viernes, 15 de abril de 2022

FEIJÓO

(Publicado en Diario16 el 1 de abril de 2022)

Arranca en Sevilla el congreso extraordinario del PP que debe servir para elegir al nuevo líder (el padre Feijóo), cerrar heridas (foto de unidad), fijar posiciones políticas (absurdo, el partido hace tiempo que no tiene programa reformista para España más allá del oportunismo demagógico del momento) y mirar hacia el futuro (con Vox comiéndole el terreno es más bien oscuro). Tras los dramáticos idus de marzo, que quedarán para la historia como los días del cruel magnicidio de Pablo Casado (todos lo apuñalaron a una como en Fuenteovejuna), se respira ambiente de expectación, de optimismo y hasta de cierta euforia entre la militancia.

Los asistentes al congreso llegados de todos los puntos del país recogen sus acreditaciones, carpetillas con las ponencias y souvenirs y aprovechan para reencontrarse con los viejos amigos en la cafetería. Las venganzas, conspiraciones, ajustes de cuentas y apuñalamientos en legítima defensa quedan atrás como un mal recuerdo del pasado. El que más y el que menos llega con aires renovados, aunque con el canguelo todavía en el cuerpo tras haber visto peligrar su carguete en la cruenta batalla entre casadistas y ayusistas.

De cualquier manera, lo malo queda atrás, se abre un nuevo tiempo, o al menos eso repiten al unísono como un mantra, aunque todo está por ver y por escribir. La sombra de la implosión, que por momentos planeó sobre Génova, parece haber pasado como una mala tormenta preñada de nubarrones y hay coincidencia general en que el PP ha salvado los muebles sobre la bocina, lo cual es mucho. “Pa’ habernos matao, ¿eh tronco?”, dice un militante susurrando para el cuello de la camisa. “Y que lo digas, macho, jiji”, contesta otro entre sonrisillas nerviosas. Ese diálogo captado en los corrillos de los congresistas refleja a la perfección el estado de ánimo de los populares. Aliviados por lo que se les vino encima en un momento pero esperanzados en la buena nueva que desde Galicia les trae el padre Feijóo. Con todo, el lema del congreso, Lo haremos bien, demuestra cierta inseguridad en las ideas y proyectos. Tener que hacer hincapié en la fiabilidad de un partido que viene gobernando España, alternativamente, desde 1996, denota que ni siquiera ellos mismos confían en que esto pueda llegar a buen puerto. Es propio de partido pequeño que echa a andar y tiene que convencer al votante de que son un negocio de fiar.

La primera incógnita del congreso, o sea quién va a dirigir los destinos del PP en los próximos años, ya está despejada. La película empieza sabiéndose ya el final, todo está decidido de antemano, así que por ahí se pierde interés mediático. El elegido presidente gallego encarna el personaje de consenso, el gran pacificador. Cualquier otro candidato no habría hecho sino alimentar las luchas intestinas por el poder y las facas habrían seguido destellando al amanecer. Tras haber recorrido las baronías autonómicas para explicar su plan a los afiliados –recupera rostros de la vieja guardia (véase Cuca Gamarra)–, Feijóo llega en medio de la aclamación unánime de todos. Ese caudillismo del hombre fuerte sin listas alternativas gusta mucho en la parroquia pepera, siempre en la mejor tradición autoritaria. Nada que ver con Pablo Casado, que proyectaba una imagen de fragilidad, de calzonazos y de tipo ninguneado cada vez que Ayuso le lanzaba alguno de sus dardos envenenados. Está claro que uno y otra tendrán un papel secundario en este congreso extraordinario.

Al líder depuesto se le ha hecho un hueco en el programa, casi con calzador, para que suelte el discurso de la despedida, sin molestar demasiado, y salga finalmente de los libros de historia. Su intervención llegará después de la de los expresidentes José María Aznar y Mariano Rajoy. Un telonero que nunca ganó nada después de dos estrellas triunfadoras cuyos retratos cuelgan en cada despacho de Génova. Un puro trámite para completar el certificado de defunción. Esa parte del cartel, la intervención del derrocado, no le interesa a ningún compromisario, así que lo más probable es que cuando Casado suba al atril para echar el sermón del adiós muchos se levanten de la silla, hagan mutis por el foro y se den una vuelta por el vestíbulo para hacer como que hablan por teléfono, echarse al coleto un canapé sobrante o fumarse un pitillo. Todavía no ha llegado a Sevilla y el exlíder ya ha empezado con la cantinela victimista de que el partido ha cometido una injusticia con él al cargárselo sin compasión y sin derecho a defensa. Nadie le hace caso ya.

Tampoco Ayuso llega en su momento de máximo esplendor. Acorralada por el escándalo de las mascarillas que persigue al Hermanísimo (hasta la Fiscalía Europea ha tomado cartas en el asunto) y vista por muchos como gran culpable de la crisis del PP, a la muchacha rebelde de Chamberí le conviene quedarse calladita y en segundo plano. No es esta su guerra, ya vendrán tiempos mejores.

Sea como fuere, Juanma Moreno Bonilla emerge como el flamante delfín del nuevo jefe y a partir de ahora su voz se tendrá muy en cuenta. Feijóo llega con la intención de cerrar heridas, no dejar cadáveres en el armario y lograr la unidad de las diferentes corrientes, familias o sensibilidades (si es que las hay más allá del discurso de la España una, grande y libre). Pero está por ver qué PP quiere construir el recién elegido capitán del barco: si una fuerza política centrada, con personalidad propia y con fuerza suficiente como para ser el partido que fue, o un ente acomplejado por la extrema derecha y entregado sumisamente a Vox. Mucho nos tememos que el congreso no sea más que otra pantomima, un teatrillo ameno pero teatrillo a fin de cuentas, ya que los conservadores españoles llevan cuarenta años viajando hacia la moderación y todavía no la han encontrado. Ya lo dijo Alfonso Guerra: estaban tan a la derecha cuando murió el dictador que no llegarán nunca al centro.

