lunes, 18 de noviembre de 2019

EL VÍDEO

(Publicado en Diario16 el 28 de octubre de 2019)

Corre por Madrid el rumor de que el vídeo sobre la exhumación de Franco podría salir a la luz en cualquier momento. De existir ese NO-DO en color que dejaría constancia de lo que ha sido sin duda un hecho histórico, su poseedor podría considerarse una persona afortunada, ya que las televisiones están dispuestas a pagar lo que haga falta por difundirlo. Sería la segunda vez que alguien intenta hacer negocio con la muerte del dictador, que es como si hubiese fallecido dos veces. Según publica el diario El Plural, Cristóbal Martínez-Bordiú, marqués de Villaverde, ‘El Yernísimo’ y padre de Francis Franco (el nieto que ahora va dando lecciones de democracia), pudo haber obtenido una imagen del general agonizante cuando yacía intubado en una cama del hospital días antes de expirar. De alguna manera, aquella fotografía llegó a la prensa para escándalo nacional y alguien sacó tajada con ella. “El reportaje salió en 1984, nueve años después de morir el dictador, y con la imagen de su entierro todavía en la retina los españoles pudieron ver en La Revista la polémica fotografía de la agonía de Francisco Franco mientras se le trataba en el Hospital de La Paz”, asegura el citado medio. A día de hoy todavía no se sabe quién comercializó aquella foto “ni si el Marqués de Villaverde estaba en el ajo de esa transacción”, según El Plural.
Con la exhumación llevada a cabo esta semana alguien ha vuelto a oler el rastro de la exclusiva. Precisamente la obtención de imágenes dentro de la Basílica del Valle de los Caídos fue el principal motivo de tensión y disputa entre los policías encargados de la seguridad y la familia Franco, que se ha quejado del trato recibido. En un momento del acto, los Franco llegaron incluso a mantener un forcejeo con los agentes, un incidente que alguien grabó supuestamente con un teléfono móvil. En la grabación pueden verse y escucharse las protestas de los Franco, que se quejan de que los agentes no les dejan salir del panteón. “¡Esto es una dictadura!”, dice uno de los familiares: “¡Ya está bien hombre, un poquito de dignidad, después de lo que han hecho¡”, espeta otro. También puede oírse cómo una voz femenina exclama: “¡Pero déjenos salir por favor¡ ¡Qué vergüenza!”.
¿Quién registró esas imágenes que captan el momento justo del enfrentamiento entre los policías y los Franco? Y lo que es más importante: si se pudo grabar ese forcejo, ¿alguien puede descartar que no hiciera lo mismo con el momento en que la lápida de Cuelgamuros fue destapada y el féretro con la momia del dictador extraído para su posterior traslado al Cementerio de Mingorrubio? Jaime Alonso, portavoz de la Fundación Francisco Franco, confirmó ayer en el programa Liarla Pardo de La Sexta que ese forcejeo se produjo efectivamente a la salida del Cementerio de Mingorrubio, una vez culminada la inhumación.
Se sabe que el Gobierno había trazado un plan para evitar que los nietos del general pudieran obtener imágenes con la intención de rentabilizarlas después. Además, como medida de seguridad adicional, se levantó una carpa sobre la tumba del dictador en la Basílica a la que sólo pudieron acceder unas pocas personas. Por si fuera poco, los agentes de Policía requisaron a los familiares, a la entrada de la basílica del Valle de los Caídos, sus teléfonos móviles. Si ese plan ha funcionado o no solo el tiempo lo dirá. De momento, en el entorno del clan franquista ya se ha advertido que todo lo que ocurrió esa mañana en el interior de la Basílica de Cuelgamuros va a salir publicado en un vídeo más tarde o más temprano.
Esta posibilidad quedó patente ayer en el programa de Cristina Pardo, cuando la presentadora le preguntó a Alonso si sabía que Juan Chicharro, presidente de la Fundación Francisco Franco, conoce la existencia de las imágenes y su inminente publicación. Alonso respondió con evasivas: “Me imagino quién pudo grabar. Fueron 200 personas aproximadamente… bueno ponga usted veinte. No solo no tengo pruebas sino que no tengo constancia alguna de que hubiera grabación. Es más, me gustaría que el Gobierno, ya que ha organizado el show, dijera a la opinión pública con qué falta de tacto actuó con un muerto”. Palabras que presagian que un bombazo informativo está cociéndose en alguna televisión privada.

