domingo, 8 de mayo de 2022

MARIÚPOL

(Publicado en Diario16 el 27 de abril de 2022)

Mariúpol se ha convertido en el gran símbolo del horror de la guerra de Ucrania. Se calcula que más de 100.000 personas siguen allí, atrapadas, recluidas en un inmenso gueto, condenadas a vivir en condiciones infrahumanas y a morir como simple ganado. Nadie sabe con exactitud qué está pasando en la ciudad cruelmente asediada por las tropas rusas. Moscú asegura que ha tomado el principal bastión de la resistencia ucraniana, proclamando la victoria sobre el lugar y dando por conectado el sur del país con la región prorrusa separatista del Dombás y Crimea (lo que supone el control de las rutas comerciales por mar). Sin embargo, cualquier noticia que llegue del Kremlin debe ser tomada como propaganda, bulo y montaje, vulgares maniobras propias de la peor de las dictaduras.

Quienes han estado en Mariúpol y han vuelto para contarlo relatan que allí ya no queda nada. Las bombas de Putin lo han arrasado todo. Las imágenes aéreas o vía satélite revelan un paisaje devastado, edificios en ruinas, montañas de escombros, tierra quemada y un silencio estremecedor. Habría que remontarse a las fotografías del Dresde duramente bombardeado por los aviones aliados, o de Hiroshima y Nagasaki tras los ataques nucleares norteamericanos de 1945 que pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial, para ver algo similar. Mientras tanto, los supervivientes del nuevo Stalingrado se han refugiado donde pueden. Millares de ellos permanecen ocultos en la planta siderúrgica de Azovstal, un gigantesco complejo industrial del tamaño de Venecia. “Estamos sufriendo bajas, la situación es crítica… Tenemos muchos heridos, algunos están muriendo”, asegura Serhiy Volyna, comandante de las fuerzas de la 36 Brigada de marines de Ucrania en Mariúpol.

Dentro de la fábrica escasean los alimentos, el agua, las medicinas. Los excrementos se acumulan, el coronavirus se da un festín. Algunas imágenes y vídeos que los supervivientes han conseguido subir a las redes sociales muestran a gente encerrada en los sótanos, sombras desarrapadas y demacradas que se mueven como fantasmas a la luz de las velas en medio de una oceánica oscuridad. “La situación está empeorando rápidamente”, afirma el comandante, que reconoce desconocer el tiempo que pueden resistir en tan lamentables condiciones. Diversas oenegés han reclamado un alto el fuego para que toda aquella pobre gente pueda salir de su agujero y ponerse a salvo a través de los corredores humanitarios. Putin se ha negado en rotundo. A Rusia no solo le interesa la conquista, poner de rodillas a Ucrania, sino también dar un escarmiento a la población por sus coqueteos con Europa y la OTAN y sus sueños de occidentalización. Esta no es una guerra de desnazificación (ese obsceno sarcasmo repetido por el sátrapa de Moscú) es una guerra de colonización, de expansión y anexión imperialista, de recuperación de los territorios perdidos por la antigua URSS. Hoy es Ucrania, mañana será Moldavia, Polonia, Bulgaria… Nadie está a salvo del enloquecido exagente del KGB.

A esta hora se cree que junto a los civiles refugiados en la acería Azovstal –un enorme polígono de la era soviética compuesto por un laberinto subterráneo de galerías y pasadizos apto para resistir los ataques aéreos– hay también un batallón de soldados ucranianos, no menos de 2.000, que resisten el asalto de las fuerzas rusas. Putin ha dado a su ejército la orden de bloquear esa planta para que “no escape ni una mosca”. Un ataque contra las instalaciones podría terminar en una auténtica carnicería por ambos bandos y ni siquiera un genocida como Putin está dispuesto a asumir el elevado coste que la operación supondría para su megalómana imagen personal. De ahí la siniestra metáfora de la mosca. No obstante, el pasado fin de semana comandos rusos intentaron penetrar en el complejo sin conseguir avances sustanciales. En el último momento, el Alto Mando moscovita dio orden de frenar el plan. Pero allí siguen los miles de supervivientes sitiados, a los que los rusos han condenado a una muerte lenta y agónica, como aquellos numantinos que finalmente decidieron optar por el suicido antes que caer en poder de los conquistadores romanos.

Fuera de la acería, en las calles de Mariúpol, no se ve un alma. Solo cadáveres abandonados, basuras, chatarra militar por doquier y perros que vagan de un lado a otro buscando comida. Se sospecha que los soldados invasores están tratando de borrar las huellas del genocidio con crematorios móviles para hacer desaparecer los muertos. Una operación de limpieza en toda regla en la que estarían empleando vehículos especiales a los que son arrojados los cadáveres de los cientos de civiles vilmente exterminados. Ochenta años después de Auschwitz, asistimos a la macabra modernización de aquellos viejos hornos incineradores del Tercer Reich. Una vuelta más de tuerca al delirio de los generales de Putin, que están alcanzando niveles de inhumanidad y de violencia estatal organizada, estructurada, como no se veía desde los tiempos del nazismo. Con todo, esta vez las bestias han aprendido la lección de la historia. Si los lacayos de Hitler que diseñaron la Solución Final para los judíos dejaron demasiadas pruebas, documentos, supervivientes y campos de concentración prácticamente intactos –un material probatorio decisivo durante el posterior juicio de Núremberg– los jerarcas del Kremlin tienen órdenes específicas de destruir cualquier indicio de los crímenes cometidos por el ejército ruso en Mariúpol. Limpiando todo rastro de genocidio será aún más difícil llevar a los asesinos ante la Corte Penal Internacional, el órgano judicial que debe juzgarlos por crímenes de lesa humanidad.

