sábado, 20 de mayo de 2023

EL DEPREDADOR

(Publicado en Diario16 el 10 de mayo de 2023)

Un jurado federal de Nueva York ha declarado culpable a Donald Trump de abusar sexualmente de la escritora Elizabeth Jean Carroll. Este es el hombre que quiere presentarse a la reelección en las presidenciales de 2024. ¿Creen ustedes que esta horrible mancha en el expediente personal y político del magnate neoyorquino le provocará un ramalazo de decencia hasta hacerle desistir de volver a presentarse como candidato? Ni de coña, tiene jeta para eso y para mucho más. ¿Acaso esta sentencia hará reflexionar a las masas hasta retirarle el apoyo en las urnas? Para nada. Al contrario, sus huestes lo venerarán aún más si cabe.

Sin duda, el líder republicano volverá a presentarse ante el votante como un mártir acosado por el fiscal general del Estado. Convencerá a los suyos (y a buena parte de los no suyos) de que el país ha caído en manos de una mafia roja bolchevique que va a por él y a por todos los que piensen como él (la famosa caza de brujas organizada por los comunistas), ganando otra vez la batalla del relato, esa especie de mundo al revés que el trumpismo sabe construir tan habilidosamente. Aunque cueste entenderlo y reconocerlo, la condena por violación lo hará más fuerte, más popular, más poderoso entre su electorado.

Así están las cosas en la primera potencia del planeta. Más de sesenta millones de personas quieren un presidente corrupto, ladrón y violador en la Casa Blanca. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo ha podido caer Estados Unidos, antes faro de Occidente y del mundo libre, en semejante decadencia y niveles de degradación? Hay numerosas causas y factores. Pero, de entrada, es evidente que si el ciudadano de una democracia del siglo XXI está apostando por un personaje como Trump (vulgar, mentiroso, narcisista, xenófobo y machista) es porque se ve reflejado en él, reconocido en él, representado por él. Las sociedades occidentales se han corrompido moralmente en las últimas décadas. El capitalismo salvaje es un Gran Satán que ha convertido a los ciudadanos en niños malcriados, neurotizados, débiles mentales. El único que saca partido del capitalismo es el estafador, y se hace millonario enseguida, ya lo dijo John Dos Passos. A partir de esa premisa, de ese dogma económico, ancha es Castilla. El afortunado tocado por la varita mágica del pelotazo vive a cuerpo de rey; el resto mira, babea y sueña con ser como él. Y si el perfil que triunfa, el gran referente, es un tipo con gafas negras, maletín y sonrisa mefistofélica, no esperemos una sociedad sana formada por individuos honrados y honestos. Lucifer tocará la flauta y las ratas le seguirán ciegamente como un solo hombre.

Hace tiempo que las masas transitaron desde la revolución marxista (derrotada a finales del siglo XX) hasta el centro comercial, con el consiguiente aborregamiento o anestesia política. En realidad, ambos modelos han fracasado estrepitosamente. Bajo el capitalismo, el hombre explota al hombre; bajo el comunismo, es justo al contrario, eso lo sabemos por John Kenneth Galbraith. Lo que estamos viviendo son los últimos estertores o coletazos de un modelo productivo descontrolado: la moribunda y fallida sociedad de consumo. El castillo de naipes se nos ha venido irremediablemente abajo entre cambios climáticos, pánicos financieros, corrupción política, robotización, quiebra del Estado de bienestar, paro, desigualdades sociales, clínicas repletas de enfermos mentales y adoración del dinero, la última religión del ser humano. La cultura ya no apasiona a nadie y se convierte en un artículo más del escaparate. El deporte no redime al personal, es pura rutina. Y las clínicas de belleza, que proliferan por doquier por la fiebre del culto al cuerpo, son ilusiones ópticas más bien efímeras. Recordemos a Adorno: mientras el individuo desaparece frente al aparato al que sirve, este le provee mejor que nunca.

En ese escenario convulso surgen los maestros de ceremonias del apocalipsis que cantan, bailan y eructan, ebrios de poder, sobre las ruinas de la democracia. Tipos fatuos y amorales que desentonan en el acto final de la dramática función. Tipos cansados de comer caviar con champán. Faltones prepotentes sin educación ni escrúpulos criados en la tumbona, a la sombra de la palmera junto a la piscina. No están aquí para resolver nada, solo para divertirse, reírse de todo y de todos y echarse unas canitas al aire, como hace Trump cuando agarra impunemente a las mujeres por sus partes íntimas.

Los seguidores de esta escuela de gran depravación moral, los Bolsonaro, Orbán, Le Pen, Berlusconi y Putin podrían ser considerados los nuevos líderes de una especie de nuevo fascismo posmoderno, pero en realidad no son más que los bufones de una corte globalizante de viciosos hartos de todo, de llenar la cesta de la compra cada fin de semana, del utilitario para proletas, de los treinta días de vacaciones que no dan para más, del partido del domingo con birra en la televisión de pago, de una paguilla de jubilación raquítica y de una democracia de baja estofa. Votan a gente como Donald Trump porque ya no se aguantan ni ellos mismos. Votan autoritarismo por puro aburrimiento y por falta de motivación en la vida. Siguen al amado líder de la secta del tedio que les da lo que ellos necesitan: excitante patriotismo, violencia incontenida, rabia, odio al diferente y la promesa de una falsa libertad después una vida de fracaso y alienación.

