jueves, 22 de septiembre de 2022

EL ENTIERRO

(Publicado en Diario16 el 13 de septiembre de 2022)

El rey emérito ha vuelto a dejar a todos con dos palmos de narices tras anunciar que acudirá al funeral de Isabel II. Carlos Herrera, su periodista amigo y confidente, había informado de que Juan Carlos I no haría acto de presencia en las exequias, la prensa en general ya había dado por hecho que se quedaría en Abu Dabi y hasta Felipe VI y Pedro Sánchez habían zanjado la cuestión y respiraban tranquilos, convencidos de que el primero de los Borbones haría lo mejor para España, en este caso no moverse de su exilio arábigo. Sin embargo, una vez más, el patriarca de la Transición decide ir por libre, saltándose a la torera las cuestiones de Estado y haciendo de su capa un sayo. A esta hora está metiendo el traje de etiqueta en la maleta para presentarse, contradiciendo a todos, en la abadía de Westminster.

Tenemos un rey jubilata que vive una segunda juventud, una segunda adolescencia alocada y descontrolada, y se maneja según sus impulsos, sus caprichos y unos deseos infantiles que él mismo se ve obligado a satisfacer constantemente en una extraña pulsión freudiana. El emérito ya se mueve por el elemental principio egoísta del placer –lo quiero, lo tengo– alejándose del mundo de los adultos, que le recomiendan que entre en razón, que sea sensato, que no enturbie más la situación política que vive el país. Con Sánchez y Feijóo convertidos en enemigos irreconciliables incapaces de pactar nada juntos, con la Justicia colapsada y en estado de ruina total, con la inflación machacando a millones de españoles que ya no esperan nada de la democracia (salvo la cesta barata de la compra que les ofrece Yolanda Díaz) y con el independentismo catalán removiéndose otra vez, la monarquía vive sus momentos más difíciles desde 1978. Isabel II se ha ido de este mundo con los índices de popularidad por las nubes –un 80 por ciento de aceptación entre sus súbditos– mientras que Juan Carlos I, tras su triste odisea de safaris africanos, amantes, lujo y dinero, ha dilapidado todo el prestigio labrado desde la Transición. Si se realizara ahora mismo una encuesta sobre su figura política, lo más probable es que cosechara un suspenso, un cateado sin paliativos, ya que la mayoría del pueblo (también los más acérrimos y fieles juancarlistas) no entiende su comportamiento y hace tiempo que le ha dado la espalda.

Felipe VI, justo es reconocerlo, está haciendo un buen trabajo para recomponer la institución y devolverle siquiera una pátina de dignidad, de transparencia y de honradez, pero cada poco se encuentra con la sombra del padre caprichoso, voluble y egoísta que ya no piensa en España, sino que se desenvuelve como un nuevo rico poseído por la fiebre del oro y de una vida disoluta entre yates de lujo, jets privados, paraísos artificiales y petrodólares.

La noticia de que piensa acudir a los funerales de la tía Lilibeth, junto a la reina Sofía, hace temblar a las instituciones del Estado. En las últimas horas se ha filtrado que Carlos III ha invitado al emérito no en calidad de pariente de la fallecida, sino como exjefe de Estado de un país amigo. Dónde lo piensan colocar, según las estrictas normas del protocolo británico, es una de las grandes incógnitas de esta historia. Si lo sientan entre el público, para camuflarlo y que quede lejos de las cámaras de televisión, será un bochorno para nuestro país. Si lo colocan en las primeras filas, junto a Felipe VI y la reina Letizia, el daño a la monarquía española será también irreparable. Y si por casualidad se encuentra con Corinna, una mujer bien relacionada en el mundo anglosajón, el sainete puede ser berlanguiano. Por descontado, pocos lores y grandes de Inglaterra se le acercarán para no verse salpicados por los escándalos que últimamente persiguen al patriarca de la Transición. La soledad del viejo rey español puede llegar a ser dramática y solo la mano piadosa de la generosa reina Sofía le acompañará en un trago que se prevé amargo. Así es la pacata e hipócrita sociedad victoriana, un ente implacable que no perdona al que cae en desgracia.

Desde hace años Zarzuela ha marcado distancias con él, tanto es así que la Familia Real se ha reducido al núcleo duro: los monarcas y las infantas Leonor y Sofía. La fotografía del emérito al lado del rey Felipe, que trata de limpiar la imagen de la institución, puede ser demoledora, no solo dentro de España, sino también en el exterior. El pasado le habrá ganado la partida al presente y por qué no decirlo, también al futuro. La pasada primavera el emérito decidió acudir a las regatas de Sanxenxo pese a la orden taxativa en contra de Felipe VI. Y el circo mediático que se montó fue tan triste como esperpéntico. Esta vez el rey de España tampoco ha podido evitar que su padre vaya a su aire (se trata de una “decisión personal”, informan desde Zarzuela) sin que al anciano rey parezca importarle lo más mínimo las consecuencias y repercusiones políticas de sus actos. De esta manera, el gallinero está servido. Preparémonos para un nuevo combate entre derechas e izquierdas, entre monárquicos y republicanos, entre juancarlistas y contrarios. Un ruido intrascendente y superfluo, ya que el emérito ha decidido asistir al sepelio isabelino sí o sí. Juan Carlos se ha vuelto un hombre tan testarudo como antojadizo, inconsciente e irresponsable. Alguien debería recordarle que un rey sigue siendo rey hasta el momento mismo que abandona este mundo. El emérito cada día hace más deméritos para ensuciar el legado que va a dejar en la historia.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL BLOQUE RANCIO


