martes, 29 de diciembre de 2020

EL ALLEGADO

 
(Publicado en Diario16 el 9 de diciembre de 2020)

El PP casadista, que monta el pollo y hace guerra política de cualquier cosa, se opone a que los “allegados” puedan viajar para estar con los suyos, con su gente, estas navidades. A los barones populares de Madrid, Galicia, Andalucía y Murcia les molesta que el Gobierno de Pedro Sánchez haya introducido en su orden ministerial ese término que consideran “ambiguo” y que según ellos dará lugar a situaciones de inseguridad jurídica. Las autonomías conservadoras entienden que por la rendija de los “allegados” se colarán en estas fiestas navideñas los extraños, ajenos, forasteros, intrusos, aprovechados y amigos con derecho a roce que montarán saraos privados multitudinarios, incrementando el riesgo en la transmisión del coronavirus. El propio López Miras, presidente de Murcia, ya ha dejado claro que solo las familias, y nada más que las familias, deberían tener derecho a reunirse en estas fechas, condenando a muchos españoles sin parientes cercanos a la más absoluta soledad.

La afirmación de López Miras no deja de desprender cierto tufillo casposo y discriminatorio. Detrás de esta posición del PP (que dicho sea de paso también mantiene algún que otro barón socialista conservador, errático o confuso) no hay más que una concepción rancia, tradicional, franquista de la vida. Por si no se habían dado cuenta sus señorías del Partido Popular, la sociedad española ha cambiado radicalmente en estos cuarenta años de democracia y la familia única y biparental, o sea la que se constituye entre un hombre y una mujer con la prole subsiguiente (y todo lo más los abuelos o la suegra) no es la única que existe. Hoy proliferan múltiples tipos de familias, la familia monoparental, la familia adoptiva, la familia de padres separados o divorciados, la familia compuesta, la familia homoparental, etcétera. La sociedad se ha transformado sustancialmente y aquella familia numerosa en blanco y negro con quince hijos encarnada por Alberto Closas y Amparo Soler Leal en la célebre película de la factoría Masó (un taquillazo del tardofranquismo) forma parte de la historia. A la neofalangista Díaz Ayuso y al picajoso alcalde de Madrid, Martínez-Almeida, les gustaría que todo aquello retornara otra vez y que el pequeño Chencho se perdiera en el mercadillo de la Plaza Mayor por un despiste del abuelo, el gran José Isbert, para que todo terminara en un happy end a la española con una apología de la familia tradicional (estereotipada y católica), y de la jubilosa explosión de la natalidad subvencionada por el Estado franquista, o sea aquello del “creced y mutiplicaos”.

Para desgracia del PP y de Vox, ese país quedó atrás. Cada vez son más los españoles que viven solos (dos millones son personas mayores de 65 años, en su mayoría mujeres) y muchos se han visto obligados a sustituir a la familia por los amigos o “allegados”, bien por circunstancias de la vida, porque la muerte nos arranca de los seres queridos o porque las relaciones biológicas se han roto. A veces la amistad es un sentimiento más fuerte y sincero que los lazos familiares y ofrece la ventaja de que en Nochebuena no hay que aguantar al molesto cuñado que no para de pontificar sobre todo mientras, dedos pringosos y bigote grasiento, da cuenta e un suculento plato de langostinos. Nada de todo eso parece entenderlo el PP, que pretende boicotear la eficaz figura del “allegado” elegida por el ministro Illa con la sana y noble intención de que, tras meses de duro confinamiento y machaque psicológico, nadie se quede solo esta Navidad. ¿Acaso no tienen derecho a pasar juntos las fiestas esos dos amigos que solo se tienen ellos mismos y a nadie más en el mundo? ¿Es justo privar de la compañía mutua, del turrón y las uvas a esas dos vecinas que se han prestado ayuda y apoyo, codo con codo, en los momentos más duros de la pandemia? ¿Y qué hacemos con esos dos novios que acaban de conocerse o que llevan toda la vida viviendo su amor sin formalismos matrimoniales, los condenamos también a la cruel separación por pura ideología reaccionaria?

El allegado, el próximo, el cercano, es una figura felizmente rescatada por Illa del castellano antiguo que nos va a servir para llevar felicidad y bienestar social a los deprimidos hogares españoles. Ahora que William Shakespeare ha sido uno de los primeros en vacunarse en el Reino Unido, después de la nonagenaria Margaret Keenan, debemos congratularnos de que esa hermosa palabra en desuso que hunde sus raíces en el Siglo de Oro cervantino se ponga otra vez de moda. Como también debemos felicitarnos de que a un Gobierno se le haya ocurrido, por fin, ser sensible a las diferentes formas de familia y de relaciones humanas que se abren paso con el signo de los tiempos. Es cierto, como dice el alcalde de Madrid, que la figura del “allegado” va a ser aprovechada por los pícaros de siempre que solo piensan en su egoísmo personal, en el botellón y en la rave clandestina con público disfrazado de monja para dar esquinazo a la Guardia Civil. Incluso los habrá que traten de colar a un boy o a una stripper vestidos de Papá Noel en una caja de cartón con un lazo rojo. Pero qué demonios, si el invento jurídico de Illa va a servir para que muchos logren escapar de la lacerante y depresiva soledad durante estas navidades, las más duras de nuestras vidas, bienvenido sea el “allegado”. Pase usted, póngase cómodo y tome un polvorón.

