lunes, 9 de enero de 2023

TEJERAZO A LA BRASILEÑA

(Publicado en Diario16 el 9 de enero de 2023)

El intento de golpe de Estado en Brasil a manos de las hordas bolsonaristas ha provocado reacciones políticas en todo el mundo, también en España, donde el principal partido conservador ha formulado su propio análisis de la situación. Así, Cuca Gamarra, portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, hace la siguiente lectura de lo que ha ocurrido en las últimas horas en el país carioca: “Contigo [Sánchez], en España esto ahora es un simple desorden público”. Si eso es lo único que se le pasa por la cabeza a la mano derecha de Feijóo en estos momentos trascendentales para la humanidad, acosada por el resurgimiento de violentas corrientes de extrema derecha en no pocos países, apaga y vámonos.

Cualquier demócrata de bien mostraría hoy su preocupación y su tristeza por un nuevo asalto a las instituciones del Estado de derecho calcado al que se perpetró en Estados Unidos hace ahora dos años, cuando los trumpistas tomaron el Capitolio por la fuerza. Sin embargo, para Gamarra lo realmente preocupante no es que los fascistas trepen por los muros de la democracia, sino las reformas legales de Pedro Sánchez que al Partido Popular no le gustan. Ante semejante muestra de trumpismo incontenible lo único que cabe decir es que ya todo está perdido.

De las polémicas palabras de Cuca Gamarra a propósito del golpe brasileño, sin duda desafortunadas, solo cabe deducir una cosa: el PP está carcomido de trumpismo desde sus mismas raíces hasta los despachos más elevados de Génova 13. Hace ya tiempo que se van viendo los modos y formas de hacer política de los populares. El bloqueo permanente a la renovación del Poder Judicial (con flagrante incumpimiento de la Constitución), el no sistemático a cualquier tipo de consenso con la izquierda y la deslegitimación de gobiernos progresistas que ganan elecciones en las urnas son malos síntomas que vienen a demostrar que la enfermedad avanza rápido por las entrañas del principal partido conservador. Por supuesto, los pactos de gobierno regionales que el PP mantiene con Vox (la sucursal trumpista/bolsonarista en nuestro país), no viene sino a confirmar que el infectado por la pandemia de extrema derecha que recorre Occidente como un fantasma ya no tiene posibilidad alguna de curación. Núñez Feijóo y los suyos han alternado y compadreado demasiado tiempo con los trumpistas ibéricos, han intercambiado demasiadas ideas tóxicas con ellos (hoy por hoy PP y Vox son dos vasos comunicantes) y han colaborado en demasiados proyectos comunes (las últimas declaraciones de Mañueco sobre lo bien que va Castilla y León gracias a los pactos con el nuevo populismo neofascista ponen los pelos de punta), de modo que ya solo cabe decir que el partido de Santi Abascal ha zombificado al PP hasta inocularle todas esas ideas nocivas y tóxicas (autoritarismo, negacionismo y conspiranoia anticomunista) que han llevado a los bolsonaristas a tratar de acabar, por la vía violenta, con el Gobierno legítimo de Lula Da Silva.

Llegados a este punto solo cabe hacerse una pregunta: ¿qué pasará cuando las escuadras ultraderechistas, bien organizadas y coordinadas en las redes sociales, den la orden de asaltar el Congreso de los Diputados para violentar la sede de la soberanía nacional como ha ocurrido en Estados Unidos y Brasil? Es cierto que en las últimas horas Feijóo ha manifestado el apoyo de su formación al pueblo brasileño y ha hecho un llamamiento al “inmediato restablecimiento del orden constitucional” sin dar un paso atrás ante los golpistas. “No se puede ceder ante los populismos y la radicalidad que intentan socavar el respeto a las instituciones, la democracia y las libertades públicas”, asegura en Twitter el líder popular. Sin embargo, mientras el jefe dice las palabras institucionales que toca decir, su lugarteniente Gamarra sigue apretando el fuelle trumpista, envenenando el ambiente con estupideces y basura política contra Sánchez.

Lo de Brasil se veía venir. Era una secuencia programada. Tras la victoria de Lula, Bolsonaro no reconoció la victoria de su rival, divulgó bulos y mentiras sobre la limpieza del proceso electoral, instigó a sus mercenarios –que han acabado acampando frente a los cuarteles para exigir al ejército que saque sus tanques a la calle– y dio rienda suelta a todo tipo de teorías conspiracionistas (tal como hizo durante la pandemia). El nuevo drama acontecido ayer, el asalto al asalto al Congreso Nacional, al Palacio de Planalto y a la Corte Suprema de Brasilia, fue la crónica de un suceso anunciado. Quien siembra vientos recoge tempestades. El PP lleva demasiado tiempo coqueteando con un fenómeno, el del trumpismo ultraderechista de corte yanqui, que se extiende por todo el planeta. Países como Hungría, Polonia, Italia y otros muchos ya han caído en esa pesadilla. España camina peligrosamente por la misma senda y podría ser la próxima estación en el avance imparable del fascismo contemporáneo. Sánchez advierte de que el golpe de Estado en Brasil confirma la mayor de las amenazas a las que nos enfrentamos: el resurgir de movimientos ultras dispuestos a arrollar a las democracias liberales. ¿Está usted en ese macabro proyecto, señor Feijóo?  