(Publicado en Dairio16 el 13 de septiembre de 2022)

Por momentos, los ministros del PSOE parece que trabajan para Núñez Feijóo. Arremeten contra el sector podemita del Gobierno, hacen declaraciones propias de gentes de derechas de toda la vida y se muestran como auténticos políticos conservadores, para sonrojo del votante de izquierdas. Los Calviño, Planas, Margarita Robles y demás tropa liberal travestida de socialista están dando un espectáculo sonrojante estos días a cuenta del «30 por 30», la propuesta de Yolanda Díaz para que centros comerciales como Carrefour ofrezcan a los consumidores paquetes de comida de treinta productos de primera necesidad a treinta euros. Un salvavidas de urgencia contra la perniciosa inflación.

Mientras los ministros del “bloque rancio” del PSOE (esos que defienden las leyes del mercado con más ahínco e ilusión que la propia calidad de vida de la gente) sigan torpedeando medidas esencialmente socialistas, Feijóo puede estar tranquilo, ya que tiene allanado el camino hacia la Moncloa. Hablamos de políticos que se rasgan las vestiduras por una medida, el 30 por 30, que no solo no tiene nada de soviética, como denuncia Garamendi, sino que está contemplada en la legislación española. Todos los gobiernos, desde el de Felipe González hasta el de Mariano Rajoy, pasando por el de Aznar y Zapatero, han mantenido un arma política y legal, la regulación de precios, para evitar abusos y desmanes del mercado. Hace solo unos meses, en plena pandemia, el propio Ejecutivo Sánchez tuvo que intervenir para evitar que los piratas de las mascarillas y los test de antígenos hicieran el agosto a costa del sufrimiento de los españoles. ¿Es el presidente del Gobierno un peligroso comunista por haber fijado precios máximos a artículos sanitarios de primera necesidad? Nada más lejos. Nadie en su sano juicio hablará de Pedro Sánchez como un bolchevique irredento por haber blindado la salud de los españoles, entre otras cosas porque las grandes multinacionales del Íbex, la banca y las eléctricas, están encantadas con un hombre que les ha permitido incrementar exponencialmente sus beneficios en plena pandemia, en una guerra en Ucrania y en medio de la crisis del gas provocada por Putin.

La prueba de que los ministros del “bloque rancio” del PSOE trabajan para Feijóo (conscientemente o sin saberlo, eso nos da igual) es que el presidente del Partido Popular no para ni un minuto de destacar los “diferentes criterios” y sensibilidades económicas que se detectan dentro del Gobierno, algo que, a su entender, es “la “crónica de lo que está sucediendo en España”. Feijóo sabe que tiene medio camino hecho si consigue trasladar a la opinión pública la idea de que los liberalotes del PSOE son los que tienen la razón en esta polémica del “30 por 30”, mientras que los malos, los troskos podemitas, son un peligro para todos, para la economía, para el sistema y para la democracia misma. Feijóo, en un arrebato psicoanalítico de sinceridad, lo clava cuando describe lo que está pasando en el Gobierno de coalición: “Díaz lanza la propuesta; Planas dice que es ilegal; la ministra portavoz asegura que lo están estudiando; la vicepresidenta advierte de que cuenta con el aval del presidente, mientras que la titular de Hacienda señala que no se va a poner en marcha; la ministra de Derechos Sociales lo defiende y Margarita Robles lo desacredita”. Tal cual.

De un plumazo, el presidente del PP mata dos pájaros de un tiro: primero desenmascara al bloque rancio que ya trabaja para él y después aprovecha para colocar sus recetillas ultraliberales. “Si se quiere ayudar a las familias, debemos devolverles el dinero que han pagado de más por la inflación, que es el impuesto menos progresivo que existe. Lo demás son medidas absurdas e incluso ilegales”. O sea, menos medidas intervencionistas y menos impuestos, que es donde quiere llegar el mandamás gallego para desmantelar el Estado de bienestar. Mientras tanto, las instituciones más conservadoras van fabricando mensajes agoreros e informes catastrofistas para impedir cualquier avance social, tal como hace la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, que alerta del riesgo de limitar los precios de los alimentos y otros productos de la cesta de la compra. En realidad, no hay ningún riesgo de que la economía se desmorone, solo propaganda liberal para intoxicar a la opinión pública española.

