miércoles, 11 de diciembre de 2013

MARIANO, EL PELELE


Por mucho que miro y analizo la imagen de nuestro presidente echándonos el sermón de la montaña por el día de la Constitución es que no me lo termino de creer. No puede ser, me digo a mí mismo una y otra vez, no puede ser. Pero sí. Es. Ésa mirada desvaída de lunático ermitaño salido del desierto después de años de ayunos e insolaciones es tan real como la vida misma. Ésa mirada de drogota fumado después de una noche loca de jarana es tan auténtica que produce espasmo y escalofrío. Ésa mirada de testigo enmudecido después de haberse topado con un fantasma de los de Íker Jiménez es tan verídica que infunde tanto estupor como tristeza. No es que tuviéramos en muy alta estima a nuestro líder político de la derecha patria, la verdad. Pero es que después de esto, después de este esperpento de retransmisión televisiva que parece ideada por el mismísimo Rubalcaba para hundimiento del jefe del Ejecutivo, hay un antes y un después. El ciudadano jamás podrá olvidar la cara extraviada del marciano que parecía recién aterrizado en la Moncloa, el rostro impenetrable de un presidente trémulo leyendo de pe a pa un discurso en el que ni siquiera creía ya. Los ojos desconfiados de carterista que esconde algo, la cara desencajada como de querer salir de allí cuanto antes, la boca de absurdo guiñol abriéndose y cerrándose sin ningún fuste. ¿Pero quién movía los hilos de ese muñeco prefabricado? ¿Quién era el ventrílocuo metido en el cuerpo del espantajo Mariano, quién era el demiurgo en la sombra que hablaba por su boca insensata? ¿Aznar, la Merkel, José Luis Moreno, Mari Carmen y sus muñecos? No queremos hacer sangre de un pobre hombre que parecía recién salido del frenopático. Todo el mundo tiene un mal día (y Mariano más de uno). Pero es que ya nunca más podremos verle como el presidente del Gobierno de un país serio y avanzado (a decir verdad, nunca lo hicimos). Ya siempre lo veremos más bien como a Doña Rogelia, como a Monchito, como a Rockefeller el Cuervo. Bien mirado, quizá el presidente del Gobierno no sea más que eso, un engendro de trapo formado por otros cuerpos, una mezcla de esos tres personajes teledirigidos: la vieja desmolada que cuenta cuentos y mentiras en las que nadie cree; el cuervo mensajero de noticias funestas (por lo general recortes y más recortes para el pobre asalariado); el rockefeller que mueve sobres y pasta a mogollón y que ha disparado un 10 por ciento el número de ricos en España; el monchito pijo y bobalicón con mejillas sonrosadas de flipadillo. Ya sabíamos que Mariano era el rey plasta del plasma. Ahora sabemos también que es el rey del teleprompter. Aferrado a la pantalla como a un clavo ardiendo, perdiendo el culo para no salirse del renglón, mirando hacia ninguna parte en lugar de mirar a los ojos del pueblo, Mariano ha dado un triste espectáculo. Siempre fue un chico aplicado que nunca se ha salido del guión escrito por negros más listos que él. Encadenado al guión trazado por los mercados, al guión de Bruselas, al guión de la banca, de la patronal y la Iglesia. Si no, ¿de qué iba a llegar un hombre gris como él a registrador de la propiedad? Pero un país como España no necesita un funcionario que pía lo que otros pájaros le dan por escrito. Un país como éste, hundido en la miseria, zozobrado en la desesperanza, necesita un líder fuerte e inteligente, un político brillante y valiente sin miedo a improvisar buenas ideas, un Franklin Delano Roosevelt que nos saque del crack cuanto antes. Miro a los ojos desnortados de este hombre y no veo a un hombre. Veo a un muñecón, a un fantoche. A un pelele.