Tras el veredicto contra Trump, el juez Lewis Kaplan, que es quien lo ha condenado por acosador, ha disuelto el jurado lanzando a sus miembros una inquietante sugerencia: “Mi consejo para ustedes es que no se identifiquen”. No nos engañemos más. La democracia liberal ha muerto. Hemos entrado en la última fase de una extraña pesadilla de la que no podemos despertar.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

PUTIN EL DEMÓCRATA

(Publicado en Diario16 el 10 de mayo de 2023)

Rusia celebró ayer el Día de la Victoria, que conmemora el triunfo sobre el nazismo. Una fecha señalada que Putin no quiso desperdiciar sin soltar uno de sus habituales discursos cínicos repletos de mentiras, propaganda orwelliana, manipulación de masas y rancio totalitarismo. El líder del Kremlin trató convencer a su pueblo de que Occidente ha desencadenado una “auténtica guerra” contra la madre patria y prometió una victoria total.

Putin sigue alimentando la teoría que convierte a los occidentales en los nuevos nazis del siglo XXI. O sea, que usted y yo, ocupado lector, sin saberlo, somos peligrosos fascistas del Tercer Reich europeo. Buena parte del pueblo ruso se ha tragado esa gallofa. No hay más que ver los telediarios estatales de Moscú repletos de blogueros patrióticos, exmilitares soviéticos pidiendo sangre, youtubers nacionalistas, carniceros del grupo Wagner, iluminados clérigos ultraortodoxos, tronados hackers con capucha y demás fauna de todo pelaje y condición putinesca para entender lo que está pasando en aquel país. Putin, a base de dura propaganda política en vena, ha conseguido crear una realidad paralela, un mundo al revés en el que la OTAN mueve sus divisiones en avance imparable hacia los Urales. Así, según la distopía fabricada por el gobernante ruso, Josep Borrell es el nuevo Rommel que dirige sus panzers hacia Stalingrado. Y en París, Londres, Berlín y Madrid hay muchos campos de exterminio repartidos por todas partes donde los prebostes del Reich europeo proyanqui gasean a los pobres rusos con Zyklon B.

Según el universo alternativo creado por Putin, Macron debe ser algo así como un Himmler revivido que ha preparado una Solución Final para acabar con la raza eslava; Sunak está poseído por el espíritu de Hermann Göring; Olaf Scholz sigue los planes trazados por Goebbels; y Pedro Sánchez es el mismísimo Hitler resucitado. Moncloa, para el dictador ruso, es un calco del Führerbunker, la guarida del lobo, y ya ha ordenado a sus terroristas informáticos que infecten con las pulgas de Pegasus el teléfono oficial del presidente socialista. Los españoles aún no hemos caído en la cuenta porque estamos bajo los efectos del elixir del sanchismo, que es el nacionalsocialismo de hoy –eso lo dicen Feijóo y Ayuso, por momentos putinistas también–, pero somos todos unos nazis redomados que soñamos con propagar la raza ibérica, el superhombre moreno y peludo y un Reich hispano y cañí que se perpetúe durante mil años por todo el planeta. Aquí ya solo vivimos para invadir Rusia (que en realidad no le interesa a nadie) y hasta al bonachón de Félix Bolaños se le está poniendo una cara de nazi que tira para atrás.

Todo lo que está ocurriendo en Ucrania, las ciudades enteras devastadas, los miles de muertos, las centrales nucleares a punto de reventar y de enviarnos al infierno en un nuevo Chernóbil, los niños deportados y regalados a las familias estériles del Kremlin y en general la maldición rusa que le ha caído a aquel país no es culpa de Putin, para nada, sino de esos feroces nazis occidentales, madrileños y andaluces, romanos y piamonteses, parisinos y normandos, berlineses y bávaros que van todo el rato con el brazo en alto y gritando heil Hitler, o sea heil Sánchez. 

“Hoy, la civilización está en un punto de inflexión decisivo”, dice el exespía del KGB, que acusa a las “élites occidentales globalistas” de sembrar la rusofobia como se sembraba el antijudaísmo en Alemania en los años treinta del pasado siglo. Aquí somos todos unos supremacistas con ganas de quemar rusos en los hornos crematorios, unos monstruos que profesan una ideología “repugnante, criminal y mortal”. Sin embargo, ÉL no. Putin es un ángel que no hace daño a nadie. Un ser espiritual que fomenta los fraternales cánticos de la estepa, la balalaica, el Bolshói, el pacífico ajedrez, la hermandad entre los pueblos de la Tierra y un chupito de vodka para estrechar lazos de buena vecindad con los países amigos. Él no envía a nadie a Siberia con la perpetua, ni amordaza la prensa libre, ni encarcela al homosexual o al prooccidental. Qué va. Él es un demócrata de pedigrí, un ser súper tolerante, suma bondad bendecida por el patriarca Cirilo, que siempre le acompaña a todas partes para rociarlo a hisopazos de agua bendita del río Volga como santo varón que es.

