Es como si la Monarquía hubiera perdido, de repente, todo su poder entrañable, mágico, encantador. El juez Castro, por fin, ha dado un puñetazo en la mesa para decir que aquí se acabaron los cuentos de hadas. Durante décadas, España había vivido en una especie de fábula a lo Hans Christian Andersen, con sus reyes y reinas, sus príncipes y princesas, sus alfombras rojas, jardines, tapices y fieles consejeros como Sabino. El pueblo toleraba a los borbones porque parecían sobrios y quedaban monos, tan rubios y espigados ellos, esquiando en Baqueira Beret. El Reino tenía sus buenos y sus malos (como Tejero), no había castillo rutilante pero sí un coqueto palacio de Marivent, un yanqui en la corte del rey artúrico como Woody Allen y un yate resultón amarrado en la esquina para seducir a los líderes mundiales. Creíamos que contábamos con una monarquía relativamente barata, sostenible, eficaz, una monarquía discreta y republicanota compuesta por unos funcionarios que ejercían con relativa aptitud su papel de borbónicos. Hasta posaban para el Hola, con sus retoños de couché, a las puertas de la Clínica Ruber, demostrando así que las Infantas parían por el mismo sitio que las chabolistas. Hoy todo eso se ha ido al traste. La princesa Cristina se ha convertido en un sapo imputado, su marido ha superado a Basil Rathbone en sus mejores papeles de villano codicioso y el Rey se ha quedado en un anciano achacoso que pierde los papeles en los discursos y que no tiene el valor de encarar el puente hacia su jubilación, como decía el anuncio aquel. Hasta hay madrastras sospechosas conjurando en la sombra con la manzana venenosa (véase la ladina Corinna). El pueblo necesita que le cuenten fabulosas historias que le hagan soñar, no historias de princesas macarras que huyen a Suiza con la pasta y duques priápicos que solo piensan en fornifollar. Es evidente que el truco, el hechizo real sobre el que se asentaba nuestra imberbe democracia, se ha roto, y el ciudadano ya no cree en la Monarquía. A decir verdad no creemos en nada porque, como ya digo, el iluso encantamiento que refundó España en el 75 se ha roto irremediablemente a fuerza de escándalos, palancazos, desfalcos, blesas y urdangarines que van por ahí trilando lo que pueden. Lo malo de Urdangarín es haber creído que la milenaria Zarzuela era como una cancha de balonmano donde se trataba de robar y salir corriendo. El secreto del éxito del juancarlismo no estuvo ni en el bombazo de Carrero, ni en el consenso político, ni en los pactos de la Moncloa, ni en el día que Carrillo se quitó la peluca comunista, ni siquiera en la templanza de Adolfo Suárez, ese Ulises de Ávila. El secreto de nuestra Monarquía fue que supo contarnos un cuento feliz después de una cruel pesadilla, un cuento fantástico y seductor que nos infundió esperanza e ilusión después de tanta noche gélida, tanto brazo en alto y tanta miseria franquista. El cuento tenía sentido y hasta el happy end de las bodas reales al estilo Sissi Emperatriz, aunque con princesas algo más feuchas, más bien en plan Shreck. Todo eso se ha perdido para siempre. El relato mítico, el discurso de ficción sobre el que se asentaban los cimientos de nuestra democracia, el cuento de hadas, ha saltado por los aires y nos hemos estrellado contra la cruda realidad de que la Infanta no era en realidad una Infanta sino una señora aprovechada y jeta que contrataba cenicientas sudacas en negro y que se autoalquilaba el Palacete de Pedralbes para trincar una calderilla en el IRPF, qué cutrez. Una monarquía, de ser algo, es un cuento para niños que surte efecto entre los súbditos gracias a su poder misterioso de fascinación y encantamiento. Algo irracional y absurdo pero que funciona. "Yo quisiera encantar como tú encantas", decía Gerardo Diego. Pero parece que el juez Castro ya no está para muchos cuentos.
