sábado, 24 de abril de 2021

UN HÉROE

(Publicado en Diario16 el 14 de abril de 2021)

Cuando se cumplen noventa años de la proclamación de la Segunda República nos siguen llegando testimonios desgarradores de quienes arriesgaron sus vidas en la lucha desigual contra la barbarie fascista, historias de auténticos héroes que lucharon por la libertad, no como esos mamarrachos que hoy se autoproclaman libertadores de la cruzada nacional y fieles seguidores de las patrañas de Isabel Díaz Ayuso.

Una de las historias que nos siguen estremeciendo casi un siglo después nos habla de Leoncio Badía, el enterrador de Paterna que vivió de cerca el horror de cientos de fusilamientos y que lejos de mirar para otro lado decidió tomar partido y ayudar a las familias de los represaliados franquistas. Hoy mismo se ha sabido que el Ayuntamiento de la localidad valenciana rendirá tributo al hombre, a título póstumo, con una escultura del artista Nassio Bayarri.

El alcalde de Paterna, Juan Antonio Sagredo, asegura que “esta escultura es un reconocimiento al coraje y sensibilidad de Leoncio, que a través de recortes de tela, mensajes en botellas, botones y mechones de pelo, intentó sembrar esperanza en las heridas abiertas en muchas familias para que pudieran cerrarse en un futuro y dignificar así su memoria”. La decisión del consistorio levantino viene a sumarse a la concesión de la Alta Distinción de la Generalitat Valenciana a su hijo más ilustre “por ayudar a tantas familias a dar dignidad a la memoria de sus seres queridos” y supone un gran avance en la recuperación de la memoria histórica precisamente en un momento en que no se debe dar ni un paso atrás ante el avance de la extrema derecha, que se abre paso en toda Europa, lamentablemente también en España.

Por mucho que escuchemos la historia de Badía sigue impresionándonos como la primera vez. Cierto día, los prebostes franquistas llamaron a su puerta y le dijeron: “Oye, rojito, ¿tú quieres trabajar? Pues ve a enterrar a los tuyos”. Y así fue como se convirtió en el sepulturero oficial del cementerio municipal de Paterna, trabajo que desempeñó entre 1939 y 1945, los años más duros por la cantidad de fusilamientos y juicios sumarísimos registrados. Ante los ojos de Leoncio fueron pasando los peores horrores de la represión franquista, ya que fue testigo directo de todo lo que ocurrió en el paredón de Paterna (se cree que allí fueron pasados por las armas más de 2.200 republicanos inocentes). La mayoría de los asesinados fueron enterrados por Badía con sus propias manos, pero lejos de quedarse como un eslabón más en la macabra cadena de sangre y muerte del franquismo, el enterrador decidió pasar a la acción, rebelarse silenciosamente, y hacerle la guerrilla y la disidencia a Franco desde lo más hondo y profundo: los sentimientos humanos.

Ya entrada la noche, cuando las alimañas se habían retirado a sus moradas y el cementerio quedaba solo y en silencio, Badía lavaba los cuerpos de los muertos y se los enseñaba a sus familiares para que pudieran llorarlos dignamente y darles el último adiós. Incluso les entregaba algún recuerdo de la víctima y les mostraba el lugar exacto en el que iba a ser sepultado el cuerpo, datos que han resultado cruciales para que muchas personas sepan dónde se encuentran los restos de sus parientes fusilados.

“Si no fuera por Leoncio, todo esto no existiría”, asegura la familia de uno de los represaliados, que reconoce el valor de Badía y su contribución fundamental a la recuperación de los cadáveres. “Gracias a su trabajo, la mayor parte de las familias pudieron identificar las fosas. Y a partir de ahí, nosotros, ochenta años después, podemos iniciar procesos de excavación y exhumación”, asegura Miguel Mezquida, arqueólogo implicado en la restauración de la memoria histórica.

Todo lo que hizo Badía fue por pura humanidad. No ganaba nada con ello, al contrario, si era descubierto por la Policía franquista él también hubiera corrido la misma suerte que los pobres desgraciados que fueron cruelmente fusilados. Pero ganó la batalla silenciosa por la dignidad y su nombre hoy es recordado con orgullo mientras al dictador lo saca el pueblo de su panteón de oro y mugre. El valiente enterrador Badía hizo buena aquella cita grandiosa de Camus que rezaba: “¿Qué es un rebelde? Un hombre que dice no”. Así de simple, así de sencillo. A fin de cuentas un héroe siempre se forja bajo el yugo de la injusticia. Badía aprendió por la vía de la experiencia y el sufrimiento interior lo que el filósofo francés teorizó sobre el papel: que la España de aquellos años enseñó a toda una generación que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma y que a veces el coraje no obtiene recompensa.

Hoy, en el noventa cumpleaños de la proclamación de la Segunda República, cabe preguntarse cuántos héroes anónimos arriesgaron sus vidas en la lucha contra el fascismo salvaje e inhumano, cuántos leoncios hicieron las veces de ángeles mudos, pero eficaces, en medio del estruendo, el infierno y el horror. Vivimos tiempos de infames revisionismos históricos. La extrema derecha pretende apropiarse del concepto de libertad en una maniobra grotesca que supone un insulto para todos los que murieron defendiéndola de verdad. Ver a Santiago Abascal subido a la tribuna de oradores de la Cortes con un adoquín en la mano, como si se tratara de un mártir perseguido por el totalitarismo rojo, produce vergüenza, sonrojo y miedo. Vergüenza porque con su puesta en escena propia de un mal caricato está jugando con el dolor de las familias de miles de personas asesinadas; sonrojo porque no se da cuenta de que está haciendo el ridículo ante el mundo entero; y miedo porque su intento de resucitar el guerracivilismo más atroz va camino de cuajar para desgracia del país.