Calviño, Planas, Robles y los demás del bochornoso “bloque rancio” deberían darse de baja cuanto antes del PSOE, del socialismo real, de la izquierda o lo que quede de ella, porque está claro que no encajan en ese mundo. El lugar de estos infiltrados, confusos o camuflados de la derechona está en los consejos de administración de las grandes empresas, en las flamantes mansiones junto a los monárquicos y aristócratas que estos días lloran la muerte de Isabel II, en las filas enemigas junto a los señores del dinero, junto a los calvos de los manguitos de la banca, junto a los del monóculo de la Bolsa. Un ministro de Agricultura que no sabe defender los intereses de los pequeños agricultores y los consumidores que no llegan a final de mes; una ministra de Defensa que en lugar de ocuparse de los cuarteles se entretiene boicoteando un precio decente para una barra de pan o una botella de leche; y una titular de Economía que sufre un ataque de alergia cada vez que una socialista de verdad como Díaz echa un cable a las clases obreras más vulnerables. Lamentable. Que dejen de engañar al votante de izquierdas, que transfuguen ya al PP, que salgan del armario político como Toni Cantó y se muestren tal como son: unos burguesones de tomo y lomo que no han leído a Marx en su vida. Ya no cabe ninguna duda: toda esta tropa vive por y para acabar con el yolandismo a toda costa. Ánimo ministra.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

GARAMENDI Y EL COMUNISMO


(Publicado en Dairio16 el 12 de septiembre de 2022)

En una entrevista en ABC, Garamendi asegura que topar precios de primera necesidad para que los españoles puedan llegar a final de mes supone una medida soviética. El presidente de la patronal CEOE es otro que ya ve comunistas en todas partes, como aquel personaje de Teléfono Rojo, el peliculón de Kubrick, que vivía obsesionado con la idea de que los bolcheviques querían contaminar sus preciados fluidos corporales. Habría que preguntarle al patrón de patronos en qué colegio (seguramente privado y tendenciosamente sectario o doctrinario) estudió el capítulo de la historia sobre el comunismo y sus principios elementales. Se desconoce si dio clases con los maristas o con los jesuitas, en los caros liceos franceses o en las prestigiosas academias de Harvard, pero sea donde fuere, es evidente que no le explicaron bien los fundamentos del marxismo o si lo hicieron él no lo entendió. Aquí estamos nosotros para cubrir aquellas carencias educativas de la juventud.

De entrada, una economía intervenida, estatal, soviética, lo controla todo, desde los medios de producción (un tractor, una grúa o una cadena de montaje) hasta los puntos de distribución y venta de la economía. Nada escapa a la supervisión del Estado, que fija salarios, precios y beneficios empresariales. Para empezar, si España fuese una economía colectivizada o intervenida, tal como dice el señor Garamendi, él no estaría al frente de la patronal sencillamente porque no habría patronal. Los empresarios actuarían como un eslabón más de la cadena productiva y serían los propios trabajadores quienes, a través de los sóviets, tendrían todo el poder a la hora de tomar decisiones de planificación. Por descontado, si viviésemos en un régimen marxista o rojo, el señor presidente de la CEOE tampoco podría disfrutar del casoplón que seguramente ocupa, ya que la propiedad privada habría quedado abolida. La mejor prueba empírica y palpable de que España no es un régimen comunista es el cochazo con el que Garamendi acude cada día a su flamante despacho, un vehículo oficial o particular, eso ya nos da lo mismo puesto que ambos son símbolo de lujosa ostentación, de desigualdad entre clases sociales y de injusticia social. Por tanto, un simple análisis del funcionamiento de la economía española, claramente competitiva y de mercado, sirve para desmontar el discurso político de medio pelo del máximo dirigente de la CEOE.

Pero hay más. De lo que se está hablando aquí no es de fijar un precio máximo a productos básicos de la cesta de la compra como el pan, la leche, el arroz, los huevos o el aceite –una medida que de llevarse a cabo desde el Gobierno podría justificar cierta acusación de intervencionismo estatal–, sino de pactar con las grandes superficies una oferta comercial alimentaria temporal para tiempos de crisis, de inflación disparada y de hambre en muchos hogares de este país. Desde ese punto de vista, lo que hace Yolanda Díaz con su audaz propuesta es animar o incentivar a empresas multinacionales como Carrefour a que arrimen el hombro en un momento tan especialmente delicado como una economía de guerra. La iniciativa no solo ha sido bien recibida por el conocido centro comercial de origen francés, sino que otros establecimientos y supermercados se están planteando sumarse también al imaginativo 30 por 30 lanzado por la ministra de Trabajo (30 productos de primera necesidad a 30 euros).

A Garamendi se le supone un hombre formado en el mundo empresarial y versado en las leyes del mercado y en las fórmulas de venta y mercadotecnia de una economía basada en el modelo consumista. Él mejor que nadie debería ver la gran diferencia que existe entre intervencionismo comunista, entre planificación total de la economía desde los despachos de los burócratas y funcionarios del poder bolchevique, y lo que no deja de ser una campaña más de marketing que a las grandes superficies les suena a música celestial, ya que con el “30 por 30” podrán quitarse de encima los pesados stocks, todo ese conjunto de mercancías o productos que no se pueden colocar porque el sistema capitalista produce más de lo que el consumidor puede adquirir. Es decir, género sobrante y que se apila en la trastienda y almacenes a la espera de su venta o comercialización. Desde esta perspectiva, la propuesta en la que trabajan Díaz y Carrefour copia esas campañas navideñas en las que se ofrece un dos por uno, solo que ahora se le da al comprador un 30 por 30, un cebo en el que, a buen seguro, picarán millones de españoles. Preparémonos por tanto para ver anuncios, carteles publicitarios y eslóganes más o menos ingeniosos como aquel “porque yo no soy tonto” con el que cierta cadena comercial inundó las carreteras de medio país de vallas publicitarias y de anuncios en la televisión.

