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viernes, 18 de marzo de 2016

VUELVE DIARIO 16

Diario 16 fue mi periódico de juventud. En él, con ojos de mozalbete que pretendía ser periodista algún día, leí los primeros escandalazos de la Transición, de aquella España nuestra que en algunas cosas no ha cambiado tanto. El primer ejemplar salió a la venta el 18 de octubre de 1976 a un precio de doce pesetas. En su primer editorial se marcó el objetivo de "vigilar muy de cerca la marcha del Estado para impedir que esa enorme concentración de poder en manos de unos pocos arrase la libertad de muchos y arrastre al país". ¿Les suena de algo? Evidentemente, no hay que decirlo, los periodistas de Diario 16 perdieron en ese póker periodístico contra las elites poderosas, pero por el camino dejaron un puñado de artículos y reportajes que son antología de oro del periodismo español. Desde su tribuna mítica, en la que firmaron los mejores, se hizo campaña contra Manuel Fraga (que procesó a varios redactores) se reclamó la legalización del Partido Comunista y se aireó la Operación Galaxia, primera intentona golpista antes del tejerazo. El rotativo fue el primero en publicar los lunes (hasta ese momento era poco menos que delito) destapó el Caso Gal, puso en evidencia la calva calavera de Roldán y esculpió el coloso de Rodas de la prensa española, o sea Pedro Jota, un monstruo periodístico en todos los sentidos. Diario tocó el cielo de los 700.000 ejemplares vendidos, pero todo tiene un final en esta vida, y llegó la crisis, la quiebra, los despidos en masa, la desaparición de una cabecera gloriosa que había sido santo y seña en una época telúrica, sísmica, convulsa. Cuando un periódico se muere la democracia se muere un poco también. Hoy necesitamos de los buenos y justos periodistas del remozado Diario 16 para denunciar la cleptocracia y el ladronismo de este Gobierno de rufianes y filibusteros; para airear toda la verdad sobre el pacto de derechas PSOE-Ciudadanos; para desenmascarar a los validos y "compi yoguis" que nos quieren robar el Palacio de la Zarzuela con sus tapices, sus estatuas borbónicas, sus jardines y su todo; y para localizar a Rita Barberá, cómo no, que anda escondida en algún lugar de Valencia, disfrazada de ninot indultat para pasar desapercibida. Necesitamos de Diario 16 más que nunca para que nos cuente la verdad sobre la izquierda y la coleta de Pablo Iglesias, para devolver la dignidad al periodismo falso y tuitero que se hace ahora, para dar lustre a la prensa vendida a los partidos, a los bancos y a la Coca Cola y para destapar las tramas infinitas del PP, escorrentías fecales que ennegrecen las honradas tierras de España. Uno cree que está muy bien que Diario 16 resucite de entre las rotativas muertas y ocupe el lugar histórico que le corresponde, como en los setenta, ahora que volvemos a ser miserables barbudos con chaquetas de pana y periódicos en el sobaco (hipsters los llaman los modernos, peste de anglicismos). Necesitamos ese tabloide legendario porque tenemos sed de democracia y libertad, lo necesitamos como el comer para plantarle cara a la troika, a la ley mordaza, a Aznar, al Señor X y a su cal viva ("estás haciendo un periódico etarra, si sigues así te cierro", le llegó a decir Felipe a Pedro Jota entre las bambalinas de la redacción). Necesitamos Diario 16 más que nunca, para denunciar tantas y tantas cosas a las que no llega Inda, ni Ferreras, ni la prensa cutre gratuita y digital que se hace hoy con palitos y cañas y cuatro becarios mal pagados. España necesitaba recuperar ese Titánic que se había hundido en las aguas tumultuosas de la historia, ese periódico amotinado y canalla, sedicioso e indómito como una película de indios y vaqueros de John Ford. Echábamos en falta su aroma inteligente a papel couché, a exclusiva matinal remojada en café con leche, a tinta y barricada roja, porque los periódicos de verdad, los de papel, los que despiertan cada día a la ciudad con el fragor de sus titulares en negritas, son la munición cotidiana de la libertad.
Diario 16, el último de Filipinas de la prensa española, ha vuelto con espíritu renacido bajo el eslogan de "el periódico de la Segunda Transición", y quizá no sea lo mismo, en realidad ya nada lo es, pero mantiene ese sabor de lo bueno del periodismo de calidad que se ha perdido en esta vorágine de basura electrónica, cinismo, trusts empresariales y pérdida de amor por el oficio. Nuestro periódico de toda la vida, el que nos explicó lo que era la democracia, ha vuelto al lugar que por derecho le corresponde, al lugar que nunca debió abandonar. Que los hados del periodismo le sean propicios.