Lo de Ucrania no está siendo una espantosa carnicería, ni una matanza como no se veía en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, ni una sangrienta invasión ilegítima, cruel e inmoral llevada a cabo por un criminal de guerra que debería dar con sus posaderas en el banquillo de La Haya, sino una “operación especial” para desnazificar la zona. La metalengua putiniana, con todo su arsenal de eufemismos en cirílico, es formidable. Los cadáveres esparcidos por las calles de Mariúpol, Bajmut, Bucha o Jersón no son tales, sino extras, figurantes, actores que se hacen los muertos. Los drones que bombardean hospitales de maternidad y guarderías son petardos de los bazares chinos de Xi Jinping. Y los misiles que arrasan ciudades ucranianas enteras son puras invenciones de la OTAN. No le demos más vueltas: somos todos unos nazis violentos y despiadados con ansias de invadir Rusia. Todos menos Putin, que es una hermanita de la caridad y un hombre de paz. Hay que joderse con la posverdad.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA GUERRA DE VOX

(Publicado en Diario16 el 9 de mayo de 2023)

La extrema derecha está en guerra (y no solo cultural) contra todo aquel que no comulgue con sus ideales políticos. Guerra contra la izquierda, guerra contra el feminismo, guerra contra los ecologistas y científicos que denuncian el cambio climático, contra la versión oficial de la historia, contra la multiculturalidad y contra el vecino del quinto. Vox encarna la guerra de hoy por otros medios.

El último en sentir en sus propias carnes el odio belicoso e irracional del partido ultra ha sido Gustavo Petro, presidente de Colombia, a quien los diputados voxistas le han organizado un plante sorpresa en su última visita al Congreso de los Diputados. Cuando el dirigente colombiano se disponía a tomar la palabra, Abascal y los suyos se levantaron, se ajustaron las corbatas y salieron del hemiciclo en comandita, muy fatuos y arrogantes, como un solo hombre. Fue una grave afrenta que ha estado a punto de colocar a España ante un monumental incidente diplomático internacional, no solo con Colombia, sino con el resto de países hermanos latinoamericanos donde gobierna un partido progresista o de izquierdas. La reacción de Petro ante la ofensa escenificada fue tan mesurada como elegante: “Esto no es un insulto a mí, es un insulto a Colombia, dado que el voto popular y la Constitución me hacen el representante de la unidad de la nación”, tuiteó el mandatario colombiano. Ya no cabe ninguna duda: Vox es un peligro público para la seguridad nacional.

Las ideas son sagradas y cada partido puede opinar lo que quiera sobre los diversos temas y asuntos que conciernen al país. Si creen que “Petro es a Colombia lo que Otegi a España”, “un terrorista no arrepentido” que no se merece el collar de Isabel la Católica, está en su perfecto derecho. Allá cada cual con sus pensamientos turbulentos y exaltados. Pero lo que no se puede permitir, bajo ningún concepto, es que un grupo de políticos poseídos por el fervor patriótico vayan por libre, al margen de la estrategia internacional de un país, poniéndonos a todos en serio riesgo de confrontación con otro estado. El manual de protocolo y buenas formas en las relaciones exteriores hay que cumplirlo siempre y a rajatabla. Lo contrario, ir declarando la guerra a otros que a uno le caen mal, aquí y allá, va contra el interés general de España y nos aboca a sufrir una crisis diplomática tras otra. No se trata de ponerle una jaima a un dictador sanguinario, como hicimos con Gadafi (el líder libio quedó tan encantado con Aznar que hasta le regaló un caballo), ni de invitar a comer a Putin en el Palacio de El Pardo ahora que estamos en guerra con Rusia. Pero las razones de Estado obligan a mantener unas mínimas relaciones cuando menos cordiales, decorosas, con cualquier nación, por encima de los contenciosos y conflictos que permanezcan abiertos.

No lo entiende así Vox, que va por el mundo como aquel españolito presuntuoso, imperialista y algo chuleta de antes, o sea a pecho descubierto y gritando a mí la Legión contra el primer guiri que en el tardofranquismo se cruzaba en su camino en las playas de Torremolinos. Cualquier día a Abascal se le mete entre ceja y ceja que hay que declararle un casus belli al Reino Unido para recuperar el Peñón y todos a pegar tiros contra la Pérfida Albión. Ya estamos viendo a Ortega Smith reptando frente a las alambradas de los llanitos, con la rojigualda al hombro y una escoba a modo de escopeta, como en Gibraltar español, aquel gag antológico de Manuel Summers de To er mundo é… ¡mejó!

