Acaba de inaugurar el Reina Sofía una muestra excelente sobre Salvador Dalí. La exposición no podía llegar en mejor momento, precisamente ahora que todo el país vive sumido en un increíble revival surrealista. Me explico. Cuando Cospedal dice que los votantes del PP prefieren dejar de comer antes que dejar de pagar la hipoteca, eso es surrealismo. Cuando Arias Cañete trata de convencernos de que cada día se ducha con agua fría para ahorrar energía, estamos otra vez ante el surrealismo, además de una vuelta a la España de posguerra. Y cuando la delegada del Gobierno en Cataluña asegura que es importante que haya ricos y pijos porque consumen mucho y así saldremos de la crisis que nos ahoga eso es, sin duda, surrealismo en estado puro. Queda claro que la influencia de Dalí en nuestros políticos ha sido enorme, aunque ni ellos mismos se den cuenta, y hoy por hoy todo es surrealismo, pesadilla, desvarío onírico. Los historiadores del arte dicen que en la posmodernidad el surrealismo ha muerto, pero eso no es cierto, porque está más vivo que nunca. Se cuenta que Dalí acudió a una entrevista televisiva con un rinoceronte a cuestas para sentarse encima de él. El Rey Juan Carlos no caza rinocerontes, pero sí elefantes, y por un elefante ha arruinado su reino, mi reino por un elefante. De una forma o de otra, la debacle actual de la Casa Real tiene mucho que ver con el surrealismo, ya que lo que no pudieron hacer los tanques conjurados y fieros del 23F (o sea, derribar la monarquía parlamentaria) lo ha hecho un simple jugador de balonmano con pinta de no haber roto un plato, y si eso no es surrealismo crudo que venga Dios y lo vea.
Dalí se definía como un "anarco-monárquico", lo cual no deja de ser una parida del genial pintor catalán. No hay más que echar un vistazo a su biografía trufada de frikismo para concluir que se pasó la vida chungándose del mundo. Vivió en Francia a cuerpo de rey y cuando llegó la guerra huyó como una rata para ponerse a salvo, dicen quienes le conocieron. Antes que pintor, Dalí fue un fino humorista procaz y provocador que se quedaba con todos con sus bigotes retorcidos y afilados, lo mismo que Martínez Pujalte, que ahora se ha operado el mostacho para limarse un poco su arista facha (aunque ya no cuela).
Opino con Orwell que Dalí era tan buen artista como irritante ser humano. Los genios son aberraciones de la naturaleza, seres monstruosos incomprendidos, engendros únicos de una época concreta. Dalí fue el subconsciente del siglo XX y su chorreo de imaginación desbordante es el semen que fertiliza el todavía más convulso siglo XXI. Freud, Einstein y Dalí (mente, universo, arte) son la santísima trinidad que llegó para socavar los cimientos del pensamiento humano, unos cimientos que se habían mantenido firmes durante dos mil años. Después de ellos nada es lo mismo y solo queda el absurdo, el vacío, la nada. Nuestra existencia no es más que el producto del inconsciente reprimido; el mundo es tan mágico que un gato puede estar vivo y muerto a la vez; y el arte se convierte también en una broma pesada. Después de Dalí todo es surrealismo y nada más que surrealismo, la vida es sueño inconexo, un mundo de insectos gigantes que nos devoran cada día y de relojes que se derriten como el queso fundido, dejándonos sin ideologías, sin valores, sin el propio tiempo. Surrealismo es dar dinero a los bancos para que nos echen de nuestras casas, votar a políticos corruptos para que nos roben la cartera, sacrificar a seis millones de parados para salvar unas cuantas cifras macroeconómicas que solo entienden los economistas (ay, los economistas, otro día hablaremos de ellos). Dalí fue franquista y trotskista, ateo y católico, ácrata y monárquico, revolucionario y amante del dinero, loco y cuerdo a la vez. Surrealista y provocador, en fin, como cualquiera de los políticos que nos gobiernan.