Pero, sin duda, y como en toda guerra, las puertas del infierno conducen a un siniestro lugar: las fosas comunes. La comunidad internacional sospecha que puede haber decenas de ellas repartidas por todo el término municipal. Algunas imágenes vía satélite han captado hasta 200 tumbas clandestinas en los últimos días. Los expertos temen que ese cementerio situado en el noroeste de Manhush, una pequeña localidad situada a unos 19 kilómetros al oeste de Mariúpol, sea solo la punta del iceberg. Las aproximaciones más optimistas apuntan a que más de 20.000 personas han podido ser asesinadas durante el salvaje asalto de las últimas semanas. Por supuesto, el coste para el ejército invasor también está siendo elevado, aunque todo son conjeturas, ya que Moscú nunca da las cifras reales de muertos. Solo sabremos cuántos soldados fueron llevados al matadero cuando todo haya pasado o cuando las madres rusas pierdan el miedo, se asocien, hagan recuento de los hijos desaparecidos y lancen un mensaje al mundo entero. Ese será el principio del fin de Vladímir Vladímirovich Putin. El más grande y sangriento genocida del siglo XXI.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LAVROV


(Publicado en Diario16 el 27 de abril de 2022)

Serguéi Lavrov, ese siniestro ministro de Asuntos Exteriores ruso, nos vuelve a advertir del “riesgo real” de una Tercera Guerra Mundial. Ya no pasa un solo día sin que este lacayo de su amo con cara de espía exsoviético avinagrado nos amargue la vida con el funesto anuncio del apocalipsis mundial. El problema que tiene el señor Lavrov es que la distópica realidad que nos ha tocado vivir (pandemias, cambios climáticos, volcanes, posibles meteoritos, terrorismo internacional, regreso del nazismo, etcétera) nos está curtiendo al extremo, y ya casi nada nos da miedo, mucho menos un tipo que a buen seguro cada mañana, antes de salir hacia la oficina en el Kremlin, ensaya su gesto más fiero ante el espejo para parecerse más a Leonidas Breznev.

Tras estallar la guerra de Ucrania el pasado 24 de febrero, y durante semanas agónicas, millones de occidentales nos fuimos a la cama cada noche temiéndonos que un hongo atómico caería sobre nuestras cabezas de madrugada y ya no volveríamos a despertar jamás. En esos días de una tensión insoportable –Putin llegó a poner sus ojivas en nivel de alerta máxima y apuntando hacia Europa y Estados Unidos– muchos creyeron que era solo cuestión de horas que los misiles rusos nos mandaran para el otro barrio. El consumo de ansiolíticos se disparó, la venta de búnkeres y refugios antiatómicos alcanzó una cifra récord y no pocos ateos se convirtieron al catolicismo creyendo que había llegado la hora del Juicio Final, tal fue la impresión o canguelo del Mundo Libre. Hoy, tras semanas de terror nuclear, la situación ha cambiado y el personal ha terminado por acostumbrarse a esta extraña nueva Guerra Fría (en realidad una guerra caliente).

El miedo a una conflagración nuclear ha pasado a un segundo plano y todos seguimos con nuestras vidas como si tal cosa, conscientes de que no está en nuestras manos evitar una catástrofe cósmica cuya decisión última depende de la mafia rusa, esto es, de una serie de oligarcas muy psicópatas con la cabeza llena de pájaros y de nostalgia por el antiguo imperio zarista. El propio sujeto Lavrov da la sensación de ser un tipo raro a quien vivir bajo la paranoia constante de acabar en Siberia por orden de Putin ha terminado por dejarlo gagá, o sea para atrapar moscas. De alguna manera, pese a la amenaza nuclear, en Occidente hemos seguido con nuestras existencias cotidianas, vamos al trabajo, recogemos a nuestros hijos de la guardería, compramos el pan y vemos el partido de Liga que toque. Medina y Luceño siguen contándole al juez Carretero sus andanzas con las mascarillas del malasio Salchichón, los indepes catalanes siguen amenazando con cargarse a Pedro Sánchez por el caso Pegasus, la prensa deportiva sigue vendiendo entregas del culebrón Mbappé y el alegre Festival de Eurovisión empieza a darnos la turra con las primeras promociones, tal como hace cada año por estas fechas. Es decir, todo como siempre pese al ultimátum del carnicero Lavrov y a que el Reloj del Juicio Final se encuentra a menos de un minuto del colapso definitivo de la civilización humana.

¿Qué ha pasado para que los tronados del Kremlin, sin duda obsesos sexuales o acomplejados (solo así se explicaría la fascinación freudiana que parecen sentir por las pollas gigantes a reacción), hayan perdido su capacidad de amedrentar al mundo? ¿Hemos enloquecido totalmente hasta el punto de que ya ni siquiera nos da miedo que nos frían como chuletones al punto en el maldito hongo nuclear? Nada de eso, simplemente nos hemos adaptado al medio en el más puro sentido darwiniano. Hemos interiorizado que vivimos inmersos en un súbito cambio de época; en una brusca curva del tiempo donde la historia se acelera por momentos; en un mundo absolutamente inestable que puede saltar por los aires en apenas diez minutos, el tiempo que tarde el Satán 2 en despegar de Kaliningrado e impactar contra Rota y Morón de la Frontera. Nos hemos dicho a nosotros mismos aquello que sentenció el gran poeta latino Horacio: carpe diem, “aprovecha el día y no confíes en el mañana”. O sea, tómate un par de birras, haz el amor con tu pareja o parejas (si es que eres poliamoroso), aprovecha el tiempo con tu familia y no pienses en un futuro que quizá no vaya más allá del próximo verano.