Viñeta: Artsenal

EL FIESTÓN DE MOHAMED

(Publicado en Diario16 el 1 de abril de 2022)

Mohamed VI ha invitado a Pedro Sánchez a viajar a Marruecos para sellar la nueva relación entre ambos países basada en “la transparencia, el respeto mutuo y el cumplimiento de los acuerdos”. Hay películas románticas de Hollywood que tienen un happy end mucho menos pastelón que este inesperado affaire político entre el sátrapa de Rabat y nuestro presidente del Gobierno. Ya lo estamos viendo: Pedro bajando del Falcón entre las arenas del desierto; una larga comitiva formada por soldados de época, mercaderes y dromedarios esperándolo a pie de pista para agasajarlo diplomáticamente y conducirlo a palacio; y una jaima gigante con todo tipo de lujos para celebrar la gran ceremonia de la reconciliación entre dos países que han estado a punto de llegar a las manos. ¿Habrá cachimba, danza del vientre y delicias orientales a los postres para consumar la nueva luna de miel entre españoles y marroquíes? ¿Se hablará de Ceuta y Melilla? Nunca lo sabremos. Cuando las puertas del lujoso recinto presidencial se cierren nadie se enterará de lo que ocurra allí dentro. Es lo que tiene tratar con las dictaduras del mundo árabe.

Cuando Sánchez sea trasladado a presencia del monarca marroquí en uno de los Maseratis de lujo de Mohamed VI (el tirano posee más de 600 coches de lujo aparcados en el jardín), sin duda tendrá tiempo de reflexionar sobre todo lo que ha pasado estos días para la infamia en los que decidió traicionar al pueblo saharaui. Y entonces se preguntará si ha merecido la pena claudicar, entregarse a la satrapía marroquí y ponerse de rodillas ante el Tío Sam. Ya sabemos que el líder socialista es un pragmático hasta las cachas capaz de cambiar de opinión de la noche a la mañana en función de sus intereses políticos y personales. Por eso, por si siente la tentación de pasar página, de hacer borrón y cuenta nueva, aquí estamos nosotros para recordarle que como jefe del Gobierno español ha cometido una de las mayores tropelías de la historia con el triste asunto del Sáhara Occidental.

Para empezar, la decisión de aceptar la autonomía saharaui bajo soberanía de Marruecos supone que Sánchez se pasa por el forro de sus caprichos nada más y nada menos que 74 resoluciones de la ONU sobre la descolonización de ese territorio, decenas de acuerdos que apostaban por celebrar un referéndum de autodeterminación para que sean los propios saharauis los dueños de su destino. Toda esa obra jurídica que la comunidad internacional había ido construyendo paso a paso, y con sumo esfuerzo, la desmonta de un golpe el señor presidente al firmar un acuerdo con Rabat que no es más que una deshonrosa muestra de unilateralismo contraria al derecho internacional. Por ahí, España ha dado al mundo la imagen de país pequeño, acomplejado y débil –que no ha sabido resolver su pasado colonial con la dignidad que se le presupone a una democracia avanzada– y de república bananera (en este caso monarquía bananera) que incumple los acuerdos firmados. ¿Con qué cara irá a partir de ahora nuestro presidente a la Asamblea General de la ONU? ¿Con qué legitimidad piensa denunciar a los dictadores que como Vladímir Putin pisotean los tratados internacionales si él mismo acaba de reducir las resoluciones de Naciones Unidas a la categoría de papel higiénico inservible?

Pero no estamos solo ante un tremendo atropello jurídico y político. Peor aún que todo eso es la injusticia, la inmoralidad y la traición cometida con un pueblo como el saharaui al que estábamos unidos por profundos lazos culturales y de sangre. Aquella gente son los españoles del otro lado, los españoles pobres del desierto. Gente que habla un perfecto castellano, paisanos que viven entre nosotros, amigos (hombres, mujeres y niños) a los que durante décadas acogimos en nuestras casas y a los que ayudamos con lo que pudimos en los campos de refugiados. No se merecían la patada que les hemos arreado. Felipe González ya los dejó tirados una vez; ahora Pedro Sánchez, el aprendiz de César, les da la puntilla.

Al aceptar la soberanía de Marruecos sobre territorios que históricamente les pertenecen, entregamos a nuestros hermanos saharauis a la peor de las dictaduras, lo que va en contra del deber que tiene todo país occidental avanzado de exportar democracia allá donde se pueda. Al suscribir el nuevo tratado de amistad con la monarquía alauita, Sánchez legitima la Marcha Verde de 1975, que fue, no lo olvidemos, la invasión en toda regla de una provincia española, de manera que el mensaje que enviamos al rey de Marruecos no puede ser más nefasto y peligroso: aquella anexión llevada a cabo por 300.000 civiles con unidades militares armadas camufladas fue totalmente legal y acorde a derecho. ¿Qué impedirá al dictador hacer lo mismo, en cuanto se le pase por la cabeza, con Ceuta y Melilla? Mostrar cobardía ante el enemigo supone una muerte segura.

