domingo, 25 de febrero de 2024

LOS INDEPES DEL PP

(Publicado en Diario16 el 14 de diciembre de 2023)

Baja la inflación, suben las pensiones, crece la economía y sin embargo da la sensación de que España puede reventar en cualquier momento. Las derechas, con su política distópica solo apta para mentes conspiranoicas, están consiguiendo instaurar la ficción de que este país es una dictadura bolivariana controlada por un dictador peligroso y psicópata. El último episodio de esa realidad alternativa ultrarreaccionaria fue el ridículo monumental que populares y voxistas hicieron ayer en el Parlamento Europeo, un foro que Feijóo y Abascal tratan de convertir en otro Senado español para debatir asuntos nacionales que a la mayoría de los europeos les interesan poco o nada. Cualquier día llevan a la Eurocámara una moción para organizar corridas de toros en Estrasburgo y se quedan tan anchos.

España, capital Bruselas. Esa consigna, la internacionalización del conflicto catalán y la amnistía, es la que se impone estos días en Génova 13. Ni en sus sueños más húmedos hubiese pensado Carles Puigdemont que lo que no pudo conseguir él –que la UE le hiciera caso para que se hablara de su proyecto de republiqueta–, lo está logrando la derechona ibérica de toda la vida. Lo mejor que le podría ocurrir a este país sería superar por fin el cansino y tedioso procés, llegar a acuerdos con el mundo indepe para reconducir la cuestión hacia la vía política/pacífica y pasar página de una vez por todas. Sin embargo, PP y Vox se han empeñado en que sigamos anclados en 2017 y le están haciendo una propaganda en el extranjero a los soberanistas que ni cien procesos unilaterales de independencia.

El eje central del procés puesto en marcha por Artur Mas, Torra y Puigdemont consistía en sacar el conflicto de España, internacionalizarlo, colocarlo en las instituciones europeas con la esperanza de convencer a los jerarcas de Bruselas de que España es un país opresor que trata a los catalanes peor que Israel a los gazatíes. El objetivo último era lograr el reconocimiento de Cataluña como Estado soberano independiente, pero aquella estrategia devino en un rotundo fracaso y salvo Abjasia, Osetia del Sur y el iluminado de Nicolás Maduro ninguna nación apoyó la creación de la República de Cataluña (un dislate que duró solo 8 segundos, el tiempo justo que tardó Puigdemont en proclamarla, suspenderla y largarse a Waterloo en el maletero de un coche).

Hoy la situación en aquellas tierras levantiscas está bastante más apaciguada que en tiempos de Mariano Rajoy (los indultos, los recientes acuerdos PSOE/Esquerra/Junts y la previsible amnistía a los encausados por los disturbios y tumultos han contribuido en buena medida a desinflamar el tumor), pero ahora es el Partido Popular, en un alarde de loca y ciega irresponsabilidad, el que ha tomado el relevo de la famosa “internacionalización del conflicto” para que el asunto siga vivo. Los populares saben que el problema catalán no le dará votos en Barcelona, pero en Madrid la polémica es un filón. Y en esas anda metido el principal partido de la oposición, en mantener crepitante la llama de la discordia (jugando con el fuego) hasta las próximas elecciones generales, si es preciso.

Lo de ayer en Estrasburgo fue un esperpento de difícil digestión. Ver a Dolors Montserrat, la rapsoda oficial del partido, recitando odas, romances y soflamas nacionalistas sobre la gloriosa patria española, al más puro estilo de la superada poesía romántica y decimonónica de Espronceda (con algunos toques de Pemán), resultó algo patético. Solo le faltó decir que Sánchez es un pirata y que los patriotas españoles van a dar hasta la última gota de su sangre para hacerle frente con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela y un velero bergantín genovés… Por cursilería que no quede, le cedemos la idea a la poetisa Dolors, por si quiere utilizarla para su próximo sainetillo en la Eurocámara. Y sin cobrarle derechos, para que vea que somos generosos.

Probablemente, la exministra de Sanidad y sus compañeros de grupo parlamentario están convencidos de que con esta performance bien dramatizada convencerán hasta al último europeo del más recóndito rincón del viejo continente de que España es lo más grande, que está en peligro y que es preciso defenderla en una nueva cruzada nacional. El problema es que, aunque para ellos esto de la amnistía es el apocalipsis y el final de los tiempos, a un checo, a un polaco, a un estonio o a un letón le importa un bledo lo que pase de Pirineos para abajo, tal como se vio en la sesión de ayer. Muchos diputados se quejaron amargamente a la Presidencia de la mesa de que ya está bien de zarzuelas españolas en la Eurocámara, que allí se va a hablar de las cosas importantes, de la inflación, de la crisis energética, del cambio climático, de las matanzas de Putin y Netanyahu. Sin embargo, PP y Vox siguen erre que erre con la matraca de la amnistía, pese a que hasta el comisario Didier Reynders les ha dicho que es “un problema interno de España” y que lo dejen estar. Ya han desvirtuado las instituciones españolas hasta el punto de ensuciar con su trumpismo faltón el significado auténtico de la democracia, que ni les gusta ni la entienden, y van camino de cargarse también la UE con su euroescepticismo de nuevo cuño. Son como una plaga.