Del pánico nuclear hemos pasado, en apenas unas semanas, a una plácida resignación, y ya hemos aceptado con absoluta normalidad la posibilidad de que todo se vaya al garete en un abrir y cerrar de ojos. Nos hemos hecho mucho más fuertes y resilientes de lo que nos creemos, tanto que ya no nos atemorizan las bravuconadas de Putin, el gran archivillano de este mundo Marvel que nos ha tocado la desgracia de vivir. Las amenazas del régimen tiránico de Moscú ni siquiera han podido evitar que los valencianos celebren sus Fallas este año por todo lo alto, como no podrán impedir que los sevillanos se pongan finos a manzanillas en esa maravillosa locura de luces, alegría y música que es la Feria de Abril. La prodigiosa capacidad de adaptación al medio del ser humano (de la que ya dimos prueba durante la pandemia) es la que evita que nos volvamos todos locos.

Así que no nos queda otra que decirle al zumbadillo Lavrov que menos lobos, Caperucita. Si tiene ganas de pulsar el genocida botón, dando satisfacción a sus instintos infantiles frustrados o no superados, que lo haga. Nadie puede impedírselo. Pero que sepa que no le tenemos miedo ni a él ni a Putin, entre otras cosas porque, a base de golpes de la historia, hemos aprendido que es mejor morir de pie y en libertad que vivir esclavo y de rodillas. Así que desde aquí le sugerimos que suba de inmediato al despacho del jefe (como un diligente burócrata lametraserillos), que trague saliva ante el tirano y que le explique que los europeos que inventamos la libertad no le tenemos miedo ni a él ni a sus juguetitos nucleares. Corra, corra, dígale al sátrapa de Moscú que sus bravatas y baladronadas no nos asustan ya. Y rece por el rito ortodoxo para que no le envíe derecho a un gulag.  

Viñeta: Lombilla

UN JUEZ INDIGNADO

(Publicado en Diario16 el 26 de abril de 2022)

El juez Adolfo Carretero ha puestos firmes a Medina y Luceño. El instructor encargado del “caso mascarillas” ha interrogado con dureza, sin concesiones, a los dos conseguidores que supuestamente ponían en contacto al malayo San Chin Choon con el Ayuntamiento de Madrid para contratar material sanitario, dando el pelotazo del siglo en plena pandemia. Es justo lo que necesita este país, magistrados audaces que pongan en su sitio a esta plaga de caraduras y jetas que nos asola. En España sobran comisionistas de dudosa calaña y faltan buenos jueces, esa es una de nuestras grandes tragedias como pueblo y como nación. Aquí hay más comisionistas que personas y ya tocamos a veinte intermediarios por barba, o sea un overbooking, un exceso, una explosión de pájaros ávidos de dinero que ni en la película de Hitchcock.

En un momento crítico que exige de buenos médicos para superar la pandemia, de buenos políticos que inspiren confianza para que la ciudadanía no caiga en la desafección y en el nazismo, de profesionales íntegros y honrados en todos los campos y disciplinas, en fin, nos encontramos con un magistrado que no da crédito ante dos monstruos desalmados que no veían enfermos por el covid, sino posibles clientes y cuotas de mercado. “¿Usted a qué se dedica?”, le pregunta Carretero, molesto y con retranca, al hijo del duque de Feria. “Bróker de materias primas, compraventa de minería, alimentación, carne…”, titubea el investigado, que por lo visto lo mismo movía el comercio del pollo que el material sanitario para hospitales. Todo el interrogatorio del juez fue en esa línea entre socarrona y enojada, entre descreída y escéptica con el mundo. “¿Se enteró de que los guantes eran una porquería?”; “¿Me quiere decir en qué ha empleado usted ese dinero [las ganancias por el pelotazo]?”; “¿Le parece normal, si su intención no era lucrarse, una comisión del 80 por ciento por los guantes y del 71 por ciento en los test?”. Incluso le apretó las clavijas a Medina para que aclarase quién es esa misteriosa “amiga común” que le consiguió el teléfono del primo del alcalde de Madrid. “Contacté con Carlos Martínez-Almeida y le dije que teníamos material sanitario para vender, que al ser primo del alcalde imaginé que me podría dar un contacto con el Ayuntamiento”, confesó. Lo cual confirma el viejo dicho castizo: cuanto más primo, más me arrimo.

Ante la maniobra de acoso y derribo de su señoría, Medina encoge los hombros, pone cara de póker y confiesa que su intención era ayudar al prójimo, colaborar con el consistorio madrileño, dar préstamos a otras personas que lo estaban pasando mal. O sea, que era la madre Teresa de Calcuta de los ejecutivos agresivos madrileños. Ahora resulta que Medina y Luceño se creían filántropos, hermanitas de la caridad, el Robin Hood y el Little John del PP madrileño, y lo que a ellos les motivaba era, entre Rolex y yate, entre pelotazo y golpe “pa la saca”, echar una mano a los menesterosos, pordioseros y mendigos con cartela tirados a las puertas de las iglesias de Madrid. Nos han salido comunistas estos dos granujas de medio pelo de la aristocrática biuti.