A Garamendi habría que explicarle, aunque él seguramente no lo quiera escuchar, que el 30 por 30 es una medida contemplada en el artículo 149.13 de la Constitución, que establece la posibilidad de fijar precios como una potestad y competencia del Estado para corregir el funcionamiento no competitivo de algunos mercados y proteger así a los consumidores del poder de los monopolios y oligopolios. “Aún no he oído a Competencia. Si hiciéramos lo mismo los empresarios tendríamos una denuncia y una multa sobre la mesa”, dice el jefe de la patronal en su entrevista abecedaria. Lo dicho: pura demagogia, politiqueo marrullero al margen de la realidad y trumpismo empresarial de brocha gorda.

Viñeta: Pedro Parrilla

miércoles, 21 de septiembre de 2022

EL FUNERAL DEL SIGLO

(Publicado en Diario16 el 10 de septiembre de 2022)

El rey emérito no asistirá al funeral de Isabel II. Así lo hizo saber ayer el periodista Carlos Herrera, que por lo visto tiene hilo directo con el monarca. Zarzuela debería ir pensando en trasladar su gabinete de prensa a la COPE, que últimamente es la que da las noticias importantes de palacio. Sí acudirá a las exequias el rey Felipe VI, que ha confirmado su presencia. El padre no, el hijo sí. Otro lío borbónico está servido.

El rey emérito siempre se ha cuidado de no saltarse los grandes eventos de la historia, y la muerte de la última reina imperial británica era motivo más que suficiente para haberse desplazado a Londres. Por eso extraña tanto su ausencia. Mucho nos tememos que nadie nos va a contar la verdad sobre la incomparecencia de Juan Carlos I en el funeral de una reina con la que guardaba no solo una relación de parentesco (tataranieto de Victoria de Inglaterra) sino una buena sintonía personal y profesional. Hablamos de dos figuras esenciales para entender el siglo XX, de dos iconos de los buenos tiempos de la monarquía, una forma de gobierno que, de alguna manera, ha empezado a entrar en franca decadencia y declive en no pocos países europeos. ¿Cómo explicar entonces la ausencia de Don Juan Carlos en las exequias de la abadía de Westminster, un templo que por cierto no alberga el funeral de Estado de un monarca desde el siglo XVIII? ¿Ha pasado palabra el emérito porque prefiere quedarse en Abu Dabi, entre jeques y mojitos junto a la piscina del resort de lujo, o quizá alguien le ha aconsejado sutilmente que mejor que no vaya para no perjudicar la imagen de España? De momento el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha pedido no “especular” sobre la delegación española que representará a nuestro país en el histórico evento, pero nosotros somos periodistas y nos pagan precisamente para eso, para especular.

La primera hipótesis es que el monarca exiliado ha preferido no viajar a la City, ya que allí, en la Royal Courts of Justice, sigue pendiente un delicado proceso tras la denuncia de su expareja Corinna Larsen, que lo acusa de difamación con pérdida de ingresos, vigilancia ilegal y acoso. Se trata del último marrón judicial que tiene abierto el patriarca de la Transición, una vez que la Fiscalía española ya ha cerrado todas las causas por diferentes delitos fiscales al considerar que los hechos están prescritos o se cometieron cuando el entonces jefe del Estado gozaba de inviolabilidad constitucional. Cuenta la prensa del corazón que desde el cierre de los sumarios por evasión tributaria y blanqueo, Juan Carlos se encuentra bastante más aliviado y tranquilo, de ahí que la pasada primavera se permitiera darse un homenaje viajando a España para participar en las regatas de Sanxenxo. Fue su forma de tirarse el nardo, de sacar pecho, de decir aquí estoy yo, qué pasa, y de desquitarse con los republicanos más antijuancarlistas, esos ingenuos utópicos que por un momento creyeron que lo verían jugando al dominó, con un traje a rayas, en el patio de Soto del Real.

Con todo, el rey emérito es consciente de que España no es el Reino Unido. En Galicia se siente como en su pequeño coto privado, su terruño particular, su feudo seguro, mientras que Londres es otra cosa, un lugar hostil lleno de enemigos, de espías del MI6 y de burócratas del Foreign Office que llevan su retrato con el cartel de wanted en la cartera. Los jueces españoles se lo han perdonado todo al artífice de la democracia española, su fortuna injustificada, sus declaraciones de renta fuera de tiempo y sus sociedades y cuentas corrientes en paraísos fiscales. Sin embargo, de los juristas de las pelucas blancas, de todos esos fiscales anglicanos de rictus severo y narices aguileñas que odian a España, se puede esperar cualquier cosa. Además, Londres es un auténtico monstruo urbano y aunque Díaz Ayuso, nuestra reina Isabel de Tabarnia, dice que lo bueno de ciudades gigantescas como Madrid es que uno puede caminar por ellas sin tropezarse con su ex, nunca se sabe. En cualquier momento Corinna sale de Harrods cargada de bolsas y la hemos liado.

