viernes, 19 de febrero de 2021

LA DESAMORTIZACIÓN

(Publicado en Diario16 el 17 de febrero de 2021)

El Gobierno ha abierto la vía para reclamar la titularidad de casi 35.000 inmuebles inmatriculados por la Iglesia católica entre 1998 y 2015. La vicepresidenta Carmen Calvo ya ha dado luz verde a la lista, que promete convertirse en un nuevo motivo de enfrentamiento entre las dos Españas, como ya ocurrió con las desamortizaciones que comenzaron en el siglo XVIII con Godoy. El problema de las “manos muertas” lastra a este país desde tiempos inmemoriales, de hecho siempre ha sido uno de los grandes factores históricos que han llevado a nuestra decadencia y ruina. Es España una sociedad donde los poderes fácticos –nobleza/élites, ejército y clero– han impedido secularmente cualquier tipo de progreso reformista.

Con los siglos, la desamortización fue una de las armas políticas empleadas por los liberales en su vano intento por modernizar el Estado caduco y corrupto, liberándolo de las ataduras del Antiguo Régimen feudal, pero cada intento se vio frustrado por los poderes reaccionarios en la sombra, siempre en contra del avance político o social. No hablemos ya del largo y oscuro período de la dictadura, en el que Franco obsequió a la jerarquía eclesiástica con amplios privilegios, prebendas y riquezas (nacionalcatolicismo y fascismo fundidos en un mismo tronco común).

Ahora Carmen Calvo, una desamortizadora tan necesaria como lo fue en su día Mendizábal, vuelve a intentar la siempre anhelada y frustrada reforma, saca el proyecto del cajón de la historia y planea devolver la productividad a todos esos inmuebles polvorientos y tierras solariegas que duermen el sueño de los justos desde los tiempos de la España imperial. Pero más allá de que el problema de la concentración de patrimonio en manos de la curia sea un problema español endémico y secular sin resolver, conviene recordar que ha habido un hombre, ya en democracia, que tomó la decisión de devolver al país a aquel feudalismo religioso que, pese a revoluciones y guerras, no conseguimos quitarnos de encima: José María Aznar. Fue él, como presidente del Gobierno, e inspirado por una filosofía escolástica propia del medievo, quien reformó la ley hipotecaria para que la Iglesia continuara manteniendo intactas todas sus propiedades. Esta legislación permitió a la cúpula católica registrar a su nombre edificios, apartamentos o fincas con tan solo echar una firma. Es decir, una vuelta a los tiempos en que los obispos acumulaban más poder y más boato que el propio Estado.

Hoy sabemos que de las 34.961 inmatriculaciones eclesiásticas oficialmente censadas, más de 20.000 pertenecen a templos de la Iglesia católica o dependencias complementarias y casi 15.000 son terrenos, viviendas, solares o locales. Pero el dato demoledor es que 30.335 de esas propiedades fueron inscritas mediante certificación eclesiástica, tal como permitía la ley Aznar, toda una bicoca o chollo para la Conferencia Episcopal. El asunto no es menor porque está en juego la titularidad del patrimonio histórico del país, como sucede en el caso de la Mezquita-Catedral de Córdoba. Un reciente informe elaborado por expertos del Ayuntamiento de la ciudad andaluza ha concluido que la Iglesia nunca ha tenido la propiedad del monumento. No solo por razones jurídicas sino también por el sentimiento de apego de los cordobeses hacia ese emblema de su historia y su cultura, el bien es claramente de dominio público o civil, o sea del Estado, por mucho que la jerarquía eclesiástica se empeñe en incluirlo en el inventario vaticano.

La mezquita fue inmatriculada por la Iglesia católica en 2006 e inscrita en el Registro de la Propiedad bajo el nombre de Santa Iglesia Catedral, con un gasto de 30 euros (una magnífica ventaja fiscal gracias a la modificación legal realizada en 1998 por el Gobierno de Aznar). La reforma del PP no solo recuperaba la consideración de fedatarios públicos de los obispos (tal como ocurría con la ley hipotecaria franquista de 1944) sino que les otorgaba capacidad de registrar bienes sin aportar títulos de propiedad.

Ahora, tras la actuación del Gobierno anunciada por Carmen Calvo, las personas físicas y jurídicas pueden tener conocimiento del listado de bienes inmatriculados, lo que será un alivio para todo aquel que crea necesario iniciar acciones legales y recuperar la titularidad de los monumentos y propiedades. “Al Gobierno lo que le compete es dar una información transparente, rigurosa y veraz de un mandato que se le hizo al Ejecutivo de Mariano Rajoy y que no cumplió”, ha asegurado la vicepresidenta primera. De esta manera, Pedro Sánchez cumple una promesa que lanzó en el debate de investidura de enero de 2020, cuando se comprometió a realizar las “modificaciones legislativas oportunas para facilitar la recuperación de los bienes que hayan sido inmatriculados indebidamente por la Iglesia”.