Hace bien el juez Carretero en aplicarle el tercer grado a los presuntos comisionistas, unos piratas de los mares de China, y hasta en retirarles el pasaporte, no vaya a ser que en una de estas tengan la tentación de viajar al Lejano Oriente haciendo la ruta de la seda en busca del misterioso proveedor malayo que les abría las puertas del lujo asiático. Ya nos da igual si estamos hablando de un juez conservador que imputó a una periodista por no revelar sus fuentes en el caso Lezo. Ya poco nos importa que este togado se hiciera famoso cuando enjuició al humorista Dani Mateo por sonarse la nariz con una bandera de España en un sketch de El Intermedio (llegó a considerar un ultraje a los símbolos del país aquella parodia más bien naif). Y también vamos a pasar por alto que rechazara la imputación por delito de odio a un hombre que había amenazado con una pistola de aire a otro al grito de “moro de mierda” y “maricón” (alegó que el contexto de disputa exculpaba al agresor). En cuanto a su supuesta proximidad con el PP (su hermano Agustín Carretero ha sido alto cargo con los gobiernos de Esperanza Aguirre e Ignacio González, según la Cadena Ser) qué le vamos a hacer. No es nuestro ideal de ejecutor de la Justicia, esa es la verdad, pero un juez está para lo que está, no para caer simpático a nadie sino para aplicar el bisturí del Código Penal con precisión, eficacia y profesionalidad. Aquí ya vamos a lo que vamos y nos conformamos con poco, nos quedamos con la indignación de un magistrado que presiente que dos golfillos quieren tomarle el pelo, con el cabreo de un juez que es el cabreo de todos los españoles, hartos ya de que los duques de una feria macabra sigan haciendo negocio con la miseria de un país, tal como ha ocurrido con nuestra nobleza de alta alcurnia y baja estofa desde los tiempos de Viriato.

Adolfo Carretero se ha convertido en todo un símbolo, el mejor representante de la indignación de un pueblo que descubre, entre atónito y con estupor, cómo dos personajes de la farándula aristocrática se lo llevaban muerto entre los muertos, crudo y con crudeza, mientras la gente vivía el drama del confinamiento, el pánico y los estragos de la pandemia. Solo un juez duro, implacable, valiente, puede enjuiciar penal y moralmente las aventuras de estos dos sinvergüenzas sin fronteras a los que Feijóo, en un exceso de indulgencia y tolerancia, ha calificado de “pícaros” cuando ambos son mucho más que eso. Medina y Luceño quedarán como dos grandes arquetipos de una época oscura de la humanidad; como dos personificaciones de la crisis de valores y del hundimiento de la democracia liberal; como dos retratos goyescos de la Villa y Corte pepera y de una sociedad podrida de egoísmo, de falta de escrúpulos y de inmoralidad.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

LA FORTUNA DE FELIPE VI

(Publicado en Diario16 el 26 de abril de 2022)

El rey Felipe VI ha dado a conocer su patrimonio, una medida con la que pretende transmitir una imagen de regeneración, modernidad y transparencia. Es la primera vez que un miembro de la Casa Real pone sus dineros encima de la mesa, bajo el flexo, para someterlos a la fiscalización de todos los españoles. Sin duda estamos ante una medida digna de aplauso, aunque llega tarde. Hace más de 25 años que Su Majestad acumula una fortuna importante en cuentas corrientes y obras de arte, de modo que en esto también va tarde la democracia española.

En cuanto al volumen declarado por el rey, la cuantía habla por sí misma. Más de 2,5 millones de euros de vellón, un pellizco que no está nada mal. Desde 1998, el monarca declara un patrimonio acumulado de 2,2 millones de euros correspondientes a depósitos bancarios y fondos de inversión más 305.000 euros en obras de arte, antigüedades y joyas de carácter personal. ¿Es mucho, poco, lo apropiado para el rango institucional que ostenta como jefe del Estado? Pues depende, a los clasistas de la alta sociedad les parecerá el sueldo de un loser o sin techo; los republicanos, por su parte, dejarían al monarca con la renta básica vital y va que chuta. Muchísimo para cualquier españolito del maldito precariado que ni viviendo diez vidas con su sueldo actual lograría acumular semejante parné. Un caudal más que discreto si se compara con la riqueza que acreditan monarcas de otros países de nuestro entorno europeo. Incluso una mierdecilla de patrimonio si ponemos la dote de Felipe VI al lado de la que poseen magnates como Jeff Bezos, Elon Musk (que acaba de comprar Twitter como quien compra un paquete de pipas) o la de su padre, el rey emérito. En su día, la revista Forbes cifró en 2.000 millones de dólares el montante acumulado desde 1975 por el gran patriarca de la Transición. Así que el par de kilillos que asume Felipe en comparación con el inmenso imperio juancarlista, donde nunca se pone el sol ni la fiesta, se antoja una calderilla. Todo es relativo.  

En cualquier caso, uno cree que está bien que el rey someta sus cuentas a la luz y los taquígrafos, esas cuentas de la jefatura del Estado que han sido causa de tantas zozobras, terremotos y convulsiones en el pasado reciente de España. Como diría el alcalde Almeida, quien no ha hecho nada malo no teme nada, y si lo que pretende Felipe es dar la imagen de una Casa Real limpia, aseada y respetuosa con Hacienda, que somos todos, va por el buen camino. Es lo normal en un país democrático. Un rey no solo debe ser honrado, además tiene que parecerlo. Y juega a su favor que no declare cuentas en el extranjero, sociedades offshore, empresas instrumentales, testaferros, paraísos fiscales u otras movidas propias de la saga El Padrino. El maquillaje tributario, la ingeniería fiscal, nunca trae nada bueno. Es más, todos esos malabarismos financieros los carga el diablo. Que se lo pregunten si no a su padre, el rey emérito, que ha terminado por buscarse la ruina con tanto negocio en Suiza, en el Lejano Oriente, en el Caribe y hasta en Liechtenstein, un lugar donde solo hay vacas y mafiosos. Juan Carlos quiso conquistar tanto mundo que ha terminado por perderse como un mochilero o callejero viajero, y en vez de pasar a la historia como el rey más importante del panteón del Escorial va a quedar como un comisionista de éxito o poco más. Y todo por andar con hombres de paja, prestamistas, intermediarios, consultores y aventureras del amor a la caza del rico madurito. El fracaso de un rey siempre llega cuando se obsesiona con lo mundano y se olvida de pasar con dignidad a la posteridad.

