domingo, 18 de octubre de 2020

CHIQUITO DE LA CALZADA EN EL SENADO

(Publicado en Diario16 el 13 de octubre de 2020)

¿Y si al fin y al cabo el problema de España se redujese a que la talla moral e intelectual de quienes la gobiernan no cumple con un estándar mínimo de calidad? Hace tiempo que la política en nuestro país se convirtió en un nido de covachuelistas y aprovechados, un refugio de oportunistas de todo pelaje y condición, un negocio lucrativo para gente sin oficio ni beneficio. Tipos y tipas que no saben hacer nada en la vida y encuentran en la política una salida profesional bien remunerada. Todos conocemos algún caso en nuestro entorno de amistades y conocidos. Ese mozallón con pocas luces a quien el padre, amigacho del concejal de turno, ha colocado en el Ayuntamiento sorteando todos los procedimientos legales; o esa niña con la cabeza vacía de letras por no haber leído un solo libro en su vida a la que alguien enchufa en el partido, en algún gabinete de prensa, negociado, oficina de esto o aquello o dirección general de algo. Esa frase que puede escucharse en cualquier barrio Cayetano de bien –“ya tengo a la niña colocada en el partido y al mayor en la Consejería”−, se ha convertido en todo un símbolo de la sociedad de nuestro tiempo, como aquel célebre “vuelva usted mañana” de Larra propio de un pasado decadente del que España nunca aprende y al que insiste en regresar, una y otra vez, cometiendo los mismos errores.

El nivel está francamente bajo, de ahí que nos encontremos a ejemplares como el senador popular Antonio Alarcó, que en una intervención parlamentaria ha llegado a rebautizar el mal de Wuhan como el “coranovirus” y ha sugerido que la enfermedad es culpa del Gobierno “chino comunista”. La primera vez que soltó el gazapo sonó a simple lapsus (a fin de cuentas el que tiene boca se equivoca) pero a medida que iba avanzando en su discurso ya se veía que de suturar y poner puntos sabrá mucho pero de pandemias el señor senador anda pez. Alarcó repitió varias veces el trabalenguas –“siete coranovirus en los últimos diez años”; “el coranuvirus es nivel 4” (aquí ya improvisaba versiones diferentes con el término)− y acabó su alegato con un “misin tu du” en un inglés macarrónico y gibraltareño poco presentable. Sorprende y preocupa el escaso bagaje de este hombre, más teniendo en cuenta que es cirujano y debería dominar la materia. Al final, como en las redes sociales no se perdona nada, el estilo Mariano Ozores del señor Alarcó, su lengua de trapo digna del mejor Chiquito de la Calzada, terminó convirtiéndose en carne de trending topic.

Casos de alarmante escasa preparación los hay a montones en la política española. El mismo Albert Rivera, famoso por haber levantado y arruinado un partido en apenas un rato, ponía un tuit el pasado domingo, día de la Fiesta Nacional, en el que se felicitaba por ser español y formar parte de la galería de insignes personajes que ha alumbrado la piel de toro. Entre ellos citaba a Cristóbal Colón (que murió en Valladolid pero no era español); a Picasso (exiliado por la persecución fascista); a Vargas Llosa (peruano); y a Lorca (otro represaliado por la extrema derecha, esa misma con la que Rivera pactaba alegremente cuando estaba en activo como líder naranjito). Que Rivera se ponga en plan filósofo orteguiano metiendo el cuezo hasta el fondo es algo normal (ahí está la hemeroteca para echarse unas risas cuando recomendaba a Kant sin haberlo leído) pero que tenga el valor de citar a Lorca, precisamente a Federico, un fusilado por el fascismo con el que pacta Ciudadanos, nos da la talla maquiavélica del personaje.

Alarcó y Rivera son solo dos ejemplos de lo mal que está la política española. Los partidos y las instituciones se han llenado de nenes y nenas a las que dieron un carguete sin presentar siquiera el currículum y siguiendo la rancia tradición ibérica del nepotismo, el tráfico de influencias y las amistades peligrosas. El enchufismo sigue siendo el gran mal de la política española y ahora, en medio de la pandemia de coronavirus (que no “coranovirus”, como dice el senador del PP) lo estamos comprobando con efectos dramáticos en Madrid. Es difícil encontrar a alguien medianamente preparado en el gabinete de Isabel Díaz Ayuso. Donde debía haber médicos hay oscuros burócratas; donde debían estar los científicos y epidemiólogos (que en España, haberlos haylos, y muy buenos) hay expertos en marketing y comunicación, retóricos del “trumpismo” avanzado, tecnócratas posfranquistas, gurús de dudosa calaña y en ese plan. Por no hablar de los confesos y convictos de la corrupción que, cómo no, también tienen asegurado su huequito y su chupito por los servicios prestados. La ideología ha muerto y ha sido sustituida por la agenda de contactos. El estadista formado y brillante ha desaparecido y su lugar es ocupado por los asesores fabricantes de monstruitos como Miguel Ángel Rodríguez (MAR, para los amigos).