“Si mi partido devolviera los adoquines habría un enfrentamiento civil. A nosotros nos van a encontrar en la defensa de la libertad, el orden constitucional, la legalidad y la persecución de los culpables”, asegura en otro hito del esperpento patrio el Caudillo de Bilbao. Que haya nacido en un 14 de abril, el mismo día que fue proclamada la Segunda República, dice mucho de las contradicciones políticas de este oscuro personaje. Sin duda, a él le hubiese encantado venir al mundo un 18 de julio, día del Alzamiento Nacional, pero no pudo ser. Caprichos del destino. Por una vez funcionó la justicia poética.

EL VIENTRE DE ALQUILER

(Publicado en Diario16 el 14 de abril de 2021)

Nadie habla de ello, pero conviene recordar que Ciudadanos sigue siendo el partido de la gestación subrogada o vientre de alquiler. Los muchachos naranjas son raritos (entre tránsfugas, desertores y paracaidistas no hay uno de fiar en ese clan) y desde hace tiempo vienen dándonos la turra con una práctica reproductiva que si uno se pone a pensarlo bien produce cierto repelús desde un punto de vista biológico, ético y moral. Desde que en 2019 el partido hoy en vías de extinción presentara su famosa proposición de ley en el Congreso de los Diputados para regular el derecho a la gestación subrogada en España nadie les ha hecho el menor caso. Por algo será. El asunto quema como una patata caliente en las manos, pero ellos de vez en cuando sacan el tema y lo ponen encima de la mesa. ¿A qué viene tanto interés en una práctica que prestigiosos expertos juristas ya han alertado que podría ir contra los principios elementales de la bioética e incluso dar lugar a un sórdido mercado negro de recién nacidos?

Antes de responder a la cuestión y entrar a saco contra Ciudadanos (una tentación que asalta a todo columnista cuando no tiene otra cosa de qué escribir), conviene acotar los conceptos y definir lo que se entiende por vientre de alquiler. Estamos hablando de una mujer que se queda embarazada previo contrato en el que se estipula claramente que el bebé que dé a luz será entregado a una pareja para que se haga cargo de él en concepto de padres o progenitores no biológicos. Aunque según Ciudadanos en principio se trataría de un acto de caridad y altruismo de una mujer para con las familias que no pueden tener hijos, a nadie se le escapa que no tardaría en generarse un sector de economía sumergida, un mercado persa de la maternidad, un zoco ginecológico. Es decir, neoliberalismo y negocio a calzón quitado con algo tan sagrado como traer niños a este mundo.

Bastantes problemas tiene ya este país, sumido como está en la distopía enloquecida del coronavirus, como para hacer realidad otro delirio sacado de una disparatada novela de ciencia ficción en plan El cuento de la criada. Ahora que las vacunas van a dar lugar al contrabando ilegal (como en El tercer hombre de Graham Greene), ahora que vuelve el estraperlo y el tráfico de alimentos como en los peores tiempos de la posguerra, lo último que nos faltaba es que la ocurrencia de Ciudadanos se hiciese realidad y terminara cuajando algún día en un Salón del Bebé contratado, un Fitur de la crianza privatizada con pabellones, casetas, expositores y reparto de folletos informativos sobre la gestación subrogada. De esa manera, algo tan sagrado como la maternidad pasaría a ser una actividad comercial, como comprar un coche eléctrico o una semana de vacaciones multipropiedad en un chalé en Marbella. Una democracia firmemente asentada en la defensa de los derechos humanos y del niño no debería caer en ese mercadeo infame. La legislación española considera nulos los contratos de vientres de alquiler, pero no sanciona la práctica, por lo que muchos ricos se permiten viajar al Tercer Mundo y encargar una preñada para uso particular. Hasta el Comité de Bioética de España, basándose en razones morales y en sentencias del Tribunal Supremo, niega validez jurídica a tales conductas.

Ciudadanos es un partido abiertamente neoliberal y clasista, o sea que cada medida que propone busca el beneficio crematístico inmediato, siguiendo el modelo capitalista salvaje del PP. O sea caja B, maternidad en B. Y aunque Albert Rivera ideó el proyecto naranja como el gran partido de los autónomos, convertir a las embarazadas en las autónomas del negocio de la gestación se antoja demasiado, una aberración, una monstruosidad. Imagínese el ocupado lector a lo que podríamos llegar si algún día se llegase a autorizar esta práctica reproductiva. El término mismo produce escalofríos por lo que tiene de intento de combinar una actividad económica con la maternidad. Vientre y alquiler no son palabras que debieran combinarse en un mismo concepto y en la misma oración, pero los chicos de Ciudadanos van de pragmáticos guapos, modernos y bien vestidos, el modelo fashion Toni Cantó, y siguen al pie de la letra las nuevas teorías políticas y sociales para tiempos de posverdad. En Cs son utilitaristas, materialistas desprovistos de cualquier idealismo sentimental (eso se lo dejan a la izquierda comunista y bolivariana) y van a lo que van, a la pela y al negocio, ya sea con la maternidad o con el transfuguismo político. Por eso hoy están contra el PP y mañana lo aúpan a los gobiernos autonómicos en complicidad con la extrema derecha, a la que tampoco le hacen ascos.