Queremos pensar que Felipe VI ha aprendido la mala lección paterna y ha empezado a dar los primeros pasos para regenerar la maltrecha institución monárquica. Ya dijo Talleyrand que una monarquía debe ser gobernada por demócratas, no por monárquicos por aquello del contrapoder. Sabemos que a los españoles no nos van a dejar decidir entre república o monarquía (aquí seguimos después de 40 años, tutelados, atados y bien atados como cuando Franco) pero al menos que estemos seguros de que no nos engaña un patriarca bananero que se lo lleva muerto.

La transparencia que propone Felipe VI nos parece bien, aunque no servirá de mucho porque los españoles ya han perdido la fe en todo, en la política, en sus dirigentes, en Pedro Sánchez (un odiado Macron a la española) y en la propia democracia liberal. Después de tantos años de corrupción y mentiras los ciudadanos han caído en la agria desafección, al igual que nuestros vecinos franceses indignados y rabiosos contra el sistema, gente envuelta en un extraño proceso de nazificación que sería capaz de votar a Hitler si pudieran resucitarlo. El pueblo está harto de un modelo injusto en el que siempre prosperan los mismos, de modo que ha decidido reventar la democracia desde dentro. Lo que en castellano antiguo se conoce como cagarse en el convento. Curiosamente, aquí siempre llegamos a casi todo después que Francia (a la Ilustración, a la libertad y hasta al cine de autor subtitulado), pero esta vez, y sin que sirva de precedente, vamos a la par con los gabachos, a la vanguardia o avant garde, y ya tenemos nuestro lepencito particular moviendo el cotarro en las instituciones, o sea Santi Abascal. España es ese país que suele copiar lo malo de la moda extranjera, rechazando lo bueno. Será el complejo histórico ancestral.

La democracia decadente, para sortear el riesgo del nuevo fascismo emergente, necesita líderes que prediquen con el ejemplo, no reyes que sueltan el mismo discurso de Nochebuena todos los años para luego despendolarse con rubias peligrosas o irse al exilio con las alforjas llenas. Así que por ahí va bien Don Felipe. Solo un par de objeciones, Majestad, aunque solo sea porque en Diario16 somos algo republicanotes. Decir que Letizia queda exenta de declarar su patrimonio porque “el jefe del Estado es el rey” queda un tanto rancio, machistoide, y reduce a la reina a la categoría de mujer de su casa sin atribuciones ni responsabilidades, como en los tiempos en que las esposas necesitaban la firma del marido para buscar un trabajo. Y también se antoja un error comunicar la decisión de declarar el patrimonio solo a los partidos amigos, dejando fuera a los disidentes (BNG, CUP, Esquerra, Junts y Bildu), porque “no defienden la Constitución”. La obligación de un rey pasa por tender puentes en su reino, no dinamitarlos. No es elegante ni propio de grandes monarcas gobernar solo para palmeros y aduladores. La institución debe estar por encima de fobias personales que no hacen sino generar más indepes. Allá usted, señor.

Viñeta: Iñaki y Frenchy

TIEMBLA EUROPA

(Publicado en Diario16 el 25 de abril de 2022)

Mientras Marine Le Pen todavía brindaba con champán por sus buenos resultados electorales, el Partido Popular de Núñez Feijóo se dedicaba a colocar tuits de felicitación a Emmanuel Macron, congratulándose de la victoria del centroderecha francés. Ellos, que en los últimos días han cerrado infames acuerdos de gobierno con el lepenismo español, o sea Santi Abascal. ¿Son o no son geniales estos muchachos peperos? El posfascismo alboreando en toda Europa en uno de los momentos más dramáticos de la historia y el PP practicando el trilerismo, la hipocresía política más abyecta y el juego del ahora me pongo la máscara de demócrata, ahora la de autócrata populista. Bochornoso.

La gran ceremonia de la incoherencia y la contradicción empezó con el diplomático telegrama del presidente popular de Castilla y León, Alfonso F. Mañueco: “Enhorabuena Emmanuel Macron. Su triunfo en las elecciones presidenciales francesas representa la moderación y el diálogo, así como la defensa y el valor de la Unión Europea. Castilla y León seguirá estrechando lazos comerciales, económicos y culturales con Francia”. ¿Moderación? ¿Qué moderación si él va todo el rato de la mano de los ultraderechistas? ¿Diálogo? ¿Diálogo para qué si desde Durruti sabemos que con el fascismo no se dialoga, sólo se le combate? Lógicamente, el tuit del presidente castellano no pasó desapercibido y enseguida todo Twitter se le echó encima poniéndolo verde y afeándole su impresentable ejercicio de malabarismo político. La reprimenda de las masas tuiteras estaba más que justificada teniendo en cuenta que no han pasado ni dos semanas desde que el PP formara gobierno con Vox repartiendo carteras, cargos y manuales de instrucción para demoler la democracia por parcelas. Ese acuerdo, lo repetiremos hasta la saciedad y las veces que haga falta, pasará a la historia como la primera vez que la extrema derecha gobierna en nuestro país desde la muerte de Franco.

El comentario de F. Mañueco (la “F.” de Fernández habría que sustituirla ya por la “F.” de falso) fue sonrojante desde el punto de vista de la decencia democrática, pero faltaba lo mejor de la noche: el tuit del jefe de los genoveses sumándose a los parabienes y brindis al reelegido presidente de la República francesa. “Francia ha decido seguir por el camino de la estabilidad, la centralidad y la moderación”, escribía Alberto Núñez Feijóo en la red del pajarito azul. A más a más, el líder popular calificaba el momento actual que vive el mundo de “trascendental” y destacaba que el pueblo francés haya elegido “seguir construyendo una Europa más fuerte y unida”. Estabilidad, centralidad y moderación. Perfecto. Ahora bien, ¿es estable para España un acuerdo con los posfranquistas que viene a enfrentar a unos españoles contra otros, poniendo patas arriba la Constitución y alterando el modelo de convivencia del 78, ese que Abascal llama despectiva y guerracivilísticamente “consenso progre”? ¿Está recuperando el PP el centro cuando no hace más que radicalizarse y escorarse a la derecha? ¿Se puede considerar al Partido Popular una formación moderada teniendo en cuenta esas alianzas con los autócratas que hasta hoy han coqueteado con Trump y con Putin? Pocas veces se ha visto un caso de cinismo político tan descarnado.