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El terror no solo mata con balas, también mata con la palabra. Y eso es lo que han hecho los presos de ETA que han participado en el sórdido acto en el café teatro de Durango: terminar de rematar a sus víctimas con su retórica inhumana, ininteligible, atroz. Durante años aniquilaron a cientos de inocentes (entre ellos algunos pobres niños) con el tiro en la nuca o la bomba lapa y ahora les dan la puntilla con su lenguaje animal, humillante, totalitario. Los matan dos veces, o sea. No encontraron ni una mala frase para pedir perdón, no tuvieron ni un mísero gesto de contrición o remordimiento para los familiares de los asesinados. Hasta una cucaracha muestra más humanidad de la que han mostrado los sesenta de la muerte. Antes de irse a comer, se colocaron para la foto, sonrieron cínicamente y soltaron cuatro palabras hirientes para las víctimas, para la democracia y para la dignidad humana. Pero ellos saben que su tiempo ya pasó, que ya no son aquellos jóvenes y briosos gudaris de melenas desgreñadas que empuñaban la Parabellum hambrienta de sangre. Ya no son aquellos muchachos dispuestos a arrojar a un ser humano a un zulo infecto y esperar pacientemente hasta verlo enloquecer y pudrirse tras un año de cautiverio. Ya no son aquellos cachorros de ojos fieros expertos en el traicionero temporizador y en volar por los aires centros comerciales llenos de gente. Yo solo vi a un grupo de hombres acabados, mudos, vaciados de alma. Se les veía viejos y achacosos, derrotados y resentidos, enfermos y carcomidos por la metástasis terminal de la maldad. Han decidido reunirse en un teatro de Durango para hacerse la pretendida foto histórica, la foto eterna de los fundadores del nuevo estado estalinista vasco. Torpemente formados como jubilatas después de jugar un aburrido dominó, compusieron una especie de infame galería de los horrores, solo que en lugar de monstruos de cera había monstruos arrugados y envejecidos que ya no toman chacolí en la herriko porque están prostáticos. No podían haber escogido un mejor escenario para su última mascarada: un teatro. Los cincuenta años de lucha armada han sido precisamente eso, un macabro teatro, una gigantesca farsa montada sobre el delirio de que formaban parte de un ejército armado dispuesto a salvar a la oprimida patria euskalduna. Hoy, medio siglo después de que la banda naciera en un seminario (los curas, siempre los curas), se puede decir que ETA no era ni un glorioso movimiento de liberación nacional (como dijo Aznar), ni un grupo de bravos resistentes frente al oprobioso Estado español, ni un cuerpo de guerrilleros osados y valientes, sino la mayor mentira del loco siglo XX, una multinacional del crimen que daba trabajo a los parados de las rías vizcaínas y que cotizaba en muertos, coca y mucho impuesto revolucionario en la Bolsa de Bilbao. ETA era una empresa de economía sumergida que rendía sangrientos beneficios a final de año. Lo malo es que con el paso de los años el pueblo, víctima del terror, se acabó acostumbrando a tanto cuerpo mutilado a la hora del telediario, a tanta masacre de casa cuartel y a tanta barbarie. ETA terminó convirtiéndose en un fenómeno meteorológico, como la gota fría o el pedrisco, y todos terminamos habituándonos al atentado diario y a los ridículos chorbos encapuchados que daban comunicados absurdos y quemaban autobuses. El miedo desaparece cuando no hay nada que perder. Como los vampiros, convirtieron la sangre en un fin y fue ahí cuando empezaron a perder la guerra. Hoy, esos sesenta de Durango, esos ancianos despojos, esas bestias de sonrisa caníbal, saben que han perdido la batalla, no por tantos comandos desmantelados, ni por tantos años de cárcel como se han comido, ni por haber sido abandonados por sus generales en las húmedas cárceles de la meseta. Lo saben en lo más profundo de ellos mismos porque han desperdiciado miserablemente sus vidas persiguiendo una idea falsa, injusta y cruel. Aunque todavía sigan matando con la palabra.