Dar carta de naturaleza a la gestación subrogada (un eufemismo legal para esconder una práctica que tiene algo de desalmado y antinatural) supone abrir una peligrosa puerta (¿qué será lo siguiente, el bebé a la carta de rasgos arios?). Es tanto como otorgar licencia de apertura a un nuevo negocio emergente, un rastrillo de embarazadas e intermediarios de fetos al mejor postor. Ahora que sabemos que durante los años del franquismo y la Transición en este país se robaron criaturas recién nacidas de madres pobres y solteras para felicidad de las familias pudientes no deberíamos jugar con frívolas propuestas de este tipo. Si Edmundo Bal saca escaño en las autonómicas madrileñas ahí estará Isabel Díaz Ayuso para completar el puzle de un nuevo trifachito ofreciéndole un carguete y quién sabe, en una de estas hasta convierte Madrid no ya en un dumping fiscal, sino en el paraíso de la gestante emprendedora y el churumbel por contrato. Esta IDA es capaz de pactar hasta con el diablo con tal de seguir en el poder.

UNA SEÑORA ULTRADERECHISTA

(Publicado en Diario16 el 13 de abril de 2021)

Una señora ultraderechista ya impone el pin parental en Murcia con el beneplácito del popular López Miras. Tras la fallida moción de censura socialista, la consejera Mabel Campuzano, de Vox, ha abierto el camino del adoctrinamiento católico en las escuelas que en breve, previsiblemente, seguirán Madrid y Andalucía. Isabel Díaz Ayuso puede ganar las elecciones madrileñas con mayoría absoluta, pero si no lo logra tendrá que recurrir al partido de Santiago Abascal y Rocío Monasterio, que ya han exigido como precio innegociable de la gobernación el polémico pin reaccionario. Es la paulatina vuelta al crucifijo y al nacionalcatolicismo en los colegios. Pronto asistiremos a cosas que no se veían desde los convulsos tiempos de la Transición, cuando Blas Piñar trataba de conservar, en vano, las esencias del Antiguo Régimen. Segregacionismo por sexo en las aulas, abolición de la teoría evolucionista de Darwin, religión como asignatura obligatoria. El trumpismo importado de Estados Unidos y debidamente encajado, con calzador, en la realidad española.

Al igual que las fuerzas conservadoras y reaccionarias abortaron el intento de instaurar el laicismo en las escuelas de la Segunda República, hoy la muchachada ultra de Vox ha llegado a la política dispuesta a acabar con la educación pública avanzada, moderna y de calidad. Las élites de este país no consienten la separación Iglesia/Estado y pretenden que los curas sigan teniendo la sartén de la enseñanza por el mango. Desde hace dos siglos, todos los intentos de este país por avanzar hacia el progreso y la Ilustración han sido sistemáticamente saboteados. Ya sea en monarquía o bajo un sistema republicano, cualquier reforma hacia una educación en valores democráticos se topa sistemáticamente con las maniobras de los poderes fácticos en la sombra. Ya ocurrió en el 33, cuando el bienio cedista acabó con todo intento por sacar al pueblo de la oscuridad, el atraso secular y el atavismo. Las derechas acabaron con las Misiones Pedagógicas –aquellas caravanas de maestros voluntarios que llevaban la escuela, a lomos de mulas y sorteando ríos y montañas, hasta el último rincón del país–, y también con La Barraca, el teatro ambulante con el que Lorca pretendía culturizar a las masas analfabetas.

Hoy la historia se repite como una maldición bíblica. Vox ha retomado el testigo de aquella vieja CEDA ultraconservadora cuya misión era la “afirmación y defensa de los principios de la civilización cristiana” y que acabó por dinamitar las conquistas educativas de la Segunda República. El pin parental es solo el principio del nuevo plan ultraderechista para controlar las escuelas. Abascal sabe que la batalla para reinstaurar el añorado franquismo comienza por las aulas y que el pupitre siempre es la primera trinchera en el pertinaz proceso de demolición de la democracia. La ministra de Educación, Isabel Celaá, advierte de que cualquier intento por instaurar el pin parental en Murcia será recurrido en los tribunales, pero cualquiera se fía de una Justicia mediatizada por elementos falangistas. El riesgo de involución existe gracias a los pactos autonómicos de Pablo Casado con los camisas azules.

Según los expertos y pedagogos, el pin parental es una medida totalmente dañina para el desarrollo intelectual y cognitivo de los niños. El propio término recuerda a ese capataz marcando a sus reses para que quede claro que son de su propiedad. Pese a todo, constituye uno de los puntos más importantes del programa electoral de Vox, que apuesta por el “consentimiento expreso de los padres para cualquier actividad con contenidos de valores éticos, sociales, cívicos morales o sexuales” de sus hijos en los centros educativos. Es decir, no a la educación sexual; no a los valores como el feminismo y la igualdad de sexos o el respeto a las personas LGTBI; no a nada que tenga que ver con la liquidación de la hegemonía patriarcal y con la prevención de la violencia machista que ellos niegan.