Viñeta: Igepzio 

EL PROBLEMA NAZI

(Publicado en Diario16 el 9 de diciembre de 2020)

En España se puede proponer el fusilamiento de 26 millones de españoles, tan ricamente y sin que pase nada, mientras al rapero trosko de turno se le mete la perpetua por hacer chistes malos de Carrero Blanco. Son las consecuencias de no haber hecho la desnazificación, como dice el historiador Paul Preston, que atribuye la responsabilidad de que el franquismo haya arraigado fuerte no solo al pueblo español por su tolerancia y mansedumbre secular, sino también a los americanos que ganaron la guerra y permitieron que el dictador se perpetuara en el poder a cambio de unas bases aéreas y un pequeño Caribe en Torremolinos. Aquí, como Franco se murió en la cama y no se pudo hacer justicia, nos faltó una ley de apología del fascismo en condiciones y otra de memoria histórica en las escuelas, de manera que ahora estamos pagando el precio de cuatro décadas de democracia negligente.

Lo que vimos el pasado fin de semana en Barcelona al término de la manifestación de Vox por el Día de la Constitución es la prueba fehaciente de que España tiene un serio problema con el fascismo de nuevo cuño. La imagen de grupos neonazis coreando cánticos franquistas, ondeando banderas hitlerianas y empleándose a fondo en la propagación del odio con eslóganes como “rata, rata, rata separata”, en referencia al mundo independentista, es intolerable para cualquier sociedad sana y avanzada. Los cabezas rapadas llegaron incluso a exhibir “una bandera de las SS, con el consiguiente significado, que pertenece a la segunda división de las que fueron condenadas por crímenes de guerra”, según el informe policial. Los chicos hicieron volar la insignia de los carniceros del Führer con total tranquilidad, como si se tratara de la bandera de su equipo de fútbol favorito.

La alcaldesa de la ciudad, Ada Colau, no quedó callada ante el aquelarre facha y aseguró que “una cosa es la libertad de expresión” y otra “la exaltación del fascismo y el nazismo”, por lo que anunció que llevará los hechos a la Fiscalía. Por su parte, algunas entidades y colectivos sociales se sumaron a la denuncia para “poner en evidencia la impunidad con que se mueve el nazi-fascismo en el Estado español” y lamentar la “pasividad de los Mossos d’Esquadra desplegados” en la zona y del “servicio de orden del partido Vox”, organizador del acto.

Sin embargo, hasta donde se sabe y pese a la gravedad de los hechos, a esta hora no se ha puesto a disposición judicial a ninguno de los participantes, lo cual demuestra que la democracia española sigue sin tomarse en serio a los cachorros del fascismo, unos mozallones a los que se les suele perdonar casi todo en la nefasta creencia de que son cuatro gatos que montan alguna gamberrada de vez en cuando por aquellas cosas de la juventud. Esta visión del fenómeno no puede ser más nociva y peligrosa para nuestra sociedad. Los grupos ultras son cada vez más numerosos, organizados y activos, sobre todo en las redes sociales, donde se muestran cada vez más fuertes y violentos. No se trata de unos angelitos descarriados, ni de unos estudiantes con demasiado tiempo libre, ni de unos simples aficionados a coleccionar pines, gorras e insignias de la Segunda Guerra Mundial. Tienen ideología, saben a lo que juegan y son plenamente conscientes del daño que ocasionan a la convivencia pacífica y democrática.   

Lo que ha ocurrido en Barcelona está sucediendo en otras ciudades españolas como Madrid o Valencia. Hace solo unas horas, grupos neonazis han campado a sus anchas por el barrio madrileño de San Blas-Canillejas, cometiendo un delito de odio ante la pasividad de la Policía Nacional, tal como denuncia SOS Racismo, que muestra vídeos en los que los nazis se dirigen a un piso de acogida para menores no acompañados y corean “Madrid será la tumba de los menas”.   

Ya poco importa si nos enfrentamos a una juventud robusta y engañada, como decía Quevedo, una hornada de ágrafos, escasos de libros, desmemoriados, manipulados, nihilistas hartos de la coca y la orgía o rabiosos contra un sistema que no le ofrece un futuro esperanzador. Están aquí y es preciso combatirlos. Sin duda, detrás de los nuevos ejércitos neofascistas urbanos hay no pocas razones o factores, entre ellas el fracaso de un Estado de bienestar que no ha sabido dar respuesta a un sector de la sociedad juvenil, el poder de unas élites políticas que alimentan el discurso del odio, el capitalismo ideológico que ha sabido seducir y canalizar a las masas descontentas con la fascinante retórica hitleriana y la crisis de una izquierda desnortada. Muchos de estos nuevos reclutas callejeros del nacionalsocialismo ni siquiera sabrían explicar lo que es el fascismo pero les han inoculado el viejo mensaje facilón de que España es una, grande y libre; de que Europa los estafa; de que los negros les quitan el trabajo; de que Pedro Sánchez es un peligroso comunista que quiere arrebatarles la libertad; y de que Pablo Iglesias los ha traicionado porque vive en una mansión que ni un lord inglés. Les han prometido que por la senda del patriotismo, la bandera y la violencia se puede conseguir todo: un trabajo, un coche y dinero en abundancia.