Según un comunicado emitido hace unas horas por el Gobierno español, la propuesta de otorgar una autonomía al Sáhara bajo soberanía marroquí es “la base más seria, realista y creíble para la resolución del contencioso”. El ministro Albares quiere vendernos la burra (o el camello) de que a partir de ahora ambos países van a colaborar estrechamente en la lucha contra la droga, contra las mafias organizadas que trafican con personas y en la estrategia antiterrorista. Una mentira sobre otra. ¿Por qué no dice la verdad el presidente del Gobierno? La traición a los saharauis solo tiene un motivo y una causa: Estados Unidos ve con buenos ojos el plan y ha presionado a España para que lo firme. Así de simple. Trump dio un puñetazo en la mesa poniéndose incondicionalmente de lado del régimen de Rabat (lo que supondrá más bases militares, más armas sofisticadas, más colaboración estratégica yanqui-marroquí) y Joe Biden no va a hacer nada por cambiar la política exterior norteamericana en esa zona del Magreb.

Sánchez pudo haberse mantenido firme y no ceder al chantaje, pero ha optado por quitarse un problema de encima y tragar con lo que sea. Al menos Zapatero tuvo el orgullo de quedarse sentado al paso de la bandera de las barras y estrellas. Ahora produce estupor, asco y vergüenza tener que ver cómo las derechas enarbolan la bandera saharaui, apoderándose de otra causa emblemática y secular de la izquierda (una más y ya van unas cuantas). A Sánchez, el rey Mohamed le ha dado un soberano revolcón. Podría decirse que lo ha puesto mirando a La Meca. Y para más inri, el premier español acepta la invitación a la fiesta de la falsa paz y la engañosa fraternidad. Patético.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

EL DILEMA DE SÁNCHEZ

(Publicado en Diario16 el 31 de marzo de 2022)

La inflación se ha disparado hasta niveles no conocidos desde los años ochenta. La gasolina se ha convertido en un bien de lujo y muchos españoles ya han optado por dejarse el vehículo en casa y tirar de bicicleta, patinete eléctrico o coche de San Fernando (un ratito a pie y otro caminando) para acudir al trabajo cada día. Algunos alimentos se han puesto en niveles prohibitivos y llenar la cesta de la compra se ha convertido en un problema irresoluble, un auténtico sudoku.

Somos los europeos con los salarios más bajos de toda Europa, así que toca tirar de ahorros (los que los tengan) para llegar a final de mes. Algunos sectores como los transportistas, agricultores, ganaderos y pescadores no aguantan más. Ganan dinero quedándose en casa, lo cual demuestra que el concepto pobreza se ha transformado de forma radical en el siglo XXI. Se preparan drásticos ERE, que no ERTE, ya que muchos empresarios sienten alergia por el escudo social y lo que les pide el cuerpo es despedir a mansalva para ahorrar en costes laborales. Un ajuste duro, salvaje, parece inevitable. Tal que ayer, sin ir más lejos, se lo dejó caer Garamendi a Yolanda Díaz con una seria advertencia en tono brusco y faltón: “Si no permite despedir, que monte una empresa ella”. Fue un claro aviso a navegantes, la constatación de que el gran capital ha puesto la diana en el Gobierno de coalición y no parará hasta derribarlo.

Atrás quedan los tiempos de los supuestos pactos entre los agentes sociales. Se impone la confrontación pese a los llamamientos de Pedro Sánchez a la unidad de todos para hacer frente al desafío de la guerra en Europa, la guerra de Putin a todo gas. La ultraderecha organiza asociaciones y movimientos patronales por doquier (paso previo a la fundación de un gran sindicato vertical de corte franquista) y la llama del descontento social prende en todas partes. Cada día hay una movida nueva en las calles, cada minuto surge un salvapatrias con banderita de España en la gorra de béisbol, altavoz en mano y chaleco amarillo dispuesto a hacer puntos como violento piquetero. Arribistas que nunca fueron a la universidad pero hacen carrera rápida para ganarse un carguete en cualquier ministerio en cuanto llegue Vox. Agitadores profesionales a los que les importa un bledo los problemas de los trabajadores. Cayetanos con el Mercedes bien aparcado en el garaje del chalé adosado, trepas con la cuenta corriente saneada y nutrida. Hablamos de gente que nunca leyó a Marx ni tiene conciencia de clase, la mayoría fieles de las derechas autónomas que odian el sindicalismo clásico de izquierdas y que con el manual populista, un eficaz lenguaje taurino/tabernario aplicado al mundo obrero y algo de labia atraen a las masas empobrecidas de cada gremio y las arroja contra el Gobierno. Una nueva revolución neoliberal con tintes fascistas se está cociendo desde abajo.

El país está en la UCI, con respiración asistida, mientras Sánchez propone un urgente plan de choque, a la desesperada, para hacer frente a los efectos de la crisis de proporciones cósmicas. Sin embargo, pese a las buenas intenciones del Ejecutivo progresista (no se puede negar que se preocupó de dotar de un escudo social a las clases humildes durante la pandemia) todas las medidas dictadas por el Consejo de Ministros parecen insuficientes y saben a poco. La maquinaria propagandístico/demagógica de la derecha es demoledora, aplastante, bestial. ¿Cómo se puede desmontar el argumento de que el Estado se está forrando con los impuestos mientras el pueblo pasa hambre, un bulo infame que hasta Núñez Feijóo va propalando por ahí? Imposible. Al final, de una manera o de otra, se acaba instalando la idea de que los españoles están siendo vilmente cosidos a impuestos mientras aumenta el gasto en burocracia, en asesores, en chiringuitos y mamandurrias socialcomunistas (en realidad una gran mentira, ya que nuestro país presenta una de las tasas de presión fiscal más bajas de toda la UE).