Un Estado laico y aconfesional no podía seguir permitiendo un privilegio eclesial, por mucho que así haya sido durante siglos pese a los no pocos intentos de desamortización. Aquí ha funcionado durante demasiado tiempo el viejo dicho castellano de “con la Iglesia hemos topado”, y había llegado el momento de poner las cosas en su sitio y acabar con las regalías inmobiliarias del clero. El control de las inmatriculaciones es una buena noticia para el Estado de derecho y ya de paso se podría aprovechar para sancionar a todos esos obispos que se han saltado las listas de espera para ponerse la vacuna contra el coronavirus cuando no les tocaba. Lamentablemente, España es un país que avanza despacio, los cambios se eternizan a lo largo de los tiempos y tardaremos en ver a un ministro de Dios sancionado por traficante de influencias, aprovechado y jeta. Quizá para el próximo siglo.

Viñeta: Igepzio

LA MUDANZA

(Publicado en Diario16 el 17 de febrero de 2021)

Se acabó. Génova 13 ya es historia. El PP ha cerrado el quiosco o chiringuito (eso es lo que fue esa casa durante décadas de cronificada corrupción) porque según Pablo Casado “no deben seguir en un edificio cuya reforma se está investigando en los tribunales”. De modo que el líder popular piensa que cambiando de sede cambiará la historia, lo cual no se sostiene con la lógica en la mano. Está visto que Casado es un escapista que anda todo el rato eludiendo la realidad de los hechos y ya se sabe que se puede huir de cualquier cosa en esta vida menos de la verdad.

Si estalla un escándalo es cosa de los comunistas y de la fiscala roja que le tiene manía al partido; si se pierden unas elecciones en Cataluña es culpa del contubernio judeomasónico separatista y de Luis Bárcenas que ha tirado de la manta; y si el partido se encuentra en caída libre es porque un señor ultra con barba de guerrero de los Tercios de Flandes odia a los populares y se le ha metido en la cabeza sorpasar a la derechita cobarde. Todo menos asumir los hechos, todo menos reconocer que es él, el jefe, el líder de la formación azul, el que se equivoca todo el rato, no solo de estrategia sino también de discurso y de proyecto.

Allá donde vayan los populares irán con su pasado, con sus sombras y espectros a cuestas, entre otras cosas porque no se han regenerado. Ese es el gran problema, esa la grave enfermedad que está carcomiendo el casadismo. Ayer, el descontento entre algunos barones con la deriva del partido empezaba a ser patente y generalizado. Unos hablan con la boca pequeña, otros en petit comité, pero la mayoría no entiende la mudanza, sobre todo porque el gran responsable de la debacle en Cataluña (3 escaños frente a 11 de Vox) no es otro que el sucesor de Mariano Rajoy. Mientras tanto, el cierre de la sede se vivió ayer como un auténtico funeral. “Adiós Génova”, se despedía Díaz Ayuso agitando el pañuelo blanco, como aquellos que despedían al Titanic en el puerto sin saber que nunca más volverían a ver el barco ni a la gente que iba dentro.

“Por fin tenemos casa propia, una reforma de arriba abajo, amplia moderna”, decía Ángel Acebes aquel día en que fue inaugurada la polémica reforma, un obrón que costó millón y medio de euros, buena parte en negro. Hoy, muchos miran atrás con nostalgia y recuerdan los tiempos felices. La refundación de Fraga, los sobacos sudorosos de Aznar en el balcón de la victoria, los tímidos saltitos de Rajoy al grito de “que vote Mariano” cada vez que caía otra mayoría absoluta. Pero todo cambió el 20 de diciembre de 2013, cuando el PP se negó a colaborar con el juez Ruz y el magistrado envió a la UDEF a registrar los despachos como vulgares poblados chabolistas de la droga. Aquella redada fue el punto de inflexión en declive, pero el PP siempre lo negó todo. Empezaba el calvario por tantos pleitos y juicios que estaban por llegar.

Hoy en cada rincón de ese edificio hay un mal recuerdo. En la planta séptima, actualmente el despacho de Casado, se produjo la fatídica entrega de la contabilidad del partido que Bárcenas puso a disposición de Rajoy y de la famosa trituradora con la que, según el extesorero, fueron destruidos los papeles comprometedores. En la planta sexta se negociaban los donativos, contratos y canonjías entre los gerentes y los empresarios del régimen. A la planta tercera enviaron al defenestrado Bárcenas cuando se fue de la sinhueso (luego le dieron un despacho decorativo y un sueldo en diferido, aquel antológico trabalenguas de Cospedal). También allí estaban los misteriosos ordenadores y discos duros que cobraron vida y se destruyeron solos. Y en la primera planta, la del PP de Madrid, vivía Espe Aguirre la divina, que se vanagloriaba de que en su bufete “nunca se hizo esa obra” en negro. Todo el bloque, de arriba abajo, está seriamente afectado por la aluminosis de la inmoralidad o algún turbio episodio, desde el último piso hasta el garaje por donde entraba Correa. “Génova era mi casa, tenía una tarjeta especial y pasaba directamente por el parking. Yo estaba más tiempo allí que en mi casa”, declaró el cabecilla de la Gürtel ante los jueces de la Audiencia.

