domingo, 8 de mayo de 2022

TURISMO BÉLICO


(Publicado en Diario16 el 21 de abril de 2022)

Entre los políticos europeos se está poniendo de moda viajar a Ucrania como si aquello fuese un parque temático del horror y la destrucción. Cuando los índices de popularidad están por los suelos, cuando el malestar social arrecia y la oposición aprieta, darse una vuelta por Kiev es mano de santo para levantar la imagen maltrecha del líder en horas bajas. Cualquier operación de propaganda se queda pequeña al lado de una buena foto junto a un grupo de pobres refugiados, un tanque despanzurrado o un hospital de maternidad reducido a escombros por los misiles asesinos de Putin. Un clásico de estos free tours consiste en fotografiar al político de turno sentado a una mesa, junto a otros mandos militares, ante un mapa de los diversos frentes de batalla y bajo la luz agonizante de un flexo, como si se tratara del mismísimo general Patton. Mientras tanto, los sufridos kievitas que ven pasar a los ilustres turistas se preguntan qué delito han cometido ellos para merecer no ya la crueldad de un sanguinario dictador sino la indolencia de la comunidad internacional.

Desde que comenzó el conflicto son legión los líderes del mundo libre que han visitado Ucrania, un país que el sátrapa de Moscú ha convertido en un inmenso museo de la muerte y la destrucción. Los primeros en abrir la veda de esta especie de turismo de guerra low cost fueron curiosamente los dirigentes de la Europa del Este: el polaco Mateusz Morawiecki; el primer ministro de la República Checa, Petr Fiala; el presidente de Eslovenia, Janez Jansa, y otros. Todos tienen en común el temor a ser invadidos por Rusia, pese a que alguno de ellos es más autócrata y más nazi que el propio Putin (de hecho unos y otros han compadreado con el loco genocida en el pasado).

Según cuentan las crónicas de la prensa internacional, los mandatarios del mundo exsoviético se metieron en un tren nocturno, en secreto y de incógnito, y se plantaron en Kiev para reunirse clandestinamente con Zelenski. Unos héroes de nuestro tiempo. Al día siguiente, los periodistas se encargaron de hacer la debida propaganda política poniéndole emoción al arriesgado viaje y publicando cosas como que la delegación diplomática se había jugado el tipo adentrándose tras las líneas enemigas, desafiando a las bombas, poco menos que reptando bajo las alambradas y dando muestras de un arrojo, un coraje y un valor solo a la altura de los más grandes estadistas. Desde el primer momento todo aquel operativo despidió un fuerte tufo a montaje político, a propaganda gubernamental, a burda patraña. Hay que ser muy ingenuo para tragarse ese cuento propio de una mala película de acción de Sylvester Stallone. Cualquiera sabe que el Teléfono Rojo sigue funcionando las 24 horas del día para todo aquel que quiera ponerse en contacto con el Zar de todas las Rusias. Lo más probable es que antes de partir rumbo a Kiev los políticos polacos, checos y eslovenos pactaran con Putin una mínima tregua para mantener su pellejo intacto, pero lo llevaron en el más estricto silencio. “¿Es el Kremlin? Díganles a sus francotiradores que se tomen un descanso, que vamos a pasar nosotros”. O sea, en plan Gila.

Desde entonces, por Kiev han pasado Ursula von der Leyen, Josep Borrell y hasta Boris Johnson, que esta vez aparcó sus sempiternas bermudas y se abstuvo de montarse una buena juerga de las suyas (queremos pensar que no lo hizo). Hasta Joe Biden se ha sumado a estos tours improvisados, aunque el hombre se quedó en la frontera con Polonia compartiendo unas pizzas con los soldados de la OTAN, no sabemos si por sus problemas de movilidad o porque esa puesta en escena al estilo barbacoa yanqui le reportaba más votos entre la opinión pública norteamericana.

Pese a tanto trasiego, hasta la fecha ninguno de los líderes occidentales (todos ellos supuestos activistas por la paz) ha conseguido detener la barbarie. Ninguno ha logrado que se respeten los corredores humanitarios. Y ninguno ha logrado ni un mal alto el fuego para que pueda intervenir la Cruz Roja llevando víveres y medicinas a los sufridos kievitas asediados. Ni siquiera Macron, que ha tratado de ponerse al frente de la diplomacia europea aunque nadie le haga caso, ha conseguido algo tangible y concreto. Más allá de la foto para el álbum de recuerdos, pocos avances. Al final, todos suelen dar por terminado el viaje relámpago de la misma manera: con un apretón de manos a Zelenski (que les agradece al apoyo cortésmente), con unas palmaditas en la espalda al jefe ucraniano y con la promesa de que en algún momento les enviarán un par de viejos aviones de época y unas cuantas balas oxidadas para ir tirando. Con las mismas se vuelven para Varsovia, ya a salvo tras el nuevo Telón de Acero desplegado por Vladímir Putin, y a rezar para que Mariúpol caiga cuanto antes dando por terminada la pesadilla.

El último en sumarse a la operación de mercadotecnia barata ha sido nuestro Pedro Sánchez, que no ha querido ser menos y también ha entrado en el juego del selfi rápido en tierras ucranias. Hubiese sido un crimen desperdiciar su percha de marine, su mentón de aguerrido sargento de los “boinas verdes” y su planta de fornido soldado Ryan para llevar a cabo una de esas operaciones de imagen tan absurdas como inútiles. El problema es que ir a Ucrania no es como darse un par de vueltas con el Falcon por el Mar Menor agonizante o sobre el volcán de la Palma. Allí está muriendo gente, hay genocidios a diario, fosas comunes, ejecuciones, crímenes de una crueldad indescriptible. El horror de una guerra como no se había visto desde hace casi un siglo. Mientras una plaga de comisionistas termina de darle la puntilla a la estuprada democracia española, mientras Feijóo ejerce ya de presidente in pectore con Vox subiendo como la espuma, mientras las clases trabajadoras pierden la fe en lo poco que queda ya de socialismo y de izquierda real, al Alto Mando monclovita no se le ocurre una jugada mejor para remontar el vuelo en las encuestas que enviar al general Sánchez Ike Eisenhower a tomarse un café con Zelenski, que queda muy típico en la foto de portada de los periódicos internacionales. Sembrar votos en un campo de batalla nunca puede ser una buena idea. Ojalá el presidente español sea quien pare esta maldita guerra con un buen plan de paz debajo del brazo; lo deseamos de veras con todas nuestras fuerzas. Mucho nos tememos que este viaje servirá de poco.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