Bajar impuestos es un mantra exitoso que cala entre la gente como el más corrosivo de los venenos. “Si te va mal, obrerete, es porque tu Gobierno te asfixia con las facturas. Vótanos a nosotros y te libraremos de esa esclavitud”. Ese mensaje dirigido a una familia con todos sus miembros en paro y que ya no tiene para comer es pura dinamita social. De aquí a las próximas elecciones, PP y Vox van a hacer de la bajada de impuestos el gran ariete capaz de derribar al Gobierno. Obviamente, nunca dirán cómo piensan sostener las prestaciones sociales, las pensiones, la sanidad, la educación, las carreteras y los transportes. El colmo de esta derecha surrealista es que exige pagar menos impuestos al tiempo que reclama ayudas del Estado a los sectores arruinados. Tan liberales para unas cosas, tan intervencionistas para otras. Ahora bien, si se reduce la presión fiscal, ¿quién va a pagar los servicios públicos, el Hermanísimo de Ayuso con sus tajadas y contratos chanchullo? Todo es una farsa ultraderechista. Detrás de cada huelga patronal, detrás de cada algarada callejera montada por el sindicato de camioneros voxista no hay más que un intento por terminar de liquidar lo poco que queda de Estado de bienestar. Ayer, en las Cortes, Gabriel Rufián dejó en evidencia, con un chiste puñal para la historia del parlamentarismo patrio, cuál es la estrategia de Vox: “Cada vez que alguien como usted, señor Abascal, llama a la huelga, yo le escucho. Usted lleva 45 años en huelga y hay que escuchar a los profesionales”. El mandoble dialéctico, que ni Will Smith, llegó después de otro zasca antológico: “Si se hubiera instruido a la gente en Filosofía, ustedes no tendrían cuatro millones de votantes”. Fue un soberbio dos por uno.  

Bien mirado, solo hay una fórmula para salir de este colapso económico que promete ser la madre de todas las crisis, y la ha puesto encima de la mesa el analítico Íñigo Errejón: o se suben los impuestos a los ricos ya, como ha hecho Biden, o se aplican duros recortes siguiendo el manual Rajoy. No hay más. Sánchez tiene la última palabra. Ahí se verá hasta dónde llega su cacareado rojerío.

Viñeta: Alejandro Becares 'Becs'

BIDEN CHOCHEA

(Publicado en Diario16 el 30 de marzo de 2022)

A medida que vamos conociendo a Joe Biden nos vamos dando cuenta de que es una especie de Mariano Rajoy a la americana. Un campechano espontáneo sin complejos. Cada vez que abre la boca sube el pan, son míticas sus meteduras de pata y quizá hubiese sido un gran presidente para tiempos de paz, pero lo cierto es que con sus insultos, provocaciones y desplantes al zumbadillo Putin, y en medio de un contexto de preguerra nuclear como el que nos encontramos, se está convirtiendo en un peligro público para la humanidad. Ya no cabe ninguna duda: Biden es un bombero que echa más gasolina al fuego.

Hasta el anciano presidente ha reconocido en alguna que otra ocasión que tiene más peligro que Eduardo Manostijeras haciendo una revisión de próstata, como cuando dijo aquello de “soy una máquina de pifias”. Célebres son sus disparatadas ocurrencias. En una ocasión llegó a presentar a Barack Obama como “el primer afroamericano que ha entrado en la cultura predominante y que es elocuente, brillante, limpio y bien parecido” (solo le faltó decir de él que no olía como sus hermanos del Bronx). O aquel otro lapsus en el que aseguró que “los niños pobres son tan brillantes y tienen tanto talento como los niños blancos”. Lógicamente, en ambos casos fue acusado de racista residual y con razón.

Está claro que Biden no es el hombre que necesita la historia en este momento tan convulso y trascendental. Con un perturbado como Vladímir Putin abrazado al maletín atómico como su juguete favorito, el mundo libre necesitaría de un hombre mucho más reflexivo, mesurado, templado. Un estratega cien por cien. Un diplomático más que un hooligan, por mucho que se trate de un hooligan por la libertad. El pasado fin de semana, el yayo Biden volvió a dar síntomas de ser un auténtico kamikaze al que conviene no dejar nunca solo. El hombre se plantó en Polonia, concretamente en una base de la OTAN situada a pocos kilómetros del infierno ucraniano, y se puso a dar una charla de brasero sobre el conflicto internacional. ¿Qué pintaba allí este señor más allá de hacerse una foto comiendo pizza con los soldados rasos (seguramente para levantar sus maltrechos índices de popularidad)? ¿Acaso pretendía provocar al ruso para que lanzara uno de sus cohetes hipersónicos y que todos voláramos por los aires de una vez?

Los que hemos tenido la oportunidad de visitar un cuartel estadounidense o de la Alianza Atlántica sabemos que aquello es como un gran parque temático de la guerra. Hay tiendas de souvenirs donde se pueden comprar gorras de los marines, machetes y pines de los comandos especiales; hamburgueserías y boutiques de primeras firmas multinacionales; canchas de baloncesto; cajeros automáticos y hasta salones recreativos. Una base americana es como Las Vegas, allí nunca falta de nada, quizá porque los yanquis entienden la guerra como una forma de hacer turismo y de viajar por el mundo con todas las comodidades y opciones de diversión. La visita de Biden a la base polaca de la OTAN puede interpretarse en esos términos: una especie de viaje del Imserso del anciano líder a los confines del imperio, un garbeo de placer para tomar las sales y las nieves del balneario polaco o Benidorm oriental europeo. Quizá se aburría en la Casa Blanca –un geriátrico demasiado grande y frío que se le cae encima a cualquiera–, y decidió airearse con el Air Force One, que es un pájaro tremendo y no la chatarra de Falcon que le dan a Sánchez, un cutrerío que no hay por dónde cogerlo.