En ese escenario, los estómagos agradecidos pululan por todos los edificios y despachos oficiales en un extraño desfile de rumiantes que van a la caza y captura del sueldo fijo para toda la vida más complementos y dietas. No cabe duda de que en la política española hay overbooking de listillos, calculadores y ventajistas y basta con mirar las listas electorales de los partidos emergentes, mayormente Vox, donde hay de todo como en botica, aunque poco bueno o potable. A las instituciones ha terminado llegando lo peor de cada casa, gente sin estudios que no sabría distinguir a Marx de Adam Smith; desahuciados de otros oficios por inútiles e incompetentes; y rebotados del gremio de chulos, macarras y porteros de discoteca. Eso sí, todos ellos creen tener el piquito de oro más conspicuo; todos ellos se ven a sí mismos muy versados en el cuñadismo español sincretizado con unas gotas de la escuela sofista de Protágoras y Gorgias, aquello del nada es verdad ni es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira, gran axioma de moda en el mundo de hoy por efecto del nuevo populismo negacionista. Y en esas anda esta camada de impostores de la democracia. Fulanos y fulanas que abren la boca para soltar una burrada histórica sobre Indalecio Prieto o Largo Caballero porque se la han escuchado a Jiménez Losantos en el aquelarre radiofónico matinal. Gente que habla y habla sin decir nada, que cacarea y pía en una gran ceremonia de la confusión donde de lo que se trata es de cumplir fielmente con la ortodoxia del partido y de llevarse bien con el jefe, a ver si así cae un sobresueldo por navidad. Es la perfecta conjura de los necios, el triunfo de la brillante mediocridad, la hoguera de las vanidades llevada a sus últimos extremos. Vale que ya todo está perdido y será imposible encontrar a un Agustín de Argüelles, apodado “el Divino” por su fina oratoria en las Cortes de Cádiz. Pero al menos habría que exigir a los políticos de hoy que sepan las cuatro reglas y sean honestos con ellos mismos y con el pueblo. Porque como decía Tarradellas, en política se puede hacer de todo menos el ridículo.

Viñeta: Pedro Parrilla

FIESTA NACIONAL

(Publicado en Diario16 el 13 de octubre de 2020)

Más que una fiesta nacional fue un funeral de Estado. En el féretro, como finado de cuerpo presente, estaba España, y a uno y otro lado las dos tribus cainitas de siempre que aguardan el momento propicio para acabar a pedradas, como en el célebre cuadro de Goya. Lo que se vivió ayer en el Patio de Armas del Palacio Real fue una ceremonia triste, decadente, una farsa con soldadesca de plomo, trajes de época con aroma a naftalina, polvorientos penachos, dorados de cartón piedra y fanfarrias desafinadas. El decorado de una democracia de opereta que se nos viene abajo por momentos; el canto a la nostalgia del 78 y a lo que pudo ser y no fue. Dentro del palacio estaba el ornato y el protocolo, la farsa representada por unos malos actores. Fuera, extramuros, el pueblo asustado, huérfano y moralmente hundido que ve cómo el virus se sigue extendiendo peligrosamente mientras sus políticos prenden fuego a las trincheras.

Tras cuarenta años de estabilidad han vuelto los unamunianos, los “hunos” y los “hotros”, y andan hundiendo el país, bien por ineptitud manifiesta, bien por fanatismo irredento o porque sus ambiciosos planes personales nada tienen que ver con los intereses generales de la nación. Un enmascarado Felipe VI saludó solemnemente a las autoridades. Este año el palco estaba lleno de ministros republicanotes y se mascaba la tensión. Cada vez son más los huecos y las ausencias de las personalidades autonómicas (nacionalistas, indepes, más algún que otro contagiado por el virus) y esos descosidos los va notando el país. ¿Qué fue de aquellos grandes pactos nacionales, de aquel necesario consenso, de aquel espíritu de concordia? No queda ni rastro, solo la demagogia y la mediocridad.

Pablo Iglesias, más por obligación que por convicción, saludó al monarca con un desganado y leve movimiento de cabeza, como si bostezara, al igual que Irene Montero. Entre el vicepresidente y el jefe del Estado hubo una tensa esgrima visual, un duelo de miradas en el OK Corral de la plaza de Oriente. No en vano, ambos son los dos grandes personajes llamados a rodar la secuencia final de la gran tragedia española. Se mire por donde se mire, no hay feeling entre estos dos. Todo lo contrario a lo que ocurría entre Juan Carlos I y los viejos comunistas del exilio, a los que el hoy emérito defenestrado supo ganarse y meterse en el bolsillo. El gran éxito de la Transición fue precisamente ese: la habilidad de un rey campechano para tomarse unos güisquis en la Zarzuela con los enemigos de la Monarquía. Felipe no parece tener ese don de gentes, ese magnetismo personal para las distancias cortas que adornaba al padre. Lo cual va lastrando su reinado. Lejos de seducir a los republicanos, los encabrita cada día un poco más. Fue un grave error su compadreo con el juez de jueces, Carlos Lesmes, tras el desafortunado episodio de la entrega de despachos en Barcelona. Otro tropiezo más que sumar a una larga lista de desaciertos en cuya cabecera está sin duda aquel discurso del 1-O que terminó por romper los frágiles lazos emocionales entre España y Cataluña. Desde aquel 23F frustrado, cada vez que va por la Ciudad Condal ponen su retrato boca abajo o lo calientan con un mechero. Sin una solución al problema territorial en Cataluña España no tiene ningún futuro como Estado sólido y estable.