Ilustración: Artsenal

sábado, 7 de enero de 2023

MEIGAS INDEPES


(Publicado en Diario16 el 30 de diciembre de 2022)

En democracia, al partido que gana unas elecciones le compete llevar a cabo las tareas de Gobierno mientras que el partido que las pierde tiene que ejercer una oposición crítica pero leal, siempre buscando lo que sea más beneficioso para el interés común y para el país. Así es como funcionan todas las democracias en la Europa civilizada y avanzada. Todas menos la española. Aquí, cuando la derecha pierde en las urnas se rompe la baraja, se saltan las reglas del juego, se usurpan las instituciones (en golpes de Estado blandos) y se torpedea todo hasta que el legítimo Gobierno cae, derribado prematuramente víctima del bloqueo, la inestabilidad y la crisis generada por un clima político irrespirable.

Hace tiempo que el Partido Popular renunció a un programa político reformista para sacar al país de la zozobra institucional que arrastra desde hace años. Lejos de poner en marcha un proyecto necesario, los populares se aferran al conservadurismo más reaccionario y al filibusterismo más irracional. Cuando la pandemia arreciaba se opusieron a todo (hasta a las medidas sanitarias más elementales para frenar el virus); cuando estalló la guerra en Ucrania dijeron no al plan para reducir la factura del gas, un plan que Feijóo tachó de “timo ibérico”; y en lo peor de la economía se pusieron de perfil a cualquier cosa que supusiera mejorar la vida de las clases más humildes. No a la subida del salario mínimo interprofesional. No al impuesto a las rentas más altas y a los beneficios caídos del cielo de las multinacionales eléctricas y la banca. No, no y no a todo lo que salga del Consejo de Ministros bajo la única consigna de que a Pedro Sánchez hay que negarle el pan y la sal, así vaya el país al precipicio. De la reforma del Poder Judicial qué más podemos decir que no se haya dicho ya: llevan años bloqueando la renovación de magistrados, saltándose a la torera la Constitución y tratando de controlar los órganos judiciales de mayor rango para tumbar las leyes del Gobierno y poder salir impunes de los innumerables casos de corrupción en los que andan metidos. Han atravesado tantos Rubicones, tantas líneas rojas, que han llegado incluso a secuestrar al Parlamento, amordazándolo a golpe de medidas cautelarísimas adoptadas por los magistrados conservadores, sus magistrados, los magistrados de su cuerda estratégicamente colocados en el Constitucional. Ese trumpismo a calzón quitado, ese golpismo made in siglo XXI, sin tanques ni asonadas, no se había visto en más de cuatro décadas de democracia.

Ahora que constatan con pesar que la economía española aguanta y que todas sus maniobras marrulleras han fracasado (el rey Felipe VI ha debido darles un serio toque de atención para que renueven de una vez por todas el caducado CGPJ), se agarran al último clavo ardiendo que les queda ya: promover el miedo al indepe, al que han convertido en enemigo irreconciliable de su anti-España tal como hizo Franco en su día. Solo les queda el manido recurso del “España se rompe” y reclamar elecciones anticipadas una y otra vez, una cantinela que ni siquiera el votante les compra ya porque los españoles están hartos de que los lleven a votar cada dos por tres y cada vez que a estos señoritos se les pasa por la cabeza. La gente está a lo que está: a llenar la cesta de la compra diaria y a llegar a final de mes. Y esa economía micro, doméstica, no va tan mal ni es tan apocalíptica como quiere pintarla el PP.

Si lo que pretende Feijóo es que prenda de nuevo el polvorín de Cataluña para arañar votos, que se ande con cuidado porque esa estrategia de la crispación puede salirle como el tiro por la culata. Las encuestas y sondeos demoscópicos revelan que el votante moderado, ese que gana elecciones dando el triunfo a PSOE o PP, según el momento político, no ve con malos ojos que el Gobierno negocie con Esquerra para reconducir una situación que con Rajoy adquirió tintes de insurrección popular y contienda civil. Reformar unos cuantos artículos del Código Penal a cambio de rebajar penas para los encausados del procés y pacificar durante un tiempo aquellas explosivas tierras no supone ninguna claudicación ante Junqueras, ni ante Rufián, ni ante Aragonés ni ante nadie. Se trata simplemente de abordar una solución al conflicto por vías políticas pacíficas una vez que la estrategia de los piolines, del garrotazo al anciano en el colegio electoral y la represión judicial devino en fracaso. Barato nos saldrán unas pinceladas al Código Penal si con ello logramos que los CDR de Quim Torra se olviden de las barricadas y la quema de contenedores por un tiempo. El delito de sedición era un residuo del siglo XIX que ya no se aplicaba en ningún país de Europa (en caso de que se produzca un golpe de Estado cruento, dios no lo quiera, ya está la figura penal de la rebelión). Otra cosa es la malversación, que si no se afina al máximo en su nueva redacción podría beneficiar a los corruptos de todo pelaje y condición, con el consiguiente descrédito para la democracia. Pero en cualquier caso estamos ante una pura cuestión de técnica jurídica y legislativa. Se trata de redactar la reforma de la manera más aseada y profesional, poniendo a trabajar a los más prestigiosos juristas, para que no pueda haber resquicios o grietas por la que puedan escaparse los malversadores. Nada de lo que ha hecho Sánchez hasta ahora supone una ilegalidad o una traición a España, tal como sugiere Feijóo.