De la bochornosa sesión de ayer –en la que se evidenció el retorno del triste complejo del español cateto y tercermundista que parecía felizmente superado, aquel Vente a Alemania, Pepe del landismo de boina de pana y gallina (en este caso en su versión Vente para Bélgica, Alberto)– quedan varias cosas. Queda una imagen terrible para la marca España (que dejó saciado y henchido de placer a Puigdemont); queda una señora cursi gritando “España no se rinde” entre gestos y aspavientos de diva desafinada de opereta mala; y queda un Pedro Sánchez que supo estar a la altura poniendo el toque del buen demócrata y del estadista de altura al dirigirse a Manfred Weber, portavoz de los populares europeos, para decirle: “¿Devolverían ustedes las calles dedicadas al Tercer Reich como hace Vox con los franquistas?” Touché.  

Viñeta: Iñaki y Frenchy

NEURONA

(Publicado en Diario16 el 14 de diciembre de 2023)

¿Se acuerda el fiel lector de esta columna del caso Neurona? Sí hombre, aquella denuncia que acusaba a Podemos de valerse de una tapadera en forma de consultora mexicana para desviar fondos electorales al partido. Pues bien, se ha archivado. Tres años después, el juez Escalonilla da carpetazo al asunto y libera de cualquier responsabilidad penal a los dirigentes morados, entre ellos Juan Carlos Monedero, que sale absuelto. Ni apropiación indebida, ni financiación ilegal, ni facturas, ni caja B, ni nada de nada. ¿Y qué cara se nos queda ahora?

Más allá de la responsabilidad de los dirigentes políticos en el descalabro del proyecto que nació al albur del movimiento 15M y de las movilizaciones de los indignados, ya solo cabe decir una cosa: a Podemos se lo ha cargado el establishment, el bipartidismo, el sistema. Para que luego digan que no hay lawfare o guerra sucia judicial en este bendito país. Años después, cuando el daño ya está hecho y la reputación de los procesados destruida, veremos cómo todos aquellos líderes de la derechona que en su día hicieron de este montaje el escándalo del siglo callan como frutas, por utilizar el lenguaje ayusista. Y también podremos comprobar cómo algunos medios de comunicación que se subieron alegremente a la caza y linchamiento del rojo piden disculpas ahora por no haber cumplido con la debida diligencia profesional en el tratamiento de la noticia. Poco importa ya. El montaje consiguió lo que se proponía: desplegar una cortina de humo sobre los múltiples casos de corrupción que asolaban al PP (caja B del tesorero Bárcenas incluida), arruinar unas cuantas carreras de prometedores jóvenes de izquierdas que llegaban con ganas de cambiar las cosas y frenar el auge imparable de Podemos.

Hoy el partido fundado por Pablo Iglesias no es más que chatarra inservible, un juguete roto (o eficazmente dinamitado), un proyecto fracasado por la maldad de unos (los enemigos externos de siempre) y la incompetencia de otros (los internos que han dirigido los destinos del partido con escasa pericia y visión teniendo en cuenta que esa fuerza política ha pasado de 71 diputados a solo 5 en apenas una legislatura). No verán ustedes estos días ni grandes titulares sobre el archivo de la causa, ni extensos análisis sobre el asunto, ni encendidos editoriales pidiendo cabezas y un treinta y seis para frenar el comunismo bolivariano. Algunos, allá por el año 2020, ya advertimos de que todo esto del caso Neurona despedía un fuerte hedor a complot, a cloaca judicial o lawfare (entonces pocos sabían lo que significaba ese palabro que en la actualidad anda en boca de todos) y así lo denunciamos en Diario16. Entonces nos llamaron podemitas, vendidos a Maduro, amigos de corruptos, panfletarios, abducidos por la secta y no se sabe cuántas cosas más. En realidad, no hacía falta ser Bob Woodward ni ningún aguerrido reportero de investigación del Washington Post para sospechar que aquel Watergate de poca monta, en medio del vendaval de mugre que se cernía sobre Génova por sus múltiples casos de corrupción, era un bluf y al final quedaría en nada. Así ha sido.

En nuestra serie de informaciones sobre Neurona nos bastó con atar unos cuantos cabos para concluir que blanco y en botella leche. Cualquier periodista que ha husmeado alguna vez en los informes anuales del Tribunal Cuentas sabe perfectamente que el cúmulo de defectos, irregularidades, chapuzas y basura que nuestros partidos políticos han ido acumulando con el paso del tiempo da un material suficiente como para abrir cien causas judiciales. Facturas que no encajan, donaciones de particulares y empresas que no se justifican, libros de contabilidad que no cuadran y dinero que sobra o que falta, han estado presentes, a la orden del día, desde prácticamente los albores de la democracia. Esto fue así durante décadas y si la Justicia se hubiese puesto manos a la obra y seria con la financiación hoy estarían, desde el primero hasta el último, todos los partidos clausurados.