Casi todos se machacan el cuerpo en el gimnasio (nuevo cuartel de los alevines del fascio redentor), hacen del reguetón su banda sonora favorita, pasan las horas muertas delante del teléfono móvil, se tatúan, beben de teorías conspiranoicas en Youtube, frecuentan la disco o el hamburguer y jamás leen un libro, ni siquiera el Mein Kampf, que tendría su sentido. Son las legiones del Rubicón poligonero (ese territorio de arrabal para bárbaros abandonados a su suerte), los ceros a la izquierda de un sistema educativo fallido y demás desechos de la sociedad de consumo rescatados y redimidos por el salvapatrias de turno, veáse Santi Abascal. Nada nuevo bajo el sol, nada que no nos haya enseñado ya la historia del último siglo. Y pese a saber perfectamente cómo se cría el huevo de la serpiente, seguimos sin cortarle la cabeza al monstruo, mirándolo con fascinación y consintiéndoselo todo.

Viñeta: El Koko Parrilla

EL PEQUEÑO AZNARISTA

 

(Publicado en Diario16 el 8 de diciembre de 2020)

Pablo Casado siempre desmiente lo que ha afirmado el día anterior. Si hoy es un purista de la democracia que arremete contra Vox, mañana comprará el discurso franquista de Abascal sobre los “enemigos de España”; si hoy bloquea las ayudas europeas a la reconstrucción para que se hunda el país y poder reflotarlo (o sea la teoría Montoro), mañana negará el sabotaje, jurando y perjurando que él no ha maniobrado nada en contra de los intereses nacionales. Y así todo. La última incoherencia casadista es que ahora dice que nunca ha paralizado la renovación de los altos cargos del Poder Judicial, cuando en realidad lleva meses dinamitando la negociación y negándose a sentarse con Sánchez, ese “traidor” que ha vendido España a filoetarras y separatistas. 

Hoy ha sido su vicesecretario de Comunicación, Pablo Montesinos, quien tras advertir que el PP no va a aceptar “ningún tipo de presión” del Gobierno para renovar el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), ha expresado la disposición del partido a cerrar un pacto si se “cumplen” las condiciones que han puesto encima de la mesa. Es decir, esto y lo otro en el mismo párrafo; sí y no en la misma frase; pura contradicción en sus propios términos. “El PP nunca ha dicho no a llegar a un acuerdo. El PP lo que ha dicho muy claramente al Gobierno de España es que hay unas condiciones muy claras y esas condiciones han de cumplirse”, insiste Montesinos.

Con un jefe de la oposición que practica la ambigüedad como libro de estilo no se puede ir ni a la esquina, de manera que Sánchez ha decidido seguir a lo suyo y tirar para adelante con la reforma exprés que en el futuro evitará bloqueos partidistas y el secuestro de la Justicia para utilizarla como juguete político en beneficio propio. Ese y no otro es el auténtico objetivo de la nueva regulación, que rebajará las mayorías parlamentarias a la hora de proceder a la renovación de la cúpula judicial. La Unión Europea le ha dicho al Gobierno de coalición que para cualquier modificación legal en ese sentido deberá contar con la oposición bajo riesgo de quedar como chavista bolivariano pero, ¿qué más se puede hacer con un hombre como Casado que lo torpedea todo y se resiste a cualquier tipo de diálogo o consenso por el bien del país?

De momento, PSOE y Unidas Podemos ya han registrado en el Congreso de los Diputados una nueva proposición de ley para limitar las funciones de un CGPJ caducado como es del Carlos Lesmes, que dicho sea de paso tampoco parece tener demasiada prisa el hombre por solucionar el problema. Lo único cierto a estas alturas es que el Partido Popular es capaz de utilizar un pilar esencial de la democracia, como es la Administración de Justicia, para hacer tacticismo, estrategia y chantaje al Gobierno. La obligación de Casado es sentarse a negociar, tal como establece la Constitución que dice idolatrar, y dejarse de cuentos. La separación de poderes y la independencia judicial son principios sagrados de la democracia y a Casado debería darle vergüenza mercadear de esa manera tan descarada con un asunto tan serio. ¿Pero qué podemos esperar ya del líder de un partido heredero de aquella Alianza Popular fraguista algunos de cuyos diputados dijeron no o se abstuvieron cuando tocó votar la Carta Magna?

Montesinos, pregonero de las mentiras de Casado, insiste en las tres condiciones del PP para sentarse a negociar. En primer lugar, la retirada de la reforma judicial de PSOE y Unidas Podemos; segundo, que Pablo Iglesias “no entre en la ecuación de las negociaciones”; y en tercer término que “se avance hacia la despolitización de la Justicia”. “Las tres condiciones que el presidente Casado ha planteado al Gobierno de España y el Partido Socialista están muy claras. Nuestras cartas están boca arriba”, alega Montesinos, que cree que su partido ha sido “coherente” en todo el proceso. Lo raro es que, para terminar de hacer el pacto todavía más inalcanzable, el PP no le haya puesto a Sánchez cláusulas mucho más severas antes de firmar un acuerdo, como el rechazo de los indultos a los soberanistas catalanes actualmente en prisión −que podrían quedar libres antes de las catalanas de febrero−, y que Iglesias se corte la coleta.