Imagen: Un buen amigo.

viernes, 6 de diciembre de 2013

MANDELA


Cristo, Buda, Gandhi. Y ahora Madiba, Nelson, Mandela. Tres nombres para un solo hombre, tres misterios en uno solo, porque el padre de la nueva Sudáfrica fue un ser enigmático y sagrado, como la Santísima Trinidad. Madiba, el africano fuerte y noble tostado bajo el sol de la tribu; Nelson, el mártir torturado y sacrificado por el Imperio rubio del apartheid; Mandela, el dios eterno, muerto y resucitado para la causa del hombre en una infrahumana prisión de Robben Island. Cada mil años nace un santo
que da su vida por una causa justa, por el Bien platónico absoluto, por la humanidad. El Vaticano debería canonizar con urgencia a este ser único y divino y dejarse ya de beatos fabricados con falsos milagros y odios políticos. Mandela fue un Cristo negro que nació en un Belén con cabañas de adobe y paja, entre negras con pechos de trigo y cánticos tribales, entre antílopes de fuego y panteras nocturnas. Mandela fue el mesías de los esclavos negros, el hombre perseguido, encarcelado y torturado que se hizo un dios forjado a golpe de trabajos forzosos, canteras de sal y celdas de dolor y lágrimas. Veintisiete años entre rejas. Veintisiete. Cualquiera hubiera salido loco de aquella ratonera, loco y con el corazón lleno de odio y con ganas coléricas de matar, pero Mandela, el santo Mandela, salió con una sonrisa de niño inocente y una espada de amor que incendió el mundo. Soportó las más crueles torturas, fue aislado de la sociedad como una bestia rabiosa, recluido en un zulo infecto mientras el hombre blanco hundía sus manos crueles en los tristes diamantes y las damas pálidas se bañaban con sangre de negro. El apartheid fue el régimen político más infame que hayan visto ojos humanos desde que Hitler caminó sobre las montañas de esqueletos en Europa. África la trazó Rhodes con su cartabón ciego y racista pero Mandela la descosió después con su revolución amable llena de alegres tamtanes, pétalos y góspel, con su cabello plateado de gorila blanco, su sonrisa templada y su túnica púrpura de Zeus africano. Fue capaz de vencer la tiranía del hombre blanco con un simple partido de rugby. Tenía el cuerpo aún lleno de llagas y heridas cuando lo sacaron de la trena para abrazar a De Klerk, el mismo bóer de la Holanda manchada de crímenes que le había arrancado el corazón y el alma. Mandela lo abrazó como un hermano y juntos enterraron el apartheid para siempre. Hoy, por fin, hay democracia ateniense entre las tribus negras y los leones rugen con libertad. Ya no hay látigos capataces ávidos como serpientes. Los negros ya no son herramientas, ni yugos, ni palas, ni picos. Todo eso lo ha hecho un dios de ébano con el látigo simple de la paciencia. El tiempo es el mejor arma de la revolución. Veintisiete años tras las rejas, veintisiete años mirando al cielo lento tras los barrotes, veintisiete años soñando el sueño de Luther King, soñando que algún día el negro sería libre. Hoy te rezamos con gratitud, hermano Madiba. Cristo africano.    