Sorprendentemente, nadie en el peculiar mundo de la Justicia española se olió la tostada de la trama Gürtel (un gigantesco caso de corrupción a nivel estatal con cientos de millones en comisiones y mordidas por el que el PP fue finalmente condenado), pero supo detectar el rastro de unos contratillos con unas migajas poco claras en la casa del pobre, o sea en Podemos. Hicieron la vista gorda a la hora de ver la viga del grande, pero pusieron la lupa de máximo aumento en la paja del pequeño. No era necesario ser un lince para entender que aquello apestaba a operación orquestada para desacreditar a una fuerza emergente ante la que la derecha y la mayoría judicial conservadora sentían auténtico pánico porque venía a regenerar la política, a meter a unos cuantos de la casta entre rejas y de paso a repartir un poco mejor la riqueza del país. Para las élites reaccionarias, Pablo Iglesias era el gran Lucifer de la izquierda española, el personaje a destrozar como fuese y a toda costa. Podemos molestaba porque venía a terminar con el Régimen del 78, con el libre mercado, con la propiedad privada, con los privilegios de los ricos y con unas cuantas cosas más. Fue simplemente eso. Y luego nos tenemos que tragar que Sánchez quiebra el Estado de derecho. Demasiadas neuronas trabajando para el mal. Ese es el gran cáncer de nuestra maltrecha democracia.
 
Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA TUMBA CATALANA DE SÁNCHEZ

(Publicado en Diario16 el 13 de diciembre de 2023)

Lejos de amedrentarse ante el matonismo retórico de Abascal, Sánchez aprieta el acelerador. En las últimas horas, mientras la ley de amnistía se tramitaba en el Congreso de los Diputados, el presidente del Gobierno daba la orden a los socialistas navarros de pactar con Bildu para arrebatarle la alcaldía de Pamplona a UPN, socio preferente del PP. De inmediato, Feijóo calificaba el acuerdo de “pacto encapuchado”, volviendo a colgarle el cartel de bilduetarra al jefe del Ejecutivo. “Además de que nos han vuelto a mentir, es indignante que el PSOE entregue la alcaldía de Pamplona a un partido que lleva a asesinos en sus listas electorales. Este bochorno no se lo merece nadie”, arremetía el jefe de la oposición a su llegada al Parlamento. De modo que ya tenemos otro jaleo a la vista.

Esto es lo que nos espera a lo largo de la legislatura. Un presidente desatado que se defiende a dentelladas del zarpazo ultraderechista y un Partido Popular constantemente movilizado y sin conceder ni un solo momento de respiro al Gobierno de coalición. Crispación, ambiente de guerracivilismo permanente, el pollo y la trifulca como pan nuestro de cada día. ¿Cuánto tiempo más podrá resistir un país envuelto en llamas sin que ocurra algo de lo que tengamos que arrepentirnos? Y lo peor de todo es que no parece que ninguno de los actores en liza esté dispuesto a ceder, al menos en el corto plazo.

Sánchez, como ese animal acorralado, ha decidido morir matando, y en las próximas semanas vamos a ver su lado más duro y radical. Un presidente bunkerizado entre los más leales y con Óscar Puente marcando el territorio en plan dóberman de Moncloa. Un presidente intratable, huraño, torvo. Podemizado en las formas, que no en el fondo, ya que sigue siendo un socialdemócrata comedido y sin pasarse.

Feijóo, por su parte, continúa enfrascado en su competición con Vox para ver quién es más patriota y quién suelta la burrada más grande. En ese juego, el gallego tiene todas las de perder. Nunca podrá decir barbaridades como que los españoles terminarán “colgando por los pies” a Sánchez, tal como hicieron los partisanos con Mussolini, así que por ahí tiene perdido su mano a mano con Abascal. Lo lógico sería que el PP rompiera de una vez con la extrema derecha y virara hacia posiciones más moderadas, diferenciando su producto y su marca, pero nada cabe esperar de un hombre que ha colocado a los más pendencieros y ultras en la primera línea de combate, véase los Tellado, Cayetana, Rafa Hernando y otros. Con semejante alineación de leñadores seducidos por la motosierra de Milei la distensión se antoja poco menos que una utopía.

La cosa está cada vez más caliente. Los jueces han roto todo tipo de relaciones con el Gobierno y Carles Puigdemont amenaza con levantarse de la mesa de negociación de Ginebra para echarse otra vez el monte de la DUI. No le ha gustado nada al exhonorable que se haya dado marcha atrás a la hora de incluir el catalán como lengua oficial de la Unión Europea, así que las conversaciones PSOE/Junts pueden saltar por los aires en cualquier momento. En el partido soberanista empiezan a sospechar que un trilero muy habilidoso les prometió el oro y el moro y ahora si te he visto no me acuerdo. Sánchez se ha revelado como un buen jugador de mus ayudado de una pareja también ducha como Santos Cerdán. Ese enfado indepe explica en buena medida que ayer, en el Congreso, la portavoz de Junts, Miriam Nogueras, amenazara con llevar a comisiones de investigación, e incluso a los tribunales, a las llamadas “bestias negras” del independentismo catalán. En esa lista negra de los que supuestamente habrían practicado el lawfare judicial contra el mundo separatista estarían los jueces Manuel Marchena, Pablo Llarena, Carlos Lesmes o Concepción Espejel, a los que Junts califica como ”togados franquistas”; políticos y cargos policiales como el exministro Jorge Fernández Díaz, el exdirector del CNP Ignacio Cosidó o el coronel de la Guardia Civil Diego Pérez de los Cobos, responsables del operativo contra el referéndum de autodeterminación en Cataluña; y un ramillete de periodistas entre los que se encuentran Ana Rosa Quintana, Mauricio Casals y Antonio Ferreras. Nogueras los considera a todos ellos colaboracionistas del Estado español en un plan para acabar con Cataluña, de modo que exige purgas y caza de brujas.  