miércoles, 24 de febrero de 2016

LOS PERIODISTAS DE INVESTIGACIÓN


Me asomo a la ventana de la televisión y veo que florecen como setas los periodistas de investigación. Ya hay más periodistas de investigación que personas. En la Sexta sobre todo, pero también en Cuatro, en Antena 3 y hasta en la tele local del último pueblo perdido de España (en Televisión Española no, en Televisión Española es más difícil encontrar un periodista de investigación que una neurona potable en Gran Hermano). Es innegable que el periodismo de investigación está de moda, en lo político, en lo social, en lo deportivo con Pedrerol y los chanchullos de Neymar y hasta en la prensa rosa, donde se investigan cosas cómo de qué color llevará hoy los gayumbos Amador Mohedano. Todos juegan a ser periodistas de investigación astutos y avezados para salir todo el rato en la tele y escribir el librito de turno donde explican cómo trincaron a ese fulano del Ayuntamiento de Cuenca o de Soria que se llevó cuatro perras a Suiza. La verdad es que trabajo no les falta en esta España invadida por yonquis del dinero en plan walking dead. No hace falta rascar mucho para sacar un escándalo superior. Cuando el PP está en plena descomposición de tanto caso mayúsculo, cuando no queda un solo hombre honrado ni en autonomías ni en ayuntamientos ni en diputaciones provinciales, cuando ya se lo han llevado todo, es fácil hacer periodismo de investigación bajo el amparo protector del maestro Ferreras y su magnífico Al Rojo Vivo. Pero sucede que hace solo unos años, cuando el poder del PP era omnímodo y total, cuando las subvenciones del ladrillo entraban como manantiales sucios en los periódicos, radios y televisiones, tapando la boca a los directores y gerentes de los rotativos, no había un solo periodista de investigación para alzar la voz. Era entonces cuando los necesitábamos de verdad, era en ese momento cuando el país y la prensa libre los necesitaba para airear lo que se estaba cociendo. ¿Dónde estaban entonces los periódicos locales libres e independientes cuando Carlos Fabra abría aeropuertos como churros para llevárselo muerto? Todos callaban como putas y guardaban los dosieres putrefactos en el cajón, salvo excepciones, y al reportero que osaba predicar en el desierto y levantar un tema en contra del cacique se le tomaba por loco o se le metía una querella por injurias y calumnias de padre y muy señor mío o se le ahogaba en el silencio y la marginación, un silencio cómplice en el que participaban los políticos y sus redactores jefes palmeros. ¿Y dónde estaban los aguerridos periodistas de investigación cuando la pasta circulaba como un ferrari sin control por todo el PP valenciano, por los ayuntamientos paletos de Madrid, por los plenos municipales que terminaban con buena coca, champán y puticlub con el empresario de turno? ¿Dónde estaba esa prensa valiente que tanto necesitaba el país cuando los corruptos comparecían en ruedas de prensa impunes donde sacaban pecho de sus hazañas políticas y ningún periodista le preguntaba por esa adjudicación ilegal, por esa contrata sospechosa, por ese pitufeo oscuro? ¿Dónde estaban los periodistas de investigación para denunciar que todo el árbol de la democracia se estaba pudriendo desde las raíces hasta las hojas? Yo se lo diré, ocupado lector. Callados como tumbas. Unas veces por miedo, otras por dinero y siempre por desidia profesional. Hoy me asomo a la tele y veo mucho periodista de investigación por ahí suelto y eso está muy bien porque es síntoma de higiene democrática. Pero no olvidemos que los políticos no son los únicos culpables de tanto latrocinio. Nosotros, los periodistas, también tenemos mucho que callar.