Así las cosas, el último as de bastos que le queda en la manga al jefe de la oposición es la posibilidad de que se celebre un referéndum de autodeterminación en Cataluña. Si esa consulta llega a celebrarse, probablemente el PP ganaría las elecciones generales por mayoría absoluta. El problema es que el presidente del Gobierno ya ha dicho por activa y por pasiva que, se pongan como se pongan los líderes independentistas, no se pondrán urnas para eso. Solo un loco accedería a tal pretensión. Solo un suicida dispuesto a dar con sus huesos en la cárcel se atrevería a autorizar un referéndum que va contra la letra y el espíritu de la Constitución (nuestra Carta Magna garantiza claramente la unidad e indivisibilidad de la nación). Sánchez será lo que se quiera, pero hasta donde se sabe no es un lunático iluminado capaz de inmolarse penitenciariamente de esa manera. Pese a todo, Feijóo va a seguir dando la matraca con el “España se rompe” y asustando al personal con la amenaza de un referéndum que, hoy por hoy, todo el mundo, hasta Pere Aragonès, sabe que no se va a celebrar. Así es la política basura que le gusta hacer al PP. Bulos, mentiras y conspiraciones sin fundamento. Habrá que ver si los cuentos gallegos sobre meigas independentistas y felones socialistas son capaces de seducir a esa mayoría silenciosa que dictará sentencia sobre la gestión de unos y otros y a la que ya no se la camela tan fácilmente.

Ilustración: Artsenal

lunes, 26 de diciembre de 2022

ESQUERRA

(Publicado en Diario16 el 21 de diciembre de 2022)

“Ahora dice que lo volverá a hacer, la verdad es que usted cada vez nos recuerda más a Junqueras y Puigdemont”, le espeta Cuca Gamarra a Pedro Sánchez durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados. “Ustedes han ido demasiado lejos”, le rebate el presidente socialista. La jornada matinal en el Parlamento solo ha servido para constatar que el clima político en nuestro país, lejos de apaciguarse, se enrarece por momentos. Con la economía medianamente saneada y las reformas sociales en marcha, el Ejecutivo de coalición sigue firme y al Partido Popular solo le queda abrazarse a la estrategia de la crispación, embarrando el terreno de juego. Es en ese marco, que el estrambótico Feijóo ha asumido como bueno, donde la burda politización del Tribunal Constitucional cobra todo su sentido.

El toque de atención de Bruselas, que por lo visto ha avalado las últimas resoluciones del TC, certifica la derrota en esta batalla de Pedro Sánchez, a quien solo le queda rectificar, aparcar sus enmiendas exprés del Código Penal y del Poder Judicial y reiniciar de nuevo el procedimiento parlamentario mediante una proposición de ley apoyada por PSOE y Unidas Podemos. Ese es el camino que debió haber tomado el premier socialista desde el principio, dejándose de prisas, precipitaciones y atajos. El Gobierno debió haber previsto que la mayoría conservadora del Alto Tribunal –dispuesta a mirar con lupa cada texto que salga del Consejo de Ministros, y hasta a ver irregularidades donde no las no hay–, no le pasaría ni una coma mal puesta.

Y no será porque no estaba avisado el Ejecutivo de coalición. Las maniobras torticeras de los jueces que en las últimas semanas han puesto en libertad a más de cien agresores sexuales en una interpretación rigurosísima del principio constitucional de lo más beneficioso para el reo a cuenta de la ley del “solo sí es sí” de Irene Montero –en un claro y flagrante movimiento insumiso de la judicatura– fueron un serio toque de atención que debió haber alertado al Gobierno de que el Poder Judicial no iba a pasarle ni una. Es evidente que Montero se excedió al llamar “fachas con toga” a los jueces (meterse con el siempre corporativista estamento judicial no fue un buen negocio, más bien un error de parvulario que está pagando la ministra) y al hacerlo no hizo sino apretar el botón rojo del golpe institucional. La polémica decisión del Tribunal Constitucional de suspender la votación de las reformas exprés de Sánchez en las Cortes Generales, sede de la soberanía nacional –un hecho gravísimo en democracia– supone la segunda parte del primer ajuste de cuentas con Montero y el mundo podemita y confirma que los jueces han decidido aplicarle al gabinete de izquierdas aquel viejo dicho castizo que dice: “Si no quieres caldo, toma dos tazas”.

A partir de ahora, cada texto legal que impulse el Ejecutivo central deberá salir del horno parlamentario limpio de polvo y paja, y ni aún así se garantiza que sea aprobado por las altas magistraturas judiciales entregadas de lleno al lawfare o guerra judicial puesta en marcha al comienzo de esta legislatura por las derechas españolas. Quien controla la Justicia controla los tempos, el poder, la democracia misma. Nadie puede gobernar un país con los jueces en contra, salvo un partido que tenga mayoría absoluta para aplicar su rodillo y fagocitar cada una de las instituciones del Estado. Eso lo saben muy bien todos y cada uno de los presidentes socialistas que han pasado por Moncloa. González probó el bloqueo de Aznar; Zapatero lo sufrió a manos de Rajoy; y ahora Sánchez cata la misma medicina, primero de Casado y después de Feijóo. Tras el preocupante incidente protagonizado por Trevijano y Narváez, los dos magistrados que han consumado el golpe conservador en el TC, el presidente empieza a tomar conciencia de dónde está metido y de la posición de fragilidad en la que se encuentra. Aguantará en el poder lo que quiera Esquerra Republicana de Cataluña, piedra clave de la arquitectura sanchista. En ese punto, todo apunta a que el partido de Oriol Junqueras ha decidido abandonar, de momento, la vía unilateral hacia la independencia (por la que ya no apuesta ni Jordi Sánchez) para darse a la realpolitik y convertirse, sorprendentemente y contra todo pronóstico, en una fuerza política que garantiza la estabilidad democrática y constitucional del país mucho más y mejor que el PP, embarcado en una deriva ultra, la que le marca Santiago Abascal desde el submundo ultra.