Es evidente que Puigdemont está empeorando de lo suyo. Muy loco tendría que estar Sánchez para darle al expresident lo que pide. Sentar en el banquillo a los poderes fácticos de este país sería tanto como firmar su propia sentencia condenatoria. Hoy mismo, los jueces conservadores ya le han enviado una carta más que amenazante. “Nos quieren poner el brazalete con las estrellas”, se quejan los magistrados más duros comparándose con los judíos víctimas del holocausto nazi. Últimamente a la derecha política y judicial de este país se le está yendo la mano con las metáforas. Todo vale en el burdo intento de retratar a Sánchez como el nuevo Hitler de nuestro tiempo. El histrionismo de la cúpula judicial no se sostiene, pero mal haría el presidente del Gobierno en hacer oídos sordos al ruido de sables en los juzgados y tribunales. Una gran conspiración se cierne sobre las espaldas del inquilino monclovita, que empieza a entender que no se puede gobernar con todo el clan del mazo y la campanilla haciéndole la puñeta. Quizá por eso está empezando a recoger cable en sus negociaciones con Junts. Sánchez sospecha que quizá haya ido demasiado lejos al concedérselo todo a Puigdemont, la amnistía, el lawfare, los 15.000 millones condonados, las comisiones de investigación sobre la Operación Cataluña, sobre la gestión del CNI en los atentados de Barcelona, sobre el espionaje Pegasus y dos huevos duros. Puede que Puigdemont sea un cadáver político, pero él no está dispuesto a terminar fiambre.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA BURBUJA DE LA AMNISTÍA

(Publicado en Diario16 el 12 de diciembre de 2023)

Patxi López ha defendido la amnistía en el Congreso de los Diputados como mejor ha podido, tirando de vergüenza torera y poniéndole un entusiasmo que por momentos sonó algo sobreactuado. A estas alturas de la película a nadie se le escapa que el perdón general a los cientos de encausados por las algaradas callejeras del procés ha causado un profundo desgarro en el PSOE y lo mejor que podía ocurrir era que el trance pasara para ir olvidándolo cuanto antes.

Esta vez Pedro Sánchez no estaba en su escaño. De manera que el honrado alegato del portavoz socialista perdió algo de fuerza. ¿Cómo defender que la amnistía es buena para el país si el presidente del Gobierno de España ni siquiera está presente en la toma en consideración de la ley? Un marrón más para Patxi.

López recurrió a lo que pudo para defender el texto legal más polémico desde la transición a la democracia. El portavoz vasco sabía que tan lícitos son los argumentos jurídicos a favor como en contra de la norma, así que tuvo que hacer filigranas retóricas y recurrir a la poética para tratar de quedar bien con los suyos (algo difícil si tenemos en cuenta que casi dos millones de votantes del PSOE están muy cabreados con la medida de gracia). En esa línea se entiende que el bueno de López haya tenido que recurrir a ideas manidas, como que la derecha juega a “meter miedo” al pueblo mientras que los socialistas buscan “integrar, comprender y sumar” para dar “esperanza” a la ciudadanía. Puro lirismo. Más allá de eso, su discurso fue un poco lo de siempre: la hipocresía, la mala educación, los tics antidemocráticos, la ley del embudo de la derechona… Cosas que se pueden decir en un debate sobre la amnistía o sobre la aprobación del subsidio agrario.

Feijóo, por su parte, fue a lo fácil. Al patadón y tentetieso. Lleva semanas instalado en el patrioterismo hooligan, así que no era el momento ahora de salirse del guion. Ha comprado el discurso ultra de pe a pa y ni siquiera ha tenido arrestos ni coraje suficiente para repudiar sin ambages los gritos y actos vandálicos de los grupos neonazis ante la sede de Ferraz. Así que el líder del PP subió a la tribuna de oradores a vender su libro, abriendo su intervención con una frase lapidaria: “La amnistía es una vergüenza nacional y un bochorno internacional […] Corrupción política” (y eso lo dice el líder del partido condenado por infinitas trapacerías y corruptelas). Superado el ruidoso trallazo del inicio, ni un solo argumento jurídico, ni un solo análisis de alguien que se supone va para estadista de talla. Sí, es cierto que habló de ruptura de la separación de poderes, de atentado al principio de igualdad, de quiebra del Estado de derecho. Todos esos titulares que valdrán para abrir la portada de OK Diario, pero que sonaron tan vacíos como abstractos, ya que en ningún momento entró a detallar cómo va a producirse todo ese apocalipsis o hundimiento del ordenamiento jurídico vigente. Hasta donde sabemos, la amnistía está a punto de aprobarse y la maquinaria de nuestra democracia sigue funcionando intacta y tal como siempre. Los jueces juzgan y hacen ejecutar lo juzgado, los fiscales acusan, los abogados defienden a sus clientes, el Tribunal Supremo conoce de los recursos que le van llegando y el Constitucional interpreta nuestra Carta Magna.