Nada que haya estado a menos de cien metros en el radio de acción de Génova 13 queda a salvo ni se libra de la radiación putrefacta que ha salido de ese Chernóbil de la corrupción durante décadas, y hasta los grandes bancos de la zona han quedado manchados para siempre después de que en ellos se haya practicado el pitufeo del PP valenciano. Tras una historia tan negra, Génova es como un castillo endemoniado y maldito en el que pululan demasiados fantasmas. El trece nunca dio buena suerte; mal fario para una empresa que pretendía ser multinacional. Cambiando de sede, el PP trata de sacudirse tanta leyenda negra imposible ya de limpiar, ni de borrar, ni siquiera de olvidar. Ayer España entera se mofaba de la inútil mudanza pepera en las redes sociales. “Que se vayan a la prisión de Soto del Real, que allí estarán mejor”, decía un tuitero. “Aunque la mona se cambie de sede, mona se queda”, sentenciaba otro. Y no faltaba quien proponía que todos los cargos populares cogieran sus bártulos y carteras y se trasladaran al Zendal de Díaz Ayuso.

Casado es un negacionista de la realidad y de la memoria ominosa, trágica, deleznable del partido. Por eso ha tenido la infeliz idea de pasar página echando el cerrojo a Génova 13, un inmueble del que, por cierto, quedan 11 millones por pagar, una hipoteca tan gigantesca como la propia tragedia del partido. “Es el primer paso para la refundación del partido”, dicen algunos, los más optimistas; “hay que reunificar el centro derecha español porque no hay sitio para todos”, insisten los más preocupados. ¿Pero qué piensa reunificar Casado si en Ciudadanos son cuatro gatos y con los trogloditas de la extrema derecha no se puede ir ni a la esquina porque no es presentable? Todo en ese partido empieza a ser ya como el hotel de los líos de los Hermanos Marx. Más que mudanza es una huida a ninguna parte. Por cierto, antes de apagar la luz y poner el cartel de ‘Se Traspasa’, ¿se habrán acordado de llevarse la manta de Bárcenas?

Viñeta: Igepzio

RACISMO Y PODER

(Publicado en Diario16 el 16 de febrero de 2021)

A Donald Trump lo han sentado en el banquillo por sus políticas de odio que concluyeron en el asalto al Capitolio. Al final el magnate neoyorquino se ha ido de rositas, pero al menos se ha intentado emplumarlo. Algo es algo. Sin embargo, en España la tolerancia de la Justicia con la sucursal trumpista ha sido exasperante. Hasta hoy. Según un comunicado de Fiscalía, el Ministerio Público ha abierto diligencias de investigación contra Vox por un presunto delito de incitación al odio tras una denuncia de las comunidades islámicas de Catalunya.

Con todo, no han sido los fiscales los que han abierto una investigación de oficio, como correspondería en un Estado de derecho, sino que la reacción contra el odio xenófobo de Vox ha tenido que llegar de los colectivos de inmigrantes (Federació Islàmica Catalana, Unió de Comunitats Islàmiques, Federació Consell Islàmic y Musulmanes Contra la Islamofobia), que han llevado a los tribunales al partido de Santiago Abascal por su campaña en redes sociales bajo el lema Stop Islamización de Catalunya. Una vez más, la Justicia va por detrás de los acontecimientos sociales, en este caso de las políticas discriminatorias que propaga la extrema derecha. La propaganda antimusulmana que ha venido difundiendo el partido ultra español rezumaba racismo por los cuatro costados y resultaba intolerable, ya que maquiavélica y torticeramente trataba de identificar terrorismo con islam, al tiempo que criminalizaba a todos los musulmanes que residen pacíficamente en España. La inmensa mayoría de la población que profesa la religión de Mahoma en nuestro país se comporta civilizadamente y tratar de meterlos a todos en el mismo saco, yihadistas e inmigrantes integrados, es un descabellado ejercicio de supremacismo étnico que ninguna democracia debería tolerar.

Una vez más, la Fiscalía ha dejado pasar una gran oportunidad para identificar y sancionar a aquellos que hacen política con el odio y la xenofobia, de ahí que hayan tenido que ser las propias víctimas las que interpongan la correspondiente denuncia, que ha aportado pruebas, como un vídeo que “no diferencia nítidamente entre las personas musulmanas que viven y conviven con normalidad su día a día en Catalunya y las personas terroristas que cometieron los terribles atentados” del 17A. Los denunciantes alegan que este tipo de propaganda goebelsiana aporta “una visión distorsionada y sesgada de la realidad de los musulmanes, a los que se representa como extranjeros, peligrosos, sospechosos o potencialmente terroristas”. Para quien no haya visto la grabación, según la denuncia, el vídeo intercala imágenes de hombres rezando en una mezquita con escenas del día de los atentados. Todo un despropósito que incita al conflicto racial, a la guerra cultural y al choque de civilizaciones, tal como describió en su día Huntington. Por lo que cuentan los afectados, el vídeo se difundió durante la campaña electoral para el 14F con la intención de recaudar votos y “busca generar un clima de miedo en la opinión pública sobre la comunidad musulmana y los partidos que presuntamente la fomentan”.