LA MALTRECHA CONSTITUCIÓN


(Publicado en Diario16 el 27 de octubre de 2019)

Las banderas deberían usarse siempre con moderación y mantenerlas a buen recaudo, en la medida de lo posible. Un exceso de enseñas, divisas y estandartes conduce indefectiblemente a una borrachera patriótica multicolor que suele acabar mal. Ya lo hemos visto en las últimas semanas de convulsión en Cataluña. Cuando alguien se envuelve en la bandera ya no hay nada más que importe en la vida. Ni la familia, ni los amigos, ni el trabajo, ni los estudios universitarios. Todo se termina haciendo por y para ese trapito de colores que en realidad no significa nada, aunque sea muy útil para que una minoría de listos convenza a una mayoría de tontos de que deben hacer la guerra por su cuenta. Hoy era el día de los otros, los del bando contrario, los unionistas.
Miles de personas se han lanzado a las calles de Barcelona en la manifestación constitucionalista convocada por Sociedad Civil Catalana (SCC). Tras el empacho de esteladas tocaba el empacho de rojigualdas. En España hemos llegado a un punto en que se trata de ver quién grita más alto, quién suelta el insulto más grosero, quién pega el porrazo o la pedrada más fuerte y quién la tiene más larga (la bandera). Cosas propias de pueblos sin civilizar. Ya lo dijo Schopenhauer: “Todo imbécil execrable que no tiene en el mundo nada de que pueda enorgullecerse se refugia en este último recurso de vanagloriarse de la nación a que pertenece por casualidad”.
Inicialmente Vox no estaba invitado al acto, pero el cabeza de lista al Congreso por Barcelona, Ignacio Garriga, ha acudido para acusar a los socialistas de “traición a la patria”. Los de Abascal no pierden la oportunidad de echar una palada más de odio. Los organizadores habían dejado claro que la formación ultra no era bien recibida, pero Abascal respondió que miembros de su partido acudirían a la cita sí o sí porque no necesitan “permiso de nadie”. Aquí ya no se trata de resolver nada, sino de liarla. La cuestión es cuánto va a tardar en estallar el polvorín.
“No vamos a estar ni en la cabecera ni en los discursos ni al lado de aquellos que han traicionado a la patria. Hoy está aquí el PSC, el PSOE, los socios de los separatistas, y nosotros jamás vamos a estar junto a ellos”, ha dicho Garriga. La ultraderecha es quien mejor está rentabilizando los días previos a las elecciones del 10N. No solo se han apropiado de la palabra España, también de la bandera nacional y de la Constitución tal como ellos la entienden. No deja de ser una paradoja del destino que quien ensalza a Franco y al franquismo se muestre tan devoto de la Carta Magna del 78, un documento democrático que fue fruto del consenso y la concordia, no del odio que algunos pretenden propalar. La Constitución costó demasiada sangre, demasiado sudor y demasiadas lágrimas como para entregársela ahora a Vox, cuyo líder ya se ha erigido en el único capaz de defenderla. Sería un grave error dejar en manos del salvapatrias de turno todo lo bueno que hemos construido en cuarenta años de libertades.
En otro orden de cosas, cuentan las crónicas que la manifestación ha comenzado en el cruce del paseo de Gràcia con la calle Mallorca bajo el lema “Por la concordia, por Catalunya: ¡Basta!”, y que los participantes llevaban numerosas banderas nacionales. De concordia queda ya muy poco. Y respecto a Cataluña, unos y otros dicen amarla mucho cuando en realidad la están matando poco a poco. De aquella tierra rica, próspera, culta, moderna y acogedora solo quedan ya las hogueras medievales, las barricadas, la lluvia de adoquines y los ejércitos de anarcos que campan a sus anchas dando caza al ‘botifler’ españolista.
A la manifestación han asistido los ministros José Luis Ábalos y Josep Borrell; el primer secretario del PSC, Miquel Iceta; el líder del PP, Pablo Casado; el líder de Cs, Albert Rivera; la candidata popular al Congreso por Barcelona, Cayetana Álvarez de Toledo, y la de la formación naranja, Inés Arrimadas, entre otra gente que por lo visto ha renunciado ya a resolver el drama catalán y ha optado por la pancarta y el eslogan callejero. El pueblo tiene derecho a la protesta; el político tiene la obligación de resolver los problemas, que para eso les pagan. Está muy bien que todos esos dirigentes se manifiesten para decirle a los violentos que la calle no es suya y para defender la Constitución. Pero mejor harían en sentarse a dialogar para reformarla y adecuarla a los nuevos tiempos que corren antes de que el edificio, aquejado de una grave aluminosis política, se nos venga abajo irremediablemente.