Una vez más, nos encontramos ante una reprobable práctica maquiavélica típica del filibusterismo político, ya que si bien es cierto que la primera y la tercera condición serían asumibles sin mayores problemas para Moncloa, exigirle a Sánchez el imposible de que aparte a Iglesias de la negociación es tanto como obligarle a romper el Gobierno de coalición y a convocar nuevas elecciones. O sea, que Casado le está pidiendo al presidente que se coloque la soga al cuello y se suicide políticamente. Ningún gobernante sería tan tonto como para aceptar el plan-trampa del líder popular (mucho menos Sánchez que ha dado sobradas muestras de astucia en el arte del trilerismo o póquer parlamentario). Negociar de una forma sincera y leal es lo contrario a poner trabas y obstáculos todo el rato, como hace Casado. Para haber pasado por la escuela de ciencias políticas de Harvard, su idea del diálogo en busca de acuerdos no deja de ser ciertamente peculiar. De cualquier manera, siempre nos quedará el optimista ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, que da por cerrado un acuerdo Gobierno/PP quizá para Reyes. De momento, la portavoz popular en el Congreso, Cuca Gamarra, lo niega tajantemente. Lo dicho: casadismo al poder.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL BREXIT DURO

(Publicado en Diario16 el 8 de diciembre de 2020)

La Unión Europea atraviesa por uno de los momentos más delicados de toda su historia, una “tormenta perfecta” tal como acaba de reconocer la ministra de Exteriores, Arancha González Laya. Los euroescépticos, populistas y ultras de todo pelaje y condición tratan de asfixiar el proyecto europeo por el norte y por el sur y a esta hora en Bruselas cunde la preocupación y la inquietud. La bomba de relojería nacionalista y eurófoba la ha activado el primer ministro británico, Boris Johnson, quien en las últimas horas ha vuelto a amenazar con un Brexit por las bravas. “No se cumplen las condiciones para un acuerdo”, ha asegurado el inquilino de Downing Street. Johnson y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, han pactado una reunión “cara a cara” (más bien habría que decir a cara de perro) ante el bloqueo de las negociaciones. Lo que está en juego es ni más ni menos que la posibilidad de que los británicos incumplan los acuerdos firmados para la salida de la UE y se marchen sin pagar la factura, consumando así uno de los mayores simpas de la historia.

Ayer lunes, la Cámara de los Comunes de Reino Unido votaba a favor de mantener las cláusulas más controvertidas de su proyecto de ley de mercado interior, que podrían anular el acuerdo con la UE tras el Brexit. Expertos juristas consideran que de aplicarse esta medida, el Gobierno de Londres estaría simple y llanamente violando el Derecho Internacional, y aunque la decisión de Johnson no es definitiva el jaque a Bruselas está servido. Estamos, sin duda, ante una consecuencia directa de tener en el poder a un populista ultrapatriota como el rubio mandatario inglés, un hombre que cuando estalló la pandemia de coronavirus, y para no dañar la economía, propuso que todo su pueblo se contagiara hasta alcanzar la inmunidad de rebaño de forma natural (a costa de pagar un alto precio en miles de muertos y contagiados). Hoy, sin embargo, y ante las evidencias científicas, Johnson ha tenido que tragarse su orgullo nacionalista, aceptar medidas drásticas contra el covid-19 y abandonar la senda del negacionismo obtuso. El país entero se felicita por el cambio de rumbo mientras Margaret Keenan, una anciana de 90 años, se convierte en la primera mujer en recibir la vacuna, dando inicio a un programa de inmunización similar al que en los próximos días se desarrollará en todos los países de Europa.

No cabe duda de que el populista Johnson ha perdido la batalla de la demagogia en la crisis sanitaria tras haber tenido que renunciar a sus principios supremacistas y ultraprotectores de la economía, pero no ceja en su empeño en dinamitar el proyecto de construcción europea. Una UE fuerte implica un Reino Unido más debilitado y eso lo sabe el premier británico. De ahí que el Brexit duro, traumático, sin acuerdo, no sea más que la continuación de la guerra comercial que Donald Trump declaró a China en su día a cuenta de los aranceles de los productos importados. El neofascismo del siglo XXI es autárquico, aislacionista, unilateral y xenófobo en lo económico, de ahí que Boris Johnson apriete las tuercas para que el Reino Unido se marche de la UE sin pagar lo que debe, lo que resucitará más pronto que tarde los viejos conflictos internacionales y rencillas entre europeos. Por experiencia histórica sabemos que el ultrapatriotismo exacerbado siempre conduce a la guerra. Si la Constitución Española del 78 se ha convertido en el último dique de contención que impide el enfrentamiento entre las dos Españas, el Tratado de Maastricht es la barrera que nos libra de una contienda mundial entre las dos Europas y de tantas sangrientas guerras como asolaron el continente durante siglos. Solo por eso, ambas cartas magnas, la española y la comunitaria, ya han desempeñado una labor fundamental en el mantenimiento de la paz, el progreso y el Estado de bienestar.