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Todo el pueblo de Madrid anda recogiendo firmas para que este año haga de Rey Baltasar un negro de los de verdad y no un tío tintado de betún barato, como todos los años. Paseaba yo por Sol esta Navidad cuando una niña me pidió la firma para este menester, pero yo le dije que paso, que a mí me gusta que el rey negro sea un falso negro, un actor fingido de los de toda la vida, porque va más con nuestra tradición cutrehispana, con nuestra cultura del parche y la improvisación y con nuestra vida política actual. Un Baltasar de pega con acento andalú, un señor blanco travestido de negro con nariz aguileña de Cáceres, un rey tirando a marronazo oscuro, es más nuestro, más propio y berlanguiano, y encaja mejor con el hundimiento de la Marca España, que es nuestra tragedia contemporánea. Aquí somos expertos en hacerlo todo mal, ésa es nuestra gran marca patria, nuestro sello nacional y principal. Panamá le encarga el canal a Sacyr y Sacyr abre en canal a los pobres panameños, que van a estar pagando sobrecostes hasta el día del juicio final, por mucho que Rajoy mande ahora a Ana Pastor a cruzar el charco, deprisa y corriendo, para arreglar el desaguisado (un desaguisado que ya no tiene remedio, por otra parte, porque nuestro prestigio como país está a la altura del prestigio de Ortega Cano y su hijo torete). En España construimos aeropuertos sin aviones, edificios calatravianos que se caen a trozos y hasta Parlamentos con goteras y luego vamos por el mundo de únicos, de grandes profesionales de la construcción, cuando en realidad nuestras multinacionales de cartón piedra las dirigen trincotrileros del sobre, ejecutivos engominados en la falsía y el desfalco y chamarileros de tres al cuarto que solo piensan en hacer las américas para llevárselo entero, como en tiempos de Hernán Cortés. En España somos diestros en la chapuza, ésa es nuestra I+D, y por eso el Rey Baltasar tiene que ser, necesariamente, un tío de Cuenca embreado de grasa proletaria que se saca unos durillos tirando caramelos a los niños cada seis de enero. Lo malo es que los políticos lo petan todo, coño, son tan egoístas que ya no dejan el puesto vacante de Baltasar al anónimo ciudadano, como debería ser, y este año hará de rey moreno, otra vez, un concejal (del PP o de UPyD, que será aún peor), con la poca gracia y salero que tienen los jodíos para meterse en el papel de sus majestades de Oriente. La verdad es que baja la moral ver al fabuloso Rey Baltasar subido al tractor de la cabalgata y encontrártelo al día siguiente, resacoso y aturdido, en el negociado de vía pública, multas y sanciones. Estos gobernantes nuestros son unos avariciosos que ya no dejan nada para los demás, nos quitan los derechos laborales, nos quitan el trabajo, nos quitan la casa, nos cortan la luz y hasta nos quitan al Rey Baltasar. Al menos antes los Reyes Magos llegaban con oro, incienso y mirra (¿qué diantres era la mirra?) más algún que otro patinete, trenes eléctricos y Nancys rubias como las de Mario Vaquerizo. Pero es que ahora tenemos que aguantar que un señor concejal ridículamente pintado de negro y salido de alguna ventanilla burocrática y gris nos venga con la saca llena de imputados, comisiones ilegales, sobrecostes y cuentas en Suiza. Los madrileños quieren un rey negro muy negro (como se dice en Las Mil y una Noches), un negro de verdad, pero mejor dejar la cosa como está, con un Baltasar autóctono, de Vallecas de toda la vida, untado, sin pedigrí oriental, no vaya a ser que a Ana Botella le dé por desclavar a un pobre africano de las crueles concertinas para colocarle un turbante de oro en la cabeza y montarlo en un camello. Así es la Marca España.
Posdata para sus Majestades: Este año le habéis traído carbón a Bárcenas, más una alergia que casi lo mata como a un chinche y lo saca de la cárcel, por fin, en libertad provisional. ¿Quién le habrá echado el carbunco en el pollo de Navidad? ¿Habrá sido algún paje vengativo camuflado de Baltasar?