LA BALCANIZACIÓN

(Publicado en Diario16 el 27 de octubre de 2019)

No es nada nuevo que Quim Torra sueña con extender el conflicto catalán al resto de España. Fracasada la estrategia de internacionalización del problema en Europa, el president de la Generalitat de Cataluña busca ahora la forma de propagar el polvorín separatista “dentro de casa” para que todo salte por los aires. La firma de un manifiesto entre partidos nacionalistas de Cataluña, País Vasco, Galicia, Islas Baleares y Comunidad Valenciana en Barcelona forma parte de una segunda fase del plan Puigdemont/Torra: consolidar y reforzar un bloque soberanista fuerte que pueda relanzar el desafío independentista, tratando de doblegar al Estado. Es decir, extender el incendio. El cuanto peor mejor.
Los partidos que han rubricado la Declaració de la Llotja de Mar del 25 d’Octubre de 2019 son: BNG, Crida Nacional, CUP, Demòcrates, EH Bildu, Esquerra Republicana, Esquerra Valenciana, MÉS per Mallorca, MÉS per Menorca y PDECat-Junts per Catalunya. De momento, el PNV se ha desmarcado de un documento que reclama una salida a la crisis territorial, la defensa del derecho a la autodeterminación de los pueblos y la liberación de los “presos políticos”.
La ofensiva independentista ya ha recibido la respuesta contundente del presidente de la Generalitat Valenciana, Ximo Puig, que ha exigido a Torra que “deje tranquilos a los valencianos”, al tiempo que le ha instado a que “cuando esté hablando de sus ansias soberanistas o todo lo que forme parte de sus ensoñaciones, no nombre a la Comunitat Valenciana para nada”. Nunca una advertencia de un presidente valenciano había sonado tan seria, directa y expeditiva. Solo le ha faltado decir aquello de “saque sus manos expansionistas de Valencia”.
Sin duda, las palabras de Puig dan la medida de lo que está ocurriendo, la temperatura de la gravísima enfermedad que sufre no solo Cataluña, sino el conjunto de España. El choque entre nacionalismos, el españolista y el periférico, está cada día más cerca y no parece que haya nadie en condiciones de evitarlo. La Comunidad Valenciana, limítrofe con Cataluña y con una lengua y lazos culturales comunes, está percibiendo ya en su propio territorio las réplicas del terrible terremoto catalán. Durante los peores días de los disturbios en protesta contra la sentencia del ‘procés’ un puñado de miles de valencianos salieron a la calle a sumarse a los “germans catalans” (los hermanos catalanes). Muchos mostraban lazos amarillos, esteladas e imágenes de los políticos soberanistas condenados por el Tribunal Supremo. En Alicante, Castellón, Gandía, Elche, Benicarló y Pedreguer, así como en otras localidades valencianas, también se produjeron protestas de apoyo similares. En todas ellas se leyó un manifiesto que pedía la libertad para los presos y amnistía, además de reclamar el derecho del pueblo de Cataluña a decidir su futuro. Las asociaciones convocantes son sucursales del soberanismo catalán en la Comunidad Valenciana, movimientos desde hace tiempo estrechamente conectados con partidos como ERC y entidades soberanistas como Òmnium Cultural y Asamblea Nacional Catalana. Todas estas corrientes pancatalanistas sueñan con crear algún día los Países Catalanes (Països Catalans) una especie de futura nación fuera del Estado español que aglutinaría aquellos territorios en los que se habla la lengua autóctona. Los Países Catalanes –una delimitación solo basada en la similitud lingüística– nunca existió como sujeto político, aunque es cierto que la comunidad de territorios catalano hablantes tiene un origen histórico en la Edad Media, con la expansión de la Corona de Aragón.​
Ximo Puig ya le ha advertido a Torra que se vaya olvidando de esa especie de ensoñación o mito que solo traería confrontación entre los valencianos, de la misma forma que ahora existe una profunda fractura social que divide en dos a la sociedad catalana. Para explicárselo, remitirá una carta al president de Cataluña pidiéndole “respeto” y recordándole que la “solución a los problemas territoriales que existen en España solo puede darse a través de las reglas del juego”. Además, ha recordado que ningún partido con representación parlamentaria en Les Corts Valencianes ha participado del manifiesto de Barcelona. De hecho, Compromís, socio de los socialistas valencianos en el Govern, también ha anunciado que se desmarca del manifiesto impulsado por el vicario de Carles Puigdemont. Sin embargo, Torra, en un acto de irresponsabilidad política y de aventurerismo suicida, sigue echando leña al fuego nacionalista para extender el conflicto por todo el país. Parece que la siguiente consigna del “pacífico procés” es prender la llama de la discordia allá donde se pueda. Puigdemont, desde Waterloo, ya ha dado la orden de encender la mecha. Aquello que dijo Torra sobre emprender la vía eslovena para “llegar tan lejos como quiera el pueblo de Cataluña”, sin descartar ninguna opción. Incluso la balcanización de España, si es necesario.