domingo, 28 de abril de 2013
jueves, 25 de abril de 2013
LAS BESTIAS
Imagen: república.com
martes, 23 de abril de 2013
OLVIDO ENSEÑA EL HORMIGO
Anda media España escandalizada porque la ex concejal socialista Olvido Hormigos se ha destetado en el Interviú. A uno le llama poderosamente la atención que una señora que enseña el culo, las asentaderas, el nalgatorio o tafanario siga conmocionando, como en los mejores años del destape setentero, a este país reprimido e hipócrita. En Los Yébenes, donde estalló este drama lorquiano posmoderno, unos no ven mal que la chica haya decidido sacarle un puñado de parné a su cuerpo serrano, mientras que otras vecindonas enlutadas, más dadas al ludibrio público, la tildan directamente de guarra guarrísima. Eso sí, en el pueblo todos andan por la calle con la revista morbosa bajo el brazo, de cotilleo en cotilleo y de bar en bar, lo cual denota que en este país se follisca poco, se hace el amor los sábados por la noche, con la luz apagada (y gracias) y hay más hambre que en la cola del paro después de una reforma laboral de Rajoy.
Hay que recordar, por si queda alguien que no está al loro, que Olvido es esa mujer (casada para más morbo) que se autograbó haciéndose un dedo y que envió el porno casero, como ofrenda clandestina de amor, a su amante futbolista. Luego parece ser que el chorbo difundió la película por Internet, haciendo bueno el nocivo dicho hispano de que el triunfo no es zumbarse a la chai, sino contarlo al día siguiente a los amigotes de la oficina. Solo que ahora la oficina no es un lugar físico, sino virtual, global, y la película erótica de Olvido la ha visto hasta el último cabrero de Sierra Espuña. El juez ya ha sentenciado que no hay delito contra la intimidad en la difusión del vídeo, pero eso no es lo que nos ocupa aquí. Lo esencial, lo principal, lo sorprendente es que una España supuestamente liberada que toma la viagra, que vibra con consoladores talla XXL, que anuncia condones televisivos en horario infantil, que se anilla el pubis y que juega al balansé con sexyboys y escorts de silicona siga paralizándose porque una señora mueva su cucu para su enamorado o para una revista sensacionalista, me da igual. Lo fundamental es que la movida de Olvido importa más que la prima de riesgo, que los cinco millones de parados, que los bombazos de Boston, que los butroneos de Bárcenas, que el nuevo recortazo que prepara la Merkel, y en ese plan. Cuando la noticia fuerte de un magacín de tarde es que una buena moza, aunque sea sociata, enseña el muslamen (y lo otro) como hacían las grandes divas del destape español, es que no hemos salido aún de la Transición y la imagen perturbadora de Victoria Vera cabalgando a pelo sobre los rescoldos del franquismo está más viva que nunca en el inconsciente colectivo. Puede que la fotografía de Olvido en cueros no sea más que el fetiche erótico y goyesco que cada español salido lleva grabado en el seso y en el sexo por los siglos de los siglos; la obsesión reprimida y ancestral del íbero primitivo que babea secularmente, desde las Cuevas de Altamira, ante una jamona venusina; el trauma de cuarenta años de represión franquista que no logramos superar por mucha pornografía y mucho bragueteo Sálvame de Luxe que hayamos consumido en estas tres décadas de democracia blanda. El pecado nacional no es la envidia, es el oscuro objeto del deseo buñueliano que anida en la conciencia profunda del español, el impulso killer de torito bravo, que decía el Fary, el instinto semental que le empuja a montar a la hembra y a atravesarla ciega y homicidamente. Todo español lleva dentro un aldeano con boina y cara de sátiro a medio afeitar que sigue poniéndose ceguerón de vicio cuando ve a una mujer desnuda. Olvido, te lo llevas crudo enseñando el hormigo. Pues olé tus ovarios.
lunes, 22 de abril de 2013
EL HUNDIMIENTO DE TODO
(Posdata: El Rey dice que vuelve para dar guerra. Éramos pocos y parió la abuela).