Eduardo Madina cree que los británicos se arrepentirán del Brexit en un futuro no muy lejano, pero entretanto el daño ya está hecho. En este envite, Europa no solo se juega unas cuantas cuotas lácteas y unas directivas sobre pesca, agricultura y contaminación. Hay mucho más sobre el tablero, está la paz mundial, la derrota de los ultranacionalismos racistas en auge por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el poder de las élites siempre temerosas ante cualquier avance que suponga fraternidad, unidad, socialismo y colaboración entre los pueblos de Europa. De ahí que al trumpismo fascista y su monaguillo inglés les interese la atomización, la desintegración, la ruptura de cualquier proyecto transnacional, ya sea la ONU, el Protocolo de París, la OMS o Unicef. En ese empeño por socavar los cimientos de la Europa civilizada no está solo Boris Johnson. Cuenta con varios aliados eficacez que, desde dentro mismo de la UE, siguen haciendo su labor de corrosión de las instituciones europeas. Es el caso de Hungría y Polonia, dos poderosas sucursales del trumpismo yanqui en el corazón mismo de la UE, dos países donde el discurso totalitario, antidemocrático, xenófobo y ultrarreligioso se abre paso con fuerza en toda la sociedad.

El Eje Londres-Varsovia-Budapest está funcionando a pleno rendimiento estos días, como puede comprobarse con el truculento episodio de bloqueo de las ayudas europeas esenciales para iniciar la reconstrucción de las economías continentales tras el covid. Los gobiernos de Hungría y Varsovia, fieles a la ideología euroescéptica, amenazan con dinamitar el plan de subvenciones oficiales que contempla un fondo de 750.000 millones de euros, 140.000 millones para España. Los ultraderechistas Viktor Orbán y Mateusz Morawiecki se han propuesto que las ayudas no lleguen a la población castigada por la pandemia porque saben que están ante su gran oportunidad, ya que cuanta más ruina y miseria, cuanta más crisis económica y desesperación, más hundimiento de la democracia liberal y más populismo neonazi.

De momento, Bruselas ya ha advertido a ambos “estados gamberros” que la UE seguirá adelante con el fondo europeo de recuperación si no dan “muestras” de su voluntad de levantar el veto. “Necesitamos tener señales claras de Hungría y Polonia hoy o mañana a más tardar; si no las tenemos probablemente tendremos que pasar al escenario B”, aseguran las fuentes de la Comisión. La batalla entre europeístas defensores del Estado de bienestar y neofascistas fanáticos del aislacionismo nacionalista va a ser dura. Del resultado final dependerá el futuro de Europa, el futuro de todos.

Viñeta: Igepzio

EL RETORNO DEL REY

(Publicado en Diario16 el 8 de diciembre de 2020)

Como en el anuncio aquel del turrón, el rey emérito quiere volver a casa por Navidad. Todo el ajetreado papeleo con Hacienda de estos días, el anuncio de que piensa ponerse al día con los inspectores, la invitación de su abogado a colaborar con la Justicia, etcétera, no tiene otra finalidad que ir preparando a la opinión pública española para su advenimiento navideño. Juan Carlos I lleva meses diciéndole a Felipe VI que se aburre en Abu Dabi, que ya no aguanta ni un minuto más en aquella tostadora. Parece mentira lo gélidas que pueden llegar a ser las dunas del desierto para alguien que se siente injustamente desterrado. Los días se eternizan, las cuatro paredes del hotel de 11.000 euros la noche se acaban convirtiendo en una jaula de oro, las fiestas con la nobleza internacional se vuelven monótonas y aburridas y la lejanía de la patria se torna insoportable. El cuento oriental de Las mil y una noches que prometía alfombras voladoras, lámparas maravillosas, tesoros magníficos y bañeras con piedras preciosas se acaba convirtiendo en pesadilla hasta tal punto que uno ya solo piensa en salir de allí. 

“¿Por qué demonios tengo que estar yo en este sitio, si he sido el gran héroe de la Transición española?”, debe preguntarse el monarca cada noche, frente al retrato del elefante abatido en Botsuana, poco antes de irse a dormir. “¿Por qué tengo que sentirme como un rojo republicano en el exilio si no he hecho más que ganarme unas monedas con mi talento innato para los negocios?”, se interrogará el ex jefe del Estado mientras se baja al balneario repleto de palmeras y millonarios para someterse a las tediosas sesiones de espá, sales minerales y barros rejuvenecedores. 

Sin duda, Juan Carlos debe verse a sí mismo como Hans Castorp, el célebre protagonista de La montaña mágica de Thomas Mann que pasaba las horas muertas en aquel sanatorio para ricos y aristócratas de los Alpes suizos sin saber muy bien qué hacer ni qué diantres pintaba en aquel lugar. Al igual que el personaje de Mann sentía que el tiempo en la montaña alpina se dilataba hasta límites einstenianos mientras los grandes asuntos del ser humano le asaltaban en un incesante flujo de conciencia (la enfermedad, el amor, la política, el arte, la muerte), el rey emérito a buen seguro reflexionará sobre su propio horizonte (el personal y el judicial) y sobre el futuro de España, que con el ruido de sables recrudeciendo y la extrema derecha en pleno auge es más bien negro y trágico. 