NAZIS EN EL ELÍSEO


(Publicado en Diario16 el 21 de abril de 2022)

Lo que anoche se disputaron Emmanuel Macron y Marine Le Pen, durante Le Débat, el decisivo duelo político previo a las elecciones del próximo domingo, fue mucho más que el futuro de Francia. Ambos se jugaron un póker a cara de perro donde la apuesta a todo o nada era, ni más ni menos, que el futuro de Europa.

El presidente de la République entró fuerte cuando llegó el primer bloque sobre la guerra de Ucrania y la UE. El premier sabía que ahí estaba el talón de Aquiles, el punto débil de la candidata ultraderechista, y lo atacó a conciencia. “Usted quiere salir de la Unión Europea, pero no lo dice”, aseveró Macron lanzando una andanada contra su principal rival en esta segunda vuelta de los comicios galos. Pocas cosas más ciertas que esa. No hay más que revisar el programa electoral de Reagrupamiento Nacional (RN), el partido del clan Le Pen, para entender que el objetivo de la extrema derecha francesa pasa por acabar de un plumazo con el eje franco/alemán, es decir, liquidar el que ha sido gran motor de la construcción europea desde su fundación en 1951.

Anoche quedó claro que Le Pen no cree en la soberanía nacional compartida entre París y Bruselas. Su objetivo es refundar Europa para convertirla en una especie de “Alianza de Países”, un foro simbólico de naciones sin ningún valor jurídico que se limitaría a la firma de tratados de paz, esos mismos que en el pasado fueron sistemáticamente pisoteados e incumplidos, dando lugar a dos guerras mundiales de tintes apocalípticos. “No hay un pueblo europeo, no hay una soberanía europea”, concluyó tajantemente Le Pen ante millones de espectadores franceses que tomaban nota de las ofertas de ambos candidatos.

El cara a cara dejó a un Macron seguro de sí mismo, pletórico de datos, de ideas, de ironía y de estilete retórico frente una Le Pen que por momentos lo observaba sin entender nada, mirando de reojo a los folios y perdiendo el hilo. Fue el duelo dialéctico de un hombre cosmopolita del siglo XXI contra una mujer antigua salida de la Corte del Cardenal Richelieu cuya más brillante propuesta para superar la crisis es acabar con el globalismo multicultural y que los franceses retornen a la granja de la campiña medieval con sus hortalizas, sus gallinas y sus monjes cistercienses (ella lo llama localismo). La candidata ultra hasta llegó a reconocer que se pierde cuando Macron emplea “palabras complicadas”. En realidad, da la impresión de que la lideresa de Reagrupamiento Nacional no sabe mucho sobre nada. Se limita a agitar el cóctel del nacionalismo patriótico y el odio al establishment macroniano y poco más. Lo cual no significa que no sea una política peligrosa. Lo es y mucho. Si no lo fuese, algunos sondeos no darían casi un empate técnico entre ambos candidatos.

Marine Le Pen, más allá de su impecable cabello de un rubio ario siempre de peluquería, ha logrado construir un proyecto político basado en tres pilares fundamentales: la incoherencia como programa de Gobierno, la apropiación descarada de los ideales de la izquierda y el bulo como arma de desinformación masiva. Incoherencia como cuando dice que su intención no es sacar a Francia de la UE mientras propugna acabar con el eje franco/francés, la arteria principal del proyecto europeo. Incoherencia como cuando asegura que está dispuesta a apoyar a Ucrania con armas, dinero y ayuda humanitaria, pero no a participar en el bloqueo internacional al gas y al petróleo de Putin. Incoherencia como cuando condena la guerra pese a que fue la primera en reconocer la anexión rusa de Crimea, “una Crimea libre no sometida a Estados Unidos y la UE”.

Todo el mundo en Francia sabe que Le Pen depende del oro de Moscú, o sea la pasta del Kremlin. No en vano, ha financiado su proyecto ultraderechista con préstamos de oligarcas y banqueros rusos que aún no ha devuelto. “¿Qué podía hacer yo si su gobierno no me daba el dinero? Somos un partido pobre. Es usted un deshonesto”, confesó tirando de un cínico victimismo en prime time. Fue el titular de la noche, una infamia que demuestra que Le Pen debe demasiados favores a Putin. Pero también quedó claro que la líder de RN es una dura fajadora que sabe encajar los golpes, que sabe jugar a la ambigüedad calculada para no quedar demasiado facha ante las cámaras y que sabe interpretar el papel de demócrata homologable pese a que su deseo declarado es demoler todo el sistema democrático de arriba abajo. Su posible victoria el domingo no pasa por convencer a su fiel electorado, que la votará a ella haga lo que haga y diga lo que diga, sino por no infundir demasiado miedo a los abstencionistas y a los imprevisibles melenchonistas, los supuestos antisistema de la extrema izquierda que odian a Macron. En esa tarea de blanqueamiento participa activamente la televisión francesa. Ayer mismo, llegado el momento de hablar de terrorismo machista, los moderadores del debate y hasta el propio Macron se referían a este triste fenómeno como “violencia intrafamiliar”, comprándole el discurso negacionista del feminicidio patriarcal.

