martes, 15 de marzo de 2022

STALINGRADO

(Publicado en Diario16 el 15 de marzo de 2022)

Putin ha calibrado mal sus fuerzas y ahora está a punto de ver cómo su poderoso ejército embarranca en medio del barro y la nieve, tal como en su día le ocurrió a otros dictadores con ínfulas de emperador como Napoleón y el propio Hitler.

Dos semanas después del inicio de la invasión, los rusos han quedado estancados en todos los frentes. El Kremlin pensó que una guerra relámpago sería suficiente y que en unos pocos días sus tropas brindarían victoriosas en Kiev. Sería un paseo militar donde las ciudades ucranianas irían cayendo una tras otra como piezas de dominó. No ha sido así. Hoy la capital de Ucrania resiste y sus habitantes no solo han sido capaces de organizar una defensa numantina haciendo acopio de víveres y medicamentos para soportar varias semanas más sino que han logrado reforzar su ejército con milicianos extraídos de la población civil y voluntarios de las brigadas internacionales llegados de todos los rincones del mundo. Más de dos millones de personas han preferido quedarse en sus casas antes que emprender el éxodo de refugiados a la Unión Europea. Por la noche se ocultan en los túneles del metro convertidos en improvisados refugios antiaéreos. Por el día hacen una vida lo más normal que pueden, ayudan a sus vecinos y colaboran en la defensa de la ciudad.

Maestros de escuela, deportistas, funcionarios, gente que nunca había empuñado un arma, se ha alistado voluntariamente, de la noche a la mañana, para defender su tierra ante el asombro del resto del mundo. Los primeros días se entrenaban con escopetas de madera. Hoy ya cuentan con armamento sofisticado enviado por los países occidentales y Estados Unidos, un material que está resultando clave para que los ucranianos puedan hacer frente a los ejércitos implacables de Putin. Fusiles, ametralladoras de gran calibre, minas, granadas antitanque, misiles tierra-aire de fácil uso y capaces de derribar aviones han servido para convertir Kiev en un fortín que parece inexpugnable. Hasta el ejército más poderoso del mundo (y el ruso lo es) sentiría auténtico pavor al tener que adentrarse en semejante trampa urbana, un escenario de calles sin salida, guerrilleros bien pertrechados y francotiradores que cada vez se parece más a Stalingrado, la tumba de los ejércitos nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Conquistar Kiev no saldrá gratis, costará muy caro, probablemente varias decenas de miles de soldados.

Hoy la anunciada ofensiva sobre la capital sigue retrasándose. La bravura y capacidad de resistencia de los kievitas ha sorprendido a Putin y es solo comparable a la de aquellos madrileños que durante la Guerra Civil española hicieron frente a las bombas de la aviación fascista levantando barricadas y colgando carteles con el célebre “No pasarán”, un grito orgulloso recuperado por la sufrida población de Kiev. Los salvajes ataques rusos de estos días contra instalaciones civiles de Mariúpol y Jersón (hospitales y escuelas) no pueden interpretarse de otra manera que no sea como el fruto de la impotencia y la frustración de Putin, que ha dado orden de disparar indiscriminadamente contra la población civil, sembrando el terror y causando el mayor número de bajas. El genocidio siempre es la expresión última de un general acorralado que ve cómo pierde la guerra.

La imagen de ese convoy ruso de más de 60 kilómetros de largo parado a las puertas de Kiev denota que las cosas no van bien para el Estado mayor putinesco. De manera inteligente, los ucranianos han aprovechado el armamento donado por las potencias occidentales no para enfrentarse cara a cara con los tanques enemigos sino para, mediante acciones rápidas típicas de guerra de guerrillas, interceptar y destruir los convoyes de logística, combustible y transporte de suministros encargados de llevar provisiones al frente. Y ahí siguen los camiones y carros blindados rusos, varados, apelotonados unos sobre otros como chatarra inservible sin poder moverse.

Mientras tanto, los comandos ucranianos hostigan a la maltrecha columna rusa con constantes operaciones de castigo, nocturnas y diurnas, que no dejan un solo minuto de descanso a los invasores, unos soldados cada hora más cansados, asustados y desmoralizados. El listado de bajas aumenta por días y si es cierto que el Kremlin está dando a sus soldados comida caducada hace siete años la derrota está más que asegurada. Esa infamia unida al hecho de que hablamos de jóvenes militares que han sido enviados al frente engañados y arrastrados por los delirios de grandeza de su líder, sin que sus familias sepan que han sido movilizados, no augura nada bueno para la aventura de Putin. Ni siquiera la noticia de que van a llegar 16.000 mercenarios sirios y chechenos parece servir, de momento, para enmendar el curso de la guerra.

Los vídeos de jóvenes rusos capturados por las fuerzas ucranianas (esposados, llorando y pidiendo ir a casa con sus madres) se propagan por las redes sociales como la pólvora. Siempre teniendo en cuenta que la propaganda de uno y otro bando impide conocer los hechos y los datos reales, las cifras que nos llegan hablan de 2.000 soldados rusos muertos desde el inicio de la invasión; más de 300 carros de combate interceptados; varias decenas de vehículos blindados de infantería inutilizados; y aviones y helicópteros abatidos.