Precisamente el día que la Justicia encarcela al rapero Hasél por enaltecimiento y delitos contra la Corona (otra jornada negra para nuestra democracia) la denuncia de la comunidad musulmana contra el discurso segregacionista y negrero de Vox supone un rayo de esperanza que invita a pensar que algún día los jueces, presionados por la propia sociedad, tendrán que mover ficha y acabar de una vez con la impunidad de las huestes de Abascal. Este tipo de conductas tóxicas alimentan el cáncer del racismo en una sociedad libre, plural y multicultural y es preciso atajarlas cuanto antes y acabar con ellas. No hace falta recordar que la denuncia de las gentes del islam viene a sumarse al triste y denigrante espectáculo que dieron los cerca de 300 nazis que el pasado sábado sacaron a pasear banderas hitlerianas y la asquerosa filosofía nacionalsocialista, coreando estremecedores eslóganes contra los judíos, como en los peores tiempos del Tercer Reich. La Fiscalía no estaba ni se le esperaba aquella tarde (tampoco la Delegación del Gobierno para prohibir la reunión fascista) y solo tras aparecer la noticia en los medios de comunicación se ha anunciado una investigación para identificar a los organizadores de semejante atentado contra la democracia.

El fascismo no tolera nada que no sea su propio vómito violento. Judíos, musulmanes, gitanos, negros, homosexuales, feministas. La última es ese furibundo ataque de un diputado de Vox en la Asamblea de Madrid (cuyo nombre es mejor no recordar) contra Carla Antonelli, líder del movimiento trans en España, a la que se ha dirigido refiriéndose a ella como un hombre y anulando su feminidad. Nadie está a salvo de la enloquecida doctrina de guerra y muerte del fascismo. Es preciso pararlos con la policía, con la justicia, con todos los mecanismos que tiene a su disposición el Estado de derecho. Dejarlos campar a sus anchas, mirar para otro lado o hacer como que no son peligrosos porque son pocos es un auténtico suicidio, como ya se ha demostrado en otras oscuras épocas del pasado. No solo no son peligrosos, sino que son un veneno letal para cualquier sociedad civilizada. Y tampoco hablamos de un puñado de iluminados o friquis. Cada vez son más, cada vez hacen más ruido y cada vez están más desinhibidos, organizados y financiados. Se les tolera y se les blanquea en las instituciones y hasta les ponen despacho a Falange en el Parlamento andaluz. Esta película que trata sobre la claudicación de la democracia ante las bestias ya la hemos visto antes. Y no termina bien.

Viñeta: Pedro Parrilla

HASÉL

(Publicado en Diario16 el 16 de febrero de 2021)

Trescientos nazis se manifestaron el sábado en el cementerio de la Almudena de Madrid en un acto de exaltación en honor a los muertos de la División Azul que lucharon con la Alemania de Hitler. Allí unos chiflados proclamaron que el fascismo es alegría y leyeron un manifiesto que decía así: “El enemigo siempre va a ser el mismo, aunque con distintas máscaras: el judío. El judío es el culpable y la División Azul luchó por ello”. ¿Acaso no es esto la mayor demostración de odio que pueda soltar alguien por su boca? ¿Dónde estaba la Policía aquella tarde? ¿Y la Fiscalía con toda su maquinaria y cuerpo de inquisidores del derecho al honor, la intimidad y la propia imagen? No fueron. No aparecieron. Dejación de funciones democráticas por incomparecencia, tolerancia con el horror totalitario y genocida que exterminó a millones de personas en todo el mundo en el convulso siglo XX. Y no es la primera vez que ocurre. Desgraciadamente, en este país ya nos hemos acostumbrado a que los nostálgicos del fascismo campen a sus anchas por nuestras calles con sus antorchas cegadoras, sus aguiluchos cenizos y su verborrea troglodita sin que pase nada.

El sistema suele ensañarse con los titiriteros y saltimbanquis de la extrema izquierda que tratan de dar el feliz pelotazo discográfico para salir de la pobreza con cuatro ripios burdos y procaces de escaso valor literario, pero cuando toca empapelar a los otros extremistas, a los totalitarios del bando contrario, la Policía y la Justicia se acompleja, la ley se les empequeñece en las manos y les tiembla el pulso de mala manera. Hoy los Mossos d’Esquadra han detenido al rapero Pablo Hasél para que cumpla su condena por injurias a la monarquía. Los agentes lo han sacado por la fuerza de la Universidad, donde se había atrincherado con unos colegas de la causa, y se lo han llevado para el chabolo. Ahí se termina la leyenda (o empieza, quién sabe) del nuevo juglar del rap elevado a los altares de la libertad por unos jueces torpes que no saben leer la Constitución entre líneas y se ciñen a la letra, que con sangre entra.  

Hasél no es precisamente John Lennon, pero ya lo han convertido en un mártir de los derechos humanos pese a que sus canciones dan pena, no por revolucionarias o irreverentes, sino por falta de rima y tropo, o sea de talento, gracia e ingenio. Hasta para meterse con el rey hace falta un oficio, una elegancia, una esgrima o profesionalidad que Hasél se salta porque va demasiado directo al grano, a machete total, como ese enamorado ansioso que en San Valentín le regala a la novia una rosa y un paquete de condones, queriéndole insinuar algo. En el arte siempre hay que andarse por las ramas, hombre, enrollarse, tirar de ironía y empezar por el final, como dijo Poe, que también nos avisó de que la corrupción del gusto artístico forma parte de la industria de los dólares y hace juego con ella.