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Hace unos años, un distinguido arquitecto cuyo nombre me reservo me dijo muy confidencialmente: "Calatrava es un bluf; la Ciudad de las Ciencias terminará hundiéndose". Y mira por dónde, hoy se está hundiendo. Los ladrillos de todos esos edificios futuristas que el arquitecto valenciano levantó en los años del pelotazo fenicio no aguantan, tiemblan, se caen a trozos mientras el Gobierno valenciano se pone muy tarasca y digno y anuncia inminentes querellas contra el famoso diseñador. ¿Pero qué querellas ni qué milongas, habría que preguntarle al honorable Alberto Fabra? ¿Estaría el president dispuesto a llevar a los tribunales todos los sobrecostes, las facturas, las comisiones, los supuestos pelotazos que se han dado a costa de ese complejo faraónico símbolo de una época de derroche y despilfarro? ¿Tendría su señoría el valor suficiente para poner encima de la mesa de un juez todos los desmanes que se han cometido en la construcción de ese monumento babilónico? No nos venda la moto, molt honorable, y no nos haga hablar de su gestión, que para eso ya está el ácido Cronista Montañés, un par de blogs más adelante. Que Fabra sea el gestor más idóneo y competente para salir de esta crisis está aún por ver (dejemos que sea la Historia quien lo diga) pero a fecha de hoy una cosa ya ha quedado demostrada: que es un gafe de los buenos. A Albertito últimamente se le hunden los titanics de la Valencia más opulenta y vanguardista: se le hunde la banca, se le hunde la televisión autonómica, se le hunde el Valencia Club de Fútbol con todos sus fichajes y sus jeques chinos de Singapur y ahora se le hunde la Ciudad de las Ciencias, icono de la valencianía del derroche, el lujo pijo y la horterez. A poco que se descuide, se le hunde también el Miguelete, Dios no lo quiera. Calatrava no engañó a nadie y los engañó a todos. Calatrava es la mezcla perfecta de vendedor de crecepelos y pequeño Einstein de la arquitectura posmoderna acostumbrado a doblar traviesamente el espacio y el tiempo con sus geometrías no euclidianas, un mago de la física que deja boquiabierto al político rústico y paleto (el que maneja el pastizal) con cuatro bocetos rápidos, dos brochazos mal dados y unos azulejos fijados con Pegamento Imedio. Luego, al poco tiempo, los azulejos se despegan y claro, se caen a cachos en solemne mascletá, pero para entonces el maestro pirotècnic Calatrava, judío errante él, ya está lejos, muy lejos, en New York o en Oslo, arrastrando la saca repleta de dinero y el cartapacio lleno de petardos, levantando resbaladizos puentes venecianos y rascacielos como frágiles castillos de naipes, deslumbrando al mundo con sus edificios imposibles de ciencia ficción sacados de la infantil Guerra de las Galaxias. Porque Calatrava, como buen artista fallero, no levanta cemento aburrido, él levanta sueños de grandeza que arden como hogueras, sueños millonarios que vuelan con el aire y con el tiempo y que terminan cayendo como la ceniza y el polvo, abrasando consigo a los ninots, o sea a los políticos trincones. Su hierro retorcido que desafía a la ley de la gravedad ha sido solo una ilusión, la metáfora cruel de la edad del loco ladrillo, un ladrillo que acaba derritiéndose como un helado en la playa y convirtiéndose en un fraude, en un churro valenciano, en un truño. Si Fabra tiene que cerrar el Palacio de la Ópera calatraviano porque hay goteras peligrosas que lo cierre cuanto antes, no sea que una teja futurista y homicida le abra la testa a un guiri despistado. Y que ponga ya el cartel de ruina. Como a su gobierno.