La intervención de Gabriel Rufián en la sesión de control de esta mañana hubiese sido impensable en 2017, año del referéndum que cambió para siempre la historia de España. Rufián –no sin antes tirar de ironía y recordarle al presidente que el mismo correctivo que hoy le está dando a él la extrema derecha española ya se lo dieron en su día a los políticos soberanistas catalanes–, se ha mostrado dispuesto a involucrarse en la nueva proposición de ley y en lo que haga falta para sacar adelante las reformas paralizadas por el Alto Tribunal. “Bienvenido a la guerra judicial (…) ¿Quieren presentar una ley para recuperar las enmiendas? ¿Quieren dignificar el Constitucional? Háganlo. Ahí estaremos.”, asegura el portavoz de Esquerra, que anima al PSOE a “dignificar” el Poder Judicial. “Nosotros no les dejaremos tirados, lo hacemos para dignificar la democracia porque, ante todo, antes que independentistas, somos demócratas”, ha defendido. Junqueras y Rufián han entendido el momento histórico que vive no solo el país, sino Europa y en general el mundo. La misma ofensiva trumpista que sufrimos en España se vive también en Francia, en Italia, en Estados Unidos, en el Brasil y en todas partes. Allá donde gobierna el nacionalpopulismo la democracia se degrada, los derechos civiles retroceden e instituciones fundamentales como la Justicia son fagocitadas por personajes retrógrados, cavernícolas, ultras. El Constitucional es garantía del Estado de derecho, es cierto, pero si está en malas manos, se acaba convirtiendo en un peligro para la democracia. Frente a eso no cabe la desobediencia civil, tal como invocó el utópico Pablo Echenique, que al final se ha quedado solo en su llamada a las barricadas. Contra quienes pretenden acabar con la democracia solo cabe más democracia. Acatar, reformar lo que funcione mal para frenar la decadencia y no caer en las provocaciones de quienes están deseando llevar el conflicto a las calles. No hay otro camino para ganar este desafío distópico que nos plantean las fuerzas y poderes fácticos más reaccionarios.
 
Viñeta: Pedro Parrilla

EL GOLPE (III)

(Publicado en Diario16 el 21 de diciembre de 2022)

Todo apunta a que habrá una nueva reunión entre Sánchez y Feijóo para tratar de arreglar lo que a esta hora no parece tener arreglo. La decisión del Tribunal Constitucional de amordazar al Parlamento, impidiendo que los grupos políticos voten la reforma “exprés” del Alto Tribunal y de los delitos de sedición y malversación (parte esencial de la negociación con los independentistas catalanes), ha roto algo muy sensible y delicado, quizá el gran consenso entre los dos grandes partidos que se había mantenido desde los tiempos de la Transición. Es evidente que el primer culpable de esta situación de degradación institucional es el PP por haber jugado de forma irresponsable a controlar la Justicia bloqueando durante años la renovación de los altos cargos del Consejo General del Poder Judicial. Y por supuesto por haber utilizado a sus magistrados conservadores afines del TC para pringarlos a última hora en un complot político que no tenía otro objetivo que secuestrar a las Cortes Generales, sede de la soberanía popular.

No obstante, también Sánchez ha atravesado algún que otro Rubicón al acometer reformas de gran calado mediante procedimientos parlamentarios de urgencia cuando lo lógico hubiese sido hacerlo siguiendo los trámites y garantías ordinarias de las leyes orgánicas, las más protegidas por la Constitución al afectar a derechos y libertades fundamentales. Sin duda, ambos partidos se han saltado más de un semáforo en rojo, aunque conviene insistir: nada de esto hubiese ocurrido si primero Pablo Casado y después Núñez Feijóo se hubiesen sentado con el Gobierno para negociar de buena fe y pactar de una vez por todas la renovación de la cúpula judicial, tal como exige nuestra Carta Magna. Al PP jamás le interesó cumplir ese mandato constitucional, de modo que de aquellos polvos estos lodos. Y no lo hizo sencillamente porque le pudo la tentación de seguir controlando la Justicia (ese goloso juguetito) desde detrás. Así puede tumbar todas y cada una de las leyes que impulse el Gobierno de coalición, entre ellas la ley de eutanasia, la reforma laboral, la ley del aborto, la ley Celáa de educación o la ley del “solo sí es sí”, que ya ha sido impugnada en amparo ante el TC por la extrema derecha de Vox.

La sensación que queda es que aquí la derecha manda siempre. Cuando está en el poder presume de respetar la Constitución y las normas del juego democrático, pero cuando es oposición se dedica a mover a sus peones de la Justicia, a los jueces y magistrados de las FAES, que debidamente aleccionados y teledirigidos pueden seguir frenando las leyes que no le gustan al mundo conservador. O sea el atado y bien atado. Si esto no es gobernar un país desde la trastienda, en la sombra, que baje Dios y lo vea.