Nada ha cambiado ni va a cambiar tras la entrada en vigor de la polémica ley. Eso sí, a falta de argumentos jurídicos (que Feijóo no los tiene porque, para qué vamos a engañarnos, el líder popular tampoco es que sea un brillante experto en Derecho), aprovechó la sesión –envuelta en una atmósfera de modorra de sobremesa y de cierto desinterés porque el tema que ha incendiado España en las últimas semanas empieza a perder fuelle–, para soltar unos cuantos chascarrillos más o menos ingeniosos (efectivo ese momento en que le recordó a López, con mala baba, cuando en plenas primarias del PSOE humilló a quien hoy es su jefe con aquella famosa boutade: “Vamos a ver Pedro, ¿sabes lo que es una nación? ¿Sí? ¿Qué es?”). De cualquier forma, en ningún momento respondió a la pregunta del millón de por qué la amnistía rompe España. Y no lo explicará por dos motivos: porque repite la idea como un papagayo neofranquista, sin pararse a reflexionar lo que está diciendo, y porque cree que no sumarse alegremente a esa cantinela supone perder terreno respecto a Vox.

En todo momento se echó de menos un debate parlamentario de más alto calado, un intercambio de juicios jurídicos con aportación de legislación, doctrina, jurisprudencia y derecho comparado sobre el tema del que trataba la sesión. Hubiese sido interesante saber qué opina tal o cual constitucionalista, qué dicen los convenios internacionales al respecto, qué escribió ese experto jurista en aquel libro célebre. A fin de cuentas, para eso está el Parlamento, para aportar toda la información que reclama el ciudadano lego en la materia. Lamentablemente, ni a López, ni por supuesto a Feijóo, les interesaba entrar a profundizar en el fondo del asunto y, una vez más, al españolito de a pie se le hurtó el legítimo derecho a un debate serio, riguroso y sosegado lejos del ruido y la furia.

En resumen, la toma en consideración de la ley de amnistía no pasará a la historia como la “sesión más triste y decadente desde el 23F”, tal como la ha definido Feijóo. En todo caso como una de las más decepcionantes, tediosas y rutinarias que se recuerdan pese a que, paradójicamente, el asunto que se debatía había generado ríos de tinta, multitudinarias manifestaciones patrioteras y hasta asaltos a las casas del pueblo. Al final, el que iba a ser el gran tema llamado a derrocar el sanchismo se ha despachado con más pena que gloria. A Abascal le ha dado para cuatro minutos de odio y pare usted de contar (ya ni Feijóo le hace caso en el hemiciclo). Seguramente, y por falta de gancho, el debate no lo habrán visto ni el Capitán América falangista ni el soldado de los Tercios de Flandes, dos habituales de los aquelarres fachas de estos días. Cuando el Parlamento sustituye a la calle se impone la razón y el orden se restituye. Queda claro que la burbuja bien hinchada por las derechas empieza a desinflarse. Ya están buscando otro montaje en vista de que este no da para más.  

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LAS ELECTRAS MORADAS

(Publicado en Diario16 el 12 de diciembre de 2023)

Prosigue la sangría en Podemos. En los últimos días, más altos cargos del partido han abandonado sus puestos, consumando la desbandada general. Y todo ello mientras los cinco diputados del grupo parlamentario morado emigran al Grupo Mixto. Llegaron para asaltar los cielos y han terminado en el gallinero de Las Cortes como vulgares tránsfugas. Triste, muy triste.

Roberto Sotomayor y Carolina Alonso son los últimos en causar baja en la dirigencia después de que Irene Montero e Ione Belarra, las ministras defenestradas, se hayan negado a seguir con Sumar, la plataforma de Yolanda Díaz. En realidad, el programa electoral de morados y yolandistas no se diferencia en lo sustancial, así que estamos, ya lo hemos dicho aquí otras veces, ante cuestiones puramente personales. Los díscolos podemitas quieren mantener sus respectivas cuotas de poder y no hay más. Ellos tratan de convencer al electorado de izquierdas de que, empezando desde cero, rompiendo con el yolandismo sanchista, volverán a ser el partido de los 71 diputados y los cinco millones de votantes. La muleta fundamental sin la cual el PSOE se hunde y colapsa. Van por ahí vendiendo el pollino de que la remontada es posible, de que al final las aguas volverán a su cauce, y lo fían todo al ‘efecto Montero’, a quien algunas informaciones sitúan ya como candidata al Parlamento Europeo. Lo que no pudieron conseguir en España piensan alcanzarlo en Bruselas, a miles de kilómetros de distancia. “Regresar a los orígenes y recuperar la frescura”, esa es la nueva consigna que se quiere imponer a la militancia, a los inscritos y las inscritas. ¿Pero frescura de qué, si el proyecto está más marchito que una flor en medio del desierto? El adanismo de esta gente no se había visto antes.

Lo que le queda a Podemos es la nostalgia del recuerdo y mantener la ficción de que sin ellos no hay feminismo, como si la lucha por los derechos de la mujer hubiese empezado el 15M de 2011 y no en 1622 con la Igualdad de los hombres y las mujeres de Marie de Gournay. Hoy, los que se van lo hacen echando pestes de la actual cúpula directiva, a la que definen como algo endogámico, una empresa muy familiar, una especie de búnker para los últimos de Filipinas que se han atrincherado tras la derrota. Cualquiera con un mínimo de vergüenza torera se hubiese ido a su casa tras el descalabro de las autonómicas (cero representación en Madrid, cuna del movimiento), o se hubiese vuelto a la covachuela del funcionariado o a la universidad. Pero ellos no, son utópicos cabezotas y van a dar la matraca hasta el final.