Pero más allá de la incoherencia como esencia de lo políticamente incorrecto –la nueva moda neopopulista que se impone en todo el mundo–, Le Pen es una auténtica maestra en el arte de apropiarse del programa ideológico de la izquierda. Ahí es donde seduce a las masas desencantadas con el socialismo francés, hoy condenado a la extinción. Cuando el obrero de los extrarradios de Marsella la escucha hablar de adelantar la edad de jubilación a los 60 años, de bajar los impuestos a los más pobres, de intervenir en el mercado energético como una comunista más, de proteger a los sectores más vulnerables frente a la amenaza de las multinacionales globalizantes, piensa sin duda: esta es la mujer que necesita Francia. En el debate de ayer llegó a travestirse, por momentos, con el disfraz de ecologista (ella que no cree que el cambio climático sea una realidad científicamente contrastada). Y hasta se permitió presentarse como gran defensora del maltrato animal, en plan Brigitte Bardot. “Usted culpabiliza a los obreros que no se compran un coche eléctrico cuando sabe que no tienen medios para hacerlo. Su ecología punitiva es inútil. Hay que ir a una transición gradual”, espetó. Lo afirma la líder de un partido cuyo programa político no contiene ni una sola línea sobre el respeto al medio ambiente, tal como le afeó Macron. “Yo tengo un plan: la energía nuclear”, contraatacó la dirigente de RN. Lo que no dice es cómo piensa hacerlo si en Francia está prohibido abrir nuevas plantas atómicas hasta 2030.

Y finalmente, justo es reconocerlo, Le Pen domina como nadie el arte del bulo y la mentira. En un momento de Le Débat, se permitió lanzar una panoplia de topicazos propios de barra de bar como que la economía francesa está en manos del “coche extranjero, de los pollos del Brasil y del buey de Canadá”. Acto seguido, arremetió contra el islamismo y el velo musulmán como gran culpable de todos los males de Francia y volvió a negar la violencia machista. Su intervención, una antología de la demagogia populista de manual, alcanzó el culmen cuando acusó a Macron de intentar sustituir la bandera tricolor francesa por la azul de la Unión Europa. “Eso es falso”, repuso el actual inquilino del Palacio del Elíseo. “Yo soy una patriota”, alegó Le Pen. Probablemente, esa última mentira será la que más votos le dará el domingo. Cuidado con la agente platino de Putin infiltrada en el corazón mismo de Occidente porque lo imposible puede estar a punto de suceder.

Ilustración: Artsenal

ADIÓS A LA MASCARILLA

(Publicado en Diario16 el 20 de abril de 2022)

Los españoles dicen adiós a la mascarilla obligatoria, gran símbolo de la pesadilla que ha vivido el ser humano en los últimos dos años de pandemia. El Gobierno publica en el BOE de hoy las nuevas normas para el uso del cubrebocas, que a partir de ahora solo será preceptivo en centros sanitarios, transporte público, farmacias y residencias de mayores para trabajadores y visitantes. De esta manera, el Ejecutivo Sánchez pasa página al covid, gripaliza la enfermedad (formidable eufemismo que esconde una invitación a que todos nos contagiemos sin miedo) y convierte el agente patógeno de Wuhan en un virus más con el que será preciso convivir de aquí en adelante. Así funciona el mundo de hoy: las epidemias duran lo que dicta un decreto ley.

Qué lejos quedan ya aquellos negros días de marzo de 2020, cuando había escasez de mascarillas y algunos se las fabricaban con trozos de tela, botellas de plástico o lo que encontraban a mano. Hoy los españoles se quitan la careta quirúrgica y vuelven a salir a la calle con una mezcla de inseguridad, confusión ante una normativa que no se ha explicado con claridad y la extraña sensación de que, aunque recuperamos poco a poco la normalidad, la amenaza invisible sigue estando ahí. Todos tendremos que adaptarnos a las nuevas situaciones que se nos vayan presentando en nuestro día a día. Muchos optarán por darle una patada al maldito trozo de tela y perderlo de vista para siempre; otros decidirán seguir llevándolo puesto como hasta ahora o en el bolsillo, colocándoselo puntualmente para protegerse en aquellos lugares donde haya grandes concentraciones o aglomeraciones de personas.

La nueva realidad (ya llevamos unas cuantas) generará tensiones inevitables en la sociedad. Como esos dos vecinos que coinciden en un ascensor, uno sin mascarilla mientras que otro sí la lleva. O esos trabajadores de una fábrica donde no hay posibilidad de mantener una distancia mínima de seguridad o de ventilar adecuadamente el entorno laboral. O esa cola en el supermercado, frente a la dependienta o cajera, en la que habrá quien lleve la protección y quien pase solemnemente de ella. Los hosteleros, el gremio más agraviado por esta pandemia, tendrán entera libertad para adoptar las medidas sanitarias que estimen oportunas en su local. Obviamente, los clientes que no se sientan seguros en un establecimiento donde rija la libertad absoluta tan cacareada por los ideólogos del libertarismo de derechas optarán por irse a otro de ambiente más sano y respirable. Si uno es libre para entrar en un antro o tugurio atestado de gente también lo será para largarse a otro más exclusivo, civilizado, seguro. La ley de la oferta y la demanda acabará imponiéndose sobre los falsos gurús de la acracia conservadora. A partir de ahora la mascarilla puede terminar convirtiéndose en un plus, en un servicio más para la clientela como puede ser el wifi, la variedad de cervezas, el aire acondicionado en verano o los sillones tapizados con el máximo lujo o confort. La diferenciación del producto, la calidad y la exclusividad son tres grandes características del capitalismo. Es el mercado amigo.

De momento, algunas grandes compañías como El Corte Inglés, Carrefour, Mango y Cortefiel ya han anunciado que mantendrán medidas higiénicas como la mascarilla para que sus clientes se sientan confiados y a salvo del virus en sus tiendas de todo el país. Si los buques insignia del liberalismo económico marcan tendencia sanitaria es más que probable que el resto de empresas, medianas y pequeñas, se suban también a ese carro si es bueno para el negocio. A partir de ahora ya ningún demagogo/populista de última hora podrá acusar al Gobierno de tirano, de socialcomunista y de represor de las libertades y derechos fundamentales. El dinero impondrá su lógica y su razón y allá cada cual. La cuenta de resultados a final de mes, y no el Consejo de Ministros, marcará si la mascarilla es necesaria o no.     