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Me entero por Infolibre de que el señor Blesa, cuando era el mandamás de Caja Madrid, quería apropiarse del agua de los ciudadanos, el agua sagrada del Canal Isabel II (con el previo consentimiento y enjuague del PP, of course). Qué pájaro. Aquí, si nos despistamos un poco, nos roban el agua y hasta los calcetines andando. Cualquier día abrimos el grifo y nos sale la mano manicurada de un banquero con gemelos de oro exigiéndonos el diezmo del agua. Éste es un Gobierno que está jugando ya con las cosas del comer. Con el pan de los parados, con el agua, con la luz. Todos preparamos la cogorza de Nochevieja, el hermoso y dulce colocón al borde del abismo, pero miramos con miedo y de reojo al calendario, a la espera de que Montoro y sus boys nos metan por retambufa el facturón de la luz, un megavatio que nos va a dejar fundidos, zoom, zoom, faradio, faradio, como decía la loca aquella de la bola de cristal, allá por los añorados y felices ochenta. Tenemos un Gobierno que primero nos mata de hambre y luego nos mata de frío, así que nos está matando doblemente, para que no haya dudas. El facturón lo tiene que pagar el ciudadano mientras empieza a respirarse un ambientazo de que aquí no ha pasado nada: Blesa era un señor que iba por ahí cazando osos sin hacer daño a nadie; Matas un buen chico que se dedicaba a levantar palacetes mallorquines por pura afición; Carlos Fabra solo era un inocente moroso adicto a los aeropuertos; la Infanta firmaba lo que le decía su hombre (simplemente se casó y fue sumisa, como aconseja el libro del Arzobispado de Granada ) y en ese plan. Los ricos se calientan con vino gran reserva mientras el sufrido peatonal tiene que pagar cada voltio de electricidad a precio de barril de petróleo. Rajoy no pinta nada al lado de unas multinacionales que cada año subastan nuestra energía, nuestra cartera y nuestras vidas. Para los grandes magnates de las hidroeléctricas los ciudadanos no somos más que fusibles que se encienden y se apagan como lucecitas de un macabro árbol de Navidad. Ya va siendo hora de pensar en nacionalizar las cosas básicas de la vida porque todo está demasiado privatizado. Todo menos la corrupción, claro, que es pública y notoria. Eso sí, para el nasciturus de Gallardón todos los derechos constitucionales están plenamente reconocidos y garantizados, pobretico el nasciturus, es tan tímido y calladito él... En esta España contrarreformista, nacionalpepera, opusina, fachorra y pobre se garantiza todo el derecho a la vida de un cigoto etéreo, celular, licuado, mientras al pobre mendigo con cartela de carne y hueso, al pobre rico en infortunios y miserias, se le arroja al infierno sucio del Metro, o a la soledad fría y tecnológica del cajero automático, y a otra cosa butterfly. Hasta Portugal, secular culo de Europa, se ríe ya de nuestro atavismo primitivo y se frota las manos con el negocio que van a hacer sus clínicas importando embarazadas low cost para extirparles el mal y la cartera. Portugal va a ser el santuario de Lourdes de nuestras preñadas de renta baja, solo que sin virgencitas milagrosas ni cojos dando la vara por ahí, mientras las pijas del barrio de Salamanca se rajan el útero y se liposuccionan, dos por uno, entre martinis y sesiones de rayo uva, en los grandes balnearios del aborto. Éste es el triste panorama que nos aguarda en 2014: el ciudadano congelado de empleo y sueldo, el ciudadano calentándose al lado del brasero, el ciudadano apagado, sin luz, y nuestras mujeres dando a luz como conejas de las milicias femeninas, en fila de a una, en formación, un, dos, un, dos, pariendo, pariendo por Dios y por España, que hay que llenar el país de niños, que hacen falta más niños del hambre corriendo descalzos por la calle, a ver si el Banco Europeo se da cuenta de una vez de que esto es un solar, un cuarentañismo sin aguilucho pero con gaviota. Llega el cotillón de fin de año, la traca final. El baile de los ladrones, los Blesa y Matas tocándose la zambomba a dos manos por las calles de España, los jueces expedientados por hacer bien su trabajo, las campanadas del fraude y la mentira. La farsa de la democracia. La farsa de España. Solo faltaba Raphael dándonos el coñazo.