Hoy no hay nada que una buena y barata campaña publicitaria en las redes sociales, con la correspondiente colecta o crowdfunding, no pueda conseguir. Y si no que se lo pregunten a El Rubius, ese zagal que se ríe de todos, hasta de los inspectores de Hacienda, en su dacha de Andorra. El arte vive tiempos líquidos, la brocha gorda se impone al refinado pincel, lo chusco a lo sublime y la bazofia al caviar estético. A las masas tuiteras ya no les des Platón, Descartes o Kant porque te los tiran a la cara, no los entienden, se aburren y se refugian en Youtube para desinformarse bien con el mozallón del pendiente que no ha leído un libro en su vida o la influencer de Instagram maquilladísima que larga horas de emisión con su última rinoplastia o su silicona de qualité para el agrandamiento de teta. Toda una galería friqui recogida en Wikipedia y que en poco tiempo dará para sesudos congresos de Semiótica.

A Hasél, un muchacho que ya no es tan joven y que hasta hace cinco minutos no lo conocía nadie, lo meten injustamente en la cárcel mientras los babeantes neonazis organizan aquelarres cada vez más numerosos. La Justicia española, siempre ciega a la hora de interpretar el artículo 20 de nuestra Carta Magna, se vuelve a equivocar de delito, ya que el enaltecimiento y las injurias a la Corona son cosas de la Edad Media y a Hasél no habría que detenerlo por revolucionario y antimonárquico, en todo caso por sus versos malos y estridentes que terminan de ahondar en el dramático final del arte. Con el mártir en prisión lo más probable es que Europa nos dé otro tirón de orejas a cuenta de nuestra Justicia cruel y represora, de modo que Pablo Iglesias tendrá material nuevo para hacer uno de sus habituales tochos utópicos y bizantinos sobre la calidad de nuestra democracia.

Han embrutecido a la sociedad después de muchos años de mala escuela, de destierro de la filosofía de los planes de estudio y de un adoctrinamiento falaz que nos ha polarizado en dos bandos enemigos. Y ahora emergen los nuevos líderes de opinión de la sociedad de la desinformación, referentes capciosos que confunden el activismo con el negocio musical, soldados de la guitarra y la nueva canción protesta que se creen Víctor Jara pero con menos luces. Si comparamos los dos hechos acontecidos en los últimos días, el acto de exaltación fascista de la División Azul y el excesivo entrullamiento del insurrecto Hasél, concluiremos que hay doble rasero, doble vara de medir y doble moral. Unos vicios y defectos que empiezan a lastrar demasiado las sentencias del poder judicial dictadas por unos señores con togas negras que ven en el cantante callejero a un peligroso terrorista y al fascista hitleriano como un inocente y sano muchachote que se divierte cantando el Cara al Sol un domingo por la tarde. 

Viñeta: Pedro Parrilla

EL EMÉRITO BUSCA NOVIA, TRABAJO Y PISO

(Publicado en Diario16 el 15 de febrero de 2021)

El rey emérito está como un oso y anda buscando “novia, trabajo y piso”. Lo acaba de decir el periodista Raúl del Pozo, que por lo visto tiene línea directa con Juan Carlos I. Por el popular escritor sabemos que el artífice de la Transición está molesto porque ya lo quieren meter en la UCI, o aún peor, en un traje de pino y al panteón de los Borbones, cuando él cree que tiene cuerda para rato. “Desmiéntelo, por favor”, le ha rogado a su íntimo Del Pozo desde su nueva residencia en Abu Dabi, que no exilio, que ese término sagrado solo debería utilizarse para aquellos viejos republicanos que lo dieron todo por la causa de la libertad.

De modo que tenemos a un monarca que se ve a sí mismo como un roble, un fornido, un chaval, y que pretende seguir con su vida como si nada hubiese pasado en este país. Del Pozo, que es el que lo suele tratar de tú a tú, cree que el emérito va a volver pronto porque no hay ninguna ley que lo impida. A sus 83 años y 19 operaciones de chapa y pintura, el ex jefe de Estado se resiste, no ya a que lo abdiquen de su cargo, sino a que lo abdiquen de la vida.

A otro periodista confidente le acaba de decir que practica dos horas de gimnasia diaria para mantenerse en forma y que está como una manzana, o sea rebosante de salud. Para demostrar que es cierto, el entorno del rey emérito ha filtrado una fotografía tomada hace solo unos días en el que se le ve plácidamente sentado a la mesa y acompañado del heredero del país árabe, uno de esos jeques con turbante que dan más miedo que un siniestro personaje de El Padrino.

También Zarzuela ha salido a desmentir la noticia de que el patriarca de la Familia Real está en las últimas, un rumor que dicho sea de paso difundió en Twitter, el pasado fin de semana, la periodista de sociedad y prensa rosa Pilar Eyre. Esta vez la deslumbrante exclusiva de la siempre bien informada reportera –“el rey Juan Carlos está en estado grave y la Casa Real valora la posibilidad de su traslado a España”– ha quedado en un cotilleo tuitero y poco más.