Pero el mayor problema para la Monarquía en este momento quizá no sea ese, ni tampoco el turbio asunto de las cuentas suizas de Don Juan Carlos (el escándalo pasará cuando a Villarejo se le acaba la munición), sino que la figura de Felipe VI ha sido secuestrada por los nacionalistas españoles y buena parte del pueblo empieza a ver al monarca como el rey del PP y Vox más que como el jefe del Estado de todos los españoles, ya sean azules o rojos. Mal asunto para la Casa Real y en general para todos cuando a la Corona se la deja de ver en su papel imparcial de árbitro y garante.  

Tras el frío saludo a Pedro Sánchez, a Iglesias y demás rojerío del Consejo de Ministros, Felipe VI pasó revista a la tropa. La mascarilla en este caso jugaba a su favor, ya que así podía ocultar su preocupación y rictus severo, su bochorno por las andanzas árabes de su progenitor y su desconfianza hacia las conspiraciones de los “hunos” y los “hotros”. Mientras los alborotadores instigados por la extrema derecha abucheaban al Gobierno a las puertas del Palacio Real y pedían la cabeza de Sánchez (lamentable que un acto tan zafio y degradante se siga permitiendo en una democracia como se supone que es la nuestra) Pablo Casado preparaba su discurso demagógico del día para dar alpiste a los periodistas. Lo más brillante que se le ocurrió ayer al eterno aspirante a la Moncloa fue eso de “qué orgullo poder decir viva España y, este año más que nunca, viva el rey”. Cada vez que la derechona vitorea a Su Majestad se desploman un poco más los índices de popularidad de Felipe.

Y en ese clima de tensión máxima transcurrió todo. Tras los muros del Palacio Real, a resguardo de la ira del pueblo, lejos de la realidad, nada podía salir mal. Y sin embargo el esperpento volvió a repetirse. Si en 2019 fue un paracaidista el que fue a empotrarse contra una farola mientras descendía sobre Madrid enarbolando una bandera nacional, ayer el humo de uno de los aviones de la Patrulla Águila salió blanco en lugar de rojo y la estela rojigualda volvió a quedar deslucida, borrosa, difuminada en el cielo. Otra vez la eterna maldición española. Lagarto, lagarto.

Viñeta: Igepzio

LAWFARE

(Publicado en Diario16 el 12 de octubre de 2020)

En España hay una guerra soterrada. Una guerra que se libra con querellas, denuncias y sentencias judiciales en lugar de con balas y bombas, pero una guerra al fin y al cabo. El campo de batalla de la política hace tiempo que se trasladó a los juzgados mientras los mariscales y soldados han sido sustituidos por prestigiosos magistrados de negras togas y engominados abogados de parte mantenidos con jugosos honorarios. En esta guerra judicial se trata de aplastar al rival político difamándolo, implicándolo en numerosos montajes y escándalos (a menudo zafios, cuando no grotescos) y derrotándolo en el estrado en lugar de en las urnas, como estipulan las normas no escritas de la democracia.

En el mundo anglosajón, que es de donde provienen estas prácticas denigrantes para la democracia, la guerra judicial recibe el nombre de lawfare −del término inglés law (ley) y warfare (expedición bélica)−, un invento relativamente reciente surgido con los vientos de los nuevos populismos de extrema derecha. El término apareció por primera vez en un artículo de 1975 (Whither Goeth the Law: Humanity or Barbarity, traducido al español como Hacia dónde va la ley: humanidad o barbarie), firmado por dos defensores australianos de los derechos humanos: John Carlson y Neville Thomas Yeomans. En aquel texto ya se advertía cómo toda guerra judicial implica un uso abusivo de los procedimientos judiciales que ofrece la democracia, tanto nacionales como internacionales, con el fin de desacreditar al oponente y provocar su rechazo en la opinión pública.​ Así, con un reducido comando de juristas, fiscales y letrados que consigan sentar al adversario político en el banquillo de los acusados, e incluso desarbolar financieramente al partido oponente, se puede controlar y poner de rodillas a todo un país. Maquiavelismo en estado puro.