jueves, 5 de diciembre de 2013

LA HERNIA


La mujer de un concejal del PP se ha operado una hernia discal pasándose por el arco de triunfo las listas de espera de los doloridos pacientes. En esencia, podría decirse que eso es lo que nos queda de nuestra gloriosa Constitución del 78, ésa es la mejor síntesis de una carta magna que está herida de muerte: una hernia prevaricadora, una hernia ilegal (más que inguinal), una hernia criminal y prófuga. El puente de la Constitución ha quedado en un día rojo de calendario que ocho millones de españoles (los que aún pueden permitírselo) aprovechan como un permiso penitenciario para evadirse de la prisión de la oficina, ahora que está de moda que los violetas y pederastas campen a sus anchas por las calles. A uno le parece que la hernia ignominiosa de esa parienta popular debería estar penada con cárcel, pero claro, la Constitución no quiso llegar tan lejos, no pudo hilar tan fino. Aquella Constitución la redactaron deprisa y corriendo en la cafetería de las Cortes entre un par de rojos y un par de fachas (más alguno de centro que pasaba por allí y quedaba bien en la foto) porque llegaban los picoletos con las rebajas y todo el mundo al suelo. Pero lo de esa hernia a mí es que me tiene consternado. Un país que no puede poner coto y límite a la ambición sanitaria de una hernia tramposa y enchufada es que no es un país auténticamente digno y democrático. Ahora que celebramos el aniversario de nuestra Constitución (que ya no es aquella jovenzuela progre y liberal que nos seducía en los setenta sino más bien una señora gorda llena de lorzas podridas de corruptelas) los españolitos deberíamos exigir una disposición transitoria que prohibiera a las parientas de los concejales operarse las hernias por la feis. Las hernias se operan de una en una y siguiendo un riguroso orden hospitalario, coño, faltaría más. ¿Qué es eso de andar por ahí sobornando al personal sanitario con alevosía y nocturnidad para operar una hernia recomendada? ¡Tan dolorosa es la hernia de un paria como la hernia insigne de la mujer de un concejal, por mucho que sea una hernia de derechas y tenga mano en Génova! Aquí, en la España del siglo XXI, en la España que celebra una Constitución gripada y griposa que pide a gritos una reforma legal, las hernias deberían tratarse con un poquito de por favor. Libertad, igualdad, fraternidad y equidad de hernias, que todos tenemos derecho constitucional a un matasanos por riguroso orden de lista de espera. A mí que Bárcenas lo trinque calentito, que la Cospe se lo lleve simulado o en diferido, que Cataluña se independice de España (eso sí que es una hernia nacional y secular) o que Montoro prepare una noche de cuchillos largos entre los funcionarios de Hacienda ya me va dando un poco igual, la verdad. Lo que realmente me tiene fastidiado, indignado, jodido, es que haya tráfico ilegal de hernias en los hospitales españoles, que haya hernias de primera y de segunda, hernias ricas y hernias pobres, porque una hernia es una hernia y cuando aprieta el frío polar que nos llega del Bundesbank el dolor duele por igual, con independencia de su carné político. Si queremos que la Constitución sea una ley real de progreso y libertad que goce de la confianza del pueblo y no un simple papel mojado en que nadie cree ya, si queremos hacer las cosas bien en este país de una vez por todas, tenemos que empezar por respetar las hernias ("respetad la polla", decía Tom Cruise en Magnolia) porque una hernia justa para todos debería figurar en la cabecera de la Constitución, junto a los derechos y obligaciones de la Corona (con la cadera preferente del Rey ya tenemos bastante hernia y no necesitamos más hernias privilegiadas) El que quiera operarse de la hernia deprisa y corriendo, sin respetar el año y medio de la lista de espera, que es como la lista de Schindler sanitaria española, que se lo pague, coño. Que para eso van sobrados de sobres.


miércoles, 4 de diciembre de 2013

LOS ENJUAGUES DE HACIENDA


Lo de Hacienda va camino de convertirse en el escándalo del siglo. Altos cargos que dimiten en bloque por presiones políticas, facturas falsas que se dan por buenas, chanchullos para salvar el honor de la Infanta naranja, ricos como Carlos Fabra que quieren pasar por insolventes para escaquearse de las costas judiciales. Mentiras y más mentiras. El ciudadano ya no se cree aquello tan manido de Hacienda somos todos (en realidad nunca lo creyó, porque Hacienda siempre fuimos unos pocos pardillos) y la conclusión final es que otra institución básica para el funcionamiento del Estado se nos va a pique en un momento. Cada día, el español asiste aturdido, estupefacto, patitieso, a la demolición de un poder público tras otro, un poder que se creía fuerte, eterno, inmutable. Salpicada la Monarquía, enfangado el Gobierno, mediatizada y mancillada la Justicia, solo nos quedaba la inocente ilusión de que al menos nuestro dinero estaba en buenas manos, en las manos honradas y competentes de Nuestra Señora Santa María de Hacienda. Pero por lo visto, ni eso. La Agencia Tributaria era el Corral de la Pacheca, el hotel de los líos, el coño de la Bernarda. Viendo cómo funcionan las cosas en el fisco, a uno le entran ganas de poner la equis en la casilla de la Iglesia y que sea el Papa Paco quien administre nuestros impuestos. De perdidos al río. Aunque bien mirado, ya no te puedes fiar ni de los curas, que luego va y sale uno como el de Borja, carterista y rijoso, descuidero y sensual, y nos despluma a la cándida Cecilia, tan maja ella, tan beata, y con lo guapo que le había quedado el Cristo del Anís del Mono. Todo hace aguas: Hacienda, la Iglesia, los grandes bancos de Wall Street multados por la UE. Ya lo avisó Valle-Inclán: "Antes quemaron las iglesias y luego quemarán los bancos". Hasta ahora, Hacienda era un misterio en las alturas, como el de la Santísima Trinidad, algo sagrado, místico, un pantocrátor invisible ante el que nos sentíamos frágiles y temerosos. Cuando una carta de Hacienda aterrizaba en nuestro buzón era como una maldición bíblica y nuestros esfínteres se aflojaban hasta límites insoslayables. Teníamos miedo reverencial de Hacienda porque, aunque parcial y deficiente, aún confiábamos en su poder legal, numérico, matemático, un poder a salvo de las corruptelas políticas. Pero es que después de saber que todo está amañado en esa santa casa, después de constatar que dos y dos ya no son cuatro, solo nos queda perder la fe de forma irremediable. Un pueblo puede dejar de creer en su rey, en su canciller, en su bandera. Pero cuando deja de creer en sus recaudadores de impuestos todo está ya perdido. Que Hacienda falle supone que todo falla en esta democracia bisoña de vodevil. Sospechábamos que aquí unos ganaban como sultanes y tributaban como mendigos mientras otros ganaban como mendigos y tributaban como sultanes. Sospechábamos que las grandes fortunas patrióticas evadían, huían y se escondían en paraísos más o menos lejanos. Sospechábamos que el fraude fiscal era el gran timo de la estampita nacional donde los sufridos curritos pagábamos el diezmo (más IVA) y hacíamos el papel de pobres tartajas, de tardos paganinis, de tolilis. Pero asistir al espectáculo descarnado de la mentira de Hacienda en vivo y en directo, retransmitido, televisado, produce auténtica vergüenza. Estupor y asco.   