¿Tiene solución el desaguisado que ha causado la peor crisis institucional después del procés de independencia en Cataluña? La cosa pinta mal. Sánchez y Feijóo están condenados a volver a reunirse en breve, al menos para hacer el paripé y demostrar buena voluntad navideña. Otra cosa es que vayan a ponerse de acuerdo en este espinoso asunto del Poder Judicial. Sánchez no puede dar marcha atrás sin consumar una derrota estrepitosa. De hecho, habrá que analizar con detenimiento las próximas encuestas, ya que de este envite sale como víctima de un injusto complot y eso siempre suma puntos entre el electorado. Está por ver si la encerrona tramada por Feijóo, Abascal y Arrimadas, con el apoyo inestimable de la caverna judicial y mediática, termina volviéndose contra sus impulsores a modo de búmeran. La mayoría silenciosa, que es la que gana elecciones, puede entender que la democracia se encuentra amenazada por una especie de dictadura de la toga. De hecho, es más que probable que el presidente del Gobierno salga reforzado, ya que el intento de golpe blando muñido por las fuerzas reaccionarias ha quedado en evidencia, lo cual, en un país como España siempre traumatizado por la amenaza involucionista, se termina pagando. No vamos a decir nosotros que todo este follón del TC terminará finalmente en una gran manifestación por la libertad como la que inundó las calles de nuestro país tras el tejerazo, pero si tiene que pasar factura a alguien será sin duda a las derechas, que tal como ha quedado acreditado, han llevado a cabo un movimiento temerariamente antidemocrático.

En principio, nada debemos esperar de esa reunión entre el presidente socialista y el jefe de la oposición. Sánchez está dispuesto a recoger cable y a volver a iniciar todo el trámite de reformas a través de una nueva proposición de ley, esta vez respetando escrupulosamente el reglamento, las enmiendas y los informes del CGPJ. Ayer mismo, la UE le recordaba que toda reforma debe pasar sus trámites legales, de modo que espera que España “cumpla con los estándares europeos”. Este respaldo de Bruselas a la actuación del Tribunal Constitucional viene a rubricar la derrota del presidente en esta dura batalla por el control de la judicatura.

Feijóo, por su parte, vuelve a pedir un imposible. “Una salida que resolvería esta crisis: que renuncie [Sánchez] a reformar el Código Penal a toda prisa, sin los informes correspondientes. Y que lo haga cumpliendo lo que prometió: tipificando el referéndum ilegal y manteniendo el delito de sedición y las penas por malversación”. Si Sánchez acepta eso ya puede dar por liquidado el Gobierno de coalición. Sus socios de Unidas Podemos y los independentistas no tragarían con semejante claudicación. Está claro que el líder del PP vuelve a sacarse un nuevo conejo de la chistera (a fin de cuentas, es experto en lepóridos, ya que se pasó buena parte de su infancia viéndolos procrear en el corral, según ha confesado él mismo). Esta vez le está exigiendo a Sánchez que tipifique como delito el referéndum de autodeterminación, algo en lo que no había hecho excesivo hincapié en los últimos meses. Cada vez que Feijóo acude a una reunión en Moncloa va con un as nuevo en la manga, como buen trilero, y así nadie sabe a qué atenerse. Cualquier día le pide al presidente que le deje el Falcon para darse una vueltecita por Galicia. En realidad, no hay ningún cambio de actitud, ni interés por resolver el problema de la Justicia, ni avance de ningún tipo en los movimientos del dirigente conservador. Feijóo sigue a lo mismo de siempre: marear la perdiz hasta que Sánchez doble la rodilla, caiga y tenga que convocar elecciones anticipadas.  

Ilustración: Artsenal

EL GOLPE (II)

(Publicado en Diario16 el 20 de diciembre de 2022)

Pedro Sánchez empieza a tomar conciencia de que le han dado un golpe trumpista en toda regla. Los ultras norteamericanos quisieron echar del poder a Joe Biden mediante un violento asalto al Capitolio. Aquí ese tejerazo ya lo vivimos el 23F, aquella noche de tricornios y juegos ambiguos, y el ala dura de la derecha española ha entendido que es mejor hacer estas cosas desde dentro del sistema, institucional y educadamente, con alevosía, premeditación y nocturnidad y metiendo el menor ruido posible. Qué mejor plan que controlar el Tribunal Constitucional, mediante magistrados peones al servicio de la causa ultra, convirtiéndolo en una tercera cámara de control legislativo para garantizar que todo quede atado y bien atado. Ni en los mejores sueños del más nostálgico de los franquistas.

La noche de ayer fue la más triste en la historia de la democracia después de aquella en la que Tejero irrumpió, pistola en mano, en las Cortes Generales. Nunca antes el Tribunal Constitucional había paralizado, con carácter preventivo, una ley emanada del pueblo. Nunca antes unos señores jueces habían impedido votar a los diputados en sesión plenaria. Los más tibios y conciliadores de la izquierda hablan de golpe institucional. Los más honestos, los que llaman a las cosas por su nombre, lo califican de golpe a la democracia, que es lo que ha sido esta jugarreta o maniobra subrepticia. De alguna manera, España es un país de larga tradición golpista y nos sigue espeluznando ese maldito concepto (golpe de Estado) que ya parecía superado. ¿Pero cómo calificar un hecho gravísimo como es que un grupo de magistrados impidan ejercer la soberanía popular primero en el Congreso de los Diputados y después en el Senado? Semejante atropello solo puede tener un nombre y no es el de la simple injerencia de un poder sobre otro ni un mero roce o choque entre instituciones. Esto ha sido lo que ha sido: un golpe blando impulsado por unos partidos reaccionarios que no entienden (nunca lo han entendido) de qué va esto de la democracia. Un golpe que parece de broma pero que va muy en serio.