Sin duda, Moscú ha cometido el fallo de subestimar al rival y de no preparar bien sus planes de ataque. “Solo te pueden vencer tus propios errores”, decía Sun Tzu en El arte de la guerra. La prepotencia y el exceso de confianza son los peores enemigos del guerrero. En las últimas horas, y por primera vez en dos semanas, en el ejército ruso empieza a cundir la idea de que la invasión puede fracasar. El miedo se propaga entre los batallones rusos, los oficiales aduladores le dicen al dictador lo que quiere escuchar y la información que se transmite al Kremlin es cualquier cosa menos un parte realista de guerra. Los informes se corrigen antes de que lleguen al Estado Mayor moscovita, ningún general se atreve a contradecir al tirano o a mostrarle la verdad con toda su crudeza. El Pentágono empieza a filtrar que Rusia no dispone de material ni tropas suficientes para lograr los objetivos militares. Moscú pide ayuda a China. En la retaguardia, el pueblo ruso sufre los estragos del bloqueo y las sanciones. Una guerra larga sería la tumba de Putin. El tirano lo sabe, de ahí que una ofensiva contra Kiev parezca ya inminente.

Viñeta: Adrián Palmas

EL FINAL DE LA HISTORIA (AHORA SÍ)

(Publicado en Diario16 el 14 de marzo de 2022)

Hasta dónde está dispuesto a llegar Vladímir Putin en su espiral de locura imperialista? Esa es la pregunta del millón que se hace todo el mundo en esta hora crucial para el futuro de la humanidad. ¿Es Ucrania solo un laboratorio de experimentación militar, apenas la primera fase en un plan de conquista mucho más amplio para extender sus fronteras hacia el oeste de Europa, hacia Polonia, hacia Hungría, hasta Bulgaria o Rumanía quizá? ¿Va de farol el sátrapa del Kremlin en su estrategia de imponer el terrorismo nuclear en el planeta o realmente está dispuesto a apretar el botón del maletín atómico, como predicen algunas fuentes de su cancillería en Moscú? Los expertos militares se encogen de hombros, los tertulianos televisivos todoterrenos confiesan que se ven superados por la situación, ya que no pueden aportar ni un solo análisis sobre lo que está por venir, y todo son preguntas, incertidumbres, simples especulaciones. No hay respuestas lógicas sencillamente porque casi ocho mil millones de personas, la totalidad de habitantes de la Tierra, dependen única y exclusivamente de lo que ordene la mente de un solo individuo que está jugando a emperador, a mandatario metido a villano de cómic.

Una vez más, tal como ha ocurrido en otros momentos de la historia, el futuro del planeta depende del factor humano individual, del deseo delirante de un solo tipo que se impone sobre el derecho internacional, sobre los gobiernos mundiales, sobre las instituciones políticas, económicas y militares que sostienen la sociedades y sobre las organizaciones transnacionales que como la ONU fueron creadas para resolver conflictos y evitar el fantasma de la guerra. Toda la formidable y prodigiosa superestructura humana construida tras siglos de procelosa y traumática historia, todos los avances en democracia, en bienestar social, en cultura, en ciencia y en derechos humanos, vuelven a ceder y a resquebrajarse ante el impulso enfermizo de un solo hombre, de un tirano fanatizado, tal como ocurría en la Antigüedad, cuando el más fuerte aplastaba al más débil e imponía su ley de la jungla.

Dicen que Europa está retrocediendo cuarenta años hasta el viejo tablero de la Guerra Fría, pero lo que está ocurriendo aquí es que la civilización humana ha entrado en una curva acelerada de la historia, en un agujero espacio temporal, retrocediendo miles de años en el calendario cósmico hasta un neolítico de ordenadores, satélites, antenas parabólicas y luces de neón. Estamos adentrándonos en una oscura Edad de Piedra cibernética, un mundo de violentas tribus enfrentadas globalmente donde el teléfono inteligente ha sustituido a la lanza prehistórica, los hackers a los chamanes y el misil de largo alcance al garrote asesino. El homo sapiens ha alcanzado un nivel tecnológico inimaginable hace solo doscientos años, un vertiginoso escenario de ciencia ficción, pero en el fondo sigue siendo un niño inmaduro y malvado que juguetea traviesa y suicidamente con sus ojivas nucleares. Hemos ido demasiado deprisa en la evolución, no hemos sabido asimilar la brusca transformación de nuestra especie y ahora, cuando las pandemias nos acechan, el cambio climático nos amenaza, el horror del Tercer Mundo se extiende y la energía atómica se vuelve contra nosotros caemos en la cuenta de que esto no da para más, de que el Apocalipsis va en serio y de que hemos llegado al final del camino por nuestros propios errores, nuestro odio congénito y nuestra estupidez ancestral.

Ahora que empezábamos a dar los primeros pasos rumbo a Marte y a otros planetas, ahora que habíamos iniciado una fascinante odisea a través del espacio en busca de vida en otros mundos, reparamos en que seguimos siendo simios enloquecidos atizándose duramente, monos violentos que no han salido de aquella charca infecta de la sabana africana tan magistralmente retratada por Kubrick en 2001. Nada ha cambiado desde hace un millón de años, nada salvo que en lugar de matarnos a pedradas y a golpes con huesos de fémur ahora lo hacemos con bombas de racimo, lanzacohetes, sofisticados fusiles de mira telescópica y misiles teledirigidos. Hasta en el arte de la guerra hemos ido hacia atrás en nuestro tortuoso y traumático proceso evolutivo, ya que en la Prehistoria eran los guerreros los que morían en el campo de batalla mientras que ahora la carne de cañón la ponen los civiles, anticipando la aniquilación total a poco que al loco le dé por apretar el botón rojo del final de los tiempos.