En el momento en que se redacta este artículo se están presentando infinitud de situaciones reales donde los ciudadanos tendrán que decidir, en cuestión de segundos, si se protegen contra el virus o deciden no hacerlo. Las restricciones del Estado (sin duda necesarias en los peores tiempos de la pandemia) ya no están vigentes. Desde este preciso instante cada persona será responsable de sus actos y ya no podrá echarle la culpa de sus males al malvado Deep State, al Gobierno intervencionista o al maléfico Sánchez. El sentido común es la ley más eficaz en toda sociedad humana. Así, cuando entremos en un espectáculo público, en un museo, en un cine o un teatro, los más sensatos y razonables se protegerán, no por hacer un bien al prójimo (que ese valor humanista ya no de está de moda tras el auge de los nuevos fascismos) sino para no caer contagiados. Los que van a la suya, los individualistas, los que reniegan de toda forma de regulación de la convivencia y del bien común probablemente no usen la mascarilla nunca más. Nada que objetar, tienen todo el derecho del mundo y la nueva legislación les ampara. Pero cada individuo es él y sus propias circunstancias, como decía Ortega; cada persona es un ser arrojado a un mundo peligroso que no ha elegido, como invocaban los existencialistas, y aquel que decida ir a pecho descubierto –como quien reniega del cinturón de seguridad o del casco o hace el amor sin condón con desconocidos–, será responsable de sus actos. No tardaremos en ver cómo aquellos que profesan el totalitarismo macho, maleducado, egoísta y faltón (esa ideología que nos ha caído en desgracia en estos tiempos convulsos que vivimos), acusan a todo aquel que lleve la mascarilla de rojo bolivariano, borrego y sumiso con el poder, quizá también de loco o rarito. Pero ellos mismos, en su fuero interno, serán conscientes de que con su actitud imprudente se estarán jugando la salud en una estúpida ruleta rusa. “Inteligencia es el poder de aceptar el entorno”, decía Faulkner.

A partir de ahora hacer uso de la mascarilla en un lugar de alto riesgo será una elección personal, una cuestión de educación con el otro y la mejor arma que seguimos teniendo, a día de hoy, para frenar la pandemia y no terminar con un trancazo letal en el hospital. Quitémonos pues el bozal allá donde sea posible, en la calle, en la playa, en el monte, en un parque público. Respiremos hondo otra vez y disfrutemos del ansiado día de la liberación. Congratulémonos de que la pesadilla, esa de la que parecía que no despertaríamos jamás, va quedando atrás. Volvamos a abrazar y a besar superando las heridas psicológicas, la paranoia por el virus y esa especie de síndrome anancástico u obsesión por la profilaxis que empezaba a hacer mella en nosotros. Comprobemos con alegría que la normalidad retorna, que el ser humano es ante todo instinto social y que nuestros amigos y amigas siguen teniendo la misma cara, aunque con algunas arruguitas más tras dos años de penalidades y sufrimientos. Hagamos un monumento a la mascarilla, ese preciado regalo de la ciencia que ha salvado tantas y tantas vidas.  

Viñeta: Currito Martínez

FEIJÓO SE ESCONDE DE VOX

(Publicado en Diario16 el 20 de abril de 2022)

Feijóo se ha metido en el papel de presidente del Gobierno y ejerce de facto como si ya estuviese en Moncloa. Ayer se reunió con patronal y sindicatos tratando de recuperar el tiempo perdido. Recuérdese que Pablo Casado no era muy dado a este tipo de actos y reuniones de Estado imprescindibles para vertebrar el país. Él era más de ponerse disfraces y susurrar a las vacas abandonadas de la España vaciada. Política espectáculo más que trabajo real; retórica vacía, crispación y humo trumpista más que medidas concretas por el bien del país. Eso era el casadismo made in Harvard Aravaca.

Feijóo viene de otra escuela muy distinta, más clásica, más institucional y propia del régimen bipartidista del 78. Él va apuntando en la vieja agenda que se ha llevado a Madrid todos y cada uno de los errores cometidos por su fallido antecesor en el cargo para tratar de corregirlos a la mayor urgencia, es decir, antes de las próximas elecciones. Sentarse a debatir con los agentes sociales era una asignatura fundamental que el PP tenía pendiente y el nuevo presidente gallego ha empezado a trabajarse esa materia que a Casado sencillamente no le interesaba, es más, le aburría soberanamente. Por la mañana, el nuevo dirigente popular se sentaba a charlar distendidamente con Garamendi, el patrón de patronos. Las relaciones entre la CEOE y el Partido Popular estaban seriamente deterioradas desde que al jefe de los empresarios se le ocurrió sugerir que indultar a los presos soberanistas catalanes le parecía una medida acertada del Gobierno para recuperar la estabilidad. Acto seguido Casado y sus mamporreros se le echaron encima para darle estopa como a un muñeco del teatro clásico de marionetas. “O no me expliqué bien o se me entendió mal, pero en ningún caso yo dije para nada que estaba apoyando los indultos”, reculó días después en una rueda de prensa en la que, sobrepasado por la tensión, rompió a llorar como un niño. Tal fue el nivel de presión que el dirigente de la patronal y su familia habían tenido que soportar en aquellos días que no olvidará jamás.