En cualquier caso, lo realmente importante de toda esta historia es que el emérito está pensando en rehacer su vida ahora que es un jubilado otoñal. Una novia (o novio), un trabajo y un piso es lo que busca todo pobre español en este país de ruinas y pestes, pero no serán sueños inalcanzables para alguien de su estatus y posición. Novias nunca le han faltado, que a él se las ponían como a Fernando VII le ponían a huevo las bolas de billar; trabajos tampoco, ya que los grandes empresarios españoles siempre se lo han rifado como gran emprendedor cada vez que se terciaba abrir un negociete en el extranjero; y en cuanto al piso, no parece que vaya a terminar con sus huesos en una húmeda VPO de Alcorcón. Los fondos buitre que han proliferado como setas en el Madrid de Díaz Ayuso sin duda no lo dejarán tirado, si es que Felipe VI finalmente lo echa de casa. O sea que por ahí, techo tampoco le va a faltar de momento aunque, eso sí, que Su Majestad ponga anuncios en las farolas y se deje de las agencias inmobiliarias de Madrid, que son una sangría en fianzazos, adelantos y comisiones.

Ahora que el Sunday Times ha cuantificado la fortuna de la Reina Isabel de Inglaterra en más de 400 millones de euros de patrimonio privado (más los 14.300 millones en bienes de la Corona) cabe concluir que la realeza europea quiere diversificar sus actividades, modernizarse y salir de los palacios ebúrneos de rancio abolengo. Los ricos se cansan de todo y buscan experiencias nuevas, y ahora Juan Carlos quiere vivir la experiencia del mileurista, del rider madrileño que se busca la vida como falso autónomo, del asfixiado español que en tiempos de pandemia no encuentra ni pan ni un hogar digno.

El emérito se ha propuesto empezar de nuevo como un zagal, como un becario Erasmus/Orgasmus solo que a la inversa, en lugar de viajar de España al extranjero él lo ha hecho al revés (siempre fue un innovador en todo este rey). A Juan Carlos pronto lo veremos en bicicleta o en patinete eléctrico por el barrio de Malasaña (como un vegano alternativo o jipi de hoy) o compartiendo piso de estudiante con los melenudos del botellón, más jóvenes o de su misma edad, eso qué más da cuando se tiene el corazón joven y las ganas de aventura intactas.

El secreto de la vida está en volver a empezar, ya lo dijeron Garci y Heráclito con su teoría del eterno retorno, y sobre todo en saber reciclarse a tiempo para salir del tedio del estatus social, del dinero por castigo y de la aburrida cotidianidad aristócrata, noble y regia. A buen seguro que el emérito, como rey Campechano que siempre ha sido, ya está harto de comer caviar y deliciosas hormigas fritas o langostas del desierto, malas sucedáneas del langostino cantábrico, y ahora echa de menos un buen plato de cocido, unos torreznos o una lasaña congelada, como un tuno o tunante de la universidad que vive al día.

Lo fascinante de la existencia humana es que siempre se puede volver atrás para recuperar la juventud y sentir la sangre fluyendo por las venas ante un nuevo sueño o un nuevo amor. Al rey emérito han querido enterrarlo antes de tiempo, pero el hombre dice que está hecho un mulo y que quiere seguir dándole guerra al cuerpo. Vendieron la piel del oso antes de cazarlo. Él, que es el rey de los safaris y se las sabe todas. 

Viñeta: Igepzio  

CREMA CATALANA

(Publicado en Diario16 el 15 de febrero de 2021)

Todo sigue como siempre, pero todo ha cambiado en Cataluña. La correlación de fuerzas, la fractura en dos bloques irreconciliables se mantiene, pero en el seno de ambos frentes algo se ha transformado. En el lado constitucionalista Ciudadanos cede el bastón de mando al PSC, mientras que en la parte secesionista la izquierda republicana de ERC arrebata el puesto de primer partido secesionista en detrimento de la derecha burguesa posconvergente y puigdemontiana. Solo por ese trueque político ya resultan decisivas las elecciones del 14F. A partir de ahora los socialistas de Salvador Illa y los junqueristas republicanos contarán con el mismo número de escaños, 33, aunque es cierto que el sanchismo ha cosechado un mayor número de votos, que no se verá reflejado en el Parlament por influencia de la ley electoral. En cualquier caso, lo realmente importante es que PSC y ERC tendrán margen de maniobra para la negociación con el fin de intentar dar una solución al gravísimo conflicto territorial catalán. Illa, que tiene escasas posibilidades de ser investido presidente pese a haber ganado las elecciones (ningún independentista va a apoyar a un candidato que avaló el artículo 155 en Cataluña decretado por Mariano Rajoy tras el referéndum del 1-O a riesgo de quedar como un botifler) es sin embargo el hombre idóneo que puede lograr el éxito de la mesa de negociación. Para eso lo ha colocado ahí Pedro Sánchez.