PROFANACIONES Y EXALTACIONES

(Publicado en Diario16 el 26 de octubre de 2019)

Por ir clarificando cosas: según la RAE, profanar es tratar algo sagrado sin el debido respeto. Deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables. En el caso de edificios religiosos supone la quema de templos, iglesias, conventos, monasterios, mezquitas y sinagogas o el saqueo de los objetos considerados sagrados de dichos edificios. En cuanto a la profanación de una bandera es un acto intencional de destrucción, daño o desfiguración de una enseña nacional.
En el caso de la exhumación de Franco no ha habido nada de todo esto. Hasta donde sabemos no se ha deshonrado, violado ni prostituido a la famosa momia de Franco. Tampoco se ha ultrajado su tumba. Es más, al dictador se le ha sacado de su fastuosa morada con toda la delicadeza del mundo, a hombros de sus familiares y cubierto por la bandera de su escudo de armas con la Cruz Laureada de San Fernando. Hasta se le ha trasladado en un Súper Puma pagado por todos los españoles –mover ese helicóptero que no es precisamente un low cost cuesta un dineral–, y finalmente ha tenido un segundo entierro en un panteón familiar que desde fuera parece el Hilton. Allí reposará junto a su esposa (aunque da que pensar esa obsesión de la familia por mantener a la pareja separada, uno en cada cementerio, por el resto de la eternidad).
En todo momento se le ha dado un trato digno al exhumado, un respeto que él no tuvo con las decenas de miles de personas que mandó fusilar en el paredón y enterrar en fosas comunes. Quiere decirse que aquí no ha habido nada que se parezca mínimamente a una profanación. Sin embargo, Federico Jiménez Losantos, esa cabecita tempestuosa del periodismo patrio, ha escrito: “Pedro I El Profanador, caudillo del heroico ataque a la tumba indefensa de Franco por la Acorazada Mediática del PSOE, escoltada por jueces sumisos, socios etarras, colegas golpistas y comunistas venezolanos que condenan el papel del PCE en la Transición, dijo ayer que lo ocurrido es un triunfo de la democracia”. Y el eurodiputado de Vox Herman Tertsch, al grito de “profanadores”, interrumpió el discurso de homenaje a las víctimas del franquismo que pronunciaba el eurodiputado socialista Javier Moreno mientras Franco salía del Valle de los Caídos. Ambos son buenos ejemplos del delirio que trastorna a la ultraderecha española mediática y política, cegada ya por el odio, el sectarismo atávico y la irracionalidad más absoluta. Ellos mismos se ahogan en su propia bilis y solo cabe decir aquello de “ladran, luego cabalgamos”.
Pero si unas mentes calenturientas por la fiebre del fascismo han perdido el juicio al hablar de profanación, en el otro lado a la izquierda extrema también parece que se le ha ido un tanto “la pinza” con este tema. A los comunistas la exhumación les ha parecido un funeral de Estado, lo cual no deja de ser otra exageración, y Pablo Iglesias, en un nuevo arrebato pasional (cuándo aprenderá este muchacho que el éxito en política está siempre en la moderación) habla de ceremonia de “exaltación fascista”. ¿Qué pretendía el líder de Unidas Podemos, que sacaran a la momia de la