo, sigue jugando peligrosamente con el “no es no” a Pedro Sánchez y con la negativa a abstenerse para que el candidato socialista pueda ser investido. La misma estrategia fatídica que llevó a Albert Rivera al descalabro y a su tumba política. Fuentes de Génova han dejado caer en las últimas horas que los asesores del presidente popular le están aconsejando que se mantenga firme en su plan de bloqueo a un Gobierno de izquierdas. Pero el riesgo de que Sánchez fracase y termine convocando elecciones generales es demasiado elevado para el Partido Popular.
Es por ello que Casado ya está empezando a recibir presiones del entorno de Alberto Núñez Feijóo (el recambio natural si las cosas se tuercen para el PP) y de grandes empresas del Íbex35, que estarían apretando las tuercas al líder popular para que se abstenga y permita un Gobierno socialista y morado. Por una parte, el liderazgo de Casado sigue estando cuestionado, ya que aunque el 10N mejoró los resultados, los 88 escaños siguen sabiendo a poco a los barones del partido de las gloriosas mayorías absolutas. Los seguidores de Feijóo mantienen la diana en el sucesor de Rajoy y marcan estrechamente cada uno de sus pasos. Por otro lado, el gran capital siente alergia ante la posibilidad de un Ejecutivo de izquierdas PSOE/Unidas Podemos con Pablo Iglesias en la vicepresidencia. Pero es aún más fuerte el pavor de la clase empresarial ante un país desgobernado, fallido y sin rumbo. A fin de cuentas, sin orden no hay dinero y la élite financiera empieza a ver claro que cualquier Gobierno es mejor que el vacío de poder. Ya habrá tiempo para reprimir las veleidades socialdemócratas del nuevo gabinete rojo.
Así las cosas, los primeros movimientos de los populares de cara a la apertura de la nueva Legislatura (que puede ser tan corta como las dos anteriores) son un buen síntoma de los nervios que empiezan a cundir en los despachos de Génova. En una extraña decisión, el secretario general del PP, Teodoro García Egea, ha rechazado hoy mismo una maniobra de las fuerzas democráticas en el Parlamento para dejar sin representación a Vox en la Mesa del Congreso. La mayoría de los grupos parlamentarios querían colocarle un necesario cordón sanitario a la ultraderecha neofranquista pero el PP se ha resistido. Y en ese punto cabe preguntarse: ¿qué sentido tiene proteger al principal competidor dispuesto a dar el sorpasso en cualquier momento? ¿Qué otra justificación puede tener proporcionar oxígeno a la franquicia ultraderechista más que renunciar a la Moncloa para seguir conservando los terruños autonómicos formados por los “trifachitos” de PP, Cs y Vox en Madrid, Andalucía y Murcia?
Sin embargo, Teodoro García insiste: la izquierda es el “adversario y el enemigo de España”; Vox el gran aliado. Solo el tiempo dirá si ese tratamiento de “socio preferente” que los populares otorgan a los ultraderechistas ha sido un acierto o un suicidio lento y a largo plazo. De hecho, ningún partido de corte clásico conservador ha pactado nada en ningún país europeo con los neofascistas, cuyo único objetivo es llegar al poder para liquidar la democracia, tal como hoy la conocemos, y las conquistas en derechos humanos que el viejo continente había logrado alcanzar tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Esa será la decisión más trascendente que deberá tomar Casado en los próximos días: abstenerse para que haya un Gobierno en España o jugarse un póker con Abascal, un jugador mucho más hábil que él sacando ases de la manga.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

ORTEGA SMITH


(Publicado en Diario16 el 26 de noviembre de 2019)