Todo lo cual nos lleva a la pregunta del principio, a la obsesiva cuestión que se ha instalado en nuestras cabezas en las últimas semanas de guerra en Ucrania y que ya no nos deja conciliar el sueño en paz y tranquilidad: ¿está realmente dispuesto Putin a dar el paso definitivo y letal para la humanidad o todo forma parte de un juego macabro de disuasión y amenaza para lograr sus objetivos de expansión territorial? Ayer, el sátrapa de Moscú lanzaba un salvaje ataque contra una base militar ucraniana situada a tan solo 25 kilómetros de Polonia. De haber impactado el misil en suelo polaco la OTAN habría activado de inmediato el artículo 5 (una agresión contra un socio del club es una agresión contra todos) y hoy no sería un lunes normal como otro cualquiera, sino que estaríamos metidos de lleno en la Tercera Guerra Mundial. La Alianza Atlántica teme que ese “incidente” ocurrido a escasa distancia de territorio de la Unión Europea no sea sino el primer paso en el ambicioso plan de Putin, que estaría buscando no ya arrasar Ucrania sin piedad, como estamos viendo estos días negros para la historia, sino una confrontación directa con Occidente, un último pulso entre mundos, entre bloques antagónicos y modos de vida diferentes, entre autoritarismo y democracia. Entre tribus globales que se odian.

China sopesa ponerse de lado de Moscú. Estados Unidos advierte de que ese paso sería “un grave error”. La tensión es máxima, cualquier incidente, provocado o fortuito, puede hacer saltar la chispa de un conflicto nuclear global y a gran escala. Miles de personas agonizan ya sin agua, sin comida y sin medicinas en las ciudades ucranianas sitiadas como Mariúpol, urbes convertidas en nuevos guetos para el genocidio masivo planeado por el déspota psicótico del KGB. Quizá sea cierto eso que dicen los ucranianos mientras resisten heroicamente bajo las bombas. Quizá la última guerra de la historia ya haya comenzado y nosotros, los felices e indolentes europeos instalados en nuestro pequeño oasis de democracia y prosperidad, ni siquiera nos hemos enterado todavía. O puede que en nuestro fuero interno todos sepamos la horrible verdad, puede que ya estemos metidos hasta las cachas en la Tercera Guerra Mundial aunque no queramos asumirlo porque la idea es tan aterradora y triste que resulta insoportable.

Viñeta: Lombilla

EL MONSTRUO DE EUROPA

(Publicado en Diario16 el 12 de marzo de 2022)

Los líderes europeos se reúnen en Versalles para escenificar la unidad de Occidente frente a Putin, que sigue machacando al pueblo ucraniano. Fue en aquella histórica ciudad francesa situada a pocos kilómetros de París donde las potencias de la Triple Entente, vencedoras en la Primera Guerra Mundial, trataron de echarle el cerrojo al monstruo alemán en 1919. El documento firmado por las partes contendientes estipuló el desarme de Alemania, que se vio obligada a ceder territorio y a pagar astronómicas indemnizaciones económicas a los países que habían ganado la guerra. En aquel momento las democracias occidentales pensaron que estaban firmando el tratado que pondría punto fin a “la última guerra”. Se equivocaron. Veinte años después, Adolf Hitler ponía en marcha una maquinaria bélica nunca antes vista por la humanidad invocando, entre otras cosas, que las sanciones económicas contra el pueblo alemán suponían una injusta humillación. Y el mundo fue arrastrado a la Segunda Guerra Mundial.

Hoy, más de un siglo después, la comunidad internacional vuelve a reunirse en Versalles, un símbolo histórico y geográfico que no trae demasiados buenos recuerdos a los europeos, ya que allí se firmó una falsa paz, una ficción, el preámbulo de un nuevo infierno. Hasta Versalles, epicentro de los grandes terremotos de la historia, se han ido hoy nuestros líderes mundiales, que a esta hora no saben qué hacer con el nuevo loco que pretende emular la barbarie de otros que apestaron la Tierra antes que él. Más allá de escenificar una imagen de unidad frente al totalitarismo putinesco, poco más pueden hacer para frenar la sangrienta guerra en Ucrania. Unos y otros se miran compungidos, tensos, ateridos y mirando al cielo sin saber cuándo van a volar sobre nuestras cabezas los misiles de Kaliningrado. Unos y otros, abrigos negros carísimos, guardan un silencio de funeral en los inmensos salones de oro versallescos bajo lámparas de araña y tapices con batallas napoleónicas de época. Y se preguntan: ¿cómo hemos podido llegar hasta aquí? Nadie tiene el valor para responder. Ninguno de ellos tiene el coraje de decirle al pueblo que aunque hoy todos estamos unidos frente al tirano, quizá ya sea demasiado tarde.

Durante años Europa no fue nada salvo una feria monetaria y un club de ricos con algunos pobres que se repartían las migajas. No hemos sabido construir una nación auténticamente europea y cohesionada con un ejército propio, con un sistema productivo redistributivo, con una policía y un ordenamiento judicial fuerte para acabar con los oligarcas del gas y la mafia rusa, con un sistema fiscal único capaz de mitigar la desigualdad social. Pudimos haber construido una gran superpotencia de la democracia dispuesta a exportar paz, prosperidad y libertad a otros países del Tercer Mundo, pero nos quedamos en nuestro ombligo de occidentales bien alimentados, en el Festival de Eurovisión y en la Champions League. Levantamos un gigante con pies de barro mientras el sátrapa, al otro lado del telón del odio, se rearmaba hasta los dientes, tal como hizo Hitler en los años 30 del pasado siglo. Esa indolencia, esa dulce sensación hedonista de que la historia había terminado y de que vivíamos en un oasis a salvo de la guerra ya para siempre, nos ha matado. Así, cuando Putin empezaba a dar los primeros pasos expansionistas, todos callamos. Cuando tomó Georgia, Chechenia o Bielorrusia, cuando arrasó Siria y tantos lugares recónditos, le dejamos hacer, miramos para otro lado y pensamos que aquello era cosa de exsoviéticos pasados de vodka que no habían logrado resolver los problemas derivados de la desintegración de la URSS. Las cosas de Putin, decíamos tratando al monstruo con benevolencia y hasta con simpatía, ya que en cada cancillería se le recibía con los brazos abiertos, con un ramo de flores y algunos regalos. Nunca un genocida ha firmado en tantos libros diplomáticos de cortesía.  