cripta a patadas, como hubiesen hecho los milicianos del POUM en el 36, que la arrastraran por los suelos, que la colgaran de los pies como un pelele, boca abajo, como hicieron los partisanos con el Duce? ¿O quizá que la arrojaran al mar para que los peces se dieran un festín, como hicieron los yanquis con Bin Laden? Cualquier tentación de venganza supone una derrota en sí misma. Cualquier acto de impiedad contra el tirano embalsamado habría supuesto la tumba del gobernante que la ordenara. La democracia no puede bajo ningún concepto rebajarse a emplear los mismos métodos brutales del fascismo caníbal. Eso es precisamente lo que distingue la democracia del franquismo: su superioridad moral, legal y humana; el triunfo de la civilización sobre la barbarie; la victoria del imperio de la ley sobre la ley del más fuerte. La fuerza de los derechos humanos sobre la dictadura de los humanos sin derechos.
No ha habido honores al dictador ni entierro oficial (los gritos fascistas fueron puntuales y ya se ha abierto una investigación por si alguien infringió la Ley de Memoria Histórica). Tampoco se han ultrajado los derechos de los familiares que, no lo olvidemos, han echado un pulso judicial de año y medio al Estado y lo han perdido. De haberse ordenado la exhumación por las bravas, pasando por encima de los herederos, el Gobierno socialista podría haberse metido en un serio problema con la Justicia (recuérdese que todavía queda algún que otro juez que lo mira todo con la lupa falangista y está dispuesto a impugnar cualquier acto administrativo que no cumpla la normativa al pie de la letra). Se ha permitido que la familia se llevara el cuerpo del abuelo; se ha respetado la ley escrupulosamente (no a la figura del dictador, como dice torticeramente la extrema izquierda) sino la ley; y se ha llevado todo con una sobriedad y una contención encomiables, permitiendo que la televisión retransmita un día histórico segundo a segundo, como no podía ser de otra manera en una sociedad madura que respeta la libertad de prensa y el derecho a la información de los ciudadanos. ¿Qué habríamos dicho si la exhumación se hubiese rodeado de secretismo? No habrían tardado en aparecer los conspiranoicos siempre dispuestos a ver fantasmas donde no los hay y el Gobierno habría quedado como cómplice de alguna oscura trama o componenda soterrada con los Franco. Pronto habrían corrido los rumores en las explosivas redes sociales, bulos como que el dictador nunca fue exhumado y que todo fue un montaje similar al de la llegada del hombre a la Luna.
Pero es que por no haber no ha habido ni electoralismo, ya que no ha sido el Gobierno quien ha controlado los tiempos, sino la Justicia al resolver la cadena de recursos y apelaciones de los Franco. Sin duda, Pedro Sánchez ha manejado el asunto de la exhumación de la mejor forma posible, dadas las circunstancias siempre especiales de este país cainita dividido en dos bandos irreconciliables que nunca reconocerán la importancia de un hecho histórico. Y ha salido airoso de un envite que, por momentos, se había convertido en una peligrosa trampa tendida por esas dos Españas que aún se tienen muchas ganas.