Abascal no es un gran estadista, aunque desde luego tenga cierta habilidad para retorcer la realidad y cautivar como avezado engañabobos. Ha vendido el pin parental como la defensa de la libertad frente al supuesto adoctrinamiento que el socialcomunismo pretende llevar a cabo en las escuelas y ha propalado bulos y mentiras como que en los centros de enseñanza se promueve la pederastia, la zoofilia y los juegos eróticos. Maquiavelismo trumpista en estado puro; ideología retrógrada propia de cabezas enfermas. Hoy por hoy, en ningún colegio del país se imparte otra cosa que no sea una educación sexual acorde a los tiempos que vivimos y a los convenios internacionales para que los niños dispongan de buena información sobre lo que les espera cuando salgan al mundo exterior. Hasta Unicef advierte de que los cursos son fundamentales en el desarrollo posterior del niño como “sujeto de derecho” y no como mera propiedad de los padres.

Entre otras cosas, sin una educación sexual sana y equilibrada aumentan los embarazos no deseados, se dispara el sida y cunden las enfermedades mentales y fobias, como ocurrió en los oscuros años del franquismo, cuando España era un inmenso psiquiátrico repleto de reprimidos y acomplejados por el gobierno y por la Iglesia. Ya sabemos cómo acabaron los cuarenta años de censura, moralidad cristiana y cinturón de castidad: con un aluvión de trenes y autocares rebosantes de españolitos incultos en asuntos sexuales que viajaban a Perpignan para ver por fin El último tango en París, la película de Bertolocci que despertaba el morbo en la piel de toro. Los españoles fuimos, una vez más, el hazmerreír de una Europa incapaz de comprender la absurda idiosincrasia ibérica.

No sabemos cómo acabará la película de Madrid. Lo que sí sabemos es que Díaz Ayuso lo pactará todo con la extrema derecha con tal de seguir manteniendo el trono de musa libertaria de la derecha y Emperatriz de Lavapiés. Le dará las llaves de la escuela a la puritana Rocío Monasterio, que abrirá los catecismos de nuevo y todo volverá a ser como antes. Un blanco y negro esperpéntico, triste y decadente. Como en el NO-DO.

Viñeta: Igepzio

EL AYUSISMO


(Publicado en Diario16 el 13 de abril de 2021)

Al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, se le ve exultante y sobrado últimamente. Está completamente seguro de que Isabel Díaz Ayuso ganará por goleada y ni siquiera el efecto Iglesias conseguirá evitar una derrota histórica y sin paliativos de la izquierda. Incluso se permite vacilarle a Pedro Sánchez al sugerirle que no se prive de hacer campaña electoral en Madrid. “Sal todos los días y en el PP sacamos la absoluta”, le ha sugerido el primer edil, con un sobrante de sorna, al presidente del Gobierno de España.

Todo apunta a que el experimento político que supone Díaz Ayuso, el ayusismo, va camino de un éxito rotundo. Cuesta trabajo creer que una mujer que se ha destacado por una manifiesta incapacidad de gestión, una torpeza para el debate parlamentario y  una ineptitud más que acreditada haya conectado de una forma tan directa e intensa con los madrileños. Pero así es. Todo lo que hasta ahora están intentando los partidos de izquierdas no es suficiente para remontar en las encuestas, ni siquiera en las de Tezanos, siempre optimista con las expectativas del PSOE y sus socios de gobierno.

¿Qué les ha dado Ayuso a sus paisanos, cómo ha logrado seducirlos? Para empezar, consintiéndoselo todo al pueblo, que es tanto como decir que ha implantado una suerte de conservadurismo libertario y cañí muy en la onda del carácter reaccionario del votante de la Meseta. IDA no ha gobernado, ha dejado que cada cual haga lo que quiera en esta pandemia y la consecuencia directa es que Madrid ocupa los primeros puestos en el nefasto ranking europeo de muertos y contagiados. Pero eso le da igual al personal. Ayuso nunca defrauda ni se equivoca sencillamente porque nunca toma medidas impopulares, ya sean sanitarias o económicas. Si los epidemiólogos le piden el cierre de bares y restaurantes, ella los abre; si el Gobierno central reclama el confinamiento perimetral, ella levanta fronteras y recibe con entusiasmo y los brazos abiertos a las hordas de turistas franceses ávidos por vivir el desmadre español. IDA sabe que no es una gran estadista ni un referente cultural de nuestro tiempo (no tiene luces ni capacidad de oratoria para serlo) pero ha hecho de sus carencias virtud y ha sabido rentabilizar su escaso empaque intelectual como una populista aplicada que siempre hace lo que ordenan el lobby hostelero y su Rasputín particular en la sombra, o sea MAR.

Lógicamente, con esa forma de gobernar a base de pan y circo es imposible perder unas elecciones, la mayoría de madrileños la quieren y la idolatran como a esa diva que siempre da lo que el público pide, aunque el modelo de gestión libertario sea un rotundo fracaso y se pague un precio elevadísimo: hoy por hoy Madrid se ha erigido como capital europea del coronavirus para oprobio de la marca España.

Ayuso es la continuación del trumpismo norteamericano pasado por el filtro españolazo, o sea mucha fiesta, mucha paella, mucho vino y toros. Trump está superado y derrotado en Estados Unidos, cuna de este movimiento político tan curioso como tóxico, pero en nuestro país la ola yanqui siempre llega con algo de retraso y en Madrid hay mucho engañado que para salir de su error necesita ver con sus propios ojos cómo la Sanidad pública se derrumba, cómo la contaminación aumenta y cómo las desigualdades entre clases sociales se acrecientan. Dentro de unos años, cuando el paria de Vallecas esté hasta la coronilla de los abusos neoliberales de la dama de hierro, cuando el personal haya visto que detrás del manido eslogan “comunismo o libertad” no hay nada, cuando las estupideces de la señora ya no hagan maldita la gracia, el votante volverá la vista de nuevo hacia la socialdemocracia. Ese será el final de IDA.