Aquí, en este país, o se hace lo que ellos dicen, o se rompe la baraja. Félix Bolaños cree que la derecha quiere mandar siempre, “cuando es mayoría y cuando no lo es, decidir qué es lo que se aprueba y lo que no”. Y es cierto. Ayer se inauguró una nueva etapa dentro del autoritarismo ultraconservador español. De Vox no podíamos esperar nada más que esto: una guerra total y en todos sus frentes contra el sistema democrático. A Cs no le concederemos ni medio minuto de análisis. Están boquerones, fiambres, listo papeles, y en las próximas elecciones pasarán al vertedero de la historia. Lo más preocupante, sin duda, es la actitud de un partido como el PP, que ha ostentado tareas de Gobierno en el pasado, y que ha decidido dar el salto mortal hacia el trumpismo puro y duro para seguir ostentando el poder que perdieron en las urnas, o sea, lawfare o sistemático bloqueo judicial, usurpación de las instituciones, instauración del bulo y la posverdad y maquiavelismo sin complejos. A esta derecha africanista y montaraz le pone el “todo vale” y no vacila a la hora de mantener a sus fieles peones en el TC a sabiendas de que deben marcharse a sus casas porque su mandato ha caducado (no están “prorrogados”, tal como pretenden convencernos con ese vulgar eufemismo, sino que hace tiempo que sus cargos expiraron, de modo que están de prestado y levantándose un sueldazo, quizá el más elevado entre los funcionarios de la Administración, que no les corresponde).

Los Trevijano y Narváez, los dos polémicos magistrados que han tomado parte en esta conjura de las togas contra el Estado de derecho, acudieron al tenso pleno del tribunal en el que se consumó el golpe con la lección de Génova 13 bien aprendida. El PP les había dado patente de corso para que hicieran bueno aquello tan castizo de “para cuatro días que me queda en el convento…” En ningún momento quisieron pactar nada con sus compañeros progresistas y eran perfectamente conscientes de que al aprobar medidas cautelarísimas para evitar una votación en el Congreso se situaban al margen de la ley. No está nada mal para dos jueces que además tenían interés en la causa y que en lugar de apartarse del procedimiento decidieron sobre su propia recusación. Viva el Estado de derecho.

A partir de ahora, cualquier ley podrá ser frenada mediante el mismo procedimiento espurio, de ahí el ocaso de la democracia. Al final lo han conseguido. Han terminado por convertir el TC en el último bastión ultra en esa enloquecida batalla cultural contra el rojo-ateo-masón que pretenden revivir en un delirante retorno, no ya a los años convulsos de la Segunda República, cuando la derecha lo torpedeaba todo, sino a los tiempos decimonónicos de las guerras carlistas, cuando el absolutismo más empecinado y pertinaz se enrocaba ante cualquier tipo de reforma o avance social. El momento es de extrema gravedad. Aquel 23F fue Juan Carlos I quien se puso delante de las cámaras de televisión para informar a los españoles de que había dado orden a las regiones militares de parar el golpe. Hoy es Pedro Sánchez quien se reviste con el traje de jefe de Estado para mandar a los españoles un “mensaje de serenidad”. “Comprendo la indignación de los demócratas al ver vulnerados sus derechos”, asegura en una declaración institucional tan breve como histórica.

El presidente socialista acata las medidas cautelarísimas del Alto Tribunal, así que tendrá que replantearse sus reformas del Poder Judicial. La vía exprés no ha tenido éxito y no le quedará otra que volver a la casilla de salida, impulsando un procedimiento más largo y complicado, vía ley orgánica, que con toda seguridad volverá a ser recurrido en amparo por el PP. El único objetivo de Feijóo en toda esta historia es dilatar la situación de debilidad y degradación institucional hasta llegar a las elecciones del próximo año. Puede que la estrategia le dé resultado, pero el roto que ha provocado en el sistema tendrá difícil arreglo. El pueblo hace tiempo que perdió la fe en la Justicia. En eso precisamente consiste el golpe: no solo en secuestrar la voluntad popular, plasmada en las urnas y manifestada a través del Parlamento, sino en degradar la democracia hasta reducirla a la categoría de vodevil o barraca de feria.

Ilustración: Artsenal

LOS PLANETAS

(Publicado en Diario16 el 20 de diciembre de 2022)

El ser humano se enfrenta a nuevos peligros que hasta ahora solo formaban parte de las novelas y el cine de ciencia ficción. Virus mutantes capaces de matar a decenas de millones de personas en poco tiempo, asteroides con potencial para chocar contra nuestro planeta y el vertiginoso avance del cambio climático son amenazas reales, contrastadas empíricamente, entre las que quizá la más inminente de todas sea la posibilidad de una catástrofe nuclear a gran escala. Desde que comenzó la guerra en Ucrania, que va ya para un año, Vladímir Putin se ha encargado de recordarnos que la vida en la Tierra depende del humor con el que se levante él ese día y de las ganas que tenga de apretar el botón atómico. La OTAN se encuentra en estado de máxima alerta y todos los informes de inteligencia advierten de que el sátrapa del Kremlin no dudará en lanzar sus misiles contra Occidente si se siente derrotado o totalmente acorralado.

Tras la pandemia, la civilización humana ha entrado en un escenario distópico en el que cualquier cosa puede ocurrir. Tras siglos de arrogancia en que nos creímos el centro del Universo, dueños y señores de este mundo, vamos tomando conciencia de nuestra fragilidad e insignificancia como especie, del delicado equilibrio de la vida y de que la Tierra es solo una roca esférica con fecha de caducidad que da vueltas alrededor del Sol, un astro de tamaño medio también condenado a la extinción de aquí a unos cuantos miles de millones de años. En una batalla brutal por la supervivencia cósmica, el covid nos ha puesto en nuestro lugar, el que le correspondía a un primate enloquecido que avanzó demasiado rápido en demasiado poco tiempo. Los virus han demostrado mucho más poder adaptativo al entorno y ya le disputan al homo sapiens, de tú a tú, el trono en la escala biológica. Mientras tanto, otros diminutos seres como las bacterias superresistentes a los antibióticos se han sumado ya a esa cruenta batalla entre especies que luchan por la hegemonía terrícola. Lo pequeño amenaza con comerse a lo grande algún día y nosotros tenemos todas las papeletas para servir de merienda al nuevo agente patógeno que a esta hora quizá se esté desarrollando en el estómago de algún animal o huésped, aguardando el momento de dar el salto zoonótico y asestar el golpe definitivo al ser humano.