DÍA DE LUTO EN LA DERECHA ESPAÑOLA

(Publicado en Diario16 el 25 de octubre de 2019)

El Trío de Colón vivió ayer una jornada de duelo por la exhumación de los restos de Franco. Lo reconozcan o no, durante todo el día a Casado y Rivera se les vio consternados, dolidos, apesadumbrados. Ni una sola declaración de condena del fascismo, ni una sola palabra de elogio para una operación –el traslado forzoso del dictador– que no hace sino fortalecer la democracia española. La reacción de Abascal fue todavía más airada y dura, pasando de la tristeza y la depresión por el desahucio del patriarca a la furia y la rabia desatada. Ver a ese señor con la vena hinchada y el dedo inquisitivo apuntando como su Smith and Wesson mientras escupe exabruptos sobre una tarima, en plan guerracivilista, da todavía más miedo que la horda de anarcos indepes como hormigas carnívoras destruyendo las calles de Barcelona.
Y no es para menos la congoja y el enojo que parece haberse apoderado de las derechas tras la mudanza del sátrapa al panteón de Mingorrubio. El rojazo Gobierno socialista les ha tocado lo que más quieren políticamente: el símbolo, la momia, el fetiche. A Casado la exhumación le cogió en un acto de precampaña y cuando los periodistas le preguntaron por el día histórico que se había vivido en el Valle de los Caídos, él pasó como de puntillas, eludiendo la cuestión y hablando de las cifras del paro, de lo mal que está la economía y del tiempo. Rajoy sabía salir más airoso cuando la prensa le ponía delante el incómodo toro del franquismo para que lo lidiara: se ponía hablar de la crisis del Real Madrid, soltaba un trabalenguas gallego de los suyos, daba un par de capotazos y problema resuelto. Pero a Casado le cuesta más, le lastra demasiado la tara franquista, el duelo y el luto que van por dentro, y por eso ayer le resultaba difícil hablar de ello, como alguien que ha sufrido el penoso trauma de perder a un ser querido.
El líder del PP quería mostrarse tranquilo y templado (conviene no perder los papeles y aparecer como un peligroso hooligan antes de unas elecciones) pero se le notó tenso, inquieto, mordiéndose la lengua y con ganas de entrar al trapo para decir todo lo que le pedía el cuerpo. De no haberse encontrado el país en época electoral seguramente habría dicho que Francis Franco es un gran tipo, que la anti España no ha muerto, tal como avisó el viejo, y hasta habría soltado algún que otro “arriba España con dos cojones”. Pero no era el momento de ponerse en plan nacionalista. Cargar demasiado a la derecha en estos momentos de convulsión y radicalismo puede costar veinte escaños el 10N y por ahí no. Uno puede ser un patriotero demagógico pero no tonto.
Por su parte, a Rivera se le vio más en su salsa. A fin de cuentas Ciudadanos nació para estos momentos críticos en los que la españolidad está supuestamente amenazada por la ofensiva separatista. No desaprovechó la oportunidad de comparar el aquelarre fascista que se montó en el cementerio de Mingorrubio –los Chicharro, Tejero, el rockabilly legionario, la señora bien del visón, el Chino facha de Usera y demás personajes del inframundo friqui franquista– con los “golpistas catalanes”. La jugada se veía venir. Por alguna razón, Rivera se siente como pez en el agua cuando se trata de maquillar la memoria del dictador mientras que Casado paga la factura, se le notan más las contradicciones, las neurosis, de ahí que el líder del PP rehúya meterse en el jardín del nacionalcatolicismo.
PP y Ciudadanos representan la derecha española africanista de siempre que por alguna extraña razón se resiste a romper con el pasado y condenar los crímenes del tirano. No han hecho la catarsis necesaria y siguen atrapados por el síndrome de Estocolmo y la fascinación por el general.
De Santiago Abascal poco más se puede decir. Está encantado de que haya estallado la segunda guerra civil y ansía el momento de hacer realidad sus fantasías bélicas más lujuriosas. No engaña a nadie y sigue acumulando votos entre los nostálgicos del régimen. Es clavadito a Franco, solo que con barba, tejanos paqueteros y la bomber repleta de insignias militaristas. Franquismo tuneado siglo XXI. El auténtico y legítimo sucesor del Tío Paco.