En realidad, al tirano no le interesaban aquellas desconchadas repúblicas soviéticas más o menos atrasadas y atrapadas en el tiempo. Él ya estaba pensando a lo grande, distópicamente, poniendo el dedo en Polonia, en los países bálticos, en Finlandia y Suecia. Su guerra del futuro no estaba en Crimea o en el Donbás como nos hizo creer tramposamente, sino en la vieja Europa, en la anémica y decadente Europa que ni siquiera era capaz de consensuar una política exterior común para pararle los pies al nuevo Hitler moscovita. Nadie en la OTAN, con todos sus servicios de inteligencia y contraespionaje, supo ver la Segunda Guerra Fría que se estaba gestando en los centros de control de las bases y arsenales nucleares de la gélida Siberia.

Ni siquiera cuando se supo que Putin financiaba a los grupos ultraderechistas, populistas y antisistema en cada rincón del viejo continente supimos reaccionar a tiempo. Hoy Vox ya toca poder en España, al igual que otros movimientos neofascistas se instalan en Polonia, Hungría y tantos países a los que Putin, un alérgico a la democracia liberal que considera corrupta, ha nutrido con tecnología punta en redes sociales, ejércitos de bots, traviesos hackers expertos en guerra cibernética e ingentes cantidades de dinero. Ahora comprobamos con estupor quién estaba detrás del nuevo nacionalismo fascista internacional y también, por qué no decirlo, detrás de los grupos de extrema izquierda antisistema que boicoteaban con tácticas de guerrilla urbana cada una de las cumbres de estado europeas. Unos y otros, los totalitarios de ambos signos, los enemigos de las democracias, son hijos de Putin.  

Mientras tanto, los oligarcas rusos se daban a la buena vida en las mansiones de Marbella y la Riviera francesa, compraban clubes de fútbol a tocateja y se hacían fuertes en las bolsas europeas. Nadie vio o no quiso ver en esas maniobras económicas corruptas la mano negra de Vladímir Putin. Tantos años mirando para otro lado y compadreando con el dictador ha provocado situaciones surrealistas, como que Alemania, bastión de la Unión Europea y una de las economías más fuertes del planeta, no puede ir más allá en las sanciones contra Moscú porque depende de la energía rusa y si Gazprom cierra el grifo de sus gasoductos millones de alemanes se morirán de frío, quedando tiesos como pajaritos. Hasta ese punto llega el secuestro de los alegres europeos perpetrado por el maquiavélico Putin.

El efusivo abrazo de ayer entre Macron y Pedro Sánchez quedará para la historia como un intento tan noble como desesperado e inútil por plantar cara al genocida mientras las bombas siguen arrasando Mariúpol (ayer fue un hospital, hoy una guardería). Mucho nos tememos que la cumbre de Versalles servirá para incrementar el presupuesto en defensa de cada país (un buen pelotazo de la industria armamentística), para condenar las masacres de Ucrania y poco más. Estamos en manos del loco y de su maletín nuclear. Un tipo que dará rienda suelta a su sed de sangre hasta que su odio se quede saciado. Tan dramático y triste como eso.

Viñeta: Alejandro Becares

FEIJÓO ES UN BLUF

(Publicado en Diario16 el 11 de marzo de 2022)

La leyenda de Feijóo el moderado ha durado apenas un cuarto de hora. El tiempo justo que han tardado Mañueco y Vox en firmar el churretoso acuerdo de Gobierno en Castilla y León que abre las puertas a la extrema derecha en nuestro país por primera vez en democracia. Superado el casadismo y los días de la parálisis institucional de España, el PSOE había puesto grandes esperanzas de cara al diálogo en el nuevo líder del PP, que viene rodeado de una aureola de supuesto centrismo, sensatez y talante. Sin embargo, el personaje del estadista que el Partido Popular había tratado de construir a fuerza de propaganda y campañas de imagen se ha disuelto como un azucarillo a las primeras de cambio.

Ayer, la derecha europea limpia y aseada, esa que ha decidido poner un cordón sanitario a los nazis, dio un severo tirón de orejas al principal partido conservador español. El mandamás Donald Tusk calificó de “capitulación” y de “triste sorpresa” la firma del acuerdo castellanoleonés mientras los principales periódicos conservadores del viejo continente abren hoy sus ediciones dedicando amplios espacios al enjuague de las derechas españolas y al hombre que ha abierto la gatera al franquismo, de nuevo, en España. Alguno que otro ya califica de “error histórico” la alianza que ha entregado la presidencia de la Cortes regionales a Carlos Pollán y no falta quien se apresura a ver en este episodio histórico la muerte del PP tal como lo conocíamos y el nacimiento de un nuevo proyecto político, otro partido, otra cosa.

De modo que Feijóo estaba haciendo la maleta para mudarse a Madrid, metiendo en ella todo lo necesario (unas mudas, el cepillo de dientes, el retrato de don Manuel Fraga y unas cuantas empanadas gallegas para soportar la morriña en la capital) cuando se ha desatado una nueva crisis en el partido. Y eso que todavía no ha llegado a Villa y Corte. El marrón es considerable, todavía más si tenemos en cuenta que el otro día el defenestrado y vitriólico Pablo Casado se despidió de sus compañeros del PP europeo soltando unas lágrimas de cocodrilo y jurando y perjurando que él nunca había pactado nada con la ultraderecha española. Su actuación fue un teatrillo de variedades que no ha hecho sino aumentar todavía más el descrédito de los populares ibéricos en el extranjero. Casado se ha ido de la política siendo fiel a sí mismo y a su forma trumpista de entender de la vida pública. Hace falta tener descaro, frescura y poca vergüenza para decir que él no ha acordado nada con Abascal cuando hay tres comunidades autónomas donde Vox ya toma decisiones e influye en la agenda y el programa de gobierno del Partido Popular. Infumable.