Con todo, algunos analistas han querido ver en el viaje de Biden un intento del presidente de los Estados Unidos de escenificar la fortaleza del bloque occidental frente a las ansias expansionistas del enemigo Putin. La cosa es que, entre pizza margarita y cuatro quesos, el abuelete se creció, se vio a sí mismo como en sus tiempos jóvenes, cuando desembarcó en Cuba durante la guerra contra los españoles (es tan mayor que seguro que estuvo en el desastre del 98) y se vino arriba. Fue entonces cuanto se le calentó el morrillo y le dio por arremeter contra su archienemigo, el vil ruso, a quien calificó de “carnicero y criminal de guerra”. Biden no dijo nada que no esté pensando el resto de la humanidad, el problema es que él, como presidente de USA, debería mantener la lengua a buen recaudo, mostrarse diplomático, prudente, discreto, ya que cualquier frase hostil en plan vaquero tejano que le toque las ojivas a Putin puede llevarnos a todos, de cabeza, a una Tercera Guerra Mundial. Y vaya gracia, ¿no? Claro, el presidente yanqui puede permitirse jugar a las bravuconadas porque sabe que tiene, aparcado en el garaje, el avión blindado del Juicio Final cargado de whisky y papel higiénico suficiente como para pasar un invierno nuclear que ni Filomena. Él suelta la cagadita contra Putin, se mete en su búnker con alas y tan a gustito, pero el resto, la mayoría del planeta, los pobres peatonales terrícolas, no podemos hacer otra cosa que quedarnos en casa y ver por la ventana, con cara de tontos, cómo el hongo genocida se eleva sobre nuestras cabezas.

Biden ya está de vuelta de todo, casi pidiendo caja, y no piensa en los niños que están empezando a vivir. Los viejos aman la guerra por nostalgia de la juventud y porque ya no tienen nada que perder. Quizá por esa imprudencia, por esa temeridad, Macron reprendió de forma latente al presidente yanqui y le sugirió que no avive más el incendio global “ni con actos ni con palabras”. Bravo por el presidente gabacho. Mucho más sensata su posición mediadora que la belicosa del jubilata yanqui. Ayer mismo, el premier francés mantuvo una entrevista con Putin para tratar de convencerle, por enésima vez, de que debe respetar los corredores humanitarios en la devastada ciudad de Mariúpol. El sátrapa, un cínico de manual, le ha garantizado que se lo pensará, de modo que mucho nos tememos que va a seguir hasta el final con su papel de mataniños. Que se ande con cuidado con el Matusalén de la Casa Blanca, que en una de estas le atiza un hostión atómico que ni Will Smith.

Viñeta: Alejandro Becares 'Becs'

EL LLANERO SOLITARIO

(Publicado en Diario16 el 29 de marzo de 2022)

Algunos partidos con representación parlamentaria conocieron el contenido del paquete de medidas para tiempos de guerra el domingo a las once de la noche, cuando los españolitos se acostaban para ir a trabajar al día siguiente. Otros se enteraron por la mañana y por los papeles. La forma de hacer política de Pedro Sánchez, con nocturnidad y alevosía, ha pasado en poco tiempo del presidencialismo yanqui al cesarismo rampante. O como dice Aitor Esteban: el presidente se comporta ya como un “llanero solitario” sin contar con nadie.

Ayer lunes, el ministro de Presidencia, Félix Bolaños, telefoneó a los portavoces de PP, ERC, Cs, PNV y Más País para explicarles por encima las líneas generales del real decreto ley. Así lo explica el propio Esteban: “Contactar. Estrictamente eso: contactar. Hemos tenido una conversación telefónica de cinco minutos hoy lunes a la mañana. Ahora estoy informándome a través de los medios sobre lo que ha explicado el presidente en su conferencia”, aseguraba el líder vasco en un mensaje en Twitter. Lamentable forma de proceder del Gobierno.

No se puede negar que el decreto de medidas urgentes para paliar la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania es sin duda positivo. Más de 6.000 millones de euros en ayudas directas y rebajas de impuestos, una bonificación mínima de 20 céntimos por litro de combustible para todos los ciudadanos, subvención de la factura de la luz y otra inyección de 10.000 millones para financiar proyectos mediante créditos ICO son iniciativas que van en la buena dirección. Otras fórmulas como ampliar los ERTE para proteger los puestos de trabajo amenazados y evitar despidos indiscriminados; prohibir una subida de los alquileres por encima del 2 por ciento; aumentar el Ingreso Mínimo Vital un 15 por ciento; y extender el bono social eléctrico a otras 600.000 familias demuestran que este Gobierno sigue teniendo buena intención y no se ha olvidado de las clases más humildes en medio de una crisis galopante, la originada por la guerra, que llega sobre otra, la pandemia mundial.

Moncloa ha reaccionado como se esperaba con una política social progresista acompañada de inversiones directas a sectores seriamente dañados como el transporte, la ganadería, la agricultura y la pesca, una actitud muy diferente a la doctrina neoliberal a calzón quitado que aplicó Mariano Rajoy tras la crisis de 2008, cuando se dedicó a repartir dinero a los bancos, más de 100.000 millones de euros de los que el Estado no ha recuperado ni el 14 por ciento. Por tanto, nada que objetar al contenido del real decreto, lleva el tinte socialista, refuerza las políticas de protección social y es sensible al sufrimiento de un pueblo cada día más asustado ante la creciente amenaza nuclear de Putin.