Me dice una amiga que ella es un poco Mister Scrooge y que no tiene ningún espíritu navideño. No se lo reprocho. Nos pasa a muchos en mayor o menor medida. Cuando Dickens escribió su famoso Cuento de navidad, la humanidad aún tenía esperanza en un futuro mejor y las gentes seguían creyendo en valores eternos, platónicos, aunque un tipo bigotudo y sifilítico como Nietzsche estaba a punto de nacer para matar a Dios y jodernos la marrana todavía más. Hoy ya no creemos en nada que no sea una jugosa oferta de dos por uno en el Carreflús y en nuestro amado plasma 3-D que nos tiene enganchados como idiotas a la telegili y a los braguetazos de Amador Mohedano. Nos han robado la fe en la religión, en la política, en la Justicia, en la Agencia Tributaria y hasta en Leo Messi, lo cual parecía imposible. En algún momento de la existencia humana alguien nos dijo que era mejor abrir los ojos, dejarse de moñadas y zarandajas navideñas y vivir una existencia material, cínica y nihilista, que por lo visto era el buen camino para alcanzar la felicidad. Enterrar el idealismo, la moral, los valores, fue un craso error, y así como el avaro señor Scrooge terminó sus días horrorizado por los fantasmas de la Navidad y llorando ante su propia tumba, así el ser humano va camino de arruinar lo poco de bueno y noble que hay en él. No se trata de ponerse en plan cursi a estas horas de la noche y de hacer un elogio infumable en defensa de la Navidad (una fiesta que por otra parte ha quedado para ganancia de El Corte Inglés, eso ya lo sabemos todos) y mucho menos después de escuchar que a la mujer del presidente de Madrid la han imputado por trincotrilar en áticos marbellíes y de que la Espe, verso más suelto que nunca, le haya susurrado al juez que Rajoy estaba al tanto de los pelotazos de los peces gordomadriles de la Gurtel. Pero es que España entera está llena de señores Scrooges vendidos a ese materialismo infecto que nos prometía la justicia y la libertad y que no produce más que familias rebuscando en la basura, enfermos y jubilatas que se calientan con la hoguera gitana, parados de eterna duración y fariseismo desbocado y neoliberal a calzón quitado. Hoy el señor Scrooge es el señor Blesa remojándose con champán en su mansión victoriana mientras el juez Elpidio, que quería emplumarlo justa y honradamente, ha perdido su trabajo. Hoy el señor Scrooge es ese Bárcenas que ofrece a la Justicia más páginas del serial pepero a cambio de que le deje volver a casa por Navidad, como aquel plasta del turrón. Hoy el señor Scrooge es también Jaume Matas, que espera ansioso su regalo de reyes infame en forma de indulto. Seguramente, todos estos Scrooges de la vida han olvidado ya las cosas cursis de la infancia navideña; el aroma sabroso y caliente del honrado pavo trinchado por madres alegres gordas de bondad y generosidad; aquel primer juguete barato que le dio el gozo y la felicidad absoluta, como ocurría con el trineo Rosebud orsoniano; el primer beso inocente bajo la nieve de la chica de los guantes rojos y los ojos llenos de amor. Todos sabemos que el mundo nació de una explosión sideral, que el hombre viene del mono o al revés y que han descubierto una partícula primigenia que confiere masa a la materia. Los cuentos navideños cosmogónicos a la luz de la lumbre han quedado como viejos fósiles del pasado. Pero nunca perdamos de vista que vivimos en un mundo de magia, que la realidad no existe si no es a través de nuestra mente, que nadie ha estado al otro lado para saber si hay algo más y que la ciencia se equivoca una y otra vez. Que todo, hasta el sueño más descabellado, es posible en este Universo extraño y fascinante. Es cierto, odio la Navidad falsa, hipócrita, consumista, pero amo la idea utópica de la Navidad. Sé que todo es un cuento chino que nos han ido contando, monolíticamente, sin enmiendas, de generación en generación. Pero nos guste o no, esta mentira dulce y cruel que es la Navidad, este mensaje de paz, bondad y solidaridad entre las personas y los pueblos es lo único que nos diferencia de los señores Scrooge que van por ahí arruinando la vida al personal. La Navidad nos hace hombres y mujeres de verdad. Nos diferencia de las bestias y las alimañas del dinero. Así que esta noche pondré el mismo disco de villancicos de Sinatra de cada año, veré Qué bello es vivir como cada año y brindaré tontamente, absurdamente, por los buenos sentimientos, como cada año. Ésa será mi peineta sana hacia los señores Scrooge que dirigen los destinos de la Tierra. Feliz Navidad.