De momento, la lideresa ya trabaja en un Dos de Mayo con corridas de toros (la Administración Ayuso es ante todo una agencia de eventos lúdicos) pese al riesgo de propagación del virus. Y nadie le va a decir que no lo haga porque ella ya gobierna como presidenta del Gobierno de la nación (Casado se lo ha dicho y la lideresa castiza se lo ha creído). “Cuando hay toros hay libertad, donde los han prohibido la libertad no ha ido a mejor”, afirma la lumbrera y faro de nuestro tiempo en otra frase antológica para la historia.

Los madrileños están hechizados por esta mujer que promete libertad absoluta para que cada cual haga de su capa un sayo, lo cual no es libertad sino libertinaje, ya lo ha dicho el candidato Gabilondo. El sosocrático socialista tiene las ideas y la formación política y filosófica, pero eso en nuestro tiempo no es suficiente para epatar al electorado. Hoy vivimos en plena crisis de la posmodernidad, y ya no importa si algo es verdad o no, sino si una idea se defiende con apariencia de verdad y es capaz de arrastrar a las masas, por poder de convicción, hacia un pensamiento mágico/mítico mucho más apasionante que la realidad misma.

En definitiva, esto ya no va exclusivamente de política sino de filosofía, puesto que los retóricos sofistas han ganado la batalla secular a los humanistas. El ayusismo va a triunfar porque conecta con las corrientes sociales de nuestro tiempo: egoísmo hedonista, insolidaridad, elitismo, progreso individual más que bien común, negacionismo de los principios de la Ilustración, economía capitalista a destajo, nacionalismo paleto, rencor hacia el establishment intelectual, imagen icónica en lugar de mensaje, descrédito de los medios de comunicación, desacralización de la política, industria del ocio y el entretenimiento, alcohol, fiesta, cachondeo y el poder del dinero y lo privado aplastando la utopía de una sociedad de ciudadanos libres e iguales. Al votante, y más al de Madrid mucho más deshumanizado e individualista como alienado habitante del monstruo urbano, le aburre un señor calvo y pesado que habla de ética y moral kantiana a todas horas. Entre otras cosas porque ya nadie sabe quién fue Kant ni le importa.

Viñeta: Pedro Parrilla

LOS REPLICANTES DEL PP

(Publicado en Diario16 el 12 de abril de 2021)

En el PP está ocurriendo un extraño fenómeno paranormal. Todos aquellos altos cargos cuyos nombres, apellidos o iniciales figuran en los papeles de Bárcenas como sobrecogedores, es decir, como beneficiarios de comisiones en negro, terminan alegando ante el juez que no tienen nada que ver con esas identidades. Ya ocurrió con Mariano Rajoy hace unos meses, cuando el ex presidente del Gobierno declaró ante sus señorías de la Audiencia Nacional que no sabe quién es ese tal “M punto Rajoy” que aparece en los registros contables de Bárcenas. Y como la cosa coló y los magistrados no pidieron más explicaciones, esa misma estrategia judicial la están siguiendo otros cargos populares que han sido citados por los tribunales para que aclaren si cobraron o no sobresueldos.

Así, Javier Arenas niega ser el “Javier Are” de los papeles barcenianos; Trillo rechaza ser el Federico que consta en las anotaciones; y el súper ministro de Aznar Rodrigo Rato desmiente que sea el “Rodrigo R.” o “R. Rat.” de los polémicos registros contables. El último que ha seguido la vía abierta por Rajoy ha sido Ignacio López del Hierro (marido de la exministra Dolores de Cospedal) quien en su comparecencia ante la Justicia ha negado que los extractos “López H” y “López Hierro”, correspondientes a supuestas donaciones de 114.000 euros, tengan nada que ver con él. “No soy ninguna de esas dos personas que figuran ahí”, asegura con rotundidad. La declaración de López Hierro va en la línea de lo que ya dijo Cospedal ante la comisión parlamentaria que investigó la financiación ilegal del PP, donde la ex ministra de Defensa zanjó la cuestión alegando que “López H y López Hierro no es mi marido”, ya que personas con ese apellido y relacionadas con el Partido Popular “hay muchas”.

Estamos sin duda ante un incidente sobrenatural que quizá tenga algo que ver con los efectos secundarios de la pandemia. El mal del negacionismo arraiga fuerte, se extiende por toda la sociedad en sus diversas variantes, y por lo visto en el PP ha calado una especie de mutación negacionista que lleva a los militantes del partido a negar su propia identidad y a no identificarse con su filiación. O quizá el virus esté provocando un extraño episodio de clonación genética que da lugar a muchos dirigentes populares con el mismo cuerpo y el mismo nombre. Quién sabe. El caso es que en Génova 13 no había solo un “M Punto Rajoy”, sino muchos, múltiples registradores de la propiedad con sus barbas canas, las gafas de culo de vaso, el frenillo y el Marca debajo del brazo que eran fabricados en serie como androides de una novela de Philip K. Dick y que ejercían como presidentes del partido y del Gobierno. Si Franco tenía un doble para que no lo liquidaran en un atentado, Rajoy tenía decenas de múltiples o repetidos. Y así claro, es imposible saber quién es el que aparece en los papeles de Bárcenas.