Imagen: elaguijon.es
jueves, 18 de abril de 2013
HOMELAND
Nunca veo series. Las americanas suelen repetirse en temas y personajes y las españolas simplemente dan pena por poco realistas y poco creíbles. Sin embargo, tengo que confesar que una serie me ha atrapado últimamente. Por si usted no la ha visto, le cuento. Se trata de Homeland, la historia de Nicholas Brody (Damian Lewis) un marine estadounidense que ha permanecido secuestrado durante ocho años en lrak y que regresa a casa con el coco comido por los torturadores de Al Qaeda. Carrie Mathison (Claire Danes) es una agente de la CIA que ha llenado la casa de la familia Brody de microcámaras con el fin de espiarlo día y noche, ya que está convencida de que el soldado, llevado por un extraño síndrome de Estocolmo, prepara un gran atentado en suelo americano. Dicen que Obama está enganchado a la serie y no nos extraña. Viendo Homeland, el presidente de USA quizás se entere de cosas de las que no le informan sus fieles secretarios y asesores; quizás se dé cuenta de que la guerra sucia contra el terror es una guerra perdida de antemano; de que el sueño americano se ha convertido en una pesadilla real. Homeland destripa con la minuciosidad de un cirujano las ilegalidades y abusos cometidos por la CIA, el estado de alarma permanente de la sociedad americana, la paranoia colectiva que se ha apoderado de la gente que vive en yanquilandia. Sobrecoge ver la cara de morbo de la agente Mathison mientras contempla en un televisor conectado a una de sus cámaras ocultas cómo Brody convierte a su esposa en poco menos que una esclava sexual. Impresiona ver cómo ese marine trastornado por las torturas islamistas se levanta al alba, mientras su mujer y sus hijos duermen, para hincarse de rodillas y rezar el Corán, con un fervor enloquecido, en la oscuridad de su garaje. Estremece ver cómo los gerifaltes inhumanos de la CIA dejan abandonada a su suerte a una prostituta de lujo infiltrada en la célula terrorista, una chica manipulada con falsos ideales patrióticos que acaba siendo eliminada por los árabes. Y por debajo de todo ello, como un sustrato podrido, las cloacas malolientes del Estado, el drama personal de unos personajes que se odian a sí mismos, la soledad negra de una agente de la CIA en tratamiento psiquiátrico, la insatisfacción emocional de una esposa adúltera, el trauma de una generación de niños hambrientos de amor, la fabricación de un héroe tan falso como frágil, En Homeland está todo lo que está pasando en América y por ende en el mundo desde que comenzó el siglo XXI. El 11-S, la manipulación de la opinión pública, los recortes de las libertades en favor de una supuesta mayor seguridad, la guerra inútil de Irak, la muerte de civiles inocentes y soldados engañados, la espiral de barbarie, el terror global. En Homeland podemos encontrar una primera explicación, siquiera aproximada, a los últimos atentados de la maratón de Boston. La idea terrorífica de que un chiflado con una mochila bomba puede hacer el daño que quiera, donde quiera y cuando quiera. La idea de que por muchos agentes dobles, espías infiltrados, aparatitos digitales de última generación, armas ultrasofisticadas y millones de dólares que se destinen a la seguridad nacional será imposible acabar con zumbadillos dispuestos a matar y a dejarse matar como martirio de su dios. La idea, en fin, de que el mundo, tal como está concebido en la actualidad, camina hacia una senda cada vez más oscura, dramática, dolorosa. Irán, Irak, Afganistán, Corea, Palestina. Agujeros negros que pueden despertar un día como tormentas de odio para engullirnos a todos. La civilización humana dirigiéndose hacia el desastre y Cospedal soltando una parida tras otra. Un mundo extraño.
Imagen: lafashionistv
martes, 16 de abril de 2013
EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES
Ay pena, penita, pena. Dos años de pena. Poco nos parece para tanto robo, para tanto escándalo, aunque es verdad que ayer se cayó un mito para siempre. La diva devorada por su público caníbal, el linchamiento, los abucheos, los tirones de pelo, el vahído, el desmayo. Despeinada, desgarrada, llorosa y desnuda de mentiras en la parte trasera del coche. Se ha librado de la cárcel pero ha terminado en bragas, consumida en la hoguera de las vanidades. Ha sido la inmolación de la reina ante su pueblo fiero, ibérico, bárbaro. Ha sido el martirio de la diosa ante los escrachistas fanáticos de la copla. ¿Dónde estaba tu Julián Muñoz Palomo? El palomo ya no vuela, ni largo ni cojo, ya duerme condenas en su celda de olvido. ¿Gitana, tú me quieres? Gitano, te quiero pero lejos. Julián e Isabel, Isabel y Julián. Amor inmobiliario bajo un sol sucio, follisqueo furtivo sobre un catre de sacas millonarias, borrachera de dinero negro y vino rociero. Son el Bonnie and Clyde de la última España violada, asaltada, saqueada. Juntitos los dos se han corrido corridas y fiestas, se han dado a la dulce luna andalusí entre copas y coplas. Ahora llega el momento de pagar con cárceles y multas. Para sí quisiera Bárcenas la pena suave que le ha caído a la tonadillera. Ya se conformaría Urdangarín con dos años a la sombra. ¿Dónde hay que firmar?, se preguntaría el Rey sobre su yerno.