No hay nada peor en este mundo que tener que pasar por exiliado (voluntario o forzoso) y al anciano monarca le ha entrado de repente la morriña. Juan Carlos −que echa de menos a los amigos de Sanxenxo, las regatas, el pulpo gallego, las corridas de toros, los paseos por los jardines de Zarzuela, en fin, la auténtica vidorra española−, ha concluido que hasta aquí hemos llegado, y al igual que un emigrante tira para la patria chica en cuanto llega la Navidad, él le ha dicho a sus hermanos los jeques árabes y primos de Alí Babá aquello de ahí os quedáis con vuestros maletines, AVES y petróleo (fetiches portadores de la mala suerte) que yo me vuelvo para España. O sea que deja Qatar para catar buen jamón y tocar la zambomba. Las cosas pequeñas de la vida que, lejos de los grandes negocios, dan la felicidad al fin. 

Don Juan Carlos es como ese estudiante de Erasmus (que no orgasmus) que cuando empiezan a caer los copos de nieve y suenan los primeros villancicos de la temporada se le enternece el corazón, se pone nostálgico y corre a refugiarse en la familia. Después de su frenética y equinoccial aventura por medio mundo (incluidos los paraísos caribeños, la sucia Suiza, los peligrosos safaris africanos y la brumosa Londres con sus rubias hitchcockianas en plan agente doble y los espías del Foreign Office apostados en cada esquina), el rey emérito siente al fin, como todo buen español, la llamada del calor del hogar, la serenidad de la fiel y abnegada esposa sacando el pavo del horno, los nietecitos que siguen creciendo (tanto las que van para reinas como los que se quedarán en relaciones públicas de discoteca) y los amantes hijos esperando al pie del árbol de Navidad con los brazos abiertos y regalos sinceros, nada de kinders sorpresa preñados de cuentas opacas y fundaciones offshore que las carga el diablo.

Dice la prensa que Zarzuela (de conformidad con el Gobierno de Pedro Sánchez) está estudiando la propuesta de repatriación del emérito y uno cree que nadie (por muy republicano que sea) puede ser tan cruel y sectario como para negarle ese favor, por razones humanitarias, al que un día fue patriarca, faro y guía del pueblo español en la dura travesía por las tierras yermas de la Transición. España es un país indulgente con quienes se apartan del camino recto de la vida y si Junqueras y los suyos van a salir de merecido permiso de fin de año, si los etarras de Otegi estarán más cerca del País Vasco estos días, cómo no darle una tregua a ese señor que cada Nochebuena, durante cuarenta años, se colaba en nuestras casas para desearnos felicidad y darnos la brasa con aquellos sermones huecos escritos por otros, véase aquello de “en estas fechas tan entrañables me llena de orgullo y satisfacción…” o la cantinela manida de que “la Justicia debe ser igual para todos”. Eso sí, el Borbón que venga con la mascarilla sin caducar (a ser posible FFP2), guardando la distancia de seguridad y que corra el aire. Como un allegado más, que diría el ministro de Sanidad.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

NOSTALGIA

(Publicado en Diario16 el 7 de diciembre de 2020)

Ha sido el cumpleaños de la Constitución más triste y desangelado en cuarenta años de democracia. A la decadencia del Estado (crisis de la monarquía, crisis del modelo territorial en Cataluña y crisis económica) se ha sumado la fatiga pandémica que empieza a pasar factura, no solo a la sociedad española, sino a la clase política agotada tras meses de estéril batalla cainita. La presidenta del Congreso, Meritxell Batet, ha tratado de ensalzar el papel “integrador” de la Carta Magna, rechazando todo intento de aquellos que buscan apropiarse de ella convirtiéndola en “bandera y patrimonio partidista”. Las atinadas palabras de Batet, necesarias sin duda, no servirán para lograr la segunda reconciliación nacional en un escenario de confrontación y absoluta polarización como el que atraviesa el país. Aprobados los Presupuestos con el apoyo de nacionalistas e independentistas, el Gobierno de coalición ya tiene trazada su hoja de ruta para gobernar España (o lo que queda de ella) el resto de la Legislatura, mientras que las derechas no se apearán en ningún momento de la maniobra de acoso y derribo para deslegitimar a Pedro Sánchez y hacerlo pasar por el Nicolás Maduro europeo. Cualquier tipo de consenso en la política de barricadas es, hoy por hoy, una quimera.

Lamentablemente, el espíritu de concordia del 78 es apenas una reminiscencia del pasado, un fósil de la Transición, y vuelven con fuerza el guerracivilismo, la crispación, el odio y el enfrentamiento fratricida. No hay Estado que pueda soportar semejantes tensiones internas, mucho menos después de saberse que Juan Carlos I, en otro tiempo artífice de la democracia tras la dictadura, ha pedido una regularización fiscal por sus tarjetas opacas (lo cual es tanto como asumir sus devaneos como evasor fiscal). La farsa no se sostiene ni un día más, ya que al turbio asunto de las black, que podría dar lugar a dos delitos fiscales, se suman otros dos procesos en marcha contra el emérito: el asunto de las comisiones por el AVE a la Meca, impulsado por el fiscal suizo Yves Bertossa, y los diez millones escondidos en el paraíso fiscal de Jersey. El medio millón que Juan Carlos quiere regularizar ahora con Hacienda es pura calderilla si tenemos en cuenta que fue capaz de regalar 65 millones de dólares a Corinna Larsen.