PP y Vox son fieles practicantes del lawfare, que en última instancia lo que persigue es el golpe de Estado blando, es decir, un cambio de Gobierno abrupto e ilegítimo instigado desde dentro de las instituciones. En ese sentido, una moción de censura como la que descabalgó del poder a Mariano Rajoy en 2018 entra dentro de lo que es el juego democrático limpio y reglamentario, ya que cumple escrupulosamente con la Constitución y las leyes vigentes y es un instrumento perfectamente lícito para, con el apoyo de las mayorías parlamentarias suficientes, alcanzar el poder. Sin embargo, una querella basada en informes prefabricados o bajados de Internet, en rumores periodísticos, en pruebas periciales cogidas por los pelos y en siniestras complicidades con la policía −como ocurrió con la causa general contra el feminismo para tratar de incriminar a los organizadores de la última manifestación del 8M en Madrid en un delito de grave negligencia por haber contribuido a propagar la pandemia en España− es un típico caso de lawfare.  

La táctica del lawfare no necesita fuerzas militares para provocar un golpe blando, tan solo un reducido ejército de hombres de leyes y jueces poderosos, eso lo sabemos por las prácticas espurias de Donald Trump en Estados Unidos. Hace solo unos días, el magnate neoyorquino e inquilino de la Casa Blanca elegía a la jueza conservadora Amy Coney Barrett (conocida por sus ideas reaccionarias como su férrea oposición a la ley del aborto) para cubrir la vacante que dejó en el Tribunal Supremo la magistrada progresista Ruth Bader Ginsburg, fallecida días antes. El episodio fue un caso de lawfare de manual. No en vano, un artículo aparecido en el Daily News asegura que los Estados Unidos de América se enfrenta a “una gran variedad de estratagemas de guerra jurídica”. De modo que la democracia más potente del mundo ha entrado en una crisis sin precedentes, entre otros factores, a causa de este tipo de maniobras orquestadas desde el mundo Trump.

Pero toda guerra necesita de la artillería de la propaganda y para eso están las redes sociales y los medios de comunicación. Las derechas españolas cuentan con el famoso ejército de un millón de bots de Santiago Abascal para propagar los montajes, bulos y escándalos judiciales que se van cocinando en la sombra, mientras que Pablo Casado tiene a su disposición la Brunete mediática, la quinta columna de la caverna (mas la fuerza de intervención rápida de OK Diario, el periódico de Eduardo Inda que suele vender como churros los casos que se van prefabricando contra el Gobierno de coalición y en especial contra Pablo Iglesias). El fin último del lawfare sería desestabilizar el Estado, destruir la reputación de un líder sólido o convertir una democracia en una caldera a presión contra un grupo político o ideología a la que se estigmatiza como enemiga a muerte y causa de todos los males. Es lo que hace Vox con la izquierda, a la que ha declarado no solo una guerra judicial abierta en los tribunales, un lawfare, sino una “guerra cultural”, que va mucho más allá de tratar de desacreditar al oponente para directamente intentar aniquilarlo.

Lo cual nos lleva a concluir que los tiempos de los sanguinarios golpes de Estado se han terminado y lo que se impone ahora es la burda conspiración judicial, la trama y el complot en los juzgados capaz de arruinar la carrera política del más honrado de los adversarios y del más limpio partido que llegue al poder con aspiraciones de reformar el establishment siempre favorable a las élites. O lo que es lo mismo: si no se pueden cambiar las cosas en las urnas, cambia al juez y pon uno de tu cuerda. Algo así quedó claro y patente en las grabaciones de la Operación Lezo, en las que el ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, se refería sin tapujos a este tipo de prácticas en una conversación con el antiguo ministro del PP, Eduardo Zaplana. El diálogo resulta clarificador y prueba la tesis de este artículo: “Vamos a ver, Eduardo. Tenemos el Gobierno, el Ministerio de Justicia, no sé qué y tal, y escucha: tenemos a un juez que está provisional… Tú lo asciendes… Yo le digo: A ver, venga usted ‘pa acá’. ¿Cuál es la plaza que le toca? ¿Onteniente?’ A tomar por culo a Onteniente y aquí que venga el titular, que ya me las apañaré con el titular, coño”. O sea, lawfare en estado puro.

Viñeta: Igepzio

EL ELEGIDO DE DIOS

 
(Publicado en Diario16 el 11 de octubre de 2020)

Los cristianos evangélicos de Estados Unidos han ligado su futuro al de Donald Trump, a quien consideran el “elegido de Dios”. Este grupo religioso jugó un importante papel en la victoria del presidente republicano en las pasadas elecciones de 2016 y su influencia crece cuatro años después con el objetivo de anular a los demócratas de Joe Biden, a quien la secta evangélica acusa de querer imponer el socialismo y el caos en el país.

Durante su mandato, Trump ha invocado en numerosas ocasiones la “Segunda Guerra Civil”, un concepto que los cristianos blancos de confesión evangélica tienen bien presente en sus discursos y oficios religiosos. Bajo el lema “todo es bueno en el caos”, este grupo ultraortodoxo pretende devolver a Estados Unidos a aquellos años de la guerra de secesión en los que los negros eran brutalmente esclavizados y apaleados en los campos de algodón. La idea de la secta evangélica “trumpista” es imponer un régimen supremacista y segregacionista, una especie de apartheid a la americana donde el Ku Klux Klan ejercería el papel de partido único y hegemónico.