Imaginemos por un momento que el iracundo Abascal fuese hoy ministro de Asuntos Exteriores, en calidad de mano derecha de la coalición PP/Vox de Feijóo, y que se hubiese visto en la tesitura de tener que representar al Gobierno español en la ceremonia de coronación de Carlos III. Este es capaz de plantarse delante de King Charles, en medio de Buckingham Palace, para exigirle la devolución de la plaza perdida en Utrecht y estalla otro Trafalgar. Como el Caudillo de Bilbao no guarda las formas, como no tiene medida, como hace lo primero que le pide el cuerpo patriótico sin reparar en las consecuencias, ahora mismo estaríamos metidos en otra refriega con los ingleses. Todo eso es consecuencia, sin duda, de los malos libros de Historia que lee esta gente de la extrema derecha. Como se han tragado doblados los tochos delirantes de Moa, Vidal y otros, creen que todavía existe aquello de la Armada Invencible, y que ha llegado la hora de invadir Inglaterra para hacer grande España otra vez. El trumpismo es que ha hecho mucho daño al personal, oiga usted. Putin, otro revisionista a calzón quitado, acaba de decir, durante el Día la Victoria, que Rusia liberó a Europa del yugo nazi, como si los norteamericanos nunca hubiesen desembarcado en Normandía. No debe haber visto Salvar al soldado Ryan, el peliculón de Spielberg.

Si Vox llega al poder algún día estamos perdidos. Dios quiera que Feijóo no le dé nunca la cartera de Exteriores a Abascal, ese hombre pendenciero con la comunidad internacional, porque entonces no ganaremos para guerras por su mala cabeza. Por la mañana deja plantado a Petro pese a que Felipe VI lo invita a cenar por la noche, a la semana siguiente le da un pañuelazo a Maduro en la mejilla, retándolo en duelo, y el mes que viene declara abiertas las hostilidades con el México de López Obrador (por negrolegendario y antiespañol) o contra los rifeños para recuperar el Protectorado. Iríamos de batalla en batalla hasta la derrota final contra las naciones amigas y enemigas en pos del pasado glorioso de la patria. Qué peligro tiene esta gente. 

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA JUSTICIA SOCIAL

(Publicado en Diario16 el 9 de mayo de 2023)

Isabel Díaz Ayuso cree que la lucha de clases es un “invento de la izquierda” que promueve la cultura de la envidia. Así es el ayusismo trumpista, un virus disparatado que lo corroe todo, desde la sensatez y el sentido común hasta los conceptos más básicos de la historia y la economía.

Que la sociedad está jerárquicamente organizada en diferentes clases es algo intrínseco al capitalismo mismo, a la división del trabajo, eso lo sabemos desde Marx. Unos, los menos y más privilegiados, las estirpes de rancio abolengo y nuevos ricos, ocupan la cúspide de la gran pirámide mientras que otros, los más, el pueblo, la inmensa masa social, las pasan canutas para sobrevivir. Esa injusta organización, y el control de los medios de producción por parte de las élites, provoca tensiones, conflictos milenarios no resueltos que se van perpetuando de generación en generación.

A día de hoy, en pleno siglo XXI, las contradicciones del sistema no solo no han sido resueltas, sino que el capitalismo globalizador las ha agravado, aumentando la brecha entre ricos y pobres. Por eso hay bolsas de pobreza al lado de lujosas mansiones en una misma ciudad y en un mismo pueblo; por eso hay países ricos que esquilman y otros que son esquilmados y reducidos a la categoría de estados fallidos anclados en la Edad Media. Y por eso el mundo es y será una porquería, en el quinientos seis y en el dos mil también, como decía Enrique Santos Discépolo en su célebre tango Cambalache. Ayuso no tiene más que darse un paseo por la Cañada Real para entender que ese modelo económico capitalista decadente está más vivo que nunca.

La presidenta madrileña sabe perfectamente cómo funcionan las cosas. Que el pez grande se come al chico; que el adinerado hace lo que quiere y el pobre, lo que puede; que el rico de todos es honrado mientras que el pobre es de todos despreciado, mayormente por políticos arrogantes, faltones e insensibles como ella que se mofan de la miseria ajena. Todo eso lo sabe la presidenta de la Comunidad de Madrid. No radica ahí el problema. La cuestión es que MAR le ha dicho que esto de la política es un juego que consiste en provocar todo el rato –convirtiendo la realidad en un mundo al revés, trastocando la verdad y empleando la retórica hueca para seducir a las masas desencantadas en una determinada ideología, en este caso la ultraliberal reaccionaria de la corriente castiza–, y ella se ha tomado las instrucciones del spin doctor al pie de la letra. Pero a nosotros no nos engaña ya. Nosotros estamos en tercer curso de Ayuso y nada de lo que haga o diga puede sorprendernos a estas alturas. Sabemos de qué rollo va; cuál es su burda estrategia; en qué consiste su plan.