Pero no solo la amenaza biológica puede acabar con nosotros en cualquier momento. Otros serios problemas asolan al planeta, entre ellos el hambre y la desigualdad entre regiones fruto de un modelo económico depravado e injusto, el capitalista, que ha venido a demostrar su incapacidad para contribuir a un desarrollo armónico y sostenible. Mientras unos pocos acumulan toda la riqueza, los recursos naturales se agotan y el hambre se ceba con casi mil millones de personas que ya no reciben una alimentación suficiente; el desierto avanza exponencialmente por efecto del calentamiento global; los polos y glaciares se derriten; las especies animales y vegetales se extinguen (más del sesenta por ciento de la biodiversidad habrá desaparecido a mediados de este siglo si no ponemos remedio); los mares suben de nivel, engullendo amplias zonas costeras; y la explosión demográfica amenaza con generar gigantescos flujos migratorios entre continentes como nunca antes se había visto, un fenómeno que provocará convulsiones sociales que ni siquiera la extrema derecha emergente, con sus estúpidos muros racistas, será capaz de frenar. 

No nos gustaría ser tachados de agoreros o catastrofistas, pero lamentablemente cerrar los ojos o meter la cabeza debajo del ala –como en aquella película en la que un científico al que nadie hacía caso (encarnado por Leonardo Di Caprio) advertía a la humanidad del apocalipsis final–, no servirá de nada. Seamos realistas: la Tierra ya no tiene remedio. Hemos acelerado un cambio climático imparable; hemos llenado la atmósfera, los ríos, los acuíferos y el mar de una asquerosa sopa contaminada imposible de depurar (ya no queda un solo pez libre de microplásticos); y dentro de poco será imposible comerse un tomate o una lechuga limpia de fertilizantes químicos o residuos tóxicos. Es cierto que de cuando en cuando aparecen noticias esperanzadoras, como el hallazgo de la fusión nuclear, una energía infinita, verde y renovable que algunos ya califican como el descubrimiento de este siglo al ofrecer la posibilidad de controlar un proceso que se genera de forma natural en las estrellas y que hasta hoy se creía imposible de reproducir artificialmente. Sin embargo, y pese a que la curiosidad humana sigue revelando los secretos más fascinantes del cosmos, hemos llegado al punto crítico de no retorno y debemos contemplar seriamente la hipótesis de que algún día tendremos que abandonar la Tierra, ese paraíso al que hemos enfermado tras siglos de ciega y codiciosa explotación. Numerosos físicos y cosmólogos proponen acelerar los diferentes programas espaciales actualmente en marcha y enfocarlos en la construcción de naves nodrizas capaces de albergar colonias enteras de humanos, viajeros dispuestos a no volver jamás a casa y a empeñar sus vidas en la búsqueda de nuevos mundos. Para quien aún no haya visto Interstellar, la magnífica película de Nolan, ahí está plasmado lo que nos espera a corto plazo y la hoja de ruta hacia las estrellas que deberemos emprender en las próximas décadas.

Colonizar otros planetas puede ser nuestra única posibilidad de salvación como especie. Así lo han creído científicos como Stephen Hawking o Richard Feynman. Hace solo un par de días se ha conocido el hallazgo de dos exoplanetas de masa similar a la Tierra y potencialmente habitables situadas a menos de 16 años luz de nuestro Sistema Solar, que no es precisamente el barrio de al lado en la inmensidad de la escala cósmica, pero al menos es el hogar potencial más cercano que hemos encontrado hasta el momento. La investigación, llevada a cabo por un equipo internacional de científicos liderado por el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), ha descubierto ambos mundos orbitando en torno a la estrella GJ1002, en la zona de habitabilidad de aquella enana roja, de modo que podría albergar vida. Llegar hasta allí con la tecnología de la que disponemos actualmente se antoja cosa de ciencia ficción, pero quizá debamos empezar ya a trabajar con objetivos más ambiciosos que enviar un rover a Marte o establecer una base permanente en la Luna. El magnate Elon Musk, sin ir más lejos, está preparando un plan para colonizar el planeta rojo y la NASA dispone de prototipos de naves espaciales impulsadas por grandes fuentes de energía capaces de llegar más allá del Sistema Solar. Quizá haya llegado el momento de pensar que lanzar una colonia de humanos al espacio, como aquellos navegantes que hace quinientos años se atrevían a surcar los océanos rumbo a lo desconocido, puede ser la última oportunidad que le queda al viejo mono desnudo. 

Viñeta: Sergio Periotti

LEO MESSI

(Publicado en Diario16 el 19 de diciembre de 2022)

Leo Messi ya tiene su ansiado Mundial. Ahora nadie le podrá quitar el mérito de haber sido el mejor jugador de fútbol de su tiempo, quizá de la historia. Atrás quedan los fracasos, los mundiales de la frustración, la ira de la hinchada que lo ninguneó como un segundón de Maradona, las Copas de América en las que el pibe naufragaba junto a una tropa que, todo hay que decirlo, nunca estuvo a la altura del general. El fútbol es un deporte de equipo y La Pulga nunca contó, hasta hoy, con escuderos de la talla de los Valdano, Passarella, Burruchaga y demás, aquel bravo ejército de guerrilleros que arroparon al Pelusa en México 86 y que jugaban con la rabia y la furia de soldados dispuestos a defender las Malvinas frente a las invasiones de la Pérfida Albión.