Cuestión distinta es que a Sánchez le hayan faltado reflejos, ya que esas mismas medidas podría haberlas adoptado hace un mes. Así se hubiese evitado la furiosa huelga del sindicato de camioneros, el desabastecimiento de los supermercados que ha generado gran alarma social y la ruina de los sectores primarios esenciales para mantener algo tan básico y elemental como la cadena alimentaria de un país. Por desgracia, la parsimonia y la absurda arrogancia sanchista se han traducido en un agravamiento del hambre de los españoles. Los partidos políticos, los sindicatos, la patronal, las oenegés y hasta Cáritas le decían por activa y por pasiva que el país ya no aguantaba más, que se sentara a negociar un gran pacto de Estado y que se bajara del Falcon un momento para ver la realidad de la calle desde abajo, no desde el cielo. Erróneamente, el líder socialista decidió esperar a la cumbre europea y pactar las medidas de choque con los demás socios de la UE. Así llegamos a un punto crítico, cuando la leche empezó a escasear y las empresas lácteas tuvieron que arrojar miles de litros de producto recién ordeñado a las alcantarillas. Mientras Sánchez se jugaba un póker en Bruselas a cara de perro, soltándole el humo del cigarrillo en los ojos a Ursula von der Leyen, la gasolina y el gas se ponían por las nubes, la luz se convertía en un producto de lujo y el país se le iba al garete distópicamente. Es obvio que el jefe del Ejecutivo esperó demasiado, y en esa espera arrogante las ciudades y los pueblos se le infestaron con banderas de Vox.

Al final (eso lo hizo bien) tuvo que dar un puñetazo encima de la mesa de la Comisión Europea, montar el teatrillo del gobernante que se levanta de la reunión muy despechado y amenazar con que, o se concedía la “excepción ibérica” para controlar el disparatado precio de la energía (evitando una rebelión popular de chalecos amarillos en España), o rompía la baraja de los 27. Esta vez (milagrosamente) el órdago in extremis le salió redondo y pudo traerse para Madrid un acuerdo jugoso que da oxígeno a la economía nacional y vida a las familias españolas completamente asfixiadas por la crisis. Ahora bien, pese al éxito, mañana Sánchez tendrá que someter su plan a la confianza del Congreso de los Diputados, un trágala deprisa y corriendo sin apenas tiempo para debatir y sin que las fuerzas políticas tengan toda la información para sacar conclusiones. “En estos decretos se mezclan tantas medidas que alguno puede estar dudoso con algunas pero otras le parecen necesarias. Mañana hay que votar sí o no. No tienes más remedio que tirar para adelante”.

Sánchez podía haberse trabajado todo este asunto de la crisis energética de Ucrania de otra manera, con más talante y talento, con más respeto a las demás fuerzas políticas que se mostraron dispuestas a echar una mano en el Parlamento, pero decidió optar por el camino felipista, o sea el viejo cesarismo, y cabalgar a su bola como un “llanero solitario”, tal como dice el acertado y metafórico Esteban. El colmo de la prepotencia ha sido ese reconocimiento apresurado de la autonomía para el Sáhara bajo soberanía de Marruecos, un brusco viraje en política exterior que altera la tradicional posición de España respecto al conflicto, se salta las resoluciones de la ONU sobre el derecho a la autodeterminación de la nación saharaui –dejando tirado a ese pueblo hermanado con España por lazos culturales e históricos–, y de paso genera una crisis diplomática innecesaria con Argelia. El Sáhara era otro gran asunto de Estado pero, una vez más, Sánchez decidió no contar con nadie. El presidente firmó el documento con el sátrapa marroquí, por su cuenta y riesgo, y optó por escribir la historia él solito. Ni una mala consulta con la oposición, ni una somera comparecencia en la Cortes, todo tirando del apolillado rodillo socialista. Típico de comportamiento bonapartista. Lo malo es que, aunque Sánchez no quiera verlo porque cabalga solo y debe estar cegado por el espejismo y el polvo de una España yerma, los tiempos de la mayoría absoluta ya pasaron y él no es Felipe González. Aunque últimamente esté echando canas, a la manera de gran patriarca Copito de Nieve, y ya solo le falte decir aquello de “por consiguiente”.

Viñeta: Pedro Parrilla

LOS HÉROES DE RUSIA

(Publicado en Diario16 el 29 de marzo de 2022)

El Ejército ruso sigue ocultando las cifras de soldados caídos en campo de batalla. Falta de transparencia, propaganda y neolengua, ese es el estilo Putin, un dictador que va camino de emular las más tristes hazañas de los tiranos del siglo XX. Ayer, el régimen de Moscú volvió a dar un macabro espectáculo digno de los totalitarismos fascistas de antaño. La maquinaria de propaganda del Kremlin convocó a los periodistas y medios afines al Gobierno para que pudieran cubrir una de esas gloriosas ceremonias de condecoración y entrega de medallas, una farsa para contribuir a la exaltación de la patria.

La escena, que tiene lugar en una fría sala de hospital, estremece por su grado de crueldad y deshumanización. Nueve muchachos mutilados, nueve soldados en silla de ruedas vestidos con una especie de pijama de rayas, forman marcialmente ante el viceministro de Defensa ruso, el coronel general Alexánder Fomin. Todos ellos son chicos muy jóvenes, unos con una pierna amputada u otro miembro seccionado, otros inválidos ya de por vida. El jerarca del Alto Mando va pasando, uno a uno, ante cada héroe forzoso para condecorarlo con la típica medalla de latón, una chapa que no vale nada más allá del valor sentimental que cada cual quiera darle. El coronel general clava la medalla en la blusa, a la altura del pecho del joven veterano, le estrecha la mano cortésmente y le dedica unas palabras afectuosas. El coronel general pone cara de póker y se limita a hacer el saludo militar esbozando una ligera sonrisa más protocolaria que otra cosa. El coronel general es un cabrón sin sentimientos que está pensando en salir de allí para olvidarse de esos rostros atormentados cuanto antes.