No obstante, la hipótesis de que Juan Carlos I no pisará Inglaterra por sus problemas con la Justicia de la Pérfida Albión quizá no sea la única ni la más plausible. No se debe descartar que alguien en Zarzuela, y también en el Gobierno de coalición, le haya aconsejado que no acuda al funeral del siglo, ya que la Corona británica, siempre tan falsamente puritana, no lo consideraría decoroso. Los últimos escándalos que han perseguido al monarca español no han sido precisamente peccata minuta. Por momentos los titulares que aparecían en los tabloides sensacionalistas londinenses pintaban a Juan Carlos I, algo exageradamente, como un camellero atravesando el desierto con las alforjas llenas. Como si la monarquía anglosajona no tuviese sus trapos sucios que lavar y sus cadáveres en el armario. A Charles III, Carlos III para los amigos, también le han sacado maletines y cosas con la familia Bin Laden, según cuenta el Sunday Times, y ahí está el ilustre anciano, inmaculado, políticamente virgen y a punto de ser coronado como si nada a sus 73 añazos. Todos los reyes, por mucha denominación de origen divino que ostenten, tienen su oscura mundanidad que ocultar, y en la ceremonia fúnebre habrá más de un monarca de la Europa opulenta al que se le debería impedir el paso al templo por ludópata, cleptómano, dipsomaníaco o sospechoso de algo. Sin embargo, a la hora de la verdad, en la realeza siempre prima la imagen, el juego de las apariencias y el sagrado protocolo. Si lo han vetado en Londres, el emérito tendrá que quedarse en el infierno de Abu Dabi aunque arda en deseos de salir de allí para airearse un poco y ver algo más que dunas, turistas, coches de lujo y jeques con túnica. Con lo fresquito que se está en septiembre paseando junto al Támesis. Jodíos ingleses.

Viñeta: Igepzio

CARLOS III

(Publicado en Diario16 el 9 de septiembre de 2022)

Isabel II trabajó para el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial, un gesto que nunca olvidaron sus súbditos. Su heredero Carlos pasará a la historia como el hombre que quiso ser un támpax. Esa es la triste verdad del anciano llamado a suceder tras la muerte de la Reina Madre. Isabel fue mucho más que una jefa del Estado para su pueblo, fue la abuela de todos, otro pariente en el retrato de familia de cualquier hogar inglés, además de un icono pop que reventó los índices de popularidad instaurando una Corte de estrellas del rock, artistas de cine e intelectuales, todos ellos elevados a la categoría de Sir o Dame. Elton John, Paul McCartney, Adele, Mick Jagger y otros punkis millonarios, en calidad de posmodernos caballeros de la Mesa Redonda, hicieron más por la monarquía que todos los reyes del panteón de Windsor. Hasta 007 le hizo propaganda con aquel numerito del helicóptero en la inauguración de los Juegos de Londres de 2012.  

En las próximas horas el sempiterno príncipe será entronizado bajo el nombre de Carlos III. Su esposa, Camila Parker, también accederá a la Corona. No será el mejor final para un cuento de hadas ni el “fueron felices y comieron perdices”, pero qué se le va a hacer. Así se escribe la historia. De cualquier forma, Carlos puede considerarse un hombre afortunado. A sus 73 tacos cualquier hombre está pensando en jubilarse; él tocará por fin el suave terciopelo del trono dorado. La vida le ha dado otra oportunidad de reconciliarse con su pueblo. Desde que Lady Di dijese aquello de que en su matrimonio “siempre fueron tres”, muchos británicos aún no le han perdonado los amoríos clandestinos. Luego llegó el trágico accidente en el Túnel del Alma, la llorada muerte de la princesa de Gales, reina del pueblo, y los rumores de que aquello había sido un atentado planificado en palacio.

Los británicos amaban a Lady Di, de hecho la veían como la nueva Isabel II. La reina solidaria que abrazaba a los enfermos de sida, la dama de los ojos de un dulce azul y la mirada piadosa que promovía campañas contra las minas antipersonas y que marcaba tendencia con sus trapitos subastados para causas benéficas en Sotheby’s. El personaje fue tan bien construido que hasta el colectivo gay la ungió como gran símbolo de la causa. Mientras su figura era idolatrada, al heredero de la triste figura, las orejas de soplillo y las horteras faldas escocesas le cogieron ojeriza por sus devaneos con su amante. Aquel flirt mundialmente televisado vino a alimentar una cierta imagen de zángano, parásito y cortesano ocioso del primogénito. Al príncipe Carlos le colgaron el cartel de lord que vivía por y para el té de las cinco y también de adúltero, mientras que a Camila le echaron las cruces como a esa antipática madrastra o bruja malvada que vino a romper el cuento feliz de Camelot. En realidad, toda monarquía es el reflejo en el espejo de un pueblo en un tiempo determinado y el affaire amoroso de ambos personajes no hacía sino sacar a la luz la hipocresía de una sociedad pacata y puritana cuando está en Londres pero que se da a la orgía desenfrenada, a la borrachera total y al balconing en las playas de Magaluf.