DE CUELGAMUROS A MINGORRUBIO

(Publicado en Diario16 el 24de octubre de 2019)

Franco ya no está en el sórdido mausoleo que se hizo construir con el sufrimiento de miles de presos políticos. La colosal puerta de la Basílica del Valle de los Caídos se abrió hacia las 13.00 horas y apareció la comitiva fúnebre: los Franco portando a hombros el féretro del dictador cubierto con la bandera y el escudo de la Cruz Laureada de San Fernando, máxima distinción del Ejército español. Esa ha sido la única concesión de la democracia española al tirano. No ha habido himno oficial, ni salvas de homenaje, ni desfiles militares, tal como pretendía la familia, que hasta el último momento ha presionado para que se diera al acto el carácter de funeral de Estado. Solo el silencio de la derrota fascista que retumbaba por todo el templo.
La escena ha transcurrido en medio de un vacío absoluto, sordo, monástico. La nada era el premio final que merecía el sátrapa. Únicamente el viento gélido y fantasmal que suele azotar el Valle de los Caídos y algún que otro grito de viva Franco, viva España, han roto la tensión del momento. Finalmente, en la inmensidad de la explanada rodeada de pórticos, bajo la cruz mastodóntica y las esculturas que el propio dictador diseñó según su expreso deseo, aparecieron los coches de la comitiva que debían trasladar los restos de Franco al cementerio de Mingorrubio. A menos de quince minutos de Cuelgamuros, en un campo de tiro cercano al camposanto habilitado como aeródromo improvisado, aterrizaba el helicóptero Súper Puma en el que el general ha culminado su último viaje. Tenía que ser en un campo militar donde claudicara finalmente el mayor golpista de todos los tiempos.
El prior Cantera, mirada hosca y huraña de resentimiento, lanzaba latigazos de agua bendita sobre la caja de su idolotrado dueño y señor. Alguien ha creído ver que una lágrima furtiva se desprendía por su pálida mejilla. A las puertas de la Basílica, al borde de la escalinata, la comisión del Gobierno seguía de cerca cada movimiento. Dos funcionarios y la ministra de Justicia, Dolores Delgado, vestida de negro riguroso, contemplaban cómo la familia Franco conducía lentamente el ataúd hasta el coche fúnebre. La notaria del Reino con el ceño fruncido y el rostro aterido; sus colaboradores sobrios, contenidos, con la mirada en el horizonte. Ha sido una imagen cargada de simbolismo: arriba el poder del Estado de Derecho. Un poder firme, engrandecido, legítimo. Abajo, alejándose ya del agrietado mausoleo que ha cobijado los restos del dictador en los últimos 44 años, los Franco portando el féretro que parecía cada vez más pequeño e insignificante. El hechizo de la pesadilla franquista se disolvía en una especie de catarsis, de conjuro mágico. Por momentos la escena representaba lo que realmente era: no la simple exhumación de un cadáver, no el traslado de unos huesos descompuestos de un punto a otro, sino el destierro post mortem de un dictador, el ostracismo de un caído en desgracia, el juicio final que no tuvo en vida. La derrota y la expulsión de un dictador de su trono que parecía construido para perdurar durante siglos, mil años de Reich, eternamente.
Hoy ya podemos decir que Franco ganó la guerra pero ha perdido la batalla de la historia. Qué rabia que no se haya podido ver a sí mismo derrotado. Qué lástima que las víctimas no hayan podido contemplar la claudicación de su verdugo. Ya no será el Napoleón honrado y recordado durante generaciones que pretendía ser. Su último capítulo, tan mediocre como su vil mandato cuarentañista, se ha escrito como debía: desde el casi anonimato y ante la indiferencia (cuando no la justa reprobación) de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Atrás quedaron las conspiraciones golpistas, el fragor de las batallas que nunca debieron haberse librado, la sangre, la barbarie, la pesadilla, el terror. Cosas que nunca más deberíamos ver en este país.
Y así, sin más, empequeñecido por la historia, en medio del olvido más absoluto (solo un puñado de acólitos nostálgicos lo han acompañado en este trance, qué diferencia con aquel fastuoso día de 1975 cuando el dictador fue enterrado en un multitudinario funeral de Estado con 100.000 asistentes) el ataúd fue introducido a empujones en el helicóptero, que se elevó suavemente por los aires para llevarse al tirano de su infame escondrijo y quizá, ojalá, del recuerdo de los españoles. Un pueblo que nunca mereció al jefe de Estado más enloquecido, sanguinario y endiabladamente cruel de toda su maldita y triste historia.