La encrucijada política por la que atraviesa la nación es diabólica, más aún después de que cuatrocientos militares retirados se hayan sumado al ruido de sables en los cuarteles y al chat clandestino del general Francisco Beca, en el que se apuesta por fusilar a 26 millones de españoles por rojos y malos patriotas. España es ese país que nunca termina de superar su adicción militarista.

Así las cosas, a los actos oficiales por el deslucido día de la Constitución han acudido el Gabinete de Ministros y solo nueve presidentes autonómicos, lo que da una idea del escaso interés que suscita la Carta Magna más exitosa de la historia de España. La segunda ola del coronavirus ha obligado a suspender las tradicionales visitas al Congreso de los Diputados, cerrado a cal y canto para evitar los contagios, lo que ha conferido a la jornada un carácter todavía más deprimente y desolador (simbólico el cordón de seguridad que alejaba a los ciudadanos de sus políticos). Ni siquiera Vox, siempre tan patriota, se ha sumado a las celebraciones (lo cual ya es decir). El partido de Abascal ha preferido ir por libre y hacer campaña electoral en las calles de Barcelona, donde los actos de exaltación nacional han terminado con espeluznantes manifestaciones neonazis que Ada Colau ha puesto con buen criterio en manos de la Fiscalía. Queda claro que la extrema derecha española es más de celebrar el aniversario de la Ley de Principios Fundamentales del Movimiento de 1958 que la Constitución de 1978.

Y en cuanto al jefe de la oposición, Pablo Casado, qué se puede decir ya a estas alturas del personaje que encarna la viva imagen de la decepción, el fracaso y la derrota. Su cameo institucional y de mala gana en el evento −en el que no ha aportado ni una sola solución para recuperar el espíritu de consenso y en el que se ha limitado a ratificar el perogrullo de que nuestra primera ley es “la solución porque todos caben en ella”−, resulta sencillamente descorazonador. Casado es ese hombre capaz de suscribir en el mismo párrafo que la Constitución es “de todos” y que él está contra los “enemigos de España”, esos que piensan diferente y que se han infiltrado “por primera vez en la dirección del Estado”. Todo un demócrata el nuevo Cánovas del Castillo de la política española. Espeluzna comprobar que el giro moderado del PP era esto, la asunción del discurso guerracivilista de los ultras y la fatídica aceptación del más famoso eslogan franquista: el de la conspiración judeomasónica de los enemigos de la patria. Casado, en una espectacular pirueta ideológica y una interpretación casi de Libro gordo de Petete o de Barrio Sésamo, cree que la Constitución la construyeron “los moderados” y que “quedaron fuera los radicales”, borrando de un plumazo, una vez más, la memoria reciente de este país y obviando la decisiva contribución del Partido Comunista a la causa de la democracia y la libertad. Casado ya juega descaradamente al revisionismo facha marca Pío Moa, o sea a arrancar, a sabiendas, las mejores páginas de nuestra historia.  

Todo el edificio constitucional laboriosamente trabajado durante cuatro décadas parece venirse abajo sin remedio. Es evidente que España atraviesa por el momento más complicado desde la muerte del dictador y la llegada de la democracia en 1975. Hacen falta reformas urgentes (limitar la inviolabilidad del jefe del Estado solo a sus actos políticos; avanzar en el Estado federal) pero el PP no quiere ni oír hablar de nada de eso. Mientras tanto, las grietas se agrandan, los cimientos del sistema se oxidan hasta la terrible aluminosis política y las goteras nos ponen ante un país que hace aguas por todas partes. 

Viñeta: Iñaki y Frenchy

lunes, 28 de diciembre de 2020

HERMANN TERTSCH

(Publicado en Diario16 el 5 de diciembre de 2020)

Lo fascinante del esperpento español es que no tiene límites. Pablo Casado, por poner un ejemplo, empezó criticando los vínculos y lazos de Unidas Podemos con Venezuela y ha terminado creyéndose una especie de Juan Guaidó dispuesto a dar su vida para salvar España de las garras de los chavistas bolivarianos. O sea que el líder del PP, al igual que Béla Lugosi acabó sus días durmiendo en un ataúd porque se creía el conde Drácula, ha terminado esperpentizándose a sí mismo hasta convertirse en un hombre grotesco fuera de la realidad, un personaje novelesco que se ha creído su propio relato delirante. A Casado hoy le preguntas cuál es la capital de nuestro país y te responde sin dudarlo que Caracas. A Casado se le requiere para que diga el nombre del presidente del Gobierno español y te contesta, con los ojos haciéndole chiribitas y el hilillo de saliva colgandero, que Nicolás Pedro Sánchez Maduro. Está tan metido en su farsa, es tal la obsesión enfermiza del presidente del PP con la invasión comunista que cualquier día termina gagá, levantando la espada del abuelo contra el enemigo bolchevique y balbuceando aquello de “¡a mí la Legión!”, como en el panfleto de Orduña.