Así ha sido desde el origen de los tiempos. El viejo que hace la guerra, que brinda con champán en la retaguardia y que lleva la vida más cómoda posible mientras caen las bombas, anima al joven que ve destruida su vida dándole unas palmaditas en la espalda y un trozo de cobre que huele a estiércol. Muchachos sin otro futuro ya que quedarse quietos en una silla de ruedas durante el resto de sus días; muchachos a los que darán una pensión de mierda por haberse dejado los brazos y las piernas en las trincheras por alguna causa que nadie sabe explicarles muy bien. “La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan”, decía Erich Hartman.

Cada soldado mutilado es una biografía truncada. Llegan al ejército de lugares muy diversos y distintos. Unos de zonas costeras donde anchos ríos mueren en el pacífico mar cubierto de barcos de pesca; otros de pueblos recónditos donde sus padres siguen segando los campos como se ha hecho desde hace miles de años; y los hay que vienen de grandes ciudades industriales donde trabajan en fábricas, en tiendas de fruta y verdura, amasando pan o como fontaneros o electricistas. El pueblo hace la guerra, el poderoso la disfruta como un juego. “Quiero volver a casa para seguir estudiando en la universidad”, se lamenta entre sollozos un soldado que ha caído en manos del enemigo ucraniano.

Todos los ilustres condecorados por el coronel eran diferentes antes de estallar la guerra, con cuerpos y almas distintas, no había uno igual a otro hasta que el ejército, a fuerza de dura instrucción y de retorcer sus cuerpos, logró despojarles de su espíritu y convertirlos en la misma y uniforme carne de cañón. Los cuarteles son mataderos de gente, fábricas para la gran industria de la muerte, cintas de reciclaje en las que ingresan cabezas sanas, alegres y brillantes y de las que salen mentes aleccionadas, traumatizadas, perturbadas. En la tétrica máquina entra la inocencia de la juventud y sale la maldad preparada para matar y morir. El odio y el miedo son el alimento que se les da a comer a los jóvenes soldados. Sin ese rancho malo, sin esa bazofia que envenena el alma, no habría guerreros, ni guerras, ni medallas o condecoraciones. “¿Qué tal, soldado? ¿Dispuesto a matar alemanes?”, pregunta el viejo general al joven soldado que va hacia una muerte segura en Senderos de gloria de Kubrick. “Recluta patoso, voy a hacer de ti un hombre aunque sea más difícil que encogérsela a los negros del Congo”, espeta el sargento chusquero fascista Hartman a un chaval al que le ha arrancado de cuajo el corazón en La chaqueta metálica (de nuevo el maestro Stanley). El patriotismo es el último refugio de los canallas.

En la fría y silenciosa sala del hospital ruso, el coronel general Alexánder Fomin se cuadra ante los chicos mutilados tras colocarles las pertinentes y burocráticas medallas. No tiene demasiado tiempo, la guerra no para y hay que seguir enviando carne al matadero. El frente ucraniano pide más madera, más sangre, más brazos, más piernas, una montaña inmensa de cadáveres y huesos putrefactos que se elevará como una escalera hacia el cielo entre el humo negro radiactivo de Chernóbil. Cada uno de los condecorados siente a su manera la absurda chapa que le han dado, pero sus rostros, todos ellos sin excepción, dibujan una mueca de dolor, de resentimiento, de amargura, de ira, rabia y sobre todo tristeza, una tristeza infinita. Miran como con asco al general que los homenajea hipócritamente, sienten deseos de preguntarle dónde está esa pierna, ese brazo, esos dedos que les faltan para acariciar a sus novias, para jugar con sus hijos, para abrazar a sus madres, para brindar con sus padres. Miran al chocho amo de la casaca aristócrata, que pide caja al final de sus días, reprochándole el engaño y con ganas de escupirle y de arrojarle esa medalla a la cara. ¿Para qué quiero yo un trozo de metal oxidado si ya no tengo futuro?, parecen querer decirle con el ceño fruncido y los ojos hambrientos de justicia.

Los jóvenes soldados enmudecen y callan en sus sillas de ruedas, la nueva cárcel que les ha tocado en suerte ya para siempre. Los jóvenes soldados se miran entre ellos sin entender nada y como queriendo gritar al mundo la verdad oculta. Los jóvenes soldados se observan unos a otros, aturdidos, quizá pensando: ¿por qué no viene el loco Putin a dar la cara de una puta vez? 

Viñeta: Alejandro Becares 'Becs'

WILL SMITH

(Publicado en Diario16 el 28 de marzo de 2022)

A menudo la línea que separa la cordura de la enajenación mental, crónica o transitoria, es extremadamente fina. ¿Qué explica que un buen día un tipo como Putin firme un tratado de no proliferación nuclear y al siguiente se dé a una orgía de sangre y destrucción, mostrándose incluso dispuesto a apretar el botón nuclear para acabar con todo rastro de vida en la Tierra? ¿Cómo entender que un camionero, un honrado ciudadano y padre de familia, pase de ser un señor amable y simpático con sus paisanos a un duro camorrista capaz de meterse a violento piquetero, amenazar de muerte a sus compañeros, pincharles las ruedas del camión y gritar aquello de “Sánchez paredón”? Ese momento dramático, ese minuto de estallido de violencia que no obedece a ningún planteamiento lógico o racional, más allá de las reminiscencias de nuestro cerebro reptiliano prehistórico, sigue siendo un gran misterio de la psicología humana.