Pero no nos desviemos de lo mollar, o sea Feijóo. Tras el suceso de Castilla y León, ya sabemos que la clave de la reconstrucción del PP, la piedra angular sobre la que la derecha clásica española pretendía levantar su nueva iglesia, es en realidad un pragmático más que un idealista, un paréntesis en la historia más que el anhelado hombre de Estado, un oportunista que antepone el cálculo electoral a los ideales sagrados de la democracia. En definitiva, un burócrata más que firma lo que haya que firmar para no perder el poder. Los grandes gurús de la caverna mediática que han estado semanas dándonos la matraca con que a Madrid venía un señor regenerador con altitud de miras, un gran líder a la europea capaz de moderar el partido, un Churchill a la gallega (o sea Losantos, Pedrojota, Inda y otros) han quedado en evidencia y hoy se ven obligados a blanquear el vergonzante acuerdo en Castilla y León.

El hipotético sucesor de Casado (ojo, que todavía no ha llegado a Génova y Ayuso sigue postulándose) es más de lo mismo. Un continuista de esa derechona hispánica que no se ha movido ni un centímetro en sus principios desde los tiempos de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). De José María Gil-Robles se dice que llegó a asistir como observador a un congreso hitleriano en Alemania, donde estudió la propaganda nazi. Allí debió aprender aquello de que la democracia era el “medio” para instaurar el Estado autoritario corporativo. “Cuando llegue el momento, ya sea a través del Parlamento, eliminaremos la democracia”, dijo en cierta ocasión. O sea, la misma hoja de ruta antisistema que traza hoy Vox para llegar al poder. Dinamitar el Estado de derecho en sus cimientos, desde dentro, rompiendo el consenso y el espíritu de concordia. La guerra cultural.

Sinceramente, no creemos que Feijóo se parezca demasiado a Gil-Robles. Pero ha cruzado un Rubicón tanto o más peligroso que el que ha atravesado Putin invadiendo Ucrania. Al abrir la puerta de las instituciones a Vox, Feijóo ha metido el monstruo en casa y ya no será posible sacarlo de ahí. Dice Tusk que confía en que el pacto de Castilla y León sea un “accidente”. Pero más que un desgraciado traspiés parece más bien un guion predeterminado que seguirá con las elecciones en Andalucía –donde otra coalición bifachita está servida– y que culminará con las generales, a las que o mucho nos equivocamos o el PP concurrirá también en coalición con la extrema derecha posfranquista.

Feijóo trata de distanciarse del acuerdo de Valladolid alegando que eso es cosa de Mañueco. “Tenía las manos libres” para firmar lo que estimara oportuno, alega el ungido gallego. Pero su responsabilidad en esta inmensa tragedia para el país es más que evidente: si ordenó la rúbrica del hediondo papel, por acción, y si dejó hacer, por omisión. En cualquiera de los dos casos su imagen de hombre moderado sale seriamente tocada ante España, ante Europa y ante el mundo, que estos días asiste con horror al ascenso de los nuevos fascismos putinescos con los que Abascal ha coqueteado en los últimos años. El PP ha renunciado al centro para ponerse el traje de ultra. Qué miedo da esta gente.

Ilustración: Artsenal

EL MODERADO ULTRA

(Publicado en Diario16 el 11 de marzo de 2022)

El PP de Mañueco abre la puerta de las instituciones a Vox en Castilla y León. ¿A alguien le cabía alguna duda de que iban a hacerlo sí o sí? Pues todavía hay ingenuos que se sorprenden y se rasgan las vestiduras por este infame pacto de Gobierno. En realidad no se alían dos partidos con objetivos diferentes. Son las mismas ideas, el mismo pensamiento ultraconservador, el mismo proyecto político. Dos formaciones que encajan como anillo al dedo.

PP y Vox se parecen como dos gotas de agua aunque con ciertos matices. Ambos comparten esa idea tan del antiguo régimen que entiende la política como una manera de perpetuar el capitalismo de amiguetes, el nepotismo y la economía clientelar (ahí está el Hermanísimo de Díaz Ayuso con sus contratos por la patilla, no hay mucho más que decir). Ambas fuerzas entienden la democracia como una especie de dictadura orgánica donde siempre gobiernan los mismos (o sea ellos), y donde las instituciones les pertenecen en propiedad como si se tratara de un cortijo. Y ambos creen que el adversario político es un enemigo a exterminar (mayormente el rojo dispuesto a romper España). Por supuesto, cualquier avance social supone un peligro para el orden establecido y las buenas costumbres, cuando no para la unidad de la patria. No es que las dos estirpes de las derechas españolas sean inmovilistas, es que son reaccionarias y sienten alergia a la propuesta de investigar la pederastia en la Iglesia católica.

Los programas de uno y otro partido parten del mismo origen, están inspirados en los mismos principios ultraconservadores y van en la misma dirección política. Nunca reformar nada, siempre mantener los privilegios de las clases altas. El manual del buen trumpista en la mesita de noche, junto a la Biblia que invocan pero que no leen ni entienden, y la foto del rey emérito en la pared, sobre la bandera de España (la oficial para los actos públicos, la del pollo en casa). Son tan monárquicos que están dispuestos a tragar con cualquier trapacería o cosa ilegal que haga el Borbón y si mañana Juan Carlos I saliera a la Gran Vía armado con una escopeta y pegando tiros, en plan Donald Trump en la Quinta Avenida, populares y voxistas lo apoyarían como un solo hombre porque entienden la monarquía no como un poder más del Estado de derecho sometido al imperio de la ley sino en su aspecto feudal, medieval, absolutista.