Al engominado Ortega Smith le gusta hacer fuegos artificiales y demagogia barata con la violencia machista. Soltar datos falsos, manipulaciones, embustes, su verborrea venenosa habitual con la que pretende captar el voto de esa parte de la población profranquista, patriarcal, desinformada, harta de la democracia liberal o todo ello a la vez. Pero ayer el envarado y arrogante letrado se encontró con Nadia Otmani, una mujer valiente que le plantó cara y le dijo sin miedo las cuatro verdades del barquero. Una mujer a la que su cuñado machista le pegó tres tiros por defender a su hermana, condenándola a la silla de ruedas para siempre. “Llevo 20 años luchando contra la violencia de género. No se hace política con eso. ¡Que ya nos está costando mucho! Yo de este país no cobro ni un duro. Respete a las muertas y a las mujeres víctimas de violencia de género. ¡Respeto, por favor!”, gritó Nadia ante las mismísimas narices del patriótico picapleitos mientras se agarraba con fuerza y con rabia a su silla de ruedas.
Entre tanto, Ortega Smith miraba para otro lado sin decir nada, no por vergüenza, que no la tiene ni la ha conocido, sino porque no se lo esperaba y quedó descolocado, fuera de juego, touché. Su reacción fue la del charlatán que tiene un rollo que soltar y que cuando llega el momento de enfrentarse a la verdad de una mujer que sufre guarda un silencio patético, enmudece y calla cobardemente.
Nadia Otmani ha puesto en su sitio al demagogo ultraderechista simplemente alzando su voz sin miedo contra la barbarie inhumana y la indecencia de la extrema derecha. Algunos expertos en comunicación política ya están diciendo que la reacción de la mujer ha sido un error, ya que era precisamente eso lo que andaba buscando el pendenciero Ortega Smith, el jaleo por el jaleo, el barullo, la bronca en sí misma. Si hay crispación objetivo cumplido: a eso se reduce el programa político de Vox. De hecho, poco tardó el partido de Abascal en lanzar un tuit victimista defendiendo a su portavoz del “linchamiento” puesto en marcha contra él por el “consenso progre”. Es la técnica propagandística del “tonto del megáfono” que amplifica el momento y que por lo visto da buen resultado en las cloacas de las redes sociales.
Sin embargo, aunque es cierto que una vez más los demócratas hemos caído en la trampa, alguien tenía que decirle a Ortega, en su jeta, que estaba siendo cómplice de una forma de terrorismo. Alguien tenía que expresar alto y claro lo que millones de mujeres españolas piensan sobre Vox y sus líderes cromañonizados. En las palabras de Nadia Otmani están contenidas toda la lucha, toda la rabia, toda la dignidad y toda la valentía de miles de víctimas que se enfrentan cada minuto de sus vidas a las amenazas de sus agresores y torturadores. Probablemente Ortega Smith no entendió nada de lo que le estaba diciendo su espontánea interlocutora, ya que para comprender primero hay que tener sensibilidad, valores y una pizca de humanidad, algo de lo que parecen carecer los representantes de la nueva extrema derecha ibérica.
Con todo, lo más dramático de la jornada de ayer llegó tras el numerito de Ortega Smith −al final del acto en conmemoración del Día Internacional contra la Violencia de Género que se celebraba en el salón de actos del palacio de Cibeles−, ya que por primera vez no se pudo consensuar una declaración institucional de todos los partidos políticos ante la oposición de Vox. Los neofranquistas consiguieron reventar el acto y la foto de unidad frente a los asesinatos machistas, una infame victoria que ya se apuntan los piquetes de Abascal.
Y en eso le tocó intervenir al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, socio preferente de aquellos que niegan la violencia de género y dan alas a la extrema derecha representada por el naftalínico Ortega Smith. “El único silencio que hay es el que tú has provocado, Javier. Un silencio atronador”, dijo tratando de ponerse solemne. “Dime una sola de esas 21 medidas pactadas que no estén justificadas; dime, si es que sabes alguna. Este Gobierno no va a ceder”, alegó el alcalde en un intento por salvar la cara como podía mientras acusaba al portavoz de Vox de tratar de reventar el acto en memoria de las víctimas. Lo malo es que el alcalde ya no engaña a nadie. Él y su partido son responsables directos de haber abierto las puertas de las instituciones, de par en par, a los suevos, vándalos y alanos que sueñan con arrasar los principales consensos alcanzados en civilizada democracia. La historia juzgará al diminuto moral que ocupa la Alcaldía de Madrid.
Ayer Vox escribió otra página miserable, como aquel día en que se negó a guardar un minuto de silencio por una víctima asesinada a manos de su pareja. Ortega Smith ni siquiera ha tenido el valor de mirar directamente a los ojos de una mujer que fue acribillada a balazos por un terrorista del machismo criminal. Todo ello recuerda bastante a aquellos batasunos que se ponían de perfil cuando llegaba el momento de condenar el enésimo atentado de ETA mientras las víctimas −amputadas por las bombas lapa, laceradas por las secuelas y traumatizadas por el terror− se encaraban con los asesinos en medio de un silencio cómplice. De alguna manera Ortega Smith, al negar la cruel realidad del terrorismo machista, se ha puesto a la altura de aquellos que encubrían y justificaban a Josu Ternera. Ni más ni menos.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