Imagen: El Roto  


martes, 3 de diciembre de 2013

VEINTE AÑOS NO ES NADA


El Gobierno se ha puesto hoy muy gallito porque el paro, según dicen, ha vuelto a bajar en unos cuantos pobres precarios. Por lo visto, aún no han debido contabilizar a los despedidos de Canal 9, ni a los jóvenes que han emprendido el camino del exilio económico, ni a aquellos curritos que, hastiados de esperar un empleo que nunca llega, ya ni siquiera se apuntan al Inem. Este Gobierno (los Montoro boys, más la banca insaciable y la patronal siciliana) insiste en que estamos en la senda de la recuperación económica (la senda tenebrosa, habría que añadir, como en aquella película de Bogart). No dicen nada de las 14.000 toneladas de alimentos solidarios que se han recogido este fin de semana para hacer frente al desembarco de hambrientos invernales pero nos dan en las narices con sus números macro tan optimistas y euforizantes como maquillados y ridículos (no en vano son maestros en el arte de la propaganda goebbelsiana) y con ellos tratan de convencernos de que las reformas van por buen camino, de que España va bien (siguiendo con el viejo aforismo aznariano) de que es preciso continuar con el derribo a saco del Estado de Bienestar. ¡Pero por Dios, si ya no les queda nada que derribar! Aunque los datos que publican fueran ciertos y auténticos (algo que dudamos) la situación tampoco sería como para tirar cohetes, porque los economistas, los pitonisos y los sesudos de la cosa ya han dicho que, a este brutal ritmo de crecimiento de un empleo por semana, España volvería a estar a la altura de los países europeos avanzados en el 2033, más o menos. De aquí a veinte años, o sea. Para el Gobierno, veinte años no debe ser nada, que es un soplo la vida, como diría el pelotudo aquel, pero veinte años de PP a nosotros se nos antoja demasiado tiempo, demasiada condena. ¿Cómo estarán nuestras lorzas, nuestras arrugas y alopecias y el país en general dentro de veinte años si siguen gobernando estos yonquis del neoliberalismo ciego y caníbal? Yo se lo diré, confuso y ofuscado lector de este blog. En veinte años, la Sanidad estatal será un recuerdo del pasado y el ciudadano llorará amargamente al pasar por delante de un hospital público, como lloraba Charlton Heston ante la demolida Estatua de la Libertad en el Planeta de los simios. En veinte años nuestros alumnos serán todos expertos teólogos pero ninguno de ellos sabrá decir de un tirón la tabla del nueve (gracias al escolástico Wert, un zumbado de la letra con sangre entra). En veinte años nuestra renta y nuestros salarios estarán a la altura de los de la República de Nepal y todos andaremos ya por la calle con túnicas anaranjadas y las cabezas afeitadas, budistas de los recortes, pobres de solemnidad, pobres pobres. En veinte años nos habrán recortado hasta el calzón largo de felpa Abanderado (con lo que abriga en este crudo invierno de posguerra que estamos viviendo) y nos caldearemos a la vera de hoguerillas gitanas en medio del salón (que la factura energética no habrá quien la pague). Veinte añazos más de PP serían sin duda como cuarenta años de franquismo, con TVE machacando telediarios amañados, Rajoy balbuceando sus gallegadas infumables y Ana Botella soltando sandeces ágrafas y castizas. Dentro de veinte años no sabemos si habrá pleno empleo, pero seguro que Bárcenas sigue todavía en el trullo (de ahí no lo sacan mientras no se retracte de sus papeles apócrifos, cual vulgar hereje de la derechona hispánica), Alberto Fabra seguirá perdiendo el culo delante de los despedidos de Canal 9 y los de la Gurtel continuarán montando las bodas, bautizos y funerales del partido, como siempre. Todo eso ocurrirá en el horizonte de riqueza y bienestar de 2033 que nos promete el PP. Para entonces, Aznar seguirá a lo suyo, a joder España con sus memorias revanchistas y aburridas. Pues yo, esta Navidad, antes que con el tocho coñazo del excaudillo exbigotón, me quedo con el libro de la Esteban. Que lo ha escrito Boris. Ese negro.  