Obviamente, los socios del PP en bifachitos autonómicos no estaban tan contentos con la victoria de la democracia y el macronismo y aplaudían sin complejos los grandes resultados de su candidata favorita Le Pen. “No se puede confinar políticamente a la mitad de los europeos”, tuiteaba el vicepresidente primero de Vox, Jorge Buxadé, que además calificaba de “extraordinario” el resultado obtenido por la extrema derecha y advertía que “sería un gran error ignorarlo”. Al mismo tiempo, Macarena Olona publicaba una foto de ella junto a destacados miembros del partido ultra portugués Chega, reafirmando así cuál es la intención de la nueva internacional fascista: acabar con la democracia en Europa e implantar gobiernos autoritarios y autócratas al más puro estilo reaccionario trumpista.

En medio de ese fiestón facha con mucho odio y champán francés (calimocho en el caso de Vox, que es más español), en medio de ese gran revival en plan walking dead neonazi como no se recuerda desde hace un siglo, el PP se ha convertido en la gran excepción de la derecha europea. Pactan con el nuevo fascismo sin pudor, blanquean a los ultras y rechazan el cordón sanitario mientras sus compañeros de Bruselas se sonrojan y se llevan las manos a la cabeza. La conclusión es que ya no hay manera de diferenciar al Partido Popular de Vox y cualquier día Abascal entra en el despacho de Génova para tomar mando en plaza.

Ni un mes han tardado los españoles en catar a Feijóo, un señor que venía con la vitola de moderado y de demócrata de pedigrí y que a las primeras de cambio se ha abrazado al fascismo posmoderno más abyecto. Uno que ya no tiene nada que perder y se ha convertido en un descreído (me van a fusilar los dos bandos) siente auténtica vergüenza de vivir en un país donde la derecha supuestamente aseada y convencional se ha subido al tanque de los autoritarios putinescos para terminar de acabar con las libertades en este país. Los Le Pen, Orbán, Abascal y compañía han venido no para reformar nada, que no les interesa, sino para demolerlo todo y acabar con la democracia tal como la hemos conocido. Viendo las cosas que estamos viendo no extraña que el perfil de abstencionista desafecto vaya en aumento en Francia ni que cientos de miles ya ni siquiera se dignen a pasar por la urna para cumplir con el trámite de votar. Aquí, en España, vamos por el mismo camino de la desconexión con la calle. Muchos ciudadanos han roto definitivamente con la política, en parte porque la izquierda real incapaz de acabar con la desigualdad ha fracasado por incomparecencia (no está ni se le espera) y en buena medida porque la derecha supuestamente democrática ha decidido ir en frente común con los nacionalistas autoritarios. Ya solo queda el odio, la falta de esperanza en el futuro y unos cuantos millones de vagabundos y marginados del sistema que ven en el fascio redentor la única solución a sus problemas. El camino está allanado para que lleguen los del brazo en alto. Porca miseria.  

Ilustración: Artsenal

¡GANÓ MACRON!

(Publicado en Diario16 el 24 de abril de 2022)

La ultraderechista Marine Le Pen se acerca un poco más al poder en Francia. Según los primeros sondeos, Emmanuel Macron habría ganado las elecciones con un 58 por ciento de los votos frente al 42 de la candidata de Reagrupamiento Nacional. Aunque muchos aún no quieran verlo, la democracia liberal ha rozado el desastre, si bien es cierto que la movilización de los franceses ha salvado los muebles en la segunda vuelta de los comicios. La sensación que nos deja este domingo histórico es que si no cambian las cosas, si la política no da un giro radical para resolver los problemas reales de los ciudadanos, el nuevo fascismo emergente ganará con total seguridad dentro de cinco años. Tal es el avance imparable de la extrema derecha gala.

Por tanto, ha sonado la bocina para las democracias europeas, se han disparado todas las alarmas, y a partir de este instante comienza la cuenta atrás para tratar de evitar lo que parece inevitable: que la nueva ola neonazi que nos invade se alce con el poder en Francia, cuna de los valores humanistas ilustrados, esta misma década.

Anoche llamaba poderosamente la atención escuchar cómo algunos analistas políticos se jactaban de que Macron haya ganado por 16 puntos de diferencia sobre su adversaria. “No dramaticemos, hombre, el resultado no está tan mal. En la historia de Francia ha habido pocas victorias tan claras como esta”, repetía un tertuliano en cierta cadena de radio de ámbito nacional. Los que hoy hablan con esa alegría son los mismos ingenuos optimistas que hace casi un siglo definían a los nazis como “payasos de circo” que jamás llegarían al poder. Ciegos intelectuales que no entienden que el hecho de que un 42 por ciento del electorado esté buscando soluciones a sus problemas vitales en el posfascismo de nuevo cuño supone, ya de por sí, una inmensa tragedia como para irse llorando a la cama. La autocomplacencia de los demócratas siempre fue el enemigo más letal de la democracia.