Según el diario The Independent, buena parte de los votantes de extrema derecha norteamericanos están convencidos de que podría estallar una segunda guerra civil en el país si Trump no sale reelegido en los comicios del próximo mes de noviembre. Y no resultaría extraño que ese escenario, casi de película apocalíptica de ciencia ficción, pueda llegar a ocurrir algún día, ya que USA, la primera potencia económica mundial y tradicional faro referente de las democracias occidentales, es un inmenso arsenal militar, un auténtico polvorín con miles de armas cortas y rifles de guerra sin control. La población está bien armada, como demuestran los numerosos tiroteos supremacistas que se han sucedido en los últimos años, así como las refriegas con armas de fuego entre manifestantes de izquierda y de derecha durante las protestas antirracistas contra los últimos asesinatos de negros a manos de la Policía. El propio Trump ya ha aventurado que si no gana en las urnas no reconocerá la victoria de Biden, al que considera un estalinista peligroso que puede poner en peligro el futuro del país. Las ideas descabelladas del magnate neoyorquino han colocado a Estados Unidos al borde de un enfrentamiento civil.

Estremece pensar lo mucho que se parece el discurso “trumpista” al que promueve Vox en España. Santiago Abascal también estimula entre sus bases aquella añoranza de regímenes pasados y en su intento por revisar la historia trata de inculcar en la opinión pública española la idea de que la Guerra Civil fue una reacción lógica y lícita ante la supuesta amenaza de la revolución bolchevique que se cernía sobre España. Cualquier historiador medianamente reputado sabe que lo del 36 fue simple y llanamente un levantamiento militar, una conspiración de generales oportunistas, un cruento golpe de Estado llevado a cabo contra la débil Segunda República por un grupo de fanáticos obsesionados con imponer el fascismo en nuestro país. Pero el discurso guerracivilista de la extrema derecha va calando, al que se suma otra idea que Vox martillea tenazmente cada día: que el Gobierno de Pedro Sánchez no es legítimo porque nació de una moción de censura inconstitucional contra la derecha. Por tanto, al igual que en el caso americano, ahí están también los dos ingredientes del supremacismo español: revisionismo histórico para imponer la visión del bando vencedor de la Guerra Civil e intento de deslegitimación del rival político para su posterior liquidación. En definitiva, aplastar el pluralismo político, pilar esencial de la democracia.

Pero no queda ahí la cosa. Al igual que Trump en Estados Unidos, Vox ha emprendido una “guerra cultural” firmemente asentada en la religión. En USA son las sectas surgidas en las últimas décadas las que se alían con el poder financiero “trumpista” para proteger el país del multiculturalismo y de las confesiones que como el islam se extienden por todo el país. En España, sin embargo, es la Iglesia católica de siempre la que siente cierta simpatía por un movimiento político, el neofranquismo de Vox, que habla de un retorno a las esencias cristianas frente a la contaminación ideológica y religiosa de otras razas. La experiencia de cuarenta años de nacionalcatolicismo, es decir, de apoyo incondicional de la Iglesia al régimen fascista de Franco, juega a favor del partido de Abascal.

Y luego está la visión de la pandemia que ambos populismos a uno y otro lado del Atlántico comparten sin rubor. A pocas semanas para las elecciones en Estados Unidos, Trump ha visto en su enfermedad una buena forma de captar votos. En una entrevista concedida ayer, el inquilino de la Casa Blanca aseguraba que ya no toma ninguna medicación para el coronavirus e insta a los ciudadanos de su país a no tener miedo a la enfermedad y a tirar la mascarilla a la basura. Así las cosas, el presidente yanqui se comporta como un Dios inmune al contagio y a la muerte. Una especie de Superman con una salud de hierro. Abascal en España, mucho más joven y atlético, aún no se atreve a salir en público sin la máscara de protección, pero todo se andará. Su afición a convocar manifestaciones contra el Gobierno en medio de la pandemia pone en serio riesgo la salud de miles de personas. Otro rasgo, el de la irracionalidad acientífica y el anarquismo sanitario, en el que Vox y el “trumpismo” se parecen como dos gotas de agua. Ambos movimientos beben de las mismas fuentes. En lo único en que se diferencian Trump y el líder de Vox es en el color del cabello. Uno es de un rubio ario y el otro moreno, es decir, contaminado por la sangre mestiza de decenas de culturas que a lo largo de los siglos han pasado por la Península Ibérica. Por eso cuando Abascal le declara la “guerra cultural” al mena inmigrante en realidad, sin saberlo, está yendo contra sus propio genes. Por mucho que se resista a reconocer la verdad, por las venas del bueno de Santi circula sangre moruna, como le ocurre al 99 por ciento de los habitantes de este convulso país llamado España.