¿Pero qué espera Podemos, o lo que queda de Podemos, del futuro más inmediato? Si lo que van buscando es propinarle la estocada definitiva a Pedro Sánchez (al que se la tienen jurada) desde el purgatorio del Grupo Mixto, nadie lo entenderá: la estrategia solo servirá para darle alas a la extrema derecha, así que terminarán convirtiéndose en cómplices del neofranquismo rampante. Si lo que intentan es boicotear a Díaz desde dentro del Parlamento, puede que consigan hacerle algo de daño, no lo negamos, pero será una guerra estéril que solo traerá más revanchismo y división a la izquierda española. Y si sueñan con que la gente vuelva a votarles en algún momento, pese al espectáculo entre narcisista y filibustero que están dando, es que son más ilusos e ingenuos de lo que parecía.

Han convertido Podemos en el juguete roto con el que se divierten como niños enrabietados con papá y mamá. Hay algo de drama freudiano en la destrucción del partido morado, aún no sabemos si un complejo de Electra o de Edipo (a fuerza de debates bizantinos y leyes chapuza han terminado por convertir el género y el sexo en un lío monumental), pero que en cualquier caso les lleva a obsesionarse gravemente con la idea de eliminar al progenitor, o sea el parricidio político. Si Jung levantara la cabeza, vería sin duda en esta tragedia un sueño delirante: querer matar a la madre traidora Clitemnestra (Yolanda Díaz) para volver a ser el ojito derecho del padre Agamenón (Pedro Sánchez). Todo este embrollo inexplicable ya no puede entenderse sin recurrir al psicoanálisis y al examen de las pulsiones más profundas e insondables del ser humano. Un claro caso patológico de niña empeñada en la venganza al sentirse defraudada o rechazada.​

La fijación, tirria u ojeriza que le han cogido a la ministra de Trabajo no tiene explicación de ningún tipo desde la lógica ni la razón. Recuérdese que fue el propio Pablo Iglesias quien la colocó ahí a dedazo, así que no puede hablarse de traición alguna. ¿Qué esperaba el patriarca fundador, que Díaz hablara como un fiel muñeco de trapo o marioneta dirigida desde arriba por un ventrílocuo que va moviendo los hilos? Si se trataba de eso, ahora queda más al descubierto que nunca el fraude al que se encaminaba Podemos desde que Iglesias se lo dejó para dedicarse a ser el William Randolph Hearst del nuevo periodismo digital nibelungo.

Hay quien quiere ver en la ruptura de Podemos con Sumar el primer fracaso de Yolanda Díaz, pero uno cree que la cosa es más bien al contrario. Es verdad que la ministra pierde el 15 por ciento de la fuerza parlamentaria con la fuga podemita al Grupo Mixto, pero también es cierto que gana en autonomía, en capacidad de decisión y en mayor control de su proyecto político. Ya no tendrá que estar lidiando constantemente con Pili y Mili ni viviendo en un ay por el próximo tuit incendiario que le coloque el dúo de marras. Ahora las díscolas estarán fuera de la confluencia y al menos se las verá venir cuando quieran dar la puñalada trapera. Y no será porque Díaz no ha hecho lo posible y lo imposible por integrar a los podemitas como corriente interna. Lo ha intentado todo (hasta les ofreció un ministerio con un candidato de consenso como Nacho Álvarez), pero no hubo manera. Las Electras moradas tenían que estar en el Consejo de Ministros sí o sí o no había partido. No extraña que hasta Monedero se haya bajado de ese barco a la deriva harto de puerilidades e inmadureces.

Con niños caprichosos poseídos por la furiosa pataleta no se puede ir ni a la esquina. Ya en campaña electoral pudo comprobarse que, para la vicepresidenta, negociar con Montero y Belarra, la pareja de estrellitas del nuevo feminismo hispano, iba a ser un calvario todavía más tormentoso que poner de acuerdo a sindicatos y patronal en la reforma laboral. Así que cada uno por su lado y el tiempo pondrá a cada cual en su sitio. Que en el caso de Podemos, seguramente será en el vertedero de la historia.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

CÓMO MUEREN LAS DEMOCRACIAS

(Publicado en Diario16 el 11 de diciembre de 2023)

Ahora que Santiago Abascal pronostica que algún día los españoles “colgarán por los pies” a Pedro Sánchez, vuelve a estar vigente Cómo mueren las democracias, el ensayo de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (politólogos Harvard) considerado el libro más importante e influyente de la era Trump. La obra indaga en las corrientes populistas y técnicas propias de regímenes autoritarios que están corroyendo el Estado de derecho en Occidente. La tesis del libro es la siguiente: el trumpismo, con sus bulos y su lenguaje faltón políticamente incorrecto, está consiguiendo romper las reglas del juego democrático, el respeto mutuo, las normas elementales de educación, la tolerancia y por tanto la convivencia. Desde que Vox llegó a la política nacional aquí, en España, también estamos inmersos en ese fenómeno distópico que no deja de ser global.

La democracia consiste en aceptar el fair play. Unas veces gana uno; otras, gana otro. El vencedor forma gobierno, el perdedor felicita a su contrincante, le estrecha la mano y acepta ejercer una oposición constructiva. Después de siglos de guerras y abusos totalitarios del poder, esa es la única manera que los seres humanos han encontrado para superar la ley de la jungla, donde siempre gana el más fuerte (que suele ser el que controla la fuerza militar). De esta manera, cuando se dinamita el cuadrilátero, el ring, todo salta por los aires.