Más allá de que nos quede el susto en el cuerpo, estas elecciones presidenciales dejan una primera consecuencia inapelable: la figura política de Macron ha entrado en franca decadencia, en declive, en modo crepuscular. El que hace cinco años llegó a la política francesa como un joven liberal de tintes gaullistas dispuesto a rescatar los valores republicanos ya no seduce a buena parte del electorado. Ha perdido el gancho, el tirón. Es más, cada vez un mayor número de ciudadanos votan con rabia contra él al considerarlo el gran culpable de la crisis, el gran símbolo de un neoliberalismo rampante que representa a las clases poderosas, a una Europa corrupta y a una élite política, financiera y cultural mientras la mayoría del pueblo no llega a final de mes. Macron gana estas elecciones, sí, pero lo hace agónicamente, pírricamente, arañando votos prestados de aquí y de allá, de una izquierda que vota con la nariz tapada y de otros partidos minoritarios que hoy le dan su confianza por miedo a la extrema derecha pero que probablemente ya no volverán a hacerlo nunca más. El dato de la abstención, la más alta desde 1969 en torno a un 28 por ciento, resulta abrumador y un síntoma claro de que la enfermedad de la desafección, la gangrena de la democracia, empeora por momentos.

Tras conocerse el resultado electoral, Le Pen se mostraba exultante en su cuartel general. “Somos cada vez más franceses”, afirmó dejando un titular espeluznante entre un mar embravecido de banderas tricolores. Cientos de simpatizantes recibían ayer a la líder ultraderechista como la auténtica ganadora de estos comicios mientras abucheaban a Macron sin ninguna piedad. Aquí ya no se respeta al rival político, lo faltón se impone, lo políticamente incorrecto se abre paso como la nueva moda. Un síntoma más de que los valores democráticos han saltado por los aires y que otra forma de entender la política, mucho más agresiva, mucho más radical, se abre paso con el odio como gran combustible ideológico.

Ni el más pesimista de los demócratas habría podido imaginar hace solo unos años que una heredera del populismo autoritario que invadió Europa en la Segunda Guerra Mundial podría regresar algún día para reclamar el trono de Francia, corazón de la democracia. Ha ocurrido. Esto no es un mal sueño, es real. Están aquí y están más fuertes que nunca. Ya no se trata de una panda de friquis nostálgicos de los regímenes totalitarios del siglo XX que sacan a pasear la esvástica por París en el Día de la Liberación, sino movimientos perfectamente organizados, bien financiados, sincronizados con otros partidos hermanos extranjeros y con un fuerte tirón entre los ciudadanos, que empiezan a verlos como alternativa seria a la democracia decadente. Millones de franceses que han llegado a la conclusión de que el sistema ya no les vale. Millones de ciudadanos que se sienten traicionados por los políticos, abandonados por Bruselas y furiosos con el establishment. Le Pen los ha cautivado con un discurso tan simplón como eficaz: venid conmigo, os voy a dar más poder adquisitivo, os voy a bajar los impuestos, os voy a jubilar a los 60. Y voy a echar del país a todo inmigrante que os quite el trabajo. ¿Dónde está la izquierda para contrarrestar ese programa populista de una fuerza arrolladora? Hace tiempo que no existe. Un auténtico drama que hemos aceptado como normal pese a que la historia nos enseña que allá donde el socialismo claudica el fascismo ocupa su lugar.

A esta hora la pregunta de si hay un 42 por ciento de fascistas en Francia ya es lo de menos. Lo más probable es que al suflé fabricado con la harina de la rabia se hayan ido sumando indignados de todo signo y condición. Le Pen ha conseguido aglutinar un movimiento nacional de amplio espectro en el que caben todos: precariado urbano, agricultores y ganaderos abandonados a su suerte (la Francia vaciada que también existe), jóvenes descarriados, chalecos amarillos, grupos antisistema. El pueblo desnortado que no ve futuro. Los parias de la famélica legión que llevan sufriendo lustros de traiciones y humillación. Los despojos humanos del sistema que ya no piensan en rojo. Votan ultra porque han perdido toda esperanza en que la democracia, tal como la hemos entendido hasta hoy, les dé una salida a sus callejones vitales. Votan Le Pen porque la señora de un rubio ario ha sabido envolverlos en la bandera nacional y narcotizarlos con palabras hermosas como orgullo, patria, nación, grandeza, autarquía, antiglobalización. La vuelta a un pasado supuestamente glorioso que se recicla y se recupera como falso mito de la historia.

Los partidos clásicos han saltado por los aires por su incapacidad de dar respuesta a las demandas de los ciudadanos. El partido socialista francés ha sido reducido a la insignificancia; los conservadores republicanos van por el mismo camino de la extinción. El tradicional eje izquierda/derecha que hasta ahora movía la política se ha partido bruscamente. El elector de hoy no vota a organizaciones concretas con ideologías determinadas, sino al charlatán/charlatana de turno que vende mejor el producto demagógico. Si algo ha quedado dramáticamente comprobado en estas elecciones francesas es que agitar el espantajo del fascismo, apelar al “que viene el lobo”, ya no funciona. Pedro Sánchez debería tomar buena nota de cara a lo que viene porque ese mantra no surte efecto entra las masas empobrecidas por la crisis, por la pandemia y por la guerra. Macron gana, es cierto. Pero hoy se ha firmado en Francia el certificado de defunción de la democracia. Y a algunos les parece poco menos que una anécdota. Ya no cabe ninguna duda: estamos perdiendo la batalla contra el fascismo.