Ayuso es Trump vestido de mujer, una señora faltona y hater (como demostró hace unos días, cuando echó a patadas de la tribuna a un ministro en medio de un acto oficial), una digna representante de los vulgares tiempos de la posmodernidad que nos ha tocado vivir. Su primer mandamiento político es el negacionismo por sistema, o mejor, antisistema; el segundo, promover la cancelación de cada cosa que tenga que ver con la izquierda, aunque se trate de grandes conquistas sociales que han ayudado a que el ser humano goce hoy de unos derechos que no tenía hace cien años, cuando mandaban los antepasados de Ayuso. Por eso somete a revisionismo todos y cada uno de los valores y nobles ideas progresistas: el Estado de bienestar al que es alérgica; el cambio climático en el que no cree (le encanta la boina negra de contaminación que planea sobre Madrid); el feminismo que odia porque atenta contra el estatus quo del patriarcado que defiende; las formas alternativas de familia (como buena ursulina se debe al lobby católico); y el más importante de todos, la lucha de clases, que ha sido el gran motor en la tortuosa odisea del proletariado por romper las cadenas de la esclavitud.

Si hoy un obrero es un sujeto de derechos, una persona y no un animal de carga, como ocurría antaño, cuando el señor feudal o cacique del lugar se elevaba poco menos que como un Dios sobre el pueblo oprimido, miserable, analfabeto y enfermo que le rendía pleitesía, es precisamente porque hubo batalla, guerra, sangre derramada y cruenta revolución. Todo eso lo consiguió la izquierda, mal que le pese a Ayuso, no las clases altas, ni la burguesía o la nobleza a la que ella representa. Toda la justicia social que podamos disfrutar hoy, mucha o poca (bastante si tenemos en cuenta que el obreraje se hacinaba en establos malolientes hace solo un siglo y hoy posee casa, coche, televisor de plasma y nómina) la ganaron para las futuras generaciones los socialistas, los comunistas, los anarquistas, los sindicatos, todos y cada uno de aquellos hombres y mujeres a los que no les quedó otra que echarse a la calle, a las barricadas, para darle pan a sus hijos. La justicia social no la trajo Franco con su millón de muertos y su país rebosante de cárceles y escombros, tal como pretenden los Pío Moa, César Vidal y Tamames (la escuadra de revisionistas de cabecera de Ayuso), sino la izquierda en imparable, constante y silenciosa revolución.

Claro que la presidenta madrileña sabe perfectamente que la justicia social es un derecho inalienable de todos los españoles, tal como establece la Constitución del 78, y no una invención de rojos bolcheviques. Aunque pueda parecer lo contrario, Ayuso no es ninguna indocumentada, como a veces la pintan los medios de comunicación. Ha ido a la universidad y algo de historia leyó en sus tiempos mozos en la Complutense, aunque solo fuese por ir pasando exámenes. El problema no es ese. La cuestión es que como buena radical de derechas que es, como exaltada extrema que ve marxistas en todas partes o dice que los ve porque en eso consiste el juego, se ha abrazado a una suerte de trumpismo madrileño loco y ciego que la ha terminado convirtiendo en una máquina de decir sandeces, ocurrencias y provocaciones para evitar que se hable de lo realmente importante para una región o país, como es el derrumbe de la Sanidad pública, entre otras cosas. Personajes como ella vienen a demostrar que la lucha de clases es, hoy por hoy, más necesaria que nunca.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA ENCRUCIJADA DE PODEMOS

(Publicado en Diario16 el 8 de mayo de 2023)

Si Podemos salva los muebles, Pedro Sánchez resiste; si los morados se hunden, el presidente socialista será historia. La clave de las próximas citas electorales, locales y nacionales, reside en el destino que pueda correr el partido fundado por Pablo Iglesias. Dos territorios simbolizan esa diabólica coyuntura para la izquierda española: Madrid y Valencia.

En la comunidad madrileña parece claro el triunfo de Isabel Díaz Ayuso. Ni siquiera las movilizaciones de sanitarios y ciudadanos contra el desmantelamiento de la Sanidad pública le pasan factura en las urnas. De hecho, a casi la mitad de los votantes ayusistas le importa más bien poco lo que pase en los centros de salud y hospitales estatales, según se desprende de las últimas encuestas. Son usuarios de la privada y están más preocupados por mantener sus privilegios y supuestas libertades (la vida ácrata de Madrid, con sus terrazas, tapas y cañas) que de sostener el Estado de bienestar. El problema es que la lideresa castiza no tiene asegurada la mayoría absoluta. Y sin ese preciado trofeo, sin las dos orejas y el rabo, su proyecto político expansivo para España (o mejor dicho, el proyecto que Miguel Ángel Rodríguez ha diseñado para ella) pierde fuerza como una botella de champán mal descorchada. Ayuso necesita una victoria arrolladora, el cielo o la nada para, por un lado, demostrar su potencia dentro del partido frente a un Feijóo algo marchito y cuestionado, y por otro, para firmar el certificado de defunción del sanchismo. Ese doble objetivo, ese sueño obsesivo, aún no lo tiene en la mano. Salvo que Podemos se hunda y la beneficie con una inesperada pedrea electoral.

Todas las encuestas apuntan hacia una misma idea: Ayuso acaricia la mayoría absoluta mientras que el partido morado podría no alcanzar el 5 por ciento de los votos, la dramática frontera que permite a una fuerza política su entrada en las instituciones (en este caso la Asamblea regional) o la deja fuera de juego. Si Podemos logra superar ese techo electoral cosecharía un puñado de diputados, arrebatándole la absolutísima a la presidenta madrileña. Si no lo consigue, a la presidenta le lloverán, sin quererlo ni beberlo, unos cuantos escaños más. Curiosamente, el partido del 15M fue decisivo en la política española en sus momentos más álgidos y lo sigue siendo ahora, en sus horas más bajas.