El proceso de demolición de la democracia, desde dentro, sigue siempre el mismo patrón: el populista trumpizado se presenta a unas elecciones libres como el gran salvapatrias o mesías idóneo para superar el tiempo de crisis y tras una campaña sucia, navajera, guerracivilista, espera a que se abran las urnas. Si no vence, impugna los resultados electorales, cuestiona el sistema, deslegitima al adversario, exige la anulación de los comicios, agita las calles y lanza al populacho manipulado contra las instituciones democráticas o contra el partido oponente (a eso se refiere Abascal cuando pone un tuit con su ya tristemente famoso “vamos a Ferraz”, al levantamiento popular que va buscando ansiosamente porque sabe que por las vías democráticas jamás llegará a ser presidente).

El libro de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt resulta revelador sobre las técnicas empleadas por los populismos del siglo XXI para consumar su “golpe blando” a la democracia. Se trata de desacreditar al contrario con artimañas de lo más barriobajeras, con el insulto y la descalificación, criminalizando, demonizando y humillando al rival hasta reducirlo a la categoría de insecto u homúnculo despreciable desprovisto de cualquier derecho elemental. En las últimas semanas hemos asistido, con estupor, a la mayor ofensiva de este tipo que se recuerda desde los tiempos de la Transición. La extrema derecha (y también el Partido Popular, que ha entrado en el juego populista con descaro y sin pudor temeroso de perder votantes) ha dado una vuelta de tuerca a ese lenguaje macarra y gamberro antidemocrático al tildar a Sánchez de “sátrapa”, “dictador”, “traidor”, “felón”, “hijo de fruta”, “okupa”, “etarra”, “amigo de Hamás” y en ese plan. Miguel Tellado, portavoz parlamentario popular, ha llegado a invitar al presidente del Gobierno a que se meta en el maletero de un coche y se vaya de España como hizo en su día Carles Puigdemont. Todo ello con la aquiescencia de Feijóo, que ha practicado el doble juego de, por un lado, rechazar este tipo de trucos letales para la convivencia en España mientras que por otro añade la consiguiente muletilla, ese “pero” tan chirriante y poco estético que no puede sino interpretarse como una condena a medias de la violencia verbal y que en última instancia viene a justificar que él, el otro, Sánchez, de alguna manera se lo ha buscado. Ningún demócrata de pedigrí se comporta con esa ambigüedad calculada.

En Cómo mueren las democracias encontramos las técnicas del buen trumpista, desde el lawfare judicial hasta el filibusterismo parlamentario (el bloqueo sistemático y el “no” a cualquier tipo de pacto o consenso sobre políticas que benefician a los ciudadanos); la manipulación informativa a través de los medios de comunicación y las redes sociales; el desprestigio de las instituciones (que acaban siendo convertidas en barracas de feria o escenario para el show de los nuevos populismos); la falsa soflama patriotera y el montaje para destruir las carreras profesionales de los políticos de la disidencia. El nacionalismo cultural, el supremacismo del varón, la religión como bastión contra la izquierda, el nativismo xenófobo, el atavismo anticientífico y la demagogia.

Ha sido con este prospecto o manual de instrucciones como, en algún momento de este convulso siglo XXI, se ha deteriorado la democracia hasta límites inimaginables en países como Estados Unidos, Rusia, Brasil y ahora Argentina, donde un señor con motosierra –votado por una amplia mayoría de ciudadanos desesperados por la crisis– ha prometido liquidar el Estado de bienestar, que no le gusta porque le sale demasiado caro a las élites económicas y financieras (a fin de cuentas, son estas las que sufragan los movimientos reaccionarios emergentes). De ahí que los expertos de Harvard que firman el ensayo reclamen a los partidos demócratas políticas mucho más integrales del mercado laboral, y sobre todo medidas que aborden con audacia la cuestión de la desigualdad y la injusticia, gran foco del descontento de una parte de la sociedad abrazada a estos movimientos peligrosos como la panacea milagrosa y curalotodo capaz de resolver todos los males de un país.

Por un momento, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente vivió la ficción de que se había liberado del yugo del fascismo, pero el fascismo nunca está derrotado, solo aletargado, hibernado, y siempre retorna con fuerza, no tanto “a manos de hombres armados sino a manos de líderes electos”, tal como sugieren los autores del influyente ensayo. Un libro, en fin, que se ha convertido en una guía imprescindible de nuestro tiempo para todo demócrata que busque respuestas a la deriva histórica que nos arrastra sin remedio.  

Viñeta: Iñaki y Frenchy

MASCARADA EN DUBÁI

(Publicado en Diario16 el 6 de diciembre de 2023)

La Cumbre del Clima de Dubái (COP28) va camino de convertirse en el penúltimo acto de una ópera bufa tan dramática como esperpéntica: la autoaniquilación del ser humano, culpable directo del cambio climático. Todos los científicos con un cierto nivel y prestigio (dejemos a un lado a los esotéricos, magufos y vendidos a la extrema derecha populista) dan por hecho ya que estamos a un paso de atravesar la frontera de no retorno. A mediados de este siglo, si un milagro no le remedia, la temperatura media del planeta habrá subido al menos dos grados centígrados (hay estudios mucho más pesimistas que sitúan este calentamiento en tres, cuatro y hasta más grados), lo que supondrá la desertización de amplias zonas de la Tierra, la deforestación, devastadores incendios, inundaciones y temporales, nevadas como jamás se vieron, el derretimiento de los polos con subida del nivel del mar, la conversión de los océanos en una sopa ardiente sin vida y la extinción de buena parte de los hábitats naturales, especies animales y vegetales. Un escenario como para echarse a temblar.