Resulta evidente que con un PSC mucho más fuerte y un Ciudadanos condenado casi al ostracismo –el descalabro electoral es histórico, ya que los naranjas han pasado de 36 escaños a 6– hay un rayo de esperanza al final del túnel de una negociación que se antoja casi misión imposible. Al menos Illa lo va a intentar (“para eso estoy aquí”, ha declarado en las últimas horas), una actitud muy diferente a la que mantuvo en su día Inés Arrimadas, que jamás se planteó sentarse a dialogar nada con los independentistas. La gran tragedia de Ciudadanos es que aunque fue la fuerza más votada en los anteriores comicios se limitó a echar el candado a la negociación, arrojando la llave al océano. Ese férreo encastillamiento en el españolismo más feroz, casi como un guardián de las esencias de la patria en turbias alianzan con Vox, es lo que ha llevado a la derrota a Arrimadas, que por cierto ni siquiera se plantea la dimisión pese a haber cosechado un resultado calamitoso.

Si lo de PSC y Esquerra tiene algún futuro se irá viendo sobre la marcha. El documento firmado días antes del 14F por todos los partidos soberanistas, un auténtico cordón sanitario antisocialista, un cruel “todos contra Illa”, no deja lugar para el optimismo. Claro que una cosa es firmar promesas y contratos antes de unas elecciones, en plena campaña, y otra muy distinta ponerse a gobernar y tomar decisiones rindiendo cuentas de una gestión política ante el pueblo. Pere Aragonès, candidato de ERC a la Generalitat, tendrá que optar entre el inmovilismo de la ciega hoja de ruta del procés (uniendo sus destinos al de la derecha más rancia y ultraliberal de Junts per Cataluña) u optar por alguna fórmula de gobierno progresista con el apoyo de los socialistas y los comunes, que en términos de gobernabilidad y de interés general es lo que más conviene a los catalanes en estos momentos de pandemia y crisis económica galopante. Lamentablemente, las primeras declaraciones tras el histórico resultado de ERC apuntan en un sentido totalmente opuesto, es decir, más desafío al Estado, más aventura incierta y más procés: “Este país inicia una nueva etapa, tenemos una fuerza inmensa para conseguir la amnistía y la autodeterminación, una fuerza inmensa para conseguir el referéndum y conseguir la república catalana. Quiero mandar un mensaje a Pedro Sánchez y el Estado español: es la hora de resolver el conflicto, de sentarse y ver cómo resolvemos esto sin represión”, ha asegurado el líder de ERC. O sea, más matraca, más bucle sin fin.

En cualquier caso, las elecciones nos dejan un bloque independentista (ERC, Junts, la CUP y el PDeCAT) ciertamente más reforzado. Entre todas las fuerzas soberanistas suman más de la mitad de los escrutinios, es decir, once puntos más que los votos cosechados por el bloque constitucionalista (PSOE, PP, Vox y Ciudadanos, que han aglutinado el 40 por ciento de las papeletas). Además, los independentistas suman 74 diputados (4 más que en 2017), mientras los unionistas se quedan con 53 (4 menos que en los anteriores comicios), una diferencia insalvable de 21 diputados. Es obvio que el independentismo sigue fuerte frente a aquellos que lo daban por agotado en sí mismo, por fracturado y fracasado tras la nefasta gestión que ha hecho el Govern de la pandemia. El virus se ha podido llevar muchas cosas por delante en Cataluña, pero no el sentimiento republicano y separatista del resto del Estado. No obstante, hay un dato que los soberanistas no deberían perder de vista: entre ERC y Junts se han dejado más de 600.000 votos por el camino. ¿Ha sido la abstención y el miedo de la ciudadanía a acudir a votar en medio de una epidemia el factor que ha erosionado ese granero electoral o también cierto hastío y cansancio de una parte de la sociedad catalana que en 2017 votó indepe y que ahora se ha desenganchado del procés? Son datos que los dos partidos nacionalistas deberían analizar con atención porque quizá la victoria no sea tan aplastante como proclaman los líderes secesionistas y el 14F deje una enseñanza mucho más profunda que el manto del patriotismo eufórico no deja aflorar. Sin duda, uno de los datos a tener en cuenta es que la CUP, portadora del independentismo más radical, ha alcanzado 9 escaños mientras que Vox, su antagonista en la polarización por el lado españolista, ha logrado 11 en su primera puesta de largo en unas elecciones autonómicas. También es para que se lo hagan mirar.

Pero sin duda el gran fenómeno político que sale de esta extraña cita con las urnas en la que algo tan sencillo como votar se ha convertido para muchos catalanes en una incursión distópica con gente vestida de astronauta, ha sido sin duda la fulgurante irrupción de Vox. No solo ha logrado representación por primera vez en el Parlament sino que además lo hace como cuarta fuerza política por delante de PP y Ciudadanos. El sorpasso doble se ha materializado y Santiago Abascal lanza un claro aviso a navegantes: la ultraderecha va camino de devorar al conservadurismo convencional en un futuro quizá no muy lejano. El órdago está servido. Que tome nota Casado.