Algo parecido ocurre en Valencia. El Partido Popular tiene prácticamente ganada la batalla de Madrid, pero sin la Comunitat su asalto a la Moncloa, en las generales, podría verse frustrado. El eje Madrid-Valencia fue fundamental en las grandes victorias populares, primero con Aznar y más tarde con Rajoy. Los sondeos de cara al 28M son meridianamente claros en ese sentido. De celebrarse hoy las autonómicas, la izquierda revalidaría el Gobierno valenciano, llamado “pacto del Botànic”, aunque por un estrecho margen. Apenas unas décimas separan a Ximo Puig del Palau de la Generalitat, y esos valiosos decimales son los que pueden sumar o restar los diputados de Podemos. Una vez más, la maldita barrera del 5 por ciento decantará la balanza a uno u otro lado. Si los morados superan ese muro, Puig revalidará el Govern del tripartito PSPV/PSOECompromís-Podemos. Si se quedan a las puertas, el PP podría gobernar en coalición con Vox. Nunca cinco candidatos, los que se están jugando los podemitas, fueron tan decisivos. Puig es perfectamente consciente de que si gana lo hará por los pelos, un milagro de la Geperudeta, y a esta hora contiene la respiración.

Entre tanto, los dos bloques, izquierdas y derechas, siguen ultimando sus estrategias de campaña. Pedro Sánchez se ha volcado en vender mucho optimismo, buena gestión económica (las cifras del paro le acompañan) e interesantes ofertillas de última hora, como esa deducción del 20 por ciento de las hipotecas, a través de créditos ICO, en la compra de vivienda para jóvenes y familias vulnerables. Lástima que cada vez que se saca un conejo de la chistera, como un improvisado mago o prestidigitador, ahí está Belarra para afearle el truco y explicárselo, punto por punto, a los españoles. Ayer mismo acusó al presidente del Gobierno de querer fomentar la espiral hipotecaria para endeudar a las familias. La líder de Podemos es casi tan dura como Feijóo cuando reparte estopa al PSOE (en las últimas horas lo ha tachado de “partido timorato” entregado al capital) y por momentos se le olvida que sigue siendo ministra, que está en el mismo barco de Sánchez, y que el enemigo es otro, mayormente la derecha. Es evidente que aún no se ha dado cuenta de que ese discurso cainita contra los socialistas desmoviliza y divide a la izquierda, y ahí reside una de las razones principales de que Podemos esté peleando por agarrarse al clavo ardiendo del fatídico 5 por ciento para no quedarse fuera de las instituciones en Madrid y Valencia.

Mientras tanto, Feijóo sigue construyendo su relato a base de un solo y único eslogan: acabar con el sanchismo. De programas y propuestas concretas para el país no suele hablar. El PP se ha trumpizado tanto que sus prebostes ya se explican como los republicanos yanquis, con coletillas y topicazos facilones que lleguen de forma directa a las mentes confusas de los españoles. En el PP se ha abierto una competición entre feijoístas y ayusistas por ver quién es más simplón y demagógico. Son los signos de los tiempos líquidos que nos ha tocado vivir, la nueva política infantilizada y naíf que tanto daño está causando a la democracia.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

OTRA VEZ LAGARDE

(Publicado en Diario16 el 5 de mayo de 2023)

¿Se acuerdan de Christine Lagarde, la decimoséptima mujer más poderosa del mundo, según la revista Forbes? En 2012, el Fondo Monetario Internacional, dirigido por esa dama de aspecto antipático y envarado de señorita Rottenmeier, llegó a sugerir que el problema de la economía global era que la gente vivía mucho, con el consiguiente gasto social y en pensiones. Aquellos análisis ultraliberales provocaron una auténtica ola de indignación popular en todo el mundo y Juan Carlos Monedero llegó a espetarle a la jefa del FMI “¡danos ejemplo y muérete!”, que tampoco es que fuese muy elegante, pero al hombre le salió del alma.

Ayer, Lagarde (Lagarta la llaman muchos españoles en la calle) –esta vez en calidad de presidenta del Banco Central Europeo–, volvió a situarse en el centro de la polémica al recordarnos que los tipos de interés van a seguir subiendo, con el consiguiente encarecimiento del dinero, de las hipotecas, en general del coste de la vida, ya de por sí muy achuchada. O sea, que la señora vuelve a tomarla con el pueblo, que a fin de cuentas es quien paga los platos rotos de cada subida de interés. En una rueda de prensa tras una importante reunión del organismo que dirige, la responsable de la mayor entidad financiera europea nos lo dejó meridianamente claro: “Está muy claro que el BCE no está pausando. Sabemos que aún queda terreno por recorrer”. Ya puede echarse a temblar, sufrido lector de esta columna. Cuando a Lagarde se le mete una idea entre ceja y ceja estamos perdidos.