Las últimas encuestas apuntan a que el pueblo británico ya ha perdonado a Carlos de Inglaterra. Lo cual no quiere decir que vaya a acercarse a la dimensión y trascendencia histórica que alcanzó su madre. Sin duda, la edad juega en su contra. A los 73 años cualquier mortal está pensando en la jubilación más que en la construcción de un reino. Los retos a los que se enfrenta son tremendos. La monarquía no atraviesa por su mejor momento (cada vez son más las voces que reclaman una república), la falsa promesa del Brexit no ha conseguido sacar al país de la crisis galopante, Irlanda del Norte y Escocia avanzan en sus procesos independentistas y negros nubarrones se ciernen sobre la Commonwealth, un residuo del antiguo imperialismo británico que Isabel II intentó mantener unido a toda costa. La muerte de la Reina Madre agrieta aún más una organización que ha perdido el componente sentimental y político para quedarse en un mercado comercial, por mucho que los nacionalistas del dimitido Boris Johnson pretendan recuperar el esplendor de los viejos tiempos del Imperio Británico.

A favor de Carlos III juega su perfil de hombre preocupado por la cultura (lo cual rompe con la tradición de los Windsor, que siempre fueron más de la caza del zorro, del críquet y de los caballos de Ascot) así como sus convicciones ecologistas (empezó a avisar de los efectos del calentamiento global antes que Greta Thunberg). Pero tendrá que ganarse el cargo en una época convulsa repleta de movimientos rupturistas y antisistema. Para empezar, deberá explicar lo del escándalo de los maletines, ese sospechoso donativo de un millón de libras de la familia Bin Laden que por lo visto le cayó del cielo. Ahí hay otra maldición árabe como la que persigue a nuestro emérito.

Isabel II ya es historia, pero la decadencia de Inglaterra, un país viejo y cansado que mira hacia el populismo xenófobo y fascista como remedio a todos sus males, no empieza con la muerte de la gran monarca invisible que supo ganarse el corazón de su pueblo. La crisis viene de lejos, tanto como de Margaret Thatcher, aquella otra reina en la sombra que puso los cimientos de un Reino Unido ultranacionalista que nada tiene que ver con aquel de Winston Churchill que se enfrentó a las bombas nazis.

La operación Unicornio está en marcha. Los restos de la reina fallecida serán trasladados desde la residencia de verano de Balmoral a Londres. Los presentadores de la BBC de riguroso luto anglicano, la Abadía de Westminster sumida en un silencio sepulcral, los cuervos de la Torre de Londres entonando su réquiem. A la Reina Madre le quedan siete días de farragosas exequias, comitivas y tediosos funerales, como manda la pompa y circunstancia. Morirse es un coñazo. Para una reina todavía más.

Viñeta: Igepzio

TREINTA POR TREINTA

(Publicado en Diario16 el 9 de septiembre de 2022)

Anda rabiosa la derechona española, y también la patronal y la caverna mediática, por la histórica propuesta de Yolanda Díaz para garantizar a todos los españoles una cesta de la compra con productos de primera necesidad a precios reducidos, lo que ya se conoce como un “30 por 30”, o sea treinta alimentos básicos a treinta euros para paliar los efectos de la inflación galopante. Carrefour no ha tardado en subirse al carro y es de esperar que en las próximas semanas otros comercios lo hagan también, no solo porque estamos ante una cuestión de pura y simple solidaridad con las familias que peor lo están pasando en esta maldita crisis, sino porque el ofertón tiene un gancho comercial que ni la mejor de las campañas navideñas. No nos equivocaremos demasiado si decimos que de aquí a unos cuantos días las grandes superficies van a ganar mucho dinero con esta iniciativa, con este filón publicitario, ya que por fin podrán colocar un stock de productos y mercancías que hoy por hoy no estaban vendiendo. Así es el capitalismo salvaje: nunca hace nada, aunque sea justo o bueno para una sociedad, si no da dinero.

El caso es que la carta que Díaz se ha sacado de la manga, audazmente, ha dejado descolocado al Partido Popular y sus poderes fácticos. Todos ellos se han quedado sin discurso y dándole vueltas a la sesera en busca de argumentos para contrarrestar la iniciativa. No lo tienen fácil para articular un relato coherente. ¿Cómo rechazar una medida que es buena de por sí, por propio imperativo categórico kantiano? ¿Cómo oponerse a que nuestros paisanos que no llegan a final de mes por la subida descontrolada de precios puedan llenar la cesta de la compra con alimentos de primera necesidad? Hay que ser muy rancio, muy estirado y muy mala gente para decir que no a eso. Pues ellos lo hacen sin pudor. Ayer por la mañana, Cuca Gamarra entraba como elefanta en la cacharrería de las Cortes y lanzaba una de sus habituales andanadas de política basura preguntándose “quién manda” en el Gobierno, si Pedro Sánchez o Yolanda Díaz, al tiempo que acusaba a la ministra de Trabajo de jugar al “populismo y a la improvisación”. En realidad, el tema no era ese, sino si la medida va a servir o no para dar de comer a millones de bocas hambrientas (lo cual está claro que sí). Pero a doña Cuca, viéndose desbordada por los acontecimientos, no le quedaba otra que soltar cualquier ocurrencia que se le viniera a la cabeza para amortiguar el efecto de una medida que sin duda pasará a la historia de este país por lo que tiene de noble intento por proteger a las clases más vulnerables.