Ilustración: Artsenal

PEGASUS

(Publicado en Diario16 el 22 de abril de 2022)

La sociedad es un manicomio cuyos guardianes son los funcionarios de policía, decía Strindberg. España va camino de convertirse en un frenopático donde todos, políticos y ciudadanos, civiles y militares, pueden convertirse en espías y espiados. El caso Catalangate, que ha puesto al descubierto una gran trama de seguimiento y vigilancia al independentismo catalán según The New Yorker, no es ninguna broma. A todos debería preocuparnos que nuestros servicios de inteligencia estén usando una poderosa arma tecnológica como el programa Pegasus para escudriñar nuestros ordenadores y teléfonos. Hoy le colocan una pulga en el móvil a Junqueras o a Aragonès para averiguar si están organizando una Diada caliente y mañana le meten un chip en los calzoncillos a un periodista incómodo para el sistema o al rapero de turno por antimonárquico y subversivo. Y así van demoliendo el Estado de derecho, a fuerza de grabaciones, audios y escuchas. Por ese camino, nadie está a salvo.

Al borde de la Tercera Guerra Mundial, con media España infestada de espías putinescos, de mafiosos y comisionistas, de movimientos ultras desestabilizadores para la democracia, llama poderosamente la atención que nuestros agentes se dediquen a entretenerse o a perder el tiempo espiando a gente que no le hace daño a nadie. Más les valdría perseguir a los malvados de verdad, porque los hay a montones y a esta hora seguramente están planeando alguna maldad. Todo lo cual nos lleva a hacernos la pregunta del millón: ¿en qué está gastándose nuestro Gobierno el dinero de los contribuyentes? No lo sabemos porque tanto en Interior como en Defensa siempre se escudan en que los ciudadanos no deben tener acceso a cuestiones de seguridad nacional. O sea que nos toman por niños de teta que deben ser tutelados por siniestros poderes en la sombra.

Hace solo unos días, la periodista de La Sexta Cristina Pérez se acercó a Félix Sanz Roldán, exdirector de los servicios de inteligencia españoles entre 2009 y 2019, para preguntarle sobre el Catalangate. “¿Usó el CNI la tecnología Pegasus con la que presuntamente se espió a miembros del independentismo catalán? ¿Lo pidieron? ¿Lo compraron?”. El general, sorprendido por el atrevimiento de la periodista, se rasgó las vestiduras como si le estuviesen preguntando por el misterio de la Santísima Trinidad: “¿Pero de verdad usted se imagina al director de un centro de inteligencia hablando de estas cosas a una televisión? Nuestra obligación es la de no contestar en este ámbito, y sí en los ámbitos que hay para control del centro”, dijo sintiéndose atacado. Su reacción airada fue tanto como si al Conde Drácula le pusieran delante una ristra de ajos, una respuesta instintiva que solo puede explicarse viniendo de alguien que no entiende cómo funciona esto de la democracia. Nosotros se lo explicamos, aunque don Félix debería saberlo porque va en el capítulo uno del manual del buen espía.

En un Estado de derecho la máxima jerarquía la ostenta la soberanía nacional expresada en el Congreso de los Diputados, ya lo dice la Constitución. No hay nada más importante o sagrado que la voluntad popular emanada del pueblo. Por debajo en el escalafón están el Gobierno y los jueces. Estos últimos son los funcionarios públicos investidos de la autoridad legal para ordenar cualquier escucha o seguimiento a un ciudadano mediante el pertinente mandamiento judicial (hasta donde se sabe no consta que el CNI haya pedido orden alguna a un juzgado para espiar a los políticos independentistas). En ese mismo rango está el cuarto poder, que garantiza el sagrado derecho a la información de los ciudadanos. La prensa es un pilar tan fundamental en cualquier democracia que hasta Thomas Jefferson llegó a decir que más vale un país con prensa, pero sin Gobierno, que con Gobierno y sin prensa. Es decir, los medios de comunicación libres e independientes que satisfacen el derecho a una información veraz constituyen la esencia misma del Estado de derecho, no un simple adorno, un lazo de celofán o un accesorio incómodo, tal como parece entender el señor Sanz Roldán.

Finalmente, en el último lugar del edificio constitucional, se encuentran los espías, policías, militares, agentes dobles, topos, confidentes, infiltrados, todos ellos servidores públicos que deben estar siempre supeditados, fiscalizados y controlados por los organismos políticos y administrativos competentes. En democracia no cabe ni la figura del sheriff del condado que hace y deshace a su antojo, ni la del justiciero Harry el Sucio que va por libre y al margen de la ley, y mucho menos la del Villarejo de turno que anda por ahí grabando a todo hijo de vecino. Los personajes cloaqueros, demasiado frecuentes en la historia reciente de España, deben ser depurados de nuestro ordenamiento jurídico o nuestra democracia corre serio peligro.

Por lo visto, Sanz Roldán tiene una visión totalmente distorsionada de esa pirámide democrática que él invierte colocando la base en la cúspide y a la inversa. Sin duda, debe confundir el Estado de derecho con el Estado policial, de ahí que piense que los espías están por encima del bien y del mal, también por encima del derecho de los ciudadanos a saber en qué se están utilizando los dineros de los fondos reservados, a quién se espía y para qué. Es preciso vigilar a quienes nos vigilan, entre otras cosas porque allí donde un espía mete la mano alguien sale dañado o se produce algún estropicio. El concepto “inteligencia militar es una contradicción en los términos”, ya lo advirtió Groucho Marx.

Los ciudadanos son somos tan estúpidos como para no entender que la seguridad nacional es un asunto delicado y que los casos no se pueden airear a los cuatro vientos. Pero es evidente que tanto los jueces como las diversas comisiones parlamentarias deben estar al tanto de dónde se coloca cada micrófono de Pegasus. Echenique tiene toda la razón del mundo al exigir que rueden cabezas en los ministerios hasta llegar al fondo de este siniestro escándalo. Y si el Gobierno y la Justicia no depuran responsabilidades de oficio, ya tarda Junqueras en llevar el papelamen a Estrasburgo. Por el bien de todos.

Viñeta: Álex, la mosca cojonera