Desde entonces, la interlocución entre las gentes del dinero y el partido conservador (tradicionalmente dos caras de una misma moneda, uña y carne, madera y astilla) había sido mínima y máxima la desconfianza. Por si fuera poco, Pedro Sánchez (más bien Yolanda Díaz con mucho esfuerzo) logró arrancar un acuerdo histórico entre patronal y sindicatos que quedó plasmado en la reciente reforma laboral. El texto llovía sobre mojado, ya que a Casado nunca le gustó que Garamendi tragara con medidas abiertamente socialdemócratas como la subida del salario mínimo interprofesional o la aprobación de los ERTES en pandemia. El discurso buenista de Garamendi, partidario de arrimar el hombro para superar la crisis galopante que dejaba el covid, iba en contra en la estrategia política de Casado, que siempre presintió, en lo más profundo de su ser, que aquel patrón de la CEOE no era su hombre. El hoy depuesto líder del PP percibió aquella negociación a tres bandas (Gobierno/patronal/sindicatos) como una claudicación, cuando no una traición a los valores y principios de la derecha española, y trató de frenar el decreto de reforma laboral con un maquiavélico golpe en el Congreso de los Diputados en el que participaron dos diputados tránsfugas de Unión del Pueblo Navarro de infausto recuerdo. El lector ya sabe cómo terminó todo aquello, con el diputado popular Alberto Casero haciéndose un lío con el botón del sistema telemático de las Cortes y votando a favor de la reforma laboral cuando quería votar no. Fue un espectáculo bochornoso. El partido había tocado fondo, Casado volvió a quedar en evidencia y desde ese momento fue sentenciado por los poderes fácticos del PP y del Íbex 35.

Ayer, Feijóo volvió a acercarse a Garamendi para suturar aquellas viejas heridas que dejó el casadismo. Y lo hizo en la sede de Génova 13, el mejor escenario para representar con solemnidad la reconciliación oficial. Tras una hora de reunión, el presidente de los empresarios se sumó al discurso de la bajada de impuestos con el que Feijóo viene abrasando últimamente a los españoles. “Compartimos este criterio, pero llevamos diciéndolo hace cuatro años. No es un tema que venga hoy nadie a contárnoslo. Menos tipos significa más bases imponibles”, sentenció Garamendi, que apuesta por que el dinero “esté en la calle, en las personas y en las empresas” en lugar de en el Ministerio de Hacienda. El mensaje no deja de ser una falacia, ya que sin impuestos no hay sanidad pública, ni educación de calidad, ni transportes, ni servicios sociales, de modo que el Estado de bienestar queda recortado y desmantelado de hecho. La prueba determinante de que el plan económico de Feijóo es pura demagogia populista es que ningún gobierno del PP ha bajado jamás impuestos, algo que hasta el propio ministro Montoro llegó a reconocer en su momento.

Sin embargo, más allá de bulos tributarios y teatrales apretones de manos, la reunión de ayer le sirvió a Feijóo para algo tanto o más importante que hacer las paces con la aliada patronal: no viajar a Valladolid y quedarse en Madrid, escaqueándose así de la foto con Vox en la sesión de investidura de Mañueco en la Asamblea de Castilla y León, que abría la legislatura de la infamia (por primera vez en democracia la extrema derecha gobernará en coalición con el PP). En cuanto a la entrevista de la tarde con los líderes sindicales, Unai Sordo y Pepe Álvarez, fue más protocolaria que otra cosa (cualquier sindicato que acepte una bajada de impuestos está condenado a la extinción).

Mucho nos tememos que el líder gallego va a tener que inventarse muchas reuniones como las de ayer para no tener que verse las caras con Santi Abascal. Feijóo sanciona el pacto castellanoleonés con la ultraderecha, pero se esconde como un ratón de biblioteca y fiel dirigente de la derechita cobarde. Otra victoria más de Vox. Suma y sigue.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

RUBI Y GERI

(Publicado en Diario16 el 19 de abril de 2022)

Una profesión emergente y con mucho futuro se abre paso en nuestro país: el conseguidor, el intermediario, el comisionista a calzón quitado. Aquí el que más y el que menos se busca un chollete, una ganga, un contacto o amigo en la Administración capaz de dar ese último empujoncito necesario hacia el éxito empresarial. Y mientras tanto la democracia devaluándose hasta quedar reducida a la categoría de establo o lodazal infecto.

Cuando todavía no nos habíamos repuesto del repugnante caso de las mordidas por las mascarillas a precio de oro en plena pandemia (un asunto que salpica a grandes de España, al alcalde MartínezAlmeida y a un misterioso viajante malayo que no aparece por ninguna parte) estalla un nuevo escándalo, esta vez con el turbio mundo del fútbol como gran escenario. No ganamos para sustos. En Madrid no se habla de otra cosa que no sea ese negocio que se llevaban a medias el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, Luis Rubiales, y el futbolista del FC Barcelona Gerard Piqué. Por lo visto Rubi y Geri (así, con esa familiaridad que raya el compadreo, se tratan ambos en privado) habrían pactado una comisión millonaria de 24 millones de vellón para la empresa del jugador como precio por la organización de la Supercopa de España en Arabia Saudí, según cuentan los compañeros de El Confidencial. A cambio, la Federación se embolsa 240 kilos, 40 por cada uno de los seis años de contrato. Lógicamente, semejante pastel tenía que terminar reventando y al final ha reventado.

La operación huele a trato de favor, a conflicto de intereses, a enchufismo y a procedimiento sin la debida transparencia y, aunque en principio no hay nada ilegal ni contrario al Derecho, el affaire tiene no pocas aristas y aspectos que conviene entrar a analizar. Para empezar, la cuestión ética. Desde el principio llamó la atención que Rubiales, el presidente de los valores humanistas, el presunto estandarte de la democracia deportiva, eligiera un país como Arabia Saudí como gran escaparate de la Supercopa. Organizar un evento deportivo en un estado totalitario donde a la mujer se la considera poco menos que una mula de carga sin derechos siempre se nos antojó una mala idea. Ahora empezamos a saber por qué Arabia y no México, la India o Nueva Zelanda. Aquello debe ser algo así como el gran paraíso del comisionista, las mil y una noches de los nuevos mercaderes futboleros, tierra fértil para el negocio rápido, lejano, seguro. Y si no que se lo pregunten al rey emérito. Hoy mismo, precisamente, se ha sabido que los dos personajes de esta truculenta historia planeaban contactar con el mismísimo Juan Carlos I para terminar de rematar el asunto. “Rubi, ¿crees que acercándonos al rey… puede ayudar… que tiene muy buena relación con la gente de allí, con los reyes o quien sea de los saudíes? Porque podemos entrar fácil…”, sugería Piqué a su presidente convencido de que el viejo monarca podría echarles un cable. Resulta cuando menos curioso que el futbolista del Barça aparcara por un momento su republicanismo irredento y su coqueteo con la causa del catalanismo soberanista para recurrir al Borbón, gran símbolo del odioso centralismo mesetario contra el que siempre ha luchado el bravo defensa central. Está claro que la pela es la pela, que no hay más que una sola bandera (la gloriosa enseña del dinero) y una única causa por defender: forrarse a toda costa, aunque sea organizando un torneo de verano para jeques y beduinos que no han visto un balón en su vida.