Ay pena, penita, pena. La Panto tenía que haberse retirado guapa y digna, a tiempo, como Marisol, que es nuestra Greta Garbo siempre bella y misteriosa. Pero no. Se dio al pelotazo malo, verbenero, cañí. Dicen que va a seguir cantando sus bolos viejos pese a la condena. Hay que pagar el millón de la sentencia y Cantora no da más fianza. Se pondrá el clavel, hará el quejío y dará la patada del desprecio para engatusar a algún alcalde virgen de delitos o a algún torero macho. Pero ni Paquirrín se cree ya sus falsos cuplés. Maldito parné.
Imagen: Vizcarra
lunes, 15 de abril de 2013
EL ESCRACHE (SEGUNDA PARTE)
Imagínese el lector de este blog que en plena Revolución Francesa, cuando los desarrapados estaban trepando por la Bastilla, el primer ministro del Rey Luis saliera al balcón y dijera: "La violencia no está justificada, señores; hala, vuelvan ustedes a sus casas y sigan muriéndose de hambre". Pues eso es lo que nuestro Gobierno quiere que hagamos, que nos metamos en casa a ver el Sálvame de Luxe. Ya dijimos ayer que Rajoy, Cospedal y los otros borreguillos del gabinete se confunden al seguir insistiendo en que los escraches son kale borroka, algarada callejera inadmisible, nazismo, como ellos dicen. Pero es que el gran error de bulto está en que no quieren ver que esta movida es consecuencia de un proceso materialista histórico, y no nos pongamos demasiado marxistas que luego nos apuntan en la lista negra de prefusilados. El escrache, el descontento de la gente, las protestas cívicas que hasta ahora son pacíficas, no son más que la reacción lógica ante la acción de un Poder político oxidado, como diría aquella envidiosa presentadora de televisión. El escrache es el último recurso que le queda a un pueblo que grita de hambre pero no le escuchan, la última bala de una pistola que le han puesto en la sien para que siga jugando a la ruleta rusa de su futuro, la legítima defensa ante los vampiros merkelianos que vienen a chuparle las ilusiones de una vida justa, digna, mejor. Hasta a Montoro se le está poniendo ya una cara de Nosferatu que tira para atrás. El pueblo que pide pan y no se lo dan termina alimentándose de odio.
No veo yo el nazismo y la violencia sangrienta de los escraches por ningún lado, sino más bien a un grupo de personas sin futuro, hundidas, hasta los huevos, ya lo avisó Leo Bassi. Se visten con disfraces variopintos, hacen sonar sus cacerolas indignadas y todo lo más sueltan un Rajoy cabrón trabaja de peón. No hay nada delictivo en ello, forma parte del derecho a la libertad de expresión legítima y constitucional. Si los políticos que nos gobiernan no quieren oír la verdad sobre las barbaridades que están haciendo, mejor que se vayan a sus casas y dejen su lugar al ciudadano, que ya está bien.