Viñeta: Álex, la mosca cojonera

CIUDADANOS HUELE A LECHE


(Publicado en Diario16 el 14 de febrero de 2021)

El batacazo electoral de Ciudadanos ha sido antológico, tal como se preveía. A falta de que finalice el recuento, el partido pierde 30 escaños. Anoche, las caras de los candidatos naranjas eran la viva imagen de la incredulidad y la desolación. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Cómo hemos pasado del todo a la nada en unas pocas horas? En la primera comparecencia, el número 3 de Cs por Barcelona, Nacho Martín Blanco, no quiso hablar, se dedicó a comentar los datos de participación y no admitió preguntas. Es decir, mutis por el foro, no comment, cremallera total. Blanco lamentó el descenso de la participación en las elecciones del 14F, lo que atribuye a las circunstancias excepcionales de la pandemia, y cree que «nunca es buena noticia para la democracia que tan pocos ciudadanos decidan ir a votar».

El 14F ha puesto las cosas en su sitio, demostrándose que la formación naranja era pura efervescencia sin nada sólido detrás, un hermoso cohete de feria que tras alcanzar las alturas de forma meteórica ha ido perdiendo fuelle hasta estrellarse precipitadamente contra el suelo. Su sorprendente y fulgurante irrupción en la escena política catalana no se correspondía con la realidad. Ciudadanos vivía de prestado. De prestado porque había captado votos de socialistas desencantados que no confiaban en Miquel Iceta; de prestado porque muchos votantes catalanes del PP que terminaron odiando a Mariano Rajoy por su mano blanda con el procés independentista decidieron probar suerte en el partido de Albert Rivera; de prestado porque muchos que no votaban nunca lo hicieron al proyecto riverista por rabia a los que quieren romper España. Pero ante todo, y por encima de todo, Ciudadanos era el voto del miedo. Miedo a la alarmante claudicación del Estado español en Cataluña, miedo a la anarquía que estaba por llegar, miedo al poder indepe cada vez más fuerte y consolidado. Y así fue como nació la entelequia, la burbuja naranja, la ficción.

Tal como era de prever, la tramoya que a duras penas ha tratado de sostener Inés Arrimadas en estos cuatro años de convulsión institucional y territorial ha terminado por desplomarse como un mecano averiado. Ciudadanos era claramente un bluf, un partido fake, una ensoñación que se asentaba en una azarosa confluencia astral (aquello de la coyuntura que dicen los politólogos) y que la llevaron por un momento a convertirse en la fuerza política más votada en Cataluña. De buenas a primeras, Cs se encontró con un granero de votos que no supo cómo gestionar porque no tenía proyecto, ni experiencia, ni cuadros competentes. Arrimadas ni siquiera se presentó a la investidura y la sensación de orfandad que dejó en sus votantes fue demasiado agria y amarga. Quedaba claro que el movimiento era lo que era: una explosión espontánea de nacionalismo españolista surgida como visceral reacción al independentismo catalán y a la prohibición de las corridas de toros en Barcelona. Más allá de eso, poco más. Sin embargo, el colocón victorioso llevó a Albert Rivera a sufrir el delirio de grandeza de creerse el gran líder conservador e incluso se autoproclamó como el nuevo José Antonio de las derechas españolas (recuérdese la infame foto de Colón en la que se dejó retratar con el mentón elevado al cielo, los ojos llorosos por el himno nacional y la mano en el pecho).

Los resultados que deja el 14F se parecen bastante más a la realidad catalana que la distopía salida de los comicios de 2017. Ciudadanos era como un platillo volante llegado de un planeta lejano, tan lejano como España. No tenía sentido, ni pies ni cabeza. Ahora el suflé a la naranja se ha deshinchado y los votos usufructuados han retornado al pasado (unos pocos al PP, que ha endurecido su discurso con el trumpismo casadista; la inmensa mayoría al PSC de Illa, que inspira algo más de ilusión que aquella decadencia acomodaticia de Iceta) o se han proyectado al futuro encarnado por Vox, que se ha dado un soberano festín de votos a costa de la desarbolada veleta naranja.

La campaña que ha planteado la dirección del partido ha sido arrogante y autocomplaciente, nunca ha contemplado el sorpasso de Vox a Ciudadanos. Pensaban que el auge de la extrema derecha no iba con ellos, que el partido de Santiago Abascal seguiría siendo el criado, la comparsa, el actor secundario. La muleta fácil de tantos trifachitos. Qué dramático error de cálculo. La peor tragedia para la derecha española no es ya que el partido ultraderechista haya adelantado al Partido Popular, sino que el centro derecha haya sido engullido literalmente por los ultras. Vox ha ganado incluso en feudos tradicionales del PSC, duplica y hasta triplica a los populares en todas las circunscripciones. Anoche en Génova 13 tocaba otra noche de funeral. Y ya van siendo unas cuantas.

¿Y qué le queda ahora a Ciudadanos? Poco, por no decir nada. El avance de Vox es imparable en toda España y el partido de Arrimadas va camino de otra UPyD, salvo milagro. Habrá más deserciones de altos cargos, la fusión con el PP es más probable que nunca. Cada vez son más las voces que piden a la directiva que se acerque a los populares. Como dijo Rivera en aquel otro gag de campaña en el que se dejó grabar con un tierno cachorrillo de perro recién destetado: esto huele a leche. Para leche la que se han dado los naranjas.

Viñeta: Pedro Parrilla