Aún recordamos cuando Piqué denunció públicamente que en el palco vip del Bernabéu se movían “los hilos del país”. Incluso se atrevió a cuestionar los valores –más mercantiles y crematísticos que deportivos y olímpicos–, que según él transmite el club merengue. Cómo ha cambiado el bueno de Geri, ahora resulta que tenía más poder y movía más hilos y marionetas, entre bambalinas, que el propio Florentino. Él solito es un palco de Chamartín con patas. De la noche a la mañana, el jugador culé ha pasado de dar el pelotazo a la grada en el córner al pelotazo empresarial, mucho más jugoso y apasionante. Así es la vida trepidante del comisionista a ratos. Entre partido y partido, entre concentración y hotel, Geri saca tiempo para sus cosas. Ya no da un pase en profundidad sin cobrar antes una comisión; ya no tira un penalti sin trincar el debido tanto por ciento (el 10 de Messi ha dejado de interesarle, ahora se mueve más por el 10 de su caché o porcentaje); ya no le hace un túnel a un contrario sin pillar cacho antes y cualquier día se mete a tunelar el desierto por el que circula el AVE a La Meca. Y así, sacando una tajada de campeonato, es como se desvirtúa y adultera el espíritu limpio y el fair play del deporte. Una tragedia más, un drama propio de los tiempos cínicos que vivimos.

Pero si reprobable resulta que Piqué aproveche el deporte para meter goles financieros por la escuadra, más reprobable aún es la conducta de Rubiales, el presidente del Renacimiento futbolístico que cada vez que abre la boca parece que habla Erasmo de Rotterdam. El adalid del humanismo balompédico debería velar por la pureza de la competición y no parece que convertir a uno de sus futbolistas en bróker a tiempo parcial sea la mejor forma de hacerlo. No todo vale, ni siquiera un pedazo de contrato de 240 millones de euros por seis temporadas a repartir con los amigachos, como en la peor de las cacicadas. Al final, toda la metafísica barata sobre las esencias del deporte, toda la filosofía cutre sobre los valores del fútbol, queda en pura impostura que no engaña a nadie. Rubi y Geri, Geri y Rubi, que tanto monta monta tanto, no han cometido ninguna ilegalidad (hasta donde se sabe) y probablemente tengan razón en que el delito lo comete el hacker que ha pirateado sus conversaciones y chats privados. Pero uno cree que este asunto va a traer cola, que hay muchas cosas por aclarar y que aquí está faltando con urgencia un nuevo José María García, un butanito desinfectante que ponga en su sitio al nuevo Pablo, Pablito, Pablete del fútbol español.

Viñeta: Pedro Parrilla

MEDINA Y LUCEÑO

(Publicado en Diario16 el 19 de abril de 2022)

Como un inmenso chapapote, la corrupción del PP madrileño llega hasta las costas de Malasia y más allá. Un tóxico vertido que se extiende por todo el mundo. En los últimos días, la Fiscalía Anticorrupción está tratando de localizar a San Chin Choon, el supuesto proveedor de las “más carillas” de Medina y Luceño a quien el pueblo, con su ingenio y gracejo innato, ya ha bautizado como Salchichón. El mote era inevitable, ya que entre fiambres y chorizos anda el juego.

La declaración del supuesto fabricante malayo se antoja de la máxima importancia para averiguar si tuvo relación comercial con el hijo del duque de Feria y su socio; si los presuntos conseguidores trabajaban como agentes exclusivos de la compañía asiática; si algún representante de la empresa oriental firmó los documentos; cómo se calcularon las comisiones; y si la misteriosa sociedad llegó a suministrar el material al Ayuntamiento de Madrid y a qué precio. Sin embargo, a esta hora el tal Salchichón no aparece por ninguna parte (es como el nuevo Fu Manchú de los thrillers policíacos por entregas del PP) y aquí lo único cierto es que el dinero de las mordidas se destinaba “pa’ la saca” de algunos, tal como consta en el sumario judicial. O sea, que ambos intermediarios iban a yates y a Rolexs, que no a setas.

Todo despide un hediondo tufillo a timo chino donde los madrileños, como siempre, eran los primos. De momento, Martínez Almeida echa balones fuera como puede y acusa a la Fiscalía de estar al servicio del Gobierno, desprestigiando un poco más las instituciones. El alcalde se siente “orgulloso” de que Pedro Sánchez, que es un “vanidoso”, le haya puesto en el centro de la diana de las cacerías que organiza la izquierda podemita. De modo que ya se ve a sí mismo como un San Sebastián asaeteado por Dolores Delgado. Ínfulas no le faltan al responsable político de esta alcaldada.