Imagen: vozpopuli.es

sábado, 30 de noviembre de 2013

EL PERFIL MALO DE ZAPLANA

Ya está. Se apagó. Fundido en negro. Canal 9 ya es historia. La imagen de esos liquidadores siniestros caminando por el pasillo del centro de control, entre cables y ordenadores, me ha recordado mucho a aquel astronauta jadeante y sudoroso de 2001 dispuesto a desenchufar a Hal 9000 a toda costa. Tenían prisa por quitarse de encima al engendro, al monstruo, no fuera cosa que se revolviera contra los padres que lo habían creado. Alberto Fabra pretende ocultar la infamia echando el cerrojo a la libertad de prensa, pulsando el interruptor, arrojando tierra encima de la mierda. Qué equivocado está. Cree que dándole al botón de off podrá enterrar el despilfarro, el saqueo a manos llenas, el enchufismo, la simonía, el nepotismo. Son varias décadas de chanchullos y pasar página deprisa y corriendo no le va a resultar tan fácil como promulgar un decreto con urgencia y nocturnidad, señor molt honorable president. Lo malo de la ignominia es que queda grabada a sangre y fuego en las páginas imborrables de la Historia y hay demasiados desfalcos y abusos que ocultar, demasiados latronicios que esconder, demasiadas cacicadas que maquillar. No es hora de escribir desde el cruel revanchismo, ni desde el injusto ensañamiento, ni desde una doble moral hipócrita contra una plantilla de trabajadores que no hacían otra cosa que defender sus honrados puestos de trabajo, como hubiera hecho cualquier persona con hijos que mantener o sin ellos. No exijamos a otro periodista lo que quizás nosotros tampoco hubiéramos hecho. ¿Cómo tendría que haber reaccionado aquel presentador al que un superior ordenaba silenciar el accidente de Metro de Valencia? ¿Cuál tendría que haber sido la posición de aquellos reporteros a los que amenazaron con el despido si informaban sobre el caso Gurtel o sobre el caso Fabra o sobre los desmanes de Paco Camps? ¿Qué se supone que debería haber hecho aquel cámara siempre obligado a sacar a Zaplana por su perfil bueno? ¿Tenían que haberse puesto todos ellos el traje de Superman y lanzarse a una cruzada tan solitaria como inútil para defender la libertad de expresión? ¿Tenían que haberse enfundado las pistolas cual valiente Gary Cooper en Solo ante el peligro para plantar cara a la banda de forajidos que pretendían secuestrar el pluralismo informativo? Quizás debían haberlo hecho, pero pocos reaccionarían de forma tan aguerrida. Por eso los héroes del periodismo pueden contarse con los dedos de una mano, por eso la edad de oro de los héroes míticos, lamentablemente, se terminó hace ya tiempo (no perderse Park Row, de Sam Fuller, ahí está todo). El miedo es libre y hay facturas, hipotecas, futuros inciertos a los que hacer frente. Es verdad que no se rebelaron a tiempo con coraje y profesionalidad y eso estará ahí, para siempre, en sus hojas de servicio. Ellos son los primeros en ser conscientes de que esa miseria les acompañará durante toda la vida. Ellos son los primeros arrepentidos de no haber dicho "no" al abuso la primera vez que un capullo trajeado que decía ser periodista le levantaba el dedo índice como un vulgar mafioso. Ellos son los primeros que se sienten culpables de no haber peleado con más ahínco en pos de la democracia, de la libertad de expresión, del derecho a la información de todos los ciudadanos. El periodismo no es un trabajo de oficina de ocho a dos. Para eso ya está Bankia, de la que hablaremos otro día. El periodismo es una vocación que solo tiene sentido si se ejerce con valentía, con riesgo y profesionalidad. Nunca debemos olvidar cuál es el objetivo principal de este bendito oficio. Ahora que estamos perdiendo el Estado de Bienestar, ahora que el paraíso se aleja de nosotros para siempre, caemos en la cuenta de que teníamos algo sagrado entre las manos que no supimos defender. Por ese error hemos pasado todos y no es cosa de linchar a unos compañeros que trabajaban para ganarse el pan de sus hijos. Como todo hijo de vecino.  