Viñeta: Becs

MARILÓ

(Publicado en Diario16 el 10 de octubre de 2020)

Mariló Montero ha decidido dar un paso al frente para convertirse en musa y símbolo de las derechas españolas. Estar en horas bajas televisivas es lo que tiene. La popular presentadora (nunca mejor dicho lo de “popular”) ha decidido ajustar cuentas con el pasado y con Pablo Iglesias por aquellas afirmaciones del hoy vicepresidente del Gobierno quien, en tono jocoso y en la más absoluta intimidad de una conversación privada, dijo aquello de que le gustaría “azotarla hasta que sangrase”. “Iglesias ha soltado la anilla de la bomba con la que pretendía reventar España y le va a explotar en sus propias manos”, concluye la periodista recurriendo a una de esas metáforas bélicas que deberían estar prohibidas no solo por desagradables y violentas sino por formar parte del manual de estilo militar de las huestes de la extrema derecha.

Montero asegura que se sintió vapuleada “física, moral, profesional y verbalmente” por aquello, aunque lo cierto es que el líder de Unidas Podemos pidió perdón de inmediato. De lo cual se deduce que la disculpa pública de Iglesias por un comentario privado vilmente filtrado a la prensa sirvió para poco y quizá el vicepresidente debió haberse ahorrado el mea culpa. Ya dijo Gandhi que el débil no puede perdonar.

No obstante, para lo que sí ha servido la intempestiva y sorprendente aparición de Mariló Montero de las últimas horas ha sido para reforzar el reciente auto del juez García Castellón, que esta misma semana decidía abrir investigación contra Iglesias por el caso Dina. En política no hay casualidades y llama poderosamente la atención que la periodista salga con esto justo cuando el magistrado acusa al dirigente de UP de delitos de descubrimiento y revelación de secretos, con agravante de género (además de daños informáticos y denuncia falsa o simulación) por presuntamente haber intentado destruir, con fines electoralistas, la tarjeta del móvil robado a su asesora Dina Bousselham. Las imputaciones deberán demostrarse en el Alto Tribunal pero lo que no se sostiene bajo ningún concepto es que Iglesias haya cometido un delito de violencia de género. Hasta ahí podíamos llegar. Y no solo porque nada está probado sino sencillamente porque a fecha de hoy no existe ninguna denuncia de parte, es decir, la ayudante perjudicada en ningún momento se ha sentido atacada o agraviada por la supuesta actitud machista del líder de Podemos.

Es evidente que la irrupción de Mariló Montero en esta historia es algo premeditado que tiene un claro objetivo: seguir acorralando al “macho alfa” de la izquierda española. La caverna remueve aquellos viejos azotes erróneos que ya estaban enterrados y aclarados sin duda para ahondar en la herida del vicepresidente, que esta semana ha sufrido su peor varapalo desde que está en el Gobierno a cuenta del auto de García Castellón. Que todo aquello vuelva a salir precisamente ahora, cuando Iglesias se encuentra en apuros por la investigación judicial, produce espanto y escalofrío. En este país, cuando las hienas de las cloacas se proponen hundir a alguien no paran hasta conseguirlo y hoy es el líder podemita pero mañana puede ser cualquier otro anónimo ciudadano.

Iglesias es un feminista convencido por mucho que la brigada ultra de la judicatura, los secuaces de Villarejo y las derechas en general, traten de hacerlo pasar por un machista recalcitrante y peligroso. No cuela ni con calzador. Su compromiso con la igualdad y derechos de las mujeres está fuera de toda duda, por mucho que le pese a Eduardo Inda y a Ok Diario, el medio de comunicación que aireó la conversación entre Iglesias y Juan Carlos Monedero, dos amigos que cometían el horrendo crimen de bromear en privado en un canal de Telegram (por esa misma razón medio pais debería estar ya entre rejas y a la espera de juicio). Por refrescar, en aquel diálogo Monedero se burlaba de la periodista, a la que llamaba Marilú “como las galletas”. “La azotaría hasta que sangrase… Esa es la cara B de lo nacional popular”, respondía Iglesias, que remató la chanza definiéndose a sí mismo como “un marxista algo perverso convertido en psicópata”. Es evidente que los comentarios no serían apropiados para dos dirigentes políticos de ese nivel si se vertieran en público y con publicidad, pero no fue el caso. Resulta obvio pensar que más que en la conversación en sí misma y en sus contenidos procaces, el delito estaba en la interceptación de un diálogo privado entre dos personas sin autorización judicial, pero paradójicamente aquella patada a un derecho fundamental amparado por la Constitución jamás se investigó o si se hizo nunca más se supo.