FEDERALISMO


(Publicado en Diario16 el 25 de noviembre de 2019)

ERC vota hoy si castiga a Pedro Sánchez con un “no” o se abstiene favoreciendo su investidura. Desde la cárcel, Oriol Junqueras ya ha dicho que la única opción de desbloquear la situación sería abrir una “mesa de negociación” para resolver el “conflicto entre Cataluña y el Estado”. Ahora bien, la cuestión no es si debe haber mesa o no, sino de qué se va a hablar en esa mesa. El PSOE ya ha advertido de que el diálogo ha de estar necesariamente dentro de los límites de la Constitución, mientras que Pere Aragonès, vicepresidente de la Generalitat, ha puesto sus condiciones: derecho a la autodeterminación de Cataluña “como reconocimiento y solución al sentir mayoritario del pueblo catalán”; referéndum que cuente con un respaldo ciudadano amplio y transversal; y amnistía de los presos encarcelados por el “procés”.
Resulta evidente que a fecha de hoy ambas posiciones chocan frontalmente. La supuesta mesa nace coja, ya que tanto PSOE como ERC anteponen sus líneas rojas, que es precisamente lo que todos los expertos en negociación de grandes conflictos internacionales aconsejan que nunca debe hacerse. El manual de este tipo de eventos políticos recomienda que antes de entrar en la sala de negociación las partes dejen fuera sus armas ideológicas, sus desconfianzas y prejuicios. Solo así se puede avanzar en un diálogo sincero y fructífero. Solo así una mesa de negociación tiene sentido y una posibilidad de llegar a buen puerto. Es mal presagio que los aspirantes a negociadores antepongan sus exigencias, blindajes e intereses particulares antes de iniciar las diferentes fases por las que atraviesa todo proceso de este tipo. A esa conferencia los equipos elegidos deberán ir ligeros de equipaje, liberados de ideas preconcebidas y con mentalidad abierta y valiente si quieren que la mesa sea algo más que una simple puesta en escena de cara a la galería.
Cuesta trabajo pensar que los actores que van a verse las caras en el envite sean los personajes idóneos para alcanzar un mínimo acuerdo. Hablamos de políticos inmaduros, inexpertos si se quiere en estas lides, una generación mimada, feliz, que no ha vivido el trauma de la guerra ni la cultura del consenso, sino el hábito nefasto del ombliguismo, el egocentrismo y el sectarismo endogámico como forma de entender la función pública. Todo lo contrario de lo que sucedió con aquellos viejos políticos de la Transición, enemigos que parecían irreconciliables, entre ellos falangistas y comunistas con las manos manchadas de sangre que en un ejercicio de generosidad y audacia cerraron acuerdos y pactos por el bien del país y para evitar una nueva confrontación civil.