Por descontado, ambos son clasistas y están en contra de mejorar los derechos de los trabajadores, ya lo vimos hace solo unos días, cuando votaron no a la reforma laboral (si el decreto ley salió adelante fue gracias a un torpe que se equivocó de botón). El programa económico es calcado en ambos partidos: mucho neoliberalismo salvaje, privatización a calzón quitado y desmantelamiento de lo que para ellos son “chiringuitos socialcomunistas” (en realidad supresión de los cimientos del Estado de bienestar que pretenden liquidar poco a poco). En el capítulo del dinero están de acuerdo en todo, desde la repugnancia a pagar impuestos hasta la laxitud y la tolerancia contra el fraude fiscal. El sueño suizo es lo que les motiva.  

En cuanto a las diferencias, son nimias, apenas imperceptibles. En Vox se sienten machistas y xenófobos y si bien es verdad que en el PP se declaran firmes defensores de la igualdad entre hombres y mujeres detestan el feminismo tanto o más que las huestes de Abascal, de modo que para el caso es lo mismo. En lo concerniente a las cuestiones de inmigración, los populares presumen de que no son supremacistas blancos como sus socios voxistas, pero en realidad todo es puro postureo y jamás saldrían a la calle a protestar por el apaleamiento de un mantero, ya que eso es cosa de comunistas piojosos.      

Ayuso, Cayetana, Aguirre y otros posaznaristas de nuevo cuño encarnan la derechona más dura y radical de este país. Podrían fichar por el partido de Abascal sin ningún problema. En lo esencial (Dios, patria y orden), coinciden al milímetro y por eso se ajustarán como una tuerca a un tornillo en el engranaje institucional de Castilla y León. Ambos partidos son hermanos que un día riñeron por cuitas de poder, que no ideológicas. Gente a la que la pureza de la democracia se la trae al pairo. Los mismos perros con diferentes collares.

El Partido Popular Europeo repudió ayer el infame pacto castellanoleonés. El líder popular, Donald Tusk, cree que el acuerdo es una “capitulación” de la derecha democrática española y confía en que sea “un accidente y no una tendencia”. Lo lleva claro el tal señor Tusk, hablamos de nostálgicos de un partido fundado por un ministro de Franco que siempre se mostraron abiertamente en contra de sacar la momia del dictador del panteón del Valle de los Caídos. Feijóo va a tener que emplear una buena cantidad de lejía si quiere limpiar el oprobio de ayer, que asquea a la derecha europea clásica y que quedará como una jornada negra en la historia de este país. El día que el PP aceptó colocar a un franquista en la presidencia de un parlamento democrático. El día que el fascismo reconquistó una región de España, 47 años después del final de la dictadura, sin necesidad de recurrir a la Legión.

Bien mirado, este sucio enjuague no deberíamos anotarlo en el legado de Casado, sino en el debe del propio Feijóo que, o se la han colado en medio del vacío de poder que vive el PP o se la ha dejado colar mirando para otro lado. En ambos supuestos sería gravísimo. En todo caso, ayer asistimos al pacto de la vergüenza, como dice Adriana Lastra. Un acuerdo que en Bruselas horripila e inquieta por lo que tiene de retroceso de España hacia los peores tiempos de los regímenes antidemocráticos. Muchos de los procuradores que ayer juraban sus cargos se negaron a estrechar la mano a Carlos Pollán, que así se llama el voxista elegido nuevo presidente de las Cortes regionales. Con ese apellido tan viril estamos seguros de que no tardará en recuperar las esencias del españolismo testicular, recio y macho. Arriba España.

Ilustración: Artsenal

TRIBUNALES DE GUERRA

(Publicado en Diario16 el 10 de marzo de 2022)

Cuenta la historia que en 1919, finalizada la Primera Guerra Mundial, las potencias vencedoras buscaron la manera de sentar en el banquillo de los acusados al káiser Guillermo II de Alemania como responsable de la mayor catástrofe bélica que hasta ese momento había vivido la humanidad. Sin embargo, la idea no pudo llevarse a efecto por falta de acuerdo. Hubo que esperar a los juicios de Núremberg y Tokio para que, por primera vez, se pudiera sentar a criminales de guerra (en este caso de las potencias fascistas) ante un tribunal de Justicia. Desde entonces, la Corte Penal Internacional ha mostrado su eficacia a la hora de perseguir masacres y matanzas como las ocurridas en Yugoslavia y Ruanda que en otro tiempo hubiesen quedado impunes.

Ahora bien, la aplicación del Derecho Internacional funciona cuando se trata de enjuiciar al dictador de un país pequeño al que se puede perseguir y detener, pero no cuando el bandido o matón es el líder de una de las tres superpotencias mundiales. Es decir, el amo del mundo. De esta manera, cabe preguntarse: ¿podrá la Corte Penal Internacional juzgar algún día a Putin y sus secuaces por crímenes de genocidio y lesa humanidad? Parece difícil, cuando no imposible. La Fiscalía del tribunal ha anunciado la apertura de una investigación de oficio contra la Federación Rusa, pero todas las cancillerías saben que en realidad estamos ante un brindis al sol, ya que para enjuiciar al sátrapa ruso y a sus generales primero habría que dictar una orden de detención contra todos ellos y nadie en su sano juicio puede llegar a pensar que se le podrá poner el cascabel a ese gato. Un criminal acorralado es capaz de todo y Putin apretará el botón nuclear, sin dudarlo, antes de caer en manos de los jueces occidentales. Ya se ha ocupado de blindarse en el poder hasta 2036 para que la policía militar otanista no pueda sacarlo de su palacio de invierno a corto plazo. Por eso declaraciones buenistas como las realizadas en las últimas horas por Pedro Sánchez, que ha anunciado la persecución judicial de los delitos del líder ruso, hacen reír al tirano, que asiste al espectáculo del fin del mundo confortablemente recostado en su poltrona.