La noche ha sido larga y llena de emoción, como decía Gabinete Caligari. Argentina se despierta con el resacón de la victoria y algunos hasta se han subido a la cúspide del Obelisco, tal es la explosión de alegría de toda una nación que atraviesa por un momento político complicado. Los adeptos de la Iglesia Maradoniana preparan misas en todo el país para perdonar los pecados futbolísticos de Messi. El crack fallón que no la metía en el momento decisivo, el pecho frío que solo jugaba cuando quería y que siempre sacaba lo mejor de su magia con el Barça, nunca con la Albiceleste, ha sido redimido por fin. Van a subir al nuevo astro rey a los altares del fútbol, colocándolo a la altura de aquel dios peludo que volaba a reacción como un barrilete cósmico, quitándose ingleses de encima, camino de la eternidad. Si Maradona es el Ser Supremo, Messi es su mesías, exclaman ahora los mismos que antes lo crucificaban. Hasta la monja indepe, sor Lucía Caram, ha caído ya en la herejía de hacer del fútbol la nueva religión.

Todas las tertulias giran en torno a una pregunta: ¿quién ha sido mejor jugador? ¿Qué diez encarna el ideal de número uno de todos los tiempos? Preparémonos para horas interminables de filosofía futbolera, ensayos y libros sobre la cuestión. Dicen los sesudos del Chiringuito de Pedrerol que Maradona fue más líder de masas, más leyenda o icono global, una especie de Che Guevara del fútbol que guiaba a los parias de la famélica legión hacia la perpetua revolución de los oprimidos pueblos sudamericanos. Un activista antiyanqui convencido que no dejaba pasar la oportunidad de disparar contra el Tío Sam. Quienes analizan su dimensión histórica lo comparan en fuerza mediática y social con el mismísimo Muhammad Ali, aquel boxeador contra el racismo que se negó a ser reclutado para la guerra de Vietnam y que arrojó su medalla olímpica a un río, en señal de protesta, después de que lo echaran de un restaurante por negro. Más callado, previsible y correcto, Messi carecería de esa proyección política e histórica, según los finos analistas del Marca. Quién sabe. Unos tomarán partido por el pibe que practicaba el tiro libre sobre las rayas de la camorra napolitana; otros se alinearán con el chico tímido de Rosario que driblaba como nadie a los inspectores de Hacienda. Tristes mitos los del mundo de hoy, malos referentes de cartón piedra, frágiles ídolos con pies de barro.

La final del Mundial de Catar quedará para siempre como la mejor en la historia de los mundiales. Ni el más avezado de los guionistas de Netflix hubiese escrito un guion tan trepidante para el partido que ayer disputaron Argentina y Francia. Ni Alfred Hitchcock, el maestro del suspense cinematográfico, hubiese sido capaz de idear una historia con un final tan increíble y taquicárdico. Por momentos Messi parecía imbuido por el espíritu de Maradona (solo le faltó meter un gol con la mano, la mano de Dios) y hasta se vio obligado a resucitar tres veces (tantas como tuvo que remontar Argentina para alzarse con el triunfo ante los franceses). Sin embargo, un espectáculo tan grandioso, el partido de todos los tiempos, tuvo un broche bochornoso, como lo ha sido la organización de este torneo que nunca debió haberse celebrado. Esa imagen del jeque Al Thani enfundando a Leo Messi en el bisht (la bata de la familia real catarí), mientras la estrella del balompié sonríe cándidamente con la copa entre sus manos, como un niño inocente con el juguete nuevo regalado por papá, no se olvidará jamás. El emir ha sabido manipular el deporte y proyectarlo al futuro como parte de la campaña de propaganda para blanquear su nauseabundo régimen teocrático, machista, homófobo y racista. Mientras la pelota rodaba y el mundo anestesiado miraba hacia otro lado, las mujeres eran flageladas por sus maridos, los homosexuales reprimidos y miles de trabajadores utilizados como esclavos en la construcción de los estadios de la muerte.

Para completar el drama ante el que cierra los ojos la comunidad internacional, el futbolista iraní Amir Nasr-Azadani era condenado a muerte por apoyar las protestas en favor de los derechos de las mujeres en su país. En las próximas horas podría ser colgado por el cuello en una grúa. La ceremonia de entrega de trofeos del Mundial, una vez terminado el campeonato, era la ocasión perfecta para levantar la voz, para organizar algún tipo de protesta o boicot ante tantas tropelías cometidas en el mundo fundamentalista islámico. Nadie esperaba que Messi hiciese un alegato político en defensa de los derechos humanos y en contra del patrón del PSG que le da de comer (aunque el diez de la zurda de oro patea la pelota como los ángeles, anda escaso de retórica, de brillantez intelectual y de compromiso social). Pero hubiese sido suficiente con que se quitara ese siniestro capote negro que el jeque colocó sobre sus espaldas, dándole el aspecto de un abducido Harry Potter del balón. Hubiese bastado con una frase bien dicha como la que habría soltado el gran Cassius Clay en un momento tan crítico para la humanidad. No lo hizo. Y en su elocuente silencio el jeque catarí obtuvo su minuto de oro televisivo más soñado: todo el planeta rendido a sus pies, el nuevo rey del fútbol abrazándole fraternalmente bajo su manto y hasta Macron bailando al son de los petrodólares manchados de sangre. Qué asco.
 
Ilustración: Adrián Palmas