Todas las encuestas hablan de un desmoronamiento del sistema. Organizaciones como las plataformas de afectados por las hipotecas, el 15M y Cáritas emergen y ganan terreno mientras que se hunden los partidos políticos, los sindicatos y la Monarquía. Ante esta tragedia solo caben dos opciones: o darle la voz al pueblo de una vez por todas o gobernar a golpe de antidisturbio, patadón al ciudadano y a otra cosa, o sea, como hace Pepe, ese central tuercebotas. Es fundamental reinventar la democracia, dejar que la voz fresca del ciudadano retumbe en las paredes rancias del Congreso. El nazismo al que se refiere Cospedal no está en la pobre gente aplastada por los recortes sino en los recortes mismos, en una política neoliberal antropófaga y ciega que trata a las personas como simples factores económicos. El nazismo es este régimen económico corrupto y totalitario que nos ha caído en desgracia. ¿Qué puede hacer un ciudadano al que despojan de su trabajo, de la sanidad, de la educación que tanta sangre sudor y lágrimas le ha costado conquistar? ¿Qué diferencia hay entre este capitalismo thatcheriano y el comunismo bolchevique? Ambos sistemas despojan al ser humano de su identidad, lo trituran y lo reducen a material tan desechable como esa carne de caballo clandestina que sirven en algunos restaurantes. Después del hundimiento del marxismo y el cristianismo asistimos al hundimiento de la tercera ideología que ha gobernado el mundo durante siglos: el capitalismo. Esto es una crisis económica, política y moral que exige cambios profundos y urgentes. El antiguo régimen se ha quedado viejo de vicios, de corrupción, de mentiras. Los aristócratas de la falsa democracia siguen brindando con champán versallesco mientras la gente se suicida porque le arrebatan la casa. Si no reaccionan irán a la guillotina, eso es seguro. Están tan ciegos, tan faltos de humanismo, que aún pondrán el cuello en la madera justa y se preguntarán: ¿pero qué hemos hecho mal? ¿por qué nos odian tanto?
No veo yo el nazismo y la violencia sangrienta de los escraches por ningún lado, sino más bien a un grupo de personas sin futuro, hundidas, hasta los huevos, ya lo avisó Leo Bassi. Se visten con disfraces variopintos, hacen sonar sus cacerolas indignadas y todo lo más sueltan un Rajoy cabrón trabaja de peón. No hay nada delictivo en ello, forma parte del derecho a la libertad de expresión legítima y constitucional. Si los políticos que nos gobiernan no quieren oír la verdad sobre las barbaridades que están haciendo, mejor que se vayan a sus casas y dejen su lugar al ciudadano, que ya está bien.
Todas las encuestas hablan de un desmoronamiento del sistema. Organizaciones como las plataformas de afectados por las hipotecas, el 15M y Cáritas emergen y ganan terreno mientras que se hunden los partidos políticos, los sindicatos y la Monarquía. Ante esta tragedia solo caben dos opciones: o darle la voz al pueblo de una vez por todas o gobernar a golpe de antidisturbio, patadón al ciudadano y a otra cosa, o sea, como hace Pepe, ese central tuercebotas. Es fundamental reinventar la democracia, dejar que la voz fresca del ciudadano retumbe en las paredes rancias del Congreso. El nazismo al que se refiere Cospedal no está en la pobre gente aplastada por los recortes sino en los recortes mismos, en una política neoliberal antropófaga y ciega que trata a las personas como simples factores económicos. El nazismo es este régimen económico corrupto y totalitario que nos ha caído en desgracia. ¿Qué puede hacer un ciudadano al que despojan de su trabajo, de la sanidad, de la educación que tanta sangre sudor y lágrimas le ha costado conquistar? ¿Qué diferencia hay entre este capitalismo thatcheriano y el comunismo bolchevique? Ambos sistemas despojan al ser humano de su identidad, lo trituran y lo reducen a material tan desechable como esa carne de caballo clandestina que sirven en algunos restaurantes. Después del hundimiento del marxismo y el cristianismo asistimos al hundimiento de la tercera ideología que ha gobernado el mundo durante siglos: el capitalismo. Esto es una crisis económica, política y moral que exige cambios profundos y urgentes. El antiguo régimen se ha quedado viejo de vicios, de corrupción, de mentiras. Los aristócratas de la falsa democracia siguen brindando con champán versallesco mientras la gente se suicida porque le arrebatan la casa. Si no reaccionan irán a la guillotina, eso es seguro. Están tan ciegos, tan faltos de humanismo, que aún pondrán el cuello en la madera justa y se preguntarán: ¿pero qué hemos hecho mal? ¿por qué nos odian tanto?
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