Todo lo cual nos lleva a que la caza de brujas de las derechas, el macartismo a la española, ha llegado tan lejos, ha atravesado tantas líneas rojas, que ya ni siquiera se puede bromear en petit comité ni jugar a lo políticamente incorrecto. Habría que ver las cosas que se dicen entre ellos, en la intimidad, algunos santos hipócritas de misa de doce, perfectos padres de familia y gentes de orden. Frases mucho más fuertes e irreproducibles, sin duda. Sin embargo, cada vez que Inda sale en televisión aprovecha la coyuntura para referirse a aquel episodio de los tiempos del Jurásico, los “azotes a Mariló hasta sangrar”, tratando de estigmatizar a Iglesias quien, insistimos, ha pedido perdón repetidas veces (lo cual le honra) cuando quizá no debió haberlo hecho. La filtración de la charla Iglesias/Monedero fue sin duda una sucia jugarreta de los bajos fondos. Iglesias puede ser culpable de muchas cosas y no vamos a defenderlo aquí (ya se basta y se sobra él solito para darle estopa a las derechas patrias), pero aquello fue una de las maniobras más infames y escandalosas en la denigrante historia de las cloacas del Estado. Mariló Montero no se merece que la azoten ni siquiera en satíricos sueños, por supuesto, pero el linchamiento político, judicial y moral, la caza de los poderes fácticos contra el hombre de la coleta, es algo todavía más deleznable, repugnante y terrorífico.

Viñeta: Igepzio

EL TRUMPISMO DE CHAMBERÍ

(Publicado en Diario16 el 18 de octubre de 2020)

Santiago Abascal es ese político que sueña con suprimir el estado de las autonomías algún día. Todo lo que huele a federalismo le repugna. Todo lo que no sea centralismo rancio e imperial le provoca urticaria. De hecho, ha llegado a decir que las comunidades autónomas son “el cáncer de España”, por lo que urge abolirlas cuanto antes. Sin embargo, el líder de la formación verde se ha despachado en las últimas horas con unas sorprendentes declaraciones que parecen salidas de alguien del PNV o incluso Bildu más que de un hombre que aspira algún día al puesto de Caudillo de España por la gracia de Dios. “Ahora es Madrid, pero después será otra comunidad autónoma. El Gobierno quiere arrebatar las libertades a la mitad de la población”, ha asegurado nada más conocer que el Ejecutivo de coalición ha tomado las riendas, mediante el decreto de estado de alarma, para controlar el pollo montado por Isabel Díaz Ayuso. A Abascal solo le han faltado los violines de fondo para darle un toque más melodramático, épico y ridículamente cursi a un asunto que es de pura sanidad pública y que nada tiene que ver con la patria y la bandera.

En su habitual lenguaje “trumpista” y mitinero, el jefe ultra llega a afirmar que la manifestación convocada por Vox en protesta contra el estado de alarma se lanza “a todos los rincones de España” (tachán tachán), de modo que los participantes están llamados a manifestarse “desde sus vehículos y con banderas de España”. En este punto llama la atención que Abascal pretenda aglutinar a andaluces y vascos, a valencianos y extremeños, en una revuelta por una situación que solo afecta a Madrid. El ministro Illa ya ha dejado claro que la medida se prolongará solo durante quince días y que en ningún caso se va a extender al resto del país, salvo que la pandemia empeore. Es decir, el estado de alarma y el confinamiento afectan única y exclusivamente a los madrileños, que incluso podrán seguir haciendo vida normal. Por tanto, ¿qué demonios pinta un partido llamando a la movilización a un riojano por algo que ocurre a cientos de kilómetros de su casa? ¿Qué le importará a un aragonés, a un gallego o a un murciano que la capital del Estado y localidades aledañas se hayan cerrado durante dos semanas por la mala gestión y la mala cabeza de IDA? En Cataluña, por ejemplo, ya han tenido bastante con las “torradas” de la Generalitat, ya han sufrido su propio fiasco en el control del coronavirus, de manera que poco, por no decir nada, le incumbe a un catalán lo que pueda estar ocurriendo en Villa y Corte.

El líder de Vox insiste en que la convocatoria del partido neofranquista se promueve a nivel estatal porque se trata de un “problema nacional” y no de defender solo a una comunidad autónoma concreta. “Ahora es Madrid, pero después será otra región”, alerta el William Wallace de la tribu española amenazada por el sanchismo bolivariano. Sin duda, las contradicciones intelectuales de Abascal son producto de su imaginación calenturienta y de su estrecha concepción territorial de España, de su idea trasnochada de país. El líder de Vox, al igual que IDA, es de los que consideran que Madrid es “una España dentro de otra España” en una especie de rompecabezas ad infinitum o extraño delirio de muñecas rusas. Abascal, como cree que todavía vivimos en la España de los Reyes Católicos, no tiene ninguna duda de que un asturiano, un manchego, un cántabro o un castellano leonés se va a echar a la calle, indignado y pleno de fervor patriótico, en protesta por el estado de alarma que sufren los hermanos madrileños. Ya lo está viendo el líder de la nueva extrema derecha española: avenidas de todas las provincias españolas repletas de banderas rojas con las siete estrellas de cinco puntas; osos y madroños por doquier; plazas de pueblos grandes y pequeños rebosantes de retratos de IDA, Aguado y Monasterio, los tres héroes nacionales de este Dos de Mayo pandémico que se avecina. Habrá que ver cómo termina la convocatoria ultra; habrá que esperar para divertirse un rato cuando las calles, pese a la exaltación del exacerbado Caudillo de Bilbao, amanezcan más vacías que un mitin de Ciudadanos