Todo lo cual nos lleva a pensar que en el PP nadie es quien es o quien dice ser, un fenómeno que deberían investigar nuestros brillantes científicos jubilados del CSIC que estos días luchan contra la precariedad y la falta de recursos, dos grandes males endémicos de nuestra ciencia, para sacar adelante una vacuna española que nos libre de los trombos de la multinacional AstraZeneca, más bien AstraCínica.

Los replicantes del PP se suceden con los mismos nombres y apellidos, nadie puede fiarse de esta gente, ya que uno cree que está hablando con López Hierro cuando en realidad no es él sino un suplantado, un clónico, alguien con su misma identidad y rostro o jeta. En el PP se vive un misterioso desdoblamiento cuántico de la realidad, mundos y vidas paralelas, y los documentos oficiales no sirven para nada, los libros de contabilidad y los estatutos internos se los pasan por el forro y cuando llega el momento de declarar ante un juez sobre los actos jurídicos documentados por la Tesorería del partido todos invocan el “yo no soy ese o esa que figura ahí”, “no firmé tal cosa”, “yo no sé nada” o “a mí qué me cuenta, pregúntele usted a otro”.

En el PP de Aznar y Rajoy el principio de seguridad jurídica estalló por los aires, nada era lo que parecía porque allí había mucha gente con los mismos nombres y apellidos (una piojera de fulanos idénticos unos a otros) y porque lo firmado no tenía ninguna validez. Los extractos y asientos contables eran meramente decorativos; la contabilidad del dinero y a quién se le daba la pasta era algo testimonial sin ningún efecto legal. Todo en el Partido Popular quedaba en un inmenso montaje, una farsa, una filfa, y allí nadie estaba seguro de quién era quién, como en V, aquella serie de los lagartos marcianos que se travestían de humanos, o en La invasión de los ladrones de cuerpos, la magnífica película de Don Siegel en la que unas vainas de origen extraterrestre replicaban a la gente con las mismas caras e identidades, pero en plan vegetal. ¿Cómo puede fiarse un votante de buena fe de estos seres mutantes del PP que van cambiando de pelaje y condición?

Hoy los dirigentes de la época Gürtel se sienten impunes y hasta se permiten hacer risas y bromas cuando declaran ante sus señorías los jueces, que terminan tragándose la fantástica historia de que rajoys había muchos y que gente que se llamaba López Hierro ni te cuento, probablemente cientos, miles, de tal manera que es imposible saber quién se lo llevaba crudo o muerto. No es la primera vez que a la Justicia le convencen estas explicaciones y argumentos esotéricos casi de ciencia ficción, ya que algo parecido ocurrió en el caso de los ordenadores y discos duros de Bárcenas que fueron destruidos una noche, a martillazo limpio, para que no quedara ni rastro de los supuestos delitos. Tampoco en aquella ocasión vieron nada raro los señores togados, de modo que carpetazo al asunto.

Todo lo que ocurre en el PP resulta fascinante (replicantes, clones, mucha gente con los mismos nombres y apellidos, material informático que se autodestruye solo) mientras la Justicia da total credibilidad a la novela de ficción. Alguien debería cerrar ya este asunto penoso e insufrible que pretende tomar por tontos a los españoles. Por cierto, ¿Pablo Casado será Pablo Casado?  

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL NEGACIONISTA

(Publicado en Diario16 el 12 de abril de 2021)

Había despertado expectación la entrevista de Jordi Évole con Miguel Bosé y la cosa no defraudó. Una historia de sexo, drogas y rock and roll siempre vende mucho en la televisión, sube a tope las audiencias, y el que fue una de las grandes estrellas de nuestro panorama musical venía dispuesto a abrirse en canal en el diván del avezado y menudo psicoanalista del periodismo. Del dolor nace la genialidad, y Évole ha sabido sacarle partido a esa especie de narcolepsia que padece desde hace años para reinventar el género de la entrevista. Con su estilo directo y enrollado, el hipnoterapeuta de La Sexta crea el clímax propicio hasta contagiar al personaje de una cataplexia similar a la que él sufre, un trance o sueño narcótico, de modo que a partir de ahí el paciente ya lo larga todo del tirón y se consuma la catarsis o curación por el habla. Ese es el momento que Évole elige para sacar la tablet de la mochila, ponérsela delante de las narices al entrevistado y mostrarle las imágenes o reminiscencias de su vida de antes, sus episodios biográficos más polémicos, sus traumas existenciales del pasado. La técnica es brutal y nadie que se haya sentado ante el lacaniano Évole sale de la sesión siendo la misma persona.

En cualquier caso, Miguel Bosé estaba predispuesto a la hipnosis desde el principio. Llevaba largos años apartado de su público español (por lo visto ahora vive como un cartujo en una especie de retiro interior en México) y tenía ganas de contar su verdad. No rehuyó ninguna cuestión, al contrario, habló de todo, de su alejamiento voluntario del mundo del espectáculo, del juicio que mantiene con su expareja, Nacho Palau, de la pugna por la custodia de los hijos, de la difícil relación con el padre-mito, el torero Luis Miguel Dominguín, en fin, más de lo humano que de lo divino, que eso quedará al parecer para una segunda entrega. “He tenido años salvajes en los que descubrí la parte oscura que todos tenemos: drogas, sexo a lo bestia, sustancias (…) Llamé a unos amigos de madrugada y les dije: ‘Quiero ir de fiesta’. Esa noche me tomé mi primera copa y me metí mi primera raya, que me duró una semana, me salió baratísimo”. Y ahí fue donde Don Diablo empezó a ser exorcizado y afloró el hombre atormentado que está pidiendo a gritos que le quieran y le ayuden para superar sus fantasmas, sus neuras y sus fobias.