De modo que la comunidad internacional se encuentra ante una macabra paradoja: tener que asistir a execrables delitos de genocidio, cada día y en directo por televisión, sin poder hacer absolutamente nada. Nunca antes se había planteado un dilema tan diabólicamente urdido, tan lejos de poderse resolver. Lo que todo el planeta tuvo la desgracia de ver ayer, la matanza de Mariúpol en prime time, ha sobrepasado cualquier límite de bestialismo y crueldad. Los cadáveres se acumulan en las cunetas. El alcalde de la ciudad cifra en más de mil los civiles asesinados por las tropas rusas. El hospital de maternidad bombardeado sin compasión alguna quedará como uno de los símbolos de esta maldita guerra, al igual que en su día lo fue Gernika en la Guerra Civil Española o Srebrenica en el conflicto de Bosnia.

Las imágenes revelan en toda su crudeza lo que ocurre cuando un sádico como Putin se instala en el poder. Mujeres embarazadas ensangrentadas, niños atrapados bajo los escombros de un edificio totalmente derruido y decenas de incubadoras, cotidianas máquinas concebidas para fabricar vida, reducidas a simples despojos de muerte y destrucción. Atrocidades inimaginables, escenas horripilantes que por desgracia no son nuevas, ya que en los últimos días se han repetido en otras partes del país ante la parálisis de Occidente, atenazado por el pánico a que Putin pueda apretar el botón nuclear en cualquier momento, como en el peor de los cómics de supervillanos que hasta hoy nos parecían cosa de ciencia ficción. Probablemente, de encontrarnos en el mundo de 1939 y no en 2022 ya habría estallado la Tercera Guerra Mundial. Pero el contexto atómico en el que nos movemos lleva a los países aliados de la OTAN a meditar con sumo cuidado cada movimiento y cada paso que da en su cara a cara diario con el psicópata. De ahí que la Alianza Atlántica se resista a cerrar el espacio aéreo ucraniano, que sería tanto como una declaración de guerra de facto contra Rusia. El inicio de una contienda nuclear que reduciría el planeta a cenizas y polvo radiactivo. El final de la raza humana.

Tras la matanza en el hospital materno-infantil de Mariúpol, los jerarcas del Kremlin han reaccionado ante la repulsa internacional con el mismo cinismo de siempre, con ese enloquecido intento por darle la vuelta a la verdad hasta construir una realidad paralela, alternativa, distópica. En las últimas horas, el verdugo Lavrov ha ofrecido una nauseabunda explicación de los crímenes ocurridos en las últimas horas al alegar que el centro sanitario había sido convertido en un almacén militar bajo control de radicales ucranianos y que ya no había pacientes en su interior. La misma falsa retórica que empleaban los nazis para justificar la guerra, el mismo discurso para defender la aniquilación masiva de grandes grupos humanos en toda Europa. La solución final que hoy Putin también abraza en su intento de borrar Ucrania del mapa. En el fondo, ya no cabe ninguna duda de que Rusia ha decidido subir varios peldaños en su espiral de violencia. Atacando hospitales y escuelas, empleando bombas de racimo que lo arrasan todo a su paso, el Ogro de Moscú no hace sino tratar de minar la moral de la población, que ha decidido resistir con lo que tiene en una heroica defensa numantina hasta el final. La cifra de bajas civiles puede ascender a más de dos mil personas muertas y sigue creciendo. Al mataniños Putin (escudado en sus bárbaros mercenarios de la Legión Wagner dedicados al saqueo, la rapiña y la violación de mujeres) ya solo le interesa sembrar el terror, terror gratuito, máximo terror hasta lograr la rendición incondicional del pueblo ucraniano, que el presidente Zelenski rechaza de plano.

Así las cosas, todo hace prever que la estrategia militar de atacar a la población civil de forma indiscriminada va a continuar in crescendo en los próximos días, sobre todo teniendo en cuenta que Moscú no tiene la menor intención de negociar nada con Ucrania y que cada mesa diplomática que se convoca para tratar sobre treguas y corredores humanitarios, ya sea en Bielorrusia o en Turquía, no es más que una nueva farsa de Putin. Entre tanto, la tensión crece en la zona y cualquier chispa puede detonar el conflicto a escala mundial. Borrell vuelve a recordar a todos esos animosos que piden ir a la guerra que la intervención de la OTAN desencadenaría un apocalipsis nuclear. Por si no se han enterado aún. Un solo error, una decisión mal calculada o tomada en caliente, un incidente fortuito como el derribo de un avión aliado o un ataque contra un convoy humanitario internacional y todo el planeta volará por los aires. De ahí que Occidente esté manejando a Putin no ya como a un criminal de guerra al que es preciso sentar en el banquillo de los acusados, sino como a un loco con una lata de gasolina y un mechero al que conviene tratar con cuidado. Con sumo cuidado.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL GULAG

(Publicado en Diario16 el 10 de marzo de 2022)

Putin ha secuestrado a su pueblo. Con los medios de comunicación censurados, con las redes sociales cerradas y las multinacionales huyendo a marchas forzadas del país, pocos son los rusos que saben lo que realmente está ocurriendo en Ucrania. El súbito apagón informativo y el férreo control de las instituciones políticas es propio del más abyecto régimen totalitario que haya conocido la historia de la humanidad.