En cualquier caso, supongamos que la mesa de negociación para Cataluña se constituye finalmente y que esas personas elegidas, en cuyas manos estará el futuro del país, logran romper con sus recelos, rencores injustificados y antipatías pueriles y pasan a una segunda fase de la negociación más trascendental. El diálogo exigirá renuncias por ambas partes. El Estado español está dispuesto a avanzar en un modelo de autogobierno mucho más amplio que el que hoy dispone Cataluña. El PSOE ya está preparando a la opinión pública sobre la posibilidad de que España tenga que dar el salto hacia un Estado plurinacional, la famosa “nación de naciones” de la que habla Pedro Sánchez y que exigirá inevitablemente una reforma constitucional.
A su vez, el partido de Oriol Junqueras, que ha asumido que tendrá que mancharse las manos en la negociación con Madrid en un momento especialmente delicado, deberá preguntarse hasta dónde está dispuesto a llegar en su cesión. Agotado el “procés” y fracasada la vía unilateral, su renuncia a posiciones maximalistas pasa inevitablemente por renegociar un nuevo marco jurídico territorial. Y ahí es donde la única solución, el único punto de encuentro para alcanzar un acuerdo apunta necesariamente a la alternativa federal. Algunos de los países más avanzados del mundo se organizan como estados federales –véase Estados Unidos, Alemania o Australia– y España reúne todas las características para serlo, ya que algunos de sus territorios, por su hecho diferencial cultural y lingüístico, reúnen las condiciones para ser considerados “naciones” con entidad jurídica autónoma. Si nuestro país no se constituyó bajo ese modelo territorial en la Constitución de 1978 fue porque la situación política no lo permitía. El ruido de sables en los cuarteles y la oposición tajante de una derecha inmovilista marcada por la idea de la España franquista “una, grande y libre” lo impidieron, de ahí que los padres de la Carta Magna tuvieran que inventarse la fórmula del Estado de las autonomías, entes que no existían como tales en el derecho internacional pero que resultaron útiles en su momento, aunque solo fuese como un parche provisional que ahora se ha descosido. Las autonomías cumplieron su función como incipientes estados federales pero hoy por hoy, una vez agotadas tras cuarenta años de democracia, toca dar la vuelta de tuerca definitiva. La Segunda Transición.
El Estado federal es el único punto en el que ambas partes pueden encontrarse y la única forma de resolver mediante el diálogo, y no mediante el uso de la fuerza, el grave problema al que nos enfrentamos. En un estado federal los habitantes de cada territorio nacional se rigen por leyes propias –con una casi total autonomía política− y se someten en ciertos asuntos como la Seguridad y la Defensa a un poder federal central. Probablemente ni el PSOE (sobre todo el de los barones) ni ERC (que había prometido la independencia total a una mitad de catalanes contra la otra mitad) quedarán satisfechos con la solución. Pero en eso consiste precisamente una negociación. Luego llegará el referéndum del pueblo catalán que deberá expresarse libremente sobre el contenido del acuerdo. Y con total seguridad, una vez resuelto el problema, no antes, llegarían las amnistías. ¿Alguien tiene otra hoja de ruta para salir del atolladero por la vía civilizada y pacífica?