Imagen: Canal 9

viernes, 29 de noviembre de 2013

LO DE LA UGT


Facturas amañadas, maletines de piel, henchidas comilonas en la feria de Sevilla, barra libre hasta el amanecer, ibérico, gambas, rebujitos y manzanillas "pa reventá". Eso era la UGT de Andalucía, ése era el fingido sindicalismo que han practicado estos marxistas de cartón piedra entregados a la causa del buen vivir y el mejor yantar. Lo del escándalo de las ayudas públicas huele tan mal que amenaza con dejar el caso Bárcenas en un inocente juego de guardería. En las últimas horas ha dimitido el líder del sindicato, una medida que no basta para restaurar el daño que le han hecho al socialismo. Casi dos millones de fraude al fisco, el honor de la lucha obrera mancillado, la gloriosa Internacional vilmente pisoteada entre pícaras seguiriyas y alegres sevillanas, a bailar, a bailar, a bailar, todo el mundo a bailar, arsa y olé, que no nos falte de ná. Eso ha sido la UGT-Andalucía: un apestoso tablao de chorizos armados con cuchillos jamoneros. Duele que los tesoreros de la derecha se lleven el parné de los sufridos parados, duele que algunos borbones trinquen como raterillos de baja estofa y se lo gasten en clases de salsa y merengue, pero que los cuartos se los levante un supuesto sindicato, que el butroneo lo practique la UGT de los más de cien años de honradez, duele mucho más. Han ultrajado los nobles ideales de la izquierda, han sustituido aquello tan honroso de "a las barricadas" por esto tan sucio y atroz de "a las mariscadas". Ay, Andalucía, tierra seca, tierra quieta, decía el gran Federico. A Andalucía la van a dejar seca como un monte pelado, como un inmenso olivar lleno asaltadores y bandoleros, navajeo y morenos gitanos robando subvenciones como melones en la noche clara de la madrugá. Para eso se han quedado los sindicatos de clase. Para regular cuatro turnos de vacaciones, para repartir gorras, silbatos y pancartas en inútiles manifestaciones y para sirlarle la cartera al pueblo. Hoy, ahora, en España los acusados son todos, ya no queda ni un solo símbolo institucional en pie. La democracia diluida por un partido totalitario, la Justicia vendida al poderoso y ensañada con el robagallinas, la monarquía desacreditada. Y ahora lo que nos faltaba: los sindicatos aplicados a la estafa, al timo, al afane, al mangue, al sise, al expolio fácil. Esto no lo arregla ni la jueza Alaya, diosa Temis forjada en Pedro del Hierro, ni Sánchez Gordillo, Lenin de sombrero de paja, con su famélica legión asaltando mercadonas y latifundios. Con rojos como los fulanos de la UGT no necesitamos señoritos. Siempre mejor un cayetano conocido que un proletario capitalista por conocer. Esto es la fiesta final de la corrupción, el cotillón de la degeneración última y suprema. Todos están ya enfangados, podridos, putrefaccionados. Desde los leones de las Cortes hasta el último sindicalista de Sierra Morena. España: cuna de fenicios ladrones. Dan ganas de romper el carné de rojo, coño.