Está claro que las declaraciones de Gamarra fueron fruto de la frustración, de la pataleta y por qué no decirlo, de cierta envidia. En el PP no soportan que el plan “30 por 30” no se le haya ocurrido a ningún spin doctor de Génova 13. Feijóo venía de recibir un soberano revolcón en el Senado, donde Sánchez le había aireado las vergüenzas por sus recientes meteduras de pata en materia económica. Y para completar una semana nefasta, solo le faltaba un nuevo golpe de efecto del Gobierno que probablemente le dará un par de puntos más a Sánchez en las próximas encuestas sobre intención de voto. De ahí que entre las filas populares haya cundido el nerviosismo.

Sin duda, el “30 por 30” es una medida digna de ser aplaudida, aunque conviene no perder de vista que esto de regalar leche, aceite y garbanzos a granel es más propio de la beneficencia del rico, de la limosna del cacique y de regímenes paternalistas que de una izquierda ideológicamente fuerte empeñada en conquistar y consolidar derechos para las clases trabajadoras. Lo que Yolanda Díaz está proponiendo es el economato de toda la vida entre cuyas estanterías corrimos los niños de la Transición, el comercio barato para tiempos de paro y hambre (la historia cuenta que Franco topaba el precio del pan para evitar una revolución social). Y ahí es donde más le duele al PP, ya que el Gobierno Sánchez le ha ganado este partido en su propio terreno. Qué se le va a hacer, señora Gamarra, ajo y agua, nunca mejor dicho. En eso precisamente consiste la política: en el arte de emplear la imaginación para mejorar la vida de la gente.

De momento, no pocos expertos ven con buenos ojos este tipo de políticas proteccionistas. Al economista Gonzalo Bernardos le parece “fantástico” el “30 por 30” y le recuerda a Cuca Gamarra que ofrecer alimentos a precios populares es algo que ya hizo Sarkozy, “que de izquierdas no tiene nada”. En efecto, en 2011 el presidente francés decidió combatir la inflación con su plan panier des essentiels (cesta de básicos), que consistía en que cada supermercado ofreciese, de forma rotatoria y cada semana, una serie de productos esenciales como frutas, legumbres, una pieza de carne y otra de pescado, quesos, lácteos y una bebida.

Por descontado, la patronal siempre tan neurasténica ya se ha apresurado a criticar el plan de Yolanda Díaz por bolivariano y chavista. Según los prebostes de la CEOE, la iniciativa repercutirá negativamente en los productores de alimentos, generando más crisis, más paro y más inflación. Todas esas patrañas están aún por demostrar. También decían que España se hundiría si subían los salarios y no vemos muchedumbres tiradas por la calle ni colas de racionamiento después de la mejora del SMI. Al contrario, este tipo de campañas entran dentro de la lógica del capitalismo, repercuten en nuevos beneficios para las empresas que las aplican y de paso contienen la espiral inflacionista.

Que el PP esté en contra del 30 por 30 de Díaz nos parece normal porque en ese partido jamás votarán a favor de algo que sea bueno para el país si va contra sus intereses de clase. De hecho, están deseando que España se hunda para levantarla ellos después, ya lo dijo Montoro. Más sorprendente se antoja que ministros tecnócratas del Gobierno de coalición como Luis Planas, titular de Agricultura, Margarita Robles o Calviño estén en contra. De alguien como Planas incapaz de hacer cumplir la ley de cadena alimentaria para garantizar que los agricultores no trabajen por debajo de costes ya no esperamos nada. De Calviño, para quien esta medida va contra las empresas, no haremos mayor comentario (ella sola viene definiéndose con sus políticas liberalotas). Y en cuanto a Robles qué podemos decir más que no entendemos qué hace una ministra de Defensa metiéndose en el precio del arroz y las lentejas. El uniforme militar acentúa un poco más si cabe el tufillo naftalínico y conservador que siempre ha desprendido la jefa de los ejércitos. Usted a sus tanques y fragatas, que con eso ya tiene bastante, doña Margarita.

Queda claro que si alguien en el Gobierno de coalición está haciendo política social esa es Yolanda Díaz. Para Bernardos es “la mejor ministra con una diferencia abismal”. Y no exagera el gran profesor.

Viñeta: Pedro Parrilla

EL CADÁVER DE LA JUSTICIA

(Publicado en Diario16 el 8 de septiembre de 2022)

El embrollo en el Poder Judicial a causa de las luchas políticas intestinas va camino de colapsar la Administración de Justicia. El presidente del CGPJ habla de situación insostenible, casi crítica, y amenaza con dimitir si PSOE y PP no se ponen de acuerdo en la renovación de los cargos en las diferentes magistraturas. Tribunal Supremo y Constitucional, dos órganos judiciales primordiales para el buen funcionamiento de la democracia, corren serio riesgo de parálisis mientras la desafección cunde entre la ciudadanía.

¿Quién ha sido el máximo responsable de esta deplorable situación endémica? Sin duda, el Partido Popular, primero con Pablo Casado y después con Alberto Núñez Feijóo. Durante los últimos cuatro años los populares se han dedicado a practicar el más abyecto filibusterismo, negándose a cualquier tipo de acuerdo con los socialistas para la renovación de los altos cargos, tal como ordena la Constitución. Casado vio en las maniobras obstruccionistas una posibilidad de desgastar al Ejecutivo de coalición de Pedro Sánchez y a esa praxis manipuladora al margen de lo ordenado por la Carta Magna se aplicó con pasión. Más tarde, ya con Feijóo en la jefatura de Génova, pareció que podría haber un lugar para el consenso, o al menos eso nos dijeron aquellos que han tratado de vender la imagen de hombre moderado del dirigente gallego. Lo cierto es que, de una forma o de otra, el principal partido de la oposición se ha visto poseído por un extraño trumpismo antisistema. Al igual que Trump controla el Supremo incluso desde fuera de la Casa Blanca, ellos, los genoveses españoles, pensaron que podían hacer lo mismo. Una jugada peligrosa que hoy revienta como una bomba de relojería.