Con ese funesto augurio, la banquera de banqueros viene a decirnos que, cuando ya pensábamos que lo peor había pasado, seguimos estando en un ciclo de subida de tipos que no sabemos cuándo puede terminar. Ahora mismo el incremento del precio del dinero se ha situado a 25 puntos básicos, la menor de las siete subidas consecutivas de la tasa adoptadas por la institución desde el pasado mes de julio. Sin embargo, en cualquier momento vuelve a darnos el sartenazo y a meternos otros 25 puntos más, algo que, de ocurrir, sería nefasto para las economías micro y macro (se dispararía el coste de los créditos a hogares y empresas) y la deuda del Estado. Solo aquellos grandes ahorradores que tengan buenos depósitos en el banco ganarían con la decisión, claro que, con la que está cayendo, ¿quién es el guapo que tiene más de cuatro euros en la cartilla? El español vive al día, los salarios siguen siendo bajos (Garamendi se niega a cualquier tipo de pacto de rentas) y la inflación, aunque se mantiene relativamente controlada gracias a las medidas intervencionistas del Gobierno, continúa ocasionando estragos en los bolsillos. Pues en ese contexto, a Lady Ultraliberal, a Miss Money, a la señora Lagarde (representante de las clases linajudas de esa Europa que solo se preocupa por las grandes fortunas), no se le ocurre otra cosa que gastar bromas con el temita. “Unos pensaban que era apropiado subir 50 puntos básicos y otros 25, pero no escuché a nadie pedir cero”, dijo explicando cómo fue la reunión con los distintos gobernadores financieros. Ya no cabe ninguna duda: Lagarde se ríe de todos nosotros.

Pocos ciudadanos saben realmente qué se cuece en el Banco Central Europeo y en qué manos están. Entre las funciones del BCE figuran diseñar la política monetaria de la zona euro. Además, tiene el derecho exclusivo de autorizar la emisión de billetes (los estados miembros pueden emitir monedas, aunque la cantidad debe ser autorizada de antemano por el BCE). Pero entre sus principales competencias está contribuir a “mantener un sistema financiero estable y a la vigilancia del sector bancario”. Y aquí es donde nos da la risa. Las crisis bancarias nos vienen ya de dos en dos. Unas se producen por contagio de entidades norteamericanas que se van al garete de la noche a la mañana. Otras se incuban aquí, en la vieja Europa.

No hace mucho el sistema bancario suizo sufría un terrible terremoto con el hundimiento del Credit Suisse, la en otro tiempo prestigiosa entidad helvética que ha tocado fondo tras años de escándalos, corrupción y nefasta gestión bancaria. Dicen que algunas de las fortunas de los más grandes delincuentes económicos mundiales se encuentran en las cajas fuertes de ese banco a punto de irse a la quiebra. El 9 de febrero de 2023, un mes antes de la quiebra del Silicon Valley que desató el pánico financiero en todo el mundo, el Credit registró una pérdida anual de 7.300 millones de francos suizos, la mayor desde la crisis financiera de 2008. Esa desastrosa situación contable fue definida por los auditores con un fantástico eufemismo: “debilidades materiales” en los controles sobre la información financiera. Las acciones se desplomaron un 25 por ciento. Y si el UBS no llega a comprarlo de urgencia, solo Dios sabe dónde estaríamos ahora. Probablemente en otro crack y en otra recesión histórica de consecuencias calamitosas. ¿Dónde andaban la señora Lagarde y sus magníficos augures y arúspices incapaces de prever un problema sistémico con antelación? Ni siquiera olieron lo que se nos venía encima.

Con esta séptima subida, otra gaita o puñeta más que nos hace la señora Lagarde, el precio del dinero se sitúa en su nivel más caro desde 2008. Prosigue por tanto el endurecimiento de la política monetaria en la UE, que una vez más recaerá sobre los débiles según el librillo de la maestrilla Lagarde, esa mujer liberal que rechazó la reestructuración de la deuda griega, que allá donde ha estado suavizó las leyes contra la especulación bancaria y que fue declarada culpable por negligencia en el escándalo Tapie. Ahí es nada. Y luego algunos ingenuos se preguntan por qué los chalecos amarillos franceses están quemando ayuntamientos.

Viñeta: Bohigues

EL PLACAJE

(Publicado en Diario16 el 4 de mayo de 2023)

El Partido Popular ha derivado hacia una suerte de gamberrismo político. ¿Qué quiere decir eso? Que cumple la ley cuando le viene en gana, que ya no reconoce autoridad alguna más que la santa voluntad de sus dirigentes, que se ha convertido descaradamente en un partido antisistema. Suena fuerte, pero es así.  