La historia de la celebrity que lo tiene todo y acaba cayendo en desgracia por culpa de su mala cabeza siempre es una garantía de éxito en el gran circo catódico. La tele es como ese Saturno del cuadro de Goya que devora a sus hijos, un monstruo que destruye juguetes rotos con tanta facilidad como los crea (véase Rocío Carrasco). Pero, sin duda, esta vez la audiencia no se sentó delante de la pantalla para empaparse de las miserias humanas y el descenso a los infiernos de una leyenda de la música como es Bosé. El espectador buscaba razones, motivos, causas de ese trombo mental o extraña transformación del divo en negacionista de la pandemia. Y una vez más, ha quedado claro que el fenómeno, la enfermedad de nuestro tiempo, no tiene explicación lógica o racional. “Hay un plan urdido que no se quiere que se sepa. No es pensar que estoy en posesión de la verdad, es la verdad. Soy negacionista, es una postura que llevo con la cabeza bien alta”, dice el icono pop, al que le vendría bien una charla de tú a tú con el sensato José Coronado.

¿Pero cómo demonios se come que un hombre de la cultura y la personalidad de Bosé se deje arrastrar por las monsergas y bulos de las redes sociales hasta creer que nos han convertido en un rebaño de crédulos del virus y en víctimas de un macabro plan internacional? ¿Cómo explicar que alguien viajado como él pueda caer en esa descabellada teoría de la conspiración que habla de cuatro poderosos millonarios (Soros, Gates y los Clinton) que mueven los hilos del mundo mientras se beben la sangre de los niños? ¿Es producto de todo lo que se ha metido en el cuerpo, de tantas adicciones que dejan secuela, de tantos años salvajes y “sexo a lo bestia” como él mismo dice? ¿O es puro postureo y disfraz para relanzar una carrera artística que últimamente ha empezado a declinar? En cualquier caso, llama la atención que Bosé le tenga más miedo y respeto a una vacuna que a los dos gramos diarios que se enchufaba para funcionar, como también sorprende que se le dé cancha televisiva a un señor que desprecia la ciencia y que se aferra a una ideología peligrosa que mata más que el propio virus.

El expediente Bosé no es sino uno de tantos. Cada día son más los ciudadanos que se ven atrapados en ese mundo delirante y friqui que viene de la mano de corrientes políticas tóxicas para la humanidad como el trumpismo neofascista destructivo y letal. El negacionismo tiene mucho que ver con la degradación de la política y la democracia; con la crisis de valores y la decadencia de la posmodernidad; con el retorno de la superchería y el medievalismo supremacista; con la incultura y el desconocimiento de la ciencia; con el terror milenarista, el poder de las sectas y otras muchas causas y factores que sería imposible enumerar aquí.  

Cómo ha caído Bosé en la paranoia del negacionismo es algo que el terapeuta Évole deja para una segunda entrega (mejor dos tazas que una para sacarle todo el jugo y toda la publicidad posible a la gallina de los huevos de oro) y que promete ser apasionante. De momento, ya se ha desentrañado un enigma que nos tenía a todos desconcertados: la voz chamánica, cavernosa y de ultratumba de Bosé no es impostada ni tiene por objetivo parecer más pedante, meter miedo al personal o llamar la atención, sino que es fruto de un trauma emocional. A ver si al final va a resultar que todo, incluso el negacionismo cerril y obtuso, se reduce a un simple problema de desamor que ha destruido un corazón sensible, frágil, romántico. Ya lo dijo Balzac: el amor aborrece todo lo que no es amor. Sea como fuere, la terapia Évole va dando resultado. 

Viñeta: Iñaki y Frenchy

SPUTNIK

(Publicado en Diario16 el 9 de abril de 2021)

Isabel Díaz Ayuso está jugando ahora a los espías, en plan personaje de John le Carré, con la Rusia de Putin. IDA dice que ya no se fía del Gobierno de Pedro Sánchez, de modo que se ha propuesto contratar, por su cuenta y riesgo, un cargamento de vacunas Sputnik con el que piensa vacunar a los madrileños y superar por fin la pandemia. “Si la vacuna funciona y es legal haremos lo que sea necesario por salvar vidas”, asegura la lideresa castiza.

En realidad, toda España ha visto que la capacidad de gestión de la pupila aventajada de Casado es más bien nula. Cada vez que la señora presidenta ha intentado hacer algo para superar la pandemia la cosa le ha salido mal, demostrando su ineptitud, y la consecuencia es que, hoy por hoy, Madrid sigue figurando a la cabeza de los territorios europeos con mayor índice de contagios. Cuando quiso tomar el control total en las residencias de ancianos, aquello acabó en un auténtico holocausto, un Auschwitz geriátrico con cadáveres escondidos debajo de las camas y en los armarios; cuando decidió fletar dos Boeing con toneladas de mascarillas, los aviones se desvanecieron en el aire, como los trucos de magia del ilusionista David Copperfield, de manera que nunca más se supo; y ahora que tiene en sus manos los datos y estadísticas sobre la curva epidemiológica, los números no cuadran, todo es un caos matemático y Sánchez la ha llamado al orden, desde Angola, para que explique el desconcierto estadístico.