La estrategia de Almeida recuerda mucho a aquellas viejas tácticas que empleaba el retórico Mariano Rajoy para salirse de rositas de todos los marrones con la Justicia. Y a decir verdad, no le fue mal. Todavía hoy recordamos con tristeza y amargura cuando el expresidente gallego, para referirse a las trapacerías de su tesorero Bárcenas y del clan Gürtel, decía aquello de “esto no es una trama del PP como algunos pretenden; esto es una trama contra el Partido Popular, que es una cosa bien distinta”. Hoy el partido va por la tercera condena de la Audiencia Nacional, no una ni dos, sino tres, y lo que te rondaré morena. Pero aquí no pasa nada, ya lo ha dicho Feijóo, a quien esto de la corrupción le aburre soberanamente como también le aburría a Casado. Las corruptelas del PP son como una tediosa maldición con la que deben convivir los españoles por los siglos de los siglos. Baste recordar que a día de hoy aún no sabemos quién fue el misterioso “M. Rajoy” de los sobres en B. Ná, sería uno que pasaba por allí, como el malayo Salchichón.

Bien mirado, a Martínez-Almeida solo le quedaban dos salidas para intentar sortear este feo asunto de las adjudicaciones de mascarillas de oro: o se hacía el tonto (alegando que él no sabía nada) o se hacía el mártir, tratando de convencer a los madrileños de que él es una víctima más de Medina, Luceño y el enigmático San Chin Choon. Al final, ha optado por lo segundo. Interpretar el papel del alcalde que no se coscaba, que no se enteraba de la misa la mitad, que era incapaz de ver que unos fulanos de la biuti de cabello engominado y pañuelo en la solapa entraban y salían de la cocina o kitchen del Ayuntamiento, llevándoselo a espuertas, a capazos, a sacos (y dando el pelotazo del siglo con la muerte y la enfermedad de los madrileños), resultaba demasiado cantoso. No colaba. Así que antes que quedar como un incompetente o inútil para gestionar los asuntos municipales ha preferido quedar como un estafado más, un primaveras, un pringado o bobo que ha caído en las redes de un dúo de finos tramposos, los Medina, Luceño y CIA, que no son sino los nuevos Tony Leblanc y Antonio Ozores de la jungla de asfalto castiza.

El alcalde ha preferido aparecer ante el honrado pueblo de Madrid como la víctima, el cándido, simple o lila de este gran tocomocho planetario que ha sido la compra de material sanitario a precio de riñón. Almeida ha decidido interpretar el rol del inocente incauto que ha caído en las garras de unos pájaros heráldicos de pasado franquista, en las manos muertas de una nobleza sin escrúpulos y de un hombre ladino y tahúr como Sánchez que anda todo el rato urdiendo complots contra él, como si el premier socialista no tuviese otra cosa en qué pensar, como si fuese más importante el pelotazo sanitario que parar la Tercera Guerra Mundial. El presidente está para lo que está, para mover tropas de la OTAN sobre el complejo tablero internacional y salvar al mundo del nuevo führer Adolf Putin. Es verdad que a Sánchez uno no le puede dar la espalda sin que le robe la cartera o le clave algo a traición (que se lo pregunten si no a Ábalos). Pero Almeida se da demasiado el pisto, ya que él para Moncloa supone la misma amenaza que una hormiga para un elefante, no sé si ha caído en la cuenta el señor alcalde.

Por tanto, todas las coartadas se le desmoronan al regidor madrileño, mayormente después de que la Fiscalía Anticorrupción haya sumado, garbancito a garbancito, el importe aproximado de la monumental estafa –ya van por 12 millones de dólares en ganancias ilegítimas y subiendo–, un dinero que no era precisamente del polémico alcalde, sino de los madrileños, así que mal puede considerarse Almeida víctima de nada. Aquí las mordidas de los amigachos y grandes de España no las padece él, sino los sufridos contribuyentes. El edil popular que se deje de sermones de Semana Santa y nos explique a todos los españoles cómo puede ser que un contrato millonario se resuelva en un chat de wasap privado, a dedazo que te crio, sin concurso público y sin pasar por el BOAM.

Medina se declara insolvente y asume un capital de 247 euros en una triste cuenta corriente que no da ni para pipas. El juez se ve impotente para embargar bienes al heredero del duque de Feria. Ayuso se mofa de todo y de todos. Mucho nos tememos que, al final, este pato lo va a terminar pagando el misterioso chino ese, el malayo con nombre de embutido que no aparece por ninguna parte y que es el único que podría arrojar algo de luz a todo el oscuro tinglado. ¿Se apuestan ustedes algo a que no lo encuentra ni la Interpol?  

Ilustración: Artsenal

¿MACRON O FASCISMO?

(Publicado en Diario16 el 18 de abril de 2022)

Macron lo está intentando todo para impedir una tragedia (la llegada al poder de la extrema derecha francesa) que parece inevitable. En sus últimos mítines se ha vestido con el traje de ecologista improvisado tratando de atraer el voto de la izquierda de Mélenchon, se ha colocado a la vanguardia en la guerra contra Putin (como un nuevo Charles De Gaulle resucitado) y hasta ha posado con el velludo torso al descubierto para mostrar su lado metrosexual, latin lover y francés seductor y macho. Cree que así, sacando a pasear al Macron más progre pero también al Macron guardián de las esencias patrias que lleva dentro, podrá pescar apoyos, a uno y otro lado, entre las masas desencantadas con la democracia, con los valores republicanos, con el sistema político que ha entrado en imparable decadencia.

Sin embargo, pese a que de momento parece que la campaña electoral le está funcionando al presidente, la posibilidad de que Marine Le Pen se alce finalmente con la victoria en la segunda vuelta de los comicios, dando la campanada, parece más real que nunca. Jamás la extrema derecha había estado tan cerca del Palacio del Elíseo como en este momento trascendental para la historia de Francia, de Europa, del mundo. Lo que ocurra el próximo domingo no solo afectará a la política doméstica francesa: marcará el nuevo rumbo de la historia contemporánea en las próximas décadas. Y espeluzna comprobar cómo los medios de comunicación franceses han empezado a blanquear a la candidada ultra presentándola como una mujer que se ha ido moderando con el tiempo y que no debería darnos tanto miedo. El nazi Éric Zemmour, con un discurso mucho más duro, ha contribuido a esa operación de blanqueamiento y a que Le Pen parezca una hermanita de la caridad, una mujer razonable y homologable con quien uno puede sentarse a tomar un café y charlar pacíficamente de todo. La pinza planeada por la extrema derecha resulta de una perfección maquiavélica.