La pasada noche, durante la ceremonia de entrega de los Óscar, asistimos a uno de esos fenómenos inexplicables que ha conmocionado al mundo. Will Smith estaba llamado a subir al escenario del Dolby Theatre para recoger la estatuilla a mejor actor por El método Williams, un biopic sobre las peripecias del padre de las famosas tenistas Venus y Serena Williams. Nada hacía presagiar que el merecido premio por una historia familiar de abnegación y esfuerzo pudiera terminar en una extraña embestida de toro bravo. Pero así ocurrió. Cuando al actor Chris Rock se le ocurrió soltar un chiste sobre la alopecia de la mujer de Smith, Jada Pinkett-Smith –a la que comparó por su cabeza rapada con la teniente O’Neil de la película de Ridley Scott–, el ofendido marido se levantó de su asiento, se dirigió al cómico atravesando inquietantemente la pasarela y le obsequió con un sonoro sopapo a mano abierta (digno de una función de capa y espada del Siglo de Oro), que quedará para la historia del cine.

Por un momento los invitados a la ceremonia creyeron que se trataba de una broma, de un sketch guionizado, pero enseguida se comprobó que aquello era algo terrible que no se había visto jamás sobre el escenario en una gala de los premios de la Academia de Hollywood. Tras el guantazo, un pesado silencio se apoderó del recinto, mientras Chris Rock, que creyó estar viviendo un mal sueño, reaccionó tocándose la cara enrojecida, como si se tratara de Stan Laurel tras ser vapuleado por Oliver Hardy, e intentó quitarle hierro al asunto: “Will me ha dado una buena”. Mientras tanto, el autor de la galleta, ya desde su asiento al que había vuelto junto a su señora tras consumar la agresión, gritaba como un energúmeno, más bien un troglodita o macho ibérico que no se sabía muy bien si defendía su honor propio o el de su pareja: “¡Mantén el nombre de mi esposa fuera de tu puta boca!”, espetó en la peor tradición del marido patriarcal.

Se podría entrar a valorar si el chiste del tal Rock había sido grosero e incluso ofensivo para una mujer que está sufriendo un grave problema de alopecia (llovía sobre mojado, minutos antes había soltado otro chascarrillo machista refiriéndose a Penélope Cruz), pero eso no justifica darle una tunda a alguien. Por ese camino, siguiendo la ley Smith, los hospitales estarían llenos de humoristas con un mal día. Y ese sería el final de la comedia. Él mejor que nadie, como estrella mundial, debería saber que la sátira políticamente incorrecta tiene sus reglas en una sociedad donde prevalece la libertad de expresión y donde no cabe la censura, de modo que es preciso saber encajar las burlas con deportividad. De lo contrario, funciona la Fiscalía-Inquisición, la caza de brujas, que es un monstruo todavía más peligroso que el mal gusto de un payaso desafinado.

Ahora bien, ¿qué ha podido pasar por la cabeza de Will Smith para reaccionar como un pistolero sin control de Wild Wild West, como un men in black abducido por un malvado marciano, como un carnívoro zombi de Soy leyenda? Nadie, probablemente ni siquiera él, podrá explicar semejante comportamiento. Hablamos de un hombre que siempre se había destacado por su simpatía y buen humor, un chico llano y asequible que no se lo tiene subido y que acostumbra a conceder entrevistas a todo aquel que se la pide (incluso acepta someterse, pacientemente, a las latosas pruebas científicas de Marron en El Hormiguero de Pablo Motos, un trance más penoso que rodar la peor de las superproducciones yanquis). De cualquier otro actor hubiese cabido esperar ese manotazo extemporáneo, ese ataque de esposo ofendidito. De cualquiera menos de alguien aparentemente pacífico y amable como Will Smith.

Más tarde, cuando el galardonado actor subió a escena para recoger el óscar, soltó un discurso inconexo lleno de titubeos e incoherencias, gimoteando y dando muestras de algo parecido a un evidente desequilibrio emocional. Entre sollozos, el divo pidió disculpas a los miembros de la Academia de una forma extraña, sobre todo cuando dijo eso de que en este momento de su vida se encuentra “superado” por lo que Dios le “invita a ser y a hacer en el mundo”. La aparición del personaje oculto, del iluminado, erizó el vello a buena parte de la concurrencia, un público alucinado por lo que estaba viendo y que desde entonces empezó a entender que algo no funcionaba bien en la cabeza del pobre Will.

Pero si escalofriante fue invocar a Dios tras haber golpeado a un hombre, todavía lo fue más escucharle decir que “el amor te hace cometer locuras” y verlo bailar después –óscar en la mano, dándolo todo y como si nada hubiese ocurrido–, durante la fiesta posterior a la entrega de premios. Tras un suceso tan bochornoso lo normal es irse a casa, tomarse un whisky y meterse en la cama. Quizá todo obedeció al estrés inherente al star-system, a los nervios del momento, a un exceso del show business, que a veces se va de las manos y mucho más cuando se trata de un directo. O quizá el bueno de Will lleve dentro de sí, sin que nadie lo sepa, el germen de la violencia, la rabia y el totalitarismo que se propaga como una fiebre por el mundo en estos tiempos convulsos. Su amigo Denzel Washington fue quien más cerca estuvo del diagnóstico: “En el momento más alto es cuando el demonio va a por ti”. Así, en apenas un segundo de arrebato, se destruye la reputación de un tipo que hasta hoy caía bien a todo el mundo. 

Viñeta: Álex, la mosca cojonera