Lo mejor que podría hacer Ayuso es no hacer nada, estarse quieta, ese sería el mayor sacrificio y contribución que podría hacer por Madrid y por España. Pero IDA, que le ha cogido el gustillo al bastón de mando al comprobar que una en el poder puede hacer casi cualquier cosa que le venga en gana porque nunca pasa nada, ahora quiere explorar nuevas experiencias en la Rusia de Putin. Y ahí la tenemos, como una espía que surgió del hielo dispuesta a hacer de agente doble contra el sanchismo, a contrabandear con la vacuna rusa y a hacer tratos con los pérfidos bolcheviques del bloque antagónico (en su ensoñación o delirio de grandeza ella sigue creyendo que el Telón de Acero sigue en pie, de ahí su célebre eslogan de campaña comunismo o libertad). La muchacha da el perfil de espía con ese aire glamuroso de diva que se gasta y ese rostro de folclórica antigua, una Imperio Argentina de la política española salida del Madrid de los año 30, cuando los espías soviéticos y fascistas libraban una batalla soterrada como preludio a la guerra civil. Hoy vivimos un déja vù parecido, solo que en lugar de José Antonio está Abascal para agitar el odio entre españoles en los barrios pobres de Vallecas

Sin embargo, IDA engaña una vez más a los madrileños. Ella no está negociando nada con Putin, entre otras cosas porque el líder ruso no sabe ni quién es esa mujer. Todos los movimientos que la presidenta popular lleva a cabo en la sombra para traer la anhelada Sputnik los está negociando no en la fría y peligrosa Moscú, sino en Vigo, y no con los letales agentes del KGB, sino con Pedro Mouriño, un empresario amigo de Pablo Casado con supuestos contactos en la Madre Rusia. Según cuenta el diario.es, Mouriño fue recibido hace unos días por el consejero de Sanidad madrileño, Enrique Ruiz Escudero, “muy interesado en la posibilidad de sortear los acuerdos europeos para centralizar las compras y explorar el acceso al fármaco ruso al margen de todos los demás”. Acabáramos. Todo ese patriotismo, toda esa épica nacionalista y todo ese novelón de espías que se ha inventado la factoría Netflix de Miguel Ángel Rodríguez, asesor y Rasputín entre bambalinas de IDA, para terminar en un conseguidor gallego, tal como lo define la perspicaz periodista Angélica Rubio.

El PP nunca aprenderá. Mil casos de corrupción rebosantes de testaferros, comisionistas, intermediarios, corredores de comercio, mercaderes, chanchulleros, expertos en mordidas y especialistas en el 3 por ciento no le han enseñado al partido de Casado que no es ético hacer negocio con todo, y mucho menos con la salud de los madrileños. La filosofía ultraliberal consistente en amasar dinero a toda costa con cada ministerio transformado en una agencia de contratación ha llevado a los populares al desastre y a la ruina, pero ellos siguen insistiendo con el mismo programa fallido. Ahora que el pelotazo ya no está en el ladrillo sino en las vacunas, el negocio sanitario parece abrirse camino con amplias expectativas de futuro.

Rusia tiene 144 millones de habitantes y solo 8 se han inyectado la polémica vacuna roja. Por algo será. Sin embargo, IDA juega a la ruleta rusa con los madrileños, le da igual si es segura o no, si está avalada por la Agencia del Medicamento o cumple con las directivas europeas y la legislación española. Hasta el soso y educado candidato socialista, Ángel Gabilondo, que nunca se mete con nadie, ha acusado a Ayuso de aliarse con los comunistas poniendo en peligro el sistema sanitario. Sin embargo, la presidenta ya gobierna como una Emperatriz de Lavapiés que está por encima del bien y del mal y con licencia para todo, se muestra encantada en su nuevo papel de aguerrida y seductora espía de la saga James Bond y si aparece un gallego patriota dispuesto a hacer de correo del zar por las estepas rusas y a traerse para España una remesa de inyecciones no se lo piensa dos veces a la hora de embarcarse en la aventura. Esto de la política es chachi piruli, un subidón tras otro nena, engancha tanto como unos torreznos y un par de cañas en Plaza Mayor, donde a IDA los hosteleros la tienen en un altar.

A la anticomunista presidenta poco le importa que la vacuna rusa se haya bautizado con el nombre del satélite que fue gran emblema del poderío soviético en su carrera espacial y armamentística con los Estados Unidos. Cuando se trata de hacer negocio privado, la única ideología es el dinero. Nadie fue tan antibolchevique como Franco y pese a todo su Yernísimo no dejó de hacer tratos con la URSS, ya lo cuenta el maestro Mariano Sánchez Soler en sus fabulosos ensayos de investigación sobre la corrupción del franquismo. IDA, con sus tejemanejes de pequeña dictadora a la manera falangista, se lo está pasando pirata en esta pandemia. Jugar a los espías con Putin es lo más. Lo malo es que la señora presidenta no parece muy avezada en las cosas de la gestión pública, como ha demostrado otras veces, y en una de estas cae en manos de la mafia rusa y nos la secuestran. Ya la estoy viendo maniatada, bajo la luz turbia del flexo y con un bigotudo Dimitri echándole el humo en la cara.

Viñeta: Pedro Parrilla