Y, sin embargo, ahí está el inconsciente, insensato y flipadillo mono desnudo, mirando para otro lado y siguiendo con la gran fiesta del capitalismo salvaje como si nada. Somos como aquellos músicos de la orquesta del Titanic que siguen tocando tranquilamente mientras el barco se va a pique. El último paripé inútil que hemos organizado es esa cumbre del cinismo en Emiratos Árabes, una potencia mundial en la comercialización de petróleo, el combustible fósil que tras siglos de desquiciada industrialización nos ha llevado a las puertas mismas del infierno. ¿Acaso no había otro lugar un poco más decoroso para celebrar la conferencia, aunque solo fuese por disimular un poco? Alguna lumbrera de por ahí arriba, en las altas esferas y élites mundiales, debió creer que esto de salvar el planeta era como organizar un Mundial de fútbol, y pensó sin duda que al evento se le podía sacar una buena tajada en negocios y publicidad.

Uno, en su ingenuidad utópica de viejo marxista descreído de todo, opina que se podría haber llevado la cumbre a la otrora verde Canadá, un país que tras la última ola de incendios forestales ha quedado reducido a un inmenso agujero negro calcinado visible desde el espacio (20 millones de hectáreas quemadas, ahí es nada). O al Brasil de la era posbolsonarista que ve cómo la Amazonia, gran pulmón del planeta, se pierde sin remedio por las políticas de la extrema derecha populista. O a la misma Antártida, cuyo hielo fundido por el calor augura la desaparición de regiones y ciudades costeras en un plazo no demasiado largo de tiempo. Cualquier lugar hubiese sido mucho más digno y decente que una satrapía teocrática del infecto petrodólar que no está a salvar el planeta sino a cerrar la venta de otro puñado de barriles Brent.

No hay más que ver quién se encuentra al frente de la última mascarada climática en calidad de presidente, el sultán Al Jaber, un conocido ejecutivo de la industria del crudo que por lo visto se lo lleva ídem. Bajo el mandato del tal Al Jaber, Adnoc, la multinacional que dirige, produjo más de cuatro millones de barriles de petróleo al día en 2022 (3,6 millones más que el año anterior, según la OPEP). Además, el tipo se jacta de que entre 2027 y 2030 conseguirá duplicar la producción y todo ello mientras los protocolos científicos aconsejan ir en sentido contrario, o sea cerrando pozos y reduciendo el consumo de combustibles fósiles. Por utilizar un símil, es como colocar al ejecutivo de una empresa tabacalera a presidir una conferencia sobre el cáncer de pulmón.

El cinismo del fulano Al Jaber ha quedado al descubierto cuando en plena cumbre se ha sabido lo que piensa en realidad este siniestro personaje sobre el cambio climático: que no hay ciencia que pueda probar que sustituir el petróleo por energías limpias y renovables consiga reducir la temperatura global al menos un grado y medio, gran objetivo de la ONU. O sea, un negacionista travestido de ecologista. Pero el colmo de la desfachatez llegaba cuando el jeque, en plena cumbre y de extranjis entre ponencia y ponencia, se ha dedicado a cerrar contratos petroleros con una veintena de países. Toma energía verde reciclable, toma economía sostenible. Y luego el señor pide a la BBC, que le ha sacado los trapos sucios, que le dejen trabajar, que aparquen la campaña de desprestigio contra su persona y que, todos juntos, saquemos adelante los objetivos medioambientales. ¿Se puede ser más falso?

La humanidad, la gente de bien, mira horrorizada cómo los grandes gerifaltes de la economía globalizada envían el mundo al garete mientras se mofan de todo y de todos. Muchos son los científicos que creen que el problema del cambio climático ya no tiene solución y que nos encaminamos inexorablemente a la sexta extinción, quizá con una brutal glaciación como ya ocurrió en tiempos prehistóricos. Para frenar lo inevitable, el planeta entero tendría que paralizar totalmente su actividad industrial hoy mismo y ni Estados Unidos, ni China, ni Rusia están por la labor de lograr el utópico objetivo de cero emisiones a mediados de este siglo. El gran drama para nuestra especie es que ha caído en manos de una élite ciega de codicia, una estirpe maldita y suicida que cuando ya no se pueda plantar ni un miserable tomate porque la tierra habrá enfermado para siempre, tendrá que comerse sus petrodólares, esta vez sí, crudos y sin sal.

De esta enésima pantomima a la que asisten doscientos países no cabe esperar nada, como de ninguna de las anteriores que se han celebrado hasta ahora sin que nadie cumpliera con lo pactado (y ya van unas cuantas). Quedará para la historia, eso sí, el caso asombroso de un charlatán que mientras nos hablaba de soluciones al cambio climático que se nos venía encima se dedicaba a dar el penúltimo pelotazo del siglo y a forrarse con el apocalipsis. Que ya hay que ser mala gente. 

Viñeta: Iñaki y Frenchy