Hay ya abundantes ejemplos que avalan la tesis con la que comienza este artículo. Así, llevan años negándose a pactar con el Gobierno la renovación de los altos cargos del Poder Judicial, situándose al margen de la Constitución; se han rebelado contra el comisario europeo de Medio Ambiente, al que ya le han dicho que no piensan cumplir con las directivas de Bruselas sobre Doñana; han anunciado que no acatarán la nueva ley de vivienda por podemita; y el pasado Dos de Mayo, durante los actos de la fiesta local de Madrid, se permitieron hacerle un placaje de rugby a un ministro antes de echarlo a patadas del palco de autoridades simplemente porque les dio la gana, porque les cae mal y porque estamos en campaña electoral y esas animaladas gustan mucho a la parroquia madrileña ultra. Hay muchos más ejemplos, pero para qué seguir.

En el PP se han echado al monte, se han vuelto trabucaires sin complejos, se han abrazado al macarrismo trumpista, ácrata e insumiso. Han degradado las instituciones y la democracia hasta niveles como no se veía desde hace casi cien años, cuando aquella derechona del bienio radical-cedista –la CEDA, los agrarios, los tradicionalistas, los alfonsinos de Renovación Española, más los fascistas de Falange Española y del Partido Nacionalista Español– reventaron la Segunda República desde dentro boicoteando cualquier tipo de avance o reforma en su afán de reinstaurar la monarquía borbónica.

De una forma o de otra, la derecha española siempre retorna a la caverna, no consiguen hacer la necesaria evolución moderada a la europea y hoy constatamos con estupor un revival de este extraño fenómeno, una maldición milenaria para este país. La causa de la actual deriva extremista no es otra que Isabel Díaz Ayuso, que ha adoptado el manual voxista endureciendo las formas y el fondo. La lideresa castiza agita lo peor de la víscera, las tinieblas de la calle, para derrocar a Sánchez mediante tramposas maniobras y performances de todo tipo. Su celada del Dos de Mayo, un burdo montaje en el que el ministro Bolaños cayó de cabeza, como un político inocente y bisoño, todo hay que decirlo, consistió en algo tan simple como colocar a un par de lacayos a la entrada del local para que solo entraran los suyos. Esa imagen de Alejandra Blázquez, responsable de protocolo de la CAM, impidiéndole el paso al titular del departamento de Presidencia, quedará como un símbolo perfecto de los tiempos trumpistas que nos ha tocado vivir. Está claro que Blázquez era solo una mandada y que no hacía más que lo que le había ordenado su jefa. Hoy, la amada líder le dice que se lance al tobillo de Bolaños y muerda y mañana le encomienda cualquier otra misión imposible. Y ella a mandar. Por una nómina de 71.000 euros de vellón se hace cualquier cosa, hasta zarandear a todo un ministro de España como un pelele si es preciso. Y no lo cogió de la pechera, gritándole aquello de “¿eres tonto o qué?”, de puro milagro. ¿Dónde estaban los guardaespaldas de Moncloa responsables de garantizar el orden? ¿Por qué los servicios de seguridad no advirtieron a esa señora de que se le estaba subiendo el cargo a la cabeza y que se encontraba a un paso de meterse en un lío con la Justicia por darle un meneo y tratar como una mierda a una de las más altas autoridades del Estado? Se desconocen todas esas cuestiones. Ahí hay un buen tema de investigación, compañeros de la prensa: averiguar por qué no se llamó de inmediato a una pareja de la Guardia Civil para poner en su sitio a la Blázquez y advertirle de que no eran formas. En esa línea, apunta una idea interesante el escritor y periodista Antón Losada: “La jefa de protocolo de la comunidad de Madrid tenía que haber dormido en el cuartelillo”.

Ayuso tiene en Alejandra Blázquez a una fiel centuriona dispuesta a todo y hoy le ordena hacerle una llave de judo a Bolaños, sin piedad, y mañana le encarga otro trabajito o cometido suicida, como echarle la zancadilla a Irene Montero al salir del Ministerio, ponerle un cepo a Belarra en la Castellana o echarle un lazo de rodeo a Sánchez a la puerta de la Moncloa. Y ella sin rechistar. Así funciona el Reichskommissariat ayusista.

El PP madrileño ha caído en la cuenta de que, si quiere robarle voto a Vox y reconquistar España, hay que ir a un nuevo estadio o fase mucho más dura, falangista y expeditiva de la situación, pasando de la fuerza política democrática, que es un rollo, a la fuerza bruta y coercitiva en el sentido más estricto y apasionante del término. Al igual que José Antonio propuso la dialéctica de los “puños y las pistolas” como forma de alcanzar los objetivos, el equipo de asesores de Ayuso abandona ya la diplomacia, el protocolo y las buenas formas del Estado de derecho para adoptar el empujón, el codazo y el barrigazo como nuevo protocolo de trabajo. En realidad, es la estrategia del bloqueo al Gobierno de Casado y Feijóo, solo que llevada al extremo, es decir, bloqueando al adversario en plena calle literalmente.

El empellón y la zancadilla va a ser el gran legado del ayusismo y sus diligentes funcionarios de la Real Casa de Correos, lo cual no deja de suponer una degradación más de las instituciones democráticas. Acierta García-Paje cuando dice que lo que está pasando de la M30 para dentro, la neurosis ayuser, se está convirtiendo en un grave problema de convivencia en España.

Viñeta: Iñaki y Frenchy