Viñeta: Artsenal

viernes, 22 de noviembre de 2019

EL YERNÍSIMO


(Publicado en Diario16 el 21 de noviembre de 2019)

En 1954, mientras Franco empezaba a alardear en el extranjero del “milagro económico” español, la prensa argentina implicaba a Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde, médico y “Yernísimo” del Jefe del Estado, en un negocio fraudulento de importación de motos Vespas, donde pudo haberse embolsado 30 millones de pesetas. Fue entonces cuando en la calle los siempre ingeniosos españoles empezaron a cambiarle el título nobiliario al delfín del Caudillo y empezaron a llamarlo, no sin cierta sorna, “marqués de Vespaverde”. El escándalo de las motocicletas y las Aduanas fue tan mayúsculo que Franco tuvo que intervenir enviándole un telegrama a Perón en el que protestaba por lo que consideraba “una calumnia” de la prensa contra su yerno. No quedaron ahí los líos del Yernísimo. En 1971 la revista Cambio16 lo relacionó con otro negocio de exportación encubierta de obras de arte a la Filipinas del dictador Ferdinand Marcos.
Estas y otras peripecias aún más sabrosas del que fuera hombre fuerte del régimen se cuentan en el magnífico libro La familia Franco S.A., el que probablemente sea el ensayo más completo sobre la fortuna amasada por la familia del dictador que acaba de publicar el escritor y periodista Mariano Sánchez Soler.
Pero, anécdotas al margen, por lo que sin duda pasará a la historia el marqués de Villaverde es por su récord de participación en los consejos de administración del auténtico enjambre de sociedades anónimas en los que tomó parte durante los años del despegue franquista. Según Sánchez Soler, entre 1950 y 1979, “Cristóbal Martínez-Bordiú fundó, presidió y/o formó parte de los consejos de administración de diecisiete empresas cuyos capitales sociales, según las escrituras, sumaban más de cuatro mil millones de pesetas. Todas las sociedades anónimas que contaron con la presencia del marqués vieron crecer sus capitales y sus ganancias”.
El negocio de la construcción tampoco se le resistió al marqués. Y el éxito le iba a llegar de la mano de Ernesto Koplowitz, un judío alemán que en los años cuarenta recaló en Madrid huyendo del nazismo con su familia. A España llegó con lo puesto, como suele decirse, pero tras lograr un trabajo como administrativo en AEG, Koplowitz empezó a relacionarse con los altos funcionarios del régimen. Tanto se relacionó y con tanta ambición y acierto que logró quedarse con una empresa, Construcciones y Reparaciones S.A., a la que cambió el nombre por Construcciones y Contratas S.A. y con la que consiguió el contrato en exclusiva para el alumbrado y alcantarillado de la ciudad de Madrid. Cuando en 1962 el millonario emigrado perdía la vida al caerse del caballo en un infortunado accidente ocurrido en el Club de Campo de Madrid, su fortuna superaba ya los 2.000 millones de pesetas.
Pero antes de irse de este mundo, un par de escándalos lo persiguieron –entre ellos un caso de fuga masiva de capitales a Suiza, que estalló en 1958– por lo que el magnate entendió que lo mejor para sentirse seguro era blindarse colocando a algunos halcones del franquismo en el consejo de administración de su floreciente compañía. Y ahí es donde entra la familia Franco. En los sillones de Construcciones y Contratas se sentaron finalmente, como presidente, José María Martínez Ortega (padre del Yernísimo); el propio marqués de Villaverde; José María Rivero de Aguilar, subsecretario de Obras Públicas y uno de los prohombres del régimen que regalaron el Pazo de Meirás al dictador en 1938; así como Alejandro Bermúdez González, director del oficialísimo Instituto de Moneda Extranjera.
Tras la muerte de Koplowitz y una dura pugna entre sus herederos, ya que el magnate no dejó testamento, el holding Construcciones y Contratas fue un “juguete en manos del clan de El Pardo”, asegura Sánchez Soler. La cuestión terminó resolviéndose entre abogados y trifulcas familiares. Koplowitz tenía dos mujeres: Isabel Amores, con la que no había llegado a casarse y de la que tuvo dos hijos, Ernesto, el mayor, e Isabel Clara; y la aristócrata Esther Romero de Joseu, condesa de Casapeñalver, con la que tuvo dos hijas, Esther y Alicia, las famosas Koplowitz que en los años ochenta entroncaron con los “Albertos”, famosos financieros. Finalmente, en 1963, el consejo de administración de la compañía quedó formado por, entre otros, José María Martínez Ortega, que conservaba la presidencia; las dos viudas de Koplowitz; el Yernísimo (que siempre estaba ahí); y, un año más tarde, el abogado de Ernesto Koplowitz Amores, hijo del millonario. Aquel letrado era un tal José María Ruiz-Gallardón, futuro dirigente de Alianza Popular, que duró en el consejo de administración apenas un año.
“El marqués de Villaverde, como acólito de su padre, supo estar a la altura de su influyente situación. El suyo fue sin duda un trabajo bien hecho, pero político. La empresa naufragaba con sus consejeros de El Pardo y, en 1966, el padrino Ramón Areces [segundo presidente de El Corte Inglés] zanjó el contencioso. Enamorado de la viuda de Koplowitz Esther Romero de Joseu, y tomando a las pequeñas Koplowitz como ahijadas, puso al frente de Construcciones y Contratas a sus ejecutivos de El Corte Inglés, quienes condujeron la empresa hasta la cima. Isabel Amores y su hijo Ernesto terminaron vendiendo su parte por más de cuatrocientos millones de pesetas y, como una sombra, el caballero de industria Cristóbal Martínez-Bordiú recaló en otros puertos después de cargar las bodegas de su nave de cirujano financiero”, añade Sánchez Soler.

GOYA


(Publicado en Diario16 el 22 de noviembre de 2019)