El presidente ruso ha logrado construir una sociedad orwelliana y distópica donde un siniestro Gran Hermano totalitario maneja a la opinión pública mediante una neolengua inventada por el propio Gobierno. De esta manera, no hay una invasión como tal en Ucrania, solo una “operación militar preventiva”; la guerra se entiende como una “defensa patriótica contra el enemigo nazi ucraniano”; y el hundimiento total de la economía rusa es solo un contratiempo temporal que pasará pronto, en cuanto los hermanos chinos e indios abran sus mercados para que Moscú pueda sortear el durísimo bloqueo de Occidente. Por supuesto, los informativos están debidamente filtrados por el aparato del Estado, de modo que los rusos no podrán saber ni un solo dato fiable sobre los crueles bombardeos que sus tropas están perpetrando contra hospitales, escuelas, corredores humanitarios, autobuses con refugiados y colas de racionamiento. Ayer, sin ir más lejos, un salvaje e inhumano ataque contra una clínica de maternidad en Mariúpol dejó muertos y niños atrapados bajo los escombros. Se desconoce la cantidad de víctimas, pero todo apunta a un nuevo crimen de guerra del tirano de la KGB. Un horror indescriptible.  

En las últimas horas, compañías como Inditex, Mango, Chanel, McDonald’s, Coca Cola, Heineken y Starbucks se han sumado al listado de más de 300 corporaciones participantes en el boicot contra el sátrapa del Kremlin. Es la otra guerra, la guerra económica que nadie sabe a ciencia cierta cómo está afectando al día a día de la población rusa. Las noticias que llegan de Moscú, siempre con todas las reservas (la desinformación lo contamina todo) apuntan a que las drásticas sanciones europeas y norteamericanas han cambiado la vida de la gente, pero no de una manera tan notable como para poder concluir que la ciudadanía está al tanto de la realidad de los hechos. Es decir, los rusos viven su propio sueño confuso, el que les ha inducido Putin para mantenerlos anestesiados mientras él termina de completar su macabra limpieza étnica de ucranianos. Así, una rusa que pase ante una tienda de Zara cerrada a cal y canto puede llegar a sospechar que las cosas van mal para la economía nacional. Otro ciudadano que sufra en sus carnes el corralito financiero (sin poder sacar más que un máximo de dinero del cajero) sospechará que son cosas de la guerra que libra la patria en el frente sur. Pero lo más probable es que ninguno de los dos, desinformados y controlados mentalmente, conozca la dimensión real del huracán mundial que ha desatado su atrabiliario presidente. Y menos si el régimen está machacándole cada minuto con la idea de que Ucrania ha caído en manos de unos nazis que bombardean a los suyos y a los que es preciso exterminar como a ratas.

Mientras tanto, las manifestaciones contra la guerra de los primeros días han sido debidamente sofocadas por las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia. A esta hora lo más probable es que las cárceles probablemente se estén llenando de activistas por la paz que han corrido la misma suerte que el disidente Navalny: ser recluidos y silenciados en una lóbrega prisión de Siberia. El terrorífico gulag vuelve a materializarse de nuevo para horror de la humanidad, pero nadie puede saber qué es lo que está sucediendo realmente de puertas para adentro en ese país. ¿Está la gente apoyando incondicionalmente a su amado líder en un extraño caso de lavado de cerebro colectivo, tal como ocurrió con los alemanes que se dejaron abducir por su Führer en 1933? ¿Es más fuerte el movimiento anti-Putin que el fervor que pueda sentir una parte del pueblo ruso por el hombre fuerte y autoritario que guía sus destinos? Nadie puede saberlo, nadie ha entrado en Rusia y ha salido para poder informar con entera libertad, mientras que la mayoría de los medios acreditados internacionales ya han sacado a sus corresponsales del país al no poder garantizar su seguridad. Ignacio Ortega, hasta hace unas horas corresponsal de la agencia Efe en Moscú, tiene claro que Putin va a seguir con sus planes de represión interna y conquista exterior para ampliar sus fronteras, ya que está plenamente convencido de que algo o alguien, el destino, la providencia, quizá Dios, le ha asignado una “misión mesiánica” para salvar a la Madre Rusia de las corruptas democracias occidentales. Definitivamente, el mundo ha caído en manos de un loco con plenos poderes sobre el maletín nuclear.

De momento, poco más se sabe, salvo que el terror ha empezado a cundir entre los periodistas rusos, muchos de los cuales han decidido abandonar la profesión por miedo a las represalias. Hace solo unos días, el 4 de marzo, Putin dictaba una enmienda que estipula hasta 15 años de cárcel para todo aquel informador que publique noticias críticas contra el régimen y su Ejército o no se ajusten a la versión oficial. Fue un claro aviso a navegantes. Después de aquello, no pocos profesionales del periodismo han dimitido de sus cargos ante la posibilidad de represalias. Las novedades que llegan con cuentagotas hablan de 13.000 personas detenidas en las manifestaciones pacifistas, del cierre de televisiones y periódicos, de una formidable maquinaria propagandística a mayor gloria del líder y de su guerra como no se había conocido desde hace casi un siglo. Al mismo tiempo, el Roskomnadzor, órgano encargado de regular los medios de comunicación en Rusia, ya ha anunciado que Facebook ha dejado de ser accesible para el ciudadano. Así es como se consuma el apagón informativo.

Los bulos triunfan, la propaganda política cala, el miedo –principal aliado de todo dictador que se precie–, se apodera de la población. Rusia es ya un inmenso gulag, un centro de reclusión completamente precintado y aislado, quizá un gueto formado por más de 144 millones de habitantes donde todo empezará a escasear muy pronto, donde ya nadie se fía de nadie, donde los confidentes y comisarios causan estragos y donde hablar o expresarse con libertad se ha convertido en una actividad altamente peligrosa. Tal cual como en los tiempos de Stalin.

Viñeta: Álex, la mosca cojonera