AGUILUCHOS Y BRAZOS EN ALTO

(Publicado en Diario16 el 24 de octubre de 2019)

Francis Franco ha ido con la bandera del abuelo a la exhumación. Quizá no sea consciente de que su impúdica exhibición del aguilucho puede tener consecuencias penales graves. Debería ser la Fiscalía la que abriera diligencias de oficio por un acto de exaltación de un régimen preconstitucional y genocida, pero mucho nos tememos que una vez más se le dejará hacer al fascismo, se hará la vista gorda y se le tolerará todo. De ahí que el traslado de la momia esté muy bien como medida higiénica para regenerar la democracia, pero sería mucho más eficaz que la Justicia se pusiera de una vez por todas manos a la obra con los nostálgicos del antiguo régimen que se saltan la ley.
Una democracia debe mostrar su “tolerancia cero” con los amigos del fascismo. De ahí que tampoco estaría de más que se revisaran las últimas declaraciones filofascistas de los dirigentes de Vox. Por cierto, Ortega Smith, en un lapsus que demuestra que cuando habla no sabe lo que dice, ha asegurado que el pueblo español va a “inhumar” a Pedro Sánchez en las próximas elecciones del 10N. Inhumar, no exhumar. Lo cual significa que el térmico y verborreico mandatario ultra lo que pretende en realidad es dejar a Sánchez en la Moncloa. Enterrado, pero allí. Justo lo contrario de lo que quería decir. Es una muestra más de cómo la ultraderecha es política basura, fast food, colza de garrafón para votantes de un programa con un único punto importante: extender el odio entre españoles.
En la misma línea se ha pronunciado un tal Rodrigo Alonso, diputado de Vox por Andalucía, quien acaba de asegurar sin despeinarse que hoy es el día en que se da “una patada a la Transición, nos cagamos en la Constitución y los progres fomentan el enfrentamiento”. Esa es la idea que tiene el partido de Santiago Abascal de lo que fue la llegada de la democracia a nuestro país: la continuación del franquismo, la pervivencia del Régimen bajo otra forma metamorfoseada, el “atado y bien atado”.
Mientras tanto, cerca de un centenar de franquistas se han concentrado en las inmediaciones del cementerio de Mingorrubio para honrar a Franco en su “segundo entierro”, como dicen ellos, según informa Europa Press. Todos han sido estrechamente vigilados por el dispositivo policial organizado al efecto.
Ignacio Menéndez, un exlegionario uniformado con su traje verde, varios militares retirados y hasta un cura llegado para la ocasión desde Rumanía se han sumado a la concentración. Un aquelarre fascista, un circo friqui del totalitarismo que no debería haberse autorizado en el que no falta Tejero, un «rockabilly facha», la señora enlacada con el abrigo de visón y el «chino franquista». Ménendez el legionario ha sido de los primeros en llegar y desde primera hora ha intentado tomar posiciones para poder “rendir honores” a quien, ha explicado, es su “héroe”. Lo mismo ha hecho Marius Visovam, un cura rumano que se ha desplazado hasta Madrid para agradecer al dictador su “lucha contra el comunismo”.
“Franco es la espada más limpia del mundo”, ha proclamado a gritos, por su parte, Miguel María Martínez Villote, quien tiene enterrado en el Valle de los Caídos a un tío que “cayó en la toma de Bilbao”.
Los concentrados, unos 300 espartanos, han estado vigilados en todo momento por los agentes de Policía que controlan el acceso a las inmediaciones del cementerio donde va a ser trasladado el general. Allí han coreado vivas a Franco y arribas a España, y han tachado de “traidor” a Pedro Sánchez. El fascismo ya empieza a señalar a sus “botiflers”, al igual que hace el extremismo nacionalista que impone la violencia en las calles (los polos opuestos acaban tocándose). En su acto de protesta contra la exhumación, los nostálgicos del Régimen, entre vítores al golpista Tejero, han terminado abucheando “a los periodistas carroñeros”. Prensa española manipuladora. ¿Les suena de algo?