Con motivo del segundo centenario de la apertura del Museo del Prado se ha reavivado el viejo y agrio debate entre expertos e historiadores sobre si Goya era taurino o anti. La polémica rebrota porque los comisarios de la gran exposición que conmemora el 200 aniversario de la pinacoteca otorgan al genial pintor español el carácter de “pionero” del movimiento social que en la actualidad trata de abolir las corridas de toros en España. Tanto es así que hasta las audioguías del museo con las que se informa al público asistente afirman que Francisco de Goya fue un adelantado a su tiempo en la defensa de los derechos de este animal.
La cuestión no deja de ser un nuevo capítulo de la secular batalla entre las dos Españas. Lo que sabemos es que hacia 1816 el artista nacido en Fuendetodos publicó su mítica serie de 33 grabados bajo el título La tauromaquia, en la que demostraba tener un profundo conocimiento sobre el mundo de los toros y sobre los episodios y lances concretos de la fiesta nacional. Se cree que Goya trabajó en ese proyecto desde principios de siglo y que fue elaborándolo con calma, sin un plan preconcebido, mucho menos después de que la guerra de la independencia interrumpiera la serie. Además, parece admitido que la intención inicial del pintor fue ilustrar algunos pasajes de la Carta histórica sobre el origen y progreso de las corridas de toros en España del escritor Nicolás Fernández de Moratín.
Los defensores del Goya animalista se basan en su supuesta sórdida y cruda visión del toreo, muy alejada del disfrute de la fiesta, con la que el artista impregnó algunos de aquellos grabados que dicho sea de paso resultaron ser un fracaso comercial. En los dibujos, los toros aparecen siempre majestuosos, nobles, orgullosos, mientras matadores y público son retratados en una posición moral inferior. Tal idea ha dado pie incluso a alguna que otra exposición en la que se analiza la figura de Goya como defensor del toro y se le presenta como un adalid del animalismo.
Lo cierto es que cuando un observador se acerca a los grabados una sensación extraña, de cierta repulsión, le invade. ¿Por qué Goya se recrea en algunos de los momentos más escabrosos y macabros de la fiesta pudiendo quedarse con los más alegres y divertidos? En la pieza Otro modo de cazar a pie, por ejemplo, puede verse a dos hombres lanceando a un astado con una violencia inusitada, brutal. Y en Desjarrete de la canalla con lanzas, medias-lunas, banderillas y otras armas se desprende que un grupo de desalmados en masa se ensaña con otro animal, que asiste con nobleza a sus últimos momentos. Los toros aparecen dibujados con naturalidad pero los rostros de los personajes humanos, desfigurados, borrosos y en ocasiones cadavéricos, casi espectrales, producen un cierto escalofrío. La serie es un documento informativo impagable sobre todo tipo de salvajadas cometidas en las plazas de aquella época donde no existían demasiados códigos y normas a respetar. Hay cornadas, descabellos, espadazos, golpes, patadas, sangre y en no pocas ocasiones una especie de gran orgía de la violencia, una masacre sin sentido que lo impregna todo y que planea como una maldición sobre el carácter español.
La teoría del Goya animalista (que en su día avaló la Real Academia de las Artes de San Fernando) se apoya en el hecho de que esta serie fue un gran fracaso comercial, lo que algunos expertos atribuyen a que el público de la época estaba acostumbrado a imágenes más amables, lúdicas y bucólicas de la fiesta taurina, mientras que en los grabados goyescos lo que queda representado es el dolor, la barbarie y la violencia como parte de la condición humana.
Al contrario, otros expertos en arte entienden que la belleza con la que Goya dibujaba al toro es base suficiente para entender que el gran pintor español amaba la fiesta. Algunos van aún más lejos y concluyen que el artista hizo de maletilla y novillero en algún momento de su vida, algo de lo que en principio no hay constancia documental. Se sabe que Goya acudía con frecuencia a las plazas de toros y que en 1801 fue testigo de la muerte de su amigo Pepe-Hillo. Tampoco eso quiere decir nada, ya que Goya pudo acudir a las corridas no como espectador y aficionado sino como profesional de la pintura, casi como un periodista o fotógrafo adelantado a su tiempo que necesitaba estar en el lugar y documentarse para luego enriquecer su obra.
En cualquier caso todo son especulaciones. Es cierto que el artista aragonés dedicó al mundo taurino numerosas pinturas, dibujos, tapices, litografías y estampas. ¿Lo hizo por afición o por necesidad profesional? Sea como fuere, tampoco ese sería suficiente argumento para concluir que Goya amaba la fiesta.
Un debate similar ha tenido lugar sobre la serie Los desastres de la guerra, ya que mientras unos entendidos, sin duda de corte conservador, realzan el significado patriótico de la lucha de los españoles contra los franceses, la corriente digamos progresista interpreta que la obra posee un discurso mucho más hondo y complejo: el universal alegato contra la guerra y contra la barbarie inherentes al enloquecido y violento ser humano. Quien haya profundizado en la vida, pensamiento y obra de Goya concluirá que esa explicación es quizá la más acertada. Por tanto, por analogía no es aventurado pensar que el genio aragonés quiso reflejar la misma visión tenebrosa del hombre en su tan enigmática como hechizante serie sobre la tauromaquia.