El cordón sanitario contra el nuevo fascismo ha saltado por los aires, ni siquiera la desesperada querella de la Fiscalía contra Le Pen por corrupción podrá evitar una tormenta que se veía venir pero que la democracia no ha sabido o no ha querido evitar. El colmo del mundo al revés es que Le Pen puede ganar en segunda vuelta movilizando a los abstencionistas y con el 16 por ciento de los sufragios de Mélenchon, el candidato que supuestamente aglutina al electorado progresista. Gente de izquierdas votando a nazis para castigar al centrista Macron. De locos.

Mientras tanto, las distancias entre los dos principales candidatos se acortan y la tensión crece en las calles. El pasado fin de semana, organizaciones sociales, sindicatos, entidades culturales y plataformas ciudadanas convocaban más de treinta manifestaciones en protesta contra el auge de la extrema derecha. La concentración más nutrida fue la que congregó a miles de personas en París, donde se gritaron consignas contra la aria candidata ultraderechista, aunque también hubo puyas y recaditos contra el propio Macron. Hay pánico a que el neofascismo se instale en el poder, es cierto, pero también hay ira, furia, indignación popular. Enfado por la mala situación económica por la que atraviesa el país; rabia porque la brecha de la desigualdad social no ha hecho más que crecer desde finales del pasado siglo; descontento porque la lejana Bruselas no haya sabido resolver los problemas de los ciudadanos pero sí haya sabido enriquecer a una élite, a una casta empresarial y financiera que en las últimas dos décadas no ha hecho más que mejorar su cuenta de resultados. Para unos pocos, la globalización ha sido un negocio redondo (nunca mejor dicho), mientras para la mayoría, sobre todo para las clases populares, ha supuesto un progresivo empobrecimiento y una pérdida constante de poder adquisitivo.

Pese a todo, Le Pen no está ganando esta batalla solo con el apoyo de la aristocracia económica francesa (con el que ya cuenta desde hace tiempo) sino con el voto del agricultor arruinado por los productos españoles (de mucha mayor calidad y a precios más competitivos), del ganadero que ha perdido su pequeña explotación agropecuaria, del proletario de las grandes ciudades condenado a un precariado de bajos salarios impropio en una de las primeras economías europeas. Todo ese odio hacia el establishment, calcado al que catapultó a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en enero de 2017, se ha materializado en recientes huelgas como la de los “chalecos amarillos”, una auténtica explosión o rebelión popular que ha hecho tambalear los cimientos del Gobierno Macron. La revuelta de los indignados franceses no es un fenómeno nuevo, empezó en los años noventa, cuando aquellos enfurecidos agricultores franceses volcaban los camiones españoles repletos de fresones en Montpellier, en Toulouse, en tantos lugares. ¿Se acuerda el lector de esta columna de los ataques contra nuestros transportistas en la frontera hispano-gala? Aquello fue el conato, la llama del nuevo fascismo que empezaba a prender con fuerza entre las clases populares francesas hartas del mercado libre de mercancías y precios, de una Europa que a ellos no les salía a cuenta y de un flujo de inmigrantes que veían con miedo, cuando no con pavor.

Bruselas, con sus cuotas lácteas y pesqueras, con sus reconversiones industriales y su fábrica de parados, ha creado al monstruo neofascista. Hoy toda esa masa popular que vota Le Pen por puro odio a la política tradicional reclama el retorno a la autarquía, la vuelta al franco como moneda nacional, el cierre de fronteras frente a la inmigración y la exaltación de los valores patrióticos, chovinistas, xenófobos e identitarios que ellos identifican con más Francia y menos Europa. En definitiva, más nacionalismo y menos unidad y fraternidad entre pueblos del viejo continente. Más aislacionismo y menos multiculturalidad o mestizaje. Más xenofobia y menos solidaridad global. Un auténtico drama para el proyecto de construcción europea; un peligroso retorno a las viejas fronteras y rencillas entre los decimonónicos estados-nación; una vuelta a los conflictos territoriales seculares, a la exaltación nacional, a la guerra como forma de resolución de los problemas. La invasión de Ucrania a manos de Putin no deja de ser el triunfo del modelo autocrático y totalitario sobre la democracia liberal. Conviene no olvidar que Le Pen se ha mostrado, en reiteradas ocasiones, como una devota admiradora del sátrapa moscovita. Por algo será.

El próximo domingo, Francia se juega su futuro. También Europa. Pero de entrada ya podemos decir que el bipartidismo turnista sobre el que se había asentado la política francesa desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha muerto. Estas presidenciales dejan a un Partido Socialista condenado a la extinción y a un partido conservador de corte clásico, Los Republicanos, prácticamente moribundo. El desgaste de la alternancia del poder, la corrupción y las reyertas internas han terminado por corroer el sistema. Macron es el último superviviente de un modelo que el ciudadano francés considera fracasado sin remedio. Frente a esa crisis galopante de la política emergen nuevos partidos antisistema que con un fuerte mensaje populista y controlando las redes sociales (gran avispero de la revolución antiliberal que se gesta) seducen al electorado. Hoy son los franceses los que compran la gallofa populista, mañana el laboratorio galo propagará la basura ideológica neofascista por todas partes. Con el tiempo, y en el caso de que estos movimientos rupturistas conquisten finalmente el poder, la UE tal como la hemos conocido hasta hoy quedará reducida a papel mojado. Numerosos tratados internacionales serán denunciados por Francia al más puro estilo trumpista. Y los inmigrantes sin papeles ya pueden empezar a comprar el billete de vuelta a casa. Francia se ha convertido en el gran Chernóbil de la radiación posfascista, una planta nuclear generadora de falsas creencias altamente contaminantes. Ahora sí, un fantasma recorre Europa: el fantasma del fascismo.

Viñeta: Alejandro Becares