Lamentablemente, el PP no solo no ha cambiado de estrategia (la sucia politización de la Justicia), sino que ha seguido manoseando la judicatura a su antojo y como si se tratara de un juguete de su propiedad. Con la excusa de que solo le vale una reforma en profundidad para que sean los propios jueces y magistrados quienes elijan a sus representantes en los cargos directivos (otra falacia más, una Justicia en manos de las asociaciones privadas solo contribuirá a una mayor politización) se ha cerrado en banda ante cualquier tipo de acuerdo con el Gobierno pese a los llamamientos de Moncloa para sentarse a negociar en la línea de lo ordenado por nuestra Constitución.

Poco a poco la cosa se ha ido degradando hasta límites insoportables, mientras las luchas internas entre jueces conservadores y progresistas no han hecho más que agravar el problema. Hace solo unas horas, durante el debate cara a cara en el Senado entre Feijóo y Sánchez a cuenta del plan de ahorro energético para tiempos de guerra, se ha comprobado que el PP no piensa moverse ni un ápice de su posición obstruccionista, que lo coloca a la altura de un partido antisistema, rupturista y outsider. Feijóo ha tratado de ponerse en el papel de víctima en esta historia cuando toda España ha podido ver que ha sido el PP, y solo el PP, quien ha estado jugando al gato y al ratón con uno de los pilares básicos del Estado de derecho. En el colmo del esperpento, el líder popular ha llegado a decir que desconocía el pacto in extemis firmado entre Casado y Sánchez para desbloquear la situación. Si ni siquiera se entera de lo que firma su partido, ¿cómo puede Feijóo aspirar a gobernar España algún día?

Ayer, el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Lesmes, salía a la palestra para advertir que piensa dimitir si no se arregla el desaguisado y para denunciar una situación de la que él mismo también es responsable en buena medida. Aseguró que se plantea dejarlo para forzar la renovación del órgano de gobierno de los jueces y disparó contra socialistas y populares cuando no todos tienen el mismo grado de responsabilidad en esta tragedia.

Llegados a este punto, la pregunta es: ¿acaso se acaba de enterar Lesmes de que la judicatura va camino de la defunción? ¿Cómo explicar que llevemos años viendo cómo el enfermo empeora, hasta convertirse en terminal, sin que los propios jueces dejen a un lado sus diferencias ideológicas para ponerse todos a una con el fin de acometer las reformas estructurales necesarias? Ahora Lesmes advierte de que está dispuesto a dimitir, un sacrificio loable pero que llega tarde. El presidente del CGPJ lleva en el cargo desde 2013. Su mandato caducó a finales de 2018. Tuvo tiempo suficiente para presentar la dimisión y no lo hizo. Lejos de marcharse, ha ido eternizándose en el despacho sin que parezca importarle lo más mínimo.

El presidente del CGPJ ha tenido muchas oportunidades para tomar medidas drásticas y no lo ha hecho. Pudo exigir con más ímpetu y ahínco al PP que abandonara una posición inmovilista que no hacía sino ahondar cada vez más en la descomposición del CGPJ. También lo dejó correr. Él sabía perfectamente que lo único que le preocupaba al Partido Popular era mantener el control de la Justicia mediante la infiltración de sus peones conservadores en el Supremo y el Constitucional. De esta manera, Génova podría seguir acaparando todo el poder y frenando leyes sensibles como la del aborto y otras en materia económica que tocan privilegios de las élites y clases dominantes. Si Feijóo es el hombre de la política colocado por las grandes empresas multinacionales, tal como denuncia Sánchez, Lesmes ha jugado un papel muy similar en la Justicia, o al menos esa ha sido la sensación que se ha trasladado al país durante los últimos cuatro años de bloqueo institucional. Lesmes le ha hecho el caldo gordo al PP en su intento desesperado por mantener el modelo bipartidista de la Justicia que ya no refleja la pluralidad de la sociedad española. De ahí la obsesión enfermiza de la derecha por impedir que magistrados de Podemos accedan a los puestos de responsabilidad del estamento judicial.

Ahora ya es demasiado tarde para casi todo. Los vocales del CGPJ se enzarzan en trifulcas internas sin llegar a ningún acuerdo entre rebeliones y rebeldías que dejan estupefactos a los ciudadanos. Muchos españoles han dejado de confiar en una Justicia descaradamente politizada. Los llamamientos de Lesmes, su SOS a la desesperada para que PP y PSOE solucionen lo que no tiene solución, suenan más a postureo de cara a la galería para salvar su imagen personal y profesional que a apuesta sincera por unas reformas que la Justicia española está pidiendo a gritos desde hace décadas. 

Viñeta: Igepzio