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Hay noticias que producen estupor y furia (la familia sevillana muerta por una sobredosis de comida caducada); noticias que producen hilaridad (el arquitecto de Génova 13 entrando en la Audiencia Nacional con el casco de moto en la cabeza para que no le vean la jeta); y noticias que producen nostalgia, como la muerte de Joan Fontaine, Peter O'Toole y Lolita Sevilla, todo en uno. Hay algo extraño y mágico en el mundo del cine que hace que las estrellas nunca se vayan solas. Siempre mueren de dos en dos y hasta de tres en tres, como si el dios del celuloide quisiera concederles el último deseo de acompañarse entre ellas en una función final camino de la eternidad. Fontaine fue la rubia frágil e insegura, la rubia inteligente (también las hay) que enamoró al gordo/salido Hitchcock. Sus papeles de mosquita muerta elegante y casi frígida que las mataba callando gustaban mucho al personal y una de sus películas inmortales, Rebeca, terminó dando nombre a una prenda de vestir. Ponte una rebequita, nos decían nuestras abuelas cuando salíamos por la noche, a las fiestas del pueblo, para hacer maldades con las mozas. De Lolita Sevilla qué podemos decir. Que puso gracia, arte y salero a la Coplilla de las divisas, aquello tan típico y español de Americanos os recibimos con alegría, la canción de Bienvenido Mister Marshall, una película más vigente que nunca. Deténgase el sufrido lector de este blog en el fotograma en el que Pepe Isbert, Manolo Morán y la propia Lolita Sevilla entrelazan sus brazos y enfilan alegres y contentos por el pueblo para recibir al señorito yanqui, sustituya a esos grandes actores por Rajoy roneando en andalú, por Montoro con sombrero de Vinos Tío Pepe y a la Cospe muy pizpireta ella con su faralá y su peineta españolaza y tendrá el vivo retrato de un país que sigue esperando la llegada del Marshall de turno. Nada ha cambiado desde el cuarentañismo, salvo que hoy el amigo americano ya no trae leche en polvo de la NASA para los niños de la guerra y de la polio sino más bien el tocomocho del parque temático, como el fulano ése de Eurovegas que quería comprar España a golpe de talonario enfangado de whisky, juego y putas. Vivimos un déjà vú histórico, ya lo hemos dicho aquí otras veces, y hemos vuelto a la posguerra del pueblo llano viviendo la miseria de la manta y el brasero, la miseria de cartón y hojalata, la miseria de las latas caducadas y botulímicas que fumigan españoles como moscas, mayormente parados y miserables. Nuestra derecha patria sigue creyendo en el mito berlanguiano del papá yanqui que llega de la USA opulenta para rescatarnos de la pobreza monástica, negra, secular. Solo que esta vez el yanqui no llegará porque se ha largado con los asiáticos, que en cuestión de lujo se lo saben montar mejor, y el Gobierno se ha quedado sin su gallina de los huevos de oro de Minnesota. Así que a trabajárselo mejor, señor Rajoy, no todo va a ser echarse la siesta gallega y fumarse los puros de Moncloa (que ya no quedan puros para las visitas, oiga, un poquito de por favor) no todo va a ser esperar camastronamente a que llegue el sindicato del crimen americano a resolver los problemas de la España rota por la penuria y los levantiscos de Esquerra. Fontaine y Lolita Sevilla son dos grandes pérdidas, sin duda. Pero a mí la que más me duele es la muerte de Peter O´Toole. Nunca olvidaré cuando vi Lawrence de Arabia por primera vez en pantalla de cine, cinemascope y todo color. Una obra inmensa, épica, emotiva, colosal. Fue ese aventurero de ojos rabiosamente azules quien me enseñó que el hombre siempre está solo frente a su destino, que la soledad puede ser un desierto abrasador. Todo eso y una frase mítica: "Nada está escrito".
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