Eso sí, ya puestos, Abascal considera que la manifestación contra el estado de alarma madrilota puede servir también para que el pueblo español pueda protestar contra la suspensión del desfile del 12-O, que este año no se celebra por motivos sanitarios obvios. Claro que sí, ya que se organiza una algarada que sirva para pedir un poco de todo: paradas militares, ayudas a las corridas de toros, subvenciones a los cazadores, la fiesta del cocido, el pin parental, los caballos rocieros, cine de barrio en TVE, la defensa del Valle de los Caídos y un monumento a Franco en la Puerta del Sol, que todo se andará.

“No hemos convocado en un punto concreto porque estamos ante un Gobierno autoritario que hubiera tomado medidas contra una manifestación. Queremos que los españoles se dejen ver en las calles centrales de sus ciudades y pueblos en una protesta contra el Ejecutivo que no tengo duda de que será histórica”, concluye Abascal en una de sus arengas patrioteras de espadón decimonónico. Todo pura opereta, todo un gran esperpento nacional. Y este señor es el que piensa llegar a la Moncloa algún día. Me duele España. 

Viñeta: Pedro Parrilla

MADRID CERRADO

(Publicado en Diario16 el 10 de octubre de 2020)

La ultraderecha española está eufórica. El decreto de estado de alarma dictado por el Gobierno Sánchez en Madrid, inevitable por otra parte, es el caldo de cultivo perfecto para las ideas antisistema, conspiranoicas, negacionistas y victimistas de Vox. Apenas cinco minutos después de conocerse la noticia del confinamiento en Madrid, la formación verde volvía a convocar manifestaciones en toda España. El partido de Abascal pretende protestar contra las “medidas absurdas, políticas y totalitarias que conducen a los españoles a la miseria y a la ruina”, un discurso que no se entiende, ya que organizaciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional (nada sospechoso de comunista) y la OMS, avalan el confinamiento de la población contra la pandemia cuando las cifras de contagiados se disparan, como es el caso de la capital del Estado español. “Si el tirano Sánchez vuelve a decretar un ilegal estado de alarma, convocaremos el lunes 12-O, en todas las ciudades y pueblos, una nueva caravana por la libertad, contra la muerte y la ruina que trae Sánchez. Son una mafia y los españoles no van a dejarse encarcelar de nuevo”, advertía Abascal en su cuenta de Twitter poco antes de decretarse el estado de alarma. De esta manera, la formación de extrema derecha pretende repetir sus grotescas “caravanas de la libertad”, una serie de performances propagandísticas en las que cientos de manifestantes salen a la calle, en coche, para protestar contra las medidas sanitarias del Ejecutivo de coalición.

Indudablemente, los dirigentes de Vox se han crecido desde la última encuesta del ABC, que da al partido nacionalista español mejores resultados que al PP de Pablo Casado. Según este sondeo, los populares caerían 18 puntos mientras que la formación verde crecería en número de votos y escaños. Es decir, el sorpasso por la derecha parece cada vez más factible para desgracia de Casado, que ha errado claramente en la estrategia. La rabia de los españoles ante el sistema, la ineficacia demostrada por las distintas administraciones en la gestión de la pandemia y la crisis galopante se antojan un caldo de cultivo perfecto para catapultar al partido de Abascal al segundo puesto entre las distintas fuerzas políticas. Algo impensable hace solo un año.

Pero la ofensiva populista no queda ahí. Ayer mismo, Vox anunciaba que pretende lanzar su nuevo periódico, un panfleto editorial a través del cual tratará de divulgar su ideario nacionalista, machista y xenófobo. También su propaganda contraria a la existencia de partidos nacionalistas e independentistas, a los que, curiosamente, Vox pretende ilegalizar cuando llegue al poder. El recién estrenado medio de comunicación, bajo la rocambolesca cabecera de La Gaceta de la Iberosfera, es el primer proyecto de la Fundación Disenso, el laboratorio de ideas o think tank con el que los ultras tratarán de competir con la FAES, la fundación de Aznar. El eslogan al que apela el partido de Abascal, dar la “batalla cultural a la izquierda”, es toda una declaración de intenciones que esconde la agresiva y radical ideología de esta formación política emergente. Además, los militantes de Vox ya no se esconden a la hora de mostrar en público su simpatía con el régimen fascista de Franco, lo que choca abiertamente con la nueva Ley de Memoria Histórica y Democrática que prepara el Gobierno. Las banderas preconstitucionales cada vez son más numerosas en las manifestaciones convocadas por Vox y el propio Abascal ha dicho en las Cortes que el franquismo fue un régimen más provechoso para España que el propio Gobierno de Sánchez. ¿Es lícita esa exaltación pseudofascista en una democracia avanzada?

Viñeta: Iñaki y Frenchy