Otro que está llevando el esperpento valleinclanesco al extremo es Hermann Tertsch, que uno ya no sabe si es escritor, periodista, eurodiputado o animador social. Tertsch es otro que debe creer que los comunistas le han echado algo al agua para contaminar sus preciados fluidos corporales, como le ocurría al desnortado general fascista Jack Ripper, encarnado magistralmente por Sterling Hayden en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú, el peliculón de Kubrick. Ayer mismo, el señor Hermann le declaró la guerra a Campofrío, que para él debe ser algo así como el Kremlin del jamón de bellota. Y ustedes se preguntarán qué mal puede haber cometido una empresa que ha surtido de viandas a los españoles (sobre todo a los más humildes) durante tantas Navidades en estos cuarenta años de difícil y sufrida democracia. Por lo visto a Tertsch no le ha gustado el tradicional anuncio navideño de la popular empresa porque salen demasiados actores rojos-podemitas y eso él debe considerarlo un ataque a la unidad de España. Lo cual que ha iniciado una disparatada campaña de boicot como la que en su día orquestó el PP contra los productos catalanes a cuenta del procés. La derechona irracional es así, cuando se encabrita la emprende a palos con un votante de Sabadell, una botella de cava Codorníu o una ristra de mortadela.

El spot de Campofrío trata de transmitir el mensaje de lo hermoso que es disfrutar de la vida tras un año tan complicado como el que nos ha tocado vivir. Así, Quique San Francisco hace las veces de La Muerte con su capa y su guadaña y le da un toque de humor negro, mientras otros invitados al cameo como Andreu Buenafuente, Silvia Abril, Echanove, James Rhodes y María Galiana hacen su pequeña aportación al corto. Durante el anuncio, San Francisco mira al cielo dirigiéndose a Michael Robinson quien, desde arriba, le dice que está con Pau Donés y con Chiquito de la Calzada y que lo esperan dentro de muchos años. Esa es la secuencia más emotiva. En ningún momento se habla de política ni de rojos o fachas. No hay más mensaje que no sea un sincero canto a la vida y un homenaje a los que se fueron por la pandemia. Nada de lo que se dice ahí puede ofender a alguien que esté en sus cabales. Sin embargo, este es el mensaje que Tertsch ha colgado en Twitter: “Campofrío elige a Buenafuente, Rhodes, la peor gentuza que se ríe de España y acosa a media España, como héroes de Campofrío. Con su pan se lo coman. Estas Navidades comienzo mi alejamiento definitivo de la marca”.

Si el miedo es libre el odio esclaviza. Una vez que uno empieza a odiar ya no puede parar y así es como se empieza por aborrecer y detestarlo todo, al rival político, al frutero de la esquina, al taxista que te lleva al trabajo, a la pareja que se besa en el parque y al vecino de enfrente. Ya se trata de odiar por odiar, sin sentido ni razón, y al final, después de ver comunistas en todas partes en lugar de personas, se acaba maldiciendo la vida misma o un inocente anuncio de televisión sobre embutidos que no le hace daño a nadie. Tertsch vuelca su furia y su bilis contra todo aquel que huela a Gobierno filoetarra y separatista y en su paranoia contra los titiriteros pijoprogres solo le falta empezar un campañón de desprestigio contra los jardineros de Galapagar, los bedeles de Unidas Podemos, el piloto del Falcón amigo de Sánchez, el sastre de Rufián o la asistenta de Echenique. Cualquiera que haya tenido trato con los comunistas debe ser debidamente depurado; todo aquel que haya tenido algo que ver con el gabinete filoetarra separatista puede darse por fusilado, como se dice en el chat de los nostálgicos Reservistas de la Decimonovena.

Quizá, a fin de cuentas, lo que odia Tertsch no sea el actor más o menos izquierdoso que aparece en el spot, sino que Campofrío no esté en el guerracivilismo golpista y en la guerra cultural de Vox. La empresa siempre ha mostrado en sus anuncios una sensibilidad especial con la tolerancia, el respeto y la concordia entre todos los españoles sin excepción. La fábrica se dirige al pueblo llano, a los de abajo, a los que cuando llegan estas fechas tan entrañables, como diría el Borbón, siempre tienen unas lonchitas baratas de embutidos Campofrío a mano para echárselas al coleto y vivir la ficción del rico, aunque solo sea por una noche. Eso es lo que realmente le toca la moral al señor Tertsch (sin duda el Mr. Scrooge de estas navidades de pandemia por aclamación popular): que la empresa haga patria de la buena, que fomente la igualdad de todos los españoles ante la mesa y el mantel, la lucha de clases gastronómica que a cualquier supremacista ultra (temeroso de perder sus privilegios a manos de la famélica legión) le provoca una urticaria incontenible. Tertsch quiere llevar las dos España a los entremeses de Nochebuena. Que se quede él con su odio, su rencor y su absurdo boicot. Y para nosotros el sabroso ibérico curado. Que está cojonudo.

Viñeta: Igepzio